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sábado, 6 de octubre de 2012


Ahora te han visto mis ojos

Job, 42, 1-3.5-6.12-16; Sal. 118; Lc. 10, 17-24
‘Te conocía sólo de oídas, ahora te han visto mis ojos…’ termina confesando Job. Es el final del libro de Job que hemos ido escuchando y meditando, aunque sólo fuera a retazos, esta semana. Todo un camino progresivo que lleva a una fe viva, experimentada, purificada.
Han pasado momentos de oscuridad, de dudas, de explicaciones en cierto modo teóricas, pero al final se ha abierto paso la luz. Lo que parecía difícil porque desde el dolor y el sufrimiento todo se volvía oscuro se transforma en luz y en una fe verdadera, comprometida y purificada. Había clamado Job desde su dolor en el que no encontraba sentido para su vida, como tantas veces nos sucede. Era un hombre creyente y en aquello aprendido quería encontrar la luz de Dios pero se le hacía difícil.
Vinieron sus amigos que con buenas palabras o cosas aprendidas de memoria pero que en ellos no había pasado por el tamiz del sufrimiento querían consolarlo y ayudarle a acercarse a Dios, pero no lo conseguían. El mismo Job se pone a hacer en voz alta sus reflexiones tratando de describir al Dios en quien creía pero no encontraba una respuesta definitiva.
Será el Señor el que venga a su encuentro y en la experiencia de ese encuentro con el Señor, allí desde su situación y su sufrimiento al final todo se volverá luz. Ahora Job podrá decir ‘reconozco que lo puedes todo y ningún plan es irrealizable para ti, yo, el que te empaño tus designios con palabras sin sentido; hablé de grandezas que no entendía, de maravillas que superan mi comprensión. Te conocía sólo de oídas, ahora te han visto mis ojos…’
Cómo tenemos que aprender a dejarnos conducir por el Señor que es el que viene a nuestro encuentro. Será su Espíritu el que nos ilumine para hacernos comprender el misterio, pero es el Espíritu divino que se mete en nuestro corazón y nos hace sentir a Dios en el más profundo y bello encuentro. Será el Espíritu el que nos haga experimentar a Dios, sentir su presencia y nos inunde con su luz y con su amor. ‘Ahora te han visto mis ojos…’ que decía Job.
Hemos de aprender a gusta a Dios, saborear su Palabra, empaparnos de su amor. Hemos de sentir que, aunque nos parezca que andamos solos y desesperados en nuestros problemas o sufrimientos, la mirada del Señor, que es siempre mirada de amor y de luz, está cayendo sobre nosotros.
‘Haz brillar tu rostro sobre tu siervo’, decíamos en el salmo. Pero le pedíamos también ‘enséñame a gustar y a comprender porque me fío de tus mandatos’. Comprenderemos de verdad cuando gustemos a fondo en el corazón. Tenemos, pues, que aprender a saborear, a gustar, la palabra del Señor.
Igual que no nos vale sólo que nos digan como se hace una comida y lo rica que queda, o que la contemplemos en el plato pero sin probarla, para poder saber el sabor que tiene, de la misma manera tenemos que saborear, gustar en el corazón la palabra y la presencia del Señor en nuestra vida. Es la experiencia de Dios de la que hablamos tantas veces. No solo de oídas, como decía Job, sino viéndolo, palpándolo con nuestros propios ojos, con todo nuestro ser, sintiendo viva su mirada sobre nosotros.
La experiencia de Job en su dolor le purificó y le hizo tener una fe más viva. Desde el sufrimiento y el dolor él descubrió a Dios, sintió y experimentó a Dios en su vida. Tenemos que aprender para no cegarnos porque en nuestra ceguera en ocasiones nos volvemos insoportables cuando no hemos llegado a descubrir el verdadero sentido de nuestra vida y nuestro sufrimiento. Aprendamos de Job. Miremos a Jesús en la cruz y lleguemos a sentir que El está con su amor en la cruz nuestra de cada día.

jueves, 4 de octubre de 2012


Veré a Dios, yo mismo lo veré y no otro, mis propios ojos lo verán

Job. 19, 21-27; Sal. 26; Lc. 10, 1-12
‘Ojalá se escribieran mis palabras… se grabaran en cobre…se escribieran para siempre en la roca…’ Importantes tenían que ser esas palabras, mensaje que había de durar para siempre. Es que el paciente Job comienza a ver luz en medio de sus tormentos que le habían hecho perder la esperanza.
Cuando uno se ve acosado por situaciones que se le hacen difíciles, ya sea desde problemas personales o ya sea de causas externas parece como que está buscando a quien agarrarse, en quien apoyarse como su salvador que le haga sostenerse y mantenerse en pie frente a esos vendavales de la vida. Es terrible sentirse solo en medio de dificultades y problemas sin tener quien le ayude, le apoye o le dé la mano para salir adelante.
Era la situación en que se veía Job después de verse desposeído de todo, perdido a sus hijos y su cuerpo lacerado por cruel enfermedad. Aunque la situación era tan dura como para perder la esperanza él seguía confiando en el Señor y el Señor le escuchó. ‘Yo sé que está vivo mi Vengador y que al final se alzará sobre el polvo… al final veré a Dios, yo mismo lo veré y no otro, mis propios ojos lo verán…’
Si emplea la palabra ‘vengador’, hemos de entender su sentido, porque no es en el sentido de venganza contra quien te haya hecho el mal, sino en el sentido de que con su salvación se verá libre de cuanto le acosaba en la vida. Es el redentor que lo saca y lo redime de todo el mal que ha pasado y que al final lo llenará de luz y de vida, como escucharemos en el final del relato del libro de Job.
Se expresa así la fe y la confianza total que él ha puesto en Dios porque solo en El encontrará la salvación. En estas palabras podemos ver un anuncio prefigurado de Cristo que es nuestro Salvador y nuestro Redentor y de alguna manera es anuncio de resurrección, de la resurrección de Cristo vencedor de la muerte y del pecado y de nuestra propia resurrección porque en Cristo nosotros estamos llamados también a la vida para siempre.
Fijémonos que en párrafos anteriores había expresado Job cómo no podía alcanzar a Dios, conocer sus designios ni palpar su presencia - ‘si cruza junto a mí, no puedo verlo, pasa rozándome y no lo siento’ - y ahora dirá que ‘veré a Dios, yo mismo lo veré y no otro, mis propios ojos lo verán’. Cuando su vida estaba llena de oscuridad en medio del sufrimiento le era difícil poder ver a Dios, sin embargo porque se mantiene siendo fiel a Dios un día la luz aparecerá de nuevo sobre su vida y podrá contemplar a Dios. ¿No es motivo todo esto para que se graben sus palabras de forma indeleble y permanezcan como testimonio vivo para siempre, como decíamos al principio?
Es el mensaje que tenemos que escuchar para nuestra vida. Pasamos por momentos de oscuridad, de dudas, de rebeldías interiores, como hemos dicho estos días, pero si mantenemos nuestra fe, nuestra confianza en el Señor, al final encontraremos la luz, porque nos vamos a encontrar con el Señor que ahí está junto a nosotros en ese dolor o en ese sufrimiento.
No tendrían que cegarse los ojos de nuestra fe, sino que en nuestra fidelidad habrían de mantenerse siempre bien abiertos para encontrar la luz. La luz está ahí, aunque nos cueste verla, porque siempre el Señor estará a nuestro lado en su cruz y en nuestra cruz. Miremos a Cristo en lo alto del Calvario y démonos cuenta de que ahí está en el calvario, en la cruz nuestra de cada día. Tomemos esa cruz, caminemos tras Jesús, sabiendo que El está ahí y será siempre nuestro Salvador. Con toda razón podemos decir ‘espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida’.

