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lunes, 18 de marzo de 2024

Quienes optamos por Jesús tenemos que aprender de la compasión y de la misericordia, que llenará de gozo el corazón para sentir el deseo de emprender una nueva vida

 


Quienes optamos por Jesús tenemos que aprender de la compasión y de la misericordia, que llenará de gozo el corazón para sentir el deseo de emprender una nueva vida

Daniel 13, 1-9. 15-17. 19-30. 33-62; Salmo 22; Juan 8, 1-11

Qué intransigentes nos volvemos tantas veces en la vida. Con aquello de que no podemos casarnos con el pecado, vamos a decirlo así, todo lo que nos suene a oscuro pronto le declaramos una guerra sin cuartel. Y hay una línea muy fina y delicada entre lo que es el mal en sí mismo y la persona que haya podido realizar eso malo.

Cuántos defensores de la ortodoxia, y no lo hablo solo en el sentido dogmático cuando empleo esta palabra, que se vuelven intransigentes y despiadados contra quienes hayan podido cometer un error, hayan tenido fallos en su vida a los que cargaremos con ese sambenito del pecador o del corrupto por toda su vida sin ningún tipo de misericordia. ¿Es que son todos tan perfectos e inmaculados? ¿Nunca hemos cometido un error? Claro que para los errores propios siempre tenemos disculpas, nos hacemos rebajas y no sé cuántas cosas más.

Lo contemplamos en tantos aspectos de la vida social. Por supuesto, como decíamos antes, no nos podemos casar con el mal, no podemos consentir que se haga daño a los demás, tenemos, es cierto, que ser exigentes con los que son dirigentes de la sociedad para que no caigan en corruptelas, a lo que somos muy tentados. Pero no podemos crear divisiones ni abismos por nuestras condenas, porque siempre tenemos que estar dispuestos al reencuentro, a la recuperación de la persona, al arrepentimiento y a dar la posibilidad de que pueda haber un cambio en quien haya hecho mal.

Lo que tendría que ser un diálogo de reencuentro y de búsqueda de mejores caminos enmendando los errores cometidos, lo convertimos en exabruptos y condenas, llenamos de violencia aquellos lugares que en la sociedad están llamados al diálogo para la búsqueda de nuevos y mejores caminos para nuestra sociedad.

¿Hay formas de rehacer caminos, de recomponer vidas, de dar pie a que de lo viejo que hay en nosotros podamos hacer algo nuevo y mejor?

En el pasaje del evangelio que hoy se nos ofrece aparecen unos intransigentes que traen ante Jesús a una mujer sorprendida en adulterio pero a la que ya traen previamente condenada. La ley de Moisés manda apedrear a las adúlteras, le recuerdan. Claro que en un paréntesis también habría que preguntarse quien hace que una mujer sea adúltera, cuál es la razón de llegar a esa situación. Allí están todos rodeando a aquella mujer acusada y condenada previamente enfrente de Jesús, esperando su palabra. Claro que tendríamos que preguntarnos a quién realmente quieren apedrear en estas circunstancias, porque aquello en cierto modo se está queriendo convertir en un juicio contra Jesús.

¿Irá Jesús contra la ley de Moisés? ¿Cuál es la respuesta que puede dar quien nos ha anunciado un nuevo Reino de Dios en el que han de resplandecer unos nuevos valores, unas nuevas actitudes cuando reconocemos que el Dios que es Señor de nuestra vida es el Dios compasivo y misericordioso del que ya también se nos había hablado en la Escritura?

Jesús quiere que para comenzar a vivir según los parámetros de ese nuevo Reino de Dios que El nos anuncia y proclama, comencemos a mirarnos con sinceridad por dentro de nosotros mismos. ¿Qué es lo que llevamos en nuestro corazón? ¿No nos había dicho que para comenzar a creer en esa Buena Noticia del Reino de Dios había que comenzar por convertirse, por darle una vuelta al corazón? ¿Cómo se casaría un corazón intransigente e inmisericorde con un Dios que es compasivo y misericordioso en quien creemos y que queremos que en verdad sea el Dios y Señor de nuestra vida?

    Por eso, ante la insistencia de los acusadores de aquella mujer, simplemente dirá Jesús que el que esté sin pecado que tire la primera piedra. ¿Quién será capaz de tirar la primera piedra? Alguno todavía nos seguimos encontrando en la vida, en aquellas situaciones de las que antes hablábamos que estaría dispuesto a tirar esa piedra. ¡Cuántas piedras en ese sentido se siguen tirando en el mundo de hoy!

lunes, 27 de marzo de 2023

Aprendamos de una vez por todas a no apedrear a nadie con nuestros juicios y condenas, sensibilicemos nuestro corazón para hacerlo compasivo y misericordioso

 


Aprendamos de una vez por todas a no apedrear a nadie con nuestros juicios y condenas, sensibilicemos nuestro corazón para hacerlo compasivo y misericordioso

Daniel 13, 1-9. 15-17. 19-30. 33-62; Sal 22; Juan 8, 1-11

¿Quiénes somos nosotros para saber y para juzgar lo que sucede tras las puertas en el interior de una casa? La discreción, el respeto a la intimidad de cada hogar y de cada familia ha de marcar nuestra línea de actuación, y no somos nadie para averiguar ni para juzgar lo que se vive en cada familia. Esto que es muy importante y básico en el respeto de nuestras mutuas relaciones lo hemos de referir a la conciencia de cada uno; nada sabemos de lo que hay en el interior de la persona, ¿Quiénes somos nosotros para juzgar y condenar?

Esto que nos vale para ese respeto que hemos de tener a toda persona, también nos tiene que hacer pensar en las tragedias de sufrimiento que puede haber tras cada mirada; miradas, es cierto, que algunas veces son gritos a voces, aunque no oigamos los sonidos, desde esas tragedias del interior de cada persona, pero donde no podemos entrar sin que nos abran su corazón. A varias cosas nos puede llevar, pues, esta consideración de lo que hay en el interior de cada persona. Como también ha de hacernos mirar con sinceridad nuestro interior y lo que nosotros encerramos, para actuar en consecuencia con misericordia y compasión con los demás. Dios es quien en verdad puede conocer nuestro corazón, pero también El nos respeta esa sacrosanta libertad que nos ha concedido.

Hoy nos habla el evangelio de que estando Jesús en el templo enseñando, después de venir de Betania donde había ido en la noche a descansar, los fariseos le traen a una mujer que ha sido sorprendida en adulterio. Es cierto que ahí está su pecado, para que el que la ley de Moisés era muy dura, pues la mujer adúltera había de ser apedreada. Pero aquellos dirigentes de Israel que buscaban motivos por todas partes para desprestigiar e incluso condenar a Jesús por lo que hacía y decía, la traen ante con la malicia de sus intenciones.

¿Conocía Jesús el drama que en aquellos momentos estuviera viviendo aquella mujer que así se ve condenada poco menos que irremediablemente? Pero conocía Jesús también las aviesas intenciones de aquellos acusadores y la maldad que pudiera haber en sus corazones. Hay silencios que se hacen dolorosos y producen mucha inquietud. Jesús se ha quedado en silencio y agachado en el suelo, como quien anda distraído se ha puesto a dibujar en la tierra. Será el silencio que está traspasando el corazón de aquella mujer, pero es el silencio que les duele a los acusadores que parece no verse secundados por Jesús en lo que son sus peticiones.

