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jueves, 2 de abril de 2026

Hoy estamos invitados a una cena con una comida especial porque es una nueva comunión de amor siendo capaces de quitarnos el manto y ceñirnos la toalla del servicio

 


Hoy estamos invitados a una cena con una comida especial porque es una nueva comunión de amor siendo capaces de quitarnos el manto y ceñirnos la toalla del servicio

Éxodo 12, 1-8. 11-14; Salmo 115; Corintios 11, 23-26; Juan 13, 1-15

Hoy estamos invitados a una cena. Y quien nos invita es Jesús. Y quien le da sentido a esa cena es Jesús, con sus signos, con sus gestos, con lo que hace y con lo que nos ofrece. Si nosotros fuéramos los que invitáramos a alguien a comer con nosotros, a una cena, ya nos preocuparíamos de tenerlo todo bien preparado, de tener un lugar agradable y podríamos decir también cómodo para nuestros invitados, igual que prepararíamos las mejores y apetitosas viandas con los mejores vinos o licores. No querríamos defraudar a nuestros invitados.

Pero hoy estamos hablando de que es Jesús el que nos invita. Los discípulos ya desde el día anterior se habían preocupado y preguntado a Jesús dónde quería que preparasen la cena de pascua. Ya escuchábamos sus instrucciones y cómo los discípulos hacían sus preparativos, el cordero que era la comida fundamental y daba sentido a aquella cena, los panes ázimos y el vino para hacer las libaciones y ofrendas. Todo según lo ritualmente previsto estaba preparado.

Pero hay algo muy especial que se siente desde el principio de aquella cena. Por eso el Evangelista nos dice que sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre… y nos expresa el deseo grande que Jesús tenía de celebrar aquella cena pascual con sus discípulos. Era una conmemoración muy especial y tenía mucho de recuerdo, pero como toda cena o toda comida tenía que tener mucho de comunión y de comunicación, pero eso será también el momento de los grandes desahogos y de las últimas recomendaciones que en el recuerdo de los discípulos serían los mandatos del Señor, pero en el ambiente en que estaban viviendo con los anuncios previos que Jesús había hecho y lo que se palpaba en el ambiente aquellos días tenía también los aires tristes de la despedida.

Pero había algo más grande e importante. Habrían de comer con el sentido de pascua aquel cordero pero Jesús nos iba a ofrecer otra comida, como ya había anunciado en la sinagoga de Cafarnaún; quien come mi carne y bebe mi sangre tendrá vida para siempre, nos había dicho entonces y aquella noche en aquella cena había de realizarse. Pero Jesús quería decirnos algo más y nos lo va a mostrar con signos surgidos de aquella ley de hospitalidad que en aquellos pueblos con tanta seriedad se vivía.

Jesús nos viene a decir que para comerle a Él necesariamente primero hemos de comer al hermano, que si no somos capaces de comer al hermano nunca podríamos en verdad comerle a El. Es el gesto que va a realizar, levantándose de la mesa se quitó el manto y se ciñó una toalla, como hacían los hombres del servicio, con el manto puesto no podrían trabajar, pero para trabajar había que ir bien ceñidos. Es lo que hace Jesús. Pero cogiendo una jofaina y una jarra de agua de rodillas delante de cada uno va lavándoles los pies y secándoselos con la toalla que se había ceñido.

Ya sabemos de la sorpresa y de las reticencias como la de Pedro, ‘tú a mi no me lavarás nunca los pies’. Si no te dejas lavar los pies es que tú aún no has entendido lo que significa estar conmigo. Es necesario una cosa y otra, dispuestos para lavar pero aceptando que nos laven también. Lo dirá después, ‘lo que yo he hecho con vosotros, tenéis que hacerlo los unos con los otros’. Ser capaces de ceñirnos para ponernos de rodillas delante del otro para lavarle los pies. Es un vínculo de comunión que nos cuesta entender, como le costaba a Pedro, porque cuesta ponernos de rodillas delante del otro, sea quien sea, esté como esté.

Los que caminaban por aquellos caminos de Palestina o por aquellas calles de Jerusalén no podemos decir que fueran con los pies muy limpios calzados acaso solamente con unas sandalias y bien envueltos por el polvo del camino. Y ante ellos en esas circunstancias se puso Jesús. Como decíamos, sea quien sea y esté como esté. A nosotros que nos volvemos tan repugnantes y vamos haciendo tantas distinciones y discriminaciones; recordemos cuantas palabras decimos o cuantas actitudes negativas mantenemos en nuestros corazones buscando mil justificaciones. Pero Jesús nos está diciendo que tenemos que comer al hermano, entrar en esa comunión con el hermano para que podamos entrar en comunión con Él. ¿No nos dirá en otro momento que lo que hicimos o dejamos de hacer al hermano a Él se lo hicimos o se lo dejamos de hacer? Por eso nos dirá que ese es su mandamiento, el amor, pero no un amor cualquiera, sino como Él nos amó. ¿Queremos buscar más explicaciones? Qué difícil se nos hace.

Luego ya Jesús nos ofrecerá su propia carne, su propia sangre para que le comamos. Pero podemos hacerlo cuando hayamos comprendido todo lo que es el amor. Es mi Cuerpo que se entrega por vosotros… es mi sangre derramada por vosotros y por todos… es la muestra del amor más grande, del que es capaz de dar la vida por aquellos a los que ama. Es lo que hoy se nos revela y lo que celebramos. Es la verdadera señal de la Pascua, porque es en verdad el Paso salvador de Dios en medio de nosotros.

Ya no es aquella liberación de las cadenas de Egipto  que les mantenían oprimidos, ahora es el paso de Dios que nos da la verdadera libertad, la libertad del amor, la hacer que seamos capaces de ponernos de rodillas delante del hermano para lavarle los pies, lo que es entrar en auténtica comunión con el hermano, o lo que es lo mismo, ser capaces de comer al hermano. ¿No llamamos comunión al comer – comulgar decimos también – el Cuerpo de Cristo? Es la comunión, el comulgar con el hermano que Jesús hoy nos está pidiendo. Que lleguemos a entenderlo, que lleguemos a vivirlo es la gran liberación, la gran Pascua que tenemos que vivir.

Estamos invitados a una cena hoy, pero que ha de ser la cena que hagamos todos los días, porque cada día tenemos que despojarnos de nuestros mantos y ceñirnos con esa toalla del servicio para lavar los pies a nuestros hermanos. Es la gran comunión que hoy celebramos en este día del Jueves Santo.

