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sábado, 27 de julio de 2013

¿trigo o cizana?

Mateo  13: 24 - 30

Otra parábola les propuso, diciendo: «El Reino de los Cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras su gente dormía, vino su enemigo, sembró encima cizaña entre el trigo, y se fue. Cuando brotó la hierba y produjo fruto, apareció entonces también la cizaña. Los siervos del amo se acercaron a decirle: "Señor, ¿no sembraste semilla buena en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña?" El les contestó: "Algún enemigo ha hecho esto." Dícenle los siervos: "¿Quieres, pues, que vayamos a recogerla?" Díceles: "No, no sea que, al recoger la cizaña, arranquéis a la vez el trigo. Dejad que ambos crezcan juntos hasta la siega. Y al tiempo de la siega, diré a los segadores: Recoged primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo recogedlo en mi granero."»

Nos preguntamos muchas veces ¿por que tanto mal, tanto egoismo, tanta hipocresia, tanta injusticia? Queremos lo bueno, pero vivimos rodeados de tanto mal. Queremos un mundo bueno y sin embargo van floreciendo tantas flores del mal alrededor nuestro, de manera que nos salpica a nosotros tambien. Luchamos por el bien, queremos sembrar buenas semillas en la vida; es, por ejemplo, la tarea de los educadores, la tarea de la familia, la tarea de los que trabajan por los demas, la tarea de toda persona buena que quiere hacer siempre el bien, la tarea que queremos realizar desde la Iglesia sembrando las semillas del Reino de Dios. Tenemos el peligro se sentirnos defraudados porque no vemos frutos o los frutos se malogran; sentimos la desilusion de que alli donde sembramos lo bueno luego vemos surgir el mal y todas sus consecuencias. 
¿Tenemos que perder la esperanza? ¿Vamos a tirar la toalla, como se suele decir? De ninguna manera. Hemos de trabajar siempre con ilusion, con esperanza, con constancia, con amor. Nos fiamos del Señor y en El encontramos toda la fuerza que necesitamos. El Señor esta a nuestro lado y nos da la fuerza de su Espiritu. Lo que nos puede parecer muerte es camino de vida, si comprendemos el sentido de la pascua. Fue el camino de Jesus y es nuestro camino.
Esa esperanza quiere suscitar en nuestro corazon la parabola que hoy nos propone la Palabra de Dios. Juntos aparecen en el campo que vamos sembrando la buena semilla y en medio la cizaña, pero no nos hemos de sentir defraudados sino esperar a la cosecha final. En contra de lo que pueda suceder en la naturaleza el corazon de los hombres puede cambiar. La gracia del Señor los puede transformar. Es nuestra esperanza. Es nuestra lucha por el Reino de Dios.

viernes, 26 de julio de 2013

dichosos vuestros ojos porque ven...

Mateo  13: 16 - 17


«¡Pero dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen!

Pues os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron.

Cuantas veces decimos que nosotros hubieramos deseado haber estado en los tiempos de Jesus para verle con nuestros ojos, estar a su lado, tocarle con nuestras manos como aquellos enfermos que llegaban hasta El, escuchar su voz con nuestros oidos. ¿Nos tendriamos que quedar con esas ganas y deseos? Pero tenemos la maravilla de la fe. Podemos estar con Jesus, podemos escucharle de manera incluso mas hondo que si solamente escucharamos con nuestros oidos, podemos escucharle en nuestro corazon. Por la fuerza de su Espiritu El esta con nosotros y nos llena y nos inunda con su vida.
Dichosos,si, podemos ser nosotros tambien. Despertemos nuestra fe. No olvidemos que Jesus estara siempre con nosotros como  nos ha prometido. No olvidemos como y donde podemos verle, porque le tenemos en el projimo, y tenemos que aprender que cuando vemos al projimo tenemos que ver a jesus; cuando escuchamos al projimo tenemos que escuchar la voz de Jesus que nos llama; cuando tendemos nuestra mano de amor al projimo que esta a nuestro lado, estamos tendiendo la mano a Jesus.
Dichosos,si, podemos ser nosotros tambien. Despertemos nuestra fe porque le tenemos en los sacramentos, le tenemos en la Eucaristia donde podemos comerle y llenarnos de su vida, le tenemos en el abrazo de perdon que nos da en el sacramento de la Reconciliacion.
Dichosos,si, podemos ser nosotros tambien. Te damos gracias, Señor, porque siempre te podemos ver a nuestro lado derramando tu amor sobre nosotros.

jueves, 25 de julio de 2013

seguir a jesus bebiendo de su mismo cáliz


seguir a jesus bebiendo de su mismo cáliz
Mateo  20: 20 - 28

Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, y se postró como para pedirle algo. El le dijo: «¿Qué quieres?» Dícele ella: «Manda que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y otro a tu izquierda, en tu Reino.» Replicó Jesús: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber?» Dícenle: «Sí, podemos.» Díceles: «Mi copa, sí la beberéis; pero sentarse a mi derecha o mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado por mi Padre. Al oír esto los otros diez, se indignaron contra los dos hermanos. Mas Jesús los llamó y dijo: «Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo; de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos.»

FIESTA DEL APOSTOL SANTIAGO, PATRON DE ESPAÑA
Dos discipulos de Jesus que quieren seguirle. Con El han estado desde el principio. Uno alla desde el Jordan habia ido preguntando 'Maestro, ¿donde vives?'; ambos estaban en la orilla del lago cuando Jesus paso y los invito a seguirle. Hubo disposicion  generosa y buena voluntad; se fueron con Jesus; alla en aquel primer encuentro fueron a ver donde vivia Jesus y se quedaron con El; mas tarde en el lago lo dejaron todo, barca, redes, familia por seguir a Jesus. Les habian invitado a ser pescadores de hombres. 
Habian estado con Jesus, habian escuchado sus enseñanzas, sabian que Jesus subia a Jerusalen y alli el Hijo del Hombre habia de ser entregado; pero habia cosas que no tenian claras. Bueno, eso era la impresion que daban cuando un dia con los otros discipulos habian discutido por primeros puestos; ahora era su madre, el corazon de las madres que quieren siempre lo mejor para sus hijos, viene pidiendo primeros puestos. 'Manda que estos dos hijos mios se sienten, uno a tu derecha y otro a tu izquierda, en tu Reino'. 
No sabian lo que pedian. Se los recuerda Jesus. En su Reino los primeros puestos no van por los caminos de las ambiciones humanas; el primer puesto pasa por el servicio, por hacerse el ultimo y servidor de todos. Quien no sea capaz de entenderlo no ha entendido aun lo que es el Reino de Dios. Es lo que Jesus ahora quiere hacerles comprender. Y se pone como ejemplo. Es que el discipulo no es mayor que su maestro; es que el discipulo sigue el camino de su maestro.
'¿Podéis beber la copa que yo voy a beber?' Una pregunta interesante; una pregunta exigente; una pregunta que abre nuevos caminos; una pregunta para hacernos trascender en la vida. ¿Podemos beber el caliz que Jesus ha de beber? Es el caliz de la pasion; es el caliz de la entrega; es el caliz del amor. Es el caliz con que seguimos los pasos de Jesus. 
Haznos Señor comprender lo que significa seguirte; lo que significa beber tu caliz. Santiago a quien hoy celebramos lo bebio. Fue el apostol que llego a nuestras tierras anunciando el evangelio; es el primero de los apostoles en derramar su sangre, en dar su vida. ¿En que vamos a beber el caliz del Señor? Muchas veces en la vida tendremos oportunidad de hacerlo. Que el Espiritu del Señor nos ilumine y nos de su fortaleza.

miércoles, 24 de julio de 2013

salio un sembrador a sembrar

Mateo  13: 1 - 9

Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó a orillas del mar. Y se reunió tanta gente junto a él, que hubo de subir a sentarse en una barca, y toda la gente quedaba en la ribera. Y les habló muchas cosas en parábolas. Decía: «Una vez salió un sembrador a sembrar. Y al sembrar, unas semillas cayeron a lo largo del camino; vinieron las aves y se las comieron. Otras cayeron en pedregal, donde no tenían mucha tierra, y brotaron enseguida por no tener hondura de tierra; pero en cuanto salió el sol se agostaron y, por no tener raíz, se secaron. Otras cayeron entre abrojos; crecieron los abrojos y las ahogaron. Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto, una ciento, otra sesenta, otra treinta. El que tenga oídos, que oiga.»

