Vistas de página en total
sábado, 6 de octubre de 2012
jueves, 4 de octubre de 2012
Veré a Dios, yo mismo lo veré y no otro, mis propios ojos lo verán
miércoles, 3 de octubre de 2012
Buscando a Dios que da sentido a
nuestro vivir y sufrir
martes, 2 de octubre de 2012
Desde nuestra rebeldía interior busquemos la luz que nos llena de paz
lunes, 1 de octubre de 2012
Un hombre justo y honrado que teme al Señor y en El pone toda su esperanza
domingo, 5 de febrero de 2012

Jesús traspasa el umbral de nuestra
vida con su Palabra salvadora
martes, 8 de marzo de 2011
Hacemos pascua en nosotros esperando la vida que Dios da a los que perseveran en su fe

Tobías, 2, 10-23;
Sal. 111;
Mc. 12, 13-17
No nos da opción a hacer muchos comentarios sobre el libro de Tobías cuya lectura continuada se inició ayer y que al interrumpirse hoy el tiempo ordinario por iniciarse mañana la cuaresma no nos lo volveremos a encontrar cuando lo reanudemos después de la Pascua.
En la presentación de Tobit o Tobías que se nos ha hecho ayer y hoy se nos manifiesta como un hombre de fe y de gran corazón. Ayer ya escuchábamos cómo en la fiesta de Pentecostés al tener preparada la mesa para comer no quería hacerlo sin compartir con otros israelitas que estuvieran pasando necesidad y por eso manda a su hijo en búsqueda de con quien compartir su mesa y su comida. ‘Vete a invitar a algunos hombres piadosos de nuestra tribu para que coman con nosotros’.
Pero no se agotaba aquí su gran corazón porque piadosamente enterraba, exponiendo su vida incluso, a aquellos eran estrangulados y arrojados a la plaza a pesar de las prohibiciones. ‘Tobías temía a Dios más que al rey y recogía los cadáveres de los asesinados y a media noche los enterraba’ obrando con gran misericordia, que nos recuerda lo que en catecismo llamamos las obras de misericordia.
En el texto que hoy hemos escuchado se pone a prueba su fe. Nos narra el detalle de cómo perdió la visión de sus ojos a la vuelta de estos enterramientos, y como nos dice el texto sagrado ‘Dios permitió que le sucediese esta desgracia para que, como Job, diera ejemplo de paciencia’.
Bien lo va a necesitar porque será objeto de burlas e insultos de sus vecinos e incluso la incomprensión de su propia mujer. ‘Como desde niño había temido a Dios guardando sus mandamientos no se abatió ni se rebeló contra Dios por la ceguera, sino que siguió imperturbable en el temor de Dios dándole gracias todos los días de su vida’. Y a todo lo que le decían respondía que ‘esperamos la vida que Dios da a los que perseveran en su fe’.
Creo que con lo que hemos subrayado tenemos hermosas enseñanzas. Cómo necesitamos aprender de esa santa paciencia que se manifiesta en Tobías y de esa confianza por encima de todo, incluso de la adversidad, en el Señor. ‘No se abatió ni se rebeló contra Dios’, nos dice el texto sagrado. Muchas dudas e interrogantes pueden surgir en nuestro corazón cuando nos aparecen cosas adversas en la vida, problemas, dificultades, contratiempos, enfermedades, limitaciones de todo tipo.
Muchas veces nos pueden resultar duras esas situaciones a las que debemos enfrentarnos, pero nuestra fe no se debe debilitar de ninguna manera. Nuestra fe porque confiamos totalmente en el Señor y nuestra esperanza. ‘Esperamos la vida que Dios da a los que perseveran en su fe’. Es una esperanza en la vida eterna y en la resurrección. Es ahí donde podemos alcanzar la plenitud de nuestra vida en Dios. Es en esa vida eterna donde tenemos la confianza de la recompensa de Dios por nuestra fidelidad y nuestra constancia.
Nosotros, cristianos, además podemos hacer algo más que es el ofrecimiento de nuestra vida al Señor para unirnos con nuestros sufrimientos y limitaciones a lo que fue el dolor y el sufrimiento de la pasión redentora de Cristo. Qué oportunidad más hermosa tenemos en nuestra vida. Hacer en verdad pascua de nuestra vida.
