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jueves, 4 de agosto de 2011

Lejos de nosotros divisiones y contradicciones al vivir nuestra fe

Núm. 20, 1-13;

Sal. 94;

Mt. 16, 13-23

Algunas veces en la vida nos comportamos de forma contradictoria, nos contradecimos a nosotros mismos; nos manifestamos con unos principios pero que luego en el día a día de la vida hacemos lo contrario.

Y eso nos pasa también en el orden de la fe; nos decimos creyentes, confesamos nuestra fe o nos manifestamos en determinados momentos como hombres muy religiosos, pero, quizá a causa de nuestra debilidad, no lo llevamos a la totalidad de nuestra vida o en determinadas cosas no obramos en consecuencia. Andamos como divididos en cierta manera en nuestro interior. Qué importante que sepamos darle esa necesaria unidad a nuestro vivir, porque nos hace más auténticos y también nos llena de mayor felicidad.

En muchas cosas podríamos fijarnos en los textos de la Palabra de Dios que hoy se nos proclaman que tienen una gran riqueza tanto si contemplamos a Moisés como guía del pueblo de Israel, como si nos detenemos a reflexionar en la hermosa confesión de fe de Pedro ante Jesús. Pero precisamente en uno y otro personaje quería fijarme, en lo que podríamos decir contradicciones de sus vidas. Si nos fijamos en ello es para que nos ayude esta reflexión a esa unidad de nuestro vivir al que hacíamos mención.

Hemos admirado en más de una ocasión la fe de Moisés, aquel hombre elegido por Dios por algo más que un profeta; aquel hombre con Dios hablaba cara a cara como ayer mismo reflexionabamos; el hombre de una fe grande, abierto siempre al Misterio de Dios y que recibe esa misión de ser guía de aquel pueblo en su peregrinar desde la esclavitud hasta la libertad de un pueblo nuevo que se ha de establecer en aquella tierra que Dios les había prometido.

Pero hoy, podríamos decir, se tambalea la fe de Moisés. Y no, porque el no tenga toda su confianza puesta en Dios, sino que la actitud rebelde de aquel pueblo siempre quejándose le hace reaccionar en un momento determinado en cierto modo pensando cómo es que Dios tiene paciencia con aquel pueblo y aún así realiza maravillas con ellos. El pueblo estaba sediento y se rebelan contra Moisés y contra Dios. Moisés acude al Señor, como lo hace siempre, y el Señor le manda sacar agua de la roca para que el pueblo beba y calme su sed. Y aquel que siempre se había fíado de Dios, ahora duda, protesta en cierto modo a la hora de golpear la piedra con el bastón como le ha dicho el Señor.

El agua viva brotará y será para nosotros imagen del agua viva que Cristo nos dará haciendo saltar por la fuerza de su Espíritu surtidores de agua viva de nuestro corazón. Pero allí se ha manifestado la contradicción que sufre en su propio interior Moisés. ‘Esta es la fuente de Meribá, donde los israelitas disputaron con el Señor y el les mostró su santidad’, dirá el autor sagrado. Esta imagen de las aguas de Meribá aparecerán repetidamente en el antiguo testamento, sobre todo en los salmos, como una imagen de esa rebeldía del pueblo contra Dios. Por eso hemos dicho en el salmo ‘no endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto… ojalá escuchéis hoy la voz del Señor’.

Es la contradicción que contemplamos en Pedro. Hace una hermosa confesión de fe en Jesús: ‘Tú eres el Mesías, el Cristo, el Hijo del Dios vivo’. Confesión de fe que merecerá incluso la albanza de Jesús haciéndonos comprender cómo es algo que el Padre le ha revelado en su corazón. Pero cuando Jesús habla de que ese Hijo del Hombre ha de padecer, ha de sufrir, que va a ser ejecutado y resucitará al tercer, ya Pedro no lo entiende y querrá quitarle esa idea a Jesús de la cabeza. No entendía que ese Mesías, Hijo de Dios que él había proclamado precisamente pasando por la pasión y la cruz es cómo nos haría llegar la salvación.

Cuesta llevar la fe hasta el final, hasta sus últimas consecuencias. Le pasó a Moisés, la pasó a Pedro, nos pasa también tantas veces a nosotros. Por eso, como deciamos al principio, que esta reflexión nos ayude a esa unidad interna de nuestra vida, a ese ser consecuente en todo momento con la fe que profesamos; que no sólo en momentos fáciles o de fervor, sino también en los momentos duros, en los momentos difíciles, en los momentos en que también nosotros hemos de pasar por la pasión, proclamemos con toda nuestra fe esa fe que profesamos.

miércoles, 3 de agosto de 2011

Admirable fe y hermosa oración


Núm. 13, 2-3.26 -14, 1.26-30.34-35;

Sal. 105;

Mt. 15, 21-28

¿Qué podemos destacar en este pasaje del Evangelio? Dos cosas podemos destacar que se convierten para nosotros en una hermosa lección: La admirable fe de esta mujer cananea y su oración. Se ha enterado de la presencia de Jesús por aquellos lugares, fuera ya del territorio judío en los límites de Palestina. Allí habrá llegado la fama de Jesús, los milagros que hace, la predicación que realiza, las esperanzas que han ido poniendo en El los judíos. Y aquella mujer que tiene en casa una hija que sufre mucho acude a Jesús. Quiere que Jesús la atienda y cure a su hija.

Admirable fe, no es una mujer judía, es cananea, fuera del ambito religioso judío, pero tiene la certeza de que Jesús la puede ayudar curando a su hija enferma. Se manifiesta a través de todo el relato la certeza, la seguridad de la fe de esta mujer.

Y admirable su oración también: una oración humilde, llena de confianza y perseverante. Se siente pobre ante el Señor; pobre porque se sabe también no perteneciente al pueblo judío, pero aún así acude a Jesús; pobre porque se siente desamparada, despreciada incluso – es duro el lenguaje de los judíos hacia los gentiles que es el que emplea Jesús -, sin ningun derecho a pedir; pobre porque no le importa recoger las migajas que le puedan ofrecer. ¡Qué importante sentirse pobre ante Dios! ¡Qué importante la pobreza de la humildad para presentarse ante Dios!

Pero aún así tiene confianza; sabe que va a ser escuchada, aunque aparentemente sea rechazada; por eso insiste.¿Habrá vislumbrado realmente quién es Jesús? ¿Tiene conocimiento de los milagros que Jesús realiza? ¿Habrá entendido realmente el mensaje de Jesús? Algo habrá comprendido por la confianza que pone en el Señor.

Una confianza que le hace insistir en su oración. De ahí ese otro aspecto que destacamos que es la perseverancia; pide una y otra vez; va detrás de Jesús por los caminos aunque pueda parecer inoportuna; llega hasta la casa donde se aloja Jesús, y allí fuera sigue insistiendo. Va a encontrar unos intercesores; los discípulos le dicen a Jesús que la atienda.

¿Será así nuestra oración humilde, confiada, perseverante? Aquí tenemos un hermoso ejemplo y testimonio. Nos está enseñando cómo ha de ser nuestra oración. Porque oramos, le pedimos cosas al Señor pero quizá no siempre con la humilde confianza que manifiesta esta mujer. Nos hace falta también esa perseverancia, esa insistencia, ese no cansarnos. Qué triste que nos cansemos en nuestra oración, nos cansemos de estar con el Señor. Que la misa sea cortita, pedimos a veces. Para qué tantos rezos, decimos en ocasiones. O también, por otro lado, el Señor no nos escucha, para qué rezar y no insistimos.

Vayamos a Dios, busquemos a Dios, dejémonos encontrar con Dios; con confianza, la confianza además de sabernos hijos amados de Dios, oremos al Señor y presentémosle todas nuestras peticiones, por nuestras necesidades o por las necesidades de nuestro mundo, de los hombres nuestros hermanos que están a nuestro lado. Oremos confianza y humildad al Señor.

martes, 2 de agosto de 2011

Mancha al hombre lo que sale por una boca llena de maldad


Núm. 12, 1-13;

Sal. 50;

Mt. 15, 1-2.10-14

Unas veces por envidia o por celos, otras veces porque nuestras miradas son turbias y nos cuesta ver la claridad de las obras buenas de los demás, nos hace que no sintamos mal por dentro y que entonces o surja la desconfianza o que con nuestras críticas tratemos de destruir lo bueno que hagan los demás. Es sembrar desconfianza hacia los otros con la maldad que llevamos en el corazón. Se suele decir que si quieres destruir a una persona o su obra, siembra con tu crítica o murmuración desconfianza en los demás hacia esa persona.

