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sábado, 9 de marzo de 2013


Vacío de sí mismo se vio envuelto en el amor y la misericordia de Dios

Oseas, 6, 1-6; Sal. 50; Lc. 18, 9-14
‘Este bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido’. Es el final y la conclusión de la parábola que Jesús propone de los dos hombres que subieron al templo a orar, el fariseo y el publicano, para enseñarnos cuál ha de ser la actitud con que nos presentemos ante Dios. Y ya el evangelista nos da la razón de la parábola cuando  nos dice que ‘por algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás’ les propuso Jesús esta parábola.
Quien se siente lleno de sí mismo seguro que no podrá llenarse de Dios. Tenemos ese peligro cuando nos creemos buenos y cumplidores. Es la actitud que vemos reflejada en la oración de aquel fariseo. ¿Venía a pedir a Dios o venía a justificarse diciendo lo bueno que era? Podríamos pensar que no era tan malo porque era cumplidor. También nosotros pensamos algunas veces,  ‘yo cumplo’, ‘yo hago esto y lo otro’, pero cuando ponemos demasiado el ‘yo’ por delante es porque estamos demasiado llenos de nosotros mismos. Pero ¿qué somos ante Dios?
Era cumplidor pero su cumplimiento era ficticio porque era solo apariencia cuando tenía su corazón lleno de orgullo y de desprecio hacia los demás. Nos lo refleja también la lectura del profeta Oseas que hemos escuchado. Era un pueblo lleno de presunción y de soberbia; no era una confianza humilde en el Señor. Hagamos lo que hagamos el Señor nos curará y nos sanará, se decían, y seguiremos con nuestra vida. Por eso el Señor les dice por el profeta ‘vuestra misericordia es como nube mañanera, como rocío de madrugada que se evapora’. La nube mañanera o el rocío de la madrugada no van a empapar la tierra sino que a la menor brisa o al más pequeño rayo de sol se va a evaporar y no vale para nada. Así será cuando vivimos la vida sin profundidad, dejándonos llevar solo por las apariencias.
‘Misericordia quiero y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos’, nos dice el Señor. De nada nos valen nuestros sacrificios u ofrendas si en nuestro corazón no hay verdadero amor, misericordia, compasión para el hermano. Es el camino del verdadero culto cristiano. 'La religión pura e intachable a los ojos de Dios es socorrer a los huérfanos y a las viudas en sus necesidades', que nos dice Santiago en su carta. Es la auténtica ofrenda que hemos de hacer al Señor. Es lo que en verdad nos hace gratos a Dios. Es en lo que en verdad vamos a parecernos a Dios y con lo que vamos a mostrar el rostro de Dios a los demás.
‘Mi sacrificio es un espíritu quebrantado, un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias’, que orábamos con el salmo. Dios quiere el corazón, y por eso es necesaria una verdadera conversión interior. Que con humildad nos presentemos ante El reconociendo que no todo es limpio siempre en nuestro corazón.
Mucho polvo del camino se nos va pegando en el alma y nos contagiamos fácilmente de actitudes egoístas, insolidarias, vacías o llenas de orgullo. Hemos de aprender a vaciarnos de nosotros mismos, de nuestro ‘ego’, de nuestras vanidades y orgullos. Hemos de purificar nuestras intenciones, nuestras actitudes, nuestras palabras, nuestros gestos para que siempre estén llenos de humildad, de ternura, de misericordia, de amor para con los demás. Es lo que agrada al Señor.
La parábola de Jesús nos habla del publicano que humilde se quedó en el último rincón porque ‘no se atrevía a levantar los ojos al cielo, solo se golpeaba el pecho diciendo: oh Dios, ten compasión de este pecador’. Se vació de si mismo; en su corazón no cabían orgullos ni vanidades, solamente con humildad se sentía pecador. Porque supo vaciarse de sí mismo se vio envuelto por el amor y la misericordia de Dios.
¿Aprenderemos nosotros a hacerlo así? 

jueves, 12 de julio de 2012

Se me revuelve el corazón, se me conmueven las entrañas

Se me revuelve el corazón, se me conmueven las entrañas
Oseas, 11, 1-4.8-9; Sal. 79; Mt. 10, 7-15

‘Se me revuelve el corazón, se me conmueven las entrañas…’ Son palabras del profeta queriendo expresar en esa ternura el amor que Dios nos tiene. Pero he de confesar que meditando este hermoso texto de Oseas, ¿a quién no se le revuelve el corazón y no se le conmueven las entrañas ante tanto amor cómo Dios nos manifiesta?