Vamos muriendo en nosotros mismos con nuestras limitaciones y sufrimientos, pero vamos muriendo cuando nos entregamos y nos desgatamos por amor como lo hizo Cristo en la Cruz. Lo vemos en Tobías en el amor misericordioso que vivía para ayudar a los demás, que le lleva a un sufrimiento en su ceguera pero que no pierde la fe porque espera la vida que Dios da a los que creen en El. Pero es Pascua en nosotros unidos a Cristo porque no sólo es esa muerte que vamos realizando en nosotros en nuestros sufrimientos o en nuestra entrega de amor, sino que será vida y resurrección con Cristo resucitado, con Cristo vencedor de esa muerte y que a nosotros entonces nos llena de plenitud.
jueves, 30 de septiembre de 2010
Yo sé que el Señor vive
‘Yo sé que está vivo mi Salvador y que al final se alzará sobre el polvo…’ Aquí expresa Job toda su fe y confianza en el Señor. Tan cierto está que quiere que ‘se escribieran sus palabras, ojalá se grabaran en cobre; con cincel de hierro y en plomo se escribieran para siempre en la roca’.
La experiencia del dolor y del sufrimiento ha sido dura para Job. Tanto ha sido su sufrimiento que deseó no haber nacido, como hemos escuchado en días pasados. ‘¿Por qué al salir del vientre no morí, o perecí al salir de las entrañas?’
Sus amigos han venido a consolarlo; unas veces en silencio – siete días estuvieron en silencio sin pronunciar palabra -, otras veces al compartir su dolor ofreciéndole el consuelo de sus palabras con sus propios razonamientos para darle ánimos, que se convertían en palabras bonitas o vacías que a él de nada le sirvieron.
Pero su fe y su esperanza en el Señor es firme, aunque le cueste comprender. Muchas veces sentirá el peso de su dolor como un castigo – ‘sé muy bien que es así, dice, que el hombre no es justo ante Dios’ – y se siente pequeño ante la inmensidad de Dios al recordar todas las maravillas de la creación. Se fía, sin embargo, de Dios, en quien pone toda su esperanza, en el Dios que espera ver un día cara a cara. ‘Ya sin carne veré a Dios; yo mismo lo veré y no otro, mis propios ojos lo verán. ¡Desfallezco de ansias en mi pecho!’
Por eso podíamos repetir nosotros en el salmo, como una respuesta hecha oración a la Palabra que vamos escuchando: ‘Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida’, porque en verdad buscamos siempre el rostro del Señor y con humildad a El nos acercamos y en El ponemos toda nuestra confianza.
Se nos cuestiona por un lado toda nuestra fe al vernos sumergidos en el dolor. Buscamos respuestas, buscamos fuerza, nos sentimos débiles, acudimos al Señor y al final nuestra fe tiene que salir más fortalecida.
Pero se nos cuestiona también la forma en que vamos a los demás para acompañarles en su dolor o sufrimiento. No siempre encontramos la forma más acertada. Muchas veces tenemos el peligro de abundarnos en palabras y consuelos, que no llegan profundamente a la persona. Tendríamos muchas veces que aprender a acompañar en silencio, estando al lado del que sufre y haciendo nuestro su dolor.
No nos valen recetas aprendidas de memoria, sino que lo que nos vale es el amor. No podemos añadir más sombras con nuestros razonamientos o nuestras limitadas experiencias sino que tenemos que procurar despertar la luz de la esperanza. Hacer silencio de mis pensamientos o ideas preconcebidas para poder escuchar en lo hondo de nosotros mismos lo que el Señor quiere manifestarnos quizá a través del dolor de esos que sufren a nuestro lado.
Hoy en el evangelio hemos escuchado el envío de Jesús a los setenta y dos discípulos a anunciar el Reino de Dios. Escuchemos las recomendaciones de Jesús y lo que Jesús les enseña a decir y a hacer.
