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sábado, 10 de enero de 2009

Con la fuerza del Espíritu volvió a Galilea

1Jn. 4, 10-5, 4

Sal. 71

Lc. 4, 14-22

‘Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’. Fue todo el comentario que Jesús hizo en aquella mañana en la Sinagoga de Nazaret. Recorría ya los ciudades y aldeas de Galilea y del resto de Palestina. ‘Fue a Nazaret, donde se había criadlo, entró en la Sinagoga como era su costumbre los sábados y se puso en pie para hacer la lectura’. El texto proclamado era de Isaías. Y este fue su comentario.

Hemos venido escuchando en estos días de la Epifanía diversos textos del evangelio que nos ha ofrecido la liturgia que han sido como una manifestación – epifanía – de Jesús a su pueblo. Enseñaba a las gentes, curaba a los enfermos, se hacía presente en la vida de los hombres y mujeres con su salvación. Hoy nos ha ofrecido este texto de Lucas con la presentación de Jesús en Nazaret, su pueblo. Aquí una vez más se nos manifiesta quién es Jesús y su misión.

‘Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’, porque en El se estaba realizando lo anunciado por el profeta. Había venido ‘para dar la Buena Noticia a los pobres… anunciar la libertad’, la salud, la salvación, ‘el año de gracia del Señor’. Se manifiesta como el ungido con la fuerza del Espíritu del Señor. ‘El Espíritu del Señor está sobre, porque me ha ungido…’ había dicho el profeta.

‘El Espíritu Santo descenderá sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra…’ le había dicho el ángel a María. Por la acción del Espíritu de Dios el Hijo de Dios se había encarnado en las entrañas de María para hacer como hombre y como Dios entre nosotros. Es el Espíritu que inspiró a Isabel para saludar a María como la madre del Señor y el que inspiró a María para cantar el más hermoso cántico de alabanza al Señor, que en ella hizo maravillas.

La fuerza del Espíritu lo había llevado junto al Jordán primero para que Juan lo bautizase y lo había conducido luego al desierto al monte de la cuarentena. Mañana, día del Bautismo de Jesús, contemplaremos cómo ‘se abrió el cielo y descendió hasta El el Espíritu Santo como una paloma’. Se cumplía en El lo anunciado por el profeta. ‘Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír…El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido…’

El Espíritu lo había traído ahora hasta Galilea y a Nazaret – ‘Jesús, con la fuerza del Espíritu, volvió a Galilea y su fama se extendió por toda la comarca’ -: como el Espíritu será el que irá conduciendo a Jesús a través de todo el evangelio hasta su subida a Jerusalén para su entrega. Será el Espíritu que nos promete para que fuera también nuestra fuerza y nuestra sabiduría para ser testigos ante los hombres. El evangelio de Lucas, del que está tomado el texto que comentamos, podríamos decir que está enmarcado por la acción del Espíritu en Jesús y luego también en sus seguidores, sus discípulos.

Que el Espíritu nos conduzca a nosotros también hasta Jesús, para que podamos mejor conocerle y mejor vivirle; para que podamos proclamar que El es el Señor y llamar a Dios Padre y dirigirnos a Dios con la mejor oración; para que, impulsados por ese mismo Espíritu, podamos ser en verdad sus testigos, Epifanía de Dios para todos los hombres que nos rodean.

viernes, 9 de enero de 2009

Ánimo, soy yo, no tengáis miedo

1Jn. 4, 11-18

Sal. 71

Jn. 6, 45-52

Laboriosa se les hizo la travesía del lago aquella tarde-noche a los discípulos. ‘Viendo el trabajo con que remaban, porque tenían viento contrario…’ comenta el evangelista. Todo fue después de la multiplicación milagrosa de los panes allá en el descampado. ‘Jesús enseguida apremió a los discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran hasta la orilla de Betsaida, mientras El despedía a la gente…’ Pero atravesar el lago había estado lleno de dificultades.

La travesías de la vida algunas veces se nos hace costosa también a nosotros. Es el cumplimiento de nuestras responsabilidades de cada día, las cosas que tenemos que hacer, la obligaciones; pero son también los problemas que la misma vida nos va dando; proyectos que tenemos y que no acabamos de realizar; problemas de convivencia con los que están mas cercanos; agobios que muchas veces no nos dejan ver con claridad; nos volvemos pesimistas algunas veces y pareciera que todo se nos vuelve negro y no vemos salida.

Y, como somos creyentes y nos llamamos cristianos, toda esa vida queremos envolverla con el sentido del evangelio. No nos es fácil en muchas ocasiones porque estamos confundidos y no sabemos que hacer. No nos es fácil porque nos acechan tentaciones de todo tipo, desde el desaliento y el cansancio hasta el enemigo que mete su rabito y nos tienta con multitud de cosas en nuestra mente y en nuestro corazón. Vamos muchas veces tropezando de aquí para allá y nos parece que andamos solos y sin fuerzas. Y hasta llegamos a abandonar cosas que tendrían que ser fundamentales en nuestro vivir como cristianos como puede ser nuestra oración y la vivencia sacramental.

El evangelio de hoy nos ilumina. Jesús nos está diciendo que no andamos solos, que no son fantasmas los que nos acompañan sino que es El mismo el que está a nuestro lado aunque en nuestra ceguera no seamos capaces de verlo. ‘Ánimo, soy yo, no tengáis miedo’, nos dice.

El evangelio nos ilumina porque ha comenzado diciéndonos algo importante que Jesús hacía. ‘Y después de despedirse se retiró al monte a orar’. Es algo que vemos repetido en muchas ocasiones en el evangelio. Tras toda aquella baraúnda cuando lo de la curación de la suegra de Pedro y la multitud de enfermos y poseídos que le traían a la puerta de todas partes, cuando pudo se fue a solas a un lugar apartado para orar. Lo veremos también llevarse a los discípulos a lugares tranquilos para estar con ellos. Hoy después de todo el jaleo de las multitudes que le siguen y lo de la multiplicación milagrosa de los panes ‘después de despedirse se retiró al monte a orar’.

Creo que está clara la lección. Necesitamos detenernos, hacer una parada en la vida y esto cada día. Para reflexionar, para meternos dentro de nosotros mismos, para ver la vida desde otra perspectiva, para encontrarnos con el Señor y sentir su gracia y su fuerza, para tomar conciencia que el Señor está ahí y El nunca nos falla, para llenarnos de su paz.

Es la luz que nos ilumina. Es quien nos da paz en nuestro corazón. Es la fuerza y el alimento para nuestro caminar. Muchos pueden ser los problemas, las responsabilidades, los agobios, las dificultades y tentaciones, pero que no perdamos nunca la paz del corazón. Que el Espíritu nos dé esa serenidad que necesitamos, esa calma para mirar las cosas con ojos distintos, esa paz que no nos hace dudar y nos quita todo miedo.