Insisten y reclaman, pero Jesús tiene una sola palabra dirigiéndose a todos. ‘El que esté sin pecado que le arroje la primera piedra’. Querían enfrentar a Jesús con el cumplimiento o no de la ley de Moisés, pero Jesús les hace enfrentarse cada uno a su propia conciencia. ¿Quién con sinceridad puede decir que no tiene pecado? Poco a poco se va despejando el patio, porque uno a uno comienzan a desaparecer de escena comenzando por los mayores. Si miramos con sinceridad nuestra conciencia, nuestra propia vida, ¿cómo es que no vamos a ser compasivos y misericordiosos con los demás si somos tan pecadores como ellos?

Por algo Jesús nos había enseñado que teníamos que ser compasivos y misericordiosos como nuestro Padre del cielo. ¿Cómo podremos decir con sinceridad la oración que Jesús nos enseño si no somos capaces de ser misericordiosos con los demás para ofrecerles generosamente nuestro perdón? ¿Podremos decir en verdad, ‘perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden’ si guardamos rencor en el corazón y no perdonamos a los que nos han ofendido?

‘¿Nadie te ha condenado, mujer? Yo tampoco te condeno, vete y no peques más’. Es el final del episodio que está encerrando tantas enseñanzas para nuestra vida. Tendríamos que tenerlo muy en cuenta porque aun seguimos apedreando en la vida, porque seguimos con nuestros juicios y condenas, porque seguimos endureciendo el corazón.

lunes, 4 de abril de 2022

Seguimos tirando en los caminos de la vida destruyendo vidas, poniendo en entredicho la buena fama de los demás o alegrándonos del mal ajeno, otras tienen que ser nuestras actitudes

 


Seguimos tirando en los caminos de la vida destruyendo vidas, poniendo en entredicho la buena fama de los demás o alegrándonos del mal ajeno, otras tienen que ser nuestras actitudes

Daniel 13, 1-9. 15-17. 19-30. 33-62; Sal 22; Juan 8, 1-11

Una piedra, una roca, puede ser sólido cimiento de un enorme edificio que podamos construir; básicamente la piedra era fundamental en la construcción de cualquier edificio o monumento, porque eran la base de las columnas que sostenían el edificio, de las paredes con que era construido y así en mil detalles más incluso en la ornamentación. Pero una piedra podría ser elemento de destrucción y de muerte como aquella roca que se desprende de la montaña y echa abajo aquella hermosa figura construida de valiosos metales en el sueño descifrado por el profeta; elemento de muerte porque un golpe en una piedra o con una piedra puede quitarnos el sentido y la vida.

A través del evangelio la imagen de la piedra o de la roca aparecerá con diversos significados, desde la roca – Pedro, piedra – sobre la que Cristo quiere edificar su iglesia, o como en el caso que se nos ofrece hoy en el evangelio el ser apedreado era castigo mortal para quienes eran descubiertos en adulterio. Es la acusación que traen contra aquella mujer a la que pretendían apedrear en cumplimiento de la ley de Moisés, pero en la intenciones de quienes vienen con la acusación contra quien quieren lanzar piedras es contra Jesús porque con aquel juicio en el que pretendían inmiscuirle estaba la mala intención de ver como cogerían a Jesús en sus propias palabras y acciones para tener de qué acusarle.

Jesús, en este caso lo desbarata todo cuando apela a la sinceridad de la conciencia de cada uno de aquellos acusadores. ¿Podrían en verdad acusar? ‘El que esté libre de pecado que tire la primera piedra’, es la sentencia de Jesús después de tensos momentos de silencio buscando respuestas y actuaciones. ¿Quién puede en verdad sentirse tan justo como que pueda tirar la primera piedra?

Sin embargo, seguimos tirando piedras. Aunque el desafía de Jesús nos deja en desazón pronto lo olvidamos y en la vida de mil manera seguimos tirando piedras, porque seguimos juzgando y seguimos condenando, seguimos poniendo en entredicho lo que hacen o lo que dicen los demás o seguimos creando desconfianzas, seguimos con la palabra malévola dicha en el momento oportuno para crear una confusión o seguimos ocultándonos detrás de las persianas de nuestras cobardías cuando vemos algo que realmente es injusto y nada hacemos por denunciarlo o desbaratarlo, seguimos con la sonrisa maliciosa en la alegría que nos pueda producir el daño de los demás o seguimos provocando a la gente en aquello que sabemos que los solivianta pero no para construir cosas buenas sino para mover quizás muchas veces al alboroto y la violencia porque dicen que a río revuelto ganancia de pescadores y siempre queremos sacar beneficio hasta de lo que pueda perjudicar a los demás. Son tantas las piedras que seguimos tirando en los caminos de la vida destruyendo vidas, poniendo en entredicho la buena fama de los demás o alegrándonos del mal ajeno.

Jesús quiere ponernos hoy en sobre aviso. Algunas veces es una pendiente resbaladiza en la que nos metemos porque vamos de buena voluntad por la vida, pero no miramos bien las consecuencias de nuestros actos, nuestras palabras, nuestros comentarios, nuestros gestos, nuestras actitudes. Tenemos que pensarnos bien lo que hacemos, lo que decimos, los gestos que podamos tener con los demás, para desterrar toda malicia, toda mala intención, para que sepamos ir por la vida con una mirada limpia, pero también con una palabra sincera y con muchos gestos de amor. Que nunca más por culpa nuestra caigan piedras sobre los demás.

domingo, 3 de abril de 2022

La tarea del cristiano, la tarea de la Iglesia como la de Jesús de ser signo de la misericordia de Dios que levanta y rehabilita al pecador llenándolo de nueva vida

 


La tarea del cristiano, la tarea de la Iglesia como la de Jesús de ser signo de la misericordia de Dios que levanta y rehabilita al pecador llenándolo de nueva vida

Isaías 43, 16–21; Sal 125; Filipenses 3, 8-14; Juan 8, 1-11

Si en la vida nos miráramos más a nosotros mismos con sinceridad otras serían nuestras actitudes tantas veces condenatorias para con los demás, se desinflaría pronto la violencia de la condena y comenzaríamos más a tender la mano para ayudar a levantarse al caído como nos gustaría que nos dieran la mano para hacer nuestro propio camino de retorno. No somos sinceros para mirarnos, no somos humildes para reconocer que necesitamos esa mano tendida, no tenemos la valentía de ponernos a dar los pasos del retorno de las miserias en que nos vemos envueltos, seríamos más generosos con los demás para caminar a su lado en esa difícil tarea y camino de rehacer una vida rota.

Es lo que nos ofrece hoy el evangelio en este quinto domingo de cuaresma. Es el paso final para el encuentro definitivo con la misericordia; es el duro momento quizá en que nos vemos hundidos pero que se convierte en un momento de esperanza cuando sentimos la mirada misericordiosa del Señor sobre nosotros.

¿Nos habremos preguntado de verdad cómo se sentiría aquella mujer que fue arrojada a los pies de Jesús casi con una sentencia de condena ya prefijada? Era mucho más que la vergüenza de verse señalada con el dedo y acusada; era el peso de la muerte de la que le parecía que no se libraba. Y ese momento que se convierte en un momento supremo para la persona contemplaría su vida y sus errores, contemplaría su pecado y todo lo que la había arrastrado hasta ese momento. Los gritos de sus acusadores le taladraban no solo sus oídos, sino que se sentiría desgarrada hasta lo más hondo de sí misma.

Pero se hizo silencio. Cesaban los gritos de los acusadores y se esperaba la palabra final. Quien parecía que tenía esa palabra también guardaba silencio aunque ahora se palpaba que todas las miradas se dirigían a El, a Jesús, que agachado hacía garabatos en el suelo. Algún nuevo grito rompía aquel silencio y al final se escuchó la palabra de Jesús. ‘El que esté sin pecado que tire la primera piedra’. Y el silencio volvió a envolver aquellos momentos roto por unos pasos silenciosos que se arrastraban alejándose del lugar.

