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miércoles, 12 de octubre de 2022

Esta fiesta del Pilar es el regalo que desde nuestra fe queremos hacer a toda la humanidad, ese pilar de María que es anuncio de Evangelio

 


Esta fiesta del Pilar es el regalo que desde nuestra fe queremos hacer a toda la humanidad, ese pilar de María que es anuncio de Evangelio

1Crónicas 15, 3-4. 15-16; 16, 1-2; Sal 26; Lucas 11, 27-28

‘Me felicitarán todas las generaciones, porque el poderoso ha hecho obras grandes en mi’, había proclamado proféticamente María en el cántico en la visita a su prima Isabel en la montaña. Ya Isabel la había llamado dichosa por su fe, porque había creído y todo lo anunciado para ella tendría su realización.

Hoy contemplamos ya en el evangelio que será una mujer anónima la que entre la multitud proclame en un cántico de alabanza a la que es la madre del Señor. ‘Dichosos los pechos que te amamantaron y el vientre que te llevó’, proclamaría aquella mujer dando comienzo a ese cántico ininterrumpido de alabanzas a María que se prolongaría por todas las generaciones y a través de todos los tiempos.

Hoy estamos celebrando una de esas fiestas a María que tiene tradición de siglos y nos manifiesta también tradiciones milenarias que nos hablan de la presencia de Maria en la evangelización de nuestra tierra. Será algo que de una forma o de otra se repetirá a lo largo de la historia. Hoy las tradiciones nos hablan de esa presencia milagrosa de María junto al apóstol Santiago en los momentos de la primera evangelización de nuestra tierra.

No es necesario que queramos reducirlo a hechos históricos, sino que hemos de saber contemplar la historia de una tradición, pero que es la historia del amor del pueblo cristiano a María y de la presencia que siempre María ha tenido haciéndose presente en la vida y en la historia de la Iglesia y que nos ha servido de ariete y de estímulo en la tarea de la evangelización.

Las tradiciones de tantos lugares que nos hablan de una presencia milagrosa de la Virgen en el encuentro con su sagrada imagen de ello nos están hablando, siendo de alguna manera siempre María la primera misionera que de formas extraordinarias y milagrosas se hace presente en esos caminos de evangelización. Esas apariciones de la Virgen, como el pueblo cristiano en su sencillez quiere expresarlo, no viene a ser otra cosa que un signo de esa tarea de evangelización, de anuncio del Evangelio.

Y María, la que estuvo presente en aquella iglesia naciente, en el cenáculo, en la espera de la venida del Espíritu Santo, así se manifiesta, así está presente en la Iglesia, así nos ayuda en esa tarea de la evangelización. Muchas veces esa imagen de la Virgen sigue siendo el único eslabón entre la religiosidad del pueblo llano y sencillo con el Señor nuestro Dios. Por María siempre podremos ir hasta Jesús, porque María siempre nos señalará el camino de Jesús, el camino del Evangelio cuando a nosotros nos diga también que hagamos lo que El nos dice.

Hoy celebramos a la Virgen del Pilar, tan enraizada en la devoción del pueblo cristiano español y posteriormente de aquellas naciones y países, sobre todo de América, donde España tuvo la misión especial de llevar el Evangelio. La Virgen del Pilar, cuya imagen vemos sobre un pilar, sobre un pedestal bien anclado en la tierra, y de ahí su nombre, viene a ser así ese pilar que nos ayuda a mantenernos firmes y fortalecidos en la fe.

Pilar bien anclado en nuestra tierra como lo es esa devoción a María, pero bien anclado sobre todo en el evangelio de Jesús que nos pretende mostrar. Llega así ese torrente de vida y de gracia a través de María, significada de esa manera en ese pilar, para alimentar nuestra fe, para fortalecernos en nuestra fe, para no dejarnos vencen por tantos embates contra nuestra fe que hoy, como en todos los tiempos, estamos recibiendo.

Necesitamos esa fortaleza de nuestra fe para seguirla proclamando con valentía en medio de nuestro mundo. Con María del Pilar así nos sentimos fortalecidos; nos arracimamos en torno a su pilar para mantenernos unidos; salimos al mundo con ese estandarte de ese pilar de María que siempre veremos coronado de la Cruz de Cristo. Como en algún momento de la historia se reveló, con ese signo vencerás.

