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domingo, 8 de enero de 2017

El Bautismo de Jesús culminación de las fiestas de Navidad nos invita a considerar el Bautismo en el Espíritu que hemos recibido para llegar a transparentar la vida de Cristo en nosotros

El Bautismo de Jesús culminación de las fiestas de Navidad nos invita a considerar el Bautismo en el Espíritu que hemos recibido para llegar a transparentar la vida de Cristo en nosotros

Isaías 42, 1-4. 6-7; Sal 28; Hechos 10, 34-38; Mateo, 3, a3-17
Llegamos a la culminación de todas las fiestas de la celebración del misterio de la Navidad y Epifanía. Celebramos en este domingo después de la Epifanía la fiesta del Bautismo del Señor.
El evangelista Mateo nos dice que ‘fue Jesús desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara’. ¿Había formado parte Jesús en algún momento de aquellos que iban a escuchar a Juan? En torno al Bautista, allá en el desierto junto al río Jordán, se había ido formando un grupo de discípulos que le seguían y hasta querían imitarle. No solo eran los que ocasionalmente iban a escucharle y luego se sometían a aquel bautismo penitencial como un signo de conversión escuchando la invitación de Juan para preparar los caminos del Señor, sino que se había formado un grupo de discípulos como veremos más tarde que permanecen fieles incluso cuando Juan es encarcelado.
Ya tenemos mucha ocasión en meditar sobre el bautismo de Juan en el Adviento escuchando también nosotros sus palabras como una preparación para recibir al Señor en las fiestas de Navidad. El hecho es que Jesús se suma ahora a la fila de los que se acercaban a Juan para sumergirse en el Jordán para su bautismo y muchas cosas especiales van a suceder.
Cuando Juan invitaba a aquel bautismo ya decía que el bautizaba solo con agua pero que vendría el que bautizaría con Espíritu y fuego. Señalaba incluso ‘en medio de vosotros está y no lo conocéis, el que os bautizará con Espíritu Santo’. Y ahora se manifiesta el Espíritu del Señor. Como nos ha dicho el evangelista ‘apenas Jesús se bautizó, salió del agua, se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre El, mientras es escuchaba una voz del cielo: Este es mi Hijo, el amado, el predilecto’.
Me atrevería a decir que estamos como en el quicio entre el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento. Juan todavía es de los profetas, como los profetas del Antiguo Testamento que vienen como testigos para señalarnos el camino de la luz. Comienza la hora del Espíritu desde el momento en que Jesús fue concebido en el seno de María. Escuchábamos en la anunciación decirle el ángel a María ‘el Espíritu Santo vendrá sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra…’
Aquí está ahora el que está lleno del Espíritu, el que con la fuerza del Espíritu viene a realizar un mundo nuevo y hacernos a nosotros unos hombres nuevos. Comienza la hora de la Nueva Alianza que va a ser sellada con la sangre de Cristo, pero que por la fuerza del Espíritu nos va a hacer a nosotros también hijos de Dios.  Aquí está el Hijo amado de Dios que viene a bautizarnos a nosotros con un nuevo bautismo, el bautismo en el Espíritu que nos va a hacer participes de la vida divina para hacernos, repito, hijos de Dios.
Por eso decíamos que en este momento del bautismo de Jesús estamos como en el quicio, se nos abre la puerta a algo nuevo, se nos abre la puerta al Nuevo Testamento, a la Nueva Alianza, al nuevo pueblo de Dios. Podíamos decir que es como el sentido de esta fiesta del Bautismo del Señor que hoy celebramos también como Epifanía, como manifestación de quien es Jesús en quien creemos, cuyos pasos queremos seguir, de cuya vida queremos impregnarnos.
La celebración de este día es también una buena ocasión para que pensemos en nuestro propio bautismo, ese bautismo recibido en el agua y en el Espíritu que necesitamos para nacer de nuevo como le dirá Jesús a Nicodemo. Se nos queda muchas veces nuestro propio bautismo como en penumbra, como algo lejano celebrado en nuestra niñez y no terminamos de considerar la grandeza de la nueva vida que en él recibimos. Se nos puede quedar como un rito lejano que casi pareciera que no tiene repercusión en nuestra vida. Sin embargo tenemos que reconocer que toda nuestra existencia está marcada por ese Bautismo, porque en El nos hicimos participes de la salvación que Jesús nos ofrece en su muerte y resurrección. El bautismo fue un sumergirnos en la muerte de Cristo para con Cristo renacer, por la fuerza del Espíritu, a una vida nueva.
Y eso ha marcado nuestra vida para siempre, aunque muchas veces lo olvidemos, porque si somos conscientes de verdad del bautismo recibido nuestro empeño estaría en vivir siempre esa nueva vida, en vivir siempre dejándonos conducir por el Espíritu, en impregnar ya en todo nuestra vida por los valores del Evangelio, por los valores nuevos del Reino de Dios. 
Como se dice en una de las oraciones de la liturgia de este día ‘transformarnos interiormente a imagen de aquel  que hemos conocido semejante a nosotros en su humanidad’. Por el Bautismo somos transformados a imagen de Jesús, hemos de transparentar ya para siempre a Jesús en nuestra vida, de manera que quien nos viera pudiera ver a Cristo en nosotros. 

sábado, 7 de enero de 2017

Vayamos al Evangelio, vayamos a Jesús, sintamos su presencia salvadora, dejémonos iluminar por su luz, nunca nos sentiremos en oscuridad

Vayamos al Evangelio, vayamos a Jesús, sintamos su presencia salvadora, dejémonos iluminar por su luz, nunca nos sentiremos en oscuridad

1Juan 3,22–4,6; Sal 2; Mateo 4,12-17.23-25
A nadie le gusta la oscuridad; se nos hace difícil el caminar, los tropiezos y las dificultades de la vida nos parecen de mayor amplitud, el camino se hace más costoso y los peligros se nos hacen mayores. Que alegría se siente si vamos por un camino oscuro sin encontrar algo que nos oriente el que en algún punto aparezca una luz; es el faro que en la noche en las tinieblas del mar orienta a los navegantes alertándole de los peligros de la costa y orientándoles hacia donde encontrar refugio seguro en medio de la tormenta.
Hoy nos dice el evangelista, recordando lo que ya habían anunciado los profetas, que ‘el pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande, a los que habitaban en tierras de sombras de muerte una luz les brilló’. Está haciendo referencia el evangelista a aquel momento en que Jesús comenzó a predicar por las tierras de Galilea. ‘Dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaún, junto al lago, en el territorio de Zabulón y Neptalí… Entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: convertíos, porque está cerca el reino de los cielos. Recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo’.
Fue el impacto que produjo la presencia de Jesús con su predicación y sus obras. Era el faro de luz que abría los corazones a la esperanza. Era la vida nueva que comenzaba porque comenzaba a hacerse presente el Reino de Dios. Es todo lo que significa Jesús y su salvación para todos los hombres. Si ayer en la epifanía contemplábamos la estrella que brillaba en lo alto iluminando el camino de aquellos Magos de Oriente que llegaron hasta Jesús en Belén, hoy vemos brillar esa luz de Cristo en medio del pueblo de Israel.
Es lo que tenemos que sentir nosotros desde nuestra fe en Jesús.  No nos podemos sentir nunca en la oscuridad y en la desesperanza. Duros, oscuros, con mil dificultades pueden ser los caminos de la vida pero siempre nosotros tenemos la luz de la fe, tenemos a Jesús con nosotros. Tenemos que escuchar hondamente el evangelio de Jesús en nuestro corazón y sentir su presencia salvadora.
Proclamaba Jesús el Evangelio del Reino y curaba todas las enfermedades y dolencias. Hemos dejado meter muchas dolencias en nuestro corazón y en nuestra vida, en ocasiones nos llenamos de oscuridad, de tristeza, de cansancios y desánimos porque nos puede parecer que nos sentimos solos o desorientados. Vayamos al Evangelio, vayamos a Jesús, sintamos su presencia salvadora, dejémonos iluminar por su luz. Nunca nos sentiremos en oscuridad si estamos con Jesús. 

viernes, 6 de enero de 2017

La estrella que guió a los Magos hasta Belén nos ayuda también a nosotros a tener un nuevo y verdadero encuentro con Jesús en los hermanos que sufren a nuestro lado

