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martes, 12 de octubre de 2021

María del Pilar, señal de referencia siempre de la presencia de Dios con nosotros y poste miliario que nos garantiza el camino del seguimiento del evangelio de Jesús

 


María del Pilar, señal de referencia siempre de la presencia de Dios con nosotros y poste miliario que nos garantiza el camino del seguimiento del evangelio de Jesús

1Crónicas 15, 3-4. 15-16; 16, 1-2; Sal 26; Lucas 11, 27-28

No es ajeno cuanto sucede en nuestro entorno a nuestras preocupaciones y a lo que es nuestra vida de cada día y en estos días no podemos quitar de nuestro pensamiento el sufrimiento de cuantos están sufriendo las consecuencias del volcán que asola una de nuestras islas. Surge necesariamente nuestro sentimiento de solidaridad y tratamos de ponernos en su carne cuando con la violencia del volcán se están viendo despojados de todo, sus casas con todas sus pertenencias, sus terrenos de cultivo, su vida misma.

Todos tenemos una referencia importante es nuestra vida, que no se mira solo como una riqueza, sino que es parte de su vida misma; es su casa, es su hogar, es allí donde hacen su vida, es donde tienen tantos recuerdos porque quizá perteneció a sus padres y es algo así como su referencia familia con todo lo que en ese lugar se ha vivido, ha vivido la familia. Es un punto de referencia importante para la vida de la persona. Pensamos en los sentimientos dolorosos que afloran en lo más profundo de esas personas que así lo han perdido todo.

Sin dejar de tener en cuenta esos sentimientos de solidaridad que tienen que despertarse en nuestro corazón, hoy en esta fiesta de la virgen he querido también tomar esa referencia. De ello de alguna manera nos quieren hablar los textos de la Escritura que se nos ofrecen, sobre todo la primera lectura tomada del libro de las Crónicas del Antiguo Testamento.

Se nos habla ahí del traslado con gran regocijo de todos del Arca de la Alianza que les había acompañado como un signo de la presencia de Dios en todo su peregrinar por el desierto. Aunque todavía en el texto se habla de una cierta provisionalidad, los deseos son poder levantar un templo para el Señor que contenga ese Arca de la Alianza con todo su significado. Ese templo del Señor, esa morada de Dios entre nosotros los hombres que tanta importancia va a tener a lo largo de toda la historia de la salvación, del pueblo judío. Un lugar que sirva de referencia para ese encuentro con Dios, un lugar donde todos puedan confluir y donde todos se sientan a gusto como en una casa familiar porque es la casa de Dios.

Pero este texto se nos ofrece hoy en la liturgia también en una clara referencia a María, cuando la estamos celebrando en esta advocación de Nuestra Señora del Pilar. María es también ese templo de Dios, esa morada de Dios en medio de nosotros los hombres. Cuando Dios quiere encarnarse haciéndose hombre lo hace en el seno de María, y María que se convierte así en la Madre de Dios es para nosotros ese templo de Dios donde quiere morar, donde quiere encarnarse para hacerse hombre.

‘Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron’, proclama aquella mujer anónima cuando escucha a Jesús. Ese vientre de María, verdadero sagrario de Dios; en su vientre durante nueve meses se gestó aquella criatura que no era simplemente un hombre que iba a hacer, sino que allí estaba verdaderamente Dios en esa unión de la naturaleza divina con la naturaleza humana en la persona de Jesús.

Por eso, por ejemplo, siempre decimos que aquel camino que María hizo hasta la montaña de Judea en la visita a su prima Isabel fue como la primera procesión del Cuerpo de Cristo, porque allí llevaba en su seno María a Dios mismo. ¿No se revolvió de gozo el hijo de Isabel en su seno materno con la presencia de María? ¿No será un signo de cómo aquel niño profeta, como solo saben hacerlo los profetas, los hombres de Dios, sintió la presencia de Dios en el seno de María?

Esa referencia en nuestro hogar que tenemos de nuestra vida misma, como antes reflexionábamos, la estamos teniendo en María, la madre de Dios. Por eso María, la Virgen Madre de Dios, siempre nos conducirá a Dios, nos hará presente a Dios en medio de nosotros. Es el templo, es el sagrario, es la morada de Dios que nos trae a Dios, siempre será referencia para nosotros de la presencia de Dios.

