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domingo, 27 de septiembre de 2020

Una invitación a esperar siempre la misericordia con nuestro arrepentimiento y a tener una mirada nueva hacia los demás que nunca será de juicio ni condena sino de misericordia

 


Una invitación a esperar siempre la misericordia con nuestro arrepentimiento y a tener una mirada nueva hacia los demás que nunca será de juicio ni condena sino de misericordia

Ezequiel 18, 25-28; Sal 24; Filipenses 2, 1-11; Mateo 21, 28-32

La parábola que nos propone Jesús hoy en el evangelio podíamos decir que es algo que sucede todos los días; esa reacción diversa que podemos tener cuando se nos recuerda lo que tenemos que hacer podíamos decir que está a la orden del día; el rebelde que siempre está diciendo que no a todo lo que se le dice, pero que luego recapacita y hace aquello que se le ha señalado, pero también el que promete y promete pero al final de todo se olvida y nada hace.

Es algo que es demasiado frecuente porque solemos decir que estamos cansados de palabras y de promesas, porque todo el mundo nos promete poco menos que el paraíso en la tierra porque con su gestión las cosas van a marchar muy bien, se van a eliminar todas las corruptelas y las cosas funcionarán de maravilla; parece que tienen la varita mágica para resolver todos los problemas que otros no han sabido resolver. Y todos me entenderéis que podemos hablar de las famosas promesas electorales que todos nos hacen y con ellos todo seria una maravilla, pero la experiencia nos dice que se quedan en eso, en promesas electorales.

Pero no es necesario que nos metamos con el mundo de la política, que ya sabemos que es una realidad, sino que tenemos que darnos cuenta que eso nos sucede a todos, nos sucede a ti y a mi, personas sin mayor relevancia, pero que también en nuestra vida nos prometemos muchas cosas, porque vamos a cambiar, vamos a ser mejores, tras un momento en que recibimos un impacto fuerte en la vida nos prometimos y dimos la palabra de que la vida nos la íbamos a tomar de otra manera, pero bien sabemos que pronto lo olvidamos.

Porque claro aquí, cuando estamos escuchando la Palabra de Dios aunque también la Palabra nos haga un juicio sobre el estado de nuestra sociedad, pero sobre todo tiene que llegar a lo personal de cada uno y no temer verse denunciado en esas corruptelas que también tenemos en nuestra vida. Es una palabra que tendrá que interpelarnos en nuestra vida personal y hacernos ver, por ejemplo, cuan inconstantes somos en nuestros propósitos, cuantas veces nos decimos que vamos a ser mejor, pero seguimos con nuestros apegos y nuestras rutinas.

Pero esta Palabra que nos dirige el Señor hoy es también una invitación a la esperanza. Una invitación a la esperanza porque tenemos la certeza de que el Señor es paciente y siempre está a la espera de nuestra respuesta. Es una invitación a nuestro personal arrepentimiento, pero es también una invitación a tener una mirada distinta hacia los demás.

Somos fáciles al juicio y a la condena; ahora mismo cuando al escuchar la parábola veíamos por un lado al rebelde que no quería obedecer o al que prometía y no cumplía por otra parte, ya en nuestro interior estábamos haciendo nuestros juicios de condena. Vemos cualquier actitud o postura en los demás que no nos agradaba y ya estamos manifestando nuestro malestar, o lo que es peor nuestra condena, olvidándonos quizá de la viga que llevamos en nuestros ojos.

Digo que lo que hoy nos dice Jesús nos hace tener otra mirada comprensiva hacia los otros, porque empezamos por darnos cuenta de nuestra propia debilidad y entonces podemos comprender la debilidad de los demás. Porque sentimos la misericordia de Dios sobre nosotros mostremos esa misma misericordia siempre con los demás.

Pero es que Jesús les dice a aquellos sumos sacerdotes y ancianos del pueblo a los que dirige directamente la parábola, que ellos se pueden considerar justos, pero que tengan en cuenta que los publicanos, los pecadores y las prostitutas se les van a adelantar en el Reino de los cielos, porque están más prontos a reconocer su pecado y arrepentirse.

Les recuerda lo que sucedía con la gente que iba a escuchar a Juan; nunca aquellos principales del pueblo se sometieron al bautismo penitencial de Juan - iban más bien pidiéndole credenciales al Bautista de por que hacía lo que hacia allá en la orilla del Jordán -, pero los pecadores reconocían su pecado y allá se sumergían en aquellas aguas purificadores como un signo de penitencia.

