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sábado, 9 de marzo de 2013
jueves, 12 de julio de 2012
Se me revuelve el corazón, se me conmueven las entrañas
viernes, 16 de marzo de 2012
Caminos del Señor que son caminos de amor que nos llevan a vivir el Reino de Dios
sábado, 2 de abril de 2011
En la presencia de Dios no caben apariencias ni hipocresías
Os. 6, 1-6;
Sal. 50;
Lc. 18, 9-14
Ante Dios nunca podemos presentarnos bajo el rostro de la falsedad, la apariencia o la hipocresía. Ni podemos justificarnos por nosotros mismos con actitud arrogante en nombre de nuestras obras porque el único que nos justifica y nos salva es el Señor. Nuestra postura y nuestra actitud tiene que ser otra, tiene que ser siempre la de la humildad y la del amor.
Es lo que nos está enseñando hoy el evangelio, podemos decir también que toda la Palabra de Dios que se nos ha proclamado. El profeta Oseas denuncia la actitud de aquellos que fingían presentarse al Señor con actitudes de arrepentimiento y quizá vanagloriándose de sus penitencias o de las cosas buenas que hacían pero a los que les faltaba la verdadera misericordia en el corazón.
Muchos sacrificios, muchos regalos para el Señor con ofrendas valiosas quizá, pero no eran capaces de hacer la ofrenda de un corazón auténtico, lleno de amor y de misericordia. Por eso el profeta terminará sentenciando: ‘Quiero misericordia y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos’. Podemos ser incluso pecadores, pero si con sinceridad nos ponemos ante el Señor reconociendo de verdad nuestro pecado y con el deseo sincero de dejarnos transformar por la gracia del Señor seremos más agradables al Señor.
Es el sentido del salmo 50 que hemos recitado, que nos ha servido de oración y de respuesta a lo que el Señor nos va diciendo. Pedimos al Señor misericordia y que por su infinita bondad borre, limpie nuestros pecados pero más que sacrificios le ofrecemos al Señor nuestro corazón contrito y humilde. ‘Los sacrificios no te satisfacen, si te ofreciera un holocausto no lo querrías. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado, un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias’. Así queremos presentarnos al Señor.
Repito que es lo que nos enseña Jesús hoy en el evangelio con la parábola que nos propone de los dos hombres que subieron al templo a orar. Como dice el evangelista ‘dijo Jesús esta parábola por algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás’. ¿Cómo es que si con sinceridad nos presentamos ante Dios para nuestra oración somos capaces de despreciar a los demás creyéndonos nosotros mejores? Nos podría parecer que eso no podría suceder en una vida de sinceridad y autenticidad, pero bien sabemos cómo fallamos en eso porque algunas veces nos dejamos llevar más por la apariencia llenando nuestra vida de falsedad.
Conocemos la parábola y la forma de presentarse ante el Señor del fariseo y del publicano. ¿Qué alardes de nosotros mismos, repito, podemos hacer ante Dios que ve lo que hay en nuestro corazón y no lo podemos engañar nunca con nuestras apariencias? Podemos hacer cosas buenas, pues démosle gracias a Dios con humildad porque con su gracia hemos podido realizarlas. Pero que nunca esas cosas buenas sirvan para subirnos en pedestales o esperar medalles de reconocimientos y honores. ¡Cómo nos halagan los reconocimientos y tan fácilmente caemos en las redes de la vanidad!
El que se sentía pecador con una actitud humilde sólo pedía al Señor que tuviera piedad, compasión y misericordia de él. Y es que todos tenemos que sentirnos pecadores. ¿Tendremos que esperar que quizá Jesús tenga que decirnos que el que no tiene pecados tire la primera piedra?
Como termina diciendo Jesús en la parábola ‘os digo que éste (el publicano que se consideraba pecador) bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido’.
¿Con qué actitud nos vamos nosotros a presentar ante Dios? ‘Mi sacrificio es un espiritu quebrantado, un corazón quebrantado y humillado, tú, Señor, no lo desprecias’.
viernes, 9 de julio de 2010
Que el Señor nos dé sabiduría y prudencia con la fuerza de su Espíritu
‘¿Quién será el sabio que lo comprenda, el prudente que lo entienda? Rectos son los caminos del Señor, los justos andan por ellos, los pecadores tropiezan con ellos’. Con este pensamiento de estilo sapiencial concluye la profecía de Oseas que hemos venido escuchando esta semana. Tendríamos que pedir que alcancemos esa sabiduría y esa prudencia para caminar siempre por los caminos del Señor.
La llamada e invitación a la conversión y al arrepentimiento es algo que siempre está presente en la Palabra del Señor. Esa es nuestra condición pecadora y al Señor hemos de volvernos con sincero arrepentimiento y deseos de conversión. Así nos sentimos en la presencia del Señor y como más de una vez hemos reflexionado con esos sentimientos y esos deseos comenzamos siempre nuestro encuentro con El, sobre todo cuando iniciamos la Eucaristía.