Ahora Jesús sí la miraba. ‘¿Dónde están tus acusadores? ¿Ninguno te ha condenado?’ Tímidamente como quitándose un peso de encima finalmente se oye la voz de la mujer. ‘Ninguno, Señor’. Y en los ojos de Jesús pudo contemplar aquella mujer lo que era la misericordia de Dios. Una mirada que la levantaba y no ya de aquel suelo donde la habían arrojado, sino del infierno en que ella misma se había metido. Una mirada de vida que rehacía la vida, una mirada de amor que llenaba de esperanza el corazón, una mirada intensa que rehabilitaba y ponía en camino. ‘Yo tampoco te condeno, vete y no peques más’.

Qué nuevos caminos se abren cuando nos encontramos con la misericordia del Señor. Pero, como decíamos, tenemos que aprender a mirarnos a nosotros mismos con sinceridad y con mucha carga de humildad. Es así cómo experimentamos la misericordia de Dios en nuestra vida; será así cómo aprenderemos a mirar con ojos de misericordia al hermano que camina a nuestro lado comenzará a surgir una nueva sensibilidad en el corazón.

Cuando en verdad nos sentimos amados de Dios nuestro corazón se llena de una nueva ternura que se va a traslucir en actitudes nuevas para con los demás, en gestos de verdadera misericordia con el hermano, en manos tendidas para levantar, para ayudar a rehabilitarse, para saber caminar al lado del otro, para ofrecer nuevas oportunidades, para creer de verdad en la persona y en todas sus posibilidades.

Lo tenemos que experimentar en nosotros mismos dejando que cale en nosotros esa mirada de amor que Jesús nos ofrece porque así sentimos tantas veces el amor y la misericordia de Dios; ese amor de Dios que rehace nuestra vida por muy rota que la tengamos, ese amor de Dios que sigue contando con nosotros a pesar de nuestras flaquezas y debilidades tantas veces repetidas; ese amor de Dios que nos transforma para que nosotros seamos esos instrumentos de la misericordia de Dios para con los demás.

Porque esa tiene que ser nuestra tarea; esa es la buena noticia que nosotros hemos de transmitir a los demás; esas han de nuestras nuevas actitudes, nuestros nuevos gestos con los que iremos ayudando a los demás, ese nuevo corazón con el que nos acercaremos siempre a los otros. Esa ha de ser siempre la tarea de la Iglesia, Iglesia de misericordia y de compasión, Iglesia que camina junto al mundo para iluminarla con su luz, Iglesia que tiene que acercarse siempre al hombre pecador, no para lanzar la piedra de la condena, sino para tender el brazo en que se apoye para levantarse e iniciar nuevo camino.

¿Sabremos hacerlo siempre así? ¿Lo hará siempre así la Iglesia con el hombre pecador o con el mundo lleno de pecado? Es un reto muy grande el que tenemos entre manos.

lunes, 22 de marzo de 2021

De ahí, de esa misericordia que rebosa del corazón de Cristo, surgirá su palabra y su gesto… yo tampoco te condeno, vete y no peques más

 


De ahí, de esa misericordia que rebosa del corazón de Cristo, surgirá su palabra y su gesto… yo tampoco te condeno, vete y no peques más

Daniel 13, 1-9. 15-17. 19-30. 33-62; Sal 22; Juan 8, 1-11

Qué reconfortante es la Palabra de Dios, cómo nos llenan por dentro haciéndonos sentir las mejores alegrías, cómo nuestro corazón se llena de esperanza, de una esperanza nueva que nos hace ya pregustar como una vida nueva en nosotros. Si con sinceridad vamos caminando nuestra vida siendo conscientes de cómo estamos llenos de debilidades, se suman una y otra vez nuestros errores y tropiezos, contemplar esta escena del evangelio nos hace sentirnos impulsados a algo nuevo, a gozar en nuestro interior por la alegría que vivió aquella mujer pecadora pero nos hace sentirnos a nosotros también como revitalizados con lo nuevo que nos ofrece Jesús con su generoso perdón.

Es cierto que ambos pasajes que nos ofrece hoy la Palabra de Dios nos sugieren multitud de cosas que con el evangelio tendrían una iluminación nueva. Nos habla de dos mujeres, una realmente pecadora porque es cierto que ha sido sorprendida en flagrante adulterio, la otra es una mujer que se siente acosada por el machismo y la maldad de aquellos hombres que incluso por lo que representaban tendrían que haberse comportado con mayor dignidad.

Por eso, de alguna manera se sugieren multitud de temas que hoy están muy candentes en nuestra sociedad como lo es la discriminación de la mujer, el maltrato y el acoso sexual de la mujer, la violencia a que son sometidas y que son noticias casi de cada día también en el hoy de nuestra sociedad. Ambos textos reflejan y denuncian multitud de situaciones que aun hoy siguen sucediendo en nuestra sociedad actual.

Vaya al menos esta constancia que dejamos con nuestro comentario y que sea también de denuncia de lo que hoy sigue sucediendo. Muchas discriminaciones, malos tratos y violencias seguimos constatando en nuestra sociedad en este sentido. Y es precisamente el evangelio el que nos está pidiendo actitudes nuevas, un cambio radical de nuestras tradiciones y costumbres que tanto se necesita en nuestra sociedad de hoy para que toda persona sea siempre valorada y respetada en toda su dignidad.

Sin dejar de tener muy presente todo esto que venimos comentando hoy queremos subrayar en este texto del evangelio lo que es la misericordia compasiva del Señor para todos los pecadores. Como decíamos nos reconforta, hace renacer la esperanza en nuestros corazones. Sabemos que no tenemos que cargar para siempre con nuestro pecado porque el Señor se adelante misericordia para venir a nuestro lado tendiéndonos la mano que nos levanta, que nos hace llegar su misericordia y su perdón, siempre pone su esperanza en nosotros – porque Dios sigue creyendo en el hombre, mucho más de lo que nosotros creemos en nosotros mismos – y es posible comenzar una vida nueva sin la carga eterna de nuestro pecado.

Nos enseña, sí, actitudes nuevas que hemos de tener con los pecadores. ¿Quiénes somos nosotros para juzgar y para condenar si nosotros somos también pecadores? Ojalá aprendiéramos la lección que muchas veces nos cuesta tanto aprender. Qué prontos somos para el juicio y la condena. Cuánto nos falta de generosidad en nuestro corazón y nos volvemos mezquinos con nuestras discriminaciones y condenas.

‘El que no tenga pecado, que tire la primera piedra’, es la sentencia de Jesús. Era cierto, aquella mujer había sido sorprendida en adulterio y podría merecer la condena y el castigo, aunque tendríamos que preguntarnos donde está el adultero que pecó con ella. Pero la misericordia tiene que aflorar primero que cualquier otro sentimiento. Una misericordia que va a hacer de la conciencia de que somos pecadores y de cuantas veces hemos necesitado nosotros del encuentro con ese corazón misericordioso que nos ofreciera su amor y su perdón.

Quienes has experimentado el amor en sus vidas, porque se sienten amados a pesar de sus debilidades, con esa misma misericordia tienen que saber tratar al hermano.  En aquella ocasión todos se fueron escabullendo, pero tantas veces nosotros no nos escabullimos sino que seguimos allí apuntando con nuestro dedo.

