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sábado, 26 de octubre de 2013

Una y otra vez el Señor riega nuestra vida con su gracia esperando nuestra respuesta

Rom. 8, 1-11; Sal. 23; Lc. 13, 1-9
‘Déjala todavía este año; cavaré alrededor y la abonaré, a ver si da fruto’. La tarea paciente el agricultor que siempre está esperando fruto. La espera misericordiosa de Dios que siempre está esperando nuestra respuesta. El mensaje está claro. Dios quiere que todos los hombres salven y alcancen la vida eterna. Es mensaje repetido del evangelio. Precisamente ¿cuál es la buena nueva de Jesús? ¿cuál es el anuncio que El hace? ¿a qué ha venido? La Buena Nueva es la salvación que Dios nos ofrece, el amor que Dios nos regala. Por eso decimos que es gracia, porque Dios nos regala su amor.
Esto tiene necesariamente que hacernos pensar en nuestra vida. ¿Le damos siempre la respuesta que Dios espera de nosotros? Sabemos bien que nuestro amor es imperfecto; sabemos bien que nuestra vida está llena de debilidades y de infidelidades porque no siempre respondemos. Y Dios siempre nos está esperando.
¿Mereceríamos el castigo? Claro que no somos fieles y la respuesta no es la de todo el amor que deberíamos poner, sino todo lo contrario muchas veces. Pero queremos acogernos a la misericordia del Señor. Cuando tenemos un momento de sinceridad en nuestra vida y nos damos cuenta de nuestras infidelidades y que mereceríamos el castigo, mira cómo acudimos corriendo al Señor para pedirle que tenga misericordia de nosotros. Quizá nosotros no actuamos con la misma misericordia para con los demás. Y en nuestro interior juzgamos y condenamos con mucha facilidad a los otros, cuando no queremos ser juzgados ni condenados nosotros.
En ese juicio tan severo que tenemos tantas veces hacia los demás aquí entra, por así decirlo, esa manera de pensar en la que fácilmente vemos castigo de Dios en las cosas desagradables que nos suceden, ya sea a nosotros ya sea a los demás. Una enfermedad, un accidente, algo que no nos sale bien en la vida, pensamos enseguida, castigo de Dios. Cuántas veces nos hacemos preguntas así cuando nos vemos envueltos en enfermedades o desgracias. ¿Qué he hecho yo para merecer este castigo?, nos decimos. ¿Es necesario pensar así? ¿es ese el rostro que Jesús nos manifiesta de Dios? No es ese el sentido que en Cristo descubrimos para esas situaciones. Fijémonos en lo que hoy nos dice a partir de ciertos comentarios de cosas desagradables que habían sucedido en Jerusalén aquellos días.
Vienen algunos a contarle lo que había hecho Pilatos, algo en cierto modo sacrílego, en que había mezclado la sangre de los sacrificios que se ofrecían en el templo con la sangre de unos galileos que habían sido ajusticiados en el mismo templo por una rebelión que habían provocado contra los romanos. Y Jesús les dice: ‘¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos porque acabaron así? Os digo que no; y si no os convertís, pereceréis todos lo mismo’.
Y les recuerda el accidente en que habían muerto aplastados dieciocho personas por la torre de Siloé que se había caído. ‘¿Pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera’.
¿Qué les está diciendo Jesús? No podemos ver como un castigo de Dios cosas así que nos sucedan. Mirémoslo como una llamada de parte del Señor para que nos convirtamos a El. Si estos días reflexionábamos sobre cómo habíamos de descubrir esos signos de los tiempos, esas señales que Dios va poniendo a nuestro lado, apliquémoslo ahora a esta reflexión que nos hacemos y en esas cosas que nos suceden sepamos ver esa llamada del Señor a convertir nuestro corazón a El.

Y recogiendo el pensamiento con que iniciábamos este comentario y reflexión del agricultor que abona una y otra vez su viña, su higuera o sus tierras esperando obtener fruto de su trabajo, pensemos, como ya lo hemos hecho otras veces, cuántas gracias y llamadas del Señor estamos recibiendo continuamente. Piensa que este tiempo que te ha tocado vivir ahora en este centro, estas reflexiones que llegan a nosotros por estos medios, es una llamada del Señor, es una gracia más del Señor que quiere abonar nuestra vida para que lleguemos a dar frutos de vida eterna, porque en fin de cuentas está en juego nuestra salvación eterna.

viernes, 25 de octubre de 2013

La inquietud por lo bueno que vemos en los demás es semilla del Reino de Dios

Rom. 7, 18-25; Sal. 118; Lc. 12, 54-59
Confieso que me gusta escuchar a las gentes del campo, sobre todo cuando son mayores, porque fijándose en lo que sucede a su alrededor en la naturaleza muchas veces nos dan hermosas lecciones muy útiles para enfrentarnos a la vida. Suelen ser personas reflexivas y observadoras que se fijan en muchos detalles, e igual que nos predicen los tiempos meteorológicos que van a venir por las señales que ven en las nubes, por lo que han ido aprendiendo en otras muchas cosas nos suelen dar sentencias muy acertadas válidas para la vida.
Jesús en lo que hemos escuchado hoy en el evangelio les dice que así como son observadores de las señales del cielo así también tendrían que descubrir otras señales de los tiempos en lo que va sucediendo en la vida a través de lo cual el Señor también nos puede hablar. Es lo que llamamos los signos de los tiempos. Recordamos cómo con un visión profética el beato Juan XXIII supo discernir esos signos de los tiempos para convocar contra todo pronóstico un concilio para la Iglesia que tanto bien nos ha hecho en la renovación de la Iglesia y de nuestra vida cristiana, como lo fue el Concilio Vaticano II.
Como decía antes en la referencia que hacia de entrada es necesario que aprendamos a ser observadores y reflexivos con todo aquello que nos va sucediendo. Como se suele decir nunca escarmentamos en cabeza ajena, pero de nuestra propia vida, incluso de los errores que muchas veces cometemos, tendríamos que aprender. Pero como se suele decir somos el animal que tropieza dos veces en la misma piedra. Y esto nos sucede porque no somos lo suficientemente reflexivos sobre lo que vemos en los demás o lo que nos sucede en nuestra propia vida.
Es lo que nos previene hoy con detalle Jesús en sus palabras en el evangelio. Procura arreglarte con el que te pone pleito, cuando tengas un problema con alguien. Aprendamos la lección de lo que nos sucede tantas veces cuando no somos capaces de dialogar para resolver los problemas, que se van enconando los rencores en el corazón y vamos creando distanciamientos entre unos y otros. Jesús nos habla de cosas muy concretas que nos suceden cada día y tenemos que aprender a escuchar con amor y humildad su palabra, que siempre es palabra de vida para nosotros.
Pero son también las inquietudes que podemos observar en los demás, los mismos movimientos sociales que se van repitiendo en la sociedad lo que tendría que hacernos abrir los ojos y saber hacer una lectura positiva de todo eso además de tener una visión de fe de todo lo que sucede. Algunas veces somos muy pesimistas y lo vemos todo negro, como si todo lo que sucede en la sociedad fuera malo, pero creo que tendríamos que valorar ese despertar de la gente que busca y desea algo mejor; muchas podemos equivocarnos, pero si no arriesgamos a buscar algo nuevo y mejor nunca llegaremos a nada sino que nos quedamos como anquilosados en la rutina de cada día.
Esos buenos deseos que vemos en tantos que luchan por lo bueno son pequeñas semillas de ese Reino de Dios que como creyentes en Jesús estamos obligados a construir. Son inquietudes que tendrían que estar en nuestro corazón y cuando vemos que se despiertan en los demás son llamadas que nos está haciendo el Señor a nosotros también.
Y eso bueno que vemos en los otros tenemos que saberlo aprovechar para iluminarlo con la luz de la fe y la luz del Evangelio y todas esas cosas conduzcan a Dios a los que tienen esos buenos sentimientos en su corazón. Son señales que Dios va poniendo en el camino de nuestra vida para que despertemos de nuestros cansancios y rutinas y sintamos la inquietud en nuestro corazón por el evangelio que hemos de anunciar y ese Reino de Dios que tenemos que construir.