‘Cuando entréis en una casa, decid primero: Paz a esta casa…’ El primer anuncio la paz de Dios. Luego sigue diciéndonos Jesús: ‘Si entráis en un pueblo y os reciben bien, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya y decid: está cerca de vosotros el Reino de Dios’. Compartir haciéndonos uno con aquellos a los que vamos a ver o a anunciar el Evangelio; dar las señales del amor con la compasión y la misericordia; entonces en verdad hacemos presente el Reino de Dios. cuántas lecciones y consecuencias podemos sacar de todo esto para nuestro actuar.
lunes, 27 de septiembre de 2010
Job, hombre justo y honrado que teme a Dios y se aparta del mal

Como una alegoría o una gran parábola comenzamos a leer el libro de Job, ‘hombre justo y honrado, que teme a Dios y se aparta del mal’. Así nos describe el autor sagrado a este personaje del Antiguo Testamento de cuya historia podemos sacar hermosas lecciones para nuestra vida.
¿Seremos fieles a Dios solamente en los momentos de dicha y bienestar y las cosas nos marchan bien o seremos capaces de mantener esa fidelidad también en los momentos difíciles, en la desgracia o cuando nos apremie el sufrimiento, la enfermedad o la muerte? Podíamos decir que es el interrogante que ya desde un principio se nos plantea. ¿Seremos capaces en la prueba y en la tentación de mantener esa fidelidad?
Con unas imágenes muy antropomórficas (a la manera de unos diálogos entre humanos) nos presenta ese diálogo de Dios y Satanás que dará pie a todo lo que luego va a suceder. Dios se regocija de la bondad y honradez de Job, pero el diablo le dice que eso es porque Job ha sido bendecido con toda clase de bienes. Si pasa por la prueba de que se le arrebaten todas esas cosas ¿seguirá siendo fiel?
Dios permite la tentación y que Job se vea desposeído de todo: ganados, posesiones, incluso sus hijos van a perecer y Job se verá sin nada. El autor sagrado en breves pinceladas describe cómo todo se le arrebata por ladrones, o por catástrofes naturales. ¿Cuál será su reacción de Job?
‘Entonces Job se levantó, se rasgó el manto – era la señal de dolor y de duelo -, se rapó la cabeza, se echó por tierra y dijo: Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré a él. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; bendito sea el nombre del Señor’. Y comenta el autor sagrado: ‘A pesar de todo, Job no protestó contra Dios’. Más que protestas lo que vemos son bendiciones. ‘Bendito sea el nombre del Señor’.
A través de todo el texto se irán sucediendo las explicaciones humanas que los hombres nos hacemos de lo que nos sucede o del por qué de las desgracias. Como escucharemos tres amigos vendrán a consolar a Job en su infortunio y en un hermoso diálogo se sucederán esas explicaciones, manteniéndose siempre la fidelidad de Job, pero escuchando también el auténtico mensaje del cielo para comprender todo ese misterio del mal.
Ya lo iremos escuchando y haciendo algún comentario. Hoy nos queda el contemplar este primer momento y esta primera reacción del paciente Job que le lleva por encima de todo a bendecir al Señor. En la vida nos suceden también males, nos aparece la desgracia o se nos echa encima, por decirlo de alguna manera, el dolor y el sufrimiento. Quizá el vernos debilitados por los años y los achaques de la enfermedad nos pudiera hacer pensar muchas veces en lo que era nuestra vida y lo que ahora podemos ser en nuestra debilidad. Cuántas explicaciones queremos darnos muchas veces.
Puede surgir también en nuestro interior la desesperación, la impotencia, la angustia, el agobio al sentirnos débiles, al tener que afrontar problemas y sufrimientos. ¿Cuál es nuestra reacción? ¿Por qué a mí? Decimos muchas veces y pensamos en castigos o en sentirnos culpables de alguna manera. No vamos a intentar buscar razonamientos o respuestas fáciles.
Con la misma fe y esperanza que nos manifiesta Job cuando llega a bendecir a Dios en medio de su desgracia, y teniendo nosotros muchas más motivaciones cuando contemplamos a Jesús, el Justo y el Inocente, cargando con su cruz y nuestra cruz en su pasión, vamos a pedir que el Espíritu del Señor nos ilumine; que la Palabra del Señor que iremos escuchando vaya ayudándonos a descubrir el sentido de todo y su valor; que nos llenemos en el fondo de corazón siempre de paz y con serenidad afrontemos esos momentos difíciles que podamos pasar en la vida.
