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martes, 14 de enero de 2020

Aprendamos nosotros a llenar nuestra vida de palabras de verdad, porque siempre sean palabras de vida, palabras que ayuden a encontrar la grandeza y dignidad de la persona


Aprendamos nosotros a llenar nuestra vida de palabras de verdad, porque siempre sean palabras de vida, palabras que ayuden a encontrar la grandeza y dignidad de la persona

1Samuel 1, 9-20; Sal. 1 Sam 2, 1-8; Marcos 1, 21-28
Las palabras nos cansan y nos aburren; las gastamos de tal manera que le hacemos perder su sentido y su significado. La palabra tendría que decirnos la verdad de lo que llevamos dentro, pero bien sabemos cómo las utilizamos para ocultar la verdad, cuántas mentiras discurren como ríos que lo inundan todo desde nuestras palabras humanas, que terminan siendo inhumanas porque la mentira destruye y solo busca manipular y destruir la verdad del hombre.
No queremos ser negativos pero nos sentimos aterrados con tal torrente de palabras falsas y mentirosas. Las queremos llenar de encantos pero lo que queremos es engañar para conquistar y para manipular. Y somos manipulados por las palabras llenas de vanidad y falsedad de los poderosos que quieren engañarnos diciéndonos que buscan nuestro bien cuando solo buscan sus intereses, y nos confunden las palabras que se llenan de promesas que saben que no van a cumplir para poner como una pantalla y por detrás cada cual solo busca sus intereses o su poder. Lo escuchamos todos los días, los medios de multiplicación camuflan esas mentiras pero si somos un poco sensatos nos damos cuenta enseguida de tanto engaño. Podríamos poner tantos nombres y tantas circunstancias… abramos un poquito los ojos y lo veremos claramente.
Tenemos que buscar la que es verdadera palabra que nos lleva o nos comunica la verdad. Es esa palabra que vemos sincera salir del corazón del hombre y que solo refleja la bondad que se lleva en el interior, en el corazón de cada persona, que es la verdad de su vida. Tenemos que saber sintonizar con esa palabra y con esa verdad porque sería lo único que nos conduciría por los caminos de la plenitud de la persona.
Hoy nos dice el evangelio que Jesús había ido a la sinagoga a enseñar y la gente estaba asombrada porque enseñaba con autoridad y no como los escribas… y más tarde dirá que ese modo de enseñar es nuevo. No son palabras huecas y vacías. Hablaba del Reino de Dios pero, podríamos decir, no conceptos como aprendidos de memoria, sino que a sus palabras acompañaban las señales. Lo vemos hoy en el evangelio.
Anunciar el Reino de Dios es anunciar que en ese reino Dios tiene que ser el único Señor de la vida y del hombre. El hombre no puede ser dominado por el mal, sino que ha de sentirse liberado desde lo más hondo. Y la Palabra de Jesús no nos engaña, ahí están los signos que realiza que manifiestan ese poder y señorío de Dios que lo que hará siempre es buscar el bien del hombre, la mayor dignidad de la persona. Por veremos a Jesús liberando a los oprimidos por el mal, como anunciaba en la sinagoga de Nazaret cuando proclamaba aquel texto de Isaías.
Hoy hay un hombre poseído por un espíritu impuro, nos dice el evangelista. Y Jesús poniéndolo en medio libera a aquel hombre de aquella posesión maligna. Será cuando la gente se quede admirada de su autoridad porque hasta los espíritus inmundos le obedecen.
Aprendamos nosotros a llenar nuestra vida de palabras de verdad, porque siempre nuestras palabras sean palabras de vida, palabras que nos ayuden a encontrar esa grandeza de la persona, palabras que salgan de lo más hondo de nosotros mismos, pero de un corazón lleno de bondad y de bien, y nuestras palabras mostrarán el amor y nuestras palabras harán siempre el bien.

lunes, 13 de enero de 2020

Jesús viene allí donde estamos y hacemos nuestra vida pero nos invita a ver otros horizontes y otro sentido que dé profundidad a nuestras vidas


Jesús viene allí donde estamos y hacemos nuestra vida pero nos invita a ver otros horizontes y otro sentido que dé profundidad a nuestras vidas

1Samuel 1, 1-8; Sal 115; Marcos 1, 14-20
Como hemos dicho se ha terminado ya el tiempo de la Navidad y de la Epifanía y comienza en la liturgia lo que llamamos el tiempo Ordinario. Ahora es el tiempo que media hasta que el miércoles de ceniza iniciemos la Cuaresma como camino que nos conduce hasta la Pascua, y cuando terminen las celebraciones pascuales todo ese tiempo hasta llegar a iniciar un nuevo ciclo. Bien sabemos que el ritmo de nuestra vida cristiana se centra en la Pascua y en consecuencia la liturgia con la que celebramos nuestra fe y el misterio de Cristo.
Durante el tiempo ordinario en el evangelio iremos leyendo de forma ordenada y continuada los distintos evangelios, que nos ayudarán a ir penetrándonos más y más del mensaje del Reino de Dios alimentando así el camino de nuestra vida cristiana. Como en la vida, que tenemos momentos de especiales celebraciones y tenemos en consecuencia especiales motivos para ese sentido de fiesta que ha de acompañar la vida del cristiano, pero cuando nos salimos de esos momentos especiales continuamos con lo que podríamos decir es nuestra alimentación ordinaria y donde mejor la vamos a encontrar que en el evangelio y toda la Palabra de Dios.
Iremos, pues, como repasando esos distintos momentos de la vida de Cristo con sus palabras, sus signos y milagros, con sus gestos y el ejemplo de su vida para lo que ha de ser nuestra vida. Cuando amamos algo de verdad aunque repetidamente se nos ofrezca nunca nos cansamos de rumiarlo en nuestro corazón y es lo que tenemos que saber hace con la Palabra de Dios. Siempre encontraremos esa luz que necesitamos, esa palabra certera que llega a la realidad de nuestra vida para denunciarnos acaso algunos rumbos que vamos tomando que no son los mejores y nos hacen corregir actitudes y posturas, mejorar los gestos de nuestra vida, hacer brillar mejor esos signos que con nuestra vida vamos realizando.
En ese principio del evangelio de Marcos nos encontramos con unos momentos de la vida de Jesús en Galilea que recientemente hemos ya también meditado. Jesús anuncia la Buena Nueva del Evangelio, invita a la gentes a convertir su corazón a Dios, se acerca allí donde están, donde hacen su vida, porque siempre Jesús vendrá en nuestra búsqueda allí donde estamos, nos invita a seguirle dándole un valor y un sentido nuevo a eso que cada día hacemos.
Hoy contemplamos a Jesús en la orilla del lago, donde los pescadores después de su tarea repasan y reparan sus redes, donde preparan todo lo necesario para otro día u otra noche de pesca; y Jesús va caminando entre ellos haciéndoles ver nuevos horizontes que van mucho más allá de ese lago que les rodea y donde hacen su vida o de esas mismas tareas que realizan. Hay otra pesca, hoy otro sentido de vida, hay algo más que puede dar de verdad sentido a nuestra existencia, hay algo que va a dar profundidad a sus vidas.
Y Jesús les invita a seguirle, a estar con El, a descubrir esas nuevas luces y esos nuevos horizontes. Algo que tendrá que cambiar en el corazón, porque otras actitudes nuevas de disponibilidad tiene que haber cuando encontramos el amor de verdad. Es a lo que Jesús va invitando a aquellos pescadores de Galilea. ‘Venid conmigo y os haré pescadores de hombres’, y en aquellos corazones encuentra apertura y disponibilidad. ¿Cuál sería nuestra respuesta a la invitación de Jesús?

