Vistas de página en total

domingo, 26 de enero de 2020

Nuestra oscuridad quizás está en que nos creemos en la luz y con nuestro orgullo y autosuficiencia no nos damos cuenta del vacío y oscuridad que llevamos en el interior




Nuestra oscuridad quizás está en que nos creemos en la luz y con nuestro orgullo y autosuficiencia no nos damos cuenta del vacío y oscuridad que llevamos en el interior

Isaías 8, 23b-9, 3; Sal 26; 1Corintios 1, 10-13. 17; Mateo 4, 12-23
Si el evangelio de Lucas nos presenta a Jesús en la sinagoga de Nazaret con el texto del profeta Isaías que habla del que está lleno del Espíritu del Señor y ha sido enviado a hacer el anuncio de la buena nueva a los pobres para proclamar el año de gracia del Señor, el evangelio de Mateo, que corresponde al ciclo de este año, nos habla de la luz que brilla en las tinieblas porque el anuncio de la Buena Nueva del Reino de Dios vino a ser ese rayo de luz y de esperanza para aquellos que lo escuchaban, trayéndonos a colación también un texto de Isaías.
De una forma o de otra, en uno o en otro evangelista, se nos presente algo así como el programa del Evangelio que Jesús nos anuncia. Anunciar la llegada del Reinado de Dios, no solo con palabras sino acompañado de muchos signos y la invitación a la conversión. Algo nuevo se nos anunciaba pero creer en ese anuncio implica la conversión del corazón, el darle la vuelta a la vida porque algo nuevo comenzaba. Y cuando se despiertan las esperanzas en el corazón de los hombres es como si una luz nueva comenzara a brillar para sus vidas. Qué cosa más esperanzadora cuando vamos caminando por un lugar oscuro ver alguna ráfaga de luz que nos anuncia el final del camino de oscuridad y tener la certeza de que saldremos de esas tinieblas.
El texto de Isaías que nos trae a colación el evangelista Mateo hacia referencia en su hecho histórico concreto un momento difícil de la historia de Israel, en que se veían envueltos en guerras y acosos de los pueblos vecinos en que por la inoperancia e insensatez de sus dirigentes no veían una salida airosa de aquella situación. Aquello cambiará y es lo que anuncia el profeta, por eso el pueblo se llena de esperanza y de alegría, como los que vienen de la siega con cantos de victoria.
Cuando Mateo nos hace esa cita del profeta está haciendo una lectura de la historia en el momento concreto en que apareció Jesús, profeta de Nazaret por las tierras de Galilea. Tiempos de pobreza y de opresión bajo el poder de los romanos donde todo les parecía también oscuro y lleno de tinieblas. La palabra profética de Jesús anunciando el Reinado de Dios es como un despertar de esas esperanzas dormidas o perdidas y fue para ellos como comenzar a brillar una luz nueva para sus vidas.
Por eso escuchan a Jesús y le siguen, les traen los enfermos para que los cure que vienen a ser los signos de lo nuevo que comenzaba como una nueva vida para aquellas gentes y la gente busca por todas partes. Todos escucharán el mensaje de invitación a la conversión y a la confianza en su Palabra. Pronto serán invitados algunos a seguirle más de cerca porque en aquellos tiempos nuevos que se avecinan serán necesarios unos nuevos pescadores o unos nuevos sembradores para ese nuevo pueblo que se irá constituyendo y que serán capaces de dar las señales de lo nuevo que está comenzando cuando son capaces de dejarlo todo por seguir a Jesús.
Por eso al pasar Jesús por la orilla del lago ya comenzará a llamar de forma concreta a algunos porque los quiere trabajadores en su Reino. Señales de esa conversión, de ese cambio y transformación de sus vidas las darán cuando son capaces de dejarlo todo por seguirle, y muestras de esa fe que comienzan a tener en Jesús y en su Palabra es que sin más se confían de la Palabra de Jesús para seguirle y para estar con El.
Pero cuando hoy nosotros escuchamos esta Palabra del Señor no es para quedarnos en lo que entonces se dijo o sucedió. La Palabra que escuchamos es una Palabra viva, una Palabra que también quiere ser vida y luz para los hombres de hoy. También a los pobres de hoy se les ha de anunciar la Buena Noticia, también para los oprimidos de hoy es el anuncio de la amnistía, del año de gracia del Señor, también para los hombres y mujeres de hoy esa Palabra tiene que ser un rayo de luz que despierte la esperanza. Pero ¿llegará esta Palabra a los hombres y mujeres del siglo XXI como ese mismo rayo de esperanza?
Nuestra oscuridad quizás está en que nos creemos en la luz. Andamos confundidos. Confundidos porque no sabemos ya donde buscar la luz, o no sabemos cuál es la luz que tendríamos que buscar. Nos creemos llenos de luces con nuestros orgullos y autosuficiencias. Para todo queremos tener una explicación pero a nuestra manera y nos podemos quedar en superficialidades. Buscamos por fuera y queremos acallar la oscuridad que quizá llevamos dentro. Nos creemos saberlo todo pero quizá haya interrogantes profundos a los que no queremos enfrentarnos. Nos creemos en el camino bueno porque vamos encontrando satisfacciones fáciles y no nos damos cuenta que muchas de esas luces son efímeras y pronto dejarán de darnos luz permanente que dé sentido permanente a nuestra existencia.
¿Cómo despertar de esa inconciencia? Hemos de tener la valentía de ponernos a escuchar y hacerlo con sinceridad. Nos costará porque quizá ya no estamos acostumbrados sino a escucharnos a nosotros mismos, a nuestro ego, o dejar que nos satisfagan solo nuestras pasiones. Cuesta reconocer que hay un vacío dentro de nosotros mismos y cuesta abrirnos a la trascendencia, abrirnos a Dios para dejar que sea El quien llene nuestras vidas.
Por eso con sinceridad escuchemos esa voz, esa Palabra del Señor que nos invita a creer, a confiar, a ser capaces de darnos cuenta de que tenemos que darle la vuelta a nuestra vida. Es difícil porque alrededor de esa voz y como queriendo acallarla escucharemos muchas músicas que nos embelesan y nos distraen. Tratemos de acallar esas falsas sintonías para sintonizar de verdad la Palabra que nos salva, que nos hace encontrar la luz y salir de las tinieblas.

sábado, 25 de enero de 2020

Con un pequeño gesto de nuestra vida podemos convertirnos en signos e instrumentos de gracia para muchos que caminan a nuestro lado


Con un pequeño gesto de nuestra vida podemos convertirnos en signos e instrumentos de gracia para muchos que caminan a nuestro lado

