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sábado, 26 de marzo de 2022

La humildad no nos exime de un camino de superación y de crecimiento, el hombre verdaderamente humilde busca crecer en el desarrollo de los valores que Dios le ha confiado


La humildad no nos exime de un camino de superación y de crecimiento, el hombre verdaderamente humilde busca crecer en el desarrollo de los valores que Dios le ha confiado

Oseas 6, 1-6; Sal 50; Lucas 18, 9-14

De entrada decimos que no es malo que valoremos aquello que vamos consiguiendo; siempre hemos de tener metas que nos ayuden a crecer, a mejorar, a lograr mejores cosas en la vida; y hay que reconocerlo, es bueno y hasta necesario reconocerlo; sicológicamente se nos habla de autoestima y de valoración de nosotros mismos; es el camino de la vida que ha de ser siempre en ascensión.

Pero que nos valoremos a nosotros mismos no significa que tengamos que minusvalorar a los demás, despreciar a los demás; tampoco es humano que nos sintamos superiores de los otros, porque cada uno tiene sus valores y hemos también de saber reconocer los valores de los demás, y tampoco nos podemos creer dioses que nos pongamos sobre pedestales para mirar por encima del  hombro a los otros.

Y en la postura y en el camino del creyente, junto al reconocimiento de lo que somos, de los talentos que Dios nos ha puesto en nuestras manos siguiendo la imagen de otra parábola del evangelio, hemos de reconocer por otra parte lo recibido de las manos de Dios. Como creyentes nos sentimos en las manos de Dios, como creyentes vemos el actuar de Dios en nuestra vida, como creyentes tenemos que saber dar gracias a Dios por los dones que nos ha concedido.

Y haciéndonos todas estas consideraciones previas donde nos ponemos ante la parábola que hoy Jesús nos ofrece en el evangelio. En ese necesario camino de humildad que como creyentes hemos visto que hemos de tomar. Ya el evangelista nos dice que dijo Jesús esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás’. Es importante que veamos la motivación de la parábola para que nos demos cuenta de la autentica actitud de aquellos dos hombres que subieron al templo a orar.

‘Considerarse justo y despreciar a los demás’. Es lo que nos reflejan la actitud, las palabras, las posturas de aquel fariseo. Actitud soberbia del que se queda de pie, que ni ante Dios sabe postrarse; orgullo y vanidad haciendo recuento de lo que hace como si todo fuese de su valor, claro que al tiempo tenemos que ver las intenciones torcidas con que hace las cosas que en si mismas pueden ser buenas; desprecio hacia el que está postrado allá en el ultimo rincón, porque el fariseo se considera mejor y no quiere ni mezclarse con aquel hombre, y humildad del publicano que se siente pecador y así se postra ante el Señor pidiendo perdón. ¿Todo es malo en aquel hombre pecador al que desprecia el fariseo? No tenemos por qué pensarlo, porque cosas buenas tienen que haber también en su vida, pero está la grandeza de la humildad que así se siente pecador delante del Señor.

Es la sentencia con la que Jesús concluye la parábola. ‘Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido’. El camino de la grandeza no es el camino de la soberbia. Aparentemente pueden aparecer grandes y poderosos, pero se queda todo en la fachada. Hay que buscar la verdadera grandeza del hombre, en el interior del hombre.

La humildad no nos exime de un camino de superación y de crecimiento. Es más, el hombre verdaderamente humilde busca crecer en el desarrollo de si mismo, con la fuerza del Señor, agradeciendo a Dios lo poco o lo mucho que tengamos, pero que son los talentos que tenemos en nuestras manos y hemos de desarrollar. Pero siempre buscando el bien, siempre derrochando bondad, siempre compartiendo con los demás, siempre buscando la riqueza y el bien de todos. 

sábado, 3 de octubre de 2020

Sepamos ver la mano del Señor y démosle gracias con humildad y con el corazón lleno de alegría que aunque seamos unos pobres siervos inútiles el Señor realiza maravillas

 


Sepamos ver la mano del Señor y démosle gracias con humildad y con el corazón lleno de alegría que aunque seamos unos pobres siervos inútiles el Señor realiza maravillas