domingo, 12 de enero de 2020

Aquel Jesús envuelto pañales y adorado por los pastores, a quien buscan los magos de oriente, ungido por el Espíritu es el Hijo amado del Padre y nuestra salvación


Aquel Jesús envuelto pañales y adorado por los pastores, a quien buscan los magos de oriente, ungido por el Espíritu es el Hijo amado del Padre y nuestra salvación

Isaías 42, 1-4. 6-7; Sal 28; Hechos 10, 34-38; Mateo 3, 13-17
Hoy volvemos al Jordán. Allí, junto al desierto, donde Juan preparaba los caminos del Señor, invitaba a la penitencia y a la conversión y bautizaba en las aguas del Jordán a quienes daban señales de arrepentimiento y de conversión. La gente acudía de todas partes – lo escuchamos durante el tiempo del Adviento que era el tiempo de Juan – y le preguntaban qué habían de hacer. Invitaba a la responsabilidad y a la justicia, invitaba al amor y al compartir solidario, invitaba a purificar el corazón para recibir al que había de venir.
En medio de aquellas largas filas de quienes arrepentidos buscaban recibir aquel bautismo que los purificara encontramos hoy a Jesús. ¿Formaría Jesús parte de aquel grupo que estaban cercanos a Juan escuchando su Palabra o acaso de los esenios que más abajo en las orillas del mar Muerto vivían una vida de ascetismo y oración? No tenemos datos para ello, pero conocidas para Jesús serían aquellas montañas del desierto de Judá porque en lo que luego se llamaría monte de la cuarentena Jesús se retiraría cuarenta días al silencio, al ayuno y a la oración como encuentro con Dios para ser consciente de verdad en lo que sería su misión. Sería el lugar de la crisis interior, de los interrogantes profundos y de las tentaciones como se nos narrará más tarde en el evangelio.
Allí estaba Jesús, como decíamos, con los que quería recibir el bautismo. Ya conocemos el corto diálogo entre Juan que no quiere bautizarle al reconocerle y Jesús que le insiste en que cumplamos con toda justicia. Será a partir del bautismo cuando se abran los cielos para manifestarse la gloria de Dios sobre Jesús.  ‘Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz de los cielos que decía: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco’.
Aquel Jesús que hemos contemplado recién nacido, adorado por los pastores como el Salvador, tal como les anunciaron los ángeles, ante quienes se postraron los Magos venido de Oriente que buscaban un recién nacido rey de los judíos, pero ante el que le ofrecen sus ofrendas, un reconocimiento también que son de que es Dios y hombre verdadero, ahora es presentado desde el cielo como el Hijo Amado de Dios, lleno del Espíritu Santo que bajaba sobre él como una paloma y se posaba sobre él, pero que tiene todas las complacencias del Padre y a quien hemos de escuchar. ‘Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él’, como anunciaba Pedro según lo escuchado en la segunda lectura.
Es toda una teofanía, una manifestación de la gloria de Dios que se hace visible, por eso lo celebramos en este tiempo de la Epifanía del Señor.  Es el ungido con el Espíritu del Señor y que será enviado a llevar la buena noticia a los pobres y el año de gracia del Señor, como se proclamará en la sinagoga de Nazaret con las palabras del profeta y con la ratificación que Jesús mismo hace. ‘Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’, dirá entonces y de alguna manera nos está diciendo hoy también, porque así podemos contemplar a Jesús.
Es importante esta fiesta del Bautismo de Jesús que hoy celebramos. Hoy contemplamos como Jesús está sellado con el Espíritu Santo para manifestársenos como verdadero Hijo de Dios y como nuestra auténtica salvación. Es el principio de un nuevo bautismo que no será ya solo el que nos purifique de nuestros pecados para tener un corazón bien dispuesto como era la misión del bautismo de Juan, sino que ahora en el nombre de Jesús seremos bautizados en el agua y en el Espíritu, como le dirá más tarde a Nicodemo, para que comencemos a ser ese hombre nuevo renacido a vida nueva. Así comenzamos a ser hijos de Dios, no nacidos de la carne, ni de deseos de carne, ni de deseo de varón, sino de Dios. ‘A cuántos le recibieron les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre’.
Una fiesta con la que concluimos la Navidad – ya mañana comenzaremos el llamado tiempo ordinario - que nos hace contemplar la gloria de Dios que se manifiesta en Jesús, su Hijo, pero que nos hace contemplar también nuestra grandeza que por el agua y el Espíritu en el Bautismo nos hace a nosotros partícipes de esa vida de Dios porque nos hace hijos de Dios.

sábado, 11 de enero de 2020

Sentirnos levantados por una mano que nos llena de vida no solo para restablecer la salud del cuerpo roto por la enfermedad, sino el espíritu condenado a estar muerto en vida


Sentirnos levantados por una mano que nos llena de vida no solo para restablecer la salud del cuerpo roto por la enfermedad, sino el espíritu condenado a estar muerto en vida

1Juan 5, 5-13; Sal 147; Lucas 5, 12-16
¿Cómo te sentirías si acaso tu fueras una persona que no es tenida en cuenta en la vida, sino más bien algunas veces por circunstancias que te rodean de las que no puedes sentirse culpable más bien eres una persona despreciada, a la que nunca no solo no se le tiene en cuenta sino que más bien es excluida y casi no se le deja participar en los actos de la vida comunitaria? Te sentirías humillado en esos desprecios y en esa exclusión, pero si en un determinado momento te encuentras a alguien que públicamente te manifiesta tu aprecio, eso haría subir en muchos grados tu autoestima, y si además esa persona es de las que se consideran importantes y llega y te echa el brazo por encima como en un abrazo y te invita a que expreses tus opiniones y tengas incluso participación y responsabilidad en las actividades de la comunidad, no solo te sentirías halagado sino que en cierto modo lleno de orgullo y engrandecido al ver como cuentan contigo y serias capaz de dar lo mejor de ti mismo por lo que sea y por quien sea con tal de ser reconocido.
Hoy en el evangelio vemos que llega a la presencia de Jesús un hombre que es leproso. Por el mero hecho de tener esta enfermedad se le consideraba una persona impura y ya no podía participar en la vida ni familiar ni de la comunidad; condenado en vida había de vivir en lugares apartados, lejos de todo contacto humano con los que no estaban enfermos, viviendo una vida de pobreza y degradación sin parangón. Eran unos condenados en vida; ellos mismos habían de ir gritando que eran impuros para que nadie pudiera acercarse a ellos. Una vida dura y cruel a la que estaban condenados sin posibilidad de recuperación, como difícil podía ser el curarse entonces con los pobres medios de los que se poseía de tan terrible enfermedad.
Pero aquel hombre se abrió paso hasta Jesús sin encontrar resistencia, es más, Jesús tampoco lo rechaza, sino todo lo contrario hace lo que nadie seria capaz de hacer, poner su mano sobre él. El diálogo había sido breve. ‘Al ver a Jesús, cayendo sobre su rostro, le suplicó diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme. Y extendiendo la mano, lo tocó diciendo: Quiero, queda limpio. Y enseguida la lepra se le quitó’.
Tenía deseos como todo leproso de ser curado, pero está tan acostumbrado a los desprecios y al ninguneo que casi no se atreve a expresar lo que desea. Podrá o no podrá Jesús tener autoridad para curar de la enfermedad, pero está acostumbrado a que nadie le hace caso, por eso solamente se atreve a sugerir ‘Señor, si quieres puedes limpiarme’. Qué humildad y qué valor, qué grandeza de su espíritu. Solo dirá ‘si quieres…’
Pero ya estaba sintiendo cómo su alma se regeneraba, porque de entrada no había encontrado rechazo, la primera vez desde el comienzo de su enfermedad. Pero siente algo más que lo levanta a él que en su humildad está postrado en tierra como tantas veces se había visto tirado por tierra por quienes le rechazaban. Se siente levantado porque siente una mano sobre él, una mano que llena de vida no solo para restablecer la salud de aquel cuerpo roto por la enfermedad, sino para llenar de vida un espíritu que está muerto, que está condenado por todos a estar muerto en vida. Es algo más que la curación de unas llagas corporales lo que está sintiendo porque es su alma la que se siente sanada y salvada, llena de vida nueva.
No podrá ya dejar de gritar a todos los vientos lo que ha sucedido con él aunque le hayan prohibido hablar de ello. Tiene que hablarlo, tiene que gritarlo, tiene que hacer que todo el mundo lo sepa, porque para él ha comenzado una vida nueva.
¿Podremos nosotros hacer que alguien a nuestro lado se sienta así resucitado cuando estaba muerto en vida? Creo que es lo que Jesús nos está diciendo que comencemos a hacer, oportunidades muchas tenemos. Alguien está esperando que le restituyas la autoestima perdida.

