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miércoles, 5 de marzo de 2025

Con el miércoles de ceniza emprendemos un camino de silencio y de interiorización que nos conducirá a un verdadero camino pascual en nuestra vida

 

Con el miércoles de ceniza emprendemos un camino de silencio y de interiorización que nos conducirá a un verdadero camino pascual en nuestra vida

 Joel 2, 12-18; Salmo 50; 2 Corintios 5, 20 – 6, 2; Mateo 6, 1-6. 16-18

En un mundo de ruidos y superficialidades necesitamos hacer silencio para poder llegar a una profundización de la vida. Todo parece una loca carrera, son los agobios en los deseos de conseguir todo y lo más pronto posible, como es la banalidad con que vivimos la vida que disfrazamos con tantas vanidades. Ensordecidos al final nos encontramos vacíos, aquello por lo que tanto luchábamos porque nos parecía que era lo que nos iba a hacer más feliz, pronto se desvaneció y ni encontramos esa pronta y fácil felicidad ni encontramos un sentido profundo a la vida que parece que se nos diluye y desaparece como agua que se nos escapa de nuestras manos.

Es necesario detenernos, apartarnos de esos ruidos para encontrar un silencio que nos dé paz, un silencio para la reflexión, para encontrar una mirada nueva, para descubrir una luz en el camino, para saber que al final hay una meta por la que merece la pena luchar, superarnos, dejar cosas atrás, despojarnos de vanidades, buscar lo mejor y lo que es primordial. No sabemos como hacerlo, porque esos mismos ruidos que nos envuelven, nos ensordecen para escuchar las llamadas que recibimos seguramente allá en lo más hondo del corazón, pero que nos llegan también por la mediación de la Iglesia y desde la Palabra de Dios.

En ese ruido de la vida, en medio de tanto bullicio de nuestro mundo, con tantos guiños que recibimos de todas partes y que nos distraen pudiera sucedernos que nos pasara desapercibido este miércoles de ceniza que hoy celebramos. Para algunos ha perdido incluso su sentido, a lo más les es un anuncio de que pronto en cuarenta días llegará la semana santa, pero si no captamos todo su sentido se nos puede quedar, como me decía una persona estos días, es que nos ponen una cruz de ceniza en la frente y ya está.

Lo llamamos de ceniza, es cierto, por ese signo que la liturgia emplea en este día, la imposición de la ceniza. Pero eso tiene un sentido. Es la puerta que se nos abre y nos invita a entrar en nuestro interior para hacer ese silencio que tanto necesitamos. Es cierto que tiene ese sentido penitencial que nos recuerda que somos pecadores, que nos recuerda la nada de nuestra vida que se nos puede quedar en polvo de ceniza que pronto el viento se puede llevar, pero esos signos nos están hablando de un camino que hemos de iniciar, un camino de interiorización, un camino de búsqueda y de escucha para lo que necesitamos hacer ese silencio interior.

Acostumbrados como estamos a tanto ruido - ¿no encendemos desde que llegamos a casa la televisión para que haya unos sonidos que nos alejen de nuestra soledad aunque ni prestemos atención a lo que aparece en la pantalla? – algunas veces nos molesta ese silencio; nos cuesta hacer ese silencio porque nos vamos a escuchar a nosotros mismos, va a aflorar nuestra conciencia que quizás nos traerá muchos recuerdos que preferimos olvidar, nos va a hacer pensar en algo distinto, nos va a hacer sentir una voz que nos invita a algo nuevo.

Pero tenemos que aprender a dejarnos envolver por ese silencio porque será la manera que al final escuchemos la voz de Dios que nos susurra en nuestro corazón. La liturgia nos irá ofreciendo cada día en este tiempo que comenzamos que llamamos la cuaresma la riqueza de la Palabra de Dios como un camino a recorrer; un camino que será de encuentro con nosotros mismos y con nuestra cruda realidad, de renovación porque nos irá dando pautas de por donde tiene que ir el recorrido de nuestra vida, de vaciamiento de vanidades y superficialidades para poder encontrar lo que dará verdadera riqueza a nuestra vida; un camino que será de pascua porque aprenderemos a ir muriendo a nosotros mismos y a despojarnos de todas esas banalidades con que disfrazamos con vanidad nuestra vida, para encontrar ese vestido nuevo de nuevos valores que nos hará sentirnos hombres y mujeres nuevos.

Es el camino que vamos a emprender. Dejemos, sí, que el signo de la ceniza caiga sobre nuestra frente que nos recuerde lo que somos o en lo que nos hemos convertido. Al final habrá un agua que nos lave, la fuente bautismal ante la que renovaremos en la noche de pascua todo lo que es el sentido de la vida de quien sigue a Jesús y su evangelio.

Habrá sido un camino de pascua porque habremos aprendido a morir a todo ese viejo que hay en nosotros para resucitar a una vida nueva con Cristo resucitado. Ojalá cuando llegue la noche de Pascua lo podamos celebrar con todo sentido. Emprendamos ese camino de silencio e interiorización.

sábado, 3 de agosto de 2024

De una forma o de otra seguimos cortando la cabeza del Bautista con nuestros prejuicios o nuestros miedos al quedarnos impertérritos ante un mundo insolidario y cruel

 


De una forma o de otra seguimos cortando la cabeza del Bautista con nuestros prejuicios o nuestros miedos al quedarnos impertérritos ante un mundo insolidario y cruel

Jeremías 26, 11-16. 24; Salmo 68; Mateo 14, 1-12

Cuando la conciencia no la tenemos tranquila cualquier cosa que suceda, que se diga o se comente en nuestro entorno hará que en nuestro interior salten los resortes del alma, vamos a decirlo así, y nos llenamos de inquietudes y de intranquilidad, como si alguien hubiera detectado lo que nos pasa y en el momento menos esperado vengan a pedirnos cuentas.  ¿Causas de muchos insomnios? ¿De mucha intranquilidad que nos hacer estar alerta para justificarnos aunque nadie nos pida justificación? ¿Buscamos maneras para desviar la atención desde los miedos que llevamos en el alma?