Job 42,1-3.5-6.12-16; Sal 118; Lucas 10,17, 24

Fuimos capaces, nos decimos y se nos nota en el brillo de los ojos la satisfacción que llevamos por dentro; se nos había encargado algo que nos parecía quizá muy difícil, se nos había confiado una misión que conllevaba gran responsabilidad, nos vimos envueltos en unas situaciones que nos parecía que no podíamos superar pero fuimos capaces de desenredarnos y salir adelante. Y sale a flote nuestro orgullo personal por lo logrado, está aquello de la autoestima que nos habían dicho tanto para que fuéramos capaces de confiar en nosotros mismos que tenemos capacidades para salir adelante, nuestro amor propio quizás comienza a elevarnos y ya creemos poco menos que seres superiores. Pero, ¿dónde estaba la fuerza? ¿Dónde la encontramos? ¿De dónde nos vino?

¿Les estaría pasando algo así a los discípulos a la vuelta de su misión, como nos dice hoy el evangelio, y que venían contentos contándole a Jesús cuantas cosas maravillosas habían hecho? No podemos descartar esas satisfacciones y orgullos porque son muy humanos y muy humano es que nos sintamos contentos con lo que realizamos. Jesús corrobora también con sus palabras lo bien que lo habían hecho, pero al mismo tiempo Jesús quiere decirnos algo más. Es quizá responder a aquellas últimas preguntas que nos hacíamos en el párrafo anterior.

Y Jesús comienza por dar gracias al Padre, el Padre que se revela a los pequeños y a los sencillos, a los que son humildes de corazón pero que no se manifiesta a los engreídos de sí mismos y que se creen autosuficientes. Jesús quiere ayudarnos a comprender que es el Espíritu del Señor el que está actuando ahí. Y da gracias sí, porque aquellos humildes y sencillos enviados pudieron hacer muchas cosas porque se dejaron conducir por el Espíritu del Señor. El Espíritu del Señor había movido sus corazones y su vida, y era el Espíritu del Señor el que ponía palabras en sus labios para anunciar el Reino de Dios y si les acompañaban también aquellos signos que realizaban era el Espíritu del Señor quien estaba actuando en ellos.

De alguna manera Jesús les está previniendo contra los orgullos y las autocomplacencias, les está ayudando a que se bajen de aquellos pedestales a los que se sienten tentados a subir y su camino y su actuar vaya por otros caminos de humildad y de reconocimiento de la obra de Dios en ellos.

Creo que esta Palabra está abriendo ante nosotros un nuevo sentido, una nueva manera de actuar. Si cuando envió Jesús a los discípulos a anunciar el Reino dándole todos aquellos poderes para que pudieran realizar también signos, recordemos que Jesús les mandó primero que nada rezar, orar al dueño de la mies para aquella tarea que iban a comenzar a realizar. Ahora tenemos que recordarlo con humildad y cuando vemos las pequeñas semillitas que somos capaces de ir poniendo en el camino de nuestro mundo para sembrar el Reino de Dios, vayamos también con nuestra oración, una oración de acción de gracias al Señor que ha estado en nosotros, que a través de nosotros pobres siervos inútiles se ha podido realizar.

Gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque en nosotros y a través de nosotros has realizado obras grandes, has realizado maravillas. Bajémonos de los pedestales y desinflemos esas autocomplacencias con que muchas veces nos hinchamos, veamos la obra de Dios en nosotros que nos capacitó, nos dio posibilidades, nos hizo creer, sí, también en nosotros mismos despertando nuestra autoestima. Sepamos ver la mano del Señor en todo y démosle gracias con humildad y con el corazón lleno de alegría.

sábado, 11 de enero de 2020

Sentirnos levantados por una mano que nos llena de vida no solo para restablecer la salud del cuerpo roto por la enfermedad, sino el espíritu condenado a estar muerto en vida


Sentirnos levantados por una mano que nos llena de vida no solo para restablecer la salud del cuerpo roto por la enfermedad, sino el espíritu condenado a estar muerto en vida