¿No será también esta Palabra una interpelación a la Iglesia para que sepamos buscar siempre y por encima de todo el espíritu y el sentido del evangelio abandonando algunas actitudes que podamos tener ante lo que sucede en el mundo? Algunas veces aparecemos demasiado puritanos y no mostramos las señales de la misericordia con todos los pecadores, sea cual sea el pecado en que hayan caído. No puede ser la iglesia juzgadora sino la Iglesia misericordiosa que muestra el rostro compasivo y misericordioso de Dios.

miércoles, 7 de marzo de 2018

Somos constructores de un mundo nuevo llevando lo mejor de nosotros mismos a la plenitud que en Jesús podemos encontrar


Somos constructores de un mundo nuevo llevando lo mejor de nosotros mismos a la plenitud que en Jesús podemos encontrar

 Deuteronomio 4,1.5-9; Sal 147; Mateo 5,17-19

Vivimos unos tiempos en que no sé si está reapareciendo un cierto anarquismo o qué es lo que está pasando. No estamos conformes con nada, todo lo queremos cambiar, las leyes parece que no nos sirven de nada, queremos que todo se nos permita así sin más, vamos dejando a un lado todo tipo de referencia ética para lo que vivimos, lo que hacemos o lo que pensamos, porque todo nos parece igualmente bueno.
¿Serán esos caminos los que realmente nos harán más libres? ¿Pensamos que así vamos a ser realmente más felices porque hacemos lo que nos da la gana y cada uno hace de su capa un sayo sin importarle los demás o lo que verdaderamente nos va a llevar a la mejor convivencia para vivir en paz y ser más felices? Son cosas que se discuten y hay opiniones para todos los gustos.
Pero creo que eso  no solo sucede hoy sino que es algo que se repite de una forma o de otra a lo largo de todos los tiempos. ¿Será una rebeldía interior que se rebela contra todo y todo lo quiere cambiar? ¿Será que los vienen ahora son o se creen más sabios que los que vivieron antes que nosotros? Creo que esto en todos los ámbitos de la sociedad que vivimos nos tendría que hacer pensar mucho y de una manera serena.
Esto sucedía también en tiempos de Jesús. también había mucha gente que vivía esa rebeldía, digámoslo así, contra muchas de las costumbres y leyes, o de los normas y más normas que se habían ido añadiendo y acumulando y al final parecía que eran mas importantes esas normas que se iba estableciendo que lo que en si era la ley del Señor. Por allí andaban los escrupulosos y puritanos fariseos que todo lo median y todo lo tasaban pero conforme a unas medidas que ellos mismos se habían ido imponiendo y que trataban de imponer en las costumbres del pueble de Israel.
Surge un nuevo profeta, así consideraban en principio a Jesús, que les hablaba de un mundo nuevo, del Reino de Dios y que estaba pidiendo una transformación de los corazones. Por allá ya había algunos que pensaban que todo se iba a abolir porque todo había de cambiarse.
Y Jesús, allá en el Sermón del Monte que viene a ser como la presentación de lo que era el programa de una vida nueva, les dice que no viene a abolir sino a dar plenitud. Hay que ir a lo fundamental y lo fundamental ha de vivirse en plenitud. Hay que ir a lo fundamental y es cierto que hay que ir levantando más y mas el listón para poder llegar a metas superiores de plenitud pero eso no significará nunca olvidar lo que es la ley del Señor.
Por eso les dirá que es cierto, que hasta los preceptos más mínimos hay que saberle dar su importancia y valor. Eso que nos sucede tantas veces, bueno eso es una minucia, es poca cosa, porque un día faltemos en eso no tiene importancia, que nos decimos. Pero Jesús nos está enseñando que las cosas grandes se hacen a partir de las pequeñas cosas, que cada granito de arena tiene su importancia, porque el conjunto de esos granitos de arena es el que hará una hermosa playa, o será el material para hacer un hermoso edificio.
Recogiendo esta ultima imagen recordemos que tenemos que ser siempre constructores, y estamos partiendo de lo que es nuestra vida, que es cierto que no es perfecta, pero que ahí está nuestra tarea de mejorar, de crecer, de llevar a plenitud lo mejor que hay en nosotros. Pongamos verdadero amor en nuestra vida, centremos todo en el amor de Jesús que es quien nos llevará a plenitud.

martes, 14 de junio de 2016

Un estilo nuevo del amor que nos enseña Jesús para amar a todos incluso a los que no nos hacen bien

Un estilo nuevo del amor que nos enseña Jesús para amar a todos incluso a los que no nos hacen bien