¿Sería algo así lo que le estaba pasando a Herodes? Aunque estuviera enfrascada en sus fiestas y en sus lujos a él llegaban noticia también de lo que sucedía en Galilea, donde había aparecido un profeta, al menos así lo consideraban muchos de la gente sencilla aunque a otros sectores también les produjera inquietud; no en vano era el rey de Galilea, aunque fuera bajo el dominio y la supervisión de los romanos, que en Jerusalén tenían su pretor.

Cuando oye hablar de Jesús piensa que es Juan Bautista que ha resucitado y con todo poder se está manifestando ahora en ese profeta que ha aparecido por Galilea. Y el evangelista nos recuerda de donde provienen los temores o remordimientos de conciencia de Herodes; había mandado matar a Juan. Inducido por su mujer primero lo había metido en la cárcel para hacerlo callar, porque le denunciaba que aquel matrimonio que estaba viviendo no era un matrimonio, porque aquella mujer era la mujer de su hermano.

Sin embargo Herodes sentía un cierto respeto por Juan, no en vano era judío y creía en los profetas; de alguna manera así lo consideraba, pero Herodías seguía conspirando contra el Bautista buscando la manera de quitarlo de en medio. La ocasión vino oportuna en la fiesta del cumpleaños de Herodes donde estaba rodeado de toda su corta y de todos sus lacayos cuando la hija de Herodías bailó para Herodes y los comensales. En los momentos de euforia de una fiesta se promete hasta lo que no se puede cumplir y es lo que hace Herodes. Y la petición vino en bandeja, bueno, en bandeja pedían la cabeza de Juan.

No podía negarse por el juramento que había hecho en presencia de todos los comensales. Las euforias, los miedos y respetos humanos, la pendiente de la pasión de una vida desordenada de la que uno no se quiere arrancar, las cobardías para dar un paso diferente, la inconsciencia de una vida llena de superficialidad nos hacen rodar a los peores abismos. Luego vendrá el sentirnos mal, pero siempre quedará ahí esa cobardía para no dar ese necesario paso atrás para volver a caminos de rectitud.

Y es que cuando hoy estamos escuchando este evangelio no nos quedamos en el relato un tanto turbio de algo sucedido en otro momento para hacer nuestro juicio sobre las conductas de otras personas. Qué fáciles son esos juicios, porque realmente no nos implican en nada, porque no terminamos por mirarnos a nosotros mismos. El juicio tenemos que hacerlo pero mirándonos a nosotros mismos también en ese descontrol en que tantas veces nos metemos en la vida; también nos dejamos arrastrar por la superficialidad, dejamos incontroladas nuestras pasiones y no sabemos salir del bache en que tantas veces nos metemos en la vida, también actuamos pensando en lo que puedan decir los demás queriendo hacernos acomodaticios a todo y a todos, pero no desde la rectitud de nuestra vida, también tenemos nuestros miedos y nuestros complejos que nos impiden ser libres de verdad por dentro.

De una forma o de otra seguimos cortando la cabeza del bautista con nuestros prejuicios, con nuestras desconfianzas o con nuestros miedos al qué dirán, con nuestras vanidades para quedar bien – para salir bien en la foto, como se suele decir -, con nuestros hipocresías porque realmente no nos manifestamos tal como somos también con nuestras debilidades y fracasos, con nuestros quedarnos impertérritos ante tantas cosas que suceden en nuestro mundo insolidario y cruel.

¿Habrá algo que nos está pidiendo hoy esta buena noticia que nos viene de Dios aún en este hecho que nos pudiera resultar desagradable como es la muerte del bautista?


viernes, 28 de junio de 2024

Cuando vemos el actuar de Jesús tenemos que decir que también nosotros queremos e inmediatamente tender nuestra mano para levantar al que está a la vera del camino

 


Cuando vemos el actuar de Jesús tenemos que decir que también nosotros queremos e inmediatamente tender nuestra mano para levantar al que está a la vera del camino

2Reyes 25, 1-12; Salmo 136; Mateo 8, 1-4

Se suele decir que las desgracias nunca vienen solas. Y no es que se tenga un sentido pesimista de la vida, a la que siempre hemos de darle un sentido de positividad, porque será además lo que nos haga salir de los momentos oscuros; pero fácilmente constatamos que cualquier situación mala por la que podamos estar pasando, no se queda muchas veces, por ejemplo, en el dolor que podamos tener por una enfermedad, sino que espiritualmente, anímicamente nos sentimos débiles, la impotencia para salir de aquella situación nos hace descubrir otras pobrezas de nuestra vida, o nos lleva a un vacío espiritual que aumenta nuestra soledad y nuestro dolor.

Hoy el evangelio nos habla de un leproso que viene y se postra a los pies de Jesús para decirle que si quiere puede curarle. Pero no era solo la enfermedad física de ver cómo su cuerpo se desmorona con la enfermedad, sino era la soledad en la que estaban obligados a vivir, porque habían de vivir alejados de la gente, fuera de los pueblos, sin contacto ni siquiera con la familia. La enfermedad en este caso conllevaba una exclusión social que tenía que ser también muy difícil de llevar.

Es bien significativo para nuestra vida este episodio del evangelio. Jesús había venido anunciando el Reino de Dios y había ido mostrando señales de cómo ese Reino de Dios se hacía presente en medio de ellos. Antes del Sermón del Monte que hemos venido escuchando y que es como un resumen del mensaje de Jesús, ya le habíamos visto en Galilea realizando diversos signos que manifestaban esa cercanía del Reino de Dios.

Vamos a ver ahora un gran signo de esa presencia del Reino de Dios. ‘Si quieres, puedes limpiarme’, le había dicho el leproso que se había atrevido a llegar a los pies de Jesús en medio de la gente a pesar de la prohibición de que un leproso pudiera acercarse así a la gente. Y Jesús quiere. Y aquel leproso queda limpio. Y Jesús le pedirá que vaya a presentarse al sacerdote porque es quien tiene la autoridad para una vez curado poder entrar en el seno de la comunidad.