Que también como el salmista podamos llegar nosotros a decir: ‘aunque me pruebes a fuego, no encontrarás malicia en mí’. Seguro que en Jesús vamos a encontrar esa luz que necesitamos y esa fortaleza para nuestra vida.
lunes, 2 de noviembre de 2009
A los que han muerto admítelos a contemplar la luz de tu rostro
Sal. 24
Mc. 15, 33-39; 16, 1-6
Si ayer celebrábamos la gran fiesta de la Iglesia, de Todos los Santos, y contemplábamos a quienes en la Jerusalén del cielo eternamente alaban a Dios con el Cántico del Cordero, el cántico de los vencedores que han lavado y blanqueado sus mantos en la sangre del Cordero, y al mismo tiempo queríamos echar una mirada a los que peregrinos aún en esta tierra quieren vivir en fidelidad y santidad, hoy queremos recordar, contemplar y sentirnos en una comunión solidaria con aquellos que habiendo salido ya de este mundo se purifican para poder entrar en el Banquete de las Bodas eternas.
Es la conmemoración de todos los fieles difuntos que hacemos en este día. Un día en el que, aún enfrentándonos a la cruda y dolorosa realidad de la muerte, sin embargo no queremos vivir desde la amargura sino desde la esperanza.
Es cruda y dura le realidad de la muerte a la que todos tenemos que enfrentarnos. Ya sea en la desaparición de nuestros seres queridos, familiares, amigos, conocidos, personas cercanas a nosotros, ya sea en esa realidad de la muerte que estamos viendo todos los días a nuestro alrededor, muchas veces muy dolorosa como consecuencia de la violencia de la vida manifestada en tantas cosas, ya sea la realidad de nuestra propia muerte a la que un día tenemos que enfrentarnos y que nos lo recuerda la propia debilidad de nuestro cuerpo, las enfermedades o también los achaques como consecuencia de la longeva edad.
Pero ante el hecho de la muerte nosotros no sufrimos como los hombres sin esperanza, como nos lo recuerda san Pablo en ese texto de la carta a los Tesalonicenses que tantas veces habremos escuchado y meditado. Nuestra esperanza está en el Dios de la vida. Nuestra esperanza está en Jesucristo, muerto y resucitado.
Sí, Jesús, el Hijo del Dios vivo que se hizo hombre como nosotros asumiendo nuestra naturaleza humana en toda su condición; asumiendo también el hecho de la muerte. Lo contemplamos muerto en la Cruz, pero lo contemplamos vivo y resucitado. Va delante de nosotros asumiendo nuestra realidad humana porque quiere conducirnos a la vida, y a una vida sin fin.
Cristo resucitó y quiere así llevarnos a nosotros a la vida. ‘Sé que mi Redentor vive’, decía el santo Job. Y, desde la experiencia dura de dolor que experimenta en su vida - muerte de sus hijos, pérdida de sus posesiones, enfermedad que envuelve su vida, desprecio de amigos y conocidos -, porque mi Salvador vive, sabe que él también vivirá. Podemos sentirnos abrumados por el dolor o la muerte que nos aterra, como veíamos en el autor de las Lamentaciones - ‘Se me acabaron las fuerzas y mi esperanza…’ decía el autor sagrado -, para enseguida sin embargo reacciona y pone toda su confianza en ‘la misericordia del Señor que no termina y en la compasión que no acaba’. Así nos confiamos en el Señor.
En la liturgia lo expresamos de muchas maneras. Cuando pedimos por los difuntos en la plegaria eucarística decimos ‘a cuantos murieron recíbelos en tu Reino, donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria, allí enjugarás las lágrimas de nuestros ojos, porque al contemplarte como Tú eres, Dios nuestro, seremos semejantes a ti y cantaremos eternamente tus alabanzas’.
