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domingo, 29 de marzo de 2026

Entramos con Jesús en Jerusalén sin el fragor de unas trompetas y tambores sino montados en la humildad de un burrito para llegar a vivir de verdad la Pascua

 


Entramos con Jesús en Jerusalén sin el fragor de unas trompetas y tambores sino montados en la humildad de un burrito para llegar a vivir de verdad la Pascua

Isaías 50, 4-7; Salmo 21; Filipenses 2, 6-11; Mateo 26, 14 – 27, 66

Probablemente en aquellos días habría habido otra entrada triunfante en las calles de Jerusalén. Como se acercaba la fiesta de la Pascua que reunía multitudes de judíos venidos de todas partes para su celebración era normal que el gobernador romano se hiciera presente en la ciudad de Jerusalén e hiciera su entrada a lomos de un caballo o en resplandeciente carroza entre el fragor de tambores y trompetas y la marcha acompasada de los soldados a sus ordenes con todo esplendor y la pompa que le habrían paso por las estrechas y retorcidas callejuelas de la ciudad santa.

Pero es otra la entrada que nos narra el evangelio este día, el profeta de Nazaret aclamado por niños y mayores como si fuera el Mesías esperado a lomo de un borrico y sobre las alfombras que con sus mantos y ramos de palmos y olivos hacia también su entrada en la ciudad santa. Nada de aquellos esplendores, sino la humildad del último de los animales, nada de sonido de trompetas sino los cantos de unos peregrinos de la pascua que junto a la alegría por la llegada a la ciudad aclamaban y bendecían al que sentían que venía en el nombre del Señor.

La llamamos la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén y es el pórtico de la pascua que se va a celebrar; una pascua que sería algo más que comer un cordero como celebración y recuerdo de una liberación que los judíos habían vivido en su salida de la esclavitud de Egipto y que cada año celebraban como recuerdo del paso del Señor; una pascua ahora en el que el verdadero Cordero que quita los pecados del mundo, como un día el Bautista señalara y anunciara, iba a ser sacrificado convirtiéndose así ese paso de Dios por la historia humana para nuestra salvación.

Y es el marco en el nosotros también nos disponemos a celebrar la Pascua. Como pórtico conmemoramos esa entrada de Jesús en Jerusalén pero ya nosotros conscientes, sí, del significado que tenía aquella entrada y de lo que ahora nosotros vamos a celebrar. Por eso, en este marco de humildad y sencillez que fue aquella entrada, sin ruidos de tambores ni trompetas sino solo con cánticos y los gritos de unos niños y gente sencilla, queremos adentrarnos en la contemplación y en la celebración del Misterio Pascual. Qué lástima que los cristianos hoy en nuestras celebraciones religiosas nos parezcamos más a la entrada avasalladora del gobernador romano en la ciudad santa con fragor de tambores y de trompetas, que a aquella entrada humilde que fue triunfante de otra manera de Jesús para vivir su pascua.

Es lo que queremos, y la liturgia nos lo ofrece, hacer ya desde este primer día de esta semana que nos lleva a la Pascua, contemplar el misterio de Cristo en toda su amplitud. Aparecen ya de este primer día los resplandores de la pasión y de la muerte de Jesús, en el anuncio del profeta con el Cántico del siervo de Yahvé, en la reflexión que nos hace san Pablo para contemplar a quien se anonadó y tomó la condición de esclavo pero a quien Dios exaltó y concedió el nombre sobre todo nombre, y en la pasión del evangelista san Mateo que hoy se nos ofrece.

Es momento para ponernos a contemplar y rumiar todo ese misterio de amor, es momento para dejarnos empapar por el amor de Dios que así se nos manifiesta, es momento para nosotros ponernos en camino porque no somos espectadores que vemos desfilar ante nosotros unos cuadros sino para ocupar nuestro lugar en ellos; no es una contemplación a la distancia como la de cualquier curioso que pasa por el camino y pueda o no sorprenderse por lo que está sucediendo. Qué lástima que muchas veces vayamos más a contemplar la belleza artística de unas imágenes que hemos adornado de esplendorosos ropajes que en nada se parecen a aquella túnica manchada de sangre que cubría los cuerpos de unos condenados a muerte.