Por eso a la pregunta quisquillosa que le hacen los fariseos a Jesús les responde diciendo que ‘no mancha al hombre lo que entra por la boca, sino lo que sale de la boca’. Eran muy estrictos, como todos conocemos, con las purificaciones y abluciones rituales que continuamente hacían para mantener su pureza.

Cualquier cosa podía contaminarlos, por eso cuando regresaban de la calle se lavaban y restregaban bien por si acaso hubieran tocado algo considerado impuro y al comer con las manos impuras quedaron ellos manchado también con esa impureza. Lo que podía ser una medida higiénica normal y recomendable, se convertía en un rito pesado como un yugo difícil de llevar. Tantas eran las normas que en este sentido se habían dado.

Ahora se quejan de que los discípulos de Jesús no se lavan las manos, y con eso, dicen, desprecian la tradición de sus mayores. Es a lo que Jesús contesta con esa respuesta que hemos aludido y venimos comentando. ‘Lo que mancha al hombre no es lo que entra por la boca, sino lo que sale de la boca’. Y por la boca, que es una forma de decir, salen las palabras surgidas de nuestros malos deseos y pensamientos llenos de maldad, que son los que en verdad hacen daño; palabras que pueden herir o que quieren dañar a los demás.

Pensemos cuanto daño hacemos con nuestras palabras a los otros, con nuestras palabras violentas o con nuestras críticas maliciosas. Pero pensemos también que es a nosotros mismos a quienes nos estamos haciendo el peor daño, al dejar meter la maldad en nuestro corazón.

Hablando de críticas, es lo que nos aparece como una señal de desconfianza y hasta en cierto modo envidia en la primera lectura. Moisés no sólo tenía que sufrir las murmuraciones continuas del pueblo que a regañadientes le sigue por el desierto, sino que serán sus propios hermanos, Aarón y María los que murmurarán contra él. Pero como dice el autor sagrado ‘Moisés era el hombre de más aguante del mundo’. María y Aarón desconfían de Moisés también y de su misión profética en medio del pueblo hablándoles en el nombre del Señor. ‘¿Ha hablado sólo el Señor a Moisés? ¿No nos ha hablado también a nosotros?’

Pero el Señor que se les manifiesta les hace saber que Moisés no es un simple profeta a quien Dios le hable en sueños o por imágenes. Moisés habla con Dios cara a cara. Recordemos lo que ya hemos contemplado de la cara reluciente de Moisés cuando salía de la presencia del Señor.

El Señor castiga a María con la lepra, que le obligará a vivir fuera del campamento de Israel, pero en el reconocimiento de su pecado y en el arrepentimiento piden a Moisés que interceda por ella al Señor, como así lo hará Moisés, lo que una vez más denotará la grandeza de espíritu de Moisés. ‘Moisés suplicó al Señor: Por favor, cúrala’. ¿Seríamos capaces nosotros de rezar al Señor por aquellos que nos hayan criticado y hecho daño? ¿No noa hace recordar esto lo que nos enseña Jesús en el sermón del monte a orar por los que nos persiguen y hacen mal

Tengamos un buen corazón. Nunca vivamos en desconfianza hacia los que nos rodean. Alejemos de nuestro corazón la envidia que corroe el alma y la llena de maldad. Aprendamos a ver y reconocer cuanto bueno tienen los demás, que tendría que ser lo primero que siempre viéramos en ellos.

lunes, 1 de agosto de 2011

Una travesía que hemos de hacer llenos de fe

Núm. 11, 4-15;

Sal. 80;

Mt. 14, 22-36

Una imagen que empleamos con frecuencia para hablar de nuestra vida cristiana o de nuestro seguimiento de Jesús es el camino. Seguir a Jesús, hemos dicho muchas veces, es ponernos en camino. Además Jesús mismo empleará esa imagen cuando nos dice que El es el Camino, y la Verdad y la Vida. Conociendo a Jesús conocemos el camino, como nos vendrá a decir El mismo.

Pero la imagen que nos ofrece hoy el texto del evangelio es la travesía en barca a través del mar, a través, en este caso, del lago de Galilea. Una travesía también llena de incidencias en las que podemos ver reflejadas muchas situaciones de nuestra vida.

Había realizado Jesús la multiplicación de los panes y los peces, allá donde se había ido con los discípulos buscando un sitio tranquilo y apartado, pero las gentes habían acudido a El, les había enselado, había curado sus enfermos y finalmente había multiplicado el pan milagrosamente para que no se fueran hambrientos y exhaustos a su casa. Ayer escuchábamos y reflexionábamos sobre ello. Jesús había apremiado a los discípulos para que se fueran en barca a la otra orilla, y había despedido a la gente que había querido proclamarlo rey, pero El se había ido sólo a la montaña a orar.

Mientras los discípulos van haciendo la travesía del lago, ‘con la barca sacudida por las olas porque el viento era contrario’. Jesús los ha puesto en camino, los ha mandado ir a la orilla y vienen las dificultades. Atravesamos los mares de la vida, estamos en nuestras tareas, en nuestras luchas de cada día, en el cumplimiento de nuestras responsabilidades, y no siempre es fácil. ‘El viento era contrario’, dice el evangelio. No conseguimos lo que pretendemos, o los problemas abruman la vida. Nos parece en ocasiones sentirnos solos y pareciera que nos faltan apoyos.

‘De madrugada Jesús se les acercó andando sobre el agua… los discípulos se asustaron y gritaron de miedo… Jesús se les acercó y les dijo: ¡Animo, soy yo, no temáis’. Pero aún así dudaron. ¿Sería o no sería Jesús? Pensaban que era un fantasma. Quieren comprobarlo por si mismo y Pedro, siempre Pedro el primero, que quiere ir también hasta Jesús andando sobre el agua. Pero el viento, las olas que se levantan le hace dudar y comienza a hundirse. ‘¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?’

¿Nos pasará así a nosotros a veces? Muchas veces tenemos miedo y nos llenamos de dudas. Nos parece que no somos capaces de seguir adelante, o cuando nos embarcamos en tareas parece que las olas de las dificultades de la vida nos van a hundir. Necesitamos escuchar la voz de Jesús que también nos dice: ‘¡Animo, soy yo, no temáis’.

Pero, es necesario creer en esa voz de Jesús que escuchamos en nuestro interior. Porque nos sentimos confundidos y no reconocemos la voz del Señor, la presencia del Señor que no nos abandona. Y si nos falta confianza, claro que nos hundimos, porque no nos apoyaremos en quien tendríamos que apoyarnos. La mano de Jesús con su gracia siempre está tendida hacia nosotros. Hemos de saber verla, cogernos a ella, confiar en la fortaleza de la gracia que no nos faltará.

En ocasiones las dudas nos vienen de dentro de nosotros mismos que queremos tomar otros caminos, o volver a las cosas que ya habíamos dejado, porque en la turbulencia que se nos mete en nuestro interior, nos confundimos y pensamos que lo que hacíamos o teníamos antes era mejor, olvidándonos de cómo entonces estábamos esclavizados. Es lo que hemos escuchado en la primera lectura. La tentación que tenían mientras iban por el desierto de volverse atrás añorando los puerros y pepinos que comían en Egipto y olvidando la esclavitud en la que vivían.

Que nos sintamos libres en el Señor. que no olvidemos nunca la presencia de Dios junto a nosotros aunque nuestros ojos se cieguen, que no nos faltará su gracia.

domingo, 31 de julio de 2011

No hace falta que se vayan, dadle vosotros de comer


Is. 55, 1-3;

Sal. 144;

Rm. 8, 35.37-39;

Mt. 14, 13-21

En los textos de la Palabra hoy proclamada, sobre todo el evangelio y la profecía de Isaias encontramos un hermoso sentido eucarístico enseñándos a hacer Eucaristía de nuestra vida.

