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jueves, 8 de noviembre de 2012

Cuáles son nuestros títulos


Flp.3,3-8; Sal. 104; Lc.15, 1-10

En la vida parece en ocasiones que tenemos que ir mostrando nuestros títulos - de lo que somos, de lo que sabemos o de lo que hemos hecho, lo que llaman el curriculum vitae -, para que puedan valorarnos, tenernos en cuenta, o podamos conseguir aquello que deseamos. Y si para la consecución de trabajos tenemos que utilizar estos títulos de méritos, alguna vez nos puede parecer que para presentarnos ante de Dios, o para que los demás valoren nuestra vida cristiana necesitaríamos también de esos títulos de merecimientos. Se nos pueden meter también por cualquier resquicio de nuestro corazón esos orgullos y vanidades, con lo que, por otra parte, estaríamos echándolo todo a perder.

Hay una hermosa lección en este sentido en la carta de Pablo a los Filipenses. Se puede deducir por lo que dice que por allá se han metido algunos que se las dan de sabios y entendidos y pretenden imponerles algunos ritos externos o costumbres que como seguidores de Jesús tendrían que estar superados. No son las marcas rituales las que nos alcanzan la salvación, sino que la salvación nos viene de Cristo Jesús, Señor nuestro, que por nosotros se ha entregado para regalarnos su salvación. Nuestra respuesta ha de ser la de la fe y la del amor.

Por eso san Pablo aduce lo que podrían ser sus títulos de judío recto, fiel y cumplidor. Con fidelidad a la ley había vivido siempre y hasta con radicalidad e intransigencia había perseguido a la Iglesia de Dios porque le parecía que andaban errando lejos de la ley de Moisés que para todo buen fariseo - y él pertenecía al grupo de los fariseos más radicales - era algo que había que cumplir hasta en lo más mínimo.

Pero tras su encuentro con Jesús todo había cambiado. ‘Todo eso que para mi era una ganancia, nos dice, lo consideré pérdida comparado con Cristo… todo lo estimo pérdida, comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor… todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo’.

Este ahora es su título verdadero y más valioso. Todo lo demás lo estimo pérdida y basura, nos dice. La excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. La fe que nació en su corazón para descubrir y reconocer a Cristo. Ahí está su verdadera sabiduría. Como dirá en otras cartas lo que otros consideran locura o necedad para él es sabiduría. Y nos hablará de la Sabiduría de la cruz. Por eso predicará sin cesar a Cristo y éste crucificado.

¿Será así de importante para nosotros nuestra fe en Jesús? En este año de la fe al que nos ha convocado el Papa será este un tema en el que incidiremos una y otra vez. Es necesario que vayamos ahondando cada día mas en nuestra fe, en nuestro conocimiento de Jesús. Por eso es necesario que vayamos reflexionando mucho sobre nuestra fe para poder llegar a vivir desde esa fe, desde ese sentido que en Cristo encontramos para nuestra vida.

Hoy hemos escuchado cómo Pablo, que sí era un hombre creyente, sin embargo se sintió transformado desde su encuentro con Jesús de manera que desde entonces toda su vida fue distinta, y lo que antes considera quizá muy importante ahora, como dice él, lo consideraba basura. El punto de apoyo de su fe y de su vida desde entonces era Cristo y Cristo lo era todo para él.

Por eso tantas veces hemos dicho de la importancia de vivir ese encuentro con Jesús, un encuentro vivo, un encuentro de gracia, un encuentro transformador. Somos cristianos, porque la luz que ilumina nuestra fe y nuestra vida es Cristo. Dejémonos encontrar con El, como lo hizo Pablo.

