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jueves, 23 de julio de 2026

Tenemos que dejarnos empapar por la savia del evangelio, escuchando y plantando la Palabra de Dios en nuestro corazón para poder llegar a dar frutos



Tenemos que dejarnos empapar por la savia del evangelio, escuchando y plantando la Palabra de Dios en nuestro corazón para poder llegar a dar frutos

Gálatas 2, 19-20; Salmo 33; Juan 15, 1-8

Toda obra que realicemos aparte de que tratemos de diseñarla bien para llevarla a la mayor perfección que deseemos nos exige un esfuerzo de superación, de corrección y mejora en la medida que la vamos realizando, que nos puede llevar incluso en algún momento a que tengamos que rehacerla totalmente como si la comenzáramos de nuevo para lograr esa meta de perfección a la que aspiramos; puede ser igual cualquier tipo de trabajo que realicemos de forma manual o incluso con los medios de los que disponemos hoy lo mismo que el artista que quiere plasmar una obra de arte.

Hoy el evangelio nos pone la imagen del agricultor que cultiva una viña con el deseo de obtener unos frutos de la mejor calidad; no nos vale la viña estéril que no da fruto como son innecesarios esos sarmientos que solo le dan frondosidad pero que no dan fruto; por eso hoy Jesús nos habla de poda, de cortar lo que impide los mejores frutos, lo que le va a mermar la vitalidad de esa planta.

Nos está queriendo decir muchas cosas el evangelio, porque nos está hablando de la vida misma, de nuestra vida, que ha de estar llena de vigor, que ha de madurar los mejores frutos; nos está hablando de nuestro crecimiento personal, que no es simplemente dejar pasar los días y que nuestro organismo y nuestro ser viva por si mismo, sino de esa búsqueda que nos da ese crecimiento como personas, que enriquece nuestra personalidad, que desarrolla nuestras capacidades, que nos hace madurar para afrontar la vida con todos sus problemas, pero que ha llevado un trabajo de nosotros mismos para corregir defectos y errores, para no dejar que se envicie nuestra vida, para que desarrollemos lo mejor de nosotros mismos, para que aparezcan los frutos de nuestra vida. ¿Cuáles serán los mejores frutos que podamos ofrecer de nosotros mismos? Es una búsqueda en nuestro crecimiento personal.

Pero nuestra vida no es solo lo humano que podamos realizar con toda su riqueza, hay un itinerario espiritual que también hemos de realizar buscando la verdadera grandeza y está, por supuesto, todo lo que significa nuestro seguimiento de Jesús. De una forma muy concreta nos está hablando Jesús cuando nos habla de cómo tenemos que estar unidos a El, como el sarmiento a la cepa de la vid para poder dar fruto, porque sin El no daremos en verdad fruto. ‘Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí’.

Nos decimos cristianos y lo decimos con excesiva facilidad que se puede quedar en superficialidad. No somos cristianos solamente porque se han realizado unos ritos religiosos en nuestra vida, ya fuera nuestro bautismo o la primera comunión, o porque realicemos unas determinadas prácticas religiosas; eso se nos quedaría en la apariencia si luego en el día a día de nuestra vida no estamos mostrando unos frutos, de unas actitudes y de unos valores, de una manera de vivir y de plantearnos las cosas y de unos compromisos nacidos en esa fe y que nos lleven la transformación de nuestro mundo a la manera del Reino de Dios.

Muchas veces nuestra vida se nos queda en lo superficial o simplemente nos dejamos arrastrar por el mundo que nos rodea. No olvidemos que en la masa de ese mundo tenemos que ser levadura, a ese mundo tenemos que llevarle el sabor de la sal del evangelio, ese mundo tenemos que iluminarlo con la luz de Cristo. Pero para poder realizar todo eso tenemos que estar unidos a Cristo como el sarmiento a la vid, como nos ha dicho hoy el evangelio. Tenemos que dejarnos empapar por la savia del evangelio, pero no lo lograremos si no lo escuchamos y plantamos de verdad en nuestro corazón.

Hoy la liturgia nos ha ofrecido este texto del evangelio porque estamos celebrando a Santa Brígida de Suecia que es patrona de Europa; una mujer que en su tiempo sintió una preocupación muy grande por lo que era y lo que significaba la Iglesia en su tiempo y la necesidad de una reforma muy grande para darle esa vitalidad del evangelio en el mundo en que vivía. Quizás de la mano de esta santa patrona de Europa y con el evangelio que hemos escuchado en nuestras manos y en nuestro corazón también tendríamos que sentir esa misma preocupación de que la Iglesia hoy siga siendo esa levadura de nuestro mundo, esa sal que dé sabores de evangelio a nuestra sociedad. Hablamos con mucha facilidad de una Europa cristiana, pero somos conscientes que cada vez influyen menos los valores del evangelio en esa sociedad nueva que queremos construir.

Muchas preguntas que hacernos. ¿Donde estamos los cristianos comprometidos? ¿Estará haciendo la Iglesia todo lo que tiene que hacer con arrojo y valentía para ser esa luz que refleje la luz de Cristo y del Evangelio en nuestra sociedad? ¿Qué estamos haciendo nosotros ahí en ese ámbito concreto en el que vivimos, nuestra familia, nuestros lugares de convivencia, nuestra comunidad, nuestro pueblo o lugar concreto donde vivimos y donde tenemos que ser esa levadura?


miércoles, 26 de junio de 2024

Tenemos que hacer que de nuevo lleguemos a dar esos frutos buenos desde una renovación profunda para hacer resurgir un espíritu nuevo y joven en nuestra vida

 


Tenemos que hacer que de nuevo lleguemos a dar esos frutos buenos desde una renovación profunda para hacer resurgir un espíritu nuevo y joven en nuestra vida

2Reyes 22, 8-13; 23, 1-3; Salmo 118; Mateo 7, 15-20

Cuando salgo en mis paseos cada mañana paso junto a unos terrenos que recuerdo haber visto en otros tiempos con excelente producción; un buen terreno para viñedos, para árboles frutales, y para el cultivo de otros frutos menores propios de nuestra huerta canaria. Sin embargo en los últimos años siento una tremenda lástima, porque la producción no es la que era, las frutas se caen de los árboles sin que se puedan aprovechar, los racimos de uva no llegan a prosperar porque se dañan tempranamente, y no contemplo aquellos otros frutos que allí se producían. En una palabra, que no hay frutos. ¿Por qué se han dañado aquellas viñas y aquellos árboles frutales? ¿Falta de cuidado y atención? La maleza va devorando aquel terreno en otros tiempos productivo.