 


miércoles, 5 de marzo de 2025

Con el miércoles de ceniza emprendemos un camino de silencio y de interiorización que nos conducirá a un verdadero camino pascual en nuestra vida

 

Con el miércoles de ceniza emprendemos un camino de silencio y de interiorización que nos conducirá a un verdadero camino pascual en nuestra vida

 Joel 2, 12-18; Salmo 50; 2 Corintios 5, 20 – 6, 2; Mateo 6, 1-6. 16-18

En un mundo de ruidos y superficialidades necesitamos hacer silencio para poder llegar a una profundización de la vida. Todo parece una loca carrera, son los agobios en los deseos de conseguir todo y lo más pronto posible, como es la banalidad con que vivimos la vida que disfrazamos con tantas vanidades. Ensordecidos al final nos encontramos vacíos, aquello por lo que tanto luchábamos porque nos parecía que era lo que nos iba a hacer más feliz, pronto se desvaneció y ni encontramos esa pronta y fácil felicidad ni encontramos un sentido profundo a la vida que parece que se nos diluye y desaparece como agua que se nos escapa de nuestras manos.

Es necesario detenernos, apartarnos de esos ruidos para encontrar un silencio que nos dé paz, un silencio para la reflexión, para encontrar una mirada nueva, para descubrir una luz en el camino, para saber que al final hay una meta por la que merece la pena luchar, superarnos, dejar cosas atrás, despojarnos de vanidades, buscar lo mejor y lo que es primordial. No sabemos como hacerlo, porque esos mismos ruidos que nos envuelven, nos ensordecen para escuchar las llamadas que recibimos seguramente allá en lo más hondo del corazón, pero que nos llegan también por la mediación de la Iglesia y desde la Palabra de Dios.

En ese ruido de la vida, en medio de tanto bullicio de nuestro mundo, con tantos guiños que recibimos de todas partes y que nos distraen pudiera sucedernos que nos pasara desapercibido este miércoles de ceniza que hoy celebramos. Para algunos ha perdido incluso su sentido, a lo más les es un anuncio de que pronto en cuarenta días llegará la semana santa, pero si no captamos todo su sentido se nos puede quedar, como me decía una persona estos días, es que nos ponen una cruz de ceniza en la frente y ya está.

Lo llamamos de ceniza, es cierto, por ese signo que la liturgia emplea en este día, la imposición de la ceniza. Pero eso tiene un sentido. Es la puerta que se nos abre y nos invita a entrar en nuestro interior para hacer ese silencio que tanto necesitamos. Es cierto que tiene ese sentido penitencial que nos recuerda que somos pecadores, que nos recuerda la nada de nuestra vida que se nos puede quedar en polvo de ceniza que pronto el viento se puede llevar, pero esos signos nos están hablando de un camino que hemos de iniciar, un camino de interiorización, un camino de búsqueda y de escucha para lo que necesitamos hacer ese silencio interior.

Acostumbrados como estamos a tanto ruido - ¿no encendemos desde que llegamos a casa la televisión para que haya unos sonidos que nos alejen de nuestra soledad aunque ni prestemos atención a lo que aparece en la pantalla? – algunas veces nos molesta ese silencio; nos cuesta hacer ese silencio porque nos vamos a escuchar a nosotros mismos, va a aflorar nuestra conciencia que quizás nos traerá muchos recuerdos que preferimos olvidar, nos va a hacer pensar en algo distinto, nos va a hacer sentir una voz que nos invita a algo nuevo.

Pero tenemos que aprender a dejarnos envolver por ese silencio porque será la manera que al final escuchemos la voz de Dios que nos susurra en nuestro corazón. La liturgia nos irá ofreciendo cada día en este tiempo que comenzamos que llamamos la cuaresma la riqueza de la Palabra de Dios como un camino a recorrer; un camino que será de encuentro con nosotros mismos y con nuestra cruda realidad, de renovación porque nos irá dando pautas de por donde tiene que ir el recorrido de nuestra vida, de vaciamiento de vanidades y superficialidades para poder encontrar lo que dará verdadera riqueza a nuestra vida; un camino que será de pascua porque aprenderemos a ir muriendo a nosotros mismos y a despojarnos de todas esas banalidades con que disfrazamos con vanidad nuestra vida, para encontrar ese vestido nuevo de nuevos valores que nos hará sentirnos hombres y mujeres nuevos.

Es el camino que vamos a emprender. Dejemos, sí, que el signo de la ceniza caiga sobre nuestra frente que nos recuerde lo que somos o en lo que nos hemos convertido. Al final habrá un agua que nos lave, la fuente bautismal ante la que renovaremos en la noche de pascua todo lo que es el sentido de la vida de quien sigue a Jesús y su evangelio.

Habrá sido un camino de pascua porque habremos aprendido a morir a todo ese viejo que hay en nosotros para resucitar a una vida nueva con Cristo resucitado. Ojalá cuando llegue la noche de Pascua lo podamos celebrar con todo sentido. Emprendamos ese camino de silencio e interiorización.

domingo, 24 de noviembre de 2024

Jesucristo Rey, una proclamación, un reconocimiento, una vida que tiene que dar la señales de lo que es ese Reino de Dios

 


Jesucristo Rey, una proclamación, un reconocimiento, una vida que tiene que dar la señales de lo que es ese Reino de Dios

Daniel 7, 13-14; Sal. 92; Apocalipsis 1, 5-8; Juan 18, 33b-37

La buena noticia – el evangelio – que Jesús proclama desde el principio es el anuncio de la llegada del Reino de Dios; El mismo es esa buena noticia, El mismo es el evangelio. Así nos lo dice Marcos desde el primer versículo, es esa buena noticia del Reino de Dios, que en El se manifiesta, que en El se realiza, que El mismo viene a instituir. ¿No será bien significativo que el ladrón arrepentido junto a su cruz esa sea su petición que ni los mismos discípulos habían sido capaces de hacer, ‘acuérdate de mí en tu reino’?

Justo es, entonces, que cuando llegamos a culminar el año litúrgico, el ciclo litúrgico vengamos nosotros a proclamar que Jesucristo es el Rey del Universo, como hoy estamos celebrando. Una fe que tenemos que proclamar muy alto, una proclamación que tenemos que hacer no solo con palabras sino con la vida, una vida de fe que tendrá que dar las señales ante el mundo de lo que es y lo que significa ese Reino de Dios, teniendo muy en cuenta lo que Jesús nos ha dicho y repetido tantas veces de cual es su verdadero sentido.

Confieso que le tengo miedo a la palabra, por la confusión a la que se puede prestar cuando vemos la luchas de poder, de grandezas o de vanidad  que podemos observar en los que son los reyes o los dirigentes de nuestro mundo y de nuestra sociedad, démosle el nombre que le queramos dar en esa nomenclatura de los grandes y poderosos de nuestro mundo, y no quiero pensar solo en la imagen prestada a lo largo de la historia, sino en el hoy de nuestra vida y de nuestra sociedad. Con qué avidez se lucha por el poder, cuántas manipulaciones y cuantas mentiras se utilizan, todo son enfrentamientos y descalificaciones, cuántas cosas turbias se esconden tras las apariencias llenas de vanidad en los nuevos oropeles de los que se rodean.