‘Entró en la barca con ellos y amainó el viento’. Viene Cristo a nuestra vida y nos llenamos de su paz. Ya no cabe el temor en nuestra vida. Como nos decía san Juan en la carta que hemos escuchado. ‘No hay temor en el amor, sino que el amor perfecto expulsa el temor… quien teme no ha llegado a la plenitud del amor’. Y vaya que sí experimentamos lo que es el amor que el Señor nos tiene. Vivamos en ese amor. Nos habla san Juan de forma preciosa hoy de ese amor del Señor y de ese amor que nosotros hemos de vivir. ‘Dios es amor y quien permanece en el amor, permanece en Dios’. Que con El todo sea paz.

jueves, 8 de enero de 2009

Jesús es el Buen Pastor que nos alimenta con su propia vida

1Jn. 4, 7-10

Sal. 71

Mc. 6, 34-44

‘En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió a su Hijo único para que vivamos por medio de El’. Es lo que venimos celebrando en estos días de Navidad y de Epifanía; y podemos decir también que es lo que está en el meollo de nuestra fe.

Ahora en estos días lo hemos vivido con intensidad al celebrar el nacimiento del Hijo de Dios hecho hombre. Por nosotros y por nuestra salvación. Y el Hijo de Dios hecho hombre se manifestó al pueblo judío, significado en los pastores de Belén; y se manifestó a todos los hombres, en la estrella aparecida en el cielo y que descubrieron los magos de Oriente. Y ayer en el evangelio contemplábamos como multitudes venidas de todas partes acudían a Jesús en el comienzo de su vida pública, anunciando el Reino y sanando a todos de toda dolencia y enfermedad.

Hoy lo contemplamos como el Buen Pastor que se preocupa de sus ovejas. ¿Qué hace el pastor? Lleva a las ovejas a los mejores pastores, las conduce con toda seguridad alejadas de todo peligro, las defiende contra el lobo porque no es como el asalariado que cuando ve venir al lobo huye. Hoy nos dice el Evangelio que ‘Jesus vio una multitud y les dio lástima de ellos porque andaban como ovejas sin pastor, y empezó a enseñarles muchas cosas’.

El Pastor, como nos enseñará en otros lugares del evangelio, que alimenta a las ovejas, las cura y las protege. Jesús quiere darnos el mejor alimento para nuestra vida. Ahí está su Palabra; Palabra que es de vida y de salvación. Y realiza signos que nos hablen de toda esa vida que quiere darnos. Por eso hoy lo contemplamos que a continuación, porque es tarde, porque están lejos, porque no tienen panes suficientes para todos ya que como dicen los apóstoles necesitarían por lo menos doscientos denarios de pan, buscará darles el alimento mejor, al multiplicar milagrosamente el pan para que todos coman hasta saciarse.

Ya sabemos que los milagros son signos de algo más hondo que Cristo quiere darnos; en este caso de ese alimento que quiere ofrecernos para que tengamos vida. El vino ‘para que vivamos por medio de El’, como decíamos con la carta de san Juan. Y ese pan multiplicado milagrosamente nos está hablando de esa vida que Cristo quiere para nosotros; nos está hablando de su entrega y de su muerte; nos está hablando cómo El mismo quiere ser comida para nosotros.

Siempre vemos en este milagro de la multiplicación de los panes un signo y un anticipo de la Eucaristía. Es después de la multiplicación de los panes, como nos contará el evangelista Juan, cuando en la Sinagoga de Cafarnaún anuncie la Eucaristía, el Pan vivo bajado del cielo que es su propia carne que hemos de comer para que tengamos vida para siempre.

Recordamos que cada vez que celebramos la Eucaristía anunciamos la muerte y proclamamos la resurrección del Señor. Cada vez que comemos de su pan, el pan de la Eucaristía, estamos anunciando la muerte del Señor hasta que vuelva. El quiso darnos vida y por eso murió por nosotros, pero quiere más, quiere que le comamos y por eso se nos da en la Eucaristía. Para que tengamos su vida, para que comamos su vida, para que vivamos su misma vida, para El hacerse vida nuestra en nosotros.

No rehusemos esa vida; aliméntenos de Jesús para que tengamos vida para siempre. El es nuestro Buen Pastor. Dejémonos conducir por El porque El siempre nos llevará a la mejor vida.

miércoles, 7 de enero de 2009

Una luz radiante que brilla sobre nosotros

Una luz radiante que brilla sobre nosotros

1Jn. 3, 22-4, 6

Sal.2

Mt. 4, 12-17.23-25

‘¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti!... sobre ti amanecerá el Señor… caminarán los pueblos a su luz…’ Así escuchábamos en la fiesta de la Epifanía al profeta Isaías. Amanece la gloria del Señor. Como el lucero del alba que anuncia el amanecer, la estrella de Belén anuncia la llegada del Sol. ‘El sol que nace de lo alto’, que diría el anciano Simeón. Toda la liturgia de estos días de Navidad ha estado envuelta por el signo de la luz.

Hoy san Mateo nos hace como un resumen del comienzo de la actividad de Jesús en Galilea. ‘Comenzó Jesús a predicar diciendo: Convertíos porque está cerca el Reino de los cielos…’ Anuncia el Reino de Dios y cura de toda dolencia y enfermedad. Vienen hasta El gentes de todos los lugares. Su predicación es en Galilea pero habla de gente venida no sólo de toda Galilea sino de la Decápolis - diez ciudades vecinas al lago de Tiberíades -, igual que habla de Jerusalén y de Judea por el sur, pero también de Transjordania, más allá del Jordán.

Y nos compara la llegada de Jesús y el comienzo de su predicación con una luz brillante que comienza a resplandecer y a iluminar. Recuerda al profeta Isaías, precisamente en un texto que ya escuchamos en la misma noche del Nacimiento del Señor, en la Misa de Nochebuena. ‘El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y en sombra de muerte una luz les brilló’. Es la mejor imagen para describirnos el significado de la presencia de Jesús. Como lo hemos llamado hoy en la oración litúrgica ‘luz radiante’ que nos ilumina.

Es el momento del anuncio de la Buena Noticia del Reino. Reino que nos invita a la conversión y Reino que se manifiesta en las obras del amor. Es lo que Jesús hace. Por eso, no solo anuncia la Palabra de salvación, sino que al mismo tiempo sana y cura, hace llegar la salud y la salvación a todos. Acuden a El con sus dolencias y acuden a El con todas sus limitaciones y enfermedades. Y Jesús salva. Hace patente el Reino de Dios.

¿Qué nos queda a nosotros? Nos da la pauta la carta de san Juan que hemos escuchado en la primera lectura. ‘Este es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros, como nos lo mandó’. Creer que Jesús, es el Cristo, el Mesias, el Hijo de Dios, nuestro Salvador. Y porque creemos en El hacemos las obras de El, las obras del amor. ‘Que nos amemos unos a otros, como nos lo mandó’. Son las señales del Reino de Dios. Son las señales de que nos hemos dejado iluminar por su luz.