Salio el sembrador a sembrar... pero ¿seremos nosotros buena tierra? De la semilla estamos seguros, del sembrador tambien. Es el Señor, es su Palabra, pero ¿la acogemos? ¿la recibimos en nuestra vida?
Preparemos nuestra tierra, preparemos nuestro corazon. No dejemos endurecer nuestro corazon. Hay tantas cosas que nos endurecen la vida: los problemas que nos quitan la paz, las pasiones que se nos descontrolan cuando no tenemos suficiente dominio, las influencias externas que recibimos y por las que nos dejamos influenciar, la falta de profundidad que le damos a nuestros pensamientos y reflexiones...
Te quiero pedir Señor, que no se me endurezca el corazon; dame tu gracia, dame tu fuerza. Quiero abrir mi corazon a tu Palabra; quiero llenarme de tu vida. Riegame, Señor, con la fuerza de tu gracia

martes, 23 de julio de 2013

quién es mi madre y quienes son mis hermanos

Mateo  12: 46 - 50

46Todavía estaba hablando a la muchedumbre, cuando su madre y sus hermanos se presentaron fuera y trataban de hablar con él.
47Alguien le dijo: «¡Oye! ahí fuera están tu madre y tus hermanos que desean hablarte.»
48Pero él respondió al que se lo decía: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?»
49Y, extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos.
50Pues todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.»

¿Quienes son la familia de Jesús? ¿Llegaremos a ser nosotros la familia de Jesús? En esto nos tiene que hacer pensar este evangelio. Alli estaba María, la madre de Jesus; allí estaban, como dice el evangelista en el lenguaje semita, sus hermanos, sus parientes. No los rechaza Jesus, en eso no podemos pensar. Pero no está enseñando que no solo es la carne o la sangre lo que nos une para ser su familia. Podemos ser una nueva familia, tenemos que ser una nueva familia.
Podemos recordar lo que ya al principio del evangelio de san Juan se nos dice que los que aceptan la luz, los que creen de verdad que Jesus es el Hijo de Dios por la fuerza del Espíritu son hechos hijos de Dios. 'A cuantos le recibieron, a todos aquellos que creen en su nombre, les dio poder para ser hijos de Dios. Estos son los que no nacen por via de generación humana, ni porque el hombre lo desee, sino que nacen de Dios'. 
Ahora nos dirá Jesús: 'Estos son mi madre y mis hermanos. Todo el que cumpla la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre'. Es la fe para aceptar la Palabra de Dios. Es la fe que nos lleva a escucharla, pero no de cualquier manera, sino en lo más hondo del corazón; es la fe que nos da fuerza para cumplirla y para vivirla. 
Cumplamos la voluntad de Dios y somos la familia de Dios. Busquemos a Dios; escuchemos su Palabra; descubramos de verdad lo que es su voluntad; realizemos en la vida la Palabra de Dios y llevándola a la práctica y vivencia de cada día, y estaremos siendo la familia de Dios.

lunes, 22 de julio de 2013

santa maria magdalena

Juan  20: 1 - 2, 11 - 18

El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro. Echa a correr y llega donde Simón Pedro y donde el otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto.» Estaba María junto al sepulcro fuera llorando. Y mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro, y ve dos ángeles de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies. Dícenle ellos: «Mujer, ¿por qué lloras?» Ella les respondió: «Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto.» Dicho esto, se volvió y vio a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Le dice Jesús: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?» Ella, pensando que era el encargado del huerto, le dice: «Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré.» Jesús le dice: «María.» Ella se vuelve y le dice en hebreo: «Rabbuní» - que quiere decir: «Maestro» -. Dícele Jesús: «No me toques, que todavía no he subido al Padre. Pero vete donde mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios.» Fue María Magdalena y dijo a los discípulos que había visto al Señor y que había dicho estas palabras.

Estaba María Magdalena junto al sepulcro fuera llorando. Las lágrimas velaban sus ojos. El amor la hacía sufrir intensamente. Había estado junto a la Cruz, al lado de María, bebiéndose las últimas palabras, con el corazón traspasado de dolor, como María. Al amanecer del primer día de la semana, tan pronto lo permitía el descanso sabático concluido había corrido al sepulcro. Pero estaba vacío. Su dolor aumentaba. Corre a donde los discípulos para anunciar el sepulcro vacío. 'Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos donde lo han puesto...' Después que vivieran Pedro y Juan y vieran el sepulcro vacío allí quedó ella, pero sus ojos estaban velados por el dolor.
Ya hemos escuchado el diálogo entre cegueras y lágrimas hasta que se vislumbró la luz de la resurrección. Aunque sus ojos estaban cegados, los oídos del alma escucharon la voz del Maestro. La llamaba por su nombre. 'María... ¡Rabbuní (Maestro)!' Fueron las cortas palabras que se cruzaron, pero estaba todo dicho, estaba todo hecho. Allí estaba el Señor resucitado. Ahora correrá de nuevo - mañana de carreras la de aquel primer día de la semana - para anunciar a los discípulos que había visto al Señor. 
María cuenta siempre con los discípulos, con la comunidad. Primero para contar su problema, luego para anunciar la Buena Noticia y trasmitirles su alegría. María, la pecadora que un día Jesus había perdonado y echado de ella siete demonios como dice un evangelista, ahora no se puede separar de la comunidad de los discípulos. Lo había aprendido con el amor que había quedado prendado en su corazón. Lo había aprendido cuando estuvo al pie de la cruz. Ahora la lección se repite pero para ella le faltan alas a los pies para correr lo suficiente para ir y volver una y otra vez  la comunidad de los discípulos. 
Cúanto tendríamos que aprender para no andar solo por la vida. Cuando vamos solos los problemas nos aturden y los ojos se nos cierran para no ver. Vivamos la comunión de los hermanos; vivamos la comunión de la Iglesia. Ahí siempre vamos a encontrar a Jesus. Ahí siempre sentiremos que Jesus nos llama por nuestro nombre, porque siempre nos sentiremos amados de Jesus.

domingo, 21 de julio de 2013

Cuando acogemos a Dios en nuestra vida aprendemos a acoger a los demás en nuestro corazón

