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sábado, 19 de octubre de 2013

La fe sea como el respirar natural de nuestra vida y nos sintamos envueltos por el Espíritu Santo

Rom. 4, 13.16-18; Sal. 104; Lc. 12, 8-12
No sé si a ustedes les habrá pasado por la cabeza algo semejante, pero muchas veces, sobre todo cuando uno ve el testimonio de los mártires y tenemos reciente la beatificación de los 522 mártires españoles de la persecución religiosa del siglo XX en nuestro país, uno se pregunta, al menos yo me lo pregunto, si me viera en esa situación ¿cómo reaccionaría yo? ¿sería capaz de resistir y dar el testimonio hasta el final? Y es que uno considera su propia debilidad que ante la tentación tantas veces claudicamos y nos dejamos llevar por el maligno.
Creo que es cuestión de vivir con intensidad nuestra fe en cada minuto, en cada instante de nuestra vida. La fe, la actitud de fe, no puede ser una cosa de quita y pon sino que tiene que ser como nuestro respirar. Respiramos allí donde estemos, sea lo que sea lo que estemos haciendo, porque eso forma parte natural de nuestro ser, de manera que sin respirar no podríamos vivir.
Así tendría que ser nuestra fe, pienso yo; cada momento, cada palabra, cada cosa que hagamos, todo lo que vivimos ya sea en los momentos agradables y de felicidad o en los momentos en que quizá no lo estamos pasando también, la fe tiene que ser como nuestro respirar; cada una de esas cosas, de esos momentos tienen que ser animados por nuestra fe, por nuestro actuar desde la fe, por esa visión de la vida y de lo que hacemos desde la fe.
Entonces expresaríamos con naturalidad nuestra fe en cualquier situación en que nos encontremos; entonces daríamos testimonio de nuestra fe frente a los demás porque es manifestarnos como nosotros somos, como nosotros sentimos y vivimos.
Hoy nos habla Jesús de dar la cara por El en cualquier situación. ‘Si uno se pone de mi parte ante los hombres, también el Hijo del Hombre se pondrá de su parte ante los ángeles de Dios’, nos dice. Luego no podemos ocultar nuestra fe ni disimularla, aunque esa manifestación no sea fácil. Como creyente me tengo que manifestar. Y Jesús nos promete que aunque sea difícil su Espíritu estará con nosotros. ‘Cuando os conduzcan a la sinagoga, ante los magistrados y las autoridades,  no os preocupéis de lo que vais a decir, o de cómo os vais a defender. Porque el Espíritu Santo os enseñará en aquel momento lo que tenéis que decir’.
Si decíamos antes que sentimos admiración por los mártires que se enfrentaron a tribunales y a tormentos hasta llegar a testimoniar su fe con su propia vida, derramando su propia sangre, es porque se dejaron conducir por el Espíritu divino que estaba en ellos. Nos sorprende la valentía de los mártires, sobre todo cuando son niños o personas jóvenes que nos podrían parecer más débiles o más fáciles de seducir con propuestas engañosas, pero es que el Espíritu Santo estaba en ellos y se dejaron conducir por El.
Hoy Jesús nos habla de un pecado imperdonable que es el pecado contra el Espíritu Santo. ¿De qué pecado se trata? Pues, en pocas palabras, diríamos que de negar esa asistencia del Espíritu Santo en nuestra vida y no dejarnos conducir por El. Es que cuando no nos dejamos conducir por el Espíritu Santo se nos haría imposible el que diéramos pasos de verdadera conversión.
Es el Espíritu el que nos llama y nos conduce en nuestro interior a la conversión, a la vida nueva, a las obras nuevas del amor; si lo negamos, estaríamos negándonos a dejarnos conducir por El; si lo negamos, estaríamos negándonos a recibir el perdón de Dios, porque por la fuerza del Espíritu es como lo recibimos; como se dice en la fórmula de absolución ‘ha derramado el Espíritu Santo para el perdón de los pecados’.
Como decíamos al principio que la fe sea como el respirar natural de nuestra vida y entonces nos sintamos envueltos por la gracia divina en todo momento, por la fuerza y la presencia del Espíritu en nosotros. Así podremos manifestar con entusiasmo nuestra fe, así podríamos vivirla con alegría en todo momento, así podríamos contagiar a cuantos nos rodean de esa alegría de la fe.

¿Podrá haber algo más hermoso que llene de plenitud nuestra vida que la fe?

viernes, 18 de octubre de 2013

Qué hermosos los pies del mensajero que anuncia la paz y la misericordia

FIESTA DE SAN LUCAS, EVANGELISTA

2Tim. 4, 9-17; Sal. 144; Lc. 10, 1-9
‘¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva, que pregona la victoria!’ Es la antífona con la que comienza la liturgia de la Eucaristía en esta fiesta del evangelista san Lucas. Así podemos decir del evangelista. Así contemplamos los pies de aquellos discípulos de los que nos habla el evangelio que fueron enviados por Jesús a anunciar la Buena Nueva del Reino de Dios, a llevar la paz. ‘Cuando entréis en una casa, decid primero: paz a esta casa… y decid: está cerca de vosotros el Reino de Dios’.
Celebramos en este día la fiesta del evangelista que no solo nos trasmitió el evangelio, llamado precisamente por su nombre, el evangelio de San Lucas, pero que nos trasmitió la historia de las primeras comunidades cristianas, en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Hemos escuchado por otra parte la referencia que hace san Pablo de la presencia de Lucas, ‘su querido médico’, a su lado, como lo había acompañado en gran parte del recorrido de sus viajes apostólicos, que luego nos trasmitiría.
Partiendo de lo que expresa la liturgia de la fiesta del evangelista en las antífonas o en los textos eucológicos (las oraciones) quería fijarme en algunos aspectos de lo que fue la trasmisión que El nos hace del Evangelio de Jesús.
‘San Lucas al darnos su evangelio nos anunció el sol que nace de lo alto, Cristo, nuestro Señor’, que nos propone la antífona del cántico del Benedictus en Laúdes. Es el anuncio que proféticamente hace Zacarías en ese cántico con el que bendice a Dios por el nacimiento de Juan. ‘Nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz’, que canta Zacarías. Juan viene como precursor a preparar los caminos; no es la luz, como se nos dirá en el evangelio de Juan, sino el testigo de la luz; es el que viene a anunciar la llegada del sol que nace de lo alto. Cristo será nuestra luz.
¿Qué nos manifiesta esa luz? ¿Cómo ilumina nuestra vida? Llenándonos de la misericordia de Dios. Es el otro aspecto a destacar en el evangelio de Lucas. ‘Dichoso evangelista san Lucas, que resplandece en toda la Iglesia por haber destacado en sus escritos la misericordia de Cristo’. Así dice la Antífona de las vísperas al cántico del Magnificat. Es una palabra que se repite tanto en el cántico de Zacarías como el cántico de María. ‘Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos… realizando la misericordia que tuvo con nuestros padres y recordando su santa alianza’, dice por una parte. Pero luego cuando nos anuncia ese sol que nace de lo alto lo hace desde el mismo sentido. ‘Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto…’
Pero María también canta la misericordia de Dios.  ‘Su nombre es santo y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación’, nos dice María como motivo grande de la alegría que hay en su corazón. Su ahora se están cumpliendo las profecías cuando en sus entrañas lleva ya al Salvador del mundo es porque el Señor ‘auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abrahán y su descendencia por siempre’. Todo es cantar la misericordia del Señor.
No podemos extendernos en recorrer las páginas de este evangelio de la misericordia del Señor con su pueblo, pero podríamos recordar por una parte el encuentro de Jesús con la mujer pecadora donde se derrama la misericordia del Señor sobre su corazón lleno de amor, y la parábola del hijo pródigo que más tendríamos que llamar la parábola del padre misericordioso.
Y finalmente otro aspecto a destacar que nos lo subraya la oración litúrgica. ‘Elegiste a san Lucas para que nos revelara, con su predicación y sus escritos, tu amor a los pobres…’ Es san Lucas el que nos trae el episodio de la sinagoga de Nazaret donde se lee aquel texto de Isaías que anuncia al que viene ungido por el Espíritu del Señor para anunciar la Buena Nueva, el Evangelio, a los pobres.
Pobres pastores de los alrededores de Belén serán los primeros en acoger la Buena Noticia del nacimiento de Jesús en el anuncio de los ángeles. Y a los pobres les veremos no pasar necesidad en la primera comunidad de Jerusalén, como nos narrará en los Hechos de los Apóstoles, porque todo lo ponían en común para que nadie pasara necesidad. Muchos más textos podríamos aducir del Evangelio o de los Hechos de los Apóstoles para que corrobore lo que expresamos en la oración de la Iglesia.
Pues que lo que expresamos para concluir la oración litúrgica del día se vea en verdad reflejado en nuestra vida como un fruto de la celebración que ahora estamos viviendo. ‘Concede a cuantos se glorían en Cristo, vivir con un mismo corazón y un mismo espíritu y atraer a todos los hombres a la salvación’. Nos sentimos enviados también a hacer ese anuncio de la misericordia del Señor que sentimos en nuestra vida y no solo hemos de hacerlo con nuestras palabras sino con el testimonio de una vida en comunión de verdadero amor con nuestros hermanos, en especial con los que nos rodean y con los pobres y los que sufren.
‘¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva, que pregona la victoria!’, como expresábamos al principio de nuestra reflexión recogiendo el sentir de la liturgia.

