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domingo, 22 de agosto de 2021

Queremos comer a Cristo porque queremos asumir en nuestra vida todo cuanto Cristo significa y los valores que nos enseña en el evangelio

 


Queremos comer a Cristo porque queremos asumir en nuestra vida todo cuanto Cristo significa y los valores que nos enseña en el evangelio

Josué 24, 1-2a. 15-17. 18b; Sal. 33; Efesios 5, 21-32; Juan 6, 60-69

Llega el momento de tomar una decisión. Algunas veces lo vemos claro; otras veces nos encontramos en una encrucijada y no sabemos que camino tomar. Hay cosas que nos gustan, que nos llaman la atención, que nos pueden atraer por su novedad y son llamativas, pero puede aparecer esa sombra de conservadurismo que todos llevamos dentro porque nos cuesta eso de cambiar y no sabemos qué decisión tomar.

Nos pasa tantas veces en la vida cuando se abren caminos nuevos delante de nosotros de los que muchas veces desconfiamos; será un negocio que podemos emprender, será unas decisiones que pueden afectar a nuestra familia, serán cosas que vemos con mucho riesgo y nos llenamos de miedo, serán unos estudios que se nos ofrecen pero al mismo tiempo valoramos las exigencias. Vienen las indecisiones, viene quizá el echarnos atrás por temor al riesgo, será el abandonar algo que quizá en un momento nos llenaba mucho de ilusión.

Estamos pensando en esas múltiples situaciones humanas en las que nos podemos encontrar en la vida, a la que algunas veces nos cuesta cogerle el ritmo porque todo nos parece tan vertiginoso, pero puede tocarnos a principios que consideramos fundamentales para nuestro sentido de vida o que pueden afectar nuestro camino de fe. Cuántas veces cuando el evangelio se va convirtiendo en una exigencia cada vez mayor en nuestra vida, porque en su novedad descubrimos caminos que pueden descolocarnos de lo que siempre estábamos acostumbrados en nuestra vida religiosa o en lo que llamamos nuestra vida cristiana, también nos echamos para atrás, fácilmente buscamos primero a ver si podemos encontrar arreglos y componendas o al final abandonamos y lo dejamos.

En esa tesitura se encontraban los discípulos aquella mañana en Cafarnaún y también todos aquellos que habían venido buscándole después de lo sucedido la tarde anterior en los descampados. Muy temprano se habían encontrado con Jesús de nuevo en Cafarnaún y allí estaban preguntando cómo había venido, cómo había llegado. Pero Jesús ha comenzado a hacerles reflexionar para que se pregunten por qué en verdad le buscan.

¿Sólo porque les había dado abundantemente pan en el desierto milagrosamente multiplicado? ¿Querían siempre un pan así porque así no tendrían que andar buscando el pan de cada día en sus afanes y trabajos, como la mujer samaritana que quería del agua que Jesús le ofrecía porque así no tenía que ir al pozo todos los días a sacarla? ¿Sólo porque curaba sus enfermos? Es cierto que también ellos buscaban algo más, algo que llenara de esperanzas sus corazones, pero al final no sabían bien lo que buscaban.

Jesús ha ido hablándoles de un nuevo alimento y de un nuevo sentido de vida, una nueva sabiduría. Les hablaba del pan del cielo que solo el Padre puede darles, y les decía que ese pan era El. Les insistía en que había que comerle, que su carne y que su sangre eran verdaderamente el pan de vida y la bebida de la salvación. Era un nuevo vivir, porque era vivir la vida de Jesús. Y eso era algo nuevo para ellos y les costaba comprender.

¿Se quedaban en el comer a Jesús solamente como algo material, como un alimento que hay que masticar o era algo más lo que Jesús les estaba ofreciendo? Algunas veces nos quedamos en la imagen y en el signo, pero no llegamos a comprender lo que esa imagen nos dice o ese signo significa. Comer a alguien para tener un nuevo sentido de vivir era algo que les costaba entender. Cuando comemos a Cristo, tal como El nos lo ofrece, tenemos que estar entendiendo bien cómo desde lo más hondo tenemos que cambiar porque significa asumir en nuestra vida todo lo que Cristo significa, todo lo que Cristo nos plantea y nos ofrece en el evangelio.