martes, 6 de noviembre de 2012


Creer en Jesús es vivir la vida de Jesús

Flp. 2, 5-11; Sal. 21; Lc. 14, 15-24
‘Tened entre vosotros los sentimientos propios de una vida en Cristo Jesús’, les dice el apóstol después de pedirles el ‘mantenerse unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir’, como le escuchábamos ayer.
Ese amor, esa comunión, esa unidad, ese estilo de vida nuevo alejado de toda envidia y ostentación, siempre en disponibilidad para el servicio no es otra cosa que vivir la misma vida de Cristo, el mismo estilo de Cristo, los mismos sentimientos de Cristo. Por eso creer en Jesús no es simplemente aceptar unas ideas o unos mandamientos, no es el cumplir unas normas; es algo mucho más profundo, porque es vivir una vida, vivir la vida de Jesús. Cuando se nos está pidiendo continuamente que conozcamos más y más a Cristo se nos está pidiendo un vivir. No es un mero conocimiento intelectual, sino que es una vida que hay que vivir.
A partir de ese primer versículo del texto escuchado de la carta a los Filipenses que nos ha de dar para mucho pensar, reflexionar y para sacar muchas consecuencias para la vida, lo que a continuación nos propone el apóstol en su carta es todo un himno cristológico. Un himno en el que podemos quedarnos extasiados contemplando toda la maravilla del amor de Dios que se manifiesta en Cristo y un himno que brota de lo más hondo de nuestro espíritu como un cántico de acción de gracias a Dios que así nos ha dado a Jesús.
Es un ir rumiando, pensando, repasando una y otra vez todo ese misterio de Dios que va apareciendo, pero precisamente en la cercanía cada vez mayor, cada vez más honda con que el Hijo de Dios se va acercando al hombre para hacerse hombre. Se despoja de su rango, no hace alarde de su categoría divina, se anonada, se hace pequeño, se hace el último, se hace esclavo, pasa por un hombre cualquiera. Era como lo veían sus contemporáneos. Lo veían tan igual, porque realmente era hombre, que les costaba descubrir la categoría de Hijo de Dios, aunque Jesús lo manifestara en sus obras, en su poder, en la sabiduría de sus palabras que no podía ser otra que la sabiduría de Dios. Es la cercanía de Dios, es el amor de Dios que llega hasta lo más profundo de hombre.
Nos quedamos en contemplación y seguimos quedándonos hasta confundidos en cómo se nos va revelando, porque como un hombre cualquiera se somete a la muerte, pero a la muerte más ignominiosa. No todos supieron contemplar el sentido de aquella muerte. Muchos se echaron para atrás, porque al comenzar la pasión se escondieron como le pasó a la mayoría de los discípulos, y será un ladrón arrepentido el que descubrirá un paraíso y un reino nuevo al que puede ir tras la muerte de Jesús en la cruz; será un pagano, un centurión romano el que reconocerá que es un hombre justo e inocente, que es el Hijo de Dios.
Seguimos contemplando y veremos la mano poderosa de Dios que lo resucita y lo levanta,   ‘le concedió el Nombre sobre todo nombre’ y ya para siempre decir Jesús es decir el Señor. ‘Al nombre de Jesús toda rodilla se doble, toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre’ ¿No nos mueve toda esta consideración, toda esta contemplación a dar gracias a Dios?
Tenemos que contemplarlo, meditarlo una y otra vez, saborearlo allá en lo más hondo del corazón para que nunca lo olvidemos, para que no nos vayamos tras otras luces, para que nos busquemos otras sabidurías. Nuestra sabiduría y nuestra locura la tenemos en la cruz de Jesús. En lo que aparentemente puede parecer la debilidad de una derrota nosotros encontramos la fuerza y la victoria.
Todos estamos llamados a ese Reino, a ese banquete del Reino de los cielos en que Cristo mismo se nos da como la más profunda sabiduría, la más brillante luz, el alimento más verdadero que nos da vida eterna, vida para siempre. Algunas veces nos puede suceder como a los invitados de la parábola que no escuchamos la invitación y nos vamos por otros caminos. Pero sabemos que Cristo siempre nos busca, nos llama, nos invita, se nos acerca y se  nos ofrece con todo su amor. Vivamos, pues su vida.