¿Puede ser una imagen de a donde llegamos con nuestra vida? ¿Por qué derroteros camina hoy nuestra sociedad? ¿Qué le está pasando a nuestras comunidades cristianas? ¿Cuáles son los frutos que ahora realmente estamos produciendo? Quizás también podrá haber habido en nuestra vida un proceso que nos haya llevado a ese vacío que hoy notamos en nuestra sociedad, que podemos notar también en nuestra vida.

Creo que podemos ser conscientes del decaimiento que notamos en nuestra sociedad que muchas veces nos preguntamos por donde va. ¿Desorientación? ¿Pérdida de valores? ¿Decaimiento que nos lleva a una atonía ética donde parece que nos están haciendo perder el sentido de todo? ¿Enfriamiento del espíritu religioso? No son muy brillantes los frutos que percibimos en nuestra sociedad. Y miramos al seno de la Iglesia, de nuestras comunidades cristianas y aparte de que cada día vemos más vacías nuestras iglesias o nuestros templos, nos encontramos que los que aun quedamos somos cada vez más los que peinamos canas y falta el vigor de la juventud.

Hoy nos dice Jesús que por sus frutos los conoceréis, porque además un árbol viciado no podrá dar frutos buenos. Pero también el evangelio no nos permite caer en el pesimismo para verlo todo negro, porque igual que un árbol que no da fruto se le hace un tratamiento pasando por la poda además de abonarlo debidamente para que de nuevo pueda producirnos buenos frutos, así tenemos que pensar de nuestra vida, de nuestra sociedad y de nuestras comunidades.

Cuando mencionaba la lástima que sentía al contemplar aquel terreno por el que pasaba todos los días que había mermado en su producción me preguntaba por el cultivo, el cuidado que se había tenido o no para llegar a esa situación. ¿No tendríamos que preguntarnos por eso mismo de cara a nuestra vida, a nuestra sociedad, a nuestras comunidades? ¿No hará falta remover y renovar la tierra en la que están asentadas nuestras raíces para recomenzar con una nueva vitalidad y podamos dar los frutos que son necesarios?

Tenemos que pensárnoslo para dentro de nosotros mismos; tienen que pensárselo lo dirigentes de nuestra sociedad para promover todo lo que sea necesario para que haya un resurgimiento de vida en nuestros pueblos haciéndole crecer en los mejores valores; tenemos que pensárnoslo en el seno de nuestras comunidades cristianas que hemos dejado envejecer para hacer reverdecer todo eso hermoso que podemos hacer crecer en medio de nuestra Iglesia.

Necesitamos de un espíritu misionero, de energía, de valentía para afrontar nuevos retos, de buscar la manera de hacer una renovación desde lo más hondo, de hacer que nuestras comunidades, nuestra iglesia resplandezca por ese espíritu joven que siempre tiene que reinar en su seno, no solo por hagamos que de nuevo nuestros jóvenes descubran la riqueza de la fe y de los valores cristianos, sino porque nadie se deje envejecer en rutinas, en enfriamiento espiritual, en desgana, en conformismo.

¿Llegaremos de nuevo a dar esos frutos buenos en nuestra Iglesia y en nuestro mundo? No olvidemos que el espíritu del Señor está con nosotros y está tocando a las puertas de nuestro corazón para esa necesaria renovación.

domingo, 16 de junio de 2024

Con la acción de Dios nos podemos sentir transformados, y a través de nuestro actuar podemos sentir, podemos hacer que nuestro mundo también se transforme

 


Con la acción de Dios nos podemos sentir transformados, y a través de nuestro actuar podemos sentir, podemos hacer que nuestro mundo también se transforme

Ezequiel 17, 22-24; Salmo 91; 2 Corintios 5, 6-10; Marcos 4, 26-34

Muchas veces decimos, es que yo soy así y a estas alturas de mi vida nada me va a hacer cambiar, y nos encerramos en nosotros mismos como un caracol que pone enroscada la concha sobre si mismo y parece que nada lo puede hacer salir de allí. Pero algunas veces nos sorprendemos en nosotros mismos, aunque nos cueste reconocerlo, pero podemos verlo en la evolución de los demás, o en la evolución de la misma sociedad que realmente se puede cambiar, podemos comenzar a ser de otra manera, tener otras perspectivas u otros pensamientos.

Decimos que no sabemos cómo, lo queremos echar al azar, pero quizás olvidamos una palabra que un día escuchamos y nos hizo pensar, el testimonio de alguien que hizo algo que no esperábamos y quizás nos planteó unos interrogantes. ¿Puede ser la influencia de la sociedad que nos rodea? Tendríamos que quizás pensarlo, para darnos cuenta también de lo que podemos hacer. Pero ¿por qué no pensar en una fuerza interior que pueda mover nuestros corazones, hacer cambiar nuestros pensamientos, realizar una transformación dentro de nosotros que quizás no esperábamos? Nosotros los cristianos tenemos algo que nos puede dar luz en este sentido.

Hoy Jesús nos ha propuesto dos parábolas en el evangelio. Nos habla de una semilla echada en tierra y que allá en lo secreto de la tierra germina, hace brotar una planta, que crecerá y madurará para un día darnos fruto. Como nos habla de otra semilla más insignificante aún, la mostaza más pequeña que una cabeza de alfiler, y que sin embargo habrá brotar una planta muy hermosa.