Hoy nosotros, en esta fiesta del Pilar, nos unimos a todas esas generaciones que a través de la historia han cantado alabanzas en honor de María, seguiremos proclamándola dichosa y bienaventurada porque reconocemos la obras grandes que en ella realizó el Señor y por ella sigue realizando para toda la humanidad. Es el regalo que con nuestra fe queremos hacer también a toda la humanidad, ese pilar de María que es anuncio de Evangelio.

 

martes, 12 de octubre de 2021

María del Pilar, señal de referencia siempre de la presencia de Dios con nosotros y poste miliario que nos garantiza el camino del seguimiento del evangelio de Jesús

 


María del Pilar, señal de referencia siempre de la presencia de Dios con nosotros y poste miliario que nos garantiza el camino del seguimiento del evangelio de Jesús

1Crónicas 15, 3-4. 15-16; 16, 1-2; Sal 26; Lucas 11, 27-28

No es ajeno cuanto sucede en nuestro entorno a nuestras preocupaciones y a lo que es nuestra vida de cada día y en estos días no podemos quitar de nuestro pensamiento el sufrimiento de cuantos están sufriendo las consecuencias del volcán que asola una de nuestras islas. Surge necesariamente nuestro sentimiento de solidaridad y tratamos de ponernos en su carne cuando con la violencia del volcán se están viendo despojados de todo, sus casas con todas sus pertenencias, sus terrenos de cultivo, su vida misma.

Todos tenemos una referencia importante es nuestra vida, que no se mira solo como una riqueza, sino que es parte de su vida misma; es su casa, es su hogar, es allí donde hacen su vida, es donde tienen tantos recuerdos porque quizá perteneció a sus padres y es algo así como su referencia familia con todo lo que en ese lugar se ha vivido, ha vivido la familia. Es un punto de referencia importante para la vida de la persona. Pensamos en los sentimientos dolorosos que afloran en lo más profundo de esas personas que así lo han perdido todo.

Sin dejar de tener en cuenta esos sentimientos de solidaridad que tienen que despertarse en nuestro corazón, hoy en esta fiesta de la virgen he querido también tomar esa referencia. De ello de alguna manera nos quieren hablar los textos de la Escritura que se nos ofrecen, sobre todo la primera lectura tomada del libro de las Crónicas del Antiguo Testamento.

Se nos habla ahí del traslado con gran regocijo de todos del Arca de la Alianza que les había acompañado como un signo de la presencia de Dios en todo su peregrinar por el desierto. Aunque todavía en el texto se habla de una cierta provisionalidad, los deseos son poder levantar un templo para el Señor que contenga ese Arca de la Alianza con todo su significado. Ese templo del Señor, esa morada de Dios entre nosotros los hombres que tanta importancia va a tener a lo largo de toda la historia de la salvación, del pueblo judío. Un lugar que sirva de referencia para ese encuentro con Dios, un lugar donde todos puedan confluir y donde todos se sientan a gusto como en una casa familiar porque es la casa de Dios.

Pero este texto se nos ofrece hoy en la liturgia también en una clara referencia a María, cuando la estamos celebrando en esta advocación de Nuestra Señora del Pilar. María es también ese templo de Dios, esa morada de Dios en medio de nosotros los hombres. Cuando Dios quiere encarnarse haciéndose hombre lo hace en el seno de María, y María que se convierte así en la Madre de Dios es para nosotros ese templo de Dios donde quiere morar, donde quiere encarnarse para hacerse hombre.

‘Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron’, proclama aquella mujer anónima cuando escucha a Jesús. Ese vientre de María, verdadero sagrario de Dios; en su vientre durante nueve meses se gestó aquella criatura que no era simplemente un hombre que iba a hacer, sino que allí estaba verdaderamente Dios en esa unión de la naturaleza divina con la naturaleza humana en la persona de Jesús.

