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sábado, 9 de noviembre de 2024

Nos admiramos y llenamos de gozo con la belleza de nuestros templos pero nos hemos olvidado los cristianos de cómo hemos de ser signo del Dios con nosotros en medio del mundo

 


Nos admiramos y llenamos de gozo con la belleza de nuestros templos pero nos hemos olvidado los cristianos de cómo hemos de ser signo del Dios con nosotros en medio del mundo

Ezequiel 47, 1-2. 8-9. 12; Salmo 45; 1Corintios 3, 9c-11. 16-17; Juan 2, 13-22

Por razones pastorales a lo largo de mis años he tenido la oportunidad de palpar en circunstancias distintas según cada comunidad y según los tiempos diversas maneras con que el pueblo cristiano manifiesta lo que significa para ellos tener un templo, tener una iglesia; desde quienes no tenían nada y luchaban y buscaban recursos de la forma que fuera para conseguir tenerla un día, la alegría que sintió aquel pueblo con la bendición de su Iglesia que tristemente con el paso de los años en el reciente volcán desapareció bajo el furor de la lava – fue la primera parroquia que tuve a mi cuidado -, o de quienes buscaban la manera de tenerla muy cuidada, muy adornada, gastando lo que fuera en tenerla dotada de todo, pero también muy hermosa con muchas flores en sus fiestas o celebraciones; muchas más cosas podía recordar pero no quiero extenderme en ello. La gente de nuestros pueblos ama a su Iglesia, y cuando decimos que aman a su Iglesia la referencia son sus templos, que de alguna manera se convierten como en un signo de identidad.

Me vienen a la memoria estos recuerdos por una parte por la celebración que hoy nos ofrece la liturgia y los textos de la Palabra de Dios que hoy se nos ofrecen. Litúrgicamente celebramos la Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán en Roma, que es la Catedral del Papa, con el hondo significado que tiene para toda la Iglesia, pues se le considera la madre de todas las Iglesias. No nos podemos quedar en su suntuosidad que la tiene, sino en el significado que tiene como ser el templo de la Sede de Pedro, de la Sede o Cátedra del Papa; de ahí el nombre que se le da de Catedral. Ese templo viene a ser como punto de unión y de encuentro de todos los cristianos con el Pastor supremo de la Iglesia.

Pero eso nos tiene que llevar a algo más. Ni nos quedamos en la suntuosidad de ese templo, como nos podemos quedar en el cuidado de nuestros templos simplemente quedándonos en su belleza externa. Tenemos que ir a algo más hondo. El Evangelio y la Palabra de Dios que hoy se nos proclama vienen a ayudarnos. Nos habla el evangelio del templo de Jerusalén que Jesús quiere purificar, porque en lugar de parecer una casa de oración, de encuentro con Dios, poco menos que se había convertido en un mercado.

El gesto de purificación que Jesús realiza, expulsando a los vendedores va a tener sonadas consecuencias que tiene también sus resonancias en nuestra vida. Cuando vienen a pedirle con que autoridad se ha atrevido a realizar esa purificación al expulsar a los vendedores, les quiere hablar de otro templo que sí que hay que cuidar. Habla de si mismo, que aunque quieran destruir su templo con la muerte, en tres días lo reedificará, y está haciendo una referencia a su pascua, a su muerte y resurrección, que los discípulos solo entenderán después de la resurrección de Jesús de entre los muertos.

Pero está haciéndonos pensar a nosotros hoy, ¿quiénes son ese verdadero templo de Dios? De ello nos ha hablado el apóstol cuando nos recuerda que nosotros somos ese templo de Dios. ‘¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?’ nos dice el apóstol.

Bien lo recordamos como hemos sido ungidos en nuestro bautismo, consagrados con el Cristo Santo para ser una cosa con Cristo, sacerdotes, profetas y reyes, pero para convertirnos en ese templo del Espíritu, morada de Dios en medio de los hombres. Si nosotros confesamos que Jesús es el Emmanuel, Dios con nosotros, cuando por nuestra consagración bautismal hemos sido convertidos en ese templo del Espíritu, en esa morada de Dios, podemos decir que tenemos que ser signos de ese Emmanuel, ese Dios con nosotros, por la santidad de nuestra vida, por nuestra identificación, configuración con Cristo, en medio del mundo que nos rodea.

Creo que son cosas que nos tienen que hacer pensar. Nos admiramos y llenamos de gozo con la belleza de nuestros templos, queremos lo mejor para nuestra Iglesia y nos gastamos lo que sea necesario para mantenerlas dignas y bellas de manera que incluso puedan ser admiración para quienes las visitan, porque además queremos que sean en verdad ese signo religioso, ese signo de la presencia de Dios en medio de nuestros pueblos.

Y aquí viene la pregunta que tenemos que hacernos. ¿Nos habremos olvidado los cristianos de cómo por la santidad de nuestras vida tenemos que ser ese Emmanuel, ese signo de Dios con nosotros en medio del mundo? ¿Hacemos lo mismo por cuidar nuestra santidad personal que lo que hacemos por mantener bellas nuestras iglesias?  Puede ser un interrogante muy serio e importante que nos hagamos a nosotros mismos.

 

viernes, 8 de noviembre de 2024

Siempre podemos tener un momento de lucidez, de sensatez para enderezar nuestros pasos, para corregir errores, para enmendar los yerros que hayamos podido cometer

 


Siempre podemos tener un momento de lucidez, de sensatez para enderezar nuestros pasos, para corregir errores, para enmendar los yerros que hayamos podido cometer

Filipenses 3, 17 – 4,1; Salmo 121; Lucas 16, 1-8

La vida y el mundo se nos están convirtiendo en una loca carrera en la que al final terminamos arrastrándonos los unos a los otros y cayendo en el mismo abismo. Todos hemos contemplado en alguna competición como en un determinado momento en que todos corren por el triunfo y apelotonados el tropiezo de uno hace caer a los demás formándose un revolcón indescriptible, donde muchos van a salir mal heridos.

¿Cómo mantener el equilibrio para no caer en ese tropiezo colectivo? Será necesario saber mantener las distancias, saber cada uno su lugar y lo que tiene que hacer, estar en el mejor momento de atención para no dejarnos arrastrar y caer todos en lo mismo. Algunas veces nos puede parecer poco menos que imposible salir de situaciones así, pero algunos lo logran y pueden alcanzar un justo triunfo. Habrá que saber enderezar bien nuestros pasos para no dejarnos envolver.

No es solo de una carrera deportiva de la que estamos hablando sino del camino que tiene que ser nuestra vida. Muchas veces parece que buscamos el camino que nos parece más fácil, pero que no siempre es el más correcto. Muchas veces podemos incluso tropezar y cometer errores en nuestro camino, con el daño que nos hacemos a nosotros mismos, pero con el daño que podemos hacer también a los demás. ¿Tendremos un momento de lucidez, de sensatez para enderezar nuestros pasos, para corregir errores, para enmendar los yerros que hayamos podido cometer?

En el evangelio hoy Jesús nos pone una parábola que muchas veces nos ha costado entender. Habla de un administrador injusto al que se le está pidiendo cuentas de su administración. No ha sido buena la administración que ha hecho. Los administradores muchas veces aumentaban injustamente los intereses o hacían malversación con las cuentas que tenían que llevar, buscando sus ganancias; el dinero negro que muchas veces decimos. Ahora se encuentra en una situación difícil porque se va ver desposeído de todo lo que mal había ganado y se iba a quedar en la calle. Con astucia hace sus arreglos con aquellos que le debían dinero a su amo, quizás podemos pensar quitando aquellos intereses abusivos. Los que se veían beneficiados, podrían tener compasión de él.

Es lo que se alaba al final de la parábola, no que hubiera actuado injustamente con sus robos, sino la astucia para encontrar una salida, que podía parecer pérdida, pero que en el fondo le haría sentirse liberado de lo mal que había hecho. ¿Tendremos la astucia para encontrar salidas a las situaciones en las que nos hemos metido en la vida?

