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jueves, 23 de abril de 2026

Creyendo en Jesús, Pan de vida bajado del cielo, nos sentiremos tan intensamente unidos a El que ya nada nos podrá separar del amor de Dios

 


Creyendo en Jesús, Pan de vida bajado del cielo, nos sentiremos tan intensamente unidos a El que ya nada nos podrá separar del amor de Dios

Hechos 8, 26-40; Salmo 65; Juan 6, 44-51

Cuando en la vida nos encontramos alguien que se acercado a nosotros con la mayor sinceridad y delicadeza, nos hemos sentido comprendidos por esa persona y en quien somos capaces de descargar lo más hondo o lo más pesado que llevamos en el alma, diríamos que se crea un vínculo tan intenso que ya no nos gustaría separarnos de ella, sentimos que es como luz que hemos encontrado en nuestro camino y se convierte para nosotros en un ser maravilloso que siempre admiraremos y hasta trataremos de imitar. Es así como nacen las grandes amistades que van a perdurar en nuestra vida y que no queremos que nada las destruya, sea cuales sean las tentaciones que suframos. Nos sentimos en una comunión maravillosa con esa persona que de alguna manera se convierte en un todo para nosotros.

He estado queriendo referirme a bellas y maravillosas experiencias humanas que enriquecen nuestra vida, pero que se convierten en una imagen de lo que Jesús quiere hoy ofrecernos en el evangelio. Nos está hablando Jesús de comunión que nos lleva a sentirnos muy unidos a El por la fe. Y es que eso es lo que ha tenido que significar en nuestra vida nuestro encuentro con Jesús por la fe. Por algo Jesús nos hablará de camino y de vida, nos hablará de luz y de salvación. Es lo que vemos en el evangelio que Jesús va ofreciendo a cuantos con El se van encontrando; por eso nos hablará por otra parte de la radicalidad con que hemos de seguirle de modo que, como nos dirá san Pablo, nada podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús.

Los signos, que nosotros habitualmente llamamos milagros, que Jesús va realizando nos van manifestando lo que ha de ser esa vida nueva que nace en nosotros tras nuestro encuentro con El. El encuentro con Jesús sana verdaderamente nuestra vida mucho más allá de la curación de una enfermedad o de la liberación de alguna dependencia. Es un nuevo caminar, es un nuevo vivir, es un nuevo sentido para nuestra existencia, es un sentirnos nuevos y distintos porque ya seremos un hombre nuevo. Es lo que nos va repitiendo a lo largo de todas las páginas del evangelio.

¡Qué importante que nos dejemos encontrar con Jesús! Es necesaria una apertura del corazón, es necesario aprender a despojarnos de todo lo viejo que hay en nosotros para que seamos esa criatura nueva. No es algo superficial ni ocasional que cuando pase el tiempo se olvida. Es una transformación profunda la que se realiza en nosotros. Una nueva creación se realiza en nosotros.

Claro que cuando tenemos esta experiencia tan profunda de un encuentro con Cristo que transforma toda nuestra vida, nos sentiremos en esa nueva vinculación con El, como expresábamos de aquellos nuevos vínculos que se crean con una amistad nueva. Nos sentiremos tan unidos a Jesús que ya no es solo copiar alguna de sus cosas en nosotros sino comenzar a vivir una nueva comunión con El. No nos querremos separar ya de Jesús por nada del mundo.

Por eso Jesús se nos está presentando con pan de vida porque comiéndole así a El nos sentiremos llenos de la vida de Dios, llenos de vida eterna. Y nos dirá Jesús, ‘Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo’. Porque creemos en El y a El nos queremos sentir verdaderamente unidos, tendremos la vida eterna. Una vida para siempre, una vida de una nueva comunión, una vida en la que nos sentiremos profundamente inmersos en Dios.

viernes, 6 de septiembre de 2024

Es un vino nuevo el que nos ofrece Jesús, que pone verdadera paz en nuestro corazón, porque hemos transformado nuestra vida con el amor