Mientras vayamos contemplando todo ese cuadro, permítanme que lo diga así, de la pasión tratemos de llevar los ojos de nuestro corazón más allá para contemplar el sufrimiento de una humanidad doliente que nos rodea, y de la que nos hemos convertido en meros espectadores. En ese rostro de Cristo en su pasión que estos días vamos a contemplar tratemos de ver tantos rostros de sufrimiento de tantos a nuestro alrededor; y pensamos en las guerras o pensamos en las miserias de tantos que padecen hambre en el mundo, pero podemos pensar en gentes cercanas a nosotros que viven en su enfermedad o en su soledad, en aquellos de los que disimuladamente quizás nos apartamos discriminando por el color de su piel o por su condición, pensemos en aquellos que se ven enredados por los vicios o tantas cosas que les esclavizan de alguna manera pero sin darnos cuenta de los pedestales en que nos hemos subido por nuestro orgullo para ponernos lejos de los demás, pensemos en tantas violencias de todo tipo que sufren tantos a nuestro alrededor, o podemos pensar en nuestros propios sufrimientos, nuestros desconsuelos y desánimos, las veces en que nos hemos visto vencidos por el dolor y no hemos sabido reaccionar, las amarguras y soledades que por diversas circunstancias hemos tenido que pasar en nuestra vida. ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?’ hemos dicho con Jesús en el salmo hoy.

Pero tampoco nos vamos a quedar ni en una contemplación fría ni solo quedarnos en unas lágrimas emotivas de compasión que pronto se van a secar. Porque cuando estamos haciendo esta contemplación de la pasión de Cristo tenemos que llegar a contemplar su sentido, porque la pasión de Cristo terminará en la vida nueva de una resurrección, porque hay Pascua, porque hay paso salvador de Dios. Pues ese paso salvador de Dios tenemos que hacerlo también por nuestro mundo con todos esos sufrimientos y muchos más que hemos mencionado.

Pero eso ahora está en nuestras manos, en la forma en que nosotros lo hagamos vida y hagamos posible esa resurrección de nuestro mundo. Es la tarea que Cristo pone en nuestras manos, que hagamos realidad ese paso de Dios en medio nuestro para hacer un mundo distinto. Es la Pascua que hemos de vivir. No necesitamos fragor de trompetas y tambores, necesitamos quizás la humildad de un burrito. 

Que lleguemos a sentir ese paso de Dios para que haya pascua, que lo hagamos sentir a tantos a nuestro lado para que encuentren el sentido de la pascua.


sábado, 14 de septiembre de 2024

La exaltación de la cruz tiene que ser la exaltación del amor desde el compromiso de nuestra vida

 


La exaltación de la cruz tiene que ser la exaltación del amor desde el compromiso de nuestra vida

Números 21, 4b-9; Salmo 77; Juan 3, 13-17

¿A quien le gusta sufrir? ¿Quién busca el sufrimiento por el sufrimiento? Diríamos que eso sería un sentido masoquista. Pero el dolor y el sufrimiento están presentes en la vida, aunque no lo busquemos. Pensando en dolor ahí tenemos las múltiples enfermedades que nos aparecen en todos los ámbitos de la vida y de los que nos cuesta tanto liberarnos. Nos duele cualquier parte de nuestro cuerpo y pronto buscamos remedio, buscamos el analgésico que lo calma, o la medicina que cure aquel mal que está afectando a algún órgano de nuestro cuerpo; pero hay otros sufrimientos que nos afectan hondamente y de alguna manera desestabilizan nuestra vida, bien conocemos los diversos problemas de la vida. Y queremos liberarnos, queremos solucionar tales situaciones porque no queremos andar en esa amargura, en eso que podíamos llamar un sin sentido.

Sin embargo hay cosas que asumimos aunque nos cuesten o aunque nos duelan y buscamos un camino o una razón, algo que le dé sentido y que nos dé fuerza. Pienso, por ejemplo, en la madre que sufre por su hijo, porque está enfermo o porque tiene problemas, pero la madre ama a su hijo y sufre por él y con él; no le importa pasar por lo que sea por ver liberado a su hijo de aquella situación o de aquel problema, no le importarán las horas de sueño perdidas, los sacrificios realizados, la lucha y el esfuerzo por hacerlo salir adelante; ¿qué le mueve? El amor. Por el amor que le tiene pasará lo que haya que pasar y sufrirá lo que tenga que sufrir, no lo busca pero lo asume, tiene para ella un valor, un sentido, el amor. Podríamos poner más ejemplos de situaciones en la vida en que por amor hemos tenido que enfrentarnos a momentos duros y difíciles, pero por ese amor hemos llegado a encontrar un sentido y un valor.