Decimos es la fuerza de la semilla, su capacidad de germinar, el encontrar la tierra o el lugar apropiado para que al germinar brote y nos pueda dar esa planta con sus frutos. Decimos que el labrador poco más hace que sembrarla, quizás luego vendrá el cultivarla con sus cuidados, sus riegos y sus abonos. Pero no es el abono el que hace germinar la semilla, sino que antes tendrá que germinar para que luego pueda alimentarse y fortalecerse.

¿Qué nos estará queriendo decir Jesús? ¿Podrá germinar algo nuevo en nuestro corazón? ¿Podrá lograrse esa transformación de nuestro mundo y de nuestra sociedad? No pensamos solo en la mano o el poder del hombre. Quizás muchas veces nuestra mano maleada o nuestro poder con todas las cosas que en su entorno con sus ambiciones y manipulaciones, con nuestros enfrentamientos y nuestras guerras y podemos decir de cualquier tipo que puedan aparecer, más bien muchas veces está produciendo nuestra destrucción y la destrucción de nuestro mundo. ¿No hay posibilidad de salvación para nosotros y para nuestro mundo?

Jesús cuando se ha planteado estas parábolas se estaba preguntando con qué podía comparar el Reino de Dios. Es lo que hemos de tener presente. Como creyente sigo pensando y creyendo en la presencia y en el poder de Dios en medio de nosotros, incluso en nuestro propio corazón. Y Dios tiene muchas formas de llamarnos, de hablarnos allá en lo más hondo de nosotros mismos, muchas maneras de hacernos llegar su inspiración y su fuerza. Ese actuar en silencio y en secreto de la semilla de la que nos hablaba la parábola.

¿No nos habremos sentido en más de una ocasión movidos a algo nuevo y distinto, a hacer algo en lo que jamás habíamos pensado, a actuar en una situación determinada con cosas y acciones que jamás se nos habían ocurrido? ¿Por qué no pensar en ese actuar de Dios, esa inspiración del Espíritu Santo allá en lo hondo del corazón?

No hace mucho hemos celebrado la fiesta del Espíritu Santo, hemos celebrado Pentecostés recordando la venida del Espíritu sobre los Apóstoles y sobre la Iglesia naciente. Pero no podemos quedarnos en eso como si fuera cosa sucedida en otro tiempo y lugar pero que hoy con nosotros no puede suceder. Hoy, en nuestra vida y en nuestro mundo, de la misma manera se sigue haciendo presente el Espíritu Santo. ¿No decimos que somos templos de Dios y que su Espíritu mora en nosotros? Que no solo sean ideas que tengamos en la cabeza sino algo que en verdad sentimos en el corazón.

Con esa acción de Dios nos sentimos transformados, con esa acción de Dios a través de nuestro actuar podemos sentir, podemos hacer que nuestro mundo se transforme. Ahí está también nuestra tarea, como esos labradores de la viña del Señor que hemos de cultivar nuestra tierra para que también un día esa semilla, que ahí está plantada, llegue a dar sus frutos.

Siento al ofreceros esta reflexión que ha sido el Espíritu del Señor quien me ha inspirado para ayudaros a que también lleguéis a dar fruto. Sin su acción no hubiera sido capaz de ofreceros esta semilla con la que quiero colaborar a hacer fructificar el campo de vuestra vida.

 

domingo, 23 de mayo de 2021

Que se manifiesten las señales del Pentecostés en nosotros y en la Iglesia porque aparezcan resplandecientes los dones y los frutos del Espíritu Santo

 


Que se manifiesten las señales del Pentecostés en nosotros y en la Iglesia porque aparezcan resplandecientes los dones y los frutos del Espíritu Santo

Hechos 2, 1-11; Sal 103; 1Corintios 12, 3b-7. 12-13; Juan 20, 19-23

Cuando hay amor saltan todas las barreras y las diferencias y no necesitamos de ningún idioma para comunicarnos porque el lenguaje del amor está por encima de todos los lenguajes convencionales que nos hayamos dado los hombres para entendernos. Son las miradas aunque no siempre son necesarias, son los gestos aunque parezcan que pasan desapercibidos, será la expresión de nuestros ojos y nuestra mirada, y sin palabras nos escuchamos, sin recursos de lenguajes humanos nos entendemos, porque será la humanidad que en cierto modo nos hace divinos que llevamos en el corazón la que grite y se comunique.

No nos extraña que las puertas cerradas no fueran obstáculo para la llegada de Jesús con la fuerza de su Espíritu ni que se entendieran todos aquellos que estaban aquella mañana en Jerusalén con tan diversos idiomas, pero es que entonces estaba hablando el lenguaje del Espíritu que siempre es lenguaje y espíritu de amor. Estoy haciendo referencia a dos de los textos que hoy se nos proponen, por un lado el de la tarde de aquel primer día de la semana cuando Jesús resucitado se manifiesta a los discípulos reunidos y encerrados en el Cenáculo, de lo que además tenemos más cosas que aprender por una parte, y por otra al episodio de Pentecostés cuando después de haber irrumpido la fuerza y el fuego del Espíritu sobre los Apóstoles  todos comienzan a entenderles como si hablaran el mismo idioma; se habían llenado del espíritu del amor.

Es lo que hoy estamos celebrando y tenemos que esforzarnos también en vivir. No se trata solo de celebrar un recuerdo sino celebrar y vivir lo que ahora mismo tendría que estarse realizando en nosotros a quienes también se nos ha regalado del don del Espíritu Santo. Celebramos Pentecostés y lo hacemos haciéndolo en cierto modo sacramento para nosotros porque no solo recordamos lo sucedido en el Cenáculo cuando vino el Espíritu Santo sobre los Apóstoles allí reunidos sino que eso, como en todo sacramento, se actualiza, se hace presente también ahora en nosotros.