1Juan 5, 5-13; Sal 147; Lucas 5, 12-16
¿Cómo te sentirías si acaso tu fueras una persona que no es tenida en cuenta en la vida, sino más bien algunas veces por circunstancias que te rodean de las que no puedes sentirse culpable más bien eres una persona despreciada, a la que nunca no solo no se le tiene en cuenta sino que más bien es excluida y casi no se le deja participar en los actos de la vida comunitaria? Te sentirías humillado en esos desprecios y en esa exclusión, pero si en un determinado momento te encuentras a alguien que públicamente te manifiesta tu aprecio, eso haría subir en muchos grados tu autoestima, y si además esa persona es de las que se consideran importantes y llega y te echa el brazo por encima como en un abrazo y te invita a que expreses tus opiniones y tengas incluso participación y responsabilidad en las actividades de la comunidad, no solo te sentirías halagado sino que en cierto modo lleno de orgullo y engrandecido al ver como cuentan contigo y serias capaz de dar lo mejor de ti mismo por lo que sea y por quien sea con tal de ser reconocido.
Hoy en el evangelio vemos que llega a la presencia de Jesús un hombre que es leproso. Por el mero hecho de tener esta enfermedad se le consideraba una persona impura y ya no podía participar en la vida ni familiar ni de la comunidad; condenado en vida había de vivir en lugares apartados, lejos de todo contacto humano con los que no estaban enfermos, viviendo una vida de pobreza y degradación sin parangón. Eran unos condenados en vida; ellos mismos habían de ir gritando que eran impuros para que nadie pudiera acercarse a ellos. Una vida dura y cruel a la que estaban condenados sin posibilidad de recuperación, como difícil podía ser el curarse entonces con los pobres medios de los que se poseía de tan terrible enfermedad.
Pero aquel hombre se abrió paso hasta Jesús sin encontrar resistencia, es más, Jesús tampoco lo rechaza, sino todo lo contrario hace lo que nadie seria capaz de hacer, poner su mano sobre él. El diálogo había sido breve. ‘Al ver a Jesús, cayendo sobre su rostro, le suplicó diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme. Y extendiendo la mano, lo tocó diciendo: Quiero, queda limpio. Y enseguida la lepra se le quitó’.
Tenía deseos como todo leproso de ser curado, pero está tan acostumbrado a los desprecios y al ninguneo que casi no se atreve a expresar lo que desea. Podrá o no podrá Jesús tener autoridad para curar de la enfermedad, pero está acostumbrado a que nadie le hace caso, por eso solamente se atreve a sugerir ‘Señor, si quieres puedes limpiarme’. Qué humildad y qué valor, qué grandeza de su espíritu. Solo dirá ‘si quieres…’
Pero ya estaba sintiendo cómo su alma se regeneraba, porque de entrada no había encontrado rechazo, la primera vez desde el comienzo de su enfermedad. Pero siente algo más que lo levanta a él que en su humildad está postrado en tierra como tantas veces se había visto tirado por tierra por quienes le rechazaban. Se siente levantado porque siente una mano sobre él, una mano que llena de vida no solo para restablecer la salud de aquel cuerpo roto por la enfermedad, sino para llenar de vida un espíritu que está muerto, que está condenado por todos a estar muerto en vida. Es algo más que la curación de unas llagas corporales lo que está sintiendo porque es su alma la que se siente sanada y salvada, llena de vida nueva.
No podrá ya dejar de gritar a todos los vientos lo que ha sucedido con él aunque le hayan prohibido hablar de ello. Tiene que hablarlo, tiene que gritarlo, tiene que hacer que todo el mundo lo sepa, porque para él ha comenzado una vida nueva.
¿Podremos nosotros hacer que alguien a nuestro lado se sienta así resucitado cuando estaba muerto en vida? Creo que es lo que Jesús nos está diciendo que comencemos a hacer, oportunidades muchas tenemos. Alguien está esperando que le restituyas la autoestima perdida.

lunes, 10 de diciembre de 2018

La presencia de Jesús y nuestro encuentro con El viene a restaurar con su salvación a todo el ser de la persona


La presencia de Jesús y nuestro encuentro con El viene a restaurar con su salvación a todo el ser de la persona