La ternura de Dios nos llena necesariamente a nosotros de ternura también. De la misma manera tendríamos que sentirnos emocionados ante la ternura de Dios. Para que luego digamos que el Dios del Antiguo Testamento es un Dios de temor. Es cierto que se manifiesta grandioso en sus obras y muchas veces vemos descrita su presencia entre espectaculares manifestaciones del poder del Señor a través de la fuerza de la naturaleza, entre el fragor de los truenos y el resplandor brillante de los relámpagos en medio de la tormenta.

Pero todas esas manifestaciones no vienen a decirnos otra cosa que ese Dios inmenso y grandioso en su gloria y su poder es un Dios que nos ama y que se preocupa por nosotros queriendo atraernos siempre a su amor. Hoy nos aparece en la descripción del profeta como el padre lleno de amor que cuida de su hijo, lo corrige y lo quiere llevar por buen camino pero lo atrae a su corazón con las manifestaciones más tiernas del amor.

Nos enseña a andar, a dar los primeros pasos por la vida, nos lleva en sus brazos, nos cuida y nos protege con su providencia amorosa, nos hace sentir su presencia en todo momento y nos da seguridad en los momentos difíciles y duros de la vida, nos corrige pero siempre nos está ofreciendo su amor y su perdón.

La descripción que va haciendo el profeta nos recuerda lo que es toda la historia de la salvación vivida por el pueblo de Dios, recordando su salida de Egipto, el conducirlos con su protección a través del desierto regalándoles una tierra que manaba leche y miel. Es cierto que como tantas veces los hijos hacemos con los padres, hubo muchos momentos de infidelidad y de olvido del amor del Señor, rompiendo la Alianza que Dios había hecho con ellos para que fueran su pueblo y El fuera para siempre su Dios, pero ahí sigue el Señor manifestando su amor a través de los profetas buscándolos y trayéndolos de nuevo a los caminos de la fidelidad a la Alianza.

Todo esto nosotros lo vemos culminado en Jesús, porque en la plenitud más grandiosa del amor que Dios nos tiene nos envió a su Hijo, nos entregó a su Hijo que llegará a morir por nosotros para seguir buscándonos y manifestándonos el amor del Señor siempre compasivo y misericordioso con su pueblo. ‘No cederé al ardor de mi cólera, no volveré a destruir a Efraín…’ como el padre que corrige y castiga a su hijo por la maldad que haya hecho pero siempre pondrá por medio la medida del amor para no excederse en el castigo, para ofrecerle siempre el perdón al hijo descarriado.

Miremos cada uno nuestra historia personal y seamos capaces de contemplar la historia del amor del Señor que se manifestado tantas veces en nuestra vida. Cómo nos llama y nos busca el Señor. Nuestra historia personal está llena de pecado pero estamos seguros que irá siempre acompañada por la historia del amor de Dios en nuestra vida. El amor del Señor es más fuerte y más grande que lo que ha sido nuestro desamor. Comencemos a dar una buena respuesta de amor.

Cada uno con sinceridad puede recordar su pecado y su infidelidad, pero ha de recordar agradecido tantas manifestaciones del amor del Señor que siempre nos ha cuidado y nos ha protegido. Seamos capaces de abrir los ojos de la fe para descubrir tanto amor. Seamos agradecidos a ese amor del Señor y dejemos que se nos conmuevan también nuestras entrañas y llenemos de ternura nuestro corazón y nuestra vida para responder así mejor al Señor.

viernes, 16 de marzo de 2012


Caminos del Señor que son caminos de amor que nos llevan a vivir el Reino de Dios

