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martes, 2 de agosto de 2016

¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo! necesitamos escuchar de labios de Jesús y en nombre de Jesús hemos de saber decirlo a los demás

¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo! necesitamos escuchar de labios de Jesús y en nombre de Jesús hemos de saber decirlo a los demás

Jer. 30,1-2.12-15.18-22; Sal 101;  Mateo 14,22-36

‘¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!’ Qué paz sentirían en su espíritu, a pesar de sus temores y sus dudas, cuando escucharon la voz de Jesús, cuando escucharon sus palabras. Una palabra de ánimo, una mano tendida, un brazo sobre nuestros hombros cuando nos parece que nos sentimos hundidos, nos parece que no vemos salidas, que los problemas nos abruman, que la vida se nos vuelve oscura por las dificultades, cuánto bien nos hace. Tenemos seguramente la experiencia de sentirnos en esas soledades y ver aparecer ese amigo, esa persona que se puso a nuestro lado, que nos ofreció una mirada de comprensión y cariño, de quien escuchamos una palabra de ánimo. Qué triste es sentirse en soledad sin notar la presencia de alguien a tu lado, sin esa palabra amiga que te dé ánimo.
Así iban luchando los apóstoles con lago embravecido y el viento en contra. Y Jesús no estaba con ellos. Cualquier cosa les llenaba de temor; por eso la presencia de Cristo que camina sobre el agua en principio les hace temer. Creen ver un fantasma. Pero la voz de Jesús es inconfundible. ‘¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!’ Aunque todavía Pedro que siempre se adelanta a todos quiere confirmar algo más. ‘Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua’. Y aun con sus inseguridades y sus miedos camina hasta Jesús, aunque la duda le hace hundirse. ‘¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?’, le dirá Jesús.
En esos mares embravecidos de la vida necesitamos esa presencia de Jesús. ¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?, también nos dice Jesús a nosotros, porque aunque sabemos bien que El está con nosotros siempre, nos lo ha prometido, nos llenamos de dudas tantas veces y también todo se nos vuelve oscuro. Cuántos momentos duros pasamos en la vida y lo peor es que nos parece que nos sentimos solos por nuestra falta de fe. El Señor llega a nosotros de muchas maneras y quiere hacerse presente en nuestra vida. Cuántas señales hemos de saber descubrir de su presencia.
Al final si permanecemos en nuestra fe en El nos llenaremos de paz, sentiremos el gozo en nuestro corazón porque podemos seguir haciendo nuestra travesía a pesar de las dificultades. Quizá la solución de nuestros problemas no es como nosotros habíamos pensado, pero el Señor nos abre caminos delante de nuestra vida. Es necesario confiarnos, estar atentos a esa presencia, a esa voz, a ese camino nuevo que se abre delante de nosotros.
Pero quiero pensar en algo más, aunque fuera brevemente. Desde la experiencia que tenemos de sentir esa presencia del Señor que llega a nosotros por tan diversos caminos – quizá fue un amigo que estuvo a nuestro lado, un acontecimiento, una palabra que escuchamos – hemos de descubrir cómo nosotros podemos ser también ese signo, esa señal, esa luz para los demás. Nosotros podemos tener también esa palabra, tender esa mano, hacer salir de su soledad a alguien que está en esa situación a nuestro lado. Tenemos el peligro y la tentación que ver solo nuestras oscuridades y no ver las soledades que puedan estar pasando otros a nuestro lado.
‘¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!’ necesitamos escuchar de labios de Jesús. Es lo que en nombre de Jesús también nosotros podemos decir a los demás.

lunes, 1 de agosto de 2016

El amor y la misericordia del Señor que experimentamos en nuestra vida nos exige actuar nosotros con igual amor y misericordia

El amor y la misericordia del Señor que experimentamos en nuestra vida nos exige actuar nosotros con igual amor y misericordia

Jeremías 28,1-17; Sal 118; Mateo 14,13-21

El amor y la misericordia del Señor que experimentamos en nuestra vida nos invitan a actuar nosotros con igual amor y misericordia con los demás. Sería incongruente y en cierta manera casi imposible que cuando hemos experimentado en nuestra vida lo bueno que es Dios con nosotros, no actuemos nosotros de la misma manera.
Todo el evangelio es una manifestación clara y palpable de la misericordia de Dios. El evangelio es el anuncio de la Buena Nueva de que Dios nos ama. Ahí está su mensaje principal. Aquello que san Juan tan bellamente nos resume, ‘tanto amó Dios al mundo que no paró hasta entregarnos a su propio Hijo’.
Y es lo que los evangelistas tratan de irnos explicando en la medida en que nos relatan los hechos y las palabras de Jesús. Porque no solo son sus palabras, es la vida misma de Cristo, traspasada del  amor de Dios, la que se nos refleja en sus obras, en su actuar, en cómo se acerca a nosotros que nos vemos reflejados en aquellas multitudes que acudían a El, en aquellos pobres, en los enfermos, en todos los aquejados con tantos males que se acercan a Jesús.
Hoy contemplamos en el evangelio uno de esos momentos de Jesús. Se ha retirado Jesús con sus discípulos más cercanos a un lugar solitario y tranquilo, se ha ido en barca atravesando el lago, pero al desembarcar se encuentra una multitud que le espera. Aparece el corazón misericordioso de Jesús. Sintió lástima de aquella multitud que andaba como oveja sin pastor, y se puso a enseñarles, a curar a los enfermos, pero no se acaba ahí su actuar lleno de misericordia.
Aquella gente ha ido de lejos, están en lugar apartado y en descampado, las pocas provisiones que podían haber llevado se les habrán terminado, hay que darle de comer a aquella multitud. Y Jesús que ha estado mostrando su amor  compasivo y misericordioso quiere actúen ahora sus discípulos. ‘Dadles vosotros de comer’, les dice. Los discípulos han de actuar con el mismo corazón misericordioso y así han de actuar también con aquella multitud, aunque no saben qué hacer. Están lejos, ellos tampoco tienen provisiones - aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces – pero Jesús les enseña cómo tienen que actuar. Será necesario desprenderse de eso poco que tienen, han de poner mucho amor y con la fe todo se resolverá. Ya hemos escuchado cómo acaba el episodio y toda aquella multitud como hasta hartarse.
‘Aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces’ también tratamos nosotros de disculparnos tantas veces cuando nos vemos apremiados por la necesidad o la mayor pobreza de los que nos rodean. ¿No estará sucediendo cada día cuando miramos el bolsillo para buscar esa pequeña moneda que ponemos en la colecta de Cáritas? ¿No será lo que escuchamos en tantos o nosotros quizá hasta llegamos a pensar que no podemos hacer nada por resolver esa pobreza que vemos a nuestro alrededor y han de ser otros los que solucionen los problemas? ¿No será esa la reacción ante el problema de los inmigrantes y de los refugiados que decimos que Europa no puede soportar tanta presión como está recibiendo en tantos que llegan a sus fronteras?
Bien sabemos que no todos piensan así y su actuar es otro porque son capaces de poner sus cinco panes y dos peces a disposición de los demás. Es ese desprendimiento, esa solidaridad desde lo más hondo del corazón lo que irá transformando nuestro mundo. Pero tenemos que dejarnos nosotros transformar, llenar nuestro corazón de misericordia, abrir de verdad nuestro espíritu para aquello que el Señor nos va pidiendo en cada momento. Mucho podemos hacer. Mucho tenemos que hacer. Experimentemos en nuestro corazón ese amor de Dios y nos sentiremos transformados y aprenderemos a actuar también con la misma misericordia para con los demás.

domingo, 31 de julio de 2016

Las responsabilidades de la vida y el desarrollo de nuestros valores no nos pueden encerrar en la codicia sino que tienen que abrirnos a la solidaridad del compartir en justicia

Las responsabilidades de la vida y el desarrollo de nuestros valores no nos pueden encerrar en la codicia sino que tienen que abrirnos a la solidaridad del compartir en justicia