 Isaías 35,1-10; Sal 84; Lucas 5,17-26

Decimos que cuando hay voluntad todo lo conseguimos, porque ya seremos capaces de poner todos los medios que estén a nuestro alcance y si es necesario inventarnos otros para conseguir aquello que tenemos voluntad de obtenerlo. Es bueno, es cierto, que tengamos voluntad para obtener las cosas porque eso impedirá que nos rindamos fácilmente cuando puedan aparecer las dificultades y eso significa también una valoración de nosotros mismos, una autoestima como ahora tantas veces nos repiten para creer que podemos y somos capaces y mantener nuestras lucha y nuestros afanes por conseguirlo.
Todo esto está muy bien mientras no caigamos en autosuficiencias que nos hagan creer que todo lo podemos alcanzar por nosotros mismos – los orgullos nos impulsarán a intentar conseguir lo que otros consideran imposible – pero nunca esa autosuficiencia nos puede conducir a creernos en un estadio superior y poco menos que omnipotentes. Creo que hace falta algo mas para que no lo echemos a perder, algo que nos ayude a encontrar motivaciones porque fácilmente nos vienen los cansancios en nuestras luchas y bajamos la guardia y terminamos por rendirnos o nos obcecamos de tal manera que nos puede convertir en fieras que busquemos el obtener las cosas por la violencia, o la manipulación.
Nos hace falta humildad para saber hasta donde podemos llegar y nos ceguemos, pero necesitamos además una fuerza superior que solo desde la fe podemos encontrar. Será esa fe la que nos impulse, la que nos haga mover montañas, como ya no dirá Jesús en el evangelio, y nos hará mantenernos perseverantes hasta el final. Muchas consideraciones podríamos hacernos aquí en torno a nuestra fe.
Bástenos lo que hemos dicho hasta aquí como inicio y preparación a lo que el evangelio hoy viene a enseñarnos. Jesús estaba enseñando en una casa rodeado de gente. Era tal la cantidad que cuando vienen unos hombres con un paralítico para llevarlo a los pies de Jesús para que lo cure, es imposible entrar por la aglomeración de la gente en la puerta. Y es aquí donde aparece la voluntariedad de aquellos hombres que no se dejan vencer fácilmente. Pero será también la fe, como luego el mismo evangelista nos resalta que Jesús se fijó en la fe de aquellos hombres. En la dificultad se aguza el ingenio y quitando algunas lozas del tejado por aquel hueco descuelgan a aquel hombre enfermo hasta los pies de Jesús.
Vemos ya una parte del mensaje en la voluntad y en la fe de aquellos hombres. Pero aquí viene la sorpresa de Jesús. Cuando todos pensaban que iba a curarlo lo que Jesús le ofrece es la salvación con el perdón de sus pecados. Desconcierto quizás por aquellos que lo traían y el mismo enfermo porque en su fe sencilla lo que ellos pedían era la curación de la parálisis de aquel hombre. Pero el estupor se contagia entre los demás que están allí escuchando a Jesús y siendo testigos de sus obras, porque por allá aparecen aquellos que dicen que Jesús blasfema porque solo es Dios el que puede perdonar pecados. Los escribas y fariseos están siempre al acecho.
Pero Jesús se reafirma en lo que ha hecho y en lo que ha dicho. ¿Quién puede perdonar pecados? ¿Quién puede tener poder para sanar a aquel hombre? ¿Es cosa de poderes humanos? Si tiene poder para sanar a aquel hombre – es el poder y la gloria de Dios – también en consecuencia tiene poder para perdonar los pecados. ‘A ti te lo digo, le dice al que está postrado en su camilla, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa’.
Todos ahora se quedaron viendo visiones, como se diría en otro lugar; todos estaban ahora asombrados como Dios da el poder del perdón de los pecados a quien ellos pensaban que eran un hombre. Pero allí está Dios con su salvación. Todos darán gloria a Dios.
El encuentro con Jesús viene a restaurar la vida del hombre. Estamos viendo todo un proceso en lo que allí ha sucedido aquel día. La fe de aquellos hombres en Jesús les hace fuertes, les hace creer en las posibilidades de todo aquello que anhelan. Está fortaleciéndose la dignidad de aquellas personas, están creciendo humana y espiritualmente desde que creen en Jesús.
Es la vida de aquellos hombres, y no solo la del paralítico la que se está transformando. Aquella voluntariedad que antes decíamos lo está expresando, como al mismo tiempo se va haciendo fuerte su fe, van creciendo humana y espiritualmente; nada los detiene, aparecen las iniciativas para vencer las dificultades, podemos decir que han crecido como personas.
Lo que en la vida de los hombres es tanta veces cobardía o son sombras ahora les hace llenarse de valentía y va haciendo que su vida se ilumine de una forma nueva y sorprendente. Es la salvación que está llegando al paralítico y a aquellos hombres. Nos quedamos muchas veces solo en la curación y el perdón que ha obtenido el paralítico, pero tenemos que darnos cuenta que la gracia de Jesús, la salvación de Jesús está afectando a todos,  porque al final todos darán gloria a Dios.
¿Nos daremos cuenta de que esos han de ser los derroteros por donde ha de girar nuestra preparación en al Adviento para la celebración del nacimiento del Salvador?