 


Es un vino nuevo el que nos ofrece Jesús, que pone verdadera paz en nuestro corazón, porque hemos transformado nuestra vida con el amor

1 Corintios 4, 1-5; Salmo 36;  Lucas 5, 33-39

A alguien le preguntaban un día cómo hacía para que medio de todos los problemas que tiene la vida de cada día, las noticias que se escuchaban habitualmente que no siempre tenían buenos presagios, y seguramente los problemas que también podría tener como cualquier hijo de vecino siempre mantuviera la alegría, la sonrisa en el rostro y el buen ánimo y optimismo con que se le veía en la vida. Una pregunta interesante, porque además no siempre nos encontramos con personas con ese optimismo y buen semblante en la vida.

Y aquel hombre respondía porque a pesar de todas esas negruras de la vida, a pesar también de sus muchos problemas y contratiempos que también tenía y muchos, sin embargo él trataba de mantener la paz en el corazón y la serenidad en su espíritu. Que ¿cómo lo lograba? Respondía que desde su fe. Porque cuando se sabía amado de Dios, sabía en quien de verdad podía apoyarse, quien le daba esa serenidad y esa fuerza a su espíritu, y cuando uno se pone en las manos de quien sabe que no le falla, ¿por qué habrá de atormentarse y amargarse?

¡Qué importante es mantener esa paz y esa serenidad de espíritu a pesar de todos los pesares! Es que en nuestra vida entra un cambio muy importante en la apreciación de lo que es la vida, de cómo afrontar los problemas, que sabemos que nunca faltarán, porque hemos encontrado algo que nos ha transformado totalmente, un verdadero tesoro para nuestra vida que nos hará sentir siempre esa paz en el corazón y mantendrá la alegría y la esperanza en la vida.

Pero es necesario que descubramos el verdadero sentido de nuestra vida, ese sentido y nuevo valor que da a nuestra vida y todo será distinto. No tenemos por qué andar cabizbajos, con cara de funeral porque nos vayan apareciendo problemas en la vida, con el corazón atormentado por mil amarguras. Como decía Jesús, es que los amigos del novio cuando están en la boda con él pueden andar con trajes de lutos y con llantos de tristeza. Todo tiene que tener ese sentido de alegría porque nos conforta esa fe que tenemos y porque nos anima siempre la esperanza.

Tenemos que descubrir el hondo sentido que da la fe a nuestra vida que todo lo transforma. Ya no se trata de ir haciendo cositas como quien va acumulando méritos para conseguir un premio. No es cuestión de irnos amargando con ayunos y penitencias, cuando sabemos lo que es la generosidad del amor de Dios que sigue confiando en nosotros aunque no siempre seamos fieles del todo. Tiene que haber otra generosidad en la vida, otro desprendimiento donde nos gozamos en el amor de Dios y en consecuencia viviremos en un sentido nuevo de amor.

Por eso nos dice Jesús hoy que tenemos que ser vaso nuevo, que tenemos que vestir un vestido nuevo, que de nada nos valen los remiendos que nada arreglan sino que tenemos que dejarnos transformar por El para ser en verdad unos hombres nuevos, unas criaturas nuevas. Ya no nos valen esas medidas que estábamos acostumbrados a usar – hasta aquí llegamos, con este mínimo ya nos es suficiente, desde aquí no nos podemos pasar, como tantas veces nos sigue pesando en nuestro pensamiento - porque el amor no tiene medida ni límites sino que siempre será generoso sin fin como tan bonito nos explica san Pablo en la carta a los Corintios en aquel himno al amor. Es la novedad que nos ofrece el evangelio, es la vida nueva que nace en nosotros a partir de nuestra fe en Jesús desde nuestro Bautismo.