jueves, 17 de octubre de 2013

Justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención de Cristo Jesús

Rm. 3, 21-30; Sal. 129; Lc. 11, 47-54
‘Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa’, hemos repetido en el salmo. Es cosa que sabemos pero tenemos que meditarlo mucho. Solamente en Jesús obtenemos la salvación. No hay otro nombre que pueda salvarnos. El es nuestro Salvador, nuestro Redentor.
Como nos decía san Pablo en la carta a los Romanos que estamos leyendo ‘por la fe en Jesucristo viene la justicia de Dios a todos los que creen, sin distinción alguna… son justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención de Cristo Jesús, constituido en sacrificio de propiciación por su sangre derramada’.
Es lo que tenemos que considerar y que ha de despertar nuestra fe. Es el regalo del amor de Dios. Como nos dice el apóstol ‘justificados gratuitamente por su gracia’. Cuánto tenemos que darle gracias a Dios. Cómo  hemos de poner toda nuestra fe en El. Cómo hemos de desear el llenarnos de su gracia, de su vida, de su perdón, de su amor. Así hemos de acudir con fe a Jesús y escuchar su Palabra, dejarnos conducir por la fuerza de su Espíritu.
Hoy en el evangelio seguimos escuchando las palabras de Jesús a los fariseos que no terminaban de aceptarle. Creo que ese ejemplo, podríamos llamar negativo que en ellos descubrimos, tendría que movernos a actuar nosotros de otra manera. Dejar que llegue esa palabra de Jesús que nos invita a la conversión, al cambio del corazón, para que en verdad tengamos un corazón limpio y podamos ofrecerle un culto agradable al Señor. Que nos dejemos llenar por la sabiduría de Dios, la sabiduría de la Palabra de Dios que nos llena de luz.
Hemos escuchado que los letrados y los fariseos después de escuchar a Jesús, en lugar de convertir su corazón a la Palabra de Dios, se endurecieron más en su corazón. ‘Los letrados y fariseos comenzaron a acosarlo y a tirarle de la lengua, con muchas preguntas capciosas, para cogerlo en sus propias palabras’. ¿Buscaban la verdad de Dios o lo que hacían era encerrarse más en su propio error?
No es con actitudes así como tenemos que acercarnos al Señor, sino con espíritu humilde y agradecido por cuanto del Señor recibimos. Y si la Palabra del Señor nos toca en la herida de nuestro pecado, porque nos señala allí donde está el error de nuestra vida, en lugar de rebelarnos contra El lo que tendríamos que hacer es aceptar esa Palabra con humildad, porque lo que busca es nuestra salvación, lo que nos está ofreciendo es su gracia y su perdón.
Muchas veces tenemos el peligro de encerrarnos a esa luz y en nuestro orgullo no queremos recibirla. Nos creemos buenos, nos creemos que nos lo sabemos todo, nos creemos en posesión de nuestra verdad, pero que muchas veces a causa de nuestro pecado está bien lejos de la verdad de Dios. No nos gusta que nos corrijan o nos señalen allí donde están nuestros tropiezos. Pero tendríamos que estar agradecidos porque la Palabra llega a nosotros como una luz que nos quiere sacar de nuestro error.
Muchas veces nos hacemos nuestra propia idea de lo que es la fe o la vida cristiana pero que puede estar muy lejos en ocasiones de lo que en verdad nos señala el espíritu del evangelio. En muchas ocasiones el testimonio que podamos recibir de alguien que quiere vivir con radicalidad el espíritu del evangelio choca con nuestra manera de ser o de pensar las cosas y ya enseguida lo rechazamos o le ponemos nuestras pegas. Pasaba con Jesús en la reacción de las gentes de su tiempo como vemos  hoy con los letrados y los fariseos y nos sigue sucediendo hoy.

Vayamos con espíritu humilde a la luz y dejémonos llenar de esa vida que nos ofrece Jesús. En El está nuestra salvación porque El es nuestro Redentor.  Como decíamos al principio ‘del Señor viene la misericordia, la redención copiosa’.

miércoles, 16 de octubre de 2013

Una Palabra del Señor que con fe y humildad acogemos en nuestro corazón

Rm. 2, 1-11; Sal. 61; Lc. 11, 37-41
Para comenzar a comentar el texto del evangelio que se nos ha proclamado hoy hemos de decir que es una continuación exacta del que hubiéramos escuchado ayer, de no ser por la celebración del día de santa Teresa de Jesús con sus lecturas propias.
Parten todas estas palabras de Jesús de denuncia de la actitud de los fariseos de lo sucedido en una ocasión en que invitaron a Jesús a comer en casa de un fariseo y estaban todos muy pendientes de si Jesús se lavaba las manos o no antes de sentarse a la mesa. Jesús que conocía bien el corazón de los que le rodeaban y sus intenciones les habla fuerte de que lo que hay que tener bien limpio es el corazón. ‘Limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro rebosáis de robos y maldades’, les dice.
Pero escuchemos esa Palabra del Señor no solamente como dicha a aquellos fariseos y letrados que le acompañaban entonces en la mesa, sino sintamos hondamente en nosotros que esa Palabra nos la está diciendo hoy el Señor a nosotros. ‘Pagáis el diezmo de la hierbabuena, de la ruda y de toda clase de legumbres, mientras pasáis por alto el derecho y el amor de Dios’, les dice; nos dice. Vivían unas actitudes y posturas muy escrupulosas para fijarse en esos pequeños detalles, pero luego su corazón estaba endurecido para las cosas verdaderamente importantes.
Querían  aparecer como irreprochables para ser honrados y estimados hasta como piadosos, pero olvidaban lo esencial. No es que no tengamos que tener en cuenta las cosas pequeñas, que ya nos dirá en otro momento que el que no sabe ser fiel en lo pequeño en lo importante no lo será, pero sí nos está diciendo que no olvidemos la justicia, el respeto y la valoración de las personas, el amor a Dios y el amor que hemos de tener al hermano. Que no nos podemos quedar en las apariencias, sino que es desde lo más hondo de nosotros mismos desde donde tenemos que transformar nuestro corazón para llenarlo de las más hermosas virtudes.
¿De qué nos vale fijarnos en minucias si luego no tenemos verdadero amor al hermano que está a nuestro lado? Aprendamos a valorar a la persona, a toda persona; aprendamos a ser justos en nuestras relaciones con los demás actuando con sinceridad, alejando de  nosotros toda falsedad e hipocresía, no dejándonos nunca arrastrar por la vanidad y las apariencias; aprendamos a arrancar de raíz de nuestro corazón los malos sentimientos hacia los demás como la envidia o los rencores; transformemos nuestro corazón para llenarlo de humildad, de paz, de mansedumbre, quitando todo brote de violencia, de orgullo o de soberbia.
Los letrados reaccionaron ante las palabras de Jesús - ‘diciendo eso, nos ofendes también a nosotros’, le dicen - pero Jesús les replica que no se contenten con imponer cosas a los demás, sino que sean ellos los primeros en cumplirlas en su vida.
Os confieso una cosa. Cuando me hago esta reflexión en torno a la Palabra de Dios que comparto con ustedes en la celebración - o través también de las redes sociales en internet intentando llegar a mucha gente - primero que nada me la hago para mi mismo; tengo que pensar, por supuesto desde mi ministerio, en todos aquellos a los que va a llegar esta reflexión sobre la Palabra pero antes me la aplico a mí mismo, me veo reflejado en lo que el Señor nos dice o nos pide y siento que es a mí el primero a quien el Señor se lo está diciendo. No quiero ser simplemente un altavoz mecánico que trasmita unas palabras o unas reflexiones, sino quiero abrir los oídos de mi corazón para sentir lo que el Señor me dice o me pide. Doy gracias porque así esta Palabra también va haciendo mella en mi corazón, y confieso humilde que no siempre le doy la respuesta que el Señor me pide en su Palabra.