Pidámosle al Señor que sepamos descubrir esas signos de los tiempos, esas señales de su presencia y de su Palabra que podemos descubrir en los demás y que nuestro corazón se despierte y se avive cada vez más nuestra fe y nuestro amor.

jueves, 24 de octubre de 2013

Fuego, bautismo, paz, división interrogantes que se nos plantean ante el evangelio

Rom. 6, 19-23; Sal. 1; Lc. 12, 49-53
Fuego, bautismo, paz, división, tres o cuatro palabras en el mensaje del evangelio que de alguna manera nos dejan con cierto interrogante dentro de nosotros buscando qué quieren significar. De alguna forma nos desconciertan si no entendemos bien su significado o el sentido de lo que Jesús quería trasmitirnos.
Nos habla de fuego en el mundo y con el deseo de que esté y ardiendo. Hablar de fuego, después de la experiencia de que se nos queman y destruyen nuestros montes y bosques nos podría estar hablando de destrucción. Sin embargo también podemos pensar en un fuego purificador ya sea el que se emplea en ciertas industrias para purificar los metales o ya sea también porque arrojamos al fuego lo que no nos vale o nos sobra por inservible; pero podemos pensar en un fuego renovador y en cierto modo creador porque trabajados a fuego de ciertos metales podemos obtener herramientas u obras de arte.
Jesús nos dice que ha venido a prender fuego en el mundo ‘¡y ojalá estuviera ya ardiendo!’ Para comenzar a entender su sentido podemos pensar en la presencia del Espíritu en Pentecostés que se manifiesta en llamaradas como lenguas de fuego que se posan sobre los apóstoles que llenos del Espíritu se lanzarán por el mundo al anuncio del Evangelio, ya aquella misma manera en las propias calles de Jerusalén.
Podemos pensar, pues, en el ardor del Espíritu que nos transforma y nos purifica, como transformó y liberó de sus miedos a los apóstoles, para enviarnos con ese fuego del amor en nuestro corazón para hacer ese anuncio de Jesús. Y con el anuncio de Jesús vendrá, pues, la transformación de nuestros corazones y la transformación de nuestro mundo. Es el deseo de Jesús, que tiene que ser también nuestro deseo de que nuestro mundo se vaya transformando en el Reino de Dios. Es la inquietud que tiene que arder en nuestro corazón y con la que tenemos que prender, contagiar a los demás, como el fuego que se va prendiendo allá por donde va y lo va incendiando todo.
Nos habla de bautismo, también con la angustia o como la prisa para que se cumpla, y pensamos en pascua y pensamos en pasión y muerte. ‘¿Podéis bautizaros en el bautismo con que yo me voy a bautizar? ¿podéis beber el cáliz que yo he de beber?’ le preguntaba Jesús a aquellos dos hermanos que venían pidiendo primeros puestos. El cáliz lo tenían asegurado, el bautismo en la sangre también habían de padecerlo, pero lo de los primeros puestos había de pasar por hacerse el último y el servidor de todos, como el Hijo del Hombre que no había venido a ser servido sino a servir. Es la Pascua presente en nuestra vida, en esa ofrenda de amor que vamos haciendo de nosotros mismos.
Finalmente nos habla de paz y de división como contraponiéndolas aunque nos cueste entender que nos diga que nos ha venido a traer paz. Es cierto que los ángeles hicieron el anuncio de paz en su nacimiento y será también el saludo pascual de Cristo resucitado cuando se manifiesta a sus discípulos. Es cierto también que nos dirá en las bienaventuranzas que los pacíficos y los constructores de la paz verán a Dios.
¿Cómo entender ahora estas palabras de Jesús que anuncian división en lugar de paz? Ya nos viene diciendo en el Evangelio que ante El hay que hacer una opción radical. O estamos con Cristo o estamos contra Cristo. También el anciano Simeón allá en el templo anunció proféticamente que aquel niño iba a ser signo de contradicción y unos caerán y otros se levantarán.
Efectivamente cuando hacemos opción radical por Jesús nos vamos a encontrar mucha incomprensión en nuestro entorno, muchas veces incluso de aquellas personas más cercanas a nosotros. No todos nos van a entender. Muchos se van a poner en contra nuestra de tal manera que incluso sufriremos persecución; recordemos a los mártires de todos los tiempos. Es lo que ahora nos anuncia Jesús. Y aunque encontremos esa división, esa oposición, sí tenemos que decir, que no nos podrá faltar nunca la paz en nuestro corazón, porque realmente nos sentimos seguros de seguir a Jesús, de estar con El y de darlo todo por El. No tengamos miedo que su Espíritu estará siempre con nosotros.

Ahora sí que entendemos aquellas cuatro palabras y deseando ardientemente tendríamos que estar de que esté ardiendo nuestro corazón de amor por Cristo y nuestro mundo transformado por el Evangelio. Aunque tengamos que pasar por la pascua, por el bautismo, pero se llenará de paz nuestro corazón.

miércoles, 23 de octubre de 2013

Administradores de los dones de Dios siempre en bien de los demás

Rom. 6, 12-18; Sal. 123; Lc. 12, 39-48
‘Si supiera el dueño de casa a qué hora va a venir el ladrón, no le dejaría abrir un boquete’; estaría vigilante, pondría una mayor defensa o una mayor atención por aquellos lugares que se pudieran considerar más sensibles, estaría atento para no dejarse sorprender. ‘Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis, viene el Hijo del Hombre’.
Sigue el Señor precaviéndonos para que andemos vigilantes. Por muchas razones, con mucha atención. Viene el Señor a nuestra vida, y podríamos no reconocerlo; viene el Señor y podría pasar de largo si nosotros no le abrimos nuestras puertas. Andamos con muchas puertas cerradas hoy, y decimos porque hay miedo e inseguridad. Pero quizá la inseguridad la tenemos dentro de nosotros porque nos distraemos, porque no estamos atentos, porque quizá nuestra fe se haya enfriado o debilitado y no le demos importancia a ese paso del Señor por nuestra cercanía, esperando que nosotros le abramos las puertas.
Nos dice que ‘a la hora que menos penséis, viene el Hijo del Hombre’. Pudiera sucedernos que estamos tan entretenidos con nuestras cosas materiales, con nuestras preocupaciones y agobios que hayamos perdido ese sentido de trascendencia que tendríamos que darle a nuestra vida; nos encontramos tan satisfechos con las cosas que tenemos que ya no aspiramos a bienes más altos y podemos perder la sensibilidad a lo espiritual; quizá incluso hasta queremos hacer el bien y andamos preocupados por tantos problemas que vemos en la vida, que solo nos preocupamos de hacer cosas por nosotros mismos para resolverlas, pero no somos capaces de ver el lugar de Dios en todo eso que hacemos.
Viene el Señor a nosotros y si le abrimos las puertas de nuestro corazón El va a despertarnos de esos nuestros ensueños y nos va a ayudar a descubrir la verdadera hondura que tendríamos que darle a nuestra vida. Nos despertará a lo espiritual; nos abrirá horizontes de trascendencia; nos hará mirar a lo alto para que alcancemos grandes metas en la vida; se presencia será para nosotros una fuerza nueva, una vida nueva para nuestro corazón para que en nuestras luchas y trabajos, que muchas veces se nos hacen difíciles, no nos sintamos derrotados ni fracasados sino que con la fuerza de su gracia y de su Espíritu sigamos avanzando en la búsqueda de todo eso bueno pero con el horizonte y la mirada de Dios en todo lo que hacemos.
Ante la advertencia de Jesús ‘Pedro le preguntó: Señor, ¿has dicho esa parábola por nosotros o por todos?’ Se sentían en cierto modo aludidos en las palabras de Jesús que les dirá que a ellos que se les ha dado una gracia especial y han recibido especiales dones del Señor - ¡cuánto sería lo que tenían que agradecer por esa cercanía de Jesús con ellos y a los que iba a confiar una misión especial en medio de la nueva comunidad! - se les exigiría más, pero que esa advertencia valía para todos porque todos habían de reconocer los dones recibidos del Señor de los que tendrían que dar cuenta porque eran como administradores de esos dones de Dios.
Efectivamente, esto tiene que hacernos pensar a todos, porque todos hemos de reconocer los dones con que Dios nos ha regalado. Y de la misma manera que un administrador o un encargado no puede aprovecharse de su situación para actuar de mala manera y tratar mal a los demás, así hemos de cuidar la respuesta que damos a los dones que Dios nos ha dado.
Empezar por reconocer cuanto de Dios recibimos; darnos cuenta de nuestros valores y cualidades para hacerlos fructificar como tantas veces nos enseña Jesús en el evangelio; una actitud de acción de gracias a Dios, por otra parte, por esa gracia con la que el Señor nos acompaña siempre en el camino de nuestra vida; y un ser capaz de poner al servicio de los demás eso que somos y valemos, poco o mucho, pero con lo que tenemos que contribuir también al bien de los otros, a la felicidad de los que están a nuestro lado.