Por eso, por ejemplo, siempre decimos que aquel camino que María hizo hasta la montaña de Judea en la visita a su prima Isabel fue como la primera procesión del Cuerpo de Cristo, porque allí llevaba en su seno María a Dios mismo. ¿No se revolvió de gozo el hijo de Isabel en su seno materno con la presencia de María? ¿No será un signo de cómo aquel niño profeta, como solo saben hacerlo los profetas, los hombres de Dios, sintió la presencia de Dios en el seno de María?

Esa referencia en nuestro hogar que tenemos de nuestra vida misma, como antes reflexionábamos, la estamos teniendo en María, la madre de Dios. Por eso María, la Virgen Madre de Dios, siempre nos conducirá a Dios, nos hará presente a Dios en medio de nosotros. Es el templo, es el sagrario, es la morada de Dios que nos trae a Dios, siempre será referencia para nosotros de la presencia de Dios.

Hoy la contemplamos y celebramos sobre la columna del Pilar, hermoso significado también para nosotros. La columna que nos sirve de apoyo y fortaleza y que nos ayuda a edificar con cimiento firme nuestra vida de fe. Cuando nos apoyamos en María, como un hijo sabe apoyarse en su madre nunca nos sentiremos defraudados, nunca se debilitará nuestra fe.


María como señal que encontramos a lo largo del camino para que no perdamos el rumbo; en la antigüedad en las grandes vías del imperio había de tramo en tramo unos postes, unas columnas – el miliario o poste miliar - que iban indicando la ruta a donde nos llevaba y de donde provenía para no perder el rumbo, que hoy lo tenemos en nuestros caminos y carreteras en esos carteles y en esas señales que nos indican el camino o carretera por donde circulamos. Pensemos en María como esa columna miliar que nos da la seguridad del camino de Jesús del camino del evangelio.

sábado, 28 de octubre de 2017

Al celebrar la fiesta de los apóstoles recordemos a quienes han sido apóstoles, columnas de nuestra fe, por su testimonio y estímulo para nosotros a lo largo de la vida

Al celebrar la fiesta de los apóstoles recordemos a quienes han sido apóstoles, columnas de nuestra fe, por su testimonio y estímulo para nosotros a lo largo de la vida