Hechos de los apóstoles 22, 3-16; Sal 116; Marcos 16, 15-18
Alguna vez nos ha sucedido que realizamos algo de forma espontánea y casi sin darle importancia, tuvimos un gesto con alguien porque le tendimos la mano en el momento que aquella persona lo necesitaba pero que nosotros lo hicimos casi sin percatarnos del significado que pudiera alcanzar y aquel detalle esa persona nos lo agradecerá por vida porque si para nosotros fue casi sin trascendencia sin embargo fue muy importante para ella. Casi tendríamos que ponernos a pensar en el valor de esos pequeños detalles y como tendríamos que estar más atentos para esa huella positiva que quizá podemos dejar en una persona que puede ser todo un mundo de salvación y de vida para ella.
Los que acompañaban a Pablo realmente no eran conscientes de lo que a Pablo le había sucedido, porque ya el mismo Pablo nos dice que ellos no oyeron la voz, solo sintieron el resplandor. Pero aquella caída de Pablo por tierra lo había dejado mal porque había perdido incluso la visión. Había que continuar hasta Damasco porque era el destino, pero también porque podían hacer por Pablo allí en las afueras de la ciudad. Lo tomaron de la mano y lo condujeron hasta Damasco, aunque sin saberlo ellos, con aquel gesto y lo que había sucedido el camino ahora tenía otro sentido. Pero era importante aquella ayuda que le estaban prestando porque estaban contribuyendo sin saberlo a lo que eran los planes de Dios.
Había sido un momento importante, un momento de gracia para Pablo. Había sido su encuentro con la luz, aunque ahora sus ojos estaban cegados por aquel resplandor, pero era antes cuando realmente estaban cegados en su fanatismo para perseguir todo lo que le sonara al camino de Jesús. Por eso había marchado a Damasco con cartas de los sumos sacerdotes para llevarse presos a Jerusalén a todos los que confesasen su fe en Jesús. Era su ceguera y ahora había sido el encuentro con la luz. Necesitaba, es cierto de la ayuda de sus acompañantes, como necesitaba de Ananías que ya le estaba esperando dentro de la ciudad.
He estado resaltando la ayuda prestada por aquellos compañeros caminantes con Pablo pero también tendríamos que destacar la necesidad de bajarnos de nuestros caballos de orgullo para dejarnos conducir, para dejarnos ayudar a encontrar la luz. Muchas veces también caminamos cegados por la vida desde nuestros orgullos o autosuficiencias de creernos en posesión de la verdad, de mi verdad, y sin embargo estamos caminando por el camino del error. 
Habrá siempre alguien que nos tienda una mano, que nos eche un cabo, que intente poner la luz delante de nuestros ojos, pero hemos de dejarnos iluminar, dejarnos ayudar. Ayudas que pueden llegar a nosotros desde cosas muy simples y sencillas, pero que hemos de aprender a captar, a sintonizar con ellas para poder escuchar esa voz, para sentir esa luz, para ponernos a avanzar por esa camino nuevo que se abre ante nosotros, que aunque quizá nos parezca tan simple es el camino que nos está llevando a la verdad y a la luz. Dios nos tiene quizá reservadas grandes cosas para nosotros pero que podemos perder si no nos abajamos de nuestros orgullos y autosuficiencias.
Pensemos también como nosotros podemos convertirnos también en instrumentos elegidos cuando con nuestros pequeños gestos podemos ser signos de gracia para los que están a nuestro lado. Esa buena palabra, esa sencilla sonrisa mirando a los otros a nuestro interlocutor, esa mano tendida para levantarse alguien de una caída o para dar el paso adelante con mayor seguridad pueden convertirse en signos de gracia y Dios estar actuando también a través de nosotros. Dejémonos conducir por ese impulso que sentimos en momentos determinados dentro de nosotros o estemos siempre con ojos atentos para ver donde podemos poner nuestra mano servicial.

viernes, 24 de enero de 2020

El grupo de los doce apóstoles imagen y ejemplo de lo que Jesús quiere que sean sus discípulos, los que creemos en El


El grupo de los doce apóstoles imagen y ejemplo de lo que Jesús quiere que sean sus discípulos, los que creemos en El

1Samuel 24, 3-21; Sal 56; Marcos 3, 13-19
Es bueno en la vida saber caminar juntos; es algo además que va con nuestra propia naturaleza porque estamos llamados a la relacion, a estar en relación con los demás, aunque algunas veces sintamos tendencia o tentación a aislarnos. Pero ya sabemos que el camina solo, solo se cae y solo se queda, como se suele decir.
Son las relaciones que tenemos empezando por la propia familia, donde hemos nacido y hemos crecido como personas; pero en nuestro entorno siempre estamos en comunicación con alguien, porque son las personas que viven cercanas a nosotros o son los amigos que vamos haciendo entrando ya en una nueva y distinta relación. Con el amigo caminamos juntos y soñamos juntos, con el amigo siempre tenemos algo en común ya sea por nuestra forma de ser o ya sea en los ideales o metas que nos ponemos en la vida y entonces en el amigo encontramos ese apoyo y ese estímulo. Pero no se queda ahí la relación porque vivimos en sociedad y el trabajo que realizamos es de alguna manera una herramienta social que nos hace entrar en relación con esas personas que realizan algo semejante a lo que nosotros hacemos, pero porque también lo que hacemos repercute en esa sociedad en la que vivimos.
Estamos, pues, llamados a esa relación, a ese caminar juntos, pero también a ese trabajar juntos poniendo cada uno nuestra parte en la construcción de esa sociedad en la que vivimos. Cada uno tendremos nuestra función, pero cada uno aportamos desde lo que somos y desde lo que hacemos, y será en ese unión con lo que los demás realizan como vamos poniendo las bases de ese mundo que queremos que sea mejor. Nunca debe aislarnos nuestro trabajo o nuestra ocupación sino que tenemos que darnos cuenta de ese engranaje entre unos y otros para la riqueza de la vida. Esa unión, esa relación, esa colaboración es la gran riqueza de nuestra existencia. Y esto en todos los aspectos de lo que abarca nuestra existencia y de las tareas que realizamos en nuestro mundo.
Sin embargo hay quien puede pensar en un aspecto de la vida que es más individual y donde no necesitarían esa relación, me refiero a la vida de fe. Cierto que la fe es una respuesta personal que damos al misterio de Dios que se nos revela, pero nunca esa respuesta personal nos aísla de los que vivimos una misma fe; todo lo contrario, precisamente desde nuestra fe cristiana estamos llamados a vivir con intensidad esa vida de fe en comunión con los demás, necesariamente tenemos que sentirnos comunidad. Es lo que nos conduciría a una mayor plenitud y hondura en esa fe y es el deseo de Jesús.
Vemos en el evangelio multitudes que siguen a Jesús y cada uno se va acercando a Jesús desde sus inquietudes o los problemas concretos de su vida personal. Pero no quiere Jesús que los que le siguen vivan aislados cada uno por su parte sino que El va llamando para formar parte de ese grupo de los discípulos; hoy de manera concreta llamará a doce para formar ese grupo especial que vivan con El, vivan más cercanos a El porque a ellos les va a confiar la misión del anuncio del Evangelio acompañado de los signos de liberación que Jesús mismo hace. Ese grupo de los doce que va a ser imagen y ejemplo de lo que Jesús quiere que sean sus discípulos, los que creen en El.
Nos cuesta sentirnos comunidad, y comunidad cristiana, comunidad de seguidores de Jesús. Es algo en lo que tenemos que profundizar cada día más, haciendo crecer esa comunión, nacida en la fe y en el amor, que tendría que haber entre todos los que creemos en Jesús. Hablamos de Iglesia y algunas veces nos suena como a un ente abstracto, superior, ajeno quizás a lo que es nuestra propia vida cristiana. Tenemos que aprender a sentirnos Iglesia, ese pueblo de Dios que camina junto y que es la expresión más hermosa de lo que es el Reino de Dios que Jesús nos anuncia y que constituye en nosotros.

jueves, 23 de enero de 2020

La luz del evangelio va siempre delante de nosotros iluminando nuestra vida y las diversas situaciones para que no nos dejemos seducir por la tentación de la vanidad y del orgullo


La luz del evangelio va siempre delante de nosotros iluminando nuestra vida y las diversas situaciones para que no nos dejemos seducir por la tentación de la vanidad y del orgullo