Somos administradores de esos dones de Dios y ante El un día hemos de dar cuenta. ‘¿Quién es el administrador fiel y solícito a quien el amo ha puesto al frente de su servidumbre para que les reparta la ración a sus horas? Dichoso el criado a quien su amo al llegar lo encuentre portándose así’. Que con ese corazón fiel podamos presentarnos delante del Señor.

martes, 22 de octubre de 2013

La cintura ceñida y las lámparas encendidas para acoger al Señor y El nos irá sirviendo 

Rom. 5, 12-15.17-21; Sal. 39; Lc. 12, 35-38
‘Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas’. Se ciñe el que está dispuesto a caminar o a servir. Se enciende la lámpara para iluminar la estancia o para alumbrar el camino que hemos de recorrer o el camino del que llega.
Hoy nuestras calles y caminos están siempre iluminados como consecuencia del mundo en el que vivimos. Pero no siempre ha sido así y nos conviene comprenderlo para entender bien el sentido de lo que Jesús nos quiere decir. Quizá nosotros los mayores vivimos otras experiencias de oscuridad o de falta de luz en nuestros caminos y senderos. Hoy mismo si falla la luz pública que ilumina nuestras calles, encendemos algún tipo de luz que saquemos de nuestras casas o pongamos a la puerta para que el que pasa o el que llegue pueda orientarse y saber el camino.
El evangelio con esas imágenes del que se ciñe o del que tiene encendida la lámpara nos está hablando de la vigilancia con que hemos de vivir nuestra vida. Claro que buscamos la luz de Cristo y no queremos que nos falle la luz de la fe. Pero hemos de estar atentos para que no se nos apague y nos quedemos en la peor de las tinieblas. Pero esa vigilancia, como comprendemos por las palabras de Jesús no es una espera pasiva, porque nos dice que nos ciñamos como el que va a partir a realizar un trabajo o el que está dispuesto a servir. Es vigilancia activa porque se ha de estar atento a que no se apague la luz, sino que se mantenga encendida.
Y nos es necesaria esa vigilancia para nosotros mismos, para que no perdamos ni el rumbo ni el sentido de nuestra vida y también para que estemos dispuestos a recibir al que llega. ‘Aquí estoy para hacer tu voluntad’, repetimos en el salmo. ¿Cuál es esa voluntad del Señor? ¿En qué se  nos va a manifestar? Hacer la voluntad del Señor es tener ceñida nuestra cintura y encendidas nuestras lámparas siempre dispuestos al amor y al servicio, siempre dispuestos a acoger al Señor que llega.
Y llega el Señor a nuestra vida y hemos de estar dispuestos a acogerle. Que no nos suceda como a las vírgenes necias que no tuvieron aceite y se les apagaron las lámparas. Es necesario que estemos atentos para acoger al Señor que llega a nuestra vida y no nos confundamos y pueda pasar de largo junto a nosotros y no lo reconozcamos.
Llega el Señor a nosotros en su Palabra y en la gracia de sus sacramentos. Pero bien sabemos que llega el Señor a nosotros en el hermano, en el prójimo que está a nuestro lado o se acerca de alguna manera a nosotros. Y Jesús está detrás del rostro de ese hermano, de ese prójimo, de ese pobre que nos tiende la mano o está esperando de nosotros una sonrisa o una palabra de ánimo. Jesús está detrás de ese rostro del hermano que sufre, o que nos puede parecer una piltrafa por la apariencia con que se nos pudiera presentar en su pobreza o en la miseria de su vida marcada por muchas llagas. Tengamos encendidas nuestras lámparas para iluminar los rostros de nuestros hermanos con nuestro amor y nuestro servicio.
‘Dichosos los criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela… porque están siempre dispuestos para abrirle apenas venga y llame… si llega entrada la noche o de madrugada y los encuentra así, dichosos ellos’. Pero fijémonos en lo que nos dice el Señor, cuál es la dicha que vamos a tener. ‘Os aseguro que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo’.
Si estamos vigilantes, ceñidos y dispuestos para servir, con las lámparas encendidas para reconocer al Señor sea cual sea la hora en que llegue o la apariencia con que venga a nosotros, será el Señor el que nos siente a la mesa y nos irá sirviendo. Es hermoso. Cuando estemos de verdad dispuestos a servir, será el Señor el que nos sirva a nosotros, porque nos regala su gracia, porque nos hace participar de su reino, porque nos hará herederos de su gloria. 

¡Qué dicha más grande podemos alcanzar! ¿No sentimos un gozo especial en el corazón cuando escuchamos estas consoladoras palabras de Jesús? Creo que nos tenemos que sentir más impulsados a vivir esa vigilancia y esa esperanza. Será el Señor el que nos va a servir a nosotros.

lunes, 21 de octubre de 2013

Nuestras terrenas seguridades y la seguridad de la salvación eterna

Rom. 4, 20-25; Sal.: Lc. 1, 69-75; Lc. 12, 13-21
¿Dónde ponemos nuestras seguridades? Buscamos en la vida tener seguridad para un futuro, para el mañana, para lo que nos pueda suceder. Buscamos seguridades y queremos tener unos bienes, unas riquezas, un trabajo asegurado, un seguro que cubra todas las contingencias que me puedan ir apareciendo en la vida.
Al niño o al joven le decimos que estudie para que tenga asegurado su futuro; queremos tener un trabajo estable que me garantice que no me va a faltar nada; vamos acumulando unos bienes para tener de donde echar mano cuando vengan los malos momentos, y cosas así que pensamos que son las que nos dan la seguridad a la vida.
Pero ¿no estaremos equivocándonos en lo que consideramos lo más importante para nuestra vida? ¿Cómo es nuestra escala de valores? ¿Nuestras seguridades se quedan en las cosas materiales o en lo que vivimos ahora en esta vida? ¿No habría que buscar algo más trascendente que le dé una mayor hondura a la vida? ¿Dónde están los valores del espíritu?
No digo que no tengamos que desarrollar todos nuestros valores y cualidades, porque de eso además nos hablará Jesús en otros momentos del evangelio; no digo que no tengamos que usar de unos bienes materiales porque realmente son con los que realizamos los intercambios necesarios para ir teniendo lo más esencial de lo que necesitamos. Pero ¿la vida se queda reducida a eso? ¿Algunas de esas cosas que buscamos para que nos dé seguridad van a alargar realmente nuestra vida? ¿Qué sería lo que nos haría verdaderamente felices?
Son muchas las preguntas que nos pueden ir surgiendo en nuestro interior. Es bueno que nos hagamos preguntas, analicemos bien lo que hacemos, revisemos quizá nuestras posturas o nuestra manera de pensar. Y también tendríamos que dejarnos iluminar por la luz del evangelio. ¿No decimos que somos cristianos? Lo de ser cristiano no es un nombre a la manera de título que pongamos encima de nuestra cabeza, si no hay unas actitudes profundas que estén no solo teñidas, sino empapadas de verdad de evangelio.
Vinieron a decirle a Jesús que mediara en unas disputas entre dos hermanos pos cuestiones de herencias o de la posesión de bienes materiales. Y Jesús dice que El no ha venido para ser mediador en esas disputas o en esas cosas. El ha venido para iluminarnos por dentro y ayudarnos a descubrir lo que verdaderamente es importante y nos puede ciertamente hacer grandes.
Y nos habla Jesús el hombre que tuvo tan buena cosecha que tuvo que agrandar sus graneros y que con lo que tenía o había ganado pensaba que ya no necesitaba trabajar más porque tenía en verdad su futuro asegurado. ¿Su futuro asegurado? ¿Qué iba a ser de su vida? ‘Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado ¿de quién será?’
Vivimos con nuestras codicias y andamos agobiados algunas veces acumulando cosas. Cuantas cosas acumulamos en la vida de las que no queremos desprendernos de ninguna manera y cuantos apegos en consecuencia en nuestro corazón. ¿Realmente necesitamos todo lo que tenemos y todo lo que vamos acumulando? Simplemente el ver las cosas algo así como amontadas porque así nos puede parecer que tenemos más, ¿es lo que realmente nos hace más felices?
‘Guardaos de toda clase de codicia’, nos dice Jesús. Y ya en otro momento le hemos escuchado decirnos que acumulemos tesoros, no en la tierra, sino en el cielo. Aquí andaremos preocupados porque nos los pueden robar o se nos pueden estropear. Como aquel que había ido acumulando billetes y billetes y cuando un día fue a buscarlos se encontró que se habían enmohecido y estropeado. ‘Así será el que amasa riquezas para si y no para Dios’, nos dice Jesús. ¿Dónde no se nos van a estropear ni nos los van a robar? Cuando somos generosos para compartir olvidándonos de nosotros mismos porque la cuenta se nos estará acumulando en el cielo.