Es un vino nuevo, como en las bodas de Caná, el que nos ofrece Jesús, que pone verdadera paz en nuestro corazón, porque hemos transformado nuestra vida con el amor.


sábado, 11 de abril de 2020

Nos envuelve el silencio con la esperanza de que brille un nuevo Sol, con la esperanza de la resurrección


Nos envuelve el silencio con la esperanza de que brille un nuevo Sol, con la esperanza de la resurrección

Silencio. Hoy es un día de silencio. La Iglesia permanece en silencio en el sábado santo. A la sombra de la cruz de la que solo penden unas vendas de sudario. Junto a la tumba de Jesús con piedra aún cerrando su entrada. En silencio.
Unas lágrimas quieren asomar de nuestros ojos pues las experiencias vividas han sido muy fuertes. Pero no son lágrimas de amargura. Lagrimas quizá sí de arrepentimiento. Pero lágrimas en las que asoman como perlas los brillos de la esperanza.
Estamos junto a la tumba, no para resguardarla de quien pueda robar el cuerpo de Jesús. Estamos junto a la tumba llenos de esperanza porque ansiamos que llegue el resplandor de la nueva mañana en que la piedra esté corrida y el Señor haya resucitado. En silencio. Con esperanza. Seguimos creyendo en la vida porque creemos en el amor.
El mundo también está en silencio. Como aletargado. Asustado quizá. El silencio de la inactividad lo llena todo y nos encerramos llenos de miedo. Silenciosamente el mal se puede seguir propagando y callamos porque nos parece que así no se va a despertar. Pero es un silencio forzado. Nos abruma. Nos entristece. No sabemos que hacer. El encierro nos agobia y nos sentimos tentados al disparate. Muchas locuras se pueden maquinar en ese silencio si no sabemos controlarnos. Tenemos que darle un sentido. Demasiadas sombras negras galopan sobre nosotros. Le tenemos miedo a la tumba. Tememos que caiga sobre nosotros como una loza que nos hunde o que nos encierra aun más.
Son silencios distintos de los que estamos hablando por las actitudes que podemos tener ante ese silencio. Nuestro silencio de sábado santo está lleno de esperanza. Y es ese silencio con esperanza el que tenemos que saber contagiar. Nosotros sabemos que la semilla germina bajo tierra en silencio y sabemos que de ahí brotará una nueva planta con una hermosa flor. Es un hermoso sentido que hemos de darle a nuestra esperanza.
No estamos solo en una actitud pasiva, pero sí hemos de estar en una postura reflexiva. Son muchas las lecciones que podemos deducir. Miramos atrás y vemos lo que hemos hecho de nuestro mundo. Miramos hacia delante y vemos lo hermoso que podemos crear. Son también muchos los proyectos que podemos hacer porque no está todo acabado. Sabemos que un día el mundo puede florecer con una nueva y bella flor que llene de perfume nuestra vida y nuestra sociedad.
Es el hermoso sentido que podemos darle a nuestro silencio. Es lo que nosotros los cristianos podemos contagiar a nuestro mundo. La esperanza. Porque nosotros creemos que quien hoy está encerrado en la tumba va a resucitar. Esa piedra se correrá y aparecerá la luz y la belleza de una nueva creación. Es nuestra fe. Es nuestra esperanza. La fe y la esperanza que tenemos que trasmitir al mundo desde nuestras posturas y actitudes. Es la palabra de vida que podemos transmitir. La Palabra que nos ha confiado Jesús.
Silencio, pero con esperanza de que brille un nuevo Sol. Silencio, pero con esperanza de resurrección.

jueves, 5 de octubre de 2017

Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos y toda nuestra vida será alegría y júbilo

Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos y toda nuestra vida será alegría y júbilo