Se nos describen gestos en Jesús que se repetirán en la Institución de la Eucaristía y que nos mandó repetir en la celebración eucarística. ‘Alzó la mirada el cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos’. Pero además nos enseña como toda vida ha de ser Eucaristía para el cristiano y cómo ha de prolongar en la vida la Eucaristía que celebra con los mismos gestos de amor de Jesús.

‘Oid, sedientos todos, acudid… venid… también los que no tenéis dinero… comed sin pagar… escuchadme atentos y comeréis bien… inclinad el oído, escuchadme y viviréis’. Es la invitación que hemos escuchado al profeta. Todos estamos llamados, invitados a venir a Jesús que El nos alimenta, se nos da como comida; nos alimenta con su Palabra para que tengamos vida. ‘Viviréis…’, nos dice. Podíamos recordar ahora lo que nos dirá cuando nos hable del Pan de vida.

¿No es eso lo que hacemos cuando venimos a la Eucaristía? Aquí venimos todos, con nuestra vida, sedientos o hambrientos, con nuestros deseos más hondos, con nuestra problemática, con nuestras necesidades, las nuestras y la de los que nos rodean. Como aquellas multitudes que vemos hoy en el evangelio que van en búsqueda de Jesús. Se había ido a un lugar tranquilo y apartado con el grupo de los discípulos más cercanos. Pero ‘la gente lo siguió por tierra desde los pueblos. Y al desembarcar Jesús se encontró con el gentío, le dio lástima y curó a los enfermos’, nos dice el evangelista.

Allí se manifiestan los signos de la salvación que nos ofrece. Allí está la Palabra de vida que siempre nos llena de vida. ‘Curó a los enfermos’, dice, pero son muchas más cosas las que suceden. Allí hay una muchedumbre hambrienta que ha venido a escuchar a Jesús. Y Jesús saciará su hambre más profunda, pero no dejará de atender las necesidades materiales de la vida que cada uno lleva consigo. Y es cuando realiza el milagro grande de dar de comer a aquella multitud multiplicando milagrosamente los pocos panes que hay.

Pero es ahí además donde Jesús nos enseña muchas cosas con sus gestos y con su manera de actuar; donde nos enseña como tenemos que prolongar su amor, ese amor que alimentamos en la Eucaristía, para que lleguen a todos las señales de su amor, las señales de que el Reino de Dios está presente entre nosotros.

Ya sus discípulos, los que El ha ido llamando de manera especial y están siempre con El, han ido aprendiendo la lección, podríamos decir, de sentir preocupación por los demás. Andan preocupados porque se hace tarde, allí hay una muchedumbre que no ha previsto el llevar pan y allí no tienen donde conseguirlo. Por eso suplican a Jesús: ‘Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer’. Buenos deseos y buenas intenciones no podemos negar que tengan.

Ahora comienza la gran enseñanza de Jesús. ‘No hace falta que vayan, dadle vosotros de comer’. No os quedéis ahí cruzados de brazos, sois vosotros los que tenéis que darle de comer. Pero, ¿de dónde van a sacar ellos pan para darle de comer a tanta gente? Luego nos dirán que ‘eran cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños’. Sólo tienen unos pocos panes y unos pocos peces, cinco panes y dos peces. Pero lo que tienen lo comparten, lo ponen a disposición de los demás. Y Jesús realiza el milagro y todos pueden comer hasta saciarse. Allí se está manifestando una vez más lo que es el corazon misericordioso y compasivo del Señor.

Decíamos antes, que nosotros tenemos que prolongar la acción de Jesús, su amor y las señales de su Reino, porque no nos podemos contentar con quedarnos sentados en la Eucaristía que celebramos, sino que tenemos que hacernos Eucaristía para los demás en medio del mundo. Ante los problemas con que nos vemos abrumados en el mundo de hoy, ante tantas necesidades y problemas que cada día van surgiendo a nuestro alrededor, no podemos quedarnos con los brazos cruzados. Esa no puede ser nunca la actitud ni la acción de un discípulo de Jesús, de un cristiano.

¿Qué no tenemos sino cinco panes y dos peces y nos puede parecer que eso es nada para la inmensidad de los problemas de tantos a nuestro lado? ¿Nos parece que somos poca cosa y qué podemos hacer nosotros? Pues tenemos que comenzar a repartir. Eso poco que somos, con eso que es nuestra vida tenemos que aprender a ir a los demás. Y eso poco se multiplicará, como se multiplicaron los panes y los peces en el milagro de Jesús.

Es la prolongación de la Eucaristía en la vida, que decíamos antes, que tenemos que lograr en la medida en que con amor seamos capaces de ir a los demás. Así nos hacemos Eucasristía en nuestra entrega como la de Jesús, en esas obras de amor, en ese compromiso por lo bueno, por lo justo que hemos de ir viviendo cada día. Porque no tenemos que hacer otra cosa que la obra de Jesús, que vivir el amor de Jesús y llevarlo a los demás. Y como tantas veces hemos dicho lo vamos manifestando a través de pequeños gestos, de esos pequeños detalles de atención, de acogida, de comprensión, de paz que vamos teniendo, que vamos realizando con los demás.

Es a lo que nos compromete Jesús cuando nos dice ‘dadle vosotros de comer’. Además fijémonos que cuando pronuncia la bendición y parte el pan, lo da a los discípulos para los discípulos lo repartan a la gente y llegue a todos. Por medio nuestro quiere llegar ese pan del amor y de la justicia a los demás.

Es la tarea y la obra de la Iglesia. En toda ocasión y en todos los tiempos. La Iglesia siempre ha ejercido la diaconia de la caridad. Ya nos hablan los Hechos de los Apóstoles como se atendían a las viudas y a los huérfanos y entre ellos nadie pasaba necesidad porque todo lo compartían. Es lo que ha ido haciendo la Iglesia cuando ha ido anunciando el evangelio por todas partes. Siempre ha estado presente esa diaconia de la caridad en la atención a las necesidades de todos, en la promoción de tantas cosas buenas siempre en servicio del hombre, en servicio de la comunidad.

Cuántas obras en beneficio de los demás ha realizado y sigue realizando la Iglesia en tantas instituciones nacidas a su calor, en tantos religiosos y religiosas consagrados a los más pobres, a los enfermos, a los ancianos, a tantas obras de orden social para el desarrollo y la atención de las personas. Ahora mismo en la situación de crisis en que vive nuestra sociedad cuánto se está realizando en nombre de la Iglesia a través de Cáritas que tenemos que reconocer y dejar bien claro que no es una ’ONG’ más, sino una institución de la caridad y del amor de la comunidad eclesial. Con pocos medios, porque es realmente a partir de lo que la comunidad comparte, cuántas cosas se realizan.

Tenemos que darle gracias a Dios porque tantos sigan poniendo sus cinco panes y dos peces para ese compartir con los demás. Y que el Señor inspire nuestra generosidad. Que aunque no sea en cosas materiales sin embargo esos cinco panes y dos peces se pueden traducir en muchas cosas buenas para los otros como tantas veces hemos dicho.