De ahí de esa misericordia que rebosa del corazón de Cristo surgirá su palabra: ‘¿Nadie te ha condenado? Pues yo tampoco te condeno, vete y no peques más’.

lunes, 30 de marzo de 2020

Tratemos de empaparnos de la misericordia, porque tenemos que ser compasivos y misericordiosos como lo es nuestro Padre del cielo


Tratemos de empaparnos de la misericordia, porque tenemos que ser compasivos y misericordiosos como lo es nuestro Padre del cielo

Daniel 13, 1-9. 15-17. 19-30. 33-62; Sal 22; Juan 8, 1-11
¿Y si es culpable se va a quedar sin castigo? ¿No será algo así como pensamos y pretendemos ejercer la justicia? Qué difícil tarea la de un juez. Pero también hemos de decir con qué facilidad nos convertimos en jueces. Pero jueces solamente para condenar. Me vais a decir que las leyes están para cumplirlas y no lo niego; que quien quebranta la ley es reo de esa ley y merece que se le aplique la justicia, que esa es la función de los jueces.
Pero difícil es la imparcialidad, fácil es la mano dura para aplicar la ley y para aplicar sentencias. También podemos decir que se juzga según las apariencias exteriores o mejor las pruebas y que es difícil saber lo que sucede en el corazón de las personas.
Un poco nos hacemos lío con todas estas cosas pero una cosa hemos de tener clara y es que dejemos la justicia a quienes tienen que impartirla y no nos convirtamos nosotros así porque si en jueces inmisericordes que muchas veces lo somos. Y los juicios populares que con tanta facilidad nos hacemos son muy peligrosos. Claro que no saquemos conclusiones precipitadas de lo que voy reflexionando y se vaya a decir que no se ha de aplicar la justicia, aunque claro que pueden surgir muchos interrogantes ante todo esto.
Lo que hoy nos presenta el evangelio nos deja aun más descolocados. Aquella mujer había sido sorprendida en flagrante adulterio; la ley mosaica era dura con este pecado. Y aquí vienen todos aquellos que se creían muy justificados a traerle a esta mujer a Jesús para que haga juicio sobre ella. Ya venía prejuzgada y prácticamente con la sentencia dictada. La ley de Moisés mandaba apedrear a las adulteras. Pero ahora quieren pasarle la papa caliente a Jesús a quien han oído hablar tantas veces de la misericordia y del perdón, hasta setenta veces siete le había dicho un día a Pedro, que acogía a los pecadores y comía con ellos, que tanto se dejaba invitar por Simón el fariseo, como se auto-invitaba El mismo a casa de Zaqueo un reconocido publicano que era despreciado por todos.
¿Qué iba a hacer Jesús? Podrían acusarlo de que iba contra la ley, siendo así que la ley y los profetas eran los pilares fundamentales de todo el pueblo judío, de todo el pueblo escogido de Dios. Todos estaban expectantes cuando parecía que Jesús no les prestaba atención, entretenido jugando con el polvo del suelo. ¿Estaría Jesús tratando de quitar el polvo externo a ver si encontraba algo de sinceridad en el interior?
Ante la insistencia Jesús se levanta para dirigir su mirada a todos los que le rodean expectantes solamente para decir ‘el que esté libre de pecado que tire la primera piedra’. Si habían venido con sus voceríos gritando y exigiendo, haciendo fiesta ya en lo que les parecía que iba a ser un espectáculo cierto, ahora el silencio se apodera de todos. Un silencio que se vuelve incómodo y en el que quizá solo se escuchan las piedras que caen al suelo desde unas manos que ya no se atrevían a levantarse. Y empezando por los más viejos todos se fueron escabullendo. Al final quedó sola la mujer tirada por tierra. ‘¿Dónde están tus acusadores? ¿Nadie te ha condenado?’ No hacían falta respuestas porque el vacío y el silencio se habían apoderado del lugar. ‘Yo tampoco te condeno, vete y no peques más’.
Había aparecido la misericordia y ahora brillaba en todo su esplendor. ¿Se había quedado sin condena la que había merecido el castigo? ¿Acaso necesitaría castigo aquella mujer tras aquella experiencia del encuentro con Jesús para que no reincidiera en su pecado? ‘Vete y no peques más’, y el corazón de aquella mujer se había transformado por el amor y ahora rebosaba de paz en el encuentro con la misericordia.
¿Seguiremos nosotros condenando inmisericordes? Aunque hablemos mucho de la misericordia cuidado no aparezcan algunas veces y en algunas situaciones ese condena inmisericorde también en nosotros que nos decimos iglesia, que nos decimos seguidores de Jesús y de su evangelio. Pudiera haber mucha gente dolida porque no siempre ha encontrado esa misericordia en el seno de la Iglesia.
Cuidado nos contagiemos del espíritu del mundo que no entiende de misericordia y tratemos de emular a nuestro mundo actuando según sus exigencias. Aunque nos cueste mucho entenderlo y llegar a vivirlo tratemos de empaparnos de esa misericordia del cielo, porque tenemos que ser compasivos y misericordiosos como lo es nuestro Padre del cielo.

domingo, 7 de abril de 2019

Tenemos que impregnar a nuestro mundo con la levadura del perdón y de la misericordia pero cuidemos no nos estemos contagiando de los contravalores del mundo

Tenemos que impregnar a nuestro mundo con la levadura del perdón y de la misericordia pero cuidemos no nos estemos contagiando de los contravalores del mundo