Eclesiastés 1, 2; 2, 21-23; Sal 94; Colosenses 3, 1-5. 9-11; Lucas 12, 13-21
Por aquello de la responsabilidad con que hemos de asumir la vida y todas sus obligaciones tenemos la tentación de vivir muy obsesionados por la consecución de unos bienes materiales con los que podamos afrontar esas necesidades que tenemos y cumplir con nuestras responsabilidades. Enfrentarnos a las responsabilidades de la vida, podíamos decir, es nuestra obligación; lograr una vida digna y lo mejor posible para nosotros y para nuestra familia forma parte del día a día de nuestra existencia. Pero hay una tenue línea roja que nos puede llevar a convertirlo en obsesión y al final en avaricia porque lo que queremos es acaparar y acaparar porque con eso creemos que tenemos nuestras seguridades.
Es cierto, hay que decirlo, que forma parte de las exigencias del evangelio que queremos vivir el desarrollo total de nuestras capacidades y valores, que el talento que tenemos en nuestras manos no lo podemos enterrar porque eso sí que seria dejación e irresponsabilidad, y que en consecuencia hemos de saber hacer fructificar nuestra vida en el desarrollo de esos valores que poseemos. Pero eso nunca debe encerrarnos en nosotros mismos, y ese es un peligro y tentación que tenemos.
El cumplimiento de nuestras responsabilidades y el desarrollo de nuestros valores no deben encerrarnos en el egoísmo y la insolidaridad; tenemos el peligro de la codicia, de la avaricia que nos encierra y nos vuelve duros e inhumanos. Pareciera que todo el objetivo está en la ganancia y la acumulación de bienes y riquezas. Y eso puede traernos muchas connotaciones negativas desde el endurecimiento de nuestro corazón, el aislamiento por desconfianza hacia los que nos pueden hacer mermar nuestras ganancias, la insolidaridad que nos hace pensar primero en nosotros mismos y nos cierra los ojos a las necesidades que puedan estar pasando los demás, a la larga la injusticia porque queremos hacernos dueños absolutos de aquello que Dios ha puesto en nuestras manos no solo para nosotros sino para bien de toda la humanidad.
Es lo que hoy Jesús nos quiere hacer reflexionar en el evangelio.  ‘Guardaos de toda clase de codicia. Pues aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes’. Nuestra vida vale mucho más que unos bienes o riquezas que podamos poseer; la riqueza más grande está en nuestro yo cuando se abre a un nosotros, en esos valores que hay en nosotros que nos hacen desprendidos, generosos, abiertos al compartir, con un corazón compasivo y lleno de misericordia, comprometidos seriamente con lo bueno y con lo justo para bien de todos. El cumplimiento de nuestras responsabilidades no  nos puede encerrar en la codicia, sino abrirnos a la solidaridad del compartir en justicia con los demás.
Y Jesús nos propone la parábola de aquel hombre rico que le iban muy bien las cosas pero que solo pensaba en agrandar sus graneros para olvidarse de todo y de todos y solo pensar en si mismo viviendo su vida a su manera. Pero eso acumulado un día se acabará más pronto o más tarde, como le sucede al hombre de la parábola de forma inesperada. ¿Qué le queda de su vida cuando solo ha pensado en la posesión de esos bienes materiales? Solo ha sabido cultivar lo material de una forma avariciosa y cuando le faltan esas cosas su vida estará vacía y sin sentido.
Pensemos, sí, qué huella vamos a dejar nosotros en nuestra sociedad a nuestro paso por el mundo. ¿Por qué nos van a recordar? ¿Porque vivimos encerrados en el castillo de nuestro yo aislándonos de los demás y consentidos en el orgullo de esas vanidades que un día se disiparán como humo? Tendrá que ser otra la sombra que proyectemos sobre nuestro mundo, tendrá que ser otro el buen olor que dejemos a nuestro paso si sabemos cultivar los buenos valores; no será con las manos vacías cómo  nos presentemos ante Dios el día en que El nos llame a su presencia.
Hoy termina diciéndonos Jesús ‘así será el que amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios’. Como nos dirá en otro lugar del evangelio acumulemos ‘tesoros en el cielo donde los ladrones no los roban ni la polilla los corroe’. Por ahí han de caminar las grandes responsabilidades de la vida y es ahí donde encontraremos la verdadera seguridad.

sábado, 30 de julio de 2016

Madurez, equilibrio, fortaleza de ánimo, espiritualidad honda para sentirnos fortalecidos frente al mal

Madurez, equilibrio, fortaleza de ánimo, espiritualidad honda para sentirnos fortalecidos frente al mal

Jeremías 26,11-16.24; Sal 68; Mateo 14,1-12

Un signo de la madurez de una persona es saber ser fiel a sus principios y no dejarse influir simplemente por el temor al que dirán los que nos rodean, lo que puedan decir o pensar los otros sino que soy fiel a mi mismo haciendo en cada momento lo que juzgo más correcto; eso hará también que no me dejo llevar por el entusiasmo de un momento que tanto me puede llevar a ir rodando por la pendiente de la vida dejándome envolver por lo que sucede a mi alrededor, o por otra parte a hacer promesas que pueden llevarme a cosas injustas o que no pueda luego cumplir.
Entusiasmos de momento de fiesta y de jolgorio que pueden ir obnubilándome la mente cuando me dejo arrastrar por las pasiones o por otros estimulantes exteriores que pueden al final terminar por hacerme perder la razón y el conocimiento. Vendrán luego acciones cobardes e injustas que me harán sentir mal cuando recobre la razón y el sentido.
Es necesario un equilibrio interior, una madurez del espíritu, una fortaleza de ánimo para saber vivir también esos momentos de alegría y de convivencia de una forma sana y con la mejor de las alegrías que me hagan sentir siempre en paz conmigo mismo y no tengo luego nada de qué arrepentirme. Es algo que muchas veces cuesta porque el ambiente que nos rodea no es muy propicio pero es donde tenemos que manifestar esa madurez de nuestra personalidad.
Me podréis preguntar por qué me hago estas reflexiones que pudiera parecer que no vienen a cuento. Pues sí, me las hago a partir de ver la actitud y los comportamientos de Herodes en lo que nos cuenta hoy el evangelio. Cuando escucha hablar de Jesús surge en su conciencia aquello que había hecho mal cuando hizo decapitar a Juan el Bautista. En otro momento nos dice que Herodes apreciaba a Juan, sin embargo instigado por la mujer con la que convivía lo ha metido en la cárcel; finalmente en medio del fragor de la fiesta surge el sensual baile de la hija de Herodías y las promesas que luego, aunque sabe que es injusto lo que va a realizar, se verá ‘obligado’ a cumplir. Creo que podemos entender lo que reflexionaba en principio y que a mi me surge de estos hechos.
Claro que reflexionando sobre este texto lo primero que pudiera surgir es pensar en la integridad del Bautista que proféticamente denuncia allí donde está el mal, aunque eso le pueda llevar a la cárcel y a la muerte. Nos habla entonces de la integridad con que hemos de vivir nuestra vida, de la rectitud que hemos de tener en nuestra conciencia, de cómo no podemos casarnos con el mal para evitar, como se suele decir, males mayores.
También nos hace pensar en la corrupción de la vida de Herodes en su forma de vivir y como todo se va convirtiendo en una pendiente resbaladiza de la que nos es difícil arrancarnos y salir. Cuidado con esas pendientes del mal, aunque en principio nos parezcan cosas sin importante, en las que podemos caer y rodar hasta situaciones peores.
Y claro esta la primera reflexión que nos hacíamos de la madurez de nuestra personalidad con ese equilibrio, esa fuerza de voluntad, esa espiritualidad honda que hemos de saber darle a nuestra vida. Hundamos las raíces de nuestra vida en el Espíritu del Señor y sentiremos siempre la fortaleza de su gracia.

viernes, 29 de julio de 2016

Las desconfianzas hacen grietas que nos pueden dañar el edificio de nuestra vida y nuestra relación con los demás

Las desconfianzas hacen grietas que nos pueden dañar el edificio de nuestra vida y nuestra relación con los demás