Aquel hombre ha sido curado de su enfermedad, pero aquel hombre ha recobrado su dignidad como persona; puede estar de nuevo en medio de los suyos, se reintegra de nuevo en el seno de la comunidad.

Y es aquí donde tenemos que ponernos a pensar en el hoy de nuestra vida. Vemos a nuestro alrededor tantos con las mismas señales de lo que era la vida de aquel leproso. Pensamos en el sufrimiento de tantos en sus enfermedades y limitaciones, pensamos en la pobreza que viven tantos a nuestro alrededor, pero no nos podemos quedar en esas situaciones, digamos, físicas que podemos contemplar. Hemos de detenernos a contemplar lo que hay detrás de todos esos sufrimientos.

¿De alguna manera no estaremos creando abismos detrás de muchas de esas personas que vemos con sus sufrimientos, con sus enfermedades, con sus limitaciones, con sus pobrezas y carencias? Cuando vamos por la calle y nos vamos tropezando con tantos que no nos gustan, que no nos caen bien, cuya presencia nos puede resultar repulsiva, o que vemos sumidos en un mundo de dependencias de tantas cosas, ¿no estaremos de alguna manera, quizás incluso de una forma inconsciente, discriminación con nuestras miradas de pena pero siempre desde la lejanía, con ese mantenernos a distancia y mirarlos quizás por encima del hombro, con ese no querer mezclarnos y entonces no dejamos entrar en nuestro circulo que siempre quiere ser selecto?

Muchas formas en las que seguiremos mirando a tantos a nuestro alrededor como a aquellos leprosos de los que nos habla el evangelio. Vendrán o no vendrán a pedirnos o a decirnos que nosotros podemos limpiarnos, como le decía aquel leproso a Jesús, pero no sé lo que realmente vamos pensando en nuestro interior de si acaso o no podemos limpiarlos.

Cuando vemos el actuar de Jesús no es solo para admirarnos y decir ‘mira lo que Jesús fue capaz de hacer’. Vemos el actuar de Jesús y sabemos que ese tiene que ser nuestro actuar. también nosotros hemos decir que sí queremos y adelantar nuestra mano hasta el leproso de turno, hasta ese al que tenemos que levantar, hasta ese al que no queremos mirar al pasar, hasta eso del que nos hacemos oídos sordos para no escuchar su ruego.

Es duro y es difícil. Porque en nuestra conciencia nos damos cuenta de que seguimos pasando de largo ante el leproso, ante tantos que están a la vera de nuestro camino. ¿Despertaremos algún día?

lunes, 4 de abril de 2022

Seguimos tirando en los caminos de la vida destruyendo vidas, poniendo en entredicho la buena fama de los demás o alegrándonos del mal ajeno, otras tienen que ser nuestras actitudes

 


Seguimos tirando en los caminos de la vida destruyendo vidas, poniendo en entredicho la buena fama de los demás o alegrándonos del mal ajeno, otras tienen que ser nuestras actitudes

Daniel 13, 1-9. 15-17. 19-30. 33-62; Sal 22; Juan 8, 1-11

Una piedra, una roca, puede ser sólido cimiento de un enorme edificio que podamos construir; básicamente la piedra era fundamental en la construcción de cualquier edificio o monumento, porque eran la base de las columnas que sostenían el edificio, de las paredes con que era construido y así en mil detalles más incluso en la ornamentación. Pero una piedra podría ser elemento de destrucción y de muerte como aquella roca que se desprende de la montaña y echa abajo aquella hermosa figura construida de valiosos metales en el sueño descifrado por el profeta; elemento de muerte porque un golpe en una piedra o con una piedra puede quitarnos el sentido y la vida.

A través del evangelio la imagen de la piedra o de la roca aparecerá con diversos significados, desde la roca – Pedro, piedra – sobre la que Cristo quiere edificar su iglesia, o como en el caso que se nos ofrece hoy en el evangelio el ser apedreado era castigo mortal para quienes eran descubiertos en adulterio. Es la acusación que traen contra aquella mujer a la que pretendían apedrear en cumplimiento de la ley de Moisés, pero en la intenciones de quienes vienen con la acusación contra quien quieren lanzar piedras es contra Jesús porque con aquel juicio en el que pretendían inmiscuirle estaba la mala intención de ver como cogerían a Jesús en sus propias palabras y acciones para tener de qué acusarle.

Jesús, en este caso lo desbarata todo cuando apela a la sinceridad de la conciencia de cada uno de aquellos acusadores. ¿Podrían en verdad acusar? ‘El que esté libre de pecado que tire la primera piedra’, es la sentencia de Jesús después de tensos momentos de silencio buscando respuestas y actuaciones. ¿Quién puede en verdad sentirse tan justo como que pueda tirar la primera piedra?

Sin embargo, seguimos tirando piedras. Aunque el desafía de Jesús nos deja en desazón pronto lo olvidamos y en la vida de mil manera seguimos tirando piedras, porque seguimos juzgando y seguimos condenando, seguimos poniendo en entredicho lo que hacen o lo que dicen los demás o seguimos creando desconfianzas, seguimos con la palabra malévola dicha en el momento oportuno para crear una confusión o seguimos ocultándonos detrás de las persianas de nuestras cobardías cuando vemos algo que realmente es injusto y nada hacemos por denunciarlo o desbaratarlo, seguimos con la sonrisa maliciosa en la alegría que nos pueda producir el daño de los demás o seguimos provocando a la gente en aquello que sabemos que los solivianta pero no para construir cosas buenas sino para mover quizás muchas veces al alboroto y la violencia porque dicen que a río revuelto ganancia de pescadores y siempre queremos sacar beneficio hasta de lo que pueda perjudicar a los demás. Son tantas las piedras que seguimos tirando en los caminos de la vida destruyendo vidas, poniendo en entredicho la buena fama de los demás o alegrándonos del mal ajeno.