Isaías 43, 16–21; Sal 125; Filipenses 3, 8-14; Juan 8, 1-11
‘El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres’ se nos invita a confesar, a repetir una y otra vez en la liturgia con el salmo responsorial. ¿Y qué menos podemos sentir y decir cuando comprendemos lo grande que es la misericordia del Señor? ¿No sería lo que repetiría una y otra vez, iría cantando sin cansarse por las calles de Jerusalén rumbo a su casa la mujer de la que nos habla el evangelio de hoy?
Una mujer pecadora, sorprendida en adulterio, que arrastran por las calles de Jerusalén hasta el templo los que se creían puros y santos para tirarla a los pies de Jesús, aunque tendríamos que preguntarnos dónde estaba el adúltero que pecó con ella, que merecía también el castigo que imponía la ley de Moisés. Había destrozado su dignidad aquella mujer con su pecado, pero aun la hundían más restándole lo que aún le podía quedar de dignidad al arrastrarla así y acusarla públicamente. Claro que poco importaba a aquellos puritanos cuando ya sabemos las intenciones que traían porque era como una prueba o una zancadilla que querían ponerle a Jesús para tener también de qué acusarle.
Los adúlteros habrían de ser apedreados públicamente y vamos a ver cómo reaccionaría aquel que hablaba del perdón hasta setenta veces siete, que hablaba del Dios compasivo y misericordioso al que teníamos que parecernos con nuestra misericordia, que hablaba de amar incluso a los que nos hicieran daño y hasta rezar por nuestros enemigos. ¿Cómo se iban a compaginar estas enseñanzas de Jesús con lo que la ley de Moisés decía? Era lo que ellos realmente estaban tramando porque ya no encontraban forma de quitar de en medio a Jesús.
Ante aquel cuadro angustioso y trágico que se presenta allí en medio del templo Jesús calla, en silencio parece que quiere distraerse haciendo dibujos en el suelo mientras los acusadores siguen insistiendo. ‘Tú ¿qué dices?’ Pero nadie se ha preocupado de la dignidad de aquella mujer, nadie se ha preocupado por las razones de su vida y su situación personal, nadie se ha preocupado de la recuperación de la persona porque las personas también pueden cambiar. Jesús escucha y calla, no responde, cuando tanto insisten le mira a la cara a todos y les lanza un reto. ‘El que esté sin pecado que le tire la primera piedra’. Y entonces se hizo silencio.
Podría estar allí o no estar en medio de todos el adúltero con quien había pecado aquella mujer, no quería decir Jesús que todos aquellos que acusaban a la mujer también fueran reos de ese pecado, pero, ¿quién se puede presentar justo y sin pecado ante Dios? ¿Queremos acaso que salgan a la luz pública nuestros errores y pecados o acaso no se quedan ocultos en nuestra conciencia y en silencio le pedimos al Señor que sea misericordioso con nosotros?
Pero ¿cómo podemos pedir que Dios tenga misericordia de nosotros si lo que hacemos es condenar a todo aquel en quien encontramos un error, una debilidad, un pecado? ¿Cómo es que tenemos valor para hacerlo si nosotros también somos pecadores? Por algo Jesús nos enseñó a pedir a Dios que perdone nuestros pecados así como nosotros perdonamos también a los que nos ofenden. Pero quizá lo decimos demasiado a la carrerilla y sin pensárnoslo bien.
Ya conocemos el desfile de huidas que se produjo entonces en el templo de Jerusalén. Al final solo quedó aquella mujer, rota en su dignidad y tirada por tierra, ante los pies de Jesús. ‘¿Nadie te ha condenado? Yo tampoco te condeno, vete y no peques más’, son las palabras de Jesús. Y levanta a aquella mujer de su postración, la levanta y la pone en camino. Que vuelva a su casa, que vuelva con los suyos.
Por parte de Jesús no hay preguntas recriminatorias. Por parte de Jesús no hay sino una palabra de vida, una palabra que llenaría de paz y alegría el corazón de aquella mujer. Jesús la había levantado y le había devuelto su dignidad. Es cierto que recordaremos el pasaje de la mujer adúltera, pero lo que más bien estamos recordando es la misericordia que el Señor tuvo con ella. Bien podría cantar en su carrera hasta su casa aquello del salmo, ‘el Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres’.
Si, cuando contemplamos este evangelio consideramos lo grandiosa que es la misericordia del Señor y queremos darle gracias por tantas veces como en nuestra vida personal hemos experimentado esa alegría de la misericordia de Dios para con nosotros- Aunque quizás tengamos que considerar también si eso lo pensamos y la reflexionamos lo suficiente cuando recibimos el perdón de Dios en el sacramento y si en verdad sentimos esa alegría en nuestro corazón.
Claro que quizá tantos que se acercan a Dios arrepentidos de su pecado y sienten cómo se derrama el amor de Dios en sus corazón con el perdón, queden sin embargo con alguna pena o desconfianza en su corazón, porque quizás saben que ese perdón no lo van recibir de igual manera de los demás. Y es que somos demasiado inmisericordes con nuestros hermanos, quizá seguimos planteando muchas exigencias y reparaciones y no somos lo suficientemente generosos con el perdón, quizá seguimos recriminando y recordando que un día aquella persona cometió tal delito o hizo tal cosa horrible y queremos seguirla manteniendo en esa indignidad, no terminamos de quitarle el sambenito que cuelga sobre su cabeza.
Yo creo que también entre nosotros, en nuestra iglesia, esto es algo que tendríamos que pensar y analizar para ver si actuamos en el estilo de Jesús. ¿Nos preocupamos desde la Iglesia de verdad por la recuperación del pecador? ¿Le ayudamos a que en verdad recobre su dignidad y podamos seguir contando con esas personas a las que mantenemos en su dignidad?
Yo tengo miedo de que en lugar de que la iglesia sea sal y levadura en medio del mundo impregnando de ese sentido de Cristo cuanto hacemos, lo que nos sucede es que nos contagiamos de los estilos del mundo que nos rodea y pudiera ser que no se manifestara del todo esa misericordia del Señor en su actuar. Qué triste si nos dejamos contagiar del mundo, porque la sal que tenemos que ser se estaría desvirtuando.

lunes, 3 de abril de 2017

Miremos nuestros propios tropiezos para que seamos capaces de comprender y no juzgar, perdonar y no condenar a imagen del Señor que es compasivo y misericordioso

Miremos nuestros propios tropiezos para que seamos capaces de comprender y no juzgar, perdonar y no condenar a imagen del Señor que es compasivo y misericordioso

Daniel 13,1-9.15-17.19-30.33-62; Sal 22; Juan 8,1-11
Levantamos demasiadas veces en la vida el dedo acusador. Claro que no nos gusta que ese dedo se vuelva contra nosotros, porque aunque hagamos algo mal o cometamos errores siempre estaremos buscándonos justificaciones. Pero a los otros no le pasamos nada. Ahí están nuestros juicios, nuestra critica, nuestra condena. Habrán hecho o no el mal, pero sin pensárnoslo mucho levantamos el dedo acusador y condenamos.
Pero por nuestro orgullo exigente tampoco damos oportunidad al otro a que se regenere, a que corrija, a que pueda de nuevo comenzar una nueva vida; ya lo tendremos marcado para siempre; será o no será culpable, pero el sambenito no hay quien se lo quite y ya para siempre será para nosotros el que hizo aquello, el que cometió tal injusticia, el que tropezó en la vida sin darnos cuenta que nosotros tropezamos tantas veces e intentamos una y otra vez volver a levantarnos.
Pero quizás en nuestro juicio esta el hecho de que no aceptamos al otro, su actuar, su manera de ser o como enfrenta los problemas. Muchas veces nos molesta quizás su rectitud y buscamos la manera como cogerle en algo, como encontrar algo en lo que pueda fallar y todo lo que hace o lo que dice lo pasamos por nuestro tamiz, por nuestro filtro, por nuestros juicios y ya previamente lo condenamos.
Es de lo que nos habla hoy el evangelio. Estaban buscando como coger a Jesús en sus palabras o en sus actuaciones. Aquel sentido nuevo de las cosas, de la vida, de la relación con Dios no les gustaba, les parecía incluso herético porque consideraban que Jesús se hacia con atribuciones que no le correspondían. No sabían como podrían condenarle, quitarle de en medio por eso tendrían que cazarle en alguna palabra, en alguna actitud, en algo que hiciera.
Jesús que hablaba tanto de amor y de perdón, vamos a ver hasta donde ella. Por eso le presentan a una mujer pecadora, a una mujer que ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés mandaba apedrear a las adulteras, vamos a ver cual es la respuesta de Jesús. Por eso le llevan a esa mujer, que para ellos ya estaba condenada, ¿Qué hará Jesús? Ante El arrastran a aquella mujer. Todo eran dedos acusadores. Todos estaban esperando la respuesta de Jesús porque el dedo se podría volver también contra El.
Jesús calla, parece entretenido haciendo dibujos en la tierra; ellos insisten y ahí tenemos la respuesta de Jesús. ‘El que este sin pecado, que tire la primera piedra’. Ahora el silencio se hizo en ellos, el silencio quedo ahora en torno a aquella mujer que se ha quedado sola, sin sus acusadores, delante de Jesús. Se habían ido escabullendo.
‘Mujer, ¿nadie te ha condenado?... pues yo tampoco te condeno, vete y no peques mas’. Son las palabras decisorias de Jesús.  Jesús que abre puertas, Jesús que pone en camino, Jesús que quiere que emprendamos una nueva vida. como al paralítico que le dijo que cargara con su camilla y fuera a su casa; como al leproso que quedo limpio y lo mando a casa con los suyos; como a tantos pecadores que los hacia bajar de su higuera, los había levantado de su garita, los ponía en camino de una vida nueva.
‘Vete en paz, no peques mas’. Jesús cree en las personas, en su regeneración, en que pueden comenzar una vida nueva y distinta, que pueden encontrar la paz en su corazón, que pueden de nuevo encontrarse con los demás. ¿Por qué vamos a juzgar y a condenar? ¿Acaso nosotros no hemos tropezado muchas veces en la misma piedra y aun seguimos intentándolo una y otra vez?  ¿Es que se puede seguir cargando para siempre con el peso de su delito si se ha arrepentido y esta intentando una nueva vida?
Cuidado porque en eso seguimos tropezando, porque seguimos juzgando y condenando, porque no damos oportunidades, porque no creemos en las personas. Y nos puede suceder hasta en los que nos consideramos más cristianos y religiosos, nos puede suceder incluso en el seno de la misma Iglesia.
No olvidemos que con la gracia del Señor todo es posible, con la gracia del Señor podemos emprender una vida nueva. El Señor no tiene en cuenta para siempre nuestros delitos porque su misericordia es eterna y es compasivo y misericordioso. Jesús nos dice que seamos compasivos como nuestro Padre es compasivo. 