Jer. 26, 1-9; Sal. 68; Mt. 13, 54-58
‘Jesus fue a su ciudad y se puso a enseñar en la sinagoga’, nos dice el evangelista. Es el texto paralelo al que nos narra Lucas en el que incluso se nos dice cual fue el texto de Isaías que fue proclamado. En uno y en otro caso se nos habla de cómo la gente estaba admirada por lo que decía Jesús. ‘Tenían todos puestos los ojos en El’, nos decía Lucas.
Pero en uno y en otro caso vemos pronto la reacción de la gente. Mateo hoy nos dice que ‘desconfiaban de El’. Todos lo conocían, allí se había criado, por allá andaban sus parientes, habían conocido su infancia y su juventud. ‘¿De donde saca todo esto? ¿De donde saca esta sabiduría y estos milagros?’ Allí había llegado también la fama de lo que hacia en Cafarnaún y en otros lugares. Pero, como termina diciéndonos hoy el evangelista ‘no hizo allí muchos milagros porque les faltaba fe’.
Cuando hacemos la lectura y la reflexión sobre este texto podemos hacernos muchas consideraciones. Por una parte vemos como refleja muchas de nuestras actitudes y de la manera de actuar en nuestra relación con los otros. Estamos tan llenos de desconfianzas; nos decimos que conocemos a la gente; con qué facilidad vemos intenciones ocultas en lo que hacen los demás; cómo rápidamente ponemos ‘peros’ a lo bueno que puedan hacer los otros.
No tenemos fe los unos en los otros, caminamos en la vida con demasiadas desconfianzas y así no podemos crear verdaderas amistades porque con ello lo que estamos haciendo es creando grietas en nuestras mutuas relaciones; un edificio con grietas si no lo arreglamos prontamente se nos viene abajo. Por eso se nos hace difícil la convivencia, no creamos verdadera comunión entre unos y otros, damos la impresión de que cada uno vamos realizando nuestras batallitas y no somos capaces de unirnos a los demás. En esto se ha de manifestar también nuestro sentido cristiano de la vida, en esas nuevas actitudes que hemos de tener los unos con los otros expresamos nuestra postura de creyentes.
Podemos también ver cuál es nuestra relación con Jesús. También nos admiramos fácilmente por lo que vemos que hace cuando escuchamos el evangelio, pero ¿pasamos de la admiración a unas posturas de fe más comprometidas? ¿En verdad queremos traducir todo eso que nos dice el evangelio en los comportamientos de nuestra vida?
Nos puede suceder que también nosotros sepamos muchas cosas de Jesús. A lo largo de los años de nuestra vida hemos escuchado hablar de Jesús tantas veces que prácticamente podemos decir que conocemos todos los hechos de la vida de Jesús. Pero no nos podemos quedar ahí; nuestra fe en Jesús es mucho más que saber cosas de Jesús, porque nuestra fe nos hace ponernos en camino, un camino de seguimiento de Jesús para trasplantar a nuestra vida, a nuestras actitudes y a nuestros comportamientos, a lo que han de ser los principios de nuestra vida todo eso que Jesús nos enseña en el evangelio.
Y por fijarnos ahora en cosas concretas en esto mismo que hemos venido reflexionando sobre nuestras actitudes ante los demás, ahí hemos de reflejar todo lo que nos enseña Jesús en el evangelio de lo que es el verdadero amor al prójimo. Desterremos desconfianzas, no creemos grietas en nuestras relaciones, busquemos siempre la verdadera comunión entre unos y otros, seamos capaces de aceptarnos y valorarnos, pongámonos a trabajar codo con codo todos unidos por hacer nuestro mundo mejor.

jueves, 28 de julio de 2016

Es necesario tener criterios claros de lo que son los auténticos valores del evangelio para convertirlos en la riqueza de nuestra vida

Es necesario tener criterios claros de lo que son los auténticos valores del evangelio para convertirlos en la riqueza de nuestra vida

Jeremías 18,1-6; Sal 145; Mateo 13,47-53

‘El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla…’ Sigue Jesús hablándonos en parábolas. Nos compara el Reino de Dios, nos da las señales del Reino de los cielos que nosotros hemos de vivir, nos habla con sencillez de lenguaje para que todos entendamos, queremos ser los pobres y los sencillos que acojamos en nuestra vida, que escuchemos allá en lo hondo del corazón esta Palabra de Jesús.
Nos habla hoy de la red que echan en el mar y que recoge toda clase de peces. Es la imagen del anuncio del Reino que a todos se hace, que todos pueden escuchar; es la llamada y la invitación para que todos escuchemos ese anuncio, seamos buenos o nos lo creamos o no seamos tan buenos porque somos pecadores; el anuncio es para todos, porque para todos es la salvación.
Es la primera lectura que hacemos de esta parábola; ojalá no seamos excluidos porque no seamos capaces de cambiar nuestra vida, porque nos encerremos en nosotros mismos, porque queramos permanecer en nuestro pecado. La llamada es una gracia porque es un regalo del Señor pero al que damos respuesta para vivir en gracia, para vivir en santidad.
Pero con la parábola podemos pensar en algo más. Vivimos en un mundo muy amplio y muy diverso; en ese mar de la vida hay toda clase de peces, nos encontramos con muchas cosas, una buenas otras no tan buenas, unas que nos ayudan a progresar en los verdaderos valores, otras que nos arrastran como rémoras y nos quieren hundir en la ciénaga del mal.
Tenemos que aprender a discernir, a distinguir lo bueno de lo malo, a tener las ideas claras y la voluntad firme para no dejarnos arrastrar por el mal; la tentación nos acecha continuamente; el mundo que nos rodea quiere confundirnos, nos dicen tantas cosas, eso no tiene importancia, eso es poca cosa y total no vamos a ser perfectos siempre, mira lo que hacen todos a tu alrededor ¿tú vas a ser distinto, vas a nadar contracorriente? Y así tantas maneras de hacernos ver como bueno lo que no es tan bueno.
Es necesario tener criterios claros; tenemos que dejarnos iluminar por la luz del evangelio, hemos de saber trabajar siempre por los verdaderos valores, tenemos que cultivar la virtud en nuestra vida, hemos de sabernos dejar impregnar por el sentido de Cristo. Ese ha de ser nuestro camino, nuestro esfuerzo, nuestra lucha por superarnos día a día aunque nos cueste. El Espíritu del Señor Jesús está con nosotros y es nuestro verdadero guía y nuestra verdadera fortaleza.

miércoles, 27 de julio de 2016

Jesús es ese tesoro escondido que hemos de saber encontrar siendo capaces de darlo todo por seguir su camino

Jesús es ese tesoro escondido que hemos de saber encontrar siendo capaces de darlo todo por seguir su camino

Jeremías 15,10.16-21; Sal 58; Mateo 13,44-46
Todos tenemos prioridades en la vida. Hay cosas que consideramos muy importantes y por las que estamos dispuestos a darlo todo. Pero entre todas las cosas que consideramos buenas e importantes siempre habrá una que ocupe el primer lugar, lo que es la verdadera prioridad. Es importante tener prioridades, porque es señal de que sabemos o al menos intentamos tener claro hacia donde vamos. Por esos principios o esos valores seremos capaces de sacrificarnos, incluso, por conseguirlo. Por ello merece la pena luchar; es una meta que nos ponemos en la vida.
Podrán ser prioridades de esa meta que nos ponemos en la vida, podrán ser prioridades en nuestro trabajo o en lo que queremos conseguir en la vida, aquello en lo que nos desarrollamos como personas, serán prioridades desde el ámbito de la familia o en el entorno social en donde vivimos; pero creo que hemos de tratar de buscar, si somos verdaderamente creyentes, lo que serian esas prioridades desde nuestra, porque en el fondo eso es lo que va darnos un sentido en la vida y que le darán un tinte, un valor o un sentido a todo eso que como decíamos queremos conseguir. Es necesario tener una verdadera escala de valores.
Hoy en el evangelio escuchamos dos parábolas de Jesús, el tesoro escondido o la perla preciosa. En una y en otro caso quien los ha encontrado será capaz de vender todo lo que tiene por conseguir ese tesoro o por conseguir esa perla. Y es ahí donde hemos de preguntarnos ¿cual es ese tesoro para nosotros, cual es esa perla? ¿Tendrá que ver algo el evangelio de Jesús con ese tesoro o con esa perla?
Aquel hombre de la parábola encontró el tesoro en el campo. En eso de encontrar me hace recordar aquel momento en que Andrés después de pasar una tarde y una noche con Jesús, a la mañana siguiente se fue hasta donde su hermano Simón para decirle ‘hemos encontrado al Mesías’, y se trajo a su hermano hasta Jesús. Era su tesoro porque el que merecía dejarlo todo como un día hicieran cuando Jesús les invitó a ser pescadores de hombres, ‘dejaron las redes y la barca y lo siguieron’.
Es bueno y creo que tenemos que decir necesario que nosotros encontremos ese tesoro, nos preguntemos si en verdad nuestra fe eso significa para nosotros. ¿Será en verdad Jesús nuestro tesoro por el que somos capaces de dejarlo todo para seguir su camino, para vivir su vida? ¿Cuál es la prioridad que le damos a nuestra fe? Queden ahí esas preguntas que tenemos que hacernos con sinceridad para que descubramos bien cuál es la sinceridad y autenticidad con que queremos vivir nuestra vida cristiana, nuestro seguimiento de Jesús. 