1Reyes 21, 17-29; Sal 50; Mateo 5, 43-48
Yo soy bueno porque ayudo a los que me ayudan, escuchamos decir tantas veces o acaso nosotros también lo decimos; a esa persona nadie lo ayuda porque es que ella tampoco ayuda a nadie nunca. Y pensamos que ya somos buenos y lo suficiente ayudamos a los que son buenos con nosotros. ¿Es suficiente?
Entra, es cierto, dentro de una bondad natural, pero el estilo nuevo que Jesús quiere darnos es mucho más que todo eso. Es claro y tajante Jesús en sus palabras. Además nos propone como modelo lo que es el amor que Dios nos tiene. ¿Merecemos nosotros ese amor de Dios? ¿Qué hacemos para merecer que Dios nos ame? Pudiera ser que incluso con nuestras ofrendas y sacrificios andemos también de interesados. Le ofrecemos o le prometemos a Dios tantas cosas para que nos ayude, para que nos saque de aquellas situaciones difíciles, para que se nos resuelvan nuestros problemas.
Hoy nos propone Jesús una meta muy alta. ‘Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto’. Alta es la meta de perfección porque nos pide ser perfectos en el amor como lo es Dios. Y eso tiene que traducirse en el estilo de nuestro amor. No nos podemos contentar en amar a los que nos aman, con ser buenos con los que son buenos con nosotros. El ideal y la meta que nos propone Jesús es mucho más amplia, porque tenemos que amar también a los que no nos aman, incluso a los que nos odian, a los que se consideran enemigos nuestros.
Son claras las palabras de Jesús. Conviene recordarlas y repetírnoslas muchas veces. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen’. Es que si no fuera así no haríamos nada de extraordinario. Y extraordinario tiene que ser el amor con que hemos de amar a los demás. Hemos de romper moldes. Los que nos llamamos cristianos porque seguimos a Jesús y queremos vivir el Reino de Dios no nos podemos contentar con lo que todos hacen. Si hacemos lo mismo que los demás, ¿en qué nos diferenciamos? ¿Dónde estamos expresando lo que nos caracteriza en el amor cristiano?
Por eso nos dice Jesús: ‘Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles?’
Tenemos que revisar nuestras posturas, nuestras costumbres, nuestras maneras de hacer las cosas. No porque hagamos lo que todos hacen significa que estamos comportándonos con el espíritu y el sentido de Cristo. Y eso es lo que tiene que primar en nuestra vida para en verdad llamarnos seguidores de Jesús. Y esto tiene muchas traducciones en nuestra vida diaria, en nuestra vida de cada día. En la forma como  nos ayudamos y a quien ayudamos, en el espíritu de generosidad que tiene que haber en nuestro corazón, en la disponibilidad de nuestra vida para estar siempre en disposición de servicio sea a quien sea, en arrancar de nosotros esa rebeldía interior que podamos sentir cuando nos desairan, en la amabilidad con que hemos de tratar a todo aquel con quien nos encontremos, y así no sé cuantas cosas más podríamos decir.
No olvidemos la meta que nos propone el Señor. ‘Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto’.

miércoles, 2 de marzo de 2016

Impregnémonos de esa Sabiduría de Dios llenando nuestra vida de amor que nos conduce a la verdadera plenitud.

Impregnémonos de esa Sabiduría de Dios llenando nuestra vida de amor que nos conduce a la verdadera plenitud.