‘¿Quién podrá apartarnos de amor de Cristo?’ se preguntaba el apóstol. Nada ni nadie podrá apartarnos de ese amor. En El queremos hundir las raíces de nuestra vida. ‘Nada podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro’. Y si nada nos aparta de ese amor, es el amor que nosotros queremos vivir con los demás compartiendo los cinco panes y dos peces de nuestra vida. también nosotros queremos pronunciar la Bendición, bendecir al Señor para partir los panes y repartir nuestro amor.

sábado, 30 de julio de 2011

Rompamos la espiral del mal y busquemos la gracia y salvación


Levítico, 25, 1.8-17;
Sal. 66;
Mt. 14, 1-12

Cuando la conciencia no está tranquila y nos acusa del mal que hayamos podido hacer todo son temores y recelos. Es lo que le sucedía a Herodes cuando oyó hablar de Jesús. La luz del bien y del amor ilumina nuestra vida y nos hace ver nuestra cruda realidad. Pero Herodes no había podido soportar los resplandores de esa luz porque su vida está llena de negrura, de maldad.
‘Oyó el virrey Herodes lo que se contaba de Jesús y dijo a sus ayudantes: Ese es Juan Bautista que ha resucitado de entre los muertos, por eso los Poderes actúan en él’. Y el evangelista nos comenta que Herodes había matado a Juan. Le da ocasión al evangelista para narrarnos el hecho del prendimiento de Juan, su estancia en la cárcel y cómo había sido decapitado por orden de Herodes. Ya lo hemos escuchado.
Se enfrentaba la fidelidad y la proclamación de la justicia con la maldad y el pecado. Juan le decía que no le estaba permitido vivir con la mujer de su hermano. El que había venido a preparar los caminos del Señor y exigía rectitud y justicia, pureza de corazón y de vida, amar y generosidad para compartir a aquellos que venían a escucharle y a que los bautizara como signo de su preparación para la llegada del Mesías, ahora denunciaba en Herodes lo que no era justo ni bueno. ‘¿Qué hemos de hacer le preguntaban?’ quienes acudían a él allá en el Jordán.
Y ‘Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel encadenado’. Pero aunque estaba lleno de fuerza por el poder que tenía, sin embargo era débil y lleno de miedos. Un hombre siempre temiendo lo que los demás puedan decir o pensar. Por eso no se había atrevido a matarlo. Por eso dejándose llevar por la pasión en la fiesta promete sin medida ni razón a la hija de Herodías que había bailado para él y su corte en la fiesta de su cumpleaños. ‘Hasta la mitad de mi reino’, se había atrevido.
Fue la ocasión para Herodías. Instiga a su hija para que pida la cabeza de Juan. Vuelven a aparecer sus cobardías, por temor a lo que pudieran pensar sus invitados a causa de lo que había prometido, mandó decapitar a Juan. Molesta la luz; molesta el justo; su vida recta es un reproche para nuestra vida malvada, ya nos decían los sabios del antiguo testamento. Por eso, en lugar de arrancar el mal de nuestro corazón, queremos más bien hacer desaparecer eso bueno que tenemos como en un espejo delante de nosotros y que viene a denunciar lo malo que hay en nosotros.
Cuando nos metemos en el camino del mal y del pecado las cosas se suceden como en una cascada continua que nos van hundiendo más y más en el pecado y la muerte. Un abismo llama a otro abismo. Es lo que le sucedió a Herodes. Cómo tendríamos que aprender nosotros a romper esa espiral de mal que nos acecha continuamente con la tentación y el pecado. Nos cuesta levantarnos, decir no, rehacer la vida.
Que no nos ciegue el mal; que no nos domine la pasión; que sepamos superar nuestras cobardías y debilidades, que busquemos siempre lo bueno aunque nos cueste, que seamos capaces de reconocer también el mal que hayamos dejado meter en nuestra vida y vayamos hasta quien puede sanarnos, hasta quien puede salvarnos. Acudamos a Jesús nuestro médico divino, nuestro salvador y redentor. Que busquemos su gracia siempre. El siempre está dispuesto a regalarnos su perdón y su gracia.

viernes, 29 de julio de 2011

Apertura mutua y leal del corazón para sentirnos bien como en el hogar de Betania

Lc. 10, 38-42

Al escuchar los pasajes del evangelio que nos hablan de Betania en esos distintos momentos en que Jesús se encontró con aquella querida familia de Marta, María y Lázaro, mi imaginación se ha echado a volar para querer contemplar tan hermoso lugar y tan maravillosas escenas.

Un largo patio, como el de nuestras casas canarias de nuestros campos, con alguna palmera en cualquier lugar, una enredadera o parral que da sombra y cobijo a los asientos hechos quizá en los mismos muros que lo rodean, un pozo con su brocal y lo necesario para sacar el agua fresca del abastecimiento y más allá casi como una celosía un olivo a través del cual se enmarca el paisaje de los campos que rodean la casa; un portalón que da al camino, pero siempre medio abierto como siempre han estado abiertos en nuestras casas para que entren y salgan los vecinos, o cualquiera que pase por el camino se pueda detener a conversar con los que allí habitan.

No podemos olvidar que este dulce hogar de Betania está junto al camino que sube desde Jericó y se dirige a Jerusalén a través del cercano monte de los olivos desde el que ya se divisaría la ciudad. Cuántos se detendrían en aquel hogar siempre abierto y acogedor que ofrecería agua y descanso reconfortante al caminante. ¿Sería así cómo se entablaría la amistad de Jesús y sus discípulos con aquella familia? Sí sabemos que en muchas ocasiones, estando en Jerusalén o de paso por el camino, allí Jesús se detendría, como nos describe el evangelio que hoy hemos escuchado.

Quizá me detenga tanto en esta descripción porque es algo que hoy echo de menos en nuestras casas. Pasas por caminos y calles y no ves sino puertas y ventanas cerradas hasta con las persianas fechadas, como si nadie viviera tras aquellos muros. ¿Los miedos de nuestra vida moderna tan llena de violencias? ¿La desconfianza que tenemos siempre ante los demás sobre todo si son extraños o desconocidos?

Algo nos puede estar pasando porque así cerramos tras el miedo, la desconfianza y nuestros egoísmos insolidarios no sólo las puertas y ventanas de nuestras casas, sino lo que es peor las puertas y ventanas de nuestra vida. Es que la vida nos hace ser así, nos puede decir alguien. Pero yo me pregunto si quienes creemos en Jesús y ponemos como lema de nuestra vida el amor es así cómo tenemos que reaccionar ante el extraño. Fijémonos, si no, cómo caminamos por nuestras calles donde cada uno va a lo suyo y ya ni miramos al que se cruza con nosotros y quizá pueda estar deseando venir a nuestro encuentro.

Son cosas en las que me hace pensar este evangelio que estamos comentando en la fiesta de esta santa que destacó precisamente por su hospitalidad y la apertura de su corazón. En aquella casa quien llegaba a ella podía sentirse a gusto. Los afanes de Marta quizá por una parte para tenerlo todo preparado, pero la capacidad de escucha de María que no se perdía una palabra de Jesús aunque le valiera los reproches de su hermana, eran las señales de la confianza y de la acogida que allí se ofrecía.

Así se sentiría a gusto Jesús con una acogida tan hermosa. Así llegaría Jesús a llorar con ellas en su sufrimiento y desolación en la muerte de Lázaro. ‘Mira, cómo lo quería’, dirían los judíos cuando vieron caer los lagrimones por el rostro de Jesús ante el sepulcro de su amigo Lázaro. Qué hermosa comunión de amistad y de amor sincero y leal se estableció entre aquella familia y Jesús, que le hacia ser tan solidario con ellos.

¿No nos dice nada todo esto a nosotros? Creo que un primer mensaje que nos está dejando es que aprendamos a sentirnos a gusto los unos con los otros. Nos sentimos a gusto con alguien cuando nos encontramos con una mirada limpia que expresa un corazón leal y sincero, cuando somos sinceros en lo que nos decimos o manifestamos y no andamos con disimulos y reservas, cuando hay un buen corazón que sabe entrar en sintonía con el otro y es capaz de ofrecerle lo mejor en una ayuda o en un compartir, o hacer sinceramente solidario en los malos momentos.

No es sólo que yo me sienta a gusto con los otros porque sepan ofrecerme esa acogida, sino que los otros puedan sentirse a gusto conmigo porque yo sepa ir con un corazón leal y abierto hasta los demás. Desterremos las reservas y las desconfianzas, que muchas veces pueden nacer de nuestros orgullos o de la envidia que nos corroe por dentro y llega a romper la más hermosa amistad; desterremos todas esas actitudes que tan lejos están del espíritu del evangelio y que entonces tienen que estar lejos también de nuestro sentido cristiano, de nuestra manera de comportarnos como cristianos.

