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martes, 5 de mayo de 2020

Corramos el riesgo de escuchar la voz del Buen Pastor que nos llama y nos guía por senderos que nos conducen a la plenitud


Corramos el riesgo de escuchar la voz del Buen Pastor que nos llama y nos guía por senderos que nos conducen a la plenitud

Hechos 11, 19-26; Sal 86; Juan 10, 22-30
‘Vosotros no creéis, porque no sois ovejas mías…’ así reacciona Jesús ante la incredulidad de los judíos. Escuchaban sus palabras, veían sus obras, podían seguir con todo detalle lo que era su vida, porque hablaba y actuaba públicamente. Cuando le juzgan ante el sanedrín esa es la respuesta que da Jesús; El ha actuado públicamente, todo el mundo conoce sus palabras, sus obras, su vida. Pregunten a toda esa gente. Pero no creen.
Nos topamos en la vida con personajes, con personas, que a nosotros que nos parece tan natural creer, nos extraña que no tengan fe. Son personas buenas, personas que obran con rectitud de conciencia, que tienen unos principios y unos valores, que brillan delante de los demás por su moderación y su sensatez, pero que no hay quien lo haga entrar en el ámbito de la fe. Personas incluso nos encontramos que tienen grandes conocimientos por su cultura y su formación, que incluso saben mucho de la Iglesia e incluso de la Biblia. Pero se quedan en un humanismo sin trascendencia, se quedan en una vida de la que han excluido toda manifestación religiosa, hacen sus explicaciones de la religión, de la historia de los evangelios o de Jesús pero les falta darle el toque sobrenatural a la obra y a la vida de Jesús, se quedan quizás en un Jesús histórico, pero solo como un persona importante para la historia. No entran en el ámbito de la fe.
Efectivamente, no entran en el ámbito de la fe. Eso ya les sobrepasa; pueden entender incluso un algo espiritual de la persona pero llegar a través de ello al encuentro con Dios será algo que les cuesta, algo que es imposible para ellos. Porque claro, no son solo unos conocimientos que tengamos, es una trascendencia que le damos a la vida mucho más de la trascendencia humana y terrena que podamos tener en nuestra apertura al otro. Es una apertura distinta, con una dimensión sobrenatural, es la apertura a la divinidad, al Dios creador y sustentador del universo, y al Dios que es un Dios vivo al que podemos sentir en lo hondo del corazón pero también en el actuar de la vida, en el sucederse de la cosas, en los mismos acontecimientos que nos rodean y a veces nos zarandean.
Es el misterio de la vida, es el misterio de la fe, es el misterio de Dios, ante el que tenemos que abrirnos, ante el cual tenemos que dejarnos sorprender porque las respuestas no serán nunca esas consideraciones humanas que nos podamos hacer. Para ello es necesario una cierta humildad y docilidad, una apertura del corazón y una confianza ante el misterio de Dios que se nos revela.
Quizá podamos tener miedo a esa voz que podemos sentir allá en lo más hondo de nosotros mismos; quizá nos resulte más cómodo no implicarnos ni complicarnos; quizás sea más fácil seguir con nuestras rutinas de siempre que abrirnos a algo nuevo que nos puede elevar de ese arrastrarnos de cada día; quizás nos damos cuenta de que esa apertura a lo nuevo va a obligarnos a un cambio y a una transformación de la vida.
Aprendamos a confiar y arranquemos de nosotros esos miedos; lancémonos a ese abismo que sabemos seguro que no es un vacío sino un cambio a una plenitud de la vida. Escuchemos sin temor esa voz, esa llamada, ese silbo amoroso del pastor bueno que nos va a dar los mejores pastos, el mejor sentido a la vida, la mayor plenitud que nosotros por nosotros mismos jamás hubiéramos podido soñar. Lo podemos ver como un riesgo, pero un riesgo que merece la pena afrontar porque nos llevará a una plenitud de vida. Seamos las ovejas de ese Buen Pastor y pongamos toda nuestra fe en El.

sábado, 8 de junio de 2013

Latiendo al ritmo del Corazón de María aprendemos a latir al ritmo del amor de Dios