viernes, 10 de enero de 2020

Necesitamos una buena noticia que nos haga ver la luz en medio de tantas oscuridades y los que creemos en Jesús la tenemos en nuestras manos ¿qué hacemos?


Necesitamos una buena noticia que nos haga ver la luz en medio de tantas oscuridades y los que creemos en Jesús la tenemos en nuestras manos ¿qué hacemos?

1Juan 4, 19–5, 4; Sal 71; Lucas 4, 14-22a
Ya no les prestamos atención a las buenas noticias o será acaso que no hay buenas noticias que lleguen a nosotros. Son tantas las cosas impactantes que recibimos a cada momento a través de los medios de comunicación que quizá tendríamos que detenernos un poco y respirar cuando en medio de tantas calamidades aparece una buena noticia. Nos cansamos de todo y sobre todo, valga la redundancia, que lo que nos llega sea la mayor parte desagradable y no haga sino en abundar en las violencias que cada día nos envuelven, y no precisamente con papel de regalo. Terremotos, incendios, asesinatos, corrupción, mentiras y falsedades… son tantas las cosas que al final no queremos oír nada y si acaso llega una buena noticia queda traspapelada y perdida en ese cajón de desastres.
Es importante todo esto que voy reflexionando porque es constatar unas realidades, pero también como seguidores de Jesús tenemos que hacer que esas cosas cambien, no nos podemos conformar quedándonos con los brazos cruzados. Tenemos que aprender a destacar las cosas buenas aunque sean pequeñas e imperceptibles, porque son semillas poderosas que a la larga pueden darnos buenos frutos.
Hoy contemplamos en el evangelio que Jesús va a su pueblo de Nazaret. Desde el comienzo de su actividad pública se había establecido en Cafarnaún pero ahora vuelve a su pueblo y el sábado se presenta en la sinagoga, como era su costumbre. Le ofrecen hacer la lectura del profeta y hace el comentario. Y con la palabra del profeta en la mano les viene a decir que es el Ungido del Espíritu que trae una buena noticia para los pobres, que habrá libertad para los cautivos y que llega el año de gracia del Señor. Pero lo más importante y radical es decirles que eso ya se está comenzando a cumplir. ‘Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír’.
Una buena noticia que es anuncio de libertad y de perdón, una buena noticia de manera especial para los pobres y para los que se sienten cautivos, cautivos en la cárcel o cautivos en sus limitaciones, ciegos, cojos, inválidos... En aquel momento podríamos decir que aquello era revolucionario, porque era un cambio radical lo que se anunciaba. La buena noticia no era para los poderosos o los que sentían bien, la buena noticia era para los pobres y para los que sufrían. Y no era algo para otro tiempo sino que era algo para ‘hoy’. Hoy se cumple, porque allí está el ungido del Señor, el enviado con el poder del Espíritu. Comenzaba una vida nueva, comenzaba un mundo nuevo.
¿No necesitamos hoy nosotros escuchar también esa buena noticia? Pobres, cautivos, con multitud de limitaciones e imposibilidades en nuestro mundo en crisis y desorientado, en ese mundo de mentiras y de falsedad que vivimos, en ese mundo inquieto pero al que le falta la paz, que ha perdido su norte, en ese mundo en que los que se creen poderosos solo actúan desde sus intereses y les falta una visión amplia para ver lo mejor que necesita nuestra sociedad y trabajar por ello, en esa lucha de poder que vemos que cada día aflora con un matiz nuevo pero no para mejorar sino para hundirnos más en nuestras crisis que no hacen vislumbrar la posibilidad de un mundo mejor. Miremos lo que hacen los dirigentes de nuestra sociedad, veamos por el camino que nos llevan o nos quieren llevar como corderitos porque quien no piense como ellos ya no las tiene todas consigo.
Necesitamos una buena noticia que nos haga ver la luz en medio de tantas oscuridades. Nosotros los creyentes en Jesús tenemos esa buena noticia en nuestras manos, porque tenemos el evangelio de Jesús, pero ¿qué estamos haciendo con esa buena noticia? ¿En qué se nota que nos sentimos comprometidos con ese evangelio? ¿Qué es lo nuevo que le ofrecemos a nuestra sociedad desde esos valores en los que creemos? Podría seguir diciendo o preguntándome muchas cosas, pero es hora de que cada uno nos pongamos a pensar seriamente pero seriamente a comprometernos.

jueves, 9 de enero de 2020

‘Ánimo, soy yo, no temáis’, ¡qué palabras más bonitas y qué sensación de paz podemos de nuevo sentir desde esas situaciones de miedos y temores que nos aparecen tantas veces


‘Ánimo, soy yo, no temáis’, ¡qué palabras más bonitas  y qué sensación de paz podemos de nuevo sentir desde esas situaciones de miedos y temores que nos aparecen tantas veces!