Siempre hay tiempo para enderezar el camino, siempre hay tiempo para encontrar ese momento de lucidez de reconocer los errores que hemos cometido, siempre hay tiempo para una buena palabra que pida una disculpa, reconozca su error y sea capaz de pedir perdón. No siempre lo tenemos todo perdido.

Ya sé que en este mundo nuestro no siempre nos vamos a encontrar con esas personas comprensivas y compasivas que nos ofrezcan caminos de misericordia y de perdón. Siempre hay almas buenas y ya sería un gozo el encontrarlas. Pero sabemos quien es de verdad compasivo y misericordioso con nuestros fallos y pecados. Contamos siempre con la misericordia del Señor, pero el Señor también pondrá a nuestro lado personas que nos comprendan, que nos animen, que nos tiendan la mano aunque no lo merezcamos, seamos capaces de ver en esas personas una señal del amor que Dios nos tiene.

Y seamos nosotros capaces también de ofrecer esa misma comprensión a los demás. ¿Quiénes somos para juzgar cuando nosotros estamos tan llenos de miserias y de pecado? En esa loca carrera de la vida Dios siempre pondrá señales a nuestro paso para que siempre podamos reencontrar el camino recto.

jueves, 7 de noviembre de 2024

Con la fuerza del Espíritu del Señor el hombre puede siempre transformar su corazón, siempre tiene que resplandecer la misericordia y el amor

 


Con la fuerza del Espíritu del Señor el hombre puede siempre transformar su corazón, siempre tiene que resplandecer la misericordia y el amor

Filipenses 3, 3-8ª; Salmo 104; Lucas 15, 1-10

Siempre hemos oído decir, y además dicho con mucha seriedad y muchos razonamientos, que una manzana podrida en el cesto dañará a todas las manzanas, y lo mejor que podemos hacer es quitarla. Esta bien ese razonamiento, pero lo que ya no me parece tan claro, sobre todo después de escuchar el evangelio de hoy, es que eso lo apliquemos con la misma rigidez a las personas. Son los consejos que tantas veces hemos escuchado y dado nosotros también queriendo precaver la inocencia o el corazón limpio de los demás.

Y digo que no me parece tan claro después de escuchar el evangelio de hoy. También los fariseos consideraban como manzana podrida a los publicanos, que en fin de cuentas era una profesión, y a todos los que asimilaban a ellos como pecadores. Precisamente vemos las reservas, los comentarios que se tienen entre ellos porque Jesús como con publicanos y pecadores; quien se mezcla con esa clase de gente es que son como ellos, estarían pensando. Y ofrecen ese comentario en el descrédito que quieren sembrar sobre Jesús, su enseñanza y su vida.

Pero ¿qué nos está enseñando Jesús? Las personas no somos simplemente una manzana que cuando se pudre ya no hay nada que hacer con ella. Las personas tienen la posibilidad del cambio y de la conversión. Es precisamente lo que Jesús anuncia y pide para todos desde el comienzo de su predicación. Si en las personas no hubiera esa posibilidad del cambio, inútil sería la predicación de Jesús que está invitando siempre a la conversión y nos está manifestando continuamente lo que es la misericordia del Padre. Esto ya tendría que hacernos pensar y ver si de alguna manera nosotros no seguimos manteniendo la misma actitud que tenían los fariseos.

Por eso Jesús acoge a los pecadores y come con ellos. Porque como nos dirá en otro momento El es el médico que ha venido para sanar a los que están enfermos, y los signos y milagros que realiza cuando cura a los paralíticos o a los leprosos, devuelve la vista a los ciegos o hace hablar a los mudos es el signo de esa sanción más profunda que Jesús quiere para el hombre, quiere para nosotros.

Por eso hoy nos habla de la oveja perdida que va a buscar por montes y barrancos hasta que la encuentra. O nos habla de la mujer que barre y revuelve toda la casa hasta que encuentre la moneda que se le había perdido. Son imágenes que nos están hablando de esa misericordia de Dios, que nos busca porque nos ama, que quiere el bien para nosotros y que seamos sanados en el amor.

No cuesta reconocer que somos esa oveja perdida, porque siempre nos consideramos buenos, nos cuesta reconocer que hay extravíos en nuestra vida, porque todos nos equivocamos, cometemos errores, nos llenamos de confusión y no sabemos siempre discernir lo que es lo bueno que tenemos que hacer, porque también hay malicia y maldad en el corazón para dejarnos llevar por ambiciones o fantasías, por vanidades o por resentimientos, porque somos débiles y perdemos la intensidad que tendría que tener nuestro amor y caemos en el egoísmo y en la insolidaridad.

Grande puede ser nuestro pecado, porque no somos santos, pero más grande siempre será la misericordia y la compasión infinita de Dios. Acaso tendríamos que reconocer esa ceguera que tantas veces se nos mete en la vida que nos hace creernos superiores y que no aceptamos la posibilidad de cambio también de los que a nuestro lado, igual que nosotros, también cometen errores. Con la fuerza del Espíritu del Señor el hombre puede siempre transformar su corazón. No somos nadie para apartar a un lado a nadie porque lo consideremos un pecador. Siempre tiene que resplandecer la misericordia y el amor.

miércoles, 6 de noviembre de 2024

Palabras del evangelio que nos comprometen, que no son el entusiasmo de un día, palabras de vida que nos hacen encontrar el camino de la salvación

 


Palabras del evangelio que nos comprometen, que no son el entusiasmo de un día, palabras de vida que nos hacen encontrar el camino de la salvación

Filipenses 2, 12-18; Salmo 26; Lucas 14, 25-33

Habremos escuchado o lo hemos utilizado nosotros mismos un día que viene a manifestar la superficialidad y novelería con que muchas veces nos tomamos las cosas, y las cosas serias. ‘¿A dónde vas Vicente? A dónde va la gente’. Somos noveleros, allí donde se aglomera la gente enseguida nos apuntamos; decimos que para saber si ocurrió algo malo donde podamos poner algún remedio, sino que en el fondo buscamos el chascarrillo, lo que luego vamos a comentar, la curiosidad de la novedad sin fijarnos quizá en el valor que la cosa pueda tener en sí misma y allá vamos corriendo de un lado para otro, con los correspondientes comentarios, con las noticias que queremos llevar a todos, no tanto por el valor que tenga en sí mismo lo que haya sucedido sino desde esa novelería en que siempre vamos buscando algo nuevo.

Y sucede en muchos aspectos de la vida, y nos sucede en las expresiones religiosas que podamos tener de nuestra fe. Allí donde fue el último milagro estamos enseguida para apuntarnos; allí en esos lugares mágicos y a los que hemos dado fama de milagrosos enseguida nos apuntamos para ir, y organizamos peregrinaciones y marchas, y nos encontraremos aglomeración de gentes llegadas de todas partes, que muchas veces lo que andan buscando es el recurso fácil para solucionar los problemas de cada día.

Hoy nos dice el evangelio que ‘mucha gente acompañaba a Jesús’ en su caminar de aldea en aldea cuando iba anunciando el evangelio del nuevo Reino de Dios. Pero Jesús se detiene y se vuelve hacia ellos para hacerlos pensar. ¿Qué buscan o por qué van detrás de El? Y les dice que las cosas hay que pensárselas bien. No es solo aquello que a donde va Vicente va toda la gente, sino que tenemos que ir a algo mucho más hondo, porque el Reino de Dios que El está anunciando tiene que ser algo muy comprometedor en sus vidas.