Judit, 13, 17-20; 15, 9; Sal.: Lc. 1, 46-55; Lc. 11, 27-28
Si ayer contemplábamos el Corazón de Jesús y en él todo el amor infinito de Dios que se derramaba en nuestros corazones con el Espíritu que nos daba, hoy la liturgia nos invita a contemplar el corazón de María, porque en ella podemos contemplar lo que ha de ser el corazón del hombre nuevo nacido de la Alianza nueva y eterna en la sangre derramada de Jesús.
Si el corazón del hijo late al ritmo de los latidos del corazón del madre cuando está en sus entrañas y así fue cuando llevaba a Jesús en su seno, el corazón de María hemos de reconocer que late el ritmo del corazón de Dios para que nosotros sus hijos apegados al corazón de la Madre a través de ella aprendamos a latir en ese latido del amor de Dios.
María fue toda para Dios y nada en ella podía apartarla de ese latir de Dios. En ella se fijó Dios para hacerla su Madre - luego nos la daría a nosotros también como madre en un hermoso regalo añadido de Jesús desde la cruz - y María fue toda inundada del Espíritu divino para hacerla mansión del Verbo de Dios que en sus entrañas se encarnaría y verdadero santuario del Espíritu Santo, como lo hemos expresado en la oración de la liturgia de este día.
No podía ser menos entonces que Dios la hiciese toda pura y la preservase incluso de toda mancha original en virtud de los méritos de su Hijo; por eso la llamamos Inmaculada, inmaculada y purísima desde el primer instante de su concepción, pero fue una santidad y pureza que María supo conservar porque todo su corazón fue siempre para Dios.
Es el corazón limpio y siempre dócil de María, tan dócil, que se consideraba a sí mismo la esclava del Señor dándole en todo momento el sí de la disponibilidad hasta plantar la Palabra de Dios en su corazón cumpliendo con toda fidelidad lo que eran los mandamientos del Señor. ''Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la llevan a la práctica', diría Jesús y es una referencia a María. Cuánto tenemos que aprender de María en esa docilidad y en esa disponibilidad para Dios, cuando nos sentimos tentados tantas veces a hacernos nuestras reservas para nosotros y aunque le queremos dar un sí generoso parece que si quisiéramos dejarnos algo para nosotros.
Docilidad de María que la llevó a ser siempre fiel, de manera que su sí no es el pronto de un momento de fervor sino la expresión de un corazón totalmente entregado para Dios. ‘Dichosa tú que has creído’, le diría su prima Isabel; una fe que envolvía toda su vida para saborear la presencia del Señor en todo momento paladeando, por así decirlo, cada palabra que llegaba a su corazón. Guardaba todo en su corazón. Pensativa, rumiando las palabras del ángel que la confundían en su humildad, se quedó cuando llegó a ella el mensajero de Dios.
Pero habría otros momentos oscuros y de dolor que como espadas traspasaban su alma, su corazón - como le anunciara el anciano Simeón -, pero la fe de María no se veía enturbiada por ninguna duda y siempre sentía en las manos del Señor como su humilde esclava tal como se había proclamado. Con corazón firme y dispuesto, lleno de la fortaleza del Espíritu, estaba María para unirse al sacrificio de su Hijo como la contemplamos en el camino del Calvario y al pie de la Cruz; no faltaba la esperanza en el corazón de María y sería la actitud segura que mantendría en la espera de la resurrección.
La presencia del Espíritu divino que la inundaba ya había realizado en ella la transformación que le hacía tener un corazón nuevo para poder descubrir y gustar la novedad del Reino de Dios. Jesús diría un día que había que nacer de nuevo, por el agua y el Espíritu, para poder ver y vivir el Reino de Dios, pero esa transformación por la gracia del Espíritu que la había envuelto con su presencia ya se había realizado.
De ahí la generosidad de la que rebosaba su corazón para servir y ayudar allí donde se la necesitara o para mostrar ese amor maternal que siempre está atento a las necesidades de sus hijos. Así marchó a la montaña para servir a Isabel, o estaba atenta a lo que podía faltar en las bodas de Caná.
Muchas más cosas podríamos decir del Corazón de María. Es la imagen de la nueva criatura que ha sido redimida; son las actitudes y los sentimientos del hombre nuevo nacido del Evangelio que en ella vemos reflejadas y de ella tenemos que aprender. Sabiamente nos lo resume la liturgia cuando hoy le damos gracia a Dios por María en el prefacio. ‘Porque diste a María un corazón sabio y dócil, dispuesto siempre a agradarte; un corazón nuevo y humilde, para grabar en él la ley de la Nueva Alianza; un corazón sencillo y limpio, que la hizo digna de concebir virginalmente a tu Hijo y la capacitó para contemplarte eternamente; un corazón firme y dispuesto para soportar con fortaleza la espada de dolor y esperar, llena de fe, la resurrección de tu Hijo’.
Le damos gracias a Dios por María; de su corazón queremos aprender para llegar a ser esa criatura nueva del Reino de Dios, ese hombre nuevo del Evangelio. Como aquella mujer anónima del evangelio nosotros queremos decirle también como una alabanza a María ‘dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron’, dichoso el corazón de María a cuyo ritmo latió el de Jesús mientras estaba en las entrañas de su madre. Que María nos alcance la gracia del Señor para que aprendamos a latir como ella al ritmo del amor de Dios.