miércoles, 3 de octubre de 2012


Buscando a Dios que da sentido a nuestro vivir y sufrir

Job. 9, 1-12.14-16; Sal.87; Lc. 9, 57-62
Job busca dramáticamente a Dios y le parece imposible alcanzarle y comprender sus designios, pero aún asi sigue queriendo confiar en Dios y reflexiona buscando la luz que necesita para su vida. Le cuesta comprender todo lo que le está sucediendo y como hemos venido escuchando son varios los pensamientos y los sentimientos que van surgiendo en su interior que lo llenan de confusión.
Ha recibido la visita de sus amigos, que han pasado largos de silencio a su lado como consuelo, pero tratando también de buscar una respuesta o un sentido a todo lo que está pasando. Como  nos sucede también a nosotros tantas veces las palabras de invitación a la resignación o a pensar que lo que le sucede puede ser también un castigo por algo que haya hecho, son las más fáciles de decir. Qué fáciles somos para decir palabras bonitas, vamos a decirlo así, para tratar de consolar al que sufre. Muchas veces nuestras palabras en lugar de ser luz y consuelo verdadero lo que hacen es llenar más de confusión, porque no siempre está inspiradas en un verdadero espíritu cristiano y evangélico.
Pero no satisfacen a Job ni le dan respuesta a los interrogantes profundos que tiene en lo hondo de su espíritu las palabras de consuelo de sus amigos. ‘Sé muy bien que es así, les responde, y que el hombre no es justo frente a Dios’. Y reflexiona sobre la grandeza y el poder de Dios que supera toda sabiduría y todo poder humano. ‘¿Quién, fuerte o sabio, le resiste y queda ileso?’ se pregunta.  Se siente anonadado.
Y de alguna manera surge el pensamiento de que Dios se manifiesta poderoso y realizando prodigios insondables casi como si fueran un capricho de sus deseos. Se siente pequeño ante la inmensidad de Dios y no sabe cómo podrá conocer sus designios, cómo podrá alcanzarle. ‘Si cruza junto a mí, no puedo verlo, pasa rozándome y no lo siento’.
Mucho queda aún para llegar a la plenitud de la revelación que nos llegará en Jesús, donde ya no somos nosotros los que intentamos alcanzarle, sino que más bien es Dios el que viene a nosotros, y ¿de qué manera?, que se hará hombre como nosotros, para ser Dios con nosotros y así manifestarnos su amor y toda la cercanía de Dios y su revelación.
Todo el antiguo testamento es una revelación progresiva de Dios que alcanzará su plenitud en Jesús, verdadera Palabra de Dios, verdadera revelación del misterio de Dios. Como  nos dirá en el evangelio nadie como al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo revela. Podemos ir acercándonos a esos designios de Dios, a lo que es su voluntad, a lo que es el verdadero sentido del hombre en la medida en que vayamos conociendo a Dios que nos ha creado y nos ha redimido.
Seguiremos aún estos días escuchando el texto de Job y reflexionando sobre él. Pero nosotros desde la revelación de Jesús sobre el misterio de Dios sí podemos encontrar respuestas y sentido para todo lo que nos sucede en nuestra vida. Por eso, como hemos venido diciendo en el comentario que hemos hecho en estos dias sobre el libro de Job, miramos a Jesús, miramos su pasión, su muerte y ahí encontramos la luz y el sentido, porque estamos encontrando el amor de Dios que se nos entrega en Jesús para nuestra salvación.
Tenemos que tratar de impregnarnos bien del espíritu del Evangelio para ir descubriendo el verdadero sentido a lo que nos pasa. Hemos de saber encontrar un valor y un sentido a lo que nos sucede, también esas situaciones difíciles o dolorosas por las que tenemos que pasar en nuestros problemas o sufrimientos. Hemos de leer mucho y meditar el evangelio en esa profundización de nuestra fe para que sea auténtica y para que así podamos llenarnos de Cristo. Hemos de orar mucho pidiendo esa luz del Señor, esa luz de su Espíritu que es el que nos ayudará a encontrar el verdadero sentido de todo. Busquemos a Dios para encontrarnos con su amor.

martes, 2 de octubre de 2012


Desde nuestra rebeldía interior busquemos la luz que nos llena de paz

Job. 3, 1-3.11-17.20-23; Sal. 87; Mt. 18, 1-5.10
¡Qué oscuros se nos vuelven nuestros caminos cuando nos atenaza el dolor, los problemas nos agobian o no vemos salida a nuestros sufrimientos! Perdemos la esperanza, pareciera que nuestra vida carece de sentido y nos preguntamos a veces para qué vivir. En ocasiones pasamos por momentos así de oscuridad, de duda, de rebeldía interior porque decimos que somos maltratados por la vida y lo que nos sucede.
Es la situación en la que se encontraba el justo y paciente Job. Como escuchábamos ayer había perdido todas sus posesiones e incluso sus hijos; lo que parecía en su prosperidad que todo eran bendiciones de Dios ahora pareciera que se volvieran maldiciones. Ahora también una llaga dolorosa envolvía todo su cuerpo y la vida parecía para él un sin sentido. Son las expresiones duras que escuchamos hoy en esta lectura.
Y qué bien reflejan nuestras situaciones cuando pasamos por momentos duros y dolorosos en la vida, en que de una manera u otra aparecen también esos sentimientos de desesperanza y amargura en nuestra vida. Habrán brotado de nuestros labios frases semejantes o las habremos escuchado a nuestro alrededor en momentos de desesperanza y de turbación por una enfermedad, por una muerte repentina, por un accidente que haya podido sufrir un familia, un amigo o una persona querida, cuando no nosotros mismos.
Cuando nosotros estamos escuchando hoy la Palabra de Dios que se nos proclama nos dejamos guiar y conducir por la sabiduría de la Iglesia que en su liturgia nos va ofreciendo pautas para que encontremos esa luz que necesitamos y nos ayude a salir de esas sombras.
Como respuesta a lo escuchado en la primera lectura, pero como respuesta que nosotros hemos de darle al Señor se nos ha ofrecido un salmo que nos ayuda a orar con confianza a Dios, haciendo que surja nuestra súplica desde lo  más hondo de nuestro corazón. ‘Llegue, Señor, hasta ti mi súplica’, hemos repetido y orado una y otra vez en el salmo. ‘Inclina tu oído a mi clamor… mi alma está colmada de desdichas, mi vida está al borde del abismo… soy como un inválido, como los caídos que yacen en el sepulcro’. Nuestra vida puede estar llena de dolores y de tinieblas, pero seguimos confiando en el Señor.
El salmo es la oración de un hombre enfermo y que ve su vida en peligro, que puede morir, por eso suplica desde lo más hondo de sí mismo al Señor. Así queremos  nosotros también suplicar al Señor, porque aunque todo lo veamos oscuro sabemos que la luz del Señor no nos faltará, que su mirada sobre nosotros es luz que nos ilumina y el Señor siempre escucha nuestra súplica.
Podemos unir esta reflexión que nos estamos haciendo a partir del libro de Job con la celebración que hoy nos ofrece la liturgia. Es la fiesta de los Santos Ángeles Custodios. El Señor hace sentir su presencia y protección con los santos ángeles que protegen nuestra vida. Esos espíritus puros que están en la presencia del Señor alabándole y cantando su gloria, como el otro día veíamos al celebrar a los santos Arcángeles, pero que Dios he querido poner a nuestro lado para hacernos sentir la presencia y la gracia del Señor.
‘Concédenos que su continua protección nos libre de los peligros presentes y nos lleve a la vida eterna’, pediremos en una de las oraciones de la liturgia de este día. Que con la tutela de los santos ángeles vayamos siempre por los caminos de la salvación y de la paz. Los ángeles nos inspiran en nuestro corazón para lo bueno, nos iluminan para que descubramos la verdad y el bien, mueven nuestro corazón por los caminos del amor, y en esas situaciones difíciles nos hacen poner toda nuestra confianza en el Señor.
Cuántas veces, casi sin darnos cuenta, sentimos en nuestro interior que somos movidos, impulsados a lo bueno; es nuestro ángel de la guarda que ahí está inspirándonos el camino del bien y que quiere prevenirnos de todo lo malo. Dejémonos conducir por esas inspiraciones divinas que nos llevarán siempre por los caminos de Dios.