La estrella que guió a los Magos hasta Belén nos ayuda también a nosotros a tener un nuevo y verdadero encuentro con Jesús en los hermanos que sufren a nuestro lado

Isaías 60, 1-6; Sal 71;  Efesios 3, 2-3a. 5-6; Mateo 2, 1-12
Hoy es un día que suena a mucha ilusión y nuestros hogares se llenan de alegría en el compartir de regalos, como decimos en nuestras costumbres y en nuestra cultura, que nos traen los reyes. Pareciera que es solo la ilusión de los niños que esperan los regalos y tras de eso quizá nos parapetamos nosotros que no queremos reconocer que también nos llenamos de esas ilusiones que nos pueden parecer infantiles, pero que realmente también llevamos en el corazón.
Sin perder esa ilusión tan bonita que también necesitamos en la vida creo que no podemos empañar el sentido profundo y precioso que tiene esta fiesta de la Epifanía del Señor, tan importante que para la Iglesia oriental este día es algo así como la verdadera navidad.
Algunos podrán objetar que son ilusiones infantiles las que marcan el sentido de esta fiesta, otros quizá puedan poner en duda la historicidad de los hechos que nos narra el evangelio de Mateo, algunos querrán darnos complicadas explicaciones de que si son reyes o  no son o de lo que pueda significar esa palabra ‘magos de oriente’ de la que nos habla el evangelio.
Pero creo que no es necesario quedarnos en explicaciones para esas dudas ni en la confusión que hayamos podido tener en la interpretación del evangelio que nos habla de magos – algo así como astrólogos o quienes estudian el curso de las estrellas en el firmamento – pero que como en los salmos o los profetas se nos habla de los reyes que vienen a traer ofrendas al templo del Señor de ahí la mezcla de palabras que hemos hecho llamándolos los Reyes Magos.
Creo que hay una hermosa enseñanza que puede ser algo así como un itinerario que hagamos en el camino de nuestra fe y de nuestro encuentro con el Señor. Eso es lo importante. Una luz, una estrella que aparece en lo alto y que puede tener un hermoso significado en nuestra vida si sabemos interpretarla como lo hicieron aquellos magos.
Todos buscamos esa luz para nuestra existencia, miramos a lo alto que es decir algo así como que estamos buscando algo que nos supera, porque solo a ras de tierra quizá no sabemos encontrar. Hay preguntas, hay interrogantes, hay búsquedas en nuestra vida, porque algunas cosas nos parecen misteriosas y no sabemos encontrarle una significación. Pero habrá luces que como signos se levanten delante de nosotros y nos estarán invitando a ir más allá, a ponernos en camino, como hicieron aquellos magos.
No es fácil siempre seguir esos nuevos caminos que se abren ante nosotros en la vida; la luz, o los signos algunas veces puede parecernos que desaparecen y nos encontramos desorientados. Vamos quizá por un camino que creíamos que era allí donde encontraríamos respuestas, pero las cosas se nos pueden volver en contra de nosotros. Ahí está o debe estar nuestra perseverancia, nuestra constancia, el saber buscar también quien nos ayude a encontrarle el verdadero significado o sentido.
Los magos salieron de su propia tierra y se pusieron en camino, llegaron hasta Jerusalén porque allí estaba el rey y pensaban que en ese palacio podrían encontrar al recién nacido que iba a ser el verdadero rey. Ya sabemos la desconfianza que se origino en Jerusalén y en Herodes. Acudirán a los entendidos en la interpretación de las Escrituras y solo sabrán decir que será en Belén donde van a encontrarlo. Con recomendaciones no demasiado sinceras volvieron a ponerse en camino hasta que de nuevo la luz apareció hasta llegar a aquel humilde hogar donde encontrarían al niño con su madre. Allí será la ofrenda.
Como decíamos en nuestra búsqueda y en las desorientaciones en que nos vamos encontrando en el camino de la vida hay, sí, un lugar donde tendríamos que saber acudir y que son las Escrituras santas que a nosotros nos trasmiten la Palabra del Señor. Es el Vademécum que tendríamos que saber llevar con nosotros siempre porque será la Palabra del Señor la que nos va a hacer encontrar la verdadera luz que nos ilumina y nos trae la Salvación.
Nos queremos poner en camino como los Magos de Oriente porque queremos encontrarnos con el Señor. Pero vayamos atentos por ese camino porque tenemos que saber buscar y encontrar al Señor a pesar de las dificultades y contratiempos; vayamos atentos porque vamos a encontrar un nuevo rostro del Señor en esos hombres y mujeres con los que nos vayamos encontrando y fijémonos que si no nos encontramos con los demás en ese camino no nos vamos a encontrar de verdad con el Señor; estemos atentos porque esos que caminan a nuestro lado pueden ser, van a ser estrellas, luces que nos señalen el camino.
Sepamos leer las señales, descubrir los signos, descubrir al Señor en los que caminan con nosotros en este camino de la vida en medio de muchas dificultades y carencias. Es la manera nueva que nos enseña el Señor para que le encontremos a El, en el hermano que sufre, en el llanto de un niño, en el dolor de una madre que no tiene para dar de comer a su familia, en los que no tienen un techo donde cobijarse y los encontraremos quizá tirados en la acera o refugiados en la casa abandonada e inhabitable, en el refugiado que viene huyendo de las miserias de su país, o en aquel que nadie quiere y todos desprecian, en esos publicanos y pecadores quizá de nuestros tiempos por todos arrinconados, o en ese que toca a nuestra puerta pidiéndonos una limosna por amor de Dios.
Es el camino que siguieron aquellos magos para llegar hasta Jesús y hacerle sus ofrendas; es el camino que hemos de hacer haciéndole la ofrenda de nuestro amor en la atención que prestemos a los necesitados que encontramos en el camino de la vida.
La luz de lo alto nos señala el camino, ahora nosotros tenemos que ponernos de verdad en camino para llegar hasta Belén, para llegar hasta Jesús. 

jueves, 5 de enero de 2017

Tenemos que aprender a descorrer los velos de nuestros prejuicios, de nuestras particulares apreciaciones para ir con sinceridad al encuentro con los demás

Tenemos que aprender a descorrer los velos de nuestros prejuicios, de nuestras particulares apreciaciones para ir con sinceridad al encuentro con los demás

1Juan 3,11-21; Sal 99; Juan 1, 43-51
Creo que todos podemos reconocer que los prejuicios nos anulan, porque no nos dejan ver la realidad y casi me atrevo decir que el prejuicio que nosotros podamos tener de alguien podría definirnos lo que son nuestras carencias humana y de alguna forma pueden hasta motivas sentimientos de envidia hacia los otros y muchas mas cosas dañinas para nuestras mutuas relaciones. Y digo esto ultimo por aquello de que vemos las cosas según el color del cristal con que miramos y ese cristal lleno de prejuicios es algo que ya llevamos como gravado en nuestra mente o nuestros sentimientos.
Actuamos demasiado en la vida llevados de los prejuicios; nos llegamos a imaginar lo que el otro pueda pensar o las motivaciones que nos parece a nosotros que pueda tener; nos dejamos influir por los sentimientos de los otros o las cosas que nos hayan podido decir; nos hacemos un tanto racistas y discriminatorios, porque si son de un determinado lugar, de una determinada familia, de ciertos grupos sociales o provienen de otros lugares, ya los marcamos con nuestros prejuicios y no aceptamos, no seremos capaces de valorar lo bueno que hay en toda persona, no apreciamos sus capacidades o despreciamos su cultura, su idiosincrasia o su manera de ser. Y estoy quizá resaltando algunos aspectos y sus consecuencias.
Me hago esta reflexión en estos aspectos humanos de nuestras relaciones porque son cosas, actitudes que tenemos que revisar en la vida y me surge de las reacciones que vemos en algunos en el evangelio de hoy cuando les anuncian a Jesús. Claro que nos podría dar para pensar o reflexionar en esas prevenciones que también muchas veces nos aparecen en la vida ante el hecho religioso o que podemos contemplar en los demás.
Los evangelios que venimos escuchando en estos días en que se prolonga el tiempo de navidad están tomados del principio del evangelio de Juan y nos están presentando esos primeros momentos de los primeros discípulos de Jesús. En lo escuchado hoy primero es Jesús el que llama a Felipe y pronto éste entusiasmado con Jesús corre al encuentro de su amigo Natanael para anunciarle que aquel de quien hablan los profetas y las Escrituras lo han encontrado. Y señala, es Jesús, el de Nazaret. Es cuando surge el prejuicio de Natanael, que era de Caná de Galilea, un pueblo cercano a Nazaret y por la rivalidad de los pueblos vecinos y los prejuicios que se van creando responderá que si de Nazaret puede salir algo bueno.
‘Ven y lo verás’, fue la sabia respuesta de Felipe. El había tenido la experiencia del encuentro con Jesús y lo que quería ahora era que Natanael también la tuviera. Ya conocemos el texto del evangelio que muchas veces habremos meditado y el diálogo que entabla entre Jesús y Natanael. Al final terminará haciendo una hermosa confesión de fe en Jesús. ‘Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel’. Se le descorrieron todos los velos en su encuentro con Jesús y comenzó ya a ser su discípulo.
¿Cómo descorreremos nosotros esos velos de nuestros prejuicios, de nuestras particulares apreciaciones, de nuestras discriminaciones o nuestras reticencias? Hemos de querer por supuesto quitarlas, reconocer que tenemos esas formas negativas de ver las cosas, esas prevenciones llenas de desconfianza que tenemos ante lo que nos pueda parecer desconocido, esos cristales de nuestros ojos manchados o llenos de colores que nos deforman las cosas. Hemos de dejarnos encontrar por los demás, tenemos que saber llevar sinceridad y autenticidad en nuestro corazón cuando vamos al encuentro del otro.
Muchas cosas tendremos que transformar en el corazón. Dejemos que Jesús llegue a nuestra vida y nos ilumine con su luz, una luz que nos transforma, una luz que nos hará tener una mirada distinta, una luz que limpiará nuestro corazón para dar cabida en él a los demás. 