Con humildad pongámonos siempre ante la Palabra del Señor que se nos proclama; con mucha fe, para reconocer que es Dios mismo quien nos está hablando allá en lo hondo de nuestro corazón. Pidámosle su gracia, que no nos falte nunca, para que sepamos acogerla y plantarla en nuestra vida de manera que siempre dé fruto al ciento por uno.

martes, 15 de octubre de 2013

Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo

Santa Teresa de Jesús

Eclesiástico, 15, 1-6; Sal. 88; Mt. 11, 25-30
‘Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío; mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo’. Estas palabras tomadas de los salmos son con las que la liturgia ha querido comenzar a cantar al Señor en este día, en nuestra celebración de la Eucaristía.
Es el deseo de Dios, el ansia de Dios, como el sediento que busca el agua viva que calme su sed, como la cierva que busca las corrientes de agua donde apagar su sed. Es lo que realmente tendría que ser el camino de nuestra vida cristiana, si en verdad porque creemos en El, Dios lo es todo para nosotros. Así tendríamos que buscarlo y desearlo; con esos deseos tendríamos que abrir nuestro corazón a Dios para que en verdad el sea el centro de nuestra vida, y sacie plenamente los más altos y hermosos deseos de nuestro corazón.   
Esta antífona, tomada de los salmos como decíamos, refleja perfectamente el alma de santa Teresa de Jesús, a quien hoy estamos celebrando. Teresa de Jesús es esa alma sedienta de Dios que supo encontrar la fuente hasta llegar a disfrutar de Dios de una forma sublime en las alturas místicas en las que su alma se vio envuelta como ninguna. Se llenó de Dios y Dios le dio un alma grande y generosa para realizar una gran obra en la Iglesia con la reforma de la Orden del Carmelo, que le llevaría incluso a fundar numerosos monasterios a lo largo de toda la geografía peninsular. La andariega de Dios, porque era a Dios a quien ella estaba llevando a los demás cuando de tal manera ella se había llenado místicamente de Dios.
Fue largo el recorrido que tuvo que realizar, su camino interior, el camino del castillo interior como luego ella describiría en sus libros, pero le costó. Aunque de joven había entrado en el monasterio del Carmelo para vivir su consagración al Señor fueron grandes las turbulencias por las que tuvo que pasar su alma, llena de sequedades y momentos duros y difíciles en muchas ocasiones; pero en la medida en que fue despojándose de sí misma emprendió ese camino de perfección que llegó a recorrer para vivir ya solo para Dios y en el que la Iglesia nos la ofrece como modelo de camino de perfección, como expresábamos en la oración litúrgica de esta fiesta.
Hoy hemos escuchado en el evangelio cómo Jesús da gracias al Padre que se reveló y se manifestó a los pequeños y sencillos. Muchas veces hemos meditado este texto para aprender a tener nosotros esa alma humilde y sencilla que sea capaz de llenarse de Dios. Es lo que vivió santa Teresa de Jesús; como decíamos antes, cuando aprendió a despojarse de si misma, a pesar de que llevaba ya muchos años en la vida religiosa y dentro del monasterio de la Encarnación, fue cuando comenzó a tener esa sed del Dios vivo, aprendió a saborear la sabiduría de Dios y cuando ella en verdad se fue llenando de Dios recorriendo ese camino de ascesis primero, purificándose de todo lo que pudieran ser ataduras en su corazón, y luego subiendo poco a poco los peldaños que la llevarían a la altura de su misticismo en su profunda unión con Dios.
Nos gozamos nosotros en este día en que celebramos a santa Teresa de Jesús, Virgen y Doctora de la Iglesia. Nos gozamos y en su santidad nos sentimos estimulados para que se despierte en nosotros esa misma ansia de Dios, esa sed de Dios que le llevó a ella por esos caminos de unión con Dios. Contemplando el camino de santidad de santa Teresa un cristiano tendría que sentir en su corazón una santa envidia de cómo ella llegó a esa unión tan íntima y profunda con Dios. Como ya hemos dicho recordando lo que pedíamos en la oración litúrgica, Dios quiso suscitar por inspiración del Espíritu Santo esos deseos de santidad, ese camino de perfección, que encienda, pues, en nosotros también el deseo de la verdadera santidad.
Ese tiene que ser el sentido verdadero de la celebración de los santos. Ellos pudieron realizar ese camino de santidad con dificultades semejantes a las nuestras pero supieron poner toda su fe en Dios y en El encontraron la fuerza para realizar ese camino. Podemos nosotros hacer también ese camino, en el que además contamos también con su intercesión. Por eso también en este día muchas personas que han consagrado sus vidas al Señor en la vida religiosa, sintiéndose estimuladas por el ejemplo de Santa Teresa, de alguna manera renuevan sus votos de consagración al Señor.

Que santa Teresa nos alcance la gracia del Señor para que en verdad cada día más aspiremos a la santidad en nuestra vida.

lunes, 14 de octubre de 2013

Aquí está la verdadera Sabiduría de Dios, Palabra viva de Dios que nos invita a convertirnos al Señor