Oseas, 14, 2-10; Sal. 80; Mc. 12, 28-34
‘¿Quién será el sabio que lo comprenda, y el prudente que lo entienda? Rectos son los caminos del Señor; los justos andan por ellos, los pecadores tropiezan en ellos’. Hermosa consideración que nos hace el profeta Oseas que nos hace admirar la grandeza y maravilla de los mandamientos del Señor. Nuestra sabiduría y nuestra prudencia, como hemos meditado hace unos días.
Como hemos venido repitiendo en nuestras reflexiones hemos de detenernos a meditar una y otra vez en la ley del Señor, en los mandamientos del Señor. ‘Rectos son los caminos del Señor’, y hemos de desear intensamente caminar por ellos. Son caminos de amor y de fidelidad. Empezando por reconocer que primero es el amor y la fidelidad del Señor. Siempre fiel y siempre ofreciéndonos su amor a pesar de nuestra respuesta que no siempre es buena.
El conjunto de la profecía de Oseas, cuyo final es el que hoy hemos escuchado, nos habla del adulterio del pueblo que no es fiel, pero al mismo tiempo de la fidelidad del Señor que se mantiene firme en su amor por  nosotros a pesar de nuestras infidelidades. Lo que hoy hemos escuchado nos habla de la conversión de ese pueblo infiel como una adúltera que se vuelve al Señor poniendo en El toda su confianza. Ya no va a confiar en sí mismo ni en sus medios materiales. ‘Ya no nos salvará Asiria, ni montaremos a caballo, no volveremos a llamar dios a la obra de nuestras manos…’
Y el Señor, siempre fiel y lleno de amor por su pueblo viene a sanar sus heridas y le va a llenar de bendiciones. En un pueblo asentado en el trabajo de la tierra las bendiciones se manifiestan en la abundancia de sus cosechas y en el esplendor de sus campos cargados de frutos. Son las imágenes que emplea el profeta.
De ahí al final ese reconocimiento de la grandeza y maravilla de los mandamientos del Señor a los que de ahora en adelante quieren ser fieles. ‘Yo soy el Señor, Dios tuyo, el que te sacó de Egipto, escucha mi voz’, como hemos ido repitiendo y meditando en el salmo.
En el evangelio ‘un letrado se acerca a Jesús y le pregunta: ¿Qué mandamiento es el primero de todos?’ Jesús va a responder repitiendo textualmente lo que había dicho el Deuteronomio y que todo buen judío sabía de memoria. Una pregunta ociosa o capciosa la de este letrado que también habría de conocer con toda exactitud como maestro de Israel que era. Pero Jesús añadirá lo que dice el Levítico que el segundo mandamiento, el del amor al prójimo es tan principal como el primero. ‘El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que éstos’, le dice Jesús. A lo que el letrado tratará de corroborar, como queriendo poner el punto final, afirmando que Jesús ha respondido bien.
Pero será Jesús el que ponga de verdad el punto final de manera que ya no se atreverán a hacerle más preguntas. Si piensas así, viene a decirle Jesús, ‘no estás lejos del Reino de Dios’. Aquí, pues, lo importante, hacer presente y vivir el Reino de Dios que Jesús está anunciando. No se tratará ya de saber de memoria los mandamientos, sino de ponerlos por obra, de plantarlos en la vida y en el corazón, como Jesús nos dirá por otro lado. Es la búsqueda del Reino de Dios. Amamos a Dios sobre todas las cosas porque lo reconocemos como el único Señor de nuestra vida, y amándole a El amaremos también al prójimo, amaremos también al hermano que está a nuestro lado.
Tenemos que repetírnoslo muchas veces, empaparnos del mandamiento del Señor para que se haga vida de nuestra vida. Es lo que vamos meditando una y otra vez de manera especial en este tiempo de cuaresma porque en verdad queremos vivir el Reino de Dios, y eso significará una renovación grande de nuestra vida, para nacer de nuevo, para hacernos ese hombre nuevo del Evangelio, del que sigue a Jesús de verdad. Por eso necesitamos convertirnos al Señor y caminar por los caminos del Señor cumpliendo sus mandamientos, viviendo siempre lo que es la voluntad del Señor.

sábado, 2 de abril de 2011

En la presencia de Dios no caben apariencias ni hipocresías


Os. 6, 1-6
;

Sal. 50;

Lc. 18, 9-14

Ante Dios nunca podemos presentarnos bajo el rostro de la falsedad, la apariencia o la hipocresía. Ni podemos justificarnos por nosotros mismos con actitud arrogante en nombre de nuestras obras porque el único que nos justifica y nos salva es el Señor. Nuestra postura y nuestra actitud tiene que ser otra, tiene que ser siempre la de la humildad y la del amor.

Es lo que nos está enseñando hoy el evangelio, podemos decir también que toda la Palabra de Dios que se nos ha proclamado. El profeta Oseas denuncia la actitud de aquellos que fingían presentarse al Señor con actitudes de arrepentimiento y quizá vanagloriándose de sus penitencias o de las cosas buenas que hacían pero a los que les faltaba la verdadera misericordia en el corazón.