lunes, 5 de noviembre de 2012


Unánimes y concordes en un mismo amor y sentir

Flp. 2, 1-4; Sal. 130; Lc. 14, 12-14
Hemos comenzado en estos días a leer la carta de Pablo a los Filipenses. Una carta muy familiar y entrañable en la que pareciera que Pablo está escribiéndoles con el corazón en la mano, preocupándose por los problemas de la comunidad que aunque fueran pequeños El quiere ayudarles e iluminarles para que sepan superarlos; además hemos de tener en cuenta que esta carta está escrita mientras Pablo está en prisión, cosa de gran preocupación para la comunidad de Filipos, que les ha motivado para que incluso le envíen ayuda.
Un hermoso sentido eclesial y familiar donde mutuamente sienten preocupación los unos por los otros que ya quisiéramos vivirlo nosotros en el seno de nuestras comunidades cristianas. Sería un hermoso testimonio que pudiéramos ofrecer al mundo que nos rodea, nuestra unidad, nuestra comunión, nuestro cariño mutuo, que ayudaría en verdad para que el mundo crea.
No olvidemos que en la oración sacerdotal de Jesús en la Última Cena pide por la unidad de todos los que crean en El, para que el mundo crea. Cuando sentimos hoy la preocupación que manifestamos tantas veces por la tarea de la nueva evangelización que ha de emprender la Iglesia en medio de nuestro mundo que ha perdido el sentido de Cristo - por eso decimos nueva evangelización, porque tendría que ser un mundo que ya había sido evangelizado, pero que ha perdido el ardor del evangelio - pues bien, ese sería el hermoso testimonio que tendríamos que dar y que sería una forma también de anunciar la buena nueva del Evangelio de Jesús.
En el texto que comentamos proclamado hoy el apóstol apela al cariño que le tienen y les dice algo así como que no lo hagan sufrir, que le ofrezcan ‘el consuelo de Cristo aliviándolo con su amor’. Les dice más, ‘si nos une el mismo Espíritu y tenéis entrañas compasivas, dame esta alegría’. Lo que decíamos, si estamos unidos en un mismo Espíritu porque nos une una misma fe, y desde esa fe nuestro corazón se ha llenado de amor, ‘entrañas compasivas’, que resplandezcan entonces todos esos valores nacidos del evangelio de Jesús.
¿Qué les pide el apóstol? Vivir en autentica comunión amándose de verdad los unos a los otros, ‘unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir’. Cuando escuchamos estas palabras no pensamos solo en aquella comunidad de los Filipensess, pensamos en la Iglesia de hoy, y pensamos en la pequeña comunidad donde nosotros vivimos y convivimos; podemos pensar en nuestras parroquias o en nuestros grupos cristianos; podemos pensar allí donde los cristianos hacemos nuestra vida de cada día donde estamos rodeados de otros cristianos, entre vecinos, en el trabajo, en nuestras relaciones sociales.
Esto es lo que tendría que resplandecer de verdad en nuestra vida, en nuestro trato con los demás, en nuestra convivencia, en la vida de nuestras comunidades. ‘Unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir’. Qué hermoso sería que esto formara parte de nuestra vida con toda intensidad. Cuántas cosas se evitarían. Es lo que a continuación nos ha señalado el apóstol que hemos de evitar, la envidia, la ostentación, el ser interesados; como por otra parte aquellas cosas que tendríamos que resaltar, la humildad, la valoración de los otros, la búsqueda de lo bueno siempre para los demás. 
En ese sentido nos ha hablado Jesús en el evangelio. ¿A quienes hemos de invitar a nuestras comidas? Recordemos que Jesús está en aquella casa donde lo han invitado a él y a otros comensales. ¿A los que nos pueden corresponder invitándonos a nosotros luego de vuelta? ¿No sería de alguna manera un sentirnos como pagados por lo que hayamos hecho? ‘Cuando des un banquete, nos dice, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú que no pueden pagarte: te pagarán cuando resuciten los justos’. 