Por algo nos dirá Jesús, cuando se encuentra a los discípulos discutiendo entre ellos en quien iba a ser el más importante, que no puede ser a la manera de los reyes o dirigentes de nuestro mundo, sino sabiéndose hacer el último y el servidor de todos, porque es ahí donde está la verdadera grandeza. Es la respuesta que hoy le vemos dar a Pilatos cuando le pregunta que si El es rey. Su reino no es como los reinos de este mundo, su reino no se apoya en la violencia de los ejércitos que defienden el poder y el dominio sobre los demás, su reino no se fundamenta en el poder entendido como dominio y aspiraciones de grandezas, su reino tiene la humildad y la fuerza de la verdad. ‘Para esto he nacido, para esto he venido a este mundo, para dar testimonio de la verdad’.

 Así se presenta Jesús ante Pilatos, pero es así cómo Jesús se ha presentado en su recorrido por los caminos y ciudades de Galilea y de toda Palestina. Así le vemos ahora en el momento de su suprema entrega cuando sobre la cruz aparezca el título que Pilatos incluso quiso mantener ‘Jesús Nazareno, Rey de los judíos’. Es nuestro Rey. Y es cierto que en nuestro amor y devoción le hemos querido vestir con ostentosos mantos y coronas en sus imágenes, pero no podemos olvidar que El se despojó del manto para arrodillarse delante de sus discípulos para lavarles los pies.

Creo que cuando hoy lo estamos celebrando como rey es algo que no podemos olvidar. Le celebramos y lo proclamamos como Rey porque nosotros queremos vivir en esos nuevos valores que nos enseñó con su palabra y con su propia vida. Pensemos cuál es el signo de ese Reino de Dios que tenemos que dar ante el mundo. Despojémonos también de nuestros mantos y ciñamos una toalla a nuestra cintura.

Bajemos al barro de la vida y sepamos ponernos de rodillas delante de los demás aunque para eso tengamos que embarrarnos; no tengamos miedo, ese barro que nos embarra por fuera será agua que no purifica por dentro, porque ahí está la sangre de Cristo derramada por nosotros para purificarnos, para perdonarnos, para hacer nacer en nosotros una vida nueva.

Reino que se manifiesta en la humildad y la verdad, decíamos antes; sólo cuando sepamos despojarnos de los mantos de nuestros orgullos y prestigios, de ser bien mirados o de recibir agasajos de los demás por lo que hacemos, cuando no temamos que hablen mal de nosotros porque con todos nos mezclamos – que a Jesús le criticaban porque comía con publicanos y pecadores -, cuando seamos capaces de poner la otra mejilla ante las ofensas o los insultos sabiendo dar nuestro brazo a torcer o agachar la cabeza… estaremos dando esos signos del Reino de Dios que harán creíble nuestro mensaje.

Muchos son los ropajes de vanidad de los que seguimos revistiéndonos y hemos olvidado que Jesús es Rey – ‘me llamáis el Maestro y el Señor y en verdad lo soy’, les dirá – porque se puso a lavarles los pies y nos dijo que eso era lo que teníamos que hacernos los unos a los otros. Son los signos y señales que tenemos que dar que Jesús es nuestro Rey como hoy celebramos, que no son solo unos cantos o unas bonitas celebraciones.

Lo que hemos visto estos días, a partir de la DANA de Valencia, en tanta gente que fue a embarrarse para ayudar, ¿no puede ser un signo de lo que nosotros por nuestra fe estamos obligados a hacer? No esperemos a ocasiones tan espectaculares, porque tenemos que aprender a hacerlo en el día a día en nuestro encuentro con los que nos rodean.

martes, 19 de noviembre de 2024

Nos subimos a la higuera y nos ocultamos tras sus hoja o nos bajamos pronto a la llamada que Jesús nos hace, un momento importante que nos hace llegar la salvación

 


Nos subimos a la higuera y nos ocultamos tras sus hoja o nos bajamos pronto a la llamada que Jesús nos hace, un momento importante que nos hace llegar la salvación

Apocalipsis 3, 1-6. 14-22; Salmo 14; Lucas 19, 1-10

Estamos allí aglomerados un grupo diverso de personas, unas conocidas, otras no, quizás vecinos o personas cercanas a nosotros, porque estamos esperando quizá para entrar en algún sitio, o porque estamos esperando el transporte publico para nuestro viaje; más o menos charlamos entre todos en nuestra impaciencia como suele ser habitual, pero en un momento dado se acerca una persona que desconocida que por sus características nos puede parecer que es de otro lugar, un inmigrante quizás, y se hace silencio, nos hacemos a un lado casi como si no quisiéramos que se pusiera junto a nosotros, nuestras miradas de desconfianza tratan de soslayar su mirada porque quizás nos sentimos incómodos; ¿habrá alguien que rompa el silencio y se dirija con una palabra amable al recién llegado al que quizás ni respondimos a su saludo? El también quiere tomar ese autobús, él también quiere llegar a ese sitio, ¿habrá alguien que le ponga las cosas fáciles? Seguro que brotaría una sonrisa de agradecimiento y se sentiría distinto.

He querido comenzar la reflexión de hoy con un episodio como este con el que nos encontramos en cualquier momento del día, queriendo traer al hoy de nuestra vida el episodio que nos narra el evangelio. También las gentes estaban aglomeradas en la vía que atravesaba la ciudad de Jericó y que tendría su continuación en el camino que llevaba a Jerusalén. Jesús estaba atravesando la ciudad y la gente se agolpaba para ver pasar a Jesús; quizás habían traído sus enfermos con la esperanza que Jesús los curara; todos querían verle y escuchar alguna de sus palabras.

En medio de toda aquella gente apareció el que menos pensaban que tuviera curiosidad por conocer a Jesús. El publicano Zaqueo con el que nadie quería mezclarse. Por eso le costó tanto encontrar un lugar desde donde él también viera pasar a Jesús, porque además era bajo de estatura y detrás de la gente poco podría ver. Encontró una solución; más adelante había una higuera y subido entre sus ramas podría ver pasar a Jesús y él pasaría desapercibido ya que tanto lo despreciaban sus vecinos.  No molestaría a nadie y se podía ver saciada su curiosidad.

Pero es Jesús el que inesperadamente se detiene ante aquella higuera; había descubierto a Zaqueo y ahora era Jesús el que se dirigía a El porque quería hospedarse en su casa. No es necesario poner mucha imaginación para ver la alegría y el entusiasmo con que se bajó Zaqueo de la higuera para abrir las puertas de su casa a Jesús. Algo renació en su corazón como luego se va a manifestar. Su vida cambiará radicalmente, así lo manifestará, devolverá y con creces lo que ha robado y lo que tiene lo repartirá entre los pobres. ¿Recordaremos quizá aquel joven rico al que Jesús un día le dijo que vendiera todo lo que tenía para repartir su dinero con los pobres?