martes, 26 de julio de 2016

San Joaquín y santa Ana, los abuelos de Jesús, nos hacen reconocer la buena semilla que nuestros mayores sembraron en nosotros

San Joaquín y santa Ana, los abuelos de Jesús, nos hacen reconocer la buena semilla que nuestros mayores sembraron en nosotros

Ecles. 44, 1. 10-15; Sal. 131; Mt. 13, 16-17
Hoy la liturgia de la Iglesia celebra la memoria de san Joaquín y santa Ana. ¿Quiénes son san Joaquín y santa Ana? La tradición nos los señala como los padres de María, la madre de Jesús; en consecuencia, podríamos decir, que son los abuelos de Jesús.
Por supuesto el evangelio no nos habla de ellos. Es piadosa tradición que hemos recibido desde antiguo. ¿Por qué no podemos pensar, celebrar y venerar a los que fueron los padres de María? Si habitualmente podemos decir que los padres se reflejan en los hijos y que todas aquellas buenas enseñanzas que ellos les trasmitieron tenemos la esperanza de que un día van a florecer en la vida de los hijos, cuánto podemos decir de los padres de María cuando en ella vemos tal grado de santidad y de gracia.
‘Aguardaban la futura liberación de Israel y el Espíritu Santo moraba en ellos’. Es frase del evangelio pero referida a aquellos buenos ancianos que en el templo pasaban día y noche esperando el cumplimiento de la promesa y que cuando Jesús fue presentado en el templo vieron satisfechas y cumplidas sus esperanzas. Nos referimos al anciano Simeón y a la profetisa Ana, de los que nos habla san Lucas. La liturgia en este día de la fiesta de san Joaquín y santa utiliza estas palabras como antífona antes del Evangelio. San palabras, pues, que podemos referir a los padre de María.
En esa esperanza vivía María, el cumplimiento de las promesas, y en verdad que podemos decir que de sus padres había aprendido esa esperanza. En la educación que le dieron a María – según las tradiciones su casa en Jerusalén estaba en las cercanías del templo y muy cerca de la piscina probática o de las ovejas y en el templo fue educada María – fueron plasmando toda aquella fe y esperanza que anidaba en sus corazones.
Esto nos puede llevar a hermosas consideraciones y consecuencias para nuestra vida; por una parte la esperanza que nunca ha de faltar en los padres a la hora de sembrar la semilla de la buena formación en sus hijos, porque un día todo eso bueno que ellos sembramos ha de florecer en anuncio de buenos frutos. Algunas veces los padres pueden sentir la tentación del cansancio y el desánimo porque no ven como quisieran en sus hijos la educación que pretendieron darle; pero la semilla siempre hay que seguir sembrándola con la esperanza de un prometedor fruto.
Por otra parte ya hacíamos mención a san Joaquín y santa Ana como los abuelos de Jesús; por eso en nuestras comunidades cristianas y de alguna manera se ha trasmitido a nuestra sociedad, tenemos este día como el día de los abuelos. Abuelos que merecen siempre nuestro respeto, nuestro cariño y nuestra consideración por la trayectoria de su vida recorrida y por la semilla que fueron sembrando en sus hijos y nietos que en ellos fueron dejando una huella. Respeto merecen por su larga vida de luchas y sacrificios, de trabajo y de entrega, de amor a sus familias y de sacrificio por ellas.
Hemos de reconocer en lo que somos hoy unos herederos de lo que ellos nos trasmitieron, que, es cierto, nosotros ahora lo vivenciamos en el hoy de nuestro tiempo y de nuestro día; aunque hoy le demos nuestra impronta, y no podría ser de otra manera, son herederos y reflejo de lo que ellos en nosotros han ido sembrando con el paso de los años.
Vaya nuestro homenaje de respeto y amor a nuestros mayores, a los abuelos; siguen siendo importantes en nuestra vida; son un espejo en el que mirarnos para aprender de su constancia en el trabajo y en el amor, para aprender de su sacrificio y entrega por sus familias, para recoger esa buena semilla que han sembrado en nuestra sociedad, para que sean un estimulo para nuestro caminar, una ayuda también para nuestro camino de fe y aprender de su esperanza.

lunes, 25 de julio de 2016

Jesús sigue confiando en nosotros a pesar de nuestras debilidades y flaquezas para que hagamos el anuncio del mensaje del evangelio

Jesús sigue confiando en nosotros a pesar de nuestras debilidades y flaquezas para que hagamos el anuncio del mensaje del evangelio

 Hechos  4, 33; 5, 12. 27b-33; 12, 2; Sal 66; 2Corintios 4,7-15; Mateo 20, 20-28

Un día después de llamar a Simón y Andrés a seguirle, pasando más adelante vio Jesús a Santiago y Juan repasando las redes con su padre junto a la barca y les dijo también, ‘venid conmigo y os haré pescadores de hombres’. Y ellos lo habían dejado todo y lo habían seguido. De manera semejante cuando la pesca milagrosa allí estaban también Santiago y Juan junto con otros pescadores que fueron a echarles una mano a Pedro y Jesús les dice que de ahora en adelante serán pescadores de hombres.
Habían comenzado a caminar con Jesús. Poco a poco se iba estrechando el amor y creciendo el conocimiento de Cristo. Vislumbraban ya que podía ser el Mesías por lo que anunciaba, los signos y milagros que realizaba y cómo la gente le seguía. Parecía que era el momento. Y ellos siguen siendo tan humanos y tan débiles como todos nosotros; por eso aparecen los sueños y las ambiciones en el corazón; como nos puede pasar a cada uno de nosotros, no somos ni mejores ni peores, sino simplemente humanos con nuestras propias debilidades. Pero podemos decir que el Señor sigue confiando en nosotros.
En este caso será la madre la que se convierta en intercesora. ‘Quiero que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda’. El amor de madre le hace soñar sueños que quizá no están tan lejanos de las mentes y de los corazones también de los hijos. Jesús no los rechaza, quiere hacerlos pensar, hacerles descubrir el verdadero sentido del Reino que El está anunciando. ‘¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?’ Pero aquellos dos buenos discípulos no se acobardan aunque quizá no entiendan el alcance de las palabras de Jesús. ‘Podemos’, fue la respuesta.
Vendrán las aclaraciones de Jesús, porque ya por allá aparece también la debilidad de los otros discípulos con sus sospechas, sus desavenencias, sus desconfianzas y aparece hasta quizá el orgullo y la envidia. El estilo de su reino no es como los reinos de este mundo, los primeros puestos no son de los poderosos a la manera como son los poderosos de la tierra que se crecen, que dominan, que quizá hasta se aprovechan de su cargo pensando solo en beneficio propio. En su reino la grandeza está en servir, en hacerse el último, el ser el servidor de todos. Ese es el camino que han de recorrer de transformación de sus corazones de aquellos discípulos que también tienen sus debilidades y ambiciones como todos nosotros tenemos.
Ese es el apóstol Santiago que hoy celebramos, cuya fiesta a todos nos alegra el corazón porque es el patrón de España. Muchas veces tenemos el peligro de contemplar a los santos que veneramos como si fueran superhombres venidos quizá de la estratosfera o de otros mundos. Son hombres como nosotros,  también con debilidades y pasiones en su corazón como nosotros podemos tener y sentir, pero que fueron fieles, que vivieron un camino de seguimiento de Cristo tratando de plasmarlo en sus corazones y en su vidas, que también tuvieron sus luchas de superación como las que nosotros cada día hemos de tener si queremos en verdad crecer como personas, y crecer en el camino del seguimiento de Cristo que es camino de santidad.
Y Cristo quiere seguir confiando en nosotros a pesar de nuestras debilidades, porque así se manifiesta mejor que no es nuestra obra, sino la obra de la gracia, la obra de Cristo la que queremos realizar. ‘Este tesoro del ministerio lo llevamos en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros’. Así nos decía el apóstol san Pablo en la carta a los cristianos de Corinto.
Vemos la debilidad de nuestra vida que tantas veces nos hace tropezar e incluso caer, pero así se manifiesta la grandeza de la gracia; así aprendemos también a ser compasivos y misericordiosos porque hemos experimentado en nuestra vida esa compasión y esa misericordia del Señor; así será en verdad comprensivos con los demás para hacer brillar por encima de todo siempre la luz de Cristo. Porque seamos pecadores eso no nos exime de nuestra obligación y de nuestro compromiso como cristianos de hacer el anuncio de Jesús y de su evangelio; es más, eso nos dará más fuerza a nuestra vida y a nuestras palabras porque no es a nosotros a quien anunciamos sino a Jesús y su evangelio con la fuerza de su gracia que también transforma nuestros corazones.
Es el mensaje que yo hoy quiero traer para mi vida desde la fiesta del Apóstol Santiago. Que él interceda por nosotros, por nuestro país, para que se mantenga viva nuestra fe, para que no nos dejemos oscurecer por el mal y la indiferencia, para que resplandezca de verdad el nombre de Jesús en nuestros corazones, en nuestra vida y también en medio de nuestra sociedad.