Deum. 8, 7-18; Sal.: 1Cro 29, 10; 2Cor. 5, 17-21; Mt. 7, 7-11
‘Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos y toda nuestra vida será alegría y júbilo’. Este versículo tomado del salmo 89 podría expresar muy bien el sentido de la feria que en este día se celebra en la Iglesia. Son las témporas de acción de gracias y petición.
En cierto modo la vida del hombre y el ritmo de sus actividades van girando en torno al devenir de la naturaleza que cada año tiene sus ciclos y sus ritmos que nosotros llamamos estaciones, estaciones meteorológicas.
Sobre todo en nuestro hemisferio norte hemos concluido con los rigores de los calores del verano y hemos entrado en nuevo ciclo que es el otoño. Pero de alguna manera las actividades de la vida giran en torno a esto. Por una parte en las actividades agrícolas se acaba un ciclo con la finalización de la recolección de las cosechas entrando la tierra en una época de cierto reposo y de pronta preparación para un nuevo ritmo de siembras y de diversas actividades.
Pero también en nuestra vida laboral y social ha habido un cambio pues el verano ha servido para una gran parte de nuestras gentes tener su tiempo de descanso y de vacaciones, incrementadote incluso en esa época los tiempos de fiestas y de jolgorio; ha vuelto la actividad normal para la mayoría y los dedicados al estudio, también nuestros niños y adolescentes reinician sus cursos escolares y su actividad.
Un final y un principio, unos frutos recogidos y un descanso merecido y un reinicio de actividad en todos los ámbitos y sentidos. Y es en este momento en el que la liturgia nos ofrece estas temperas de acción de gracias y de petición.
El creyente centra su vida en Dios. De Dios espera su bendición y su gracia. Siente que este mundo es una creación del poder de Dios y Dios sigue siendo el alma de toda la existencia. Sentimos que la vida nos viene de Dios y como salidos de sus manos recibimos todos los frutos que en la vida podemos cosechar. Es quien ha puesto en el hombre esa capacidad de su inteligencia y de su trabajo y ese mundo por el creado ha sido puesto en nuestra manos para que nosotros con nuestro esfuerzo continuemos su obra.
Por eso tenemos que ser agradecidos de ese don de Dios y de cuanto recibimos de sus manos igual que de la misión que nos ha confiado para que desarrollemos ese mundo que sea para el bien de todos, de toda la humanidad. Hemos de cuidar ese mundo, esa naturaleza, esa vida que en él encontramos porque sabemos además que no solo es para nuestro bien personal sino que tiene que redundar en el bien de todos los hombres. De ahí la responsabilidad que hemos de tomarnos la vida, con que hemos de tratar ese mundo, de cómo hemos de desarrollarlo desde nuestra inteligencia y nuestras capacidades con las que nos hacemos semejantes a Dios, tal como El quiso crearnos.
Damos gracias en este final de ciclo por cuanto en el año y en toda nuestra vida hemos recibido reflejado también en esos frutos de nuestros trabajos, pero al mismo tiempo pedimos su bendición para ese trabajo que ahora reiniciamos. Queremos hacerlo siempre para su gloria, queremos realizarlo contando siempre con su gracia, queremos hacer que nuestro mundo sea mejor, queremos poner verdadera humanidad en cuanto hacemos y para ello pedimos la gracia del Señor, queremos contar con la gracia del Señor. Así sentiremos el gozo de Dios en nuestro corazón.
‘Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos y toda nuestra vida será alegría y júbilo’, decíamos al principio. Que sea nuestra oración y que sea nuestra acción de gracias. ‘Que el Señor vuelva su rostro sobre nosotros y nos bendiga y nos conceda su paz’.

domingo, 24 de mayo de 2015

Con la fuerza del Espíritu desde la Pascua iniciamos el camino de una nueva creación

Con la fuerza del Espíritu desde la Pascua iniciamos el camino de una nueva creación

