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sábado, 13 de abril de 2013


El servicio del amor esencial en el anuncio de Cristo resucitado

Hechos, 6, 1-7; Sal. 32; Jn. 6, 16-21
Cuando vamos recorriendo el camino del libro de los Hechos de los Apóstoles enseguida vamos apreciando que en la medida en que va creciendo la fe en Jesús, se va propagando el anuncio de Cristo resucitado y van surgiendo las primeras comunidades cristianas vemos al mismo tiempo cómo va floreciendo el amor. Una comunidad, y una comunidad que se siente convocada y reunida en el  nombre del Señor Jesús si le falta el amor le faltaría algo esencial que tiene que nacer de esa fe en Cristo resucitado como es la comunión de los hermanos.
Ya hemos contemplado como va floreciendo ese amor y son capaces de vivir en comunión y en sincero compartir para que nadie pase necesidad. Hace poco hemos visto como vendían sus posesiones y lo ponían a disposición de los apóstoles para ese bien común y para la atención sobre todo de los huérfanos y las viudas que en aquella sociedad se sentían totalmente desamparados.
Pero en toda comunidad, aunque sea una comunidad cristiana que intenta vivir intensamente su fe en Jesús y su amor surgen los problemas y está el peligro de que alguien no sea debidamente atendido. Es la queja que surge en Jerusalén en la que cierto sector de la comunidad se siente desatendido. Los Apóstoles no pueden estar en todo y es como surgirá la diaconía, el servicio de aquellos que de manera especial en nombre de la comunidad van a atender a los pobres y más necesitados.
‘No podemos desatender el anuncio de la Palabra de Dios’, dicen los apóstoles, ‘escoged a siete de entre vosotros, hombre de buena fama, llenos de espíritu de sabiduría y les encargaremos de esta tarea…’ Y se nos hace la relación de los siete que fueron escogidos, ‘que presentaron a los apóstoles y les impusieron las manos orando’. Nació así el diaconado, ese ministerio de servicio dentro de la comunidad cristiana. Origen, podríamos decir, de los diversos ministerios y servicios que van surgiendo en medio de la comunidad y para el servicio de la comunidad.
Escuchando y meditando este texto pensamos, por supuesto, en ese ministerio participación de Sacerdocio de Cristo Sacramento de Salvación, que son los diáconos - precisamente en este día en nuestra diócesis son ordenados dos nuevos diáconos para nuestra Iglesia diocesana -. Pero con una mirada amplia, sin reducirla al sacramento, podemos pensar en cuantos ejercen en el seno de la comunidad cristiana ese servicio pastoral de la caridad. Pensamos en nuestras parroquias en los agentes de Cáritas para la atención de los pobres y necesitados; pero podemos pensar en el ámbito de nuestras parroquias en los que atienden y visitan a los enfermos en una atención pastoral, aunque aquí cabría pensar en todos los que realizan una acción pastoral en medio de nuestras comunidades que en fin de cuentas es un servicio a la comunidad eclesial.
Pero podemos pensar en tantos y tantos religiosas y religiosas que en hospitales, Centros de Mayores, Asilos, residencias de ancianos o de enfermos, casas de acogida, atención a discapacitados físicos o síquicos y así una lista interminable están ejerciendo este ministerio de la caridad, del amor cristiano. Creo que tenemos que abrir bien los ojos para descubrir y ver ese ejército innumerable de religiosos y religiosas, como de tantos voluntarios también viven para los demás en un servicio de amor a los más pobres y necesitados. Es la diaconía de la Iglesia que se sigue realizando y que sigue dando ese testimonio de lo que es el amor cristiano vivido sin límites, con una donación y dedicación total.
Hay quien se atreve a poner en duda la acción de la Iglesia y cierra los ojos - ¿de manera interesada quizá? - y no es capaz de ver toda esta maravillosa acción social, pero acción desde la justicia y el amor que realiza la Iglesia. Bueno, no importa que no nos lo reconozcan, no se puede mermar la intensidad de nuestro amor y seguiremos amando y dándonos porque sabemos que nuestro premio y recompensa lo tendremos en el Señor cuando nos diga ‘venid, benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me diste de comer… porque estaba enfermo y solo, y me atendiste’.

viernes, 12 de abril de 2013


El muchacho que comparte sus panes una señal del Reino

Hechos, 5, 34-42; Sal. 26Jn. 6, 1-15
‘Si es cosa de Dios, no lograréis dispersarlos, y os expondréis a luchar contra Dios’, fue el sensato consejo de ‘Gamaliel, doctor de la ley, respetado por el pueblo’ ante los hechos que estaban sucediendo que habían traído de nuevo a los apóstoles a la presencia del Consejo del Sanedrín para juzgarlos por la predicación que hacían del nombre de Jesús.
‘Será una bandera discutida, había anunciado el anciano Simeón en el templo, y está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten’. Lo fue Jesús en el tiempo de su predicación por los caminos y pueblos de Palestina, mientras unos se admiraban y lo aclamaban, otros tramaron su condena y su muerte; lo siguió siendo en la predicación de los Apóstoles en aquellos primeros momentos después de Pentecostés como lo estamos viendo, y lo ha sido a través de todos los tiempos.
Por la fuerza del Espíritu los apóstoles llegaban a salir contentos de la presencia del Sanedrín aunque los hubieran azotado y les quisieran prohibir hablar del nombre de Jesús. Pero ‘no dejaban de enseñar, en el templo y por las casas, anunciando el evangelio de Jesucristo’, como nos resume el texto que hoy hemos escuchado. También nosotros queremos sentir el gozo de nuestra fe, el gozo del anuncio del nombre de Jesús como nuestra única salvación. El ejemplo de los apóstoles nos estimula y nos empuja para vivir y proclamar con toda hondura nuestra fe.
Pero detengámonos un momento en nuestra reflexión en el evangelio proclamado que va a tener su continuidad en los próximos días. Una vez más escuchamos el relato de la multiplicación de los panes y de los peces. Importante fue en la catequesis de los apóstoles y primeros cristianos este hecho, porque hasta seis veces se nos repite el milagro, o los milagros, de la multiplicación de los panes en los cuatro evangelios.
‘Lo seguía mucha gente, nos dice el evangelista, porque habían visto los signos que hacía con los enfermos’. Ante la multitud que se arremolinaba alrededor de Jesús, ‘al ver que acudía tanta gente, Jesús le dice a Felipe: ¿con qué compraremos panes para que coman estos?’ Ya el evangelista nos comenta que Jesús sabía lo que iba a hacer y lo que estaba era tanteando la reacción de los discípulos más cercanos a Jesús, los apóstoles.
En lo que allí iba a suceder habían o tenían que manifestarse muchas señales del Reino que Jesús estaba anunciando y constituyendo con su persona y su predicación. Podríamos decir que Jesús estaba tanteando también a ver hasta donde habían ido aprendiendo lo que Jesús les había ido enseñando, en las señales a través de las cuales habría de manifestarse el Reino de Dios. Aunque se preguntan por la cantidad de dinero que necesitarían - y que seguro no tendrían - y dónde podrían conseguir pan para toda aquella gente estando como estaban en descampado, pronto aparecerán las primeras señales.
Por allí hay alguien dispuesto a compartir. ‘Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y un par de peces, pero ¿qué es esto para tantos?’ Pero allí está la disponibilidad de los pobres - los panes de cebada eran la comida de los pobres, lo normal hubiera sido que fueran de harina de trigo -, disponibilidad para desprenderse y para compartir.
Y desde aquel compartir en la pobreza surgirá la abundancia, porque siempre la generosidad del Señor es mucho más grande que la nuestra. Ya conocemos el hecho y lo hemos escuchado en el Evangelio. ‘Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados, y lo mismo todo lo que quisieron del pescado’. Sentados en el suelo, como quizá habían estado escuchando a Jesús, alimentando su vida con la Palabra, ahora se alimentan con aquel pan que va a ser un signo del pan de vida que un día Cristo nos dará. Será lo que más tarde les anunciará en la Sinagoga de Cafarnaún; ya lo iremos escuchando en los próximos días.
Reunidos también nosotros en torno a Jesús, sentados a sus pies como aquella multitud, queremos alimentarnos y venimos a escuchar su Palabra cada día; hasta Jesús venimos también trayendo lo que son nuestras necesidades y lo que son nuestras inquietudes; en Jesús ponemos toda nuestra esperanza porque sabemos bien que nos va a alimentar porque es El mismo el que se nos va a dar en comida. 