¿Cuál sería la verdadera seguridad que tendríamos que buscar? ¿Buscamos con tanto ahínco la seguridad de la salvación eterna?

domingo, 20 de octubre de 2013

Orar siempre, con esperanza y sin desanimarse

Ex. 17, 8-13; Sal. 120; 2Tim. 3, 14-4, 2; Lc. 18, 1-8
‘Levanto mis ojos a los montes, ¿de donde me vendrá el auxilio? El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra’. Levantamos nuestros ojos a Dios, buscamos a Dios, queremos estar con Dios.
Así hemos cantado el salmo, como una respuesta a lo que la Palabra de Dios nos ha ido diciendo. Esa Palabra del Señor que hemos escuchado y que nos llena de vida. Esa palabra que, como nos decía san Pablo, ‘nos puede dar la sabiduría que, por la fe en Cristo Jesús, conduce a la salvación’. Esa Palabra que hoy nos está insistiendo tanto en la oración que nos abre a Dios, que nos hace ir a Dios desde nuestras necesidades y problemas, o desde el deseo de estar con Dios.
El salmo nos ha hablado de levantar nuestros ojos a los montes y en la primera lectura hemos contemplado a Moisés que sube a un monte elevado para orar a Dios mientras el pueblo está luchando por abrirse paso en el desierto en medio de sus enemigos con el deseo de alcanzar la tierra prometida. Lo de subir al monte para orar o lo de levantar los ojos a lo alto de los montes en la oración es una forma de expresarse que vemos repetidamente en la Biblia - el Horeb, el Sinaí, el Tabor… por citar algunos - pero no solo como el hecho de subir física o geográficamente a lo alto de un monte, sino como ese deseo de elevarnos hacia Dios en su inmensidad y en su grandeza.
En el evangelio escuchamos que ‘Jesús, para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre y sin desanimarse, les propuso una parábola’. Ya la hemos escuchado. Es la pobre viuda que va a pedir justicia pero que parece no ser escuchada. Ante la insistencia machacona de aquella pobre mujer al final aquel juez atenderá a la petición de hacer justicia. Y nos dirá al final de la parábola. ‘Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?... os digo que les hará justicia sin tardar’.
Jesús propone la parábola para explicarnos cómo debemos orar, orar siempre y orar con esperanza, sin desanimarse. Nos está enseñando Jesús a hacer una oración madura y con profundo sentido. Hemos de orar porque si en verdad somos creyentes, tenemos puesta nuestra fe en Dios, hemos de mantener una relación íntima y profunda con el Señor. Forma parte de nuestra identidad de creyentes y de cristianos.
Orar no es pensar en algo abstracto, no es entrar en una relación con lo abstracto, sino que nuestra oración es una relación personal, íntima y profunda con Dios. Es un tú a tú con Dios, aunque en nuestra pequeñez no seamos nada ante la inmensidad de Dios pero sin embargo nos sentimos amados y en ese amor de Dios engrandecidos porque nos hace hijos. De ahí esa relación que con Dios hemos de mantener. Por algo cuando Jesús nos enseña a orar nos enseña a llamar Padre a Dios.
Y nos dice Jesús que hemos de ‘orar siempre’. Es el respirar de nuestra alma en el encuentro vivo con el Señor. Pero además, cada situación de nuestra vida no es ajena a Dios. Ninguno de los acontecimientos de nuestra propia vida o de cuanto sucede en este mundo en el que vivimos es ajeno a Dios. Con El hemos de contar; su presencia hemos de sentir; su gracia y su ayuda hemos de pedir así como hemos de aprender también a darle gracias por cuanto nos sucede porque todo nos manifestará siempre lo que es el amor de Dios.
Ante Dios ponemos nuestras alegrías y nuestros gozos, las heridas de nuestro mundo y los desfalleceres de nuestro corazón. Con cuantas cosas venimos en nuestras manos, en nuestro corazón cuando venimos a la oración que no se puede quedar en una oración individualista de solo pedir por nosotros porque seria señal de la inmadurez de nuestra oración. Como Moisés, orantes, con los brazos levantados, suplicando por nuestro mundo, por nuestra sociedad, por cuantos sufren a nuestro lado. Como Moisés con los brazos levantados y sabiéndonos apoyar los unos en los otros en nuestras tareas y en nuestra oración, como vimos en la primera lectura que hicieron Aarón y Jur con Moisés.
Y finalmente nos decía el evangelio ‘orar siempre sin desanimarse’, sin perder la esperanza. Las prisas y las carreras con las que solemos andar en la vida no son buenas para nuestra relación con el Señor. El tiene su tiempo, que es el tiempo del amor para darnos lo mejor y lo que más necesitamos. Por eso la confianza con que hemos de orar, porque es encontrarnos con el Padre que nos ama no hace que no perdamos la esperanza, sino que se acreciente más y más. Las prisas y carreras alocadas pueden hacernos creer que nos podemos valer de nosotros mismos y no necesitamos de Dios. Pero hemos de tener siempre muy presente el amor y la confianza plena que ponemos en el Señor. No podemos perder el ritmo de la fe porque es querernos poner en el ritmo y la sintonía de Dios. Lo que tiene que hacernos perseverantes y constantes, que nunca resignados ni pasivos.
Dediquemos unos minutos de nuestra reflexión a la Jornada eclesial que hoy estamos celebrando. Es el día del Domund, el domingo de las misiones. El día en que la Iglesia universal reza y colabora también económicamente en favor de la tarea evangelizadora de los misioneros y misioneras que en nombre de la Iglesia anuncian el evangelio a lo largo del mundo. Es una cita importante dentro del calendario de cada año en el caminar de la Iglesia. FE + CARIDAD = MISIÓN, es el lema que este año se  nos propone, en sintonía con el año de la fe que estamos a punto de clausurar.
Una jornada que nos recuerda a todos los misioneros y misioneras que han salido de nuestras comunidades, de nuestras ciudades y pueblos, y están presentes en todos los territorios de misión, anunciando y dando testimonio del evangelio con el sello de la sencillez, de la entrega total a aquellos a quienes están compartiendo su fe y su caridad. Es la Misión de la Iglesia, que es nuestra misión. Desde esa fe que anima nuestra vida, con ese amor que caldea nuestro corazón, todos los cristianos nos sentimos enviados a la misión, al anuncio del evangelio que Jesús nos confió.
¿Dónde está la fuerza, cuál es la razón, qué es lo que empuja a estos misioneros y misioneras a lanzarse por el mundo? El evangelio, la fe, el amor, Cristo cuya misión quieren realizar. Como nos dice el Papa en su mensaje: ‘La Iglesia no es una organización asistencial, una empresa o una ONG, sino una comunidad de personas animadas por la acción del Espíritu Santo que han vivido y viven la maravilla del encuentro con Jesucristo y desean compartir esta experiencia de profunda alegría, compartir el mensaje de salvación que el Señor nos ha dado’. Ahí está la razón y la fuerza para el coraje de estos misioneros en el desarrollo de su labor.
Como  nos dice en otro momento de su mensaje. ‘se hace urgente el llevar con valentía, a todas las realidades, el Evangelio de Cristo, que es anuncio de esperanza, reconciliación, comunión; anuncio de la cercanía de Dios, de su misericordia, de su salvación; anuncio de que el poder del amor de Dios es capaz de vencer las tinieblas del mal y conducir al camino del bien’.
Y continúa diciéndonos: ‘El hombre de nuestro tiempo necesita una luz fuerte que ilumine su camino y que solo el encuentro con Cristo puede darle. Traigamos a este mundo, a través de nuestro testimonio, con amor, la esperanza que se nos da por la fe. La naturaleza misionera de la iglesia no es proselitismo, sino testimonio de vida que ilumina el camino, que trae esperanza y amor’.
El mundo necesita de la luz del Evangelio. Pensamos en países lejanos, pero pensamos también en el mundo cercano a nosotros que se ha cerrado a la luz de Cristo y necesita de nuevo reencontrar esa luz. Queremos ser misioneros yendo hasta las confines de la tierra, pero hemos de ser misioneros yendo a esos confines que pueden estar cerca de nosotros porque muchos necesitan esa luz de Cristo. Es el anuncio de ese Evangelio, de esa Palabra que ‘nos puede dar la sabiduría que, por la fe en Cristo Jesús, conduce a la salvación’.
Es algo que tiene que entrar también insistentemente en nuestra oración.

sábado, 19 de octubre de 2013

La fe sea como el respirar natural de nuestra vida y nos sintamos envueltos por el Espíritu Santo