Comer a Cristo significa entonces ponernos en camino de una vida nueva; serán unos nuevos valores, será una nueva forma de enfocar nuestra relación con Dios y con los demás. Comemos a Cristo para vivir, luego tenemos que dejar atrás todo lo que nos pueda envenenar, todo lo que nos pueda dañar allá en lo más hondo de nosotros mismos. Cuántas pasiones que nos envenenan, cuántas posturas que tomamos en la vida en nuestra relación con los demás que nos llenan de muerte; cuántos odios que tenemos entonces que arrancar de nuestro corazón, cuántos orgullos y vanidades de las que tenemos que desprendernos; cuántas ambiciones de grandezas tenemos que desconectar de nuestros pensamientos y deseos; cuántas envidias, rencores y resentimientos de los que tenemos que despojarnos; cuánto perdón tenemos que saber ofrecer con corazón generoso; cuántas cosas tenemos que aprender a compartir.

Muchas cosas que había que desmontar en la vida. ¿Estarían dispuestos? Muchos se echaron atrás y no volvieron a seguir a Jesús. Por eso pregunta a los discípulos más cercanos ‘y vosotros, ¿también queréis marcharos?’ Pedro siempre con sus impulsos llenos de amor por el Maestro salva la situación. ‘Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios’.

¿Responderemos nosotros así con todo sentido? ¿En verdad queremos comer a Cristo porque estamos dispuestos a ese nuevo sentido de vivir que nos ofrece el Evangelio? Porque ante algunas cosas reconozcamos que dudamos y también nos echaríamos atrás.

viernes, 17 de enero de 2020

Hay limitaciones que nos encierran el alma, nos restan libertad interior, nos hacen sentirnos esclavizados de nuestro yo orgulloso de las que tenemos que dejarnos liberar por Jesús


Hay limitaciones que nos encierran el alma, nos restan libertad interior, nos hacen sentirnos esclavizados de nuestro yo orgulloso de las que tenemos que dejarnos liberar por Jesús

1Samuel 8, 4-7. 10-22ª; Sal 88; Marcos 2, 1-12
Hay tanta gente, pensamos cuando aun de lejos vamos a mucha gente aglomerada en aquel lugar que nos gustaría ir, o que necesitamos ir. Pero no nos gustan las aglomeraciones y nos quedamos a la distancia. Es imposible nos decimos, aunque sea algo que necesitamos, pero no nos vamos a meter en aquel follón, no nos vamos a poner en aquella cola. Ya tendremos oportunidades, y lo dejamos para otro momento.
Nuestra timidez, nuestras pocas ganas de vernos envueltos en medio de tanta gente, la indecisión de si en verdad sería lo que nos conviene en ese momento, el orgullo de que no vean que nosotros también lo necesitábamos, el no querer complicarnos nos hizo perder una oportunidad que no sabemos si se volverá a repetir. Quizá no nos hemos convencido a nosotros mismos y con mil disculpas lo dejamos pasar para otra ocasión.
Momentos de gracia que quizá perdimos. Nos sucede en muchas oportunidades que en la vida se nos ofrecen y no solo es buscar una ganga o unas rebajas, pero también en llamadas que Dios hace a nuestro corazón a la que no respondemos con la prontitud necesaria. Un camino nuevo que se abre delante de nosotros en la vida, una oportunidad que se nos ofrece y que tanto bien nos haría por la riqueza humana y espiritual que recibiríamos, un compromiso al que se nos invita pero que con nuestros miedos no terminamos de responder. Una cosa buena que pudimos hacer a favor de alguien pero que con nuestra timidez o indecisión se quedó a medias y aquel que se pudo beneficiar al final nada recibió sintiéndonos quizá nosotros mismos mal y frustrados por lo que dejamos de hacer.
Aquellos hombres que llevaban el paralítico para que Jesús lo curara se encontraron también con el paso cortado porque era mucha la gente que se aglomeraba a la puerta de Jesús. Quizás les hubiera gustado pasar más desapercibidos, pero tenían el empeño de llevar al amigo o al familiar hasta los pies de Jesús. Pero en su decisión nada los podía detener. No importaba que tuvieran que levantar las tejas del terrado para abrir un hueco y por allí descolgar a Jesús. Aquel hombre tenía que llegar hasta Jesús. Y lo lograron. Grande era su fe.
Lo que sucedió entonces fue algo maravilloso que ni ellos mismos se esperaban. Todos quedarían asombrados, aunque como siempre habría quien pondría sus pegas. Llevaron aquel paralítico hasta Jesús para que Jesús lo curara. Pero Jesús ofrece algo más. ‘Tus pecados quedan perdonados’. No todos lo entienden, porque lo único que esperaban quizás era la curación física de su invalidez. Pero Jesús quiere sanar al hombre desde lo más hondo. Y Jesús puede hacerlo. Ante quienes dicen que aquello es una blasfemia porque solo Dios puede perdonar pecados, Jesús se reafirma en su autoridad y levanta también a aquel hombre de su camilla. ‘Anda, toma tu camilla, y vuelve a tu casa’.
De alguna manera con el comentario que nos hacíamos para introducir esta reflexión creo que nos podemos dar cuenta de cuánta invalidez hay en nuestra vida, cuantas cosas nos paralizan, cuantos egoísmos y orgullos nos encierran. Peor que las limitaciones físicas, porque esas otras limitaciones nos encierran el alma, nos resta verdadera libertad interior, nos sentimos esclavizados de nuestro yo orgulloso, la negrura del pecado llena de oscuridad nuestras vidas.
Es lo que necesitamos que Jesús nos cure. El, que es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, dejemos que tienda su mano para sanarnos, para curarnos desde lo más hondo, para perdonarnos todo ese pecado que hemos dejado meter en nuestra vida. En muchas cosas tendríamos que pensar. Mucha decisión también hemos de tener para ir sin miedo ni cobardía hasta Jesús, para no dejarnos vencer por esos obstáculos que nosotros mismos nos ponemos y no nos dejan avanzar en la vida. No podemos perder esos momentos de gracia que llegan a nosotros.