He querido comenzar mi reflexión con este hecho humano porque para algunos podría parecer un sin sentido el que nosotros celebremos una fiesta como la de este día, la Exaltación de la Santa Cruz. ¿Es la exaltación del sufrimiento, porque eso en primer término podría parecer esta Exaltación de la Santa Cruz? Ni mucho menos, es el signo de la exaltación y de la victoria del amor.

Algunas veces en nuestras consideraciones más llenas de piedad que de un verdadero sentido teológico parece como si Jesús hubiera estado buscando el sufrimiento, la pasión y la muerte. Sabe Jesús que está en un camino que le va a llevar a ello, por un lado el abandono o la traición incluso de los suyos, pero sobre todo aquella inquina de los que no aceptaban el plan del Reino de Dios que nos presentaba y no querían reconocer la verdad de su palabra; le llevaría a la muerte, pues querían quitárselo de encima – cuantas cosas semejantes seguimos viendo en el mundo de hoy – pero a Jesús le costaba enfrentarse a aquella Hora.

En Getsemaní veremos aquella angustia humana que le hace pedir al Padre que pase de El aquel cáliz, y el sudor de su miedo en esos momentos será incluso de sangre. Pero es consciente que ha llegado su hora y por eso dejará a un lado su voluntad humana para sobreponerse con el amor que es lo que le ha traído al mundo. Para eso ha venido. Es la entrega de amor porque quiere que en el mundo reine el amor, nunca más la violencia y el egoísmo sean los que se impongan y nos destruyan, y por eso está dispuesto a dar su vida.

El camino todo del evangelio ha sido todo él un queremos ponernos en camino de ese mundo nuevo, de ese sentido nuevo de la vida, de la humanidad. Es lo que El ha ido realizando y es lo que nos ha enseñado y tanto nos ha costado comprender. Algunas veces juzgamos de mala manera a los discípulos cercanos a Jesús porque no entendían lo que El les estaba enseñando, pero pensemos que nosotros no somos mejores porque después de tantos siglos seguimos haciendo lo mismo, seguimos llenando de cruces nuestro mundo.

A pesar de llevarlas orgullosos colgadas de nuestros pechos o ponerlas en lugares destacados de nuestra sociedad, seguimos crucificando con nuestro egoísmo y con nuestras violencias, seguimos siendo injustos los unos con los otros y seguimos dejando que predominen nuestros orgullos y nuestras vanidades, seguimos discriminando a los que están a nuestro lado y no nos caen bien algunas veces simplemente por el color de su piel, seguimos peleándonos en nuestras ambiciones y queriendo ponernos por encima y por delante de todos. ¿Somos nosotros los que actuamos así lo que a pesar de todo seguimos adornando y celebrando la cruz? ¿No habrá algún sin sentido en lo que hacemos?

Celebrar esta fiesta de la exaltación de la Cruz ha de ser algo que nos tiene que hacer reflexionar. Si Jesús fue levantado en lo alto de la cruz fue por amor; si nosotros queremos celebrar esta fiesta de la cruz es porque queremos optar también por el amor. La fiesta de la cruz no puede ser otra cosa que una fiesta de exaltación del amor, pero no lo vamos a hacer con cosas que se queden en lo externo, lo ritual o lo formal, sino que tenemos que hacerlo desde lo más profundo de nuestra vida, y eso nos exige que algo tengamos que cambiar.

miércoles, 14 de septiembre de 2022

La cruz, un abrazo de dolor que envuelto en el amor que todo lo ennoblece y lo eleva, se convierte en signo sublime de la vida y del amor

 


La cruz, un abrazo de dolor que envuelto en el amor que todo lo ennoblece y lo eleva, se convierte en signo sublime de la vida y del amor

Números 21, 4b-9; Sal 77; Juan 3, 13-17

La cruz está siempre presente en la vida de los hombres de la misma manera que está presente el amor. No es solo que la encontremos como signo en nuestros caminos de algún acontecimiento que para nuestros antepasados tuvo un significado especial y por eso nos dejaron esa señal, sino que además nos acompaña de mil maneras en lo que es nuestra vida de cada día, por mucho que queramos eliminarla de nuestra existencia, igual que muchos quieren eliminar ese significado religioso quitándola de los lugares públicos donde darían una resonancia especial que quizás para muchos resulta incómoda. ¿Esos intentos podrían significar como queremos ir deshumanizando nuestra vida, porque quitaríamos la señal más hermosa del amor?