‘Hoy ha entrado la salvación a esta casa’, proclamará Jesús. Un paso grande se había dado cuando se había atrevido – aunque pareciera una temeridad – subirse a la higuera para ver pasar a Jesús.

¿Significará esto algo para nosotros? Nos refugiamos muchas veces tras las hojas de tantas higueras en la vida, no por nuestra curiosidad de querer encontrarnos con Jesús; pesan quizás nuestros miedos y cobardías porque estamos pensando más en lo que pueda pensar la gente que en lo que realmente por nosotros mismos tendríamos que hacer, nuestras indecisiones a pesar de que pareciera que hay una vocecita en nuestro interior que nos está invitando a dar un paso distinto, nuestros respetos humanos o el amor propio tras los que queremos ocultarnos porque nos cuesta reconocer nuestra realidad, nuestros pedestales a los que queremos subirnos porque queremos estar en primera línea se convierten en obstáculo para que otros puedan alcanzar a ver a Jesús.

¿Daremos el paso de la higuera, porque fue importante el subirse a ella, pero fue importante también la prontitud para bajarnos? No solo es la curiosidad que podamos sentir porque queremos conocer algo nuevo, es el encuentro profundo que vamos a realizar con Jesús lo que verdaderamente va a transformar nuestra vida; no es solo la buena voluntad que nosotros podamos poner, sino el dejarnos llevar por los impulsos del Espíritu que nos empuja y guía dentro de nosotros lo que nos va a llevar a la auténtica conversión.

¿Cómo vamos a recibir y a tratar a ‘Zaqueo’ que se cruza con nosotros en cualquier aglomeración de la vida o en cualquier esquina del camino?

viernes, 22 de marzo de 2024

Un momento para hacernos una reflexión seria de lo que tendría que significar la celebración del Misterio Pascual de la Semana Santa y el compromiso que tendría que surgir

 


Un momento para hacernos una reflexión seria de lo que tendría que significar la celebración del Misterio Pascual de la Semana Santa y el compromiso que tendría que surgir

Jeremías 20, 10-13; Salmo 17; Juan 10, 31-42

Estamos ya casi a las puertas de la semana santa y según las expectativas de muchos para estos días, parece como si los textos que se nos están ofreciendo en el evangelio en estos días no terminaran de conectar con lo que esperamos o con lo que pensamos que ha de ser la semana santa.

Y no pienso en las expectativas de los que piensan en este día como unas vacaciones como a fuera de época antes de llegar el verano y como una recuperación de fuerzas para seguir luego en la batalla de siempre. Pienso en los que religiosamente queremos vivir la semana santa un poco también como nos la hemos montado que ahora sí tendríamos que preguntarnos si en verdad es lo que tendría que ser esta semana de pasión y de pascua.

Estos días los textos de la Palabra de Dios y sobre todo del evangelio nos han ido presentando lo que fueron también las vísperas de aquella pascua de Jesús y los discípulos en aquel momento concreto. Y es que, tendríamos que reconocerlo así, se estaba desarrollando un drama muy sangriento y cruel que luego ahora nosotros revestimos de ropajes de ricos tejidos y esplendorosos adornos como si de alguna manera quisiéramos disimular lo que realmente celebramos. También nos hemos hecho, y perdónenme la palabra, unos montajes que no sé, lo digo con miedo pero también con sinceridad, si realmente nos ayudarán a vivir con profundidad el misterio que celebramos.

Creo que la Iglesia, y los cristianos, de una vez por todas tendríamos que hacernos una reflexión seria y profunda de por donde hemos ido llevando nuestras celebraciones y nuestros ritos litúrgicos y si hemos sido capaces de darle toda la profundidad al misterio pascual que celebramos. Demasiada aparatosidad externa, demasiados brillos de oropeles, emociones de movimientos de masas en muchos lugares y ocasiones, pero, ¿dónde están calando los valores del evangelio?, ¿dónde los estamos reflejando? ¿En qué se aprecia que los valores del evangelio son la guía y el sentido de la vida de cada día de esas personas que de esa forma han vivido la semana santa?

Como fruto de la vivencia del misterio pascual tendría que notarse que nos sentimos transformados, que nuestra vida no es la misma, que hay unos compromisos en la vida que tenemos que asumir con radicalidad, que hay un trabajo que tendríamos que hacer los cristianos para que nuestro mundo sea en verdad mejor y reina la justicia, y amemos la verdad, y alejemos de nosotros vanidades y ostentaciones, orgullos y violencias. Pero se mueve la marea religiosa enfervorizada en estos días, pero luego baja la marea y todo sigue igual. ¿Podemos contentarnos con eso?

Hay un tremendo drama de dolor y de sufrimiento en la pasión de Jesús que celebramos y en la que tendríamos que ver todo el drama de dolor y sufrimiento que sigue viviendo hoy la humanidad. Podríamos hacer una larga descripción; pienso en los que llegan en pateras a nuestras cosas y los que se quedan en el camino del mar; pienso en esos largos éxodos de emigrantes que en distintos lugares de América y del mundo huyen de pobrezas y de guerras; como puedo pensar en tantos que son perseguidos o anulados de una forma o de otra por dictaduras de todo tipo que quitan la libertad y la dignidad humana… En muchos más podríamos pensar como la guerra de Ukrania, de Gaza e Israel y tantos otros sitios.

Claro que cuando vemos el drama de la pasión de Jesús estamos viendo en su hondura todo lo que es el fuego del amor divino que así en Cristo se nos manifiesta. Aquel drama tuvo un sentido que fue el amor. El amor de Dios que nos ama tanto que nos entregó a su Hijo que a pesar de su categoría de Dios se rebajó no solo haciéndose hombre sino haciéndose el esclavo de amor de todos para a todos liberarnos y para que entonces comprendiéramos donde está verdaderamente el sentido de nuestra vida.

Despojado y desnudo de todo ropaje le veremos subir a la cruz no para que ahora nosotros vistiéramos su imágenes de terciopelos y de coronas de oro, sino para que viendo la desnudez y el despojo de tantos a nuestro lado desde nuestro amor aprendamos a vestirlos de nueva dignidad como personas y como hijos de Dios que también son. ¿Llegaremos a esas conclusiones en los parámetros en que nos hemos montado nuestras celebraciones de semana santa?  Si nos tomáramos en serio el misterio del amor de Dios que vamos a celebrar muchas cosas tendrían que cambiar en nuestra vida y muchas cosas comenzaríamos a cambiar también en la manera que hacemos las cosas y muchas cosas cambiarían en nuestro mundo.