jueves, 11 de abril de 2013


La fortaleza del Espíritu para confesar y testimoniar nuestra fe

Hechos, 5, 27-33; Sal. 33; Jn. 3, 31-36
Con que fortaleza nos sentimos cuando vivimos intensamente nuestra fe. ‘Sé de quien me he fiado’, como le escuchamos decir a san Pablo en alguna ocasión en sus cartas. Y es que nos sentimos seguros en el Señor, ponemos nuestra vida en sus manos, y desde El sentiremos esa fortaleza que nos lleva a vivir ese nuevo sentido de nuestra vida que nos da nuestra fe, a proclamar valientemente nuestra fe en Jesús y a testimoniarla ante los demás, y a superar todas las dificultades o tentaciones que nos vayan apareciendo en la vida. ‘En Dios pongo mi esperanza y confío en su palabra’, como decimos también con algún salmo.
El evangelio que continúa con esa prolongación de la conversación de Jesús con Nicodemo nos está invitando una vez más a vivir nuestra fe. ‘El que Dios envió  habla las Palabras de Dios, nos dice, y El Padre ama al Hijo y todo lo ha puesto en sus manos. Y el que cree en el Hijo posee la vida eterna’. Desde la fe que tenemos en Jesús nos llenamos de su vida, de su gracia, de su fortaleza; nos sentiremos distintos y fortalecidos para ese testimonio.
Pero fijémonos en el texto de los Hechos de los Apóstoles. Con qué valentía se presentan los apóstoles ante el pueblo y también ante el Sanedrín y los sumos sacerdotes. Qué diferencia podemos apreciar entre aquellos discípulos temerosos que abandonaron a Jesús tras su prendimiento, le negaron o se mantuvieron lejos, o luego tristes y asustados se mantenían encerrados en el cenáculo, ‘con las puertas cerradas por miedo a los judíos’. Tras la llegada de Jesús, su encuentro con Cristo resucitado todo cambió.
Los hemos ido contemplando estos días tras la curación del paralítico de la puerta Hermosa del templo. Como escuchábamos ayer los metieron en la cárcel de la que un ángel les libró y, como hemos escuchado hoy, a la mañana siguiente ya estaban de nuevo en el templo hablando de Jesús. Los habían mandado a buscar a la cárcel pero no los encuentran. Alguien les dice que están predicando en el templo. De allí los traen, los interrogan de nuevo. ‘¿No os habíamos prohibido formalmente enseñar en nombre de ése?’ Ni siquiera quieren decir el nombre de Jesús. Pero ya hemos escuchado su respuesta. ‘Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres’. Y vuelven a hacer el anuncio de Cristo resucitado. ‘Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo que Dios da a los que le obedecen’.
Entendemos que estos hechos suceden ya después de Pentecostés, que es lo que nos relata el libro de los Hechos de los Apóstoles. En ellos estamos viendo la fortaleza del Espíritu que les hace sentirse libres y seguros en su fe y en su testimonio. No temen la cárcel, no se dejan amedrentar por las prohibiciones y amenazas. Sienten la fortaleza del Espíritu en su corazón.
Es el ejemplo y el testimonio que hemos de sacar para nuestra vida. Es la fortaleza que hemos de sentir en nuestro espíritu y la valentía para el testimonio cristiano. Es la fortaleza que nos da nuestra fe que nos ha de llevar a proclamarla con valentía. Muchas veces nos sentimos acobardados porque vivimos en un mundo muy adverso que no entiende nuestro mensaje ni quiere entenderlo en muchas ocasiones. Pero tenemos que sentirnos seguros en el Señor y vivir nuestra fe con alegría.
El Papa Francisco estos días nos lo está repitiendo continuamente para que nos salgamos de nosotros mismos, para que no nos quedemos encerrados sino que llevemos a nuestro mundo la luz de Cristo resucitado. Lo que estamos escuchando estos días en los Hechos de los Apóstoles es un buen testimonio que tiene que animar y fortalecer nuestra fe.
Tenemos también en nosotros la fuerza del Espíritu para dar ese testimonio y no caben cobardías. También nosotros hemos de ser testigos. El sacramento de la confirmación que un día recibimos para eso nos ha fortalecido con el don del Espíritu Santo. Algunas veces parece que olvidamos que esa gracia del Señor está en nosotros. Abramos nuestro corazón a Dios y a su gracia.

miércoles, 10 de abril de 2013


Para que no perezca ninguno de los que creen en El sino que tengan la vida eterna

Hechos, 5, 17-26; Sal. 33; Jn. 3, 16-21
‘Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por El’. La voluntad de Dios es la salvación del hombre, porque el querer de Dios es el amor. Quien ama no condena; quien ama ofrece siempre caminos de salvación; quien ama nos estará mostrando siempre la ternura de su corazón. El deseo de Dios es la vida y la vida sin fin para nosotros que somos los amados de Dios. Muchas veces nos lo hemos repetido: ‘Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único…’
Casi sería suficiente quedarse rumiando no solo en la cabeza sino en el corazón este pensamiento y no tendría que ser necesario añadir más. Aunque cuando contemplamos toda esa ternura y todo ese amor de Dios nos preguntaríamos, ¿y qué tenemos que hacer? ¿cuál de ser nuestra respuesta?
Ante tanto amor lo que tenemos que hacer es darle nuestro sí, creer. ¿Cómo no vamos a creer en El? A veces queremos buscarnos razonamientos y pruebas para la fe que nos den seguridades para nuestro creer. La razón grande es la del amor porque la prueba grande que nos está ofreciendo es el amor que El nos tiene. Hemos de creer en El, poner toda nuestra fe, abandonándonos a ese querer de Dios porque es donde más seguros nos podemos sentir. Es el riesgo del amor que será el riesgo de la fe, porque es confiarnos, fiarnos, ponernos en sus manos.
‘El que cree en El, no será condenado’, nos sigue diciendo Jesús. Claro el que no cree no podrá alcanzar una salvación que ni cree, ni desea, ni espera. Y es que creyendo en El, ‘en el  nombre del Hijo único de Dios’ tenemos la certeza de la salvación, la garantía de la vida eterna. Para eso ha venido Jesús, para darnos la salvación, para alcanzarnos la vida eterna, porque se entregó ‘para que no perezca ninguno de los que creen en El sino que tengan la vida eterna’.
Pero seguimos preguntándonos, ¿y qué hemos de hacer? Aceptar su luz, realizar las obras de la luz; rechazar las tinieblas, no dejarnos envolver por las tinieblas de la muerte y del pecado. Y vivir en las obras de la luz significará hacer las obras de Jesús que son y serán siempre las obras del amor.
Pero ya sabemos las tinieblas nos acechan, nos quieren envolver, quieren ahogar la luz. ‘Esta es la causa de la condenación: que la luz vino al mundo y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz’. Nuestra gran tentación y nuestro gran pecado, dejarnos embaucar por las tinieblas del pecado. ‘El que realiza la verdad, se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios’. Queremos acercarnos a la luz, queremos acercarnos a Jesús, queremos dejarnos iluminar por su luz, queremos renacer a esa vida nueva que El  nos ofrece.
La imagen de la luz tan repetida en el evangelio de Juan. Nos hablaba ya en su primera página pero nos lo irá repitiendo para que en verdad escuchemos en lo más hondo de nosotros esa invitación a vivir en la luz que es lo mismo que vivir a Jesús que es la verdadera luz del mundo. Son las palabras que le escuchamos a Jesús, como este texto del evangelio de hoy, pero serán los signos que va realizando como cuando devuelve la vista a los ciegos, o cura a aquel ciego que mandó lavarse a la piscina de Siloé.
Como diría entonces Jesús ‘Yo he venido a este mundo para un juicio: para dar vista a los ciegos y para privar de ella a los que creen ver’. Y cuando le replican los fariseos si cree que ellos acaso están ciegos, les dirá: ‘Si estuvieseis ciegos, no seríais culpables, pero, como decís que veis, vuestro pecado permanece’.
Ansiemos esa luz de Jesús. Al celebrar la resurrección del Señor ha sido un signo que ha brillado con fuerza, la luz del Cirio Pascual. Que en verdad nos dejemos iluminar por su luz. Que la fe que ponemos en Jesús ilumine plenamente nuestra vida para que, creyendo en El, nos llenemos de su salvación y alcancemos la vida eterna. Caminemos siempre a su luz. Pongamos totalmente nuestra fe en El.