Y les pone unas comparaciones o ejemplos. Y habla del que quiere realizar una construcción, una torre dice, un granero, un depósito para almacén sus cosechas quizás, una casa donde vivir, sea lo que sea, hay que pensárselo antes a ver si en verdad hay posibilidades de poder alcanzar eso que son sus deseos, su torre, su almacén o lo que sea. Hay que pensar si lo puede realizar y cuenta con medios, para que no se quede a medias y sea el hazmerreír de las gentes.

O les habla del rey que va a emprender una guerra, una batalla. Tiene que pensar antes si tiene medios y fuerza para emprender esa batalla y ganarla; si no va a poder conseguirlo, mejor es antes ir a buscar condiciones de paz, a razonar las cosas.

Muchos están siguiendo a Jesús, ¿de verdad tienen claro lo que significará ese seguimiento de Jesús? Y les habla de entrega como les habla de amor hasta la muerte, les habla de que hay que saber escoger y seleccionar bien lo que se está buscando haciendo una verdadera escala de valores para encontrar y para buscar lo que es lo principal. Y eso significará sacrificios, eso puede significar también renuncias, eso significará tener que dejar quizás el camino que están haciendo porque seguir a Jesús es encontrar otro camino.

Y esas elecciones son fáciles, porque siempre tenemos la tentación de ir a buscar lo que es más fácil y más cómodo. Por eso de alguna manera el seguir a Jesús es seguir un camino de cruz. Jesús tuvo que tomarlo porque quería lo mejor para nosotros, y cargó la cruz y subió hasta el calvario en un camino de fidelidad total al Padre del cielo. ¿Seremos capaces nosotros de seguir un camino de fidelidad así?

No es buscar la cruz por la cruz, es buscar un camino de entrega y de amor, y siempre los caminos de entrega y de amor no son fáciles. Aunque el amor sea lo más sublime del mundo, el que ama sufre también porque siempre estará buscando lo mejor. Y tendrá que arrancarse de cosas que incluso le parecían buenas pero que ahora ha encontrado algo mejor, y se pueden encontrar con desgarros del corazón. Seguir a Jesús no es el mero entusiasmo de un rato o de un día porque quizás contemplamos la realización de un milagro, es algo que tiene que comprometer toda nuestra vida. El milagro tiene que producirse en nosotros cuando nos comprometemos totalmente por el camino de Jesús.

Ahí están las palabras del evangelio, que tenemos que saber escuchar en lo hondo del corazón, aunque parezca a veces que nos hieran, pero son palabras de vida; en ellas encontramos el verdadero camino de salvación.


martes, 5 de noviembre de 2024

Bienaventurado el que coma en el Reino de Dios… el banquete está preparado… Jesús nos invita esperando nuestra respuesta

 



Bienaventurado el que coma en el Reino de Dios… el banquete está preparado… Jesús nos invita esperando nuestra respuesta

Filipenses 2, 5-11; Salmo 21; Lucas 14, 15-24;

Había una persona que había tenido noticia que un pariente iba a celebrar la boda de su hija, hasta ahora no lo habían invitado aunque él tenía unos grandes deseos de ir a esa boda, a ese banquete; finalmente le llegó la invitación, se preparó como pudo para no quedar mal ante sus parientes y se dispuso a ir a la boda y correspondiente banquete; una gran fiesta y una comida preparado, como se suele decir, por todo lo alto, pero cuando fueron sirviendo las distintas viandas preparadas para el caso nuestro amigo se llevó un chasco; la comida era muy refinada, pero él no estaba acostumbrado a ese estilo y prácticamente casi no comió nada; al final salió protestando porque según él lo que habían servido no valía para nada y él prácticamente se había quedado con las ganas. Eran otros sus gustos y apetencias, aquello fue como un fracaso para las ilusiones que había tenido.

Es un hecho real lo que cuento, de alguien que yo he conocido que me ha venido a la memoria al escuchar hoy el evangelio. Jesús estaba invitado en casa de unos fariseos, y alguien se expresó públicamente qué bueno sería sentarse a la mesa del Reino de Dios. ¿Una referencia a lo que Jesús anunciaba de la inminencia del Reino de Dios? ¿Hasta donde llevarían en verdad esos deseos que ahora manifestaba?

Jesús les viene a decir que muchas pueden las manifestaciones y deseos que se tengan del Reino de Dios, como un banquete al que estamos invitados, pero que nos puede suceder que cuando llegue ese momento nosotros no estemos por la labor de participar en ese banquete. Y para eso les propone una parábola que todos bien conocemos.

El Rey que prepara el banquete de bodas de su hijo para el que tiene muchos invitados y a la hora del banquete manda llamar a los invitados. ‘El banquete está preparado’. Pero otros eran los intereses de aquellos invitados porque todos comenzaron a dar sus disculpas para no asistir. No quería probar bocado de aquel banquete. Tenían otras apetencias u otros gustos. Serían ahora otros los invitados.

¿Qué nos está queriendo decir Jesús? ¿Cuáles son realmente nuestros intereses concretos en relación a lo que Jesús nos ofrece? Muchas veces hasta nos manifestamos muy religiosos; no faltamos a una fiesta como no faltamos a un entierro, nos hemos preocupado muy mucho de bautizar a nuestros hijos, y que no pase mucho tiempo después del nacimiento y lo hemos celebrado también por todo lo alto, nos preocupamos de que nuestros niños hagan la primera comunión y ya haremos todos los esfuerzos para celebrarlo a lo grande, pero ¿llegaremos a pasar de ahí a algo más en nuestra vida para decir que somos cristianos? Bueno, no hay nadie que lo sea más que yo, nos atrevemos a decir, pero veamos realmente por donde anda nuestra vida.

¿Cuáles son en verdad los valores que nosotros tenemos o los valores con los que tratamos de educar a nuestros hijos? ¿Dónde está o hasta donde llega nuestra participación en la vida de la comunidad cristiana? ¿Solo porque venimos a la fiesta y a la procesión o un día vamos a un santuario de nuestra devoción y por eso nos creemos más cristianos que nadie? ¿Llegaremos a tener entre nosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús, como nos decía el apóstol Pablo?

Como aquellos invitados a la boda que prefirieron otras cosas, que se marcharon a sus cosas, o que no les gustaba lo que allí se les ofrece, como le sucedía al amigo del que hablaba al principio que no le gustaba las viandas del banquete. No terminamos de saborear de verdad lo que es el Reino de Dios del que nos habla Jesús, no terminamos de saborear el evangelio, la Palabra de Dios y nos buscamos otras cosas con las que pretendemos llenar nuestra vida.

Bienaventurado el que coma en el Reino de Dios… el banquete está preparado… Jesús nos está invitando, ¿Cuál es nuestra respuesta?

lunes, 4 de noviembre de 2024

Vamos demasiado indiferentes o interesados caminando por la vida y tenemos que romper ya de una vez por todas esas barreras que nos estamos interponiendo los unos con los otros

 


Vamos demasiado indiferentes o interesados caminando por la vida y tenemos que romper ya de una vez por todas esas barreras que nos estamos interponiendo los unos con los otros

Filipenses 2,1-4; Salmo 130; Lucas 14,12-14

Un día le hicimos un favor a alguien, le prestamos un servicio, y el otro muy agradecido vino con muchas muestras de gratitud porque lo sacamos de un apuro, le ayudamos a resolver un problema, lo que sea, pero nosotros quizás le dijimos que no tenía importancia, que no merecía tales muestras de gratitud, porque en fin de cuentas ‘hoy por ti, mañana por mí’, y nos quedamos todos tan tranquilos.

Están bien esas muestras de correspondencia entre unos y otros que así nos manifestamos, y eso está como muy metido en la entraña de la gente, hoy te ayudo, mañana me ayudas; que hay que hacer una obra extraordinaria donde se necesitan muchos voluntarios, allá estamos porque los vecinos estamos para ayudarnos los unos a los otros, y quien a nadie ayuda, solo se verá porque nadie entonces le ayudará.