jueves, 20 de diciembre de 2012


Humildad, sencillez, fe, docilidad, alegría como María para recibir al Señor

Is. 7, 10-14; Sal. 23; Lc. 1, 26-38
El lugar donde se desarrolló la escena que nos narraba el evangelio de ayer era solemne; fue en el templo de Jerusalén, en el lugar santo del Santuario donde era ofrecida cada día la ofrenda del incienso; en medio de las nubes de incienso que subían al cielo como signo de las oraciones del pueblo que oraba fuera se le manifestó el ángel del Señor a Zacarías para anunciarle el nacimiento del que iría delante del Señor para preparar un pueblo bien dispuesto.
Ahora que llega el Señor de cielo y tierra, el Hijo eterno de Dios para encarnarse y hacerse hombre, para habitar en medio de nosotros los hombres el lugar es humilde y sencillo; una pequeña casa de un pueblo casi perdido en Galilea que apenas se había oído hablar de él, una pequeña casa adosada a la roca de la ladera de la montaña, si nos fijamos en los restos que de ella quedan en el subsuelo de la hoy inmensa basílica de la anunciación.
No hay nubes de incienso, pero si está allí la que se considera a sí misma la pequeña y la esclava, pero que está siempre abierta Dios para hacer en todo y siempre lo que sea su voluntad. Calladamente y con escuetas palabras llega el ángel que viene de parte de Dios pero como siempre llenándonos de paz y alegría e inundándonos de la gracia del Señor.  ‘Alégrate, la llena de gracia, que el Señor está contigo… no temas, María, has encontrado gracia ante Dios…’ son las palabras del ángel, es el mensaje que de parte de Dios viene a trasmitir.
Allí, en la primera escena, Zacarías se sobreexalta, se siente confundido y se llena de dudas, no terminando de creer lo que el ángel del Señor le está trasmitiendo. Aquí en Nazaret María se siente sobrecogida y confundida por su humildad ante las palabras del ángel que comenzará a rumiar en su corazon, y aunque le cuesta entender está su fe, la fe de quien tiene abierto siempre el corazón para Dios para aceptar y para decir sí. ‘Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra’.
Contraponemos a estas escenas lo relatado en la primera lectura del profeta Isaías, donde vendrá a anunciarse a la Virgen que está encinta y que dará a luz un hijo al que se le llamará Emmanuel, pero que será la señal para confundir a quien no tiene fe y aunque dice no querer tentar a su Dios, sin embargo ha dudado que de Dios le pueda venir la ayuda que necesita en aquel momento frente a sus enemigos. La señal que se le anuncia será una señal milagrosa para llevar a la fe al rey increyente, pero que será para nosotros una señal mesiánica que tendrá que despertar también la fe en nuestro corazon porque a la larga es Dios que viene a nosotros, que viene a habitar en medio nuestro, que quiere ser Emmanuel, porque quiere ser para siempre Dios con nosotros.
Hoy miramos de manera especial a la Virgen, a María, en esta escena del evangelio que nos está trasmitiendo también un gran misterio, el misterio admirable de la Encarnación de Dios en las entrañas de María para ser Emmanuel, para ser Dios con nosotros; el misterio de un Dios que nos ama a pesar de nuestras dudas y de las oscuridades con que llenamos con el pecado tantas veces nuestra vida y nos llena de su salvación porque nos quiere encender la luz de la fe en nuestro corazón; pero el misterio de amor de un Dios quiere traernos tambien la gracia del amor y del perdón que se derrochará también nosotros para que seamos como María llenos de gracia, para que como María seamos agraciados, encontremos gracia, ante Dios.
Humildad y sencillez como en aquella humilde casa de Nazaret; fe como la de María siempre abierta a Dios y docilidad y disponibilidad para dejarnos hacer por Dios, para que se realicen en nosotros también esos planes de Dios; alegría como se alegró María y cantó a Dios desde su corazón, porque no podemos menos que alegrarnos con todo cuanto se nos anuncia que despierta nuestra fe y nuestra esperanza, y nos llenará para siempre de gozo en la presencia de Dios, del Dios que nos ama, en nuestra vida. cultivemos esas perlas preciosas con las que adornemos nuestro corazón para recibir al Señor.