1Samuel 18, 6-9; 19, 1-7; Sal 55;  Marcos 3, 7-12
¿A quién le amarga un dulce? Esto solemos decir porque el sentirse honrado y valorado por la gente, sentir que alrededor uno tiene muchos amigos que confían en ti, que la gente te tiene en cuenta y te escucha es algo agradable con lo que se siente un gozo interior y te hace crecer en tu autoestima.
Pero también tiene sus peligros; aquellos que buscan ser halagados por la gente, que la gente te reconozca y de alguna manera te suba a unos pedestales, el sentirte así fuerte porque incluso puedes arrastrar a la gente a que haga las cosas a tu gusto e incluso para halagarte son alguna tentaciones que podemos sufrir. Así surgen esos populismos en que queremos presentarnos como héroes y salvadores y al final ansiamos el poder que enriquece nuestro ego y de camino también nuestros bolsillos, y pueden comenzar a aparecer muchas cosas que ya no son tan positivas porque terminamos incluso manipulando a la gente con tal que nos mantengan en nuestro pedestal.
Cosas así vemos muchas veces en la vida social - ¿y por que no decirlo, también en la vida política? – donde se comienza quizá con buenos deseos de hacer que las cosas mejoren pero al final lo que queremos es imponer nuestras ideas o nuestra manera de ver las cosas y terminamos restando la libertad de los individuos y de la misma sociedad. De esas manipulaciones, de esos populismos, de ese endiosamiento de muchos que ya se creen indispensables en la sociedad podríamos poner muchos ejemplos y muchos nombres. Ese caramelo que endulzaba nuestro ego puede convertirse en algo amargo para muchos del entorno de esos nuevos ídolos de la vida que van apareciendo.
Si en verdad tenemos una palabra que decir que pueda mejorar nuestra sociedad y nuestro mundo, si tenemos ideas y energías para hacer que las cosas marchen mejor, si hay en nosotros unos valores o unas cualidades con los que podemos hacer bien, desarrollémoslo, pero cuidado con esas tentaciones que nos van a aparecer enseguida en nuestro entorno y que pueden echar a perder lo bueno que intentamos hacer.
Hoy estamos ante una página del evangelio donde vemos cómo Jesús es valorado y admirado por las gentes que vienen de todos lados a escucharle y a seguirle. Sus palabras, sus gestos, los signos que va realizando van despertando la esperanza de aquellas gentes sin esperanza y pronto están viendo como una luz nueva aparece sobre sus vidas. Quieren escuchar a Jesús, tantos se agolpan a su alrededor que por todos lados lo estrujan y tendrá que valerse incluso de las lanchas de aquellos pescadores pero desde allí poder hablar mejor a todos y todos puedan escucharle.
Pero Jesús no se deja seducir por ese dulce de la fama que le puede engolosinar. Ya recordamos que en el monte de la cuarentena – lo veremos en la próxima cuaresma el primer domingo – el diablo tentador le quiere seducir por esa pronta fama que pudiera obtener si tirándose del pináculo del templo no le pasara nada porque los Ángeles de Dios no le dejaran tropezar en las piedras. Jesús rechaza la tentación. Algo que estará presente en la vida de Jesús, porque como hoy mismo le escuchamos El no quiere que de divulguen las cosas y los signos que realiza, porque es algo más hondo lo que busca Jesús en el corazón de los hombres.
La luz del evangelio va siempre delante de nuestros ojos iluminando nuestra vida y las diversas situaciones en las que nos podamos encontrar, para que nosotros tampoco nos dejemos seducir por esa tentación de la vanidad y del orgullo, a lo que somos tan dados. Que lo bueno que realicemos, el bien que hagamos no sea nunca para endiosarnos y desde el orgullo subirnos a los pedestales de la fama y del populismo. Sepamos bien por qué tenemos que hacer las cosas y como hemos de hacerlas. Que no nos falte la humildad para siempre la gloria sea para el Señor.

miércoles, 22 de enero de 2020

Dejémonos conducir por la sinceridad del amor y arranquémonos de falsedades e hipocresías, de nuestros silencios culpables y de nuestra inhumanidad


Dejémonos conducir por la sinceridad del amor y arranquémonos de falsedades e hipocresías, de nuestros silencios culpables y de nuestra inhumanidad

1Samuel 17, 32-51; Sal 143; Marcos 3, 1-6
Hay silencios en los que no se escuchan palabras pero pueden decir mucho. Alguna vez quizás nos ha pasado, no sabíamos qué decir, qué respuesta dar. Y no solo en la ignorancia de no saber una cosa, como el alumno que a la hora del examen se queda callado no da respuestas, porque no lo había estudiado, porque lo había olvidado quizás. Es otra cosa, no decimos nada porque no queremos comprometernos; no decimos nada porque quizá tememos la reacción de quien nos interroga o nos escucha; no decimos nada porque nos sentimos acobardados ante quienes nos apabullan con su palabrería y no sabemos como hacerles frente; no decimos nada porque los planteamientos que se están haciendo no nos convencen, pero no somos valientes para hablar, para expresar nuestra opinión aunque sea contraria, o para plantear nuestras dudas.
No se trata de ese silencio que buscamos para la reflexión, para encontrarnos a nosotros mismos en la soledad; no es el silencio donde nos planteamos grandes interrogantes en nuestro interior en nuestra búsqueda de la verdad; no es el silencio del respeto ante el maestro, ante el que sabe más que nosotros y no queremos ir con insolencia queriendo llevar la contraria sin razones. Hay muchas formas de hacer silencio, de callar, de mantener la boca cerrada desde nuestros intereses o nuestras cobardías. ¿Dónde está nuestra sinceridad? ¿Dónde está la madurez para saber responder sin insolencias pero también sin miedos? ¿Dónde ponemos los principios y los valores de nuestra vida?
Son los planteamientos que Jesús nos hace para nuestra vida. No siempre somos sinceros de verdad porque quizá queremos acomodarnos a las circunstancias, a los que nos rodean, a lo que puedan pensar los demás, como se dice ahora, lo que es lo políticamente correcto. Pero tiene que haber sinceridad en nuestra vida,  no podemos andar ocultando lo que de verdad pensamos, lo que son nuestros valores y nuestros principios.
El evangelio nos habla hoy de que al llegar Jesús a la sinagoga por allá andaban los de siempre al acecho para ver lo que hacía Jesús. Era sábado y allí había un hombre con un brazo paralítico. ¿Qué hará Jesús? ¿Lo curará a pesar de ser sábado? ¿Infringiría el descanso sabático para curar a aquel hombre?
‘¿Qué es lo que está permitido en sábado?’ les plantea Jesús. ‘¿Hacer lo bueno o lo malo? ¿Salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?’. Ellos estaban entendiendo bien por qué Jesús hacía esas preguntas. Podían haber hablado y enfrentarse a Jesús diciéndole que lo que hacía no estaba bien, pero entonces se enfrentarían a la gente que estaba contenta con lo que Jesús hacía y cómo curaba a los enfermos y a todos los que sufrían. Por eso optaron por el silencio. Un silencio que hablaba mucho de sus posturas internas, de la falsedad con que vivían sus vidas siendo tan leguleyos que no les importaba ser inhumanos con los hermanos.
‘Ellos callaban… y Jesús estaba dolido por la dureza de su corazón’, dice el evangelista. ¿Será duro también nuestro corazón? ¿Nos volveremos también inhumanos? ¿Nos dejaremos alguna vez conducir por la sinceridad del amor en nuestro actuar? ¿O seguiremos con nuestras falsedades e hipocresías, con nuestros silencios culpables o con nuestro escurrir el bulto para no complicarnos?      

martes, 21 de enero de 2020

La humanidad que hemos de poner en nuestro corazón buscando siempre el bien de la persona es lo que en verdad nos hará agradables ante Dios


La humanidad que hemos de poner en nuestro corazón buscando siempre el bien de la persona es lo que en verdad nos hará agradables ante Dios