Deuteronomio 4,1.5-9; Sal 147; Mateo 5,17-19

Muchas veces, por decirlo así, nos hacemos rebeldes. Nos cuesta aceptar que nos pongan normas, que tengamos que cumplir leyes y preceptos; nos volvemos en ocasiones anárquicos y queremos hacer solo aquello que nos apetezca. Es una tentación fácil que nos aparece muchas veces en la vida, sobre todo cuando al someternos a unas normas se nos hace difícil desde esa rebeldía interior en que nos parece que lo que nosotros ideamos o apetecemos es mejor o cuando nuestros caprichos parece que son los que tienen que prevalecer.
Pero desde una elemental reflexión somos conscientes de que no caminamos solos en la vida que compartimos con los demás; no hacemos solos el camino sino que caminamos juntos al paso de los demás; y para hacer ese camino juntos que es nuestra convivencia de cada día necesitamos un respeto mutuo, un valorarnos los unos a los otros, un saber colaborar, el no hacer nada que pueda impedir el camino feliz de los demás, porque ya no se trata de que sea feliz yo solo sino que esa felicidad compartida es mayor y mejor para todos. Y otro eso se traduce en lo que llamaríamos unas normas de convivencia, en unos parámetros que nos ayudarían a hacer ese camino y a preservar esa dicha y felicidad de la convivencia. Y eso que pensamos en esa convivencia con los más cercanos lo traducimos en lo que ha de ser la vida de toda la sociedad.
Pero nuestra vida tiene una trascendencia aun mayor, desde un sentido espiritual, y desde el sentido de vida de un creyente. No solo dependemos de esa dependencia (valga la redundancia) de nuestra relación con los demás, sino que nos trascendemos hacia el que es el Creador de la vida y de nuestras vidas, en el que es así el Señor de nuestra vida. En El vamos a encontrar ese profundo sentido de nuestra existencia, en El vamos a encontrar el cauce verdadero de la verdadera y autentica felicidad del hombre. Lo llamamos ley natural o lo llamamos ley divina impresa en nuestros corazones, pero lo que Dios quiere de nosotros es esa dicha y felicidad y para eso nos traza sus caminos. Es la ley del Señor que llamamos los mandamientos del Señor.
Hoy nos decía el libro del Deuteronomio que los mandatos del Señor son ‘nuestra sabiduría y nuestra inteligencia’ y es así cumpliendo los mandamientos del Señor cómo nos hacemos un pueblo sabio e inteligente. No son caprichos de Dios, sino que es la Sabiduría de Dios que quiere el bien del hombre. No es por nuestra parte un sometimiento ciego sino encontrar ese sentido que nos lleve a un camino de mayor plenitud que será de mayor felicidad para todos. No es tampoco el camino de nuestros caprichos el que nos va a llevar a la mejor felicidad.
Jesús nos dice en el evangelio que no ha venido a abolir la ley sino a darle plenitud. Y que nuestra grandeza la vamos a encontrar en esa fidelidad a ese camino que nos conduce a esa plenitud. Jesús quiere en verdad purificar nuestros corazones, quiere que en verdad busquemos lo que verdaderamente es importante, que no vayamos por caminos de cosas superfluas, que le demos un verdadera sentido a todo aquello que hacemos.
Impregnémonos de esa Sabiduría de Dios, llenando nuestra vida de amor que nos conduce a la verdadera plenitud.

jueves, 15 de enero de 2015

Conservemos íntegro el temple primitivo de nuestra fe para no caer en la rebelión ni la desesperanza

Conservemos íntegro el temple primitivo de nuestra fe para no caer en la rebelión ni la desesperanza


‘Somos partícipes de Cristo, si conservamos firme hasta el final el temple primitivo de nuestra fe’. Así terminaba el texto de la carta a los Hebreos que hoy se nos ha proclamado. Llega a esta conclusión después de invitarnos a escuchar la voz del Señor en el hoy de nuestra vida, por muy difícil que sea la situación que vivamos, para que no endurezcamos nuestro corazón de manera que nos llevara a la rebelión o a la increencia.
Hace referencia a aquel episodio que vivieron los israelitas mientras peregrinaban por el desierto camino de la tierra prometida. El camino era duro; era un desierto y no se podía pensar en comodidades, sino más bien en dificultades, sacrificios, carencias de todo tipo, cansancio y hasta pérdida de la esperanza. No tenían agua, no tenían comida, todo era dificultades; hubo momentos de rebelión. Como nos sucede en los caminos de la vida cuando arrecian las dificultades. Por eso nos insistía el texto sagrado en mantener firme ‘el templo primitivo de nuestra fe’.
Una fe que nos haga acudir con confianza al Señor con la seguridad que en su amor y en su misericordia nos escucha. Es la situación del leproso del que nos habla el evangelio. No era fácil la vida de un leproso que no solo tenía que sufrir el dolor de la enfermedad sino también el de la soledad, el abandono y la marginación. Ya sabemos cómo tenían que vivir aislados de la comunidad, lejos de la familia, sin poder acercase a nadie, en perpetua marginación. ¿Rebeldía en el corazón? Lo veríamos muy normal y muy humano, porque en situaciones así uno se siente sin fuerzas. Pero aquel hombre había oído hablar de Jesús y a Jesús acudió con toda confianza, saltándose incluso las normas y leyes que le impedían acercarse a las personas sanas. Pero el buscaba a quien pudiera sanarle, a quien pudiera restituirle la salud.
‘Se acercó a Jesús un leproso, suplicándoles postrado ante El: Si quieres, puedes limpiarme’. Y allí está el amor de Jesús. ‘Sintiendo lástima extendió la mano y lo tocó diciendo: Quiero, queda limpio’.
Suplicamos también nosotros a Jesús postrándonos ante El con fe. ‘Si quieres, Señor…’ Que se extienda también la mano de Jesús sobre nuestra vida. Que llegue en verdad su vida y su salvación a nosotros. Que no decaiga nuestra fe. Que se mantenga firme, como nos pedía la carta a los Hebreos. Porque muchas turbulencias puede haber en nuestra vida que nos hagan dudar, tener miedo, acobardarnos, endurecérsenos el corazón.
Que sintamos que ‘hoy’ también llega la mano del Señor sobre nuestra vida con su salvación, respondiendo a nuestra suplica llena de fe y de esperanza. Con humildad nos postramos también ante Jesús reconociendo nuestra lepra, nuestro mal, nuestro pecado. En El tenemos seguro la salvación. Que nos vaya dando señales.

