Vamos
a caminar un poco haciendo de nuevo el camino de Emaús para que al final
podamos reconocer en verdad a Cristo resucitado en el camino de la vida
Hechos 2, 14. 22-33; Salmo 15; 1Pedro 1,
17-21; Lucas 24, 13-35
Vamos a
caminar un poco, nos habrá dicho alguien alguna vez o somos nosotros los que
hemos invitado a alguien. Es algo más que un paseo, como solemos decir para
justificarnos, para estirar las piernas; ese camino junto a alguien es mucho
más, porque aunque se comience hablando quizás de cosas intrascendentes
fácilmente la conversación va derivando a algo más sutil, más profundo;
expresamos fácilmente como nos sentimos, nuestras ansias o nuestras esperanzas
o los momentos de desánimo porque nos hemos sentido frustrados, y de parte y
parte van surgiendo las palabras y los pensamientos, se nos van abriendo
caminos o comenzamos a entender muchas cosas; nos sentimos a gusto en nuestro
intercambio y desaparecen los cansancios, no solo los externos que podamos
llevar en el cuerpo, sino que nuestro espíritu se siente reconstituido, y
queremos prolongar el camino o nos sentamos plácidamente en algún sitio que
consideremos agradable porque ya no nos queremos apartar de quien nos ha
acompañado.
Creo que son
experiencias que todos de una u otra manera hemos vivido y que quizás hayan
podido significar también un antes y un después de tal momento. Lo estamos
viendo también en el relato del evangelio. Aparentemente nadie invitó a nadie
pero en el fondo alguien los estaba buscando y que se manifiesta en aquel
desconocido caminante que se une a su camino. Y lo normal, nos interesamos
mutuamente en cómo nos encontramos y de ahí parte la conversación, la tristeza
y el desánimo de quienes se marchaban de Jerusalén porque se veían cumplidas
sus esperanzas. Y viene el desahogo completo, con todo detalle pero llegan también
las palabras de respuesta que poco a poco va enardeciendo sus corazones.
A quienes se
les veía tardos y torpes de corazón poco a poco se les fue abriendo su mente
para que comprendieran el sentido de las Escrituras. Nosotros que andamos ya
con conocimiento de causa tenemos que reconocer qué más grandioso maestro les
fue explicando el sentido de las Escrituras. La luz comenzó a llegar a sus
vidas, se fueron despertando sus mejores sentimientos, se descorrían las
oscuras cortinas que los habían mantenido envueltos en tinieblas y llegó el
ofrecimiento de la hospitalidad con el ruego de que permaneciera con ellos
porque fuera los caminos estaban oscuros y con El habían encontrado luz.
Hemos
escuchado el relato evangélico que además tantas veces habremos meditado y
Jesús se sentó a la mesa con ellos para compartir el pan de la hospitalidad
pero más que nada para regalarles el pan de su presencia. ‘Lo reconocieron al
partir el pan’, que nos dice el texto sagrado. Ya después no había oscuridades
ni temían los peligros pues ellos volvieron a Jerusalén para contar cuanto les
había sucedido en el camino y allí se encontraron también con la alegría de
quienes podían contar también que Jesús había resucitado porque también se
había aparecido a Simón.
Pero no nos
quedamos en el texto o relato del pasado sino que llegamos también a descubrir
que es el relato de nuestro camino. Oscuro se nos vuelve en ocasiones nuestro
camino, también hay frustraciones y desesperanzas, desde lo que a cada uno le
sucede allá en lo más interior de si mismo, pero también de los desánimos y
cansancios que nos envuelven en tantas ocasiones en nuestro camino o en el
camino también de nuestra comunidad; nos parece también que caminamos solos y
sin rumbo o muchas veces refugiándonos en anteriores situaciones como si
estuviéramos volviendo la vista atrás para encontrar acomodo en lo que estábamos
o vivíamos antes.
¿No
necesitaremos igualmente que alguien nos salga al paso poniéndose a caminar con
nuestros zapatos – una manera de decir – para convertirse en ese oído que
escuche nuestro desahogo pero que también nos haga oír esa Palabra nueva que
sea como luz que nos ilumine de nuevo y nos haga encontrar el sentido de
nuestro camino?
El Señor
puede llegar a nuestro lado difuminado en ese desconocido caminante, como nos
puede llegar de distintas maneras en los propios acontecimientos, en lo que
podamos contemplar a nuestro alrededor, en esa moción nueva que sentimos en
nuestro interior, en esa celebración que en principio se nos podía volver
rutinaria pero que en algún momento una palabra, un gesto o detalle de la misma
celebración nos despierta para hacernos sentir algo nuevo que nos vuelve a
poner en camino. Dejemos que el Señor llegue a nuestra vida, escuchemos esa
palabra que nos hace llegar, estemos atentos para descubrir esa señal,
terminemos reconociéndolo en la fracción del pan, sintonicemos de nuevo el
sentido de ese ardor de nuestro corazón porque así descubriremos que el Señor
está con nosotros.
Es la
Eucaristía de la vida y es la Eucaristía que tiene que hacerse vida para
nosotros. Tenemos que aprender a dar el paso desde el abrir nuestro corazón
hasta escuchar de verdad lo que El tiene que decirnos – qué distraídos andamos
muchas veces demasiado encerrados en pensar solo en nosotros mismos – y hagamos
que este gesto de partir y compartir el pan sea algo más que un rito que
realizamos para descubrir la presencia de Cristo resucitado que se hace pan y
vida para que le comamos y podamos tener una vida nueva.
Vamos a
caminar un poco, nos está diciendo Jesús hoy de alguna manera. ¿Nos pondremos
en verdad a caminar con El que es caminar con los hermanos?
No hay comentarios:
Publicar un comentario