Llegaremos al Reino eterno de Dios. Es nuestra esperanza y eso pedimos para el que ha muerto. Pero decimos más, vamos a gozar de la plenitud eterna de la gloria de Dios. ¿No hay ansias de plenitud en nuestro corazón? Pues esa es nuestra certeza y esperanza. Pero aún más, podremos contemplar cara a cara a Dios. ¿Todos no deseamos ver a Dios, conocerle tal cual es? Lo podremos contemplar, pero la dicha está además en que seremos para siempre semejantes a El. Así nos unimos a Dios.
¿Queremos más razones para la esperanza? ¿Queremos más motivos para que el recuerdo de nuestros difuntos no sea para el llanto y la amargura? Por supuesto que sentimos la pena y el desgarro de la separación, pero nuestros lloros, ¿no serán muchas veces una falta de fe y de esperanza?
Iremos a gozar de la visión de Dios ¿por qué tenemos miedo? Tenemos la esperanza de que nuestros seres queridos estén gozando de esa visión de Dios y para eso rezamos por ellos, ¿por qué tantas lágrimas y tanta amargura? Recemos, pidamos por ellos, con esperanza, con confianza en la Palabra del Señor. ‘A todos los que han muerto en tu misericordia admítelos a contemplar la luz de tu rostro… concédeles el lugar del consuelo, de la luz y de la paz’.
Es por eso por lo que podemos dar gracias a Dios, como hacemos en uno de los prefacios ‘porque, al redimirnos con la muerte de tu Hijo Jesucristo, por tu voluntad salvadora nos llevas a nueva vida para que tengamos parte en su gloriosa resurrección… quiso entregar su vida para todos tuviéramos vida eterna’.
Todo esto tiene que motivarnos a que no tengamos miedo a nuestra propia muerte. En el temor del Señor, sí, nos prepararemos tratando de vivir en la santidad a la que estamos llamados, apartando de nosotros el pecado pero, acogiéndonos a la misericordia infinita de Dios, nos ponemos en sus manos amorosas de Padre.
domingo, 2 de noviembre de 2008
Nos llevas a nueva vida para que tengamos parte en tu gloriosa resurrección
Salmo 22;
Rm. 14, 7-9-10-12;
Jn. 14, 1-6
Damos por sentado que quienes vamos a celebrar esta Conmemoración de Todos los Difuntos somos personas creyentes y con esperanza. Pero somos conscientes también de que estamos sujetos a muchas influencias externas y ajenas a nuestra fe cuando tenemos que enfrentarnos al misterio de la vida y de la muerte. Así corremos el riesgo de que el recuerdo y la conmemoración de los difuntos que hacemos en este día pueda perder su más auténtico sentido cristiano, se tiña incluso de connotaciones paganas o nos resignemos ante la muerte con un sentido fatídico y desesperanzado.
La vida no es una autopista que se acaba en el vacío, sino un camino que nos conduce a la plenitud. Decíamos al principio que necesitamos de la fe y de la esperanza. Si éstas nos fallan todo se nos convertiría en un sin sentido y en un vacío, que nos puede llevar a una resignación sin esperanza, a la desesperación. Muchas veces hemos escuchado aquel texto de san Pablo que nos dice que nosotros no podemos sufrir ante la muerte como los que no tienen esperanza.
Es cierto que es duro el que un día esta vida terrena se acabe, o ante nuestros ojos desaparezcan con la muerte los seres queridos. Es normal el dolor del desgarro de la separación. Pero quien ha llenado su vida de fe y de esperanza se enfrenta a este hecho natural con un nuevo y distinto sentido. No es esa vida terrena o corporal en lo que sólo pensamos. Somos algo más que eso y hay algo más en nuestro vivir. Hay una trascendencia mayor en nuestra vida. Hay en nosotros una llamada a la plenitud. Es la luz que nos da la Palabra del Señor, que siempre es para nosotros una Palabra de Vida. Es el sentido que en Cristo encontramos para nuestro vivir y para nuestro morir.
