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martes, 20 de septiembre de 2016

Nuestras actitudes y comportamientos nunca pueden ser un obstáculo para que otros lleguen hasta Jesús

Nuestras actitudes y comportamientos nunca pueden ser un obstáculo para que otros lleguen hasta Jesús

Proverbios 21, 1-6. 10-13; Sal 118; Lucas 8, 19-21

‘Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte’. Habían intentado llegar hasta Jesús su madre que venía con algunos familiares; bien sabemos que la expresión hermanos en el lenguaje semita tiene la amplitud de abarcar a los familiares más cercanos. No había podido acercarse a Jesús porque el gentío que lo rodeaba lo impedía; por eso algunos de los discípulos le avisan a Jesús.
Algunos piensan que es un desaire de Jesús hacia la familia, cosa que no podemos aceptar, sino que Jesús quiere darnos un mensaje bien hermoso de la nueva familia de los hijos de Dios que El nos viene a constituir. ‘Mi madre y mis hermanos son éstos: los que escuchan la palabra de Dios y la ponen por obra’. Somos la familia de Jesús si aceptamos y escuchamos su Palabra; somos la familia de Jesús cuando en verdad tratamos de reflejar en nuestra vida, en nuestros comportamientos, en nuestras actitudes, en nuestro sentido de vida lo que El quiere trasmitirnos en el evangelio. Un reto que nos está lanzando Jesús a nuestra vida. No basta decir ‘¡Señor, Señor!’ sino que nos es necesario cumplir la voluntad del Padre del cielo, como nos dirá en otro lugar.
Pero al hilo de estas palabras con que le anuncian a Jesús que allí están su madre y sus hermanos que no alcanzan a poder llegar hasta El, me hago otra reflexión. ¿Habrá en nuestro entorno alguien que quiera llegar hasta Jesús y no pueda? En aquella ocasión los mismos que estaban alrededor de Jesús porque querían escucharle y estar con El fueron obstáculo para que alguien también pudiera llegar hasta Jesús, en este caso María y familiares.
Pero quiero reflexionar y plantear y plantearme si acaso los que estamos cerca de Jesús pudiéramos ser obstáculo para que otros puedan llegar hasta Jesús, si acaso yo con mi vida no tan ejemplar pueda ser ese obstáculo para alguien. Nos puede suceder. Quizá nosotros nos podemos sentir muy entusiasmados y contentos con nuestra fe, pero no pensamos en los otros, en los que no conocen a Jesús, aquellos a quienes no se les anuncia, aquellos que están en nuestro entorno y quizá no llegan a ver nuestro testimonio, o aquellos a los que quizá podemos escandalizar con nuestro contra-testimonio.
Somos muy religiosos quizá, nos gusta rezar, asistir a cuantos actos religiosos se organicen en nuestro entorno, acudimos a santuarios del Señor o de la Virgen con asiduidad, no faltamos a una fiesta o a una procesión, pero luego nuestra vida de cada día no va en consonancia con esa fe, nuestros valores dejan mucho que desear porque no entran en verdadera sintonía con el Evangelio. Nuestra vida no es un auténtico testimonio y así nos podemos convertir en un obstáculo para que otros sintonicen con el evangelio, sintonicen con Jesús. Somos interferencia.
Aprendamos de María, la madre de Jesús. María que siempre tuvo abierto su corazón a Dios pero para que se realizara en ella siempre lo que era la voluntad de Dios. ‘Aquí está la esclava del Señor. Hágase, cúmplase en mí según tu palabra’. Y la vemos caminar con su fe siempre al servicio de los demás, en una disponibilidad total, generosa en lo más hondo de su corazón para estar atenta siempre a todas las necesidades, madre implorante e intercesora no por sí sino para los demás. María, la que supo vaciarse de si misma para llenarse de Dios, pero para dar cabida en su corazón a todos los hombres que ahora para siempre serán sus hijos.
¿Serán esas nuestras disposiciones? ¿Será esa la generosidad que inspire el actuar de nuestro corazón y cuanto hagamos en la vida? Así nos convertiremos en trasmisores del Evangelio, así nos convertiremos en un hermoso eslabón para que todos puedan llegar hasta Jesús.

lunes, 19 de septiembre de 2016

Que al final de cada día puedas dar gracias a Dios porque has sido luz en alguna situación concreta para alguien que lo necesitaba

Que al final de cada día puedas dar gracias a Dios porque has sido luz en alguna situación concreta para alguien que lo necesitaba

 Proverbios 3,27-34; Sal 14; Lucas 8,16-18

La luz no se puede ocultar. Las lámparas están para iluminar. Se han de colocar en el sitio oportuno para que su luz pueda llegar a todos. Es algo elemental. No la encendemos y luego la tapamos; la encendemos y procuraremos acompañarla de todos los reflectores posibles para se vea aumentada esa luz y pueda iluminar mejor a cuantos más mejor.
De eso nos habla Jesús hoy en el evangelio. Y no es que quiera hablarnos de ornamentaciones o cosas así. La imagen que nos propone quiere decirnos muchas cosas. Y es que nos está diciendo que esa luz tiene que estar en nosotros y nosotros con esa luz hemos de iluminar a los demás. Esa luz se nos ha regalado, es una gracia. Esa luz ha llegado a nosotros cuando hemos sido iluminados por Cristo. Esa luz en nosotros nace de nuestra fe y nuestra fe ha de convertirse en ese faro potente de luz que ilumine a los demás. Claramente nos lo dirá en otro lugar. ‘Sois la luz del mundo’.
¿Qué hemos hecho los cristianos con esa luz cuando nuestro mundo sigue en tinieblas? Es cierto que las tinieblas rechazan la luz, como ya nos decía el evangelio de Juan desde el principio; vino la luz y las tinieblas, los que estaban en tinieblas, la rechazaron. Y sabemos bien cuántos en nuestro entorno, en ese mundo en que vivimos rechazan la luz.
Pero también podemos pensar que muchos quizá la rechazan porque no la conocen; muchos rechazan a Jesús porque no conocen a Jesús. Pensemos en cuantos prejuicios tiene la gente de la religión, del evangelio, de Jesús, pero se han creado esos prejuicios porque realmente no lo conocen.
Pero esto tendría que hacernos pensar en lo que hemos hecho de la luz, de la fe, del evangelio, del conocimiento de Jesús quienes ya lo poseemos, quienes hemos sido iluminados. Como decíamos antes, ¿qué hemos hecho los cristianos de la luz? ¿Verdaderamente estaremos iluminando nuestro mundo? ¿Nuestra vida estará reflejando en verdad la luz de Cristo? ¿Acaso nos ocultamos, tenemos miedo de ofrecer la luz, nos da vergüenza el que nos manifestemos como cristianos frente al mundo?
Muchas preguntas quizá que nos surgen allá en nuestro interior pero creo que sinceramente hemos de planteárnoslas. Es el necesario testimonio de vida que hemos de dar; quizá nuestras cobardías, en el encerrarnos en nosotros mismos, el no ser verdaderamente sinceros en nuestros sentimientos y actitudes cristianas haga dudar a muchos, haga que surjan esos prejuicios, tantos lleguen a desconocer esa verdadera luz para sus vidas que tiene que ser Cristo.
Iluminemos nuestro mundo con esa luz de Cristo. Que nuestras vidas sean verdadero reflejo de su luz. Piensa en concreto donde hoy es necesario que tú estés para iluminar con Cristo alguna situación concreta de lo que sucede en tu entorno, ya sea en tu familia, en tu lugar de trabajo o en el ambiente social en el que te muevas. Que cuando llegue la noche puedas dar gracias a Dios porque en alguna situación concreta has podido ser luz para alguien.

domingo, 18 de septiembre de 2016

La responsabilidad con que vivimos nuestra vida nos hace darle el verdadero valor y sentido a las cosas materiales de las que podemos disfrutar en función de los demás

La responsabilidad con que vivimos nuestra vida nos hace darle el verdadero valor y sentido a las cosas materiales de las que podemos disfrutar en función de los demás