1Samuel 16, 1-13; Sal 88; Marcos 2, 23-28
Ahora los llaman protocolos; esas normas que nos detallan lo que tenemos que hacer en determinadas circunstancias y a los que tenemos que ceñirnos en la resolución de los problemas que se nos planteen en cualquier colectivo, para cualquier profesional en el desarrollo de su profesión,  para cualquier actuación en grupos, colectivos, etc.…; parece que todo está previsto, como previstas están las formas de actuar y de responder y conforme a ello tenemos que actuar.
De la misma manera todo está regulado en leyes, reglamentos o normativas y parece que la vida misma está encorsetada con todas esas prescripciones que algunas veces nos hacen reaccionar hasta con cierto rechazo porque nos sentimos agobiados y parece que nos falta aire, que nos falta autentica libertad. Es cierto que todas esas normas, preceptos, leyes, protocolos o como quiera que los queramos llamar tendrían siempre que buscar el bien de la persona y si se nos ofrecen esos cauces es para que no nos salgamos de ellos para no perjudicar, sino todo lo contrario ayudar de la mejor manera.
Claro que todas esas cosas tienen su interpretación a la hora de actuar y nos encontraremos aquellos que pareciera que son esclavos de la norma o del protocolo de manera que parece que se le acaban las iniciativas para buscar algo incluso mejor. Están por su parte los que se saltan toda norma o todo reglamente y anárquicamente quieren ir siempre a su aire, que hay el peligro de que muchas veces sea solo buscando su interés personal y nunca el bien común o el bien de los demás.
¿A qué atenernos en todo esto? Creo que si todo eso que está reglamentado busca en verdad el bien de la persona hemos de saberlo y tenerlo en cuenta y no nos lo podemos saltar así como así, pero también según la inquietud que haya en nuestro corazón creo que tenemos que desarrollar la iniciativa del amor, las iniciativas que surgen desde un corazón lleno de amor que siempre buscarán lo mejor, pero no para su propio interés sino siempre buscando el bien de los demás. Claro que por otra parte sabemos que podemos ser muy fieles a los protocolos pero no tengamos verdadera humanidad en el trato con esas personas a las que queremos atender y entonces ¿de qué nos sirven tantas reglamentaciones si no tenemos humanidad en el corazón?
Creo que todo esto tendría que hacernos reflexionar hondamente dentro de nosotros para descubrir todo lo bueno que tendríamos que ser capaces de hacer en beneficio siempre del otro, en especial, del que más sufre.
Me estoy haciendo toda esta reflexión queriendo llegar a cosas muy concretas de la vida desde lo que hoy vemos en el evangelio. Por allá andan los leguleyos, como sucede en todos los tiempos, esclavos de la ley o de la norma pero que no buscan el bien de la persona. Muy preocupados andaban si los discípulos de Jesús al pasar por el campo en un sábado estrujaban en sus manos unas espigas para llevarse unos granos a la boca que quizá calmase la fatiga de su caminar. Claro, el sábado estaba bien reglamentado en lo que se podía o no se podía hacer para guardar el descanso sabático y aquello acaso lo mirasen poco menos que el segar la cosecha del campo.
‘El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado; así que el Hijo del hombre es señor también del sábado’, les dice Jesús. Les costará aceptar aquella visión nueva que Jesús quiere ofrecerles sobre el sentido y el valor profundo que hemos de darle a lo que hacemos en la vida. Pero con Jesús llegan esos aires renovadores que buscan siempre el bien del hombre, el bien de la persona. Es la humanidad que hemos de poner en nuestro corazón lo que en verdad nos hará agradables ante Dios.


lunes, 20 de enero de 2020

Nada de remiendos sino nueva vestidura de paño nuevo para ese hombre nuevo que tiene que ser siempre quien ha puesto su fe en Jesús


Nada de remiendos sino nueva vestidura de paño nuevo para ese hombre nuevo que tiene que ser siempre quien ha puesto su fe en Jesús

1Samuel 15, 16-23; Salmo 49; Marcos 2, 18-22
Claro que uno no sabe lo que se esconde detrás de un semblante, porque como se suele decir la cara es el espejo del alma, y quizás detrás de ese semblante que contemplamos hoy muchos problemas y preocupaciones que pudieran quitarnos la paz y que se expresa y manifiesta a través de ese rostro serio y adusto.
Pero también podríamos decir que lo que expresamos con nuestro rostro es una manera de entender la vida, una filosofía de la vida y hay personas que pareciera que disfrutaran con sombras y amarguras porque por donde quiera que vayan eso es lo que anuncian y barruntan no teniendo una mirada positiva y de luz a ese mundo que contemplamos. También es verdad que lo que contemplamos muchas veces no nos agrada y todo son tonos grises o sombríos, pero desde nuestra manera de entender las cosas podemos llenarlos de luz y color para darle una variación más de vida.
Como decimos lo que expresamos muchas veces es esa manera de entender la vida, ese sentido que le hemos querido dar, y demasiadas veces encorsetamos la vida llenándola de tantas reglas o de tantas aristas que parece que no nos queda más remedio que ir con ese semblante sombrío porque lo único que vamos son sombras.
Jesús con su evangelio quiere darle otra tonalidad a la vida, quiere llenarla de luz y que la miremos con optimismo, aunque seamos realistas y veamos cuánto tenemos que transformar en nosotros o en la vida misma. Cargaban demasiado los judíos de su época, sobre todo ciertos sectores que se presentaban como más cumplidores o puritanos, de cargas a cumplir o a llevar y como no siempre somos perfectos para llevar al limite esas normas que nos imponemos, al final terminamos con culpas y con lutos, con lagrimas porque nos sentimos incapaces de hacerlo todo perfecto y se llenaba la vida de cierta tristeza y desesperanza.
Habla Jesús de un sentido de fiesta y de boda que tendría que acompañar nuestra existencia, sobre todo en el gozo de sentir que Jesús está con nosotros en nuestro caminar y que El es nuestro sentido y nuestra fuerza. Habla del novio que está con los amigos y mientras el novio esté en medio de ellos no puede faltar ese sentido de alegría, de fiesta y de esperanza. ¿Cómo si estamos en la fiesta de una boda van a caber aires sombríos en nuestra vida y en nuestro actuar?
Es el rostro animoso y lleno de esperanza que hemos de llevar siempre en nosotros, porque aunque tengamos problemas o nos cueste muchas cosas en la vida tenemos con nosotros quien es nuestro sentido y nuestra esperanza, quien es nuestra fuerza y nuestra vida, y sabemos que con Cristo a nuestro lado nada nos faltará. Siento lástima cuando contemplo en personas además que se tienen por muy religiosas y muy piadosas esos rostros compungidos que parece que son más madres de angustias que madres de vida y esperanza.
Odres nuevos para vino nuevo, nos dice hoy Jesús en el evangelio. Nada de remiendos sino nueva vestidura de paño nuevo para ese hombre nuevo que tiene que ser siempre quien ha puesto su fe en Jesús. Es el sentido nuevo del evangelio, es el sentido nuevo de quien tiene al novio a su lado, de quien tiene a Jesús con él.

domingo, 19 de enero de 2020

Como Juan Bautista hagamos oír valientemente nuestra voz en el anuncio de Jesús como Cordero de Dios que transforma nuestro mundo en el Reino de Dios


Como Juan Bautista hagamos oír valientemente nuestra voz en el anuncio de Jesús como Cordero de Dios que transforma nuestro mundo en el Reino de Dios