Gén. 18, 1-10; Sal. 14; Col. 1, 24-28; Lc. 10, 38-42
La Palabra de Dios hoy nos habla de la hospitalidad, tanto en el texto de la primera lectura como en el Evangelio. Una virtud muy humana, pero diríamos también una virtud muy gloriosa que nos acerca a Dios.
Una virtud muy característica del pueblo judío, y en general de todos los pueblos semitas, que manifiesta unos valores muy profundos y enriquecedores de las personas y de los pueblos. Hay pueblos en los que brilla de manera especial esta virtud de acogida y de apertura del corazón ante el que llega, ante el forastero y para quienes nadie se considera extraño, pero también nos encontramos con pueblos muy encerrados en sí mismos en los que habitualmente se ven cerradas no solo las puertas de los hogares ante el extraño sino lo que es peor las puertas de los corazones en una cerrazón llena de desconfianza y de temor.
De ello nos ha hablado la primera lectura en la acogida y hospitalidad de Abrahán ante aquellos tres caminantes que llegan a su tienda, que serán para Abrahán un signo de la presencia de Dios en su vida y de la acogida de su corazón a los designios de Dios. Le vemos cumplir con todas las leyes de la hospitalidad en su acogida y en el ofrecimiento de lo que tiene para que descansen del calor del camino y repongan fuerzas con el alimento.
De ello nos habla también ese hermoso cuadro del hogar de Betania en aquella familia que acoge a Jesús y a sus discípulos no solo a su paso por el camino, sino también en muchas ocasiones en que Jesús llegará hasta aquellos que serán para siempre sus amigos.
¿Qué nos puede estar diciendo hoy la Palabra del Señor? ¿Qué nos enseñará para nuestra vida este texto del Evangelio completado con el relato del Génesis?
Abrahán acoge a Dios en aquellos tres caminantes y Marta y María acogen a Jesús en el hogar de Betania. ¿Cómo se sentía Abrahán cuando sabía que estaba acogiendo a Dios en su tienda? ¿Cómo se sentían Marta y María cuando tenían el gozo de tener a Jesús con ellas en su hogar?
Hermoso ejemplo nos ofrecen para nuestra vida. Mucho tendríamos que aprender para ofrecerle nuestro amor al Señor con lo mejor de nosotros mismos. Muchas veces hemos reflexionado sobre este texto y esta manera de acoger tanto de Marta como María. A los pies de Jesús hemos de saber ponernos abriendo nuestro corazón, dando lo mejor de nosotros mismos, para llenarnos de Dios, para aprender también desde la acogida de Dios a acoger a los demás y al tiempo llevar a Dios a los demás.
Quizá podríamos preguntarnos ¿somos nosotros los que ofrecemos hospitalidad a Dios o es Dios el que nos ofrece hospitalidad? Es cierto que Dios quiere venir a nosotros, quiere habitar en nuestros corazones; como nos dirá Jesús si guardamos su palabra, si cumplimientos sus mandamientos el Padre nos amará y también nos amará Jesús y vendrán a nosotros para habitar en nosotros. Es la acogida que hemos de hacer al Señor que viene a nuestra vida guardando su palabra, viviendo en el amor y así nos llenaremos de Dios.  
Es el ejemplo que nos ofrece María sentada a los pies de Jesús bebiéndose sus palabras, queriendo escucharle y gozarse de su presencia; pero es el ejemplo también de Marta que da lo mejor de si misma para servir, para hacer todo lo posible para que Jesús se sintiera a gusto en la casa. Por eso andaba tan ajetreada preparando todo y de ahí sus quejas porque quizá María no le ayudaba como ella quería, pero que en el fondo estaba cumpliendo también en su acogida con la ley de la hospitalidad.
Pero nos preguntábamos si no es Dios el que nos acoge a nosotros. ¿Qué es lo que quiere Dios sino que vivamos en El? Nos hace partícipes de su vida que es meternos en su corazón. ¿No nos dice Jesús en la última cena que se va junto al Padre, pero va para prepararnos sitios y que vendrá y nos llevará con El? ¿Qué otra cosa es el amor que Dios nos tiene sino meternos en su corazón?
Es por donde tenemos que aprender hoy el mensaje que nos trae la Palabra del Señor. Cuando aprendemos a acoger a Dios en nuestra vida, estamos aprendiendo a acoger a los demás en nuestro corazón. Y cuando somos nosotros capaces de ofrecer la hospitalidad de nuestro corazón a los demás estamos abriendo de verdad nuestro corazón a Dios. No olvidemos lo que nos enseña Jesús que todo lo que le hagamos al hermano a El se lo estamos haciendo. Pero quizá tendríamos que decir que esta virtud de la hospitalidad interactúa en nosotros en nuestra manera de acoger a Dios y en nuestra manera de acoger a los demás, de manera que no hay una sin la otra.
La hospitalidad en su sentido más elemental y natural es abrir las puertas para acoger al que llega dejando que ocupe un lugar en nuestra casa, en nuestro hogar. Ya no se trata sola y llanamente del hogar o cosa material sino que se trata de nuestro corazón que ha de ser un hogar para los demás y para Dios. Abrimos las puertas para que los otros ocupen un lugar en nuestro corazón.

Amarlos no es solo decir que los queremos mucho si luego los tenemos apartados de nuestro corazón por nuestras desconfianzas o todos esos 'peros' que solemos poner en nuestra relación con los otros. Amarlos es dejar que ocupen un lugar en nuestro corazón, es permitir que se adueñen de nuestro corazón. Es la generosidad del amor que ya nos hará que no seamos dueños de nosotros mismos, sino que al otro lo pongamos siempre en el centro de nuestro corazón.

sábado, 20 de julio de 2013

la caña cascada no la quebrará

Mateo  12: 14 - 21

Pero los fariseos, en cuanto salieron, se confabularon contra él para ver cómo eliminarle. Jesús, al saberlo, se retiró de allí. Le siguieron muchos y los curó a todos. Y les mandó enérgicamente que no le descubrieran; para que se cumpliera el oráculo del profeta Isaías: He aquí mi Siervo, a quien elegí, mi Amado, en quien mi alma se complace. Pondré mi Espíritu sobre él, y anunciará el juicio a las naciones. No disputará ni gritará, ni oirá nadie en las plazas su voz. La caña cascada no la quebrará, ni apagará la mecha humeante, hasta que lleve a la victoria el juicio: en su nombre pondrán las naciones su esperanza.

En Cristo se cumplen las Escrituras pero para creer en El son necesarios los ojos de la fe. Son muchos los que le siguen porque creen en El. Pero hay muchos que le rechazan; hoy nos habla del evangelio de que 'se confabularon contra El para ver como eliminarle'. En Jesus se estaban cumpliendo las Escrituras, lo que habían anunciado los profetas. El propio evangelista nos cita al profeta Isaías.
Nos señala cosas importantes porque de entrada nos dirá que es el elegido y amado de Dios, lleno del Espíritu Santo. Es un texto paralelo al que nos cita san Lucas cuando va Jesús a la sinagoga de Nazaret. Allí nos decía que fue ungido y enviado para hacer el anuncio de la Buena Noticia a los pobres; nos señalaba entonces cómo se iban a dar las señales de esa liberación que nos traia el Mesias curando a los enfermos y proclamando el año de gracia del Señor. 
Aquí nos dice cómo aprovechará hasta lo más pequeño para hacer crecer la vida y la salvación. 'La caña cascada no la quebrará, ni apagará la mecha humeante, hasta que lleve a la victoria el juicio'. Por eso Jesus será para todas las naciones esperanza. 
Es la esperanza que ponemos nosotros en la salvación que nos ofrece, sabiendo cómo el Señor quiere siempre contar con nosotros aunque nos creamos que valemos poco. Somos instrumentos de salvación para los demás, aunque nos consideremos indignos. Siempre espera el Señor de nosotros esa respuesta de amor a su gracia.

viernes, 19 de julio de 2013

misericordia quiero

Mateo  12: 1 - 8

En aquel tiempo cruzaba Jesús un sábado por los sembrados. Y sus discípulos sintieron hambre y se pusieron a arrancar espigas y a comerlas. Al verlo los fariseos, le dijeron: «Mira, tus discípulos hacen lo que no es lícito hacer en sábado.» Pero él les dijo: «¿No habéis leído lo que hizo David cuando sintió hambre él y los que le acompañaban, cómo entró en la Casa de Dios y comieron los panes de la Presencia, que no le era lícito comer a él, ni a sus compañeros, sino sólo a los sacerdotes? ¿Tampoco habéis leído en la Ley que en día de sábado los sacerdotes, en el Templo, quebrantan el sábado sin incurrir en culpa? Pues yo os digo que hay aquí algo mayor que el Templo. Si hubieseis comprendido lo que significa aquello de: Misericordia quiero, que no sacrificio, no condenaríais a los que no tienen culpa. Porque el Hijo del hombre es señor del sábado.»

Muchas veces somos esclavos de la norma, de la regla y nos apegamos a la letra de aquellas cosas que tenemos que cumplir. Por supuesto que Jesús nos dice que no ha venido a abolir la ley sino a darle plenitud y que ha de cumplirse hasta lo más mínimo, porque el que no sabe ser fiel en lo pequeño no lo sabrá ser en lo que es verdaderamente importante. 
Pero tenemos que saber descubrir el espíritu y el sentido de aquellas cosas que hemos de hacer para que no nos hagamos esclavos de la norma. El mandamiento es el cauce y el sentido de lo que hacemos para que vayamos por caminos de fidelidad, pero lo importante es el amor que pongamos en aquello que hacemos. 
Podríamos ser fieles a la letra pero hacer las cosas a regañadientes y sin gusto y es importante que nos sintamos libres en esa libertad que el Señor nos ha dado y desde esa libertad interior sepamos escoger ese camino de fidelidad. Podemos ser cumplidores hasta el extremo, pero luego no  somos capaces de tener misericordia, compasión, ternura para aquellos que están a nuestro lado. ¿De qué me serviría? 
Por eso jesus nos dice hoy que busquemos la misericordia, que actuemos con misericordia, que pongamos amor del verdadero en nuestra vida y en todo lo que hacemos, que llenemos de ternura nuestro corazón y el incienso que va a subir de nuestra vida al Señor será un perfume agradable que proclamará siempre la gloria del Señor.

jueves, 18 de julio de 2013

venid a mi los fatigados y sobrecargados

Mateo  11: 28-30
28«Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso.
29Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas.
30Porque mi yugo es suave y mi carga ligera.»