viernes, 29 de octubre de 2010

Oración del pastor por la comunidad y de la comunidad por sus pastores

Filp. 1, 1-11;
Sal. 110;
Lc. 14, 1-6

‘Os deseamos la gracia y la paz de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo’. Este saludo de Pablo, habitual en el inicio de sus cartas, lo utilizamos también nosotros muchas veces en la liturgia como saludo a la comunidad en el comienzo de la celebración. Si supiéramos apreciar bien lo que es recibir la gracia y la paz de Dios… qué hermoso. Es llenarnos de Dios, su gracia, su amor, su vida, y llenos de Dios estaremos siempre llenos de su paz.
Pablo en este inicio de su carta a los cristianos de Filipos, ‘a todo el pueblo santo que residen en Filipos’, se muestra entrañablemente tierno con aquella comunidad. Repite varias veces como da gracias a Dios, como ora al Señor por ellos y lo hace con alegría. Siente Pablo una cercanía grande hacia aquella comunidad; ‘habéis sido colaboradores míos en la obra del evangelio’, les dice. Y espera que Dios estará con ellos ‘porque el que ha inaugurado entre vosotros una obra buena, la llevará adelante hasta el día de Cristo Jesús’.
Además expresa cómo en momentos difíciles no se sintió sólo ‘porque todos compartís el privilegio que me ha tocado’; considera una gracia lo que le ha tocado sufrir por el evangelio y por el nombre de Jesús, pero da gracias porque han estado a su lado.
Me he detenido a comentar este inicio de la carta de Pablo a los Filipenses con estas circunstancias concretas a las que hace mención, porque quiero compartir con vosotros cómo ese es el gozo en el Señor de los pastores al contemplar una comunidad cristiana viva que responde con generosidad a la gracia del Señor. Ya comentaba ayer al hablar de los distintos carismas que surgen en la Iglesia de Dios, en nuestras comunidades. Es un gozo por el que dar gracias al Señor cuando nos encontramos con comunidades con esa vitalidad, decíamos ayer.
Un motivo de acción de gracias al Señor el sentir a nuestro lado colaboradores fieles que trabajan generosamente en la viña del Señor y que están al lado de sus pastores en toda circunstancia. Nuestro apoyo es el Señor, pero conforta en el alma esa respuesta, ese apoyo, ese ver a nuestro lado gente generosa que también nos da ánimos. Porque también los pastores podemos pasar por momentos difíciles y problemáticos y el Señor se nos manifiesta en esos hermanos que nos ayudan y nos apoyan y oran por nosotros. Es una gracia del Señor para nosotros ese apoyo de la comunidad cristiana.
Digo todo esto porque es bueno que la comunidad cristiana sepa estar al lado de sus pastores y lo mismo que el pastor, el sacerdote o el obispo, ora y quiere hacerlo intensamente por la Iglesia y por es comunidad en concreto que el Señor ha puesto a su cuidado, así también hemos de saber apoyar con nuestra oración a los sacerdotes, a los pastores todos del pueblo de Dios y a cuantos viven un compromiso apostólico a favor de la comunidad cristiana.
Y termino con esa última oración que hoy vemos al apóstol Pablo hacer por aquella comunidad de Filipos. ‘Y esta es mi oración: que vuestra comunidad de amor siga creciendo más y más en penetración y en sensibilidad para apreciar los valores., Así llegaréis al Día de Cristo limpios e irreprochables, cargados de frutos de justicia, por medio de Cristo Jesús a gloria y alabanza de Dios’. Que el Señor nos conceda crecer más y más en el amor, pero también en esa finura espiritual que nos haga crecer en santidad y que todo se manifiesta en esas obras buenas de justicia y amor pero siempre para la gloria de Dios.