martes, 25 de septiembre de 2012


Los que escuchan la Palabra de Dios, y la ponen por obra serán los hijos de Dios
Prov. 21, 1-6.10-13; Sal. 118; Lc. 8, 19-21

‘Vinieron a avisarle a Jesús: fuera están tu madre y tus hermanos y quieren verte’. La familia de Jesús, María, sus parientes vienen a ver a Jesús. A alguien pudiera parecerle un rechazo la respuesta que les da Jesús. Pareciera que se desentendiera de ellos. ‘Estos son mi madre y mis hermanos, los que escuchan la Palabra de Dios, y la ponen por obra’.

Muchas veces hemos comentado este texto y ya todos entendemos que no es un rechazo de Jesús a su madre o a sus familiares, sino que es más bien una alabanza a María. ¿Quién escuchó mejor que ella la Palabra de Dios? ¿quién la plantó con mayor efectividad en su corazón cuando en ella la Palabra se encarnó para hacerse hombre y para ser nuestra salvación?

Para nosotros es modelo de acogida de la Palabra de Dios. Cuando viene el ángel a traerla la Palabra de Dios, ya vemos cómo escuchó, cómo hizo silencio en su interior para rumiarla, para tratar de entenderla, cómo finalmente ella plantó la Palabra de Dios en su vida con su ‘sí’, con su ‘hágase’, porque allí estaba la esclava del Señor y a ella no le tocaba otra cosa que dejarse hacer por la Palabra del Señor. ‘Hágase en mi según tu palabra’, que se cumpla, que se realice, y en ella Dios se encarnó y de sus entrañas salió el Hijo de Dios hecho hombre para nuestra salvación.

Merecerá María la alabanza por su fe, porque así se cumpliría en ella lo anunciado por el Señor. ‘Dichosa tú que has creído, le dice su prima Isabel, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá’. 

Pero merecerá María también una alabanza salida de los labios de Jesús, cuando llama dichosos a todos los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica. Es lo que hizo María, escuchó y plantó en su corazón. Por eso las palabras de Jesús hoy en el evangelio cuando nos está señalando quienes son su madre y sus hermanos, está siendo una alabanza también para María.

Como María tenemos que saber hacerlo con fe, con docilidad, con humildad, con generosidad, con disponibilidad. Por su docilidad, por su fe, por su disponibilidad, por su acogida a la Palabra de Dios, en ella se encarnó la Palabra eterna de Dios y nació el Hijo de Dios, hecho hombre. ‘Será grande, será el hijo del Altísimo… y el que va a hacer de ti será santo y se llamará hijo de Dios’, le había dicho el ángel. Ya nos decía el principio del evangelio de san Juan cuando nos habla de la Palabra eterna de Dios ‘que viene a los suyos y los suyos no la recibieron, pero a cuantos la recibieron, a cuantos creen en su nombre les dio poder de ser hijos de Dios’. 

Nos preguntábamos ‘¿quiénes son mi madre y mis hermanos’, quienes son los hijos de Dios? Los que reciben la palabra de Dios se hacen hijos de Dios. No es según la carne, ni según ninguna estirpe humana, no es simplemente fruto de un deseo humano. Es el regalo de Dios a quienes creemos, a quienes aceptamos, recibimos su Palabra, que nos hace hijos de Dios.