1Juan 4, 11-18; Sal 71; Marcos 6, 45-52
Hay ocasiones en que se nos mete el miedo en el cuerpo, como solemos decir, aunque bien sabemos que es algo mucho más hondo. Físicamente hasta nuestro cuerpo se sienten aturdidos y los temores nos hacen ver más densas las sombras. Pudiera ser incluso después de experiencias muy intensas y reconfortantes pero cuando todo aquello pasa nos viene un vació y una soledad que nos llena de temores. ¿Sería todo un sueño? ¿Sucedió en realidad? ¿Por qué ahora nos sentimos solos? Porque esa soledad la sentimos incluso aunque físicamente haya personas cerca, porque es algo que llevamos o sentimos por dentro.
El miedo y el temor nos hacen sentirnos cada vez más desorientados y sin rumbo y nuestra imaginación se nos llena de fantasías que no son en la mayoría de las ocasiones nada estimulantes sino todo lo contrario. El miedo nos hace barruntar siempre lo peor y ya nos vemos envueltos en no sé cuantas catástrofes y calamidades. Al final aquello que pudiera ser un rayo de luz también nos confunde y hace que nuestros temores aumenten.
Un problema que un día nos apareció y nos sentíamos acosados por todas partes; el miedo a no saber enfrentarnos hace que nos encerremos más en nosotros mismos y no contemos con nadie; las posibles soluciones nos parecen imposibles aunque parezca un contrasentido pero es que la oscuridad de nuestra mente lo revuelve y lo confunde todo. Seguramente en alguna ocasión nos habremos visto envueltos en situaciones así sin saber darle salida.
No era quizá un problema tan existencial el que podían estar pasando los discípulos en aquella travesía del lago que se les estaba haciendo tan costosa. Para ellos sin embargo ahora era un problema el que tenían.  Se mezclaban muchas cosas. El viento en contra les impedía avanzar y las sombras de la noche lo envuelven y lo confunden todo. Pero ellos que siempre habían estado con el Maestro, ahora El se había querido quedar en tierra donde lo de la multiplicación de los panes e iban solos en la barca hacia la otra orilla. Es cierto que le tenían miedo al lado, aunque allí iban avezados pescadores, pero de todos eran conocidas las tormentas que con facilidad se desataban sobre el lago. Y esos peligros aumentaban sus miedos. Ahora hasta les parecía ver fantasmas.
Jesús se había quedado en la orilla para despedir a la gente y luego se había metido monte arriba buscando la soledad para la oracion. Pasada media noche sabiendo lo que les estaba pasando a los que iban en la barca decidió ir a su encuentro andando sobre el agua. Era el fantasma que ellos creían ver. ‘Animo, soy yo, no temáis’, fueron las palabras de Jesús. El estaba con ellos ya en la barca y la calma volvió por todas partes, en el viento del lago que cesó pero cuanto más en el corazón de los discípulos que se sentían solos y con tantos miedos dentro de ellos. Y es que ‘ellos estaban en el colmo del estupor, pues no habían comprendido lo de los panes, porque tenían la mente embotada’. Eran muchas las cosas que se iban sucediendo y aun no terminaban de comprenderlo todo.
Animo, soy yo, no temáis’, ¡qué palabras más bonitas  y qué sensación de paz se puede sentir dentro del corazón! Pensemos de nuevo en esas situaciones de miedos y temores como comenzábamos recordando, pero que en medio de ese torbellino escuchemos la voz de Jesús. Como un día María Magdalena a la entrada del sepulcro vacío. Como los apóstoles en el cenáculo la tarde de aquel primer día de la semana que era como la tarde del primer día de la nueva creación.
‘Soy yo, no temáis’, y sentiremos la mano de Jesús sobre nuestro hombro cuando nos sentimos hundidos, o vemos la mano tendida de Jesús que nos quiere levantar después de nuestras caídas, o le veremos caminar a nuestro lado queriendo hacer arder de nuevo nuestro corazón cuando nos sentimos desilusionados y desesperanzados, tantas veces que Jesús vendrá a nuestro encuentro y hemos de saber verle, sentir su presencia junto a nosotros caldeando de nuevo nuestro corazón con su amor.

miércoles, 8 de enero de 2020

Siempre hay algo nuevo que hacer, siempre hay algo bueno que va a surgir y vamos a terminar disfrutando de todo eso bueno que va surgiendo en el corazón


Siempre hay algo nuevo que hacer, siempre hay algo bueno que va a surgir y vamos a terminar disfrutando de todo eso bueno que va surgiendo en el corazón

1Juan 4, 7-10; Sal 71; Marcos 6, 34-44
Absortos estamos en aquello que nos gusta, que es de nuestro agrado, con lo que estamos disfrutando cuando lo hacemos, de manera que se nos pasa el tiempo y ni nos damos cuenta. Bien porque miramos el reloj y nos damos cuenta de cuanto tiempo ha pasado o porque llama nuestra atención por cualquier motivo se nos irían las horas disfrutando de aquellos momentos, de aquel entretenimiento en que nos habíamos metido o de aquel trabajo que tantas satisfacciones interiores nos produce. Qué importante que disfrutemos de aquello que hacemos, que disfrutemos de nuestro trabajo.
Algo así le estaba pasando a Jesús en aquella ocasión. Habían llegado a un descampado porque quería irse a solas con sus discípulos más cercanos, pero se encontraron con una multitud que les estaba esperando. ‘Sintió lástima’, nos dice el evangelista, eran como ovejas descarriadas, como ovejas que no tienen pastor que les ofrezca buenos pastos. Y allí se puso Jesús a hablar, a enseñarles, a escuchar sus cuitas y sus dolores, a curar a los enfermos; la gente no se separaba de Jesús y el tiempo pasaba; se sentían todos a gusto, Jesús y la gente que lo escuchaba.
Vendrán los discípulos con un toque de atención, a decir que se hace tarde, que va a caer la noche y que están lejos, que no tienen nada para que coma toda aquella gente. ‘Dadles vosotros de comer’, les dice Jesús.
Son muchos los detalles en los que podemos fijarnos aparte de ese disfrutar de la presencia de Jesús por parte de aquella gente y del disfrutar de Jesús atendiendo y escuchando a aquella gente. En los discípulos más cercanos ya se iban gestando otros nuevos sentimientos, aparece la preocupación por los demás y aparece la solidaridad aunque aun no saben hasta donde les llevará. Pero andan preocupados por aquella gente. Pero aparece un nuevo detalle, Jesús quiere que sean ellos los que le den de comer, que se las ingenien, que tomen iniciativas, que busquen hasta por donde no haya, pero que encuentren la solución. Es fácil decir que las cosas andan mal, es fácil decir que estamos en una situación peligrosa; no es tan fácil encontrar la solución, no es tan fácil que comencemos a comprometernos, que comencemos a buscar soluciones, a encontrar alguien a nuestro lado que nos ayude, que nos abra puertas, que nos abra los ojos.
Ahora había solamente cinco panes y dos peces y la multitud era grande. Aquello no parece que sea la solución, como tantas veces que nos encontramos con las manos vacías, que nos sentimos incapaces, que no vemos qué es lo que podamos hacer con aquello poco que tenemos. Pero ya se ha desbordado el camino de la solidaridad, ya se han abierto nuevas puertas y allí está Jesús que nos ayudará con su gracia y su poder a que los problemas se puedan solucionar.
Al final aquella multitud comió hasta saciarse y hasta recoger cestos de pan con lo que había sobrado. Como tantas veces vemos que se desborda la generosidad cuando pensábamos que no había y las cosas se solucionan y la gente se implica, y comienzan a aparecer actitudes nuevas. Cómo tenemos que ir dejándonos conducir por esa generosidad que aparece en un momento dado en el corazón y que nos la da el Espíritu del Señor que es nuestra fuerza y nuestra vida. No nos podemos ya quedar cruzados de brazos ni derrotados porque los problemas nos parezca que son muchos y superan nuestra capacidad. Siempre hay algo nuevo que hacer, siempre hay algo bueno que va a surgir y vamos a terminar disfrutando de todo eso bueno que va surgiendo en el corazón.

martes, 7 de enero de 2020

Cuando se reciben influencias desde distintas corrientes hay desconcierto y desorientación, ni se sabe el camino ni se sabe la meta hacia la que se quiere caminar


Cuando se reciben influencias desde distintas corrientes hay  desconcierto y desorientación, ni se sabe el camino ni se sabe la meta hacia la que se quiere caminar

