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jueves, 23 de abril de 2026

Creyendo en Jesús, Pan de vida bajado del cielo, nos sentiremos tan intensamente unidos a El que ya nada nos podrá separar del amor de Dios

 


Creyendo en Jesús, Pan de vida bajado del cielo, nos sentiremos tan intensamente unidos a El que ya nada nos podrá separar del amor de Dios

Hechos 8, 26-40; Salmo 65; Juan 6, 44-51

Cuando en la vida nos encontramos alguien que se acercado a nosotros con la mayor sinceridad y delicadeza, nos hemos sentido comprendidos por esa persona y en quien somos capaces de descargar lo más hondo o lo más pesado que llevamos en el alma, diríamos que se crea un vínculo tan intenso que ya no nos gustaría separarnos de ella, sentimos que es como luz que hemos encontrado en nuestro camino y se convierte para nosotros en un ser maravilloso que siempre admiraremos y hasta trataremos de imitar. Es así como nacen las grandes amistades que van a perdurar en nuestra vida y que no queremos que nada las destruya, sea cuales sean las tentaciones que suframos. Nos sentimos en una comunión maravillosa con esa persona que de alguna manera se convierte en un todo para nosotros.

He estado queriendo referirme a bellas y maravillosas experiencias humanas que enriquecen nuestra vida, pero que se convierten en una imagen de lo que Jesús quiere hoy ofrecernos en el evangelio. Nos está hablando Jesús de comunión que nos lleva a sentirnos muy unidos a El por la fe. Y es que eso es lo que ha tenido que significar en nuestra vida nuestro encuentro con Jesús por la fe. Por algo Jesús nos hablará de camino y de vida, nos hablará de luz y de salvación. Es lo que vemos en el evangelio que Jesús va ofreciendo a cuantos con El se van encontrando; por eso nos hablará por otra parte de la radicalidad con que hemos de seguirle de modo que, como nos dirá san Pablo, nada podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús.

Los signos, que nosotros habitualmente llamamos milagros, que Jesús va realizando nos van manifestando lo que ha de ser esa vida nueva que nace en nosotros tras nuestro encuentro con El. El encuentro con Jesús sana verdaderamente nuestra vida mucho más allá de la curación de una enfermedad o de la liberación de alguna dependencia. Es un nuevo caminar, es un nuevo vivir, es un nuevo sentido para nuestra existencia, es un sentirnos nuevos y distintos porque ya seremos un hombre nuevo. Es lo que nos va repitiendo a lo largo de todas las páginas del evangelio.

¡Qué importante que nos dejemos encontrar con Jesús! Es necesaria una apertura del corazón, es necesario aprender a despojarnos de todo lo viejo que hay en nosotros para que seamos esa criatura nueva. No es algo superficial ni ocasional que cuando pase el tiempo se olvida. Es una transformación profunda la que se realiza en nosotros. Una nueva creación se realiza en nosotros.

Claro que cuando tenemos esta experiencia tan profunda de un encuentro con Cristo que transforma toda nuestra vida, nos sentiremos en esa nueva vinculación con El, como expresábamos de aquellos nuevos vínculos que se crean con una amistad nueva. Nos sentiremos tan unidos a Jesús que ya no es solo copiar alguna de sus cosas en nosotros sino comenzar a vivir una nueva comunión con El. No nos querremos separar ya de Jesús por nada del mundo.

Por eso Jesús se nos está presentando con pan de vida porque comiéndole así a El nos sentiremos llenos de la vida de Dios, llenos de vida eterna. Y nos dirá Jesús, ‘Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo’. Porque creemos en El y a El nos queremos sentir verdaderamente unidos, tendremos la vida eterna. Una vida para siempre, una vida de una nueva comunión, una vida en la que nos sentiremos profundamente inmersos en Dios.

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