Es lo que hoy escuchamos desde el comienzo de la profecía: ‘Conviértete al Señor, Dios tuyo, porque tropezaste con tu pecado’. Los pecadores tropiezan siempre en los caminos no caminando los caminos del Señor, como decíamos al inicio de nuestra reflexión. ‘Perdona del todo la iniquidad y recibe benévolo el sacrificio de nuestros labios’. Así rezamos al Señor.
Así en el salmo también hemos pedido ‘Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa, lava mi delito, limpia mi pecado… crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme, no me arrojes lejos de tu rostro…’ Que el Señor siga volviendo su rostro sobre nosotros como reflexionábamos ayer, que sobre nosotros sintamos su amor y su complacencia porque el sigue mirándonos como hijos amados.
‘Yo curaré sus extravíos, los amaré sin que lo merezcan, mi cólera se apartará de ellos’, nos dice el Señor. Y nos habla de cómo volverá la prosperidad y la dicha. Cómo no vamos a sentirnos así cuando tanto es el amor que el Señor nos tiene.
El texto del evangelio que estamos escuchando estos días es el texto paralelo al de san Lucas que escuchamos el pasado domingo, quizá en san Mateo con mayor amplitud. Nos dice hoy que nos envía ‘como ovejas en medio de lobos’, pero nos está motivando para que no temamos y nos mantengamos firmes en nuestra fe, en nuestro testimonio y en el anuncio del Reino de Dios que hemos de hacer en todo momento con nuestras palabras y con nuestra vida.
Nos anuncia la presencia del Espíritu del Señor con nosotros que será nuestra fuerza y nuestra sabiduría frente a todo lo que se nos pueda enfrentar o hacer sufrir. ‘El Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros… no os preocupéis por lo que vais a decir o cómo lo diréis…’ Y nos invita a la perseverancia, porque así tenemos asegurada nuestra salvación. ‘El que persevere hasta el final se salvará’. Caminemos los caminos del Señor.
jueves, 8 de julio de 2010
El amor y la ternura de Dios que mantiene un amor fiel sobre nosotros
‘Que brille tu rostro, Señor, y nos salve’, hemos repetido en el salmo. Como se dice en alguna bendición ‘que el Señor vuelva su rostro sobre nosotros y nos conceda su paz’. Recibir la mirada de Dios es recibir su amor, su complacencia sobre nosotros, llenarnos de sus bendiciones. Por eso pedíamos en el salmo ‘mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña, la cepa que tu diestra plantó y que tu hiciste vigorosa’. ¡Qué hermoso y qué dicha!
Normalmente decimos que en la liturgia el salmo responsorial es como una respuesta hecha oración con los mismos salmos de la Biblia, o sea con la misma Palabra de Dios, que damos a lo que vamos escuchando en la Palabra que se nos proclama. Hoy podemos decir que es cierto que es así, pero también podríamos decir que lo escuchado en el profeta Oseas es como un decirnos de una forma muy concreta cómo el Señor en la historia de la salvación va volviendo su rostro sobre nosotros.
Hemos de reconocer que este texto de Oseas es bellísimo, nos manifiesta una ternura extraordinario de Dios para con nosotros. Muchas veces en los profetas nos parece ver sólo palabras duras de denuncia de nuestros males y nuestras infidelidades. Es cierto que es así, pero también nos encontramos páginas tan bellas como esta que hoy se nos ofrece en la liturgia. Es como para quedarnos repitiéndola, rumiándola, mascullándola una y otra vez para gozarnos en el amor del Señor.
Es toda una historia de amor como es toda la historia de la salvación. Recuerda la liberación de Egipto pero es un seguir viendo esos pasos de amor de Dios para con su pueblo a pesar de sus infidelidades y pecados. ‘Cuando Israel era joven, le amé, desde Egipto llamé a mi hijo…’ A pesar de tanto amor de Dios cuántas veces Israel - ¿No tendríamos que decir nosotros también? – se rebelaba contra el Señor y quería volver por su camino de pecado. Recordemos todo el recorrido por el desierto, pero lo que fue luego la historia – hemos escuchado estos días pasados algunos retazos – del pueblo ya asentado en la tierra prometida y cómo se volvía a los baales y a los ídolos.
‘Le enseñé a andar, le alzaba en brazos, lo curaba’. Es el amor del padre por su hijo que le toma en brazos le da cariño y lo cuida. ‘Con lazos de amor le atraía… se me revuelve el corazón, se me estremecen las entrañas…’ ¡Cuánta ternura de Dios para con su pueblo, para con nosotros!