Hechos, 2, 1-11; Sal 103; 1Corintios 12, 3b-7. 12-13; Juan 20, 19-23
Con la Pascua por la fuerza y la gracia del Espíritu que Cristo resucitado nos concede iniciamos el camino de una nueva creación. Recordemos lo que nos ha dicho san Pablo y tantas veces habremos meditado, somos una nueva creatura, unos hombres nuevos nacidos por el agua y el Espíritu como nos había anunciado Jesús. Es lo que hemos pedido en el salmo:Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla, renueva la faz de la tierra’.
Hoy, Pentecostés, estamos celebrando ese don del Espíritu que realiza esa nueva creación, que nos hace hombres nuevos y creatura nueva. Es el don de la Pascua. El evangelista Juan nos sitúa esa donación del Espíritu en la tarde de ese primer día, el día de la resurrección del Señor. San Lucas nos lo situará en el mismo lugar también, el cenáculo, cincuenta días después cuando los judíos celebraban la fiesta de Pentecostés.
Aquella creación salida buena de las manos del Creador - vio Dios que todo era bueno, nos decía el Génesis - fue destruida con el mal que se metió en el corazón del hombre creando división entre los hombres - ya Adán y Eva se echaban la culpa el uno al otro de ese mismo mal expresándose así esa división - que viene a tener una expresión bien significativa en la confusión de las lenguas de Babel que dividió y dispersó a la humanidad que era incapaz de entenderse.
Ahora un signo que manifiesta esa nueva unidad y comunión nacida en esta nueva creación de la Pascua será que gentes venidas de todos los lugares conocidos, aunque con lenguas distintas, serán capaces de oír hablar de las maravillas de Dios a una en su propia lengua. La confusión del orgullo del corazón de los hombres que los había dispersado se ha transformado en esta nueva creación en unidad y entendimiento para crear una nueva humanidad.
La fuerza del Espíritu todo lo transforma. Pero ya san Lucas nos va dando pautas de cómo hemos de prepararnos a esa acción del Espíritu. Si Juan nos había dicho que estaban encerrados por miedo a los judíos en aquel primer día de la nueva Pascua con la presencia de Cristo resucitado habían comenzado a cambiar las posturas y las actitudes. San Lucas, en versículos anteriores a los que hoy hemos escuchado, nos relataba cómo el grupo de los discípulos después de la Ascensión de Jesús se habían quedado reunidos y unánimes perseveraban en la oración en la espera del cumplimiento de la promesa de Jesús. En la oración en común habían comenzado, por así decirlo, a ensayar ese nuevo estilo de vivir la nueva creación que se estaba realizando en sus corazones.
Juan nos dirá que Jesús sopló sobre ellos y les dio la fuerza de su Espíritu para el perdón delos pecados; el pecado que nos había dividido y creado el hombre viejo había sido vencido en la Pascua por la muerte y la resurrección del Señor; ahora caerían todas esas barreras con que el pecado nos había dividido y distanciado porque por la fuerza del Espíritu el perdón de los pecados que nos restauraba para hacer un hombre nuevo sería el anuncio de salvación que habría de llegar a todos los hombres.
Lucas en los Hechos nos describirá grandes señales del cielo como el viento impetuoso y las lenguas de fuego que se posaban sobre cada uno de ellos para manifestarnos así la fuerza y la presencia del Espíritu realizando esa nueva creación. ‘Y todos se llenaron del Espíritu Santo…’ Y ya hemos hecho referencia a ese nuevo entendimiento que nacía en el corazón de todos porque ‘cada uno los oye hablar de las maravillas de Dios en su propia lengua’.
Maravillas de Pentecostés. Una nueva humanidad y una nueva creación en la que todos estamos llamados a la comunión, al entendimiento, a caminar juntos sin que nada nos divida ni separe. Unos nuevos lazos, los lazos del amor del que el Espíritu nos inunda, comenzarán a anudar los corazones para que caminemos juntos y cada uno desde sus diversos y particulares dones pueda contribuir al bien común. ‘Diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; diversidad de servicios, pero un mismo Señor; diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común’.
Cuando hoy estamos nosotros celebrando Pentecostés y el don del Espíritu que también nosotros hemos recibido en nuestro Bautismo y de manera especial en la Confirmación tendríamos que reflexionar cómo vivimos ese don del Espíritu en nuestra vida. ¿En verdad nos sentimos esas nuevas creaturas, esos hombres nuevos nacidos de la Pascua y llamados a vivir siempre en la comunión y en la unidad? ¿Cómo se manifiesta esa comunión entre nosotros, en mi vida? El lenguaje de mi vida, mis gestos, mis actitudes, mis comportamientos ¿son signos que hablan a los demás de las maravillas del Señor para que todos puedan entenderlos?
Esos dones que hemos recibido, esos valores que hay en nuestra vida ¿somos capaces de ponerlos en verdad en servicio de los otros, en servicio del bien común? ¿En verdad sentimos que el pecado - ese pecado que nos divide y nos destruye - por la fuerza del Espíritu está realmente vencido en nuestra vida sintiéndonos ese hombre nuevo de la gracia?
Es cierto que la tentación nos acecha, que el pecado ronda a nuestro alrededor y muchas veces quizá nos enreda; pero no podemos olvidar que tenemos la fuerza del Espíritu, que tenemos que vivir como esa nueva creatura, que tenemos que saber invocar al Espíritu del Señor que nos fortalezca con la gracia, conscientes que siempre tenemos que manifestarnos como esos hombres nuevos que están inundados del Espíritu del Señor.
Ven, Espíritu divino, penetra hasta lo más hondo de mi ser llenando con tu luz mis oscuridades y con la riqueza de tu gracia los vacíos de mi vida.