martes, 9 de abril de 2013


Un testimonio valiente de la fe en la resurrección: la comunión y el compartir de los hermanos

Hechos, 4, 32-37; Sal. 92; Jn. 3, 11-15
‘Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor’, nos resume el texto de los Hechos de los Apóstoles lo que venía a ser el centro y vida de aquella primera comunidad cristiana.
Como  hemos comentado en otro momento en el tiempo de pascua en la primera lectura iremos haciendo una lectura continuada del libro de los Hechos de los Apóstoles. Hemos ido escuchando en la primera semana ese anuncio claro y valiente que hacen de Cristo resucitado, y de manera especial hemos escuchado lo sucedido en torno a la curación del paralítico de la puerta Hermosa del templo. La predicación de Pedro ante el pueblo primero, luego ante el Sanedrín ante el cual son conducidos, la prohibición de que hablen del nombre de Jesús, son aspectos que hemos ido escuchando estos días.
En el texto de hoy se nos presenta lo que era la vida de la comunidad, en lo que se expresaba ese testimonio vivo y en la propia vida que iban haciendo de la resurrección de Jesús. ¿Cuál era el testimonio?, podríamos preguntarnos. La comunión profunda que había entre todos los que creían en Jesús. Ya en capítulos anteriores se nos hablaba de cómo eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en las oraciones y en la Fracción del Pan que celebraban por la casas, para hablarnos de la Eucaristía.
Hoy se nos dice que ‘en el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo: lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio, nada de lo que tenía’. Era una comunión profunda la que sentían y vivían entre ellos, confesando una misma fe: ‘pensaban y sentían lo mismo’. Pero de esa comunión en la misma fe nacía la comunión en el amor, pues todo lo compartían, ‘lo poseían todo en común’.
Y nos hablará de cómo hasta llegaban a vender sus posesiones poniendo el dinero a disposición de los apóstoles para que nadie pasara necesidad. Cuando hay amor verdadero vamos a sentir la necesidad del hermano que amamos como nuestra propia necesidad; cuando hay amor verdadero ¿cómo puedo yo sentirme satisfecho ampliamente en mis cosas y necesidades, pero olvidándome de la necesidad que pueda tener el que está a mi lado?
Os confieso el dolor y hasta la rabia que me asalta en mi interior cuando veo cómo somos capaces de desperdiciar lo que tenemos y hasta tiramos los alimentos y no somos capaces de pensar en aquella persona que quizá no tiene un pedazo de pan que llevarse a la boca. Somos muy descuidados en estos aspectos muchas veces, pero si fuéramos capaces de poner rostro y nombre a quienes pasan esa necesidad seguro que actuaríamos de manera distinta.
No sé si sería porque en los tiempos de mi niñez eran tiempos duros de escasez o también por los valores cristianos que se vivían en mi familia y en los que fui educado, pero eran cosas que aprendí de mi madre, de mi familia, a no tirar nada, a saber aprovechar todo pero no por egoísmo sino para saber pensar en los demás y compartir con ellos.
Estos pensamientos concretos han venido a mi mente y a mi recuerdo ante lo que nos está relatando el libro de los Hechos de los Apóstoles de lo que era la manera de vivir de aquellas primeras comunidades cristianas. Terminará el texto hablándonos de Bernabé, levita y chipriota que vendió su campo y puso el dinero a disposición de los apóstoles. Es la primera vez que se nos hablará de Bernabé a quien veremos más tarde que la comunidad le confía diversas misiones y a que escogido por el Espíritu veremos con Pablo en el primero de los viajes apostólicos que desarrollará con mucho detalle el libro de los Hechos.
En el evangelio estamos escuchando el diálogo de Jesús con Nicodemo, aquel magistrado judío que fue a verlo de noche. Aquel a quien Jesús le dijo que era necesario nacer de nuevo para ver el Reino de Dios, en clara referencia al  nuevo sentido de vida que se tiene cuando en verdad nos encontramos con Jesús; una clara referencia al Bautismo, en el agua y el Espíritu le dice que hay que nacer. Es lo que hubiéramos escuchado ayer si no hubiera sido la celebración de la Encarnación del Señor. Y es lo que hemos contemplado reflejado en aquellos primeros creyentes de la comunidad de Jerusalén; realmente habían nacido de nuevo porque el estilo y sentido de sus vidas eran bien distinto, todo era vivir en comunión de amor entre ellos y así lo compartían todo.
En el texto del evangelio de hoy escuchamos el anuncio de la cruz en la que había de ser levantado en alto Jesús que tantas veces hemos reflexionado. ‘Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre, para que todo el que cree en El tenga vida eterna’.

lunes, 8 de abril de 2013


Creo en un solo Señor Jesucristo, Dios y Hombre verdadero

Is. 7, 10-14; Sal. 39; Hebreos, 10, 5-10; Lc. 1, 26-38
‘Creo en un solo Señor Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos… Dios verdadero de Dios verdadero… de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho; que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación, bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre…’
Así confesamos en el Credo que luego proclamaremos en su integridad. He querido comenzar esta breve reflexión entresacando estas palabras del Credo sobre todo en referencia a lo que hoy estamos celebrando, el misterio de la Encarnación de Dios en las entrañas de María, misterio por el cual el Hijo de Dios se hizo hombre verdadero. No lo pudimos celebrar en la fecha habitual de la celebración de este misterio de nuestra fe al coincidir en las ferias mayores de la Semana Santa por lo que ha sido trasladada litúrgicamente a este lunes siguiente a la octava de la Pascua de la Resurrección del Señor.
Hemos escuchado en el libro de Isaías anuncio profético de por el que una doncella dará a luz un  hijo al que se le pone por nombre Emmanuel, que significa Dios con nosotros. Anuncio con pleno sentido mesiánico como lo ha visto siempre la Iglesia y que nos ofrece la liturgia en este día en que en el Evangelio veremos la Anunciación del Ángel a María que iba a ser la Madre de Dios.
‘Has encontrado gracia ante Dios y concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús… se llamará el Hijo del Altísimo… y su reino no tendrá fin… el Espíritu Santo vendrá sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra… el santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios’. Así hemos escuchado al ángel anunciar a María.
María encontró gracia ante de Dios y la gracia de Dios se derramó sobre toda la humanidad con la presencia del Emmanuel, del Dios con nosotros. ‘Por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, Virgen, y se hizo hombre’, como confesamos en el Credo. ‘Así, Dios cumplió sus promesas al pueblo de Israel y colmó de manera insospechada la esperanza de los otros pueblos’, como cantaremos en el prefacio.
Es el misterio de Dios que hoy celebramos. Es el misterio del amor de Dios que no abandona al hombre sino que lo busca para salvarlo y porque tanto amaba Dios al hombre envía a su único Hijo para que nadie perezca, para que todos alcancemos la salvación de Dios. Hijo de Dios, ‘de la misma naturaleza del Padre’. Desde toda la eternidad, ‘nacido del Padre antes de todos los siglos’ como decimos en el Credo, ‘Dios verdadero de Dios verdadero’ se hace hombre, verdadero hombre, tomando nuestra naturaleza humana para elevarnos y hacernos ‘semejantes a El en su naturaleza divina’ como expresábamos en la oración litúrgica de esta fiesta.
Es grande el misterio que hoy celebramos que supera todas nuestras expectativas y esperanzas, todo lo que nuestra mente humana podría imaginar. Así es el amor de Dios. Así se derrama su gracia sobre nosotros. Así es la grandeza del hombre que ha sido elevado a una nueva dignidad porque al participar de la vida divina de Jesús nos hacemos también hijos de Dios.
Estamos hoy recordando aspectos fundamentales de nuestra fe que, aunque conocidos y confesados continuamente cuando recitamos el Credo, muchas veces tenemos que rumiarlos y reflexionarlos para hacerlo vida de nuestra vida. Como tantas veces hemos dicho y la celebración del Año de la fe en el que estamos metidos nos impulsa hemos de ahondar cada vez más en ese misterio de nuestra fe para conocerle mejor y para poder confesarlo con toda firmeza. Por eso nos conviene ir recordando y reflexionando sobre los diferentes artículos de fe nuestro credo.
Una fe que nos lleve a vivir una vida en consecuencia buscando siempre lo que es la voluntad de Dios. Ejemplo tenemos en María en el texto de la Anunciación que hemos escuchado y tantas veces reflexionado. Que como María sepamos abrirnos al misterio de Dios y sepamos en todo hacer su voluntad por encima de nuestras humanas voluntades. ‘Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra’, decía María y Dios se encarnó en su seno. ‘Aquí estoy para hacer tu voluntad’, como hemos escuchado en el Apocalipsis y así nos veamos justificados y santificados por la acción del Espíritu Santo en nosotros.
‘Confirma en nosotros la verdadera fe, pediremos en la oración después de la comunión, para que cuantos confesamos al Hijo de la Virgen, como Dios y hombre verdadero, podamos llegar a las alegrías del Reino por el poder de su Resurrección’. Es nuestra fe, es la fe de la Iglesia que nos gloriamos de confesar.