Continuamos celebrando la Navidad y la Epifanía y su luz sigue resplandeciendo sobre nosotros. Celebramos la Epifanía que se nos prolongará hasta el próximo domingo en el que celebraremos otro de los momentos de la Epifanía que fue su Bautismo en el Jordán con la gran teofanía de la gloria del Señor, y nos sentimos enviados a llevar también nosotros esa luz a los demás, a ser estrella y teofanía de Dios para los demás como reflexionábamos ayer.

martes, 6 de enero de 2009

Una estrella que anuncia el regalo de Dios a la humanidad

Is. 60, 1-6;

Sal. 71;

Ef. 3, 2-3-5-6;

Mt. 2, 1-12


‘Hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo’. Una estrella que anuncia el regalo de Dios a la humanidad.

De sobra conocemos el relato que todos los años escuchamos. Unos magos de Oriente que se presentan en Jerusalén. ‘¿Dónde está el recién nacido rey de los judíos? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo’. Revuelo que se forma en la ciudad y que llega a oídos de Herodes. Teme por su reino. Consulta a los sacerdotes y letrados de Jerusalén. Ha de nacer ‘en Belén de Judá porque así lo ha escrito el Profeta: y tú, Belén, tierra de Judá no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judá; porque de ti saldrá un jefe, que será el pastor de mi pueblo de Israel’. Las disposiciones del rey para garantizar su vuelta y poder cumplir sus deseos. La estrella que aparece de nuevo y los conduce hasta Belén. La ofrenda ante el Niño que está en brazos de su madre, María.

Hasta aquí un resumen del relato hoy proclamado, pero ¿cuál es el significado que todo esto tiene? ¿Qué significa esa estrella? ¿Qué significa esta fiesta de la Epifanía que hoy celebramos?

Por supuesto todos podemos entender que su significado va más allá de unos regalos que este día todos nos ofrecemos, aún con todo lo hermoso que pueda ser ese ofrecimiento mutuo de regalos como muestra de cariño y de amistad; de la ilusión que en todos se crea en este día; o de ese despertar en este día para una humanidad que quiere ser mucho más feliz y quiere hacer felices también a los demás.

Cosas buenas todas estas pero que nuestra celebración va a algo mucho más hondo y significativo. Es hermoso todo esto que se vive, pero más hermoso aún si calamos en el sentido más hondo de esta fiesta.

Esa estrella que aparece en los cielos y que despierta a los magos para ponerse en camino de su búsqueda nos anuncia un regalo de Dios. Y es que tenemos que pensar que en todo el misterio de Cristo siempre tenemos que descubrir un mensaje de amor de Dios para todos. La salvación que Dios nos ofrece cuando nos envía a su Hijo Unigénito que se hace hombre no puede encerrarse en unas fronteras sino que tiene un carácter universal.

¡Ojalá dentro de esas fronteras concretas donde vivió Dios hecho Hombre lograran tener esa paz que nos anunció Jesús con su venida y que precisamente en estos días están incendiadas con la guerra!

El Niño cuyo nacimiento fue anunciado por el ángel a unos pastores de Belén es anunciado ahora a pueblos lejanos por medio de una estrella. Porque para todos es el Salvador. A todos vino a traernos Jesús su paz y su salvación y a todos tiene que seguirse anunciando hoy. Aunque muchos quieren impedir que se realice ese anuncio.

Ya sucedió entonces. Al Rey Herodes le costó aceptar aquel nacimiento y quería impedir de la forma que fuera el Reinado de aquel Reino que se anunciaba con el nacimiento de aquel Niño. Quiso manipular a quienes traían aquella noticia y de sus medios crueles se valió para impedirlo, como lo celebramos en el Día de los Inocentes con aquellas crueles matanzas. Tampoco a los pontífices y letrados de Jerusalén les hacía mucha gracia aquel nacimiento y trataron de minimizarlo y ningunearlo limitándose a trasmitir escuetamente lo dicho por el profeta pero sin mayores ayudas.

¡Cuántos siguen interesados hoy en que no se realice ese anuncio de salvación! ¡Cuántos quieren ahogar de la forma que sea el significado hondo de la Navidad con manipulaciones y sustituciones de su sentido! No nos extrañe.

Hemos escuchado en estos días cómo en algunos lugares se han lanzado furibundas campañas publicitarias de ateismo y negación de la existencia de Dios. De la misma manera que frente al nacimiento de la vida que estamos proclamando con nuestra celebración de la navidad se promueve una cultura de muerte con el aborto que se quiere ampliar a sin-límites increíbles o campañas, directas muchas veces y otras de forma muy sutil, de sensibilización a favor de la eutanasia.

Pero más sutilmente se quiere ahogar el sentido de la navidad desde un mercantilismo que convierte estas fiestas en una carrera de consumismo, materialismo y hedonismo, porque lo único que parece importar es pasarlo bien de la forma que sea. Llega la navidad porque llegan los turrones, la lotería, las buenas comidas o los regalos, pero no se menciona que la Navidad es nacimiento de Jesús, que es Dios hecho hombre.

Por eso es importante que nosotros los creyentes hagamos brillar con toda su fuerza la estrella de Belén, la luz con que Cristo nos quiso iluminar. No podemos dejar que se ahogue esa luz en medio de las tinieblas que quieren imperar en nuestro mundo. Una Luz que no es sólo para nosotros sino que a todos tiene que llegar, a todos tiene que iluminar. De nosotros depende.

Tendremos que emprender caminos nuevos, como tuvieron que hacer aquellos magos. Buscar los caminos que nos lleven a hacer valientemente ese anuncio de Jesús, de su luz y de su salvación a nuestro mundo de hoy. ¿No hablamos hoy de nueva evangelización? Es algo que se nos viene repitiendo en la Iglesia continuamente en los últimos años y de ello tenemos que convencernos, porque muchas veces nuestro mundo está lejos del Evangelio.

Nosotros tenemos que ser estrellas que anunciemos con nuestra vida, con nuestro testimonio y también con nuestra palabra valiente el mensaje de Jesús, el mensaje del Evangelio. Y tenemos que saber emplear todos los medios que estén a nuestro alcance.