Qué gozo podemos escuchar estas palabras de Jesús. Tenemos la seguridad y la certeza de que en El vamos a tener nuestro descanso. Muchas son nuestras preocupaciones; andamos mucha veces agobiados por la vida, pero El es nuestra paz.
Algunas veces nos parece que seguirle es tarea poco menos que de héroes y nos parece poco menos que imposible el seguir sus pasos. Hoy nos dice que vayamos a El, que no nos pone un yugo pesado sobre nuestra vida porque su carga es ligera, tan ligera como el amor, tan suave como la mansedumbre y la humildad.
Gracias, Señor, por el aliento que sentimos en nuestro caminar. Gracias porque eres el dulce Cireneo de nuestra vida. Contigo queremos estar siempre; tu camino queremos seguir. Señor, llénanos de tu paz.

miércoles, 17 de julio de 2013

te doy gracias Padre

Mateo  11: 25 - 27

25En aquel tiempo, tomando Jesús la palabra, dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños.
26Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito.
27Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

Bendigamos al Señor que en su misterio de amor no ha querido quedarse escondido sino que ha querido revelársenos. Demos gracias porque en nuestro corazón ha puesto semillas de eternidad para que podamos llegar a El. Demos gracias que en su infinita Sabiduría se revela a los pequeños y a los sencillos. 
Vayamos con corazón humilde hasta Dios, porque sabemos que solo los humildes podrán conocer a Dios. Que nunca la soberbia de nuestro corazón empañe nuestra mirada; que no nos ciegue y nos impida ver y conocer a Dios.
Gracias, Padre, porque nos has dado a tu Hijo que nos descubre tu misterio de amor. 
Que por nuestra humildad y amor podamos ser instrumentos también para que los demás puedan llegar hasta Dios.

martes, 16 de julio de 2013

Vestimos el escapulario de María llenándonos de su belleza y santidad

Celebramos en este día una Advocación de la Virgen María muy entrañable y arraigada en la devoción del pueblo cristiano a la Madre del Señor. El nombre de la Virgen del Monte Carmelo, que comúnmente decimos Virgen del Carmen, tiene su origen en los montes del mismo nombre que se hallan en Israel y que arrancan desde las llanuras y valles de Galilea hasta desembocar, por así decirlo, en el mar Mediterráneo. Nombre que evoca la belleza de esos montes - por ahí iría el significa de la palabra - y que nos habla de la belleza del corazón de la Madre del Señor.
En el Carmelo se había refugiado el profeta Elías, celoso del culto del Dios verdadero frente a los falsos dioses o baales de los pueblos circundantes de Israel; la Biblia nos refiere diversos episodios de este profeta en su lucha contra los falsos profetas de los baales. Y en la época de las Cruzadas por recuperar la tierra santa del Señor del poder de los sarracenos que la habían invadido, muchos cruzados una vez cumplidos sus objetivos militares se retiraron a estos montes para dedicarse a la oración en medio del silencio y debido al gusta de estar en la tierra del Señor.
Allí se levantó una capilla o templo en honor de la Virgen, que como es normal tomaría ese nombre, la Virgen del Monte Carmelo, la Virgen cuya imagen se encuentra en el Monte Carmelo. En esta gente que se retiraba al monte Carmelo, en recuerdo del profeta Elías dedicados a la oración, y reunidos en torno a este templo de la Virgen tuvo su origen la Orden de los Carmelitas. A un religioso de esta Orden se cuenta de la aparición de la Virgen para entregarle esa vestidura, ese escapulario, como signo de su consagración al Señor y a la Virgen.
El 16 de julio de 1251, la imagen de la Virgen del Carmen se le habría aparecido a San Simón Stock, superior general de la Orden, al que le entregó sus hábitos y el escapulario, principal signo del culto mariano carmelita. Según es tradición la Virgen prometió liberar del Purgatorio a todas las almas que hayan vestido el escapulario durante su vida, el sábado siguiente a la muerte de la persona y llevarlos al cielo.  La iconografía principal de la Virgen la muestra portando dicho escapulario.
Como bien sabemos un escapulario en su origen era como un delantal o una vestidura que se ponía sobre la ropa ordinaria como prevención para que los trabajos que realizasen no dañasen sus vestidos. Pronto pasó de ser la vestidura de los servidores que la utilizaban como prevención a ser un signo religioso que viene a significar esa protección que en María encontramos frente a todos los peligros que pudieran atentar contra nuestra fe o nuestra vida cristiana.
Por eso la devoción a la Virgen del Carmen está tan unida al escapulario de la Virgen que llevamos como signo de esa protección maternal de María. Se nos habla de una vestidura, un hábito o un escapulario, que vestimos con el orgullo de pertenecer a María. Pero creo que no tendríamos que quedarnos solamente en llevar de forma externa esa vestidura o ese escapulario sino más bien el revestirnos de María, el revestirnos de todas esas virtudes y de toda esa santidad de María, porque quien se está vistiendo de María se está vistiendo de Cristo.
Que sintamos gozosos esa protección de María vistiendo su hábito o llevando su escapulario. Que lo llevemos con orgullo y con dignidad no permitiendo que nada en nuestra vida manche esa vestidura de María que llevamos, manche esa vestidura de la gracia de la que hemos no solo de revestirnos sino empaparnos. Que hagamos honor por la santidad de nuestra vida de ser esos hijos de María que quieren parecerse a la Madre del Señor.

Démosle hondo sentido a nuestra devoción a la Virgen. Vistámonos de su santidad y de sus virtudes.

lunes, 15 de julio de 2013

Un mensaje aparentemente contradictorio pero que nos llena de paz

Ex. 1, 8-14.22; Sal. 123; Mt. 10, 34-11,1
Hay ocasiones en que nos cuesta entender el mensaje del evangelio; nos puede parecer incluso contradictorio sobre todo cuando nos quedamos simplemente con la letra y lo que pudiéramos interpretar a primera vista en una primera lectura. Cuando nos suceden cosas así tenemos que exprimir más el espíritu de fe e invocar con un mayor fervor al Espíritu Santo que venga en nuestra ayuda.
Hoy, sobre todo en las primeras palabras de lo que hemos escuchado, nos sucede así. El mensaje del evangelio es siempre un mensaje de paz; como tantas veces hemos reflexionado incluso fue lo primero que cantaron los ángeles en su nacimiento en Belén. Y en otros momentos Jesús nos dirá que nos da su paz porque de ella quiere llenar nuestro corazón o se convierte en el primer mensaje que quiere trasmitir a los enfermos, a los pecados y a cuantos creen en El y vienen a su encuentro.
Sin embargo, en el texto que hoy hemos escuchado, comienza diciéndosenos: ‘No penséis que he venido a la tierra a sembrar paz, sino espadas…’ y continúa hablándonos de falta de entendimiento entre padres e hijos, entre hermanos y parientes porque pareciera que el enemigo lo tenemos en la propia casa. ¿Qué nos quiere decir Jesús? Es aquí donde tenemos que invocar con fuerza al Espíritu Santo que nos ilumine y nos haga saborear de verdad el mensaje de Jesús.
¿Significa que Jesús no quiera la paz para nosotros? No olvidemos también que fue el primer mensaje de pascua en sus apariciones después de la resurrección. Pero sí tendríamos que recordar lo que había anunciado proféticamente Simeón cuando la presentación de Jesús niño en el templo a los cuarenta días de su nacimiento. Jesús iba a ser un signo de contradicción, ante el que había que decantarse, hacer opción fundamental en la vida. Y cuando hacemos opción por Jesús sabemos que la vida no nos va a ser fácil. No todos entenderán el mensaje de Jesús y muchos se van a poner en contra. Muchas veces desde los más cercanos a nosotros no comprenderán las opciones que nosotros podamos hacer por Jesús y su evangelio y nos vamos a encontrar quienes nos hagan la guerra. Es la división que va a aparecer entre los que nos rodean cuando hacemos opciones claras y radicales por Jesús y su evangelio.
Un ejemplo concreto. ¿Qué suele suceder cuando un joven que va llevando una vida normal con sus caminos de la vida siguiendo un ritmo normal y de repente porque ha sentido una llamada en el corazón siente, por ejemplo, que el Señor le llama por el sacerdocio o a una joven por la vida religiosa? Todos sabemos cuantos dramas se producen en muchas ocasiones en las familias cuando alguien ha tomado una decisión de esta naturaleza. Tratarán de quitarle la idea de la cabeza, tratarán de aconsejarlo para que deje la decisión para otro momento más adelante, le dirán que está loco cuando se decide por eso con lo feliz que podría ser en la vida y con la prosperidad que podría alcanzar en el mundo con lo preparado que está.
Así podríamos mencionar muchas más situaciones donde vemos que aparece la división, se crean momentos de inestabilidad quizá en las familias y de falta de paz, aunque bien sabemos que hay casos en que esto sea un motivo de alegría y de dar gracias a Dios. Aquí estamos contemplando como se realiza este anuncio de Jesús.
Jesús nos habla de la radicalidad con que hemos de vivir su seguimiento de manera que estemos dispuestos a abandonarlo todo por seguirle a El, porque eso será en verdad ganar la verdadera vida y salvación. ‘El que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí’, nos dice Jesús claramente en el evangelio.
Nos habla luego de cómo acogiendo a sus enviados le estamos acogiendo a El y acogiéndole a El estamos acogiendo a quien le envió. Y nos hablará finalmente del valor las cosas pequeñas y de lo que nos pueda parecer más insignificante como pueda dar de beber un vaso de agua, porque esa fidelidad tendrá premio en el cielo. ‘El que de de beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca a uno de estos pobrecillos, solo porque es discípulo mío, no perderá su paga, os lo aseguro’.