lunes, 1 de octubre de 2012


Un hombre justo y honrado que teme al Señor y en El pone toda su esperanza

Job, 1, 6-22; Sal. 16; Lc. 9, 46-50
Durante esta semana, salvo los días que tengamos celebraciones especiales, estaremos escuchando en la primera lectura el libro de Job del Antiguo Testamento. Un libro de hondas reflexiones que en el fondo nos plantea el sentido del dolor y sufrimiento del inocente y la respuesta del creyente ante esta situación.
Hoy hemos escuchado la presentación de Job, ‘un hombre justo y honrado, que teme a Dios y se aparta del mal’, que ha sido bendecido con toda clase de bendiciones en la prosperidad con que vive su vida y su numerosa familia. En el sentido del antiguo testamento muchas veces aparece el pensamiento de una señal de las bendiciones de Dios en la prosperidad y en la larga vida.
Pero ahí comienza a surgir la cuestión. El relato nos presenta ese encuentro de Dios con Satanás que le dice que si Job es un hombre temeroso de Dios es porque ha sido bendecido de manera especial por el Señor, y que si se viera privado de todas esas cosas no sería la misma su fidelidad a Dios. Un pensamiento que algunas veces de alguna manera nos acompaña a nosotros también que cuando nos vemos rodeados de males y de sufrimientos, de carencias y necesidades llegamos a pensar que hemos sido abandonados de la mano de Dios y de alguna manera castigados por algo que hayamos hecho. Es de donde surge la prueba por la que va a pasar el paciente Job.
Dios permite a Satanás que le arrebate todas esas cosas, pero el Señor no le deja tocar su vida. En estos párrafos que hoy hemos escuchado vemos cómo perecen sus hijos, cómo se pierdan todas sus posesiones y riquezas con robos, incendios y otras catástrofes. Es la gran prueba que va a sufrir Job que al final verá su vida atormentada por el sufrimiento de una terrible enfermedad.
En los próximos días iremos escuchando a través de la visita que recibe de sus amigos o de los improperios incluso de su mujer cuáles son las respuestas que nosotros los humanos vamos dando a esas situaciones difíciles y de dolor. Escucharemos incluso a Job en su sufrimiento hacerse sus consideraciones hasta que escuchemos la voz del Señor que viene a iluminar toda la situación.
Hoy escuchamos ya una primera reacción de Job ante lo que le va pasando que pudiera parecernos de simple resignación, pero que en el fondo esconde una fuerte confianza y fe en el Señor, en cuyas manos se pone confiadamente. ‘Job se levantó, se rasgó el manto, se rapó la cabeza - son expresiones y señales de dolor muy usuales en aquellos pueblos -, se echó por tierra y dijo: Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré a él. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; bendito sea el nombre del Señor’.
Aquí se queda el texto que hoy hemos escuchado. ¿Resignación? ¿Paciencia? ¿Esperanza? ¿Confianza total en el Señor para ponerse en sus manos y dejarse hacer por el Señor? Son las primeras reacciones y actitudes que contemplamos. ¿Cómo reaccionamos nosotros ante el sufrimiento, el dolor, la enfermedad? Y si nos viéramos privados de todas nuestras cosas, ¿cuál sería nuestra reacción? ¿No habrá en nosotros en alguna ocasión desesperanza, desesperación, rechazo, rebeldía?
Creo que la lectura que iremos haciendo estos días, breve e intermitente por las otras celebraciones intermedias, tendría que hacernos reflexionar. Sabemos que como creyentes en Jesús siempre al final tenemos que mirar a Jesús en su pasión y en su cruz. La esperanza no tendría que faltar en nuestra vida, porque sabemos que el misterio pascual de Cristo que es el que ilumina toda nuestra existencia siempre termina en vida y en resurrección. Pero, reflexiones un poquito en todo esto sin temores, con confianza, tratando de encontrar la luz.