Rom. 4, 13.16-18; Sal. 104; Lc. 12, 8-12
No sé si a ustedes les habrá pasado por la cabeza algo semejante, pero muchas veces, sobre todo cuando uno ve el testimonio de los mártires y tenemos reciente la beatificación de los 522 mártires españoles de la persecución religiosa del siglo XX en nuestro país, uno se pregunta, al menos yo me lo pregunto, si me viera en esa situación ¿cómo reaccionaría yo? ¿sería capaz de resistir y dar el testimonio hasta el final? Y es que uno considera su propia debilidad que ante la tentación tantas veces claudicamos y nos dejamos llevar por el maligno.
Creo que es cuestión de vivir con intensidad nuestra fe en cada minuto, en cada instante de nuestra vida. La fe, la actitud de fe, no puede ser una cosa de quita y pon sino que tiene que ser como nuestro respirar. Respiramos allí donde estemos, sea lo que sea lo que estemos haciendo, porque eso forma parte natural de nuestro ser, de manera que sin respirar no podríamos vivir.
Así tendría que ser nuestra fe, pienso yo; cada momento, cada palabra, cada cosa que hagamos, todo lo que vivimos ya sea en los momentos agradables y de felicidad o en los momentos en que quizá no lo estamos pasando también, la fe tiene que ser como nuestro respirar; cada una de esas cosas, de esos momentos tienen que ser animados por nuestra fe, por nuestro actuar desde la fe, por esa visión de la vida y de lo que hacemos desde la fe.
Entonces expresaríamos con naturalidad nuestra fe en cualquier situación en que nos encontremos; entonces daríamos testimonio de nuestra fe frente a los demás porque es manifestarnos como nosotros somos, como nosotros sentimos y vivimos.
Hoy nos habla Jesús de dar la cara por El en cualquier situación. ‘Si uno se pone de mi parte ante los hombres, también el Hijo del Hombre se pondrá de su parte ante los ángeles de Dios’, nos dice. Luego no podemos ocultar nuestra fe ni disimularla, aunque esa manifestación no sea fácil. Como creyente me tengo que manifestar. Y Jesús nos promete que aunque sea difícil su Espíritu estará con nosotros. ‘Cuando os conduzcan a la sinagoga, ante los magistrados y las autoridades,  no os preocupéis de lo que vais a decir, o de cómo os vais a defender. Porque el Espíritu Santo os enseñará en aquel momento lo que tenéis que decir’.
Si decíamos antes que sentimos admiración por los mártires que se enfrentaron a tribunales y a tormentos hasta llegar a testimoniar su fe con su propia vida, derramando su propia sangre, es porque se dejaron conducir por el Espíritu divino que estaba en ellos. Nos sorprende la valentía de los mártires, sobre todo cuando son niños o personas jóvenes que nos podrían parecer más débiles o más fáciles de seducir con propuestas engañosas, pero es que el Espíritu Santo estaba en ellos y se dejaron conducir por El.
Hoy Jesús nos habla de un pecado imperdonable que es el pecado contra el Espíritu Santo. ¿De qué pecado se trata? Pues, en pocas palabras, diríamos que de negar esa asistencia del Espíritu Santo en nuestra vida y no dejarnos conducir por El. Es que cuando no nos dejamos conducir por el Espíritu Santo se nos haría imposible el que diéramos pasos de verdadera conversión.
Es el Espíritu el que nos llama y nos conduce en nuestro interior a la conversión, a la vida nueva, a las obras nuevas del amor; si lo negamos, estaríamos negándonos a dejarnos conducir por El; si lo negamos, estaríamos negándonos a recibir el perdón de Dios, porque por la fuerza del Espíritu es como lo recibimos; como se dice en la fórmula de absolución ‘ha derramado el Espíritu Santo para el perdón de los pecados’.
Como decíamos al principio que la fe sea como el respirar natural de nuestra vida y entonces nos sintamos envueltos por la gracia divina en todo momento, por la fuerza y la presencia del Espíritu en nosotros. Así podremos manifestar con entusiasmo nuestra fe, así podríamos vivirla con alegría en todo momento, así podríamos contagiar a cuantos nos rodean de esa alegría de la fe.

¿Podrá haber algo más hermoso que llene de plenitud nuestra vida que la fe?

viernes, 18 de octubre de 2013

Qué hermosos los pies del mensajero que anuncia la paz y la misericordia

FIESTA DE SAN LUCAS, EVANGELISTA

2Tim. 4, 9-17; Sal. 144; Lc. 10, 1-9
‘¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva, que pregona la victoria!’ Es la antífona con la que comienza la liturgia de la Eucaristía en esta fiesta del evangelista san Lucas. Así podemos decir del evangelista. Así contemplamos los pies de aquellos discípulos de los que nos habla el evangelio que fueron enviados por Jesús a anunciar la Buena Nueva del Reino de Dios, a llevar la paz. ‘Cuando entréis en una casa, decid primero: paz a esta casa… y decid: está cerca de vosotros el Reino de Dios’.
Celebramos en este día la fiesta del evangelista que no solo nos trasmitió el evangelio, llamado precisamente por su nombre, el evangelio de San Lucas, pero que nos trasmitió la historia de las primeras comunidades cristianas, en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Hemos escuchado por otra parte la referencia que hace san Pablo de la presencia de Lucas, ‘su querido médico’, a su lado, como lo había acompañado en gran parte del recorrido de sus viajes apostólicos, que luego nos trasmitiría.
Partiendo de lo que expresa la liturgia de la fiesta del evangelista en las antífonas o en los textos eucológicos (las oraciones) quería fijarme en algunos aspectos de lo que fue la trasmisión que El nos hace del Evangelio de Jesús.
‘San Lucas al darnos su evangelio nos anunció el sol que nace de lo alto, Cristo, nuestro Señor’, que nos propone la antífona del cántico del Benedictus en Laúdes. Es el anuncio que proféticamente hace Zacarías en ese cántico con el que bendice a Dios por el nacimiento de Juan. ‘Nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz’, que canta Zacarías. Juan viene como precursor a preparar los caminos; no es la luz, como se nos dirá en el evangelio de Juan, sino el testigo de la luz; es el que viene a anunciar la llegada del sol que nace de lo alto. Cristo será nuestra luz.
¿Qué nos manifiesta esa luz? ¿Cómo ilumina nuestra vida? Llenándonos de la misericordia de Dios. Es el otro aspecto a destacar en el evangelio de Lucas. ‘Dichoso evangelista san Lucas, que resplandece en toda la Iglesia por haber destacado en sus escritos la misericordia de Cristo’. Así dice la Antífona de las vísperas al cántico del Magnificat. Es una palabra que se repite tanto en el cántico de Zacarías como el cántico de María. ‘Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos… realizando la misericordia que tuvo con nuestros padres y recordando su santa alianza’, dice por una parte. Pero luego cuando nos anuncia ese sol que nace de lo alto lo hace desde el mismo sentido. ‘Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto…’
Pero María también canta la misericordia de Dios.  ‘Su nombre es santo y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación’, nos dice María como motivo grande de la alegría que hay en su corazón. Su ahora se están cumpliendo las profecías cuando en sus entrañas lleva ya al Salvador del mundo es porque el Señor ‘auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abrahán y su descendencia por siempre’. Todo es cantar la misericordia del Señor.
No podemos extendernos en recorrer las páginas de este evangelio de la misericordia del Señor con su pueblo, pero podríamos recordar por una parte el encuentro de Jesús con la mujer pecadora donde se derrama la misericordia del Señor sobre su corazón lleno de amor, y la parábola del hijo pródigo que más tendríamos que llamar la parábola del padre misericordioso.
Y finalmente otro aspecto a destacar que nos lo subraya la oración litúrgica. ‘Elegiste a san Lucas para que nos revelara, con su predicación y sus escritos, tu amor a los pobres…’ Es san Lucas el que nos trae el episodio de la sinagoga de Nazaret donde se lee aquel texto de Isaías que anuncia al que viene ungido por el Espíritu del Señor para anunciar la Buena Nueva, el Evangelio, a los pobres.
Pobres pastores de los alrededores de Belén serán los primeros en acoger la Buena Noticia del nacimiento de Jesús en el anuncio de los ángeles. Y a los pobres les veremos no pasar necesidad en la primera comunidad de Jerusalén, como nos narrará en los Hechos de los Apóstoles, porque todo lo ponían en común para que nadie pasara necesidad. Muchos más textos podríamos aducir del Evangelio o de los Hechos de los Apóstoles para que corrobore lo que expresamos en la oración de la Iglesia.
Pues que lo que expresamos para concluir la oración litúrgica del día se vea en verdad reflejado en nuestra vida como un fruto de la celebración que ahora estamos viviendo. ‘Concede a cuantos se glorían en Cristo, vivir con un mismo corazón y un mismo espíritu y atraer a todos los hombres a la salvación’. Nos sentimos enviados también a hacer ese anuncio de la misericordia del Señor que sentimos en nuestra vida y no solo hemos de hacerlo con nuestras palabras sino con el testimonio de una vida en comunión de verdadero amor con nuestros hermanos, en especial con los que nos rodean y con los pobres y los que sufren.
‘¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva, que pregona la victoria!’, como expresábamos al principio de nuestra reflexión recogiendo el sentir de la liturgia.