Hoy la contemplamos y celebramos sobre la columna del Pilar, hermoso significado también para nosotros. La columna que nos sirve de apoyo y fortaleza y que nos ayuda a edificar con cimiento firme nuestra vida de fe. Cuando nos apoyamos en María, como un hijo sabe apoyarse en su madre nunca nos sentiremos defraudados, nunca se debilitará nuestra fe.


María como señal que encontramos a lo largo del camino para que no perdamos el rumbo; en la antigüedad en las grandes vías del imperio había de tramo en tramo unos postes, unas columnas – el miliario o poste miliar - que iban indicando la ruta a donde nos llevaba y de donde provenía para no perder el rumbo, que hoy lo tenemos en nuestros caminos y carreteras en esos carteles y en esas señales que nos indican el camino o carretera por donde circulamos. Pensemos en María como esa columna miliar que nos da la seguridad del camino de Jesús del camino del evangelio.

martes, 8 de octubre de 2013

Donde aprendemos lo que es el servicio poniéndonos a los pies de Jesús

Jonás, 3, 1-10; Sal. 129; Lc. 10, 38-42
Jesús iba subiendo a Jerusalén y ya sabemos por otros comentarios que nos hemos hecho todo lo que significaba aquella subida. Muchas cosas han de ir sucediendo y grande será el mensaje que nos va dejando. Hoy se nos habla de hospitalidad y de acogida, de servicio y de apertura a la Palabra de Dios.
Allí en una aldea junto al camino que conduce a Jerusalén cuando ya está cercana la ciudad una familia acoge a Jesús y a los discípulos. La hospitalidad del semita les hace tener siempre abiertas las puertas para quien pasa junto a ellos, y tras la larga subida desde el valle del Jordán y desde la lejana Galilea el lugar era propicio para el descanso y el recuperar fuerzas antes de superar el monte de los olivos para entrar en Jerusalén.
Era quizá, sin embargo, un lugar habitual de parada de Jesús, por cuanto en otro lugar se hablará de la amistad especial que tienen aquellos hermanos con Jesús. Y allá está María sentada a los pies de Jesús escuchándole mientras Marta está afanada en el servicio preparando todo para acoger de la mejor manera y como se merecen en las normas habituales de la hospitalidad a quienes han llegado a aquel hogar.
Ya hemos escuchado el diálogo en cierto modo quejumbroso que se entabla entre Marta y Jesús porque preocupada como está por tenerlo todo preparado juzga, sin embargo, que su hermana no está prestando la colaboración que juzgaba necesaria. ¿Reproches?, ¿quejas nacidas de un corazón lleno de amor? ¿ansias del mejor servicio de hospitalidad? respuesta de Jesús para que nos hagamos una buena escala de valores y no falte el servicio, como tantas veces nos ha enseñado, pero no nos falte nunca nuestra acogida a Dios y a su Palabra.
No dice Jesús que no tenga importancia y valor lo que Marta está haciendo. Ella desea lo mejor y en su hospitalidad está queriendo responder de la mejor manera a lo que Jesús tantas veces había pedido que es el espíritu de servicio para darse y gastarse por los demás buscando siempre lo bueno. Claro que la respuesta de Jesús nos podrá hacer pensar y valorar cuál es el mejor servicio que podemos prestar a los demás.
Pero también hay que tener como primordial la actitud de María que también es acogida y un querer predisponer el corazón para el mejor servicio. ¿Cómo podremos llegar a esa donación de nosotros mismos que es el servicio a los demás si no es desde la fuerza que en el Señor encontramos? Necesitamos como María sentarnos a los pies de Jesús para escuchar su Palabra en lo hondo del corazón. Solo cuando nos sentamos de verdad a los pies de Jesús podremos aprender lo que es el amor, lo que es el servicio verdadero.
Sentados a los pies de Jesús podremos sentir el calor de su corazón, de su amor para contagiarnos de él hasta impregnarnos en lo más íntimo y profundo de nosotros. Sentados a los pies de Jesús recibiremos su gracia que nos ayudará a superar momentos de decaimiento, a no dejar que entre la frialdad en nuestro corazón.
No podemos quedarnos lejos de Jesús; tenemos que aprender a estar cerca de El. Como Marta y María acogieron a Jesús en su hogar de Betania, nuestro corazón, nuestra vida tiene que tener siempre las puertas abiertas para recibir a Jesús. Y acogemos y recibimos a Jesús cuando escuchamos su Palabra, cuando celebramos los sacramentos, cuando intensificamos nuestra oración, cuando acudimos a las puertas del Sagrario, sabiendo que El está ahí verdaderamente presente para escucharnos y para hablarnos allá en lo más intimo de nosotros mismos.
Pero sabemos también cómo El quiere llegar hasta nosotros en el prójimo, en el hermano que está a nuestro lado; ya sabemos lo que Jesús mismo nos repetía muchas veces de que cuanto le hiciéramos al prójimo que está a nuestro lado a El se lo hacíamos. Ahí tenemos que abrir nuestro corazón al amor, al servicio. Cuántas oportunidades tenemos de encontrarnos con Jesús y servirle en los hermanos.