lunes, 23 de marzo de 2015

Quien tiene un corazón lleno de amor como el de Jesús aprende a mirar con ojos compasivos a los demás

Quien tiene un corazón lleno de amor como el de Jesús aprende a mirar con ojos compasivos a los demás

Daniel 13,1-9.15-17.19-30.33-62; Sal 22; Juan 8,1-11
Sólo quien es capaz de mirarse asimismo con sinceridad para descubrir la miseria que también hay en su corazón será capaz de mirar con ojos compasivos y llenos de misericordia a los que le rodean para siempre perdonar y nunca condenar. El orgullo cierra el corazón y lo hace incapaz de amar. Porque Jesús tenía el corazón lleno de amor pudo mirar con ojos compasivos a la pecadora que estaba a sus pies. El amor levanta, crea nueva vida, llenando de paz los corazones.
Es lo que no sabían comprender aquellos ‘escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio’ delante de Jesús. ‘Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?’ Claro que ellos en su malicia estaban buscando pretextos para poder acusar a Jesús de que actuaba contra la ley de Moisés.
Su autosuficiencia, su orgullo, su considerarse mejores que los demás y cumplidores hasta el extremo en todo les cerraba el corazón. No son capaces de mirarse a si mismos con sinceridad. Es lo que Jesús quiere hacerles comprender. ‘El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra’, les dice. El silencio de Jesús les hará reaccionar.  No serán capaces de poner amor en su corazón, pero se irán escabullendo uno a uno, como dice el evangelista.
Aprendamos a poner amor en el corazón. Aprendamos a tener una mirada limpia y llena de amor. El amor nos hará sinceros con nosotros mismos al tiempo que nos hará mirar con ojos nuevos y distintos a los demás. Como lo hizo Jesús. ‘Yo tampoco te condeno’. Es una mujer pecadora, pero allí está el amor que levanta, que nos da nueva vida, que nos llena de paz, que nos trae el perdón. Así nos acercamos a Jesús para que nos levante de nuestra postración y nuestro pecado; así vamos a Jesús porque sabemos que siempre tendrá una mirada de amor para nosotros; acudimos a Jesús con confianza porque sabemos que siempre tiene la mano tendida para levantarnos y hacernos sentir su paz.
‘El Señor es compasivo y misericordioso’. Pero tenemos que parecernos a Jesús; tenemos que aprender a llenar de amor nuestro corazón. Para que comencemos nosotros a tener una nueva vida; para que comprendamos todo lo que es el amor que el Señor nos tiene que también nos perdona y nos levanta; para que aprendamos a ser generosos en nuestro amor con los demás.
Arranquemos todo atisbo de orgullo y autosuficiencia de nuestro corazón. Que nunca miremos con ojos turbios a los demás despreciándolos porque hayan tenido tropiezos en la vida, que nosotros también los tenemos. Aprendamos a mirarnos a nosotros mismos con sinceridad. Que nuestro corazón está siempre lleno de mansedumbre, de ternura, de amor como el corazón de Cristo.

lunes, 7 de abril de 2014

Tampoco yo te condeno. Anda y en adelante no peques más



Tampoco yo te condeno. Anda y en adelante no peques más

Dan. 13, 1-9.15-17.19-30.33-62; Sal. 22; Jn. 8, 1-11
‘Tampoco yo te condeno. Anda y en adelante no peques más’. No podía ser de otra manera aunque ésa no es nuestra manera de actuar tantas veces en la vida. Pero sí es el actuar de Jesús.
Ahí estamos contemplando al Cordero de Dios que vino a quitar el pecado del mundo, al que va a inmolarse en la entrega de la cruz para darnos con su sangre el perdón de los pecados. Ahí estamos contemplando al buen Pastor que siempre está deseoso de encontrar la oveja perdida y va los collados y por los barrancos en su búsqueda. Ahí contemplamos al médico que no ha venido para los sanos, sino para curar a los enfermos, para buscar a los pecadores y ofrecerles el abrazo del perdón. Ahí está la imagen del padre bueno y bondadoso que espera ansioso la vuelta del hijo, no para recriminar ni para echar en cara, sino para acoger y devolverle la dignidad perdida.
Cuando aquellos escribas y fariseos le presentan a aquella mujer pecadora que ha sido sorprendida en flagrante adulterio, da la impresión que no han oído o no han querido oír todo lo que Jesús antes había hablado y había expresado también con sus gestos que lo que viene a ofrecernos es el amor y el perdón.
Un fariseo había sido un día testigo cuando había invitado a Jesús a comer a su casa cómo se dejaba lavar los pies con sus lágrimas por parte de aquella pecadora que incluso derramaba un caro perfume para ungir los pies de Jesús. Sorprendido aquel fariseo por la intromisión de aquella mujer pecadora en su casa atreviéndose a llegar hasta los pies de Jesús murmuraba en su interior pensando que si Jesús supiera quien era aquella mujer la hubiera despedido. Pero Jesús no la despidió sino que la acogió con sus lágrimas enseñándonos que en aquella mujer aunque pecadora había mucho amor y merecía el perdón y la paz para su corazón.
Ahora vienen acusando a esta adúltera y diciendo que la ley de Moisés mandaba apedrearlas hasta la muerte, y querían ver cuál era la reacción y la decisión de Jesús, a ver si se atrevía a ponerse enfrente de la ley de Moisés. Pero en Jesús está por encima de todo el amor y el perdón. Jesús nos enseña a que nunca podemos juzgar ni condenar, sino que siempre el amor tiene que llenar nuestro corazón de comprensión y primero hemos de mirarnos nosotros en nuestro interior a ver si somos tan justos que podemos tirar la primera piedra. Fue la respuesta de Jesús. ‘El que esté sin pecado que tire la primera piedra’. Ya sabemos cómo todos fueron desfilando.
Cuánto tenemos que aprender de Jesús. ¿Quiénes somos nosotros para juzgar y para condenar  si también nosotros somos pecadores y merecedores del juicio y de la condena? Cuando amamos de verdad, y eso es lo que nos enseña Jesús como nuestro distintivo, siempre tenemos que estar abiertos a la comprensión y al perdón.
Nuestra mano siempre tiene que estar dispuesta a levantar no a hundir; nuestro corazón tiene que estar siempre abierto para un acoger generoso nunca para despreciar ni para discriminar; nuestra palabra tiene que ser siempre la palabra amable y cariñosa de la comprensión y del ánimo y nunca la del juicio ni la de la condena; nuestros gestos y actitudes tienen que ser siempre signos que manifiesten nuestros deseos de paz y de convertirnos en constructores de cosas buenas y nunca podemos tener gestos o actitudes que destruyan y que hundan en abismo de la condena a los que estén a nuestro lado.
Son los gestos, las palabras, las actitudes, las miradas, las manos de Jesús siempre llenas de bondad y de generosidad para el perdón; porque Jesús quiere seguir prolongando su amor a través de nosotros hoy y la Iglesia tiene que ser siempre la Iglesia de la misericordia, y los cristianos tenemos que ser siempre los que somos clementes, misericordiosos y comprensivos como lo es el corazón de Dios al que tenemos que parecernos.
Es la lección del amor que hoy Jesús quiere darnos. ¿Aprenderemos la lección y tendremos esas actitudes nuevas en nuestro corazón?