Los magos buscaron otros caminos. Busquemos esos nuevos caminos. Hoy se nos ofrecen nuevos medios de comunicación en esta era de la informática y en este mundo globalizado. Los cristianos tendríamos que saberlos aprovechar más para hacer ese anuncio de la Buena Noticia de Jesús a nuestro mundo. El que este mensaje llegue a ti, quizá por medio de internet, quiere ser un deseo de emplear los caminos de este mundo de hoy para hacer llegar el evangelio. Gracias por recibirlo y gracias a quienes al recibirlo a su vez tratan de trasmitirlo a otros muchos.

lunes, 5 de enero de 2009

Seguir a Jesús como los primeros discípulos

1Jn. 3, 11-21

Sal.99

Jn. 1, 43-51

Diversos son los caminos por los que Dios quiere acercarse al hombre y hacerse presente en su vida como llamada y como gracia, y diversos también son los caminos por los que nosotros podemos acercarnos a Dios. Será una profunda experiencia en nuestro espíritu en un momento determinado como una gracia especial, ante algún acontecimiento; será una voz directa que escuchemos en nuestro interior como una llamada especial; será a través de distintas mediaciones, desde las cosas que nos suceden, las personas que nos rodean, una palabra que escuchamos, o por la acción de la misma Iglesia. Y lo mismo nosotros podemos ser mediaciones para los demás para su acercamiento al Señor desde nuestra propia vida, una palabra o un consejo que digamos, y así muchas cosas más. Todo siempre para provocar un encuentro vivo con Jesús en una experiencia profunda en que lo sintamos vivo en nuestra vida.

Esto lo vemos reflejado en el final del primer capítulo del evangelio de Juan que venimos leyendo de forma continuada en estos días. Ayer día 4 de enero, si no hubiera sido domingo, hubiésemos contemplado el encuentro de los dos primeros discípulos con Jesús. Fue la mediación de Juan el Bautista que les señaló, ‘éste es el Cordero de Dios’. Y aquellos dos discípulos del Bautista, Andrés y Juan se convirtieron en los primeros discípulos de Jesús. Preguntaban donde vivía pero con la búsqueda de algo más, y se fueron con El. A la mañana siguiente otra mediación, en este caso de Andrés, que invita a su hermano Simón: ‘Hemos encontrado el Mesías’.

Hoy será Jesús el que directamente se dirija a Felipe para invitarle: ‘Sígueme’. Pero Felipe conociendo quizá la inquietud honda en Natanael, – alguna experiencia profunda podría haber tenido por lo que luego veremos - de las ansias y la esperanza en la llegada del Mesías, como en todo buen judío, le dirá: ‘Aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los profetas lo hemos encontrado: a Jesús, el hijo de José, de Nazaret’.

La reacción displicente de Natanael es la reacción de quien no termina de querer reconocer lo que pasa en lo hondo de su corazón. Buscamos evasivas, queremos salir por la tajante, nos hacemos oídos sordos, nos cuesta muchas veces dar el paso y nos vamos por el camino de la huída. ‘¿De Nazaret puede salir algo bueno?... ¿de qué me conoces?’, son expresiones que algo así expresan.

Algo había pasado en su interior que sólo Dios conocía. De ahí la frase de Jesús. ‘Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi’. Fue suficiente para que Natanael, nuestro Bartolomé apóstol, hiciera una hermosa profesión de fe. No le llama maestro de una forma cualquiera. ‘Rabí…’ que era un reconocimiento grande de que estaba ante alguien que era muy superior a El. ‘Tú eres el Hijo de Dios, Tú eres el Rey de Israel’. Era un reconocimiento de Jesús como enviado de Dios, como Mesías del Señor, aunque nosotros a esas palabras le demos mayor profundidad reconociendo la divinidad de Jesucristo.

Pero Jesús dice algo más. ‘Mayores cosas verás… Yo os aseguro: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del Hombre’. Estas palabras hacen referencia al sueño de Jacob en el que veía una escala entre el cielo y la tierra por la que subían y bajaban los ángeles desde y hasta la presencia de Dios. Y es que por nuestra fe en Jesús estamos llamados a esa visión de Dios. ‘Cuando se manifieste, le veréis tal cual es, porque seremos semejantes a El’, nos decía en los días pasados la carta de Juan.

Que manifestemos con toda profundidad nuestra fe en Jesús porque a los que creen en El nos da poder para ser hijos de Dios, como ayer reflexionábamos. Que escuchemos su voz y su llamada y estemos prontos para buscarle y para seguirle. Que así vayamos escuchándole y siguiéndole, conociéndolo y amándolo, para que con El nos unamos y con El en todo momento demos toda la gloria a Dios, haciendo siempre lo que El nos dice.

domingo, 4 de enero de 2009

Y Dios plantó su tienda entre nosotros, en nosotros...

Eclesiástico, 24, 1-4.12-16;

Sal. 147;

Ef. 1, 3-6.15-18;

Jn. 1, 1-18

Hasta ahora hemos venido contemplando los hechos. Podíamos decir que de manera plástica hemos contemplado el misterio de la Navidad, el misterio del Nacimiento del Señor. Ha sido la descripción que nos ha ido haciendo el evangelio de san Lucas en cada una de las celebraciones. O ha sido también las representaciones que con nuestros belenes o nuestros nacimientos hemos tenido delante de nuestros ojos en nuestros templos o también en nuestras casas. Y ha sido, por supuesto, todo ese ambiente de alegría y de fiesta con el que hemos venido viviendo nuestras celebraciones.

Pero la contemplación auténtica va más allá de lo que nuestros ojos contemplan, nuestros oídos escuchan o con los sentimientos experimentamos. Hay algo más profundo que hacemos con nuestra reflexión y meditación amplia y profunda del misterio de la navidad y también cuando lo hacemos oración en nuestra vida. En ese sentido creo que en nuestras celebraciones litúrgicas lo hemos ido intentando. Y creo que es a lo que nos quiere ayudar la Palabra de Dios que en este domingo se nos ha proclamado.

Con san Pablo bendecimos a Dios que nos ha bendecido ‘en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales y celestiales’. Cristo es nuestra bendición, porque en Cristo nos llenamos de nueva luz y de nueva vida. El lo es todo para nosotros.

Y con san Pablo también damos gracias y oramos al Señor. Suplicamos para que podamos penetrar en toda la profundidad de su misterio que se nos revela en Cristo. ‘Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, nos dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo…’ La fe que tenemos es nuestra mayor riqueza y sabiduría. Somos el pueblo más sabio porque tenemos fe en Dios. Sabiduría no es sólo saber cosas, tener conocimientos, sino hacer que todo ese misterio que se nos revela se haga vida nuestra y entonces lo expresemos y manifestemos con nuestras palabras, nuestras actitudes, todo lo que es nuestra vida. Desde la fe podemos tener y podemos vivir todo ese sentido de Dios en nuestra vida y para nuestra vida.

Es el misterio de Dios escondido desde todos los siglos, la Palabra eterna de Dios que se nos revela, y que es nuestra luz y nuestra vida. Es lo que descubrimos en el misterio de la Navidad que estamos celebrando. Es la revelación de Dios que llega a nosotros al hacerse hombre y vivir entre nosotros.

