Vistas de página en total

domingo, 19 de abril de 2026

Vamos a caminar un poco haciendo de nuevo el camino de Emaús para que al final podamos reconocer en verdad a Cristo resucitado en el camino de la vida

 


Vamos a caminar un poco haciendo de nuevo el camino de Emaús para que al final podamos reconocer en verdad a Cristo resucitado en el camino de la vida

Hechos 2, 14. 22-33; Salmo 15; 1Pedro 1, 17-21; Lucas 24, 13-35

Vamos a caminar un poco, nos habrá dicho alguien alguna vez o somos nosotros los que hemos invitado a alguien. Es algo más que un paseo, como solemos decir para justificarnos, para estirar las piernas; ese camino junto a alguien es mucho más, porque aunque se comience hablando quizás de cosas intrascendentes fácilmente la conversación va derivando a algo más sutil, más profundo; expresamos fácilmente como nos sentimos, nuestras ansias o nuestras esperanzas o los momentos de desánimo porque nos hemos sentido frustrados, y de parte y parte van surgiendo las palabras y los pensamientos, se nos van abriendo caminos o comenzamos a entender muchas cosas; nos sentimos a gusto en nuestro intercambio y desaparecen los cansancios, no solo los externos que podamos llevar en el cuerpo, sino que nuestro espíritu se siente reconstituido, y queremos prolongar el camino o nos sentamos plácidamente en algún sitio que consideremos agradable porque ya no nos queremos apartar de quien nos ha acompañado.

Creo que son experiencias que todos de una u otra manera hemos vivido y que quizás hayan podido significar también un antes y un después de tal momento. Lo estamos viendo también en el relato del evangelio. Aparentemente nadie invitó a nadie pero en el fondo alguien los estaba buscando y que se manifiesta en aquel desconocido caminante que se une a su camino. Y lo normal, nos interesamos mutuamente en cómo nos encontramos y de ahí parte la conversación, la tristeza y el desánimo de quienes se marchaban de Jerusalén porque se veían cumplidas sus esperanzas. Y viene el desahogo completo, con todo detalle pero llegan también las palabras de respuesta que poco a poco va enardeciendo sus corazones.

A quienes se les veía tardos y torpes de corazón poco a poco se les fue abriendo su mente para que comprendieran el sentido de las Escrituras. Nosotros que andamos ya con conocimiento de causa tenemos que reconocer qué más grandioso maestro les fue explicando el sentido de las Escrituras. La luz comenzó a llegar a sus vidas, se fueron despertando sus mejores sentimientos, se descorrían las oscuras cortinas que los habían mantenido envueltos en tinieblas y llegó el ofrecimiento de la hospitalidad con el ruego de que permaneciera con ellos porque fuera los caminos estaban oscuros y con El habían encontrado luz.

Hemos escuchado el relato evangélico que además tantas veces habremos meditado y Jesús se sentó a la mesa con ellos para compartir el pan de la hospitalidad pero más que nada para regalarles el pan de su presencia. ‘Lo reconocieron al partir el pan’, que nos dice el texto sagrado. Ya después no había oscuridades ni temían los peligros pues ellos volvieron a Jerusalén para contar cuanto les había sucedido en el camino y allí se encontraron también con la alegría de quienes podían contar también que Jesús había resucitado porque también se había aparecido a Simón.

Pero no nos quedamos en el texto o relato del pasado sino que llegamos también a descubrir que es el relato de nuestro camino. Oscuro se nos vuelve en ocasiones nuestro camino, también hay frustraciones y desesperanzas, desde lo que a cada uno le sucede allá en lo más interior de si mismo, pero también de los desánimos y cansancios que nos envuelven en tantas ocasiones en nuestro camino o en el camino también de nuestra comunidad; nos parece también que caminamos solos y sin rumbo o muchas veces refugiándonos en anteriores situaciones como si estuviéramos volviendo la vista atrás para encontrar acomodo en lo que estábamos o vivíamos antes.

¿No necesitaremos igualmente que alguien nos salga al paso poniéndose a caminar con nuestros zapatos – una manera de decir – para convertirse en ese oído que escuche nuestro desahogo pero que también nos haga oír esa Palabra nueva que sea como luz que nos ilumine de nuevo y nos haga encontrar el sentido de nuestro camino?

El Señor puede llegar a nuestro lado difuminado en ese desconocido caminante, como nos puede llegar de distintas maneras en los propios acontecimientos, en lo que podamos contemplar a nuestro alrededor, en esa moción nueva que sentimos en nuestro interior, en esa celebración que en principio se nos podía volver rutinaria pero que en algún momento una palabra, un gesto o detalle de la misma celebración nos despierta para hacernos sentir algo nuevo que nos vuelve a poner en camino. Dejemos que el Señor llegue a nuestra vida, escuchemos esa palabra que nos hace llegar, estemos atentos para descubrir esa señal, terminemos reconociéndolo en la fracción del pan, sintonicemos de nuevo el sentido de ese ardor de nuestro corazón porque así descubriremos que el Señor está con nosotros.

Es la Eucaristía de la vida y es la Eucaristía que tiene que hacerse vida para nosotros. Tenemos que aprender a dar el paso desde el abrir nuestro corazón hasta escuchar de verdad lo que El tiene que decirnos – qué distraídos andamos muchas veces demasiado encerrados en pensar solo en nosotros mismos – y hagamos que este gesto de partir y compartir el pan sea algo más que un rito que realizamos para descubrir la presencia de Cristo resucitado que se hace pan y vida para que le comamos y podamos tener una vida nueva.

Vamos a caminar un poco, nos está diciendo Jesús hoy de alguna manera. ¿Nos pondremos en verdad a caminar con El que es caminar con los hermanos?

No hay comentarios:

Publicar un comentario