domingo, 5 de febrero de 2012


Jesús traspasa el umbral de nuestra vida con su Palabra salvadora

Job, 7, 1-4.6-7;
 Sal. 146;
 1Cor. 9, 16-19. 22-23;
 Mc. 1, 29-39
Traspasar el umbral de una casa es entrar en la intimidad personal de aquella persona y aquella familia y denota confianza y apertura tanto por aquel que recibe como por parte de quien llega a aquel hogar. Sabemos cómo en ocasiones al que llega se le recibe en la puerta y no se traspasa el umbral de aquel hogar porque quizá no se tenga la confianza mutua necesaria. Con gusto, sin embargo, nos sentimos cuando recibimos a alguien que nos agrada y con gusto se siente también el que es bien recibido. Una vez traspasado ese umbral de la confianza viene la comunicación, la confidencia quizá, surge la amistad o ya se presuponía, se entra en una nueva comunión.
¿Por qué me hago estas consideraciones que incluso podríamos ampliar más en el comienzo de la reflexión de hoy en torno al evangelio? Porque eso es lo que estamos contemplando. Hasta ahora en este principio del evangelio de Marcos hemos visto a Jesús pasando junto al lago invitando a aquellos primeros pescadores a seguirle, o le hemos contemplado en la sinagoga enseñando. Hoy nos dice que ‘al salir Jesús y sus discípulos de la sinagoga fueron a casa de Simón y Andrés. Y la suegra de Simón estaba en cama con fiebre y se lo dijeron…’
Jesús llega a casa de Simón y Andrés. Jesús llega hasta la intimidad de la persona, va a la casa de Simón y Andrés. Jesús llega hasta donde está la vida del hombre y donde está todo lo que es su ser y donde están también sus sufrimientos. ‘La suegra de Simón está enferma y se lo dijeron…’ Jesús que quiere llegar a nuestra vida y a nuestra vida concreta. Jesús que está esperando que le abramos las puertas de nuestra casa, de nuestro yo, de nuestra vida, porque ahí quiere venir con su vida y con su salvación.
La salvación que Jesús nos ofrece no es una teoría ni son bonitas palabras. Jesús quiere llegar a nuestra vida concreta, con lo que somos y como somos, con lo que tenemos y lo que son nuestras alegrías o nuestras penas, nuestros sufrimientos o nuestras ilusiones y esperanzas. Nada es ajeno a la salvación que Jesús viene a ofrecernos. El viene a dar respuesta a esos interrogantes que podamos tener en nuestro interior, viene a dar paz a esas preocupaciones o problemas que tengamos, viene a traer el bálsamo de su salvación a esos sufrimientos que puedan agobiarnos allá en lo más hondo de nosotros mismos, El viene a hacer crecer esas ilusiones y esperanzas.
Le dicen que la suegra de Simón está enferma y ‘Jesús se acercó la tomó de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles’. En nuestro dolor nos sentimos postrados y ya no es sólo el dolor físico de una enfermedad que podamos padecer, sino que hay muchos otros sufrimientos en nuestra vida. O también esa enfermedad, esa carencia, esas discapacidades que tengamos por nuestras limitaciones o por el paso de los años, esa debilidad físiológica que podamos padecer y que se convierte también muchas veces en tormento para nuestro espíritu, interrogantes a los que no sabemos responder. Ahí llega Jesús a nuestra vida.
En la primera lectura hemos escuchado los interrogantes que surgen en el corazón de Job. Todos sabemos de la historia de este hombre que de la noche a la mañana se ve desposeído de todos bienes y posesiones, pero peor aún una grave enfermedad ataca su vida con una llaga dolorosa haciéndole perder casi toda su esperanza en su dolor y sufrimiento. El libro de Job son esas reflexiones que se hacen los que van a consolarle en su sufrimiento – en muchos casos sólo bonitas palabras que a la larga no consuelan – y son los mismos interrogantes que se suscitan en su corazón, que en parte escuchamos en este texto.
‘Mi herencia son meses baldíos, me asignan noches de fatiga; al acostarme pienso ¿cuándo me levantaré? Se alarga la noche y me harto de dar vueltas hasta el alba…’ Son algunas de esas expresiones de desesperanza que también muchas veces de una forma o de otra inundan nuestra vida con el dolor.
Jesús llega a nuestra vida, quiere traspasar el umbral de nuestra vida con una luz que nos dé un sentido y un valor; en El encontramos esa paz que necesitamos allá en lo más hondo del alma; El viene a nuestra vida con su salvación. Contemplamos el evangelio y vemos cómo va tendiendo su mano continuamente para levantarnos, para llenarnos de salud, de vida, de salvación. ‘La población entera se agolpaba a la puerta’, nos dice el evangelista, ‘y  curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios…’
En el evangelio vemos que la presencia de Jesús abre los corazones a la esperanza y a la paz. Cristo viene a hacer desaparecer el mal de nuestros corazones. Si nos fijamos veremos en cuántas ocasiones después de curar o de perdonar a quien acude a El lo despide con la paz: ‘vete en paz’, les dice continuamente. Y hoy hemos visto que cuando a la suegra de Simón se le pasó la fiebre ‘se puso a servirles’. Es bien significativo su sentido.
La fe que ponemos en Jesús nos hace descubrir el amor. Y es en el amor donde vamos a encontrar la luz y el sentido de todo. Creemos en Jesús y creemos en su amor. Creemos en Jesús y le contemplamos dándose continuamente por amor hasta llegar a la entrega suprema de amor que fue la pasión y la cruz. No entenderíamos la pasión y la muerte en cruz si no lo hacemos desde el amor. Es la prueba suprema del amor, como tantas veces hemos recordado: ‘tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único por nosotros’.
No entenderíamos ni le encontraríamos sentido hondo y verdadero a nuestro sufrimiento si no lo hacemos desde el amor, como Jesús. Es la respuesta honda que Jesús da a esos interrogantes que surgen en nuestra vida. No tenemos que hacer otra cosa que mirarle a El, y mirarle en su entrega suprema de la cruz. Por eso entendemos fácilmente que la suegra de Pedro cuando Jesús la levantó de sus fiebres ‘se puso a servirles’.
Jesús viene a nosotros, quiere traspasar ese umbral de las puertas de nuestra vida, y quiere comunicarnos su Palabra, su vida, su salvación. Sintámonos gozosos con que Jesús quiera llegar así hasta nosotros. Dejémosle entrar. El quiere hablarnos al corazón como dos amigos que apaciblemente se sientan a hablar y comentar las cosas de la vida.
Ese detalle de que nos habla el evangelista de que al amanecer Jesús se fue al descampado a orar nos está hablando de esa necesidad que tenemos nosotros de entablar ese diálogo de amor con el Señor que es nuestra oración. Seguro que ahí, en la oración, en ese encuentro íntimo y vivo con el Señor, encontraremos esas respuestas que necesitamos, como esa fuerza para seguir sirviendo y amando, para seguir anunciando su nombre por todas partes, porque lo que hemos visto y oído, lo que hemos sentido y experimentado en el corazón no lo podemos callar sino que tenemos que anunciarlo a los demás.
Por algo hoy nos dice el apóstol ‘¡ay de mí si no anuncio el evangelio!’. Es a lo que nos sentimos comprometidos. Es lo que tenemos que hacer con gusto y con la alegría grande de la fe que vivimos.

martes, 8 de marzo de 2011

Hacemos pascua en nosotros esperando la vida que Dios da a los que perseveran en su fe



Tobías, 2, 10-23;

Sal. 111;

Mc. 12, 13-17

No nos da opción a hacer muchos comentarios sobre el libro de Tobías cuya lectura continuada se inició ayer y que al interrumpirse hoy el tiempo ordinario por iniciarse mañana la cuaresma no nos lo volveremos a encontrar cuando lo reanudemos después de la Pascua.

En la presentación de Tobit o Tobías que se nos ha hecho ayer y hoy se nos manifiesta como un hombre de fe y de gran corazón. Ayer ya escuchábamos cómo en la fiesta de Pentecostés al tener preparada la mesa para comer no quería hacerlo sin compartir con otros israelitas que estuvieran pasando necesidad y por eso manda a su hijo en búsqueda de con quien compartir su mesa y su comida. ‘Vete a invitar a algunos hombres piadosos de nuestra tribu para que coman con nosotros’.

Pero no se agotaba aquí su gran corazón porque piadosamente enterraba, exponiendo su vida incluso, a aquellos eran estrangulados y arrojados a la plaza a pesar de las prohibiciones. ‘Tobías temía a Dios más que al rey y recogía los cadáveres de los asesinados y a media noche los enterraba’ obrando con gran misericordia, que nos recuerda lo que en catecismo llamamos las obras de misericordia.

En el texto que hoy hemos escuchado se pone a prueba su fe. Nos narra el detalle de cómo perdió la visión de sus ojos a la vuelta de estos enterramientos, y como nos dice el texto sagrado ‘Dios permitió que le sucediese esta desgracia para que, como Job, diera ejemplo de paciencia’.

Bien lo va a necesitar porque será objeto de burlas e insultos de sus vecinos e incluso la incomprensión de su propia mujer. ‘Como desde niño había temido a Dios guardando sus mandamientos no se abatió ni se rebeló contra Dios por la ceguera, sino que siguió imperturbable en el temor de Dios dándole gracias todos los días de su vida’. Y a todo lo que le decían respondía que ‘esperamos la vida que Dios da a los que perseveran en su fe’.

Creo que con lo que hemos subrayado tenemos hermosas enseñanzas. Cómo necesitamos aprender de esa santa paciencia que se manifiesta en Tobías y de esa confianza por encima de todo, incluso de la adversidad, en el Señor. ‘No se abatió ni se rebeló contra Dios’, nos dice el texto sagrado. Muchas dudas e interrogantes pueden surgir en nuestro corazón cuando nos aparecen cosas adversas en la vida, problemas, dificultades, contratiempos, enfermedades, limitaciones de todo tipo.