martes, 2 de octubre de 2012


Desde nuestra rebeldía interior busquemos la luz que nos llena de paz

Job. 3, 1-3.11-17.20-23; Sal. 87; Mt. 18, 1-5.10
¡Qué oscuros se nos vuelven nuestros caminos cuando nos atenaza el dolor, los problemas nos agobian o no vemos salida a nuestros sufrimientos! Perdemos la esperanza, pareciera que nuestra vida carece de sentido y nos preguntamos a veces para qué vivir. En ocasiones pasamos por momentos así de oscuridad, de duda, de rebeldía interior porque decimos que somos maltratados por la vida y lo que nos sucede.
Es la situación en la que se encontraba el justo y paciente Job. Como escuchábamos ayer había perdido todas sus posesiones e incluso sus hijos; lo que parecía en su prosperidad que todo eran bendiciones de Dios ahora pareciera que se volvieran maldiciones. Ahora también una llaga dolorosa envolvía todo su cuerpo y la vida parecía para él un sin sentido. Son las expresiones duras que escuchamos hoy en esta lectura.
Y qué bien reflejan nuestras situaciones cuando pasamos por momentos duros y dolorosos en la vida, en que de una manera u otra aparecen también esos sentimientos de desesperanza y amargura en nuestra vida. Habrán brotado de nuestros labios frases semejantes o las habremos escuchado a nuestro alrededor en momentos de desesperanza y de turbación por una enfermedad, por una muerte repentina, por un accidente que haya podido sufrir un familia, un amigo o una persona querida, cuando no nosotros mismos.
Cuando nosotros estamos escuchando hoy la Palabra de Dios que se nos proclama nos dejamos guiar y conducir por la sabiduría de la Iglesia que en su liturgia nos va ofreciendo pautas para que encontremos esa luz que necesitamos y nos ayude a salir de esas sombras.
Como respuesta a lo escuchado en la primera lectura, pero como respuesta que nosotros hemos de darle al Señor se nos ha ofrecido un salmo que nos ayuda a orar con confianza a Dios, haciendo que surja nuestra súplica desde lo  más hondo de nuestro corazón. ‘Llegue, Señor, hasta ti mi súplica’, hemos repetido y orado una y otra vez en el salmo. ‘Inclina tu oído a mi clamor… mi alma está colmada de desdichas, mi vida está al borde del abismo… soy como un inválido, como los caídos que yacen en el sepulcro’. Nuestra vida puede estar llena de dolores y de tinieblas, pero seguimos confiando en el Señor.
El salmo es la oración de un hombre enfermo y que ve su vida en peligro, que puede morir, por eso suplica desde lo más hondo de sí mismo al Señor. Así queremos  nosotros también suplicar al Señor, porque aunque todo lo veamos oscuro sabemos que la luz del Señor no nos faltará, que su mirada sobre nosotros es luz que nos ilumina y el Señor siempre escucha nuestra súplica.
Podemos unir esta reflexión que nos estamos haciendo a partir del libro de Job con la celebración que hoy nos ofrece la liturgia. Es la fiesta de los Santos Ángeles Custodios. El Señor hace sentir su presencia y protección con los santos ángeles que protegen nuestra vida. Esos espíritus puros que están en la presencia del Señor alabándole y cantando su gloria, como el otro día veíamos al celebrar a los santos Arcángeles, pero que Dios he querido poner a nuestro lado para hacernos sentir la presencia y la gracia del Señor.
‘Concédenos que su continua protección nos libre de los peligros presentes y nos lleve a la vida eterna’, pediremos en una de las oraciones de la liturgia de este día. Que con la tutela de los santos ángeles vayamos siempre por los caminos de la salvación y de la paz. Los ángeles nos inspiran en nuestro corazón para lo bueno, nos iluminan para que descubramos la verdad y el bien, mueven nuestro corazón por los caminos del amor, y en esas situaciones difíciles nos hacen poner toda nuestra confianza en el Señor.
Cuántas veces, casi sin darnos cuenta, sentimos en nuestro interior que somos movidos, impulsados a lo bueno; es nuestro ángel de la guarda que ahí está inspirándonos el camino del bien y que quiere prevenirnos de todo lo malo. Dejémonos conducir por esas inspiraciones divinas que nos llevarán siempre por los caminos de Dios.