miércoles, 4 de enero de 2017

Escrutemos las señales que Dios va poniendo en nuestros caminos para crecer y madurar nuestra fe y el compromiso de nuestra vida cristiana

Escrutemos las señales que Dios va poniendo en nuestros caminos para crecer y madurar nuestra fe y el compromiso de nuestra vida cristiana

1Juan 3, 7-10; Sal 97; Juan 1,35-42
Cada uno ha de realizar su propio esfuerzo, es cierto, y tenemos que alabar a quien busca desarrollar sus cualidades y valores, cree en sí mismo en ese crecimiento y madurez de su vida y trata de buscar salidas y caminos o se traza metas por las que luchar y que le den fuerza y animo en sus deseos de superación.
Es cierto que las cosas las tenemos que conseguir por nosotros mismos y que no tenemos que esperar que nos las den hechas, pues de alguna manera indicaría un infantilismo por nuestra parte. No  nos podemos quedar estancados en lo que vayamos consiguiendo sino que en nuestro espíritu de superación hemos de buscar continuamente como superarnos, cómo seguir encontrando esas metas, esos ideales altos que nos ayuden a seguir levantando vuelo en la vida.
Pero también hemos de reconocer que hemos de saber buscar ayuda, no para que nos hagan las cosas sino para abrirnos horizontes, para encontrar esa palabra que quizá nos ayude a corregir un rumbo equivocado, que quizá nos puedan hacer ver las cosas de otra manera. Siempre habrá alguien a nuestro lado que nos pueda ofrecer esa ayuda, ese consejo, esa palabra orientadora si nosotros sabemos escucharla y aceptarla.
En nuestro deseo de caminar por nosotros mismos no nos podemos sentir autosuficientes ni llenarnos de orgullo, sino que también hemos de saber tener la humildad de reconocer que alguien nos pueda ofrecer una luz para nuestro camino. Son actitudes muy positivas que necesitamos en la vida.
Hoy en el evangelio nos encontramos con quienes se dejaron ayudar, escucharon la palabra oportuna y aunque querían seguir buscando porque querían saber más también se dejaron ayudar. Son aquellos dos discípulos de Juan bautista, uno sabemos que era Andrés, del otro deducimos que es quien nos lo cuenta en el evangelio el propio Juan hijo del Zebedeo, que escucharon a Juan que señalaba a Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, y se fueron tras Jesús porque querían saber más, porque querían conocerle.
‘¿Qué buscáis? ¿dónde vives? Venid y lo  veréis’, fue todo el diálogo, pero se fueron con Jesús. Primero se dejaron guiar por Juan y escucharon su Palabra. Dejarnos guiar, escuchar la palabra oportuna que nos abre horizontes. Ellos buscaban, sentían inquietud en su corazón, deseaban algo nuevo y por eso se habían ido a la orilla del Jordán en el desierto donde Juan estaba predicando. Eran sus discípulos; en principio podíamos decir que se sentían entusiasmados por Juan, pero cuando Juan les señala a Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, se les abrieron otros horizontes.
Allí podían encontrarse con el Mesías esperando y se fueron tras El porque querían conocerlo, querían saber de El. ‘Maestro, ¿Dónde vives?’ pero no se quedaron ahí, se fueron con Jesús, estuvieron con El, le pudieron conocer. Al día siguiente – aunque esto pueda ser una manera de hablar porque puede indicar un tiempo que estuvieron conviviendo con Jesús - ya Andrés podía ir a anunciarle  a su hermano Simón que habían encontrado al Mesías. Se dejaron guiar y se dejaron convencer; una vida nueva se abría ante ellos.
Es lo que necesitamos en muchos aspectos de la vida. Es lo que necesitamos en el camino de nuestra fe. Nos creemos seguros tantas veces por nosotros mismos; es cierto que tenemos que vivir experiencias personales, como lo vivieron Juan y Andrés primero con el Bautista y luego con Jesús mismo, pero tenemos que dejarnos iluminar; y el Seños nos ilumina de muchas maneras, porque pueda haber una palabra o un gesto de alguien que nos abra horizontes, puede haber un acontecimiento que nos impacte y nos haga ver las cosas de otra manera, puede haber una experiencia interior muy fuerte que nos llene de luz por dentro y ya nuestra vida sea distinta. Dios nos habla y de muchas maneras. Escrutemos todas esas señales y podremos en verdad vivir la verdadera fe.



martes, 3 de enero de 2017

El nombre de Jesús que nos salva, nos santifica, nos llena de gracia, nos inunda de amor y de paz, que hemos de tener siempre en nuestros labios y nuestro corazón

El nombre de Jesús que nos salva, nos santifica, nos llena de gracia, nos inunda de amor y de paz, que hemos de tener siempre en nuestros labios y nuestro corazón

1Juan 2,29; 3,1-6; Sal 97; Juan 1,29-34
‘Has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús…’, le decía el ángel a María. ‘No tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque El salvará a su pueblo de sus pecados’. Son las palabras del ángel a José disipando sus dudas.
‘Le pondrás por nombre Jesús’ es el mandato del ángel en ambos casos. ‘Al cumplirse los ocho días tocaba circuncidar al Niño, y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción’. Le pusieron por nombre Jesús.
Aunque no es una fiesta especial en la liturgia sin embargo nos permite recordar en este día el santo nombre de Jesús. Y aunque muchas veces lo hayamos repetido en estos días de la Navidad, que todo ha estado centrado en Jesús, es bueno que un poco nos detengamos ante este maravilloso nombre. Jesús, Dios nos salva, viene a ser su significado. Como le decía el ángel a José, ‘le pondrás por nombre Jesús porque El salvará a su pueblo de sus pecados’. Es nuestra Salvación, nuestro Salvador. La muestra hermosa de que Dios nos quiere, de que Dios nos ama y en Jesús nos ofrece su salvación. Es en el nombre de Jesús donde encontraremos vida y nos llenaremos de su salvación.
El nombre de Jesús que tenemos que invocar con fe, porque en El encontramos fuerza y encontramos vida, encontramos sentido de lo que hacemos y sentiremos su gracia. ‘En tu nombre echaré las redes’ decía Pedro ante la petición de Jesús y su trabajo encontró sentido y obtuvo sus frutos. En el nombre de Jesús iniciamos toda obra buena, en el nombre de Jesús queremos comenzar nuestro día invocándole que es también bendecidle, bendecir a Dios.
Bendito sea el nombre del Señor, bendito sea el nombre de Jesús porque en El encontramos nuestra santificación. ‘Santificado sea tu nombre’, decimos cada vez que rezamos el padrenuestro bendiciendo a Dios, bendiciendo el nombre de Jesús. En el nombre de Jesús nos santificamos porque en El encontramos la fuerza de su presencia para emprender toda obra buena, para alejarnos de lo malo, para vencer la tentación, para prevenirnos de todo peligro.
‘No tenemos oro ni plata, decía Pedro al paralítico de la puerta Hermosa, pero en el nombre de Jesús levántate y anda’. En el nombre de Jesús llevaremos nuestro amor a los demás, nos haremos verdaderamente solidarios con los que sufren, tenderemos nuestra mano que ayude a caminar, nos convertiremos en presencia que conforta y que anima y que de alguna manera hacemos presente a Dios junto al hermano a través de nuestro amor.
Decir ‘Jesus’ es decir amor, porque nos está recordando lo grande que es el amor de Dios que nos ha dado a su Hijo. Decir ‘Jesus’ es decir misericordia porque nos manifiesta lo que es la misericordia divina que nos perdona y nos levanta. Decir ‘Jesus’ es decir Paz porque El es el Príncipe de la Paz y los ángeles cuando cantaron la gloria del Señor en su nacimiento cantaban la paz que nacía en nuestro corazón porque recibíamos la Buena Noticia de que éramos amados de Dios.
Invoquemos el nombre de Jesús. Tengamos siempre presente en nuestros labios el nombre de Jesús. Que el nombre de Jesús se adueñe de nuestro corazón porque así nos llenemos de su amor.