Rm. 1, 1-7, Sal. 97; Lc. 11, 29-32
Hay de todo en la vida y nosotros no somos menos. Igual que hay gente valiente y decidida que no teme afrontar las cosas con decisión y tomar postura claramente por aquello que considera justo y bueno también nos encontramos con los indecisos, ya sea porque nunca tienen claras las cosas y siempre están buscando razones y motivos para aplazar una decisión, o ya porque quizá haya una cierta cobardía en su vida para mostrar claramente lo que son o lo que piensan, o ya sea porque en su malicia quieren como socavar lo bueno que hacen los demás.
Haciéndonos este comentario no podemos menos que recordar a los 522 mártires que hayan fueron inscritos en el numero de los beatos para recibir culto en la Iglesia que en momentos difíciles de persecución religiosa en el pasado siglo en España fueron capaces de dar su vida por la fe que profesaban en Jesús como nuestro único Salvador.
Pero también hemos de reconocer que no siempre tenemos la valentía de los mártires, aunque ese tendría que ser en verdad nuestro sentir y nuestro estilo de vivir, y estamos muy llenos de limitaciones, de debilidades, de dudas y nos cuesta ponernos totalmente del lado de Jesús con nuestras posturas en la vida y con nuestra manera de vivir.
Pero el evangelio que hoy escuchamos quiere hacernos recapacitar ante tantos que les cuesta hacer una opción clara por Jesús y siempre andan buscando disculpas, pidiendo pruebas para poner toda nuestra fe en Jesús o hasta viendo con no muy buenos ojos todo aquello que nos enseña o nos pide Jesús. Ya escuchábamos en pasados días como había quien atribuía las obras de Jesús al poder del espíritu del maligno, pero escuchábamos también cómo Jesús nos decía que no podíamos querer ir andando o nadando entre dos aguas, sino que nuestra decisión por El y su evangelio había que tomarla con toda radicalidad. ‘El que no está conmigo, está contra mi; el que no recoge conmigo, desparrama’, nos decía Jesús.
Es la queja, podíamos considerarla como amarga, que hoy escuchamos en labios de Jesús. ‘Esta generación es una generación perversa. Pide un signo, pero no se les dará más signo que el signo de Jonás’. Ya escuchábamos en pasados días que el evangelista decía que ‘otros, para ponerlo a prueba, le pedían un signo del cielo’. Ya comentábamos la ceguera para no ver las señales que Jesús nos iba dando de quien era y las señales del Reinado de Dios que se expresaban en los milagros que iba realizando. Pero no todos eran capaces de verlo y aún seguían pidiendo signos.
Como nosotros cuando no queremos decidirnos de verdad, que vamos dando largas, buscando plazos, pidiendo pruebas, que nada nos satisface, pero no es porque realmente no veamos la verdad que se nos revela, sino porque quizá nos cuesta arrancarnos de muchos apegos que tenemos en nuestra vida y en nuestro corazón y de los que tendríamos que desprendernos si en verdad nos decidimos por Jesús y la vivencia de su Evangelio.
Como nos ha dicho hoy no se les dará más signo que el de Jonás. El signo de Jonás estaba en su propia vida en que él mismo se convirtió al Señor después de todos los acontecimientos que se fueron sucediendo, para aceptar y para cumplir lo que el Señor le pedía de invitar a la conversión a las gentes de Nínive. El haber sido devorado por el cetáceo que al poco tiempo lo vomitó vivo en la playa de nuevo, se convierte en un signo de la muerte y de la resurrección del Señor al tercer día de entre los muertos.
Pero el signo de Jonás está también en la conversión de los ninivitas ante la predicación de Jonás. Como les dice el Señor esa conversión de los ninivitas por la predicación de Jonás se convertirá en un signo de condena para aquella generación. Los ninivitas solamente tuvieron un profeta, aquella gente tenía a Jesús, verdadero Hijo de Dios hecho hombre en medio de ellos para traer la salvación.
Lo mismo dice de Salomón y la reina del Sur que vino desde lejos para escuchar la sabiduría de Salomón. ‘Y aquí hay uno que es más que Salomón’, les dice Jesús. ¿Cómo no escuchar al que es la verdadera Sabiduría de Dios, verdadera Palabra viva de Dios que se nos revela en Jesucristo encarnado para nuestra salvación?
¿Qué nos moverá a nosotros a convertir nuestro corazón al Señor? Cuánto hemos recibido de la Palabra de Dios que cada día se nos proclama; cuánto hemos recibido y podemos recibir de la presencia de Cristo en el Sacramento de la Eucaristía en medio de nosotros que se convierte en nuestro alimento y nuestra vida. Y nosotros cerramos los ojos y no queremos creer, cerramos nuestro corazón y no queremos convertirnos al Señor. Y también seguimos pidiendo plazos, o queriéndolo dejar para otro momento, o pidiendo una prueba mas para creer en Jesús.

Despertemos nuestra fe y decidamos con valentía por seguir a Jesús y vivir su vida de santidad y de gracia. Que el ejemplo de nuestros mártires sea para nosotros estímulo y fortaleza.

domingo, 13 de octubre de 2013

La necesaria acción de gracias para cantar la gloria del Señor por los bienes recibidos

2Reyes 5, 14-17; Sal. 97; 2Tim. 2, 8-13; Lc. 17, 11-19
Siempre hay un gran paralelismo entre el texto de la primera lectura y el evangelio, y hoy lo podemos apreciar de una manera especial. Siempre hay una cierta relación entre un texto y otro y hoy en ambos textos se nos habla de unos leprosos curados y de una respuesta a esa gracia del Señor. Podemos fijarnos en los detalles. Mucho es lo que podemos aprender para nuestra vida y para el camino de nuestra fe.
Eliseo, el profeta, por una parte, con su visión de las cosas de Dios y su poder taumatúrgico, que se nos ofrece en la primera lectura, y Jesús, el gran profeta que había surgido en medio del pueblo como le aclamaban las gentes por otro lado, pero que es realmente nuestro único salvador, como se nos presenta en el evangelio.
Un leproso, Naamán el sirio, que con sus reticencias y también con sus exigencias viene solicitando la curación de su enfermedad y por otra parte el grupo de los diez leprosos que salen al encuentro de Jesús en el camino entre Galilea y Samaría gritando a Jesús que tenga compasión de ellos y de entre los que destacaríamos el samaritano, también un extranjero, al que veremos volver a los pies de Jesús después de curado.
Unos gestos sencillos y humildes que le pide el profeta que ha de realizar el leproso sirio como lavarse siete veces en las aguas del Jordán y que finalmente realizará a pesar de sus reticencias y la palabra de Jesús que envía sencillamente a los leprosos a que se presenten a los sacerdotes, cumpliendo la ley de Moisés, para que les reconozca su curación.
Finalmente un reconocimiento por parte de Naamán, el sirio, que se había curado de que el Dios de Israel es el único Señor al que ahora va a adorar para siempre, y por otra parte la gloria del Señor que vino a proclamar solamente uno de los curados, el samaritano, postrándose ante Jesús alabando a Dios y dándole gracias.
Al tiempo, surge la pregunta de Jesús que a nosotros también nos podría decir muchas cosas. ‘¿No han quedado limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿no ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?’ Pero aquel no sólo se había curado viéndose libre de la lepra sino que también había alcanzado la salvación. ‘Tu fe te ha salvado’, que le dice Jesús.
Y en medio de todo esto, nosotros, que seremos capaces o no de reconocer la lepra de nuestros pecados que nos lleva a la muerte, pero a quienes hoy el Señor nos está hablando para que con confianza vayamos a El con fe para dejarnos no sólo curar sino alcanzar verdaderamente la salvación. No nos quedamos en comentar lo sucedido en una y otra escena, sino que en ellas hemos de vernos reflejados y de allí tenemos que saber deducir el mensaje que para nosotros tiene hoy la Palabra proclamada.
Es el Señor el que viene a nuestro encuentro para ofrecernos su salvación. Vamos a El pero El nos busca y nos llama. Es el Señor el que ilumina nuestra vida para que seamos capaces de reconocer cuanto de muerte hay en nosotros, pero que El es quien puede en verdad llenarnos de vida. Nos cuesta muchas veces reconocer las oscuridades de nuestra vida y nos cuesta dejarnos conducir por la Palabra del Señor que nos está siempre ofreciendo caminos de salvación.
La imagen de los leprosos que le salen al paso en el camino a Jesús, pero que se quedan lejos siguiendo las duras leyes judías que no permitían a los leprosos vivir en medio de la comunidad y junto a sus familias sino que habían de vivir en lugares apartados y marginados de todo el mundo, nos está expresando de manera muy palpable nuestra situación cuando por el pecado nos hemos apartado de Dios. Podíamos comparar también con la descripción de la vida llena de miseria y suciedad que vivía el hijo pródigo tras abandonar la casa del padre llenando su vida de miseria y de pecado. Cómo nos aleja de Dios nuestro pecado y nos encierra en nosotros mismos que hasta nos hace romper los vínculos de amor con los hermanos.
Cristo nos llama; es el pastor que ha venido a buscar la oveja perdida y se alegrará y hará fiesta por nuestra vuelta; quiere que volvamos a estar con El que nos ofrece su perdón y su gracia mientras que nosotros hemos de poner esas actitudes de arrepentimiento reconociendo por una parte nuestro pecado, pero reconociendo lo grande y maravilloso que es el amor que El nos tiene que nos está siempre ofreciendo su perdón. Como le pidiera Jesús a los leprosos que se presentaran a los sacerdotes o Eliseo a Naamán que se lavara en el Jordán, el Señor nos pide que busquemos la mediación de la Iglesia en el Sacramento para que nos veamos limpios, para que se restituya de nuevo la gracia en nuestro corazón, para que alcancemos la gracia del perdón y la salvación.
Hemos de reconocer que muchas veces somos reticentes y nos cuesta acercarnos al Sacramento. Humildad tendríamos que saber poner en el corazón para dejarnos conducir por la gracia del Señor y, como aquella mujer pecadora de la que nos habla en otra ocasión el evangelio, llenar nuestra vida de amor para que amando mucho se nos perdonen nuestros pecados.
Pero sí hemos de terminar siempre dando gloria al Señor. Dar gloria al Señor supone reconocer el bien recibido, agradecer a quien ha intervenido con su mediación pero, sobre todo, rendir nuestro espíritu lleno de gratitud ante la bondad del Señor. Somos muy fáciles para acudir a pedir al Señor de nuestras necesidades que nos socorra y que nos ayude; recibimos la gracia del Señor y qué pronto olvidamos la mano de amor infinito y llena de misericordia que se ha posado sobre nuestra alma con su gracia; qué pronto nos olvidamos de dar gracias a Dios.
Tenemos que preguntarnos, por ejemplo, cuántas veces después de recibir el perdón del Señor en el Sacramento de la Penitencia nos hemos parado para darle gracias al Señor por el perdón recibido. A lo más, nos preocupamos de cumplir la penitencia, como decimos. Nos parecemos a aquellos leprosos que muy cumplidores fueron corriendo a presentarse a los sacerdotes para cumplir con lo prescrito por la ley cuando se vieron limpios. Sólo uno, el samaritano, se volvió atrás, consideraba que ahora había algo más importante, para venir hasta Jesús y postrarse ante El dando gloria a Dios y dándole gracias por el don recibido.
Esa actitud de acción de gracias tendría que ser lo normal en nuestra vida cristiana y en nuestra oración. En fin de cuentas la fe que tenemos es la respuesta y el agradecimiento por todo el amor infinito que el Señor nos tiene y que  nos regala su salvación.  Somos los hombres y las mujeres de la Eucaristía y Eucaristía bien sabemos que significa acción de gracias. Tendríamos que ser, entonces, siempre los hombres y las mujeres de la acción de gracias. El rito lo realizamos al celebrar la Eucaristía, pero la actitud profunda de nuestro corazón de gratitud y acción de gracias al Señor quizá nos falta muchas veces de forma explícita.