domingo, 21 de marzo de 2010

En la primavera de la Pascua flores nuevas tienen que florecer

Is. 43, 16-21;
Sal. 125;
Filp. 3, 8-14;
Jn. 8, 1-11

El evangelio de Jesús nos pide unas actitudes nuevas que apuesten por la vida; apuestas que tienen que pasar por el amor y por el perdón. Es lo que contemplamos en Jesús; es la buena nueva que El nos anuncia y no sólo con su palabra sino con toda su vida. El camino hacia la Pascua que estamos recorriendo es un camino hacia la vida, porque el Señor quiere arrancarnos de nuestras muertes, de nuestro pecado; porque cuando lleguemos a celebrar la Pascua estaremos celebrando la victoria sobre la muerte en la resurrección del Señor.
Las páginas del evangelio están llenas de momentos en los que vemos esa apuesta en Jesús. Y todo eso se convierte en un interrogante muy fuerte dentro de nosotros que puede cuestionar muchas cosas que hacemos en la vida dejándonos algunas veces arrastrar, casi sin darnos cuenta, por lo que contemplamos en el ambiente que nos rodea y que están bien lejos de las actitudes y posturas que nos enseña Jesús que hemos de tomar en la vida. Y es que, aunque nos parezca que es lo contrario, damos la impresión de que nos es más fácil la muerte que la vida, nos es más fácil acusar y condenar que amar y perdonar. Cuántas señales de muerte se van introduciendo en nuestro mundo. Y tenemos el peligro de contagiarnos. Tenemos que cambiar el chips de la vida.
El evangelio que hoy hemos escuchado tiene un hermoso mensaje pero también es una denuncia muy fuerte. ‘Jesús desde el amanecer se presentó de nuevo en el templo y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba. Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio y la colocan allí en medio’ a los pies de Jesús. tratan de comprometerlo para poder acusarlo. ‘La ley de Moisés manda apedrear a las adúlteras, tú, ¿qué dices?’
Es duro lo que escuchamos. Pero me cuestiono si la actitud de los fariseos que llevaron a la mujer adúltera ante Jesús acusándola y condenándola no estará muy lejos de muchas actitudes nuestras en las que también hacemos juicios de los demás y condenamos fácilmente a todo aquel que haya hecho lo que a nosotros nos parece mal. También nos cuesta perdonar y con qué facilidad condenamos a los otros.
Y esto pasa a todos los niveles, en la familia, entre amigos, entre vecinos, entre compañeros de trabajo, en el ámbito de la vida social y política… actitudes y posturas negativas en nuestra relación con los otros que se nos meten a todos incluso a los que estamos dentro de la Iglesia y nos llamamos creyentes y seguidores de Jesús.
Es necesario escuchar más en la voz de la Iglesia ese anuncio de misericordia y compasión para todo pecador sea quien sea y sea cual sea su pecado. La Iglesia tiene que ser siempre el rostro misericordioso de Dios. Hay situaciones duras y difíciles donde es tan importante tener ese rayo de luz y de esperanza que brota de la misericordia de Dios.