Estamos contemplando cómo se manifiestan los dones y frutos del Espíritu en los Apóstoles que habían recibido el don del Espíritu Santo prometido en aquel fuego nuevo que sentían por dentro para comenzar a hablar de Jesús con total valentía y arrojo. El don del Amor de Dios se había derramado en sus corazones y comenzaba a manifestarse una nueva unidad, una nueva comunión en todos los que comenzaban a creer en Jesús; se enardecían sus corazones por la fuerza del Espíritu y se rompían las barreras y las diferencias para crear una nueva comunidad.

Comenzaban todos a creer en verdad en Jesús como su única salvación y algo nuevo los unía porque ya ni incluso necesitaban aprender idiomas para comunicarse porque era el lenguaje del amor el que los comunicaba y hacía entenderse. Nada ya podía distanciarlos porque esas deudas humanas que tantas veces nos guardamos los unos de los otros se diluían con el perdón porque para eso habían recibido el Espíritu, como les dio Jesús a los Apóstoles en la aparición pascual.

Pero celebramos Pentecostés, como decíamos, no solo en el recuerdo sino porque en nosotros también se ha derramado ese fuego del Espíritu; ese fuego del Espíritu que nos arde por dentro de nuestro corazón cuando ya podemos comenzar a sentir la presencia de Jesús en nosotros aunque nuestros ojos quizá no lo vean, como aquellos discípulos de Emaús, y podamos proclamar en verdad que Jesús es el Señor; ese fuego del Espíritu que nos hace entender con mayor claridad todo lo que ha de significar la comunión de hermanos que hemos de vivir y que nos hace sentirnos en verdad Iglesia de Jesús; ese fuego y esa luz del Espíritu que diluye las barreras que nos separan poniendo el perdón y la reconciliación como algo necesario y fundamental en nuestras vidas para lograr esa nueva humanidad en nuestras relaciones y ese encuentro de amor y de fraternidad que en cierto modo nos hace divinos.

Me pregunto si estaremos en verdad celebrando Pentecostés. Y la prueba de que estamos celebrando Pentecostés es que en nosotros se manifiestan los dones y los frutos del Espíritu. El quiere actuar en nosotros y algunas veces nos mantenemos en nuestras cobardías y en nuestros miedos y no terminamos de dejar caer esas barreras y esas diferencias que ponemos entre nosotros. Parece como si quisiéramos apagar ese fuego del Espíritu. No hagamos oposición al Espíritu Santo, dejémonosle actuar, dejémosle que se manifieste en nosotros, que aparezcan esas señales nuevas porque nuestra vida y nuestros gestos, los signos y señales que damos con nuestra vida sean en verdad distintos después de vivir Pentecostés.

 

martes, 23 de febrero de 2021

Aprendamos a orar aprendiendo a dejarnos empapar por Dios como una lluvia que mansamente nos inunda y nos hace dar nuevos frutos de amor y de vida

 


Aprendamos a orar aprendiendo a dejarnos empapar por Dios como una lluvia que mansamente nos inunda y nos hace dar nuevos frutos de amor y de vida

Isaías 55, 10-11; Sal 33; Mateo 6, 7-15

Quizás alguna vez nos hemos sorprendido a nosotros mismos contemplando la lluvia desde detrás de los cristales de nuestra ventana; ya hemos procurado que nadie nos sorprendiera para que no tener que oír si no teníamos cosa mejor que hacer que ver llover. Pues seguramente en ese momento no había cosa mejor que hacer; a mí me encanta, como me encantaba cuando era más joven y más atrevido circular en medio de la lluvia, a través de caminos poco menos que impracticables como muchas veces me tocó hacer en algunos lugares donde he habitado.

Pero si recuerdo esto, y lo hago de mano de lo que hemos escuchado hoy en las lecturas de la Palabra de este día, porque realmente es hermoso y se está como realizando un misterio de vida delante de nosotros cuando vemos llover y se va empapando la tierra donde luego germinarán fecundas las semillas para darnos hermosas plantas y hermosas flores y frutos. Ese irse depositando mansamente el agua en el terreno, cuando apenas vemos caer las gotas sino como una suave cortina que todo lo envuelve, pero donde vemos como la tierra se va empapando y empapando. Una imagen muy hermosa, una imagen que nos puede también decir muchas cosas.


Como ya hemos mencionado el profeta emplea esta imagen de la lluvia que cae y que todo lo empapa, pero en el evangelio se ha hecho el planteamiento de la oración. Hoy se nos recogen palabras de Jesús en el sermón del monte, pero al hilo de otro evangelista vemos que los discípulos en una ocasión se acercaron a Jesús para pedirle que les enseñara a orar. Seguramente será una petición que llevamos ahí escondida en nuestro corazón porque queremos orar y muchas veces no sabemos como hacerlo; repetimos fórmulas de oración ya elaboradas o cuando por nosotros mismos queremos balbucear nuestra propia oración casi no nos salen las palabras y a lo más nos ponemos a hacer simplemente un listado de peticiones.

También nosotros hoy queremos pedirle a Jesús que nos enseñe a orar. Y ya nos dice que no usemos de muchas palabras sino que nuestra oración tiene que ser como más sencilla y más espontánea. Pero no queremos dejarnos nada en el tintero, son tantas las cosas que queremos decir que igualmente nos ponemos a decir muchas palabras, pero nos ponemos poco a hacer silencio interior para sentir a Dios, para llenarnos de Dios, para escuchar esa presencia de Dios.

Y es aquí donde quiero utilizar esa imagen de la lluvia con la que hemos comenzado hoy nuestra reflexión. ¿Por qué no pensar que la oración es ese empaparnos de Dios como la tierra en la que cae mansamente la lluvia y poco a poco se va empapando de esa agua que la fecunda y la hace fructificar? Sí, dejarnos empapar por Dios; quedarnos quietos para ir dejando que Dios nos vaya inundando, sí, inundarnos de Dios.