Mucho tenemos que plantearnos, mucho tenemos que pensar y reflexionar, muchas nuevas actitudes y posturas tendríamos que tomar. Puede parecer cruda esa reflexión pero es necesario que nos paremos a pensar.

lunes, 27 de junio de 2022

Qué libertad de espíritu sentimos en nuestro interior cuando nos despojamos de todos los innecesarios apegos del corazón y sabremos lo que es la verdadera felicidad

 


Qué libertad de espíritu sentimos en nuestro interior cuando nos despojamos de todos los innecesarios apegos del corazón y sabremos lo que es la verdadera felicidad

Amós 2,6-10.13-16; Sal. 49; Mateo 8, 18-22

Siempre andamos buscando seguridades, garantías; no nos gusta arriesgarnos; si tenemos que hacerlo que haya algunas garantías de que las cosas no me van a salir mal, que no voy a salir perjudicado; todo muy seguro, todo atado y bien atado. Será lo que intentamos en nuestros juegos, pero también en las cosas más serias como nuestros negocios; pero cuando la vida va con cierta normalidad y tenemos garantizadas nuestras seguridades, si algo nuevo se nos ofrece, tenemos que saber bien lo que vamos a hacer y las garantías que nos puedan dar.

Y andamos haciéndonos nuestras reservas y nuestras previsiones, previsión de futuro decimos en tantas cosas; y no es simplemente la previsión de la seguridad social o el futuro de unas pensiones sino que en aquello bueno que hacemos o intentamos hacer también queremos esas garantías. ¿Será la búsqueda de una recompensa por lo que hacemos? pero es que hasta en la hora de la generosidad siempre estamos pensando hasta dónde podemos llegar, porque no nos vamos a quedar sin nada. Qué complicado es todo esto.

Se nos complica, por decirlo así, cuando viene Jesús y nos invita a seguirle, o nosotros en un momento de fervor decimos que queremos seguirle, y nos dice que no tendremos donde reclinar la cabeza. Y se nos pone de modelo El. ‘Las raposas tienen sus madrigueras, y los pájaros tienen sus nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza’. ¿Es que eso es lo que vamos a obtener si respondemos a su llamada y optamos por seguirle?

Y a otro que anda preocupado de cómo andan las cosas por su casa o por su familia, que si tiene que ir a enterrar a su padre que ha muerto, le dice tajantemente que los muertos se encarguen de los muertos. ¿Podría parecer inhumano? Ya algunos dirán que dura es su doctrina; algunos cuando Jesús les pide que sean capaces de vender lo que tienen para repartir su dinero entre los pobres, dan la media vuelta y se marchan, a pesar de que hasta entonces habían manifestado una grandeza de corazón intentando ser fieles y cumplidores, pero a eso no están dispuestos, como le sucedió a aquel joven rico.

¿Es así de radical el Reino de Dios? ¿Es así de radical el seguimiento de Jesús? Nos asusta. Pero Jesús a nosotros también nos dice: ‘Tú, sígueme’. Optar por el Reino de Dios no es cualquier cosa. Mucha tiene que ser la transformación que se haga de la vida para hacer que en verdad sea Dios el centro de nuestra vida. ¿No decimos que es nuestro rey? ¿No decimos que es el Señor? Nos dirá que no podemos servir a dos señores.

Es poner las cosas en su sitio. Es buscar en verdad lo que es lo primero y lo importante y convertirlo en nuestro centro. ‘Buscad el Reino de Dios y su justicia, que lo demás se os dará por añadidura’, nos dirá en otro momento. No es abandonar así porque sí, es buscar lo primordial. Porque no quiere que andemos con amarguras, nos quiere felices, pero cuando vivimos con ataduras no podremos ser felices porque nuestro corazón estará apegado a aquellas cosas de manera que si le faltan parecería que le habían arrancado un trozo del corazón.

Es lo que pasa cuando nos estamos haciendo reservas, parecería que esas reservas son lo importante. ¿Dónde está la disponibilidad y la generosidad? Qué libertad de espíritu sentimos en nuestro interior cuando nos despojamos de todo lo innecesario y nos arrancamos esos apegos en el corazón. Sabremos entonces lo que es la verdadera felicidad.

lunes, 18 de enero de 2021

Los momentos que vivimos pueden ser una señal de la renovación que el Espíritu nos pide cuando nos dice que no necesitamos remiendos sino odres nuevos

 


Los momentos que vivimos pueden ser una señal de la renovación que el Espíritu nos pide cuando nos dice que no necesitamos remiendos sino odres nuevos

Hebreos 5,1-10; Sal 109; Marcos 2,18-22

Muchas veces nos aparecen ciertos resabios de conformismo y un cierto conservadurismo. ¿No habremos escuchado en alguna ocasión alguien que nos argumenta diciendo ‘esto siempre se ha hecho así’? Algunas veces nos cuesta cambiar, abrirnos a lo nuevo, descubrir que las cosas que se pueden hacer de otra manera y hacerlas mejor. No a todos les sucede, porque de lo contrario no habríamos avanzado nada en la vida y en la sociedad, pero es cierto que aparecen esas reticencias.

Por eso la presencia de Jesús con los planteamientos que hacía del Reino de Dios significó un gran choque en aquella sociedad judía. Aunque muchos descontentos querían abrirse a algo nuevo y en cierto modo se sentían iluminados por los profetas, sin embargo había un grado muy fuerte de inmovilismo muchas veces motivado por los intereses de los dirigentes de la sociedad que podían ver mermados sus privilegios y la relevancia que se daban con sus vidas con la influencia que podían ejercer sobre la sociedad. Qué fácil cuando nos llenamos de poder nos convertimos en manipuladores de los demás, porque nunca queremos ver mermada nuestra posible influencia con intereses e incluso ganancias materiales de por medio.

Es cierto que los profetas hablaban de la fidelidad a la Alianza y a Yahvé y los veremos en sus fuertes luchas contra los que pretendían introducir una cierta idolatría, pero ellos hablan de corazón nuevo, de arrancar el corazón de piedra, de una verdadera transformación de sus vidas. 

Y ahí está la Buena Noticia que Jesús nos ofrece, que exigirá una purificación interior para ir a una autenticidad en la vida. Lo que hacemos ha de tener su sentido y no es cuestión de dejarnos arrastrar por una rutina que le hará perder el sentido a las cosas. Cuando no sabemos encontrar un sentido lo que tratamos de hacer es imponer, llenar de normas y preceptos quedándonos en una vida de meros cumplimientos y superficialidad.

Hoy plantean a Jesús el tema del ayuno, porque ayunaban los discípulos de Juan, porque ayunan como una imposición los discípulos de los fariseos y ven que Jesús no va por esos caminos y estilos. Como les dirá Jesús ¿es que los amigos del novio cuando están en la boda de su amigo van a ayunar? En ese momento lo que hay que hacer es participar de la alegría y de la fiesta del novio; y es que el ayuno iba acompañado de tintes sombríos y en cierto modo lúgubres, como si fuera un peso que nos cayera encima del que no nos podemos librar.