1Juan 3, 22–4, 6; Sal 2; Mateo 4, 12-17. 23-25
Aunque cuando iniciemos el tiempo ordinario la próxima semana comencemos a hacer una lectura continuada del evangelio y los primero que contemplemos sea el inicio de la predicación de Jesús en Galilea, en estos días que nos restan del tiempo de la Navidad después de la Epifanía del Señor que celebrábamos ayer contemplaremos también diversos momentos de ese inicio de la predicación de Jesús.
Es bien significativo que los inicios se sitúen en Galilea, en los alrededores del lago de Tiberíades, pero ya lo había anunciado el profeta como hoy mismo escuchamos. Y es significativo por el impacto que representa la predicación de Jesús en aquellos pueblos, ya en los límites geográficos de Palestina y muy en contacto también con otros pueblos y otras religiones. Por eso el profeta la llama ‘Galilea de los Gentiles’, no en vano no están lejos de aquellas ciudades de la Decápolis muy helenizadas y con fuertes influencias paganas. Es en las cercanías de Siria y recordamos lo que significó el poder del rey Antíoco y los Seléucidas en el intento de helenización también de todo el territorio de Israel que tantos mártires y tantas luchas originó.
¿Una región que andaba en tinieblas? Esas influencias externas hacían también más liberales a los galileos, aunque allí también se formaron aquellos grupos que luchaban contra el poder del extranjero como fueron los zelotes, al que en su origen pertenecieron quienes luego serían discípulos de Jesús y del grupo de los doce apóstoles. Cuando se reciben influencias desde distintas corrientes muchas veces se produce el desconcierto y la desorientación y quien anda desorientado es como si caminara en tinieblas porque ni sabe el camino ni sabe la meta hacia la que quiere caminar. Cuántas veces en la vida andamos de esa manera. Cuántos interrogantes se nos producen en nuestro interior que si no encontramos respuesta es como si andáramos ciegos por la vida.
Y allí, situando el centro de su predicación en Cafarnaún por la importancia que este lugar tenia junto a la orilla del lago pero como cruce de caminos y de culturas comenzó el actuar de Jesús. ‘Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos. Jesús recorría toda Galilea enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo’.
El anuncio del Reino que para creer en él es necesario darle la vuelta al corazón. Es algo nuevo, algo distinto, un sentido nuevo de la vida, de las cosas, de la religión, de la relación con los demás. Lo irá explicando enseñando en las sinagogas, nos dice, aprovechando el encuentro de los sábados de todos para escuchar la ley y para la oración. Pero no se quedaba ahí, sino que donde tenia ocasión hacía el anuncio, ‘recorría toda Galilea’.
Pero un anuncio que iba acompañado de las obras, de los signos de ese Reino de Dios, ‘curando toda enfermedad y toda dolencia del pueblo’. Porque si vivimos en el Reino de Dios no puede seguir dominándonos el mal, tiene que desaparecer todo aquello que nos hace sufrir. Por eso aquellas obras que hacia cuando curaba a los enfermos eran los signos de la vida nueva, del Reino nuevo.
Escuchemos nosotros también el anuncio y el mensaje. Lo necesitamos aunque nos creamos convertidos, porque hemos de reconocer que sigue habiendo tinieblas y oscuridad en la vida. Decimos que andamos influenciados desde lo externo, desde lo que el mundo nos ofrece, es cierto, pero también en nosotros hay falta de voluntad y de constancia. Vivimos en ocasiones a impulsos y aquello que ahora nos impulse con más fuerza sin nosotros tenemos que poner mucho de nuestra parte, es lo que nos lleva y nos arrastra. Despertemos ante este anuncio profético de Jesús.


lunes, 6 de enero de 2020

Ha nacido una nueva estrella y no precisamente entre los astros del firmamento sino en quienes con pequeños gestos llenan de alegría cada día nuestro corazón


Ha nacido una nueva estrella y no precisamente entre los astros del firmamento sino en quienes con pequeños gestos llenan de alegría cada día nuestro corazón

Isaías 60, 1-6; Sal 71; Efesios 3, 2-3a. 5-6; Mateo 2, 1-12
Hoy es una fiesta entrañablemente popular que aun con la marcada que está por lo infantil, pero sobre todo más por el consumismo, tiene su encanto y se llena de ternura que algunas veces tanta falta nos hace a los humanos. Tan metida está al menos en nuestros espacios culturales en esa ternura casi infantil que no nos hace daño que ha perdido incluso su verdadera titularidad para quedarse en la fiesta de los Reyes Magos, por aquello que nos cuenta el evangelio.
Una fiesta que con todos los peligros del consumismo que algunas veces nos ahoga tiene esos gestos y esos detalles de los regalos que llenan de alegría y ternura nuestro corazón. Hemos de recoger lo bueno en ese compartir generoso para mutuamente llenarnos de alegría, pero no podemos olvidar toda la riqueza que tiene esta fiesta de la Epifanía del Señor.
Unos magos – no significa que tengan que ser reyes que no lo dice el evangelio – que aparecen por Jerusalén buscando al recién nacido rey de los judíos. Unos hombres acostumbrados a mirar para las estrellas que sin embargo vienen a buscar a un niño recién nacido. Hombres de ciencia, podríamos decir, que sin embargo buscan lo pequeño, buscan a un niño, porque aquellas estrellas que están acostumbrados de estudiar en el firmamento les señalan que una estrella nueva ha nacido y no se refieren ya a un astro que cruza los cielos y el firmamento, sino que en ese niño vislumbran una luz para Israel y para todos los pueblos.
Perseverantes escrutan las señales del firmamento, pero perseverantes buscan en las escrituras sagradas de todos los pueblos las señales más cercanas que les harán llegar a encontrar a ese niño recién nacido. podríamos decir que aunque nos parezca lo contrario no buscan cosas extraordinarias ni maravillosas sino algo tan sencillo como una madre que ha dado a luz y ese niño que en verdad está llamado a ser luz, de ahí la imagen y la señal de la estrella mencionada repetidamente.
Ya conocemos por el relato todo lo sucedido en Jerusalén, con la intriga del rey Herodes, con la búsqueda en las Escrituras por parte de los sacerdotes y maestros del templo que les ayudarán y les Irán marcando el camino. Esa búsqueda afanosa encontrará su resultado cuando de nuevo aparece la estrella sobre una humilde casa y será donde encuentran a al niño con su Madre, María. Algo tan sencillo y tan humilde pero que sin embargo les produce una inmensa alegría. Quizás hemos rodeado la escena de gran aparatosidad cuando a los magos los hemos hecho reyes, pero fue algo humilde y sencillo que de alguna manera se va a quedar oculto en aquel humilde hogar.
Creo que esta fiesta para nosotros puede ser una invitación a una búsqueda. Pero para esa búsqueda necesitamos la humildad de los que reconocemos que no sabemos, que muchas veces andamos también perdidos y desorientados, pero necesitamos también la capacidad del asombro. Sí, ser capaces de asombrarnos ante lo que se nos manifiesta y quizá a través de gestos sencillos.
Hay una autosuficiencia soterrada que a la larga es orgullo que nos hace creer que ya no necesitamos asombrarnos por nada. Nos hemos curado de espanto (¿?) porque ya nos lo creemos saber todo, son tantas las cosas extraordinarias que vamos recibiendo cada día cuando incluso la humanidad viaja ya por el universo a través sondas cósmicas y no sé cuentos inventos que en los avances de la ciencia vamos logrando, que ya parece que hemos pedido la capacidad del asombro.
Sin embargo cada día podríamos observar tantas maravillas en lo cotidiano, en lo pequeño que sucede a nuestro lado, en el actuar de las personas con quienes nos vamos encontrando, en tantos gestos sencillos pero maravillosos que podemos observar en quienes nos rodean, y sin embargo parece que ya eso no nos llama la atención perdiendo una riqueza y una sabiduría admirable que podíamos encontrar a nuestro lado.
Palabras llenas de sabiduría en la boca de la gente mas sencilla, gestos de humanidad y cercanía que muchas veces podemos encontrar en quienes menos lo esperamos, sonrisas sinceras que nos pueden llegar al alma para darnos ánimo cuando estamos decaídos y que podemos encontrar en tantos cerca de nosotros, una mano tendida cuando vamos a caer o sobre nuestro hombro cuando nos sentimos derrotados y sin ilusión… gestos humildes, sencillos que tenemos que saber descubrir y ante los que tenemos que sentir admiración.
Aquellos magos del evangelio se asombraron ante las maravillas de Dios que se manifestaban en lo más pequeño y sencillo como encontrar a un niño recién nacido en los brazos de su madre. También en los gestos sencillos y tremendamente humanos que hoy podemos vislumbrar en esta fiesta de reyes seamos capaces de asombrarnos y ser agradecidos aprendiendo como desde lo pequeño podemos hacer felices a los demás.