lunes, 2 de enero de 2017

Los buenos deseos de felicidad que hemos vivido estos días no pueden quedarse en palabras sino que tengo que poner mi parte para hacer felices a los que me rodean

Los buenos deseos de felicidad que hemos vivido estos días no pueden quedarse en palabras sino que tengo que poner mi parte para hacer felices a los que me rodean

1Juan 2,22-28; Sal 97; Juan 1,19-28
Volvemos al ritmo ordinario de la vida de cada día después de las grandes celebraciones de estos días, aunque aun nos quede la Epifanía del Señor o día de Reyes. Todos, con un sentido o con otro, hemos celebrado estos días de fiesta con mucha alegría y regocijo.
Nos habrán servido como creyentes para una renovación de nuestra fe y vivir unos especiales días de compromiso desde nuestro amor; para todos han sido días de especiales encuentros llenos de buenos deseos y de muchas promesas. La palabra ‘feliz’ quizá ha sido una de las más repetidas en estos días, ya porque hayamos vivido días de mucha felicidad o porque en nuestros buenos deseos es lo que queremos para todos ya porque sea la fiesta de la navidad o por el año que comienza.
Volvemos al ritmo ordinario ¿y todo eso se acaba y se olvida? Nos podría suceder. Unos días como un paréntesis, pero que quizá solo nos queden recuerdos o regalos que hayamos recibido que al final no sabemos bien donde situarlo en lo que es la vida de cada día. Como un regalo que nos hicieran y que parece que no tuviera mayor utilidad y lo guardamos en el baúl de las cosas que no usamos porque quizá nos parezca que no necesitamos.
No quiero parecer pesimista con todo esto que voy reflexionando en este segundo día del año. Me hago la reflexión para mi mismo y os la ofrezco en esta página así como me está saliendo espontáneamente, pero con el deseo – y volvemos con los deseos – de que no nos suceda así. Que la navidad que hemos celebrado no sea un paréntesis en la historia de nuestra vida que cuando lleguen otra vez estas fechas volvamos a abrir y repetir de la misma manera y nuestra vida siga con la misma frialdad.
Que esos bonitos deseos que hemos expresado sean algo más que deseos que se lleve el viento porque en verdad cuando decimos a los demás que le deseamos un momento feliz, es como si le dijéramos yo voy a poner de mi parte todo lo que sea necesario para que tú seas feliz. Un deseo que tiene que ser un compromiso. Sí, quiero que seas feliz y yo voy a hacer que seas feliz.
Y haremos felices a los demás cuando nuestros encuentros sigan siendo intensos todos los días, todas las veces que nos encontremos; haremos felices a los demás si voy a ser positivo en la manera de ver a las personas y siempre voy a valorar lo bueno que hay en los que me rodean e incluso voy a decírselo; haremos felices a los demás si sabemos estar a su lado, si vamos a seguir teniendo detalles con esas personas que amamos o que comparten su vida con nosotros; haremos felices a los demás si siempre vamos a ir por la vida con alegría y optimismo, encendiendo luces de ilusión en los que están a nuestro lado, si reparto sonrisas, si le doy verdadera alegría a mi vida y me muestro de forma sincera con los demás.
Cada uno piense eso positivo que puede hacer y póngase a hacerlo. No damos recetas, abrimos cauces y caminos y cada uno ha de hacer valer su creatividad porque cada uno tenemos nuestras circunstancias concretas y también hemos de tener en cuenta las circunstancias de los demás.
Y ¿sabéis una cosa? Con esa forma de actuar queriendo, como decimos, hacer felices a los demás, estaremos haciendo presente a Jesús. Como nos decía Juan en el evangelio ‘en medio de vosotros hay uno que no conocéis…’ En medio de nosotros está el Señor y muchas veces no lo reconocemos ni lo hacemos reconocer. Con esa alegría de nuestra vida estaremos expresando también que lo conocemos y que queremos llevarlo a los demás. Es Jesús el que nos da la verdadera alegría y con su alegría haremos felices a los demás. No son solo palabras o deseos, es algo concreto que queremos llevar y compartir con los que están a nuestro lado.

domingo, 1 de enero de 2017

A María, la Madre de Dios, le vamos a pedir que nos enseñe el verdadero amor que nos conduzca por los caminos de la paz para este nuevo año 2017

A María, la Madre de Dios, le vamos a pedir que nos enseñe el verdadero amor que nos conduzca por los caminos de la paz para este nuevo año 2017