Pero ¿nos podemos quedar tan satisfechos con esa manera interesada de actuar, de ayudarnos? Como aquellos que dicen que son buenos amigos de sus amigos, pero ¿y de los demás? ¿No habrá como un vacío que rellenar de alguna manera debajo de todo eso?

Así vamos caminando por la vida, pero Jesús quiere ayudarnos a que cambiemos la visión, la perspectiva. Comemos con un amigo, con un extraño nos sentimos incómodos. Normalmente nos reunimos los que somos amigos, y está bien, pero ¿solo voy a entrar en comunicación con aquellos que tengo siempre a mi lado porque son mis amigos y ya se como sienten y como piensan? ¿No estaremos cerrando demasiado el círculo?

El amor generoso de verdad tiene que ser gratuito, es algo que regalamos, es algo de lo que nos desprendemos, porque es salirnos de nosotros mismos para ir al encuentro del otro, sea quien sea. Nos cuesta entenderlo, nos cuesta hacerlo en la práctica de nuestra vida, porque algunas veces aunque lo veamos claro, sin embargo no tenemos la decisión de comenzar a hacerlo. Pero en algo tiene que diferenciarse el amor cristiano.

Es lo que está planteando Jesús. Y además, podíamos decir, con cierta osadía. En este caso no es la gente que habitualmente viene a escucharle, ni son los discípulos que ahora ya le siguen por todas partes. Está en la boca del lobo, casi nos atreveríamos a decir. Lo han invitado unos fariseos a comer. Por supuesto, eran todos del mismo grupo. Ya al comienzo de la comida – tendríamos que haber leído este texto en días pasados pero con las celebraciones habidas se nos ha quedado en el tintero – Jesús había estado observando poco menos que los codazos que se daban unos a otros por intentar ocupar los puestos más principales, más honoríficos de la mesa; ya les había dicho, entonces, que cuando fueran invitados a comer ocuparan los últimos puestos, que ya el anfitrión se encargaría de subirte a mejores lugares si así lo consideraba.

Pero ahora Jesús da un paso más. Como solemos decir los canarios, no tenía papas en la boca, o sea que no se callaba lo que El consideraba que tenía que decir. Viendo el tipo de gente que estaba invitada a aquella mesa es cuando lanza el reto. ‘Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; y serás bienaventurado, porque no pueden pagarte; te pagarán en la resurrección de los justos’.

Y ahora no nos dice nada más el evangelio en este texto que hoy se nos propone. ¿Cómo se quedaría aquel fariseo que había invitado a Jesús, o aquellos fariseos que le acompañaban a la mesa? ¿Cuál sería nuestra reacción si nos encontráramos en las mismas circunstancias? ¿Lo habremos pensado quizás en algunas de esas comidas que hacemos en fiestas, en cumpleaños? ¿Seríamos capaces de planteárnoslo a ver cómo lo resolvemos en las ya cercanas cenas de navidad?

Pero no tenemos que buscar ocasiones extraordinarias. Pensemos en ello cuando buenamente estamos sentados a nuestra mesa en nuestra comida normal de todos los días. ¿A quien seriamos capaces de invitar a nuestra mesa? 

Pero no es ya el invitar a comer en la misma mesa, sino es la actitud nueva que tiene que haber en nuestra vida con aquellos con los que cada día nos vamos encontrando en el camino, nos sentamos a su lado en el transporte publico, o están sentados en el mismo banco en la plaza, ahora que nos vamos encontrado con tanta gente que nos parece extraña, o esos emigrantes que nos llegan a nuestras tierras, y a los que no dirigimos quizás ni el más mínimo saludo.

¿No tendrían que ser otras las actitudes? Vamos demasiado indiferentes caminando por la vida y tenemos que romper ya de una vez por todas esas barreras que nos estamos interponiendo los unos con los otros. Y lo reflexiono y lo digo en alta voz para ver si yo también soy ya de una vez por todas de cambiar mis cobardías e indiferencias.

domingo, 3 de noviembre de 2024

Hemos de tener en cuenta la advertencia que hoy desde el amor de Dios se nos hace, ‘¡Escucha!’, no lo olvides, tenlo siempre presente en tu vida, recomendación de quien nos ama

 


Hemos de tener en cuenta la advertencia que hoy desde el amor de Dios se nos hace, ‘¡Escucha!’, no lo olvides, tenlo siempre presente en tu vida, recomendación de quien nos ama

Deuteronomio 6, 2-6; Sal. 17; Hebreos 7, 23-28; Marcos 12, 28b-34

Alguna vez cuando alguien ha querido recalcarnos algo, para que lo tengamos en cuenta, para que no lo olvidemos, nos repite una y otra vez, ‘escucha lo que te estoy diciendo, escucha bien…’ y nos dice lo que tiene que decirnos. Es la recomendación de un padre o de una madre con su hijo cuando se pone serio ante algo que no está haciendo bien, es la explicación del profesor cuando nos pone una norma de disciplina para la clase, son las palabras serias del amigo que nos está recordando algo que parece que hemos olvidado para mantener viva nuestra amistad. ‘Tenlo bien presente, que no te lo repito’, nos dicen algo así.

Es lo que nos está diciendo y recalcando la Palabra de Dios que hoy se nos proclama. Pero nos está diciendo o preguntando si es que estamos buscando una sabiduría para la vida, algo en lo que encontremos sentido para nuestras cosas y para lo que vivimos, si en verdad queremos hacer un camino recto y un camino de fidelidad. Y nos dice y nos repite ‘escucha, Israel… escucha, Israel’ por dos veces nos lo repite en el libro del Deuteronomio.

Eran como las recomendaciones finales que Moisés les hacía al pueblo cuando ya estaban casi terminando el camino de desierto y estaban a las puertas de la tierra prometida. Y les recuerda que lo tengan bien presente, porque cuando lleguen a una vida más fácil donde puedan recoger cosechas, donde puedan obtener el fruto de una tierra que trabajen y vengan días de prosperidad, será algo que fácilmente pueden olvidar. Mientras iban por el desierto con sus sacrificios y dificultades parece que les era más fácil acudir a Dios para que les ayudara salir un día de aquel duro desierto, pero cuando se valieran por si mismos en la prosperidad podía olvidarlo todo. Por eso les dice que tienen que tener estas palabras bien grabadas en el corazón.

Y ahora les recuerda que el Señor su Dios es solamente uno, al que adorarán y al que amarán sobre todas las cosas. ‘Escucha, Israel: El Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo. Amarás, pues, al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Estas palabras que yo te mando hoy estarán en tu corazón’. Es el mandamiento del Señor que nunca podrán olvidar y del cual se deducirán todos los comportamientos que han de tener los unos con los otros.

Y para cumplir este mandato de guardar estas palabras en su corazón se inventarán las filacterias, aquellas franjas de tela en las que trascribían estas palabras para atarlas al puño o en la cabeza para decir que las tenían siempre presentes, aunque luego no se destacaran por ese amor a Dios sobre todas las cosas. ¿Serán las medallitas o cruces que nos colgamos como adorno al pecho o donde sea sin que nuestra vida en verdad esté adornada de unos valores cristianos?

El evangelio nos relata el que un maestro de la ley viene a preguntarle a Jesús por el mandamiento que tenia que ser fundamental y principal en la vida. Era en cierto modo normal en sus escuelas rabínicas que tuvieran sus discusiones teológicas que les ayudaran a profundizar en lo que verdaderamente era la ley del Señor, después sobre todo de la cantidad de normas y preceptos que se habían multiplicado en sus interpretaciones de la ley mosaica. Como en nuestras escuelas de teología, en nuestros círculos de estudio, en nuestras lecturas y reflexiones en tantas y tantas reuniones que nos hacemos también nosotros. Creo que no tendríamos que ver maldad en la pregunta de este escriba sino un deseo, ¿por qué no sincero?, de querer profundizar en lo que era la ley del Señor. ‘Un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: ¿Qué mandamiento es el primero de todos?