Repitamos esa escena de Betania en la vida nuestra de cada día y recibamos a Jesús. 

viernes, 26 de agosto de 2011

Que no se nos apaguen las lámparas con que hemos de salir a recibir al Señor


1Tes. 4, 1-8;

Sal. 96;

Mt. 25, 1-13

El Reino de Dios es esperanza y es luz. Cuánta esperanza suscitó la llegada del Reino; cuánta esperanza suscitaba Jesús en medio de las gentes con su predicación, con sus milagros, con su presencia, con su amor. Por algo el principio del evangelio de san Juan nos habla tanto de luz, la luz que viene a iluminar a todo hombre, la luz que disipa tinieblas, la luz que nos llena de esperanza de vida nueva, de luz nueva.

Hoy hemos escuchado a Jesús decirnos eso en la parábola al mismo tiempo que enseñarnos cómo hemos de vivir esa esperanza, que nunca será una esperanza pasiva. ‘El Reino de los cielos se parecerá a Dios doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo’. Bella y rica la parábola. ‘¡Que llega el Esposo, salir a recibirlo!’ es el grito que se va a escuchar. Y allí tenía que estar la luz que lo iluminara todo.

Es la esperanza del Señor que llega y lo ha de envolver todo con su luz. ‘¡Que llega el esposo…!’ Viene el Señor y nosotros aquí estamos en laboriosa espera. Fue la esperanza del pueblo de Israel en la venida del Mesías prometido. Cómo preparaban al pueblo y alentaban su esperanza los profetas invitándoles a cambiar el corazón de piedra por un corazón de carne. Cómo alentaba al pueblo y lo preparaba Juan Bautista invitándoles a la conversión y a las obras buenas porque la llegada del Señor era inminente.

‘Ven, Señor Jesús’, gritamos también nosotros una y otra vez, porque queremos sentir se presencia, su gracia, su amor. Y cuando somos conscientes de esa presencia del Señor que viene a nuestra vida, nuestro corazón se enardece y buscamos la manera de tenerlo ardiente de amor porque sabemos que en el amor y amor es la mejor manera de encontrarnos con El.

‘¡Ven, Señor Jesús!’, sigue gritando la Iglesia con el grito del Apocalipsis mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo y queremos vernos libres de toda perturbación, purificados de todo pecado, inundados de amor para realizar también las obras del amor. En ese encuentro definitivo y final que nos conducirá a la plenitud de Dios con esas lámparas encendidas en nuestras manos queremos estar. Se nos dio como signo en nuestro bautismo para que con ellas en nuestras manos y con nuestras vestiduras blancas de la gracia saliéramos al encuentro del Señor.

Son las lámparas que hemos de tener encendidas. Es la señal de nuestra esperanza y nuestra preparación,. Es signo de que no nos dormimos sino que siempre estamos buscando el aceite de la gracia que nos fortalece, que nos previene de los peligros, que nos mueve a las cosas buenas que serán siempre expresión de que estamos esperando y nuestra esperanza es viva y por eso no queremos dejar que se nos apaguen nuestras lámparas. Nuestra esperanza nunca será una esperanza pasiva, porque esperamos pero procuramos mantenernos despiertos, atentos, vigilantes, procurando que la lámpara esté encendida y no le falte el aceite, preparando nuestro corazón y nuestra vida a esa llegada del Señor.