Isaías 49, 3. 5-6; Sal 39; 1Corintios 1, 1-3; Juan 1, 29-34
Hasta ahora a Juan el Bautista lo habíamos visto como la voz que gritaba en el desierto preparando los caminos del Señor. De si mismo decía que no era un profeta sino solo una voz; no era la luz pero venía a dar testimonio de la luz; no era el Mesías pero era quien como precursor preparaba la llegada del Mesías; invitaba a la conversión porque había que tener un corazón bien dispuesto; con el espíritu de Elías clamaba porque llegaba la hora y el hacha estaba dispuesta para cortar el tronco; solo era el profeta del Altísimo porque iría delante del Señor para preparar sus caminos; bautizaba con agua pero anunciaba que ya cercano en medio de ellos estaba y bautizaría con Espíritu Santo y fuego.
Pero ahora ya su testimonio podía ser total. El que lo había enviado a bautizar con agua le había dicho que a quien viese que venia el Espíritu Santo sobre El, ese sería el bautizaría en el Espíritu. El lo vio y da testimonio. Por eso cuando Jesús se acerca hasta él lo señala. ‘Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’. Por eso terminaba afirmando ‘yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios’.
Este domingo en el que ya estamos en el tiempo Ordinario de alguna manera casi se hace una prolongación de lo que celebrábamos el pasado domingo, el Bautismo de Jesús. Aquello de lo que Juan fue testigo en aquel momento en que se abrió el cielo sobre Jesús para bajar el Espíritu sobre El en forma de paloma y escucharse la voz del Padre, de eso ahora Juan da testimonio y comenzarán, como continúa el relato del evangelio, a irse tras Jesús algunos de los discípulos que Juan tenía allá junto al Jordán.
Nosotros escuchamos también el testimonio de Juan y queremos emprender también el camino del seguimiento de Jesús. Algunos de aquellos discípulos de Juan entendieron que era un camino nuevo el que habían de emprender y se pusieron en camino. Ha de ser lo que nosotros también hemos de emprender con osadía y con confianza, con la valentía de quien se sabe conducido por el Espíritu y con la apertura del corazón del que se abre a esa buena nueva que se nos comunica, esa buena nueva del evangelio que sembrará en nosotros nuevas inquietudes, nos hará ir arrancándonos de las rutinas de lo viejo y de lo de siempre para descubrir toda esa novedad que es el anuncio del Reino de Dios que vamos a ir escuchando.
Aquellos discípulos de Juan que emprendieron el camino de búsqueda de Jesús, de querer conocer a Jesús – ‘¿Dónde vives?’ preguntaban – no se quedaron allá al resguardo de Juan en la vera del Jordán, ni aquellos a quienes iba sorprendiendo la buena nueva del Reino se quedaban en las rutinas de los sacrificios del templo o de las reuniones sabáticas en las sinagogas. Se pusieron en camino tras Jesús. Y ponerse en camino es dejar atrás cosas para abrirnos a otras novedades, no quedarnos en lo que ya sabíamos o hacíamos de siempre sino abrirnos a esa verdad nueva que se nos revela y a ese nuevo sentido del amor que nos hará ver a los otros de manera distinta.
Alguno podrá pensar, bueno, ya se acabó el tiempo de navidad, ahora volvemos a coger el ritmo de los tiempos ordinarios y simplemente hemos de irnos dejando llevar sin mayores complicaciones y sin tener que implicarnos demasiado en cosas nuevas. Grave error del cristiano que piense así, porque se está dejando arrastrar por una monotonía que le da poco color y poco calor a su vida cristiana.
El evangelio siempre es una buena noticia que revuelve nuestros corazones, una buena noticia que implica totalmente nuestra vida y nos hace estar despiertos de modorras y rutinas que nos llevan solamente a una repetición de cosas. Ese no es el espíritu del Evangelio. Y al emprender este nuevo tiempo que llamamos Ordinario, no por ser ordinario nos adormilamos, sino que con mayor ardor hemos de estar atentos a eso nuevo que ahora y para el aquí de nuestro tiempo nos ofrece el evangelio.
Porque como creyentes en Jesús tenemos que responder a los retos que en cada momento se nos presentan. Y si abrimos bien los ojos para contemplar ese mundo en el que vivimos nos daremos cuenta que como testigos de Jesús mucho tenemos que decir y en mucho tenemos que implicarnos y comprometernos para que se mantenga vivo el anuncio del Evangelio, y cosa que no es nada fácil en las circunstancias en que vivimos.
A muchas cosas tenemos que responder desde nuestra fe; en muchos y continuados momentos tenemos que ser dando ese testimonio del evangelio, porque desde nuestra fe nosotros también tenemos una palabra que decir en la construcción de ese mundo y esa sociedad en la que vivimos. No podemos dejar cobardemente que sean otros los que hagan de nuestra sociedad lo que les parezca. Valiente tiene que ser nuestro testimonio cristiano. Ya está bien de cobardías y de encerronas. Hagamos oír valientemente nuestra voz y para ello necesitamos empaparnos más y más del evangelio. Es un reto grande el que se nos presenta.


sábado, 18 de enero de 2020

Necesitamos el colirio de Jesús para tener ojos nuevos para ver al que camina a nuestro lado siempre como un hermano en quien hemos de confiar



Necesitamos el colirio de Jesús para tener ojos nuevos para ver al que camina a nuestro lado siempre como un hermano en quien hemos de confiar

1Samuel 9, 1-4. 17-19; 10, 1ª; Sal 20; Marcos 2, 13-17
Nosotros nos lo pensaríamos bien antes de hacer una elección así, lo habremos pensado muchas veces cuando escuchamos este texto del evangelio. No es cuestión de pasar por la calle y al primero que encontremos invitarlo a estar con nosotros sabiendo lo trascendental que pudiera ser esa elección. Somos precavidos, decimos, y nos pensamos las cosas. No tenemos en el grupo de nuestros amigos a cualquiera. Ya me diréis que la gente joven de hoy no tiene esas precauciones y todos les pueden parecer buenos colegas, pero con los golpes de la vida también van aprendiendo y llega un momento en que se toman también sus precauciones.
Y todo esto ¿a qué viene? ¿La gente que nos rodea es así de precavida? ¿O acaso serán cosas que tenemos metidas en la cabeza los que ya somos mayores, quizá por los golpes que hayamos recibido en la vida? Pero a todos los niveles de la sociedad, en las empresas o en el ámbito de la administración pública, en el momento de repartir responsabilidades tenemos unos perfiles, nos gustaría que la gente tuviera un determinado talante, manera de pensar y de actuar, un prestigio – aunque qué fácilmente se enturbian esos prestigios y cómo habrá alguien que esté dispuesto a sacar trapos sucios -, una serie de condiciones según la responsabilidad que se vaya a desempeñar.
Parece que según el criterio de algunos la elección que Jesús hizo aquella mañana cuando venía del lago y atravesaba la ciudad no era muy acertada. ¿Cómo se le ocurría escoger a un publicano para formar parte de su grupo? Por allá andarían los puritanos de siempre haciendo sus juicios y sus condenas, ya que miraban con lupa todo lo que hacía aquel nuevo profeta que había aparecido en medio de ellos. Pero los criterios de Jesús eran bien distintos.
Al paso por la garita del recaudador de impuestos Jesús se había detenido y le había dicho a Leví que se viniera con El. Y Leví, el jefe de publicanos del lug, no se lo pensó dos veces sino que inmediatamente se levantó y lo siguió. Es más, quiso hacer una comida para celebrar ese paso que había dado y en consecuencia en aquella comida estaban también sus antiguos amigos, sus compañeros de profesión.
Mala fama tenían los publicanos, algunos se la habrían ganado con sus trapiches, pero el solo hecho de ser un colaboracionista con el poder imperante en aquellos momentos cobrando los impuestos, ya lo hacía odioso para los judíos, los despreciaban y los consideraban unos pecadores, por eso los llamaban publicanos. Pero Jesús quiso contar con Leví, hacer que formara parte del grupo de los discípulos cercanos y estaría en la lista de los Doce cuando Jesús escogió a los apóstoles.
Y es que Jesús no mira por las apariencias, sino que mira el corazón del hombre. Y es que Jesús cree en el hombre, cree en la persona y es posible que la persona cambie, se pueda comenzar a ser un hombre nuevo. Y es que Jesús no viene a buscar solo a los que ya se consideran justos, sino que Jesús es el médico que viene a sanar a los enfermos, El viene a curar el corazón del hombre, El confía siempre en nosotros a pesar de que tantas veces repitamos nuestro fallo.
¿Serán otros los criterios con que nosotros miremos a los demás? ¿Será desde perfiles interesados desde donde haremos el baremo de los demás, o nos fiaremos de esos nuevos perfiles de Jesús? ¿Cuál será la mirada con que miremos al que está a nuestro lado? Pongámonos el colirio de Jesús en nosotros para tener ojos nuevos con los que mirar al que está a nuestro lado y veámoslo siempre como un hermano al que tenemos que amar y en quien tenemos que confiar.


viernes, 17 de enero de 2020

Hay limitaciones que nos encierran el alma, nos restan libertad interior, nos hacen sentirnos esclavizados de nuestro yo orgulloso de las que tenemos que dejarnos liberar por Jesús


Hay limitaciones que nos encierran el alma, nos restan libertad interior, nos hacen sentirnos esclavizados de nuestro yo orgulloso de las que tenemos que dejarnos liberar por Jesús