Ya escuchamos la respuesta de Jesús que no hace otra cosa que recordar lo escrito en la ley y que todos conocían muy bien porque hasta repetían a la manera de oración en muchos momentos del día, o al entrar o salir de casa. ‘El primero es: Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser’. Pero Jesús añade algo más. ‘El segundo es este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que estos’. A lo que aquel escriba acepta, por así decirlo, su concordancia, porque nada más tenía que añadir. ‘Muy bien, Maestro, sin duda tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios’.

No estás lejos del Reino de Dios’, le dirá Jesús. El amor a Dios y el amor al prójimo que no podemos de ninguna manera separar. No puede haber amor a Dios verdadero si no amamos también al hermano. Porque en ese amor al hermano estamos reflejando el amor de Dios, porque es con la mirada de Dios con la que tenemos que mirar al hermano. Siempre ese prójimo, sea quien sea, venga de donde venga, será para mí un hermano porque también está siendo amado con el amor de Dios, en él se manifiesta el amor de Dios que a él también lo tiene como hijo. ¿Pretenderemos, acaso, enmendarle la plana a Dios y decir que el otro no merece ese amor? Con nuestras discriminaciones lo estamos haciendo. Esto tiene muchas consecuencias.

Claro que tenemos que tener bien en cuenta esa advertencia. ‘¡Escucha!’, no lo olvides, tenlo siempre presente en tu vida. Es la recomendación de quien nos ama.

sábado, 2 de noviembre de 2024

Pongamos nuestra fe en Jesús y no se nos romperá la vida ni será un vacío, nuestra vida tendrá un sentido de plenitud porque sabemos que en Dios tendremos vida en plenitud

 


Pongamos nuestra fe en Jesús y no se nos romperá la vida ni será un vacío, nuestra vida tendrá un sentido de plenitud porque sabemos que en Dios tendremos vida en plenitud

Apocalipsis 21, 1-5a. 6b-7; Salmo 24; Filipenses 3, 20-21; Juan 11, 17-27

Todos habremos pasado en algún momento de nuestra existencia por esa ruptura del alma que ha significado la muerte del padre o de la madre, o de algún ser querido, por esos vacíos que quedan en el alma por la ausencia de los seres queridos, y aunque hayamos querido remendar esos rotos del alma sustituyéndolos con otros cariños, o de alguna manera olvidar esas ausencias, sin embargo no podemos quedarnos en el estoicismos de la indiferencia ante ese hecho de la muerte. Muchas preguntas quedan siempre pendientes, muchos interrogantes que lanzamos al cielo o que nos remuerden en nuestro interior para los que queremos una respuesta, que muchas veces se nos hace difícil encontrar.

En nosotros hay un ansia de vida y de vida en plenitud, todo eso bueno de lo que ahora podemos disfrutar tenemos el deseo de vivirlo sin sombras que lo palidezcan, porque queremos encontrar un sentido, saber de donde venimos y a donde vamos, qué valor tienen los pasos que vamos dando aquí en la tierra, y tenemos los deseos de una continuidad que no queremos ver rota con la muerte. Nuestra fe en Jesús nos ayuda a encontrar esa respuesta y ese sentido.

En el evangelio que habitualmente se nos proclama en esta conmemoración de los fieles difuntos que hoy celebramos se nos habla de una familia rota también por la muerte de uno de sus miembros, aparecen las quejas del alma de quienes no entienden esa ruptura de la vida y quejas que van dirigidas a Jesús, porque según aquellas mujeres, no supo estar a tiempo en aquellos momentos. Cuando llegó, ya Lázaro llevaba cuatro días enterrado, y ellas pensaban que si Jesús hubiera estado allí eso no habría sucedido.

Pero tenemos que leer y escuchar con atención este evangelio; sí, es evangelio, sigue siendo buena noticia para nosotros hoy, sigue siendo buena noticia para aquellos que sufren la ruptura y el vacío de la muerte; es anuncio de vida para nosotros hoy, como lo fue para aquella familia de Betania que a pesar de todo seguía creyendo en Jesús, poniendo su confianza en Jesús y en su Palabra.

‘Tu hermano resucitará’, les dice Jesús. En ellas estaba su fe y su esperanza en la trascendencia final de la vida, pero Jesús quiere ayudarles a descubrir algo más. No solo es cuestión de restitución de la vida mortal lo que Jesús les está ofreciendo. Les habla de quien cree en El tendrá vida para siempre. La vida no se queda reducida a los pasos inseguros que podamos dar por los caminos de esta tierra, Jesús nos habla de otra vida más hondo que dará valor a esos pasos, que nos dará fuerza para esos pasos en los que muchas veces nos podamos sentir inseguros y vacilantes, nos habla del valor nuevo que va a tener nuestra vida cuando dejemos que sea la vida de Jesús la que llene nuestra vida. Y todo eso con valor de eternidad.

¿Qué es lo que le va a dar valor a esos pasos, nos va a dar fuerza para nuestro camino, hará que no sintamos que nuestra vida sea un vacío? Sigamos a Jesús, vivamos lo que Jesús nos ofrece, llenemos desde el amor de sentido nuestra vida, la responsabilidad con que vivimos la vida de cada día la hará fecunda y comenzarán a florecer los frutos del amor, de la amistad verdadera, de la paz y armonía en la convivencia, de unas relaciones justas entre unos y otros, de la verdad que dará autenticidad a nuestra existencia. Será una huella hermosa la que iremos dejando, será un oloroso perfume con que hagamos más agradable nuestro mundo, aparecerá la fecundidad de una vida que se prolonga en quienes vienen tras nosotros en ese camino y en cuantos nos rodean.

Hoy Jesús nos dice que creamos en El y tendremos vida eterna. Pongamos nuestra fe en Jesús y no se nos romperá la vida ni nos llenaremos de vacíos, nuestra vida tendrá un sentido de plenitud distinta, no temeremos la muerte porque sabemos que en Dios tendremos vida en plenitud.

viernes, 1 de noviembre de 2024

Todos los santos, hombres y mujeres como nosotros que vivieron en las cosas sencillas de cada día la fidelidad del amor

 


Todos los santos, hombres y mujeres como nosotros que vivieron en las cosas sencillas de cada día la fidelidad del amor

Apocalipsis 7, 2-4. 9-14; Salmo 23; 1Juan 3, 1-3; Mateo 5, 1-12a

Lo hemos escuchado no hace muchos días en el evangelio en medio de la semana; algunos de los que acompañaban a Jesús en su camino hacia Jerusalén al escucharle sobre el anuncio que Jesús les iba haciendo en el camino, en una conversación distendida y llena de imágenes sencillas, como Jesús solía hablarles, se atrevieron a preguntarle a Jesús si eran muchos o eran pocos los que se salven.

Era también una pregunta muy frecuente que le hacían quizás desde diferentes enfoques y por supuesto según el sentido de salvación que ellos tenían, o desde aquellas discusiones que entre ellos se tenían sobre todo en las escuelas teológicas donde se formaban los que habían de ser futuros maestros de la ley el pedir como una pauta, unas reglas, unos protocolos que diríamos hoy que tanto están de moda para todo, para alcanzar el Reino de Dios. ¿Qué he de hacer para heredar la vida eterna? ¿Cuál es el mandamiento primero y principal? Son preguntas que se van repitiendo, algunas veces también con la malévola intención de ver cómo podía cazar a Jesús por sus propias palabras.

Nosotros también buscamos pautas y reglas, aunque sea de mínimos porque no nos atrevemos a que se nos presenten cosas muy exigentes. Hoy casi como al principio del evangelio y cronológicamente de lo que fue la predicación de Jesús se nos da respuesta. Pero no poniéndonos unos mandamientos; más bien sugiriéndonos unas actitudes que marcarían y darían sentido a nuestras vidas.