Es el camino que nos queda hacer a nosotros. Amemos la Palabra de Dios y escuchémosla siempre con atención. Es Dios que nos habla, es Dios que viene a nosotros y nos eleva y nos engrandece, nos llena de luz y de vida, nos hace vivir como hijos de Dios.

sábado, 16 de junio de 2012


El Corazón de María, Santuario del Espíritu Santo y fuente de espiritualidad

Si ayer contemplábamos y celebrábamos al Sagrado Corazón de Jesús, hoy la liturgia nos invita a celebrar al Corazón Inmaculado de María. Una vez más nos acercamos a María y contemplamos a la llena de gracia que tanto nos enseña para que sigamos el camino de su Hijo Jesús; contemplándola a Ella contemplamos el más hermoso reflejo de lo que ha de ser nuestra respuesta al amor que Dios nos tiene y de la santidad que por el amor ha de brillar también en nuestra vida, modelo y ejemplo de nuestra espiritualidad.
Cuando decimos de una persona que es de buen corazón, que tiene un hermoso corazón estamos hablando de su madurez humana pero también de su rectitud y generosidad, de su capacidad de amar, de la riqueza interior de esa persona y, podríamos decir, de la madurez con que afronta la vida con sus dificultades y problemas, siendo capaz incluso de desgastarse en su generosidad en bien de los demás olvidándose incluso de sí misma.
Esto y mucho más podemos contemplar en María; esto y mucho más es la lección que aprendemos de María contemplando su Inmaculado Corazón, como hoy la liturgia nos señala. María, la llena de gracia, la inundada del Espíritu de Dios que hizo rebosar su corazón en tan bellas virtudes y actitudes de amor y de generosidad. 
Mansión del Verbo de Dios y Santuario del Espíritu Santo, la llama la liturgia de la Iglesia en algunos de los textos de esta celebración. En ella moró Dios como no lo hizo en ninguna otra criatura porque llena del Espíritu Santo, fecundada por la sombra del Espíritu Santo llevó en sus entrañas al Hijo de Dios que se encarnaba y se hacía hombre. Si nosotros, en virtud de nuestro Bautismo, hemos sido hechos templos del Espíritu, qué no decir de María que así se llenó del Espíritu Santo para así concebir por su obra y gracia al Hijo de Dios encarnado por nuestra salvación.
Corazón inmaculado decimos en esta fiesta de María y con toda razón lo podemos decir porque en ella no hubo ninguna mancha ni pecado, porque por una parte fue preservada en virtud de los méritos de su Hijo hasta de la mancha del pecado original – Inmaculada en su Concepción, la llamamos – pero esa misma santidad vivió a lo largo de toda su vida. 
En un prefacio para esta fiesta se dice que Dios dio a la Virgen María ‘un corazón sabio y dócil, dispuesto siempre a agradarte; un corazón nuevo y humilde, para grabar en él la nueva Alianza; un corazón sencillo y limpio, que la hizo digna de concebir virginalmente a tu Hijo y la capacitó para contemplarte eternamente; un corazón firme y dispuesto para soportar con fortaleza la espada de dolor y esperar, llena de fe, la resurrección de tu Hijo’. Son las maravillas que en Ella Dios quiso realizar por las que ella canta agradecida al Señor en el Magnificat.
María, llena de la sabiduría de Dios, porque ella llegó a saborear y vivir, como decíamos ayer con san Pablo en la fiesta del Corazón de Jesús, lo que trasciende toda filosofía y todo saber humano, como es el amor cristiano. Ella la rebosante de amor, siempre dispuesta a servir, siempre con los ojos atentos, siempre con el corazón abierto para que en él cupiesen todos los hijos que Jesús desde la cruz le confió.
María, que supo ir guardando en su corazón cuanto el Señor le decía o le pedía, para descubrir siempre la acción de Dios; así supo reconocer las maravillas que Dios obraba en ella y supo cantar a Dios con un corazón agradecido. Merecerá la alabanza de Jesús – porque fue alabanza para ella – porque supo escuchar y plantar en su corazón la Palabra de Dios para hacerla vida.
María es la mujer humilde y dócil a Dios que con fidelidad dice Sí a Dios en cuanto Dios le pide, aunque se sienta la pequeña, la humilde esclava del Señor; es el Sí de la anunciación para que se cumpliera en ella la Palabra que Dios le dirigía, pero fue el Sí que la mantuvo firme y llena de esperanza también en la pasión de su Hijo aunque una espada de dolor atravesara su corazón; es la mujer del corazón firme y siempre dispuesto a soportar con fortaleza el dolor y las pruebas duras y difíciles de entender como fuera la propia muerte de Jesús; por eso María es para nosotros modelo de fidelidad y modelo de esperanza.
Cuánta riqueza interior podemos contemplar en el corazón de María; en esa riqueza interior, en su profunda espiritualidad estaba la fuente de su entereza, de su sí, de su amor, de su entrega y santidad. Se había llenado de Dios porque en su fe sabía escuchar a Dios allá en su corazón. Con qué atención escuchaba las palabras del ángel y las meditaba intensamente para descubrir su significado, para descubrir y aceptar el mensaje divino que a ella llegaba. Rumiaba en su interior cuanto le sucedía para así aprender esa sabiduría y esa fortaleza de Dios. ‘Conservaba todas estas cosas en su corazón’, que dice repetidamente el evangelio. 
Cuanto tenemos que aprender de María para crecer por dentro, para crecer en espiritualidad. Es ese silencio interior que hemos de aprender a hacer para escuchar a Dios; es ese corazón humilde y dócil que se abre a Dios y se deja conducir por el Espíritu divino; crezcamos en humildad y docilidad y creceremos en el conocimiento de Dios porque ese es camino cierto que nos lleva a conocer a Dios, es, pues, esa oración de escucha de Dios, porque si no le sabemos escuchar con apertura de corazón y con humildad no le podremos nunca conocer.
Que sepamos guardar con fidelidad y meditar continuamente, siguiendo el ejemplo de María, la riqueza de gracia con la que Dios quiere llenar nuestro corazón. 