miércoles, 22 de agosto de 2018

No andemos comparándonos los unos con los otros que no todos han tenido las mismas oportunidades, sino demos ocasión para desarrollar lo que cada uno vale



No andemos comparándonos los unos con los otros que no todos han tenido las mismas oportunidades, sino demos ocasión para desarrollar lo que cada uno vale

Ezequiel 34,1-11; Sal 22; Mateo 20,1-16

Siempre nos creemos merecedores de todo, nos creemos merecedores de algo mejor; no estamos contentos con lo que recibimos, no estamos contentos con la valoración que los demás hacen de nosotros; de alguna manera parece que nos sentimos injustamente tratados porque no nos tienen en cuenta como nosotros quisiéramos, no tienen en cuenta nuestras valores. Y aparece algo de vanidad, mucho también de orgullo, y vienen desavenencias y desconfianzas, surge la destructiva envidia.
Hoy se nos habla mucho de la autoestima, y está bien. Claro que tenemos que valorarnos, empezando por saber descubrir bien cuales son nuestros valores, nuestras cualidades, aquellas posibilidades que tenemos en la vida y desarrollarlo. Pero esa autoestima no está reñida con la sencillez y la humildad; esa autoestima no está en autocomplacencias y autosuficiencias que nos pudieran llevar a pedestales con los que queremos destronar a los demás. Nuestra autoestima no tiene por qué minusvalorar lo que son los otros, sino todo lo contrario tenerlos muy en cuenta, porque tendríamos que ser colaboradores los unos con los otros para hacer mejor las cosas, para hacer mejor nuestro mundo.
Pareciera que hay un conflicto de intereses entre la autoestima y la humildad, pero tendría que ser todo lo contrario. Humildad no es ponernos a menos, sino reconocer lo que en verdad somos, para valorar también lo que son los demás. La humildad no es autodestruirnos ni mucho menos, sino saber actuar calladamente sin aspavientos con aquello que somos, con lo que son nuestros valores y posibilidades. Autoestima no es darnos auto bombo, y en eso hay muchos que se confunden, porque lo que hacen es llenarse de vanidad y tratar de inflarse tanto que al final revientan en la realidad de lo que somos.
Me ha surgido toda esta reflexión sobre realidades de la vida, de lo que somos o de lo que algunas veces queremos aparentar, por abajo o por arriba, da igual, porque siempre puede ser vanidad, desde el pasaje del evangelio que hoy se nos propone. Pudiera parecernos que el evangelio quiere hablarnos de otras cosas, de que somos llamados a trabajar en la vida en cualquier momento o en cualquier circunstancia y hemos de estar siempre disponibles a escuchar esa llamada, pero me ha hecho pensar en todo esto lo que vemos al final de la parábola en la actitud exigente y displicente de los que protestan aunque le han dado justamente lo que habían acordado.
No pudieron resistirse aquellos obreros de la primera hora a compararse con los demás o con el trabajo que los otros habían hecho. Pero no eran capaces de apreciar la generosidad del dueño de la viña que en su corazón misericordioso quiso también valorar el trabajo de los que aparentemente habían hecho menos, habían hecho poco porque llegaron a última hora, pero con quienes quería ser generoso aquel buen hombre, quizá pensando en las necesidades que pudiera haber detrás y ocultas para la mayoría.
No podemos andar juzgando la generosidad del corazón de los otros; no podemos andar por la vida siempre haciéndonos comparaciones de los unos y los otros; no todos han tenido quizá las mismas oportunidades porque así es la realidad de la vida, pero con todos hemos de saber ser generosos no permitiendo que nos corroa por dentro la envidia o el amor propio herido. Cuidado con los pedestales a los que nos subamos.
Valorarnos, sí, tener nuestra propia autoestima, está bien, pero saber ir por la vida con sencillez y con humildad, poniendo siempre generosidad en nuestro corazón para saber valorar a los demás, ayudarlos a levantarse de momentos oscuros o de hundimiento por los que puedan estar pasando por la vida.