Con toda solemnidad nos lo presenta el evangelista, en lo que pudiera parecer una compilación de lo que fue el conjunto de la predicación de Jesús. Sentado en el monte, con sus discípulos alrededor, pero con una muchedumbre inmensa y variada repartida por las faldas de la montaña y en la llanura. Pero a pesar de la solemnidad las palabras de Jesús sorprenden. Porque no solo está hablando a aquella muchedumbre variada allí reunida, sino que está hablando precisamente de esa misma muchedumbre. Habla de pobres y de gente sencilla, habla de personas deseosas de un mundo nuevo pero de personas que no han manchada la pureza, que hasta pudiera parecer inocente, de sus corazones; habla de gente que sufre y que tiene hambre, habla de los que son incomprendidos por las inquietudes que tienen en su corazón y también de aquellos que intentan en la vida dejar a un lado. Y a todos y de todos les dice que pueden ser felices, que, aun en esas situaciones que viven, son dichosos porque de ellos es el Reino de los cielos.

¿Sorpresa en las palabras de Jesús? Un bálsamo de esperanza, un despertar en los corazones la ilusión por algo nuevo que pueden conseguir, que pueden vivir; un interrogante que se abre en sus vidas pero que les hará buscar el modo, el camino ara hacer todo eso realidad; un sentir que las esperanzas se pueden cumplir y que no todo en la vida es negro y oscuro, sino que siempre pueden aparecer rayos de luz que nos ayudan a caminar; un darnos cuenta que merecen la pena esas inquietudes que algunas veces nos pueden llenar de sufrimiento y angustia porque nos parece que no se puede salir de ellas, pero que ahora se dan cuenta de que es posible porque algo nuevo se está gestando en la vida y en los corazones.

Pero eso no solo lo sintieron los que aquel día estaban en la llanura y al pie del monte cuando Jesús pronunció estas bienaventuranzas, sino que es algo que nosotros hoy también hemos de sentir porque nos estamos dando cuenta de por donde ha de ir el camino del Reino de Dios que queremos vivir. Es para nosotros también un rayo de luz y de esperanza.

Y estamos escuchando este evangelio hoy que celebramos la fiesta de todos los santos, en que contemplamos también esa muchedumbre inmensa que nadie podría contar donde están todos esos de los que nos ha hablado Jesús en el sermón del monte. Cuando pensamos en los Santos, o cuando celebramos esta fiesta de todos los Santos podríamos pensar en quienes realizaron obras grandes y maravillosas, con un poder taumatúrgico extraordinario para realizar grandes milagros que salvarían a la humanidad, pero tenemos pensar en esos pobres y pequeños de los que nos habla Jesús en el evangelio, de quienes trabajaban allí donde estaban por la paz porque siempre iban buscando armonía y entendimiento entre todos y de los que querían con su mansedumbre ir sanando los corazones que sufrían no solo por unos males físicos o corporales sino por esas cosas que amargan y atormentan el corazón, de quienes buscaban el bien y se gastaban a si mismos por los demás aunque no fueran comprendidos en la generosidad de su buen hacer.

Hombres y mujeres como nosotros pero que supieron llenar sus vidas de amor, hombres y mujeres como nosotros con las mismas tentaciones de cansancio y de desgana que tantas veces nosotros también sufrimos, hombres y mujeres como nosotros que supieron ser fieles porque ponían sí totalmente su confianza en Dios pero también querían vivir en fidelidad con los que estaban a su lado haciendo el mismo camino. No hacían cosas extraordinarias, sino que de forma extraordinaria vivían las cosas pequeñas de cada día.

Es para nosotros un estímulo celebrar esta fiesta de todos los Santos y no es necesario pensar en grandes nombres, aunque nos venga por otra parte bien recordarlos para aprender de su ejemplo. Son esos santos de la puerta de al lado, esos santos que encontramos por la calle haciendo nuestros mismos recorridos, esos santos que encontraremos barriendo el patio de sus casas o sentados en la plaza en animada conversación con los amigos o en torno a una mesa donde reúnen a su familia, esos santos que no hace ruido ni cosas extraordinarias pero que en silencio van dejando una huella en el camino o nos van dejando el perfume de sus vidas. Abramos los ojos para que sepamos descubrirlos.

A ellos los llama dichosos Jesús. A nosotros también nos quiere llamar dichosos Jesús.

jueves, 31 de octubre de 2024

Nos hace falta dejarnos inundar por el Espíritu de Jesús para hacer de nosotros con valentía y arrojo un hombre nuevo capaz de realizar un mundo nuevo, el Reino de Dios

 


Nos hace falta dejarnos inundar por el Espíritu de Jesús para hacer de nosotros con valentía y arrojo un hombre nuevo capaz de realizar un mundo nuevo, el Reino de Dios

Efesios 6, 10-20; Salmo 143; Lucas 13, 31-35

Si sigues por ese camino vas a acabar mal, quizás habremos oído decir en alguna ocasión, no porque aquello que estuviéramos haciendo fuera algo malo – que también en ocasiones así pueden decírnoslo – sino porque con obstinación hemos querido seguir un camino emprendido, hemos querido llevar adelante algo que habíamos proyectado cuando sabíamos que a alguno no le hacía mucha gracia, o cuando hemos tomado determinaciones en asuntos importantes para nuestra vida, donde lo teníamos claro, pero otros quizás querían para nosotros caminos más fáciles. Pero nosotros teníamos claro lo que pretendíamos, lo que eran nuestras propuestas y no nos arredramos ante la dificultad o los presagios que nos pudieran hacer.

Eso le estaban queriendo hacer ver a Jesús. Y es curioso que los que venían con ese recado eran precisamente aquellos que más se enfrentaban a Jesús, los fariseos. Le dicen que a Herodes no le gusta lo que está haciendo Jesús con su predicación y que de alguna manera le busca como queriendo atentar contra su vida. Estaba en el recuerdo la reciente muerte a manos de Herodes de Juan el Bautista en las prisiones de Maqueronte. ¿Podría pasarle de la misma manera a Jesús?

Pero Jesús no tiene miedo. Sabe bien cuál es su misión. Sus momentos de duda y tentación quizás vinieron en aquellas tentaciones del desierto pero ahora ha emprendido el camino y sube decidido a Jerusalén. Hemos escuchado sus palabras que además tienen todo un sentido profético de lo que va a ser su pascua, su entrega, su muerte y su resurrección. Es la seguridad de la verdad y del amor. Es la sabiduría de Jesús.

Él lo había anunciado y también sus discípulos más cercanos poco menos que le habían dicho, como decíamos al principio, si sigues por ese camino vas a acabar mal; por eso Pedro le decía que lo que estaba anunciando no le podía pasar. Luego vendrá el momento en que Pedro le dirá a Jesús que está dispuesto a dar la vida por Él, pero aunque lleva consigo la espada que Jesús no quería que utilizara, sin embargo se dejó dormir en Getsemaní cuando en la oración tenía que fortalecer el espíritu y más tarde le negaría en el patio del pontífice.

¿Nos sentimos seguros nosotros en el camino del seguimiento de Jesús? ¿Tenemos en verdad con nosotros la certeza de la fe? ¿Estamos en verdad decididos a afrontar lo que sea a causa de nuestro seguimiento de Jesús, de la vivencia de los valores del evangelio? ¿Estamos convencidos y desde ese convencimiento damos testimonio del evangelio?

Reconocemos que algunas veces nos cuesta; son muchas las voces que nos tientan a nuestro alrededor. Cuántas veces habremos escuchado a algunos que nos dicen que para ser cristiano no hace falta tanto, que con que cumplamos con algunas cosas y seamos más o menos buenos ya es suficiente.