domingo, 7 de abril de 2013


Seguimos viviendo y celebrando la Pascua del Señor

Hechos, 5, 12-16; Sal. 17; Apoc. 1, 9-19; Jn. 20, 19-31
Seguimos celebrando la Pascua. Seguimos queriendo vivir con igual intensidad que lo hacíamos el domingo de la resurrección del Señor la alegría de la pascua. No puede decaer. La liturgia de la Iglesia en su sabiduría ha querido prolongar durante estos ochos días la misma solemnidad para que sigamos viviendo intensamente a Cristo resucitado. Se prolongará cincuenta días del tiempo pascual hasta que lleguemos a Pentecostés. Lo seguiremos repitiendo - que no solo es repetir sino mucho más porque es celebrar y vivir - cada domingo cuando celebremos el día del Señor en la memoria del día en que el Señor resucitó.
Todo eso será posible porque estamos impregnados por el Espíritu de Cristo resucitado que nos hace gustar la misericordia del Señor, que reanima la fe del pueblo cristiano con la celebración de la Pascua, que nos hace recordar la riqueza grande del bautismo que hemos recibido por el que participamos del misterio de su muerte y resurrección, que nos hace vivir con gozo hondo nuestra fe manifestando a todos lo que es la alegría del cristiano en todo momento de su vida.
Su Espíritu fue el regalo de Pascua a sus discípulos como escuchamos hoy en el evangelio. Por la fuerza de su Espíritu nos llenamos de paz con el perdón de los pecados y se nos acaban los miedos y temores; por la fuerza del Espíritu en el Bautismo hemos comenzado a ser hijos de Dios, partícipes de su vida divina; con la presencia de su Espíritu en nosotros nos llenamos de esperanza y comenzamos a amar de una manera nueva con el amor que El con su entrega nos enseñó.
Es de lo que nos está hablando la Palabra que hoy se nos ha proclamado. En el evangelio hemos contemplado el encuentro de Cristo resucitado con los apóstoles reunidos en el cenáculo. ‘Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos’.
Muchos temores quedaban en sus corazones. La experiencia por la que habían pasado de la crucifixión y muerte de Jesús había, podíamos decir así, desestabilizado sus vidas. Parecía que sus esperanzas se acababan. Como dirían los discípulos que marchaban a Emaús ‘nosotros esperábamos que el fuera el futuro liberador de Israel’. Ahora temían incluso por sus vidas si acaso no les pudiera pasar lo mismo olvidando quizá todo lo que Jesús les había anunciado. ‘Estaban con las puertas cerradas por miedo a los judíos’.
Pero Jesús está allí en medio con un anuncio de paz. Aunque se sienten turbados con su inesperada presencia ‘se llenaron de alegría al ver al Señor’ como comenta el evangelista. ‘Paz a vosotros’, les repite por dos veces Jesús. Y les regala su Espíritu para el perdón de los pecados. Su Sangre había sido derramada en el Sacrificio de la nueva y eterna Alianza para el perdón de los pecados. La misericordia del Señor se derramaba sobre ellos y sus corazones se sentían para siempre inundados de paz.
Les había costado aceptar la cruz porque, ya desde los primeros anuncios que había hecho Jesús de su pasión, se habían rebelado contra esa posibilidad. Recordemos las reacciones de Pedro y lo que les costaba entender las palabras de Jesús. Tampoco quizá habían terminado de entender todo lo que Jesús había realizado y dicho en la última cena. Pero ahora derramando su Espíritu sobre ellos podrían terminar de comprender lo que es la misericordia divina y lo que es la paz que alcanzamos cuando así nos sentimos amados, con esa ternura de Dios - ¿misericordia no significaba algo así como la ternura de Dios? - y en El ya nos veremos liberados para siempre de todas nuestras culpas. Por eso hablamos en hoy del domingo de la misericordia, por eso podemos sentir de manera intensa ese saludo de paz de Jesús ya para siempre para nosotros.
Pero decíamos también que la celebración de este domingo viene a reanimar la fe del pueblo cristiano. El evangelio nos dice que Tomás no estaba entre ellos en esa primera aparición de Cristo resucitado a los discípulos. Le comentan ‘hemos visto al Señor’, pero a Tomás le cuesta creer. Quiere pruebas; quiere palpar por si mismo. ‘Si no veo en sus manos las señal de sus clavos, si no meto el dedo en el agujero de sus clavos y no meto la mano en su costado, no creo’. No ha sido el único que ha puesto en duda la resurrección del Señor que bien sabemos que eso se repite a lo largo de la historia de todos los tiempos. Que también pueden ser nuestras dudas, que nosotros también las tenemos en muchas ocasiones, que no siempre aceptamos todo con fidelidad, que hacemos nuestros distingos para ver lo que aceptamos y lo que no aceptamos, que nos hacemos nuestras reservas.
‘A los ocho días estaban otra vez dentro los discípulos y Tomas con ellos. Y llegó de nuevo Jesús, estando las puertas cerradas, se puso en medio’ y saludo de la misma manera, con la paz. Se dirige a Tomas ofreciéndole sus manos y su costado para que realice aquellas pruebas que había pedido. Pero no será necesario porque Tomás caerá a sus pies: ‘¡Señor mío y Dios mío!’ Será la exclamación y la proclamación de fe. ‘¿Por qué me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto’.
El testimonio de lo que contemplamos en la reacción de Tomás con sus dudas y con su proclamación de fe nos ayudan también a nosotros en nuestra fe. ‘Se reanima la fe de tu Iglesia’, como decíamos en la oración litúrgica. Todo sucede como en ejemplo para nosotros. Queremos proclamar nuestra fe no solo con nuestras palabras sino con toda nuestra vida. Ya no tienen que quedar dudas ni temores. Con Cristo resucitado y la fuerza de su Espíritu nos sentimos fuertes en nuestra fe y frente a todos los avatares que nos pueda presentar la vida.
Recitamos el Credo, resumen de nuestra fe, le damos nuestro Sí al Señor, pero queremos crecer en nuestra fe, queremos alimentar nuestra fe, queremos formarnos debidamente en nuestra fe conociendo cada vez con mayor hondura el misterio de Dios para que podamos llegar a dar razones de nuestra fe y de nuestra esperanza. Es necesario conocer bien lo que creemos para que podamos proclamarlo con toda claridad y valentía.
Testimonio que daremos con nuestras palabras sabiendo bien lo que creemos, pero testimonio que hemos de dar con las obras de nuestra vida. El texto de los Hechos de los Apóstoles que hemos escuchado en la primera lectura nos habla de cómo ‘crecía el número de los creyentes, hombres y mujeres, que se adherían al Señor’. El Espíritu del Señor estaba en medio de aquella comunidad y crecían más y más en la fe y en el amor.
‘Hacían muchos prodigios y signos en medio del pueblo’; eran los prodigios del amor que se manifestaba en la comunión que vivían entre ellos porque ‘en el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo’; eran los prodigios del amor ‘donde nadie pasaba necesidad’ y todo se remediaba todo sufrimiento en el ejercicio de la caridad. ‘Acudían llevando enfermos y poseídos del espíritus inmundos y todos eran curados’.
Sigamos viviendo con toda intensidad la Pascua del Señor. Que no decaiga nuestro espíritu ni se enfríe nuestra fe. Acojámonos a la misericordia del Señor y nos llenaremos de paz. Consideremos bien la grandeza a la que nos ha elevado Cristo cuando El se ha abajado para tomar nuestra naturaleza, nuestra vida. Recordemos el Bautismo de nuestra fe y la riqueza de gracia que se ha derramado sobre nosotros. Seamos en verdad conscientes de que por la sangre de Cristo hemos renacido a una vida nueva.
Demos gracias al Señor porque es bueno, porque su misericordia es eterna. Aleluya, cantemos al Señor.