El mensaje de Jesús siempre nos llenará de paz y de vida, porque sabemos que siempre podemos contar con su presencia y con su fuerza.

domingo, 14 de julio de 2013

trata de ver a Dios y ámale y alcanzarás la vida eterna

¿Qué es lo que tengo que hacer? Trata de ver a Dios y ámale

Deut. 30, 10-14; Sal. 68; Col. 1, 15-20; Lc. 10, 25-37
‘Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?’ Un maestro de la ley se presentó a Jesús y le preguntó, dice el evangelista, ‘para ponerlo a prueba’. Luego seguirá haciendo más preguntas. Es curioso. Es un maestro de la ley el que hace las preguntas cuando sería él quien diera las respuestas y explicaciones. Pero ya sabemos. ¿Quería realmente saber o lo que estaba haciendo era poner a prueba al Maestro, quizá porque no había estudiado en sus escuelas rabínicas? Pero en el fondo así lo está reconociendo y llamando, Maestro.
De todas formas, aparte de las intenciones que pudiera tener, es una interesante pregunta. Dará pie para que Jesús nos dé una hermosa explicación, un mensaje bien hermoso. Pregunta el escriba por lo que hay que hacer para alcanzar la vida eterna que, de alguna manera, está preguntando que ha de hacer para alcanzar a Dios. Nosotros ya podemos entender lo que es la vida eterna. Todos queremos conocer a Dios; todos queremos alcanzar a Dios, en el fondo, vivir a Dios. Como nos decía el libro del Deuteronomio ‘el mandamiento del Señor está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca, cúmplelo’. Tratemos de descubrirlo para que lleguemos a vivirlo.
La pregunta, respondida con otras palabras, pero con un mensaje semejante sería y me atrevo a proponerlo casi como un lema: trata de ver a Dios y ámale. Nos puede parecer simple la respuesta al tiempo que alguno podría pensar que imposible. Ver a Dios y pensamos en su inmensidad y en su grandeza, pensamos en sus perfecciones infinitas y pensamos en un misterio insondable. Imposible nos puede parecer. Pero se trata de eso, de ver a Dios para amarle. ¿Cómo vamos a amarle sin verle ni conocerle? No podemos amar lo abstracto; en el misterio nos parece imposible penetrar. Verlo con nuestros propios ojos nos parece inaccesible. Podríamos hacernos muchas elucubraciones con estas palabras que estoy diciendo y pensar que necesitaríamos todo un estudio de la teología, que es la ciencia de Dios, la ciencia que estudia a Dios. Pero pienso, sin embargo, que es algo mucho más sencillo y es lo que de alguna forma nos va repitiendo y enseñando Jesús a lo largo del evangelio.
¿Dónde y cómo podemos ver a Dios? Recorramos las páginas del evangelio. Es el misterio que Jesús nos viene a desvelar. Hoy en la respuesta de Jesús y la parábola que a continuación nos propone ante la segunda pregunta del letrado nos está hablando del prójimo. Y nos dirá al final como una conclusión: ‘Anda, haz tu lo mismo’. Y ¿qué es lo que hizo aquel buen samaritano? Amar a aquel hombre que estaba caído al borde del camino y estaba amando a Dios. En aquel hombre comenzó a ver a Dios y comenzó a amar intensamente a Dios.
Recordemos lo que nos dirá Jesús cuando nos hable del juicio final. ‘Todo lo que a uno de estos hermanos pequeños hicisteis, a mi me lo hicisteis’. Luego en el hermano, en el prójimo, en el hombre que sufre o que pasa hambre, en el que está tirado al borde del camino - ¡cuántos hay tirados al borde del camino de la vida en nuestro entorno! - hemos de ver a Jesús, allí está el rostro de Jesús. Y ahí, en el hermano, tenemos que amar a Jesús, vamos a manifestar de verdad que amamos a Dios.
Nos dirá primero que tenemos que amar al prójimo como nos amamos a nosotros mismos; luego en un paso más adelante nos dirá Jesús que tenemos que amarlo como El nos ha amado. Ya es una medida grande porque grande e infinito es el amor que nos tiene Jesús que ha llegado a dar su vida por nosotros. Y ahora estamos viendo como una razón grande para amar al prójimo es que ahí estamos viendo a Jesús, estamos viendo a Dios y por eso lo estaremos amando.
Así pues, ahí en el hermano tirado al borde del camino hemos de amar con un amor como el de Jesús. Como aquel samaritano que se bajó de su cabalgadura, que cargó con el hombre malherido, que lo cuidó y lo sanó, así tenemos que amar nosotros; así estaremos entonces amando a Dios; así estaremos alcanzando la vida eterna.
No es fácil, hemos de reconocer, porque quizá el deseo primero que tengamos en nuestro corazón es que queremos amar algo que sea amable y agradable; no siempre quizá ese rostro del hermano con quien nos cruzamos y al que tenemos que amar no nos sea del todo agradable desde nuestros prejuicios, desde las concepciones que tengamos del amor y de lo que hemos de amar, o porque quizá veamos demasiadas miserias humanas, o de aquello que quizá pensamos que es lo primero que tengamos que hacer. Pero ahí está la grandeza y la sublimidad del amor cristiano.
Aquel sacerdote y aquel levita que pasaron por el camino y dieron un rodeo para no toparse de frente con el hombre caído al borde del camino quizá pensaban que su amor a Dios estaba solamente en aquel culto que iban a dar en el templo de Jerusalén. Pero ya vemos cual es el culto agradable que hemos de darle a Dios, como nos está enseñando Jesús, y cómo hemos de manifestarle de la mejor manera ese amor que hemos de tenerle a Dios para que en verdad sea con todo el corazón, con toda el alma, con todo el ser. Descubramos, pues, lo que es la sublimidad del amor cristiano, del amor que le hemos de tener a Dios.
Es la pregunta que nos aparecía desde el principio. ‘Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?’ Pero es la respuesta que como mensaje resumido, como un lema, dábamos también. Trata de ver a Dios y ámale. Tratamos de ver a Dios en el prójimo, en el hermano y lo vamos a amar con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas, con todo el ser. Como tiene que ser siempre el amor a Dios. Como tiene que ser también el amor al prójimo. Porque ya nos decía Jesús que el segundo es semejante al primero y asó nos decía cómo habíamos de amar al prójimo.