Efesios 2,19-22; Sal 18; Lucas 6,12-19

Cuando queremos construir un sólido edificio nos preocupamos de preparar unos adecuados cimientos y una apropiada estructura de pilares y columnas que sean lo que conformará ese edificio dándole la adecuada solidez. No entro yo en aventuras constructivas además de dejar a los técnicos correspondientes que realicen su trabajo, pero la imagen nos vale para lo que es la construcción de nuestra vida.
A lo largo de nuestra existencia vamos teniendo unos pilares sobre los que nos vamos apoyando y que son los que nos van dando las pautas para el mejor desarrollo de nuestra vida. Serán nuestros padres en los que tendremos siempre el apoyo fuerte que necesitamos, pero al mismo tiempo en el camino de la vida vamos encontrando otros, llamémoslos así también, pilares que en las tareas educativas como nuestros maestros y profesores, o en el contacto diario con las personas con las que convivimos o por la situación social que desempeñan que van siendo también para nosotros esos puntos de referencia para la construcción de nuestra personalidad.
Todos recordamos sabios maestros que supieron inculcarnos los mejores valores, o personas que fueron ejemplo para nosotros y ya fuera con su testimonio, su imagen o también sus palabras y que los recordaremos siempre porque se convirtieron para nosotros en un espejo donde mirarnos y sentirnos estimulados en nuestro crecimiento personal. Esas columnas, esos apoyos, esos postes de dirección que hemos ido encontrando en la vida y que tanto bien nos han hecho.
Lo decimos también en el ámbito de la fe y de nuestro caminar cristiano. Cristo es la piedra angular, verdadero fundamento de nuestra fe y de nuestra vida. Pero Jesús quiso dejarnos unas piedras como cimiento y unas columnas que nos sirvieran de apoyo de referencia para el camino de nuestra vida cristiana.
Ya sabemos como a Pedro le dice que será piedra sobre la que se fundamentará su Iglesia y eso misión le confió de confirmar en la fe a sus hermanos a lo largo de la historia realizada en sus sucesores que en nombre de Cristo conducen el camino de la Iglesia. Junto a Pedro Jesús quiso constituir el Colegio Apostólico en los doce apóstoles que iban a ser ese cimiento y esos pilares en los que se edificara el edificio de la Iglesia.
Es lo que nos dice hoy el apóstol cuando litúrgicamente estamos celebrando la fiesta de dos apóstoles, san Simón y san Judas. Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular’. Ahí lo tenemos claramente. De ahí la importancia de la celebración de la fiesta de los apóstoles, como hoy celebramos.
Recordamos nuestro fundamento, no olvidando que una de las características de la verdadera iglesia de Cristo es ser apostólica. A través de ellos recibimos el don de la fe, porque ellos fueron los primeros testigos de Cristo resucitado y como tales Jesús los envió por el mundo.
Creo que tendríamos que dar gracias a Dios por nuestra pertenencia a la Iglesia y en la comunión de fe y de amor que en ella vivimos nos sentimos alimentados y fortalecidos para nuestro camino y la misión que también hemos de realizar nosotros en medio del mundo.
Pero creo que también podríamos, tendríamos que recordar a aquellos que en nuestra vida personal hemos tenido como esas columnas, esos pilares de nuestra fe porque a través de ellos nos hemos alimentado, hemos aprendido los valores del evangelio, nos sentimos estimulados para nuestra entrega y nuestro amor.
Además de nuestros padres y familiares cercanos que nos educaron en la fe cristiana, hemos recibido mucho de los sacerdotes que hemos conocido en la vida, de los catequistas que nos ayudaron y nos instruyeron, de esas personas que en nuestra comunidad concreta han sido ejemplo y estimulo para nuestra vida; seguro que cada uno de nosotros podríamos hacer una hermosa lista de esas personas a las que tendríamos que estar tan agradecidos por lo que de una forma o de otra nos ayudaron a mantener viva la llama de nuestra fe.
Han sido apóstoles para nosotros y discípulos fieles, testigos de una fe que con su testimonio han iluminado nuestra vida, verdaderas columnas en que apoyarnos y que contemplando su testimonio han sido para nosotros estímulo y también fuerza de gracia para nuestro caminar. Demos gracias a Dios por todos ellos.