domingo, 24 de julio de 2016

En la oración experimentamos el abrazo de amor de Dios que es nuestro Padre y siempre nos ama

En la oración experimentamos el abrazo de amor de Dios que es nuestro Padre y siempre nos ama

 Génesis 18, 20-32; Sal 137;  Colosenses 2, 12-14; Lucas 11, 1-13
‘Jesus estaba orando en cierto lugar, nos dice el evangelista, y cuando terminó uno de sus discípulos le dijo: Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos…’ La oración de Jesús hace surgir el deseo de aprender a orar como El; no es solo, aunque eso pudiera parecer, que igual que otros grupos de creyentes tenían su propia forma de orar - y aquí se menciona al Bautista y sus discípulos como serían los grupos de los fariseos o de los esenios del desierto del Mar Muerto – sino que en el fondo es el deseo de imitar a Jesús.
El evangelio nos presenta distintos momentos de esa oración personal de Jesús que se retira al descampado en la noche, o sube a la montaña como cuando fue con aquellos tres discípulos en el Tabor, o más tarde le contemplaremos en Getsemaní que se ve que era un lugar frecuentado por Jesús en los alrededores de Jerusalén, por mencionar algunos momentos.
¿Será también nuestro deseo? ¿Será nuestra petición de la misma manera? Muchas veces quizá pensamos también que no sabemos orar, que no sabemos hacer nuestras oraciones. Quizá nos contentamos de repetir las oraciones aprendidas de memoria, o valernos ritualmente de unas oraciones prescritas por la liturgia; quizá lo que hacemos es presentar nuestras listas de peticiones o de lamentos esperando el milagro de que se nos resuelvan nuestros problemas, o quizá buscamos algo más y allá en lo más hondo de nosotros mismos nos detenemos para sentir a Dios, para escuchar a Dios.
La oración es el abrazo de Dios, escuché decir a alguien. Nos gozamos en Aquel que sabemos bien que nos ama; nos gozamos en el amor porque también nosotros queremos amar y queremos sentirnos profundamente unidos en un abrazo de amor con quien sabemos que nos ama. Como el niño que se siente seguro en los brazos de su padre y no se cansa de llamarlo su papá nos gozamos en la ternura de Dios, nos sentimos abrazados por el amor de Dios. Por eso es la primera palabra que Jesús nos enseña a decirle a Dios, Padre, ‘Abba’ que en el propio lenguaje arameo de Jesús expresaba una gran ternura.
La oración sin dejar de ser comunicación es comunión, comunión de amor. Es comunicación porque es el dialogo entre la Palabra y nuestra palabra, pero es el diálogo que brota del amor del corazón de Dios y que nos hace entrar en comunión desde nuestro amor, desde lo más hondo de nuestro corazón.  ¿No sienten deseos de un abrazo de amor aquellos que se aman de verdad? Y no querrán que se abrazo se termine, ansiamos un abrazo eterno de amor. Cuando nos sentimos en una comunión tan hermosa de amor con Dios entonces no nos cansaremos, nuestra oración no podrá ser aburrida ni nada que nos canse ni nos desanime en ningún momento.
Jesús nos ofrece el modelo de oración que hemos de vivir gozándonos en su amor y queriendo repetirle una y otra vez lo gozosos que nos encontramos con El; por eso nuestra oración es alabanza al nombre de Dios – ‘santificado sea tu nombre’, decimos -, nuestra oración es deseo de permanecer unidos a El para siempre viviendo su reino, buscando su voluntad, apartándonos de todo mal, viviendo en la misericordia que en El encontramos y que a todos siempre manifestaremos, viviendo, en una palabra, todo el sentido del Evangelio del Reino que Jesús nos ha anunciado y enseñado.
Nuestra oración verdadera estará siempre impregnada del evangelio porque si no fuera así no seríamos capaces de hacerla con verdadero sentido, pero al mismo tiempo nos enseña y nos da fuerza para vivir ese espíritu del Evangelio. Quien no ha llegado a entender y querer vivir el evangelio de Jesús no podrá hacer con todo sentido la oración de Jesús. Por eso quizá muchas veces nos cuesta hacer nuestra oración.
Hoy Jesús nos hablará de nuestra perseverancia en la oración con la confianza de los amigos que saben acudir el uno al otro a cualquier hora y en cualquier momento, con la confianza de los hijos que saben que están confiando en un padre que siempre les dará lo bueno, les dará lo mejor. Es hermoso el texto que se nos ofrece por otra parte en la primera lectura, cómo Abrahán insiste y porfía en sus peticiones al Señor. ‘Me he atrevido a hablar a mi Señor… que no se enfade mi Señor si hablo una vez más…’ le dice. Es la insistencia de la amistad, es la insistencia del amor.
Santa Teresa del Niño Jesús decía que la oración e realidad es algo tan sencillo como ‘un impulso del corazón, una sencilla mirada hacia el cielo, un grito de reconocimiento y de amor tanto desde dentro de la prueba como desde dentro de la alegría’. Y ya sabemos lo que la gran maestra de oración, santa Teresa de Ávila, explicaba: ‘oración es hablar de amistad con quien sabemos nos ama’.
‘Señor, enséñanos a orar’, le decimos también nosotros hoy, enséñanos a gustar de la oración, haznos sentir ese abrazo de amor.

sábado, 23 de julio de 2016

La paciencia de Dios que nos regala su gracia y espera nuestra respuesta de conversión y buenos frutos

La paciencia de Dios que nos regala su gracia y espera nuestra respuesta de conversión y buenos frutos