Amós 8, 4-7; Sal 112; 1Timoteo 2, 1-8; Lucas 16, 1-13
Nos habla el evangelio en una primera lectura que hagamos del texto de una mala administración de unos bienes, de responsabilidades que se piden, de ganancias interesadas, y en fin de cuentas podríamos decir también que del recto uso que tendríamos que saber hacer de los bienes materiales que poseamos. Un administrador que llevaba una mala administración y al que se le pide cuentas pero al mismo tiempo de una sagacidad para saber salir de la mala situación en la que se podría encontrar tras haber rendido cuentas de su mala administración. Y esa sagacidad merecería una alabanza.
Con que facilidad se nos puede volver turbia la vida cuando no sabemos hacer un recto uso de las cosas materiales de manera que tenemos la tentación de convertir la posesión de las riquezas en un ídolo de nuestra vida que terminará esclavizándonos. Y cuando la vida la vemos desde la óptica de ganancias materiales y de riquezas qué fácil es que se nos endurezca el corazón y nuestras relaciones con los demás se conviertan en una lucha fratricida o en un intento de ponerlo todo a mi servicio.
Es cierto que tenemos que hacer uso de esos bienes porque en fin de cuentas Dios ha puesto ese mundo material en nuestras manos y ya vemos por otra parte en el mismo evangelio cómo se nos dice que hemos de hacer fructificar esos valores que tenemos; podemos recordar la parábola de los talentos que a quien no supo desarrollar y hacer fructificar el talento que se puso en sus manos se le pedirían responsabilidades. Es la responsabilidad con que vivimos nuestra vida, atendemos nuestro trabajo, cumplimos con nuestras obligaciones y buscamos un desarrollo en plenitud de nuestras cualidades y valores. El trabajo en si mismo es algo digno que contribuye al desarrollo de nuestro ser, de nuestras posibilidades y de nuestra vida.
En nuestras relaciones humanas y para poder obtener aquello que necesitamos no solo para la supervivencia sino para una vida digna obtenemos unos frutos de nuestros trabajos. Esos bienes materiales que conseguimos con nuestro trabajo nos servirán para cuanto necesitamos en la vida, para la atención de nuestras responsabilidades materiales, para ese disfrutar también de las cosas bellas de la vida, pero nunca nuestro corazón se puede encerrar en el egoísmo de manera que desoigamos las necesidades o problemas que puedan tener los demás y con los que en justicia también hemos de compartir.
Claro que entendemos que la posesión de esos bienes o esas riquezas, como queramos llamarlo, no es la única finalidad de nuestra vida; no lo podemos convertir en un absoluto porque caeríamos fácilmente en la codicia y la avaricia que nos encierra en nosotros mismos con todas las consecuencias que ello nos traería como antes mencionábamos algunas. Hay quien en su avaricia solo persigue la posesión de riquezas no sabiendo disfrutar de las cosas más bellas de la vida. Podemos recordar aquella parábola que nos habla del que había conseguido grandes cosechas y había agrandado sus graneros y bodegas y pensaba que ya lo tenía todo resuelto, pero le llegó la hora de la verdad con la muerte cuando menos lo pensaba, y ni siquiera de aquello que había conseguido pudo disfrutar.
Ya nos previene Jesús a lo largo del evangelio cuando nos dice lo difícil que les es a los ricos, a los que acaparan dinero o riquezas para sí, entrar en el Reino de Dios. Recordamos aquel joven que, aunque venía con buena voluntad buscando lo que había de hacer para alcanzar la vida eterna, sin embargo en el apego de su corazón a las riquezas no fue capaz de seguir el camino de Jesús. ‘Atesorad tesoros en el cielo…’ nos decía Jesús entonces.
Un sentido que hemos de darle a todo lo que es nuestra vida. El evangelio es luz que nos ilumina, que eleva nuestro espíritu, que nos hace buscar lo que han de ser los verdaderos valores, que nos ayuda a no quedarnos en lo material aunque lo tengamos en las manos cada día, que nos hace descubrir que toda esa riqueza de la creación que Dios ha puesto en nuestras manos no es para que nos la acaparemos solo para nosotros sino que todo está también en función de los demás, que nos impulsa a que vivamos cada momento de nuestra vida y cada una de las cosas en las que tengamos responsabilidad con total intensidad y fidelidad.
Como nos decía hoy Jesús en el evangelio el que es de fiar en lo menudo, también en lo importante es de fiar; el que no es honrado en lo menudo, tampoco en lo importante es honrado’. Que todo lo que hagamos, que todo lo que vivimos, lo que son nuestros trabajos y nuestras luchas, como también los momentos de dicha que podemos disfrutar, todo sea siempre para la mayor gloria de Dios.

sábado, 17 de septiembre de 2016

Dios ha puesto esa semilla en nuestra mano para que nosotros seamos también sembradores de la Palabra de Dios confiándonos el anuncio de la Buena Nueva del Reino

Dios ha puesto esa semilla en nuestra mano para que nosotros seamos también sembradores de la Palabra de Dios confiándonos el anuncio de la Buena Nueva del Reino

 1Corintios 15,35-37.42-49; Sal 55; Lucas 8,4-15

Sabía bien Jesús lo que decía cuando nos proponía la parábola del sembrador. Estaba retratando nuestra vida, haciéndonos pensar en nuestras actitudes, reflexionar sobre cómo nosotros acogemos la semilla de la Palabra de Dios que el sembrador lanza sobre nosotros cada día. Constaba la realidad de lo que allí mismo estaba sucediendo en los que escuchaban su Palabra.
Cuántos eran los que se admiraban de las palabras que decía, cuántos eran los que se hacían alabanzas de su sabiduría y su manera de enseñar, cuántas acudían a El con sus ilusiones y sus esperanzas, cuántos eran los que acudían de todas partes y hasta se ofrecían para ser sus discípulos, pero ¿todos llegarían a plantar bien esa semilla en su corazón para hacer que diera fruto?
Muchos le escuchaban también pero estaban al acecho a ver como cogerle en alguna de sus palabras para tener de qué acusarle; a muchos de los que formaban aquella masa no terminaban de convencerles sus palabras e incluso de pondrían en contra suya buscando incluso la forma de quitarle de en medio. Y así podemos seguir pensando en las distintas reacciones que su predicación provocaba entre sus oyentes.
Pero El seguía siendo el sembrador, no dejaba de seguir proclamando la Buena Nueva del Reino de Dios, aunque sabía que había corazones endurecidos, corazones llenos de apegos que no daban lugar a la acogida de su Palabra, corazones inconstantes que eran de entusiasmo de un momento pero al que pronto llegarían los cansancios que lo harían abandonar todo; pero sabía también que había corazones abiertos, con ilusión, con esperanza verdadera, con deseos de alimentarse de esa Palabra de verdad y de vida y que serían capaces de ponerse en camino de una renovación de sus vidas, para lograr una renovación del mundo para convertirlo de verdad en el Reino de Dios.
Cuando nosotros hoy escuchamos esta parábola de Jesús necesariamente lo primero que hacemos es mirar nuestra vida, revisar nuestras actitudes y nuestros comportamientos, sentirnos invitados a abrir nuestro corazón a esa semilla de la Palabra disponiéndonos a dar el mejor fruto.
Pero creo que la Palabra nos pide algo más. Dios ha puesto esa semilla en nuestra mano para que nosotros seamos también sembradores de la Palabra de Dios. Se nos ha confiado también el anuncio de la Buena Nueva del Reino y eso hemos de hacerlo en ese mundo concreto en el que vivimos.
Un mundo que también nos vamos a encontrar muchas veces adverso, que se pone en contra o pasa indiferente ante el anuncio que nosotros podamos hacer; un mundo que tiene otros intereses y que se olvida de lo que son metas altas, ideales grandes, que ha perdido el sentido de la trascendencia, que solo piensa en lo inmediato o en las ganancias materiales, que se encierra en si mismo y ya no entiende lo que significa tener una espiritualidad. Podemos tenerlo miedo a ese mundo, o podemos incluso contagiarnos del espíritu de ese mundo.
Pero no olvidemos que somos sembradores aunque nos cueste. Sabemos que contamos con la fuerza del Espíritu que anima nuestra vida y nos da la fuerza para hacer la siembra. No nos guardemos la semilla para nosotros o para otro momento que se puede echar a perder. Es ahora cuando tenemos que sembrarla.

viernes, 16 de septiembre de 2016

Como Jesús también nosotros hemos de proclamar la Buena Noticia del Reino de Dios aunque sea en un mundo de increencia y de indiferencia

Como Jesús también nosotros hemos de proclamar la Buena Noticia del Reino de Dios aunque sea en un mundo de increencia y de indiferencia