A estas alturas de nuestra reflexión quizá alguien podría preguntarse si en sólo en esto se queda el mensaje que podemos deducir hoy de esta fiesta de santa Marta. Aunque no dijéramos nada más, creo que de estos valores humanos estamos bien necesitados en nuestra convivencia diaria que se ve afectada continuamente por muchas cosas que la hacen difícil y casi imposible en ocasiones. Si a partir de esta reflexión comenzamos todos a poner un poquito de cada parte para que así nos sintamos más acogidos, comprendidos, ayudados mutuamente en nuestras necesidades o problemas, bendeciría y daría gracias a Dios de todo corazón que va haciendo crecer el amor en nuestros corazones. Y esto es mensaje del evangelio.

Podríamos fijarnos también en la fe y la esperanza profunda que se manifiestan en la vida de santa Marta. Aquellos encuentros con Jesús habían caldeado fuertemente su corazón en esa fe y en esa esperanza que la expresa con rotundidad en los momentos difíciles por los que tuvo que pasar en la enfermedad y muerte de su hermano Lázaro. Aunque con emoción manifiesta sus quejas a Jesús por su ausencia física a pesar de sus avisos – ‘si hubieras estado aquí no hubiera muerto mi hermano’ - proclama sin embargo su fe en Jesús. ‘Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el que tenía que venir al mundo’, es el grito de su fe que le sale hondo del alma.

Pero una fe llena de esperanza, ‘sé que mi hermano resucitará en el último día’. Significa eso la trascendencia con que vivía su vida en la esperanza de la vida eterna. No era fácil en aquellos momentos, por una parte porque en las corrientes de pensamiento judías no todos lo tenían claro, y por otra parte porque eran momentos difíciles y de dolor por los que estaba pasando. Pero allí estaba su fe y su esperanza.

Que se mantenga firme nuestra fe, que se reanime nuestra esperanza. No nos puede faltar por muy duros que sean los momentos por los que tengamos que pasar. Tampoco nos podemos dejar influenciar por un mundo de increencia y falto de esperanza que haya a nuestro alrededor.

Nos vemos débiles, nos acecha el sufrimiento muchas veces en la enfermedad, en nuestros cuerpos doloridos, los problemas que van surgiendo en la vida nos agobian bien porque nosotros lo pasemos mal, o porque por la situación de la sociedad en la que vivimos, vemos que muchos lo están pasando mal.

No se puede debilitar nuestra fe, no podemos perder la esperanza. Creemos en Dios que es Padre bueno que nos ama y no nos abandona. Dejémonos conducir por El que nos hará ver la luz. Cuando Jesús llegó junto a la tumba de Lázaro y al pedir que la abrieran alguien le dijo que allí olía mal, porque Lázaro llevaba cuatro días enterrado. Muchos olores de muerte, de mal, de egoísmo, de violencia y de tantas cosas puede haber a nuestro alrededor. ‘¿No te he dicho que si tienes fe verás la gloria de Dios?’ dijo Jesús a quienes ponían obstáculos.

Nos hace falta esa fe cuando nos enfrentamos a todos esos problemas o a esa situación que contemplamos en nuestro mundo. La gloria de Dios está por encima de todo eso y si tenemos fe se va a manifestar esa gloria del Señor. El mundo para nosotros no es un túnel oscuro y sin salida, porque tenemos la luz de Jesús que nos ilumina y nos llena de esperanza.

Hemos querido escuchar con corazón abierto la Palabra del Señor en esta fiesta y recoger ese hermoso mensaje para nuestra vida que a través de san Marta también llega a nuestra vida. Pero también nuestra fiesta tiene que ser una acción de gracias a Dios. Queremos dar gracias al Señor porque ese mensaje nos llega también plasmado en unas vidas que están a nuestro lado, en un estilo de hacer, y en todo lo que representa este Hogar como un lugar en que nos sentimos acogidos, donde son de manera especial acogidos tantos ancianos y ancianas para no sentirse solos ni abandonados, para sentir el calor de ese cariño y esa atención que aquí se les presta. Pero creo que todos los que tenemos una relación con las Hermanitas y estos centros podemos decir que experimentamos en nosotros ese cariño, esa atención y esa acogida para sentirnos siempre bien cuando por un motivo u otro nos acercamos por aquí.

Santa Marta es abogada e intercesora bajo cuya protección están puestos todos los hogares de las Hermanitas; santa Marta es también ese modelo que quieren copiar en sus vidas quienes se han consagrado al Señor para la acogida, la atención y el cuidado de los ancianos y ancianas. Por todo ello tenemos que dar gracias a Dios al tiempo que pedimos la bendición del Señor para cuantos hacen posible la existencia de estos hogares.

Que el Señor las bendiga para que no les falte nunca ese cariño y ese amor tan carismático en sus vidas.

Que el Señor las bendiga para que en la generosidad de muchos haga posible que no falten los recursos para que obras así se puedan seguir realizando y se puedan mantener.

Que el Señor las bendiga suscitando numerosas vocaciones para este carisma tan especial de la atención a los ancianos y ancianas.

Que el Señor nos bendiga a todos y sintamos la protección y el ejemplo de santa Marta para que siempre hagamos que todos también se sientan bien a nuestro lado por esa sinceridad y lealtad de nuestro corazón.

jueves, 28 de julio de 2011

¡Qué deseables son tus moradas…!

Ex. 40, 16-21.34-38;

Sal. 83;

Mt. 13, 47-53


‘¡Qué deseables son tus moradas, Señor de los Ejércitos!’ Lo hemos repetido en el salmo. Es la expresión del deseo de todo verdadero creyente. Estar con el Señor. Vivir en la gloria de Dios. ‘Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor, mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo’.
Este responsorio y este salmo lo hemos ido recitando, como respuesta de oración a la Palabra proclamada, después de escuchar la descripción que el libro del Exodo nos ha hecho del Santuario del Señor construido por Moisés allá en medio del campamento. Pero ese santuario material, con toda su suntuosidad, con toda la riqueza con que era adornado, porque era para el Señor, es imagen del Santuario de los cielos. Es la imagen terrena que nos recuerda esa presencia del Dios en medio de su pueblo, repito, imagen del Santuario del cielo. Allí está el verdadero y auténtico santuario de Dios.
Todo para manifestar y expresar la gloria del Señor. Porque ¿qué es el cielo? No nos quedamos en un lugar fisico, porque al estar hablando de la presencia de Dios estamos hablando de algo espiritual. El cielo es Dios, es estar en Dios, vivir a Dios en plenitud, gozar de la gloria de Dios. Humanamente mientras caminamos por la tierra necesitamos de esos templos materiales, de esos santuarios que nos manifiesten esa gloria de Dios, nos hagan presente esa gloria del Señor, nos recuerden esa presencia de Dios en medio nuestro. Es una imagen, pues, porque la presencia y la gloria del Señor no la podemos encerrar en ningun templo material. Es algo mucho más profundo e intenso con toda la inmensidad que es Dios.
Eso era, significaba, aquel Santuario levantado por Moisés allí en medio del campamento de Israel. Era la tienda del encuentro, aquel lugar que ‘cuando la nube se posaba sobre él la gloria del Señor llenaba el Santuario’. Esa presencia de la gloria del Señor estaba siendo quien en verdad guiase al pueblo en su peregrinar. Todas las imágenes con que se describe de eso nos están hablando. ‘Cuando la nube se alzaba del Santuario, los israelitas levantaban el campamento en todas sus etapas… de día la nube del Señor se posaba sobre el Santuario, y de noche el fuego, en todas sus etapas, a la vista de toda la casa de Israel’. Era la señal cierta de cómo Dios estaba con ellos.
Cuando ya se establezcan definitivamente en el territorio de Canaán David querrá levantar un templo para el Señor, pero será su hijo y sucesor Salomón el que lo podrá construir. Pero ya sabemos cómo Cristo nos viene a decir que El es el verdadero templo de Dios, porque es la más grande, la más intensa, la más maravillosa presencia de Dios en medio nuestro, Emmanuel, Dios con nosotros, para nuestra vida y salvación.
Seguimos nosotros levantando templos materiales pero ya sabemos siempre que son imagen del templo celestial. Todo a imagen de Cristo, por eso nuestros templos se convierten también en signos de Cristo en medio de nuestro mundo. Seguimos aspirando a habitar en las moradas del Señor, pero ya sabemos nosotros que ese habitar en las moradas del Señor es habitar en Dios. Así centramos nuestra vida en Cristo y en El y por El siempre queremos vivir. Nuestro vivir ya no será otro que vivir a Cristo, o que Cristo viva en mí. Por lo que nosotros, como hemos reflexionado recientemente, nos convertidos en esos templos del Espíritu, en esa morada de Dios.
El templo sigue siendo para nosotros ese Santuario de Dios, ese lugar sagrado que es ‘Tienda del Encuentro’, lugar del encuentro con el Señor porque allí escuchamos de manera especial su Palabra y celebramos el culto a Dios viviendo los sacramentos. El templo sigue siendo en medio de nosotros ese signo de la presencia de Dios, pero que nos habla de ese Santuario en plenitud de los cielos que todos deseamos un día poder habitar.
‘¡Qué deseables son tus moradas, Señor de los Ejércitos!’ Cuánto deseamos estar con el Señor. vivamos esa santidad que nos llena de la gracia del Señor y sentiremos en verdad cómo Dios habita en nosotros, somos esa morada de Dios y ese templo del Espíritu.