domingo, 19 de diciembre de 2010

Como José descubrir el designio de Dios y la colaboración que nos pide


Is. 7, 10-14;

Sal. 23;

Rm. 1, 1-7;

Mt. 1, 18-24

La navidad está cerca. Se cumplen las promesas. Nos sentimos seguros y firmes en nuestra esperanza. Queremos abrirnos a Dios que llega a nuestra vida y lo queremos hacer hoy como lo hizo María, como lo hizo José.

En este cuarto domingo de Adviento miramos a María, pero nos aparece como en contrapunto la figura de José y de él también tenemos que aprender para abrirnos al misterio de Dios que llega a nosotros, para tener unos ojos sensibles a lo divino como los tuvo José y aprender a descubrir también ese misterio de Dios, esos planes de Dios y prestar también la colaboración que Dios nos pide como lo hizo él.

Como lo hizo con María a quien Dios envía un ángel del cielo para comunicarle la maravilla de amor y de gracia que en ella se iba a realizar esperando también su sí, lo hizo también con José. Si María se sintió turbada ante las palabras del ángel que le manifetaban tanta grandeza de Dios para con ella, para José fueron momentos duros y difíciles hasta que no descubrió los designios de Dios, pues no entendía lo que pasaba en María. Fueron momentos de prueba en los que José manifestó la entereza de su vida y la reciumbre de su fe.

Era bueno. Las tinieblas de la duda le rodeaban pero en su bondad no quería hacer daño. Prefería quizá pasar por un doloroso silencio en su corazón, pero a él también Dios se le manifiesta y podíamos decir que también su corazón estaba lleno de gracia, del amor del Señor que quería contar con El.

‘No temas, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criartura que hay en su vientre viene del Espíritu Santo’. Las tinieblas se transforman en luz. También se siente tocado por la mano de Dios y él ha de colaborar igualmente en los planes de Dios. ‘Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque El salvará a su pueblo de los pecados’. Ponerle el nombre era la función del padre. Ahí tiene José que ocupar el lugar que Dios tenía reservado para él en la obra de la salvación.