Números 6, 22-27; Sal 66; Gálatas 4, 4-7; Lucas 2, 16-21
‘Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción… los pastores fueron corriendo a Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre…’
Dios envió a su Hijo para nuestra salvación. Podría haberlo hecho de mil maneras en su sabiduría divina, pero quiso encarnarse en el seno de una mujer. ‘Envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer…’ Por eso cuando se les anuncia a los pastores el nacimiento de un Salvador en la ciudad de David, ‘encontraron a María y a José y al Niño acostado en un pesebre’.
Hoy queremos fijarnos en la Madre, queremos fijarnos en María. Es la Madre de Dios. Así nos lo proclamó el concilio de Éfeso como parte de nuestra fe, cuando ya en la fe y en el amor del pueblo cristiano estaba claro el lugar de María. Era la madre de Jesús, era la Madre de Dios; en Jesús no podemos separar su naturaleza humana y su naturaleza divina, por eso la persona de Jesús es divina, porque el hijo de María es el Hijo de Dios.
Una manifestación más de la ternura del amor de Dios. Así se encarnó el Hijo de Dios en el seno de María para ser para siempre Emmanuel, Dios con nosotros.
Y hoy nosotros nos gozamos con María. Es cierto que en todas las celebraciones del Misterio de la Navidad siempre ha estado presente María, porque siempre encontraremos al Niño con María su madre. Pero hoy de manera especial queremos sentir su presencia y su amor cuando tanto de ella hemos aprendido en este camino que nos ha llevado a la Navidad y en todo lo que es el camino de nuestra vida cristiana.
Queremos seguir sintiendo su amor, su presencia de Madre, sintiendo cómo nos presenta a Jesús como una madre presenta a su hijo recién nacido a cuantos llegan hasta ella, queriendo escucharla cómo ella nos conducirá siempre a Jesús para que hagamos lo que El nos dice, cómo ella es modelo y ejemplo para nosotros de cómo hemos de acoger a Jesús y como acoger su Reino.
Hoy casi no necesitamos decir mucho más, sino quedarnos contemplando. Contemplando la ternura de la madre con su Hijo que es siempre imagen de esa ternura de Dios con nosotros. Allí donde vemos amor verdadero y autentico podemos decir, podemos estar seguros de estar contemplando a Dios. Dios en su amor y en su ternura es Padre y es Madre para nosotros porque es así como nos envuelve con su amor.
Y a María le vamos a pedir que nos siga enseñando lo que es el verdadero amor, y que ese amor seamos capaces de tenerlo entre todos nosotros los hombres. Cuánto lo necesitamos. Es el amor que nos enseñará los caminos de la paz, porque el amor siempre es encuentro, el amor nos hace sentirnos humanos y hermanos, el amor nos llevará al entendimiento y a romper todas las armas de la guerra que nos puedan enfrentar o distanciar, el amor nos hará auténticos para saber actuar con sinceridad y verdad los unos con los otros.
Es el amor que nos llevará a preocuparnos de los demás para hacernos verdaderamente solidarios en sus problemas y necesidades; es el amor que dará sensibilidad a nuestro espíritu para llenarnos de humanidad y para buscar siempre lo bueno y lo justo para los demás; es el amor que nos hará mirar con mirada nueva a los que caminan a nuestro lado en este mundo porque ya nos sentimos hermanos.
Cuando estamos comenzando un año nuevo estamos celebrando también una jornada de oración por la paz. Es cierto que estos días todo son parabienes de los uno para los otros, y nos deseamos felicidad y prosperidad en el nuevo año que comienza. Pero tenemos el peligro de convertirlos en palabras de un día, en una cosa formal que todos nos decimos, pero que cuando pasen estas fechas pronto olvidemos esos buenos deseos y sigamos con nuestras luchas de los unos contra los otros, con nuestras envidias o con la insolidaridad marcando el ritmo de nuestra vida olvidándonos pronto de los demás.
Esta jornada de la paz los cristianos la queremos hacer oración también, no solo porque imploramos de lo alto el auxilio divino para lograr emprender esos caminos de paz, sino porque tiene que convertirse en compromiso en nuestra vida para trabajar seriamente por esa paz.
Nos duelen las guerras y las violencias que azotan a nuestro mundo en pleno siglo XXI en tantos lugares del mundo; nos duelen esas miserias que hacen sufrir a tantos y que a la larga pueden provocar esas violencias; nos duele que nuestra sociedad que tendríamos que decir que ha avanzado en civilización sin embargo aun no hayamos aprendido la civilización del amor y de la paz; nos duelen las discriminaciones que seguimos haciéndonos en nuestro mundo creando barreras, poniendo muros de odio, de discriminación o de indiferencia que nos separan y nos alejan. Y no podemos cruzarnos de brazos ante esos u otras muchas situaciones dolorosas de nuestro mundo.
Oramos hoy comprometidos por la paz. Oramos en el comienzo de este nuevo año con el deseo de que pronto llegue la verdadera paz a nuestro mundo. Oramos por los que son victimas de esa falta de paz con todos sus sufrimientos. Oremos los unos por los otros para que tengamos verdadera paz en el corazón y podamos sembrar de paz a nuestro mundo.

sábado, 31 de diciembre de 2016

Como Juan el Bautista que era testigo de la luz nosotros hemos de dar verdadero testimonio de la Buena Nueva de Luz y Salvación que celebramos en el misterio de la Navidad

Como Juan el Bautista que era testigo de la luz nosotros hemos de dar verdadero testimonio de la Buena Nueva de Luz y Salvación que celebramos en el misterio de la Navidad

1Juan, 2, 18-21; Sal. 95; Jn. 1,1-18
Llegamos al día de fin de año y vamos concluyendo la semana de la octava de la Navidad que los cristianos seguimos celebrando con toda solemnidad y contemplando sin cansarnos el misterio de Belén. Pero contemplar el misterio de Belén no es quedarnos en un lugar geográfico ni en unos hechos que nos pueden sonar a anécdotas y curiosidades, sino que es contemplar el misterio de Dios encarnado, que si lo señalamos como misterio de Belén es por ser el lugar donde tuvo lugar tan maravilloso acontecimiento para toda la humanidad.
Durante la semana hemos ido meditando esos diversos momentos en torno al nacimiento y la infancia de Jesús, y ayer mismo queríamos contemplar el hogar de Nazaret donde quiso hacerse hombre el mismo Hijo de Dios. Contemplar la Sagrada Familia como ayer lo hacíamos era contemplar ese ejemplo y modelo para nuestras familias y para nuestros hogares queriendo aprender de sus valores, queriendo impregnarnos del espíritu de paz y de amor que brillaría en aquel hogar de Nazaret.
Hoy la liturgia nos presenta la primera página del evangelio de San Juan que en su altura y profundidad teológica nos viene a ayudar en ese misterio de Dios que se nos manifiesta y que quiso plantar su tienda entre nosotros.  El Verbo de Dios, el Hijo de Dios que se hizo carne, que se nos presenta como luz y como vida aunque no siempre nosotros sabemos acogerla y aceptarla.
Es la Palabra origen de la creación porque por la Palabra se hizo todo y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. La luz brilló en la tiniebla pero la tiniebla no la recibió, se resistió a la luz. Vino a los suyos y los suyos no la recibieron, que continuará diciéndonos. Pero todo es ofrecernos gracia y regalarnos vida, de manera que quiere Dios hacernos partícipes de su vida, de manera que en el Hijo nosotros seamos también hijos.
Es la Palabra que nos salva y nos hace entrar en el misterio de Dios, porque nos revela a Dios. De su plenitud todos hemos recibido gracia tras gracia, que continuará diciéndonos, pero a Dios nadie lo ha visto jamás, sino el Hijo único que está en el seno del Padre que es quien nos lo ha contado.
Es todo el misterio de gracia que venimos celebrando; es todo el misterio de Dios al que decimos si haciéndole la ofrenda de nuestra fe; es todo el misterio de Dios que nos inunda y nos llena de vida, que ningún creyente podrá olvidar y que por supuesto no podemos celebrar de ninguna manera. Es toda una invitación a que consideremos bien lo que hemos celebrado y cómo lo hemos celebrado. Muchas cosas podrán habernos distraído de lo principal y todo lo vivido en estos días pase sin pena ni gloria, como se suele decir, porque no ha repercutido en nuestra vida, porque quizá el mundo ha pasado indiferente ante el misterio de la Navidad o porque nosotros los cristianos no se lo hemos sabido anunciar de verdad a nuestro mundo.
Esa Buena Noticia de Dios y de su amor que le lleva a encarnarse y plantar su tienda entre nosotros tenemos que seguirla proclamando, porque a este mundo hemos de hacer partícipes de la salvación que se nos ofrece en Jesús. Como Juan tenemos que ser testigos de la luz, dar testimonio de la luz. No damos testimonio de nosotros, sino que nuestras obras, nuestra vida tienen que dar testimonio del evangelio que queremos vivir y así hemos de ser mensajeros de evangelio en nuestro mundo de hoy.


viernes, 30 de diciembre de 2016

Miramos a la Sagrada Familia de Nazaret y queremos aprender de su madurez humana y creyente para afrontar los problemas de hoy de nuestras familias

Miramos a la Sagrada Familia de Nazaret y queremos aprender de su madurez humana y creyente para afrontar los problemas de hoy de nuestras familias