Vamos a gozarnos de su presencia, escuchar su presencia que solo lo podemos hacer si hacemos silencio en nosotros, vamos a dejarnos sorprender por cuanto El irá suscitando en nuestro corazón, vamos a sentir que igual que corre la sangre por nuestras venas así Dios va llenando todo nuestro espíritu con su Espíritu y sentiremos entonces que ya no es nuestra vida sino la vida de Dios la que circula dentro de nosotros. Vamos a hacer silencio y quedarnos callados, porque sobran las palabras para que así podamos escuchar bien la Palabra, su Palabra de vida y de amor que nos llena y que nos inunda.

Nos sentiremos como en el cielo porque el cielo ha venido a nosotros y ya no está Dios allá en la lejanía de las alturas sino que lo sentiremos en nosotros y sentiremos entonces el gozo de su gloria, la alegría de su amor que nos transforma y así fluirá nuestra vida no ya por nuestros caprichos o caducas voluntades sino siempre en lo que es la voluntad del Señor. Casi no necesitaremos pedirle que nos ayude, aunque lo hagamos, porque en El y en su Espíritu nos sentiremos fortalecidos y comenzará a fluir de nosotros casi espontáneamente el amor y la paz.

Hagamos silencio, dejemos que esa lluvia de la presencia de Dios mansamente vaya poco a poco empapándonos para sentirnos así inundados por una nueva vida y por el amor. Nos veremos transformados porque nos sentimos amados de Dios y aprendemos a gustar y saborear esa hermosa palabra con la que comenzaremos a llamar a Dios, Padre.

domingo, 20 de mayo de 2018

Con la manifestación del Espíritu vamos a aprender todos que es posible esa nueva comunión porque todos podremos tener un solo corazón y un solo espíritu en el amor


Con la manifestación del Espíritu vamos a aprender todos que es posible esa nueva comunión porque todos podremos tener un solo corazón y un solo espíritu en el amor

Hechos 2, 1-11; Sal 103; 1Corintios 12, 3b-7. 12-13; Juan 20, 19-23

Pentecostés era una fiesta judía que se celebraba cincuenta días después de la Pascua, de ahí el significado de su nombre; era la fiesta de las ofrendas, de las primicias, cuando se comenzaban a recoger las cosechas lo primero y lo mejor era para el Señor. Pero también era una fiesta que recordaba la Ley que el Señor les había dado por medio de Moisés allá en el Sinaí cuando venían de camino hacia la tierra prometida y que de alguna manera les había constituido como pueblo. Era una fiesta principal y de gran importancia para el pueblo judío, de ahí que nos encontremos con tantos judíos venidos de la diáspora para participar en el templo en esa fiesta de Pentecostés con el significado que hemos mencionado.
En esa fecha y en ese entorno nos sitúa Lucas en los Hechos de los Apóstoles el cumplimiento de la promesa de Jesús, el Espíritu enviado desde el Padre. Viene a ser como la constitución del nuevo pueblo de Dios. Aquella primera comunidad de los discípulos se habían quedado reunidos en el Cenáculo en Jerusalén como Jesús les había dicho hasta que se cumpliera la promesa del Padre.
Aquel lugar donde había comenzado la verdadera y definitiva pascua, allí donde primero se habían refugiado los apóstoles en los acontecimientos de la pasión y donde se les había manifestado Jesús resucitado iba a ser el lugar donde se manifestase el Espíritu en medio de grandes signos como comienzo del nuevo Pueblo de Dios. Jesús había anunciado el Reino de Dios y con su entrega y su sangre redentora lo había iniciado. Llegaba el momento en que se hiciese visible y palpable ante los ojos del mundo lo que era ese Reinado de Dios.
Con la manifestación del Espíritu íbamos a aprender todos que era posible esa nueva comunión porque todos podríamos tener un solo corazón y un solo espíritu. Los hijos de Dios dispersos – e imagen de ello había sido la confusión y dispersión a partir de la torre de Babel – ahora se iban a congregar en una nueva unidad donde ya la lengua no sería un obstáculo porque habría un nuevo lenguaje, el lenguaje del Espíritu, por el que todos llegarían a entenderse. Es lo que vienen a expresarnos los signos que se manifiestan en este Pentecostés. ‘Todos los entendemos en nuestra propia lengua’, porque ahora el anuncio de Jesús se hacia con el lenguaje del Espíritu.
Cristo había venido con su sangre a derribar el muro que nos separaba – como nos dirá mas tarde san Pablo – y ahora Jesús les concede el Espíritu para el perdón de los pecados; un nueva vida y un nuevo corazón nacía con la fuerza del Espíritu donde todos nos sentiremos hermanos que nos amamos, porque nos hace por la fuerza del agua y del Espíritu hijos de Dios, como un día anunciara Jesús a Nicodemo.
Se manifiesta en toda su rotundidad el Reino de Dios porque van florecer los dones del Espíritu en aquellos que creen en Jesús y le siguen formando ese nuevo pueblo de Dios. La vida según el Espíritu es la vida en la que florecerá el amor, la alegría, la benevolencia y el equilibrio interior, la humildad, la generosidad y el desprendimiento, el amor por la justicia y el compromiso de la paz, que son los frutos del Espíritu en contrapartida a las obras del mal que ya sido derrotado para siempre.
Y es que será por la fuerza del Espíritu donde reconoceremos de verdad que Jesús es el Señor. Después que Cristo resucitado se les manifestara en el cenáculo con la fuerza del Espíritu ya los discípulos reconocerán a Jesús como el Señor; no es ya simplemente el Maestro que había hecho discípulos y ellos le habían seguido por los caminos de Galilea, sino que ahora ya sería para siempre el Señor.
Así lo anuncian los apóstoles a Tomás el ausente, ‘hemos visto al Señor’, así lo reconocerá el mismo Tomas cuando definitivamente se encuentra con Jesús ‘¡Señor mío y Dios mío!’, y así lo proclamará Pedro en la mañana de Pentecostés cuando anuncia a todos con valentía que ‘aquel a quien ellos habían crucificado, Dios lo ha constituido por la resurrección Señor y Mesías’. Ahora nos dirá san Pablo ‘nadie puede decir Jesús es el Señor sino por la acción del Espíritu’.
Ahora tendrán los apóstoles la energía y la fuerza del Espíritu para salir valientemente a cumplir el mandado de Jesús de anunciar la Buena Nueva a todas las gentes. Lo harían aquella mañana en Jerusalén ante toda aquella gente que se había aglomerado a sentir las señales con que se había manifestado el Espíritu pero será lo que la Iglesia ha continuado haciendo a través de los siglos por todos los rincones del mundo.
Hoy nosotros celebramos esta fiesta del Espíritu. Sentimos también su presencia y su fuerza que nos renueva y nos pone en camino y damos gracias por tanto don que Dios en su misericordia nos quiere conceder. Pero los dones del Espíritu no los podemos encerrar ni enterrar. Las puertas se han abierto porque tenemos que salir ya a todos los caminos a hacer el anuncio y la invitación del Señor a participar de su salvación. Las puertas de la Iglesia han de estar abiertas para que todos puedan entrar a participar de ese banquete de vida nueva que en el Espíritu podemos vivir.
Somos conscientes también que el mundo al que vamos a hacer ese anuncio es un mundo muy complejo; un mundo que también se puede hacer muchas preguntas ante nuestro anuncio y en el que tendrán también sus desconfianzas – de los apóstoles decían que estaban bebidos -.
No nos extrañe la dificultad para hacer ese anuncio a este mundo de la postmodernidad, que ya viene de vuelta de todo y de todo desconfía. Tenemos que presentarnos manifestando en nosotros, en nuestra vida y en la vida de nuestras comunidades esos frutos del Espíritu que harán mas creíble el mensaje que anunciamos que no puede ser otro que el evangelio de Jesús. Recordemos las señales que Jesús decía que podríamos realizar, porque con nosotros está la fuerza del Espíritu.
No lo olvidemos. El Espíritu habita en nosotros y nos llena de vida. Recemos con toda la Iglesia, Ven Espíritu Santo llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor.