sábado, 12 de octubre de 2013

María del Pilar, guía para nuestro camino y columna de esperanza

  Hechos, 1, 12-14; Sal. 26M Lc. 11, 27-28
‘Según una piadosa tradición, ya desde los albores de su conversión, los primitivos cristianos levantaron una ermita en honor de la Virgen María a las orillas del Ebro, en la ciudad de Zaragoza. La primitiva y pequeña capilla, con el correr de los siglos, se ha convertido hoy en una basílica grandiosa que acoge, como centro vivo y permanente de peregrinaciones, a innumerables fieles que, desde todas las partes del mundo, vienen a rezar a la Virgen y venerar su Pilar’.
Así comienza el elogio de nuestra Señora del Pilar que el Oficio divino nos ofrece en la Liturgia de las Horas de este día 12 de octubre. Dicha capilla y posterior basílica con toda la devoción a la Virgen del Pilar que hoy celebramos, tiene su origen en la tradición que nos habla de la milagrosa presencia de la Virgen María, cuando aún vivía en carne mortal, en las orillas del Ebro para alentar la predicación apostólica del Evangelio al Apóstol Santiago en nuestras tierras hispanas. Ahí nos queda ese Pilar que veneramos en Zaragoza sobre el que se asienta la imagen de la Virgen - de ahí el nombre - y la devoción a la Virgen del Pilar que se ha generado a través de los siglos.
No entramos en discusiones históricas ni en la validez de las tradiciones, pero sí hemos de considerar ese signo de Dios que allí se siente y que ha ayudado y sigue ayudando a mantener la fe de nuestros pueblos con la mediación de María.
María siempre presente en la vida de la Iglesia. Es nuestra madre, así  nos la dejó el Señor desde la Cruz cuando la confió a Juan. Y así contemplamos a María junto a aquella Iglesia naciente en el Cenáculo en la espera de la venida de la promesa de Jesús, la venida del Espíritu Santo. Siempre hemos querido sentir esa presencia de María en el camino de la Iglesia, en el camino de nuestra fe.
Una fe que fundamentamos en Cristo y su evangelio viviéndola en Iglesia, pero que en María encontramos ese pilar que nos da seguridad, que nos sirve de apoyo, que nos alienta en nuestra esperanza, que nos hace sentir la fortaleza de la gracia. La imagen de la Virgen del Pilar así alienta nuestra esperanza porque estamos seguros que a ella siempre podemos acudir porque encontraremos su protección de madre.
Como la invocamos en las antífonas de la liturgia de este día ‘María del Pilar es guía para el camino, columna para la esperanza, luz para la vida’. Sí, María es nuestra guía y nuestro amparo, nuestra fortaleza y nuestra esperanza, no solo porque en ella nos miramos para ver el camino que hemos de recorrer porque es el mejor ejemplo que podemos tener de lo que es vivir el evangelio, sino que eso mismo alienta nuestra esperanza en nuestras luchas, en nuestras dudas, en los momentos de peligro y de tentación, porque su presencia nos ilumina dándonos un nuevo resplandor, y sabemos además que ella como lo hacen siempre las madres está poniéndose de nuestra parte para alcanzarnos esa gracia del Señor que necesitamos.
Es por eso por lo que en la oración de la liturgia de este día pedimos que ‘por su intercesión, nos conceda fortaleza en la fe, seguridad en la esperanza y constancia en el amor’. Cuando estamos a punto de acabar el año de la fe que por estas fechas iniciábamos el pasado año esta celebración tiene que motivarnos aun más a crecer en nuestra fe.
A María Isabel la llamó dichosa por su fe; ella la mujer creyente siempre abierta a Dios y que supo descubrir u sentir cómo la Palabra del Señor se plantaba en su corazón; la mujer creyente dispuesta siempre al sí, porque se fiaba de Dios, en El ponía toda su confianza, aunque en lo hondo de su corazón se preguntaba por el significado de lo que Dios le decía y le proponía.
María es la mujer de la fe madura que nos enseña a nosotros a ese profundizar en nuestra fe, porque en verdad vayamos rumiando en nuestro interior todo ese misterio de Dios que se nos revela para así empaparnos de Dios, para así llenarnos hasta rebosar de su vida y de su gracia. Por eso con María nos sentimos impulsados a desear conocer más y más nuestra fe, para que no sea una fe ciega, sino que nuestra mirada sobre la vida y sobre las cosas sea siempre la mirada de Dios.

Que de María del Pilar alcancemos esa fortaleza; que con María del Pilar no nos falte nunca la esperanza en el corazón; que estando al lado de María del Pilar aprendamos a abrir bien nuestros ojos para aprender a amar con un amor como el que tuvo ella, que no era sino reflejar en su vida lo que era el amor de Dios.