Ya en otro momento Jesús nos dirá que cuando ayunemos nos lavemos la cara y perfumemos, porque nadie tiene que saber lo que hay en tu interior o lo que estás haciendo sino el Padre del cielo que nos dará la recompensa de lo bueno que hagamos; y es que en las costumbres de los fariseos estaba la ostentación y la vanidad de hacer las cosas para recibir las alabanzas de la gente.

Pensemos cuánto de todo esto nos queda aún en nuestra Iglesia, - sí, tenemos que reconocerlo – y en el estilo de nuestras comunidades cristianas que en cierto modo se han quedado envejecidas en rutinas, tradiciones, costumbres que pueden dar una bonita apariencia, pero que nada atractivo hacen el evangelio a los hombres y mujeres que vivimos en pleno siglo XXI. 

Cuando ahora nos hemos visto obligados por las circunstancias que vivimos a despojarnos de muchas cosas externas hay quien se siente defraudado en sus añoranzas porque no se pueden lucir las largas y ostentosas procesiones de semana santa, por ejemplo, y se dejan de lucir las mantillas, los uniformes de romanos o los hábitos de los nazarenos. Decimos esto como ejemplo pero podemos pensar en muchas más cosas. ¿No puede esto ser un signo de la renovación que el Espíritu nos estará pidiendo?


Por eso hoy Jesús terminará hablándonos de que no andemos con remiendos en nuestra vida, sino que a vino nuevo necesitamos odres nuevos. Es el hombre nuevo, del que nos hablará san Pablo, que tenemos que ser. No es, entonces, aquello de que esto siempre se ha hecho así, sino descubrir ese sentido nuevo que desde la Buena Nueva de Jesús encontraremos para nuestra vida. 

Y es que no nos ponemos un disfraz para aparentar lo que no somos, sino que nos hemos de revestir de Cristo para ser ese hombre nuevo; es un traje nuevo, es una vida nueva, porque ya no es vivir la vida a nuestra manera sino que será siempre vivir a Cristo.

sábado, 25 de julio de 2020

Como Santiago formemos parte del grupo de los inseparables de Jesús pero tomemos su testigo para arremangarnos la toalla del servicio para curar las heridas de nuestro mundo



Como Santiago formemos parte del grupo de los inseparables de Jesús pero tomemos su testigo para arremangarnos la toalla del servicio para curar las heridas de nuestro mundo

Hechos 4, 33; 5, 12. 27b-33; 12, 2; Sal 66; 2Corintios 4, 7-15; Mateo 20, 20-28
Un día había escuchado la llamada de Jesús. Estaba con su hermano Juan en la barca de su padre, Zebedeo, junto a otros jornaleros que tenían para el trabajo arreglando las redes para cuando de nuevo tocara salir a pescar. Había pasado Jesús y los había invitado a seguirle. Lo habían dejado todo, las redes, la barca, a su padre y se habían ido con Jesús. También su hermano Juan había escuchado la misma llamada y otros pescadores más allá también habían escuchado la invitación de Jesús, Simón y Andrés.
Por supuesto no podemos pensar que fue el primer encuentro con Jesús. Llevaba días rondando aquellas orillas del mar de Galilea, se había levantado en la sinagoga a hacer el comentario a la Ley y los profetas, en cualquier rincón se reunía con la gente para hablarles del Reino de Dios. Ellos también estarían en la Sinagoga, como formarían parte del grupo de la gente sencilla que se acercaba a escuchar a aquel nuevo profeta.  Además, estaban en la familia, eran parientes, su madre probablemente era hermana de María, la madre de Jesús. Algo conocían ya de la Buena Nueva que Jesús andaba anunciando.
Habría otro momento más adelante, que tratando de ayudar a Pedro porque a la Palabra de Jesús había cogido una redada tan grande que se reventaban las redes, también se había sorprendido por el poder de Jesús y las maravillas que realizaba y había escuchado de nuevo la misma invitación. ‘Venid conmigo y os haré pescadores de hombres’.
Y con Jesús andaban ahora por todas partes, con El se reunían como amigos para escucharle aquellas palabras nuevas que Jesús decía y se sentían ya entusiasmados por Jesús; cuando partían de un lugar para otro, de aldea en aldea, ellos eran ya del grupo de los inseparables que iban siempre con Jesús. Para ellos tenía Jesús palabras aparte donde les explicaba con todo detalle aquellas parábolas que le ponía a la gente. Ellos estaban siendo esa tierra buena donde era sembrada la semilla y prometía que un día podría dar fruto.
Las gentes decían que nadie hablaba como El, y que un gran profeta había aparecido en medio del pueblo; las esperanzas de la venida del Mesías se avivaban y ya había algunos que pensaban si acaso Jesús no sería el Mesías. Claro que los sueños que ellos tenían sobre el Mesías que esperaban no se parecían mucho al estilo de vida que Jesús les enseñaba. Pero es normal que los sueños se despierten y comiencen también las aspiraciones. Si era el Mesías un día habría de manifestarse con mucho poder, y claro ellos que estaban cerca participarían de ese poder y de esa gloria. Normal que runrunearan en sus corazones esas aspiraciones.
¿Se atrevían ellos a presentárselas al Maestro? Entre ellos muchas veces hablaban de estas cosas y también soñaban con quien iba a ser el primero que tuviera más poder. Son cosas que brotan casi espontáneamente en el corazón de los hombres, porque a cualquiera le amarga un dulce. ¿Y si alguno se adelantaba? Se valen de madre, aquí los parentescos aparecen con sus propias influencias. Y allí se presenta la madre que tiene una petición que hacerle al Maestro, aunque ella ya de alguna manera lo estaba mirando como el Mesías anunciado. Tengo una petición que hacerte. ‘Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda’. Jesús se les quedaría mirando. ¿Sabían ellos bien lo que estaban pidiendo? ¿Habrían terminado de entender lo que era su misión y cuál era la salvación que El ofrecía? ‘No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?’
Ellos parece que están dispuestos a todo y con prontitud responden aunque no sé si conscientes de lo que significaban las palabras de Jesús. Pero su cáliz lo beberán, pero los primeros puestos no se reparten de esa manera. En el Reino nuevo que Jesús anuncia el camino es el del amor y el del servicio. Solo el que sabe amar hasta el final, hasta ser capaz de dar la vida, al que no le importa hacerse el ultimo y el servidor de todos, es el que va a ser en verdad grande. Su Reino no es la manera de los reinos de este mundo, su poder no es como el poder de los poderosos de este mundo. Otro ha de ser el camino y el sentido de la vida.
Nos quedamos aquí contemplando esta escena del evangelio y tratando de verla reflejada en lo que ha de ser la vida de los cristianos de hoy y en lo que ha de ser el estilo de la Iglesia. Cuando hoy celebramos al apóstol Santiago y nosotros los españoles lo miramos como nuestro especial protector y como el primero que nos trajo el anuncio del evangelio de Jesús, nos quedamos rumiando esta escena, nos quedamos rumiando las palabras de Jesús a ver si convencemos de verdad que nuestra vida ha de ser el servicio.
Sentimos en nuestros corazones – o habríamos de sentirlo – el ardor misionero del apóstol que llegó a nuestras tierras y recogemos de su mano el testigo porque es lo que nosotros hemos de seguir haciendo. En esa España nuestra que con tanto orgullo decimos tantas veces católica tenemos que darnos cuenta que es necesario un nuevo anuncio del evangelio, una reenvangelización porque ya no todos conocen a Jesús, ya no todos viven esos valores del evangelio. Nuestra ‘católica’ España medio se ha descristianizado y otra vez hemos de sembrar con ardor la semilla del evangelio. Lo anunciamos y proclamamos como queremos proclamar bien alto nuestra fe, pero no olvidemos del testimonio que tenemos que dar.
No nos importe que no contemos entre fuerzas y poderes, pero sí que tenemos que sentir que haciéndonos los últimos y los servidores de todos es como mejor haremos ese anuncio. Despojémonos – despójese la Iglesia también en sus dirigentes y llamadas jerarquías – de esos boatos del poder para arremangarnos la toalla a la cintura para ir a lavarle los pies a nuestros hermanos. Muchos ropajes de apariencias de poder no nos valen para poder arrodillarnos junto al hermano que sufre y es por ahí donde tenemos que comenzar a limpiar y curar sus heridas. Bajémonos de ese caballo donde nos hemos subido, como subimos también al apóstol santiago, para utilizar como mucho el humilde borrico que utilizó Jesús en su entrada en Jerusalén.