Que no se nos apaguen nunca esas lámparas. Que no se nos apague el amor. Que tengamos siempre muy abiertos los ojos de la fe. Que mantengamos siempre la esperanza. Que busquemos tener siempre con nosotros el aceite de la gracia. Que no se nos ahogue nuestro espíritu de oración. Que no abandonemos la práctica de los sacramentos. Que anhelemos siempre vivir en la gracia y la amistad del Señor. Que sepamos ponernos muchas veces de rodillas ante el Sagrario. Que abramos nuestro corazón a la Palabra del Señor. Que estemos atentos en todo momento a la llegada del Señor a nuestra vida. Que sepamos reconocerle también en el hermano que está a nuestro lado. Que no nos falte el amor en nuestro corazón.

martes, 31 de mayo de 2011

Como María templos y sagrarios del Espíritu para llevar a Dios a los demás con nuestro amor


Sofonías, 3, 14-18;

Sal.: Is. 12, 2-6;

Lc. 1, 39-56

Habiendo conocido María por el anuncio del ángel no sólo el misterio glorioso que en sus entrañas se estaba realizando de que Dios se encarnase en su seno para nacer hecho hombre y ser Dios en medio de nosotros, sino conocido también cómo el Señor había tenido misericordia con su prima Isabel al concebir un hijo a pesar de su vejez, se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a la casa de Zacaría y su prima Isabel.

Ahí va María, aprisa, sobre las alas del amor e impulsada por el Espíritu de Dios como verdadero templo del Espíritu y sagrario de Dios derramando las gracias y la bendiciones de Dios que así ya se hacía presente entre nosotros repartiendo la salvación. Se llenará Isabel del Espíritu Santo con la presencia de María, saltará la criatura en el seno de Isabel al escuchar el saludo de María, Dios está allí y María es portadora de Dios a quien lleva en sus entrañas, y María también inspirada por el Espíritu divino prorrumpirá en cánticos de alabanzas y de bendición al Señor.

¿Cómo no va a cantar María la alabanza del Señor? ‘El Señor, tu Dios, en medio de ti es un guerrero que salva, había anunciado el profeta. El se goza y se complace en ti, te ama y se alegra con júbilo como día de fiesta’. Claro que tiene que ser día de fiesta cuando así María se siente amada del Señor; tiene que ser dia de fiesta también para nosotros porque el Señor está en medio de nosotros también con su amor y con su salvación; se goza y se complace en nosotros, en nuestra fe y en nuestro amor, lo que nos tiene que hacer saltar también de júbilo a nosotros como en día de fiesta, que decía el profeta.

Todo se convertirá en fiesta y en cánticos de alabanza al Señor que obra maravillas, porque con el nacimiento de Juan también Zacarías prorrumpirá en canticos de bendiciones al Señor que así ha visitado a su pueblo. Es la visita de María, pero es la visita del amor porque allí iba María para servir, para ayudar, para amar y mostrar su incondicional amor. ‘María se quedó con Isabel unos tres meses…’, nos dirá el evangelista para significar que allí estuvo hasta el nacimiento de Juan prestando la ayuda que aquella madre, ya mayor, podría necesitar. María siempre para servir. María icono del amor más hermoso. María siempre señalándonos con su propia vida lo que el Hijo que lleva en sus entrañas luego también nos enseñará y pondrá como distintivo de nuestra vida como seguidores de Jesús.

Es la visita de María, pero es la visita de Dios. ‘Su misericordia llega a sus fieles de generación en generación’, cantaría María. ‘Bendito sea Dios que ha visitado y redimido a su pueblo’, cantará el anciano Zacarías, porque sus ojos de fe están viendo como Dios se hace presente; su hijo será el precursor, el que señale el camino, el que vaya delante, pero es que allí está ya Dios en medio de ellos. Como decíamos, María es ese templo del Espíritu, ese sagrario de Dios que nos hace presente a Jesús con su salvación.

Queda para nosotros un mensaje que nos lo explicita la liturgia en las oraciones de esta fiesta. Pedíamos que así cómo Dios ha preparado en el corazón de María una digna morada al Espíritu santo, así también nosotros lleguemos a ser templos dignos de su gloria. Llamábamos a María Sagrario de Dios porque allí en su seno llevaba al verdadero Dios hecho hombre que en sus entrañas se encarnaba, así nosotros desde nuestro bautismo hemos sido también ungidos para ser ese templo de Dios, esa morada del Espíritu.