viernes, 12 de octubre de 2012


María, Pilar y estrella de la nueva evangelización

Crón. 18, 3-4.15-16; 16, 1-2; Sal. 26; Lc. 11, 27-28
‘Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el poderoso ha hecho obras grandes por mí’, anuncia proféticamente la misma María, inspirada por el Espíritu Santo, en el cántico del Magnificat.
El ángel la había llamado ‘la llena de gracia’. ¿Qué más grande bendición y felicitación podía recibir que desde el mismo cielo llamaran ‘la llena de gracia’?
Isabel, en estos mismos momentos del cántico del Magníficat, inspirada también por el Espíritu Santo la había llamado dichosa porque había creído, pero no solo eso sino que la llama la Madre del Señor. ‘¿De donde que venga a mí la madre de mi Señor? Dichosa tú que has creído que todo lo que se te ha dicho se cumplirá’.
La felicitaría la mujer anónimo en medio de la multitud que alaba a la madre que trajo al mundo al Salvador. ‘Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron’, diría aquella mujer alabando a la madre de Jesús. Pero Jesús mismo la llamaría dichosa porque ella como nadie plantó en su corazón la Palabra del Señor. ‘Dichosos más bien los que escuchan la palabra del Señor y la cumplen’, acabaría diciendo Jesús.
Aquí estamos nosotros hoy uniéndonos al coro que a través de los siglos ha prorrumpido en alabanzas a María porque es la Madre del Señor y porque el Señor nos la ha dejado como Madre. Hoy recordamos su presencia allá junto al Ebro cuando vino a alentar la esperanza y los trabajos apóstolicos de Santiago en predicación por nuestras tierras hispanas. Pero es la alabanza que queremos entonar en honor de María que ha sido nuestro amparo celestial a través de los siglos y que en torno a María y con su protección se ha mantenido la fe de los pueblos de España.
‘Tú permaneces como la columna que guiaba y sostenía día y noche a tu pueblo en el desierto’, hemos proclamado ya desde el principio de la celebración. Recordamos aquel peregrinar del pueblo de Dios por el desierto pero que siempre se veía alentado por la presencia del Señor bajo el signo de aquella nube que les protegía y les sostenía en los ardores del calor del día o los rigores del frió de la noche en su camino hacia la tierra prometida. Pero esas palabras las dirigimos a María que está ahí, en ese signo de la columna, del pilar, como guía y protección del pueblo cristiano. Ella, como el Arca de la Alianza que acompañaba y animaba la fe del pueblo peregrino, está también junto a nosotros como ese signo maravilloso de lo que es la presencia y el amor del Señor.
Así quiso Dios contar con María en la historia de nuestra salvación. Fue aquel sí al ángel de la anunciación que hizo posible la encarnación del Hijo de Dios en su seno para que nos naciera un salvador siendo la madre de Dios, pero es también la maternidad de María, madre de todos los creyentes que Jesús nos dejó como herencia desde lo alto de la cruz. ‘He ahí a tu hijo… he ahí a tu madre’. Escuchamos a Jesús en aquellos sublimes momentos. Y Juan, el discípulo amado, la recibió en su casa, y nosotros, discípulos amados y que queremos merecer tal amor y tal dicha, queremos acogerla para siempre en  nuestro corazón.
La llamamos madre, la sentimos como madre; la contemplamos como madre y ejemplo de mujer creyente, la sentimos como madre que nos cuida y nos protege para que lleguemos siempre hasta Jesús. La contemplamos como Madre que siempre nos está señalando el camino de Jesús, y la sentimos como madre de la evangelización que siempre nos está impulsando para que nosotros no solo encontremos el camino de Jesús para nosotros mismos sino que nos convirtamos también en signos y señales de evangelio para que los que están a nuestro lado reciban esa buena noticia y alcancen también la salvación.
A Ella, pues, le pedimos que nos ayude a mantenernos fuertes en nuestra fe, firmes y seguros en nuestra esperanza y constantes y generosos siempre en el amor. Es nuestra tarea y nuestro compromiso cuando contemplando a María iniciamos este Año de la Fe al que nos ha convocado el Papa y ayer iniciábamos porque en María tenemos la estrella y el mejor ejemplo de la Nueva Evangelización que todos hemos de emprender.