jueves, 17 de octubre de 2013

Justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención de Cristo Jesús

Rm. 3, 21-30; Sal. 129; Lc. 11, 47-54
‘Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa’, hemos repetido en el salmo. Es cosa que sabemos pero tenemos que meditarlo mucho. Solamente en Jesús obtenemos la salvación. No hay otro nombre que pueda salvarnos. El es nuestro Salvador, nuestro Redentor.
Como nos decía san Pablo en la carta a los Romanos que estamos leyendo ‘por la fe en Jesucristo viene la justicia de Dios a todos los que creen, sin distinción alguna… son justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención de Cristo Jesús, constituido en sacrificio de propiciación por su sangre derramada’.
Es lo que tenemos que considerar y que ha de despertar nuestra fe. Es el regalo del amor de Dios. Como nos dice el apóstol ‘justificados gratuitamente por su gracia’. Cuánto tenemos que darle gracias a Dios. Cómo  hemos de poner toda nuestra fe en El. Cómo hemos de desear el llenarnos de su gracia, de su vida, de su perdón, de su amor. Así hemos de acudir con fe a Jesús y escuchar su Palabra, dejarnos conducir por la fuerza de su Espíritu.
Hoy en el evangelio seguimos escuchando las palabras de Jesús a los fariseos que no terminaban de aceptarle. Creo que ese ejemplo, podríamos llamar negativo que en ellos descubrimos, tendría que movernos a actuar nosotros de otra manera. Dejar que llegue esa palabra de Jesús que nos invita a la conversión, al cambio del corazón, para que en verdad tengamos un corazón limpio y podamos ofrecerle un culto agradable al Señor. Que nos dejemos llenar por la sabiduría de Dios, la sabiduría de la Palabra de Dios que nos llena de luz.
Hemos escuchado que los letrados y los fariseos después de escuchar a Jesús, en lugar de convertir su corazón a la Palabra de Dios, se endurecieron más en su corazón. ‘Los letrados y fariseos comenzaron a acosarlo y a tirarle de la lengua, con muchas preguntas capciosas, para cogerlo en sus propias palabras’. ¿Buscaban la verdad de Dios o lo que hacían era encerrarse más en su propio error?
No es con actitudes así como tenemos que acercarnos al Señor, sino con espíritu humilde y agradecido por cuanto del Señor recibimos. Y si la Palabra del Señor nos toca en la herida de nuestro pecado, porque nos señala allí donde está el error de nuestra vida, en lugar de rebelarnos contra El lo que tendríamos que hacer es aceptar esa Palabra con humildad, porque lo que busca es nuestra salvación, lo que nos está ofreciendo es su gracia y su perdón.
Muchas veces tenemos el peligro de encerrarnos a esa luz y en nuestro orgullo no queremos recibirla. Nos creemos buenos, nos creemos que nos lo sabemos todo, nos creemos en posesión de nuestra verdad, pero que muchas veces a causa de nuestro pecado está bien lejos de la verdad de Dios. No nos gusta que nos corrijan o nos señalen allí donde están nuestros tropiezos. Pero tendríamos que estar agradecidos porque la Palabra llega a nosotros como una luz que nos quiere sacar de nuestro error.
Muchas veces nos hacemos nuestra propia idea de lo que es la fe o la vida cristiana pero que puede estar muy lejos en ocasiones de lo que en verdad nos señala el espíritu del evangelio. En muchas ocasiones el testimonio que podamos recibir de alguien que quiere vivir con radicalidad el espíritu del evangelio choca con nuestra manera de ser o de pensar las cosas y ya enseguida lo rechazamos o le ponemos nuestras pegas. Pasaba con Jesús en la reacción de las gentes de su tiempo como vemos  hoy con los letrados y los fariseos y nos sigue sucediendo hoy.

Vayamos con espíritu humilde a la luz y dejémonos llenar de esa vida que nos ofrece Jesús. En El está nuestra salvación porque El es nuestro Redentor.  Como decíamos al principio ‘del Señor viene la misericordia, la redención copiosa’.

miércoles, 16 de octubre de 2013

Una Palabra del Señor que con fe y humildad acogemos en nuestro corazón

Rm. 2, 1-11; Sal. 61; Lc. 11, 37-41
Para comenzar a comentar el texto del evangelio que se nos ha proclamado hoy hemos de decir que es una continuación exacta del que hubiéramos escuchado ayer, de no ser por la celebración del día de santa Teresa de Jesús con sus lecturas propias.
Parten todas estas palabras de Jesús de denuncia de la actitud de los fariseos de lo sucedido en una ocasión en que invitaron a Jesús a comer en casa de un fariseo y estaban todos muy pendientes de si Jesús se lavaba las manos o no antes de sentarse a la mesa. Jesús que conocía bien el corazón de los que le rodeaban y sus intenciones les habla fuerte de que lo que hay que tener bien limpio es el corazón. ‘Limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro rebosáis de robos y maldades’, les dice.
Pero escuchemos esa Palabra del Señor no solamente como dicha a aquellos fariseos y letrados que le acompañaban entonces en la mesa, sino sintamos hondamente en nosotros que esa Palabra nos la está diciendo hoy el Señor a nosotros. ‘Pagáis el diezmo de la hierbabuena, de la ruda y de toda clase de legumbres, mientras pasáis por alto el derecho y el amor de Dios’, les dice; nos dice. Vivían unas actitudes y posturas muy escrupulosas para fijarse en esos pequeños detalles, pero luego su corazón estaba endurecido para las cosas verdaderamente importantes.
Querían  aparecer como irreprochables para ser honrados y estimados hasta como piadosos, pero olvidaban lo esencial. No es que no tengamos que tener en cuenta las cosas pequeñas, que ya nos dirá en otro momento que el que no sabe ser fiel en lo pequeño en lo importante no lo será, pero sí nos está diciendo que no olvidemos la justicia, el respeto y la valoración de las personas, el amor a Dios y el amor que hemos de tener al hermano. Que no nos podemos quedar en las apariencias, sino que es desde lo más hondo de nosotros mismos desde donde tenemos que transformar nuestro corazón para llenarlo de las más hermosas virtudes.
¿De qué nos vale fijarnos en minucias si luego no tenemos verdadero amor al hermano que está a nuestro lado? Aprendamos a valorar a la persona, a toda persona; aprendamos a ser justos en nuestras relaciones con los demás actuando con sinceridad, alejando de  nosotros toda falsedad e hipocresía, no dejándonos nunca arrastrar por la vanidad y las apariencias; aprendamos a arrancar de raíz de nuestro corazón los malos sentimientos hacia los demás como la envidia o los rencores; transformemos nuestro corazón para llenarlo de humildad, de paz, de mansedumbre, quitando todo brote de violencia, de orgullo o de soberbia.
Los letrados reaccionaron ante las palabras de Jesús - ‘diciendo eso, nos ofendes también a nosotros’, le dicen - pero Jesús les replica que no se contenten con imponer cosas a los demás, sino que sean ellos los primeros en cumplirlas en su vida.
Os confieso una cosa. Cuando me hago esta reflexión en torno a la Palabra de Dios que comparto con ustedes en la celebración - o través también de las redes sociales en internet intentando llegar a mucha gente - primero que nada me la hago para mi mismo; tengo que pensar, por supuesto desde mi ministerio, en todos aquellos a los que va a llegar esta reflexión sobre la Palabra pero antes me la aplico a mí mismo, me veo reflejado en lo que el Señor nos dice o nos pide y siento que es a mí el primero a quien el Señor se lo está diciendo. No quiero ser simplemente un altavoz mecánico que trasmita unas palabras o unas reflexiones, sino quiero abrir los oídos de mi corazón para sentir lo que el Señor me dice o me pide. Doy gracias porque así esta Palabra también va haciendo mella en mi corazón, y confieso humilde que no siempre le doy la respuesta que el Señor me pide en su Palabra.