domingo, 28 de octubre de 2018

‘Anda, levántate, te pongo en camino…’, tienes una misión que realizar a pesar de tus cegueras y tus discapacidades muchas veces espirituales por la pobreza con que vives tu fe


‘Anda, levántate, te pongo en camino…’, tienes una misión que realizar a pesar de tus cegueras y tus discapacidades muchas veces espirituales por la pobreza con que vives tu fe

Jeremías 31, 7-9; Sal. 125; Hebreos 5, 1-6; Marcos 10,46-52

Al borde del camino que atravesaba Jericó suceden muchas cosas y que son bien significativas. Un día un hombre que no se había podido quedar a la orilla del camino porque era bajo de estatura y él quería ver a Jesús se subió a una higuera que estaba allí bordeando el camino para desde la altura y entre sus hojas poder contemplar el paso de Jesús. Ahora es alguien que no puede ver el que se pone a alborotar en medio de la gente que pasa porque él quiere que Jesús también le atienda.
Un ciego que da gritos. No puede ver, le dicen que pasa Jesús Nazareno porque él escucha el tumulto, y desde el borde del camino se pone a gritar por Jesús. Hijo de David, ten compasión de mí’. Tanto es el alboroto que los que van con Jesús le piden que se calle, acaso porque con sus gritos no podían escuchar lo que Jesús les fuera diciendo. Pero será Jesús el que se detiene y lo llama, de manera que ahora los que antes lo mandaban callar le comunican que Jesús lo está llamando.
Hemos comenzado hablando de lo que sucede al borde del camino porque es un detalle bien significativo. Zaqueo se había quedado más allá del camino subido a la higuera porque también era un desplazado en el concepto de los judíos; era un pecador y por su condición no merecía el estar en medio de la gente que se creía normal.
Ahora es el ciego el que está al borde del camino, porque su ceguera es cierto significa pobreza y cómo se iba a mezclar con los demás; a lo sumo desde su desplazamiento tendía su mano pidiendo una limosna que remediase su pobreza. Pero también era considerado un pecador y su ceguera era como un castigo divino. Recordemos la pregunta de los mismos discípulos a Jesús ante el ciego de nacimiento de las calles de Jerusalén, ‘¿quién pecó, éste o sus padres para que naciera ciego?’
Y como decíamos, ahora hay una llamada. ‘Llamadlo’, dice Jesús. ‘Ánimo, levántate, que te llama’, le dicen los que van por el camino. Como un día había llamado a Zaqueo para que se bajara de la higuera, pero como había llamado a los pescadores de Galilea, o al que estaba sentado de su mostrador de cobro de impuestos, o como había llamado a otros o los había invitado a seguirle en los caminos de Galilea o de Judea. Jesús también lo llama, no importa su discapacidad, no importan sus limitaciones, como no había importado que se sintieran pecadores como Pedro cuando la pesca milagrosa, o Zaqueo que reconoce su injusticia y su pecado.
Y aquel hombre, en su pobreza, en su necesidad, en sus limitaciones había respondido como nadie. Soltó el manto, dejo atrás su bastón que hasta entonces le servia para guiarse en su torpe caminar y de un salto se plantó delante de Jesús. No necesitaba manto ni bastón, porque ahora lo importante era estar junto a Jesús. Los apoyos que hasta ahora había necesitado ahora ya no tendrían tanta importancia para el nuevo camino que iba a iniciar.
También Jesús cuando haga el envío de los discípulos les pedirá que no llevan mantos de reserva, que no se preocupen de lo que van a tropezar en el camino, que no lleven reservas de dinero por lo que se pudieran encontrar, que simplemente haya disponibilidad y humildad, para sentirse también pobres e ir a quedarse allí donde los acogieran. También Pedro y los otros pescadores habían dejado sus redes y sus barcas, como Leví había abandonado su mostrador de impuestos. ‘Lo hemos dejado todo para seguirte…’ le dirá un día Pedro a Jesús, aunque con ciertas reclamaciones de alguna recompensa, es cierto.
‘¿Qué quieres que haga por ti?’ le pregunta Jesús. ‘Señor, que vea’, es la respuesta del ciego como no puede ser otra. Y Jesús había visto la fe de aquel hombre que con tanta fuerza gritaba allí a la orilla del camino frente incluso a aquellos que querían acallarle. Jesús había visto su despojo y desprendimiento en la prontitud para acudir a la llamada de Jesús. ‘Anda, tu fe te ha curado’. Has encontrado la luz y no te detengas.
Pedía luz para sus ojos, suplicaba la clemencia y la misericordia de Dios que se le manifestaba en Jesús y se había curado. Pero esa fe y esa curación lo estaban levantando de la postración en la que había vivido hasta entonces. ‘Levantate que te llama’, le habían dicho las gentes, y se había levantado. Fue algo más que levantarse de aquella piedra del borde del camino desde donde estaría pidiendo limosna.
‘Anda’, le había dicho Jesús, ponte en camino, vuelve a vivir con dignidad, no te sientas humillado; te sientes curado porque te sientes amado; te sientes curado porque ahora vas a comenzar a caminar un camino nuevo; te sientes curado porque ahora entiendes que el amor y la misericordia están transformando tu vida y tú vas ahora a comenzar a ayudar a los demás para que se levanten, para que también transformen su vida, para que también sientan amor en su corazón y pongan fe en su vida.
Es lo que Jesús le está diciendo y, si nosotros estamos escuchando este evangelio con verdadera fe, es lo que estamos sintiendo también que Jesús nos esta diciendo en el corazón. Tantas veces nosotros en la vida nos aislamos, porque quizá quisimos hacer nuestros caminos a nuestra manera y ya hemos visto cómo tantas veces hemos terminado; también tantas veces nosotros terminamos por reconocer nuestras cegueras, nuestra torpeza para mirar, o nuestro no querer mirar con realismo lo que hay a nuestro lado. Nos habremos sentido humillados quizá muchas veces, pero también con nuestra autosuficiencia de creernos con la luz como cosa nuestra quizá habremos humillado y hundido a alguien a nuestro lado.
Y Jesús nos dice a nosotros también, ‘Anda, levántate, te pongo en camino…’, porque tienes una misión que realizar a pesar de tus debilidades, de tus cegueras, de tus discapacidades muchas veces espirituales por la pobreza con que vives tu fe. Anda, levántate y aprende a saborear ese amor que Dios te regala y trata de llevarlo a los demás, de contagiar esa alegría que llevas dentro a todos los que se crucen en tu camino.
Si has tenido una experiencia de fe ahora que has escuchado esta Palabra, no es para que te la quedes solo para ti, compártela con los demás, lleva esa alegría de Dios a los otros, abre tus ojos, pero ayuda también a que otros encuentren esa nueva luz de la fe y el calor del amor.