martes, 13 de diciembre de 2011

Nuestra respuesta a la invitación a la conversión


Sofonías, 3, 1-2.9-13;

Sal. 33;

Mt. 21, 28-21

Algo importante y necesario que hemos de realizar en este camino de Adviento que vamos haciendo es la conversión de nuestro corazón al Señor. Es la llamada insistente que nos hace la Palabra de Dios. Era el grito del Bautista allá en el desierto. Hay que enderezar los caminos, allanarlos, prepararlos para ir al encuentro con el Señor, para recibir al Señor que llega a nuestra vida con su salvación.

¿Cuál es nuestra respuesta a esa llamada e invitación? A veces parece que enseguida estamos dispuestos a escuchar y responder, pero nos sucede también que en ocasiones pronto olvidamos esa llamada y a pesar de que le prometemos al Señor en nuestro amor que vamos a cambiar, sin embargo nos volvemos a las andadas. Ojalá fuéramos siempre no sólo prontos sino también perseverantes en nuestra respuesta. Es lo que nos señala hoy la Palabra de Dios que se nos ha proclamado.

El profeta Sofonías nos ha hecho una buena descripción de lo que es nuestro pecado y de lo que tendría que ser nuestra conversión al Señor. ‘¡Ay de la ciudad rebelde, manchada y opresora! No obedecía a tu voz, no aceptaba la instrucción, no confiaba en el Señor, no se acercaba a su Dios…’

El pecado es la huída de Dios, la desobediencia, la desconfianza, la falta de fe, rebeldía, hipocresía, mentira; todo nacido de un corazón soberbio y rebelde que no quiere reconocer al Señor ni poner su confianza en El; un corazón lleno de orgullo y autosuficiente que cree que se puede valer sólo por sí mismo. Miremos nuestra vida y examinemos nuestro corazón que tantas veces caemos en esas redes del mal, rechazando los caminos de Dios.

El cambio de corazón comienza por el reconocimiento de Dios, de su amor, de su presencia; es poner toda nuestra confianza en Dios porque sabemos que su amor nunca nos fallará; es reconocer que los caminos del Señor son los verdaderos y los que siguiéndolos me van a llevar a la plenitud y a la gracia; sí, reconocer también que hemos equivocado el camino cuando sólo pretendíamos hacer lo que a nosotros nos parecía olvidando la Palabra del Señor; es llenar nuestro corazón de humildad porque en verdad nos sentimos no sólo pequeños sino también osados pecadores.

Ese cambio del corazón es comenzar a abrir los oídos, sí, del corazón para escuchar a Dios, escuchar su Palabra y querer plantarla de verdad en nuestra vida; es ese experimentar en nosotros la dicha del amor del Señor, de su misericordia, de su compasión, sabiendo que El siempre me está esperando para darme el abrazo de su perdón; es responder a ese perdón que me ofrece queriendo acogerlo y sentirlo dentro de mi para llenarme de paz.

Jesús nos propone una pequeña parábola. Los dos hijos que son enviados a trabajar en su viña y mientras uno promete y promete que irá, pronto se olvidará marchándose a sus cosas y no obedeciendo al fin a su padre; mientras quien en principio había dicho no, negándose a ir, al recapacitar se da cuenta de su error y marchará a realizar lo que le pide su padre.

Y Jesús les dice a los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo a los que dirige la parábola: ‘Os aseguro que los publicanos y prostitutas os llevarán la delantera en el camino del Reino de los cielos’. Eran pecadores, pero supieron escuchar la voz del bautista que les invitaba a la conversión. ‘Y aún después de ver esto, les dice, vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis’.