miércoles, 18 de diciembre de 2019

Seamos capaces de sentirnos unos instrumentos en los planes de Dios porque también nosotros ocupamos un lugar en la historia de la salvación de nuestro mundo


Seamos capaces de sentirnos unos instrumentos en los planes de Dios porque también nosotros ocupamos un lugar en la historia de la salvación de nuestro mundo

Jeremías 23, 5-8; Sal 71; Mateo 1, 18-24
Alguna vez en la vida nos habremos encontrado en una situación embarazosa en que teníamos que tomar una decisión importante, que era casi un dilema, decisión en la que podían verse afectadas otras personas, y nos encontramos sin saber qué hacer. Son momentos duros, de zozobra, de inquietud, de no poder dormir quizás, porque no queremos hacer daño, queremos tomar la decisión más correcta, quizás lo que decidamos no sea del agrado de todos y podamos llevarnos algunas críticas. Lo sopesamos detenidamente y como creyentes queremos invocar a Dios en esos momentos para sentir su luz sobre nuestra vida que además nos dé fuerzas para afrontar las consecuencias de nuestras decisiones. Se nos pueden dar en diferentes y múltiples situaciones y momentos.
Algo así se encontraba José cuando se enteró, porque las señales eran ya evidentes, porque quizás habían comenzado a circular los comentarios, de que la mujer con quien estaba desposado, aun sin vivir juntos según las costumbres y ritos de la época, estaba esperando un hijo. ¿Qué hacer? No quería hacer daño, su reputación también podía quedar mal parada, la situación de María era también bien difícil. ¿A quien acudir? ¿Qué decisión tomar?
Me viene a la mente una situación que se ha repetido y se repetirá muchas veces a lo largo de la historia de tantas familias y que sigue siendo hoy muy actual. Un embarazo no deseado y comienzan las cavilaciones para que decisión tomar. El tema de la despenalización del aborto ha llevado a muchos a pensar que por una parte es una solución fácil para evitar complicaciones pero también hay quien lo mira hasta como un derecho. No es un derecho, porque nadie tiene derecho a tomar decisiones sobre una vida, aunque las leyes permisivas de nuestra sociedad moderna lo haya llevado a una despenalización. En las angustias de José, que hoy contemplamos en el evangelio, me ha venido a la mente esta situación en que hoy muchos se pueden encontrar, aunque ahora no entremos demasiado a fondo en el tema, pero que da mucho que pensar.
Como decíamos antes con la situación de José que, como nos dice el evangelista, era bueno y justo y no quería hacer daño a nadie, ¿A quien acudir? ¿Con quien contar? José era un hombre justo y profundamente creyente, porque eso supo escuchar a Dios en su corazón aunque le hablara en sueños. Dios se nos manifiesta de muchas maneras y de muchas maneras nos hace ver cuál es su voluntad, aunque luego las decisiones sobre nuestra vida o que afectan a nuestra vida las deja en nuestras manos.
Dios respeta la voluntad del hombre. El creyente sabe buscar lo que es la voluntad de Dios y trata de conformar su vida a los planes de Dios. No siempre es fácil, no siempre vemos las cosas con claridad, pero tenemos que sabernos dirigir por la fuerza del Espíritu de Dios y es lo que hizo José. El evangelio  nos habla de unos sueños y de un ángel que se le manifiesta en esos sueños. Allá en lo más profundo de si mismo ha sabido descubrir José lo que eran los planes de Dios para su vida y él también dijo Sí, como un día lo hiciera María. Si Maria dijo aquí está la esclava del Señor, José fue capaz, frente a todo lo que podría parecer en contra y no ser una decisión fácil, de sentirse un instrumento en las manos de Dios para los planes de la salvación y se llevó a María, su mujer, a su casa.
Que seamos capaces de sentirnos unos instrumentos en los planes de Dios porque también nosotros ocupamos un lugar en la historia de la salvación de nuestro mundo.