1Corintios 15,12-20; Sal 16; Lucas 8,1-3
‘Jesús iba caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, predicando el Evangelio del reino de Dios’.  Así sencillamente nos resume el evangelista la acción evangelizadora de Jesús de pueblo en pueblo por toda Galilea.
No iba solo, lo acompañaban muchos discípulos, muchos que querían seguir sus pasos, que se habían sentido deslumbrado por su anuncio, por sus palabra y querían estar con El, seguir su camino; entre ellos el evangelista nos destaca a los Doce, los había elegido y llamado para que de manera especial estuvieran con El, porque a ellos les iba a confiar su misión; pero el evangelista nos habla también de algunas mujeres, el grupo de las mujeres piadosas que estarían con Jesús hasta en el momento de la cruz; muchas habían recibido especiales dones de Jesús, como verse liberadas del mal, otras incluso lo ayudan con sus bienes.
Lo importante es el anuncio, la Buena Nueva que proclama, el Evangelio del Reino de Dios. había sido su anuncio desde el principio y desde el principio nos pedía creer en ese anuncio, creer en ese Reino de Dios que se construía, construir ese Reino de Dios en el corazón convirtiéndonos a El. ‘Convertíos y creed en la Buena Noticia’, recordamos que era su anuncio.
Allí estaban con Jesús y le seguían de cerca quienes creían en ese anuncio, quienes querían que se Reino de Dios se hiciera realidad. Queremos nosotros estar también cerca de Jesús; queremos también que ese Reino de Dios se vaya haciendo presente más y más en nuestro mundo. Parece que no es fácil porque las sombras de la increencia y la indiferencia parecen que lo invaden todo. A quienes queremos hablar del Reino de Dios la gente nos mira quizá de una forma escéptica, como si oyeran hablar de visiones o de sueños irrealizables.
Pero nosotros creemos en el Reino de Dios, porque primero que nada queremos que Dios sea en verdad el centro de nuestra vida. No siempre es fácil, repito, porque son tantas las cosas que nos distraen, que nos tientan, que nos hacen sus ofertas, para que pongamos el corazón en ellas, para que las convirtamos en absolutos de nuestra vida. Pensemos en tantos apegos del corazón; pensemos en esas cosas que poseemos o que más bien nos poseen y que parece que nada somos sin ellas; pensemos en tantas esclavitudes en las que podemos caer atándonos a cosas, atándonos a ideas, poniendo en duda cosas fundamentales, llenando de sombras nuestro corazón.
Queremos vivir el Reino de Dios y buscar los verdaderos valores que nos lleven por caminos de plenitud, caminos que nos hagan tener la mirada alta, caminos de verdadera libertad, caminos de amor y de solidaridad, caminos en lo que busquemos siempre lo bueno por encima de todo, caminos en que sepamos encontrarnos con Dios que viene a nuestra vida. Son los caminos por los que iremos construyendo el Reino de Dios.
No olvidemos que aquello que hacia Jesús que iba por todas partes haciendo el anuncio de la Buena Nueva del Reino es lo que nosotros tenemos que seguir haciendo. No podemos callar esa alegre buena noticia, no la podemos ocultar, porque así lograremos la salvación para nuestro mundo. Es el compromiso de nuestra fe, es nuestro compromiso de verdadero seguidor de Jesús, de un auténtico discípulo.

jueves, 15 de septiembre de 2016

De María aprendemos a estar junto a la cruz de Jesús con una verdadera solidaridad en el dolor de cuantos sufren a nuestro lado

De María aprendemos a estar junto a la cruz de Jesús con una verdadera solidaridad en el dolor de cuantos sufren a nuestro lado

1Corintios 15,1-11; Sal 117; Juan 19,25-27:

‘Junto a la cruz estaba María, la madre de Jesús…’ Después de haber contemplado ayer la Cruz y a quien de ella pendía como nuestro Salvador en la entrega suprema de su vida por amor hoy la Iglesia nos invita a contemplar a María junto a la cruz de Jesús.
‘Y a ti una espada te traspasará el alma’, le había anunciado el anciano Simeón allá en el templo cuando la presentación de Jesús para cumplir la ley de Moisés. Traspasada de dolor en la pasión y muerte de Jesús hoy la contemplamos en cumplimiento de aquella profecía. La tradición nos habla del encuentro de Jesús y María en la calle de la amargura camino del Calvario.
Allí en medio de las gentes que vociferaban contra Jesús la contemplaremos siguiendo aquel cortejo de dolor y sangre arropada por las buenas mujeres que habían seguido a Jesús, alentada quizá por el llanto de aquellas mujeres anónimas a las que Jesús invitaba a llorar por sus pecados y por sus hijos, y apoyada seguro en el discípulo amado que al pie de la cruz iba a recibir como hijo en nombre de toda la humanidad.
María en medio de aquellos que vociferaban su maldad queriendo llevar a su Hijo hasta el patíbulo, pero María allí donde hay sufrimiento y muerte para unirse ella en una solidaridad tan especial como puede hacerlo una madre a la ofrenda de amor que hacia Jesús de su vida al Padre derramando su sangre por la salvación y el perdón de los pecados de toda la humanidad.
Queremos, sí, contemplar a María en medio de ese cuadro lleno de sombras pero también de luz, porque será la manera como seguiremos contemplando a María a través de todos los tiempos junto al dolor de todos sus hijos. María, junto a la cruz de Jesús en el Calvario, María junto a la cruz de Jesús en el sufrimiento de tantos a lo largo de los siglos. La presencia de María va a iluminar las sombras de ese cuadro de muerte del sufrimiento de los hombres a través de todos los tiempos. Es la madre que estará siempre al lado de sus hijos, pero de manera especial de sus hijos más débiles, como siempre hacen las madres, en todos los torturados por el dolor y el sufrimiento sea cual sea.
Qué paz cuando sentimos a María en medio de las sombras de nuestra vida. El amor de la madre nos llena de luz y nos abre a la esperanza. El amor de María nos enseñará también a nosotros a estar junto a la cruz; junto a la cruz, porque la llevamos en nosotros y con nosotros en el camino del seguimiento de Jesús, ya que El nos invita a seguirle tomando, cargando con nuestra cruz de cada día; pero junto a la cruz de Jesús porque aprenderemos a estar al lado del sufrimiento de los demás para con nuestro amor, nuestra presencia, nuestros gestos de solidaridad llevar también ese rayo de luz y de esperanza que necesita todo el que sufre.
Es nuestra tarea. Es la lección que aprendemos de María. María, Madre y Reina de los Dolores porque supo estar junto al dolor de su Hijo con su corazón traspasado; Madre y Reino de los Dolores, porque sigue estando junto a la cruz de sus hijos, todos los hombres que sufren para alentar su esperanza, para darnos motivos para caminar, para aprender también nosotros lo que es el amor verdadero y la solidaridad con que hemos de estar junto a nuestros hermanos los hombres que sufren. De María aprendemos a no cruzarnos de brazos; de María aprendemos a buscar formas para mitigar cualquier dolor, para servir de consuelo a los que lloran, para encender una luz en el corazón que nos haga tener esperanza.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

Para nosotros contemplar la cruz de Cristo es contemplar el triunfo del amor y de la vida y querer vivir todo el compromiso de nuestro amor


Para nosotros contemplar la cruz de Cristo es contemplar el triunfo del amor y de la vida y querer vivir todo el compromiso de nuestro amor