‘Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho Dios por el profeta…’ Lo hemos escuchado en la primera lectura. Es la señal que Dios nos da y que tenemos que saber descubrir. ‘El Señor, por su cuenta, os dará una señal. Mirad la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel que significa Dios con nosotros’.

María diría como respuesta al anuncio del ángel: ‘Aquí está la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra’. José, en silencio como lo hacía siempre, también aceptaba el plan de Dios. ‘Hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a su casa a su mujer’. José había entrado también en el plan de Dios, en los designios divinos para nuestra salvación. Llamará al niño Jesús como le había dicho el ángel ‘porque El salvará a su pueblo de los pecados’.

¿No es hermosa la lección de José? Fidelidad y obediencia; silencio y obediencia; docilidad, humildad, servicio. Pocas pinceladas más nos dan los evangelistas de la vida de José, pero ese será el estilo del recorrido de su vida. Apertura a los designios de Dios en todo momento y obediencia; la obediencia de la fe, silenciosamente, siempre dispuesto a servir. Caminará a Belén cuando las circunstancias históricas se lo pidan, aunque también fueran momentos difíciles y llenos de carencias, pero ahí está viendo la voluntad del Señor. Marchará a Egipto para no poner en peligro la vida del niño y regresará más tarde a Nazaret en lugar de quedarse en Judea, porque en todo lo que va aconteciendo él descubre los designios de Dios para él.

Es la lección que tenemos que aprender y el camino que nos tiene que llevar a descubrir todo lo que es el amor de Dios que se nos manifiesta en esta navidad. Con fidelidad y esperanza también tenemos que aprender a abrir nuestro corazón a Dios y a su presencia maravillosa para descubrir también sus designios de amor para nosotros y para nuestro mundo. Tener unos ojos sensibles a lo divino y a lo sobrenatural como decíamos que había tenido José. Necesitamos esa sensibilidad para que se despierte nuestra fe, para que seamos capaces de admirarnos ante las maravillas que Dios quiere realizar en nosotros y a través de nosotros en los demás, en nuestro mundo.

José colaboró fielmente en ese designio de Dios que era designio de amor y salvación para la humanidad. Si nosotros llegamos a ser capaces de vivir esta navidad de una manera distinta dejándonos inundar por todo el misterio de Dios que llega a nosotros al encarnarse para nuestra salvación, no nos podemos quedar sólo para nosotros tantas maravillas de Dios sino que será algo que hemos de trasmitir, contagiar a los que nos rodean. No es sólo para nosotros; como nos decía san Pablo ‘por El hemos recibido ese don y esa misión: hacer que todos respondan a la fe, para gloria de su nombre’. Que todos puedan responder a la fe es tarea en la que hemos de empeñarnos y comprometernos.

Ya hemos dicho en otro momento de nuestro camino de adviento que el mundo necesita señales para descubrir a Dios y su plan de salvación para nosotros, y decíamos también que nosotros hemos de ser esos signos vivos del amor y de la presencia de Dios en medio del mundo. Es la colaboración que nos pide el Señor como a José. Nuestra vida quizá callada como la de José, sin embargo ha de ser un grito que despierte a los demás, una semilla que haga brotar y florecer la fe en muchos a nuestro lado.

‘Le puso por nombre Jesús porque El salvará a su pueblo…’ Con nuestra vida, con nuestro testimonio vamos nosotros diciendo también Jesús a cuantos nos rodean para que a todos llegue también esa salvación que viene a traernos. Diremos Jesús cuando hagamos ver que navidad no son sólo bonitas palabras y buenos deseos, que navidad no son sólo unos regalos que nos podamos hacer porque nos los trae papá Noel o los Reyes Magos, que navidad no son sólo unas luces parpadeantes que pongamos como adorno, que navidad no son unas simples fiestas para comer bien o mucho, sino que Navidad es el nacimiento de Jesús, que es el Hijo de Dios y nuestro Salvador.

Y diremos Jesús porque El sí es el gran regalo de Dios para nosotros porque nos está mostrando todo el amor que Dios nos tiene, que nos perdona y nos salva, que nos llena de vida y nos hace hijos, que nos pone en un camino de amor para que todos nos amemos y sintamos hermanos, y que nos llena de felicidad, pero no una felicidad externa y de jolgorio, sino una felicidad grande en lo más hondo de nosotros mismos porque nos llenamos de Dios, de su vida y de su gracia.