Hemos de reconocer que nos dejamos influenciar por las actitudes inmisericordes que afloran en el mundo que nos rodea. En una sociedad en medio de la cual vivimos donde la misericordia, la comprensión y el perdón no brillan de ninguna manera, nosotros, en lugar de ser evangelizadores de ese mundo, caemos en sus redes para hacer lo mismo que ellos y hasta nos parece lo más natural. ¿No es misión nuestra como cristianos anunciar y trasmitir los valores evangélicos del amor, la misericordia y el perdón? Condenemos el pecado y el mal, pero no olvidemos que tenemos que salvar al pecador. Cristo lo que quiere es transformar el corazón del hombre.
Cuando los fariseos se presentan a Jesús y le exigen una respuesta, ya sabemos cómo actúa Jesús. ‘Como insistían en preguntarle, se incorporó – antes se había inclinado y se había puesto a escribir en el suelo – y les dijo: El que esté sin pecado que tire la primera piedra’. ¿Cómo nos atrevemos a condenar si nuestro corazón está también lleno de pecado? Puede ser grande el pecado de adulterio de aquella mujer, pero no lo es menos el odio que dejamos meter en el corazón, la discriminación y el desprecio que podamos sentir por los otros, la prepotencia de creerme superior y mejor que los demás. ‘El que esté sin pecado que tire la primera piedra’.
¿Habremos experimentado de verdad en nosotros lo que es ser perdonado para que seamos capaces, hayamos aprendido a ser generosos para perdonar también nosotros a los demás? Es importante lo que vivamos en nuestro propio corazón. Si somos humildes para reconocer también nuestros fallos, nuestros errores, nuestras caídas y pecados, sentiremos también el gozo del perdón recibido. ¿No nos enseñará eso a ser también nosotros misericordiosos con los demás?
Jesús, sacramento del amor de Dios, libera de la muerte al pecador perdonándolo. Perdón que nace de la gratuidad del amor de Dios y que nos muestra la grandeza del corazón de Dios. Es lo que tenemos que aprender, esa gratuidad y esa generosidad de nuestro corazón porque además eso nos hace mejores, nos pone en camino de vivir esa nueva creación que Cristo quiere realizar en nosotros, ese hombre nuevo que quiere que nosotros seamos.
Cuando experimentamos lo nuevo que Dios crea en nosotros desde su amor y su perdón se abren ante nosotros nuevos caminos llenos de vida y de luz. Recordemos lo que nos decía el profeta en la primera lectura: ‘No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis? Abriré un camino por el desierto, ríos en el yermo…’ Quiere el Señor hacer que los desiertos de nuestra vida ya no sean desiertos porque florezcan flores de vida en nosotros prometedores de hermosos frutos. Son esas nuevas actitudes de vida que tienen que ir floreciendo en nosotros. Nunca ya el juicio ni la condena. Para siempre ya la generosidad, el perdón, el amor, la concordia, la paz, la dicha para todos. Son las flores que tienen que florecer en la primavera de esta Pascua que vamos a celebrar.
Cuando hemos pasado en la vida por esos momentos difíciles donde quizá vimos la negrura de nuestra maldad y nuestro pecado, pero donde no nos ha faltado la experiencia enriquecedora del amor de Dios, nos sentimos en verdad transformados, fortalecidos para emprender ese camino nuevo que nos conduzca a la santidad. Si ‘el Señor ha estado grande con nosotros’ como decíamos en el salmo, claro que nos llenamos de alegría y nuestra vida ya va a ser distinta para siempre.
¿Cómo se sentiría aquella mujer cuando Jesús le dice ‘yo tampoco te condeno, vete y no peques más’?