Números 21, 4b-9; Sal 77; Filipenses 2, 6-11; Juan 3, 13-17

A las personas se nos conoce y se nos distingue por una serie de signos externos ya sea en nuestros vestidos o aditamentos que nos pongamos, ya sea en expresiones o gestos de nuestro rostro o de nuestro cuerpo, o ya sea en nuestra manera de ser o de actuar. Así nos distinguimos, expresamos lo que somos o quienes somos. Por otra parte en las reglas y normas de la sociedad en la que vivimos portamos con nosotros un documento de identidad que contiene unos datos básicos sobre nuestra persona y que oficialmente, por así decirlo, nos identifica.
Pero ¿esa es toda nuestra identificación en la vida? ¿No habrá algo más profundo en nosotros que identifique nuestra persona por el sentido que le hemos dado a nuestra vida? Creo que podemos entender que nos estamos refiriendo a lo que da sentido a nuestra vida desde nuestra fe. ¿Qué nos identifica como cristianos? ¿Qué signos llevamos en nuestra vida que señale claramente qué es lo que somos y quienes somos?
El signo no lo podemos reducir a algo material que llevemos impuesto sobre nosotros como si fuera solamente un vestido, un adorno o un aditamento externo. El signo sabemos bien que tiene que ser nuestra vida impregnada de amor, porque eso es lo que verdaderamente nos distingue como discípulos de Jesús. ‘En esto conocerán que sois discípulos míos, en que os amáis los unos a los otros como yo os he amado’, nos dice Jesús.
Pero eso no impide que llevemos en nosotros una marca, también una señal externa de lo que es nuestra fe en la salvación que recibimos de Jesús y de lo que es el amor que vivimos con los hermanos. ¿Qué mejor señal que la cruz? Con ella fuimos ya marcados desde nuestro bautismo. Pero repito no es un aditamento externo sino una señal de nuestro compromiso, el compromiso de nuestra fe y de nuestro amor.
Por esa señal de la cruz confesamos nuestra fe. Así lo hacemos cuando trazamos la señal de la cruz sobre nosotros ‘en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo’. Con ello estamos haciendo una profesión de fe, una proclamación de la fe que tenemos. Y lo hacemos con la Cruz salvadora de Jesús, puesto que en la entrega de Jesús en su muerte en la cruz obtuvimos la salvación, la redención de nuestros pecados, el nacimiento a una vida nueva. Con qué respeto y veneración tendríamos que hacer la señal de la cruz, no como algo mágico sino como una auténtica confesión de fe en nuestro Salvador.
Llevamos también sobre nosotros el signo de la cruz, pero que nunca sea como un adorno o una ostentación. La cruz significa sacrificio, significa entrega, significa amor. Con esa gallardía entonces hemos de llevarla, porque así queremos expresar nuestro amor, nuestra entrega, la capacidad que tenemos de darnos y de sacrificarnos por los demás. La cruz es despojo y es pobreza porque también es lugar de muerte, pero cuando llevemos nosotros la cruz como un signo sobre nosotros signifique cómo somos capaces de despojarnos de nosotros mismos, de nuestro yo, de nuestro orgullo, de nuestros caprichos para vivir para los demás, para vivir en ese sentido y estilo de vida nueva que Jesús nos ofrece y que en la cruz de Jesús aprendemos. Será así cómo vamos manifestando de verdad nuestro distintivo de cristianos.
Hoy, 14 de septiembre, estamos celebrando la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Fiesta que en muchos lugares se transforma en una fiesta de Cristo crucificado, como lo es en nuestra tierra las fiestas del Cristo de La Laguna que hoy se celebran. En mi ciudad de Tacoronte celebraremos en los próximos domingos, como una prolongación de este día, la fiesta de Cristo abrazado a la Cruz y mostrándonos la cruz como la señal y el testigo de su amor; son las fiestas del Cristo de los Dolores, de Tacoronte. Y así en otros muchos pueblos a lo largo de toda la geografía.
Y es que no podemos separar la exaltación de la Santa Cruz de Cristo en ella crucificado. Así surgen en este día todas estas fiestas de la devoción del pueblo cristiano. No miramos nunca a la Cruz separada de Cristo, porque es en Cristo en ella crucificado donde encuentro todo su sentido de amor. Para nosotros, pues, contemplar la cruz de Cristo es contemplar el triunfo del amor y de la vida; celebrar la cruz de Cristo es querer vivir todo el compromiso de nuestro amor. Por eso con orgullo llevamos la cruz como un signo vivo grabado en nuestra vida. 

martes, 13 de septiembre de 2016

Es necesario volver a llenar nuestro corazón de misericordia y de compasión para que rebose, contagie, se desborde en nuestros gestos, con nuestra presencia, con nuestra cercanía, en nuestras palabras

Es necesario volver a llenar nuestro corazón de misericordia y de compasión para que rebose, contagie, se desborde en nuestros gestos, con nuestra presencia, con nuestra cercanía, en nuestras palabras

1Corintios 12,12-14.27-31ª; Sal 99; Lucas 7,11-17

‘Le dio lástima… No llores…’ se habían encontrado las dos comitivas a las puertas de la ciudad. Entraba Jesús con sus discípulos en su peregrinar en el anuncio de la vida por los caminos y las aldeas de Galilea; salía una triste comitiva de la ciudad llevando el cadáver de un joven que acababa de morir dejando sola a su madre viuda. Momentos de gran tristeza. Allí está el dolor de una madre y el consuelo que tratan de darle todos los vecinos que la acompañaban en tan triste momento. Y allí llega Jesús. ‘Sintió lástima…’ Unas palabras de Jesús para aquella madre desconsolada: ‘No llores’. Jesús se ha detenido en su camino ante aquella comitiva, ante aquel dolor.
Detenernos en el camino ante el dolor y el sufrimiento. No podemos pasar insensibles, como quizá tantas veces habremos hecho. Reconozcámoslo. ¿Nos enteramos del sufrimiento de las personas con las que nos cruzamos en la vida? muchos quizá lo ocultan y no nosotros no nos enteramos. Muchas veces no queremos enterarnos ante ese pobre que nos tiende la mano pidiendo una ayuda. A lo sumo quizá nos contentamos con meter la mano en el bolsillo para sacar una moneda, pero, sinceramente hemos de preguntarnos, ¿nos detenemos? ¿nos cruzamos las miradas? ¿tenemos una palabra para esa persona? ‘No llores…’ le dijo Jesús.
Casi no puedo seguir adelante en esta reflexión que me estoy haciendo viendo el gesto de Jesús que me recuerdan los gestos que tantas veces he dejado de hacer. Porque pasamos de largo, no nos queremos enterar, no queremos saber lo que hace sufrir a esa persona; para no implicarnos, para no comprometernos; no salimos de nosotros mismos y no damos lugar en nuestra vida al sufrimiento del otro; nos podría hacer sufrir, nos falta la verdadera empatía. Es necesario volver a llenar nuestro corazón de misericordia y de compasión para que rebose en nuestros gestos, para que contagie con nuestra presencia, se desborde con nuestra cercanía, se hace presente en nuestras palabras.
La presencia de Jesús fue presencia de vida. Jesús resucitaría al joven para devolvérselo a la madre, pero Jesús antes había llenado de vida el corazón de aquella mujer. El milagro no solo estuvo en la resurrección del muchacho; eso fue el signo de la resurrección de aquel corazón dolorido al que se había llenado de vida con la presencia de Jesús.
Así nosotros, nuestra presencia, nuestros gestos, nuestra cercanía, nuestras palabras cuando sea necesario, siempre nuestro amor tiene que llevar vida, tiene que llenar de vida a cuantos nos rodean, a los que sufren, a nuestro mundo. Un campo grande se abre ante nosotros.

lunes, 12 de septiembre de 2016

Hemos de tener por adelantado la certeza de que el amor de Dios no nos falta y el amor de Dios es primero

Hemos de tener por adelantado la certeza de que el amor de Dios no nos falta y el amor de Dios es primero

1Corintios 11,17-26.33; Sal 39; Lucas 7,1-10

‘Os digo que ni en Israel he encontrado tanta fe’. ¿Por qué esa admiración de Jesús? ¿Por qué esa alabanza? Eran un centurión romano; se supone que pagano, no de religión judía, aunque sabemos por los textos paralelos que era bien considerado con los judíos a los que había ayudado en la construcción de la sinagoga de Cafarnaún.
Habría sentido admiración por Jesús cuando escuchaba que era un profeta que iba enseñando a las gentes; acaso en alguna ocasión le habría escuchado anónimo en medio de la multitud que se arremolinaba en torno a Jesús; habría oído hablar de los signos que realizaba pues la fama de Jesús corría de boca en boca.
Ahora un criado al que aprecia mucho  está enfermo y ya no sabiendo a quien acudir en busca de remedios que le curen, acude a Jesús. Pero no se atreve a ir directamente; envía algunos mensajeros; cuando escucha que Jesús quiere acercarse a su casa, envía de nuevo otros mensajeros manifestando que no se siente digno de que Jesús llegue a su casa – en el relato paralelo del otro evangelista será ya el mismo centurión el que diga directamente estas palabras a Jesús – y que tiene la certeza de que solo una palabra bastará para curar a su criado; pone el ejemplo de sus ordenes que a una sola voz son cumplidas por sus subordinados, así poderosa es la Palabra de Jesús.
‘Os digo que ni en Israel he encontrado tanta fe’, es la reacción de Jesús. El criado quedará sano, como constatarán los enviados a su vuelta. Es la fe, la confianza humilde de aquel hombre. Fe y humildad que brillan en la súplica llena de esperanza. Cuánto tenemos que aprender. Suplicamos desde nuestras necesidades, pedimos una y otra vez, pero da la impresión de que no estamos convencidos de que vamos a ser escuchados. Con confianza y con humildad tenemos que aprender a ir hasta Jesús.
No como un último remedio, sino con la certeza y la confianza de que Jesús estará a nuestro lado siempre. Y sentiremos su fuerza, y crecerá nuestra fe, nuestros ojos se llenarán de luz, mientras en nuestro corazón renace la esperanza. No acudimos con exigencias, ni con chantajes, sino con confianza y con humildad. No nos tenemos que creer los merecedores de todo y que por muchas cosas que hagamos tenemos derecho a exigirle a Dios una respuesta. Nuestras promesas, sí, se quieren convertir muchas veces en chantajes, casi como una compraventa, pero hemos de tener por adelantado la certeza de que el amor de Dios no nos falta y el amor de Dios es primero. Somos nosotros lo que tenemos que dar respuesta a ese amor de Dios.
Como nos decía san Juan, ‘el amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó primero’. Esa certeza no la podemos olvidar, por delante está el amor que Dios nos tiene. Con esa confianza acudimos siempre a El.