sábado, 29 de octubre de 2016

El camino de Jesús es un camino de sencillez y de humildad, del que han de estar alejados los orgullos, en el que no caben las envidias ni las zancadillas, donde florecerán los verdaderos valores

El camino de Jesús es un camino de sencillez y de humildad, del que han de estar alejados los orgullos, en el que no caben las envidias ni las zancadillas, donde florecerán los verdaderos valores

Filipenses 1,18b-26; Sal 41; Lucas 14,1.7-11

¿A quien le amarga un dulce? Suele decirse para expresar como nuestro ego se siente contento por dentro sacando a flote lo mejor de nuestros orgullos cuando alguien nos alaba algo que hayamos hecho, cuando nos tienen en cuenta o en buena consideración. Cuando nos queremos manifestar humildes y no dar importancia a lo que hacemos siempre nos aparecerá alguien que nos diga que tenemos que aprender a valorarnos más, hacer florecer nuestra autoestima y saber poner sobre la mesa lo que nosotros valemos y hasta lo importantes que podamos ser.
Un poco con una cosa y otra algunas veces se nos crean algunos conflictos interiores y no sabemos quizá por donde salir, por otra parte nos halaga que nos consideren y podemos sentir la tentación de buscar esos halagos, esos reconocimientos, y esas buenas consideraciones que los demás tengan de nosotros. ¿Qué hacer? ¿cómo actuar? ¿qué nos podría iluminar el evangelio de Jesús en estos aspectos?
A Jesús lo habían invitado a comer en casa de un hombre principal. Y ya el evangelista nos dice que estaban al acecho, incluso con lo que ayer nos decía el evangelio de que era sábado y por allí había un hombre enfermo de hidropesía. Pero ahora es Jesús el que se fija en la actitud de los comensales, porque comienzan poco menos que a darse codazos por ponerse en el lugar principal de la mesa. Es cuando surge la palabra de Jesús.
‘Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y vendrá el que os convidó a ti y al otro y te dirá: Cédele el puesto a éste. Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto…’  Y nos enseña Jesús que no temamos ocupar los últimos puestos. Y terminará diciéndonos: Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido’.
Ya sabemos que en esto de los banquetes y de las comidas tiene sus protocolos, y quien ha de ocupar uno u otro lugar. Jesús no va por el camino de los protocolos que al final son reglas encorsetadas que quizá pretendan no crear conflictos de orden, pero que en el fondo algunos recelos o envidias pueden provocar.
El camino de Jesús va por otros derroteros porque es un camino de sencillez y de humildad. Un camino del que han de estar alejados los orgullos, en el que no caben las envidias ni las zancadillas. Un camino ajeno a las vanidades de la vida y al vivir de las apariencias. Un camino de verdad en el que nos manifestamos como somos, pero en el que siempre hemos de saber ir con una actitud de servicio. Ese es el camino que nos hace verdaderamente grandes con la verdadera grandeza que ha de buscar toda persona; ese es el camino en el que van a resplandecer los verdaderos valores que llevemos en el corazón.


martes, 18 de noviembre de 2014

Una mirada de Jesús fue suficiente para que llegara la salvación a la casa y vida de Zaqueo

Una mirada de Jesús fue suficiente para que llegara la salvación a la casa y vida de Zaqueo