Por algo nuestros antepasados iban dejando esos signos sagrados de la cruz donde de alguna manera se hizo presente el sufrimiento, pero porque querían poner un signo de vida frente a la muerte que envolviera nuestro mundo. Era habitual que donde hubiera habido un accidente con la muerte de alguien, allí quedaría plantada una cruz. Pero no quería ser señal de muerte sino un grito de vida, que nos previniera frente a la muerte que nos acechara en cualquier lugar, pero que al mismo tiempo nos hiciera amar la vida.

Cuando hablamos de la presencia de la cruz en la vida de los hombres queremos ir más allá de signos externos, porque miramos cuánto de cruz pudiera haber en nosotros y en nuestros sufrimientos; pero el creyente sabe elevarte por encima de esas sombras oscuras de la vida queriendo dar un sentido y un valor a cuanto nos toca vivir.

El creyente sabe poner amor en el dolor, sabe hacer ofrenda de amor desde ese cáliz de sufrimiento que nos puede acompañar porque mirando la cruz de Cruz contemplamos su amor, mirando la Cruz de Jesús aprendemos de esa ofrenda de vida que por amor el nos hace cuando por nosotros da la vida.

En este día los cristianos celebramos la exaltación de la Santa Cruz. Nos volvemos a la cruz pero no nos quedamos en ese madero seco y sangriento, lugar de suplicio y motivo de sufrimiento, no nos quedamos en contemplar una cruz vacía y que entonces carecería de auténtico significado, sino que contemplamos a quien en ella está colgado, en ella está crucificado. Comprenderemos entonces el verdadero sentido y significado de la cruz, porque nos daríamos cuenta de la presencia del amor.

Quien está allí crucificado no es un maldito que ha sido condenado, sino quien libre y voluntariamente subió a Jerusalén aunque sabía que había de encontrarse con la cruz y libremente y por amor a ella se abrazaría. Es cierto que fue un abrazo de dolor, pero por encima de todo estaba el amor que todo lo cambio, que todo lo ennoblece y lo eleva, convirtiéndose así la cruz en el signo sublime de la vida y del amor.

Desde entonces no rehuimos que esté presente en nuestra vida la cruz, porque realmente amamos y deseamos que esté siempre presente el amor. No buscamos el dolor y el sufrimiento, pero sí sabremos darle un sabor nuevo al sufrimiento y el dolor que vayamos encontrando en la vida porque siempre lo endulzaremos con el amor. Dejemos que las cruces nos acompañen en nuestros caminos, que sean signos que se elevan hasta el cielo de los campanarios de nuestras Iglesias porque siempre nos estarán recordando el camino del amor que nosotros hemos de realizar.

En ese mundo que cada vez más hacemos endurecido y muchas veces le vamos restando humanidad, dejemos que esa presencia de la cruz nos ayude a humanizar nuestras relaciones, a llenar de humanidad los pasos que vamos dando por los caminos de la vida, a dejarnos envolver por el amor. Claro que todo lo podremos descubrir y vivir desde la fe, eso que a algunos les incomoda como le incomodan los signos religiosos que nos acompañan en la vida. Es el mensaje vivo de evangelio que tenemos que saber trasmitir al mundo que nos rodea.

 

miércoles, 14 de septiembre de 2016

Para nosotros contemplar la cruz de Cristo es contemplar el triunfo del amor y de la vida y querer vivir todo el compromiso de nuestro amor


Para nosotros contemplar la cruz de Cristo es contemplar el triunfo del amor y de la vida y querer vivir todo el compromiso de nuestro amor