Jesús quiere ponernos hoy en sobre aviso. Algunas veces es una pendiente resbaladiza en la que nos metemos porque vamos de buena voluntad por la vida, pero no miramos bien las consecuencias de nuestros actos, nuestras palabras, nuestros comentarios, nuestros gestos, nuestras actitudes. Tenemos que pensarnos bien lo que hacemos, lo que decimos, los gestos que podamos tener con los demás, para desterrar toda malicia, toda mala intención, para que sepamos ir por la vida con una mirada limpia, pero también con una palabra sincera y con muchos gestos de amor. Que nunca más por culpa nuestra caigan piedras sobre los demás.

miércoles, 8 de julio de 2020

Tenemos que dejarnos interpelar por el evangelio para descubrir a nuestro lado ‘esas ovejas descarriadas’ a las que tenemos que ir con el mensaje de Jesús

Tenemos que dejarnos interpelar por el evangelio para descubrir a nuestro lado ‘esas ovejas descarriadas’ a las que tenemos que ir con el mensaje de Jesús

 Oseas 10, 1-3. 7-8. 12; Sal 104; Mateo 10, 1-7
Hemos de reconocer una cosa, vivimos, queremos vivir una vida cómoda sin demasiadas complicaciones y está la reacción o la postura de muchos en que cada uno va a lo suyo y a mi que no me compliquen la vida, pero está también la reacción bastante peligrosa de los que nos creemos buenos y nos vamos contentando con hacer lo de siempre, acomodamos incluso lo que escuchamos a lo que es la rutina de nuestra vida y también es que no nos complicamos demasiado.
Hay sucesos de la vida, cosas que pasan en nuestro entorno o que quizá escuchemos en cualquier medio de comunicación, o será un gesto de alguien en nuestro entorno que en un momento determinado toma decisiones que nos pueden parecer drásticas, o será un mensaje que nos llega aparentemente inocente, pero que cuando nos detenemos a pensar resulta que nos revuelve y nos interroga por dentro. Cosas, hechos, gestos, palabras que son como un toque de atención, una llamada, un interrogante por dentro y nos sentimos impactados y parece que tenemos que buscar una salida que quizá nos puede plantear cambios en nuestra vida.
Hay momentos en que la Palabra del Señor que escuchamos nos impacta; es algo que quizá hemos escuchado muchas veces, pero ahora aquel gesto de Jesús, aquella palabra, aquel mensaje nos llama la atención. Puede surgir una lucha interior en que quizá queremos acallar aquello que nos sucede, pero se nos pueden presentar importantes interrogantes sobre la manera como escuchamos habitualmente el evangelio. Necesitamos sinceridad, apertura del corazón, humildad para dejarnos interrogar, disponibilidad para dar los pasos que se nos pueden estar pidiendo, aunque algunas veces todo eso nos cueste mucho.
En el relato del evangelio que hoy se nos ofrece se nos habla de la llamada de Jesús a los doce que iba a constituir apóstoles; el evangelista, por así decirlo, nos da el listado oficial, pero el evangelista también nos habla de las recomendaciones que Jesús hace en aquel momento en su envío a los apóstoles. Es curioso que en esta ocasión les dice que no vayan a tierra de paganos – eso será en otro momento en otro envío – ni que vayan a las ciudades de Samaria; los envía a las ciudades descarriadas de Israel. No los envía a territorios fáciles, a lugares por los que ya habría pasado Jesús y habrían escuchado el primer anuncio, no los envía a aquellos lugares de la gente buena, de los que ya se comportan como buenos israelitas. Los envía a las ciudades descarriadas de Israel.
Es para pensar. El evangelio me está obligando a hacer un parón para dejarnos interrogar por cosas. Es para pensar en nuestra situación, en lo que habitualmente hacemos los cristianos, a lo que es la tarea pastoral ordinaria de la Iglesia. ¿A dónde vamos? ¿Con quienes contamos? Con los que ya habitualmente vienen, con los que ya habitualmente están pidiéndonos unos servicios religiosos, por ejemplo, ya sea por motivos de bautismos, primeras comuniones, matrimonios o defunciones. Pero ¿ahí están todos?
Es cierto que vivimos en unos lugares que decimos cristianos, porque la mayoría de la gente bautiza, se casa o reza por sus difuntos. Pero bien sabemos que la realidad que nos rodea ya no es esa. Que para muchos quizá lo más que les queda es ir a un santuario por devoción a una imagen de la Virgen, del Señor o de algún santo, pero que de ahí no pasan, y ya  no son todos tampoco los que realizan esas prácticas religiosas.
Cuando camino por las calles, carreteras o caminos de mi entorno veo la cantidad de gente que vive a su aire en ese aspecto religioso o cristiano, cuando no alejados totalmente de la fe y de la práctica religiosa. Antes sonaban las campanas llamando a Misa y veíamos salir a la gente hacia la Iglesia, ahora quizá molesta que toquen las campanas porque los pueden despertar de sus sueños, o pueden ser un toque de atención que no quieren recibir. ¿Y la Iglesia llega a toda esa gente? ¿Y los cristianos que nos decimos más comprometidos con nuestra fe nos sentimos preocupados por hacer llegar el mensaje del evangelio a esas gentes?
Nos falta más espíritu misionero; sentir ese envío del Señor que nos envía, no a los de siempre, a los que ya están, sino a los que no vienen nunca, a los que han perdido el rumbo de la fe, a los que ya no les dice nada el evangelio. Quizá también la práctica pastoral de la Iglesia también tendría que cambiar mucho en la formas o en la atención que le prestamos a esos alejados. Decimos mucho, como palabras bonitas, una Iglesia en salida, una iglesia misionera, ponemos bonitos carteles en nuestros templos, pero no nos podemos quedar en eso, tenemos que ir de verdad al encuentro de ‘esas ovejas descarriadas de Israel’, como nos dice hoy Jesús en el evangelio.