domingo, 11 de septiembre de 2016

En el corazón de Cristo y en el de los cristianos nunca cabrá la discriminación ni la condena sino siempre manifestará la ternura de Dios abierto a la acogida, a la misericordia, al perdón

En el corazón de Cristo y en el de los cristianos nunca cabrá la discriminación ni la condena sino siempre manifestará la ternura de Dios abierto a la acogida, a la misericordia, al perdón

 Éxodo 32, 7-11. 13-14; Sal 50; 1Timoteo 1, 12-17; Lucas 15, 1-32
Quien no ha sabido o no ha querido tener la experiencia de la misericordia y la compasión porque en su orgullo se cree tan justo que no necesita nunca pedir perdón será igualmente inmisericorde y duro de compasión para con los demás no siendo capaz nunca de ser compasivo con nadie. Es algo duro, pero es el caparazón con el que seríamos capaces de recubrir nuestro corazón para no tener nunca ningún atisbo de ternura y misericordia.
Y nos puede suceder, porque aunque hayamos experimentado alguna vez esa compasión con nosotros podemos volvernos intransigentes con los demás e incapaces de perdonar a los demás. Muchos en la vida van con esa insensibilidad que incluso les hace expresarse con expresiones duras y hasta son incapaces de sonreír a nadie. Y lo más peligroso y terrible sería que nos podamos parapetar tras esas expresiones de intransigencia, de inmisericordia, de insensibilidad en nombre quizá de un sentido religioso, que por decirlo suavemente, es mal entendido.
Son los cumplidores, los que se creen impecables, los que son capaces de fijarse en la menor minucia para juzgar, para criticar, para condenar a los demás. Son los que van haciendo discriminaciones en la vida desde sus particulares apreciaciones, se quedan en las apariencias, y considerándose poco menos que intocables no se quieren rebajar a mezclarse con nadie; son los que van creando categorías en la vida, para ponerse ellos siempre en un estadio superior.
El evangelio hoy nos cuenta que todos los publicanos y pecadores llegaban hasta Jesús para escucharle. Pero por allá estaban los escribas y los fariseos juzgando y criticando desde sus distancias discriminatorias y puritanas. ‘Ese acoge a los pecadores y come con ellos’. No quieren mezclarse; en su duro corazón está siempre por delante el juicio, la discriminación y la condena. No entienden lo que Jesús está haciendo para mostrarnos el rostro misericordioso de Dios.
Y la respuesta de Jesús es proponer unas parábolas. ¿Es que un pastor va a dar por perdida una oveja que se le ha quedado extraviada en el campo o en las laderas de los barrancos? Aunque solo fuera por el interés de no tener una pérdida, iría a buscarle y movilizaría todo lo necesario para encontrarla. Pero es que además este pastor, no moviliza antes, sino que movilizará luego a sus amigos para decirles que ha encontrado la oveja que se le había perdido.
¿O es que una mujer que se la extraviado en su casa una moneda valiosa la va a dar por perdida? La va a buscar aunque tenga que revolver toda la casa y poner todo patas arriba. Pero es que además cuando la encuentra llamará a sus vecinas y amigas para comunicarles la buena noticia de que encontró aquella moneda preciosa que tenia extraviada y lo hará con gran alegría.
Y nos dirá Jesús que más grande será la alegría del cielo por un solo pecador que se arrepienta, reconozca su pecado y se convierta a la misericordia de Dios. ¿Cómo no va, pues, Jesús a alegrarse cuando los pecadores vienen a escucharle y muestran señales de arrepentimiento y conversión? Claro que hará fiesta y comerá con ellos. Además, si antes para buscar a ese pecador y traerlo al buen camino necesita participar en una de sus comidas o banquetes para El no habrá dificultad porque por encima de todo va a primar la misericordia y la compasión. En el corazón de Cristo nunca cabrá la discriminación ni la condena. Su corazón siempre manifestará la ternura de Dios y estará abierto a la acogida, a la misericordia, al perdón.
Y como bien sabemos no se acaban aquí las imágenes que Jesús querrá presentarnos de lo que es la misericordia de Dios, que ha de ser la misma misericordia con que nosotros hemos de actuar para con los demás. Será la parábola que todos bien conocemos y tantas veces habremos meditado que nos habla del padre que con una ternura grande en su corazón estará siempre esperando la vuelta del hijo que se ha marchado. Será el padre que espera pero que corre al encuentro; será el padre que hará fiesta con la vuelta del hijo, pero que intentará convencer al otro hermano para que sea capaz también de acoger a quien se consideraba muerto pero que ha vuelto a la vida.
Cargamos muchas veces las tintas fijándonos en maldad del hijo que se ha marchado y lo ha gastado todo viviendo de mala manera, no nos fijamos tanto en el resentimiento del otro hijo que en su orgullo no quiere recibir al hermano, pero tampoco entiende la actitud y la postura del padre, y nos fijamos poco en esa ternura de Dios que se manifiesta en aquel padre paciente, compasivo, misericordioso, que busca siempre nuestro encuentro no solo con El sino que seamos capaces de tenerlo también entre nosotros para que la fiesta sea grande.
Es lo que Jesús está queriendo decirles a aquellos letrados y fariseos que parece que no entendían o no querían entender lo que es la ternura y la misericordia porque en su orgullo habían endurecido demasiado el corazón. Es lo que Jesús está queriendo decirnos a nosotros también para que aprendamos a cambiar muchas actitudes y muchas posturas que muchas veces mantenemos en la vida. Y es que nuestra relación con Dios y su misericordia siempre ha de pasar por nuestra relación con los demás, por nuestra capacidad de encuentro siempre con los otros, con la ternura que brille en nuestro corazón para saber acoger a todos sin ningún tipo de discriminación.
Que nunca en nombre de nuestra fe o de nuestra religión queramos ser tan justicieros que no seamos capaces de mostrar nuestra ternura y capacidad de misericordia con los demás. Que la Iglesia no lo olvide nunca, porque algunas veces se hace demasiado justiciera y se puede contagiar de algunos criterios de nuestro mundo tan lleno de inhumanidad; sería algo triste que sucediera así en nuestra Iglesia. Alguien quizás pueda sentirse dolorido por cosas así en el seno de la Iglesia.

sábado, 10 de septiembre de 2016

Por nuestras buenas obras y por las respuestas que damos a los problemas de la vida manifestamos la congruencia de nuestra fe

Por nuestras buenas obras y por las respuestas que damos a los problemas de la vida manifestamos la congruencia de nuestra fe