Mt. 13, 14-30
‘¿No sembraste buena semilla en tu campo?, ¿de dónde sale esa cizaña?’ Una pregunta que de alguna manera nos hacemos cuando nos vemos envueltos por la maldad de tantos, por los problemas que nos agobian, por el daño que nos hacen o vemos que hacen a tantos, por tanta injusticia y tanto mal. No quisiéramos un mundo así y cuando como creyentes leemos en la Biblia que en la creación se nos repite que todo cuanto fue Dios creando era bueno y al crear al hombre se dice que era muy bueno, surge con angustia y con rabia quizá esa pregunta en nuestro corazón.
La parábola que Jesús hoy nos propone nos habla del hombre que plantó buena semilla en su campo, pero mientras dormía vino un enemigo suyo y planto cizaña. Es cuando surge la pregunta de sus servidores. ‘¿No sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale esa cizaña?’ Quieren arrancarla, como nosotros que queremos arrancar también el mal de nuestro mundo. Y seguramente habremos oído o hemos pensado si Dios es tan poderoso como es que permite el mal, cómo no es que arranca de la vida a esas personas llenas de maldad para que no sigan haciendo daño a los demás.
El mal se convierte en una prueba para nosotros, una prueba para nuestra fe, pero una prueba de donde tenemos que aprender a salir victoriosos porque no nos hemos de dejar cautivar por ese mal; es la tentación que continuamente nos acecha y nos pone en peligro, pero es donde tenemos que ser fuertes para no dejarnos arrastrar por esa tentación.
Pero también nos está manifestando la espera de Dios; sí, Dios sigue esperando que nuestro corazón se convierta; Dios llama a los pecadores a la conversión, como nos llama a nosotros. Cuánta ha sido la paciencia de Dios con nuestra vida; nos ha regalado su gracia, pero hemos de reconocer que no siempre hemos correspondido a la gracia del Señor; hemos de reconocer que seguimos en nuestro pecado y no terminamos de arrancarnos de él, y Dios sigue dándonos su gracia, Dios sigue llamando a las puertas de nuestro corazón para que nos volvamos a El. Podríamos recordar aquella parábola en la que el padre espera pacientemente la vuelta del hijo que se ha marchado y cómo se llena de alegría a su vuelta y hace fiesta porque el hijo perdido ha sido encontrado.
El mal está ahí envolviéndonos en nuestro mundo, pero hemos de reconocer que ese mal también lo tenemos en nosotros; en pequeñas o en grandes cosas no siempre somos fieles, no siempre somos la buena semilla que da buen fruto, y no por eso Dios nos arranca de la vida, sino que espera nuestra vuelta a El. Es lo que nos está enseñando la parábola que siempre nos viene a manifestar lo que es la misericordia y el amor de Dios.
Con los demás quizá somos exigentes, pero luego no lo somos de la misma manera con nosotros mismos. Confiemos más en la gracia del Señor. Transformemos esa cizaña del mal que hemos dejado meter en nuestra vida y comencemos a dar buenos frutos.

viernes, 22 de julio de 2016

María Magdalena que sintió mucho amor en su vida y supo ser la primera misionera de la resurrección

María Magdalena que sintió mucho  amor en su vida y supo ser la primera misionera de la resurrección

Jeremías 3,14-17; Sal.: Jr 31; Juan 20,1.11-18

Celebramos hoy – y con la categoría litúrgica de fiesta tal como lo ha decidido el Papa Francisco recientemente – a María Magdalena; la que estuvo al pie de la cruz de Jesús con María, la Madre de Jesús y otras mujeres; la que le lloró buscándole junto al sepulcro; la que se convirtió en la primera misionera de la resurrección, porque fue la primera que llevó la Buena Noticia a los discípulos encerrados por miedo en el cenáculo.
El evangelista Marcos al darnos referencia de ella nos dice que fue la mujer de la que el Señor expulsó siete demonios. Una mujer pecadora, pero como la otra pecadora de la que se habla en el evangelio, amó mucho, se le perdonaron sus muchos pecados, y siguió amando con toda la intensidad de su corazón.
¡Qué dicha sentirse uno llamado por su nombre en los labios de Jesús! Fue lo que le despertó de nuevo el corazón para hacer que detuviera el río de sus lágrimas y se acabara para siempre la incertidumbre. Había venido al sepulcro porque quería concluir los ritos funerarios con el cuerpo de Jesús que por las prisas de la víspera del sábado en el viernes en la tarde no habían podido completar.
Pero el sepulcro de Jesús estaba vacío y su cuerpo no estaba allí; mientras las otras mujeres corren a dar la noticia de que ha desaparecido el cuerpo de Jesús ella queda llorando a la entrada del sepulcro; no le sirven las palabras de consuelo de los ángeles que ahora custodiaban lo que había sido el sepulcro de Jesús; ella insiste y pregunta a quien quiera que pase por aquel lugar y pensando que era el encargado del huerto pregunta a quien está a su lado pero no reconoce por lo nublados que están sus ojos en el dolor y con las lágrimas.
Si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré’. Con fuerzas se siente incluso en su debilidad para transportar el cuerpo de Jesús muerto. Basta una sola palabra; es su nombre pronunciado por los labios del maestro: ‘¡María!... ¡Rabonni, Maestro!’ No es necesario nada más. La luz ha aparecido de nuevo en su vida; su corazón late con la fuerza del amor; se abraza a los pies de Jesús; recibe el encargo: ‘Anda, ve a mis hermanos y diles: "Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro’.  Y corre misionera de resurrección a anunciar a los discípulos que ha resucitado el Señor y lo que le ha dicho.
Según hemos venido reflexionando con la figura de María Magdalena a quien hoy celebramos habremos querido ir sintiendo en nuestro corazón esa voz del Señor resucitado que a nosotros también nos llama por nuestro nombre. Miramos nuestra vida y la vemos también llena de sombras por nuestra condición pecadora de manera que se nos obnubilan los ojos de nuestro corazón para reconocer la presencia del Señor en nuestra vida. A El suplicamos en nuestras necesidades y desde nuestras sombras pero ya sabemos cuánto amor hemos de poner en nuestra vida y así aparecerá luminosa esa presencia del Señor en nosotros.
Finalmente hemos de saber reconocer su voz y su misión. También hemos de ser misioneros de resurrección y de vida, anunciadores de esa buena nueva de Jesús que es nuestra única salvación. Que nuestro amor nos convierta en signos de Cristo resucitado para el mundo que también necesita su luz.


jueves, 21 de julio de 2016

En la cercanía con Jesús sentándonos a sus pies para escucharle o caminando tras sus huellas podremos ahondar cada día más en el misterio de Cristo

En la cercanía con Jesús sentándonos a sus pies para escucharle o caminando tras sus huellas podremos ahondar cada día más en el misterio de Cristo

Jeremías 2, 1 3. 7 8. 12 13; Sal 35; Mateo 13, 10-17:

Se acercaron a Jesús los discípulos y le preguntaron: ¿Por qué les hablas en parábolas?’ Habían escuchado a Jesús en la orilla del lago que desde la barca les había estado enseñando y les había propuesto diversas parábolas para hablarles del Reino de Dios. Ahora, al llegar a casa, le preguntan. Ellos quieren entender también su significado.
Jesús les dice que les habla en parábolas porque la gente sencilla no le entiende. Ha venido anunciando la llegada del Reino, les ha propuesto todo su estilo y su sentido cuando allá en el monte les había hablado largo y tendido, de muchas maneras les había hablado en la sinagoga o en los caminos y diferentes lugares; ahora les habla en parábolas. Y a los discípulos más cercanos que son los que ahora preguntan les dice: A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos les cuesta más entenderlo’.
Los que están cercanos a Jesús pueden comprender mejor los misterios del Reino. Esto es importante y será para nosotros también una exigencia. Pero Jesús quiere que todos puedan comprender los secretos del Reino, el estilo y sentido del Reino de Dios; por eso habla en parábolas; son imágenes que como signos nos hablan, nos ayudan a comprender. Una forma pedagógica de hacernos entender el misterio que hoy seguimos necesitando.
Es hermoso cuando uno visita antiguas catedrales, templos diversos, claustros de monasterios o de las mismas catedrales la catequesis que en imágenes vemos plasmadas con tanto arte en sus paredes, en sus retablos, en el propio sentido de la arquitectura empleada, en los arcos o soportales de los claustros tanto monacales como de las catedrales. Era una forma de enseñar al pueblo que no sabía leer y que entonces no tenían a su alcance los textos escritos a través de aquellas imágenes trasmitirles todo el mensaje del evangelio.
Así hoy las imágenes sagradas de nuestros templos, y sean de Cristo, de la Virgen o de los Santos de nuestra devoción, o las imágenes de la pasión y muerte de Jesús que veneramos especialmente en semana santa siguen siendo esa catequesis plástica para el pueblo sencillo.
No nos quedamos en el arte, sino en lo que con el arte se nos quiere expresar. Y es cierto que para muchos por no recibir quizá la explicación o enseñanza adecuada se puede crear una cierta confusión; se quedan en la imagen, idolatran la imagen, y no les sirve siempre para acercarse verdaderamente a Jesús en quien únicamente podemos encontrar nuestra salvación.
Decíamos antes que las palabras de Jesús nos comprometen y son una exigencia para los que queremos estar más cerca de El. ‘A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del reino de los cielos…’ Es la cercanía a Jesús, es el sentarnos como María de Betania a los pies de Jesús para escucharle, es el querer en verdad hacer camino con Jesús como aquellos discípulos que le acompañaban a todas partes, es el sentir esa presencia permanente de Jesús cerca de nuestra vida queriendo llevarle de verdad en nuestro corazón, será nuestra oración encuentro vivo con el Señor y la escucha de su Palabra, será la participación viva y con sentido en nuestras celebraciones las que nos ayudarán a ir penetrando más y más en el misterio de Cristo para seguirle, para vivir de forma autentica nuestra vida cristiana.
Un compromiso, una exigencia, una gracia del Señor para nuestra vida.