Hay una hermosa afirmación en el texto del libro de Job que hoy hemos proclamado en la primera lectura. ‘Yo sé que mi Redentor está vivo... yo mismo lo veré, mis propios ojos lo contemplarán...’ Job es el hombre del sufrimiento, que se ha visto desposeído de todos sus bienes e incluso su vida machacada por la enfermedad, pero es también el hombre de la esperanza. Desde su dolor, desde su sufrimiento, desde la muerte que acecha su vida, él ha sido capaz de descubrir la presencia de Dios. Después de la experiencia del dolor, Job podrá exclamar. ‘Te conocía sólo de oídas, ahora te han visto mis ojos’. Se ha abandonado en las manos de Dios y ha podido llegar a descubrir el verdadero rostro de Dios.
Esa experiencia y esa proclamación de fe y esperanza de Job se convierten para nosotros desde Cristo muerto y resucitado en una experiencia pascual. ‘Sé que mi Redentor está vivo...’ porque creemos en Cristo muerto y resucitado. Cristo es el Señor que vive y que nos da vida. Cristo resucitado es el sentido de nuestra vida y también de nuestro morir. Por eso podíamos escuchar a san Pablo: ‘Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte somos del Señor’. Cristo es quien únicamente da consistencia y sentido tanto al vivir como al morir. En Cristo veremos cumplidas esas ansias de plenitud, porque El quiere darnos una vida sin fin.
Y es que la vida del hombre se transforma por la resurrección de Jesucristo. Cristo, muerto y resucitado, es el centro de nuestra fe, y El nos ha hecho partícipes en su victoria sobre la muerte. Como decimos en la oración litúrgica, ‘al confesar nuestra fe en la resurrección de Jesucristo, se afianza también nuestra esperanza de que todos tus hijos resucitarán’. O como decimos en otra oración, ‘pues creyeron en la resurrección futura, merezcan alcanzar los gozos de la eterna bienaventuranza’.
¿Qué necesitamos? Fe. ‘Que no tiemble vuestro corazón, nos dice Jesús; creed en Dios y creed también en mí’. Y creemos en Jesús. Nos fiamos de su Palabra. Y es que El es la Vida, y es el Camino, y es la verdad. Lo hemos escuchado en el Evangelio. ‘Yo soy el Camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre sino por mí’. Solamente a través de Cristo podemos alcanzar la vida eterna. Solamente con Cristo vamos a alcanzar la autentica plenitud de nuestro ser al unirnos plenamente a Dios. La muerte no es entonces un vacío, sino va a ser el retorno al Padre para vivir plenamente en El. Y como nos dice hoy Jesús, ‘voy a prepararos sitio... volveré y os llevaré conmigo, para que donde yo estoy estéis también vosotros’.
Con Jesús, entonces, todo tiene un nuevo sentido. Con Cristo hay esperanza en nuestro corazón. Cuando creemos en Jesús no puede haber amargura en nuestro corazón a causa de la muerte, nuestra o de nuestros seres queridos, sino que siempre hay esperanza. Desde Jesús todo entonces se hace oración. Nuestro recuerdo de los seres queridos no se queda en una lágrima ni en una flor. Repito, es normal la pena de la separación física de nuestros seres queridos; es justo que tengamos un hermoso recuerdo de aquellos a quienes amamos, y le podamos hacer incluso la ofrenda de una flor. Pero lo más hermoso que podemos hacer es una oración llena de esperanza.
Es lo que queremos que sea esta conmemoración que hacemos en este día. Que no es, además, sólo recordar a nuestros seres queridos. Es una conmemoración que quiere hacer la Iglesia de todos los que han muerto para por todos ellos elevar la más hermosa de nuestras oraciones que es la celebración de la Eucaristía. Queremos que estén en el Señor y sólo los méritos de Cristo nos podrán hacer merecer ese perdón y esa vida para siempre. Por eso celebramos la Eucaristía que es celebrar todo el misterio pascual de Cristo, que es celebrar su muerte y su resurrección.
‘Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección...’, Señor que aquellos que han muerto vivan para siempre junto a ti, hayan alcanzado la misericordia divina y gocen para siempre en el cielo de la eterna bienaventuranza. ‘Te damos gracias, vamos a decir en el prefacio, porque, al redimirnos con la muerte de tu Hijo Jesucristo, por tu voluntad salvadora nos llevas a nueva vida para que tengamos parte en su gloriosa resurrección’.
