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sábado, 1 de enero de 2022

No nos puede faltar la presencia de María, la madre, imagen de la ternura de Dios, para con ella sentir cómo Dios vuelve su rostro sobre nosotros y nos concede la paz

 


No nos puede faltar la presencia de María, la madre, imagen de la ternura de Dios, para con ella sentir cómo Dios vuelve su rostro sobre nosotros y nos concede la paz

Números 6, 22-27; Sal 66; Gálatas 4, 4-7; Lucas 2, 16-21

No podía faltar la presencia de una madre, no nos puede faltar. Qué necesaria es. No solo en el hecho de que en su vientre se gesta una vida, de su vientre nace un hijo, porque ahí no se acaba la función de la madre. Es la ternura de la naturaleza misma. Lo observamos hasta en los animalitos más elementales, como la madre cuida y alimenta, protege y se hace presente, da calor y cubre con sus alas como vemos tiernamente hasta en las aves.

Pero en el ser humano es mucho más, nos ha dado la vida y sigue siendo vida para sus hijos, porque sabe estar presente, porque cuida y porque protege, porque escucha y siempre está atenta no solo con los ojos de la cara sino con el corazón para entender y para saber más allá de las palabras que nosotros podamos decir o de los sentimientos que podamos expresar. Es la ternura de la vida, es la ternura del amor, es la ternura de Dios que El ha querido derramar de manera especial en la madre para que teniéndola a ella nunca sintamos el frío de la soledad, o el desgarro de la maldad que de otras partes nos pudiera llegar.

Y Dios quiso tener una madre, quiso nacer del seno de una madre, quiso sentir en sí mismo el calor del corazón de una madre. Por eso aunque siempre en todo el misterio del nacimiento de Jesús hemos visto la presencia de Maria, con la que Dios quiso contar, antes de concluir toda la solemnidad grande de la Navidad, en su octava, hoy celebramos a María, la Madre de Dios. Sabiamente tras la reforma litúrgica conciliar se recuperó para este día esta solemnidad de la Madre de Dios, que ya se venía celebrando el 11 de octubre, como conmemoración y recuerdo de aquel concilio que así la proclamó. Este es su lugar. Y es importante que así ahora la contemplemos y la celebremos en el mayor misterio y don de María, su maternidad divina.

Aunque los ángeles sólo le habían hablado a los pastores de un niño recién nacido envuelto en pañales, es allí junto a María donde encuentran a ese Niño que se les había anunciado como el Salvador. No podía faltar la presencia de la Madre, no podía faltar la presencia de María, como no nos puede faltar a nosotros en nuestro propio itinerario de fe.

Con María siempre iremos al encuentro con Jesús, siempre iremos a escuchar y a hacer lo que nos diga Jesús. Con María aprendemos a acoger la Palabra y a acoger a Dios, con María aprenderemos a saborear la ternura de Dios. Con María sentiremos el calor del amor y la intensidad de la vida porque de la ternura de su corazón de Madre aprenderemos a encontrar esas señales de amor que Dios va poniendo a nuestra vera en el camino de la vida. Pero con María aprenderemos también a ponernos en camino porque a todos hemos de saber comunicar las maravillas de Dios.

En esta fecha del primero de enero tenemos la coincidencia de varios hitos muy importantes en el camino de nuestra vida. Por una parte Navidad y la presencia de María como ya venimos comentando, pero al mismo tiempo en el ritmo de vida es el momento de cambio de hoja en el calendario que rige la vida de nuestra sociedad.

Es primero de año, lo que nos está hablando de un año que ya hemos dejado atrás con su propia historia, pero de un nuevo año que se abre camino ante nosotros y en el que tenemos que construir la historia de nuestro hoy. Momentos de recuerdos y recuentos del camino recorrido con lecciones aprendidas, con momentos con intensidad vividos y con todo eso que ha contribuido en el crecimiento y desarrollo de nuestra vida. Será momento de gratitudes, como de cosas a tomar nota y tener en cuenta para no cometer los mismos errores, como momentos para aprender de lo vivido ya fuera negativo o positivo.