Muchas veces nos pueden resultar duras esas situaciones a las que debemos enfrentarnos, pero nuestra fe no se debe debilitar de ninguna manera. Nuestra fe porque confiamos totalmente en el Señor y nuestra esperanza. ‘Esperamos la vida que Dios da a los que perseveran en su fe’. Es una esperanza en la vida eterna y en la resurrección. Es ahí donde podemos alcanzar la plenitud de nuestra vida en Dios. Es en esa vida eterna donde tenemos la confianza de la recompensa de Dios por nuestra fidelidad y nuestra constancia.

Nosotros, cristianos, además podemos hacer algo más que es el ofrecimiento de nuestra vida al Señor para unirnos con nuestros sufrimientos y limitaciones a lo que fue el dolor y el sufrimiento de la pasión redentora de Cristo. Qué oportunidad más hermosa tenemos en nuestra vida. Hacer en verdad pascua de nuestra vida.

Vamos muriendo en nosotros mismos con nuestras limitaciones y sufrimientos, pero vamos muriendo cuando nos entregamos y nos desgatamos por amor como lo hizo Cristo en la Cruz. Lo vemos en Tobías en el amor misericordioso que vivía para ayudar a los demás, que le lleva a un sufrimiento en su ceguera pero que no pierde la fe porque espera la vida que Dios da a los que creen en El. Pero es Pascua en nosotros unidos a Cristo porque no sólo es esa muerte que vamos realizando en nosotros en nuestros sufrimientos o en nuestra entrega de amor, sino que será vida y resurrección con Cristo resucitado, con Cristo vencedor de esa muerte y que a nosotros entonces nos llena de plenitud.

jueves, 30 de septiembre de 2010

Yo sé que el Señor vive

Job, 19, 21-27;
Sal. 26;
Lc. 10, 1-12

‘Yo sé que está vivo mi Salvador y que al final se alzará sobre el polvo…’ Aquí expresa Job toda su fe y confianza en el Señor. Tan cierto está que quiere que ‘se escribieran sus palabras, ojalá se grabaran en cobre; con cincel de hierro y en plomo se escribieran para siempre en la roca’.
La experiencia del dolor y del sufrimiento ha sido dura para Job. Tanto ha sido su sufrimiento que deseó no haber nacido, como hemos escuchado en días pasados. ‘¿Por qué al salir del vientre no morí, o perecí al salir de las entrañas?’
Sus amigos han venido a consolarlo; unas veces en silencio – siete días estuvieron en silencio sin pronunciar palabra -, otras veces al compartir su dolor ofreciéndole el consuelo de sus palabras con sus propios razonamientos para darle ánimos, que se convertían en palabras bonitas o vacías que a él de nada le sirvieron.
Pero su fe y su esperanza en el Señor es firme, aunque le cueste comprender. Muchas veces sentirá el peso de su dolor como un castigo – ‘sé muy bien que es así, dice, que el hombre no es justo ante Dios’ – y se siente pequeño ante la inmensidad de Dios al recordar todas las maravillas de la creación. Se fía, sin embargo, de Dios, en quien pone toda su esperanza, en el Dios que espera ver un día cara a cara. ‘Ya sin carne veré a Dios; yo mismo lo veré y no otro, mis propios ojos lo verán. ¡Desfallezco de ansias en mi pecho!’
Por eso podíamos repetir nosotros en el salmo, como una respuesta hecha oración a la Palabra que vamos escuchando: ‘Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida’, porque en verdad buscamos siempre el rostro del Señor y con humildad a El nos acercamos y en El ponemos toda nuestra confianza.
Se nos cuestiona por un lado toda nuestra fe al vernos sumergidos en el dolor. Buscamos respuestas, buscamos fuerza, nos sentimos débiles, acudimos al Señor y al final nuestra fe tiene que salir más fortalecida.
Pero se nos cuestiona también la forma en que vamos a los demás para acompañarles en su dolor o sufrimiento. No siempre encontramos la forma más acertada. Muchas veces tenemos el peligro de abundarnos en palabras y consuelos, que no llegan profundamente a la persona. Tendríamos muchas veces que aprender a acompañar en silencio, estando al lado del que sufre y haciendo nuestro su dolor.
No nos valen recetas aprendidas de memoria, sino que lo que nos vale es el amor. No podemos añadir más sombras con nuestros razonamientos o nuestras limitadas experiencias sino que tenemos que procurar despertar la luz de la esperanza. Hacer silencio de mis pensamientos o ideas preconcebidas para poder escuchar en lo hondo de nosotros mismos lo que el Señor quiere manifestarnos quizá a través del dolor de esos que sufren a nuestro lado.
Hoy en el evangelio hemos escuchado el envío de Jesús a los setenta y dos discípulos a anunciar el Reino de Dios. Escuchemos las recomendaciones de Jesús y lo que Jesús les enseña a decir y a hacer.
‘Cuando entréis en una casa, decid primero: Paz a esta casa…’ El primer anuncio la paz de Dios. Luego sigue diciéndonos Jesús: ‘Si entráis en un pueblo y os reciben bien, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya y decid: está cerca de vosotros el Reino de Dios’. Compartir haciéndonos uno con aquellos a los que vamos a ver o a anunciar el Evangelio; dar las señales del amor con la compasión y la misericordia; entonces en verdad hacemos presente el Reino de Dios. cuántas lecciones y consecuencias podemos sacar de todo esto para nuestro actuar.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Job, hombre justo y honrado que teme a Dios y se aparta del mal