Hemos visto muchas señales y signos en torno a la cueva de Belén. Una nueva vida que brota en un niño que hace, unos resplandores celestiales, unos ángeles que cantan la gloria de Dios, unos pastores que se acercan a ofrecerle sus dones. Son señales del misterio que se realiza en el nacimiento de Jesús, que tiene que ser nacimiento también en nosotros. Por eso ahora sentimos palpitar la vida de Dios en nuestro corazón. Ahora nos sentimos iluminados y transformados por su luz. Es de lo que nos ha hablado hoy el evangelio de San Juan.

Aceptemos esa vida y dejémonos iluminar por esa luz, para no permanecer en la tiniebla, para renacer a una vida nueva. ‘A cuantos le recibieron les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre’, nos decía el evangelio. Esa vida nueva que nace en nosotros y nos hace hijos de Dios.

El Misterio de la Encarnación se realizó por obra del Espíritu. Recordemos lo que le decía el ángel a María en la Anunciación. ‘El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra, por eso el santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios’. El nuevo nacimiento que se realiza en nosotros desde el misterio de la Navidad y de la Redención no es obra de ningún poder humano, sino obra de Dios; no es acción de ningún elemento humano sino acción del Espíritu de Dios. ‘Estos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios’, que nos explica hoy el evangelista.

Sólo nos basta creer. ‘Les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre’. Sólo desde la fe podemos entender ese nuevo nacimiento que se produce en nosotros. Sólo desde la fe entendemos esa vida que Dios nos regala para hacernos sus hijos. Recordemos cómo san Pablo bendecía a Dios ‘que desde antes de la creación del mundo nos eligió para que fuésemos santos e irreprochables en su presencia, por amor. Nos predestino a ser hijos adoptivos por Jesucristo, conforme a su agrado. Para alabanza de la gloria de su gracia que nos colmó en el Amado’. El nos llamó, nos eligió y nos predestino a ser hijos y santos.

Contemplamos, entonces, la gloria de Dios que planta su tienda entre nosotros, en nuestros corazones, en nuestra vida. ‘La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros’, nos decía el Evangelio. Y es que con Cristo nosotros hemos sido hecho hijos, llenos de gloria y de verdad.

¿No tenemos entonces que entonar una y otra vez nuestro cántico de bendición al Señor que con tantas bendiciones en Cristo nos ha bendecido? Y es que cuando contemplamos el misterio del nacimiento de Jesús, estamos contemplando y reviviendo en nosotros un nuevo nacimiento, el que nos hace a nosotros hijos de Dios. Bendito sea el Señor y que ilumine los ojos de nuestro corazón para entenderlo y para vivirlo.

sábado, 3 de enero de 2009

¡Bendito sea el Nombre de Jesús!

¡Bendito sea el nombre de Jesús!

1Jn. 2, 29-3, 6

Sal.97

Jn. 1, 20-34

‘Al cumplirse los ocho días de su nacimiento tocaba circuncidar al Niño y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su Concepción’. Así escuchábamos hace un par de días en el evangelio. ‘Le pusieron por nombre Jesús…’ Hoy la liturgia nos invita a hacer memoria del Santísimo Nombre de Jesús.

El ángel le había dicho a María: ‘y le pondrás por nombre Jesús’. De la misma manera le había dicho a José: ‘y tú le pondrás por nombre Jesús porque El salvará a su pueblo de los pecados’. Jesús, Dios salva. Jesús, que nos salvará de nuestros pecados.

‘Bajo el cielo no hay otro nombre que nos pueda dar la salvación’, respondería Pedro ante el Sanedrín cuando le preguntaban por la razón de la curación del paralítico de la puerta Hermosa del templo. Y san pablo proclamaría ‘ante el nombre de Jesús se doble toda rodilla en el cielo y en la tierra y toda lengua proclame Jesús, el Cristo, es el Señor’. Invocar el nombre de Jesús es invocar a Jesús y su salvación. Es proclamar que El es el Señor. En este día, en medio de las celebraciones de la Navidad, celebramos su santo nombre, aprendemos a invocarlo.

En el evangelio proclamado en este día vemos cómo llama a Jesús el Bautista. ‘Al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclama: Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo…’ Lo llama Cordero de Dios en referencia clara al sacrificio de Cristo que recordaba al Cordero de la Pascua. Pero éste sí que es el Cordero cuyo sacrificio nos perdona los pecados. Ya no es sólo el recuerdo o la celebración, sino que es la salvación mismo. Quitarnos los pecados es salvarnos. En plena consonancia con el nombre de Jesús, en cuyo nombre somos salvados.

Pero siguiendo con el texto del evangelio vemos que a continuación Juan nos dirá que Jesús es el que está lleno, inundado del Espíritu de Dios. No nos cuenta este evangelista el hecho mismo del bautismo de Jesús, pero sí hace clara referencia a él en este texto. ‘He contemplado al Espíritu que bajaba sobre El como una paloma, y se posó sobre El’. Con ellos nos está describiendo la teofanía posterior al Bautismo de Jesús. Porque allí se nos cuenta que se oyó la voz del cielo que señalaba a Jesús como el Hijo de Dios. Y ahora el Bautista nos cuenta: ‘y yo lo he visto y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios’.

Con lo que tenemos que lo llama el Cordero de Dios que es Jesús que nos salva, que quita el pecado del mundo; pero es también el que está lleno del Espíritu Santo y es el Hijo de Dios. Pero lleno del Espíritu Santo nos bautizará a nosotros en el Espíritu. ‘El que me envió a bautizar con agua me dijo: Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre El, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo’. Juan bautizaba con agua porque esa era la señal de la conversión y de la penitencia, pero aquel bautismo no salvaba, no perdonaba los pecados. Es Cristo con su Sangre derramada el que nos bautiza con el Espíritu y con el que alcanzaremos el perdón de los pecados. ‘Confieso que hay un solo Bautismo para el perdón de los pecados’, proclamamos en el Credo de nuestra fe.

Bautizados en el Espíritu para el perdón y para la vida nueva. Es lo que nos dice san Juan en su carta. Se nos da una vida nueva que nos hace hijos de Dios. ‘Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!’ Llenos del Espíritu somos hijos de Dios; llenos del Espíritu podremos llegar a tener la visión de Dios. ‘Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a El, porque le veremos tal cual es’. ¡Qué maravilla y qué grandeza!

Invoquemos el nombre de Jesús que nos salva. Que esté siempre presente en nuestros labios para invocarle y para alabarle. Que en su nombre le invoquemos y con su mediación roguemos al Señor porque sabemos que ‘cuanto pidamos en su nombre El nos lo concederá’. Tengámoslo en nuestros labios y en nuestro corazón, para que así seamos salvos, para que así nos veamos libres del enemigo y salgamos siempre vencedores en la tentación.