Pero es momento de inicio de nuevas etapas y de buenos propósitos y deseos al tiempo que nos vamos trazando metas. Todos nos deseamos lo mejor, pero no nos podemos quedar en la buena voluntad ni en los buenos deseos, sino que tendrá que ser momento de compromiso y de poner cada uno de nuestra parte nuestro grano de arena o nuestra buena semilla porque será la manera de que nuestro año sea mejor. El año será lo que nosotros construyamos, con las circunstancias con que nos encontremos, y con el esfuerzo en que desarrollemos lo mejor de nosotros mismos para que sea el resultado mejor. No es tarea fácil, porque son muchas las cosas que se conjuntan, pero eso no nos disculpa de nuestro esfuerzo y de nuestra tarea.

Y queremos un mundo de paz. Fue el cántico de los Ángeles de Belén, la paz para los hombres porque Dios los ama, y son los deseos que todos nos manifestamos cuando queremos que todos seamos muy felices. Sin esa paz, se vería realmente mermada nuestra felicidad y la felicidad de nuestro mundo. Una paz que construiremos desde la justicia, el amor y la verdad; una tarea de la paz en la que todos hemos de ser educados y todos hemos de prepararnos para construirla de la mejor manera.

A través del año habrá otras fechas en que la sociedad celebre el día de la paz y quiera expresar gestos de paz para manifestar su compromiso, pero sabiamente desde hace ya muchos año el Papa Pablo VI instituyó en la Iglesia esa Jornada de Oración por la paz en este primero de enero, comienzo del año. Es que la paz no es solo un deseo, sino un compromiso, pero también ha de ser un don que pidamos a Dios.

Que María, la madre y la reina de la paz, interceda por nosotros para que el Señor vuelva su rostro sobre nosotros y nos conceda su paz. Que esa mirada de Dios nos reconforte y nos haga sentirnos fuertes en su gracia para hacer de nuestro mundo un reino de paz.

miércoles, 1 de enero de 2020

Contemplamos hoy a Jesús y contemplamos a María, la madre de Dios, con el deseo de que Dios vuelva su rostro sobre nosotros y nos conceda su paz


Contemplamos hoy a Jesús y contemplamos a María, la madre de Dios, con el deseo de que Dios vuelva su rostro sobre nosotros y nos conceda su paz