Que seamos dignos templos del Espíritu porque en nosotros brille la santidad y el amor. También nosotros por la santidad de nuestra vida hemos de ir llevando a Dios a los demás. Con los ojos del amor hemos de ver a Dios en los demás para mostrarles nuestro amor y nuestro servicio. Pero a través del amor que tiene que resplandecer en nuestra vida hemos de ser signos de ese amor de Dios a los demás; asi llevaremos a Dios a los demás, como María cuando fue impulsada por el Espíritu pero para el servicio y el amor allá a la lejana montaña de Judea a casa de Zacarías e Isabel.

sábado, 4 de septiembre de 2010

Adorado sea el Santísimo Sacramento del Altar.

Adorado sea el Santísimo Sacramento del Altar.

Me postro ante ti, Señor,
en profunda adoración;
eres mi Dios y mi Señor;
confieso con la más profunda fe
que estás realmente presente
en el Santísimo Sacramento del Altar;
verdaderamente es tu Cuerpo y tu Sangre,
tu alma y tu Divinidad
presente en la Eucaristía;
no es sólo un signo,
como si fuera un recuerdo,
aunque sea signo sacramental,
porque eres presencia verdadera,
estás realmente presente;
eres tú, Señor,
que así quieres darte,
así quieres hacerte presente,
así quieres llegar hasta mi vida.

Creo, Señor,
creo que estás ahí
y me postro ante ti
en adoración profunda.

Quiero hoy, Señor,
dejarme inundar por tu presencia,
llenarme de tu vida,
que tu amor empape totalmente mi alma
para ser siempre para ti,
para que mi vida,
mis obras y mis palabras
sean siempre para tu gloria.
Gracias, Señor,
por tenerte siempre a mi lado,
acompañándome,
escuchándome,
hablándome
en lo más hondo de mi corazón;
gracias, Señor,
por tu presencia permanente en el Sagrario
donde siempre me esperas;
que yo sepa descubrir aquí
y sentir tu presencia,
que yo sepa escucharte,
que aprenda el camino
que me conduce hasta el Sagrario
para aprender a venir hasta ti
con mis penas y mis preocupaciones,
mis súplicas y mis deseos más hondos;
que aprenda el camino del Sagrario
para aprender a gustar de tu presencia,
para sentirme junto a ti
más cerca del cielo.

Tu Palabra nos dice
que cada vez que comemos de este pan
y bebemos de este cáliz de la Eucaristía
anunciamos tu muerte, Señor,
hasta que vuelvas.
Creo, Señor, en tu Palabra
y cuando contemplo
y adoro este misterio admirable
estoy contemplando
todo tu misterio de salvación y redención,
el misterio pascual
de tu muerte y resurrección;
aquí estás en tu pasión y en tu cruz,
en tu muerte redentora
y en tu resurrección de salvación;
es todo un misterio de gracia
en que te nos das
y nos regalas tu vida;
te has ofrecido en la cruz
para ser nuestro Salvador
y para rescatarnos
de la muerte y del pecado;
cada vez que nos acercamos a ti
en el sacramento de la Eucaristía
estamos rememorando
y haciendo presente
tu muerte y tu resurrección.
Gracias, Señor,
por tanto regalo de amor.

En la sinagoga de Cafarnaún,
después de haber dado de comer milagrosamente
a la multitud con los cinco panes y dos peces,
nos dijiste
que nos ibas a dar
un pan venido del cielo,
que el que lo comiera
no volvería a tener más hambre,
quedaría saciado para siempre,
y ese pan eras tú,
era tu propia carne
que nos dabas para que la comiéramos
y tuviéramos vida para siempre;
mi carne es verdadera comida
y mi sangre verdadera bebida,
nos dijiste
y el que come mi carne
y bebe mi sangre
tiene vida en mi
y yo lo resucitaré en el último día;
has querido quedarte en la Eucaristía
para ser también nuestro alimento,
nuestro viático para el camino,
la fuerza que nos hace vivir y amar,
luchar y ser mejores cada día;
pero es también
prenda del banquete eterno de los cielos
del que un día quieres hacernos partícipes,
prenda de gloria futura;
te comemos para tener vida,
te comemos para alcanzar la resurrección,
te comemos para unirnos a ti
y ser una sola cosa contigo,
te comemos para que habites en nosotros
y nosotros habitemos en ti.
Gracias, Señor,
por esa vida eterna que nos das.