El pensarlo ya quizá es un impacto o un interrogante a nuestra conciencia.

sábado, 3 de agosto de 2019

Cuidado las pendientes en que nos pongamos en la vida que resbalamos hasta caer y luego vienen las malas conciencias


Cuidado las pendientes en que nos pongamos en la vida que resbalamos hasta caer y luego vienen las malas conciencias

Levítico 25,1.8-17; Sal 66;  Mateo 14,1-12
Cuando tenemos mala conciencia por algo que hemos hecho si hay un mínimo de sensibilidad en nosotros nos sentiremos inquietos, algo pesa dentro de nosotros que no nos deja tranquilos y llegamos incluso a ver en lo que luego nos está sucediendo como consecuencias de aquello malo que hicimos y de alguna manera nos arrepentimos y quisiéramos actuar en delante de otra manera.
Claro que también está el que ha insensibilizado su conciencia y trata de olvidar como si nada hubiera pasado, tratando así de acallar esas voces que pudieran surgirnos en nuestro interior. Quien no tiene conciencia seguirá actuando quizá de la misma manera porque hasta vería como natural el que actuáramos así. Diversas maneras que tenemos de afrontar nuestra propia vida y aquellas cosas en las que hemos errado o en con las que hemos hecho mal a los demás.
Herodes ha oído hablar de Jesús, del mensaje que enseña y de las obras maravillosas que hace. Pero se siente incómodo, como se sienten incómodos los que tienen mala conciencia de lo que hacen cuando se encuentran con una persona que actúa rectamente, que enseña lo bueno y que hasta es ejemplo de vida para los demás. Por eso su reacción es pensar si acaso Jesús, el profeta de Nazaret del que le hablan, no sería Juan Bautista al que él había mandado decapitar. 
Quizá en un primer pensamiento tendríamos que plantearnos cómo nosotros reaccionamos ante lo bueno que vemos en los demás si somos conscientes del mal que muchas veces se nos mete en el corazón.
El evangelio ve ocasión en estas reacciones de Herodes para narrarnos lo que había sucedido. La vida de Herodes no era precisamente una vida recta. Conocida es su vida libidinosa y como se dedicaba más que nada a sus fiestas y sus orgías. Sigue siendo la tentación de los poderosos que se aprovechan de su poder para vivir una vida muchas veces licenciosa. Cuántas corruptelas se ocultan tantas veces detrás del poder. En nuestra sociedad comienza a salir a flote tanta corrupción de los que se aprovechan de la forma que sea de su poder y de su influencia. Demasiado envueltos en maldad vivimos en nuestra sociedad y cómo tendríamos que estar alertas.
Nos narra el evangelista que a Herodes le gustaba escuchar a Juan, pero podía más en él al final sus deseos de placer y sus corruptelas. Juan le hablaba claramente y le denunciaba la situación de pecado en la que vivía. Y por las influencias de quien era causa de pecado para él, termina por meter en la cárcel a Juan. Pero Heroidas no parará hasta lograr quitar de en medio a quien era una denuncia para su vida. La ocasión la da una de aquellas fiestas convertidas en orgías en las que se rodeaba Herodes de sus cortesanos y en la que la hija de Herodías bailó para el rey.
Fue el momento de debilidad final cuando nuestro corazón está ensombrecido y nuestra mirada es turbia. Encantado con el baile de Salomé le ofrece lo que le pida aunque sea la mitad de su reino. Es la ocasión de Herodías que convence a su hija para que pida la cabeza de Juan Bautista. Quien está en la pendiente fácilmente rueda cuesta abajo y es lo que sucedió a Herodes, sus juramentos, sus respetos humanos, su prestigio real, toda la maldad acumulada en su corazón le llevan a dar la orden de decapitar al Bautista. Más tarde vendrá la mala conciencia de la que no se sabe cómo salir.
Un toque de atención a nuestra vida, una llamada. Cuidado con las pendientes en las que nos pongamos en la vida, que resbalamos hasta caer. ‘No nos dejes caer en la tentación’, decimos en el padrenuestro, ‘líbranos del mal’, le pedimos al Señor.

miércoles, 9 de mayo de 2018

Mucho bueno hay encerrado en nuestro corazón que por la gracia del Espíritu un día volverá a renacer y florecerá en frutos de vida cristiana


Mucho bueno hay encerrado en nuestro corazón que por la gracia del Espíritu un día volverá a renacer y florecerá en frutos de vida cristiana

Hechos de los apóstoles 17,15.22-18,1; Sal 148; Juan 16,12-15

Siempre hay cosas que se quedan en el tintero, solemos decir cuando olvidamos algo, o no tenemos tiempo de manifestar todo lo que quizás sabíamos o teníamos intención de manifestar. También hay ocasiones en que no podemos decir en el momento todas las cosas; en circunstancias tenemos que ir revelando lo que hemos de manifestar de una forma gradual, bien porque la noticia sea impactante y no queremos dañar ni escandalizar quizás a la persona a la que se lo comunicamos, bien sea porque en la educación la enseñanza ha de hacerse también de forma progresiva, porque un niño no puede asimilar, por ejemplo, de la misma manera lo que le digamos a un joven o a un adulto.
‘Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena’. Así les dice Jesús a sus discípulos cuando les hace el anuncio de la venida del Espíritu Santo. No es quizás por las mismas razones de lo que antes reflexionábamos para nosotros al introducir el tema de hoy, pero es cierto que a los discípulos les cuesta comprender todo el misterio de Jesús, y hay cosas, como hemos venido viendo a lo largo del evangelio, que incluso les cuesta aceptar, como fue todo el misterio de la pascua y de la pasión de la que tantas veces Jesús les había hablado y ellos no habían terminado de comprender.
Será tras la resurrección y con la venida del Espíritu Santo cuando lleguen a comprender plenamente que Jesús es el Señor. Así lo confesará Pedro en el primer sermón después de Pentecostés ‘a ese Jesús a quien vosotros habéis crucificado Dios lo constituyó por la resurrección Señor y Mesías’.
Aunque a lo largo del relato del  evangelio vemos que llaman a Jesús ‘Señor’, hemos de tener en cuenta que el evangelio fue escrito posteriormente cuando ya realmente tras Pentecostés así lo habían reconocido. El relato del evangelio, entendemos bien, que no es una crónica que se iba escribiendo en el momento, sino que seria más tarde cuando surgen los evangelistas que quieren dejar por escrito cuanto se decía y conocían de Jesús.
Es lo que ahora – y el texto se corresponde a las palabras de Jesús en la última cena – Jesús les está anunciando. El Espíritu los guiará a la verdad plena; por la fuerza del Espíritu del Señor podrán en verdad reconocer a Jesús como el Señor; por la inspiración del Espíritu irán recordando y comprendiendo, asimilando de verdad en sus vidas, todo lo que Jesús había hecho y les había enseñado.
Es así como nosotros hemos de dejarnos conducir por el Espíritu del Señor. Pensemos cuantas cosas hemos aprendido de Jesús, del evangelio, de la vida cristiana a lo largo de nuestra vida. ¿Cuántos serán los sermones que hemos escuchado? ¿Cuántas las catequesis que hemos recibido? ¿Lo recordamos todo? ¿Lo habremos asimilado de verdad? Pero ahí está sembrado en lo hondo de nuestro corazón, como un poso está en el fondo de nuestra mente y de nuestra conciencia aunque nos parezca que no lo recordamos todo, pero cuando nos dejamos conducir por el Espíritu en su inspiración irá sacando todo eso que está en nuestro interior y podremos en verdad irlo asimilando para ir en verdad renovando nuestra vida. Mucho bueno hay encerrado en nuestro corazón que por la gracia del Espíritu un día volverá a renacer y florecerá en nosotros en frutos de vida cristiana.
Es por lo que yo digo muchas veces a los padres que viven quizás la angustia de que sus hijos han olvidado todo aquello que les enseñaron pero parece que ahora van por otros caminos. Si lo hemos sembrado bien, tengamos la esperanza de que un día esos valores vayan a brotar a pesar de que ahora haya tanto follaje. Recemos para que el Espíritu del Señor riegue con su gracia esos corazones que un día se puedan sentir movidos a rescatar esos valores que están ahí encerrados. No perdamos la esperanza, sino con toda confianza oremos al Señor para que un día haya ese despertar.