Números 6, 22-27; Sal 66; Gálatas 4, 4-7; Lucas 2, 16-21
Seguimos en fiesta y aunque en el ambiente aun se reconocen muchos signos de la navidad sin embargo para una gran mayoría de personas las fiestas ya de estos días tienen otro significado que en cierto modo les aleja del aquel ambiente religioso de navidad que vivimos hace una semana. Aparte de quienes ya quieren hasta hacer desaparecer el nombre de la navidad dándole otros significados y categorías, lo que ahora ya estamos celebrando tiene mucha más relación con la despedida del año y la llegada y acogida del año nuevo.
Con todo lo hermoso que pueda ser la alegría y acogida de un nuevo año, que incluso la despedida del año viejo pueda tener connotaciones de cambio a una vida nueva, que manifestamos en tan rebuscados en ocasiones deseos, sin embargo para el creyente sigue siendo la navidad. Realmente es la octava de la Navidad y que en nuestra liturgia es como una prolongación de la fiesta de aquel día primero que seguimos queriendo vivirlo con toda solemnidad. Ni olvidamos ni dejamos a un lado lo que en el ámbito civil celebra y vive la sociedad, pero no podemos olvidar ni dejar a un lado de ninguna manera este espíritu de navidad que todavía tiene que seguirnos impregnando.
Cuando venimos celebrando como lo hacemos en la navidad el nacimiento de Jesús, que es el Hijo de Dios que ha encarnado en el seno de María para ser Dios con nosotros, verdadero hombre y verdadero de Dios – no podemos olvidar lo que son los pilares de nuestra fe cristiana  - hoy la liturgia nos invita a mirar de manera especial a María, la Madre de Jesús, la Madre de Dios. Es el carácter especial que le damos a la celebración de este día de la octava de la Navidad y que nos coincide con el primero del año.
Así contemplamos hoy a María. Como nos decía san Pablo ‘cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos la adopción filial’. Envió Dios a su hijo nacido de mujer, nacido de María. Hoy la contemplamos a ella de manera especial, es la madre de Jesús, es la Madre de Dios. 
Los pastores al anuncio del ángel acudieron a Belén y allí encontraron las señales que les había dado el ángel. El niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre. Pero allí estaba María, la madre, que lo contemplaba todo, que cantaba a Dios en su corazón porque ella sabía muy bien, como se lo había revelado el ángel, el misterio de de Dios que estaba viviendo. Y por eso como termina diciéndonos hoy el evangelio ‘María guardaba todas estas cosas en su corazón’.
Creo que no es necesario ponernos a hacer demasiadas consideraciones. Es momento de contemplación en silencio para si nosotros llenarnos también del misterio de Dios. Aun mantenemos en nuestras casas la costumbre de hacernos el Belén pero que no nos hemos de quedar como un adorno más que pongamos en nuestros hogares, sino que tendríamos que saber encontrar el momento para detenernos delante del Belén para contemplar el misterio de Dios que allí hemos representado.
Estos días los hemos vivido quizá demasiados ajetreados con tantas cosas, celebraciones, comidas, fiestas, regalos, visitas, familias, amigos, y no digamos nada ahora con las fiestas de fin de año y año nuevo, y pudiera ser que hayamos perdido lo principal, que es sentir a Dios en nuestra vida, en nuestro corazón. Démonos cuenta de esa tentación que sufrimos y cómo pronto cambiamos y dejamos a un lado lo referente a navidad para pasar a otra cosa, a otras fiestas como ya estos días celebramos.
Por eso es bueno detenernos y hacer silencio, que es una manera de ponernos en sintonía de Dios, de dejar que Dios nos vaya hablando a través de esas sencillas imágenes que tenemos ante los ojos en lo más hondo de nuestro corazón, detenernos y dejar que en la contemplación vaya fluyendo de nuestro corazón los mejores sentimientos, los mejores deseos, detenernos en silencio para dejar sentir en nosotros el gozo de Dios, para sentir en nosotros esa paz de Dios que se anunció en la noche de Belén.
Claro que vamos a tener en cuenta los momentos que en el año civil coinciden con estas fiestas, un año que termina y otro año nuevo que comienza, que por supuesto es mucho más que el cambio de fecha en el calendario. Es el ritmo de la vida con el paso de los días y con el paso de los años; es el ritmo de la vida que también tienen sus preocupaciones y en el que aparecen los buenos deseos, como todos estos días tenemos de felicidad los unos para los otros. Pero es desde un sentido creyente que Dios en verdad es el Señor de la historia y no es ajeno a los ritmos de nuestra vida. Pero eso en medio de la alegría de la fiesta no nos puede faltar nuestra oración, por una parte de acción de gracias por lo vivido, pero también de súplica de su gracia y de su presencia para los nuevos pasos que vamos a emprender.
Y esa súplica está nuestra oración por la paz. Pablo VI instituyó esta jornada de oración por la paz que para nosotros los creyentes no puede pasar desapercibida en este comienzo de año.  Que el Señor vuelva su rostro sobre nosotros y nos conceda su paz, como veíamos en la bendición que se nos ofrecía en la primera lectura. Que ese sea nuestro deseo, nuestra petición al Señor y la felicitación

martes, 31 de diciembre de 2019

Nos preguntamos cuál es la riqueza humana y espiritual que hemos acumulado en el año que termina y al mismo tiempo estamos dispuestos a compartir con los demás


Nos preguntamos cuál es la riqueza humana y espiritual que hemos acumulado en el año que termina y al mismo tiempo estamos dispuestos a compartir con los demás