¿Nos sucederá a nosotros lo mismo? Escuchemos la llamada del Señor y démosle la vuelta al corazón convirtiéndonos a Dios.

jueves, 4 de agosto de 2011

Lejos de nosotros divisiones y contradicciones al vivir nuestra fe

Núm. 20, 1-13;

Sal. 94;

Mt. 16, 13-23

Algunas veces en la vida nos comportamos de forma contradictoria, nos contradecimos a nosotros mismos; nos manifestamos con unos principios pero que luego en el día a día de la vida hacemos lo contrario.

Y eso nos pasa también en el orden de la fe; nos decimos creyentes, confesamos nuestra fe o nos manifestamos en determinados momentos como hombres muy religiosos, pero, quizá a causa de nuestra debilidad, no lo llevamos a la totalidad de nuestra vida o en determinadas cosas no obramos en consecuencia. Andamos como divididos en cierta manera en nuestro interior. Qué importante que sepamos darle esa necesaria unidad a nuestro vivir, porque nos hace más auténticos y también nos llena de mayor felicidad.

En muchas cosas podríamos fijarnos en los textos de la Palabra de Dios que hoy se nos proclaman que tienen una gran riqueza tanto si contemplamos a Moisés como guía del pueblo de Israel, como si nos detenemos a reflexionar en la hermosa confesión de fe de Pedro ante Jesús. Pero precisamente en uno y otro personaje quería fijarme, en lo que podríamos decir contradicciones de sus vidas. Si nos fijamos en ello es para que nos ayude esta reflexión a esa unidad de nuestro vivir al que hacíamos mención.

Hemos admirado en más de una ocasión la fe de Moisés, aquel hombre elegido por Dios por algo más que un profeta; aquel hombre con Dios hablaba cara a cara como ayer mismo reflexionabamos; el hombre de una fe grande, abierto siempre al Misterio de Dios y que recibe esa misión de ser guía de aquel pueblo en su peregrinar desde la esclavitud hasta la libertad de un pueblo nuevo que se ha de establecer en aquella tierra que Dios les había prometido.

Pero hoy, podríamos decir, se tambalea la fe de Moisés. Y no, porque el no tenga toda su confianza puesta en Dios, sino que la actitud rebelde de aquel pueblo siempre quejándose le hace reaccionar en un momento determinado en cierto modo pensando cómo es que Dios tiene paciencia con aquel pueblo y aún así realiza maravillas con ellos. El pueblo estaba sediento y se rebelan contra Moisés y contra Dios. Moisés acude al Señor, como lo hace siempre, y el Señor le manda sacar agua de la roca para que el pueblo beba y calme su sed. Y aquel que siempre se había fíado de Dios, ahora duda, protesta en cierto modo a la hora de golpear la piedra con el bastón como le ha dicho el Señor.

El agua viva brotará y será para nosotros imagen del agua viva que Cristo nos dará haciendo saltar por la fuerza de su Espíritu surtidores de agua viva de nuestro corazón. Pero allí se ha manifestado la contradicción que sufre en su propio interior Moisés. ‘Esta es la fuente de Meribá, donde los israelitas disputaron con el Señor y el les mostró su santidad’, dirá el autor sagrado. Esta imagen de las aguas de Meribá aparecerán repetidamente en el antiguo testamento, sobre todo en los salmos, como una imagen de esa rebeldía del pueblo contra Dios. Por eso hemos dicho en el salmo ‘no endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto… ojalá escuchéis hoy la voz del Señor’.

Es la contradicción que contemplamos en Pedro. Hace una hermosa confesión de fe en Jesús: ‘Tú eres el Mesías, el Cristo, el Hijo del Dios vivo’. Confesión de fe que merecerá incluso la albanza de Jesús haciéndonos comprender cómo es algo que el Padre le ha revelado en su corazón. Pero cuando Jesús habla de que ese Hijo del Hombre ha de padecer, ha de sufrir, que va a ser ejecutado y resucitará al tercer, ya Pedro no lo entiende y querrá quitarle esa idea a Jesús de la cabeza. No entendía que ese Mesías, Hijo de Dios que él había proclamado precisamente pasando por la pasión y la cruz es cómo nos haría llegar la salvación.