Sepamos reconocer los dones del Señor y sepamos en todo momento darle gracias.

sábado, 12 de octubre de 2013

María del Pilar, guía para nuestro camino y columna de esperanza

  Hechos, 1, 12-14; Sal. 26M Lc. 11, 27-28
‘Según una piadosa tradición, ya desde los albores de su conversión, los primitivos cristianos levantaron una ermita en honor de la Virgen María a las orillas del Ebro, en la ciudad de Zaragoza. La primitiva y pequeña capilla, con el correr de los siglos, se ha convertido hoy en una basílica grandiosa que acoge, como centro vivo y permanente de peregrinaciones, a innumerables fieles que, desde todas las partes del mundo, vienen a rezar a la Virgen y venerar su Pilar’.
Así comienza el elogio de nuestra Señora del Pilar que el Oficio divino nos ofrece en la Liturgia de las Horas de este día 12 de octubre. Dicha capilla y posterior basílica con toda la devoción a la Virgen del Pilar que hoy celebramos, tiene su origen en la tradición que nos habla de la milagrosa presencia de la Virgen María, cuando aún vivía en carne mortal, en las orillas del Ebro para alentar la predicación apostólica del Evangelio al Apóstol Santiago en nuestras tierras hispanas. Ahí nos queda ese Pilar que veneramos en Zaragoza sobre el que se asienta la imagen de la Virgen - de ahí el nombre - y la devoción a la Virgen del Pilar que se ha generado a través de los siglos.
No entramos en discusiones históricas ni en la validez de las tradiciones, pero sí hemos de considerar ese signo de Dios que allí se siente y que ha ayudado y sigue ayudando a mantener la fe de nuestros pueblos con la mediación de María.
María siempre presente en la vida de la Iglesia. Es nuestra madre, así  nos la dejó el Señor desde la Cruz cuando la confió a Juan. Y así contemplamos a María junto a aquella Iglesia naciente en el Cenáculo en la espera de la venida de la promesa de Jesús, la venida del Espíritu Santo. Siempre hemos querido sentir esa presencia de María en el camino de la Iglesia, en el camino de nuestra fe.
Una fe que fundamentamos en Cristo y su evangelio viviéndola en Iglesia, pero que en María encontramos ese pilar que nos da seguridad, que nos sirve de apoyo, que nos alienta en nuestra esperanza, que nos hace sentir la fortaleza de la gracia. La imagen de la Virgen del Pilar así alienta nuestra esperanza porque estamos seguros que a ella siempre podemos acudir porque encontraremos su protección de madre.
Como la invocamos en las antífonas de la liturgia de este día ‘María del Pilar es guía para el camino, columna para la esperanza, luz para la vida’. Sí, María es nuestra guía y nuestro amparo, nuestra fortaleza y nuestra esperanza, no solo porque en ella nos miramos para ver el camino que hemos de recorrer porque es el mejor ejemplo que podemos tener de lo que es vivir el evangelio, sino que eso mismo alienta nuestra esperanza en nuestras luchas, en nuestras dudas, en los momentos de peligro y de tentación, porque su presencia nos ilumina dándonos un nuevo resplandor, y sabemos además que ella como lo hacen siempre las madres está poniéndose de nuestra parte para alcanzarnos esa gracia del Señor que necesitamos.
Es por eso por lo que en la oración de la liturgia de este día pedimos que ‘por su intercesión, nos conceda fortaleza en la fe, seguridad en la esperanza y constancia en el amor’. Cuando estamos a punto de acabar el año de la fe que por estas fechas iniciábamos el pasado año esta celebración tiene que motivarnos aun más a crecer en nuestra fe.
A María Isabel la llamó dichosa por su fe; ella la mujer creyente siempre abierta a Dios y que supo descubrir u sentir cómo la Palabra del Señor se plantaba en su corazón; la mujer creyente dispuesta siempre al sí, porque se fiaba de Dios, en El ponía toda su confianza, aunque en lo hondo de su corazón se preguntaba por el significado de lo que Dios le decía y le proponía.
María es la mujer de la fe madura que nos enseña a nosotros a ese profundizar en nuestra fe, porque en verdad vayamos rumiando en nuestro interior todo ese misterio de Dios que se nos revela para así empaparnos de Dios, para así llenarnos hasta rebosar de su vida y de su gracia. Por eso con María nos sentimos impulsados a desear conocer más y más nuestra fe, para que no sea una fe ciega, sino que nuestra mirada sobre la vida y sobre las cosas sea siempre la mirada de Dios.