Job, 1, 6-22;
Sal. 16;
Lc. 9, 46-50

Como una alegoría o una gran parábola comenzamos a leer el libro de Job, ‘hombre justo y honrado, que teme a Dios y se aparta del mal’. Así nos describe el autor sagrado a este personaje del Antiguo Testamento de cuya historia podemos sacar hermosas lecciones para nuestra vida.
¿Seremos fieles a Dios solamente en los momentos de dicha y bienestar y las cosas nos marchan bien o seremos capaces de mantener esa fidelidad también en los momentos difíciles, en la desgracia o cuando nos apremie el sufrimiento, la enfermedad o la muerte? Podíamos decir que es el interrogante que ya desde un principio se nos plantea. ¿Seremos capaces en la prueba y en la tentación de mantener esa fidelidad?
Con unas imágenes muy antropomórficas (a la manera de unos diálogos entre humanos) nos presenta ese diálogo de Dios y Satanás que dará pie a todo lo que luego va a suceder. Dios se regocija de la bondad y honradez de Job, pero el diablo le dice que eso es porque Job ha sido bendecido con toda clase de bienes. Si pasa por la prueba de que se le arrebaten todas esas cosas ¿seguirá siendo fiel?
Dios permite la tentación y que Job se vea desposeído de todo: ganados, posesiones, incluso sus hijos van a perecer y Job se verá sin nada. El autor sagrado en breves pinceladas describe cómo todo se le arrebata por ladrones, o por catástrofes naturales. ¿Cuál será su reacción de Job?
‘Entonces Job se levantó, se rasgó el manto – era la señal de dolor y de duelo -, se rapó la cabeza, se echó por tierra y dijo: Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré a él. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; bendito sea el nombre del Señor’. Y comenta el autor sagrado: ‘A pesar de todo, Job no protestó contra Dios’. Más que protestas lo que vemos son bendiciones. ‘Bendito sea el nombre del Señor’.
A través de todo el texto se irán sucediendo las explicaciones humanas que los hombres nos hacemos de lo que nos sucede o del por qué de las desgracias. Como escucharemos tres amigos vendrán a consolar a Job en su infortunio y en un hermoso diálogo se sucederán esas explicaciones, manteniéndose siempre la fidelidad de Job, pero escuchando también el auténtico mensaje del cielo para comprender todo ese misterio del mal.
Ya lo iremos escuchando y haciendo algún comentario. Hoy nos queda el contemplar este primer momento y esta primera reacción del paciente Job que le lleva por encima de todo a bendecir al Señor. En la vida nos suceden también males, nos aparece la desgracia o se nos echa encima, por decirlo de alguna manera, el dolor y el sufrimiento. Quizá el vernos debilitados por los años y los achaques de la enfermedad nos pudiera hacer pensar muchas veces en lo que era nuestra vida y lo que ahora podemos ser en nuestra debilidad. Cuántas explicaciones queremos darnos muchas veces.
Puede surgir también en nuestro interior la desesperación, la impotencia, la angustia, el agobio al sentirnos débiles, al tener que afrontar problemas y sufrimientos. ¿Cuál es nuestra reacción? ¿Por qué a mí? Decimos muchas veces y pensamos en castigos o en sentirnos culpables de alguna manera. No vamos a intentar buscar razonamientos o respuestas fáciles.
Con la misma fe y esperanza que nos manifiesta Job cuando llega a bendecir a Dios en medio de su desgracia, y teniendo nosotros muchas más motivaciones cuando contemplamos a Jesús, el Justo y el Inocente, cargando con su cruz y nuestra cruz en su pasión, vamos a pedir que el Espíritu del Señor nos ilumine; que la Palabra del Señor que iremos escuchando vaya ayudándonos a descubrir el sentido de todo y su valor; que nos llenemos en el fondo de corazón siempre de paz y con serenidad afrontemos esos momentos difíciles que podamos pasar en la vida.
Que también como el salmista podamos llegar nosotros a decir: ‘aunque me pruebes a fuego, no encontrarás malicia en mí’. Seguro que en Jesús vamos a encontrar esa luz que necesitamos y esa fortaleza para nuestra vida.

lunes, 2 de noviembre de 2009

A los que han muerto admítelos a contemplar la luz de tu rostro

Lam 3, 17-26
Sal. 24
Mc. 15, 33-39; 16, 1-6


Si ayer celebrábamos la gran fiesta de la Iglesia, de Todos los Santos, y contemplábamos a quienes en la Jerusalén del cielo eternamente alaban a Dios con el Cántico del Cordero, el cántico de los vencedores que han lavado y blanqueado sus mantos en la sangre del Cordero, y al mismo tiempo queríamos echar una mirada a los que peregrinos aún en esta tierra quieren vivir en fidelidad y santidad, hoy queremos recordar, contemplar y sentirnos en una comunión solidaria con aquellos que habiendo salido ya de este mundo se purifican para poder entrar en el Banquete de las Bodas eternas.
Es la conmemoración de todos los fieles difuntos que hacemos en este día. Un día en el que, aún enfrentándonos a la cruda y dolorosa realidad de la muerte, sin embargo no queremos vivir desde la amargura sino desde la esperanza.
Es cruda y dura le realidad de la muerte a la que todos tenemos que enfrentarnos. Ya sea en la desaparición de nuestros seres queridos, familiares, amigos, conocidos, personas cercanas a nosotros, ya sea en esa realidad de la muerte que estamos viendo todos los días a nuestro alrededor, muchas veces muy dolorosa como consecuencia de la violencia de la vida manifestada en tantas cosas, ya sea la realidad de nuestra propia muerte a la que un día tenemos que enfrentarnos y que nos lo recuerda la propia debilidad de nuestro cuerpo, las enfermedades o también los achaques como consecuencia de la longeva edad.
Pero ante el hecho de la muerte nosotros no sufrimos como los hombres sin esperanza, como nos lo recuerda san Pablo en ese texto de la carta a los Tesalonicenses que tantas veces habremos escuchado y meditado. Nuestra esperanza está en el Dios de la vida. Nuestra esperanza está en Jesucristo, muerto y resucitado.
Sí, Jesús, el Hijo del Dios vivo que se hizo hombre como nosotros asumiendo nuestra naturaleza humana en toda su condición; asumiendo también el hecho de la muerte. Lo contemplamos muerto en la Cruz, pero lo contemplamos vivo y resucitado. Va delante de nosotros asumiendo nuestra realidad humana porque quiere conducirnos a la vida, y a una vida sin fin.
Cristo resucitó y quiere así llevarnos a nosotros a la vida. ‘Sé que mi Redentor vive’, decía el santo Job. Y, desde la experiencia dura de dolor que experimenta en su vida - muerte de sus hijos, pérdida de sus posesiones, enfermedad que envuelve su vida, desprecio de amigos y conocidos -, porque mi Salvador vive, sabe que él también vivirá. Podemos sentirnos abrumados por el dolor o la muerte que nos aterra, como veíamos en el autor de las Lamentaciones - ‘Se me acabaron las fuerzas y mi esperanza…’ decía el autor sagrado -, para enseguida sin embargo reacciona y pone toda su confianza en ‘la misericordia del Señor que no termina y en la compasión que no acaba’. Así nos confiamos en el Señor.
En la liturgia lo expresamos de muchas maneras. Cuando pedimos por los difuntos en la plegaria eucarística decimos ‘a cuantos murieron recíbelos en tu Reino, donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria, allí enjugarás las lágrimas de nuestros ojos, porque al contemplarte como Tú eres, Dios nuestro, seremos semejantes a ti y cantaremos eternamente tus alabanzas’.
Llegaremos al Reino eterno de Dios. Es nuestra esperanza y eso pedimos para el que ha muerto. Pero decimos más, vamos a gozar de la plenitud eterna de la gloria de Dios. ¿No hay ansias de plenitud en nuestro corazón? Pues esa es nuestra certeza y esperanza. Pero aún más, podremos contemplar cara a cara a Dios. ¿Todos no deseamos ver a Dios, conocerle tal cual es? Lo podremos contemplar, pero la dicha está además en que seremos para siempre semejantes a El. Así nos unimos a Dios.
¿Queremos más razones para la esperanza? ¿Queremos más motivos para que el recuerdo de nuestros difuntos no sea para el llanto y la amargura? Por supuesto que sentimos la pena y el desgarro de la separación, pero nuestros lloros, ¿no serán muchas veces una falta de fe y de esperanza?
Iremos a gozar de la visión de Dios ¿por qué tenemos miedo? Tenemos la esperanza de que nuestros seres queridos estén gozando de esa visión de Dios y para eso rezamos por ellos, ¿por qué tantas lágrimas y tanta amargura? Recemos, pidamos por ellos, con esperanza, con confianza en la Palabra del Señor. ‘A todos los que han muerto en tu misericordia admítelos a contemplar la luz de tu rostro… concédeles el lugar del consuelo, de la luz y de la paz’.
Es por eso por lo que podemos dar gracias a Dios, como hacemos en uno de los prefacios ‘porque, al redimirnos con la muerte de tu Hijo Jesucristo, por tu voluntad salvadora nos llevas a nueva vida para que tengamos parte en su gloriosa resurrección… quiso entregar su vida para todos tuviéramos vida eterna’.
Todo esto tiene que motivarnos a que no tengamos miedo a nuestra propia muerte. En el temor del Señor, sí, nos prepararemos tratando de vivir en la santidad a la que estamos llamados, apartando de nosotros el pecado pero, acogiéndonos a la misericordia infinita de Dios, nos ponemos en sus manos amorosas de Padre.