sábado, 6 de abril de 2013


Testigos de resurrección ante el mundo aunque cueste hacer el anuncio

Hechos, 4, 13-21; Sal. 117; Mc. 16, 9-15
Con este breve relato de Marcos y los textos que escucharemos aun en el segundo y tercer domingo de Pascua se completan los relatos de la resurrección del Señor que nos ofrecen los evangelios. El texto de Marcos que hoy hemos escuchado viene a ser como un resumen que se nos ofrece al final del evangelio.
Hay un mensaje claro de afirmación de la resurrección del Señor Jesús que viene a ser como eje central de la fe de la Iglesia. Pero en los tres episodios que se nos resumen hay como unas connotaciones comunes que nos ayuda a proclamar nuestra fe, a hacer ese anuncio de Cristo resucitado aunque no sea siempre fácil dicho anuncio. No lo fue entonces, como no lo sigue siendo hoy día. Pero es de lo que hemos de dar testimonio valiente y claro.
Nos habla en primer lugar de la aparición de Cristo resucitado a María Magdalena, como dice el evangelista, ‘de la que había echado siete demonios’, para significar su conversión al Señor desde su condición de mujer pecadora. Ella había estado también al pie de la cruz de Jesús con las piadosas mujeres que lo habían acompañado desde Galilea. En toda la iconografía en torno a la muerte de Jesús en la cruz siempre aparecerá María Magdalena. Ahora en este relato de Marcos, a ella se le aparece Cristo resucitado, pero con la misión de irlo a comunicar a los discípulos, ‘que estaban tristes y llorando’, nos dice el evangelista. ‘Pero no la creyeron’.
Luego nos hablará de dos que se iban caminando a una finca, en clara referencia a lo que nos cuenta Lucas de los llamados discípulos de Emaús. Ellos que no lo reconocieron en principio porque ‘se apareció en figura de otro’, como nos dice Marcos, cuando le reconocen ‘al partir el pan y pronunciar la bendición’ como nos narraba Lucas, ‘ellos fueron también a anunciárselo a los demás, pero no los creyeron’.
Finalmente se aparecerá ‘a los Once, cuando estaban a la mesa y les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón porque no habían creído a los que lo habían visto resucitado’. Se repite una y otra vez la reacción negativa de no creer, precisamente aquellos que estaban llamados a ser los testigos de la resurrección. Pero Jesús está con ellos y a ellos les confiará esa misión que no podrán dejar de realizar. ‘Y les dijo: Id al mundo entero y predicad el evangelio a toda la creación’.
Es la misión del testigo. Quien ha experimentado la presencia de Cristo resucitado en su vida no lo puede callar. No será fácil el testimonio. A los propios discípulos les costó creer. Tenían los ojos obnubilados por el dolor y las dudas, porque todo podría parecer un fracaso de manera que les costaba ver y reconocer.
Alguien comentando en una reunión el texto de los discípulos de Emaús me preguntaba cómo era posible que ellos que habían estado con El, que quizá incluso lo habían contemplado en su pasión, ahora que iba caminando con ellos no lo veían, no lo reconocían. La mente se nos cierra y se nos cierra el corazón; los avatares de la vida, los problemas que vamos encontrando que nos hacen sufrir muchas veces nos endurecen y no somos capaces de ver las cosas más claras. No llegamos a reconocer al Señor que camina a nuestro lado, que viene a nuestro encuentro, que nos sale al paso en los caminos de nuestra vida para ser nuestra luz.
Pidámosle al Señor que nos abra el entendimiento del corazón para poder apreciarle, para poder descubrirle, para poder sentirle en nosotros vivo y resucitado y llenándonos de vida y de resurrección. Tenemos que ser sus testigos y somos enviados al mundo entero para predicar la Buena noticia a toda la creación, a todas las criaturas. Aunque nos cueste a nosotros o aunque les cueste entender y aceptar a los demás ese anuncio que les hacemos, esa Buena Noticia que les comunicamos. Ya nos dirá el Señor que no va a ser siempre fácil y por eso nos dará la fuerza de su Espíritu para que podamos vencer el mal y todo peligro que nos acecha.
Como dirá el ultimo versículo del evangelio, aunque hoy no lo hayamos escuchado, ‘Ellos salieron a predicar por todas partes y el Señor cooperaba con ellos, confirmando la palabra con las señales que la acompañaban'. Serán las señales de nuestro amor y del amor de Dios que se nos manifiesta.

viernes, 5 de abril de 2013


Jesús está siempre a nuestro lado cuando más lo necesitamos

Hechos, 4, 1-12; Sal. 117; Jn. 21, 1-14
Nos decimos que creemos en Dios y nos queremos llamar cristianos porque en verdad nosotros confesamos nuestra fe en Jesús, tratamos de vivir una vida auténticamente religiosa en nuestra relación con Dios con la oración, escuchando su Palabra, celebrando habitualmente los sacramentos, ahora mismo hemos terminado de celebrar el Triduo Pascual de la pasión, muerte, y resurrección del Señor, pero hemos de reconocer que muchas veces no somos constantes, tenemos el peligro de enfriarnos en nuestras expresiones religiosas o en nuestro compromiso como cristianos; es más, en ocasiones parece como si viviéramos sin tener en cuenta nuestra fe o nos cansáramos de esa vivencia de creyentes olvidándonos por momentos de nuestra fe.
Es una tentación y un peligro por el que podemos pasar. Y hemos de saber estar atentos, aunque eso a veces nos cuesta, para saber descubrir las señales que Dios pone a nuestro lado como llamadas a despertar de esa tibieza en la que fácilmente podemos caer. El Señor no nos deja solos y nos busca, nos llama, viene a nuestro encuentro, aunque se nos cieguen los ojos en tantas ocasiones.
Habrá momentos que en medio de esa rutina a la que volvemos fácilmente sentimos como aldabonazo fuerte en el corazón por algo que nos sucede, un pensamiento que puede surgir en nuestra mente, algo que hacemos y que o no nos sale cuando nosotros queríamos o de repente en un momento dado somos capaces de hacer algo bueno que no nos creíamos capaces.
Hoy nos ha hablado el evangelio de lo que llama Juan la tercera vez que se apareció Jesús a los discípulos reunidos. El Evangelio de Juan previamente nos ha hablado de la aparición de Cristo el primer día de la semana a los discípulos reunidos en el Cenáculo y por segunda vez a los ocho días en el mismo sitio cuando ya estaban todos, incluido Tomás. Se habían llenado de alegría al ver al Señor, nos decía el evangelista. Suponemos todo lo que significó para los discípulos ese encuentro con el Señor resucitado (el domingo tendremos ese texto en la liturgia del segundo domingo de Pascua).
Ahora nos habla de que están en Galilea y se han ido de nuevo a pescar. ‘Voy a pescar’, dice Pedro. ‘Vamos nosotros contigo’, le dicen los demás. Pero como en otra ocasión se pasaron la noche sin coger nada, de manera que cuando al amanecer alguien desde la orilla les pregunta que si tiene pescado, les responden que no han cogido nada. ‘Echad la red al lado derecho de la barca’, les dice desde la orilla quien para ellos en ese momento es un desconocido.
Ya hemos escuchado el relato del evangelio. La pesca es abundante. Juan se da cuenta de quien es el que está a la orilla. ‘Es el Señor’, le dice a Pedro que se lanza al agua para llegar más pronto a los pies de Jesús. El resto de los discípulos que llegan en la barca y se encuentran que Jesús tiene preparada la comida para ellos en la orilla. ‘Al saltar a tierra, vieron una brasas, con peces colocados sobre ellas, y pan’.
Jesús ha venido a su encuentro. Quizá de nuevo se había enfriado su fervor, pues se habían vuelto a sus faenas de antes. Las cosas no les salen como a ellos quisieran, pero allí están las señales de la presencia de Jesús. A su palabra, echan de nuevo la red y la redada de peces es grande. ‘Ninguno de los discípulos se atrevía ahora a preguntarle quien era, porque sabían bien que era el Señor’.
Es el Señor que viene a nuestro encuentro y se nos va haciendo el encontradizo allí donde estamos en la vida, en medio de nuestros trabajos, de nuestras luchas, de nuestros cansancios o de la tibieza en la que podemos caer en la rutina de cada día. Pero el Señor está a nuestro lado alentándonos en nuestra fe, dándonos su gracia, realizando maravillas en nosotros. Abramos los ojos como Juan para descubrirle y saber que es el Señor el que está a nuestro lado.
Que no se nos enfríe nuestra fe. Jesús está siempre a nuestro lado cuando más lo necesitamos.