martes, 12 de octubre de 2010

Con María firmes en la fe y generosos en el amor


Fiesta de la Virgen del Pilar

Crón. 15, 3-4.15-6; 16, 1-2;
Sal. 26;
Lc. 11, 27-28


Al celebrar la fiesta de la Virgen del Pilar las imágenes y los signos se suceden en la liturgia ayudándonos a comprender plenamente el sentido de esta fiesta pero sobre todo lo que significa María en la vida del cristiano y en la vida de la Iglesia.
Podemos comenzar por fijarnos en la columna o pilar sobre la que está colocada la imagen bendita de María, que da título a esta advocación, y que viene a hundir, podíamos decir, sus raíces o cimientos en lo profundo de nuestra tierra. Un pilar o una columna es signo de fortaleza bien cimentada para mantener firme todo el edificio. María, según piadosa tradición presente en su imagen desde tiempo inmemorial en nuestras tierras españolas y siempre presente en la devoción de nuestros pueblos, viene a ayudarnos a mantener esa firmeza y fortaleza de nuestra fe.
Nos apoyamos en María para sentir esa fortaleza y sentido hondo que Cristo viene a dar a nuestra vida. María señalándonos siempre el camino que nos conduce hasta Cristo viene a fundamentar firmemente la fe del pueblo cristiano. Si nos apoyamos con verdadero sentido en María con una auténtica devoción a la Virgen seguro que no nos vamos a separar nunca de la verdadera fe que centra siempre todo en Cristo Jesús y en su misterio pascual. Por eso no podemos abandonar de ninguna manera nuestra devoción a María sino, todo lo contrario, invocarla cada día con renovado fervor y amor.
Otra imagen que nos habla también de columna es la que nos aparece en la antífona de entrada de nuestra celebración y que, haciendo referencia a la nube que guiaba noche y día al pueblo de Israel en su peregrinar por el desierto hacia la tierra prometida, la liturgia quiere aplicárnosla a María verdadera guía y protectora de nuestra fe. ‘Tú permaneces como la columna que guiaba y sostenía día y noche al pueblo en el desierto’, dice la referida antífona. Luminosa en la noche, con suave y refrescante sombra en los ardores del día la columna de nube se convertía en un signo del amor del Señor que protegía a su pueblo en su peregrinar.
La imagen de María que entronizamos en el lugar más digno de nuestros hogares o en nuestra habitación junto a la cabecera de nuestra cama, que llevamos colgada al cuello en medallas o escapularios, que colocamos entre las fotografías de nuestros seres más queridos en nuestras carteras para que nos acompañe siempre, nos está recordando esa presencia protectora y maternal de María en el camino de nuestra vida.
Es la luz que nos guía reflejándonos siempre la luz de Cristo, por eso como un signo ponemos una luna a sus pies para señalarnos que ella siempre nos reflejará, no su luz, sino la luz de Cristo, verdadero sol de nuestra salvación. Su amor maternal es esa suave brisa que nos hace descansar y recuperar fuerzas en medio de las luchas de cada día. Cómo necesitamos ese apoyo y ese regazo de una madre en quien descansar. Qué importante la presencia de María junto a nuestro caminar. Qué significativa esa presencia de María en la Iglesia en medio de todos nosotros.
Finalmente la otra imagen en que nos vamos a fijar es la que nos ofrece la primera lectura que nos habla del ‘Arca de Dios, colocada en el centro de la tienda que había preparado David’, como preparación para el templo del Señor que un día se había de edificar. Sí, María, Arca de Dios. El Arca de la Alianza, colocada en medio del templo de Israel, era para el judío el gran signo de la presencia de Dios en medio de su pueblo.
María, Arca de Dios que en seno contuvo al Señor Creador del cielo y de la tierra, cuando Dios quiso encarnarse en sus entrañas para venir a ser Dios con nosotros. María que nos trajo a Cristo, portadora de Dios para hacer que Dios llegase a estar en medio de nosotros para nuestra salvación. La fe de María le hizo estar abierta desde lo más hondo de sí misma para aceptar la Palabra de Dios encarnada en su seno por obra del Espíritu Santo. Así, por su fe, se convirtió María en esa Arca de Dios para nosotros.
Cuánto nos enseña María a vivir una fe así en que estemos abiertos siempre a Dios para escucharle y aceptarle, para dejarnos llenar del Espíritu del Señor como lo hizo María y para que ya como ella nos dejemos inundar por ese amor divino que nos haga partir siempre al encuentro del hermano, del necesitado, del que vayamos encontrando por el camino para llevarle siempre a Dios. Que también nosotros por nuestra santidad nos convirtamos, como María, en signos en medio del mundo de esa presencia salvadora de Dios que así quiere llegar a todos los hombres porque para todos es su salvación.
Brevemente creo que esta puede ser la gran lección que hoy recibamos de María en la fiesta de la Virgen del Pilar. Que nos conceda el Señor, como hemos pedido en la oración, ‘por su intercesión fortaleza en la fe, seguridad en la esperanza y constancia en el amor’. Que como María nos mantengamos ‘firmes en la fe y generosos en el amor’ y que así podamos ‘llegar a contemplarle eternamente en el cielo’.