¡Bendito sea el nombre del Señor!

viernes, 2 de enero de 2009

Querían conocer al Mesías... queremos conocer a Dios

1Jn. 2, 22-28

Sal.97

Jn. 1, 19-28

Querían saber si Juan era el Mesías. Había venido una embajada de sacerdotes y levitas desde Jerusalén. Querían conocer al Mesías. Y como Juan estaba predicando allá en el desierto, bautizando a la gente para que se convirtiera y vivía un estilo de vida bien austero, podrían darse en él las señales del Mesías prometido. Era el ansia del corazón de todo buen Judío. Su esperanza.

Juan también había querido saber y conocer. Más tarde, estando ya preso en la cárcel, enviaría a sus discípulos a preguntar a Jesús. ‘¿Eres tú que había de venir o hemos de esperar a otro?’ Eran las preguntas de Juan o eran las preguntas de sus discípulos ante la obra de Jesús, sus predicación, sus milagros.

Un día también en Jerusalén unos gentiles se habían acercado a Felipe y a Andrés para pedirles. ‘Queremos conocer a Jesús’. Y ellos se los habían llevado a Jesús.

Este texto hoy proclamado lo hemos escuchado y reflexionado no hace mucho en el tiempo del Adviento. Pero sigue manifestando una inquietud del corazón de todo hombre. Querer conocer a Dios. Aunque algunas veces tratemos de acallarlo. Pero hay unos deseos de plenitud en el corazón y eso lleva a una búsqueda de Dios. Tenemos que buscar a Dios, querer conocerlo.

‘En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los profetas; ahora, en esta etapa final, nos ha hablado con el Hijo’. Así aclamábamos con el aleluya y tomando un texto de la carta a los Hebreos. De mucha maneras nos habla el Señor, se hace presente el Señor; viene ahora en Cristo Jesús.

El Bautista, después de decirles que él sólo era la voz que grita en el desierto para preparar el camino del Señor, les había dicho: ‘En medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, pero que existía antes que yo y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia’. Mañana seguiremos escuchando la Palabra de Juan y aún nos dirá más. Viene detrás de Juan, porque Juan es el precursor; incluso cronológicamente nació seis meses antes. Pero existía antes que él, lo que nos está diciendo de la eternidad de Dios y de su inmensidad que está en Jesús. Nos está ayudando a descubrir, a conocer todo el misterio de Jesús, el Hijo de Dios.

En medio de nosotros, a nuestro lado, caminando nuestro mundo camino, dentro de nosotros. Ahí está el Señor. No lo conocemos, pero tenemos que buscarlo y descubrirlo. Esas ansias de Dios que El quiere colmar. Esa plenitud que en Cristo podemos alcanzar. Escuchémosle en su Palabra. Escuchémosle allá en lo más hondo de nuestro corazón.

En estos días de Navidad lo estamos contemplando en ese Niño nacido en Belén. No nos quedamos en un niño porque bien sabemos quién es. Es Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios, el Emmanuel, el Salvador. Es la Palabra viva de Dios que nos habla, que nos revela a Dios, que nos llena e inunda de Dios.

El quiere estar con nosotros. Estar tanto en nuestra vida que se nos mete en nuestra vida para que nosotros nos metamos en su vida. Tanto quiere meterse en nuestra vida que nos la da para que nosotros podamos ser también hijos, hijos de Dios.

Démosle gracias y dejémonos penetrar por su vida, inundar por su vida. Que así le conozcamos que nos hagamos una cosa con El.

jueves, 1 de enero de 2009

Hoy venimos a felicitar a Maria

Num. 6, 22-27; Sal. 66; Gal. 4, 4-7; Lc. 2, 16-21


Hoy venimos a felicitar a la Madre, a María. La costumbre es que cuando nace un niño los vecinos, amigos y familiares se acerquen a la casa de la madre para felicitarla, para felicitar a los padres. Hemos estado tan entusiasmados estos días con el nacimiento de Jesús que pudiera habérsenos pasado por alto este detalle. Por eso hoy la liturgia nos invita a felicitar a María. Y ya hemos de tener cuidado que otras celebraciones y otras fiestas, como la entrada del año, nos lo hagan olvidar también.

Hoy, la octava de la Navidad de Jesús, celebramos el día de María, la Madre de Dios. Es la fiesta grande de María en la mayor de sus prerrogativas y de su grandeza, ser la Madre de Dios. Celebramos y recordamos la circuncisión del Señor a los ocho días, como nos dirá el evangelio, y rezaremos por la paz en este año que comienza. Pero fijémonos que el evangelio nos dice que tras el anuncio del ángel ‘los pastores fueron corriendo y encontraron a María y a José y al Niño acostado en el pesebre’.

Encontraron a María. María que está junto a Jesús, como siempre una madre sabe estarlo junto a su hijo. Y, sin dejar de adorar al Niño que sabemos bien que es Emmanuel, Dios con nosotros, queremos acercarnos a María de manera especial. Queremos ofrecerle nuestro amor de hijos, porque ella al ser la Madre de Jesús se convirtió también en nuestra madre, y queremos contemplarla en su dicha y en su felicidad.

¿Cómo la contemplamos? Atenta y solícita como está siempre una madre y no podía ser menos en un corazón inundado por el amor, pero al mismo tiempo la vemos contemplativa, absorta en todo aquel misterio que ante ella y en ella se está realizando, porque como nos dice el evangelista ‘María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón’. Contempla y medita para reconocer la obra de Dios, las maravillas que hace el Señor. Contempla y medita y de su corazón está saliendo el mejor cántico de alabanza y de acción de gracias a Dios, porque ahí en medio de nosotros está ya el que es nuestra salvación, nuestro Salvador.

Ella había anunciado inspirada por el Espíritu que la felicitarían todas las generaciones porque el Señor ha hecho obras grandes en ella, y por eso nosotros queremos también, al tiempo que la felicitamos a ella porque Dios la hizo grande, cantar a Dios por todas esas maravillas que en ella realizó gracias a su fe, a su generosidad, su pobreza y su desprendimiento, a la disponibilidad de su corazón. Y con María al mismo tiempo nos felicitamos por tenerla como Madre.

Hoy es un día también en que todos nos felicitamos en el año nuevo que comienza. Es otro aspecto que hemos de tener en cuenta, porque no somos ajenos al devenir de la historia. Felicitaciones de todo tipo, gestos de alegría y de amistad, buenos deseos y buenos propósitos son como efusiones que hoy se prodigan entre todos. Es normal que en ocasiones como ésta echemos una mirada al pasado en el año que termina, pero también que intentemos mirar con esperanza el futuro que se nos avecina.