Muchos sacrificios, muchos regalos para el Señor con ofrendas valiosas quizá, pero no eran capaces de hacer la ofrenda de un corazón auténtico, lleno de amor y de misericordia. Por eso el profeta terminará sentenciando: ‘Quiero misericordia y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos’. Podemos ser incluso pecadores, pero si con sinceridad nos ponemos ante el Señor reconociendo de verdad nuestro pecado y con el deseo sincero de dejarnos transformar por la gracia del Señor seremos más agradables al Señor.

Es el sentido del salmo 50 que hemos recitado, que nos ha servido de oración y de respuesta a lo que el Señor nos va diciendo. Pedimos al Señor misericordia y que por su infinita bondad borre, limpie nuestros pecados pero más que sacrificios le ofrecemos al Señor nuestro corazón contrito y humilde. ‘Los sacrificios no te satisfacen, si te ofreciera un holocausto no lo querrías. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado, un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias’. Así queremos presentarnos al Señor.

Repito que es lo que nos enseña Jesús hoy en el evangelio con la parábola que nos propone de los dos hombres que subieron al templo a orar. Como dice el evangelista ‘dijo Jesús esta parábola por algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás’. ¿Cómo es que si con sinceridad nos presentamos ante Dios para nuestra oración somos capaces de despreciar a los demás creyéndonos nosotros mejores? Nos podría parecer que eso no podría suceder en una vida de sinceridad y autenticidad, pero bien sabemos cómo fallamos en eso porque algunas veces nos dejamos llevar más por la apariencia llenando nuestra vida de falsedad.

Conocemos la parábola y la forma de presentarse ante el Señor del fariseo y del publicano. ¿Qué alardes de nosotros mismos, repito, podemos hacer ante Dios que ve lo que hay en nuestro corazón y no lo podemos engañar nunca con nuestras apariencias? Podemos hacer cosas buenas, pues démosle gracias a Dios con humildad porque con su gracia hemos podido realizarlas. Pero que nunca esas cosas buenas sirvan para subirnos en pedestales o esperar medalles de reconocimientos y honores. ¡Cómo nos halagan los reconocimientos y tan fácilmente caemos en las redes de la vanidad!

El que se sentía pecador con una actitud humilde sólo pedía al Señor que tuviera piedad, compasión y misericordia de él. Y es que todos tenemos que sentirnos pecadores. ¿Tendremos que esperar que quizá Jesús tenga que decirnos que el que no tiene pecados tire la primera piedra?

Como termina diciendo Jesús en la parábola ‘os digo que éste (el publicano que se consideraba pecador) bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido’.

¿Con qué actitud nos vamos nosotros a presentar ante Dios? ‘Mi sacrificio es un espiritu quebrantado, un corazón quebrantado y humillado, tú, Señor, no lo desprecias’.

viernes, 9 de julio de 2010

Que el Señor nos dé sabiduría y prudencia con la fuerza de su Espíritu

Oseas, 14, 2-10;
Sal. 50;
Mt. 10, 16-23

‘¿Quién será el sabio que lo comprenda, el prudente que lo entienda? Rectos son los caminos del Señor, los justos andan por ellos, los pecadores tropiezan con ellos’. Con este pensamiento de estilo sapiencial concluye la profecía de Oseas que hemos venido escuchando esta semana. Tendríamos que pedir que alcancemos esa sabiduría y esa prudencia para caminar siempre por los caminos del Señor.
La llamada e invitación a la conversión y al arrepentimiento es algo que siempre está presente en la Palabra del Señor. Esa es nuestra condición pecadora y al Señor hemos de volvernos con sincero arrepentimiento y deseos de conversión. Así nos sentimos en la presencia del Señor y como más de una vez hemos reflexionado con esos sentimientos y esos deseos comenzamos siempre nuestro encuentro con El, sobre todo cuando iniciamos la Eucaristía.
Es lo que hoy escuchamos desde el comienzo de la profecía: ‘Conviértete al Señor, Dios tuyo, porque tropezaste con tu pecado’. Los pecadores tropiezan siempre en los caminos no caminando los caminos del Señor, como decíamos al inicio de nuestra reflexión. ‘Perdona del todo la iniquidad y recibe benévolo el sacrificio de nuestros labios’. Así rezamos al Señor.
Así en el salmo también hemos pedido ‘Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa, lava mi delito, limpia mi pecado… crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme, no me arrojes lejos de tu rostro…’ Que el Señor siga volviendo su rostro sobre nosotros como reflexionábamos ayer, que sobre nosotros sintamos su amor y su complacencia porque el sigue mirándonos como hijos amados.
‘Yo curaré sus extravíos, los amaré sin que lo merezcan, mi cólera se apartará de ellos’, nos dice el Señor. Y nos habla de cómo volverá la prosperidad y la dicha. Cómo no vamos a sentirnos así cuando tanto es el amor que el Señor nos tiene.
El texto del evangelio que estamos escuchando estos días es el texto paralelo al de san Lucas que escuchamos el pasado domingo, quizá en san Mateo con mayor amplitud. Nos dice hoy que nos envía ‘como ovejas en medio de lobos’, pero nos está motivando para que no temamos y nos mantengamos firmes en nuestra fe, en nuestro testimonio y en el anuncio del Reino de Dios que hemos de hacer en todo momento con nuestras palabras y con nuestra vida.
Nos anuncia la presencia del Espíritu del Señor con nosotros que será nuestra fuerza y nuestra sabiduría frente a todo lo que se nos pueda enfrentar o hacer sufrir. ‘El Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros… no os preocupéis por lo que vais a decir o cómo lo diréis…’ Y nos invita a la perseverancia, porque así tenemos asegurada nuestra salvación. ‘El que persevere hasta el final se salvará’. Caminemos los caminos del Señor.