jueves, 4 de abril de 2013


Testigos que anuncian llenos de alegría la conversión y el perdón por el nombre de Jesús

Hechos, 3, 11-26; Sal. 8; Lc. 24, 35-48
Seguían contando los de Emaús ‘lo que les había pasado por el camino y cómo lo  habían reconocido al partir el pan’. Los que estaban en Jerusalén contaban también su experiencia porque sabían que a Simón también se le había aparecido Jesús resucitado. Y allí está ahora en medio de ellos. ‘Estaban hablando de estas cosas, cuando se presenta Jesús en medio de ellos...’
Sorpresa, miedo, alegría, paz son los sentimientos que se van sucediendo en ellos. Pero Jesús viene con la paz. Es su saludo: ‘Y les dice: Paz a vosotros’. Es el saludo de Cristo resucitado que se repite en los distintos evangelistas. Cuando Juan nos narre también esta primera aparición en el Cenáculo la tarde de aquel primer día de la semana, como escucharemos en próximo domingo, ese será el saludo que ponga en labios de Jesús: ‘Paz a vosotros’. Por otra parte les había dicho a las mujeres que fueron de mañana al sepulcro ‘no tengáis miedo’.
No caben los miedos ni temores. Ya habían dado ejemplo los discípulos de Emaús que si primero invitaron a aquel caminante porque se hacía de noche y no convenía caminar en la oscuridad de la noche, una vez que se han encontrado con Jesús resucitado volverán sin ningún temor, porque para ellos ya era de día para siempre, hasta Jerusalén para comunicar a los hermanos la noticia.
Jesús quiere despejarles todas sus dudas para que no piensen en la ensoñación de un fantasma y les pedirá incluso que lo palpen mostrándoles las manos y los pies ‘porque un fantasma no tiene carne y huesos’, y les pide también que le den algo para comer. ‘Le ofrecieron un trozo de pez asado, lo tomó y comió delante de ellos’.
Se disipaban los miedos, los temores, las dudas, pero la alegría que los embargaba les hacía seguir atónitos. Ahora, como había hecho con los discípulos de Emaús pacientemente se pone a recordarles lo anunciado por El mismo y por las Escrituras sagradas. ‘Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros: que todo lo escrito en la ley de Moisés y los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse’. Obediente al designio divino había subido hasta la cruz. El cáliz había sido amargo pero aunque le pidiera al Padre que lo librara de él, sin embargo por encima de todo estaba lo que era la voluntad del Padre. ‘No se haga mi voluntad sino la tuya’.
‘Les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras’ y puedan comprender bien todo lo que había sucedido porque de ahora en adelante ellos habían de ser los testigos que lo anunciaran y proclamaran. ‘Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto’.
No lo podrán callar. Será el anuncio permanente hasta el final de los siglos. Hoy hemos escuchado a Pedro en el templo de Jerusalén haciendo este anuncio tras la curación del paralítico de la puerta Hermosa. Pero ha de ser también nuestro anuncio, el testimonio que nosotros tenemos que seguir dando.
Hemos celebrado con toda intensidad y fervor el Triduo Pascual de la pasión, muerte y resurrección del Señor. Quisimos también nosotros tomar la cruz para seguir a Jesús y hacernos uno con El en el misterio de su Pascua. Pero esa cruz sigue acompañándonos siempre a lo largo de la vida, porque siempre hemos de estar unidos a la muerte y a la resurrección del Señor. Habrá quizá momentos duros en los que podamos flaquear, pero, como Jesús, obedientes al Padre seguiremos los pasos de Jesús.
Seguiremos los pasos de Jesús y con nuestra vida tenemos que ser sus testigos cuando también la cruz caiga sobre nuestros hombros en el dolor o los sufrimientos, en los problemas o en las luchas de cada día, en los contratiempos que podamos tener en nuestra vida, o cuando quizá tengamos que sufrir por el nombre de Jesús. Pero ahí siempre hemos de ser testigos para anunciar en el nombre de Jesús la conversión y el perdón de los pecados, la salvación y la vida eterna para cuantos creemos en Jesús. Así seremos en verdad testigos de Cristo resucitado.
Es nuestra tarea que hemos de realizar sin miedos ni cobardía, sin temores ni dudas porque por la fuerza del Espíritu nos sentiremos siempre inundados de la gracia del Señor que nos fortalece y nos llena de vida, de esa vida que hemos de llevar también a los demás. 

miércoles, 3 de abril de 2013


Un camino desde la desesperanza a una fe renacida

Hechos, 3, 1-10; Sal. 104; Lc. 24, 13-35
Qué distintas son las cosas y de qué manera distinta llegamos a ver y comprender la vida cuando en verdad sentimos que Jesús va junto a nosotros, se hace presente en nuestra vida. Los discípulos de Emaús pasan del desaliento y la desesperanza al entusiasmo y la valentía para hacer nuevos caminos. Venían por un camino que se les hacía triste y cansino porque como se suele decir llevaban el alma por los pies tras el desaliento que les había producido la muerte de Jesús con lo que parecía que para ellos se habían acabado todas las esperanzas.
‘¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?’, les pregunta aquel caminante que les sigue el paso y se pone a caminar junto a ellos. ‘Se detuvieron preocupados’, comenta el evangelista. Aquel caminante que se les une a su camino nota cuanto pueda ser la preocupación y el dolor que llevan en el alma. Bueno, Jesús lo sabe bien, pero ellos no le reconocen. Se pone a caminar con ellos.
Poco a poco ellos se irán confiando y le irán contando todo cuanto ha sucedido. ‘¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?’ Y le explican con todo detalle. Pero aquel desconocido caminante es el que comienza a explicarles el sentido de todo, les va recordando las Escrituras, todo lo anunciado por los profetas y se va enardeciendo su corazón. ‘¡Qué torpes y necios sois para creer lo que anunciaron los profetas!’, les dice. ‘Les explicó todo lo que se refería a El en toda la Escritura’.
Cuando antes sólo pensaban en si mismos, tan ensimismados que no reconocen quien es el que va con ellos en el camino, ahora se abren a la generosidad y lo invitan a quedarse preocupados por El. Los caminos son peligrosos - recordemos lo de la parábola que nos contaba Jesús del caminante que fue asaltado y dejado a la vera del camino medio muerto en la bajada a Jericó - y comienza a caer la tarde. ‘Quédate con nosotros porque atardece y la tarde va de caída’. Le abren las puertas ya no solo de su casa, sino que realmente les han ido abriendo las puertas del corazón. Y se sentó a la mesa con ellos.
Es ahora cuando se va a descorrer el velo que cegaba sus ojos y se va a descubrir el misterio. Jesús va a repetir el gesto de partir el pan y los ojos se les van a abrir. ‘Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero El desapareció’. Cómo sería ese gesto de Jesús de partir el pan y pronunciar la bendición que tantas veces le verían repetir, de manera que ahora sí lo reconocen. Es el gesto allá del desierto cuando la multiplicación de los panes; pero es el gesto realizado en la última cena cuando instituye la Eucaristía y que nos mandaría repetir. Ahora lo está realizando Jesús.
Aquel camino de desaliento y desesperanza que habían venido pesadamente haciendo ahora se acaba y se transforma, porque ahora serán las carreras para volver a Jerusalén y no importa que sea la noche. Para ellos se acabó el desaliento y el miedo y se sienten seguros. Una alegría y una paz nueva han brotado en sus corazones y no les queda mas remedio que correr de nuevo a Jerusalén porque aquella noticia no se la pueden quedar para ellos. ‘¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?’ se preguntan y con ese ardor en su corazón volverán a Jerusalén donde contarían todo lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
Jesús también viene a nuestro encuentro en ese camino de desalientos y desesperanzas que tantas veces recorremos en la vida; Cristo camina a nuestro lado aunque muchas veces no lo sepamos reconocer pero es El quien nos da esperanza, nos hace sentir paz en el corazón y nos da aliento y fuerza para que vayamos a los demás a contarles también cuanto nos ha sucedido.
‘Quédate con nosotros’, tendremos que decirle una y otra vez, para manifestar nuestro deseo de que El esté con nosotros y de que nosotros podamos estar siempre con El. No nos encerremos en nuestras preocupaciones y agobios, no nos encerremos en nuestras desesperanzas y desalientos. Abramos nuestro corazón a Dios, abramos los ojos de la fe, pongamos mucho amor en nuestro corazón y en todo lo que vayamos haciendo y vamos a sentir arder nuestro corazón porque El lo va a prender del fuego divino de su amor.
Quédate con nosotros, Señor, para que nunca se nos haga la noche en nuestra vida, para que no nos puedan las tinieblas, sino que siempre nos sintamos iluminados por tu luz. 