1Juan 2, 18-21; Sal 95; Juan 1, 1-18
Lo que hoy os voy a ofrecer en la semilla de cada día no es lo que habitualmente ofrecemos desde un comentario a la Palabra de Dios que cada día se nos ofrece pero en las circunstancias del fin de año en que estamos bien puede ser una semilla que también sembremos en nosotros.
Fin de año, hora de balances. La empresas cuadran sus cuentas, quieren contabilizar sus beneficios, pero que también aparezcan los aspectos negativos, las pérdidas quizás o los logros que no alcanzaron obtener que a la larga se convierten en negativos que mermaran unas ganancias que pudieron ser mejores. Baremos, fórmulas para hacer los cálculos, plantillas que ayuden al balance se ofrecen por doquier y expertos los hay para hacer dichas cuentas.
Pero creo que esos no son solo los balances importantes que tenemos que hacernos cuando llega la hora de un fin de año o cuando puede haber un cambio de etapa en la vida. Podemos circunscribirnos al ámbito de la familia o al ámbito social donde hacemos la vida. Creo que toda persona que quiere ser más en la vida o que quiere vivir la vida en una mayor plenitud dando lo mejor de sí, es algo que tiene que detenerse a hacer con cierta frecuencia. ¿Qué mejor oportunidad que este momento de fin de recorrido en un año que hemos vivido y cuando nos abrimos, quizá con incertidumbres, a un nuevo año?
La reflexión que aquí cada día nos hacemos creo que hoy podría ir por estos derroteros. Detenernos a pensar, mirarnos a nosotros mismos allá en lo más hondo con toda sinceridad para constatar el camino recorrido, puede ser una buena oportunidad.
Algunas veces los tiempos nos vienen demasiado convulsos, porque lo que sucede en nuestra sociedad, lo que son los problemas que podemos palpar a nivel social también nos tocan. Las inseguridades y en cierto modo desconciertos de la vida social y política también nos afectan y pudieran también desestabilizarnos cuando reina la confusión en la vida social y política.
Un punto para pensar sería cómo me he visto afectado por lo que sucede en nuestra sociedad pero también preguntarnos cual ha sido nuestra actitud. ¿Pasividad? ¿Conformismo? ¿Sólo palabras y criticas que se lleva el viento pero sin ningún tipo de compromiso? ¿O he sido capaz de aportar algo, de poner mi granito de arena implicándome más en la vida social de mi entorno?
Muchos serían los temas de los que hacer balance en el año que termina. Y tenemos que tomar también nuestras propias iniciativas. Pero entre creyentes y personas religiosas y de Iglesia nos movemos. ¿Cómo hemos vivido el momento actuar de la Iglesia en este año que termina? Problemas variados constatamos ciertamente en el camino de la Iglesia, aunque muchas veces los medios de comunicación incidan con mayor insistencia en algunos que más morbo puedan tener.
Algunas veces nos podemos sentir hastiados por las cosas que constatamos pero también por la forma en que son tratados en diferentes niveles. Habrá momentos en que podamos sentirnos inseguros o no terminamos de ver el rumbo que se va tomando según los diferentes medios por los que nos llegan las noticias o comentarios. Se habla de renovación y de autenticidad pero no siempre lo vemos o nos pueda parecer que algunas cosas no nos llevan a esa necesaria renovación.
¿Cómo nos sentimos en todo ese recorrido? ¿En qué medida yo en mi entorno ayudo a la Iglesia, a otros cristianos para que puedan encontrar lo que buscan o lo que necesitan? ¿Me estaré quedando en ser un miembro pasivo más que se pone en la barrer para verlas venir o para ver donde va a parar todo esto sin que yo me complique mucho?
Finalmente vamos a hacer un poco balance de lo que ha sido mi vida personal, aunque de alguna manera aspectos ya han ido saliendo. Cada uno tenemos nuestros objetivos, nuestros planes de vida, nuestras metas y es el momento de ver cómo lo hemos ido logrando. Cada uno piense en sus personales metas en la vida. No crecemos como personas ni somos más maduros simplemente porque vayamos dejando pasar los días. La intensidad con que vivimos cada momento es lo que nos hará crecer y madurar.
Y la intensidad viene dada por la responsabilidad con que vivimos la vida, por lo que sabemos disfrutar de cada momento no de una forma superficial sino por la hondura que le vamos dando aún en los momentos difíciles, por la apertura de nuestro yo y nuestro espíritu para acoger todo lo bueno que nos viene de los demás o la vida nos ofrece, por la sensibilidad con que vivimos nuestra relación con la naturaleza en la que estamos inmersos pero también sobre todo con los que convivimos cada día, en una palabra, por el amor que ponemos y que repartimos.
¿Cuál es la riqueza humana y espiritual que hemos acumulado y al mismo tiempo estamos dispuestos a compartir con los demás? Un buen balance para el año que termina, esperemos que sea positivo.

