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domingo, 19 de marzo de 2017

Para la mujer samaritana fue ya pascua porque fue un paso salvador de Dios por su vida junto al pozo de Jacob, pero hemos que hacer que hoy sea pascua también para nosotros

Para la mujer samaritana fue ya pascua porque fue un paso salvador de Dios por su vida junto al pozo de Jacob, pero hemos que hacer que hoy sea pascua también para nosotros

Éxodo 17,3-7; Sal 94; Romanos 5,1-2.5-8; Juan 4,5-42
Un encuentro aparentemente casual y una conversación que comienza por las necesidades perentorias de cualquier ser humano. Venia de camino desde Judea y hacían allí un alto para reponer fuerzas. Que mejor sitio que junto a un pozo de donde se pueda sacar agua y en la cercanía del pueblo en el que se podrían encontrar los necesarios alimentos. Pero no iba a ser un encuentro cualquiera y todo iría mucho mas allá de saciar una sed de agua o la recuperación de las fuerzas en un descanso.
Allí hay un encuentro de personas en que a pesar de las reticencias y desconfianzas de dos pueblos que no se entienden y se llevan mal, sin embargo la conversación va surgiendo en el interés de ese encuentro que se va a hacer comunicación profunda. Cuantas veces también tras un encuentro casual, tras unas elementales palabras de saludo y cortesía la conversación se va ahondando y se llega a encuentro personal, a un encuentro de corazones.
No siempre quizás lo sabemos hacer, porque vamos con nuestros intereses, quizás con nuestras desconfianzas, muchas veces también con reticencias y sacando a flote cosas innecesarias que puedan llevar a un enfrentamiento en lugar de un encuentro. Cuanto tendríamos que aprender, porque aprendiendo siempre hemos de estar en la vida.
Es que allí está Jesús que viene a nuestro encuentro, que viene a buscar a la persona sin prejuicios ni condenas previas porque El siempre quiere ofrecer vida y salvación. Tras la desconfianza de la mujer, en primer lugar hacia un hombre con el que no se hablaba en lugar descampado o apartado, pero también a causa de las rencillas o resentimientos entre judíos y samaritanos, comienza Jesús a ofrecer un agua que sacia plenamente. No será un agua como la de aquel pozo al que hay que venir todos los días a buscarla de nuevo, sino que será el agua que calmará la sed más profunda del hombre para siempre.
Le cuesta entender a aquella mujer, como nos cuesta entender a nosotros tantas veces que andamos con nuestras ideas y pensamientos y no terminamos de escuchar lo que se nos ofrece o se nos dice. Será cuando aquella mujer comienza a vaciarse por dentro de tantas cosas que le pesan en su corazón, de tantas dudas o de tantos tormentos como ha sido su vida, cuando comience a vislumbrar lo nuevo que le está ofreciendo Jesús, aunque ella sigue sin saber ni entender quien es el que le está hablando.
