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jueves, 26 de junio de 2014

Unos fundamentos para nuestra vida que nos llevarán a la plenitud de nuestra existencia los encontramos en Dios



Unos fundamentos para nuestra vida que nos llevarán a la plenitud de nuestra existencia los encontramos en Dios

2Reyes, 24, 8-17; Sal. 78; Mt. 7, 21-29
¿Cuáles son los cimientos sobre los que fundamentamos nuestra vida? Uno en la vida se va haciendo unos criterios que son los que uno se rige y motiva para aquello que quiere hacer o cómo quiere hacerlo. En la medida en que vamos madurando vamos encontrando esos valores que son importantes para nosotros por los que luchar y los que le van a dar sentido a aquello que hacemos y vivimos.
Sin esos valores, sin esos principios caminaríamos como a la deriva y sin rumbo porque sería señal de que no hemos encontrado el norte y sentido de nuestra vida. Uno tiene que saber por qué lucha, qué es lo que busca y para qué trabaja, porque es encontrar sentido para nuestro vivir. Sin eso parece como que la tierra fuera arena movediza debajo de nuestros pies que nos hace que nos hundamos o no sepamos a qué agarrarnos o en qué apoyarnos. Lo malo sería que pasaran los años por nuestra vida pero aun andemos como infantilizados sin saber donde encontrar ese fundamento de nuestra vida.
Hoy nos habla Jesús de la construcción de un edificio que puede estar hecho sobre arena o sobre roca. Cuando lleguen los vendavales y las lluvias según sean los cimientos podrá o no podrá aguantar sus embates. Pero es una imagen que nos propone Jesús para que pensemos cuáles son nuestros fundamentos, nuestros cimientos. Es el edificio de nuestra vida, pero en su sentido más hondo; es el edificio de nuestra vida cristiana y es entonces cuando tenemos que plantearnos cuál ha de ser el fundamento de nuestro ser cristiano. Es en el fondo preguntarnos por nuestra fe; es preguntarnos donde encontramos el sentido y la razón de ser de nuestra fe y de nuestra vida cristiana. Algo que no podemos tomarnos a la ligera.
No nos basta decir que nosotros somos muy religiosos y que tenemos mucha fe si eso luego no se traduce en actitudes de nuestra vida, en lo que hacemos y en lo que vivimos. Ya nos dice Jesús ‘no todo el que me dice > entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en cielo’. Buscar la voluntad de Dios, cumplir la voluntad de Dios.
Decir que somos creyentes y en nuestro caso decir que somos cristianos no es simplemente una aceptación teórica de Dios sin mayores repercusiones para nuestra vida. No es simplemente contentar a Dios porque un día le hicimos unas promesas y ahora las cumplimos porque le habíamos pedido que nos ayudara en nuestros apuros. Tiene que ser algo mucho mas hondo, algo que cale hondo de verdad en nuestra vida. Es querer buscar la gloria de Dios, porque sintiendo que Dios es verdaderamente el centro de nuestra vida, queremos que luego todo lo que hacemos gire, por así decirlo, en torno al sentido de Dios.
¿Qué hizo Jesús? ‘Mi alimento es hacer la voluntad del Padre’, proclamó en una ocasión, como había dicho en su entrada en el mundo como nos dice la carta a los Hebreos ‘aquí estoy, oh Padre, para hacer tu voluntad’. El nos va manifestando continuamente a lo largo del Evangelio que es el enviado del Padre y como en todo hace lo que le dice el Padre. Y cuando llega el momento supremo de su entrega al inicio de la pasión, aunque desde su dolor pide que pase de El aquel cáliz que va a beber, sin embargo aceptará no que se haga su voluntad, sino la voluntad del Padre.
Es nuestro camino; es el fundamento ultimo que le vamos a dar a nuestra vida, porque además cuando nos sentimos amados de Dios hasta el punto de enviarnos a Jesús para darnos la salvación y hacernos por la fuerza del Espíritu sus hijos, nuestra respuesta no puede ser otra que buscar en todo lo que es la voluntad de Dios para cumplirla. Es lo que nos está enseñando hoy.
Por eso con la imagen del edificio construido sobre arena o sobre roca, nos está enseñando que lo haremos sobre uno u otro en la medida que escuchemos su Palabra y la pongamos en práctica.  ‘El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica, se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca…’ Por muchos que fueran los vendavales y tormentas no se hundiría la casa. Si edificamos nuestra vida en la Palabra de Dios, en lo que es la voluntad de Dios la tendremos bien fundamentada, porque en verdad habremos encontrado el sentido profundo de nuestra vida que nos dará la mayor felicidad como habíamos comenzado reflexionando.
Busquemos entonces los verdaderos fundamentos de nuestra vida, que solo en Cristo encontraremos en plenitud.