domingo, 1 de enero de 2017

A María, la Madre de Dios, le vamos a pedir que nos enseñe el verdadero amor que nos conduzca por los caminos de la paz para este nuevo año 2017

A María, la Madre de Dios, le vamos a pedir que nos enseñe el verdadero amor que nos conduzca por los caminos de la paz para este nuevo año 2017

Números 6, 22-27; Sal 66; Gálatas 4, 4-7; Lucas 2, 16-21
‘Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción… los pastores fueron corriendo a Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre…’
Dios envió a su Hijo para nuestra salvación. Podría haberlo hecho de mil maneras en su sabiduría divina, pero quiso encarnarse en el seno de una mujer. ‘Envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer…’ Por eso cuando se les anuncia a los pastores el nacimiento de un Salvador en la ciudad de David, ‘encontraron a María y a José y al Niño acostado en un pesebre’.
Hoy queremos fijarnos en la Madre, queremos fijarnos en María. Es la Madre de Dios. Así nos lo proclamó el concilio de Éfeso como parte de nuestra fe, cuando ya en la fe y en el amor del pueblo cristiano estaba claro el lugar de María. Era la madre de Jesús, era la Madre de Dios; en Jesús no podemos separar su naturaleza humana y su naturaleza divina, por eso la persona de Jesús es divina, porque el hijo de María es el Hijo de Dios.
Una manifestación más de la ternura del amor de Dios. Así se encarnó el Hijo de Dios en el seno de María para ser para siempre Emmanuel, Dios con nosotros.
Y hoy nosotros nos gozamos con María. Es cierto que en todas las celebraciones del Misterio de la Navidad siempre ha estado presente María, porque siempre encontraremos al Niño con María su madre. Pero hoy de manera especial queremos sentir su presencia y su amor cuando tanto de ella hemos aprendido en este camino que nos ha llevado a la Navidad y en todo lo que es el camino de nuestra vida cristiana.
Queremos seguir sintiendo su amor, su presencia de Madre, sintiendo cómo nos presenta a Jesús como una madre presenta a su hijo recién nacido a cuantos llegan hasta ella, queriendo escucharla cómo ella nos conducirá siempre a Jesús para que hagamos lo que El nos dice, cómo ella es modelo y ejemplo para nosotros de cómo hemos de acoger a Jesús y como acoger su Reino.
Hoy casi no necesitamos decir mucho más, sino quedarnos contemplando. Contemplando la ternura de la madre con su Hijo que es siempre imagen de esa ternura de Dios con nosotros. Allí donde vemos amor verdadero y autentico podemos decir, podemos estar seguros de estar contemplando a Dios. Dios en su amor y en su ternura es Padre y es Madre para nosotros porque es así como nos envuelve con su amor.
Y a María le vamos a pedir que nos siga enseñando lo que es el verdadero amor, y que ese amor seamos capaces de tenerlo entre todos nosotros los hombres. Cuánto lo necesitamos. Es el amor que nos enseñará los caminos de la paz, porque el amor siempre es encuentro, el amor nos hace sentirnos humanos y hermanos, el amor nos llevará al entendimiento y a romper todas las armas de la guerra que nos puedan enfrentar o distanciar, el amor nos hará auténticos para saber actuar con sinceridad y verdad los unos con los otros.
Es el amor que nos llevará a preocuparnos de los demás para hacernos verdaderamente solidarios en sus problemas y necesidades; es el amor que dará sensibilidad a nuestro espíritu para llenarnos de humanidad y para buscar siempre lo bueno y lo justo para los demás; es el amor que nos hará mirar con mirada nueva a los que caminan a nuestro lado en este mundo porque ya nos sentimos hermanos.
Cuando estamos comenzando un año nuevo estamos celebrando también una jornada de oración por la paz. Es cierto que estos días todo son parabienes de los uno para los otros, y nos deseamos felicidad y prosperidad en el nuevo año que comienza. Pero tenemos el peligro de convertirlos en palabras de un día, en una cosa formal que todos nos decimos, pero que cuando pasen estas fechas pronto olvidemos esos buenos deseos y sigamos con nuestras luchas de los unos contra los otros, con nuestras envidias o con la insolidaridad marcando el ritmo de nuestra vida olvidándonos pronto de los demás.
Esta jornada de la paz los cristianos la queremos hacer oración también, no solo porque imploramos de lo alto el auxilio divino para lograr emprender esos caminos de paz, sino porque tiene que convertirse en compromiso en nuestra vida para trabajar seriamente por esa paz.
Nos duelen las guerras y las violencias que azotan a nuestro mundo en pleno siglo XXI en tantos lugares del mundo; nos duelen esas miserias que hacen sufrir a tantos y que a la larga pueden provocar esas violencias; nos duele que nuestra sociedad que tendríamos que decir que ha avanzado en civilización sin embargo aun no hayamos aprendido la civilización del amor y de la paz; nos duelen las discriminaciones que seguimos haciéndonos en nuestro mundo creando barreras, poniendo muros de odio, de discriminación o de indiferencia que nos separan y nos alejan. Y no podemos cruzarnos de brazos ante esos u otras muchas situaciones dolorosas de nuestro mundo.
Oramos hoy comprometidos por la paz. Oramos en el comienzo de este nuevo año con el deseo de que pronto llegue la verdadera paz a nuestro mundo. Oramos por los que son victimas de esa falta de paz con todos sus sufrimientos. Oremos los unos por los otros para que tengamos verdadera paz en el corazón y podamos sembrar de paz a nuestro mundo.