domingo, 17 de marzo de 2013


La misericordia divina y el perdón llenan de esperanza el corazón del pecador

Is. 43, 16-21; Sal. 125; Flp. 3, 8-14; Jn. 8, 1-11
Si digo para comenzar que el evangelio que hoy hemos proclamado y, aún más, todos los textos de la Palabra proclamada nos llenan de esperanza quizá alguien me pueda decir que me repito y que una vez más vuelvo a la misma cantinela. Pero os digo que no es una cantinela repetida sino que es lo que yo siento en mi mismo cuando escucho y trato de rumiar en mi interior la Palabra que el Señor hoy ha querido decirnos. ¿No se lleno de esperanza y de ansias de vida nueva el corazón de aquella mujer que no fue condenada por Jesús sino todo lo contrario recibió su generoso perdón?
Claro que hemos de reconocer que el mensaje de la Palabra de Dios escuchado allá en la sinceridad más honda de nuestro corazón siempre ha de suscitar esperanza. ¡Cómo no al sentirnos amados y perdonados por Dios! ¡Cómo no al sentir que se nos libera del peso de nuestra culpa confiando en que en verdad podemos enmendarnos y comenzar una vida nueva! Es la salvación más profunda que el Señor quiere ofrecernos en su amor.
‘Mirad que está brotando algo nuevo, ya está brotando, ¿no lo notáis?’, nos decía el profeta. Y habla de caminos en el mar, de sendas en medio de aguas impetuosas, de caminos por el desierto o de ríos en el yermo. Pero nos dice que no miremos para detrás, que no miremos lo antiguo aunque pudiéramos recordar que un día el Señor les hizo atravesar el mar Rojo y el Jordán, y los condujo por el desierto hasta la tierra prometida. Es algo nuevo lo que se nos anuncia. Por eso les dice ‘no recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo’, no os quedéis pensando en esa cosas de otro momento sino de lo nuevo que se abre ante vuestros ojos.
Y el profeta hablaba en primer término de la liberación de la cautividad y de la vuelta del destierro; pero la mirada del profeta estaba puesta en un horizonte más futuro, porque podemos leerla con sentido mesiánico. El Bautista recogería esas imágenes para preparar la llegada del Mesías. No es necesario repetir ahora lo que tantas veces hemos escuchado en labios del Bautista.
Pero es a nosotros también a quien nos está diciendo que no miremos atrás, que se abren caminos nuevos delante de nosotros para nuestra vida. Y eso llena de esperanza. No nos quedemos simplemente contemplando la situación por la que pasamos con todos los males en los que nos vemos envueltos; no  nos quedemos en mirarnos a nosotros mismos para vernos hundidos y sin esperanza; no nos quedemos en lloros de plañidera por las cosas por las que pasamos y quizá no sabemos o no podemos resolver; no nos quedemos en que nuestra vida está llena de miseria por nuestros pecados. Son muchas las cosas que podríamos mirar. Ante nosotros, sin embargo, se nos abren caminos nuevos a pesar de esos desiertos y negruras, a pesar de esas sequedades o de esa aridez de nuestra vida.
El evangelio que se nos ha proclamado nos ayuda a levantar esa esperanza en nuestro corazón. ¿Cómo se sentiría aquella mujer cuando la empujan ante Jesús y ya la están condenando a morir apedreada por su pecado? ¿Cómo se sentiría al final cuando Jesús le dice ‘yo no te condeno, anda y en adelante no peques más’? Una vida nueva se abría ante ella.
Allí está tirada en medio de aquellos que vociferan condenándola, aunque realmente a quien querían en verdad condenar era a Jesús; ya sabemos sus intenciones. Está allí, es cierto, con su miseria, con su pecado, perdida la esperanza y temiendo lo peor porque en cualquier momento podían comenzar a caer las piedras sobre ella. Bastaba el más pequeño gesto. Pero con Jesús los gestos van a ser diferentes.
No podía ser de otra manera en quien comía con publicanos y pecadores, acudía tanto a la mesa del orgulloso fariseo buscando un cambio en el corazón o a la mesa del publicano Zaqueo para quien la presencia de Jesús en su casa significó el amanecer de un día nuevo porque allí llegó la salvación; no podía ser de otra manera en quien se había dejado lavar los pies por una pecadora o nos hablaría del amor y del perdón, del amor a los enemigos y de perdonar no siete veces sino setenta veces siete; no podía ser de otra manera en quien un día iba a decir ‘perdónalos porque no saben lo que hacen’ y le diría al ladrón arrepentido ‘hoy mismo estarás conmigo en el paraíso’.
Ya hemos escuchado con detalle en el evangelio los gestos y palabras de Jesús. La misma postura que un día tuvieron los que criticaban a Jesús porque comía con publicanos y pecadores es la de los que ahora vienen juzgando y condenando. ‘El que esté sin pecados que tire la primera piedra’, es la respuesta de Jesús ante sus preguntas y exigencias. Jesús no entra en la lógica ni en el juego de los acusadores. Jesús viene a ofrecernos algo nuevo. Jesús viene a salvar al hombre, viene a salvar a la persona. La sangre que El va a derramar no es para condenar sino para hacer un hombre nuevo, porque nos trae vida nueva.
Cuando todos desfilan y se quedan solos aquella mujer y Jesús frente a frente, las palabras de Jesús para aquella mujer no pueden ser sino palabras de vida, palabras que a nosotros nos llenan de esperanza también. ‘¿Nadie ha sido ahora capaz de condenarte? Pues yo ahora tampoco te condeno…’ vete, comienza una vida nueva, una vida regenerada, la vida que nace de la misericordia divina. Para eso había venido Jesús. La misericordia y el perdón siempre nos llenan de esperanza.
Nos miramos a nosotros y nos vemos, es cierto, envueltos en nuestras miserias, en nuestros problemas, en tantas y tantas carencias fruto de nuestra limitación o de nuestra debilidad, pero podemos comenzar una vida nueva, podemos comenzar algo nuevo. Nos invita hoy la Palabra del Señor a mirar hacia adelante. ‘Mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis?’, que nos decía el profeta. Siempre se pueden abrir caminos nuevos, pueden surgir esos ríos en la estepa de nuestra vida con la gracia que nos llena de fecundidad para las obras buenas. El Señor nos ofrece el agua viva de su gracia para apagar nuestra sed, para llenarnos de vida, para que comencemos también a hacer mejor nuestro mundo.
No caben ya los juicios ni las condenas; no podemos ya nunca más comenzar a tirar piedras de condenación a los demás. No podemos seguir mirando para detrás con desconfianza para mantenernos en prejuicios, ni para juzgar ni condenar ¿Quién soy yo para juzgar a mi prójimo? Nuestra misión al ir repartiendo misericordia es ir tendiendo las manos, no para tirar piedras, sino para ayudar a levantarse al hermano, ayudar a poner nueva ilusión en su vida rota porque es posible una vida distinta y mejor.
Nosotros hemos de ser también siempre los hombres y mujeres de la misericordia y del perdón porque de la misma manera que nosotros nos sentimos amados y perdonados por el Señor así hemos de hacer con los que están a nuestro lado. La Iglesia siempre tiene que mostrarse como la madre de la misericordia a imagen de Jesús que siempre cree y espera en el hombre nuevo que va a nacer del perdón que nos regala el Señor.
Que sepamos tender siempre las manos para dar ánimos a los que encontramos sin esperanza al borde del camino; tender siempre las manos para consolar a los que están tristes o con el corazón muy lleno de sufrimientos; tender manos cariñosas para hacer que todos se sientan queridos; tender manos y sonrisas que llenen de alegría y esperanza los corazones.
Lo que siempre tiene que vencer es el amor;  y con el amor la palabra buena, y el perdón y la comprensión, la alegría y la esperanza. De una cosa siempre podemos estar seguros y es que el Señor nos busca porque nos ama para regalarnos su misericordia y su perdón.