domingo, 5 de enero de 2020

Necesitamos reenvangelizar nuestras fiestas de navidad para que el centro sea siempre la buena nueva que nos trae Jesús de que Dios nos ama y nos hace sus hijos


Necesitamos reenvangelizar nuestras fiestas de navidad para que el centro sea siempre la buena nueva que nos trae Jesús de que Dios nos ama y nos hace sus hijos

Eclesiástico 24, 1-2. 8-12; Sal 147;  Efesios 1, 3-6. 15-18; Juan 1, 1-18
Estamos de fiesta. Seguimos de fiesta. Parece que no queremos que la fiesta se acabe. Navidad, fin de año y año nuevo, los Reyes, se concatenan unas y otras cosa con encuentros familiares y de amigos, añoranzas de otros tiempos y regalos y más regalos que más bien pareciera que se convierten en obligaciones que llevan su contrapartida y pierden el sentido de la gratuidad de un regalo, y hasta quisiéramos inventarnos más motivos de fiesta.
Es algo que llevamos tan impreso en nuestra naturaleza humana que nos buscamos mil motivos para estar de fiesta, aunque en ocasiones nos vemos tan envueltos en la vorágine de la misma fiesta, de las cosas que hacemos para expresar y vivir la fiesta que terminamos perdiendo el sentido que originó aquella fiesta. Porque pensemos seriamente si en las fiestas de navidad que celebramos tenemos muy presente lo que hace esa navidad y que tiene que ser lo que realmente celebremos. Casi con temor me pregunto quién será el gran ausente de la navidad.
Pues bien, seguimos de fiesta y seguimos con el espíritu de la Navidad. Y los cristianos que queremos en verdad celebrarla con todo sentido y nos acercamos al menos cada festivo o cada domingo a la celebración de la Eucaristía encontramos en la Palabra de Dios que se nos proclama ese alimento de vida que nos haga permanecer en ese sentido profundo de la Navidad.
‘El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo. En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció. Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron’. Es el principio del Evangelio de san Juan. De una forma casi poética por las imágenes con que nos habla, pero de una profundidad teológica y mística admirable podíamos decir que esta primera página del evangelio de san Juan es como su relato de la Natividad.
No nos hace un relato a la manera de Lucas o incluso Mateo abundando en descripciones que podríamos llamar históricas de lugar y de familia, pero si nos está trasmitiendo lo mismo que es la Encarnación de Dios que en el seno de María se hizo hombre. Llega a su momento cumbre cuando nos dice: ‘Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad’.
El Verbo que desde toda la eternidad estaba junto a Dios porque es Dios mismo, y que ‘por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho’ es el que planta su tienda entre nosotros, a quien contemplamos niño en Belén, como hemos venido celebrando, y que es la verdadera luz que alumbra a todo hombre.
Pero es en esas mismas palabras del evangelio donde se nos describe lo que podríamos llamar el drama de la navidad y el drama que nosotros mismos vivimos o podemos estar viviendo en nuestra forma de celebrar la Navidad. ‘En el mundo estaba… y el mundo no lo conoció, vino a su casa y los suyos no lo recibieron, era la luz verdadera, pero la tiniebla no la recibió…’
¿No será lo que nos sucede o nos puede suceder a nosotros que nos envolvemos de tantas luces en estos días pero no llegamos a recibir la luz verdadera? ¿No nos puede suceder a nosotros, como antes decíamos, que celebramos la navidad y el gran ausente de la Navidad es el mismo Jesús a quien decimos que queremos celebrar? Nos vemos envueltos en tantas cosas externas de la fiesta que terminamos por olvidar lo que es el verdadero motivo de la fiesta.
¿No habremos escuchado estos días a algunos que nos dicen que la navidad para ellos son tiempos de añoranzas y de recuerdos de otros momentos o de otras personas que un día estuvieron con nosotros y que por eso estos días en cierto modo se convierten en días de tristeza? A alguien escuché decir no hace mucho que ojalá estos días de fiestas de navidad desaparecieran del calendario porque a el no hacían sino llenarlo de tristeza. Me lo decía con una tristeza grande llena de desesperanza. Es algo dramático, como antes insinuábamos, que llegue a suceder esto así para muchos, que en eso se haya quedado la navidad. ¿No estaremos necesitando un anuncio auténtico del evangelio?
Pero las palabras del evangelio hoy nos llenan de esperanza. ‘Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios’. Y es que la navidad para nosotros es un admirable intercambio como se dice en la liturgia en algún momento. Viene el Hijo de Dios que quiere tomar nuestra carne, nuestra naturaleza humana, pero ‘a los que creen en su nombre les da el poder de ser hijos de Dios’.
Viene para elevarnos, viene para levantar nuestra naturaleza humana y hacerla casi divina, porque nos hace hijos de Dios. Ya podía decir Juan en sus cartas que la maravilla grande no es que nosotros hayamos amado a Dios, sino que Dios nos ha amado y nos hace sus hijos, la maravilla de poder llamar a Dios Padre porque en verdad somos sus hijos. ‘En verdad lo somos’, afirma categóricamente.
¿Y no es un gozo el sentirnos amados así? Esta es la alegría grande que hemos de vivir que está por encima de todas nuestras tristezas y añoranzas. Este tiene que ser el sentido grande de nuestra fiesta de Navidad. Este es el evangelio que tenemos que proclamar. Esa es la necesaria nueva evangelización que todos necesitamos y en la que en verdad tenemos que embarcarnos.




sábado, 4 de enero de 2020

Una palabra nuestra, un gesto o un detalle nuestro, un testimonio que nosotros podamos ofrecer se puede convertir en un signo de llamada para alguien que está a nuestro lado


Una palabra nuestra, un gesto o un detalle nuestro, un testimonio que nosotros podamos ofrecer se puede convertir en un signo de llamada para alguien que está a nuestro lado