Apoc. 3, 1-6. 14-22; Sal. 14; Lc. 19,1-10
Un pequeño gesto o detalle, el prestar atención en un momento determinado a una persona, el interesarnos por alguien o simplemente el detenernos para dirigirle la palabra o escucharle, pueden ser gestos que a nosotros nos pueden parecer sin importancia pero que pueden tener una repercusión muy grande en la vida de las personas.
Y en este mundo de carreras en que vivimos en que andamos demasiado preocupados por nuestras cosas tendrían que ser cosas que aprendiéramos a hacer para aprender así también a valorar a las personas e incluso ayudarles en su autoestima. No siempre lo sabemos hacer o nos detenemos para ello, y no sabemos las cosas maravillosas que nos perdemos porque además a la larga nosotros saldremos enriquecidos de esos momentos.
Hoy vemos a Jesús con el detalle. Se detiene allí donde está Zaqueo y le manifiesta su deseo de hospedarse en su casa. Muchas cosas grandes sucedieron a partir de ese momento.
Es cierto que Zaqueo había sentido curiosidad por Jesús, quería verle pero todo eran dificultades para poder verle de cerca; dificultades que estaban en él mismo, aunque también su entorno no era nada favorable. Zaqueo era el jefe de los publicanos, de los recaudadores de impuestos y además era rico. Un hombre importante por el lugar que ocupa, aunque luego sea despreciado por la gente.
No puede ver a Jesús porque era bajo de estatura y la gente no le facilitaba el ponerse en el lugar apropiado. Aunque ese ser bajo de estatura puede significar muchas más cosas que la estatura física de su cuerpo. Ya nos indicaba el evangelista que era rico; cuando llenamos el corazón con esas riquezas aunque nos pudiera parecer que somos grandes e importantes, sin embargo nos achicamos como personas. Por eso quizá la gente le impedía el que pudiera ver a Jesús.
Le veremos realizar luego un gesto que nos pudiera ser sorprendente en un personaje de su categoría, subirse a lo alto de una higuera para ver pasar a Jesús desde allí sin que nadie le molestase o se lo impidiese. Pero ¿podría significar también en un ponerse en una posición de altura para ver las cosas desde arriba? Son tentaciones que a veces podemos tener, distanciarnos, ponernos a una mayor altura, no querer mezclarnos con la gente.  Nos puede sugerir muchas cosas para al tiempo que vamos comentando el hecho evangélico vayamos mirando también a nuestro corazón, nuestras posturas y nuestras actitudes.
Pero en medio de todo eso está el gesto y el detalle de Jesús. ‘Al llegar a aquel sitio Jesús levantó los ojos’ hacia donde estaba Zaqueo. ¿Se sentiría Zaqueo sorprendido porque lo habían descubierto? ¿en el fondo a pesar de todos los apegos que tenía en su corazón estaría deseando ese gesto de Jesús? ‘Zaqueo, baja enseguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa’. Y Zaqueo bajó enseguida con todo lo que puede significar ese bajar. ¡De cuántas higueras de soberbia y de orgullo tendríamos que abajarnos para escuchar a Jesús y alojarlo en nuestra casa!
Fue el detalle de Jesús. Como decíamos muchas cosas comenzaron a suceder. Ya contemplamos la prontitud de Zaqueo, pero también su alegría. ‘Lo recibió contento en su casa’, que dice el evangelista. Fue un vaciarse de sí mismo. Fue un darse cuenta de que para alguien era importante de verdad y no por temores ni por la influencia de sus riquezas. Y los hechos se van sucediendo, porque sentados a la mesa - pronto se preparó un banquete, una comida - es Zaqueo el que se levanta para descubrir cuanto ha sucedido en su corazón en aquellos breves momentos tras el gesto y la palabra de Jesús.
Ya conocemos, las hemos escuchado, las palabras que manifiestan la transformación que se realizó en Zaqueo con aquel encuentro con Jesús. Su vida será otra y llena de grandeza - creció ahora de verdad la estatura de Zaqueo - porque aprendió a desprenderse de todo para compartirlo todo con los demás. Como dirá Jesús: Es un día grande, ‘hoy la salvación ha llegado a esta casa’.
Dos conclusiones últimas entre muchas podríamos sacar. Estemos atentos a los detalles de Jesús y a sus llamadas a nuestro corazón. También nos está mirando a los ojos para decirnos que quiere hospedarse en nuestra casa. Y una segunda cosa es que aprendamos a tener detalles para con los demás. Podemos hacerles llegar la salvación; pueden a través de nuestros signos encontrarse con Dios.