sábado, 10 de septiembre de 2016

Por nuestras buenas obras y por las respuestas que damos a los problemas de la vida manifestamos la congruencia de nuestra fe

Por nuestras buenas obras y por las respuestas que damos a los problemas de la vida manifestamos la congruencia de nuestra fe

1Corintios 10, 14-22; Sal 115; Lucas 6, 43-49

Qué desagradable encontrarnos con gente incongruente, personas en las que vemos una contradicción total entre aquello que dicen, aquello que pretenden enseñar a los demás o incluso corregir a los otros con lo que es la realidad de su misma vida. Pero cuidado no juzguemos porque fácilmente podemos caer nosotros en lo mismo cuando las obras que realizamos no están en verdadera consonancia con aquello que pensamos, o aquello que decimos que son nuestros principios. Y es que en nuestra debilidad, nuestra inconstancia o las cosas que nos distraen en la vida son posturas fáciles en las que podemos caer.
En nuestras obras, en lo que hacemos, en lo que vamos reflejando en la vida es donde en verdad tenemos que manifestarnos. Las palabras algunas veces cansan; todo el mundo habla, todo el mundo opina, todo el mundo dice cómo hay que hacer las cosas para que mejore nuestra sociedad, todos tienen la solución a los problemas, pero las cosas siguen igual porque quizá luego no nos ponemos a hacerlo realidad con las actitudes, las posturas, las acciones que vayamos realizando en la vida. Son las incongruencias de la vida que se manifiestan en tantas cosas.
Todo esto en referencia a lo que es la marcha de nuestra sociedad con los problemas concretos que tienen nuestros pueblos, o que vemos en la globalidad de nuestro mundo, pero todo esto en la vida concreta nuestra de cada día, allí donde estamos y donde vivimos; todo esto, tenemos que decir también, en cómo manifestamos lo que es nuestro ser cristiano, con sus valores, con sus compromisos, con lo que ha de ser la vida de la iglesia, con el testimonio que tenemos que dar en medio de nuestro mundo.
Ahí tenemos el mensaje del evangelio pero ¿qué hemos hecho de él? Lo tenemos muy bien guardado e integro en las páginas de un libro, podríamos decir, en lo que son los santos evangelios o el conjunto todo de la Biblia, pero eso hemos de plantarlo en nuestra vida, eso se ha de reflejar en nuestras actitudes, en nuestros compromisos, en nuestra manera de vivir, en nuestra relación con los demás.
De esto nos está hablando Jesús hoy en el evangelio cuando nos habla de los buenos frutos que tendríamos que dar, porque el árbol del evangelio del que nos alimentamos es bueno, y los frutos tendrían que ser buenos. Nos dice que Jesús que de lo que tenemos en el corazón hablarán nuestros labios, o lo que es nuestra vida, pero quizá no habremos plantado bien esos cimientos de nuestra vida, no hemos plantado de verdad el evangelio en nuestro corazón. Las ideas las podemos tener en la cabeza, pero no estar plantadas en nuestra vida.
Por eso nos propone esa pequeña parábola de aquellos que edificaron su casa, uno sin cimientos, simplemente sobre arena, y el otro en verdaderos cimientos sobre roca que darán plena consistencia al edificio. Cuando nos vienen los temporales de la vida, cuando nos aparecen los problemas y las dificultades, cuando nos aparecen los contratiempos, los roces que vayamos teniendo en la vida con los demás, las criticas que podamos ir recibiendo de los otros, los desencantos de la vida porque sufrimos incomprensiones y quizá hasta desprecios, cuando el camino se nos hace duro porque quizá desde dentro de nosotros mismos nos aparecen pasiones que nos desestabilizan y desorientan, es cuando vamos a ver de verdad si tenemos nuestro edificio cimentado sobre roca, sobre la roca del evangelio, sobre la roca de nuestra auténtica fe.
Veremos entonces la congruencia o la incongruencia que haya quizá en nuestra vida y no nos sentiremos desencantados por las incongruencias de los demás sino por nuestras propias incongruencias.