jueves, 24 de octubre de 2013

Fuego, bautismo, paz, división interrogantes que se nos plantean ante el evangelio

Rom. 6, 19-23; Sal. 1; Lc. 12, 49-53
Fuego, bautismo, paz, división, tres o cuatro palabras en el mensaje del evangelio que de alguna manera nos dejan con cierto interrogante dentro de nosotros buscando qué quieren significar. De alguna forma nos desconciertan si no entendemos bien su significado o el sentido de lo que Jesús quería trasmitirnos.
Nos habla de fuego en el mundo y con el deseo de que esté y ardiendo. Hablar de fuego, después de la experiencia de que se nos queman y destruyen nuestros montes y bosques nos podría estar hablando de destrucción. Sin embargo también podemos pensar en un fuego purificador ya sea el que se emplea en ciertas industrias para purificar los metales o ya sea también porque arrojamos al fuego lo que no nos vale o nos sobra por inservible; pero podemos pensar en un fuego renovador y en cierto modo creador porque trabajados a fuego de ciertos metales podemos obtener herramientas u obras de arte.
Jesús nos dice que ha venido a prender fuego en el mundo ‘¡y ojalá estuviera ya ardiendo!’ Para comenzar a entender su sentido podemos pensar en la presencia del Espíritu en Pentecostés que se manifiesta en llamaradas como lenguas de fuego que se posan sobre los apóstoles que llenos del Espíritu se lanzarán por el mundo al anuncio del Evangelio, ya aquella misma manera en las propias calles de Jerusalén.
Podemos pensar, pues, en el ardor del Espíritu que nos transforma y nos purifica, como transformó y liberó de sus miedos a los apóstoles, para enviarnos con ese fuego del amor en nuestro corazón para hacer ese anuncio de Jesús. Y con el anuncio de Jesús vendrá, pues, la transformación de nuestros corazones y la transformación de nuestro mundo. Es el deseo de Jesús, que tiene que ser también nuestro deseo de que nuestro mundo se vaya transformando en el Reino de Dios. Es la inquietud que tiene que arder en nuestro corazón y con la que tenemos que prender, contagiar a los demás, como el fuego que se va prendiendo allá por donde va y lo va incendiando todo.
Nos habla de bautismo, también con la angustia o como la prisa para que se cumpla, y pensamos en pascua y pensamos en pasión y muerte. ‘¿Podéis bautizaros en el bautismo con que yo me voy a bautizar? ¿podéis beber el cáliz que yo he de beber?’ le preguntaba Jesús a aquellos dos hermanos que venían pidiendo primeros puestos. El cáliz lo tenían asegurado, el bautismo en la sangre también habían de padecerlo, pero lo de los primeros puestos había de pasar por hacerse el último y el servidor de todos, como el Hijo del Hombre que no había venido a ser servido sino a servir. Es la Pascua presente en nuestra vida, en esa ofrenda de amor que vamos haciendo de nosotros mismos.
Finalmente nos habla de paz y de división como contraponiéndolas aunque nos cueste entender que nos diga que nos ha venido a traer paz. Es cierto que los ángeles hicieron el anuncio de paz en su nacimiento y será también el saludo pascual de Cristo resucitado cuando se manifiesta a sus discípulos. Es cierto también que nos dirá en las bienaventuranzas que los pacíficos y los constructores de la paz verán a Dios.
¿Cómo entender ahora estas palabras de Jesús que anuncian división en lugar de paz? Ya nos viene diciendo en el Evangelio que ante El hay que hacer una opción radical. O estamos con Cristo o estamos contra Cristo. También el anciano Simeón allá en el templo anunció proféticamente que aquel niño iba a ser signo de contradicción y unos caerán y otros se levantarán.
Efectivamente cuando hacemos opción radical por Jesús nos vamos a encontrar mucha incomprensión en nuestro entorno, muchas veces incluso de aquellas personas más cercanas a nosotros. No todos nos van a entender. Muchos se van a poner en contra nuestra de tal manera que incluso sufriremos persecución; recordemos a los mártires de todos los tiempos. Es lo que ahora nos anuncia Jesús. Y aunque encontremos esa división, esa oposición, sí tenemos que decir, que no nos podrá faltar nunca la paz en nuestro corazón, porque realmente nos sentimos seguros de seguir a Jesús, de estar con El y de darlo todo por El. No tengamos miedo que su Espíritu estará siempre con nosotros.