martes, 2 de abril de 2013


También Jesús nos llama por nuestro nombre para que vayamos a anunciar su resurrección

Hechos, 2, 36-41; Sal. 32; Jn. 20, 11-18
La muerte de Jesús fue algo duro para los discípulos de Jesús en especial para aquellos que más le amaban - es el caso de María Magdalena a la que hace hoy mención el evangelio - y muy costoso de asumir. Jesús le había anunciado repetidamente como siempre que hacía el anuncio de su pasión y de su muerte hablaba también de su resurrección. Muchas veces hemos comentado esos textos.
Algo tan traumático para los que tanto le amaban y le seguían, que veremos por ejemplo al grupo de los Doce encerrados en el cenáculo con las puertas cerradas por miedo a los judíos y como hoy escuchamos la lágrimas obnubilan los ojos para no ser capaz de reconocer a Jesús aunque se le tenga delante. Es lo que le sucedía a María Magdalena. ‘Estaba sentada junto al sepulcro llorando’, contempla los ángeles ‘vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies de donde había estado el cuerpo de Jesús’.
Escucha la voz que le pregunta -primero los ángeles, después Jesús mismo - ‘Mujer, ¿por qué lloras? ¿a quién buscas?’, pero  no reconoce a Jesús. Cegados los ojos por las lágrimas, pero cegado el corazón para no conocer. Le tomó por el encargado del huerto. ‘Señor, si tu te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré’. Se siente fuerte aquella débil mujer para cargar si fuera necesario con el cuerpo de Jesús.
Pero será la llamada por su nombre lo que la despierte de su ensoñación. ‘Jesús le dice: ¡María! Y ella se vuelve y le dice: ¡Rabboni! (Maestro)’. Jesús que la llama por su nombre y ella que le reconoce. Sentirse llamada por su nombre… una experiencia muy especial que le hará abrir bien los ojos.
¿Seremos capaces nosotros de escuchar también esa llamada de Jesús por nuestro nombre? Así nos ama el Señor, por nuestro nombre; nuestro nombre es nuestra identidad y es mucho más; en nuestro nombre está nuestra vida y todo lo que hay en nosotros por lo que seríamos amados o despreciados. Pero cuando Dios nos está llamando por nuestro nombre lo hará siempre desde una llamada de amor, aunque muchas cosas despreciables pudiera haber en nuestra vida. Dios nos habla y nos llama por nuestro nombre porque nos ama.
Y nos ama con lo que somos, en lo que están todas esas cosas buenas que hay en nuestra vida, todos esos dones y gracias con los que el Señor nos ha regalado, pero están también nuestras negruras, las negruras de nuestras infidelidades, de nuestras negaciones, de nuestros pecados. Pero aún así nos ama Dios; aún así Dios quiere manifestarsenos regalándonos su amor. Esa es la maravilla del amor que el Señor nos tiene.
Hemos venido celebrando estos días con mayor o menor devoción todo el misterio pascual de Cristo y hemos llegado a la fiesta grande de la Pascua donde proclamamos la glorificación del Señor en su resurrección. Sin embargo, como nos sucede siempre porque así somos de débiles e inconstantes, pudiera ser que pronto haya cosas que nos distraigan, o nos hagan bajar la intensidad con que días antes hemos venido celebrando todo el misterio de Cristo. Pueden ir apareciendo cosas en nuestra vida que, como decíamos, nos distraigan o un poco nos cierren los ojos y ya no sigamos contemplando con la misma intensidad todo este misterio de la pascua - así somos de inconstantes -. El ambiente que nos rodea en nuestra sociedad no siempre nos ayuda a vivir con la intensidad necesaria nuestra experiencia de fe.
Que este hecho del evangelio que hoy estamos contemplando y meditando nos despierte de esas llamémoslas así distracciones, porque sintamos la voz del Señor que nos llama por nuestro nombre para que le sigamos reconociendo. Porque además tenemos una misión, como la de María Magdalena, que es la de ir a anunciar a los hermanos que el Señor ha resucitado. No olvidemos que es un anuncio que si en verdad creemos en Jesús no podemos dejar de hacer. Aunque sea con una simple felicitación pascual que hagamos a los que nos rodean, es también una forma de expresar nuestra fe, de trasmitir lo que llevamos dentro y queremos vivir, a Cristo resucitado.

lunes, 1 de abril de 2013


La pascua sigue alentando nuestra fe y reavivando nuestra esperanza

Hechos, 2, 14.22-32; Sal. 15; Mt. 28, 8-15
Cuando uno ha tenido el gusto y el placer de saborear una exquisita comida, luego le quedará ese gusto en su boca que con solo pensar en aquello tan rico que comió de nuevo parece que lo sigue saboreando en su boca y en sus sentidos; la boca se nos hace agua, como solemos decir, de solo recordarlo.
Mucho más que esto es lo que los cristianos seguimos sintiendo y viviendo en nuestra alma después de haber vivir la fiesta grande de la resurrección del Señor, como ayer nosotros lo hicimos. No es simplemente un saborear con el recuerdo sino que es algo mucho más profundo porque realmente es algo que seguimos viviendo con toda intensidad.
Por eso, como recordamos todos los años en momentos semejantes a éste, la fiesta grande de la resurrección del Señor se nos prolonga con igual solemnidad en un día tan grande que se hace ocho días, por seguimos celebrando la Pascua con toda solemnidad durante toda la octava. Más aún, tendríamos que decir, que es lo que cada domingo los cristianos queremos celebrar, porque si nos reunimos el domingo, para nosotros es el día primero de la semana, porque es el día en que resucitó el Señor y lo convertimos así en domingo, día del Señor que viene a significar la palabra.
Durante estos días iremos saboreando en el evangelio las distintas apariciones, manifestaciones de Cristo resucitado a los discípulos. Sorpresa, dudas, alegría, entusiasmo, proclamación de fe irán apareciendo en los sentimientos de los discípulos o de aquellas otras personas, como las mujeres que fueron al sepulcro en lo que escuchamos hoy en lo que nosotros iremos enriqueciendo nuestra fe y saboreando una y otra vez el gozo y la alegría de la Pascua.
De la misma manera iremos escuchando en los Hechos de los Apóstoles aquellos primeros momentos de la predicación apostólica con el anuncio claro y explícito que se va haciendo de Cristo resucitado. Iremos contemplando también la respuesta que fueron dando aquellos primeros creyentes con sus dificultades y luchas porque no siempre fue fácil hacer ese anuncio del nombre de Jesús.
Todo ello para seguir profundizando en esa vivencia pascual que hemos de hacer con toda nuestra vida. La proclamación de la resurrección de Jesús y de nuestra fe en El ha de ser al mismo tiempo una proclamación con toda nuestra vida que con hemos nosotros hemos de sentirnos igualmente resucitados. Hemos de ir sintiendo hondamente dentro de nosotros cómo Cristo también nos va levantando a nosotros de nuestra muerte, nos hace resucitar con El, y con El hemos de vivir una nueva vida.
Todo esto alienta nuestra fe, reanima nuestra esperanza. Nos alienta porque sentimos en nosotros el peso de nuestros pecados que nos arrastran a la muerte, pero estamos llamados a la vida. Cristo nos quiere llevar con El, quiere levantarnos, arrancarnos de ese sepulcro de muerte en que nos sumergimos con nuestro pecado. Estamos llamados a la vida y con Cristo resucitado sentimos reanimar nuestra esperanza de que sea posible sí el vivir esa vida nueva de la gracia. Para eso ha resucitado Cristo.
Como hemos recitado en el salmo ‘se alegra mi corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa serena: porque no me entregarás a la muerte ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción’. En estas palabras podemos ver un anuncio de resurrección, y así lo aplica san Pedro en su discurso en el día de Pentecostés que hemos escuchado en la primera lectura. ‘Cuando dijo que no lo entregaría a la muerte y que su carne no conocería la corrupción hablaba del Mesías, previendo su resurrección’. Y como termina afirmando el apóstol ‘Dios resucitó a este Jesús y todos nosotros somos testigos’.
Pero también en estas palabras del salmo podemos entrever un anuncio de nuestra resurrección futura, pero también de esa resurrección que cada día podemos ir viviendo cuando sentimos la gracia salvadora del Señor sobre nosotros para arrancarnos del mal, darnos su perdón y llenarnos de su gracia divina.