Ecl. 3,2-6.12-14; Sal 127; Col. 3,12-21; Mt. 2, 13-15. 19-23
En el marco de las fiestas navideñas, normalmente el domingo siguiente a la navidad aunque este año por no haber un domingo intermedio en la octava lo celebramos el viernes, tenemos la solemnidad de la Sagrada Familia. No podemos menos que tener como referencia a aquella familia y aquel hogar de Nazaret para nuestra propia vida de familia.
En el seno de aquel hogar de Nazaret quiso encarnarse Dios para hacerse hombre y compartir toda nuestra realidad humana a la que quería ofrecer su salvación. Hacia ese hogar y esa familia volvemos nuestros ojos en estos días que tienen unas especiales connotaciones para nuestras familias por los encuentros que de manera especial tenemos en estos días, pero no solo en estos días sino que todos los días tendríamos que vernos en ese espejo del hogar de Nazaret.
Dios con su presencia santifica toda nuestra realidad humana y al matrimonio y a la familia le ha dado una gracia especial cuando lo ha hecho sacramento de su amor. El amor verdadero del hombre y la mujer vivido en el matrimonio se convierte así en signo e imagen del amor de Dios, al tiempo que en el amor que Dios nos tiene tenemos el ejemplo y la fuerza para nuestro propio amor matrimonial. San Pablo nos hará la comparación del amor del hombre y la mujer que es como el amor que Jesucristo tiene a su Iglesia.
Un verdadero creyente sabrá ver en todas las circunstancias de su vida la presencia amorosa del Señor. En los momentos dichosos y felices se gozará en ese amor de Dios y sabrá darle gracias, y de la misma manera en los momentos difíciles por los que podamos pasar siempre veremos esa presencia de Dios en nosotros dándonos esa fuerza y esa gracia que necesitamos en toda circunstancia.
Es lo que tenemos que aprender a vivir en el matrimonio y en el seno de nuestras familias y nuestros hogares. Creo que podría ser un aspecto al que nos lleva a reflexionar el texto del evangelio de san Mateo que nos ofrece hoy la liturgia de esta fiesta de la Sagrada familia.
 Y un buen paradigma y ejemplo tenemos en san José. Ya habían comenzado los problemas desde el embarazo de María, momentos en los que escuchando la voz del ángel supo aceptar y comprender para acoger a María en su casa. Siguen las dificultades y problemas en el tener que acudir a Belén para empadronarse conforme a aquel edicto romano que les obligaba; con espíritu humilde, viendo en ese caminar peregrino la voluntad de Dios camina hasta Belén no teniendo ni un lugar propicio para el nacimiento de su hijo, que ha de ser recostado entre las pajas de un pesebre. Y José en silencio sigue diciendo sí a Dios desde su corazón.
Ahora surgen nuevos problemas, y es de lo que nos habla hoy el evangelio, y porque Herodes busca al recién nacido para matarlo tendrá que emprender un camino de huida que le llevará hasta Egipto. Pero José ha escuchado también la voz de Dios que le habla en sueños a través del ángel del Señor. No perdió José la paz de su corazón ni dejó que se desestabilizara su hogar. Serían momentos difíciles como un emigrante, como un refugiado, como un desterrado de su tierra, pero su seguridad la tenia en el Señor en quien tenia puesta su fe.
En nuestros hogares, en nuestras familias, en los matrimonios se pasa en muchas ocasiones por momentos difíciles. Son muchos los problemas que pueden surgir.
Problemas de convivencia y de entendimiento pueden surgir con facilidad; dificultades para afrontar todas las responsabilidades y poder vivir una vida digna son muchos los que las pasan; egoísmos y ambiciones que provocan rupturas, insolidaridad entre sus miembros que crean división y enfrentamiento, vida alocada e irresponsable que nos puede llevar a despilfarros que puedan poner en peligro incluso la subsistencia, desplazamientos originados en ocasiones por las necesidades y los deseos de buscar algo mejor pueden crearnos desestabilización en el encuentro con nuevas realidades y costumbres… son muchos los peligros que pueden acecharnos por un lado y por otro y que nos pueden hacer perder el norte de nuestra vida y debilitar el verdadero amor que ha de haber en el matrimonio y en la familia como base de una autentica convivencia.
Y es aquí donde ha de resplandecer la madurez de la persona y también la madurez de nuestra fe. Hoy miramos a la Sagrada Familia de Nazaret, con esos múltiples problemas que allí de una forma o de otra también surgían o podrían surgir.
Hoy he querido fijarme de una manera especial en la actitud y en la postura de san José, el padre de familia de aquel hogar – podríamos fijarnos también en la grandeza de alma de María, la Madre del Señor -; supo José mantener el ritmo y el rumbo de aquel hogar porque siempre supo dejarse guiar por el Señor. Nos lo expresan esas imágenes de los diversos sueños de José para indicarnos como sentía la presencia del Señor que le guiaba y en quien se confiaba.
¿Sabremos hacerlo en nuestros hogares? ¿No tiene el evangelio una palabra de luz para nuestros matrimonios en dificultades? ¿No estamos viviendo también en nuestro entorno esos desplazamientos de tantos y tantos que van buscando una vida mejor para los suyos? Muchas más amplias reflexiones podríamos hacernos contemplando aquel sagrado hogar de Nazaret donde se hizo presente el Hijo de Dios encarnado por nuestra salvación.

jueves, 29 de diciembre de 2016

Tendríamos nosotros que decir también ‘mis ojos han visto a tu Salvador, luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel', en la vivencia de una auténtica navidad

Tendríamos nosotros que decir también ‘mis ojos han visto a tu Salvador, luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel', en la vivencia de una auténtica navidad

1Juan 2,3-11; Sal 95; Lucas 2,22-35
‘Mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel…’ Así daba gracias el anciano Simeón. Sus esperanzas se habían visto cumplidas. Lo que el Espíritu del Señor le había inspirado y prometido en su corazón lo tenía ante sus ojos. Allí estaba el futuro liberador de Israel, el Mesías prometido, la luz verdadera que venía a iluminar el mundo, la gloria más grande de su pueblo.
En el niño que presentaban aquellos padres venidos de lejos con la ofrenda de los pobres había contemplado al Salvador. José y María habían acudido a Jerusalén, al templo del Señor, para cumplir todo lo prescrito por la ley.  Jesús era su primogénito y había de ser presentado al Señor con una ofrenda. Todo primogénito mandaba la ley mosaica había de ser consagrado al Señor. Era lo que ahora hacían aquellos padres junto con la preceptiva purificación de la madre.
Pero había en el templo unos ancianos que esperaban con fe la pronta presencia del Mesías del Señor. Personas piadosas, llenas de fe e inundadas por el Espíritu del Señor, Simeón y Ana. Ahora cantaban las alabanzas del Señor, bendecían a Dios y contaban a todos lo que ellos sabían porque en su corazón el Espíritu se los había infundido.
Momentos de gozo, de alegría porque se cumplían las Escrituras, aunque quizá no todos quisieran reconocerlo, como más tarde sucedería con Jesús y su predicación. Era un signo de contradicción, bandera discutida, profetizaría en anciano Simeón. Como profetizaría el dolor de la madre, cuyo corazón sería atravesado por una espada de dolor. Quienes creyeran levantarían su espíritu, encontrarían la salvación.
Es lo que allí en el templo sucedía y se anunciaba. Tendríamos quizá que nosotros meternos en la escena, y no como meros espectadores. ¿No tendríamos que coger también al Niño en nuestros brazos como aquellos ancianos para proclamar llenos de alegría nuestra alabanza al Señor? ¿No tendríamos nosotros que decir también ‘mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel’? ¿Acaso no es lo que hemos estado viviendo en nuestra navidad?
No somos meros espectadores de un misterio que se desarrolla ante nuestros ojos. El Misterio del Emmanuel es algo que se realiza en nosotros, en nuestra vida. No es ‘Dios con nosotros’ que se queda fuera, ajeno quizá a nuestra vida. Confesar nuestra fe en el Emmanuel significa sentir su presencia, vivir su presencia, sentir su vida, llenarnos de su vida.
Que no nos suceda que estemos celebrando la Navidad, pero no haya habido navidad de Dios en nuestra vida. A nosotros como a los pastores se nos anunció el nacimiento del Salvador, pero ¿hemos ido a su encuentro? ¿Hemos dejado que se adueñe de nuestra vida? nuestras alegrías por la navidad ¿se han quedado en lo superficial, se han quedado solo en lo externo? Estamos a tiempo de repasar algunas cosas de las que estamos viviendo para darle el autentico sentido de la navidad. 

miércoles, 28 de diciembre de 2016

El día de los Santos Inocentes nos tendría que llevar a pensar en tantos otros inocentes que a lo largo de la historia y hoy son víctimas de nuestra manera de actuar

El día de los Santos Inocentes nos tendría que llevar a pensar en tantos otros inocentes que a lo largo de la historia y hoy son víctimas de nuestra manera de actuar