Nos has dicho, Señor,
que tenemos que amarnos
porque somos hermanos,
y ese ha sido tu mandamiento,
que nos amemos los unos a los otros
como Tú nos has amado;
Tú, Señor, eres comunión de amor,
porque así eres en tu Trinidad
admirable e indivisible:
tres personas distintas
y un solo Dios verdadero;
pero quieres darte a nosotros en la Eucaristía
para que entrando en comunión contigo
aprendamos a entrar
en comunión con los hermanos;
no podemos comulgarte a ti,
entrar en comunión contigo,
si no hemos aprendido
a entrar en comunión con los hermanos;
tu mandamiento
fue el mandamiento del amor,
un mandamiento que nos dejaste
en el mismo momento
que nos dejabas también
tu presencia en la Eucaristía;
no podemos, pues,
separar nuestra unión contigo
de la comunión con los demás;
por eso has querido ser nuestro maestro
pero también nuestro camino,
eres nuestro ejemplo
pero eres también nuestra fuerza;
que amándote más y más a ti
en la Eucaristía
aprendamos a amar más y más
a nuestros hermanos
para que haya comunión verdadera;
que cada vez que me acerque
a la mesa de la comunión
sea consciente
de a quién estoy comulgando,
porque no sólo estoy comulgando
el Cuerpo del Señor,
sino que tengo que comulgar también
con el hermano;
que encuentre siempre en tu Eucaristía
esa fuerza para vivir la comunión total,
para que todos nos amemos cada vez más
y nos sintamos hermanos.
Gracias, Señor,
por tu Eucaristía y por tu amor.

viernes, 6 de agosto de 2010

Qué hermoso es estar aquí…


2Ped. 1, 16-19;
Sal. 96;
Lc. 9, 28-36

‘Maestro, qué hermoso es estar aquí…’ exclamó Pedro cuando aún no había terminado de manifestarse del todo la gloria del Señor.
Se habían dejado conducir por Jesús para subir a aquella montaña alta. ¿Les apetecía subir? A ellos como a nosotros a veces no nos apetece ese esfuerzo. Pero se habían dejado llevar. ‘Jesús se llevó a Pedro, a Juan y a Santiago a lo alto de una montaña, para orar’.
A Pedro, a Santiago y a Juan en algunas ocasiones importantes también Jesús se los había llevado consigo. Quería que estuvieran con El en esos momentos. En la resurrección de la hija de Jairo fueron los tres que entraron con Jesús a la casa; más tarde sería en Getsemaní cuando se los llevaría hasta lo más hondo del huerto donde en la agonía de su oración iba a comenzar la pasión; ahora, en el Tabor ellos eran los elegidos para subir con Jesús para orar.
Quizá este momento preparaba los otros, para que comprendieran el significado de la resurrección de la hija de Jairo, o para que estuvieran preparados para Getsemaní y todo lo que seguiría. ‘Mientras oraba el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos…’ Jesús se transfiguraba delante de ellos; Moisés y Elías que aparecieron también hablaban con Jesús ‘de su muerte que se iba a consumar en Jerusalén’. Se manifestaba la gloria del Señor, que era como un anticipo de la gloria de la resurrección; una preparación ahora para pasar por Getsemaní y la cruz, sabiendo que todo culminará en la resurrección.
Habían entrado ellos en la oración con Jesús y por eso podían contemplar su gloria, aunque se caían de sueño. No sé por qué siempre nos da sueño cuando queremos entrar en oración. Pero Pedro está bien despierto ante tanta gloria que se manifiesta. ‘Qué bien se está aquí, qué hermoso es estar aquí’, y quería quedarse allí para siempre; ya iba a comenzar a construir tres tiendas. ¿Somos capaces nosotros de disfrutar así de nuestra oración, de nuestro encuentro vivo con el Señor que también quiere manifestársenos, hacernos partícipes de su gloria? Tenemos que aprender a orar. Tenemos que aprender a dejarnos conducir por el Señor a la oración y abrir los ojos de nuestro corazón para sentir su presencia, para sentirnos de verdad en su presencia, en la presencia de la gloria del Señor.
Pero aún no había terminado todo. ‘Todavía estaba Pedro hablando cuando una nube los cubrió’. La gloria del Señor los envolvió. Se escuchó la voz del Padre: ‘Este es mi Hijo, el escogido; escuchadle’. Vamos a la oración, nos gozamos en la presencia del Señor, pero hemos de saber hacer silencio para escucharle. No necesitamos decirle muchas palabras, sino escuchar la Palabra viva y verdadera que El quiere decirnos. Y la podemos sentir en el corazón. Y nos podemos sentir transformados por Ella. Y desde la Palabra sentiremos renovada nuestra vida con una nueva vida, la Vida que de la Palabra recibimos, la Vida que Dios nos dice, que Dios nos da. ‘La Palabra era vida, en la Palabra estaba la Vida y la Vida era la luz de los hombres’, que decía el principio del evangelio de Juan.
Vayamos a la oración a dejarnos envolver por Dios. Sólo así podremos escucharle. Y sólo así nos sentiremos transformados por esa vida. Sólo así seremos verdaderamente iluminados para proseguir el camino.
Había que bajar de la montaña, porque la vida sigue en la llanura de las cosas de cada día, aunque nos parezcan rutinarias. Pero si salimos llenos de Dios de nuestra oración no serán cosas rutinarias sino llenas de nueva vida. Las veremos con nuevos ojos. Las amaremos con nuevo amor. Las construiremos con una nueva fuerza y con un nuevo estilo que es el estilo del amor que sólo en la oración podremos aprender de verdad.
Vengamos a la oración. Vengamos al Tabor. El Señor nos espera, ahora en la Eucaristía que estamos celebrando; luego a través del día en tantos momentos que podemos venir a visitarlo al Sagrario donde siempre está El esperándonos.