1Corintios 10, 14-22; Sal 115; Lucas 6, 43-49

Qué desagradable encontrarnos con gente incongruente, personas en las que vemos una contradicción total entre aquello que dicen, aquello que pretenden enseñar a los demás o incluso corregir a los otros con lo que es la realidad de su misma vida. Pero cuidado no juzguemos porque fácilmente podemos caer nosotros en lo mismo cuando las obras que realizamos no están en verdadera consonancia con aquello que pensamos, o aquello que decimos que son nuestros principios. Y es que en nuestra debilidad, nuestra inconstancia o las cosas que nos distraen en la vida son posturas fáciles en las que podemos caer.
En nuestras obras, en lo que hacemos, en lo que vamos reflejando en la vida es donde en verdad tenemos que manifestarnos. Las palabras algunas veces cansan; todo el mundo habla, todo el mundo opina, todo el mundo dice cómo hay que hacer las cosas para que mejore nuestra sociedad, todos tienen la solución a los problemas, pero las cosas siguen igual porque quizá luego no nos ponemos a hacerlo realidad con las actitudes, las posturas, las acciones que vayamos realizando en la vida. Son las incongruencias de la vida que se manifiestan en tantas cosas.
Todo esto en referencia a lo que es la marcha de nuestra sociedad con los problemas concretos que tienen nuestros pueblos, o que vemos en la globalidad de nuestro mundo, pero todo esto en la vida concreta nuestra de cada día, allí donde estamos y donde vivimos; todo esto, tenemos que decir también, en cómo manifestamos lo que es nuestro ser cristiano, con sus valores, con sus compromisos, con lo que ha de ser la vida de la iglesia, con el testimonio que tenemos que dar en medio de nuestro mundo.
Ahí tenemos el mensaje del evangelio pero ¿qué hemos hecho de él? Lo tenemos muy bien guardado e integro en las páginas de un libro, podríamos decir, en lo que son los santos evangelios o el conjunto todo de la Biblia, pero eso hemos de plantarlo en nuestra vida, eso se ha de reflejar en nuestras actitudes, en nuestros compromisos, en nuestra manera de vivir, en nuestra relación con los demás.
De esto nos está hablando Jesús hoy en el evangelio cuando nos habla de los buenos frutos que tendríamos que dar, porque el árbol del evangelio del que nos alimentamos es bueno, y los frutos tendrían que ser buenos. Nos dice que Jesús que de lo que tenemos en el corazón hablarán nuestros labios, o lo que es nuestra vida, pero quizá no habremos plantado bien esos cimientos de nuestra vida, no hemos plantado de verdad el evangelio en nuestro corazón. Las ideas las podemos tener en la cabeza, pero no estar plantadas en nuestra vida.
Por eso nos propone esa pequeña parábola de aquellos que edificaron su casa, uno sin cimientos, simplemente sobre arena, y el otro en verdaderos cimientos sobre roca que darán plena consistencia al edificio. Cuando nos vienen los temporales de la vida, cuando nos aparecen los problemas y las dificultades, cuando nos aparecen los contratiempos, los roces que vayamos teniendo en la vida con los demás, las criticas que podamos ir recibiendo de los otros, los desencantos de la vida porque sufrimos incomprensiones y quizá hasta desprecios, cuando el camino se nos hace duro porque quizá desde dentro de nosotros mismos nos aparecen pasiones que nos desestabilizan y desorientan, es cuando vamos a ver de verdad si tenemos nuestro edificio cimentado sobre roca, sobre la roca del evangelio, sobre la roca de nuestra auténtica fe.
Veremos entonces la congruencia o la incongruencia que haya quizá en nuestra vida y no nos sentiremos desencantados por las incongruencias de los demás sino por nuestras propias incongruencias.

viernes, 9 de septiembre de 2016

No podemos ser ciegos que quieren guiar a otros ciegos, sino hermanos que caminamos juntos para ayudarnos a no tropezar una y otra vez en la misma piedra

No podemos ser ciegos que quieren guiar a otros ciegos, sino hermanos que caminamos juntos para ayudarnos a no tropezar una y otra vez en la misma piedra

1Corintios 9, 16-19. 22b-27; Sal 83; Lucas 6, 39-42

Cuántas veces a pesar de tener todas las posibilidades de la luz se nos nublan los ojos para no ver lo que realmente sería interesante que nos viéramos. Sí, ya no se trata solamente de esa luz que necesitamos para ver nuestro entorno o ver a las personas que nos rodean – que muchas veces andamos ciegos y tampoco las vemos cómo tendríamos que verlas – sino que se trata de esa luz interior que nos hace ver lo más profundo de nosotros.
Nos cuesta mirarnos, no queremos mirarnos, rehuimos muchas veces tener una visión realista de nuestro interior y nos creamos fantasías. Ya decía un filósofo de la antigüedad que la verdadera sabiduría está en conocerse a uno mismo pero la mirada que nos hacemos a nosotros mismos muchas veces es interesada para no ver la realidad de lo que somos.
Ver la realidad de lo que somos significa, sí, auto estimarnos, valorando también lo bueno que hay en nosotros, tomando en consideración nuestros valores y virtudes, nuestras capacidades que muchas veces son más de las que aprovechamos, pero significa también ser realista para que vuestros defectos, nuestros fallos, esa piedra en la que tropezamos no solo dos veces sino muchas veces, ver eso que hemos de corregir y lo que hemos de mejorar.
Ni queremos hundirnos a causa de nuestros defectos, ni queremos ponernos sobre pedestales porque tengamos unos valores y cualidades, sino mirarnos con sinceridad para ver lo que somos y que eso sirva para seguir construyendo nuestra vida y para ayudar también a la construcción de un mundo mejor.
Si nos miramos a nosotros mismos con sinceridad, seguro que la mirada que tengamos sobre los demás será más clara y luminosa. Muchas veces tenemos la tendencia de tener una mirada negativa de los otros, fijándonos quizá primero que nada en sus defectos o en aquellas cosas que no nos gustan. Viendo la realidad de nuestra vida seguro que nuestra mirada se vuelve más positiva.
Es cierto que para el amigo y el hermano siempre queremos lo mejor y por supuesto no nos gusta verle caer en errores o que se deje arrastrar por sus debilidades. Pero es ahí donde tiene que estar la delicadeza y la humildad de nuestro amor. Si nos acercamos al hermano y queremos corregirlo vamos con la conciencia humilde de que no somos perfectos y también tendremos nuestros fallos y por eso con la delicadeza más exquisita queremos ayudarles a superar sus fallos. Nunca desde la prepotencia de la soberbia y el orgullo, sino siempre desde la humildad de quien se sabe también pecador, pero con la delicadeza del que ama de verdad.
Es lo que viene a enseñarnos hoy Jesús en el evangelio. Es la manera en que en verdad podemos ser luz y llevar luz a los demás. Es la forma en que nos convertiremos en ciegos que guían a otros ciegos, sino en hermanos que queremos caminar juntos y nos damos la mano para no tropezar una y otra vez en los mismos errores.

jueves, 8 de septiembre de 2016

Nos felicitamos con la Madre en el día de su nacimiento que fue verdadera aurora de nuestra salvación

Nos felicitamos con la Madre en el día de su nacimiento que fue verdadera aurora de nuestra salvación

Miqueas 5, 1-4ª; Sal 12; Mateo 1,1-16.18-23

¡Felicidades, María! Sí, felicidades ya te llames Luz o te llames Remedios, ya te llames Pino o te llames Guadalupe, ya el nombre con que te llamen sea Covadonga o sea Victoria, hoy es tu día. ¡Felicidades, Madre! Es tu cumpleaños; hoy fue el día de tu nacimiento. En nuestro amor te damos muchos nombres, que son como piropos con los que queremos embellecer si cabe más tu hermosura; pero tu nombre hermoso es María, como te llamó el ángel, pero eres la agraciada de Dios, la bendecida del Señor, eres su Madre y eres nuestra Madre.
No sabemos cómo mejor bendecirte y alabarte, como mejor manifestar ese amor grande que tenemos, y la alegría que sentimos en tu fiesta; por eso los pueblos a lo largo de la geografía quieren celebrar tu nacimiento y te invocan con distintos nombres, pero todos quieren ser el amor devoto de quienes generación tras generación te hemos visto y llamado dichosa y bienaventurada.
Hoy es un día grande. No es el nacimiento de una niña más, con todo lo que ya en si mismo tiene el nacimiento de una nueva criatura. Es que con tu nacimiento comienza a resplandecer en el horizonte de la historia y de la vida el resplandor de una nueva aurora. La aurora anuncia la salida del sol y comienza a reflejar ya en el horizonte los colores de los que se llena el universo con la salida del sol. En ti, María, estamos viendo esa hermosa aurora que nos anuncia al Sol que viene de lo alto, en ti, María, estamos contemplando la aurora de la salvación, porque de ti ha de nacer el Salvador. Por eso tu nacimiento no puede pasar desapercibido.
Quizá aquel día en aquel humilde hogar de Jerusalén en los alrededores de la piscina de Betesda y en la cercanía del templo cuando se oyó tu primer llanto al venir a la vida, los vecinos de alegraran por el nacimiento de la hija de aquellos venerables y devotos padres, Joaquín y Ana, y se felicitaran con ellos. Pero allí estaba brotando un hermoso renuevo del tronco de Jesé que daría hermosa flor que nos traería el fruto salvífico de la vida y de la salvación. Por eso nuestra alegría quiere ser grande en la fiesta de tu nacimiento y queremos así mostrarte todo nuestro amor, como al tiempo alabar y bendecir al Señor que nos ha dado tan hermosa flor, presagio y anuncio de nuestra salvación.
Queremos ofrecerte nuestro amor con el que queremos copiar en nosotros tu belleza y tu santidad; queremos ofrecerte nuestro amor siguiendo tus mismos pasos, y dejándonos iluminar por la verdadera luz del Sol que nos trae la salvación. Ojalá nosotros podamos reflejar en nuestra vida, como tú, verdadera aurora de la salvación, reflejaste en tu vida la santidad de Dios; que nuestra vida se llene de los colores vivos del amor, que reflejemos en nosotros esa luz de Dios que en ti brilla porque aprendamos de tu solidaridad para salir también al encuentro de los demás, para ponernos en el camino del servicio y de la atención a los necesitados; que brille también nuestro rostro y nuestra vida toda con la luz de la gracia, porque como tú, María, sepamos llenarnos de Dios.
Alcánzanos, Madre, tú que eres la bendecida de Dios y la bendita entre todas las mujeres, la bendición de Dios que nos santifique y nos haga resplandecer, como tú, de amor.
¡Felicidades, María! ¡Felicidades, Madre! en el día de tu nacimiento, aurora y anuncio de nuestra salvación