1Juan 1,5-2,2; Sal 123; Mateo 2,13-18
Hoy es el día de los Santos Inocentes. Sin embargo en el sentido de nuestra sociedad, al menos en mi tierra, es sobre todo el día de las inocentadas; un día para la broma, para la picardía de ver cómo caes en una inocentada creyéndote aquello que te cuentan o te dicen de manera que hasta en los medios de comunicación social y hasta en los noticiarios buscan esa aparente noticia extraordinaria con la que hacer caer a todos en la inocentada. Es la picardía que llevamos dentro, el deseo de la broma y de la alegría que quizá quiera hacernos olvidar otras angustias u otros problemas que pudieran afectarnos hasta quitar esa alegría de nuestra vida.
Con la reflexión que ahora me hago y os ofrezco quizá arroje un jarro de agua fría en medio de nuestras alegrías festivas, pero siento dentro de mí la urgencia de ofreceros esas quizá desordenadas líneas de reflexión pero que puedan ayudarnos a pensar en otras cosas.
Pero bien sabemos que celebrar el día de los Santos Inocentes es mucho más que eso, porque realmente estamos celebrando un momento muy dramático en la historia de nuestra salvación en el que por querer quitar de en medio a aquel recién nacido rey de los judíos como decían los Magos venidos de Oriente, el Rey Herodes al verse burlado mandó decapitar a todos los niños menores de dos años de Belén y sus alrededores.
Ya escuchamos en el evangelio cómo el ángel del Señor anuncia a José lo que ha de suceder y cómo ha de salvar la vida del niño huyendo a Egipto. Un rememorar de alguna manera la historia del pueblo de Israel en la que Jesús se ha encarnado, pero que es de alguna manera ver cómo Jesús se encarna en nuestra historia, en nuestra vida, también con los sufrimientos y las angustias que padecemos los hombres.
La liturgia de las Horas nos evoca la matanza de los niños recién nacidos de Egipto cuando el faraón oprimía al pueblo de Dios y mandó arrojar al Nilo a todos los varones recién nacidos. Es la historia que se repite en nuestra humanidad llena de pecado, de odios, de rencores, de envidias, de ambiciones, de violencia. No podemos menos que hacer pasar ante nuestros ojos, aunque sus imágenes sean muy hirientes para nuestras conciencias adormecidas, las muertes de tantos inocentes que también en nuestro tiempo son víctimas de la miseria, del hambre, de la violencia, de las guerras, de las ambiciones de los hombres.
Cuando en la televisión nos ponen imágenes de la guerra, imágenes tan recientes como lo que sucede en Alepo, en Siria, en Irak o en tantos otros lugares azotados en este momento de nuestra historia por la guerra, nos dicen que son imágenes que pueden herir nuestra sensibilidad. No queremos sentirnos quizá interpelados, no queremos quizá escuchar el grito angustioso de tantos que ven destruidas sus casas, o las vidas de sus seres queridos, no queremos inquietarnos por esas cosas que suceden ahí a un tiro de piedra de nuestra cómoda e insensible sociedad.
Es duro que así nos hayamos endurecido las conciencias. Tiene que ser inquietante que sigamos impasibles ante tantos sufrimientos. Es inhumano que quizá nosotros estos días tengamos nuestras mesas repletas de alimentos que al final se desperdiciarán, mientras ahí al lado hay gente en la miseria y muere de hambre.
¿Es así como hacemos un mundo mejor? ¿Es así como nosotros, los cristianos, los que nos decimos seguidores de Jesús vivimos la Buena Nueva que con Jesús quiere llegar a nuestras vidas para que vivamos un compromiso por hacer un mundo mejor?
Es el día de los Santos Inocentes, de aquellos niños que murieron a causa del odio o de la ambición de Herodes, pero es el día en que tenemos que pensar en tantos santos inocentes que mueren en el mundo a causa de nuestra insensibilidad, de nuestra insolidaridad, de nuestros ojos que queremos mantener cerrados, de nuestros despilfarros, de nuestras violencias. Es para pensarlo.

martes, 27 de diciembre de 2016

Con el evangelista Juan aprendamos a buscar a Jesús queriendo conocerle más y más para entrar en la intimidad de su vida que nos llena de vida para siempre

Con el evangelista Juan aprendamos a buscar a Jesús queriendo conocerle más y más para entrar en la intimidad de su vida que nos llena de vida para siempre

1Jn 1,1-4; Sal 96; Juan 20,2-8
‘Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos…, os damos testimonio y os anunciamos la vida eterna que estaba con el Padre y se nos manifestó… para que nuestra alegría sea completa…’ Así nos dice Juan en el principio de su carta. Es lo que fue su vida en torno a Jesús y lo que fue su anuncio desde entonces.
‘Vio y creyó…’ nos dice el evangelio de Juan cuando entró en el sepulcro vacío después de la resurrección. Vio, creyó y nos lo anunció. Ya desde el principio del evangelio se nos habla de sus deseos de ver, de conocer, de saber. El Bautista había señalado a Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo y allá se fueron tras Jesús Andrés y Juan. ‘Maestro, ¿Dónde vives?’ Querían conocer por si mismos, querían saber de su vida, querían estar con Jesús. Era la forma mejor de conocerle. Ya al día siguiente saldrán haciendo el anuncio.
Celebramos hoy en este marco de la Navidad de Jesús a Juan, el evangelista, el hijo de Zebedeo, el hermano de Santiago, el que quería estar cerca de Jesús; el que quería conocer los secretos de su corazón. Le veremos en la cena pascual casi recostado sobre el pecho de Jesús y preguntándole en secreto que Jesús le revelara de quien se estaba refiriendo cuando Jesús anunciaba la traición de uno de los discípulos.
Pero le veremos siempre caminando tras Jesús, queriendo conocer lo más secreto y lo más hondo del corazón de  Cristo. Subirá con Jesús al Tabor y allí será testigo silencio de la transfiguración; estará con Jesús en la alcoba de la hija de Jairo cuando Jesús la resucita; será de los que se adentrarán con Jesús en el Huerto de Getsemaní para ser testigo de su oración y de la agonía del corazón de Cristo; podrá estar cerca de Jesús en los comienzos de su pasión porque podrá entrar incluso al patio del sanedrín donde se juzga a Jesús, y será el único de los apóstoles que llegará a estar al pie de la cruz recibiendo a María como a su madre.
Luego tras la resurrección correrá hasta el sepulcro tras la noticia de la Magdalena de que se han robado el cuerpo de Jesús y aunque llega el primero dejará paso a Pedro aunque cuando entre y vea las vendas por el suelo en el evangelio se nos dirá que ‘vio y creyó’. Y será el que le reconocerá entre las nieblas del amanecer allá en la orilla del lago cuando Jesús se les manifiesta y realicen una nueva pesca milagrosa; ‘es el Señor’, le dirá a Pedro aunque éste en su ímpetu sea el que se lance al agua para llegar pronto a los pies de Jesús.
Quería ver, quería saber, quería conocer a Jesús, quería entrar en la intimidad de su alma, por eso  nos hablará con gran profundidad teológica de Jesús en su evangelio. Vislumbra bien que Jesús es la luz y es la vida, es la resurrección y es el camino, es la verdad de nuestra vida y lo será todo para nosotros porque sin El nada podemos hacer. Es hermoso y profundo su evangelio, la buena noticia que nos trae.
Como nos dice hoy en la carta, lo que había visto, lo que había oído, lo que había palpado incluso con sus manos no lo podía callar. Ya responderían a los sumos sacerdotes que no podían callar lo que habían visto y oído. Ahora nos lo trasmite en el evangelio y nos deja las joyas preciosas de sus cartas con la profundidad escatológica de su Apocalipsis que nos llena de esperanza en ese cielo nuevo y en esa tierra nueva donde ya no habrá ni luto ni llanto ni dolor, porque todo será vida, que es lo que nos ha dado Jesús porque quien cree en El tendrá vida para siempre.
Esta festividad de san Juan evangelista nos está invitando a que nazca ese deseo en nuestro corazón, de conocer a Jesús, de entrar en esa intimidad de vida con Jesús. Busquemos su evangelio, escuchemos esa buena noticia, empapémonos del Espíritu de Jesús y nos llenaremos de vida para siempre. Nuestra alegría será completa.

lunes, 26 de diciembre de 2016

Como Esteban siempre hemos de ser diáconos, servidores de los pobres y de la comunidad, como testimonio de la buena nueva de salvación en Jesús que hemos de anunciar

Como Esteban siempre hemos de ser diáconos, servidores de los pobres y de la comunidad, como testimonio de la buena nueva de salvación en Jesús que hemos de anunciar