Que los nubarrones de las tormentas que puedan aparecer en el horizonte de nuestra vida no oscurezcan ni nuestra ilusión ni nuestra esperanza. Por eso como creyentes tenemos que mirar al que en verdad está en el centro de la historia y es la única fuerza que no nos falla en nuestro caminar. Como creyentes dirigimos nuestra mirada y nuestra súplica al Señor para que, como decía la bendición de Aarón que escuchamos en la primera lectura ‘ilumine su rostro sobre nosotros, se fije en nosotros y en nuestra historia y nos conceda su favor y su paz’.

Nos deseamos unos a otros paz y felicidad – es el mejor deseo que tenemos los unos para con los otros en estos días -, pedimos al Señor que vuelva su rostro sobre nosotros para que nos conceda la paz que es un don de Dios y un fruto del Espíritu, pero al mismo tiempo tenemos que pensar que tiene que ser un compromiso de nuestra vida. Es un compromiso que nace de nuestra condición de creyentes en Jesús que tenemos que inundar nuestro mundo de amor, y en consecuencia tenemos que convertirnos en sembradores de paz.

En estos momentos de nuestra historia nos duele que sigan existiendo en cuentos mundo guerras, terrorismo y violencias, judíos y palestinos, distintos lugares de Africa, la guerras inacabadas de Afganistán e Irak, el terrorismo de las guerrillas que azota muchos países latinoamericanos, o el terrorismo que sigue brotando también en diversos lugares de España; pero son también las violencias de todo tipo en nuestras calles o en las familias. No podemos insensibilizarnos porque sean noticias que cada día se repiten, sino que tienen que dolernos allá en lo más profundo del alma.

El mensaje del Papa para este año nuevo con motivo de la Jornada de la paz, nos hace reflexionar sobre otra causa de la falta de paz, que es la pobreza. ‘Conbatir la pobreza y construir la paz’, es el lema de esta jornada. Un campo y una tarea en la que ha de empeñarse toda la sociedad, porque como nos dice el Papa es posible erradicar la pobreza del mundo como condición indispensable para la paz, desde la justicia y desde la solidaridad, porque es injusto un mundo de pobreza y porque es necesario una solidaridad global entre los pueblos y las personas.

Es una oración que elevamos al Señor y es un compromiso que tenemos que poner por nuestra parte cada uno de nosotros. Para hacer que nuestro mundo sea mejor, sabemos el camino que hemos de recorrer, camino de justicia, pero camino de amor y de solidaridad.

Pidámosle a María, la Madre de Dios como la estamos proclamando y celebrando hoy, pero la Reina de la Paz, que interceda por nosotros, que vuelva su mirada amorosa de Madre sobre tantos que sufren como consecuencia de esa falta de paz, o de esa pobreza que destruye sus vidas, y nos conceda del Señor la gracia de mover y transformar nuestros corazones, los de todos, para que todos pongamos ese empeño por lograr esa paz. Paz que comience en lo hondo de nuestro corazón, paz que vivamos en el seno de nuestras familias y de aquellos con los que más convivimos, paz que se vaya extendiendo por toda nuestra sociedad.


miércoles, 31 de diciembre de 2008

De su plenitud hemos recibido gracia tras gracia

De su plenitud hemos recibido gracia tras gracia

lJn.2, 18-21

Sal. 95

Jn. 1, 1-18

‘De su plenitud todos hemos recibido gracia tras gracia, porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo’.

Es el inicio o prólogo del Evangelio de san Juan, que volveremos aún a escucharlo en este tiempo de Navidad el próximo domingo. Es una presentación de Jesús y del evangelio podríamos decir en un lenguaje teológico. Nos habla de la Palabra, la Vida, la Luz, la Gracia. Es don de Dios que nos llena de plenitud, de vida, de luz, de gracia. Así son los regalos de Dios. Y ese gran regalo – gracia – es Jesucristo, revelación y Palabra de Dios.

Porque en Jesucristo llegaremos a la plenitud de Dios, a la plenitud de su conocimiento y a la plenitud de su vida. ‘Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien quiere revelárselo’, escuchamos en otro lugar del Evangelio. Hoy nos dice: ‘A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha contado’. Es Jesús el que nos revela plenamente a Dios. Por eso lo llamamos Palabra, Verbo de Dios. Es Dios que se nos revela, que nos habla. Por eso es Emmanuel, Dios con nosotros.

Pero ¿queremos escuchar su Palabra? ¿Qué preferimos, la tiniebla o la luz? ¿la muerte o la vida? Podrían parecer preguntas que sobran, pero miremos la realidad de la vida, de lo que hemos hecho y hacemos. ¡Cuántas veces rehuimos escuchar su Palabra! ¡Cuántas veces nos dejamos arrastrar al pecado y a la muerte dejándonos seducir por la tentación! ‘En la palabra había vida y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, pero la tiniebla no la recibió’, nos dice hoy el evangelista. Y terminará diciéndonos ‘vino a su casa y los suyos no lo recibieron’.

Cristo quiere regalarnos esa luz, su luz. Lo vemos repetidamente en el evangelio cuando nos habla y nos enseña, cuando como un signo cura a los ciegos y les devuelve la vista, cuando se acerca a nosotros y quiere levantarnos de la postración de nuestro pecado. Como a Lázaro también a nosotros quiere arrancarnos de las garras de la muerte y del sepulcro.

Cristo nos regala su vida – gracia divina, la llamamos – para hacernos hijos, para llevarnos a la plenitud. Acojamos esa vida, esa luz. Acojamos a Cristo y dejémonos inundar por su plenitud.

martes, 30 de diciembre de 2008

También en el silencio de nuestra vida damos gloria a Dios

1Jn. 2, 12-17

Sal. 95

Lc. 2, 36-40

Algunas veces pensamos que poca cosa podemos nosotros hacer porque quizá sentimos que para hacer algo por los demás hay que estar más preparados que lo que nosotros estamos, o porque no nos valoramos lo suficiente, o por nuestra edad, nuestra situación o nuestras limitaciones nos sentimos más incapaces. Vivimos una vida anónima preocupados sólo por nuestras ocupaciones o las cosas más inmediatas y creemos que son otros los que pueden sentir esa llamada a hacer por los demás.

Hoy en el evangelio se nos está diciendo que eso no es así. Se nos está presentando la figura de una mujer, anciana de muchos años, pero en la que vemos una preocupación, un interés y una acción por el reino de Dios. Este evangelio es continuación del que proclamábamos ayer y se nos habla hoy de ‘una profetisa - así la llama el evangelista – hija de Manuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casa, y llevaba ochenta y cuatro de viuda; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones…’

Una mujer mayor, que dadas sus circunstancias podía vivir su vida en el silencio y soledad de su casa, sin embargo la vemos sirviendo a Dios en el templo, con ayunos y oraciones. Es más, al llegar al templo y contemplar la escena del anciano Simeón con el Niño en brazos y los cánticos y alabanzas que el anciano profería, ella se une a la alabanza porque allá en su corazón también descubre el misterio de Dios ‘y daba gracias a Dios y hablaba del Niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén’. La vemos, pues, haciendo apostolado – el primer apóstol de Jesús, la primera catequista -, anunciando ya el nombre de Jesús, trasmitiendo a los demás lo que era su fe para que todos igualmente pudieran alabar al Señor que se hacía presente en medio de ellos.