A cuántas vocaciones, por ejemplo, el mundo que nos rodea trata de ponerle esas zancadillas para que la gente no se comprometa. La dejadez y la superficialidad con que se viven tantas cosas se nos presentan como un atractivo y una manera de actuar a lo cómodo y cuando alguien con radicalidad quiere vivir una vida de compromiso con cuántos vacíos se encuentra a su alrededor.

Nos hace falta a los cristianos mayor compromiso, mayor radicalidad en su vida, ser capaces de vivir nuestra fe con todas sus consecuencias reflejándose en toda nuestra vida, en nuestros trabajos, en nuestra familia, en la tarea que realizamos en medio de la sociedad que queremos mejor. Muchas veces, a causa de esa tibieza con que vivimos la vida, parece como si eso de la fe fuera como un paréntesis para determinados momentos y no algo que tiene que envolver e impregnar totalmente nuestra vida, nuestras decisiones, nuestras posturas, todo lo que hacemos.

        Nos hace falta llenarnos, dejarnos inundar por el Espíritu de Jesús para hacer de nosotros un hombre nuevo capaz de realizar un mundo nuevo, el Reino de Dios en nuestra vida y en nuestro mundo. Como nos decía hoy san Pablo en la carta a los Efesios, ‘manteneos  firmes; ceñid la cintura con la verdad, y revestid la coraza de la justicia; calzad los pies con la prontitud para el evangelio de la paz. Embrazad el escudo de la fe... Poneos el casco de la salvación y empuñad la espada del Espíritu que es la palabra de Dios’.

miércoles, 30 de octubre de 2024

Vigilancia, y junto a ello perseverancia para permanecer hasta el final, para ser capaces de darlo todo, haya ese desprendimiento y generosidad, haya fidelidad

 


Vigilancia, y junto a ello perseverancia para permanecer hasta el final, para ser capaces de darlo todo, haya ese desprendimiento y generosidad, haya fidelidad

Efesios 6,1-9; Salmo 144; Lucas 13,22-30

‘La guagua se espera en la parada, y la misa en el altar’, me decían cuando era chico. La guagua, para los que no son canarios, es nuestra forma de llamar al transporte público, los autobuses. Con ese dicho se nos estaba enseñando en que no podíamos dormirnos. No podíamos dejar pasar la guagua – claro que en aquellos tiempos el transporte publico era más escaso y su frecuencia era menor – porque era perder la oportunidad. Había que estar en el momento oportuno, había que estar en lo que se estaba haciendo, era una forma de actuar con responsabilidad, asumir lo que en verdad era la vida.

Algo así nos está diciendo hoy Jesús en el evangelio. Hay que aprovechar este momento, porque puede que no se vuelva a repetir; hay que estar atentos, aunque eso cueste esfuerzo y sacrificio. Nos habla Jesús de puertas estrechas; quizás era una imagen muy oportuna en que las ciudades estaban rodeadas de murallas y tenían sus puertas de entrada. Según fuera el momento, según fuera lo que iba a entrar a aquella ciudad se utilizarían determinadas puertas; no todas tenían la misma grandiosidad y amplitud para que todo pudiera entrar; las puertas más habituales de entradas y salidas eran más pequeñas y estrechas; cualquier cosa no podía entrar por ellas, recordemos aquello que en otro momento Jesús nos hablará del ojo de la aguja por el que es difícil el paso de un camello cargado, aunque le sea más fácil que a un rico.

Cuando nos habla hoy Jesús de puerta estrecha no está queriéndonos decir que El nos pone dificultades; quiere hablarnos de nuestro esfuerzo, quiere hablarnos de esa atención que hemos de prestar, de esa vigilancia para no dejarnos dormir; y eso cuesta, como nos costará controlarnos para no dejarnos arrastrar por nuestra rutinas, para no dejarnos arrastrar por lo que sea una vida cómoda y llena de vanidades, para no dejarnos arrastrar por la tentación al egoísmo y la insolidaridad de solo pensar en mí mismo, para no dejarnos cautivar por nuestras ambiciones, afanes de grandeza o de los orgullos que nos quieren hacer subirnos a los pedestales. No es fácil ese control y ese dominio de nosotros mismos, no es fácil arrancarnos de esos apegos, nos cuesta limpiar el cristal con que miramos a los demás para que nuestra mirada sea más luminosa. Por eso nos habla Jesús de la puerta estrecha.

Si nos dejamos dormir se nos pasa la guagua, y luego querremos viajar pero ya no tenemos forma de hacerlo. Aquellos doncellas de las que nos hablará en otro momento en el evangelio no fueron previsoras para tener el aceite suficiente para que sus lámparas se mantuvieran encendidas y cuando quisieron entrar al banquete de bodas la puerta estaba cerrada, y ya no las reconocieron.

Hoy nos dice Jesús que no nos vale decir que en otro momento fuimos buenos, si no hemos mantenido esa perseverancia en nuestras vidas. Es que yo de pequeño fui monaguillo, dicen algunos, e iba a misa todos los días, pero ahora ya me olvidé de todo y hasta donde está la puerta de la Iglesia para entrar, porque hace tiempo que no entro. Es que yo antes colaboraba en muchas cosas, pero no supimos mantener ese espíritu de generosidad y desprendimiento y ahora solo me preocupan mis ganancias o mis placeres. Cuántos ejemplos podríamos poner en este sentido.

Nos dice Jesús. ‘Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta diciendo: Señor, ábrenos; pero él os dirá: No sé quiénes sois. Entonces comenzaréis a decir: Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas. Pero él os dirá: No sé de dónde sois. Alejaos de mí todos los que obráis la iniquidad. Allí será el llanto y el rechinar de dientes…

Y termina diciéndonos Jesús: ‘Mirad: hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos’. Se nos adelantarán otros en el Reino de Dios. Por eso, vigilancia, pero junto a ello perseverancia para permanecer hasta el final, para ser capaces de darlo todo, para que haya ese desprendimiento y generosidad en mi vida, fidelidad.

 

martes, 29 de octubre de 2024

Planta de mostaza que nos acoge bajo sus ramas y levadura que se diluye en la masa del mundo para fermentarlo para algo nuevo que es el Reino de Dios

 


Planta de mostaza que nos acoge bajo sus ramas y levadura que se diluye en la masa del mundo para fermentarlo para algo nuevo que es el Reino de Dios

Efesios 5, 21-33; Salmo 127; Lucas 13, 18-21

Cuando soñamos con un proyecto en nuestra imaginación, pero también fruto de nuestros deseos, aspiramos a realizar algo grande e importante; ya nos estamos viendo en medio de la grandiosidad de lo que hemos soñado y cuando pensamos que lo tenemos realizado llenos de orgullo por aquello que hemos logrado y que pudiera ser quizás beneficio para tantos. Pero quizás nos olvidamos de una cosa, de los pasos que hemos de dar para lograrlo, de cómo tienen que ser sus comienzos y nos olvidamos de aquellos primeros granos de arena de aquellos primeros trazos que hicimos y que fue el cimiento de lo conseguido al final. Tenemos que aprender a valorar esas pequeñas cosas que nos podrían parecer insignificantes, pero que nos hicieron soñar cuando humildemente pusimos aquellos sencillos cimientos.

Creo que es pensamiento que nos puede ayudar mucho en la vida, empezando por ser humildes y valorar esas pequeñas cosas que vamos realizando en la vida, o que vemos realizar a los demás. No lo podemos realizar sin esos pequeños granos de arena, que tan insignificantes son que se los puede llevar el viento.

Hoy Jesús se pregunta en su diálogo con la gente con que puede comparar el Reino de Dios que está anunciando y queriendo construir, con qué puede ser semejante. Había salido Jesús por aquellos caminos y aldeas de Galilea anunciando la llegada del Reino de Dios; en las gentes se despertaba la esperanza, porque además en la idea que tenían del Mesías ese Reino parecía que tenía que ser algo muy material, porque sería reconstruir la soberanía de Israel frente al dominio que estaban sufriendo de pueblos extranjeros, en este caso de Roma. Quizás la gente que en principio parecía tan entusiasmada con el anuncio de Jesús podía desinflarse, porque no veían cumplir sus esperanzas como ellos soñaban. Lo mismo le podía suceder a aquel grupo de discípulos más cercanos que siempre estaban con Jesús y a los que nos faltaban también sus ambiciones, a pesar de todo lo que Jesús les iba enseñando.