lunes, 12 de octubre de 2009

María, pilar y columna que nos ayuda a fortalecer nuestra fe


1Cron. 19, 3-4.15-16; 16, 1-2
Sal. 26
Lc. 11, 27-28



La festividad de la Virgen del Pilar que hoy estamos celebrando nos recuerda la tradición secular de la presencia de María junto al Apóstol Santiago a la hora de la primera evangelización de nuestras tierras hispanas.
La columna, el Pilar de Zaragoza da testimonio de esa tradición inmemorial y tiene que seguir siendo columna importante en la tarea de la nueva evangelización que sigue necesitando nuestra tierra. Nueva porque siempre hemos de sentir la novedad del evangelio, Buena Nueva, y nueva porque necesitamos reavivar nuestra fe cristiana muchas veces y en muchos tan debilitada. Es lo que continuamente hemos venido escuchando en la voz del Papa, ya con Juan Pablo II y ahora de nuevo repetidamente con Benedicto XVI. Y María es importante en esa tarea para nuestro pueblo, porque así quiso también Jesús asociarla en su obra redentora.
Lo cierto es que María ha estado siempre presente en la historia del cristianismo en España, en la historia de la Iglesia Española. No sólo es el Pilar de Zaragoza, sino, cual otros pilares que nos han ayudado a mantener la fe cristiana en nuestra tierra, tantas y tantas Iglesias dedicadas a María en cualquiera de los rincones de nuestra tierra con tan múltiples advocaciones que no son otra cosa que piropos a María tal como cada lugar la ha contemplado y la ha amado.
Hoy recordamos de manera especial esta hermosa advocación del Pilar, porque en la firmeza de aquel pilar asentado a las orillas del Ebro sentimos como nuestra fe se fortalece, se afianza nuestra esperanza y crece más y más nuestro amor.
Es lo que hoy hemos pedido con fervor en la oración de esta liturgia y es lo que María nos ayuda con su intercesión poderosa de Madre, pero es en lo que en ella nos vemos estimulados porque ella es la primer testigo de esa fe. La mujer que se fió de Dios y lo supo escuchar en lo hondo de su corazón, y de lo que es el más hermoso modelo y ejemplo que tenemos que copiar en el camino de nuestra vida cristiana.
María camina delante de nosotros en ese camino de la fe y del amor. Es el faro que nos lleva a buen puerto en medio de los mares tenebroso de la vida que tenemos que cruzar. Si nos dejamos guiar por ese faro de luz, que es María, no erraremos la travesía, el camino. Ella es como aquella columna de nube que guiaba en el desierto al pueblo de Dios peregrino, luminosa en la oscuridad de la noche, pero produciendo la brisa refrescante de su sombra en el bochorno del camino del desierto durante el día.
¡Cómo no va a ser esa brisa refrescante como lo es siempre una madre para su hijo! En los momentos más difíciles allí está la madre que acompaña; en medio de los problemas que nos agobian, allí está la madre siempre presente a nuestro lado; en los momentos de incertidumbres, allí está la madre con su sonrisa, su palabra alentadora con su sabio consejo que nos conforta y anima; en los momentos felices y de dicha, allí está la madre que con nosotros siempre se alegra y se siente feliz al vernos a nosotros contentos y dichosos. Así María siempre a nuestro lado.
Hoy la contemplamos y la celebramos. Hoy pedimos, en este día nacional de nuestra patria, por España y todos sus habitantes; por la fe de nuestro pueblo, para que no se debilite, para que nos sintamos fuertes y no perdamos la esperanza en estos tiempos difíciles de crisis en muchos sentidos; para que esa proverbial hospitalidad de nuestra tierra no se vea menguada por ningún atisbo de insolidaridad ni de racismo; para que nuestra generosidad no tenga límites y siempre seamos capaces de descubrir y ayudar a tantos pueblos y personas que aún lo están pasando peor que nosotros.
Lo que decíamos: fortaleza en la fe, seguridad en la esperanza y constancia en el amor; y que nunca perdamos la trascendencia de nuestra vida para que un día lleguemos a gozar, junto con María, de la plena visión de Dios por toda la eternidad.