domingo, 6 de diciembre de 2009

Vino hoy la Palabra del Señor y todos verán la salvación de Dios


Baruc, 5, 1-9;
Sal.125;
Filp. 1, 4-6.8-11;
Lc. 3, 1-6

La Palabra de Dios no tiene fecha de caducidad; pero la Palabra de Dios sí tiene una fecha de realización. ¿Cuál es esta fecha? Hoy. Es el hoy salvador de Dios en mi vida. Es el hoy en que me llega esta Palabra de Dios que me anuncia un mensaje de salvación y me da la salvación. Mañana será camino de plenitud total.
Hemos escuchado en el principio del evangelio: ‘En el año quince del reinado del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea…’ y así ha seguido dándonos los datos concretos históricos y religiosos del mundo y del pueblo de Israel de aquel momento concreto, ‘…vino la Palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto’.
Pensemos en nuestro momento histórico y religioso, a nivel personal y como comunidad, pues hoy, viene la Palabra de Dios sobre nosotros, sobre ti y sobre mí, aquí cuando esta mañana estamos viviendo esta celebración de la Eucaristía – quienes leen esta reflexión por otro medio distinto de la celebración, por ejemplo, por correo electrónico o en el blogs de internet u otros medios, sientan de la misma manera este hoy de la Palabra que llega a su vida -. Vivimos nuestras circunstancias concretas, con nuestra historia personal concreta, pero a nosotros personalmente nos ama el Señor y a nosotros personalmente nos llega esta Palabra que el Señor tiene que decirnos, y además en esta comunidad concreta donde vivimos y celebramos nuestra fe.
La Palabra que el Señor nos dirige en este segundo domingo de Adviento sigue siendo una invitación a la esperanza y a preparar nuestro corazón al Señor que llega a nuestra vida. Una esperanza que nos llena de alegría, porque así es en toda verdadera esperanza. Tenemos la certeza del Señor que llega a nuestra vida y realiza maravillas en nosotros. Nos invita a despojarnos, como nos dice Baruc ‘del vestido de luto y de aflicción y vestir las galas perpetuas de la gloria que Dios nos da; envuélvete, nos dice, en el manto de la justicia de Dios y ponte a la cabeza la diadema de la gloria perpetua…’
¿Cuáles son esos vestidos de luto y aflicción? Lejos de nosotros la desesperanza, la tristeza depresiva, las miradas negativas, las actitudes pasivas y paralizantes, los lamentos compulsivos. Quien cree y espera en el Señor no puede cargar de tintes negros su vida sino que en el esperanza, por muy duros y difíciles que sean los momentos por los que haya que pasar, tenemos una certeza en el corazón que nos hará caminar con ilusión y con coraje. Estamos seguros de quien nos fiamos; estamos seguros de la salvación que Dios nos ofrece.
Son otras las vestiduras con que hemos de vestirnos y adornar nuestra vida, ‘galas perpetuas de la gloria de Dios… manto de la justicia de Dios… diadema de gloria perpetua…’ nos decía el profeta. Esa justicia de Dios es su santidad y su gracia, su misericordia y su benevolencia, su luz y su esperanza, su perdón y su vida, la vida nueva que nos da. Es un querer vestirme de Cristo, de su gracia, de sus virtudes, de su justicia, de su santidad. Es vestirme de su amor para llenar mi corazón de solidaridad, misericordia, compasión. Como decía Pablo en la carta a los Filipenses: ‘ésta es mi oración: que vuestra comunidad de amor vaya creciendo más y más en penetración y sensibilidad’. Así vayamos creciendo nosotros en amor y santidad.
Todo esto nos está pidiendo una actitud de conversión profunda en nuestro corazón. Hemos escuchado a Juan el Bautista, ‘que recorrió toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de conversión para perdón de los pecados, como está escrito en los oráculos del profeta Isaías…’ Ya el evangelista nos señala que Juan es el anunciado por el profeta como ‘la voz que clama en el desierto’ para preparar los caminos del Señor. A través de él también nos llega a nosotros esa misma invitación. Invitación a la conversión, a dejarnos transformar por el Señor, a quitar esos vestidos de luto que antes decíamos y a vestirnos con las vestiduras de la gloria del Señor.
No podemos hacernos sordos a esa invitación. No podemos dejar pasar ese hoy de Dios que llega a mi vida con su salvación. Viene a nuestro encuentro y nos trae vida y gracia. No cerremos las puertas, no cerremos los oídos, no nos cerremos a esa gracia de Dios. Todavía quedan muchos trajes de luto y aflicción en nuestra vida. ‘Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; elévense los valles, desciendan los montes y colinas; que lo torcido se enderece, lo escabroso se iguale. Y todos verán la salvación de Dios’.
¿Nos creemos en el camino recto? ¡Ojalá! Pero si con sinceridad miramos nuestra vida nos daremos cuenta de cuántas cosas tenemos que corregirnos, cuántas tenemos que mejorar, cuántas tenemos que hacerlas nuevas en nuestra vida. ¿Sabéis una cosa? El camino que tenemos que recorrer – aunque sea preparar los caminos del Señor que llega a nuestra vida – no es otro que seguir el camino de Cristo mismo. El nos lo dice en el Evangelio. ‘Yo soy el camino, y la verdad, y la vida’. Es vivir a Cristo; es poner como una plantilla sobre nosotros – plantilla que es Cristo mismo – para calcar en nosotros la vida de Cristo. Preparar el camino del Señor no es otra cosa, entonces, que querer cada día conocer más y más a Cristo, para poder reflejarlo totalmente en nuestra vida. Y eso lo hacemos de su mano – El nos guía – y con la fuerza y asistencia de su Espíritu.
Así, como nos dice hoy san Pablo en la carta a los Filipenses, ‘llegaréis al Día de Cristo limpios e irreprochables, cargados de frutos de justicia, por medio de Cristo Jesús, a gloria y alabanza de Dios’.
¿No tendremos que decir en verdad, como hemos cantado en el salmo, ‘el Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres’? Como decía el salmista todos tienen que reconocerlo y así tenemos nosotros que proclamarlo a pleno pulmón. ‘Todos verán la salvación de Dios’.