Que de María del Pilar alcancemos esa fortaleza; que con María del Pilar no nos falte nunca la esperanza en el corazón; que estando al lado de María del Pilar aprendamos a abrir bien nuestros ojos para aprender a amar con un amor como el que tuvo ella, que no era sino reflejar en su vida lo que era el amor de Dios.

viernes, 11 de octubre de 2013

Atentos a descubrir la voz del Señor que nos llama y nos fortalece con su gracia

Joel, 1, 13-15; 2, 1-2; Sal. 9; Lc. 11, 15-26
‘Pasó por el mundo haciendo el bien’. Así decía Pedro de Jesús en uno de sus predicaciones que nos trae el libro de los Hechos de los Apóstoles. En Jesús estaba el amor; Jesús era el Amor, porque Dios es amor y El es la manifestación del amor que Dios le tiene al hombre. Y su amor nos llena de vida, nos trae la salvación nos libera del mal.
Es lo que había anunciado en la sinagoga de Nazaret; lleno del Espíritu divino, ungido por el Espíritu del Señor venía a liberar a los oprimidos, a anunciarnos el año de gracia del Señor. Es lo que le vemos hacer cuando anuncia el Reino, cuando realiza milagros y cura a los enfermos, cuando resucita a los muertos para darles vida, cuando expulsa a los demonios de aquellos que estaban poseídos por el espíritu del mal.
Y ante Jesús hay que decantarse, hay que decidirse. ¿Le seguiremos? ¿estaremos a su lado? ¿queremos seguir sus mismos pasos? ¿estaremos en disposición de vivir el mismo amor? ¿nos dejaremos liberar del mal? Hoy nos dirá que ‘el que no está conmigo, está contra mí; el que no recoge conmigo, desparrama’.
Y bien que El aceptaba a todo el que hacia el bien, fuera quien fuera. Recordamos cuando Santiago y Juan vinieron contando que uno echaba demonios en su nombre y ellos habían querido prohibírselo y El les había dicho que no, porque quien en su nombre expulsaba demonios, hacia el bien, no podía estar contra Jesús.
Sin embargo vamos viendo que no todos están con Jesús, no todos quieren interpretar de la misma manera las obras de Jesús. Es lo que hoy contemplamos en el evangelio. ‘Habiendo Jesús echado un demonio, algunos de entre la multitud dijeron: Si echa los demonios, es por arte de Belcebú, el príncipe de los demonios. Y otros, para ponerlo a prueba, le pedían un signo en el cielo’. No les valían los milagros que Jesús hacía que aún pedían otros signos; en su malicia no eran capaces de interpretar con recto sentido lo que Jesús hacía y lo bueno de expulsar los demonios, signo que era del Reinado de Dios, sin embargo lo atribuían al espíritu del mal.
Que el Espíritu del Señor nos abra a nosotros los ojos para descubrir las acciones de Dios. Los caminos de Dios muchas veces podrían parecernos incomprensibles porque son más sencillos de lo que nosotros quizá queremos imaginarlos y nos cuesta en muchas ocasiones interpretar los signos que El nos va dejando de su llamada.
Dios nos va hablando en el corazón; nos ha dejado su Palabra, sus sacramentos, la Iglesia como señales claras de su presencia y de su gracia. Veamos ahí la acción de Dios. Pero algunas veces el Señor nos llama por otros caminos, con otras voces, que hemos de saber interpretar bien allá en lo hondo de nuestra conciencia, y podemos descubrir cómo podemos ir a Dios en tantas cosas buenas que nos suceden o que suceden a nuestro alrededor, o que podemos descubrir en las personas que están a nuestro lado. El Señor nos va llamando y va derramando su gracia. Hemos de estar atentos a esas llamadas del Señor y no malinterpretarlas sino dejarnos conducir por el Espíritu del Señor que nos va moviendo el corazón.
Pero quiere decirnos algo más hoy la Palabra del Señor. Es la vigilancia permanente que hemos de mantener en nuestra vida cuando nos hemos decidido a seguir los caminos del Señor. Porque el maligno nos acecha. Muchas veces nos sucede que dimos unos pasos para acercarnos al Señor y estábamos felices porque nos parecía que todo iba bien, que éramos fieles y nos manteníamos en la gracia del Señor; pero  nos descuidamos y cuando menos lo pensamos volvimos a tropezar quizá con la misma tentación, en las mismas cosas que pensábamos que ya teníamos superadas.

Como se suele decir, habíamos bajado la guardia, no estábamos tan vigilantes, quizá nos debilitamos en nuestra oración, no mantuvimos con la misma intensidad ese camino de ascesis y superación que nos habíamos trazado y vino y la tentación y sucumbimos otra vez. Es a lo que hoy nos quiere prevenir el Señor. Que la petición que hacemos cada día en el padrenuestro la hagamos de verdad y con todo sentido e intensidad: ‘No nos dejes caer en la tentación, líbranos del mal’. Como  nos dice Jesús hoy: ‘El final de aquel hombre resulta peor que el principio’. Que así nos mantengamos siempre vigilantes. Que sepamos descubrir siempre esa presencia del Señor a nuestro lado que nos llama y al mismo tiempo nos llena de la fortaleza de su gracia.

jueves, 10 de octubre de 2013

¡Cuánto más dará el Padre celestial el Espíritu Santo a los que se lo pidan!

Mal. 3, 13-18; 4, 2; Sal. 1; Lc. 11, 5-13
‘Enséñanos a orar’, seguimos pidiéndole hoy nosotros a Jesús como lo hacíamos ayer. No nos cansemos ni nos parezca repetitivo, porque así somos nosotros que pronto  nos cansamos, pero pronto también dejamos muchas veces de hacer y vivir lo que Jesús nos propone.
O no terminamos de poner toda nuestra confianza en el Señor, o somos tan exigentes que queremos ver inmediatamente realizado aquello que le pedimos - parece que se lo exigiéramos - al Señor. Es necesaria una actitud humilde además de llena de confianza. Somos pobres ante Dios y así tenemos que ponernos delante de El. No nos valen ni las autosuficiencias ni las exigencias de quien se cree siempre con todos los derechos. Es la actitud humilde del pobre que tiende la mano y espera confiadamente.
Confiadamente podemos y tenemos que esperar nosotros porque sabemos bien a quien le estamos pidiendo. Es el Padre amoroso que siempre nos escucha. Es el Padre amoroso que nos dará siempre lo mejor. Es el Padre amoroso que tiene entrañas de misericordia y se derrite de amor por nosotros porque nos quiere como hijos, porque nos ha hecho sus hijos. Es el Padre amoroso que está viendo en nosotros a su Hijo eterno, que nos lo ha entregado y ahora no solo ha dado su vida por nosotros sino que es el mejor mediador e intercesor que está siempre pidiendo por nosotros.
Es por eso por lo que hoy Jesús nos enseña cómo ha de ser nuestra oración, constante, perseverante, confiada, humilde. Nos pone ejemplos o parábolas para que lo comprendamos, como la del amigo que va a medianoche a pedirle ayuda a su amigo, aunque lo importune, porque sabe que el amigo siempre lo escucha. No es que Dios nos escuche como para quitarnos de encima, sino que Dios nos escucha porque sus entrañas son entrañas de misericordia y de amor.
‘Si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, - y nos habla del padre que si su hijo le pide pan no le dará una piedra, o si le pide un pez no le dará un escorpión - ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?’ Por eso nos insiste: ‘Pedid y recibiréis, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá, porque quien pide recibe, quien busca, encuentra, y al que llama se le abre’.
Así nos escucha el Señor. Pero, ¿qué le pedimos? Por supuesto ante Dios ponemos todas nuestras necesidades; y tenemos presentes nuestras necesidades materiales - el pan nuestro de cada día nos lo enseñó a pedir también cuando nos enseñaba el padrenuestro - pero tienen que ir todas aquellas cosas que nos hacen bien a la persona en toda su integridad, en nuestro crecimiento como persona, en nuestra maduración espiritual, en el desarrollo de todos esos valores y cualidades que ya no solo van a ser una riqueza para nuestra vida personal, sino que con ello vamos a contribuir al bien de los que están a nuestro lado, al bien de nuestro mundo.
Igual que le estamos diciendo una y otra vez hoy al Señor que nos enseñe a orar, hemos de pedirle que crezcamos en nuestra fe - ‘auméntanos la fe’, recordamos cómo le pedían los discípulos el pasado domingo -, pero que crezca y se fortalezca nuestra esperanza, que maduremos en el amor.
¿Cuáles son las peticiones concretas que nos proponía Jesús cuando nos enseñaba el padrenuestro? Además del pan de cada día, le pedíamos perdón que entrañaba el compromiso por nuestra parte de perdonar también; por eso le pedimos perdón pero le pedimos al mismo tiempo que nos dé fuerza para nosotros también perdonar, porque solo con nuestras fuerzas o nuestra buena voluntad va a ser difícil que lo consigamos. 
Si decíamos antes que le pedíamos para ese nuestro crecimiento como personas desarrollando todos esos valores y cualidades que poseemos, significará también que queremos apartarnos del mal; por eso pedimos su gracia, la fuerza de su Espíritu que esté en nosotros para ser fuertes y no dejarnos vencer por la tentación. Queremos ser mejores y solo lo lograremos con la ayuda y la fuerza del Señor. Eso ha de entrar entonces en nuestra petición.