Nos cuesta vaciarnos de nuestro interior a veces tan recargado, porque quizá nos da vergüenza reconocer cuantas negruras podamos tener en el corazón; nos cuesta vaciarnos porque terminamos por acostumbrarnos a vivir así con esas corazas o con esos lastres dentro de nosotros sin darnos cuenta de la libertad que vamos a encontrar cuando en verdad nos liberemos de todas esas cosas.
No tendríamos que tener miedo a lavar el corazón. El agua que Jesús nos ofrece no solo calmará nuestra sed porque nos hará encontrar el sentido más hondo de lo que es nuestra vida, sino que también será un agua purificadora y un agua que nos llena de vida. Como aquella agua que manaba por debajo de la puerta del templo que decía el profeta y que allí por donde pasaba iba purificando de toda putrefacción, e iba haciendo surgir árboles rebosantes de hermosas y gustosas frutas.
Es lo que Jesús está haciendo con aquella mujer a la que le ayudará a encontrar el verdadero sentido de Dios a quien hemos de adorar en espíritu y en verdad sin necesidad de acomodarnos a un sitio o lugar determinado; es lo que va haciendo a aquella mujer que terminará reconociendo su vida desordenada y hará surgir el deseo en ella de una vida nueva; es lo que va haciendo en aquella mujer a la que llena de esperanza y la hará desear con todo sentido la venida del Mesías, que allí está ya para ella con su profundo sentido salvador.
¿Nos dejaremos hacer nosotros por Jesús? ¿Aceptaremos ese encuentro vivo y salvador con Jesús que viene a nosotros? Estamos escuchando y meditando este evangelio en medio del camino cuaresmal que vamos haciendo y que nos lleva a la pascua. El Señor está viniendo a nosotros para realizar su pascua salvadora en nuestra vida. Y ese paso de Dios con su salvación lo tenemos que ir viviendo ya, lo tenemos que ir viviendo en el hoy de nuestra vida.
Por eso cuando escuchamos este evangelio en este tercer domingo de cuaresma así hemos de dejarnos encontrar con el Señor. Viene a calmar nuestra sed, viene a purificarnos de ese hombre viejo que sigue estando en nosotros, viene a llenarnos de una nueva vida, a vivificar enteramente nuestro corazón para que en verdad demos frutos de santidad y de gracia.
Te invito a que como conclusión de esta reflexión que nos estamos haciendo vuelvas a coger el evangelio en este encuentro con Jesús y la samaritana y vuelvas a leerlo (Juan 4,5-42) pero poniéndote tú en el lugar de la samaritana; léelo y escúchalo en tu interior pausadamente dejando que afloren tus dudas, tus reticencias, tus desconfianzas también, tus rutinas, las suciedades del hombre viejo que llevamos ahí en nuestro corazón; dejémonos interrogar por el Señor al mismo tiempo que le vayamos haciendo nuestras preguntas, presentando nuestras dudas, confesando nuestras oscuridades; nos sentiremos llenos de una nueva luz, sentiremos el gozo del paso del Señor por nuestra vida, nos gozaremos en verdad con su salvación.