jueves, 8 de julio de 2010

El amor y la ternura de Dios que mantiene un amor fiel sobre nosotros

Oseas, 11, 1-4.8-9;
Sal. 79;
Mt. 10, 7-15

‘Que brille tu rostro, Señor, y nos salve’, hemos repetido en el salmo. Como se dice en alguna bendición ‘que el Señor vuelva su rostro sobre nosotros y nos conceda su paz’. Recibir la mirada de Dios es recibir su amor, su complacencia sobre nosotros, llenarnos de sus bendiciones. Por eso pedíamos en el salmo ‘mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña, la cepa que tu diestra plantó y que tu hiciste vigorosa’. ¡Qué hermoso y qué dicha!
Normalmente decimos que en la liturgia el salmo responsorial es como una respuesta hecha oración con los mismos salmos de la Biblia, o sea con la misma Palabra de Dios, que damos a lo que vamos escuchando en la Palabra que se nos proclama. Hoy podemos decir que es cierto que es así, pero también podríamos decir que lo escuchado en el profeta Oseas es como un decirnos de una forma muy concreta cómo el Señor en la historia de la salvación va volviendo su rostro sobre nosotros.
Hemos de reconocer que este texto de Oseas es bellísimo, nos manifiesta una ternura extraordinario de Dios para con nosotros. Muchas veces en los profetas nos parece ver sólo palabras duras de denuncia de nuestros males y nuestras infidelidades. Es cierto que es así, pero también nos encontramos páginas tan bellas como esta que hoy se nos ofrece en la liturgia. Es como para quedarnos repitiéndola, rumiándola, mascullándola una y otra vez para gozarnos en el amor del Señor.
Es toda una historia de amor como es toda la historia de la salvación. Recuerda la liberación de Egipto pero es un seguir viendo esos pasos de amor de Dios para con su pueblo a pesar de sus infidelidades y pecados. ‘Cuando Israel era joven, le amé, desde Egipto llamé a mi hijo…’ A pesar de tanto amor de Dios cuántas veces Israel - ¿No tendríamos que decir nosotros también? – se rebelaba contra el Señor y quería volver por su camino de pecado. Recordemos todo el recorrido por el desierto, pero lo que fue luego la historia – hemos escuchado estos días pasados algunos retazos – del pueblo ya asentado en la tierra prometida y cómo se volvía a los baales y a los ídolos.
‘Le enseñé a andar, le alzaba en brazos, lo curaba’. Es el amor del padre por su hijo que le toma en brazos le da cariño y lo cuida. ‘Con lazos de amor le atraía… se me revuelve el corazón, se me estremecen las entrañas…’ ¡Cuánta ternura de Dios para con su pueblo, para con nosotros!
Qué distinta la reacción de Dios a lo que es nuestra manera de reaccionar. Cuando no somos correspondidos reaccionamos con resentimientos, con amarguras, y algunas veces hasta tratamos de olvidar a aquellas personas a las que amábamos y por los que habíamos hecho quizá tanto en nuestro amor. Por eso nuestras fidelidades humanas son tan débiles y efímeras muchas veces. Rompemos el amor, rompemos la amistad, pasamos del amor a la indiferencia, al rencor y hasta el odio.
Pero no es ese el actuar de Dios que mantiene su fidelidad y su amor a pesar de nuestros desamores, olvidos e infidelidades. ‘No cederé al ardor de mi cólera… que soy Dios y no hombre, santo en medio de ti, y no enemigo a la puerta’, nos dice el Señor.
Y a tanto amor, ¿cómo correspondemos? Que vuelva el Señor su rostro sobre nosotros y nos conceda su favor, nos llene de su gracia y nos dé la fuerza del amor en nuestro corazón para así corresponder a su amor. Y con amor así amemos también nosotros a los demás.

viernes, 12 de marzo de 2010

¿Un examen de catecismo o un examen de amor?