‘¡Cuánto más dará el Padre celestial el Espíritu Santo a los que se lo pidan!’, escuchábamos que nos decía Jesús hoy. Pidamos ese don y esa fuerza del Espíritu que nos llene de Dios, que nos inunde de los dones de Dios.

miércoles, 9 de octubre de 2013

Rezar el padrenuestro es dejarse conducir por el Espíritu

Jonás, 4, 1-11; Sal. 85; Lc. 11, 1-4
‘Jesús estaba orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: Señor, enséñanos a orar, como Juan enseño a sus discípulos’.
‘Enséñanos a orar…’ Cómo sería la oración de Jesús. ¿Qué es lo que apreciaban sus discípulos cuando lo veían orar que ahora les motivaba para pedirle que les enseñara a orar? Repetidamente vemos en el evangelio la oración de Jesús. Subía con los discípulos al templo a la oración cuando estaba en Jerusalén; le hemos visto marcharse a solas al descampado para pasar la noche en oración; subió con los apóstoles especialmente escogidos, Pedro, Santiago y Juan, a lo alto de la montaña para orar; si Judas acudiría más tarde a Getsemaní a prender a Jesús era porque sabía que aquel era un lugar a donde Jesús le gustaba retirarse cuando estaba en Jerusalén… y así podríamos recordar muchos otros momentos. Precisamente en lo alto del monte de los Olivos hay un lugar que recuerda el lugar donde Jesús nos enseñó el Padrenuestro.
Pero también había ido enseñando cómo habría de ser esa oración; no le gustaba la manera de hacerlo de los fariseos de pie delante de todos para que la gente viera que oraban; alababa la oración humilde del publicano que se reconocía pecador y no era capaz de levantar sus ojos al cielo; nos diría que cuando orásemos nos fuéramos al aposento interior - que no solo es irse a una habitación apartada y encerrada, sino el propio interior de la persona - para orar allí en lo secreto al Creador que ve en lo escondido y conoce nuestra oración; nos enseñaría como seguiremos escuchando estos días que había que ser constantes y perseverantes en la oración hecha con toda humildad y confianza, pero no había de ser una oración de mucha palabrería porque el Señor sabe bien lo que nosotros necesitamos.
Ahora le piden que les enseñe a orar. Contagiados quizá por la manera en que lo veían orar o deseosos de que se plasmara en una forma de oración concreta todo aquello que había ido enseñando, le piden que les enseñe a orar.
‘Cuando oréis, decid…’ Y les propone un modelo de oración. Les propone la oración que nosotros llamamos del padrenuestro, por sus primeras palabras; la oración que llamamos también la oración dominical, no porque sea la oración del domingo, sino porque es la oración que nos enseñó el Señor. Santo Tomás de Aquino decía que ‘es la oración más perfecta de todas las oraciones’. Pero ya mucho antes Tertuliano había dicho que ‘el padrenuestro es el resumen de todo el evangelio’.
Y bien tenemos que reconocer que es así. Ese sentido nuevo de Dios, de la vida, de la relación entre los hombres, de todo lo que había de ser nuestra existencia a partir de la aceptación del Reino de Dios se ha de ver reflejado en nuestra oración. El anuncio del Reino de Dios venia a revelarnos en primer lugar ese rostro de amor y misericordioso de Dios que va a ser para siempre nuestro único Señor; cuando nos habla Jesús de Dios nos habla del Padre y así nos lo enseñará a llamar.
Desde ese reconocimiento de que Dios es nuestro único Señor, pero que es el Dios compasivo y misericordioso y el Padre bueno que nos ama y en su misericordia va a derramar sobre nosotros su amor y su perdón, ya nuestra vida tiene que ser totalmente distinta en nuestra relación con nosotros mismos y con los demás; es el Reino de Dios que Jesús nos anuncia y que nosotros hemos de vivir. Entonces ya nuestra oración a Dios tendrá que ser distinta; tendrá que ser una oración llena de amor, una oración que busca la vida y la verdad, una oración con la que nos vamos a llenar de la salvación que Dios nos ofrece en Jesús.
De ahí, entonces, el sentido nuevo de nuestras invocaciones y peticiones. Todo ha de ser siempre para la gloria de Dios, todo ha de ser buscar y vivir su Reino; todo ha de estar envuelto por el amor; en todo ha de resplandecer para siempre el bien y la bondad, que nos aleje de todo mal. Rezando con hondura el Padrenuestro estaremos haciendo presente en nuestra vida todo el evangelio.
Por eso siempre decimos que más que una fórmula a repetir es un sentido a dar a nuestra oración. Es desde lo hondo de nosotros mismos donde tenemos que sembrar esas actitudes nuevas para nuestra oración.

Tenemos, sí, que pedirle a Jesús que nos enseñe a orar, que nos enseñe a abrir nuestro corazón de manera nueva a Dios; que nos enseñe a sentir hondamente todo el evangelio muy vivo en nosotros cuando oramos. No son palabras lo que Jesús va a enseñarnos, que ya nos las sabemos demasiado bien de memoria; lo que tenemos que aprender es a dejarnos conducir de verdad por el Espíritu cuando estemos en oración.