miércoles, 27 de julio de 2011

El rostro resplandeciente de Moisés manifiesta la gloria del Señor


Ex. 34, 29-35;

Sal. 98;

Mt. 13, 44-46

Se suele decir que la cara es el reflejo del alma; lo que sí tenemos la experiencia todos es que cuando a alguien le ha sucedido algo agradable, ya recibido una buena noticia, o algo así, no lo puede ocultar y refleja en su rostro lo que le ha sucedido; se manifiesta radiante, sonriente, le brillan los ojos como suele decirse; y lo mismo lo contrario, cualquier contratiempo o mala nueva que se reciba nos hace estar con un gesto adusto y serio que denota enseguida lo que nos está sucediendo por dentro. Qué gusto da encontrarse con rostros sonrientes, con miradas brillantes, con expresiones agradables que nos hacen sentirnos más y mejor acogidos en nuestro encuentro.

El texto del Exodo nos habla de ese rostro radiante y resplandeciente de Moisés cuando bajaba del Sinaí después de su encuentro y diálogo con Dios. ‘Cuando Moisés bajó del monte Sinaí con las dos tablas de la alianza en la mano, no sabía que tenía radiante la piel de la cara, de haber hablado con el Señor’. Y como nos dice a continuación los israelitas no se atrevían a acercarse a Moisés.

En el rostro de Moisés resplandecía la gloria de Dios. No era para menos. Podemos darnos o buscar explicaciones humanas de cómo sería ese resplandor, pero lo importante es lo que se nos quiere expresar con este hecho. Moisés era un hombre de Dios, al que se le manifestaba el Señor. Ya desde el Horeb en medio de la zarza ardiente Dios lo había llamado y enviado para que liberase a su pueblo de Egipto. Ahora con la fuerza y el poder de Señor había de conducirlo hasta la tierra prometida. Allí al pie del Sinaí se iba a realizar la Alianza y Dios les dio su ley. ‘Bajó del monte con la dos tablas de la ley’, que nos dice el texto sagrado.

¿Cómo no iba a resplandecer el rostro de Moisés después de estar en la presencia de Dios? Iba lleno de Dios; iba con la fuerza del espíritu divino y eso tenía que reflejarse. En ello el pueblo de Dios ve la cercanía de Dios, la presencia de Dios que ha escogido a Moisés para esa misión de conducir al pueblo peregrino hacia la tierra prometida.

Al reflexionar sobre esto me hace recordar al Tabor. Lo vamos a recordar y celebrar también dentro de pocos días. Allí se manifestó la gloria de Dios en Jesús que era verdaderamente el Hijo de Dios. Su rostro resplandecía como el sol, sus vestiduras eran de un blanco deslumbrador; la voz del Padre desde el cielo lo señalaba como su Hijo amado a quien hemos de escuchar. Resplandecía Jesús, verdadero Hijo de Dios al mismo tiempo que verdadero hombre, mostrando y manifestando la gloria de su Divinidad.

Pero esto nos puede llevar a varias reflexiones en torno a nuestra vida. Desde nuestro bautismo Dios ha querido habitar en nuestro corazón, convirtiéndonos en verdadera morada de Dios y templos del Espíritu. La gracia divina nos ha divinizado, valga la expresión, cuando nos ha hecho hijos de Dios.

En una ocasión oí contar cómo alguien – no recuerdo el nombre y alguien de una fe grande tenía que ser – se ponía de rodillas delante de su niño recién nacido y recién bautizado,decía él, para adorar la Santísima Trinidad de Dios que moraba en el alma de aquella criatura. Creía en la presencia de Dios en nuestra alma por la gracia, y cómo no iba a estarlo en aquella criatura recien bautizada que aun no había sido manchada por ningun pecado personal. Es algo hermoso. Así tiene que resplandecer nuestra alma con la presencia de Dios en nosotros limpios de pecado.

Y el otro pensamiento que os ofrezco desde esta reflexión es cómo nosotros tendríamos que salir con nuestro rostro resplandeciente después de estar en oración con Dios. Estamos en su presencia y nos llenamos de Dios. Con rostro brillante y resplandeciente tendríamos que terminar nuestra oración. ¿No ha sido un gozo y una dicha el poder estar unidos a Dios en la oración? Lo mismo tendríamos que decir después de celebar los sacramentos, ya sea el Sacramento de la Penitencia donde restauramos la gracia perdida por el pecado al recibir el perdón, o ya fuera después de celebrar la Eucaristía y haber comulgado el Cuerpo de Cristo. Eso tendria que reflejarse de verdad en nuestra vida.

Que nuestra vida resplandezca siempre porque estamos llenos de la gracia de Dios.

martes, 26 de julio de 2011

Un recuerdo agradecido a nuestros mayores



hace tres años en este dia
comencé este blogs
que he mantenido con fidelidad cada dia.
pero agradezco la fidelidad de cuantos lo leen
y lo difunden entre los amigos.
bendito sea el Señor
gracias a todos

Ecles. 44, 1.10.15; Sal. 133; Mt. 13, 16-17

En este día 26 de julio celebramos la fiesta de san Joaquín y Santa Ana, los padres de la Virgen María y, en consecuencia, los abuelos de Jesús. Es una fiesta litúrgica de larga y secular tradición aunque los nombres de los padres de la Virgen no tienen ningún fundamento histórico basado en los evangelios. Más bien aparecen en los llamados evangelios apócrifos – los no reconocidos por la Iglesia desde siempre como canónicos e inspirados – pero que en la tradición de la Iglesia, sobre todo en la Iglesia oriental la fiesta de estos dos santos tiene honda raigambre.

La liturgia de la Iglesia los recuerda y celebra en este día, en una sola fiesta después de la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II, y de alguna manera nos hacen recordar a cuantos mantenían viva la esperanza de Israel de la venida del Mesías y su pronto nacimiento. Por eso en el evangelio aparecen esas palabras de Jesús recordando a cuantos desearon ver el día del Mesías del Señor. ‘Muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron, oír lo que oís y no lo oyeron’.

Nos pueden recordar a otros ancianos que aparecen en el evangelio, Simeón y Ana que llegan al templo en el momento de la presentación de Jesús en el templo y de los que se nos dice que aguardaban ‘el consuelo de Israel… y alababan a Dios y hablaban del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén’.

Esta fiesta de los abuelos de Jesús ha sido ocasión y motivo para que desde hace unos años en este DIA celebramos el día de los abuelos, de nuestros mayores. Un día bonito para ello, que bien merecen nuestros mayores ese recuerdo agradecido y lleno de amor de las generaciones jóvenes que los seguimos.

¡Cómo no recordarlos y rendirle el homenaje de nuestro amor sin cuánto somos en fin de cuentas de ellos lo hemos heredado! No podemos dejarnos arrastrar por el vendaval de una sociedad desagradecida y que no quiere recordar cuanto de bueno recibimos de nuestros mayores. Los más jóvenes nos creemos autosuficientes y orgullosos pensando que lo somos o a donde ha llegado nuestra sociedad es sólo fruto nuestro. Si nuestros padres y mayores con su entrega, amor y sacrificio no hubieran puesto los cimientos que pusieron con su trabajo, con la educación que nos dieron en la medida que supieron hacerlo el edificio que hoy habitamos de nuestra sociedad, o el edificio de nuestra vida no sería tan hermoso.