miércoles, 28 de diciembre de 2016

El día de los Santos Inocentes nos tendría que llevar a pensar en tantos otros inocentes que a lo largo de la historia y hoy son víctimas de nuestra manera de actuar

El día de los Santos Inocentes nos tendría que llevar a pensar en tantos otros inocentes que a lo largo de la historia y hoy son víctimas de nuestra manera de actuar

1Juan 1,5-2,2; Sal 123; Mateo 2,13-18
Hoy es el día de los Santos Inocentes. Sin embargo en el sentido de nuestra sociedad, al menos en mi tierra, es sobre todo el día de las inocentadas; un día para la broma, para la picardía de ver cómo caes en una inocentada creyéndote aquello que te cuentan o te dicen de manera que hasta en los medios de comunicación social y hasta en los noticiarios buscan esa aparente noticia extraordinaria con la que hacer caer a todos en la inocentada. Es la picardía que llevamos dentro, el deseo de la broma y de la alegría que quizá quiera hacernos olvidar otras angustias u otros problemas que pudieran afectarnos hasta quitar esa alegría de nuestra vida.
Con la reflexión que ahora me hago y os ofrezco quizá arroje un jarro de agua fría en medio de nuestras alegrías festivas, pero siento dentro de mí la urgencia de ofreceros esas quizá desordenadas líneas de reflexión pero que puedan ayudarnos a pensar en otras cosas.
Pero bien sabemos que celebrar el día de los Santos Inocentes es mucho más que eso, porque realmente estamos celebrando un momento muy dramático en la historia de nuestra salvación en el que por querer quitar de en medio a aquel recién nacido rey de los judíos como decían los Magos venidos de Oriente, el Rey Herodes al verse burlado mandó decapitar a todos los niños menores de dos años de Belén y sus alrededores.
Ya escuchamos en el evangelio cómo el ángel del Señor anuncia a José lo que ha de suceder y cómo ha de salvar la vida del niño huyendo a Egipto. Un rememorar de alguna manera la historia del pueblo de Israel en la que Jesús se ha encarnado, pero que es de alguna manera ver cómo Jesús se encarna en nuestra historia, en nuestra vida, también con los sufrimientos y las angustias que padecemos los hombres.
La liturgia de las Horas nos evoca la matanza de los niños recién nacidos de Egipto cuando el faraón oprimía al pueblo de Dios y mandó arrojar al Nilo a todos los varones recién nacidos. Es la historia que se repite en nuestra humanidad llena de pecado, de odios, de rencores, de envidias, de ambiciones, de violencia. No podemos menos que hacer pasar ante nuestros ojos, aunque sus imágenes sean muy hirientes para nuestras conciencias adormecidas, las muertes de tantos inocentes que también en nuestro tiempo son víctimas de la miseria, del hambre, de la violencia, de las guerras, de las ambiciones de los hombres.
Cuando en la televisión nos ponen imágenes de la guerra, imágenes tan recientes como lo que sucede en Alepo, en Siria, en Irak o en tantos otros lugares azotados en este momento de nuestra historia por la guerra, nos dicen que son imágenes que pueden herir nuestra sensibilidad. No queremos sentirnos quizá interpelados, no queremos quizá escuchar el grito angustioso de tantos que ven destruidas sus casas, o las vidas de sus seres queridos, no queremos inquietarnos por esas cosas que suceden ahí a un tiro de piedra de nuestra cómoda e insensible sociedad.
Es duro que así nos hayamos endurecido las conciencias. Tiene que ser inquietante que sigamos impasibles ante tantos sufrimientos. Es inhumano que quizá nosotros estos días tengamos nuestras mesas repletas de alimentos que al final se desperdiciarán, mientras ahí al lado hay gente en la miseria y muere de hambre.
¿Es así como hacemos un mundo mejor? ¿Es así como nosotros, los cristianos, los que nos decimos seguidores de Jesús vivimos la Buena Nueva que con Jesús quiere llegar a nuestras vidas para que vivamos un compromiso por hacer un mundo mejor?
Es el día de los Santos Inocentes, de aquellos niños que murieron a causa del odio o de la ambición de Herodes, pero es el día en que tenemos que pensar en tantos santos inocentes que mueren en el mundo a causa de nuestra insensibilidad, de nuestra insolidaridad, de nuestros ojos que queremos mantener cerrados, de nuestros despilfarros, de nuestras violencias. Es para pensarlo.