sábado, 8 de noviembre de 2008

Todo lo puedo en aquel que me conforta

Filp. 4, 10-19
Sal. 111
Lc. 16, 9-15

Estamos en el final de la carta a los Filipenses. Quiere agradecer Pablo las atenciones que ha recibido de esta comunidad sobre todo en momentos difíciles y penurias por las que ha pasado. ‘Desde que salí de Macedonia y empecé la misión, ninguna iglesia, aparte de vosotros, me abrió una cuenta de haber y debe... me mandasteis un subsidio para ayudar en mi necesidad...’
Pero Pablo quiere dejar también un mensaje. Como apóstol del Señor ha querido cumplir lo que ya había dicho Jesús cuando hizo el envío de los discípulos a predicar delante de él. Lo recordamos porque alguna vez lo hemos comentado y reflexionado. ‘No llevéis bolsa, ni alforja ni sandalias... comed y bebed de lo que tengan, porque el obrero tiene derecho a su salario. No andéis de casa en casa...’ Lo ha realizado el apóstol en su vida. Si se hace un repaso de lo que fueron los caminos y los viajes de san Pablo, tiene uno que admirar la generosidad y desprendimiento del apóstol para ponerse en camino como él lo hacía.
Por eso ahora les dice: ‘Yo he aprendido a arreglarme en toda circunstancia. Sé vivir en pobreza y abundancia. Estoy entrenado para todo y en todo: la hartura y el hambre, la abundancia y la privación’. Y es aquí donde nos deja una frase lapidaria con un gran mensaje que nos puede valer bien en muchas de nuestras luchas y trabajos de nuestra vida cristiana. ‘Todo lo puedo en aquel que me conforta’.
Hermosa disponibilidad y confianza en el Señor. Será capaz de lo que sea porque se pone en las manos del Señor. Con el Señor todo, y sin el Señor nada. Es nuestra fortaleza, la roca de nuestra salvación.
Nos vemos en la vida en tantas dificultades, en tantas luchas y nos sentimos débiles y nos parece que nada somos ni nada podemos para salir adelante. En la manos del Señor. .‘Todo lo puedo en aquel que me conforta’.
Será mucho el camino a recorrer en el crecimiento de mi fe, en el compromiso de mi vida cristiana, en la espiritualidad en la que tengo que ahondar, en la santidad que tiene que resplandecer en mi vida... ‘Todo lo puedo en aquel que me conforta’.
Serán muchas las tentaciones que quieren alejarnos del camino. Siempre adelante porque ‘Todo lo puedo en aquel que me conforta’.
Es grande la tarea que se nos ha encomendado cuando hemos recibido una misión en medio de la Iglesia, seamos los sacerdotes, los religiosos y religiosas que se han consagrado al Señor o los que comprometen su vida en el apostolado... ‘Todo lo puedo en aquel que me conforta’.
Grandes son las obras que tenemos que emprender cuando queremos ayudar, cuando queremos ser servidores de los demás, cuando nos empeñamos en una tarea social de servicio a los necesitados... ‘Todo lo puedo en aquel que me conforta’.
Grande es la responsabilidad y la tarea del padre o madre de familia en la educación de sus hijos y ya sabemos cuanto podemos incluir ahí... ‘Todo lo puedo en aquel que me conforta’.Así en cada momento, en cada situación tenemos que decirlo. ‘Todo lo puedo en aquel que me conforta’. El Señor está conmigo, ¿quién podrá contra mí? ‘Su corazón está seguro, sin temor; reparte limosna a los pobres, su caridad es constante, sin falta, y alzará la frente con dignidad’, hemos rezado en el salmo responsorial.