martes, 8 de octubre de 2013

Donde aprendemos lo que es el servicio poniéndonos a los pies de Jesús

Jonás, 3, 1-10; Sal. 129; Lc. 10, 38-42
Jesús iba subiendo a Jerusalén y ya sabemos por otros comentarios que nos hemos hecho todo lo que significaba aquella subida. Muchas cosas han de ir sucediendo y grande será el mensaje que nos va dejando. Hoy se nos habla de hospitalidad y de acogida, de servicio y de apertura a la Palabra de Dios.
Allí en una aldea junto al camino que conduce a Jerusalén cuando ya está cercana la ciudad una familia acoge a Jesús y a los discípulos. La hospitalidad del semita les hace tener siempre abiertas las puertas para quien pasa junto a ellos, y tras la larga subida desde el valle del Jordán y desde la lejana Galilea el lugar era propicio para el descanso y el recuperar fuerzas antes de superar el monte de los olivos para entrar en Jerusalén.
Era quizá, sin embargo, un lugar habitual de parada de Jesús, por cuanto en otro lugar se hablará de la amistad especial que tienen aquellos hermanos con Jesús. Y allá está María sentada a los pies de Jesús escuchándole mientras Marta está afanada en el servicio preparando todo para acoger de la mejor manera y como se merecen en las normas habituales de la hospitalidad a quienes han llegado a aquel hogar.
Ya hemos escuchado el diálogo en cierto modo quejumbroso que se entabla entre Marta y Jesús porque preocupada como está por tenerlo todo preparado juzga, sin embargo, que su hermana no está prestando la colaboración que juzgaba necesaria. ¿Reproches?, ¿quejas nacidas de un corazón lleno de amor? ¿ansias del mejor servicio de hospitalidad? respuesta de Jesús para que nos hagamos una buena escala de valores y no falte el servicio, como tantas veces nos ha enseñado, pero no nos falte nunca nuestra acogida a Dios y a su Palabra.
No dice Jesús que no tenga importancia y valor lo que Marta está haciendo. Ella desea lo mejor y en su hospitalidad está queriendo responder de la mejor manera a lo que Jesús tantas veces había pedido que es el espíritu de servicio para darse y gastarse por los demás buscando siempre lo bueno. Claro que la respuesta de Jesús nos podrá hacer pensar y valorar cuál es el mejor servicio que podemos prestar a los demás.
Pero también hay que tener como primordial la actitud de María que también es acogida y un querer predisponer el corazón para el mejor servicio. ¿Cómo podremos llegar a esa donación de nosotros mismos que es el servicio a los demás si no es desde la fuerza que en el Señor encontramos? Necesitamos como María sentarnos a los pies de Jesús para escuchar su Palabra en lo hondo del corazón. Solo cuando nos sentamos de verdad a los pies de Jesús podremos aprender lo que es el amor, lo que es el servicio verdadero.
Sentados a los pies de Jesús podremos sentir el calor de su corazón, de su amor para contagiarnos de él hasta impregnarnos en lo más íntimo y profundo de nosotros. Sentados a los pies de Jesús recibiremos su gracia que nos ayudará a superar momentos de decaimiento, a no dejar que entre la frialdad en nuestro corazón.
No podemos quedarnos lejos de Jesús; tenemos que aprender a estar cerca de El. Como Marta y María acogieron a Jesús en su hogar de Betania, nuestro corazón, nuestra vida tiene que tener siempre las puertas abiertas para recibir a Jesús. Y acogemos y recibimos a Jesús cuando escuchamos su Palabra, cuando celebramos los sacramentos, cuando intensificamos nuestra oración, cuando acudimos a las puertas del Sagrario, sabiendo que El está ahí verdaderamente presente para escucharnos y para hablarnos allá en lo más intimo de nosotros mismos.
Pero sabemos también cómo El quiere llegar hasta nosotros en el prójimo, en el hermano que está a nuestro lado; ya sabemos lo que Jesús mismo nos repetía muchas veces de que cuanto le hiciéramos al prójimo que está a nuestro lado a El se lo hacíamos. Ahí tenemos que abrir nuestro corazón al amor, al servicio. Cuántas oportunidades tenemos de encontrarnos con Jesús y servirle en los hermanos.

Repitamos esa escena de Betania en la vida nuestra de cada día y recibamos a Jesús. 

lunes, 7 de octubre de 2013

Rezar el Rosario de María es recorrer y contemplar todo el Evangelio de Jesús

Hech. 1, 12-14; Sal. Lc. 1, 46-54; Lc. 1, 26-38
Esta fiesta de la Virgen del Rosario nació con una acción de gracias a Dios que con la intercesión de la Virgen a la que se invocó con el rezo del santo rosario concedió la victoria a las tropas cristianas sobre los turcos en la batalla de Lepanto en 1571. De ahí que en muchos lugares vaya acompañada esta fiesta de la representación en teatro popular de esta batalla en escenificaciones de carácter muy popular, verdaderos autos sacramentales podríamos llamarlos, como son las ‘libreas’ que se representan en muchos de nuestros pueblos.
Pero como decíamos el origen en sí mismo está en la devoción del pueblo cristiano a la Virgen Madre de Dios a la que invoca con el rezo del santo rosario. Fue santo Domingo de Guzmán el que en su tiempo extendió por todo el sur de Europa esta devoción a la Virgen y el rezo del rosario, como expresión de la piedad popular, que no sabiendo quizá utilizar otras oraciones de la Iglesia como podrían ser los salmos en el oficio divino también por la dificultad del idioma en la liturgia de la Iglesia, sin embargo unía el rezo del avemaría a la Virgen con la contemplación del Misterio de Cristo, siendo además una verdadera catequesis para el pueblo cristiano.
Es por eso por lo que decimos a cada una de sus partes los misterios del Rosario porque vamos contemplando diversos momentos del misterio de Cristo podríamos decir desde los ojos de María mientras la invocamos con el saludo Angélico del Avemaría. Como bien sabemos la enunciación de los diversos misterios en cada una de las decenas de avemarías que rezamos no se tiene que quedar en esa simple enunciación, sino que ha de darnos motivo para nuestra meditación con lo que iríamos empapándonos más y más de Evangelio si lo hiciéramos bien.
De ahí el texto de la primera lectura, de los Hechos de los Apóstoles, que nos ofrece la liturgia en esta celebración. La Iglesia naciente estaba reunida en oración en la espera de la venida del Espíritu Santo y con ellos estaba María, la madre de Jesús. Ahí nos está expresando ya lo que iba a ser la función de María junto al camino de la Iglesia. Es la madre que está a nuestro lado; la madre que nos ayuda a meternos más y más en el misterio de Dios para que nos sintamos inundados de su gracia y empapados cada vez más de los valores nuevos del evangelio; la madre que estando a nuestro lado se convierte también en intercesora ante el trono de Dios para impetrar las gracias que necesitamos en ese camino de la fe, en ese camino del amor.
Es María la que siempre nos está diciendo, como les decía a los sirvientes de las bodas de Caná, ‘haced lo que El os diga’. Siempre María nos lleva a Cristo. Por eso en las imágenes benditas de nuestra devoción a la Virgen siempre nos está mostrando a Jesús. No nos quedamos en María, ella es la madre como toda madre siempre modelo y espejo de lo que ha de ser nuestra vida; pero ella es la buena madre que nos acompaña, nos señala los caminos que hemos de recorrer para apartarnos del mal y del pecado, nos impulsa y nos lleva de la mano para que recorramos caminos de virtud y de santidad; ella es la buena madre que siempre estará dando la cara por nosotros, por eso la tenemos como abogada y como intercesora para alcanzar esa gracia del Señor que necesitamos.
Y cuando le rezamos a ella, quiere que siempre tengamos ante nuestros ojos el misterio de su Hijo. Es lo que hacemos, como decíamos, cuando rezamos el rosario. Son esos piropos que no nos cansamos de dirigir a María, porque ella se lo merece porque es la Madre del Señor pero es también nuestra madre; pero quiere ella que, mientras la invocamos y pedimos su intercesión o le damos gracias por cuanto con su intercesión alcanzamos, tengamos siempre presente ante los ojos de nuestra mente y muy metido en el corazón todo el evangelio de Jesús. Hacer un recorrido por los misterios del Rosario es ir recorriendo el evangelio de Jesús, porque es ir recorriendo su vida y considerando todo el misterio de salvación que nos ofrece.
Por eso, con qué sentido, con profundidad tenemos que rezar el rosario a la Virgen; que nunca sea una rutina, una carrera para acabar pronto porque tenemos que irnos a otra parte; que lo recemos pausadamente, deteniéndonos bien para meditarlos en todos los misterios que son los misterios de la vida de Cristo para nuestra santificación.
Celebramos a María en esta fiesta preciosa del Rosario, cuya devoción tan extendida está en el pueblo cristiano. No hay un pueblo que no tenga una imagen de la Virgen de una especial devoción para el pueblo cristiano, pero pocos pueblos habrá donde falte una imagen de la Virgen del Rosario. Que ella interceda siempre por nosotros y que nosotros, como buenos hijos de María que la amamos con todo nuestro corazón, la escuchemos y hagamos lo que nos señala para hacer siempre lo que Jesús nos dice.