miércoles, 17 de octubre de 2012


Vivamos en el Espíritu para que brillen las obras del Espíritu

Gál. 5, 18-25; Sal. 1; Lc. 11, 42-46
‘Los que son de Cristo han crucificado su carne con sus pasiones y deseos. Si vivimos por el Espíritu, marchemos tras el Espíritu’. Así nos dice san Pablo en la carta a los Gálatas. Ya antes nos había dicho ‘para vivir en libertad, Cristo nos ha liberado’.
Hermoso mensaje en que nos sentimos liberados por Cristo. Hermoso mensaje que nos reconforta y nos estimula a vivir la vida dejándonos conducir por el Espíritu de Dios. Cuántas veces seguimos haciendo en la vida aquello que no quisiéramos hacer. Nos sentimos como impelidos a dejarnos arrastrar por la pasión. Nos cuesta muchas. Muchas veces hasta pensamos que es imposible liberarnos, actuar con verdadera libertad. Nos arrastra la pasión y nos parece imposible. Nos cegamos y ya no somos capaces de ver otra cosa.
Lo hemos experimentado en nosotros mismos y tantas veces lo escuchamos decir. Y decimos que es cuestión de la naturaleza, que si somos así, que si son cosas naturales que no tenemos por qué controlar. Tantas cosas en las que queremos justificarnos. Pero ¿quién es el dueño de nuestra vida? ¿La pasión? ¿Ese impulso ciego? ¿Es que somos solo producto del instinto? ¿Dónde está nuestra capacidad de razonar y nuestra voluntad?
Es fuerte la pasión pero nuestro yo tiene que estar por encima de todo eso. Nos cuesta y, como decíamos, nos cegamos muchas veces, pero hemos de saber tomar en nuestras manos las riendas de nuestra vida. Cuando nos dejamos arrastrar ciegamente por la pasión ya sabemos dónde vamos a terminar y como nos endiosaremos de tal manera que queremos dominar a cuanto nos rodea, quienes no somos capaces de dominarnos a nosotros mismos.
Terminaremos en las obras de la carne, como nos dice hoy el apóstol. ‘Las obras de la carne están patentes: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, enemistades, contiendas, celos, rencores, rivalidades, partidismo, sectarismo, envidias, borracheras, orgías y cosas por el estilo’.
Tremendo listado, podemos decir, nos ofrece el apóstol donde se entremezclan muchas cosas pero en que en unas y otras estamos viendo ese desorden que se produce en nuestra vida primero para no darle un sentido profundo y noble a lo más íntimo de nosotros mismos, pero en lo que luego terminaremos en multitud de reacciones y actitudes negativas en nuestra relación con los demás. Sería necesario detenerse un poquito en todo esto para reflexionar, para analizar las cosas que de este estilo nos van sucediendo en nuestra vida.
Pero como nos ha dicho ya previamente la Palabra del Señor ‘Cristo nos ha liberado’; Cristo está con nosotros para ayudarnos a vencer y dominar ese mal que se nos mete en el corazón y que tanto daño nos hace. Cristo nos trae el perdón para tantas veces en que dejándonos arrastrar por la pasión hemos caído en el pecado, pero nos da también la fuerza de su Espíritu que nos ayuda a liberarnos, a superar situaciones, a cambiar en verdad nuestra vida.
Que seamos capaces de hacer brillar en nosotros los frutos del Espíritu: ‘amor, alegría, paz, comprensión, servicialidad, bondad, lealtad, amabilidad, dominio de sí…’ Qué distinta sería nuestra vida y qué distintas nuestras relaciones con los demás. Qué mundo tan distinto podríamos hacer y qué felices seríamos, porque si nos fijamos bien en aquellas obras de la carne al final no terminaremos ni siendo felices nosotros mismos ni ayudando a ser felices a los demás. Dejémonos conducir por el Espíritu, ‘vivamos en el Espíritu, caminemos tras el Espíritu’.