Números 21, 4b-9; Sal 77; Filipenses 2, 6-11; Juan 3, 13-17

A las personas se nos conoce y se nos distingue por una serie de signos externos ya sea en nuestros vestidos o aditamentos que nos pongamos, ya sea en expresiones o gestos de nuestro rostro o de nuestro cuerpo, o ya sea en nuestra manera de ser o de actuar. Así nos distinguimos, expresamos lo que somos o quienes somos. Por otra parte en las reglas y normas de la sociedad en la que vivimos portamos con nosotros un documento de identidad que contiene unos datos básicos sobre nuestra persona y que oficialmente, por así decirlo, nos identifica.
Pero ¿esa es toda nuestra identificación en la vida? ¿No habrá algo más profundo en nosotros que identifique nuestra persona por el sentido que le hemos dado a nuestra vida? Creo que podemos entender que nos estamos refiriendo a lo que da sentido a nuestra vida desde nuestra fe. ¿Qué nos identifica como cristianos? ¿Qué signos llevamos en nuestra vida que señale claramente qué es lo que somos y quienes somos?
El signo no lo podemos reducir a algo material que llevemos impuesto sobre nosotros como si fuera solamente un vestido, un adorno o un aditamento externo. El signo sabemos bien que tiene que ser nuestra vida impregnada de amor, porque eso es lo que verdaderamente nos distingue como discípulos de Jesús. ‘En esto conocerán que sois discípulos míos, en que os amáis los unos a los otros como yo os he amado’, nos dice Jesús.
Pero eso no impide que llevemos en nosotros una marca, también una señal externa de lo que es nuestra fe en la salvación que recibimos de Jesús y de lo que es el amor que vivimos con los hermanos. ¿Qué mejor señal que la cruz? Con ella fuimos ya marcados desde nuestro bautismo. Pero repito no es un aditamento externo sino una señal de nuestro compromiso, el compromiso de nuestra fe y de nuestro amor.
Por esa señal de la cruz confesamos nuestra fe. Así lo hacemos cuando trazamos la señal de la cruz sobre nosotros ‘en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo’. Con ello estamos haciendo una profesión de fe, una proclamación de la fe que tenemos. Y lo hacemos con la Cruz salvadora de Jesús, puesto que en la entrega de Jesús en su muerte en la cruz obtuvimos la salvación, la redención de nuestros pecados, el nacimiento a una vida nueva. Con qué respeto y veneración tendríamos que hacer la señal de la cruz, no como algo mágico sino como una auténtica confesión de fe en nuestro Salvador.
Llevamos también sobre nosotros el signo de la cruz, pero que nunca sea como un adorno o una ostentación. La cruz significa sacrificio, significa entrega, significa amor. Con esa gallardía entonces hemos de llevarla, porque así queremos expresar nuestro amor, nuestra entrega, la capacidad que tenemos de darnos y de sacrificarnos por los demás. La cruz es despojo y es pobreza porque también es lugar de muerte, pero cuando llevemos nosotros la cruz como un signo sobre nosotros signifique cómo somos capaces de despojarnos de nosotros mismos, de nuestro yo, de nuestro orgullo, de nuestros caprichos para vivir para los demás, para vivir en ese sentido y estilo de vida nueva que Jesús nos ofrece y que en la cruz de Jesús aprendemos. Será así cómo vamos manifestando de verdad nuestro distintivo de cristianos.
Hoy, 14 de septiembre, estamos celebrando la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Fiesta que en muchos lugares se transforma en una fiesta de Cristo crucificado, como lo es en nuestra tierra las fiestas del Cristo de La Laguna que hoy se celebran. En mi ciudad de Tacoronte celebraremos en los próximos domingos, como una prolongación de este día, la fiesta de Cristo abrazado a la Cruz y mostrándonos la cruz como la señal y el testigo de su amor; son las fiestas del Cristo de los Dolores, de Tacoronte. Y así en otros muchos pueblos a lo largo de toda la geografía.
Y es que no podemos separar la exaltación de la Santa Cruz de Cristo en ella crucificado. Así surgen en este día todas estas fiestas de la devoción del pueblo cristiano. No miramos nunca a la Cruz separada de Cristo, porque es en Cristo en ella crucificado donde encuentro todo su sentido de amor. Para nosotros, pues, contemplar la cruz de Cristo es contemplar el triunfo del amor y de la vida; celebrar la cruz de Cristo es querer vivir todo el compromiso de nuestro amor. Por eso con orgullo llevamos la cruz como un signo vivo grabado en nuestra vida. 