1Samuel 8, 4-7. 10-22ª; Sal 88; Marcos 2, 1-12
Hay tanta gente, pensamos cuando aun de lejos vamos a mucha gente aglomerada en aquel lugar que nos gustaría ir, o que necesitamos ir. Pero no nos gustan las aglomeraciones y nos quedamos a la distancia. Es imposible nos decimos, aunque sea algo que necesitamos, pero no nos vamos a meter en aquel follón, no nos vamos a poner en aquella cola. Ya tendremos oportunidades, y lo dejamos para otro momento.
Nuestra timidez, nuestras pocas ganas de vernos envueltos en medio de tanta gente, la indecisión de si en verdad sería lo que nos conviene en ese momento, el orgullo de que no vean que nosotros también lo necesitábamos, el no querer complicarnos nos hizo perder una oportunidad que no sabemos si se volverá a repetir. Quizá no nos hemos convencido a nosotros mismos y con mil disculpas lo dejamos pasar para otra ocasión.
Momentos de gracia que quizá perdimos. Nos sucede en muchas oportunidades que en la vida se nos ofrecen y no solo es buscar una ganga o unas rebajas, pero también en llamadas que Dios hace a nuestro corazón a la que no respondemos con la prontitud necesaria. Un camino nuevo que se abre delante de nosotros en la vida, una oportunidad que se nos ofrece y que tanto bien nos haría por la riqueza humana y espiritual que recibiríamos, un compromiso al que se nos invita pero que con nuestros miedos no terminamos de responder. Una cosa buena que pudimos hacer a favor de alguien pero que con nuestra timidez o indecisión se quedó a medias y aquel que se pudo beneficiar al final nada recibió sintiéndonos quizá nosotros mismos mal y frustrados por lo que dejamos de hacer.
Aquellos hombres que llevaban el paralítico para que Jesús lo curara se encontraron también con el paso cortado porque era mucha la gente que se aglomeraba a la puerta de Jesús. Quizás les hubiera gustado pasar más desapercibidos, pero tenían el empeño de llevar al amigo o al familiar hasta los pies de Jesús. Pero en su decisión nada los podía detener. No importaba que tuvieran que levantar las tejas del terrado para abrir un hueco y por allí descolgar a Jesús. Aquel hombre tenía que llegar hasta Jesús. Y lo lograron. Grande era su fe.
Lo que sucedió entonces fue algo maravilloso que ni ellos mismos se esperaban. Todos quedarían asombrados, aunque como siempre habría quien pondría sus pegas. Llevaron aquel paralítico hasta Jesús para que Jesús lo curara. Pero Jesús ofrece algo más. ‘Tus pecados quedan perdonados’. No todos lo entienden, porque lo único que esperaban quizás era la curación física de su invalidez. Pero Jesús quiere sanar al hombre desde lo más hondo. Y Jesús puede hacerlo. Ante quienes dicen que aquello es una blasfemia porque solo Dios puede perdonar pecados, Jesús se reafirma en su autoridad y levanta también a aquel hombre de su camilla. ‘Anda, toma tu camilla, y vuelve a tu casa’.
De alguna manera con el comentario que nos hacíamos para introducir esta reflexión creo que nos podemos dar cuenta de cuánta invalidez hay en nuestra vida, cuantas cosas nos paralizan, cuantos egoísmos y orgullos nos encierran. Peor que las limitaciones físicas, porque esas otras limitaciones nos encierran el alma, nos resta verdadera libertad interior, nos sentimos esclavizados de nuestro yo orgulloso, la negrura del pecado llena de oscuridad nuestras vidas.
Es lo que necesitamos que Jesús nos cure. El, que es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, dejemos que tienda su mano para sanarnos, para curarnos desde lo más hondo, para perdonarnos todo ese pecado que hemos dejado meter en nuestra vida. En muchas cosas tendríamos que pensar. Mucha decisión también hemos de tener para ir sin miedo ni cobardía hasta Jesús, para no dejarnos vencer por esos obstáculos que nosotros mismos nos ponemos y no nos dejan avanzar en la vida. No podemos perder esos momentos de gracia que llegan a nosotros.


jueves, 16 de enero de 2020

Nuestros miedos y desconfianzas algunas veces van acompañados un poquito de nuestra soberbia, pero también de no creer en la bondad de las personas


Nuestros miedos y desconfianzas algunas veces van acompañados un poquito de nuestra soberbia, pero también de no creer en la bondad de las personas

1Samuel 4, 1-11; Sal 43; Marcos 1, 40-45
¿Pedir ayuda cuando estamos en necesidad? No es una cosa que sea fácil hacerlo. A una primera impresión no nos parece que esa sea la respuesta. Vemos a la gente pidiendo por nuestras calles o a las puertas de nuestras Iglesias o lugares públicos, quizá alguien nos toque a la puerta queriendo mover nuestro corazón a la compasión presentándonos sus necesidades, pero ¿acaso hemos pensado cómo se siente una persona en su interior cuando se ve en esa extrema necesidad de tener que acudir a alguien para que le preste ayuda? Aunque nos encontremos cosas de frescos o caraduras que tienen cara para todo y se valen de mil recursos para movernos a compasión, lo normal es que una persona se sienta muy mal en su interior, humillada interiormente cuando llega a tenernos que presentar su necesidad. Cuidado no juzguemos por la misma raya cuando veamos a alguien que nos pide ayuda.
Pensemos en nosotros mismos, cómo nos cuesta reconocer un problema que tengamos y cuanto nos cuesta dar el paso para pedir un consejo o una ayuda para tratar de resolver ese problema. Nos puede parecer que nos sentimos inferiores o que ese problema que tengamos marca de una manera especial nuestra vida y no queremos contar con nadie, que nadie sepa lo que nos pasa por dentro. Buscamos a alguien de gran confianza y a quien consideramos de mucha discreción para ir a contarle lo que nos pasa y aun así parece que hay aspectos que nos cuesta desvelar con mayor claridad. Nos lo comemos por dentro, lo sufrimos en nuestro interior pero nos cuesta reconocerlo y pedir una ayuda. Cuántas amarguras de este tipo se guardan en el corazón que al final hasta nos van agriando el carácter o la manera de relacionarnos con los demás. Claro que todos somos lo mismo y los hay que son mucho más reservados y otros que se sienten con la suficiente libertad y valentía para reconocer y para compartir.
Tener la lepra en Israel, y en general en todos los pueblos antiguos, era algo muy humillante. En Israel los leprosos eran considerados como unos malditos y unos impuros de manera que no les permitían convivir con los que estaban sanos, desgarrándolos de sus familias y de sus comunidades humanas para condenarlos a vivir en solitario o en lugares apartados a donde no les estaba permitido llegar los sanos, como ellos mismos no podían salir de aquellos lugares. La ley incluso les obligaba a ir gritando cuando se encontraran con alguien que eran impuros para prevenir cualquier tipo de contacto que les llevara al contagio.
Hoy el evangelio nos habla de un leproso que se presentó delante de Jesús. Se atrevió. Saltándose todas las normas y reglas llegó hasta los pies de Jesús, lo que no le estaba permitido. Pero dio el paso. Y su súplica es sencilla. Es humilde. ‘Si quieres, puedes limpiarme’. Reconoce su enfermedad, no lo oculta ni lo niega; reconoce que está yendo mucho más allá de lo que le permite la ley, pero siente la necesidad de la vida y de la curación; confía en Jesús; sabe que Jesús puede curarlo. Solo suplica con humildad dejándolo todo en las manos de Jesús. ‘Si quieres…’
¿Será también nuestro camino? ¿Será la forma de salir de nuestra cobardía cuando no queremos reconocer nuestra limitación, nuestro problema, nuestras carencias y nuestra necesidad? ¿Por qué no confiar en que alguien nos escuchará? ¿Por qué no dar por sentado también la bondad del corazón de los demás que algo harán, que alguna respuesta nos darán? Nuestros miedos y desconfianzas, algunas veces van acompañados un poquito de nuestra soberbia, pero también de no creer en la bondad de las personas. Ataduras que tenemos que romper, lepras del alma que tenemos que curar.

miércoles, 15 de enero de 2020

Aprovechemos cualquier momento, allí donde estemos, para saber interiorizar, cerremos todas nuestras ventanas para ir a encontrarnos con el Señor