domingo, 27 de mayo de 2012


Que el fuego del Espíritu incendie nuestro mundo de su amor

Hechos, 2, 1-11;
 Sal. 103;
 1Cor. 12, 3-7.12-13;
 Jn. 20, 19-23
Seguían los discípulos reunidos en el Cenáculo. Aquel primer día de la semana cuando la Pascua aún no había llegado para ellos a su plenitud, ‘estaban con las puertas cerradas por miedo a los judíos’. Había llegado Jesús, había soplado sobre ellos para darles su Espíritu. ‘Y ellos se llenaron de alegría al ver a Jesús’.
Ahora Jesús había ascendido al cielo y les había pedido que permanecieran en Jerusalén. ‘No os alejéis de Jerusalén, les había dicho antes de la Ascensión; aguardad que se cumpla la promesa de mi Padre de la que yo os he hablado… dentro de pocos días seréis bautizados con Espíritu Santo’. Allí en el cenáculo se habían quedado y ahora llegaba la plenitud de la Pascua. Era el paso definitivo del Señor, el Espíritu Santo descendía sobre ellos. Las puertas ya no podían quedar cerradas nunca más.
‘Se llenaron de Espíritu Santo’ y ya no había dificultad para que todos pudieran entender la Buena Noticia. Ni puertas cerradas, ni obstáculos de lenguas extranjeras porque todos entendían. ‘Cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua’, exclamaban aquellos que estaban en Jerusalén procecentes de tantos lugares y lenguas distintas.
‘Para llevar a plenitud el misterio pascual enviaste hoy al Espíritu Santo sobre los que habías adoptado como hijos por su participación en Cristo’, proclamaremos hoy en nuestra acción de gracias. Es lo que hoy estamos celebrando, la Pascua del Espíritu. Es también el paso de Dios por nuestra vida. Y llenos del Espíritu participamos ya plenamente del misterio de Cristo; llenos del Espíritu quedamos inundados de vida divina para ser hijos de Dios.
A los discípulos Jesús les había anunciado que en pocos días serían bautizados con Espíritu Santo. En el agua y el Espíritu fuimos nosotros bautizados, como le decía Jesús a Nicodemo, para renacer a una vida nueva, para poder no sólo contemplar y entender sino vivir en plenitud el Reino de Dios; bautizados en el agua y en el Espíritu comenzamos a ser hijos de Dios. En el Sacramento de la Confirmación recibimos ese don del Espíritu en plenitud para ser esos testigos de Cristo y de su evangelio en medio de nuestro mundo.
Inundados del Espíritu ya podemos proclamar para siempre y a los cuatro vientos que Jesús es el Señor. Y cuando llegamos a reconocer que Jesús es el Señor ya nuestro actuar es distinto porque nuevos valores y virtudes comienzan a resplandecer en nuestra vida y porque en Cristo nos sentiremos para siempre liberados de todas las ataduras que nos esclavizan cuando convertimos las cosas o los deseos, las pasiones o las materialidades de la vida en dueños y señores de nuestra vida. Con la fuerza del Espíritu nos sentimos liberados con la libertad de los que nos sabemos hijos de Dios.
Por eso cuando nos sentimos llenos de los dones del Espíritu nuestra vida comienza a florecer con los nuevos y hermosos frutos del amor, de la paz, de la generosidad, de la bondad, de la justicia, de la comprensión, de la misericordia, del respeto, del perdón. Floreciendo los frutos del Espíritu en nuestra vida nos queremos más y nos sentimos más hermanos; floreciendo en nosotros los frutos del Espíritu sentiremos una responsabilidad nueva de cara a nuestra vida y a nuestro mundo y comenzaremos a trabajar con más ahinco por la justicia, por la verdad, por la paz, por hacer un mundo mejor y más justo; floreciendo en nuestro corazón los frutos del Espíritu nos llenaremos de la ternura divina, de la misericordia y de la compasión para saber estar al lado del que sufre, para consolar y limpiar sus lágrimas, para compartir y ayudarle a caminar con nueva dignidad.
Las puertas también se nos abren y ya no habrá barreras que nos impidan acercarnos a los demás con el anuncio de lo que llevamos dentro. La presencia del Espíritu vencerá todas nuestras cobardías y con valentía nos hemos de convertir en misioneros de la Buena Nueva del Evangelio. Allí salió Pedro y los demás apóstoles a la calle para proclamar ante la multitud que expectante se había reunido porque había escuchado unos signos o señales extrañas, que aquel Jesús a quien habían crucificado – hacía poco más de cincuenta días – Dios lo había constituido Mesías y Señor, había resucitado de entre los muertos y era el único nombre en quien podríamos encontrar la salvación.
Aunque nos pudiera parecer un mundo adverso el que nos rodea – ¿no era adverso aquel pueblo que había llevado a Jesús hasta la cruz? – sin embargo también puede estar expectante a nuestro alrededor ante el anuncio que les podamos hacer, o ante las señales que podamos dar con nuestra vida de esa fe que decimos que tenemos en Jesús y en su evangelio. Hemos de tener palabras valientes para hacer ese anuncio de Jesús, de su salvación, de su evangelio, del Dios Padre que nos ama; pero hemos de saber dar señales con nuestra vida de esa fe que profesamos.
Los apóstoles, llenos del Espíritu, eran capaces de hablar a aquel pueblo expectante, aunque las lenguas pudieran parecer extrañas, y todos los entendían. Nosotros podemos hablar con el lenguaje de nuestra vida llena de amor y de compromiso serio por la verdad, la justicia y la paz, y todos podrán entender el mensaje. Muchas veces pudiera parecer que no nos escuchan o no nos entienden porque quizá falten en nuestra vida las obras del amor que confirmen la palabra que tratamos de anunciar.
Ante los problemas y los sufrimientos de nuestros hermanos ya no nos podemos quedar insensibles o indiferentes y con los brazos cruzados; ante la situación difícil que pasa nuestro mundo en sus carencias materiales o en las carencias de valores del espíritu que también son muchas, nosotros tenemos que comprometernos de un modo nuevo porque hemos de saber sembrar esperanza y despertar la ilusión en todos para luchar por hacer un mundo nuevo y mejor que entre todos podemos lograr.
¡Cuánto podemos hacer! ¡Cuánto tenemos que hacer! Cristo en nuestras manos ha puesto el testigo para que no nos desentendamos de nuestro mundo, sino que vayamos a él llevando una buena nueva de salvación. Tenemos que ser esos testigos del mundo nuevo que nosotros llamamos Reino de Dios, el Reino de Dios que Cristo vino a instituir y por el que nosotros hemos de trabajar.
El Espiritu está en nosotros y con nosotros. El Espíritu está de nuestra parte para que tengamos la fuerza y la valentía de dar ese testimonio que el mundo necesita y nos pide. Dejémonos conducir por el Espíritu del Señor. No pongamos resistencia a la acción del Espíritu en nosotros. El Señor quiere derramar sus dones sobre nosotros con la fuerza de su Espíritu y tendrán que comenzar a florecer esos nuevos frutos del Espíritu en nuestra vida.
Ven, Espíritu Santo, le pedimos una vez más, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor. El Espíritu del Señor ya ha venido inundando nuestros corazones, que ese fuego del amor incendie nuestro mundo de la vida nueva del Espíritu.