Ahora tenemos que hacer el esfuerzo de volver a leer el texto del evangelio y en especial la parábola que Jesús nos propone. Vamos a comprender muchas cosas. Veamos entonces cómo tenemos que amar a Dios; veamos entonces como hemos de hacer para alcanzar la vida eterna. Miremos donde está nuestro prójimo y estaremos viendo donde está Dios. Cuando lo descubramos con toda sinceridad, amémosle sobre todas las cosas. El nos da la fuerza de su Espíritu para que podamos hacerlo.

sábado, 13 de julio de 2013

El discípulo no es mayor que su maestro, entonces hemos de vivir totalmente la pascua con Jesús

Gén. 49, 29-33; 50, 15-25; Sal. 104; Mt. 10, 43-33
Cuando amamos a alguien de verdad nuestro deseo es estar lo más cerca posible de aquella persona a la que queremos porque nos gusta disfrutar de su presencia y del calor de su amistad, pero no solo es el estar cerca sino sentirnos en unión con ella. Una unión que si no la podemos expresar de otra manera al menos queremos parecernos a esa persona, imitamos su manera de ser y de actuar, queremos en verdad ser gratos a esa persona a la que amamos y hacemos las cosas que son de su agrado, que no es adulación, sino algo como espontáneo que surge de nuestro corazón porque nos sentimos como identificados con ella.
Es lo que queremos expresar cuando decimos que seguimos a Jesús, que somos sus discípulos, nos llamamos cristianos en que precisamente lo vamos manifestando en esa opción que vamos haciendo en la vida de dejarnos iluminar por el mensaje del evangelio de manera que lo hacemos norma y sentido de nuestra vida. Por eso decimos siempre que seguimos a Jesús no de boca, no solo con palabras, sino desde las actitudes y comportamientos más profundos de nuestra persona. Es un optar por el camino de Jesús.
No siempre es fácil. Como hemos reflexionado muchas veces decaemos en nuestro entusiasmo y rodamos por la pendiente resbaladiza de la tibieza que tanto daño nos hace a nuestro seguimiento de Jesús. Pero, como nos ha venido diciendo Jesús en lo que venimos escuchando de sus palabras estos días, cuando queremos seguir su camino, vamos a encontrar una oposición semejante a la que se encontró El. Lo hemos venido contemplando en el Evangelio, y bien sabemos que su camino pasó al final por la pasión y por la cruz desde la envidia y el orgullo de aquellos a los que molestaba el mensaje del Reino que anunciaba Jesús.
Hoy nos dice que ‘un discípulo no es más que su maestro… si al dueño de la casa lo han llamado Belcebú (en referencia a aquellos que decían que echaba los demonios con el poder del príncipe de los demonios), ¡cuánto más a los criados!’. O sea que el discípulo va a pasar también por el mismo camino de pasión y de muerte que el de Jesús. ¿No recordamos que cuando aquellos dos apóstoles le pedían primeros puestos - lo vamos a escuchar en pocos días en la fiesta de Santiago - El le preguntó si podían, si eran capaces de beber el cáliz que El había de beber?
Ayer nos hablaba de las persecuciones, de las cárceles y la comparecencia ante los tribunales por los que habríamos de pasar, pero hoy nos dice que no tengamos miedo. Nos lo repite por tres veces. ‘No tengáis miedo…’ Y entonces no podemos ocultar el mensaje que da sentido a nuestra vida aunque haya muchos a los que no les guste. Qué fácil nos es hacernos acomodaciones cuando sabemos que va a haber rechazo. Pero ese no puede ser el actuar del discípulo, como no fue así el actuar de Jesús. ‘Lo que os digo en la noche, decidlo en pleno día; lo que os digo al oído, pregonadlo desde la azotea’, nos dice.
No hemos de temer la muerte a la que nos podrían conducir; en fin de cuentas perder esta vida terrena que es cierto que un día se ha de acabar, no es nada en comparación con perder la vida eterna. ‘Temed al que pueda destruir con el fuego alma y cuerpo’, nos dice. Y es que hemos de confiarnos en la providencia de Dios que cuida de nosotros. Cómo hemos de saber ponernos en las manos de Dios.
De ahí que hemos de dar la cara por nuestra fe, por el evangelio, por Jesús. Somos unos testigos que no podemos callar. Cuando a los apóstoles les prohibían hablar del nombre de Jesús, ellos decían que tenían que obedecer a Dios antes que a los hombres. Hoy nos dice Jesús: ‘Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo’. Qué abogado más poderoso vamos a tener. Jesús ora por nosotros, como lo escucharemos en la oración sacerdotal de la última cena, para que seamos fieles, para que mantengamos la unidad, para que no nos falte la fortaleza del Espíritu que El nos enviará para que demos ese testimonio delante de los hombres.
Queremos vivir unidos a Jesús; queremos vivir su misma vida y nos identificamos totalmente con El; con Jesús queremos vivir su pascua, en la parte que hay de pasión y muerte, con la certeza de que también vamos a llegar a la parte de la luz y de la resurrección, porque sabemos que Jesús estará de nuestra parte.


viernes, 12 de julio de 2013

El que persevere hasta el final, se salvará

Gén. 46, 1-7.28-30; Sal. 36; Mt. 10, 16-23
‘El que persevere hasta el final, se salvará’. Cuánto cuesta la perseverancia, hemos de reconocer. Nos hacemos propósitos, queremos hacer muchas cosas, decimos que no volveremos a tropezar en la misma piedra, que eso no lo volveremos a hacer y así no sé cuantas cosas, pero ya sabemos lo que nos sucede, pronto nos cansamos, pronto olvidamos nuestros buenos propósitos. Es la inconstancia que nos acecha.
Esto que nos sucede en la vida de cada día en nuestra lucha diaria, nos sucede también en nuestra vida espiritual. Momentos de especial fervor donde sacamos los mejor de nuestra religiosidad y de nuestros compromisos cristianos los tenemos con frecuencia; pero con frecuencia también caemos por la pendiente resbaladiza de la tibieza que nos conduce a abandonar muchas cosas buenas que nos habíamos propuesto hacer y esa religiosidad y espiritualidad se nos debilita y se nos enfría.
Son las tentaciones que vamos sufriendo cada día; son los contratiempos que nos van apareciendo en la vida; son los obstáculos que nos ofrece la vida misma; es la desgana y el cansancio en nuestras luchas que muchas veces se nos mete en el alma y nos lleva a esa tibieza espiritual.
Cuánto nos cuesta perseverar; con qué empeño habríamos de tomarnos todo lo que hace referencia a nuestra vida espiritual, nuestra oración, nuestra vivencia sacramental, la escucha y meditación de la Palabra de Dios, la reflexión honda que hemos de ir haciendo ante todo lo que nos sucede, el saber dejarnos aconsejar por quienes nos puedan ayudar en ese camino de nuestra vida espiritual. Parte de nosotros mismos ese debilitamiento y somos, por así decirlo, nuestros propios enemigos cuando no cuidamos debidamente nuestra fe y la respuesta que hemos de darle al Señor en ese camino de nuestra vida cristiana.
Pero hoy Jesús quiere hablarnos de algo más, de esa oposición y hasta persecución que vamos a sufrir en nuestro encuentro con el mundo. De entrada nos dice que nos manda ‘como ovejas en medio de lobos’. Y nos habla de cómo de parte de aquellos que nos rodean, en ocasiones incluso de los más cercanos a nosotros, vamos a encontrar no apoyo sino persecución. ‘No os fiéis, nos dice, porque os entregarán a los tribunales, os azotarán en las sinagogas y os harán comparecer ante gobernadores y reyes por mi causa; así daréis testimonio ante ellos y ante los gentiles’.
Cuando el evangelista escribe el evangelio y nos trasmite estas palabras ya aquellas primeras comunidades cristianas, en aquel primer siglo del cristianismo, estaban sufriendo todas estas cosas. Pero no fue solo entonces, porque bien sabemos que ha sido la tónica a través de todos los siglos y también en nuestros tiempos. No suelen ser habitualmente noticias que salgan en los telediarios de las televisiones o en las páginas de los periódicos, pero hoy en muchos lugares del mundo los cristianos siguen sufriendo persecución y martirio.
Y bien sabemos que en nuestra tierra española en pleno siglo XX fueron muchos los cristianos, en unos años muy tristes para nuestra historia, murieron dando su vida por la causa del evangelio, por la causa de la fe. Precisamente nuestra Iglesia española se prepara para la beatificación, el próximo octubre en Tarragona, de un numerosísimo grupo de cristianos, sacerdotes, religiosos y religiosas y muchos laicos cristianos, muertos en esos años de persecución. Decíamos tristes de nuestra historia, pero gloriosos para quienes dieron su vida derramando su sangre a causa de la fe. Que la sangre de esos mártires sea semilla de cristianos en nuestra tierra y su testimonio sea un estimulo grande y un sentir una fuerza interior de la gracia de Dios en nuestros corazones para una renovación de la vida cristiana de nuestro pueblo.
Pero la Palabra de Jesús escuchada en el Evangelio que nos anuncia todo eso que nos puede suceder es también una palabra viva de esperanza que nos hace sentir la fortaleza del Señor. ‘No os preocupéis de lo que vais a decir o cómo lo diréis; no seréis vosotros los que habléis, el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros’. No se podría comprender la fortaleza y perseverancia de los mártires hasta llegar a dar su vida por la causa del Evangelio, en muchas ocasiones en medio de fuertes tormentos, si no contáramos con la fuerza del Espíritu Santo en nuestros corazones. Es la promesa de Jesús. Es la seguridad y la confianza que podemos tener para dar ese testimonio, para mantener esa perseverancia hasta el final.
‘Con vuestra perseverancia, salvaréis vuestras almas’, que nos dice Jesús. Esa perseverancia en el día a día de nuestro caminar cristiano para no perder la intensidad de nuestra vida cristiana, como decíamos al principio de nuestra reflexión; esa perseverancia también en los momentos difíciles en que no somos comprendidos o incluso podamos ser rechazados a causa de nuestra fe; son cosas que estamos viviendo cada día, porque para muchos nuestra testimonio de fe y el testimonio del evangelio que pueda dar la Iglesia hoy, muchas veces molesta y de una forma o de otra se le trata de ocultar, de querer encerrarnos, como se suele decir, en las sacristías, pero hemos de saber ser testigos de Cristo en la vida de cada día, ahí en la plaza de nuestro mundo.
Que no nos falte la fortaleza del Señor y la asistencia del Espíritu Santo.