Qué distinta la reacción de Dios a lo que es nuestra manera de reaccionar. Cuando no somos correspondidos reaccionamos con resentimientos, con amarguras, y algunas veces hasta tratamos de olvidar a aquellas personas a las que amábamos y por los que habíamos hecho quizá tanto en nuestro amor. Por eso nuestras fidelidades humanas son tan débiles y efímeras muchas veces. Rompemos el amor, rompemos la amistad, pasamos del amor a la indiferencia, al rencor y hasta el odio.
Pero no es ese el actuar de Dios que mantiene su fidelidad y su amor a pesar de nuestros desamores, olvidos e infidelidades. ‘No cederé al ardor de mi cólera… que soy Dios y no hombre, santo en medio de ti, y no enemigo a la puerta’, nos dice el Señor.
Y a tanto amor, ¿cómo correspondemos? Que vuelva el Señor su rostro sobre nosotros y nos conceda su favor, nos llene de su gracia y nos dé la fuerza del amor en nuestro corazón para así corresponder a su amor. Y con amor así amemos también nosotros a los demás.
viernes, 12 de marzo de 2010
¿Un examen de catecismo o un examen de amor?
Pareciera que el escriba quisiera hacerle un examen de catecismo a Jesús. ‘¿Qué mandamiento es el primero de todos?’ Como tenía la misión de ser maestro de la ley en Israel, quería poner a prueba a Jesús. Y Jesús pasó la prueba porque respondió citando textualmente al libro del Deuteronomio con algo que además todo buen judío sabía de memoria y además lo repetía, como una oración, varias veces al día.
‘Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor, y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser. Y el segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo’.
Por eso el escriba vino como a aprobar lo que Jesús decía: ‘Muy bien, maestro, tienes razón cuando dices que el Señor es único y no hay otro Dios más que El y hay que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y el amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios’. Pero será Jesús el que diga la palabra final al escriba: ‘No estás lejos del Reino de Dios’.
¿Estaremos nosotros lejos o cerca del Reino de Dios? ¿Es en verdad Dios el único Rey y Señor de nuestra vida porque le amamos con todo el corazón y sobre todas las cosas? No son preguntas sin importancia las que nos estamos haciendo. Porque igual cuando hacemos el examen de conciencia y repasamos los mandamientos por el primer mandamiento pasamos rápido porque damos por sentado que amamos al Señor.
Es un examen profundo el que tenemos que hacernos sobre nuestra fe y nuestro amor. El camino cuaresmal que estamos realizando a eso nos invita. Es una revisión, un examen para nuestra renovación, para nuestro crecer más y más en nuestra fe y en nuestro amor. Por eso tenemos que detenernos para ver cuál es la calidad de nuestro amor a Dios para que sea en verdad el centro y razón de ser de nuestra existencia, de todo lo que vivimos y de todo lo que hacemos.
Nos pudiera parecer repetitivo pero es necesario que lo hagamos. Porque tenemos el peligro y la tentación de ponernos otros ídolos en la vida, de buscar otros apoyos, de poner a un lado en ocasiones nuestra fe en el Señor. Y esto hasta nos puede suceder viniendo como hacemos a Misa todos los días, porque aunque estemos aquí en la celebración nuestra mente, nuestros deseos, nuestros sueños pueden estar por otro lado. ¡Cuántas veces nos distraemos, aunque nuestros labios estén pronunciando las oraciones, nuestra mente y nuestro corazón están en otro lado!
Esa invitación que nos hace una vez más el profeta, en este caso Oseas, es necesario que la escuchemos bien en lo más hondo de nosotros mismos. Fijémonos en lo que nos dice: ‘Israel, conviértete al Señor Dios tuyo, porque tropezaste con tu pecado… volved al Señor y decidle: Perdona del todo la iniquidad, recibe benévolo el sacrificio de nuestros labios. No nos salvará Asiria, no montaremos a caballo, no volveremos a llamar Dios a la obra de nuestras manos…’
Por qué dice eso el profeta? Eran momentos en que Israel se sentía tentado, o a mantenía firme su fe en el Señor o se hacia unos ídolos en quien apoyarse; en la hora de la batalla fiarse más de sus fuerzas, sus ejércitos o sus caballerías que poner su confianza en el Señor. Su conversión consistía en volverse totalmente a Dios y sólo en El poner toda su confianza. Por eso las expresiones que usa el profeta.
Es lo que nos puede suceder a nosotros donde demos prioridad a nuestros orgullos o a nuestras fuerzas humanas antes que la confianza y el amor que hemos de poner en el Señor. Por eso sí, nos preguntamos por la calidad de nuestro amor a Dios, si en verdad lo amamos con todo el corazón, con toda nuestra mente, con todo nuestro ser.
‘Yo soy el Señor, Dios tuyo; escucha mi voz’, repetimos en el salmo. Es el Señor, amémosle en verdad sobre todas las cosas y mostremos ese amor escuchándole y haciendo en todo su voluntad.