martes, 28 de julio de 2009

Jesucristo, Tienda del Encuentro de Dios con nosotros

Ex. 33, 7-14; 34, 5-9.28
Sal. 102
Mt, 13, 36-43

Moisés levantó la tienda de Dios… y la llamó Tienda del Encuentro’. Un lugar en medio del campamento que les hablaba continuamente de la presencia de Dios en medio del pueblo. Un día se habían creado un ídolo porque querían un dios que caminase delante de ellos. Olvidaban esa presencia permanente de Dios. La presencia de Dios que camina con su pueblo y nunca le abandona.
‘Cuando el pueblo veía la columna de nube a la puerta de la tienda, se levantaban todos y se prosternaban cada uno a la entrada de la tienda…’ nos detalla la fe del pueblo en la presencia de Dios en medio de ellos. ‘Señor Dios, compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad…’ se escucha la aclamación de la gloria del Señor. ‘Moisés al momento se inclinó y se echó por tierra. Y le dijo: Si he obtenido tu favor, que mi Señor vaya con nosotros, aunque es un pueblo de dura cerviz; perdona nuestras culpas y pecados y tómanos como heredad tuya’.
Es maravillosa la experiencia de Dios de Moisés y su pueblo, que se nos manifiesta en la lectura del libro del Éxodo. Pero es imagen y tipo de lo que puede ser la experiencia de Dios, de su presencia, su amor y su misericordia que en Jesús nosotros podemos tener.
‘El Verbo se hizo carne y plantó su tienda entre nosotros’, escuchamos en el principio del evangelio de san Juan. Jesús es nuestra Tienda del Encuentro, es el Mediador entre Dios y los hombres. En su Cuerpo, en su Carne, en su Sangre, en su persona y en su vida nosotros podemos acercarnos a Dios como nadie lo había podido hacer en todo el Antiguo Testamento.
Jesús es el Emmanuel, el Dios con nosotros. Teniendo a Jesús, encontrándonos con Jesús, viviendo a Jesús, tenemos a Dios, nos encontramos con Dios, vivimos a Dios en los sacramentos, en todos y cada uno de los sacramentos, pero de manera especial en el Sacramento de la Eucaristía nosotros podemos así vivir a Dios. ¿Hay unión más íntima y profunda que la que podemos vivir en la comunión eucarística, cuando comulgamos a Cristo en la Eucaristía?
Y esa Tienda del Encuentro la tenemos permanentemente a nuestro lado en la presencia real y verdadera, sacramental y permanente de Cristo Eucaristía en el Tabernáculo, en nuestros Sagrarios. Aquí tenemos permanentemente a Cristo Eucaristía. No es un símbolo sino presencia real de Cristo. Aquí tenemos a Dios que nos espera, que nos escucha, que nos habla al corazón. Cristo Eucaristía, presencia permanente, alimento y viático para nuestro caminar, luz que resplandece para iluminar nuestras tinieblas, fuerza y vida que nos arranca de nuestra oscuridad y nuestra muerte.
Sepamos postrarnos ante esa presencia inmensa de Dios y adoremos a Cristo Eucaristía. Acudamos a nuestros Sagrarios, Cristo allí nos espera para caminar junto a nosotros.