jueves, 11 de julio de 2013

Una Sabiduría que nos da el amor y el conocimiento de Dios

Prov. 2, 1-9; Sal. 33; Mt. 19, 27-29
Estamos hoy celebrando a San Benito de Nursia, Abad. El hombre que se retiró del mundo para vivir en la soledad de la oración buscando la sabiduría y el conocimiento de Dios. Se le reconoce como padre del monacato del Occidente y por la influencia que tanto él como la Orden Benedictina por él fundada tuvo en Europa se le ha proclamado también como patrono de Europa.
Reflexionando sobre la vida de san Benito y dejándonos iluminar por la Palabra del Señor que en esta fiesta se nos ha proclamado como un eco me ha venido a la mente la parábola del tesoro escondido que nos propone Jesús en el Evangelio. El que encuentra un tesoro será capaz de desprenderse de todo lo que tiene para conseguir ese tesoro que vale más que todas las otras posesiones que en la vida pueda tener.
Es lo que vemos reflejado en la vida de san Benito y a lo que nos invita la Palabra del Señor que hemos escuchado. ‘Si aceptas mis palabras… prestando oído a la sabiduría y atención a la prudencia… y la buscas como un tesoro, entonces comprenderás el temor del Señor y alcanzarás el conocimiento de Dios’, nos decía el libro de los Proverbios en la primera lectura. El tesoro del conocimiento de Dios, del temor del Señor; el más hermoso tesoro que es la más grande sabiduría, conocer a Dios, escuchar su Palabra, dejarnos conducir por su Espíritu.
Ansia de toda persona es crecer en sus conocimientos y en su saber; todos queremos aprender, conocer. Pero no es simplemente un conocimiento de cosas o de historias, aunque bueno es que haya esa inquietud en nuestro interior al menos por esos conocimientos. Pero es que en la medida en que uno va adquiriendo conocimiento - el saber no ocupa lugar, solemos decir con el refrán, y bueno es que aprendamos todo lo que podamos -, va uno como encontrando el sentido de las cosas y de la vida, el verdadero valor que tiene lo que hacemos o lo que poseemos y a la larga iremos buscando conocimientos sólidos que nos den un sentido a la vida.
¿Dónde podemos encontrar ese verdadero sentido y valor de lo que somos y de lo que hacemos? ¿Por qué no pensamos en el que es nuestro Creador que es quien mejor nos puede decir para qué hemos sido creados y en quien podemos encontrar el verdadero sentido de la vida? Necesariamente, tendríamos que decir, que tenemos que ser creyentes buscando a Dios, queriendo escuchar a Dios, queriendo sentir a Dios en nuestra vida.
Por ahí ha de ir esa verdadera sabiduría que buscamos, porque además es en Dios donde vamos a encontrar nuestra verdadera plenitud. Sin Dios andaríamos como desorientados porque sin Dios no encontraríamos el verdadero por qué y para qué de nuestra existencia. Si quitamos a Dios de nuestra vida tenemos el peligro de ir sin rumbo dando bandazos de un lado para otro sin encontrar aquello que nos de verdadera satisfacción. Así encontramos a muchos a nuestro lado. Así cuando decae nuestra fe tenemos el peligro de sentirnos nosotros.
A este pensamiento me lleva la celebración que hoy estamos haciendo de quien lo dejó todo por buscar a Dios. En El encontró la plenitud de su existencia y así consagró su vida a profundizar ese conocimiento y esa sabiduría de Dios en la oración y en el trabajo. Es lo que fue la vida de san Benito. Y si se apartó del mundo porque había encontrado ese tesoro y por alcanzarlo lo daba todo, lo dejaba todo, sabía que en Dios alcanzaría esa plenitud eterna de vivir eternamente con Dios.
En ese sentido iba quizá la pregunta que Pedro le hacía a Jesús en lo que hemos escuchado del Evangelio. ‘Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido, le preguntaba Pedro a Jesús, ¿qué nos va a tocar?’ ¿Qué buscaba Pedro? En su corazón podían aparecer esas apetencias terrenas de encontrar satisfacciones y premios en esta vida. Jesús le anuncia, sí, la misión que van a tener en medio de la comunidad pero le habla también de esa herencia eterna. No se sentirán solos en este mundo porque si han dejado padre o madre, mujer, hijos o tierras, van a recibir cien veces más y heredarán la vida eterna.
El que se consagra al Señor renunciando a esa parte tan importante de la vida como puede ser una familia, en su entorno va a encontrar a quienes darse y por quienes darse, quienes caminen a su lado y en los que derramarán su amor. Estamos aquí junto a una comunidad de religiosas que por Cristo, por el Evangelio y su Reino, hicieron una renuncia un día, pero a su lado tienen en quien derramar su amor, a quienes aman, en vosotros ancianos y ancianas por ejemplo, como madres o como hijos, derramando y derrochando amor en su entrega y en ese servicio que os prestan. Pero además, no olvidemos, está la esperanza del premio final, del premio eterno, porque saben, sabemos que cuanto están haciendo por los pobres y por los ancianos por Cristo y a Cristo se lo están haciendo, y un día escucharán esa voz del Señor que les dirá, venid, benditas de mi Padre, porque tuve hambre, o era anciano, o estaba solo y abandonado y me cuidaste, me ayudaste, me amaste; pasad al Reino preparado para vosotras desde la creación del mundo.

