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jueves, 11 de enero de 2018

Aprendamos a poner la mano sobre el hombro de quien pasa a nuestro lado y necesita un gesto y una palabra de aliento

Aprendamos a poner la mano sobre el hombro de quien pasa a nuestro lado y necesita un gesto y una palabra de aliento

1Samuel (4,1-11); Sal 43; Marcos 1,40-45

Creo que todos entendemos lo que significa que nos pongan una mano sobre el hombro. No solo es el toque de una llamada de atención. Es mucho más.
Estamos desanimados porque las cosas no nos salen como quisiéramos, nos sentimos tristes por algo que nos ha sucedido y nos hace sufrir, nos amargamos en nuestra soledad porque pensamos que nadie nos aprecia o nos tiene en cuenta, estamos inmersos en una lucha por algo que nos cuesta mucho y todo parece que se hace pendiente cuesta arriba, o estamos contentos y felices  por algo que nos ha sucedido quizá de improviso, esa mano en nuestro hombro despierta en nosotros muchas sensaciones, muchos sentimientos, mucho animo y mucha compañía, mucho alivio en nuestro sufrimiento aunque sigamos en el mismo dolor. Agradecemos de verdad que alguien se acerque así a nosotros y nos haga sentir así su presencia y su ánimo aunque no nos diga palabras. El gesto habla por si solo.
¿Cómo se sentiría aquel leproso que se había atrevido a mezclarse entre la gente para llegar hasta Jesús y pedirle con toda su fe y confianza que le curara, cuando Jesús alargó su mano y lo tocó? Nadie se atrevía a tocar a un leproso. No era solo el miedo del contagio sino que para sus sentimientos incluso religiosos aquello era causa de impureza; por eso los leprosos tenían que vivir apartados de todos, aislados, no podían acercarse a nadie sano e incluso si alguien se acercaba tenían la obligación de gritar que ellos eran unas personas impuras.
Pero Jesús alzó su mano y lo tocó. Aunque no hubiera logrado la curación que pedía en el gesto de Jesús se sentía curado de otros sentimientos negativos que podían abrumar su espíritu. Alguien le había tocado, no había tenido miedo, de alguna manera le estaba diciendo que quería contar con él. Era el mejor gesto que pudiera recibir. Pero además Jesús le había curado de su lepra y tras cumplir las prescripciones legales podía regresar a estar con los suyos en medio de la comunidad. Con razón se había puesto a dar saltos de alegría y aunque Jesús le recomendara que no lo dijera a nadie él no podía callar, tenia que contar a todos que Jesús le había curado.
Quiero detenerme aquí en mi reflexión, en el gesto de Jesús. Vamos demasiado por la vida sin mirar a los ojos de los demás. Damos los buenos días quizás a quien nos encontramos pero nuestra mirada va perdida. Ese buenos días no es sinceramente interesarnos por la persona para desearle lo mejor sino simplemente un formulismo de saludo. Pasamos al lado de alguien que se encuentra al borde del camino en la vida y como aquellos de la parábola damos un rodeo, porque no nos acercamos, no miramos, no tendemos la mano, no tenemos la palabra amable que se interesa por la persona. Preferimos poner la limosna que damos en la cesta que tiene a sus pies que tenderle la mano para dársela en su mano. Es bien significativo.
Nuestros gestos de amabilidad no pueden ser puros formulismos, sino que tenemos que poner corazón, cercanía y sintonía; tenemos que aprender a detenernos y abajarnos porque nunca tenemos que estar o sentirnos en mayor altura que los demás. Cuantas cosas se nos pueden sugerir en este aspecto. Cuanta ternura tenemos que poner en nuestro corazón pero expresarlo también con nuestra cercanía y con nuestros gestos humildes, pero muy llenos de amor. Cada uno tiene que sacar sus conclusiones y analizar como lo hace en su vida. Tenemos que aprender a poner la mano sobre el hombro de quien pasa a nuestro lado con sus sufrimientos o con sus soledades.

martes, 18 de noviembre de 2014

Una mirada de Jesús fue suficiente para que llegara la salvación a la casa y vida de Zaqueo

Una mirada de Jesús fue suficiente para que llegara la salvación a la casa y vida de Zaqueo