Aprendemos de José, aprendemos de María a abrirnos a Dios que llega a nosotros. Fidelidad y obediencia de fe, escucha de Dios y silencio como José, docilidad, humildad y servicialidad son actitudes que tenemos que poner en nosotros y así nos prepararemos de la mejor manera a vivir la próxima navidad.

viernes, 5 de febrero de 2010

Estando con Jesús saboreemos la sabiduría de Dios

1Rey. 3, 4-13
Sal. 118
Mc. 6, 30-34

 
Quiero subrayar brevemente varios pensamientos que me surgen a partir de la reflexión de los textos de la Palabra proclamados hoy.
Hemos hablado en varias ocasiones recientemente cómo Jesús llamó a los Doce para que estuvieran con El. Y hemos escuchado en días pasados cómo los envió a predicar de dos en dos anunciando el Reino, predicando la conversión y dándoles poder sobre los espíritus inmundos. Hoy contemplamos el regreso de los apóstoles que ‘volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado’.
A continuación nos dice el evangelista que Jesús quiso llevárselos a un lugar tranquilo y apartado para estar con El. ‘Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco’. Nos está manifestando la preocupación de Jesús por ese grupo de los apóstoles y cómo, podríamos decir, el trata de cuidarlos de manera especial.
Estar con Jesús. En la intimidad de la soledad. Como amigos que se encuentran y quieren estar juntos para contarse muchas cosas. Lo necesitamos hacer con Jesús. Después de un encuentro así cómo crece la amistad y el amor. Lo necesitamos para alimentar nuestra fe. Es la intimidad de la oración. Es el descanso y el alimento del alma. Es el diálogo de amor. Es sentir la paz del Señor en la vida. Es el hablarle, contarle nuestras cuitas y preocupaciones, pero también es el escucharle, sentir lo que El quiere decirnos allá en lo más hondo del corazón. Es el silencio, quizá, de estar simplemente con El. Necesitamos de ese silencio de paz.
Un segundo pensamiento al hilo de lo que sigue contándonos el evangelio. La gente quiere estar también con Jesús. En esta ocasión vemos que no lo dejan en paz y le buscan a donde quiera que se vaya. ‘Eran tantos los que iban y venían que no encontraban tiempo ni para comer’. Ahora vienen de todas partes e incluso se les adelantan para cuando llegue a desembarcar. ‘Al desembarcar Jesús vio una multitud’ que se les habían adelantado.
Pero aquí aparece una vez más el corazón lleno de amor de Jesús. ‘Le dio lástima de ellos porque andaban como ovejas sin pastor y se puso a enseñarles con calma’. Nunca nos faltará ese amor. Siempre El está dispuesto a alimentarnos. Ahora lo hace con su Palabra. Si siguiéramos leyendo el texto del evangelio, lo veríamos realizar el milagro de la multiplicación de los panes. Es un amor que da totalmente por nosotros.
Finalmente el tercer pensamiento lo tomamos del texto del libro de los Reyes. ¿Qué desearíamos en realidad pedir nosotros al Señor como deseo más importante? Nos lo va a enseñar este texto. Salomón ha heredado el reino de David, su Padre. Se acerca a los santuarios para hacer las ofrendas y dar gracias. ‘Pídeme lo que quieras’, le dice el Señor.
¿Qué es lo que le pediría Salomón? Comienza reconociendo la misericordia que el Señor ha tenido con David, su padre. Para él sólo pide sabiduría y prudencia. No pide riquezas, ni pide poder ni ostentación. ‘Da a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo, para discernir el mal del bien…’ Un corazón dócil y discernimiento. En una palabra, sabiduría. Saber encontrar el sentido de la vida y de las cosas. Saber discernir el bien del mal. Un corazón que aprecie lo bueno, que busque lo bueno, que sus aspiraciones sean metas altas y nobles.
¿Qué le pedimos nosotros al Señor? ‘Bendito eres, Señor; enséñame tus leyes’, decíamos en el salmo; que sepamos descubrir lo que es la voluntad del Señor. Que por nuestra rectitud y bondad seamos gratos al Señor y toda nuestra vida será bendición y alabanza para el Señor.