Que esta sea nuestra esperanza y que así surja confiada nuestra oración.
viernes, 3 de octubre de 2008
Te doy gracias porque me has escogido portentosamente...
Sal. 138
Lc. 10, 13-16
Recordamos al paciente Job sobre el que caían desgracias sin cuento, pero que no perdió nunca la calma ni la esperanza en medio de su adversidad. Esta semana ha sido el tema de la primera lectura, aunque por razón de las memorias que hemos tenido que celebrar, santos Arcángeles, Ángeles custodios y otros santos, no hemos podido seguir con detalle.
Decir que a casa de Job llegaron diversos amigos con palabras de consuelo, palabras que no satisfacían a nadie ni nada consolaban, y hasta el mismo Job se hace sus reflexiones buscando una respuesta a sus preguntas e interrogantes profundos de su alma.
Hoy, ya casi al final del libro de Job, es Dios quien le habla para dar a conocer su grandeza manifestada en la obra de la creación. Cuando el hombre con sus sabidurías humanas quiere dar respuesta a todos los interrogantes, Dios viene a decirle a Job que está por encima de todo eso, puesto que ¿ha sido capaz el hombre de realizar toda esa maravilla de la creación?
Con lenguaje y preguntas propias de su época, que hoy tendrían quizá otros planteamientos, el Señor le pregunta a Job si es el hombre el que ha creado la maravilla de un amanecer o un atardecer, o ha podido medir toda la profundidad y amplitud de la tierra y el universo. Aunque en nuestros avances científicos y conocimiento de la naturaleza y el universo podamos dar muchas respuestas, siempre detrás de todo eso sigue el interrogante del misterio, porque la inmensidad de todo lo creado y de su Creador va mucho más allá de lo que el hombre con su inteligencia pueda abarcar.
Hoy mismo tenemos esos experimentos científicos capaces quizá de decirnos que hubo en el momento del bing bang, pero siempre queda el misterio y la pregunta, ¿y antes? ¿y más allá? ¿y en el fondo de todo eso no hay un Creador? Preguntas y misterio que al creyente lo llevan a preguntarse por Dios.
Ante la inmensidad de la creación y de lo que Dios le plantea Job se queda mudo. ‘Me siento pequeño, dice, ¿qué replicaré? Me llevaré la mano a la boca; he hablado una vez, y no insistiré, dos veces, y no añadiré nada’.
Ante Dios ¿qué podemos decir? ¿Nos quedaremos mudos también? Con el salmo 138 nosotros decimos también: ‘¿A dónde iré lejos de tu aliento, a dónde escaparé de tu mirada? Si escalo el cielo... si me acuesto en el abismo... si vuelo hasta el margen de la aurora... si emigro hasta el confín del mar... allí estás tú... allí te encuentro... allí me alcanzará tu izquierda... me agarrará tu derecha...’
¿Qué puedo decir? ¿Me quedaré mudo? Tendré que reconocer la grandeza de Dios y darle gracias. ‘Te doy gracias porque me has escogido portentosamente...’ Maravilloso es el mundo que has creado, pero más maravillosa es la obra más bella de todas tus criaturas. ‘¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, para hacerlo poco inferior a los ángeles?’ Grande nos has creado cuando nos has dado esa inteligencia y esa capacidad de conocimiento para poder descubrir y admirar tus maravillas. Lo has hecho el rey de la creación y todo lo has puesto en sus manos. Te doy gracias, Señor, porque te hayas fijado en mí, pequeño entre la inmensidad de tu creación, pero me amas con un amor tan especial.
‘Te doy gracias porque me has escogido portentosamente, porque son admirables tus obras...’
martes, 30 de septiembre de 2008
¿Cómo reaccionamos ante el mal que tengamos que sufrir?
Sal. 87
Lc. 9, 51-56
¿Cómo reaccionamos ante el mal que tengamos que sufrir? Muchas cosas nos hacen sufrir, ya sean nuestras propias debilidades o enfermedades, y sean tantas limitaciones a las que nos vemos sometidos, o ya sea también en el sufrimiento que tengamos causado por los otros, porque nos hagan daño, nos contradigan en nuestros deseos, o por tantas otras cosas que surgen en nuestra relación con los otros. La vida no siempre es un camino de rosas y, aunque así fuera, esas rosas también tienen espinas que en determinados momentos nos pudieran herir.