domingo, 14 de septiembre de 2014

La prueba más grande de que le importamos a Dios es la Cruz de Cristo

La prueba más grande de que le importamos a Dios es la Cruz de Cristo

Num. 21,4-9; Sal. 77; Fil. 2, 6-11; Jn. 3, 13-17
La prueba más grande de que a Dios si le importa el hombre, sí le importa la humanidad es la cruz de Cristo que estamos contemplando. De ninguna manera podemos decir que no le importemos a Dios. Como nos dirá Jesús en el evangelio la mayor prueba de amor es dar su vida por el amado. Aquí estamos contemplando esa prueba suprema del amor de Dios. Ahora estamos contemplando cómo Dios nos entrega a su Hijo por el amor que nos tiene, lo que viene a significar la afirmación con la que iniciábamos esta reflexión. Sí le importamos a Dios.
Hoy estamos celebrando esta fiesta grande de la Exaltación de la Santa Cruz y bien sabemos que cuando miramos a la Cruz no nos quedamos en la materialidad de un instrumento de suplicio sino que contemplamos a quien en ella por nosotros se entregó. Exaltamos la Cruz y la veneramos no porque deseemos el sufrimiento por el sufrimiento, la muerte en el suplicio de la cruz por querer buscar la muerte, sino por todo lo que significa para nuestra Salvación cuando Cristo en ella se entregó por nosotros.
Es la prueba del amor; por eso como en un estandarte la levantamos en lo alto porque nuestra mirada a través de la cruz quiere llegar hasta el amor de Dios. El verdadero estandarte de nuestra vida, el verdadero santo y seña de nuestra vida es el amor que lo significamos, es cierto, en la cruz pero contemplando el amor de Dios y aprendiendo de su amor para nuestro amor. Ya lo hemos escuchado en el evangelio ‘lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre, para que todo el que cree en El tenga vida eterna’.
Hace mención a lo que escuchamos en el libro de los Números del Antiguo Testamento. El pueblo caminaba por el desierto; el camino era duro, porque todo eran dificultades; parecía que en lugar de avanzar hacia la tierra prometida lo que hacían era retroceder; el pueblo murmura contra Moisés y contra su Dios; piensan quizá que ya no le importan a Dios que los ha abandonado su suerte en el desierto; son invadidos por una plaga de serpientes venenosas del desierto, y ahora es cuando claman pidiendo socorro a su Dios. Moisés levanta en un estandarte una serpiente de bronce, quienes la miran son curados de las mordeduras de las serpientes. Aquella mirada hacia lo alto de aquel estandarte era una señal de cómo querían invocar a Dios arrepentidos de su pecado, y son liberados de aquel mal.
Ahora en el evangelio se nos recuerda aquel episodio, pero quien va a estar levantado en alto, como en un estandarte no es una serpiente de bronce, sino que en lo alto de la Cruz estará Jesús. Dios no se ha olvidado de su pueblo ni lo ha abandonado a su suerte, aunque lo mereciéramos por nuestro pecado; Dios sigue amando a su pueblo, nos sigue amando. Nos envía a su Hijo. Tanto amó Dios al mundo que nos entregó a su Hijo, como tantas veces hemos escuchado en el evangelio y lo hemos meditado. No nos podemos sentir desamparados de Dios porque sí le importamos a Dios, que para nosotros tiene vida y salvación. Pero es necesario levantar nuestra mirada a lo alto, levantar nuestro corazón a Dios con fe, para poder alcanzar la vida eterna. ‘Para que no perezca ninguno de los que creen en El sino que tengan vida eterna’.
Quienes no han puesto esa fe y esa esperanza en el Señor necesariamente tienen que vivir una vida triste aunque traten de acallar sus tristezas de mil maneras con fiestas y alegrías externas.  Cuántos sucedáneos de la verdadera alegría nos vamos encontrando en la vida de tantos y cuidado no nos pase a nosotros. Sin el sentido de la fe es como quien se siente desamparado y solo, como si  no importara a nadie. Son experiencias humanas que muchas veces podemos encontrarnos a nuestro alrededor si vamos con una mirada abierta y atenta.
Qué triste es escuchar a alguien que te dice, ‘yo no le importo a nadie, porque a mi nadie me quiere ni nadie hace nada por mi’; son personas que quizá por haber pasado por situaciones familiares difíciles en las que quizá las habrá faltado el cariño de un hogar, de una familia, o personas que tienen fracasos en la vida y se ven solos y abandonados, no saben a quien acudir porque piensan que no interesan a nadie. Muchas personas así se van encontrando en la vida; muchas veces he escuchado frases así.