miércoles, 15 de junio de 2011

Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres

2Cor. 9, 6-11;

Sal. 111;

Mt. 5, 43-48

La vanidad es una tentación que nos acecha fácilmente. Nos gusta ser considerados y valorados, que reconozcan lo que somos y valemos, y no nos echamos para detrás si nos dedican algunas alabanzas por lo que hacemos.

Hoy se nos habla mucho de la autoestima y de que nosotros hemos de saber valorar lo que somos. Algunas veces hay quien lo contrapone a la humildad como si esta virtud fuera algo que nos dañara nuestra propia dignidad y valor. Creo que pensar esto no es comprender debidamente lo que es la virtud de la humildad. Pues el que reconozcamos nuestros valores y nuestra propia dignidad no significa que hagamos las cosas simplemente buscando la complacencia y los halagos que los demás puedan hacernos, o queremos que nos hagan.

Cuando no hacemos las cosas por la autenticidad de lo que son, incluso como un desarrollo de nuestras cualidades y valores, sino buscando esos reconocimientos y alabanzas estamos entrando en ese camino de la vanidad. Necesitamos más autenticidad en nuestra vida y esa autenticidad e incluso el desarrollo de nuestros valores y talentos no está reñido con la humildad sino que son muy hermanas, podríamos decir. Porque además los talentos no los podemos enterrar porque los desvirtuaríamos.

Es de lo que quiere prevenirnos hoy Jesús con lo que nos dice en el evangelio. Ante Jesús están las posturas hipócritas de los fariseos y de tantos que hacen las cosas, incluso lo bueno, solamente buscando la alabanza y el reconocimiento. Y como nos dice Jesús, ya tienen su premio que será en consecuencia bien caduco.

‘Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial’. Y nos habla de las posturas concretas de los fariseos enseñándonos esa autenticidad con que hemos de vivir nuestra vida. ‘Que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha’, viene a decirles en referencia por ejemplo a la limosna o al bien que puedas hacer al otro. Y lo mismo de la oración y del ayuno.

No hay que buscar apariencias sino autenticidad. No es necesario que repitamos lo concreto que nos dice Jesús en referencia a todo eso. ‘Tu Padre que ve en lo secreto… que ve en lo escondido, te lo pagará’, terminará diciendo Jesús. Porque con nuestro ayuno pretendemos un sacrificio y la gloria del Señor, con nuestra oración vivir el encuentro con el Señor para gozarnos en El y llenarnos de su fuerza y de su gracia. No es nuestra gloria, sino la gloria del Señor, no es la alabanza de los hombres, sino la gracia del encuentro con el Señor.

Eso no quita para que desde nuestras buenas obras nosotros podamos ser motivo para que otros den gloria también al Señor. En este sentido podemos decir o recordar dos cosas. Hoy san Pablo en la carta a los Corintios que sigue motivándolos para que sean generosos en el compartir para la colecta que hace a favor de los pobres de la Iglesia de Jerusalén, termina diciendo: ‘Siempre seréis ricos para ser generosos y así, por medio vuestro, se dará gracias a Dios’. Por la generosidad del compartir de aquellos que colaboran en la colecta, los cristianos de Jerusalén darán gracias a Dios; eso motivará su oración de acción de gracias y de gloria al Señor.

Y en ese mismo sentido podemos recordar cuando Jesús nos dice que tenemos que ser luz para los demás con el testimonio de nuestra vida ‘para que viendo vuestras buenas obras, glorifiquen al Padre del cielo’. Damos testimonio de nuestra fe, de nuestro amor, con nuestra generosidad, con el compromiso de nuestra vida o con nuestras buenas obras, no buscando nuestra gloria, sino que todos puedan reconocer la acción de Dios y así den gloria también al Señor.

‘Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos…’ pero los que vean vuestras buenas obras den gloria al Padre del cielo.