1Juan 3, 7-10; Sal 97; Juan 1, 35-42
‘Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús’. Así, sin más. Unas palabras bastaron para ponerse en camino. Grande tuvo que ser el impacto. Era una buena noticia que ellos recibieron, pero abrieron su corazón.
Algunas veces nos parece que no puede ser. Pero hay cosas que nos impactan. Una palabra, un acontecimiento, un detalle, algo que quizá para otros pasa desapercibido, una persona que pasa junto a nosotros en la vida, pero nos sentimos tocados. No solo llama la atención sino que nos hace poner toda nuestra atención, toda nuestra vida.
Por eso hoy quizás los medios de comunicación buscan impactarnos con las noticias; los que mueven los ejes de las campañas publicitarias buscan los mejores recursos para hacer que aquello que publicitan nos impacte y nos sintamos atraídos; los ideólogos ya se preocupan de tener gestos, darnos unos flashes impactantes para llevarnos por su camino. Y hasta se crean situaciones ficticias que nos llamen la atención y no digamos la maldad de las malas noticias como recurso para atraernos o para llevarnos según sus intereses por sus caminos o planteamientos. Por eso tenemos también que saber estar atentos para descubrir lo que es bueno y lo que no es tan bueno, alertas en la vida para no dejarnos engañar.
Pero lo que sucedió a Juan y Andrés, que nos cuenta el evangelio hoy, no eran noticias falsas. Era algo realmente importante y por eso ellos se pusieron a buscar. Querían conocer y conocer a fondo, querían que la experiencia no fuera el impacto de un momento sino una decisión firme y bien tomada que marcara para siempre sus vidas. ‘¿Qué buscáis? Maestro, ¿Dónde vives? Venid y lo veréis…’ son las breves palabras que resumen un diálogo que los ponía en camino. Se fueron con Jesús. Será algo que no olvidarán nunca. Hasta recordarán la hora en que fue aquel primer encuentro. De ello pronto comenzarán a hablar, a comunicar a los demás, como Andrés cuando se encuentra con su hermano Simón.
Y a todo esto, ¿nosotros, qué? Tendríamos quizá que renovar ese encuentro que un día tuvimos, es palabra que en una ocasión escuchamos, ese gesto o ese detalle que en un momento nos impactó, pero quizá se nos ha quedado en la penumbra del tiempo y ya lo vemos como algo pasado, tan pasado que quizás hasta de alguna manera hemos olvidado, o se ha enfriado en nosotros aquel impacto que entonces recibimos. Así somos los humanos, tan inconstantes, tan olvidadizos, con tantas rutinas en nosotros que pueden más que aquellas cosas o aquellos momentos que fueron verdaderamente importantes.
Tenemos que reavivar ese deseo de búsqueda, de ponernos en camino detrás de Jesús. Que no se nos enfríe el entusiasmo, que no se nos debilite la fe, que mantengamos el calor del corazón para que se mantenga viva la llama de nuestro amor. Por eso es bueno revivir esos buenos momentos vividos para que se aviven las llamas de esos rescoldos que aun nos quedan en el corazón.
Pero también tendríamos que darnos cuenta de una cosa. Una palabra nuestra, un gesto o un detalle nuestro, un testimonio que nosotros podamos ofrecer se puede convertir en un signo de llamada para alguien que está a nuestro lado. Cuidemos que esa ráfaga de luz que nosotros podamos ofrecer sea verdaderamente brillante y no refleje otra luz sino la de Cristo. Que seamos un buen signo para los que nos rodean que lleve a los otros a seguir a Jesús.

viernes, 3 de enero de 2020

Reconozcamos en verdad lo que nos está diciendo Juan de Jesús, es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo



Reconozcamos en verdad lo que nos está diciendo Juan de Jesús, es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo

1Juan 2, 29-3, 6; Sal 97; Juan 1, 29-34
Le habían venido a preguntar a Juan, como escuchábamos ayer, ‘Tú ¿quién eres?’ ‘¿Por qué bautizas?’ El no era el Mesías ni se consideraba un profeta. Sólo sabía una cosa, era el que habían anunciado los profetas que saldría a preparar los caminos del Señor, ya puede afirmar que en medio de ellos está aunque no lo conocen. Los que habían venido a preguntar no encuentran respuestas satisfactorias.
Hoy vemos como de una forma concreta ya señala a Jesús, que viene hacia él como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Está señalando en Jesús que en El se cumplen las profecías, que es el enviado de Dios, que El sí es el verdadero cordero pascual. Hasta ahora habían comido el cordero de la pascua como un recuerdo de la pascua pasada. Ahora llegaba el verdadero cordero pascual que iba a ser inmolado, que nos traería el perdón, la vida, la salvación.
Y él puede dar testimonio, porque allá en su corazón había sentido la revelación de Dios. ‘Yo no lo conocía, les dice, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel’ y manifiesta claramente la revelación que él ha recibido. ‘He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo. Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios’. Como comprendemos fácilmente estas palabras del bautista fueron pronunciadas después de aquella teofanía del Jordán cuando Jesús quiso ser bautizado por Juan.
Escuchamos hoy toda una revelación de quien es Jesús, aquel niño que hemos contemplado estos días recién nacido en Belén, envuelto en pañales y recostado en un pesebre. Hemos contemplado toda la humanidad de Jesús, pero ahora estamos contemplando su gloria, ahora se nos está diciendo que es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo, que es el Hijo de Dios. Y Juan da testimonio de todo ello. Un momento propicio para renovar toda nuestra fe en Jesús.
Nos acostumbramos a las palabras, nos acostumbramos a lo que expresamos y decimos cuando hacemos una profesión de fe, pero no siempre somos totalmente conscientes de lo que decimos o expresamos; lo decimos y repetimos y el peligro está en que lo convirtamos en una rutina. Es necesario detenernos, reflexionar, motivamos bien cuando vamos a hacer una profesión de fe, abrirnos a la acción del Espíritu para dejarnos conducir por El y encontrarle todo su sentido a las palabras que decimos.
De tantas formas decimos en la liturgia y tantas veces repetimos que al final se puede quedar en palabras que decimos, pero que no es realmente algo que llevamos en el corazón. ‘Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo’, decimos muchas veces en una celebración de la eucaristía, así textualmente o con su sentido. Pero ¿somos conscientes de ello? Porque algunas veces quitamos ese concepto de pecado de nuestra vida; todo nos parece bueno, nada es pecado, nos parece una palabra o un concepto de otro tiempo que hoy no pueda tener sentido. Pero ahí está el pecado en nuestra vida de tantas maneras.
Y es la ausencia de Dios con que vivimos o es el orgullo de nosotros mismos creernos como dioses; no aceptamos lo que Dios nos propone como norma o plan para nuestra vida y queremos construirla por nuestro lado o a nuestra manera. Y entonces rechazamos sus mandamientos, no les hacemos caso, no les tenemos en cuenta, olvidándonos así del camino de Dios, dejando, entonces, que el mal se meta en nuestro corazón.
Vamos a reconocer hoy lo que nos está diciendo Juan de Jesús, es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. No solo viene a recordarnos Jesús lo que son los caminos de Dios – no ha venido a anular la ley de Dios, nos dirá en su momento – sino a sacarnos de ese pozo en el que nos metemos cuando olvidamos la ley de Dios, de ese pozo de nuestro pecado. Y El es nuestro único salvador.

jueves, 2 de enero de 2020

En la misión profética de Juan hemos de saber descubrir también cuál es nuestra misión profética en medio del mundo


En la misión profética de Juan hemos de saber descubrir también cuál es nuestra misión profética en medio del mundo