miércoles, 7 de septiembre de 2016

La Buena Noticia de Jesús nos hace dichosos porque el Reino de Dios hace un mundo distinto y mejor para todos

La Buena Noticia de Jesús nos hace dichosos porque el Reino de Dios hace un mundo distinto y mejor para todos

1Corintios 7,25-31; Sal 44; Lucas 6,20-26

Cuando Jesús comenzó su predicación por los caminos y pueblos de Galilea su invitación era a la conversión para creer en el Reino de Dios que anunciaba. Algo nuevo habría de surgir y poniendo nuestra fe y nuestra confianza en su palabra tendríamos que cambiar el corazón. En la Sinagoga de Nazaret, en lo que solemos llamar discurso programático de Jesús, proclamaba el texto de Isaías en el que se anunciaba que los pobres serían evangelizados, que para los pobres era la Buena Noticia del Reino de Dios. Anunciaba entonces toda una transformación en el corazón de los hombres para alcanzar la ansiada libertad, liberación de todo dolor y sufrimiento porque llegaba el año de gracia del Señor. Es la Buena Noticia que Lucas nos irá describiendo y desarrollando a lo largo de todo su Evangelio.
Es lo que en ese mismo sentido le escuchamos decir hoy en el llamado sermón de las Bienaventuranzas, que los pobres serían dichosos porque de ellos sería el Reino de Dios. Jesús ha bajado de la montaña, nos describe Lucas, en donde había escogido y elegido a los que serían los doce apóstoles, y ahora en la llanura cuando se encuentra con todos los discípulos, con todos aquellos que le buscan porque quieren escucharle y en El encontrar salud y salvación, va desgranando ese anuncio de las llamadas bienaventuranzas, ese anuncio de dicha porque llega el Reino de Dios.
Llega el Reino de Dios y para todos es la dicha y la felicidad. Llega el Reino de Dios y un mundo nuevo ha de comenzar. Y esa buena nueva se anuncia a los pobres, y a los que sufren, a los que lloran y a los que se ven perseguidos. Llega el Reino de Dios y cuando todo se ha de transformar porque sentimos que Dios es el único Rey y Señor de nuestra vida encontraremos paz y encontremos consuelo, iremos encontrando en esa solidaridad nueva del amor que va surgiendo solución a nuestros problemas y carencias y nuestra vida de penurias y necesidades va a cambiar, va renaciendo una nueva esperanza en los corazones y vamos a ir encontrando ese consuelo para nuestras lagrimas y sufrimientos y esa fortaleza para los momentos duros con que nos vayamos tropezando en la vida.
Comienza, sí, un mundo de dicha distinta, porque distinta tiene que ser nuestra vida y distintas tienen que ser nuestras relaciones haciéndolas más humanas y más fraternales. Y cuando nos humanizamos y nos sentimos hermanos cambiaran nuestras actitudes y también nuestras maneras de actuar, miraremos con ojos nuevos a los que están a nuestro lado y comenzaremos de verdad a sentirnos hermanos y ya no nos tendríamos que hacer sufrir los unos a los otros.
Tendrían que desaparecer nuestras actitudes egoístas y las ambiciones que nos encierran en nosotros mismos; no apegaríamos el corazón a las cosas terrenas sino que sabremos utilizar todo lo que está en nuestras manos para el bien y para el bien común desarrollando con nuevo ardor nuestras capacidades no buscando riquezas para nosotros mismos, sino un desarrollo que haga un mundo mejor y más feliz.
Qué dichosos nos haría el evangelio si supiéramos escucharlo de verdad en nuestro corazón y ponerlo en práctica en nuestra vida.

martes, 6 de septiembre de 2016

Jesús llama a cada uno por su nombre, con su propia identidad, contando con él con sus valores y sus debilidades, sus esperanzas y sus cansancios

Jesús llama a cada uno por su nombre, con su propia identidad, contando con él con sus valores y sus debilidades, sus esperanzas y sus cansancios

1Corintios 6, 1-11; Sal 149; Lucas 6, 12-19

Sentir que nos llaman por nuestro nombre, aunque estemos acostumbrados a ello, es algo que nos llega al corazón. Casi no le damos importancia porque en nuestra relación mutua estamos acostumbrados a llamarnos así por nuestro nombre, pero hay momentos en que decir alguien nuestro nombre, decirnos nuestro nombre, parece que nos hace como sentir un revuelco por dentro; quizá alguien con quien no tenemos mucha relación o que nos pueda resultar desconocido que llegue hasta nosotros y nos diga y nos llame por nuestro nombre es como una llamada de atención, es como reconocer nuestra identidad, algo que quizá sentimos de manera especial.
Es un sentirnos valorados, quizá, sentir que se nos da importancia porque nos conocen y nos conocen por nuestro nombre, o experimentar que quizá se nos quiere para algo especial que se nos va a pedir o que se nos va a confiar.
¿No recordamos aquel momento del evangelio en que Jesús llamó a María Magdalena por su nombre, allá en el huerto, después de la resurrección cuando ella aun buscaba su cuerpo muerto? ‘¡María!’, le dijo Jesús y ella que lo había confundido hasta entonces lo reconoció, ‘¡Raboni, Maestro!’ y todo cambió para Magdalena que se convertiría en la primera misionera de la resurrección.
Es lo que hoy escuchamos también en el evangelio. Jesús en la montaña, después de pasar una noche en oración, llamó a doce por su nombre, a los que El quiso, a los que El eligió para convertirlos en sus apóstoles, en sus compañeros para siempre, en sus enviados en el futuro con la misión de construir el Reino, de fundamentar la Iglesia.
Destacamos la importancia del momento; ‘jesus pasó la noche orando a Dios’, nos dice el evangelista. Era un momento importante y Jesús lleno de Dios hace la llamada; es la llamada de Dios que los escoge por su nombre; son ellos con sus características propias, pescadores, recaudadores de impuestos, gente que provenía de las más diversas profesiones, con sus dudas y sus interrogantes, con sus ambiciones, con sus deseos de algo nuevo para ellos y para Israel, llenos de esperanza en el Mesías que había de venir, cada uno con su propia identidad.
Así nos ama el Señor, así nos llama a nosotros también el Señor, por nuestro nombre, contando con lo que es nuestra vida también tan llena de debilidades y muchas veces también de fracasos, con nuestros altibajos, con nuestras ilusiones y esperanzas, con nuestros desalientos y cansancios, con nuestro deseo de algo mejor para nuestra vida y queriendo también un mundo mejor. Así nos llama el Señor y así quiere contar también con nosotros.
Muchas mas cosas podríamos considerar en este pasaje del evangelio, pero vamos a quedarnos con esa llamada de Jesús, a cada uno por su nombre; escuchamos con los oídos del corazón esa voz del Señor que pronuncia nuestro nombre. ¿Seremos capaces de decir como el pequeño Samuel ‘aquí estoy, vengo porque me has llamado… habla, Señor, que tu siervo escucha’

lunes, 5 de septiembre de 2016

El amor no puede tener fronteras ni de tiempo ni de lugar porque es expansivo para abrazar a todos dándoles cabida en nuestro corazón