¿Qué nos enseña? Todos, allá donde estemos, vivamos la condición de vida que vivamos también podemos hacer muchas cosas. Podemos servir a Dios, cantar la gloria del Señor con nuestra oración, con las actitudes que vivamos en nuestra vida, pero también con nuestras palabras, porque todos tenemos oportunidad de hablar de Dios, del Evangelio, de Jesús a los demás de una forma u otra.

¿Qué somos mayores, que sólo estamos en casa, que vivimos rodeados de un circulo muy corto de personas, que vivimos una vida anónima y sólo ocupados de nuestras cosas…? Todos tenemos un valor, unas posibilidades. Todos podemos hacer algo incluso desde el silencio quizá de una enfermedad o invalidez. Nuestra vida es útil aunque estemos discapacitados para algunas cosas. Está el ofrecimiento que podamos hacer de nuestra vida, están nuestras oraciones, pero está esa palabra buena que podemos decir a alguien, ese consejo u orientación en un momento determinado, ese recuerdo de la trascendencia de nuestra vida. Muchas cosas podemos hacer. Mucho es el valor que tiene nuestra vida.

Precisamente hoy termina el evangelio hablándonos de la vida oculta de Jesús. ‘…volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El Niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría, y la gracia de Dios lo acompañaba’. En etas pocas palabras se resumen muchos años de la vida de Jesús. Su niñez, su juventud hasta que en la vida adulta salió por los caminos y pueblos de Galilea y Palestina anunciando el Reino de Dios.

Años de silencio, en su formación, en su crecimiento y maduración, pronto en los trabajos de ayuda a José en sus tareas, ocupándose quizá del hogar más tarde con María, su madre. Años importantes y años que fueron también de redención y de salvación para la humanidad. Aunque no sepamos nada de ellos. Pero allí estaba Dios hecho hombre enseñándonos cómo vivir cada día de nuestra vida y todo lo que hagamos tiene su valor.

Todos podemos contribuir con nuestra vida, con nuestras obras y con nuestros silencios, allí donde estemos al crecimiento del Reino de Dios.

lunes, 29 de diciembre de 2008

También nosotros como Simeón tomemos en brazos a Jesús

1Jn. 2, 3-11

Sal.95

Lc. 2, 22-35

¡Qué gozo y alegría grande sintió el anciano Simeón aquel día en el templo! Era ‘un hombre honrado y piadoso’.Tenía una esperanza grande en la proximidad de la llegada del Mesías. Se recogen en él las mejores esperanzas del pueblo de Israel. ‘Aguardaba el consuelo de Israel’. Pera él era un a certeza porque allá en lo hondo de su corazón había sentido la voz del Espíritu Santo que le decía ‘que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor’.

‘Impulsado por el Espíritu Santo fue al templo’ aquella mañana. Sus ojos estarían atentos buscando donde estaba la señal para descubrir quién era el enviado del Señor. Entre tantos padres que presentaban sus hijos al Señor, conforme a lo prescrito por la ley de Moisés para los primogénitos descubrió a María y a José con el Niño. Allí estaban entre los pobres para hacer la ofrenda de los pobres –‘un par de tórtolas o dos pichones’ -. ‘Cuando entraban con el Niño Jesús sus padres (para cumplir lo previsto por la ley), Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios’.

Ya podía morir en paz. Sus ojos habían visto al Salvador. La promesa del Señor ya estaba cumplida. Allí culminaban todas las esperanzas de Israel. Para muchos pasaría desapercibido, pero quien estaba lleno del Espíritu Santo como Simeón podía cantar al Señor: ‘Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz; porque mis ojos han visto a tu Salvador a quien has presentado a todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo, Israel’.

Nosotros quisiéramos también poder tomar en nuestros brazos a Jesús como lo hizo Simeón. Digamos que hay una sana envidia en nuestro corazón porque quisiéramos emular sus gestos. Pero hay una cosa que tenemos que decir. Eso y mucho más, con la fe, podemos hacer nosotros. Porque Simeón solamente lo tomó en sus brazos, pero nosotros por la fe lo podemos meter en nuestro corazón. Algo más profundo que podemos nosotros hacer. Cuando recibimos a Jesús en la Comunión eucarística, ¿qué es lo que estamos haciendo sino comiendo a Cristo mismo para que entre totalmente en nuestra vida? No es sólo en nuestros brazos, sino que es en nuestro corazón. Comemos a Cristo para hacernos una misma cosa con El, para llenarnos de su vida, para vivir su misma vida.

¡Cómo tendríamos también nosotros que cantar a Dios cada vez que le recibimos en la Eucaristía! Muchas veces nos preocupamos mucho de concentrarnos en nosotros mismos y recogernos en el silencio de nuestro corazón para sentir esa presencia eucarística del Señor en nosotros, y hacemos bien, pero no nos importe poneros a cantar con los demás alabando y bendiciendo al Señor, que es lo que hizo Simeón. Hemos de tener esos momentos de silencio e intimidad con el Señor pero hemos también de sabernos unir al canto de toda la Iglesia, de toda la Asamblea, de todos los que allí estamos reunidos sintiendo gozosamente esa presencia de Jesús en nuestro corazón.

Pero aún hay algo más. Unamos lo que hemos escuchado en este evangelio con lo escuchado también en la primera carta de Juan. Simeón lo proclama ‘luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo, Israel’. Y san Juan en su carta nos habla de luz y de tinieblas. Y nos dice que estaremos en la luz si amamos. ‘Quien ama a su hermano permanece en la luz…’ nos dice. Amar es llenarnos de luz. Amar es llenarnos de Cristo que es la luz de las naciones, la luz del mundo.

Cuando amamos al hermano, sea quien sea y cualquiera que sea el gesto de amor que con él tengamos, estamos amando a Cristo, estamos acogiendo a Cristo en nuestra vida, estamos haciendo algo más que tomar en brazos a Jesús. En ese gesto de amor, en esa acogida que hagas al otro, en esa sonrisa con que te acerques a él, en esa luz, ilusión y esperanza que despiertas en su corazón, en ese servicio que le prestas, en esa mano que pones sobre el hombro de su vida, en ese pan que compartes con cualquier hermano, estás amando a Jesús, estás haciéndoselo a Jesús. ‘Lo que hicisteis a uno de estos mis humildes hermanos, a mí me lo hicisteis’, nos dice El en el evangelio.

Estamos haciendo algo más que tomar en nuestros brazos a Jesús. Cantemos y bendigamos también nosotros al Señor.