viernes, 1 de enero de 2016

Nuestros ojos no se desprenden de Jesús y contemplamos al mismo tiempo a María pidiendo que Dios vuelva su rostro sobre nuestro mundo y nos conceda la paz

Nuestros ojos no se desprenden de Jesús y contemplamos al mismo tiempo a María pidiendo que Dios vuelva su rostro sobre nuestro mundo y nos conceda la paz

Núm. 6, 22-27; Sal. 66; Gál. 4, 4-7; Lc. 2, 16-21
Los ojos estos días no se nos han desprendido del Niño; no podía ser de otra manera porque contemplábamos la humanidad de Dios que ha tomado nuestra carne. A Dios con los ojos de la carne no lo podemos ver, pero El ha querido hacerse hombre y lo contemplamos en Jesús; vemos su humanidad, pero estamos contemplando a Dios.
No nos cansamos de mirar a Jesús y toda la maravilla del amor de Dios que en El contemplamos. Nos quedamos extasiados - ¿Quién no se queda extasiado ante la ternura de un niño recién nacido? - porque además en esa ternura estamos descubriendo la ternura de Dios, y parece que ya no quisiéramos mirar otra cosa. Pero nuestros ojos hoy quieren de manera especial ampliar la mirada y contemplamos a aquella que lo sostiene en sus brazos y sencillamente dejando que aflore también la ternura en nuestro corazon le decimos ‘gracias, María, gracias, madre, porque nos has dado a Jesús’.
Hoy la liturgia quiere que sin dejar de mirar a Jesús - hoy la pusieron con la circuncisión el nombre de Jesús - contemplemos también a María. ‘Al cumplirse los ocho días tocaba circuncidar al Niño, y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción’. Es la madre de Jesús, la que con su Sí hizo posible que Dios se encarnase en sus entrañas. ‘Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer…’ Es la madre de Dios. ‘Gracias, María, por tu Si; gracias, María, por tu disponibilidad y por la generosidad de tu corazón’.
‘Los pastores fueron corriendo a Belén y encontraron a María y a José, y al Niño acostado en el pesebre’. Allí estaba el niño que los ángeles habían anunciado como el salvador que había nacido en la ciudad de David. Y lo encontraron con María, y María observaba en silencio, María lo guardaba todo en el corazón. Ya no hay palabras de María. Aquel Sí de Nazaret era el Sí que la había llevado hasta Belén, como un día la llevará hasta lo alto del Calvario, al pie de una cruz, porque estará siempre con Jesús. María ahora nos enseña a mirar, a observarlo todo y a guardarlo en el corazón. Es la Palabra que ella había plantado en su corazón. Es la Palabra que sigue llegando a nosotros y que también hemos de guardar en nuestro corazón, plantar en nuestro corazón.