Es duro. Pero esa experiencia humana se transforma para muchos en una triste experiencia espiritual cuando les falta la fe, cuando les falta el sentido de trascendencia a su vida, cuando no han vivido ni conocido lo que son los verdaderos valores espirituales y solo viven a ras de tierra en el día a día de su vida viendo pasar los acontecimientos que para ellos no parecen tener sentido. Cómo necesitan en su vida ser iluminados por la luz de la fe; cómo tendrían que aprender a mirar a lo alto, y descubrir en la cruz y desde la cruz de sus vidas que no están solos porque hay siempre un amor que no nos faltará, que es el amor de Dios, que tenemos que aprender a descubrir.
Es la mirada que nosotros los creyentes queremos levantar en este día para contemplar la cruz de Cristo, donde contemplamos el amor que Dios nos tiene, donde llegamos a descubrir que sí le importamos a Dios. Grande tiene que ser el valor de nuestra existencia cuando Dios nos entrega así a su Hijo amado y predilecto.
Ese amor de Dios que se nos manifiesta en la Cruz es un amor muy especial, porque es un amor a pesar de que en nosotros no haya amor sino pecado; es un amor que nos llena de vida y nos resucita; es un amor que nos perdona y nos redime; es un amor que hace nacer en nosotros una nueva vida y un nuevo sentido del vivir y del amar. Es el amor que se nos manifiesta en la cruz de Cristo, pero se está haciendo presente también en la cruz de cada día de nuestra vida, porque Cristo ha asumido en su Cruz nuestras cruces, nuestros dolores y nuestros sufrimientos, nuestras angustias y también las desesperanzas que muchas veces nos tientan; con su Cruz Cristo irá transformando nuestras cruces para hacer que de las espinas de nuestro desamor y nuestro pecado, por la fuerza de la gracia, comiencen a florecer las flores y los frutos de un amor nuevo, de una vida nueva de resurrección.
La Cruz de Cristo nos engrandece, porque por la entrega de Cristo en la Cruz nos ha llegado la redención y el perdón; ha llegado a nosotros la vida nueva de la gracia que nos hace sentirnos amados y valorados de manera que ya nunca podemos decir que no importamos a nadie, porque sí le importamos a Dios; pero por la Cruz de Cristo entramos en el camino de una vida nueva, de un estilo nuevo de vivir desde un amor semejante al amor que Cristo nos tiene.
Ahora comenzaremos a mirar la cruz de una manera distinta; ahora comenzaremos a darle un sentido nuevo a la cruz de nuestros sufrimientos y problemas; viendo el amor que Dios nos tiene aprenderemos a poner amor en esa cruz de cada día haciendo de ella una ofrenda de amor; pero es además que ahora comenzaremos a fijarnos de una manera nueva en la cruz de los demás, y en nombre de ese amor aprenderemos a acercarnos a ellos de una forma distinta. Tenemos que repartir amor; tenemos que hacer comprender que el amor es el que nos salva y el amor de Dios no nos faltará nunca; tenemos que comenzar a ser nosotros signos de ese amor de Dios por la manera que nos acerquemos a los otros y los acompañemos para ayudarles a descubrir esa luz del amor de Dios.
Y es que esa Cruz de Cristo que nos ha engrandecido con la salvación que de ella mana, nos compromete; no podemos ya vivir de la misma manera; ya nuestra mirada hacia Dios tiene que ser una mirada agradecida por el amor; pero otras y nuevas tienen que ser las actitudes que tengamos hacia los demás; en ellos estamos viendo a otro Cristo a quien amar, porque ya sabemos que no podemos decir que amamos a Cristo si no amamos a los demás y sobre todo a los que con mas intensidad cargan con su cruz en la pobreza y en el dolor, en la desesperanza y en las oscuridades de sus vidas. Los amamos como amamos a Cristo; los amamos amando a Cristo en ellos; los amamos con el amor de Cristo; los amamos para hacerles llegar la luz de Cristo.
Celebramos hoy la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Miramos a lo alto de la Cruz y nos encontramos con Cristo; es el que se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, una muerte de Cruz. Pero es el Señor, Dios lo levantó sobre todo y le concedió el Nombre sobre todo nombre, de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble, en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre. 
Miramos a la Cruz, contemplamos a Cristo y no podemos menos que decir, ‘gracias, Señor, por tanto amor.