La Palabra de Dios, el Evangelio, ilumina todas las situaciones de nuestra vida. Desde el Evangelio tendremos que saber encontrar esas actitudes nuevas con las que nos enfrentemos a esas situaciones y es escuela que nos enseña para nuestro actuar. Por eso, el creyente cristiano, el que cree en Cristo, tiene que saber leer la Palabra de Dios en esas situaciones de nuestra vida y dejar que nos ilumine y nos dé pautas para nuestro actuar.
La Palabra de Dios que hoy se nos ha proclamado nos presenta dos situaciones en este sentido y quiere ser esa luz para nuestra vida. Ayer comenzamos a leer el libro de Job, uno de los libros sapienciales del Antiguo Testamento (aunque ayer no lo tuvimos en la realidad, porque en la liturgia prevalecía la celebración de los Santos Arcángeles que tenía sus lecturas propias). Todos conocemos la situación de justo Job, proverbial en su paciencia y en su camino desde el dolor y el sufrimiento para encontrar en Dios esa respuesta que necesitaba en su situación.
Desposeído de sus hijos y de todas sus posesiones – es la prueba a la que quiere someterle el diablo, permitiéndolo Dios, para ver hasta donde llegaba su fidelidad al Señor – su reacción es la del hombre creyente que se somete a la voluntad de Dios. sus primeras palabras tras tanta desgracia que le sumía además en cruel enfermedad, fueron: ‘Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré a él. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; bendito sea el nombre del Señor’. Y concluye el texto sagrado: ‘A pesar de todo, Job no protestó contra Dios’.
Pero la situación se prolonga y se hace difícil. Hoy escuchamos el grito desesperanzado de Job que hubiera preferido no haber nacido. ‘¡Muera el día en que nací, la noche que dijo: se ha concebido un varón!... ¿Por qué dio a luz a un desgraciado y vida al que la pasa en amargura..?’ Es el llanto del que se ve en un callejón sin salida en medio de tinieblas. Seguiremos en los próximos días con el texto de Job e iremos escuchando las distintas respuestas que se le van dando con buena voluntad por parte de los amigos que le visitan. Al final vendrá la respuesta del Señor. Hoy sólo queda la súplica que expresamos en el salmo responsorial. ‘Llegue, Señor, hasta ti mi súplica... de noche grito en tu presencia... mi vida está al borde del abismo... tengo mi cama entre los muertos...’
Por su parte en el evangelio vemos otra situación, en este caso ya no producida por la enfermedad. Jesús sube Jerusalén, lo hace consciente de lo que significa esa subida porque es la subida a su Pascua, y lo hace atravesando Samaría, que no es el camino habitual en el que los galileos que se dirigen a Jerusalén utilizan.
Envía a sus discípulos a buscar alojamiento en una de aquellas aldeas, pero son rechazados ‘porque se dirigía a Jerusalén’. Ante el desaire allá están los dos hijos del Zebedeo, los hijos del trueno como los llama Jesús deseando que bajara fuego del cielo contra aquellas gentes que los han rechazado. ‘Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo y acabe con ellos?’ Es la reacción de la violencia y de la venganza. Pero Jesús los regaña. ‘No sabéis de qué espíritu sois’.
No es ese el estilo de Jesús. El no ha venido para condenar, sino para salvar. En su corazón estará siempre la misericordia y el perdón. En una situación así – cuántas veces nos sentimos impulsados también a reacciones de violencia y de venganza cuando nos contradicen o las cosas no nos gustan – mejor es irse a otro lado. ‘Se marcharon a otra aldea’, dice el evangelista. La humildad y la mansedumbre son las actitudes que Jesús nos enseña. Es el mejor camino que nos conduce al amor y al perdón.
¿Cómo reaccionamos ante el mal que tenemos que sufrir? Nos preguntábamos al principio. Miremos, pues, cuales son las actitudes de Jesús. Dejémonos enseñar por Jesús.