domingo, 21 de marzo de 2010

En la primavera de la Pascua flores nuevas tienen que florecer

Is. 43, 16-21;
Sal. 125;
Filp. 3, 8-14;
Jn. 8, 1-11

El evangelio de Jesús nos pide unas actitudes nuevas que apuesten por la vida; apuestas que tienen que pasar por el amor y por el perdón. Es lo que contemplamos en Jesús; es la buena nueva que El nos anuncia y no sólo con su palabra sino con toda su vida. El camino hacia la Pascua que estamos recorriendo es un camino hacia la vida, porque el Señor quiere arrancarnos de nuestras muertes, de nuestro pecado; porque cuando lleguemos a celebrar la Pascua estaremos celebrando la victoria sobre la muerte en la resurrección del Señor.
Las páginas del evangelio están llenas de momentos en los que vemos esa apuesta en Jesús. Y todo eso se convierte en un interrogante muy fuerte dentro de nosotros que puede cuestionar muchas cosas que hacemos en la vida dejándonos algunas veces arrastrar, casi sin darnos cuenta, por lo que contemplamos en el ambiente que nos rodea y que están bien lejos de las actitudes y posturas que nos enseña Jesús que hemos de tomar en la vida. Y es que, aunque nos parezca que es lo contrario, damos la impresión de que nos es más fácil la muerte que la vida, nos es más fácil acusar y condenar que amar y perdonar. Cuántas señales de muerte se van introduciendo en nuestro mundo. Y tenemos el peligro de contagiarnos. Tenemos que cambiar el chips de la vida.
El evangelio que hoy hemos escuchado tiene un hermoso mensaje pero también es una denuncia muy fuerte. ‘Jesús desde el amanecer se presentó de nuevo en el templo y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba. Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio y la colocan allí en medio’ a los pies de Jesús. tratan de comprometerlo para poder acusarlo. ‘La ley de Moisés manda apedrear a las adúlteras, tú, ¿qué dices?’
Es duro lo que escuchamos. Pero me cuestiono si la actitud de los fariseos que llevaron a la mujer adúltera ante Jesús acusándola y condenándola no estará muy lejos de muchas actitudes nuestras en las que también hacemos juicios de los demás y condenamos fácilmente a todo aquel que haya hecho lo que a nosotros nos parece mal. También nos cuesta perdonar y con qué facilidad condenamos a los otros.
Y esto pasa a todos los niveles, en la familia, entre amigos, entre vecinos, entre compañeros de trabajo, en el ámbito de la vida social y política… actitudes y posturas negativas en nuestra relación con los otros que se nos meten a todos incluso a los que estamos dentro de la Iglesia y nos llamamos creyentes y seguidores de Jesús.
Es necesario escuchar más en la voz de la Iglesia ese anuncio de misericordia y compasión para todo pecador sea quien sea y sea cual sea su pecado. La Iglesia tiene que ser siempre el rostro misericordioso de Dios. Hay situaciones duras y difíciles donde es tan importante tener ese rayo de luz y de esperanza que brota de la misericordia de Dios.
Hemos de reconocer que nos dejamos influenciar por las actitudes inmisericordes que afloran en el mundo que nos rodea. En una sociedad en medio de la cual vivimos donde la misericordia, la comprensión y el perdón no brillan de ninguna manera, nosotros, en lugar de ser evangelizadores de ese mundo, caemos en sus redes para hacer lo mismo que ellos y hasta nos parece lo más natural. ¿No es misión nuestra como cristianos anunciar y trasmitir los valores evangélicos del amor, la misericordia y el perdón? Condenemos el pecado y el mal, pero no olvidemos que tenemos que salvar al pecador. Cristo lo que quiere es transformar el corazón del hombre.
Cuando los fariseos se presentan a Jesús y le exigen una respuesta, ya sabemos cómo actúa Jesús. ‘Como insistían en preguntarle, se incorporó – antes se había inclinado y se había puesto a escribir en el suelo – y les dijo: El que esté sin pecado que tire la primera piedra’. ¿Cómo nos atrevemos a condenar si nuestro corazón está también lleno de pecado? Puede ser grande el pecado de adulterio de aquella mujer, pero no lo es menos el odio que dejamos meter en el corazón, la discriminación y el desprecio que podamos sentir por los otros, la prepotencia de creerme superior y mejor que los demás. ‘El que esté sin pecado que tire la primera piedra’.
¿Habremos experimentado de verdad en nosotros lo que es ser perdonado para que seamos capaces, hayamos aprendido a ser generosos para perdonar también nosotros a los demás? Es importante lo que vivamos en nuestro propio corazón. Si somos humildes para reconocer también nuestros fallos, nuestros errores, nuestras caídas y pecados, sentiremos también el gozo del perdón recibido. ¿No nos enseñará eso a ser también nosotros misericordiosos con los demás?
Jesús, sacramento del amor de Dios, libera de la muerte al pecador perdonándolo. Perdón que nace de la gratuidad del amor de Dios y que nos muestra la grandeza del corazón de Dios. Es lo que tenemos que aprender, esa gratuidad y esa generosidad de nuestro corazón porque además eso nos hace mejores, nos pone en camino de vivir esa nueva creación que Cristo quiere realizar en nosotros, ese hombre nuevo que quiere que nosotros seamos.
Cuando experimentamos lo nuevo que Dios crea en nosotros desde su amor y su perdón se abren ante nosotros nuevos caminos llenos de vida y de luz. Recordemos lo que nos decía el profeta en la primera lectura: ‘No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis? Abriré un camino por el desierto, ríos en el yermo…’ Quiere el Señor hacer que los desiertos de nuestra vida ya no sean desiertos porque florezcan flores de vida en nosotros prometedores de hermosos frutos. Son esas nuevas actitudes de vida que tienen que ir floreciendo en nosotros. Nunca ya el juicio ni la condena. Para siempre ya la generosidad, el perdón, el amor, la concordia, la paz, la dicha para todos. Son las flores que tienen que florecer en la primavera de esta Pascua que vamos a celebrar.
Cuando hemos pasado en la vida por esos momentos difíciles donde quizá vimos la negrura de nuestra maldad y nuestro pecado, pero donde no nos ha faltado la experiencia enriquecedora del amor de Dios, nos sentimos en verdad transformados, fortalecidos para emprender ese camino nuevo que nos conduzca a la santidad. Si ‘el Señor ha estado grande con nosotros’ como decíamos en el salmo, claro que nos llenamos de alegría y nuestra vida ya va a ser distinta para siempre.
¿Cómo se sentiría aquella mujer cuando Jesús le dice ‘yo tampoco te condeno, vete y no peques más’?