jueves, 22 de septiembre de 2016

El deseo del conocimiento de Jesús no sea una mera curiosidad superficial sino una confrontación sincera de nuestra vida con su evangelio

El deseo del conocimiento de Jesús no sea una mera curiosidad superficial sino una confrontación sincera de nuestra vida con su evangelio

Eclesiastés 1,2-11; Sal 89;  Lucas 9,7-9

Dependiendo quizá por una parte de nuestro estado de ánimo, pero por otra parte del estado de nuestra conciencia nos podemos predisponer antes las personas que encontramos en nuestro entorno porque quizá las actitudes o los valores que vemos reflejados en su vida pueden ser un revulsivo para nosotros, para nuestros comportamientos o la manera con que afrontamos o expresamos el sentido de nuestra vida.
Ante ellos se puede suscitar en nosotros rechazo, desprecio quizá, oposición, desconfianza, o quedarnos en una pasajera curiosidad que no llega a más o con la que tratamos de alguna manera manipular, como para ponerlo al servicio de posiciones nuestras con las que tratamos de distraer quizá la atención de lo verdaderamente importante, o para utilizarlas en nuestro divertimiento.
¿Sería algo así lo que le estaba sucediendo a Herodes? Había oído hablar de Jesús, de aquel nuevo profeta que había surgido en Galilea. Y eso le inquietaba, aunque el seguía viviendo su vida con su superficialidad acostumbrada, aunque ya vería la forma cómo lo eludía o quitaría de en medio como había hecho con Juan Bautista. No tenia claro quien era Jesús y lo que podía significar igual que en las gentes que lo escuchaban que también tenían sus confusiones y no lo veían claro.
Que si era Juan Bautista que había vuelto a la vida, que si era Elías que había vuelto a aparecer, que si había surgido un profeta como los antiguos… Pero Herodes sabía que había mandado decapitar al Bautista y su cabeza se había presentado allí en medio de aquel banquete y aquella fiesta para entregársela a Salomé, la hija de Herodías. Pero no las tenía todas consigo porque su conciencia algo le estaba diciendo.
Siente curiosidad por Jesús. Quería conocerlo. Así un día se lo anunciaron incluso a Jesús. Pero ¿cuál era el verdadero deseo de Herodes? Se decía que le agradaba escuchar a Juan y sin embargo le había metido en la cárcel a instigación de Herodías y luego le había mandado decapitar a petición de Salomé en aquella fiesta organizada para diversión de toda su corte. Y sabemos que más tarde también quiso divertirse con Jesús cuando se lo mandaría Pilatos en la Pascua y le pedía que hiciera alguna cosa maravillosa para entretener a todos los presentes.
Pero nos quedamos ahí, en ese desconocimiento de quien era realmente Jesús y esa curiosidad de Herodes. Y nosotros ¿qué? ¿Cuál es el conocimiento que tenemos de Jesús? ¿Cuáles son nuestros deseos de conocerle? ¿Qué repercusión tiene en nuestra vida Jesús, el evangelio, los actos religiosos que realizamos? ¿Serán un entretenimiento cuando no tenemos otra cosa en qué ocuparnos? Muchas veces decimos que vamos a Misa cuando tengamos tiempo porque tenemos tantas cosas que hacer. Cuántos reducen toda su religiosidad a asistir a las fiestas. ¿Cómo se implica nuestra vida con la fe que en Jesús tenemos?
Son preguntas que tenemos que hacernos. Son reflexiones y planteamientos en nuestra vida. Que haya un verdadero deseo de conocer a Jesús. Pero un deseo que se haga concreto en cosas concretas. No de una forma superficial. Que ahondemos en el evangelio. Que confrontemos de verdad nuestra vida con el mensaje de Jesús.
Quitemos miedos. Quitemos prejuicios. No temamos enfrentar nuestra conciencia con los valores del evangelio, con el camino de Jesús. No le demos la espalda porque quizá se tocan heridas concretas de nuestra vida o cicatrices de lo que nos haya sucedido. Vayamos con corazón abierto al encuentro con Jesús.

jueves, 13 de octubre de 2011

Por la fe en Jesucristo viene la justicia de Dios


Rom. 3, 21-30;

Sal. 129;

Lc. 11, 47-54

‘Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa’, hemos rezado, proclamado, repetido una y otra vez en el salmo. ¿Quién es el que nos salva? ¿De dónde esperamos la salvación? ‘Por la fe en Jesucristo viene la justicia de Dios a todos los que creen…’ nos decía san Pablo.

Tenemos que ser buenos, es cierto; tenemos que cumplir lo que es la voluntad del Señor; hemos de responder con nuestro amor, con nuestras obras del amor, a tanto amor cómo Dios derrama sobre nuestra vida. Esas serán las obras con las que manifestamos que vivimos la salvación que Dios nos ofrece. Pero quien nos salva es el Señor. ‘Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa’, como rezábamos en el salmo.

Y es que la salvación es gracia, es don gratuito de Dios, es regalo del amor de Dios. No por nuestros merecimientos sino por el amor infinito que Dios nos tiene. Andamos muchas veces muy preocupados por los merecimientos y poco menos que queremos llevar una contabilidad de las cosas buenas que hacemos, como para presentarle una lista a Dios de lo buenos que somos cuando lleguemos al juicio de Dios. Ni que Dios no supiera las cosas buenas que hacemos.

Parece como que quisiéramos justificarnos ante de Dios, cuando el que nos justifica y nos salva es el Señor, que es Jesús el que ha derramado su sangre en la cruz para nuestra redención. Como nos dice el apóstol: ‘Todos pecaron y todos están privados de la gloria de Dios, y son justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención de Cristo Jesús, a quien constituyó sacrificio de propiciación mediante la fe en su sangre’.