Aprovechemos cualquier momento, allí donde estemos, para saber interiorizar, cerremos todas nuestras ventanas para ir a encontrarnos con el Señor

1Samuel 3, 1-10. 19-20; Sal 39; Marcos 1, 29-39
Qué insufrible se hace el silencio de la soledad cuando no le hemos sabido encontrar un sentido. El silencio de la soledad del enfermo postrado en cama que muchas veces es más duro que la enfermedad misma; es la soledad que se hace silencio insoportable cuando por alguna razón, queriéndolo o no, nos vemos recluidos en un lugar apartado donde se nos hace dificultoso el podernos comunicar con alguien. Una noche más en el hospital se dice el enfermo y se siente solo, y se le hacen largas las horas de la noche cuando no puede conciliar el sueño.
Son soledades impuestas por un motivo o por otro y nos cuesta aceptarlo, parece que tenemos como más deseos de comunicación cuando no podemos hacerlo; y se convierte poco menos que en un martirio del que querríamos vernos liberados. En estos días he escuchado a dos personas distintas por una parte uno que decía ‘otro día más en el hospital, me siento encerrado sin poder salir’, mientras al otro le escuchaba un deseo profundo que tenia dentro de sí ‘qué ganas de hacer un retiro’. Dos formas de enfrentarse al silencio y a la soledad.
Pero hay ocasiones en que buscamos el silencio, la soledad, el aislarnos de lo que nos rodea porque quizás queremos centrarnos en algo más importante. Necesitamos en muchos momentos hacer ese silencio dentro de nosotros mismos, dejar a un lado tantos ruidos que nos aturden; buscamos nuestro yo más profundo o buscamos transcendernos, abrirnos a algo más grande y que nos lleva más allá, levantar nuestro espíritu de esas cosas que van enredando nuestros pies, para sentirnos libres de verdad. Y será en ese silencio que ya no es insufrible ni insoportable donde podemos encontrar esa libertad verdadera para nuestro espíritu.
No vale escudarnos, como a veces lo hacemos, en que no tenemos tiempo, que estamos muy ocupados, que hay muchas cosas que hacer y no encontramos ese hueco. Es cuestión de hacer una verdadera escala de valores en la vida para saber poner en su sitio aquello que realmente nos puede hacer grandes, nos puede hacer crecer de verdad. Y esos silencios, esos espacios de soledad, esos momentos de encontrarnos con nosotros mismos en verdad son una riqueza grande para nuestra vida.
Es lo que contemplamos hoy en el evangelio. Al comenzar Jesús su actividad en Cafarnaún parece que las cosas se desbordan. A la puerta de la casa se agolpan todos aquellos que quieren escuchar la Palabra de salvación de Jesús, todos aquellos que atormentados en su cuerpo o en su corazón quieren encontrar en Jesús la salud y la vida. Pero aquí está el detalle, nos dice el evangelista que de madrugada Jesús se fue al descampado solo para orar. Vendrán al amanecer a buscarle, pero El sabrá dar prioridad a lo que la tiene; ahora marchará por otros lugares, por otras aldeas para seguir haciendo el mismo anuncio. Pero Jesús supo encontrar ese momento de silencio, de soledad, de oración.
Ojalá aprendiéramos bien la lección. Hay el peligro de que aunque hagamos muchas cosas, tengamos todo el tiempo ocupado y ocupado en cosas buenas, al final podamos sentir un vacío interior. Como se suele decir, hay que recargar las pilas, las baterías. Tenemos que llenarnos de Dios, tenemos que saber hacer ese silencio interior para poder escuchar, sentir, disfrutar de la presencia de Dios para poder llevarlo a los demás.
Aprovechemos cualquier momento, allí donde estemos, para saber interiorizar, Aunque estemos envueltos en muchos ruidos externos, en un momento determinado cerremos todas nuestras ventanas para ir a encontrarnos con el Señor. 

martes, 14 de enero de 2020

Aprendamos nosotros a llenar nuestra vida de palabras de verdad, porque siempre sean palabras de vida, palabras que ayuden a encontrar la grandeza y dignidad de la persona


Aprendamos nosotros a llenar nuestra vida de palabras de verdad, porque siempre sean palabras de vida, palabras que ayuden a encontrar la grandeza y dignidad de la persona

1Samuel 1, 9-20; Sal. 1 Sam 2, 1-8; Marcos 1, 21-28
Las palabras nos cansan y nos aburren; las gastamos de tal manera que le hacemos perder su sentido y su significado. La palabra tendría que decirnos la verdad de lo que llevamos dentro, pero bien sabemos cómo las utilizamos para ocultar la verdad, cuántas mentiras discurren como ríos que lo inundan todo desde nuestras palabras humanas, que terminan siendo inhumanas porque la mentira destruye y solo busca manipular y destruir la verdad del hombre.
No queremos ser negativos pero nos sentimos aterrados con tal torrente de palabras falsas y mentirosas. Las queremos llenar de encantos pero lo que queremos es engañar para conquistar y para manipular. Y somos manipulados por las palabras llenas de vanidad y falsedad de los poderosos que quieren engañarnos diciéndonos que buscan nuestro bien cuando solo buscan sus intereses, y nos confunden las palabras que se llenan de promesas que saben que no van a cumplir para poner como una pantalla y por detrás cada cual solo busca sus intereses o su poder. Lo escuchamos todos los días, los medios de multiplicación camuflan esas mentiras pero si somos un poco sensatos nos damos cuenta enseguida de tanto engaño. Podríamos poner tantos nombres y tantas circunstancias… abramos un poquito los ojos y lo veremos claramente.
Tenemos que buscar la que es verdadera palabra que nos lleva o nos comunica la verdad. Es esa palabra que vemos sincera salir del corazón del hombre y que solo refleja la bondad que se lleva en el interior, en el corazón de cada persona, que es la verdad de su vida. Tenemos que saber sintonizar con esa palabra y con esa verdad porque sería lo único que nos conduciría por los caminos de la plenitud de la persona.
Hoy nos dice el evangelio que Jesús había ido a la sinagoga a enseñar y la gente estaba asombrada porque enseñaba con autoridad y no como los escribas… y más tarde dirá que ese modo de enseñar es nuevo. No son palabras huecas y vacías. Hablaba del Reino de Dios pero, podríamos decir, no conceptos como aprendidos de memoria, sino que a sus palabras acompañaban las señales. Lo vemos hoy en el evangelio.
Anunciar el Reino de Dios es anunciar que en ese reino Dios tiene que ser el único Señor de la vida y del hombre. El hombre no puede ser dominado por el mal, sino que ha de sentirse liberado desde lo más hondo. Y la Palabra de Jesús no nos engaña, ahí están los signos que realiza que manifiestan ese poder y señorío de Dios que lo que hará siempre es buscar el bien del hombre, la mayor dignidad de la persona. Por veremos a Jesús liberando a los oprimidos por el mal, como anunciaba en la sinagoga de Nazaret cuando proclamaba aquel texto de Isaías.
Hoy hay un hombre poseído por un espíritu impuro, nos dice el evangelista. Y Jesús poniéndolo en medio libera a aquel hombre de aquella posesión maligna. Será cuando la gente se quede admirada de su autoridad porque hasta los espíritus inmundos le obedecen.
Aprendamos nosotros a llenar nuestra vida de palabras de verdad, porque siempre nuestras palabras sean palabras de vida, palabras que nos ayuden a encontrar esa grandeza de la persona, palabras que salgan de lo más hondo de nosotros mismos, pero de un corazón lleno de bondad y de bien, y nuestras palabras mostrarán el amor y nuestras palabras harán siempre el bien.

lunes, 13 de enero de 2020

Jesús viene allí donde estamos y hacemos nuestra vida pero nos invita a ver otros horizontes y otro sentido que dé profundidad a nuestras vidas


Jesús viene allí donde estamos y hacemos nuestra vida pero nos invita a ver otros horizontes y otro sentido que dé profundidad a nuestras vidas