Busquemos esa sabiduría que nos da el amor y el conocimiento de Dios. Busquemos ese tesoro y démoslo todo por alcanzarlo.

miércoles, 10 de julio de 2013

Virgen del Carmen

Somos los llamados y enviados del Señor para ser testigos del evangelio

Gén. 41, 55-57; 42, 5-7.17-24; Sal. 32; Mt. 10, 1-7
Son muchos los discípulos que se reúnen en torno a Jesús y lo van siguiendo. Lo hemos venido escuchando en el evangelio. Son siempre unos llamados del Señor, aunque esa llamada se realice de muchas maneras. A algunos los hemos visto llamar de manera especial, otros le siguen porque se sienten cautivados por su Palabra o se admiran ante las obras que va realizando donde se manifiestan las maravillas del Señor, que son también maneras de llamar el Señor.
Pero ahora le vamos a ver hacer una llamada especial. Escoge a doce a los que constituye apóstoles y el evangelista nos da sus nombres. Van a ser sus enviados con una misión muy especial; eso significa en el fondo la palabra ‘apóstol’, el enviado. Y a ellos les confiere también unos poderes especiales para que anuncien el Reino. ‘Id y proclamad que el Reino de los cielos está cerca’, les dice confiándoles esa especial misión con autoridad para expulsar los espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia. Es su misma misión que ahora se va a prolongar en sus enviados, en sus apóstoles.
‘Como el Padre me ha enviado, así os envío yo’, nos narrará Juan en la aparición de Jesús resucitado en aquel primer día de la semana al atardecer cuando todos están reunidos en el Cenáculo. Es la misión que les confiará un día de ir por todo el mundo. ‘Seréis mis testigos, les dirá, en Jerusalén, en Samaría y hasta los confines de la tierra’, nos relatará san Lucas antes de la Ascensión al cielo.
Fijémonos en esa forma de decir donde forma escalonada comenzarán por Jerusalén y Samaría hasta llegar hasta los confines de la tierra. Hoy le escuchamos decir que solo han de ir a las ovejas descarriadas de Israel. ‘No vayáis a tierra de paganos, ni entréis en las ciudades de Samaría, sino id a las ovejas descarriadas de Israel’.
Pueden resultarnos extrañas estas palabras cuando nosotros conocemos la misión universal de anunciar el Evangelio a toda criatura. Por eso escucharemos en otro momento que El ha sido ‘enviado solo a las ovejas perdidas de Israel’, como le dirá a la mujer cananea. Pero al final del evangelio de Mateo ya nos dirá que hemos de ir a todos los pueblos. ‘Poneos en camino, haced discípulos a todos los pueblos… enseñándoles a poner por obra todo lo que os he mandado’.
Es nuestra misión y ha de ser nuestra manera de dar testimonio. Sentimos en nuestro interior la inquietud de que el nombre de Jesús sea conocido hasta los confines de la tierra pero hemos de sentir al mismo tiempo la responsabilidad de ese testimonio vivo que hemos de dar a los que están a nuestro lado. No están reñidos ni puestos de forma opuesta estos sentimientos y esta responsabilidad. Sentimos como nuestra la misión de la Iglesia universal y ese anuncio que se ha de hacer del nombre de Jesús y su evangelio hasta el último rincón de nuestro mundo.
Es importante ese espíritu católico y universal. Es importante toda la contribución que nosotros podamos prestar a la tarea misionera de la Iglesia. Y si fuéramos llamados por el Señor para esa misión con generosidad y disponibilidad habríamos de responder. Sin embargo, ya sabemos, no todos son llamados a esa misión. ¿Eso significa que ya nos podemos dormir en los laureles, como se suele decir, y ya no nos hemos de preocupar de nada más?
Siempre seremos testigos; siempre hemos de dar ese testimonio también a los que están a nuestro lado. Por otra parte sentimos la urgencia de llegar a esos más cercanos a nosotros conscientes de que en nuestro entorno se está enfriando la fe, no tiene tanta vigencia ese testimonio cristiano y se van perdiendo los valores que nos enseña el Evangelio. Hemos de ser conscientes de que esa tarea misionera también hemos de realizarla entre nosotros y con los que están a nuestro lado que viven muchas veces de espaldas a la fe, ajenos al sentido de Cristo y muy alejados de lo que ha de ser una vida cristiana.
Es el mensaje que hoy nos trae la Palabra del Señor para nuestra vida y a la que tenemos que dar respuesta. ¿Cómo estamos siendo testigos de nuestra fe ante los que están a nuestro lado, ya sea familia, ya sean compañeros de trabajo, ya sean las personas con las que convivimos más cerca, o aquellos con los que nos tropezamos cada día en la calle y en toda nuestra vida social?
Somos los enviados del Señor y somos apóstoles de Jesús. Pongámonos en camino.


martes, 9 de julio de 2013

Que se nos abran nuestros oídos para escuchar su Palabra

Gén. 32, 22-32; Sal. 16; Mt. 9, 32-38
‘Echó el demonio y el mudo habló’. Pero las reacciones son diversas. Por una parte ‘la gente decía admirada: nunca se ha visto en Israel cosa igual’ mientras los fariseos achacaban al poder del jefe de los demonios lo que Jesús hacía. Mientras Jesús seguirá ‘recorriendo ciudades y aldeas, enseñando, proclamando el evangelio del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias’.
Reacciones diversas, las tenemos nosotros también. Jesús quiere sanarnos, salvarnos; continuamente nos está ofreciendo su Palabra, su gracia, su misericordia y nosotros no terminamos de vivir santamente como tendríamos que vivir. Nos hacemos oídos sordos. Como diría Jesús en otra ocasión ‘no hay peor ciego que el que no quiere ver’, no hay peor sordo que el que no quiere oír. Necesitaríamos también que Jesús llegase hasta nosotros y nos pusiese su mano en nuestro corazón, en nuestra vida, para que terminemos de comenzar a ver, de terminar de abrir nuestros oídos para escuchar. Jesús quiere, pero no siempre somos nosotros los que queremos.
Es significativo este milagro que estamos comentando que ha hecho Jesús. Precisamente las señales que anunciaban los profetas para los tiempos mesiánicos van por este camino. Ello entraba en lo que decía el profeta Isaías en aquel texto que Jesús proclamó en la sinagoga de Nazaret. Eran las señales por las que habían de reconocer que Jesús estaba lleno del Espíritu del Señor que ungido por Dios era enviado a anunciar la Buena Noticia a los pobres y la liberación para todos. Cuando Juan envíe a sus discípulos a preguntar si era Jesús el que había de esperar, esos fueron los signos que Jesús realizó. ‘Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído…’ les diría Jesús.
Un día el profeta Isaías había dicho ‘aquel día los sordos oirán las palabras del libro, los ojos del ciego verán sin tinieblas ni oscuridad, volverán los humildes a alegrarse con el Señor y los más pobres exultarán con el santo de Israel’. Es lo que vamos viendo que se realiza en el Evangelio.
‘Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me abriste el oído… entonces yo digo: Aquí estoy, para hacer lo que está escrito en el libro sobre mí’, rezamos con los salmos. Y es lo que tenemos que pedirle al Señor. Que nos abra nuestros oídos de nuestro corazón para escucharle, para escuchar su Palabra. Cuánto nos cuesta. Hemos de poner toda nuestra fe para decirle sí. Para escuchar y para aceptar, para plantar en nuestro corazón.
Hemos visto en el evangelio en la reacción de aquellos fariseos los que nos querían escuchar ni aceptar. Ante sus ojos se estaban realizando las maravillas del Señor pero no eran capaces de descubrirlas; se cerraban a la fe; se cerraban a la acción de Dios. Más aún tenían tan lleno de malicia su corazón que no solo no eran capaces de descubrir y aceptar esa acción de Dios, sino que incluso lo mezclaban con el mal, atribuían al poder del maligno la acción maravillosa de Dios que se realizaba en Jesús.
Son las malas interpretaciones que hacemos muchas veces de la Palabra que el Señor nos dirige; porque nos falta humildad para aceptar lo que Dios nos dice o nos pide; porque también llenamos nuestro corazón de malicia y vemos intenciones torcidas en los demás o en lo que se nos pueda decir; porque nos resistimos a ese cambio del corazón, a ese cambio de actitudes, a corregir todo eso que nos ciega o nos cierra no solo los ojos y oídos sino el corazón. Por eso con humildad y queriendo poner también mucho amor acudimos a Jesús para que nos sane, para que nos cure todo ese mal que llevamos tantas veces por dentro, para que llegue la salvación a nuestra vida.

Una última consideración en torno a este evangelio, aunque es un aspecto al que se hacía mención ya en el evangelio del domingo. ‘Al ver a las gentes se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonados, como ovejas sin pastor’. Por eso invita a que roguemos al dueño de la mies que envíe trabajadores a su mies. Recemos, sí, para que sean muchos los llamados, sean muchas las vocaciones; pero recemos también para que sepamos siempre aceptar esa Palabra que de parte del Señor nos hacen llegar los pastores que en el nombre de Jesús y con la fuerza de su Espíritu están conduciendo a la Iglesia. Que tengamos fe y humildad para escuchar la Buena Nueva que nos anuncian, el Evangelio de Jesús que nos trasmiten.