Ahora sí que entendemos aquellas cuatro palabras y deseando ardientemente tendríamos que estar de que esté ardiendo nuestro corazón de amor por Cristo y nuestro mundo transformado por el Evangelio. Aunque tengamos que pasar por la pascua, por el bautismo, pero se llenará de paz nuestro corazón.

jueves, 14 de marzo de 2013


Nuestra adhesión y comunión con el Papa Francisco I

¿Seguimos a Jesús o no seguimos a Jesús? ¿Lo aceptamos o no lo aceptamos por la fe en nuestra vida?
Cuando había escrito estas palabras anteriores para comenzar a preparar la homilía de este día - la preparo siempre en la tarde anterior - en esos momentos comenzó a salir de la Capilla Sixtina la fumata blanca que nos anunciaba que teníamos Papa. Con la sorpresa del momento, aunque era algo esperado y deseado, todo se quedó a un lado en la espera de saber qué regalo nos había hecho el Señor y quien era el que había sido elegido. Finalmente lo conocimos, el nuevo Pontífice de la Iglesia sería Francisco I; había sido elegido el cardenal Bergoglio, de Buenos Aires (Argentina) para ser el sucesor de Benedicto XVI en la sede de Pedro.
Tras la espera su aparición en el balcón de la Basílica de san Pedro, sus primeras palabras, su invitación a rezar, haciéndolo él con nosotros en aquel momento, por Benedicto XVI, y antes de darnos su bendición ese gesto tan humilde y hermoso de rogarnos que le pidiéramos al Señor que le bendijera a él para poder ejercer el ministerio que acaba de recibir en bien de la Iglesia y la gloria del Señor.
¿Qué decir ahora en estos momentos? Creo que una primera cosa es dar gracias a Dios y bendecir al Señor porque siempre y en todo el creyente ha de saber descubrir la mano de Dios. Hemos venido invocando con insistencia en estos días al Espíritu Santo para que se hiciera sentir en los Cardenales que habían de elegir al nuevo Pontífice y sin dejarse influenciar por nada sino solo por la acción del Señor escoger al que considerasen el mejor para el bien de la Iglesia. Este es, pues, el regalo que nos ha hecho el Espíritu Santo y por ello hemos de dar gracias y bendecir al Señor.
De la misma manera que hemos estado orando al Señor con tanta insistencia por la elección del nuevo Pontífice, ahora nos queda por nuestra parte sentirnos en comunión con él y con toda la Iglesia. Es quien en nombre de Jesús con la asistencia del Espíritu Santo guía a la Iglesia de Dios. Es la adhesión a su palabra y a su magisterio, es el dejarnos conducir por los caminos del Señor, es el apoyo que con nuestra oración hemos de seguir teniendo con él, como ya nos pidió en sus primeras palabras desde el balcón de san Pedro. Bendito el que viene en nombre del Señor, hemos de proclamar con nuestras palabras pero también con nuestras actitudes y nuestra vida.
Una de las primeras cosas que se hacen una vez elegido, y eso no lo vemos porque queda aún dentro de los muros de la Capilla Sixtina, es la adhesión que todos y cada uno de los cardenales que han participado en su elección hacen ante el nuevo Pontífice. Momentos antes era un Cardenal más de la santa Iglesia, podemos decir, pero por su elección se convirtió en el Obispo de Roma y Pontífice de la Iglesia universal. De ahí ese signo y gesto de adhesión de todos los Cardenales que es de alguna manera el signo y gesto de adhesión de toda la Iglesia. Es lo que de corazón hemos de hacer, es lo que nos toca hacer.
Con ello estamos expresando nuestra fe y nuestro sentido eclesial. Si cuando comenzaba a preparar esta homilía me preguntaba si seguimos o no seguimos a Jesús y me iba a hacer una reflexión desde el texto del evangelio de este día, ese mismo planteamiento nos vale en estos momentos en medio de la alegría de la elección de un nuevo Pontífice.
¿Estoy o  no estoy con Jesús? A Jesús lo encuentro y lo vivo en el seno de la Iglesia y alimento mi fe en Jesús y la fortalezco en la medida en que me apoyo en la fe de la Iglesia. Y Pedro fue puesto como piedra fundamental de esa Iglesia. ‘Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificaré a mi Iglesia’, le dijo Jesús. Estamos ante el sucesor de Pedro que tiene esa misma misión en medio de la Iglesia. Como le diría Jesús ‘mantente firme para que confirmes en la fe a tus hermanos’. Es lo que viene a realizar el Papa. Creemos en Jesús, creemos en su Iglesia, creemos quien está puesto para ayudarnos a mantenernos firmes en nuestra fe, a confirmar la fe de la Iglesia.