miércoles, 20 de julio de 2016

Hoy contemplamos al sembrador, su amor, su ilusión, la esperanza que pone en nosotros cuando siembra la semilla, cuando nos hace llegar el mensaje de la Palabra

Hoy contemplamos al sembrador, su amor, su ilusión, la esperanza que pone en nosotros cuando siembra la semilla, cuando nos hace llegar el mensaje de la Palabra

 Jeremías 1,1.4-10; Sal 70; Mateo 13,1-9

‘Salió Jesús de casa y se sentó junto al lago’. Acudió mucha gente, se subió a una barca y pasó mucho rato hablándoles en parábolas.
Ahí tenemos al sembrador. Su misión era esparcir la semilla. A voleo como hacían los sembradores para que la semilla llegara a todos aunque sabía que no siembre aquella semilla sembrada iba a producir fruto. Ya lo explica El en la parábola. Pero lo importante era sembrar. Allí estaba en la orilla del lago y ahora se había sentado en la barca para desde allí esparcir la semilla.
Era lo que hacía recorriendo los caminos de Galilea y de todo Israel. Se acercaría también a otros territorios más allá del lago, los gerasenos, más arriba de las fronteras de Israel ya en territorio fenicio, atravesaría Samaria dando la oportunidad a los samaritanos para que lo escucharan y se encontraría con la mujer junto al pozo de Jacob, por los territorios de Judea, Jericó, Betania, Jerusalén.
Se acercaba a todos para hacer llegar la semilla a todos; la gente sencilla que le escuchaba en los caminos o en las orillas del lago; los que acudían los sábados a la Sinagoga o con los que se encontraría en las explanadas del templo; serán los enfermos y los pobres, los más marginados de la sociedad de entonces, ciegos, leprosos, inválidos, ya se encontrasen al borde del camino, en las calles de Jerusalén o en la piscina probática esperando el movimiento del agua; sería a los humildes de corazón o los pecadores, los que le aceptaban y terminarían en alabanzas por sus enseñanzas o los que le rechazaban y tramaban contra él fariseos, saduceos, maestros de la ley o sumos sacerdotes del templo; igual aceptaba la invitación de un fariseo a comer en su casa como comía con publicanos y pecadores con en casa de Leví el publicano.
A todos hacia llegar la semilla. Era el sembrador que sale a sembrar cada mañana la semilla en sus campos. Era el anuncio del Reino al que a todos invitaba. Era la imagen del Padre bueno y lleno de amor que a todos amaba, a todos buscaba, a todos esperaba aunque fueran pecadores.
Bueno es que nos detengamos a contemplar al sembrador. Es cierto que tenemos que fijarnos en el terreno donde va a caer la semilla y tenemos que ser ese terreno bueno y preparado. Ya tendremos oportunidad de detenernos a reflexionar sobre ello cuando escuchemos de Jesús la explicación de la parábola. Hoy contemplamos al sembrador, contemplamos su amor, su ilusión, la esperanza que pone en nosotros cuando siembra la semilla, cuando nos hace llegar el mensaje de la Palabra, cuando nos está invitando a que la recibamos como tierra buena.
Es cierto que hemos de preocuparnos como acogemos esa semilla, pero ¿no sentiremos la urgencia de convertirnos nosotros también en sembradores? ¿No tendremos que ir también esparciendo por el mundo, aunque sabemos que es tan diverso, esa semilla del Evangelio porque es la única salvación para nuestro mundo?
Confieso que esta página del evangelio es la que me motiva a mí a sembrar cada día esa semilla de la palabra en esta página y por este medio. ‘La semilla de cada día’ que me siento urgido a sembrar aunque sé que no soy buen sembrador, pero siento que es una misión que el Señor me ha confiado y espero poder seguir haciéndolo cada día para la gloria del Señor. Doy gracias a Dios por esas personas (muchas veces alrededor de doscientas) que cada día abren esta página; espero que la semilla fructifique en sus corazones. Solo soy un humilde sembrador.

martes, 19 de julio de 2016

Cuando experimentamos en nuestra vida cómo Dios nos ama entramos en una nueva relación con Dios y un nuevo estilo de relación con los demás

Cuando experimentamos en nuestra vida cómo Dios nos ama entramos en una nueva relación con Dios y un nuevo estilo de relación con los demás

Miqueas 7,14-15.18-20; Sal 84; Mateo 12,46-50

Jesús está rodeado de gente, sus discípulos que ya le seguían de más cerca y estaban siempre con El y el resto de la gente que venía a escucharle. Está en su misión, es la Palabra de vida que llena de vida y de luz a cuantos se acercan a El. Está enseñando a la gente.
Un día el había marchado de Nazaret y atrás había quedado su familia más cercana. Se había puesto en camino para anunciar el Reino de Dios, para enseñarnos cual es la nueva familia que entre todos hemos de constituir. En Nazaret estaban los que llamaban sus hermanos, en ese lenguaje semita en que se llama hermano a todo familiar cercano. Ahora aparecen donde estaba Jesús rodeado de gente su madre y sus hermanos; allí está María y están sus parientes, su familia. Le avisan a Jesús. ‘Oye, tu madre y tus hermanos están fuera y quieren hablar contigo’.
Pero, ¿quiénes son en verdad la familia de Jesús? Este texto del evangelio que hoy se nos presenta en la liturgia en muchos ha producido un cierto desasosiego y confusión; les pudiera parecer un desaire por parte de Jesús hacia su madre y sus familiares pero no es así cómo hemos de entenderlo.
Siempre el evangelio lo leemos y escuchamos en su conjunto y unos textos nos iluminan a otros. Cuando en el evangelio se nos ha querido dejar un mensaje claro de la familia de Nazaret nos ha hablado claramente en la brevedad y concisión del evangelio de la presencia de Jesús en aquel hogar de Nazaret donde vivía sujeto a sus padres, en obediencia con sus padres en aquel hogar donde crecía en edad sabiduría y gracia ante Dios y los hombres.
Ahora el mensaje fundamental es el Reino de Dios que Jesús anuncia y que constituyendo con todos aquellos que escuchan su Palabra y le siguen. Lo llamamos el Reino de Dios como también podríamos decir la familia de Dios, porque nos sentimos hermanos hijos de un mismo Padre, el Dios del cielo. Es lo que ahora Jesús quiere decirnos.
‘¿Quién es mí madre y quiénes son mis hermanos? Y, señalando con la mano a los discípulos, dijo: Éstos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre’.
Lo importante es descubrir lo que es la voluntad de Dios y cumplirla. Cuando somos capaces de decirle sí a Dios con toda nuestra vida entramos en una relación nueva con Dios porque no solo lo reconocemos como nuestro Dios y Señor sino que además sentimos sobre nosotros su amor de Padre. Y si experimentamos en nuestra vida cómo Dios nos ama entramos en una nueva relación con El, somos los hijos que queremos hacer su voluntad, somos los hijos que ahora aprendemos de verdad lo que son nuestros hermanos, quienes son nuestros hermanos, entramos en la orbita del amor.
Será nuestro distintivo, nuestra manera de ser y de actuar; desde lo más hondo de nosotros mismos somos los hijos del amor, los que nos sentimos envueltos en el amor de Dios y en ese mismo amor queremos envolver a cuantos nos rodean. Somos la familia del amor.

lunes, 18 de julio de 2016

El evangelio es una llamada de amor que nos convierte en testigos de la misericordia para anunciar la paz a nuestro mundo

El evangelio es una llamada de amor que nos convierte en testigos de la misericordia para anunciar la paz a nuestro mundo