Y ahora nos dice que la semejanza está en ese pequeño arbusto que podría pasar desapercibido incluso entre árboles más grandes a su alrededor, la mostaza en la insignificancia de su semilla, y en la humildad de su planta. Pero Jesús les dice que será algo grande, porque los pájaros del cielo vendrán a anidarse en ella. Entre los sueños de grandeza que se habían ido elaborando en sus cabezas, parece que aquella imagen no terminaba de convencerles.

Pero habla también Jesús de la levadura. Un polvillo que podría deslizarse entre los dedos y hasta perderse llevado por el viento. Pero Jesús les habla de lo importante de la levadura; sin ella no puede fermentar la masa, es así cómo podrán elaborar el pan que los alimente, haciéndolo fermentar y crecer para darnos unas hermosas y jugosas hogazas de pan para el alimento de cada día. Pero qué hace la levadura, tiene que mezclarse bien entre la masa, hasta de alguna manera desaparecer o confundirse con la masa; pero tendrá su efectividad.

Y nos está diciendo Jesús cómo tenemos que ser esa planta, que aunque nos parece pequeña tiene que ser acogedora, o ser como esa levadura que se mezcla con la masa para hacerla fermentar. Algo que nos parece humilde, pequeño, incluso insignificante, pero que no es nada insignificante porque nos va a producir unos grandes efectos.

Y es aquí cuando en nuestra reflexión tenemos que preguntarnos, por ejemplo, en qué medida estamos nosotros siendo esa levadura en medio de nuestro mundo. Es el paso importante que tenemos que dar en lo que es nuestra vida cristiana; no somos cristianos para nosotros mismos, como la levadura no es para sí misma. Tenemos que ser cristianos para los demás, tenemos que ser cristianos en medio de los demás, tenemos que ser cristianos que seamos en verdad levadura en medio del mundo.

¿Lo estaremos siendo? ¿Se nota la presencia de los cristianos en medio de la sociedad influyendo desde nuestros valores, desde nuestros principios, o acaso nos hemos diluido tanto que más bien hemos sido absorbidos por la masa de ese mundo? No quiero ser pesimista ni derrotista, pero algunas veces tendríamos que pensar si en nuestra sociedad somos tantos los cristianos ¿cómo es que no influimos en los valores de esa sociedad que por otra parte vemos como se van perdiendo principios y valores cristianos, cada vez es una sociedad más descristianizada, se ha ido perdiendo el sentido de Dios y de lo religioso?

Tenemos que despertar los cristianos. Y no es que tengamos que hacer ostentosas representaciones del hecho religioso, no es que tengamos que presentar a los ojos del mundo unas liturgias muy solemnes y esplendorosas, no es que tengamos que cargar a nuestras imágenes religiosas de tanta ostentación y rodearlas de tantos oropeles, sino que cada uno de los cristianos tiene que ser un testigo en medio del mundo de esos valores que nos enseña Jesús en el Evangelio, de lo que de verdad es el Reino de Dios.

Creo que son cosas que nos tienen que hacer pensar. Pensemos en lo que soñamos de cómo nos gustaría la presencia de la Iglesia en medio del mundo, muchas veces más pensando en prestigios y vanidades humanas, y si está en consonancia con lo que Jesús nos enseña en el evangelio.

lunes, 28 de octubre de 2024

En Jesús encontramos la verdadera salud y salvación porque en El encontramos el amor verdadero, el perdón y la paz

 


En Jesús encontramos la verdadera salud y salvación porque en El encontramos el amor verdadero, el perdón y la paz

Efesios 2, 19-22; Salmo 18; Lucas 6, 12-19

Sufrimos, porque tenemos algún dolor; pensamos en algo somático, algo de nuestro cuerpo que no funciona bien, tenemos alguna lesión, una enfermedad aqueja alguno de nuestros miembros o de nuestros órganos; pero podemos pensar algo más, algo que no está en orden en nuestra mente, aparecen desequilibrios en la vida que también nos llenan de sufrimiento y son ya algo más allá de nuestro cuerpo, aunque nuestro cuerpo también puede verse afectado; pero también hay sufrimientos más hondos, que ni son consecuencia de esos desequilibrios mentales, ni provienen de enfermedades corporales, pero hay algo que nos hace perder la paz, algo que nos hace no sentirnos bien, algo que nos perturba interiormente porque tenemos la conciencia de que no hemos obrado bien, no hemos sido justos en lo que hemos hecho, y será algo que nos afecta a nuestra paz espiritual y también sufrimos.

Encontramos médicos que nos curen, psicólogos o psiquiatras que traten nuestra psiquis, nuestra mente, pero, ¿quién nos puede hacer encontrar esa paz interior que hemos perdido y que no encontramos con ningún recurso psicológico? ¿Quién nos libera de ese pesar del corazón por aquello que pudimos hacer y no hicimos y perjudicó a alguien, o que hicimos mal y no solo hizo daño a alguien sino que nos ha hecho daño por dentro?

No soy técnico en estas materias y cualquiera bien entendido me puede dar muchas lecciones, pero sí sé una cosa que esa paz interior no la podemos curar por nosotros mismos y será siempre algo que nos supera. Y desde mi fe yo quiero encontrarme ahí con ese actuar de Dios que se nos manifiesta en Jesús. Hoy nos dice el evangelio cuando escogió a aquellos doce apóstoles los envió por el mundo a curar de todo tipo o clase de enfermedad.

Es cierto que el evangelio fue escrito en un tiempo determinado y nos hablará en principio de aquellos sufrimientos o enfermedades que eran más conocidas en su tiempo; nos habla de cegueras o de lepras, de invalidez o de muerte, pero nos habla también de endemoniados y siempre buenamente hemos querido ver ahí muchos tipos de enfermedades epilépticas; pero creo que hay más.

En otro momento cuando Jesús habla del envío que hace de sus discípulos con la fuerza de su Espíritu nos hablará también de la paz y del perdón de los pecados. Recordamos su aparición a los discípulos en el Cenáculo después de la resurrección. La Pascua de Jesús ha venido a sanar al hombre desde lo más hondo de si mismo, para que encuentre la verdadera paz; por eso nos hablará de perdón, como en otra ocasión nos pondrá la exigencia del perdón como camino necesario para la reconciliación y para el amor. ¿No serán esos los peores sufrimientos que podemos padecer en nuestro interior? Jesús, tenemos que decir, viene a curarnos. Solo cuando seamos capaces de hacer el regalo del perdón, de la misma manera que Dios también nos ha regalado su perdón, seremos capaces de sanarnos a nosotros mismos allá en lo más hondo de nosotros.

Algunos dicen ante algo que alguien le haya podido hacer, yo a ese no le perdono jamás; y pensamos que estamos castigando a aquel que nos haya hecho ese daño que no queremos perdonar, pero ¿sabemos realmente a quien le estamos haciendo ese daño? A nosotros mismos porque ese rencor que guardamos por dentro será una herida sin sanar dentro de nosotros, una cicatriz que siempre nos estará molestando porque a la mas mínima cosa volverá a revivirse todo aquello de lo que no nos hemos curado.

Quiere Jesús que encontremos la verdadera paz, quiere Jesús sanarnos desde lo más hondo de nosotros mismos, solo entonces dejará de dolernos la vida, solo entonces encontraremos esa serenidad del espíritu que tanto necesitamos. ¿Queremos de verdad permanecer en esa angustia y en ese dolor?