Cuesta llevar la fe hasta el final, hasta sus últimas consecuencias. Le pasó a Moisés, la pasó a Pedro, nos pasa también tantas veces a nosotros. Por eso, como deciamos al principio, que esta reflexión nos ayude a esa unidad interna de nuestra vida, a ese ser consecuente en todo momento con la fe que profesamos; que no sólo en momentos fáciles o de fervor, sino también en los momentos duros, en los momentos difíciles, en los momentos en que también nosotros hemos de pasar por la pasión, proclamemos con toda nuestra fe esa fe que profesamos.

lunes, 3 de agosto de 2009

Un pueblo rebelde pero un pueblo creyente que pone toda su confianza en el Señor

Núm, 11, 4-15
Sal. 80
Mt. 14, 13-21


Durante varios días vamos a estar escuchando el libro de los Números, de los cinco libros del Pentateuco, con lo que iremos completando el acercamiento a los libros de la Ley del Antiguo Testamento. Este libro sigue narrándonos principalmente las incidencias del recorrido del pueblo de Dios por el desierto camino de la tierra de promisión.
Largo y duro recorrido el que realiza el pueblo de Israel. Largo porque se prolongará durante cuarenta años y duro no sólo por lo que significaba caminar por el desierto con unas condiciones bien inhóspitas, sino también por el proceso que como pueblo iban realizando. Podemos decir que fue un tiempo de prueba que les iba a purificar y les iba a hacer tomar conciencia de su condición de pueblo unido y peregrino. Lo que había de llegar no podían ser simplemente unos clanes familiares sino un pueblo bien unido y conjuntado, y un pueblo creyente que ponía su confianza en el Señor y por El se dejaba conducir. Llegar a ello era una tarea inmensa.
Una cosa que nos presenta el texto sagrado son precisamente esos momentos de duda, de rebelión interior, de cansancio en ese largo camino. Ya en las reflexiones que nos hemos ido haciendo ha ido apareciendo esa situación que vivía el pueblo de Israel en su peregrinar por el desierto. Esas tentaciones a la añoranza de los tiempos pasados es algo que va apareciendo. De ello nos ha hablado hoy el texto. ‘Cómo nos acordamos del pescado que comíamos en Egipto, y de los pepinos y los melones y puerros y cebollas y ajos…’
Esa situación que vive el pueblo le afecta a Moisés que tiene que dirigir y guiar a ese pueblo. Se siente cansado por las rebeliones y las infidelidades. Pero Moisés es un hombre de fe, que quiere poner toda su confianza en el Señor. ‘Yo solo no puedo cargar con todo este pueblo, pues supera mis fuerzas… ¿He concebido yo a todo este pueblo o le he dado a luz, para que me digas: coge en brazos a este pueblo, como una nodriza a la criatura, y llévalo a la tierra que prometí a sus padres?...’ Pero aún así quiere seguir con la misión que el Señor le confió y le pide fuerzas.
Cuando escuchamos estos textos no es sólo por entretenernos con viejas historias que pudiera parecer que nada tienen que ver con nosotros. Primero son la historia del pueblo de Dios, del que nosotros somos herederos porque en él nació Jesús, nuestro Salvador. Pero además porque hemos de saber leer en esas historias nuestra propia historia y nuestra propia situación.
En el camino de nuestra fe y de nuestra vida cristiana nosotros podemos vernos en situaciones parecidas. También surge el cansancio en nuestra lucha por la superación, muchas veces nos vemos arrastrados por la tentación que nos lleva a la rebelión y a la infidelidad al Señor, nos gustaría que las cosas fueran de otra manera y nos cuesta aceptar y enfrentarnos a los caminos que tenemos que recorrer. Pero ahí tiene que aparecer nuestra actitud creyente como vemos en Moisés para confiarnos al Señor y para fiarnos de Dios y sus caminos.
Igual que Israel en el desierto apetecía las cebollas y los puerros que comían en Egipto en los tiempos de la esclavitud, como hemos reflexionado ya en alguna ocasión, nos sentimos tentados a volver a la vida anterior, a la vida del pecado que nos esclaviza, pero que en nuestros sueños tentadores nos pueden parecer mayor libertad. Es donde tenemos que pedir la fuerza del Señor, su gracia, su luz que nos ilumine para descubrir sus caminos y no volvernos por las sendas tortuosas de la muerte y del pecado.
No nos podemos sentir solos ni desamparados porque tenemos siempre la presencia del Señor. No podemos decir como Moisés ‘¿de dónde sacaré pan para repartir a este pueblo y que coma?’, porque en el evangelio hemos contemplado como Jesús da de comer a la multitud en el desierto con solo cinco panes y dos peces. No comentamos ahora este evangelio que nos propone la liturgia hoy, porque en estos días repetidamente lo hemos escuchado y comentado y lo seguiremos haciendo, pero sí ver cómo el Señor no nos deja ni nos abandona, sino que siempre nos dará el alimento mejor que necesitamos que es El mismo, verdadero Pan de vida.