domingo, 2 de noviembre de 2008

Nos llevas a nueva vida para que tengamos parte en tu gloriosa resurrección

Job. 19, 1.23-27;
Salmo 22;
Rm. 14, 7-9-10-12;
Jn. 14, 1-6
Damos por sentado que quienes vamos a celebrar esta Conmemoración de Todos los Difuntos somos personas creyentes y con esperanza. Pero somos conscientes también de que estamos sujetos a muchas influencias externas y ajenas a nuestra fe cuando tenemos que enfrentarnos al misterio de la vida y de la muerte. Así corremos el riesgo de que el recuerdo y la conmemoración de los difuntos que hacemos en este día pueda perder su más auténtico sentido cristiano, se tiña incluso de connotaciones paganas o nos resignemos ante la muerte con un sentido fatídico y desesperanzado.
La vida no es una autopista que se acaba en el vacío, sino un camino que nos conduce a la plenitud. Decíamos al principio que necesitamos de la fe y de la esperanza. Si éstas nos fallan todo se nos convertiría en un sin sentido y en un vacío, que nos puede llevar a una resignación sin esperanza, a la desesperación. Muchas veces hemos escuchado aquel texto de san Pablo que nos dice que nosotros no podemos sufrir ante la muerte como los que no tienen esperanza.
Es cierto que es duro el que un día esta vida terrena se acabe, o ante nuestros ojos desaparezcan con la muerte los seres queridos. Es normal el dolor del desgarro de la separación. Pero quien ha llenado su vida de fe y de esperanza se enfrenta a este hecho natural con un nuevo y distinto sentido. No es esa vida terrena o corporal en lo que sólo pensamos. Somos algo más que eso y hay algo más en nuestro vivir. Hay una trascendencia mayor en nuestra vida. Hay en nosotros una llamada a la plenitud. Es la luz que nos da la Palabra del Señor, que siempre es para nosotros una Palabra de Vida. Es el sentido que en Cristo encontramos para nuestro vivir y para nuestro morir.
Hay una hermosa afirmación en el texto del libro de Job que hoy hemos proclamado en la primera lectura. ‘Yo sé que mi Redentor está vivo... yo mismo lo veré, mis propios ojos lo contemplarán...’ Job es el hombre del sufrimiento, que se ha visto desposeído de todos sus bienes e incluso su vida machacada por la enfermedad, pero es también el hombre de la esperanza. Desde su dolor, desde su sufrimiento, desde la muerte que acecha su vida, él ha sido capaz de descubrir la presencia de Dios. Después de la experiencia del dolor, Job podrá exclamar. ‘Te conocía sólo de oídas, ahora te han visto mis ojos’. Se ha abandonado en las manos de Dios y ha podido llegar a descubrir el verdadero rostro de Dios.
Esa experiencia y esa proclamación de fe y esperanza de Job se convierten para nosotros desde Cristo muerto y resucitado en una experiencia pascual. ‘Sé que mi Redentor está vivo...’ porque creemos en Cristo muerto y resucitado. Cristo es el Señor que vive y que nos da vida. Cristo resucitado es el sentido de nuestra vida y también de nuestro morir. Por eso podíamos escuchar a san Pablo: ‘Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte somos del Señor’. Cristo es quien únicamente da consistencia y sentido tanto al vivir como al morir. En Cristo veremos cumplidas esas ansias de plenitud, porque El quiere darnos una vida sin fin.
Y es que la vida del hombre se transforma por la resurrección de Jesucristo. Cristo, muerto y resucitado, es el centro de nuestra fe, y El nos ha hecho partícipes en su victoria sobre la muerte. Como decimos en la oración litúrgica, ‘al confesar nuestra fe en la resurrección de Jesucristo, se afianza también nuestra esperanza de que todos tus hijos resucitarán’. O como decimos en otra oración, ‘pues creyeron en la resurrección futura, merezcan alcanzar los gozos de la eterna bienaventuranza’.
¿Qué necesitamos? Fe. ‘Que no tiemble vuestro corazón, nos dice Jesús; creed en Dios y creed también en mí’. Y creemos en Jesús. Nos fiamos de su Palabra. Y es que El es la Vida, y es el Camino, y es la verdad. Lo hemos escuchado en el Evangelio. ‘Yo soy el Camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre sino por mí’. Solamente a través de Cristo podemos alcanzar la vida eterna. Solamente con Cristo vamos a alcanzar la autentica plenitud de nuestro ser al unirnos plenamente a Dios. La muerte no es entonces un vacío, sino va a ser el retorno al Padre para vivir plenamente en El. Y como nos dice hoy Jesús, ‘voy a prepararos sitio... volveré y os llevaré conmigo, para que donde yo estoy estéis también vosotros’.
Con Jesús, entonces, todo tiene un nuevo sentido. Con Cristo hay esperanza en nuestro corazón. Cuando creemos en Jesús no puede haber amargura en nuestro corazón a causa de la muerte, nuestra o de nuestros seres queridos, sino que siempre hay esperanza. Desde Jesús todo entonces se hace oración. Nuestro recuerdo de los seres queridos no se queda en una lágrima ni en una flor. Repito, es normal la pena de la separación física de nuestros seres queridos; es justo que tengamos un hermoso recuerdo de aquellos a quienes amamos, y le podamos hacer incluso la ofrenda de una flor. Pero lo más hermoso que podemos hacer es una oración llena de esperanza.
Es lo que queremos que sea esta conmemoración que hacemos en este día. Que no es, además, sólo recordar a nuestros seres queridos. Es una conmemoración que quiere hacer la Iglesia de todos los que han muerto para por todos ellos elevar la más hermosa de nuestras oraciones que es la celebración de la Eucaristía. Queremos que estén en el Señor y sólo los méritos de Cristo nos podrán hacer merecer ese perdón y esa vida para siempre. Por eso celebramos la Eucaristía que es celebrar todo el misterio pascual de Cristo, que es celebrar su muerte y su resurrección.
‘Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección...’, Señor que aquellos que han muerto vivan para siempre junto a ti, hayan alcanzado la misericordia divina y gocen para siempre en el cielo de la eterna bienaventuranza. ‘Te damos gracias, vamos a decir en el prefacio, porque, al redimirnos con la muerte de tu Hijo Jesucristo, por tu voluntad salvadora nos llevas a nueva vida para que tengamos parte en su gloriosa resurrección’.
Que esta sea nuestra esperanza y que así surja confiada nuestra oración.

viernes, 3 de octubre de 2008

Te doy gracias porque me has escogido portentosamente...