viernes, 31 de octubre de 2008

Demos cabida en nuestro corazón con la ternura del amor a toda la Iglesia

Flp. 1, 1-11
Sal. 110
Lc. 14, 1-6

‘Grandes son las obras del Señor’. Así hemos reconocido y rezado en el salmo. Así podemos decir que también san Pablo lo está reconociendo en este principio de la carta a los Filipenses, cuya lectura hoy comenzamos.
Pablo visitó Filipos por primera vez en su segundo viaje apostólico. Era una ciudad importante de Macedonia, cuyos ciudadanos tenían derecho a la ciudadanía romana. Estando en Troas Pablo había escuchado la voz del Señor que le impulsaba a saltar a Europa, en Macedonia para allí hacer también el anuncio de la Buena Noticia. Así llega a Filipos. Recordamos cómo allí se encontró con Lidia a la orilla del río donde se reunían a rezar, que lo invitó a su casa. Posteriormente a causa de una adivina que lo seguía diciendo a todos quién era Pablo, es encarcelado. Y recordamos lo acaecido allí; las puertas de la cárcel se abren, el carcelero que piensa que los presos han huido y quiere suicidarse, Pablo que lo detiene, le anuncia la Buena Nueva de Jesús, y cree él y toda su familia. En otra ocasión probablemente Pablo volvería por Filipos.
Pablo tiene un buen recuerdo de aquella comunidad, que incluso en momentos difíciles para él estando en la cárcel saben estar a su lado. Lo manifiesta en este principio de la carta. ‘Doy gracias a Dios... rezo por vosotros... os llevo dentro... testigo me es Dios de lo entrañablemente que os quiero...’
Pablo tiene esperanzas en aquella comunidad. Confía en que la semilla plantada en ellos dará fruto. ‘Esta es mi confianza: que el que ha inaugurado en vosotros una empresa buena, la llevará adelante hasta el día de Cristo Jesús’. Es la confianza en la gracia del Señor que riega nuestros esfuerzos y trabajos. Pero aquella comunidad va dando respuesta. ‘Habéis sido colaboradores míos desde el primer día hasta hoy... esto que siento por vosotros está plenamente justificado: os llevo dentro tanto en la prisión como en mi defensa y prueba del Evangelio, todos compartís el privilegio que me ha tocado’.
Por eso Pablo ora con gratitud por ellos. ‘Esta es mi oración: que vuestra comunidad de amor siga creciendo más y más en penetración y en sensibilidad para apreciar los valores. Así llegaréis límpidos e irreprochables, cargados de frutos de justicia...’
Es la oración del Apóstol y es la oración de todo pastor por su comunidad, aquella que le ha sido confiada en el nombre del Señor. Los pastores queremos llevaros también muy dentro de nuestro corazón y nuestra oración siempre es por nuestras comunidades, para así sigan creciendo en la fe y en el amor.
Pero creo que también tiene que ser la oración de la comunidad, por sus pastores y por la comunidad misma. Para se siga proclamando el anuncio de la Buena Noticia; para que la comunidad vaya creciendo más y más siendo y formando verdadera comunidad entre sus miembros.
Pero quería decir algo más. Sí tenemos que rezar por esa comunidad a la que pertenecemos, sea una parroquia o sea ese pequeño grupo en el que vives y convives y en el que compartes tu vida y tu fe. Pero nuestra oración no se puede quedar encerrada en unos límites o en unas fronteras. Tenemos que ampliar nuestro círculo. Sentirnos miembros de una comunidad grande que es la Iglesia, y pensamos en nuestra Iglesia local o diocesana, o pensamos en la Iglesia de nuestro país, como pensamos en la Iglesia universal.
Es importante esa oración por la Iglesia. Por que la oración nos une más. Porque la oración muestra nuestra inquietud y nuestro espíritu misionero. Porque así tenemos que sentirnos siempre católicos y universales. Que crezca más y más nuestra Iglesia. Que seamos cada vez más ese signo del amor de Dios en medio de nuestro mundo.
Que como Pablo le demos cabida a todos en nuestro corazón con esa ternura tan hermosa del amor.