Pienso que una primera cosa que tendríamos que hacer es darle gracias a Dios por los padres que tuvimos, por los mayores que pusieron cimientos de lo que es hoy el edificio de nuestra vida. Gracias a Dios porque es mucho lo bueno que de ellos recibimos. Darle gracias a Dios por el cariño que nos dieron, los sacrificios con que vivieron su vida para poder darnos a nosotros lo que ahora somos o hemos alcanzado. Y gracias a Dios también por la fe que de ellos recibimos.

Darle gracias a Dios y aprender de ellos esa capacidad de sacrificio que quizá ahora muchas veces no tenemos porque todo nos puede parecer más fácil o porque vivimos en una sociedad de más facilidades y comodidades. Confieso que muchas veces pienso, al recordar cómo se vivía en mi niñez o en mi juventud con la escasez de medios que entonces había cómo nuestros padres hicieron para que no nos faltara la comida o no nos faltara lo necesario para nuestra educación. Son cosas que tenemos que valorar de nuestros mayores. Y darle gracias a Dios por ello.

Cuando damos gracias a Dios por todo eso y mucho más que podríamos recordar, estamos queriendo darle gracias a ellos, daros gracias a vosotros, nuestros mayores rindiéndoos homenaje de amor por cuanto hicisteis por nosotros.

Y queridos abuelos y abuelas, os invito a que también vosotros deis gracias a Dios, por vuestra vida, por vuestros trabajos y sacrificios, por todo ese amor que pusisteis para levantar ese edificio de nuestra sociedad, ese edificio de vuestras familias. Dadle gracias a Dios porque Dios estuvo a vuestro lado dándoos fuerza en tanto sacrificio, en tantos trabajos por los que tuvísteis que pasar en momentos quizá duros de vuestra vida.

Dadle gracias al Señor porque habéis llegado a este momento de vuestra vida, con vuestros muchos años, y a pesar de los achaques, debilidades, enfermedades que ahora padecéis. Siempre hay a vuestro lado alguien que os quiere, vuestros familiares o quienes os atienden y nos os veis abandonados. Quisierais hacer muchas cosas o pensáis que vosotros haríais las cosas de otra manera, pero no os atormentéis. Un día sembrasteis en el surco de la vida, ahora les toca a otros seguir con la sementera.

Vivid con intensidad vuestros días y seguir legándonos tantas lecciones que con vuestra vida sabia podéis seguir ofreciéndonos con vuestra paciencia, con vuestro cariño, también con vuestro consejo, o con tantas cosas buenas que podéis seguir haciéndonos. Porque os sintáis débiles no os sintáis inútiles porque ya vuestra vida es un testimonio y una lección valiosa para nosotros. Cada momento de la vida tiene su fortaleza o su debilidad, pero la riqueza de vuestra vida está por encima de esas fortalezas o debilidades.

Y además si sabéis ofrecer vuestras vidas al Señor podéis ser una riqueza de gracia grande para nosotros, para nuestro mundo, para la Iglesia. A los ojos de Dios vuestra vida es valiosa. Vuestros sacrificios, vuestras oraciones, lo que le ofrezcáis al Señor se puede convertir, se convierte en gracia para nosotros.

Gracias, queridos mayores, abuelos y abuelas todos. Que Dios os bendiga y dadnos también vuestra bendición.

lunes, 25 de julio de 2011

Hagamos como discípulos el camino de Santiago



Hechos, 4, 33ss;

Sal. 66;

2Cor. 4, 7-15;

Mt. 20, 20-28

‘Venid conmigo y os haré pescadores de hombres’. Es el primer momento en que nos aparece Santiago, el hijo del Zebedeo en el evangelio. Estaban repasando las redes Juan y Santiago en la barca cuando pasó Jesús e hizo la invitación. Y dejando a su padre con los jornaleros se marcharon con Jesús. Comenzaron a ser sus discípulos.

Celebramos hoy la fiesta de Santiago Apóstol. Para nosotros, españoles, una fiesta importante, porque la tradición nos habla de su predicación en nuestra tierras hispanas, y porque en Compostela tenemos su sepulcro de veneración secular, y punto de encuentro durante los siglos para los peregrinos de toda Europa que acudían a su tumba.

Comenzaron a ser discípulos, decíamos. Comenzaron a seguir a Jesús. Discípulo es el que sigue a un maestro. Discípulos de Jesús porque seguimos a Jesús, nos ponemos en camino tras El. Seguir a Jesús para ser sus discípulos nos está hablando de eso, precisamente, de ponernos en camino. No es sólo un camino físico, sino que es algo más hondo, más vital, podíamos decir.

Estaban con Jesús, escuchaban a Jesús, veían la vida de Jesús, amaban a Jesús y a El no sólo querían seguirle sino también imitar su vida, parecerse a El. Es lo que hacen los discípulos con el maestro. Así ellos con Jesús. Y en el evangelio vemos como a ellos en particular les enseña, les exhorta, les corrige, les anima a dar pasos.

El texto que hoy escuchamos en el evangelio del día es una buena muestra de lo que estamos diciendo. Allí están ellos con su vida, con lo que pueden ser también sus ilusiones humanas, con sus deseos, pero allí está Jesús para iluminar, para corregir y enderezar. Quieren primeros puestos, ellos o la madre porque las madres siempre quieren para sus hijos grandes cosas, pero Jesús les hace comprender por donde van los primeros puestos en su reino.

Hablan de seguir a Jesús, porque para eso se han puesto en camino, se han hecho sus discípulos, y Jesús les pregunta si están dispuestos a seguirle también en la cruz, en la pasión, en el cáliz que El ha de beber. ‘No sabéis lo que pedís. ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?’ En Santiago y Juan hay disponibilidad y generosidad, como siempre la hubo, porque un día lo habían dejado todo para seguir a Jesús. ‘Podemos’, responden.

Y el cáliz sí lo han de beber, pero los primeros puestos van por otro lado. Precisamente hoy estamos celebrando su martirio, que lo hemos escuchado también en los Hechos de los Apóstoles. Quiso ser ocupar los primeros puestos, y sería el primero de los apóstoles en dar la vida por el nombre de Jesús. Cuando los otros discípulos se ponen muy reticentes con sus celos y en cierto modo envidias Jesús hablará del servicio, del hacerse el último, de ser servidores de todos que es nuestra verdadera grandeza, que son los primeros puestos que siempre han de ocupar los que son verdaderos discípulos que siguen a Jesús.

Es el camino que los discípulos van haciendo con sus dificultades, es cierto, pero con la luz del Señor que les acompaña. Y es nuestro camino, el camino de los discípulos, el camino de los que queremos seguir a Jesús. Por ahí tiene que ir el mensaje que recibimos en esta fiesta del apóstol Santiago.

Tenemos que hacer el camino de Santiago. Quizá quien me escuche piense que ahora tenemos que ir a hacer aquellos caminos que desde toda Europa atravesando la península ibérica llevaban a la tumba del apóstol. No me refiero precisamente a ese camino geográfico aunque para los que lo hacen desde el auténtico sentido de peregrinos es una gran experiencia espiritual que transforma los corazones. Los que lo hacían iban desde un sentido penitencial buscando el perdón de sus pecados, o desde ese sentido espiritual de búsqueda allá en lo más hondo de sí mismos de su ser o del sentido de su vida para encontrarlo en Dios. No era una simple aventura, como algunas veces se nos quiera hacer creer en libros y publicidades, aunque hubiera algunos que lo hicieran desde ese sentido y lo hagan hoy también lejos de toda experiencia espiritual. El verdadero peregrino buscaba algo más hondo.