En consecuencia, todas esas cosas buenas que hacemos no son sino la respuesta necesaria que nosotros damos al amor que Dios nos tiene. Con todo eso bueno lo que tenemos que buscar siempre es la gloria de Dios, no nuestra gloria. ¿No es justo que cuando tanto recibimos del Señor tengamos un corazón agradecido que le mostremos nuestro amor? Y le mostraremos nuestro amor con nuestra fe, con nuestra fidelidad, con el cumplimiento de su voluntad, con nuestra responsabilidad y con todas esas cosas buenas que hacemos. ¡Cómo no vamos, entonces, a amar a aquellos a los que el Señor ama!

Qué hermosos aquellos antiguos versos hechos oración:Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera que aunque no hubiera cielo yo te amara, y aunque no hubiese infierno te temiera’. Nos tiene que mover el amor que Dios nos tiene, cuando lo contemplamos en la cruz crucificado por nosotros. Por eso terminaban aquellos versos:No me tienes que dar porque te quiera, porque, aunque lo que espero no esperara, lo mismo que te quiero te quisiera’. Aunque bien sabemos que el Señor nunca se deja ganar en generosidad y el regalo de su amor siempre será más grande que todo el amor que nosotros podamos tenerle. Pero seamos generosos en nuestra entrega y en nuestro amor para con el Señor. Vivamos con gozo nuestra fe en El.

Pero ya sabemos cuán débiles y pecadores somos. Por eso, una y otra vez nos estamos confiando a su misericordia. ‘Mi alma espera al Señor, espera en su palabra, mi alma aguarda al Señor’, que decíamos en el salmo. Dura e insoportable sería nuestra vida si no viviéramos con esta esperanza. Si siempre vamos a tener sobre el peso de la conciencia nuestros delitos y pecados ‘¿quién podrá resistir?, pero de ti procede el perdón’, le pedíamos en el salmo.

Como el ladrón arrepentido junto a la cruz de Jesús, por eso lo llamamos ya el buen ladrón, le decimos una y otra vez ‘Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu paraíso’. Y ya sabemos cuál es la respuesta de amor generoso, de perdón y de paz que nos da el Señor. Así ponemos toda nuestra fe en El porque sabemos que sólo de El nos viene la justicia salvadora y la justificación que nos llena de gracia y de paz.

lunes, 1 de marzo de 2010

¿Juicios y condenas o misericordia y compasión?

Dan. 9, 4-10;
Sal. 78;
Lc. 6, 36-38

¿Por qué tendremos que estar haciendo juicios y valoraciones de los demás que fácilmente nos lleva a la crítica y a la condena? ¿No será quizá porque no enjuiciamos sinceramente nuestra propia vida, sino que a nosotros todo nos lo perdonamos o disculpamos pero a los otros no le dejamos pasar ni una? Claro que a nosotros no nos gusta que nos juzguen los demás.
El responsorio que hemos repetido en el salmo si lo dijéramos con toda sinceridad seguro que nos ayudaría a tomar otras posturas. ‘No nos trates, Señor, como merecen nuestros pecados’. Y digo decirlo con sinceridad porque seamos capaces de ver y reconocer nuestros pecados. Como decíamos, somos muy fáciles para disculpar nuestros fallos, cerrar los ojos a lo que hemos hecho mal y no reconocer la maldad de nuestros pecados y la ofensa que significa contra el Señor.
Hoy nos dicen mucho que no te culpabilices, bueno, eso fue un error, una equivocación, luego ya lo intentarás hacer de otra manera o mejor en otra ocasión. Y nos quedamos tan tranquilos en nuestra conciencia.
Claro que no se trata de abrumar nuestra conciencia para llevarla a la depresión o la desesperación. Pero creo que sí hemos de tener claro lo que es una conciencia de pecado y cuando no obedecemos la ley del Señor sentir que no estamos dando la respuesta de amor que deberíamos dar y eso es ofensa a Dios que tanto nos ama y hace por nosotros. Claro que esto lo podemos descubrir si le hemos dado un sentido de trascendencia a nuestra vida, hay en nosotros unos sentimientos religiosos de relación con Dios que es nuestro Señor. Y junto a todo esto todo lo que abarca nuestra fe cristiana. Decimos que se ha perdido una conciencia de pecado, pero es que se ha perdido una conciencia de Dios, un sentido de Dios en la vida.
Hoy hemos escuchado al profeta Daniel en una hermosa oración que dirige al Señor sintiendo por una parte la grandeza de Dios y por otra si indignidad de hombre pecador que no ha obedecido la ley del Señor.
‘A Ti, Señor, la justicia; a nosotros la vergüenza en el rostro… nosotros hemos pecado, hemos cometido iniquidad, hemos sido malos, nos hemos rebelado y nos hemos apartado de tus mandamientos y de tus normas… hemos pecado contra Ti… al Señor Dios nuestro la piedad y el perdón… porque nos hemos rebelado contra El y no hemos escuchado la voz del Señor, nuestro Dios…’
Cuando nos reconocemos así pecadores y acudimos al Señor con humildad tenemos la certeza de que la misericordia del Señor es grande. ‘El Señor es compasivo y misericordioso’, nos lo repite la Biblia continuamente y lo habremos experimentado muchas veces en nuestra vida.
El sentirnos culpables ante el Señor no nos hunde nunca en la depresión y la desesperanza. Todo lo contrario, esto es lo hermoso porque en la misericordia del Señor encontraremos la paz, nos llenamos de su paz. Qué gusto encontrar esa paz porque recibimos el perdón de nuestros pecados. Que no es acallar nuestra conciencia, sino que es tener el gozo del perdón y la misericordia. No es decir, bueno en otra ocasión lo haré mejor, sino que es sentir la fuerza del Señor en mi vida que me hará en realidad ser mejor. ¡Qué grande es la misericordia del Señor!
Y es que hoy nos está enseñando Jesús en el evangelio cómo tenemos que ser generosos en nuestra compasión y misericordia con los demás. ‘Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo…’ Eso nos hará tratar de distinta manera a quien vemos pecador aunque nunca tenemos que juzgar ni condenar a nadie, a quien nos haya podido ofender o a quien haya podido cometer las peores cosas en su vida. ¡Cuántas cosas tendríamos que deducir de aquí para unas nuevas actitudes con los demás!