miércoles, 18 de septiembre de 2019

Para decir esa palabra profética que el mundo necesita escuchar, para ser verdaderos profetas hace falta una valentía que en nuestra tibieza no acabamos de ser


Para decir esa palabra profética que el mundo necesita escuchar, para ser verdaderos profetas hace falta una valentía que en nuestra tibieza no acabamos de ser

1Timoteo 3, 14-16; Sal 110; Lucas 7,31-35
A veces no hay quien nos entienda, o quizás no nos entendemos ni nosotros mismos. Así andamos sin saber lo que buscamos, lo que queremos, lo que son en verdad nuestras aspiraciones. Estamos a lo que salta y andamos como veletas según el viento que nos toque. Nos sucede por falta de personalidad, porque no hemos llegado quizá a tomarnos las cosas en serio y no hemos llegado a madurar, o quizá por muchos miedos interiores que nos impiden tomar una decisión, dar una orientación a la vida. Hemos vivido cómodamente así y así queremos seguir, porque ¿para que esforzarnos?
Decimos que tenemos las cosas claras pero somos los más inseguros del mundo; llega el momento de una decisión y damos vueltas y vueltas, y no es porque estemos seriamente reflexionando para buscar lo mejor, sino por miedo a no acertar, a poder equivocarnos, a lo que puedan pensar los demás, a no querer tomar una opinión clara y firme porque puede contradecir a los demás. No es fácil vivir así, aunque lo hacemos por comodidad pensando que así es mejor, pero al final nos encontraremos perdidos porque nadie nos entiende ni nosotros, como decíamos, nos entendemos a nosotros mismos. Al final somos como niños indecisos.
Nos pasa en muchos aspectos de la vida con lo que nos manifestaremos irresponsables y realmente no se nos puede confiar una responsabilidad. Y vamos pasando por una vida gris y sin brillo, nos sentiremos frustrados porque no terminamos de llegar a ninguna meta o es que realmente no la tenemos. Nos sentimos a la larga insatisfechos de nosotros mismos. Todo eso se nos puede volver en contra en nuestra desorientación.
Hoy en el evangelio vemos a  Jesús que no termina humanamente de comprender lo que le sucede a la gente que no quiere aceptar sus palabras, que tan pronto están entusiasmados quizá por los milagros que ven que hace,  o por otro lado se dejan influir por los dirigentes en algún sentido de aquella sociedad o por los que más influencias tienen como los escribas, los fariseos, los saduceos. Jesús en un como suspiro de incomprensión les dice que son como niños en la plaza que no terminan de ponerse de acuerdo en sus juegos y andan discutiendo todo el tiempo.
¿Qué puede pensar Jesús de nosotros? ¿Qué puede pensar de nuestra Iglesia, de nuestras comunidades? Porque así podemos andar tambaleantes en lo que hace referencia a nuestra vida cristiana. Queremos ser buenos y hasta vamos a Misa pero seguimos con las mismas rutinas de siempre, parece que no hace mella en nosotros la Palabra de Dios que escuchamos, nos nuestras indecisiones y cobardías, nuestra falta de arrojo para lanzarnos un paso adelante y vivir un mayor compromiso, o arrancarnos de esas rutinas, o dar el cambio que sabemos que tendríamos que dar y seguimos dando largas para otro momento que nunca llega.
Y así aparecen nuestras comunidades con tanta tibieza que no terminamos de dar el testimonio que necesita nuestro mundo. Tenemos en nuestras manos el evangelio de salvación y no terminamos de anunciarlo. Solo queremos poner parches, que todos estemos contentos pero esa palabra profética no se llega a pronunciar,  esos profetas no aparecen en nuestro mundo. Para decir esa palabra profética, para ser verdaderos profetas hace falta una valentía que en nuestra tibieza no acabamos de ser.
Que el Espíritu del Señor nos despierte.