Casi no es necesario decir muchas cosas sino que nos quedemos contemplando la escena, contemplando a Jesús y contemplando a María, contemplando también todo el misterio que ante nosotros se realiza con los ojos de María. Para que reconozcamos de verdad en aquel hijo de María al que es el Hijo de Dios; para que nos llenemos también de los sentimientos de María; para que sintamos cerca de nuestro corazón a Jesús, como lo sentía María, pero también para que sintamos todo su calor de Madre. Ahí está ella y la contemplamos como la Madre de Dios, pero sabemos que un día se nos va a regalar como madre, para ser también nuestra madre. 
Estamos celebrando la octava de la Navidad. Seguimos con los gozos en el alma por el nacimiento de Jesús que celebramos hace ocho días y la fiesta de la Navidad sigue resonando en nuestro entorno. A esto se une que en el calendario que rige el devenir de nuestra sociedad en este día celebramos el inicio de un año nuevo. Junto a aquellos buenos deseos de felicidad que nos augurábamos hace unos días porque era la navidad se unen hoy las esperanzas, las buenas esperanzas de futuro en el año que comienza. Todo son parabienes y buenos deseos; nos deseamos felicidad y queremos que el año que iniciamos sea bueno.
Es cierto que le vida de nuestra sociedad y nuestro mundo está entretejida por los distintos acontecimientos que se suceden y en la globalidad actual de nuestro mundo a todos nos afecta lo que pueda suceder en cualquier rincón de nuestro planeta. Pero no miremos el devenir de la vida como un destino fatal del que no nos podemos sustraer. Pensemos también que ese mundo está en nuestras manos, en las manos de los hombres que en él habitamos. Y es ahí donde hemos de pensar en esa contribución que cada uno hace o ha de hacer para que nuestra sociedad sea mejor, nuestro mundo sea más habitable para todos y todos seamos más felices.
Nuestros deseos de paz y bien de estos días tendrían que ser compromisos de solidaridad para entre todos hacer ese mundo mejor, poniendo cada uno nuestro granito de arena. No somos ajenos a lo que suceda en nuestro mundo. Todos tenemos que sentirnos responsables de él.
En esta jornada además de primero de año celebramos la Jornada de la paz. ¿Qué cosa mejor podríamos desear y en lo que comprometernos? Es tarea de cada uno de los hombres que habitamos en este planeta, pero es también una gracia del Señor. Por eso para nosotros los cristianos esta jornada de la paz es una jornada de oración por la paz. Como escuchábamos en la lectura de los Números aquella en aquella bendición antigua pidamos que en verdad el Señor vuelva su rostro sobre nosotros y nos conceda su paz. Es la bendición, pero es también la suplica que queremos elevar al Señor.
Que María, la madre de Jesús y nuestra madre que escuchó a los Ángeles en el nacimiento de su hijo cantando la gloria del Señor pero al mismo tiempo la paz para los hombres que somos amados de Dios, se convierte en nuestra intercesora ante de Dios de la paz para nuestro mundo.