Hechos 6,8-10; 7,54-60; Sal 30; Mateo 10,17-22
Sabia es la liturgia de la Iglesia cuando en este día siguiente a Navidad, y siguiendo aun con los mismos aires de alegría por el nacimiento del Señor que con toda solemnidad se prolongan en toda esta semana de la octava, se nos presenta hoy a nuestros ojos y para la celebración la figura de san Esteban, el protomártir.
Bien sabemos que protomártir significa el primer mártir, el primer testigo, el primero que derramó su sangre y dio su vida por el nombre de Jesús. Los Hechos de los Apóstoles nos ofrecen el relato de su muerte. Había sido uno de los siete diáconos escogidos por los apóstoles para el servicio de la comunidad, de manera especial para la atención de las viudas y de los pobres. Los Apóstoles debían ocuparse de la predicación, de la proclamación de la Buena Nueva de la Salvación, pero alguien había de atender en la caridad a los más necesitados. Así surgió el ministerio del diaconado en aquella primitiva comunidad de Jerusalén.
Pero Esteban era alguien que llevaba fuego ardiente en su corazón. No podía callar lo que vivía. Ya no era solo el testimonio de la caridad en medio de aquella comunidad donde todo lo compartían porque tenían una sola alma y un solo corazón, sino que con su palabra ardiente anunciaba el evangelio de Jesús. Discutía en la sinagoga con los judíos anunciándoles el evangelio y a todos dejaba callado con su sabiduría y su elocuencia.
Era el Espíritu divino prometido por Jesús que estaba con El y hablaba por su boca y por su  vida. Como Jesús había anunciado pronto esto le granjearía muchos enemigos que no pudiendo acallarle en su sabiduría lo hicieron callar  con su muerte. Acusado de blasfemia fue condenado a ser apedreado. Es lo que nos relata el texto de los Hechos de los Apóstoles que se nos ofrece en la liturgia.
Hoy, en este día siguiente a la navidad del Señor celebramos su memoria y su fiesta. Es para nosotros un testimonio fuerte que nos interroga por dentro. También nosotros hemos de ser testigos de lo que vivimos. Testigos hemos de ser ahora y en este mundo que nos toca vivir, en estas circunstancias.
Y en medio de este mundo que celebra la navidad, para todos estos días son días de fiesta aunque muchas veces no tengan en cuenta lo que realmente celebramos, todos se desean los mejores parabienes, tienen los mejores deseos de felicidad, nosotros tenemos que hacer nuestro anuncio, nosotros hemos de manifestarnos como verdaderos testigos de Jesús haciendo presente en nuestro mundo a ese Dios que se hace hombre, que se ha encarnado para ser Dios con nosotros, pero que no todos saben reconocer.
Ha de ser un anuncio claro, un testimonio transparente, una palabra valiente, unos gestos verdaderamente comprometedores los que hemos de tener para hacer ese anuncio. No nos hemos de cansar en proclamar que a quien celebramos estos días es a Jesús, el hijo de María, pero que es el Hijo de Dios que ha nacido para traernos su salvación. No podemos callar ni ocultar este mensaje.
Será nuestra palabra valiente, como la de Esteban, que no nos faltará la asistencia y la fuerza del Espíritu que nos dará las palabras más convenientes, las palabras más certeras y sabias; dejémonos conducir por el Espíritu, no lo acallemos en nuestro interior. Pero ha de ser el testimonio del amor, del servicio, de ese diaconado que ha de haber en la vida de todo cristiano. Todos somos diáconos aunque no hayamos recibido ese ministerio, porque todos hemos de tener revestida y empapada nuestra vida del amor, un amor que tiene que hacer verdadero servicio a los demás. Es el testimonio de Esteban que le llevo a dar su vida por el nombre de Jesús.

domingo, 25 de diciembre de 2016

Celebremos una Navidad que comienza en Jesús saboreando la ternura de Dios que se ha de traducir en el hombre nuevo del amor y en un mundo nuevo lleno de paz

Celebremos una Navidad que comienza en Jesús saboreando la ternura de Dios que se ha de traducir en el hombre nuevo del amor y en un mundo nuevo lleno de paz

Isaías 9, 1-3. 5-6; Sal 95; Tito 2, 11-14; Lucas 2, 1-14
‘Ha aparecido la gracia de Dios que trae la salvación para todos los hombres…’ proclamaba san Pablo en la carta a Tito. Ha aparecido la gracia de Dios, es lo que celebramos esta noche, es el misterio de Dios que estamos contemplando, es la ternura y el amor de Dios que se nos manifiesta. ¿Dónde contemplar mejor la ternura que en un niño recién nacido?
Es el evangelio, la Buena Noticia que resuena en esta noche. Fue lo que anunciaron los ángeles a los pastores de Belén y sigue resonando a través de los siglos cuando nosotros manifestamos nuestra fe, cuando nos reunimos como en esta noche, en este día para celebrar el nacimiento de Jesús.
Ha aparecido la gracia de Dios, la ternura de Dios, el amor de Dios en un niño recién nacido. ‘Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado…’ como decía el profeta. Un niño, verdaderamente hombre, es el hijo de María. ‘Y mientras estaba allí le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada’, que nos narra el evangelista. María dio a luz a su hijo primogénito.
Pero ya el ángel le había anunciado: ‘Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin’. Es el Hijo del Altísimo, verdadero Hijo de Dios, el Emmanuel – Dios con nosotros - que habían anunciado los profetas.
Es lo que hoy celebramos. Es lo que nos llena de gozo y de vida. Es lo que nos está manifestando la ternura de Dios, el amor de Dios que nos viene a ofrecer la salvación para todos los hombres. Es lo que nos llena de esperanza. Es lo que nos hace seguir creyendo en la vida y en el amor, porque estamos contemplando como nos ama Dios. Es lo que es la Navidad que celebramos.
En alguno de tantos mensajes como nos llegan estos días – hemos de reconocer que algunos con buena voluntad y también con buenos deseos pero olvidándose quizá de lo que es lo fundamental – he leído, sin embargo uno que decía: La navidad comienza en Cristo. Es que sin Cristo no hay navidad. Lo que celebramos es el nacimiento de Jesús y con Jesús una vida nueva para la humanidad. Es a Jesús a quien celebramos. Trae la salvación para todos los hombres. Es lo que tenemos que vivir. Es lo que nos llena de esperanza.
Esa es la Buena Noticia de esta noche, de este día.  ‘No temáis, anunciaron los ángeles a los pastores de Belén, os traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre’. Y allá fueron los pastores y contemplaron todo como les habían anunciado los ángeles.
Es la Buena Noticia, el Evangelio, que también tenemos que escuchar los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Lo necesitamos. Nos sentimos turbados quizá en medio de los problemas de cada día, los problemas que detectamos en nuestro mundo y en nuestra sociedad. Algunas veces la turbación puede ser tan grande que nos desequilibra y perdemos toda esperanza de que podamos hacer un mundo mejor, de que los problemas puedan encontrar solución, o que las personas cambiemos dejando atrás nuestros egoísmos y ambiciones, nuestros orgullos o el materialismo con que vivimos nuestra vida.
La navidad tendría que despertar de nuevo en nosotros la esperanza. La Navidad tendría que hacernos mirar a Cristo porque sabemos que en El es donde vamos a encontrar la salvación, porque en El podemos hacer ese hombre nuevo y ese mundo nuevo y mejor. Como decíamos antes contemplando esta ternura de Dios que se nos manifiesta en el Niño nacido en Belén.
Con Cristo, decíamos, aprendemos a amar la vida y valorar al hombre. Es lo que nos hace seguir creyendo en la vida y en el amor. Dios nos ama y eso nos dignifica y nos hace verdaderamente importante. Con ese amor de Dios, dando respuesta a ese amor de Dios comenzaremos a amar de una manera nueva y distinta y será el amor el que nos renueve y renueve nuestro mundo.
No nos podemos quedar en unos gestos pasajeros que nos tengamos mutuamente en estos días, en unas bonitas palabras o deseos, sino con Jesús que nace en Belén, con Jesús que quiere nacer en nuestro corazón comenzaremos a valorar una vida nueva, a vivir de una forma nueva y distinta, una nueva manera de amar, un nuevo compromiso por hacer nuestro mundo mejor.
Nos llenamos de gozo en estos días y queremos vivir una alegría honda. Pero no olvidemos que la Navidad comienza en Cristo y a Cristo ha de tener como su centro. Gocémonos en esa ternura de Dios. Dejémonos inundar por esa gracia de Dios viviendo hondamente esa salvación que Jesús nos ofrece. Contagiemos a nuestro mundo de esa alegría de la navidad, esa alegría que nace en Jesús. Así podremos cantar con los ángeles la gloria de Dios en el cielo que se manifiesta en la paz nueva que nace en el corazón de los hombres que son amados de Dios.