El amor no puede tener fronteras ni de tiempo ni de lugar porque es expansivo para abrazar a todos dándoles cabida en nuestro corazón

1Corintios 5,1-8; Sal 5; Lucas 6,6-11

No hay hora para hacer el bien. Algunos piensan, bueno yo ya hoy hice mi obra buena y ya no tengo que preocuparme más, o ya muchas veces ayudo a la gente no tengo que estar pendiente a todas horas como si fuera una farmacia de guardia. Son cosas que oímos; cosas que se nos pueden pasar por la cabeza pero que, pienso yo, podrían denotar un raquitismo del espíritu. Mala enfermedad es esa.
Por eso, repito no hay hora para hacer el bien, porque siempre está la oportunidad de hacerlo, o en cualquier momento nos podemos encontrar con la necesidad. Cuando hay amor de verdad en nuestro corazón no ponemos horarios para hacer el bien, ni ponemos límite ni cantidad, porque mucho que nos quiera arrastrar un callado egoísmo que se nos puede meter por dentro. ¿Hay alguien que te tiende la mano desde su necesidad y le vas a responder ahora no es mi hora, ahora no es mi día? ¿Ves una persona triste y con sufrimiento a tu lado y te vas a volver de espalda porque ahora no te toca hacer el bien? El amor no puede tener límites, ni fronteras, ni hacer discriminaciones.
Me surgen estos pensamientos y reflexiones al tratar de escuchar en mi interior el evangelio que hoy nos propone la liturgia. ‘Entró Jesús en la sinagoga a enseñar… era sábado… y había allí un hombre que tenía una parálisis en un brazo… y por allá estaban los escribas y fariseos a ver si Jesús lo curaba…’ Era sábado y no se podía curar; era sábado y no se podía hacer el bien; era sábado y había que dejar a aquel hombre en su limitación y en su sufrimiento; era sábado y no era ni la hora ni el día ¿se podía entender esto? Así Vivian encorsetados con la ley los fariseos; así aparecían las desconfianzas y la maldad en sus corazones; así se estaba manifestando la dureza de su corazón; así aparecía la ausencia del amor en sus vidas. 
No le podemos poner un corsé al amor. No podemos encerrarlo en unos límites porque el amor siempre es expansivo y será capaz romper todos los moldes y todos los límites. El amor no puede tener fronteras ni de tiempo ni de lugar; el amor no hará nunca discriminación de personas sino que abrirá de par en par las puertas del corazón para que todos tengan cabida en él. El amor curará todos los raquitismos que pudieran aparecer en nosotros por la tentación del egoísmo. El amor siempre nos hará solidarios para sentir como propio el sufrimiento de los demás. El amor nos hará abrazar el ancho mundo dándoles cabida a todos en nuestro corazón.

domingo, 4 de septiembre de 2016

Necesitamos la Sabiduría del Espíritu para discernir los caminos del Evangelio y seguirlos con toda radicalidad

Necesitamos la Sabiduría del Espíritu para discernir los caminos del Evangelio y seguirlos con toda radicalidad

Sabiduría 9, 13-19; Sal 89; Filemón 9b-10. 12-17;  Lucas 14, 25-33
En la vida tenemos que saber a donde vamos a ir para no perdernos en el camino. Hemos de tener metas claras, porque en el fondo nos darán motivación para nuestro caminar, sentiremos el estímulo de los pasos que vamos dando y eso nos ayudará a superar dificultades y contratiempos y a hacer también las necesarias renuncias a cosas que nos pudieran parecer buenas pero que no se pueden convertir en rémora o en obstáculo para alcanzar dichas metas.
Algunos prefieran caminar al azar, a la imprevisible, pero hay el peligro de andar errantes de un lado para otro y al final nos puede venir el vacío del desaliento. Muchas veces nos encontramos en los caminos de la vida gente que anda sin rumbo; muchas veces nosotros podemos perder un poco de vista lo que son las metas y andamos dando tumbos en esos caminos de la vida. Son peligros, son tentaciones, son influencias quizá de una superficialidad del ambiente que se nos contagia y que se nos puede impregnar casi sin darnos cuenta. No son caminos que nos ayuden a alcanzar una plenitud de vida.
Hoy Jesús nos propone en el evangelio como dos ejemplos, el que quiere construir una torre o el del rey que va a hacer la guerra. Han de saber antes con los medios con que cuentan, han de estudiar las mejores tácticas, han de saber lo que quieren y si pueden conseguirlo. Y es que Jesús les está hablando a los discípulos que van con El. Muchos quieren ser sus discípulos; ahora en la subida a Jerusal
Se entusiasman con Jesús cuando ven sus milagros, cuando escuchan sus enseñanzas que tantas esperanzas suscitan en sus corazones de un mundo nuevo, están viendo en El a un profeta o quizá al Mesías esperado y le siguen. Pero, ¿tendrán claro todo lo que significa el seguimiento de Jesús? A pesar de todo lo que les ha hablado del Reino de Dios con parábolas, con sus enseñanzas, señalándoles cuál ha de ser el estilo de vida que han de vivir, ¿tendrán claro, repito, todo lo que implica vivir ese Reino de Dios anunciado por Jesús?
Ahora Jesús les ha hablado de un desprendimiento para romper lazos y ataduras señalándoles que el Reino de Dios ha de ser lo primordial y que han de saber desprenderse de todos los apegos posibles. Con lo importante que es la familia, padres, hermanos y hermanas, esposos o esposas, hijos, todos los seres cercanos a uno y que es algo que de ninguna manera Jesús quiere minusvalorar, les viene a decir que por encima de todo eso está el seguimiento de su camino, y que el Reino ha de ser lo primero en la vida y lo que le va a dar todo sentido y todo valor a lo que vivamos.
Son unas nuevas actitudes las que se han de vivir, una nueva manera de ver las cosas, un nuevo estilo y un nuevo sentido a lo que hacemos, aunque eso signifique cambiar posturas, ideas o pensamientos que tengamos de siempre. Incluso les hablará del valor y del sentido de todos esos bienes materiales que poseemos o deseamos poseer que no pueden convertirse en ídolos de nuestra vida. Por eso será necesario saber renunciar, saber desprenderse, saber vivir con un corazón libre y desapegado de esas cosas y de esos bienes materiales.
Y en todo esto que nos pide Jesús para que podamos vivir el Reino de Dios en todo su sentido tenemos que ser radicales, porque si no lo hacemos así no estaremos señales de que verdad le seguimos. ‘No puede ser discípulo mío’, les dice. Seguir el camino del evangelio de Jesús exige radicalidad en nuestra vida, en las decisiones que hemos de tomar, en el camino que vamos a seguir, en las metas que nos vamos a trazar. No podemos andar nadando entre dos aguas, o nadando y guardando la ropa, como se suele decir.
Por eso, un auténtico seguidor de Jesús, un auténtico cristiano siempre estará  tratando de conocer más a Jesús, de conocer más y mejor el evangelio profundizando en las palabras de Jesús. Nunca no podemos contentar con simplemente vivir lo de siempre sino que siempre se está abriendo ante nosotros ese camino nuevo del evangelio y podremos ir descubriendo más y mejor sus exigencias. Es triste que un cristiano no lea el evangelio, no lo medite, no lo vaya plantando cada día más en su corazón. Es como caminar sin metas, sin saber a donde vamos sino simplemente dejándonos arrastrar por el azar de cada día.
No es fácil vivir esa apertura de nuestro corazón a la novedad del evangelio y seguir el camino que se nos va trazando. No siempre por nosotros mismos seremos capaces de profundizar debidamente en todo el sentido del evangelio. Necesitamos la sabiduría de Dios, necesitamos la luz de su Espíritu en nuestro corazón. ¿Pues quién rastreará las cosas del cielo, quién conocerá tu designio, si tú no le das sabiduría  enviando tu Santo Espíritu desde el cielo?’ nos decía el libro de la Sabiduría que escuchamos hoy en la primera lectura.
Pidamos esa sabiduría de Dios, pidamos esa fuerza del Espíritu para que en verdad podamos impregnar de la Buena Nueva del Reino que nos anuncia Jesús.