lunes, 20 de agosto de 2018

Necesitamos despojarnos de muchas cosas pero sobre todo de nuestro yo engreído para poder irnos a seguir de verdad a Jesús


Necesitamos despojarnos de muchas cosas pero sobre todo de nuestro yo engreído para poder irnos a seguir de verdad a Jesús

Ezequiel 24,15-24; Sal.: Dt 32,18-19.20.21; Mateo 19,16-22

¿Qué es lo que tengo que hacer? es una pregunta o una expresión que nos puede salir de forma espontánea. Queremos algo ¿cómo lo conseguimos? ¿Cuánto cuesta? ¿Qué tengo que hacer para conseguirlo? Así andamos en la vida, le ponemos un valor a las cosas, pero esos valores los cuantificamos, los materializamos, en lo que tenemos que pagar, en lo que tenemos que hacer, en los ardides que tengo que emplear para conseguirme quizá el favor de alguien, con quien tendría que hablar que tiene influencia para que me concedan tal cosa, tal puesto, tal ascenso… y queremos hacer méritos, o vamos a ver cómo más fácil lo conseguimos. Por ahí van los tiros también, por los méritos.
¿No habremos cuantificado de alguna manera también las cosas de Dios? Queremos hacer méritos, quizá nos lo hayan dicho demasiadas veces que ahora andamos con confusiones en nuestra mente o en nuestro corazón. Y vamos sumando rosarios, y misas, y cosas buenas que hacemos, y favores que les prestamos a los demás… y así no se cuántas cosas, porque no pueden quedar sin recompensa. Recordamos que ya Pedro le preguntaba a Jesús qué les iba a tocar a ellos que lo habían dejado todo por seguirle.
Quizá habría que revisar alguna percepción de las cosas, algunos conceptos o ideas que se nos hayan metido. Porque nos tendríamos que preguntar si somos cristianos para tener meritos y garantizarnos algo al final, o somos cristianos como una respuesta de amor a todo el amor que Dios nos tiene. Porque, ¡ojo, cuidado!, que podemos decir que estamos haciendo meritos porque ‘cumplimos’ no se cuantas cosas, pero no estemos poniendo amor, nuestro deseo no sea de verdad un seguimiento de Jesús por vivir y construir el Reino de Dios.
Esa expresión que nos dio pie a la reflexión que nos venimos haciendo fue lo que aquel joven un día le planteó a Jesús. Maestro, ¿qué tengo que hacer de bueno para obtener la vida eterna?’ Era un joven cumplidor porque cuando Jesús le responde que cumpla los mandamientos, responderá que eso lo ha cumplido siempre desde su infancia. ‘Todo eso lo he cumplido, ¿qué me falta?’
Los evangelistas que nos relatan ese episodio nos dicen que Jesús se le quedó mirando. Una mirada de Jesús, ¡cuánto dice! Aquel joven era bueno, era cumplidor, los mandamientos han sido la norma de su vida, pero le falta algo. ‘¿Qué me falta?’ se pregunta él también. ¿Ha ido acumulando méritos, pero siente que le falta algo más que méritos? Un poco por donde veníamos antes con la reflexión. ¿En eso centraremos lo que es ser cristiano, que nos preguntábamos?
‘Una cosa te falta’ le dice Jesús. Despójate de lo que tienes. Despójate de lo que tienes, de tus riquezas, de tus posesiones, o de esas cosas que realmente te poseen a ti, vende todo esto que tienes, compártelo, repártelo, dalo a los pobres… Despójate de ese yo engreído que parece que quiere llenar tu vida, despójate también de todas esas cosas buenas que parece que has hecho para acumularlas, para hacer meritos, eso no lo necesitas. ‘Vente conmigo’.
Aquí está la clave. Seguir a Jesús, creer en El. ¿No era eso lo que pedía la voz del cielo en el Tabor? ‘Este es mi Hijo amado, escuchadle’. Escucharle no es solo aprender cosas, escucharle es ponernos a hacer su camino, escucharle es hacernos sus discípulos, escucharle es seguirle, irse con Jesús. Y nos iremos con Jesús porque nos sentimos cautivados por su amor, nos sentimos amados y nos damos cuenta de que ahora no podemos hacer otra cosa sino amar como El.
Lo importante es que amemos y porque amamos lo damos todo por Dios; porque amamos no nos importan las cuentas de lo que sea que acumulemos, sino sentirnos amados y amar de la misma manera. Y cuando se ama así entramos en una comunión de plenitud, una comunión eterna con Dios. Y nos sentimos llenos de Dios, porque nos sentiremos habitados por su amor, y en ese amor sentimos que habitamos en Dios, que vivimos su misma vida con todo lo que eso significa en actitudes nuevas, en posturas nuevas, en una vida nueva.
Pero eso no es tan fácil como hacer cosas o cumplir con unas normas. A aquel joven le costó y dio marcha atrás. El evangelista dice que era muy rico y le costaba desprenderse de sus riquezas. Pero ahí podemos entender muchas cosas en el sentido de lo que era ese desposeerse de todo. Porque algunas veces nos puede resultar fácil despojarnos de cosas, pero no nos es tan fácil despojarnos de nuestro yo engreído y orgulloso; en ese yo metemos tantas cosas... Miremos con sinceridad de que nos tenemos que despojar para irnos con Jesús, para ser de verdad sus discípulos.