Con humildad pongámonos siempre ante la Palabra del Señor que se nos proclama; con mucha fe, para reconocer que es Dios mismo quien nos está hablando allá en lo hondo de nuestro corazón. Pidámosle su gracia, que no nos falte nunca, para que sepamos acogerla y plantarla en nuestra vida de manera que siempre dé fruto al ciento por uno.

martes, 15 de octubre de 2013

Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo

Santa Teresa de Jesús

Eclesiástico, 15, 1-6; Sal. 88; Mt. 11, 25-30
‘Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío; mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo’. Estas palabras tomadas de los salmos son con las que la liturgia ha querido comenzar a cantar al Señor en este día, en nuestra celebración de la Eucaristía.
Es el deseo de Dios, el ansia de Dios, como el sediento que busca el agua viva que calme su sed, como la cierva que busca las corrientes de agua donde apagar su sed. Es lo que realmente tendría que ser el camino de nuestra vida cristiana, si en verdad porque creemos en El, Dios lo es todo para nosotros. Así tendríamos que buscarlo y desearlo; con esos deseos tendríamos que abrir nuestro corazón a Dios para que en verdad el sea el centro de nuestra vida, y sacie plenamente los más altos y hermosos deseos de nuestro corazón.   
Esta antífona, tomada de los salmos como decíamos, refleja perfectamente el alma de santa Teresa de Jesús, a quien hoy estamos celebrando. Teresa de Jesús es esa alma sedienta de Dios que supo encontrar la fuente hasta llegar a disfrutar de Dios de una forma sublime en las alturas místicas en las que su alma se vio envuelta como ninguna. Se llenó de Dios y Dios le dio un alma grande y generosa para realizar una gran obra en la Iglesia con la reforma de la Orden del Carmelo, que le llevaría incluso a fundar numerosos monasterios a lo largo de toda la geografía peninsular. La andariega de Dios, porque era a Dios a quien ella estaba llevando a los demás cuando de tal manera ella se había llenado místicamente de Dios.
Fue largo el recorrido que tuvo que realizar, su camino interior, el camino del castillo interior como luego ella describiría en sus libros, pero le costó. Aunque de joven había entrado en el monasterio del Carmelo para vivir su consagración al Señor fueron grandes las turbulencias por las que tuvo que pasar su alma, llena de sequedades y momentos duros y difíciles en muchas ocasiones; pero en la medida en que fue despojándose de sí misma emprendió ese camino de perfección que llegó a recorrer para vivir ya solo para Dios y en el que la Iglesia nos la ofrece como modelo de camino de perfección, como expresábamos en la oración litúrgica de esta fiesta.
Hoy hemos escuchado en el evangelio cómo Jesús da gracias al Padre que se reveló y se manifestó a los pequeños y sencillos. Muchas veces hemos meditado este texto para aprender a tener nosotros esa alma humilde y sencilla que sea capaz de llenarse de Dios. Es lo que vivió santa Teresa de Jesús; como decíamos antes, cuando aprendió a despojarse de si misma, a pesar de que llevaba ya muchos años en la vida religiosa y dentro del monasterio de la Encarnación, fue cuando comenzó a tener esa sed del Dios vivo, aprendió a saborear la sabiduría de Dios y cuando ella en verdad se fue llenando de Dios recorriendo ese camino de ascesis primero, purificándose de todo lo que pudieran ser ataduras en su corazón, y luego subiendo poco a poco los peldaños que la llevarían a la altura de su misticismo en su profunda unión con Dios.
Nos gozamos nosotros en este día en que celebramos a santa Teresa de Jesús, Virgen y Doctora de la Iglesia. Nos gozamos y en su santidad nos sentimos estimulados para que se despierte en nosotros esa misma ansia de Dios, esa sed de Dios que le llevó a ella por esos caminos de unión con Dios. Contemplando el camino de santidad de santa Teresa un cristiano tendría que sentir en su corazón una santa envidia de cómo ella llegó a esa unión tan íntima y profunda con Dios. Como ya hemos dicho recordando lo que pedíamos en la oración litúrgica, Dios quiso suscitar por inspiración del Espíritu Santo esos deseos de santidad, ese camino de perfección, que encienda, pues, en nosotros también el deseo de la verdadera santidad.
Ese tiene que ser el sentido verdadero de la celebración de los santos. Ellos pudieron realizar ese camino de santidad con dificultades semejantes a las nuestras pero supieron poner toda su fe en Dios y en El encontraron la fuerza para realizar ese camino. Podemos nosotros hacer también ese camino, en el que además contamos también con su intercesión. Por eso también en este día muchas personas que han consagrado sus vidas al Señor en la vida religiosa, sintiéndose estimuladas por el ejemplo de Santa Teresa, de alguna manera renuevan sus votos de consagración al Señor.

Que santa Teresa nos alcance la gracia del Señor para que en verdad cada día más aspiremos a la santidad en nuestra vida.

lunes, 14 de octubre de 2013

Aquí está la verdadera Sabiduría de Dios, Palabra viva de Dios que nos invita a convertirnos al Señor

Rm. 1, 1-7, Sal. 97; Lc. 11, 29-32
Hay de todo en la vida y nosotros no somos menos. Igual que hay gente valiente y decidida que no teme afrontar las cosas con decisión y tomar postura claramente por aquello que considera justo y bueno también nos encontramos con los indecisos, ya sea porque nunca tienen claras las cosas y siempre están buscando razones y motivos para aplazar una decisión, o ya porque quizá haya una cierta cobardía en su vida para mostrar claramente lo que son o lo que piensan, o ya sea porque en su malicia quieren como socavar lo bueno que hacen los demás.
Haciéndonos este comentario no podemos menos que recordar a los 522 mártires que hayan fueron inscritos en el numero de los beatos para recibir culto en la Iglesia que en momentos difíciles de persecución religiosa en el pasado siglo en España fueron capaces de dar su vida por la fe que profesaban en Jesús como nuestro único Salvador.
Pero también hemos de reconocer que no siempre tenemos la valentía de los mártires, aunque ese tendría que ser en verdad nuestro sentir y nuestro estilo de vivir, y estamos muy llenos de limitaciones, de debilidades, de dudas y nos cuesta ponernos totalmente del lado de Jesús con nuestras posturas en la vida y con nuestra manera de vivir.
Pero el evangelio que hoy escuchamos quiere hacernos recapacitar ante tantos que les cuesta hacer una opción clara por Jesús y siempre andan buscando disculpas, pidiendo pruebas para poner toda nuestra fe en Jesús o hasta viendo con no muy buenos ojos todo aquello que nos enseña o nos pide Jesús. Ya escuchábamos en pasados días como había quien atribuía las obras de Jesús al poder del espíritu del maligno, pero escuchábamos también cómo Jesús nos decía que no podíamos querer ir andando o nadando entre dos aguas, sino que nuestra decisión por El y su evangelio había que tomarla con toda radicalidad. ‘El que no está conmigo, está contra mi; el que no recoge conmigo, desparrama’, nos decía Jesús.
Es la queja, podíamos considerarla como amarga, que hoy escuchamos en labios de Jesús. ‘Esta generación es una generación perversa. Pide un signo, pero no se les dará más signo que el signo de Jonás’. Ya escuchábamos en pasados días que el evangelista decía que ‘otros, para ponerlo a prueba, le pedían un signo del cielo’. Ya comentábamos la ceguera para no ver las señales que Jesús nos iba dando de quien era y las señales del Reinado de Dios que se expresaban en los milagros que iba realizando. Pero no todos eran capaces de verlo y aún seguían pidiendo signos.
Como nosotros cuando no queremos decidirnos de verdad, que vamos dando largas, buscando plazos, pidiendo pruebas, que nada nos satisface, pero no es porque realmente no veamos la verdad que se nos revela, sino porque quizá nos cuesta arrancarnos de muchos apegos que tenemos en nuestra vida y en nuestro corazón y de los que tendríamos que desprendernos si en verdad nos decidimos por Jesús y la vivencia de su Evangelio.
Como nos ha dicho hoy no se les dará más signo que el de Jonás. El signo de Jonás estaba en su propia vida en que él mismo se convirtió al Señor después de todos los acontecimientos que se fueron sucediendo, para aceptar y para cumplir lo que el Señor le pedía de invitar a la conversión a las gentes de Nínive. El haber sido devorado por el cetáceo que al poco tiempo lo vomitó vivo en la playa de nuevo, se convierte en un signo de la muerte y de la resurrección del Señor al tercer día de entre los muertos.
Pero el signo de Jonás está también en la conversión de los ninivitas ante la predicación de Jonás. Como les dice el Señor esa conversión de los ninivitas por la predicación de Jonás se convertirá en un signo de condena para aquella generación. Los ninivitas solamente tuvieron un profeta, aquella gente tenía a Jesús, verdadero Hijo de Dios hecho hombre en medio de ellos para traer la salvación.
Lo mismo dice de Salomón y la reina del Sur que vino desde lejos para escuchar la sabiduría de Salomón. ‘Y aquí hay uno que es más que Salomón’, les dice Jesús. ¿Cómo no escuchar al que es la verdadera Sabiduría de Dios, verdadera Palabra viva de Dios que se nos revela en Jesucristo encarnado para nuestra salvación?
¿Qué nos moverá a nosotros a convertir nuestro corazón al Señor? Cuánto hemos recibido de la Palabra de Dios que cada día se nos proclama; cuánto hemos recibido y podemos recibir de la presencia de Cristo en el Sacramento de la Eucaristía en medio de nosotros que se convierte en nuestro alimento y nuestra vida. Y nosotros cerramos los ojos y no queremos creer, cerramos nuestro corazón y no queremos convertirnos al Señor. Y también seguimos pidiendo plazos, o queriéndolo dejar para otro momento, o pidiendo una prueba mas para creer en Jesús.