1Juan 2, 22-28; Sal 97; Juan 1, 19-28
‘Tú, ¿quién eres?’ fue la pregunta que vinieron a hacerle a Juan Bautista cuando estaba en el desierto junto al Jordán predicando y bautizando. Preguntaban por su identidad - ¿Era un profeta? ¿Era el Mesías? – y por las razones o motivos de lo que hacía. ¿Por qué haces lo que estás haciendo?
¿Quién eres tú para hacer o para decir lo que haces o lo que nos dices? ¿Quién te crees que eres? ¿Quién te ha dado autoridad, quien te ha dado velas para meterte en esto?  Son quizá preguntas y recriminaciones que nos hacemos los unos a los otros; cuando nos dicen lo que no nos gusta, cuando nos ponen el dedo en la llaga, cuando nos señalan que las cosas se pueden hacer de otra manera, cuando nos dicen que andamos equivocados porque ellos tienen otra manera de pensar o de plantearse las cosas, nos preguntamos por su autoridad, quién les ha dado velas en este entierro.
Nos sucede en muchos ámbitos. Hoy todos queremos tener razón, o que las cosas se hagan según nuestro parecer, y todo el que hace otra cosa porque tiene otros planteamientos o es un 'carca', o está loco y no sabe lo que hace, y nos inventamos no sé cuantas descalificaciones. Así andamos por la vida que nos cuesta buscar acuerdos porque las cosas se hacen como yo digo o no se hacen, y no terminamos de buscar puntos de entendimiento. Por grandes que sean los desacuerdos siempre puede haber algo en lo que nos podemos acercar si en verdad estamos buscando el bien, no un bien personal o particular, sino el bien común de nuestra sociedad.
Lo vemos en la vida social y lo vemos en la vida política y lo podemos ver en nuestros ámbitos comunitarios más cercanos incluso en la vida religiosa, o en nuestras comunidades cristianas. Y cuando creemos que tenemos la sartén por el mango vamos de avasalladores y destruimos todo lo bueno que otros hayan podido realizar, simplemente porque no fuimos nosotros los que tuvimos la iniciativa. Y esto es preocupante, porque no es ninguna forma de construir en positivo, sino solo lo hacemos desde un partidismo. Lástima es que no aprendamos de hechos pasados, de las lecciones de la historia, incluso de los fracasos que hayamos podido tener o que otros han tenido, siempre habría una lección que deducir, pero no lo hacemos. Es una tarea bien costosa pero que habría que intentarlo son sinceridad y por responsabilidad.
Cuando uno contempla la vida de cada día y queremos tener una visión nueva y distinta la Palabra de Dios que escuchamos nos abre a muchas reflexiones en todos los aspectos de la vida. Hoy hemos partido de aquellas suspicacias que tenían los dirigentes de Jerusalén ante la aparición de Juan junto al Jordán anunciando que los tiempos están ya cercanos y que hay que preparar la venida del Señor. Por eso viene a preguntarle por su autoridad y por su identidad. Y Juan les señala que ya en medio de ellos está al que no conocen pero que es la verdad el que viene a liberar a Israel.
Creo que esta misión profética de Juan tendríamos ver también cual es nuestra misión profética en medio del mundo. El venía a señalar al que había de venir y ya está en medio de ellos, y nosotros también tenemos esa misión. La misión del cristiano siempre es una misión profética de anuncio con la palabra y con el testimonio de nuestra vida. Nos cuesta entenderlo y asumirlo, porque en ocasiones nos llenamos quizá de miedos. Les cuesta al mundo que nos rodea aceptar nuestro testimonio y nuestra palabra y también nos preguntarán por nuestra autoridad; nuestras obras han de dar fe del testimonio que damos, y nuestra autoridad nos viene de nuestra unción bautismal que con Cristo nos hace sacerdotes, profetas y reyes. Gustará o no gustará, pero el testimonio de Jesús y del evangelio tenemos que darla frente al mundo.

miércoles, 1 de enero de 2020

Contemplamos hoy a Jesús y contemplamos a María, la madre de Dios, con el deseo de que Dios vuelva su rostro sobre nosotros y nos conceda su paz


Contemplamos hoy a Jesús y contemplamos a María, la madre de Dios, con el deseo de que Dios vuelva su rostro sobre nosotros y nos conceda su paz

Números 6, 22-27; Sal 66; Gálatas 4, 4-7; Lucas 2, 16-21
Seguimos en fiesta y aunque en el ambiente aun se reconocen muchos signos de la navidad sin embargo para una gran mayoría de personas las fiestas ya de estos días tienen otro significado que en cierto modo les aleja del aquel ambiente religioso de navidad que vivimos hace una semana. Aparte de quienes ya quieren hasta hacer desaparecer el nombre de la navidad dándole otros significados y categorías, lo que ahora ya estamos celebrando tiene mucha más relación con la despedida del año y la llegada y acogida del año nuevo.
Con todo lo hermoso que pueda ser la alegría y acogida de un nuevo año, que incluso la despedida del año viejo pueda tener connotaciones de cambio a una vida nueva, que manifestamos en tan rebuscados en ocasiones deseos, sin embargo para el creyente sigue siendo la navidad. Realmente es la octava de la Navidad y que en nuestra liturgia es como una prolongación de la fiesta de aquel día primero que seguimos queriendo vivirlo con toda solemnidad. Ni olvidamos ni dejamos a un lado lo que en el ámbito civil celebra y vive la sociedad, pero no podemos olvidar ni dejar a un lado de ninguna manera este espíritu de navidad que todavía tiene que seguirnos impregnando.
Cuando venimos celebrando como lo hacemos en la navidad el nacimiento de Jesús, que es el Hijo de Dios que ha encarnado en el seno de María para ser Dios con nosotros, verdadero hombre y verdadero de Dios – no podemos olvidar lo que son los pilares de nuestra fe cristiana  - hoy la liturgia nos invita a mirar de manera especial a María, la Madre de Jesús, la Madre de Dios. Es el carácter especial que le damos a la celebración de este día de la octava de la Navidad y que nos coincide con el primero del año.
Así contemplamos hoy a María. Como nos decía san Pablo ‘cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos la adopción filial’. Envió Dios a su hijo nacido de mujer, nacido de María. Hoy la contemplamos a ella de manera especial, es la madre de Jesús, es la Madre de Dios. 
Los pastores al anuncio del ángel acudieron a Belén y allí encontraron las señales que les había dado el ángel. El niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre. Pero allí estaba María, la madre, que lo contemplaba todo, que cantaba a Dios en su corazón porque ella sabía muy bien, como se lo había revelado el ángel, el misterio de de Dios que estaba viviendo. Y por eso como termina diciéndonos hoy el evangelio ‘María guardaba todas estas cosas en su corazón’.
Creo que no es necesario ponernos a hacer demasiadas consideraciones. Es momento de contemplación en silencio para si nosotros llenarnos también del misterio de Dios. Aun mantenemos en nuestras casas la costumbre de hacernos el Belén pero que no nos hemos de quedar como un adorno más que pongamos en nuestros hogares, sino que tendríamos que saber encontrar el momento para detenernos delante del Belén para contemplar el misterio de Dios que allí hemos representado.
Estos días los hemos vivido quizá demasiados ajetreados con tantas cosas, celebraciones, comidas, fiestas, regalos, visitas, familias, amigos, y no digamos nada ahora con las fiestas de fin de año y año nuevo, y pudiera ser que hayamos perdido lo principal, que es sentir a Dios en nuestra vida, en nuestro corazón. Démonos cuenta de esa tentación que sufrimos y cómo pronto cambiamos y dejamos a un lado lo referente a navidad para pasar a otra cosa, a otras fiestas como ya estos días celebramos.
Por eso es bueno detenernos y hacer silencio, que es una manera de ponernos en sintonía de Dios, de dejar que Dios nos vaya hablando a través de esas sencillas imágenes que tenemos ante los ojos en lo más hondo de nuestro corazón, detenernos y dejar que en la contemplación vaya fluyendo de nuestro corazón los mejores sentimientos, los mejores deseos, detenernos en silencio para dejar sentir en nosotros el gozo de Dios, para sentir en nosotros esa paz de Dios que se anunció en la noche de Belén.
Claro que vamos a tener en cuenta los momentos que en el año civil coinciden con estas fiestas, un año que termina y otro año nuevo que comienza, que por supuesto es mucho más que el cambio de fecha en el calendario. Es el ritmo de la vida con el paso de los días y con el paso de los años; es el ritmo de la vida que también tienen sus preocupaciones y en el que aparecen los buenos deseos, como todos estos días tenemos de felicidad los unos para los otros. Pero es desde un sentido creyente que Dios en verdad es el Señor de la historia y no es ajeno a los ritmos de nuestra vida. Pero eso en medio de la alegría de la fiesta no nos puede faltar nuestra oración, por una parte de acción de gracias por lo vivido, pero también de súplica de su gracia y de su presencia para los nuevos pasos que vamos a emprender.
Y esa súplica está nuestra oración por la paz. Pablo VI instituyó esta jornada de oración por la paz que para nosotros los creyentes no puede pasar desapercibida en este comienzo de año.  Que el Señor vuelva su rostro sobre nosotros y nos conceda su paz, como veíamos en la bendición que se nos ofrecía en la primera lectura. Que ese sea nuestro deseo, nuestra petición al Señor y la felicitación