Apoc. 3, 1-6. 14-22; Sal. 14; Lc. 19,1-10
Un pequeño gesto o detalle, el prestar atención en un momento determinado a una persona, el interesarnos por alguien o simplemente el detenernos para dirigirle la palabra o escucharle, pueden ser gestos que a nosotros nos pueden parecer sin importancia pero que pueden tener una repercusión muy grande en la vida de las personas.
Y en este mundo de carreras en que vivimos en que andamos demasiado preocupados por nuestras cosas tendrían que ser cosas que aprendiéramos a hacer para aprender así también a valorar a las personas e incluso ayudarles en su autoestima. No siempre lo sabemos hacer o nos detenemos para ello, y no sabemos las cosas maravillosas que nos perdemos porque además a la larga nosotros saldremos enriquecidos de esos momentos.
Hoy vemos a Jesús con el detalle. Se detiene allí donde está Zaqueo y le manifiesta su deseo de hospedarse en su casa. Muchas cosas grandes sucedieron a partir de ese momento.
Es cierto que Zaqueo había sentido curiosidad por Jesús, quería verle pero todo eran dificultades para poder verle de cerca; dificultades que estaban en él mismo, aunque también su entorno no era nada favorable. Zaqueo era el jefe de los publicanos, de los recaudadores de impuestos y además era rico. Un hombre importante por el lugar que ocupa, aunque luego sea despreciado por la gente.
No puede ver a Jesús porque era bajo de estatura y la gente no le facilitaba el ponerse en el lugar apropiado. Aunque ese ser bajo de estatura puede significar muchas más cosas que la estatura física de su cuerpo. Ya nos indicaba el evangelista que era rico; cuando llenamos el corazón con esas riquezas aunque nos pudiera parecer que somos grandes e importantes, sin embargo nos achicamos como personas. Por eso quizá la gente le impedía el que pudiera ver a Jesús.
Le veremos realizar luego un gesto que nos pudiera ser sorprendente en un personaje de su categoría, subirse a lo alto de una higuera para ver pasar a Jesús desde allí sin que nadie le molestase o se lo impidiese. Pero ¿podría significar también en un ponerse en una posición de altura para ver las cosas desde arriba? Son tentaciones que a veces podemos tener, distanciarnos, ponernos a una mayor altura, no querer mezclarnos con la gente.  Nos puede sugerir muchas cosas para al tiempo que vamos comentando el hecho evangélico vayamos mirando también a nuestro corazón, nuestras posturas y nuestras actitudes.
Pero en medio de todo eso está el gesto y el detalle de Jesús. ‘Al llegar a aquel sitio Jesús levantó los ojos’ hacia donde estaba Zaqueo. ¿Se sentiría Zaqueo sorprendido porque lo habían descubierto? ¿en el fondo a pesar de todos los apegos que tenía en su corazón estaría deseando ese gesto de Jesús? ‘Zaqueo, baja enseguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa’. Y Zaqueo bajó enseguida con todo lo que puede significar ese bajar. ¡De cuántas higueras de soberbia y de orgullo tendríamos que abajarnos para escuchar a Jesús y alojarlo en nuestra casa!
Fue el detalle de Jesús. Como decíamos muchas cosas comenzaron a suceder. Ya contemplamos la prontitud de Zaqueo, pero también su alegría. ‘Lo recibió contento en su casa’, que dice el evangelista. Fue un vaciarse de sí mismo. Fue un darse cuenta de que para alguien era importante de verdad y no por temores ni por la influencia de sus riquezas. Y los hechos se van sucediendo, porque sentados a la mesa - pronto se preparó un banquete, una comida - es Zaqueo el que se levanta para descubrir cuanto ha sucedido en su corazón en aquellos breves momentos tras el gesto y la palabra de Jesús.
Ya conocemos, las hemos escuchado, las palabras que manifiestan la transformación que se realizó en Zaqueo con aquel encuentro con Jesús. Su vida será otra y llena de grandeza - creció ahora de verdad la estatura de Zaqueo - porque aprendió a desprenderse de todo para compartirlo todo con los demás. Como dirá Jesús: Es un día grande, ‘hoy la salvación ha llegado a esta casa’.
Dos conclusiones últimas entre muchas podríamos sacar. Estemos atentos a los detalles de Jesús y a sus llamadas a nuestro corazón. También nos está mirando a los ojos para decirnos que quiere hospedarse en nuestra casa. Y una segunda cosa es que aprendamos a tener detalles para con los demás. Podemos hacerles llegar la salvación; pueden a través de nuestros signos encontrarse con Dios.