domingo, 31 de marzo de 2013


Es la Pascua, es el paso del Señor resucitado, vida de nuestra vida y de nuestro mundo

Hechos, 10, 34.37-43; Sal. 117; Col. 3, 1-4; Jn. 20, 1-9
‘Este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo’. Así tenemos que cantar sin cansarnos. Ha resucitado el Señor. Es la noticia. Es nuestra noticia de la que somos testigos. Es el anuncio que no podemos dejar de hacer. Y resuenan los aleluyas y nuestros cantos. Alabamos al Señor y no nos cansamos de darle gracias. Es la Pascua, la Pascua de resurrección. Es el paso del Señor que nos llenó de vida y de gracia dando su vida, entregándose por nosotros y ahora le contemplamos vivo y glorioso.
Anoche en la vigilia pascual se encendían las luces, tomadas de un fuego nuevo para iluminar las tinieblas del mundo y anunciar por todos los pueblos que Cristo ha resucitado, que ya no está en el sepulcro, sino que está vivo, está aquí presente en nosotros y entre nosotros. No buscamos más en el sepulcro de la muerte al que es la Vida. La muerte está ya vencida. Cristo ha resucitado y con El nosotros nos sentimos también sacados del sepulcro y llenos de vida. Y tomábamos de su luz porque tenemos que ser sembradores de luz en medio de nuestro mundo que tanto la necesita, sembrando fe y sembrando esperanza.
La fiesta de la Pascua es lo más misterioso y hermoso que podemos celebrar. Vimos roto el cuerpo de Jesús traspasado en la cruz. Recordemos cómo lo contemplábamos en la tarde del Viernes Santo. Ahora se nos anuncia que ese cuerpo ya no está roto en el sepulcro. ‘¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?’ escuchábamos anoche a los ángeles anunciar a las mujeres que iban al sepulcro. Está aquí, y no está roto sino resplandeciente y glorificado. ¡Ha resucitado!
Es nuestra alegría y nuestra esperanza. Es la fe que queremos proclamar. Es la noticia sorprendente, casi increíble, que nos repetimos. Pero sí, creemos que en verdad ha resucitado el Señor. Somos testigos porque nosotros lo sentimos vivo, está en nosotros y con nosotros. Aunque sea una noticia increíble para muchos que aun siguen poniendo en duda para nosotros es la certeza más grande. Es un anuncio que no todos comprendían y les costaba aceptar, entonces y ahora, pero ahí está el eje y centro de nuestra fe.
También a los apóstoles al principio les costó creer cuando las mujeres vinieron diciendo que el sepulcro estaba vacío, que los ángeles les habían anunciado que estaba vivo. Y cuando los apóstoles iban haciendo ese anuncio en la predicación del evangelio costaba más entender a muchos; recordemos cómo en Atenas cuando Pablo habla de resurrección, dándose la vuelta le dicen de eso nos hablarás otro día.
Hoy vemos en el evangelio a Pedro y Juan correr por las calles de Jerusalén hasta el sepulcro para comprobar lo que les había dicho María Magdalena. Al principio dudan pero al final terminarán creyendo. ‘Entró Pedro al sepulcro vio la vendas por el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas sino enrollado en un sitio aparte; luego entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, vio y creyó. Hasta entonces no habían entendido las Escrituras: que El había de resucitar de entre los muertos’.
Más tarde, en distintos momentos se sucederán las manifestaciones de Cristo resucitado, en el Cenáculo, el camino de Emaús, junto al mar de Galilea... Y hemos escuchado en la primera lectura proclamar a Pedro, ya con la fuerza del Espíritu, ‘nosotros somos testigos de todo… lo mataron colgándolo de un madero, pero Dios lo resucitó al tercer día… y damos solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos…’
Así nosotros con toda firmeza y convicción queremos hoy proclamar nuestra fe en la resurrección de Jesús, aunque algunos quieran tratarnos de ilusos. Es nuestra fe. Para quienes no tienen fe o están llenos de dudas pedimos que la fuerza del Espíritu ilumine sus corazones y sus mentes para que se abran al misterio de Dios. Esa fe que nos llena de alegría y da plenitud de sentido a nuestra vida.
Sí, creemos en Cristo vivo y presente, que está aquí, vivo entre nosotros; aquí en nuestro propio corazón, en lo más hondo de nosotros mismos los podemos sentir, como le sentimos por la fuerza del Espíritu en la Palabra y en los Sacramentos. Creemos porque además experimentamos en nosotros la fuerza de su resurrección con la que queremos caminar y luchar por ser nosotros unos hombres nuevos resucitados en Cristo y con la que nos sentimos impulsados para ir transformando nuestro mundo.
Porque Cristo sigue resucitando en nosotros cuando, a pesar de nuestros tropiezos y caídas, seguimos levantándonos una y otra vez; porque Cristo sigue resucitando en nosotros cuando somos capaces de sonreír con ilusión y esperanza a pesar de que muchos sean los problemas que tengamos; porque Cristo sigue resucitando en nosotros cuando el dolor y el sufrimiento no nos hunden sino que nos hacen más humanos y más maduros porque le damos un sentido nuevo a todo lo que es nuestra vida.
Y con Cristo resucitado a nuestro lado nos sentimos felices cuando hacemos el bien y amamos, siendo capaces de olvidarnos de nosotros mismos; con la fuerza de Cristo resucitado somos capaces de perdonar y buscar la paz y el encuentro con el otro porque seguimos creyendo y confiando en la persona como Cristo ha confiado en mi a pesar de mis debilidades y fracasos.
Con la presencia de Cristo resucitado junto a mí por la fuerza de su Espíritu abro mi corazón a Dios y a su Palabra para ir descubriendo cada día lo bueno que tengo que hacer y me comprometo seriamente a ser cada día yo mejor pero hacer todo lo posible porque el mundo que me rodea sea también mejor. Nos sentimos envueltos cada vez más en más amor, más humanidad, más comprensión y más misericordia porque ‘si hoy nos queremos es que resucitó’.
La vivencia de la resurrección del Señor envuelve y llena mi vida totalmente porque ya mi vivir es Cristo, Cristo es mi vida. Y con Cristo en mi vida ya no hay lugar para el pecado, ya no hay lugar para la tristeza ni para la desesperanza, ya no hay lugar para la soledad ni el desamor, ya no hay lugar para la muerte. Cristo resucitado es nuestra santidad y nuestra justificación; Cristo nos sonríe y nos alegra con su sola presencia; Cristo nos enseña y nos garantiza que todo termina bien, que el Padre nos espera; Cristo es el Pastor bello que nos acompaña; Cristo es el amor resucitado y derramado; Cristo es la vida victoriosa.
Vayamos, pues, sembrando semillas de resurrección en nuestro mundo, empezando por los que están a nuestro lado cada día, la familia, los amigos, aquellos con los que convivimos o trabajamos, allí donde hacemos nuestra vida de cada día. Sembrar resurrección es sembrar amor y solidaridad, es sembrar paz y armonía, es llevar alegría a los que están tristes, es ayudar a levantar al caído, es poner ilusión en los corazones rotos y desesperanzados, es hacer que sean más autenticas y sinceras nuestras palabras y nuestra relación con los demás, es tender una mano al que se encuentra caído en el vicio y la esclavitud del pecado para ayudarle a levantarse, es buscar siempre caminos de reconciliación y perdón, es compartir generosamente lo que somos y tenemos para que nadie pase necesidad… es ‘buscar el Reino de Dios y su justicia’, como nos decía Jesús en el evangelio.
Y así cuantas cosas buenas podemos hacer que aunque nos parezcan pequeñas e insignificantes que nadie nota son, sin embargo, hermosas piedras que contribuyen a la construcción de un mundo mejor. A eso nos compromete nuestra fe en Cristo resucitado, así iremos resucitando nosotros cada día y haremos resucitar nuestro mundo haciéndolo mejor.
¡Cristo ha resucitado! Es nuestra fe con la que tenemos que iluminar nuestro mundo. Feliz pascua de Resurrección