Despertemos nuestra fe y decidamos con valentía por seguir a Jesús y vivir su vida de santidad y de gracia. Que el ejemplo de nuestros mártires sea para nosotros estímulo y fortaleza.

domingo, 13 de octubre de 2013

La necesaria acción de gracias para cantar la gloria del Señor por los bienes recibidos

2Reyes 5, 14-17; Sal. 97; 2Tim. 2, 8-13; Lc. 17, 11-19
Siempre hay un gran paralelismo entre el texto de la primera lectura y el evangelio, y hoy lo podemos apreciar de una manera especial. Siempre hay una cierta relación entre un texto y otro y hoy en ambos textos se nos habla de unos leprosos curados y de una respuesta a esa gracia del Señor. Podemos fijarnos en los detalles. Mucho es lo que podemos aprender para nuestra vida y para el camino de nuestra fe.
Eliseo, el profeta, por una parte, con su visión de las cosas de Dios y su poder taumatúrgico, que se nos ofrece en la primera lectura, y Jesús, el gran profeta que había surgido en medio del pueblo como le aclamaban las gentes por otro lado, pero que es realmente nuestro único salvador, como se nos presenta en el evangelio.
Un leproso, Naamán el sirio, que con sus reticencias y también con sus exigencias viene solicitando la curación de su enfermedad y por otra parte el grupo de los diez leprosos que salen al encuentro de Jesús en el camino entre Galilea y Samaría gritando a Jesús que tenga compasión de ellos y de entre los que destacaríamos el samaritano, también un extranjero, al que veremos volver a los pies de Jesús después de curado.
Unos gestos sencillos y humildes que le pide el profeta que ha de realizar el leproso sirio como lavarse siete veces en las aguas del Jordán y que finalmente realizará a pesar de sus reticencias y la palabra de Jesús que envía sencillamente a los leprosos a que se presenten a los sacerdotes, cumpliendo la ley de Moisés, para que les reconozca su curación.
Finalmente un reconocimiento por parte de Naamán, el sirio, que se había curado de que el Dios de Israel es el único Señor al que ahora va a adorar para siempre, y por otra parte la gloria del Señor que vino a proclamar solamente uno de los curados, el samaritano, postrándose ante Jesús alabando a Dios y dándole gracias.
Al tiempo, surge la pregunta de Jesús que a nosotros también nos podría decir muchas cosas. ‘¿No han quedado limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿no ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?’ Pero aquel no sólo se había curado viéndose libre de la lepra sino que también había alcanzado la salvación. ‘Tu fe te ha salvado’, que le dice Jesús.
Y en medio de todo esto, nosotros, que seremos capaces o no de reconocer la lepra de nuestros pecados que nos lleva a la muerte, pero a quienes hoy el Señor nos está hablando para que con confianza vayamos a El con fe para dejarnos no sólo curar sino alcanzar verdaderamente la salvación. No nos quedamos en comentar lo sucedido en una y otra escena, sino que en ellas hemos de vernos reflejados y de allí tenemos que saber deducir el mensaje que para nosotros tiene hoy la Palabra proclamada.
Es el Señor el que viene a nuestro encuentro para ofrecernos su salvación. Vamos a El pero El nos busca y nos llama. Es el Señor el que ilumina nuestra vida para que seamos capaces de reconocer cuanto de muerte hay en nosotros, pero que El es quien puede en verdad llenarnos de vida. Nos cuesta muchas veces reconocer las oscuridades de nuestra vida y nos cuesta dejarnos conducir por la Palabra del Señor que nos está siempre ofreciendo caminos de salvación.
La imagen de los leprosos que le salen al paso en el camino a Jesús, pero que se quedan lejos siguiendo las duras leyes judías que no permitían a los leprosos vivir en medio de la comunidad y junto a sus familias sino que habían de vivir en lugares apartados y marginados de todo el mundo, nos está expresando de manera muy palpable nuestra situación cuando por el pecado nos hemos apartado de Dios. Podíamos comparar también con la descripción de la vida llena de miseria y suciedad que vivía el hijo pródigo tras abandonar la casa del padre llenando su vida de miseria y de pecado. Cómo nos aleja de Dios nuestro pecado y nos encierra en nosotros mismos que hasta nos hace romper los vínculos de amor con los hermanos.
Cristo nos llama; es el pastor que ha venido a buscar la oveja perdida y se alegrará y hará fiesta por nuestra vuelta; quiere que volvamos a estar con El que nos ofrece su perdón y su gracia mientras que nosotros hemos de poner esas actitudes de arrepentimiento reconociendo por una parte nuestro pecado, pero reconociendo lo grande y maravilloso que es el amor que El nos tiene que nos está siempre ofreciendo su perdón. Como le pidiera Jesús a los leprosos que se presentaran a los sacerdotes o Eliseo a Naamán que se lavara en el Jordán, el Señor nos pide que busquemos la mediación de la Iglesia en el Sacramento para que nos veamos limpios, para que se restituya de nuevo la gracia en nuestro corazón, para que alcancemos la gracia del perdón y la salvación.
Hemos de reconocer que muchas veces somos reticentes y nos cuesta acercarnos al Sacramento. Humildad tendríamos que saber poner en el corazón para dejarnos conducir por la gracia del Señor y, como aquella mujer pecadora de la que nos habla en otra ocasión el evangelio, llenar nuestra vida de amor para que amando mucho se nos perdonen nuestros pecados.
Pero sí hemos de terminar siempre dando gloria al Señor. Dar gloria al Señor supone reconocer el bien recibido, agradecer a quien ha intervenido con su mediación pero, sobre todo, rendir nuestro espíritu lleno de gratitud ante la bondad del Señor. Somos muy fáciles para acudir a pedir al Señor de nuestras necesidades que nos socorra y que nos ayude; recibimos la gracia del Señor y qué pronto olvidamos la mano de amor infinito y llena de misericordia que se ha posado sobre nuestra alma con su gracia; qué pronto nos olvidamos de dar gracias a Dios.
Tenemos que preguntarnos, por ejemplo, cuántas veces después de recibir el perdón del Señor en el Sacramento de la Penitencia nos hemos parado para darle gracias al Señor por el perdón recibido. A lo más, nos preocupamos de cumplir la penitencia, como decimos. Nos parecemos a aquellos leprosos que muy cumplidores fueron corriendo a presentarse a los sacerdotes para cumplir con lo prescrito por la ley cuando se vieron limpios. Sólo uno, el samaritano, se volvió atrás, consideraba que ahora había algo más importante, para venir hasta Jesús y postrarse ante El dando gloria a Dios y dándole gracias por el don recibido.
Esa actitud de acción de gracias tendría que ser lo normal en nuestra vida cristiana y en nuestra oración. En fin de cuentas la fe que tenemos es la respuesta y el agradecimiento por todo el amor infinito que el Señor nos tiene y que  nos regala su salvación.  Somos los hombres y las mujeres de la Eucaristía y Eucaristía bien sabemos que significa acción de gracias. Tendríamos que ser, entonces, siempre los hombres y las mujeres de la acción de gracias. El rito lo realizamos al celebrar la Eucaristía, pero la actitud profunda de nuestro corazón de gratitud y acción de gracias al Señor quizá nos falta muchas veces de forma explícita.

Sepamos reconocer los dones del Señor y sepamos en todo momento darle gracias.