martes, 15 de octubre de 2013

Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo

Santa Teresa de Jesús

Eclesiástico, 15, 1-6; Sal. 88; Mt. 11, 25-30
‘Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío; mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo’. Estas palabras tomadas de los salmos son con las que la liturgia ha querido comenzar a cantar al Señor en este día, en nuestra celebración de la Eucaristía.
Es el deseo de Dios, el ansia de Dios, como el sediento que busca el agua viva que calme su sed, como la cierva que busca las corrientes de agua donde apagar su sed. Es lo que realmente tendría que ser el camino de nuestra vida cristiana, si en verdad porque creemos en El, Dios lo es todo para nosotros. Así tendríamos que buscarlo y desearlo; con esos deseos tendríamos que abrir nuestro corazón a Dios para que en verdad el sea el centro de nuestra vida, y sacie plenamente los más altos y hermosos deseos de nuestro corazón.   
Esta antífona, tomada de los salmos como decíamos, refleja perfectamente el alma de santa Teresa de Jesús, a quien hoy estamos celebrando. Teresa de Jesús es esa alma sedienta de Dios que supo encontrar la fuente hasta llegar a disfrutar de Dios de una forma sublime en las alturas místicas en las que su alma se vio envuelta como ninguna. Se llenó de Dios y Dios le dio un alma grande y generosa para realizar una gran obra en la Iglesia con la reforma de la Orden del Carmelo, que le llevaría incluso a fundar numerosos monasterios a lo largo de toda la geografía peninsular. La andariega de Dios, porque era a Dios a quien ella estaba llevando a los demás cuando de tal manera ella se había llenado místicamente de Dios.
Fue largo el recorrido que tuvo que realizar, su camino interior, el camino del castillo interior como luego ella describiría en sus libros, pero le costó. Aunque de joven había entrado en el monasterio del Carmelo para vivir su consagración al Señor fueron grandes las turbulencias por las que tuvo que pasar su alma, llena de sequedades y momentos duros y difíciles en muchas ocasiones; pero en la medida en que fue despojándose de sí misma emprendió ese camino de perfección que llegó a recorrer para vivir ya solo para Dios y en el que la Iglesia nos la ofrece como modelo de camino de perfección, como expresábamos en la oración litúrgica de esta fiesta.
Hoy hemos escuchado en el evangelio cómo Jesús da gracias al Padre que se reveló y se manifestó a los pequeños y sencillos. Muchas veces hemos meditado este texto para aprender a tener nosotros esa alma humilde y sencilla que sea capaz de llenarse de Dios. Es lo que vivió santa Teresa de Jesús; como decíamos antes, cuando aprendió a despojarse de si misma, a pesar de que llevaba ya muchos años en la vida religiosa y dentro del monasterio de la Encarnación, fue cuando comenzó a tener esa sed del Dios vivo, aprendió a saborear la sabiduría de Dios y cuando ella en verdad se fue llenando de Dios recorriendo ese camino de ascesis primero, purificándose de todo lo que pudieran ser ataduras en su corazón, y luego subiendo poco a poco los peldaños que la llevarían a la altura de su misticismo en su profunda unión con Dios.
Nos gozamos nosotros en este día en que celebramos a santa Teresa de Jesús, Virgen y Doctora de la Iglesia. Nos gozamos y en su santidad nos sentimos estimulados para que se despierte en nosotros esa misma ansia de Dios, esa sed de Dios que le llevó a ella por esos caminos de unión con Dios. Contemplando el camino de santidad de santa Teresa un cristiano tendría que sentir en su corazón una santa envidia de cómo ella llegó a esa unión tan íntima y profunda con Dios. Como ya hemos dicho recordando lo que pedíamos en la oración litúrgica, Dios quiso suscitar por inspiración del Espíritu Santo esos deseos de santidad, ese camino de perfección, que encienda, pues, en nosotros también el deseo de la verdadera santidad.
Ese tiene que ser el sentido verdadero de la celebración de los santos. Ellos pudieron realizar ese camino de santidad con dificultades semejantes a las nuestras pero supieron poner toda su fe en Dios y en El encontraron la fuerza para realizar ese camino. Podemos nosotros hacer también ese camino, en el que además contamos también con su intercesión. Por eso también en este día muchas personas que han consagrado sus vidas al Señor en la vida religiosa, sintiéndose estimuladas por el ejemplo de Santa Teresa, de alguna manera renuevan sus votos de consagración al Señor.

Que santa Teresa nos alcance la gracia del Señor para que en verdad cada día más aspiremos a la santidad en nuestra vida.