martes, 6 de noviembre de 2012


Creer en Jesús es vivir la vida de Jesús

Flp. 2, 5-11; Sal. 21; Lc. 14, 15-24
‘Tened entre vosotros los sentimientos propios de una vida en Cristo Jesús’, les dice el apóstol después de pedirles el ‘mantenerse unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir’, como le escuchábamos ayer.
Ese amor, esa comunión, esa unidad, ese estilo de vida nuevo alejado de toda envidia y ostentación, siempre en disponibilidad para el servicio no es otra cosa que vivir la misma vida de Cristo, el mismo estilo de Cristo, los mismos sentimientos de Cristo. Por eso creer en Jesús no es simplemente aceptar unas ideas o unos mandamientos, no es el cumplir unas normas; es algo mucho más profundo, porque es vivir una vida, vivir la vida de Jesús. Cuando se nos está pidiendo continuamente que conozcamos más y más a Cristo se nos está pidiendo un vivir. No es un mero conocimiento intelectual, sino que es una vida que hay que vivir.
A partir de ese primer versículo del texto escuchado de la carta a los Filipenses que nos ha de dar para mucho pensar, reflexionar y para sacar muchas consecuencias para la vida, lo que a continuación nos propone el apóstol en su carta es todo un himno cristológico. Un himno en el que podemos quedarnos extasiados contemplando toda la maravilla del amor de Dios que se manifiesta en Cristo y un himno que brota de lo más hondo de nuestro espíritu como un cántico de acción de gracias a Dios que así nos ha dado a Jesús.
Es un ir rumiando, pensando, repasando una y otra vez todo ese misterio de Dios que va apareciendo, pero precisamente en la cercanía cada vez mayor, cada vez más honda con que el Hijo de Dios se va acercando al hombre para hacerse hombre. Se despoja de su rango, no hace alarde de su categoría divina, se anonada, se hace pequeño, se hace el último, se hace esclavo, pasa por un hombre cualquiera. Era como lo veían sus contemporáneos. Lo veían tan igual, porque realmente era hombre, que les costaba descubrir la categoría de Hijo de Dios, aunque Jesús lo manifestara en sus obras, en su poder, en la sabiduría de sus palabras que no podía ser otra que la sabiduría de Dios. Es la cercanía de Dios, es el amor de Dios que llega hasta lo más profundo de hombre.
Nos quedamos en contemplación y seguimos quedándonos hasta confundidos en cómo se nos va revelando, porque como un hombre cualquiera se somete a la muerte, pero a la muerte más ignominiosa. No todos supieron contemplar el sentido de aquella muerte. Muchos se echaron para atrás, porque al comenzar la pasión se escondieron como le pasó a la mayoría de los discípulos, y será un ladrón arrepentido el que descubrirá un paraíso y un reino nuevo al que puede ir tras la muerte de Jesús en la cruz; será un pagano, un centurión romano el que reconocerá que es un hombre justo e inocente, que es el Hijo de Dios.
Seguimos contemplando y veremos la mano poderosa de Dios que lo resucita y lo levanta,   ‘le concedió el Nombre sobre todo nombre’ y ya para siempre decir Jesús es decir el Señor. ‘Al nombre de Jesús toda rodilla se doble, toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre’ ¿No nos mueve toda esta consideración, toda esta contemplación a dar gracias a Dios?
Tenemos que contemplarlo, meditarlo una y otra vez, saborearlo allá en lo más hondo del corazón para que nunca lo olvidemos, para que no nos vayamos tras otras luces, para que nos busquemos otras sabidurías. Nuestra sabiduría y nuestra locura la tenemos en la cruz de Jesús. En lo que aparentemente puede parecer la debilidad de una derrota nosotros encontramos la fuerza y la victoria.
Todos estamos llamados a ese Reino, a ese banquete del Reino de los cielos en que Cristo mismo se nos da como la más profunda sabiduría, la más brillante luz, el alimento más verdadero que nos da vida eterna, vida para siempre. Algunas veces nos puede suceder como a los invitados de la parábola que no escuchamos la invitación y nos vamos por otros caminos. Pero sabemos que Cristo siempre nos busca, nos llama, nos invita, se nos acerca y se  nos ofrece con todo su amor. Vivamos, pues su vida.