1Samuel 1, 1-8; Sal 115; Marcos 1, 14-20
Como hemos dicho se ha terminado ya el tiempo de la Navidad y de la Epifanía y comienza en la liturgia lo que llamamos el tiempo Ordinario. Ahora es el tiempo que media hasta que el miércoles de ceniza iniciemos la Cuaresma como camino que nos conduce hasta la Pascua, y cuando terminen las celebraciones pascuales todo ese tiempo hasta llegar a iniciar un nuevo ciclo. Bien sabemos que el ritmo de nuestra vida cristiana se centra en la Pascua y en consecuencia la liturgia con la que celebramos nuestra fe y el misterio de Cristo.
Durante el tiempo ordinario en el evangelio iremos leyendo de forma ordenada y continuada los distintos evangelios, que nos ayudarán a ir penetrándonos más y más del mensaje del Reino de Dios alimentando así el camino de nuestra vida cristiana. Como en la vida, que tenemos momentos de especiales celebraciones y tenemos en consecuencia especiales motivos para ese sentido de fiesta que ha de acompañar la vida del cristiano, pero cuando nos salimos de esos momentos especiales continuamos con lo que podríamos decir es nuestra alimentación ordinaria y donde mejor la vamos a encontrar que en el evangelio y toda la Palabra de Dios.
Iremos, pues, como repasando esos distintos momentos de la vida de Cristo con sus palabras, sus signos y milagros, con sus gestos y el ejemplo de su vida para lo que ha de ser nuestra vida. Cuando amamos algo de verdad aunque repetidamente se nos ofrezca nunca nos cansamos de rumiarlo en nuestro corazón y es lo que tenemos que saber hace con la Palabra de Dios. Siempre encontraremos esa luz que necesitamos, esa palabra certera que llega a la realidad de nuestra vida para denunciarnos acaso algunos rumbos que vamos tomando que no son los mejores y nos hacen corregir actitudes y posturas, mejorar los gestos de nuestra vida, hacer brillar mejor esos signos que con nuestra vida vamos realizando.
En ese principio del evangelio de Marcos nos encontramos con unos momentos de la vida de Jesús en Galilea que recientemente hemos ya también meditado. Jesús anuncia la Buena Nueva del Evangelio, invita a la gentes a convertir su corazón a Dios, se acerca allí donde están, donde hacen su vida, porque siempre Jesús vendrá en nuestra búsqueda allí donde estamos, nos invita a seguirle dándole un valor y un sentido nuevo a eso que cada día hacemos.
Hoy contemplamos a Jesús en la orilla del lago, donde los pescadores después de su tarea repasan y reparan sus redes, donde preparan todo lo necesario para otro día u otra noche de pesca; y Jesús va caminando entre ellos haciéndoles ver nuevos horizontes que van mucho más allá de ese lago que les rodea y donde hacen su vida o de esas mismas tareas que realizan. Hay otra pesca, hoy otro sentido de vida, hay algo más que puede dar de verdad sentido a nuestra existencia, hay algo que va a dar profundidad a sus vidas.
Y Jesús les invita a seguirle, a estar con El, a descubrir esas nuevas luces y esos nuevos horizontes. Algo que tendrá que cambiar en el corazón, porque otras actitudes nuevas de disponibilidad tiene que haber cuando encontramos el amor de verdad. Es a lo que Jesús va invitando a aquellos pescadores de Galilea. ‘Venid conmigo y os haré pescadores de hombres’, y en aquellos corazones encuentra apertura y disponibilidad. ¿Cuál sería nuestra respuesta a la invitación de Jesús?

domingo, 12 de enero de 2020

Aquel Jesús envuelto pañales y adorado por los pastores, a quien buscan los magos de oriente, ungido por el Espíritu es el Hijo amado del Padre y nuestra salvación


Aquel Jesús envuelto pañales y adorado por los pastores, a quien buscan los magos de oriente, ungido por el Espíritu es el Hijo amado del Padre y nuestra salvación

Isaías 42, 1-4. 6-7; Sal 28; Hechos 10, 34-38; Mateo 3, 13-17
Hoy volvemos al Jordán. Allí, junto al desierto, donde Juan preparaba los caminos del Señor, invitaba a la penitencia y a la conversión y bautizaba en las aguas del Jordán a quienes daban señales de arrepentimiento y de conversión. La gente acudía de todas partes – lo escuchamos durante el tiempo del Adviento que era el tiempo de Juan – y le preguntaban qué habían de hacer. Invitaba a la responsabilidad y a la justicia, invitaba al amor y al compartir solidario, invitaba a purificar el corazón para recibir al que había de venir.
En medio de aquellas largas filas de quienes arrepentidos buscaban recibir aquel bautismo que los purificara encontramos hoy a Jesús. ¿Formaría Jesús parte de aquel grupo que estaban cercanos a Juan escuchando su Palabra o acaso de los esenios que más abajo en las orillas del mar Muerto vivían una vida de ascetismo y oración? No tenemos datos para ello, pero conocidas para Jesús serían aquellas montañas del desierto de Judá porque en lo que luego se llamaría monte de la cuarentena Jesús se retiraría cuarenta días al silencio, al ayuno y a la oración como encuentro con Dios para ser consciente de verdad en lo que sería su misión. Sería el lugar de la crisis interior, de los interrogantes profundos y de las tentaciones como se nos narrará más tarde en el evangelio.
Allí estaba Jesús, como decíamos, con los que quería recibir el bautismo. Ya conocemos el corto diálogo entre Juan que no quiere bautizarle al reconocerle y Jesús que le insiste en que cumplamos con toda justicia. Será a partir del bautismo cuando se abran los cielos para manifestarse la gloria de Dios sobre Jesús.  ‘Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz de los cielos que decía: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco’.
Aquel Jesús que hemos contemplado recién nacido, adorado por los pastores como el Salvador, tal como les anunciaron los ángeles, ante quienes se postraron los Magos venido de Oriente que buscaban un recién nacido rey de los judíos, pero ante el que le ofrecen sus ofrendas, un reconocimiento también que son de que es Dios y hombre verdadero, ahora es presentado desde el cielo como el Hijo Amado de Dios, lleno del Espíritu Santo que bajaba sobre él como una paloma y se posaba sobre él, pero que tiene todas las complacencias del Padre y a quien hemos de escuchar. ‘Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él’, como anunciaba Pedro según lo escuchado en la segunda lectura.
Es toda una teofanía, una manifestación de la gloria de Dios que se hace visible, por eso lo celebramos en este tiempo de la Epifanía del Señor.  Es el ungido con el Espíritu del Señor y que será enviado a llevar la buena noticia a los pobres y el año de gracia del Señor, como se proclamará en la sinagoga de Nazaret con las palabras del profeta y con la ratificación que Jesús mismo hace. ‘Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’, dirá entonces y de alguna manera nos está diciendo hoy también, porque así podemos contemplar a Jesús.
Es importante esta fiesta del Bautismo de Jesús que hoy celebramos. Hoy contemplamos como Jesús está sellado con el Espíritu Santo para manifestársenos como verdadero Hijo de Dios y como nuestra auténtica salvación. Es el principio de un nuevo bautismo que no será ya solo el que nos purifique de nuestros pecados para tener un corazón bien dispuesto como era la misión del bautismo de Juan, sino que ahora en el nombre de Jesús seremos bautizados en el agua y en el Espíritu, como le dirá más tarde a Nicodemo, para que comencemos a ser ese hombre nuevo renacido a vida nueva. Así comenzamos a ser hijos de Dios, no nacidos de la carne, ni de deseos de carne, ni de deseo de varón, sino de Dios. ‘A cuántos le recibieron les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre’.
Una fiesta con la que concluimos la Navidad – ya mañana comenzaremos el llamado tiempo ordinario - que nos hace contemplar la gloria de Dios que se manifiesta en Jesús, su Hijo, pero que nos hace contemplar también nuestra grandeza que por el agua y el Espíritu en el Bautismo nos hace a nosotros partícipes de esa vida de Dios porque nos hace hijos de Dios.