miércoles, 28 de agosto de 2013

Siempre hay en el fondo del corazón del hombre sed de Dios

1Jn. 4, 7-16; Sal. 88; Mt. 23, 8-12
 ‘Renueva en tu Iglesia el Espíritu que infundiste en tu obispo San Agustín’. Así hemos pedido en la oración de la liturgia de este día de san Agustín. Que tengamos en verdad sed de Dios, fuente de la verdadera sabiduría, como lo tenía san Agustín y así llenemos nuestro corazón del amor verdadero, del amor de Dios.
En el fondo del corazón del hombre siempre hay sed de Dios, aunque no lo queramos reconocer o, confundidos, lo busquemos por caminos errados. Seamos como seamos siempre hay en el corazón del hombre una sed de más que no podemos satisfacer de cualquiera manera, deseamos lo mejor, buscamos lo bueno, queremos el bien y la justicia, hay en el fondo de todo una búsqueda de la verdad, hay una sed de algo que nos llene en plenitud que muchas veces no sabemos donde encontrar.
Esos deseos queremos satisfacerlos por nosotros mismos o en lo que nos parece que tengamos más cercano y tenemos el peligro y tentación de quedarnos en cosas materiales o terrenas que nos dan satisfacciones efímeras. Por eso es necesario saber elevarnos para no quedarnos en lo material, porque tampoco somos solo algo material, porque hay un espíritu que nos eleva; somos seres espirituales aunque no sepamos a veces encontrar nuestra verdadera espiritualidad.
Cuando con sinceridad emprendemos ese camino de búsqueda, Dios viene a nuestro encuentro y si sabemos dejarnos guiar podemos elevarnos para poder llegar a encontrar a Dios, o a dejarnos encontrar por Dios. Nosotros lo buscamos porque hay ese deseo en nosotros, pero en el fondo es Dios el que nos busca, el que viene a nuestro encuentro. Tenemos que dejarnos encontrar por Dios. Es el camino de una verdadera espiritualidad, porque por muy buenas intenciones que nosotros podamos tener siempre tenemos el peligro de confundirnos, confundir nuestras luces terrenas con la verdadera Luz y no lleguemos a encontrar a Dios. Sólo Dios es capaz de saciar la sed de verdad y amor que todo hombre tiene en sí, ya que Dios es la fuente de la sabiduría y del amor verdadero.
San Agustín, a quien hoy estamos celebrando, de quien estamos haciendo memoria litúrgica, fue un buscador de la verdad; durante muchos años recorrió sus propios caminos y en los placeres del mundo o en las filosofías de su época le parecía encontrar la verdad o aquello que pudiera dar satisfacción a lo que buscaba, pero se sentía insatisfecho y que seguía siempre a oscuras.
Hasta que, como reconoce en el libro de sus Confesiones, fue capaz de entrar en su propio interior para poner orden y claridad a su vida y encontrarse de verdad con Dios. ‘Habiéndome convencido, reconoce, de que debía volver a mí mismo, penetré en mi interior, siendo tú mi guía, y ello me fue posible porque tú, Señor, me socorriste. Entré, y vi con los ojos de mi alma, de un modo u otro, por encima de la capacidad de estos mismos ojos, por encima de mi mente, una luz inconmutable…’ Se encontró con la luz de la verdad, se encontró con Dios.
‘¡Oh eterna verdad, verdadera caridad y cara eternidad! Tú eres mi Dios, por ti suspiro día y noche. Y, cuando te conocí por vez primera, fuiste tú quien me elevó hacia ti, para hacerme ver que había algo que ver y que yo no era capaz aún de verlo’. Hermosas palabras de san Agustín - muchas más podríamos citar de sus Confesiones - que nos van describiendo ese camino que le llevó a encontrarse con Dios y como en Dios mismo se sentía fortalecido con su gracia para hacer ese camino, para llegar a encontrarse vivamente con Jesús, camino, verdad y vida siempre para el hombre.
Como recordábamos al principio de nuestra reflexión y pedíamos en la oración litúrgica que en verdad busquemos a Dios, tengamos verdadera sed de Dios, fuente de la sabiduría y le busquemos como el único amor verdadero. Cuando uno tiene sed va a la fuente y trata de calmar su sed en esa agua viva. Que así seamos capaces de llenarnos e inundarnos de Dios y de su amor.
Qué importante vivir con toda intensidad la vida de la gracia alimentándonos de Dios en la oración, en su Palabra, en los Sacramentos. Con qué intensidad tendríamos que vivir esos momentos de encuentro con Dios concentrándonos de verdad en lo que hacemos y vivimos.

Nada tendría que distraernos ni apartarnos de El. Muchos ruidos no solo externos sino muchas veces dentro de nuestro corazón nos pueden distraer y hemos de tener sumo cuidado para que no suceda. El evitar esas cosas externas que nos puedan distraer tenemos que cuidarlo entre todos. Pero cada uno en su interior ha de centrar su pensamiento y su corazón en Dios, porque nada hay más importante en ese momento para nosotros que estar con el Señor.  Cómo hemos de cuidar, entonces, nuestras celebraciones donde escuchamos su Palabra, donde nos llenamos de su gracia, donde vivimos su presencia, donde bebemos en esa fuente de vida eterna.