Os. 14, 2-10;
Sal. 80;
Mc. 12, 28-34

Pareciera que el escriba quisiera hacerle un examen de catecismo a Jesús. ‘¿Qué mandamiento es el primero de todos?’ Como tenía la misión de ser maestro de la ley en Israel, quería poner a prueba a Jesús. Y Jesús pasó la prueba porque respondió citando textualmente al libro del Deuteronomio con algo que además todo buen judío sabía de memoria y además lo repetía, como una oración, varias veces al día.
‘Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor, y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser. Y el segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo’.
Por eso el escriba vino como a aprobar lo que Jesús decía: ‘Muy bien, maestro, tienes razón cuando dices que el Señor es único y no hay otro Dios más que El y hay que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y el amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios’. Pero será Jesús el que diga la palabra final al escriba: ‘No estás lejos del Reino de Dios’.
¿Estaremos nosotros lejos o cerca del Reino de Dios? ¿Es en verdad Dios el único Rey y Señor de nuestra vida porque le amamos con todo el corazón y sobre todas las cosas? No son preguntas sin importancia las que nos estamos haciendo. Porque igual cuando hacemos el examen de conciencia y repasamos los mandamientos por el primer mandamiento pasamos rápido porque damos por sentado que amamos al Señor.
Es un examen profundo el que tenemos que hacernos sobre nuestra fe y nuestro amor. El camino cuaresmal que estamos realizando a eso nos invita. Es una revisión, un examen para nuestra renovación, para nuestro crecer más y más en nuestra fe y en nuestro amor. Por eso tenemos que detenernos para ver cuál es la calidad de nuestro amor a Dios para que sea en verdad el centro y razón de ser de nuestra existencia, de todo lo que vivimos y de todo lo que hacemos.
Nos pudiera parecer repetitivo pero es necesario que lo hagamos. Porque tenemos el peligro y la tentación de ponernos otros ídolos en la vida, de buscar otros apoyos, de poner a un lado en ocasiones nuestra fe en el Señor. Y esto hasta nos puede suceder viniendo como hacemos a Misa todos los días, porque aunque estemos aquí en la celebración nuestra mente, nuestros deseos, nuestros sueños pueden estar por otro lado. ¡Cuántas veces nos distraemos, aunque nuestros labios estén pronunciando las oraciones, nuestra mente y nuestro corazón están en otro lado!
Esa invitación que nos hace una vez más el profeta, en este caso Oseas, es necesario que la escuchemos bien en lo más hondo de nosotros mismos. Fijémonos en lo que nos dice: ‘Israel, conviértete al Señor Dios tuyo, porque tropezaste con tu pecado… volved al Señor y decidle: Perdona del todo la iniquidad, recibe benévolo el sacrificio de nuestros labios. No nos salvará Asiria, no montaremos a caballo, no volveremos a llamar Dios a la obra de nuestras manos…’
Por qué dice eso el profeta? Eran momentos en que Israel se sentía tentado, o a mantenía firme su fe en el Señor o se hacia unos ídolos en quien apoyarse; en la hora de la batalla fiarse más de sus fuerzas, sus ejércitos o sus caballerías que poner su confianza en el Señor. Su conversión consistía en volverse totalmente a Dios y sólo en El poner toda su confianza. Por eso las expresiones que usa el profeta.
Es lo que nos puede suceder a nosotros donde demos prioridad a nuestros orgullos o a nuestras fuerzas humanas antes que la confianza y el amor que hemos de poner en el Señor. Por eso sí, nos preguntamos por la calidad de nuestro amor a Dios, si en verdad lo amamos con todo el corazón, con toda nuestra mente, con todo nuestro ser.
‘Yo soy el Señor, Dios tuyo; escucha mi voz’, repetimos en el salmo. Es el Señor, amémosle en verdad sobre todas las cosas y mostremos ese amor escuchándole y haciendo en todo su voluntad.