Job, 38, 1.12-21; 39, 33-35
Sal. 138
Lc. 10, 13-16

Recordamos al paciente Job sobre el que caían desgracias sin cuento, pero que no perdió nunca la calma ni la esperanza en medio de su adversidad. Esta semana ha sido el tema de la primera lectura, aunque por razón de las memorias que hemos tenido que celebrar, santos Arcángeles, Ángeles custodios y otros santos, no hemos podido seguir con detalle.
Decir que a casa de Job llegaron diversos amigos con palabras de consuelo, palabras que no satisfacían a nadie ni nada consolaban, y hasta el mismo Job se hace sus reflexiones buscando una respuesta a sus preguntas e interrogantes profundos de su alma.
Hoy, ya casi al final del libro de Job, es Dios quien le habla para dar a conocer su grandeza manifestada en la obra de la creación. Cuando el hombre con sus sabidurías humanas quiere dar respuesta a todos los interrogantes, Dios viene a decirle a Job que está por encima de todo eso, puesto que ¿ha sido capaz el hombre de realizar toda esa maravilla de la creación?
Con lenguaje y preguntas propias de su época, que hoy tendrían quizá otros planteamientos, el Señor le pregunta a Job si es el hombre el que ha creado la maravilla de un amanecer o un atardecer, o ha podido medir toda la profundidad y amplitud de la tierra y el universo. Aunque en nuestros avances científicos y conocimiento de la naturaleza y el universo podamos dar muchas respuestas, siempre detrás de todo eso sigue el interrogante del misterio, porque la inmensidad de todo lo creado y de su Creador va mucho más allá de lo que el hombre con su inteligencia pueda abarcar.
Hoy mismo tenemos esos experimentos científicos capaces quizá de decirnos que hubo en el momento del bing bang, pero siempre queda el misterio y la pregunta, ¿y antes? ¿y más allá? ¿y en el fondo de todo eso no hay un Creador? Preguntas y misterio que al creyente lo llevan a preguntarse por Dios.
Ante la inmensidad de la creación y de lo que Dios le plantea Job se queda mudo. ‘Me siento pequeño, dice, ¿qué replicaré? Me llevaré la mano a la boca; he hablado una vez, y no insistiré, dos veces, y no añadiré nada’.
Ante Dios ¿qué podemos decir? ¿Nos quedaremos mudos también? Con el salmo 138 nosotros decimos también: ‘¿A dónde iré lejos de tu aliento, a dónde escaparé de tu mirada? Si escalo el cielo... si me acuesto en el abismo... si vuelo hasta el margen de la aurora... si emigro hasta el confín del mar... allí estás tú... allí te encuentro... allí me alcanzará tu izquierda... me agarrará tu derecha...’
¿Qué puedo decir? ¿Me quedaré mudo? Tendré que reconocer la grandeza de Dios y darle gracias. ‘Te doy gracias porque me has escogido portentosamente...’ Maravilloso es el mundo que has creado, pero más maravillosa es la obra más bella de todas tus criaturas. ‘¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, para hacerlo poco inferior a los ángeles?’ Grande nos has creado cuando nos has dado esa inteligencia y esa capacidad de conocimiento para poder descubrir y admirar tus maravillas. Lo has hecho el rey de la creación y todo lo has puesto en sus manos. Te doy gracias, Señor, porque te hayas fijado en mí, pequeño entre la inmensidad de tu creación, pero me amas con un amor tan especial.
‘Te doy gracias porque me has escogido portentosamente, porque son admirables tus obras...’

martes, 30 de septiembre de 2008

¿Cómo reaccionamos ante el mal que tengamos que sufrir?

Job, 3, 1-3.11-17.20-23
Sal. 87
Lc. 9, 51-56

¿Cómo reaccionamos ante el mal que tengamos que sufrir? Muchas cosas nos hacen sufrir, ya sean nuestras propias debilidades o enfermedades, y sean tantas limitaciones a las que nos vemos sometidos, o ya sea también en el sufrimiento que tengamos causado por los otros, porque nos hagan daño, nos contradigan en nuestros deseos, o por tantas otras cosas que surgen en nuestra relación con los otros. La vida no siempre es un camino de rosas y, aunque así fuera, esas rosas también tienen espinas que en determinados momentos nos pudieran herir.
La Palabra de Dios, el Evangelio, ilumina todas las situaciones de nuestra vida. Desde el Evangelio tendremos que saber encontrar esas actitudes nuevas con las que nos enfrentemos a esas situaciones y es escuela que nos enseña para nuestro actuar. Por eso, el creyente cristiano, el que cree en Cristo, tiene que saber leer la Palabra de Dios en esas situaciones de nuestra vida y dejar que nos ilumine y nos dé pautas para nuestro actuar.
La Palabra de Dios que hoy se nos ha proclamado nos presenta dos situaciones en este sentido y quiere ser esa luz para nuestra vida. Ayer comenzamos a leer el libro de Job, uno de los libros sapienciales del Antiguo Testamento (aunque ayer no lo tuvimos en la realidad, porque en la liturgia prevalecía la celebración de los Santos Arcángeles que tenía sus lecturas propias). Todos conocemos la situación de justo Job, proverbial en su paciencia y en su camino desde el dolor y el sufrimiento para encontrar en Dios esa respuesta que necesitaba en su situación.
Desposeído de sus hijos y de todas sus posesiones – es la prueba a la que quiere someterle el diablo, permitiéndolo Dios, para ver hasta donde llegaba su fidelidad al Señor – su reacción es la del hombre creyente que se somete a la voluntad de Dios. sus primeras palabras tras tanta desgracia que le sumía además en cruel enfermedad, fueron: ‘Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré a él. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; bendito sea el nombre del Señor’. Y concluye el texto sagrado: ‘A pesar de todo, Job no protestó contra Dios’.
Pero la situación se prolonga y se hace difícil. Hoy escuchamos el grito desesperanzado de Job que hubiera preferido no haber nacido. ‘¡Muera el día en que nací, la noche que dijo: se ha concebido un varón!... ¿Por qué dio a luz a un desgraciado y vida al que la pasa en amargura..?’ Es el llanto del que se ve en un callejón sin salida en medio de tinieblas. Seguiremos en los próximos días con el texto de Job e iremos escuchando las distintas respuestas que se le van dando con buena voluntad por parte de los amigos que le visitan. Al final vendrá la respuesta del Señor. Hoy sólo queda la súplica que expresamos en el salmo responsorial. ‘Llegue, Señor, hasta ti mi súplica... de noche grito en tu presencia... mi vida está al borde del abismo... tengo mi cama entre los muertos...’
Por su parte en el evangelio vemos otra situación, en este caso ya no producida por la enfermedad. Jesús sube Jerusalén, lo hace consciente de lo que significa esa subida porque es la subida a su Pascua, y lo hace atravesando Samaría, que no es el camino habitual en el que los galileos que se dirigen a Jerusalén utilizan.
Envía a sus discípulos a buscar alojamiento en una de aquellas aldeas, pero son rechazados ‘porque se dirigía a Jerusalén’. Ante el desaire allá están los dos hijos del Zebedeo, los hijos del trueno como los llama Jesús deseando que bajara fuego del cielo contra aquellas gentes que los han rechazado. ‘Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo y acabe con ellos?’ Es la reacción de la violencia y de la venganza. Pero Jesús los regaña. ‘No sabéis de qué espíritu sois’.
No es ese el estilo de Jesús. El no ha venido para condenar, sino para salvar. En su corazón estará siempre la misericordia y el perdón. En una situación así – cuántas veces nos sentimos impulsados también a reacciones de violencia y de venganza cuando nos contradicen o las cosas no nos gustan – mejor es irse a otro lado. ‘Se marcharon a otra aldea’, dice el evangelista. La humildad y la mansedumbre son las actitudes que Jesús nos enseña. Es el mejor camino que nos conduce al amor y al perdón.
¿Cómo reaccionamos ante el mal que tenemos que sufrir? Nos preguntábamos al principio. Miremos, pues, cuales son las actitudes de Jesús. Dejémonos enseñar por Jesús.