Pues bien, en ese sentido digo que hagamos el camino de Santiago queriendo hacer ese recorrido espiritual de búsqueda de un verdadero seguimiento de Jesús, de hacernos verdaderamente sus discípulos. Nos ponemos también con nuestra vida ante el Señor y nos dejamos guiar para seguirle. Como lo hicieron los discípulos de Jesús, como lo hizo Santiago. La fuerza de su Espíritu nos irá iluminando, nos irá haciendo comprender el sentido más hondo de todo, nos irá haciendo sentir allá en lo hondo de nuestro corazón esa voz de Dios que nos habla, nos corrige, nos endereza el camino, nos ilumina, nos va llenando poco a poco de Dios.

¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber? nos pregunta también a nosotros. Que haya esa disponibilidad para seguirle, para arrancarnos también de nuestras redes y barcas que nos atan a muchas cosas, para amar y servir con su mismo amor y con su mismo estilo de servicio. Que seamos verdaderos discípulos de Jesús.

domingo, 24 de julio de 2011

Va a vender todo lo que tiene para poder conseguir el tesoro escondido


1Rey. 3, 5.7-12;

Sal. 118;

Rm. 8, 28-30;

Mt. 13, 44-52

Hay cosas y acontecimientos que suceden en la vida y en la historia que dejan una huella, que se convierten en trascendentes incluso para la vida o para la historia de la humanidad. Un hecho especial que nos sucede en la vida, un descubrimiento científico, un hecho que pudiérmos considerar histórico para la humanidad, y así muchas cosas en todos los órdenes que nos producen un impacto grande y que pueden marcar y cambiar la vida. A partir quizá de ese momento, de ese descubrimiento o de ese acontecimiento ya las cosas no son igual.

Hoy Jesús en las parábolas escuchadas nos está diciendo que eso tiene que ser para nosotros el Reino de Dios, el evangelio, la propia presencia de Jesús en medio nuestro. Es el tesoro escondido y encontrado, es la perla más preciosa por lo que hemos de saber dejarlo todo. Parábolas las hoy escuchadas que nos pueden parecer pequeñas y hasta insignificantes pero que tienen, creo, un mensaje muy profundo e importante. Nos está hablando Jesús de la radicalidad con que hemos de hacer opción por El, por el Reino de Dios, por la Buena Noticia que nos anuncia. Tanto, como para venderlo todo para conseguir ese tesoro; tanto, como para darle totalmente la vuelta a la vida para vivir ese Reino de Dios que Jesús nos anuncia.

Nos sucede sin embargo a los cristianos que tenemos el tesoro y no sabemos valorarlo. Nos hemos acostumbrado – mala costumbre, tendríamos que decir - a eso de que somos cristianos desde siempre porque desde pequeño nos bautizaron y todo esto lo escuchamos una y otra vez que luego ya el evangelio no significa novedad para nosotros; no nos sentimos sorprendidos por el mensaje del Evangelio.

Cuando nos cuentan quizá que una persona que nosotros conocíamos de siempre ha cambiado su vida porque en el evangelio ha encontrado una nueva luz para su existencia y que ahora está queriendo vivir con una mayor intensidad y hasta radicalidad lo que le pide el Señor, quizá nos miramos extrañados preguntándonos qué es lo que le habrá pasado a esa persona para ese cambio. Pues sencillamente eso, que se ha encontrado con la perla preciosa, con el tesoro escondido del Evangelio que ha tenido siempre delante de sus ojos, como lo tenemos nosotros, pero que hasta entonces no le había hecho caso y ahora sí lo ha descubierto.

En otros momentos del evangelio escuchamos mensajes en este sentido a los que muchas veces no le damos toda la importancia y la profundidad que tienen. Por ejemplo, cuando Jesús comienza a hacer el anuncio del evangelio habla de conversión. Nos hemos acostumbrado a esa palabra y quizá la recordamos un poco más en el tiempo de la cuaresma. Pero es que Jesús nos está diciendo que creer en esa Buena Noticia del Reino que nos anuncia, significa darle una vuelta total, radical a nuestra vida. No es decir creo en el Reino de Dios y las cosas siguen igual, mi vida sigue igual.

Cuando vemos, por ejemplo, que a aquel joven que le pregunta qué es lo que tiene que hacer para heredar la vida eterna – una referencia al reino de Dios – Jesús le pide que venda todo lo que tiene para que tenga un tesoro en el cielo y le siga. Es serio lo que Jesús le está planteando. Nos quedamos tan tranquilos pensando, bueno, era rico y no fue capaz de desprenderse de sus riquezas. Pero es que ahí se está manifestando lo que hoy nos enseña la parábola. Aquel agricultor o aquel comerciante lo vendieron todo con tal de adquirir aquel tesoro o aquella perla preciosa y valiosa; tan importante era para ellos el tesoro o la perla encontrada.

Para poseer, para vivir el tesoro del Evangelio, la perla preciosa del Reino de Dios que Jesús nos anuncia, significa dar esa vuelta profunda a nuestra vida. Son nuevos valores, es nueva forma de vivir, son actitudes nuevas, es una nueva forma de pensar y de actuar. Es más, encontrarme con el tesoro del Reino es encontrarme con Jesús. Ese es el verdadero tesoro de nuestra vida. Y ese encuentro sí que es algo trascendental para mi vida y que tiene que transformar toda mi existencia. Mucho más que cualquier acontecimiento histórico o cualquier descubrimiento maravilloso que se haya podido hacer en beneficio de la humanidad.

Encontrarme con Cristo y decir que soy cristiano no es simplemente vivir como siempre he vivido o como vive cualquiera a nuestro alrededor. Es una nueva vida, un nuevo vivir, porque es vivir con la vida de Cristo, en vivir a Cristo. Aquello que dice san Pablo y que hemos escuchado más de una vez, ‘he crucificado mi vida con Cristo de manera que ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí’.

¿He pensado alguna vez que si en verdad es Cristo quien vive en mi lo que estoy haciendo lo haría de la misma manera? ¿Sería de la misma forma cómo me relacionaria con Dios? ¿Rezaríamos u oraríamos de la misma manera? ¿Sería el mismo trato el que tengo con los demás? ¿Le daríamos el mismo uso a esas cosas que poseemos y por las que tanto nos afanamos? ¿Tendríamos los mismos afanes y agobios con que vivimos hoy?

Muchas preguntas tendríamos que hacernos porque nuestra relación con la sociedad en la que vivimos y el compromiso con nuestro mundo seguro que sería otro. Ese tesoro del Reino de Dios que encontráramos seguro que nos pondría en un camino de mayor solidaridad, no nos dejaría tan insensibles ante las necesidades o problemas que podamos ver alrededor, nos saldríamos más de nuestras actitudes egoístas donde pensamos más en nosotros mismos que en los otros. Encontrarnos con ese tesoro del Reino de Dios nos va a poner en camino de más amor, de más cercanía a los otros; nos va a impulsar al compartir y al vivir unidos, nos va a motivar para que hagamos un mundo mejor donde todos seamos más felices; nos va a enseñar donde están las cosas verdaderamente importantes.

Las parábolas que hemos venido escuchando en estos domingos anteriores – todas forman parte de este capítulo trece del evangelio de Mateo – creo que nos han venido preparando para que con sinceridad abramos nuestro corazón a la Palabra de Dios, a esa semilla que nos hace encontrarnos de verdad con el Reino de Dios por el que tendríamos que dejarlo todo. Nos han ayudado a preparar la tierra de nuestra vida para hacer que esa semilla dé fruto en nosotros.

En la primera lectura escuchábamos cómo Salomón le pide a Dios no larga vida ni riquezas ni la vida de sus enemigos, sino sabiduría para saber gobernar a aquel pueblo. ¿Qué le pedimos nosotros al Señor? Pidámosle esa Sabiduría del Espíritu que nos ayude a descubrir ese tesoro inmenso que Dios pone en nuestras manos; esa sabiduría y fortaleza para de verdad empeñarnos por el Reino de Dios; esa sabiduría que nos ayude a comprender el misterio de Dios, el misterio de Jesús para convertirlo en el verdadero centro de nuestra vida; sabiduría y fortaleza para dejarlo todo por seguir a Jesús y vivir su evangelio; que nos dé su Espíritu de Sabiduría para saber redescubrir el Evangelio.