Miqueas 6,1-4.6-8; Sal 49; Mateo 12,38-42

El evangelio siempre es una llamada de amor. Es Buena Nueva que nos anuncia amor y con el amor el perdón y la paz. Es Buena Nueva anunciadora de nueva vida y se convierte en llamada a la vida, en llamada de amor. No quiero el Señor para nosotros otra cosa que la vida; por eso nos invita a ir a El, a que pongamos toda nuestra fe en su Palabra, a que convirtamos de verdad nuestro corazón.
Nosotros seguimos quizás encerrados en nosotros mismos, en nuestras dudas, en nuestros caprichos, en estar pidiendo siempre pruebas porque parece que nos cegamos y no somos capaces de descubrir la inmensidad del amor de Dios que se nos manifiesta en Jesús y que tantas veces se ha hecho presente en nuestra vida; parece que esas cosas las olvidamos. ‘No olvidéis las acciones de Dios’, se nos dice en alguno de los salmos. Si tuviéramos más presente en nuestra vida todas esas maravillas que el Señor ha realizado en nosotros tantas veces, seguro que convertiríamos nuestro corazón a El.
Una vez más, vemos en el evangelio, que vienen pidiéndole signos y señales a Jesús para creer en El. Parecen ciegos que no quieren ver. Tantos signos que Jesús ha ido realizando en los milagros curando enfermos, resucitando muertos, llenando de paz los corazones con el perdón. Y una vez más Jesús, aunque sus palabras nos puedan parecer duras, les recuerda cómo los ninivitas se convirtieron con la palabra del profeta, o como aquella reina del Sur había venido a ver y admirar la Sabiduría de Salomón. Ahora ellos ni veían los milagros ni eran capaces de saborear la Sabiduría de Jesús.
Es una invitación una vez más de Jesús al amor, a la vida, a la conversión. Es la llamada constante que a nosotros también cada día nos hace. Que seamos capaces de saborear la sabiduría del evangelio, que seamos capaces de reconocer las maravillas que continuamente realiza en nosotros. Y respondiendo a esa llamada y a esa invitación nosotros podamos convertirnos también en signos de la misericordia del Señor para los que nos rodean.
Es necesario, sí, que todos lleguen a reconocer y a saborear en sus vidas lo grande que es la misericordia de Dios. Aunque muchos no creen quizá en la misericordia porque su corazón se ha endurecido y ya no saben ni perdonar, sin embargo por otra parte hay ansia de encontrar paz en los corazones aunque haya muchas confusiones en sus vidas o precisamente por eso por tanta confusión como hay.
Y es la misericordia la que nos llena de paz; sentiremos esa paz cuando saboreamos en nosotros esa misericordia que nos manifiesta el amor y el perdón del Señor, pero al mismo tiempo vamos a sentir paz cuando seamos capaces de tener misericordia con el otro ofreciendo generoso perdón, llenando nuestro corazón de comprensión, alejando de nosotros resentimientos que nos harían sufrir. En la misericordia que tengamos con los demás alcanzaremos nosotros también esa paz del corazón. Y tenemos que ser signos de ello con nuestra vida para que todos alcancen a descubrir la misericordia y el amor de Dios y aprendamos a vivir en esa honda de misericordia y de paz.

domingo, 17 de julio de 2016

Acogida, hospitalidad, actitud para el servicio, capacidad de escucha, valores con los que podemos hacer un mundo mejor

Acogida, hospitalidad, actitud para el servicio, capacidad de escucha, valores con los que podemos hacer un mundo mejor

Génesis 18, 1-10ª; Sal 14; Colosenses 1,24-28; Lucas 10, 38-42
‘Entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa… y una hermana llamada María, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Mientras Marta se multiplicaba para dar abasto con el servicio…’ Eran los amigos de Jesús. Su casa, en Betania al borde del camino que subiendo del valle del Jordán se dirigía a Jerusalén, estaba abierta para dar agua y descanso a los peregrinos que subían a la ciudad santa. Allí encontró Jesús hospitalidad y acogida pues ya hará referencia el evangelio que estando en Jerusalén Jesús se acercaba a Betania.
Una hermosa virtud la de la hospitalidad en la que las gentes que han habitado en lugares inhóspitos tienen unas actitudes y aptitudes especiales. Vemos en la primera lectura la hospitalidad de Abrahán que vivía casi transeúnte en una tienda para acoger a aquellos tres caminantes que hasta él llegaban. Entendemos también el significado teológico que tiene ese momento en el que es el Señor el que llega hasta Abrahán y premia su hospitalidad anunciándoles el nacimiento del hijo tan deseado.
Entra dentro del orden natural de nuestras relaciones de convivencia con aquellos que más cercanos están a nosotros que seamos acogedores y hospitalarios con nuestros amigos o nuestros convecinos; también es cierto que en las circunstancias de desconfianza en que vivimos ya nuestras puertas y ventanas permanecen cerradas de forma habitual frente a aquellos tiempos no tan lejanos en que nuestras puertas estaban siempre abiertas y los vecinos y los amigos entrábamos con toda naturalidad en las casas los unos de los otros.
En nombre de una humanidad verdaderamente solidaria, y más aún desde la fe que tenemos en Jesús y a lo que nos compromete el mandamiento del amor si solo nos preocupáramos en recibir lo que son nuestros amigos y en quienes tenemos confianza creo que nos quedaríamos cortos del verdadero sentido del mandamiento que crea nuestro distintivo cristiano. La acogida verdadera ha de ir más allá de abrir las puertas de nuestra casa a los que ya conocemos y son nuestros amigos. Como nos diría Jesús en otro lugar del evangelio si amáramos solo a los que nos aman ¿qué hacemos de extraordinario?
Primero que nada tendríamos que decir que esa hospitalidad y acogida es algo que hemos de vivir en el día a día en el encuentro, sí, de los que están mas cercanos a nosotros desterrando de nosotros desconfianzas y recelos que de una forma o de otra tantas veces manifestamos en nuestra relación con los otros. Es ir con mirada limpia, quitando prejuicios y olvidando historias pasadas con las que marcamos a las personas tantas veces; no siempre las puertas de nuestro corazón están abiertas para los demás porque vamos poniendo muchas barreras.
A las puertas de nuestra vida nos van llegando muchas personas a las que seguimos mirando como a la distancia porque nos fijamos en su procedencia, consideramos el color de su piel, sospechamos de su condición, ponemos trabas en la sinceridad porque quizá piensan distinto a nosotros, no somos capaces de dar pasos en muchas ocasiones para trabajar codo con codo con los que no conocemos o son de otra opinión por construir una sociedad mejor. Como se dicen ahora les presentamos tarjetas rojas porque con ellos no queremos trabajar, porque no somos capaces de buscar tantas cosas que nos unen, no nos disponemos a concordar tantas cosas buenas en las que podríamos trabajar juntos.
Esto nos sucede en muchos ámbitos y en muchos aspectos, en las relaciones familiares incluso, en nuestro trato con los que están cerca de nosotros, o con los que tendríamos que colaborar en la vida social de nuestras comunidades o nuestros pueblos. Creo que nos entendemos y muchos ejemplos concretos podríamos poner en este sentido.
Como cristianos tenemos que imbuirnos bien de estos valores, cultivar de forma autentica esa acogida y esa hospitalidad con todos porque en verdad tenemos que ser levadura en la masa de nuestra sociedad para crear ese mundo nuevo y mejor.
Como creyentes hemos de saber hacer una lectura creyente de la situación en la que vivimos, y como creyentes ver cual es la semilla que nosotros hemos de plantar. Pero además como creyentes nosotros hemos de saber descubrir en aquel que viene a nuestro encuentro al Señor que viene a nosotros.
Entre otras cosas podríamos recordar aquello que nos dirá el Señor cuando nos presentemos ante El ‘era forastero y peregrino y me acogisteis… porque todo lo que hicisteis a uno de estos pequeños a mi me lo hicisteis…’ Por eso con nuestros ojos de creyentes seremos capaces de ver a Cristo que viene a nosotros en esas personas a las que acogemos, a las que recibimos, para quienes siempre vamos a tener abierto nuestro corazón. Cuántas cosas podríamos decir como consecuencia en este sentido.
Ahí ha de estar la disponibilidad para el servicio que brillaba de manera especial en Marta, pero ha de estar también esa acogida desde el corazón como María para desde el corazón escuchar al Señor que nos habla, y también en la escucha que hagamos a los demás sea quien sea – cuánto nos cuesta escuchar al otro y cuánto tendríamos que reflexionar también sobre esto – sabemos que estamos acogiendo al Señor.