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martes, 29 de septiembre de 2020

Con los santos arcángeles y todos los coros celestiales queremos cantar la gloria de Dios sabiendo que por sus manos nuestras oraciones son presentadas ante el trono de Dios

 


Con los santos arcángeles y todos los coros celestiales queremos cantar la gloria de Dios sabiendo que por sus manos nuestras oraciones son presentadas ante el trono de Dios

 Daniel 7,9-10.13-14; Sal 137; Juan 1,47-51

Tras la reforma litúrgica del concilio Vaticano II se unificaron en una sola fiesta en un único día, el 29 de septiembre, las fiestas de los tres Arcángeles. Todavía nos queda en el recuerdo a los mayores, sobre todo a quienes teníamos algún familiar con ese nombre la festividad del Arcángel san Rafael el 24 de octubre; sin embargo la festividad del Arcángel san Gabriel estaba cercana a la fiesta de la Anunciación y se celebraba en la víspera el 24 de marzo. Ahora celebramos a los tres Arcángeles San Miguel, San Gabriel y San Rafael en este día del 29 de setiembre.

En la liturgia hacemos referencia a los Ángeles y Arcángeles y a todos los coros celestiales que cantan la gloria de Dios a cuyas voces nosotros queremos unirnos con nuestra vida toda. Es, por ejemplo, la invitación que hace el Arcángel Rafael a Tobías a cantar las alabanzas del Señor, recordándole que su oració

n fue escuchada y presentada por los santos ángeles ante el Trono de Dios; de ahí la misión que ahora realizaba como compañero de camino, pero también como medicina de Dios, que por una parte devolvería la visión al anciano Tobías, pero que también liberó de todos los espíritus malignos a la que iba a ser la esposa del joven Tobías.

Así vemos, pues, que los arcángeles a parte de estar como signos de la presencia de Dios junto a los hombres para liberarlos del mal, son también los que tienen una misión especial que realizar en el orden de la historia de la salvación. Es la misión de mensajero de Dios que tiene el Arcángel Gabriel cuando viene a anunciar a María de Nazaret lo que es la voluntad de Dios y lo que Dios espera de ella.

Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret a una joven desposada con José y cuyo nombre era María, nos dice el evangelista Lucas. Es el mensaje de Dios que se va a convertir en centro de toda la historia de la salvación porque nos anuncia que Dios va a ser ya para siempre ‘Emmanuel’, Dios con nosotros cuando de las entrañas de María por la virtud del Altísimo va a nacer el Hijo de Dios y nuestra salvación. Igualmente Gabriel viene de parte de Dios a anunciarle a Zacarías el nacimiento del Precursor del Mesías que había de preparar los caminos del Señor.

Finalmente el Arcángel San Miguel al que quizá más recordamos en este día, pues ha sido el que no ha variado la fecha de su celebración y al que proclamamos de manera especial como protector de la Iglesia desde los tiempos de la Contrarreforma. Es el Arcángel que vemos en la Biblia como el que lucha contra la rebelión de Lucifer que había sido ángel de luz pero que se convirtió en el ángel de la maldad. ‘¿Quién como Dios?’ es el grito que da nombre al arcángel Miguel y se convierte en signo de la fortaleza de Dios que nos acompaña en nuestra lucha contra el mal.

Comentar que en nuestra tierra canaria hay mucha devoción al arcángel san Miguel a quien se proclama protector y patrono de varias islas y de muchos lugares que incluso llevan su nombre; son numerosos los templos y ermitas a lo largo y ancho de nuestra geografía dedicadas a san Miguel y en la mayoría de nuestros templos parroquiales es habitual encontrarnos con el cuadro de Animas, en cuyo centro siempre aparece la figura del Arcángel.

Cuando nosotros hoy celebramos esta festividad los santos Arcángeles, Miguel, Gabriel y Rafael aprendamos a considerar su verdadero significado porque sentir su protección es sentir ese signo de la presencia de Dios que nos llena de fortaleza frente al mal, que nos hace escuchar la voz de Dios en nuestro corazón como la escuchó María con la presencia del ángel del Señor, pero nos hace sentirnos siempre acompañados por esa presencia de Dios en el camino de nuestra vida, sintiendo que es la luz que abre nuestros ojos y la medicina y gracia que sana nuestros corazones.

Que sepamos unirnos al cántico de gloria con que en el cielo alaban y bendicen a Dios para que toda nuestra vida se convierta también en ese canto a la gloria de Dios con la certeza también de que nuestras oraciones son presentadas por manos de sus Ángeles ante el trono de Dios.

 

 

viernes, 5 de junio de 2015

Una invitación a la esperanza y a saber leer con ojos de fe los aconteceres de nuestra vida

Una invitación a la esperanza y a saber leer con ojos de fe los aconteceres de nuestra vida

Tobías 11, 5-17; Sal 145; Marcos 12, 35-37
Durante la semana en la primera lectura hemos venido escuchando la historia de Tobías a través de unas cuantas pinceladas. Aquel hombre y con un corazón compasivo y misericordioso que dejaba la comida en la mesa para ir a enterrar a los muertos en una hermosa obra de misericordia. Pero la desgracia cayó sobre él, como escuchamos estos días, quedándose ciego; la ceguera entrañaba pobreza al no poder realizar ningún trabajo pero no decayó su esperanza y la fe que había puesto en el Señor. Hoy hemos escuchado como recobra la visión al regreso de su hijo de un largo viaje acompañado por el arcángel Rafael, como un signo de la presencia del Señor que nunca les abandonaba.
Puede decirnos muchas cosas. Con ojos de fe también hemos de saber leer el devenir de nuestra vida en la que también muchas veces nos vemos envueltos en muchas oscuridades, como le sucedió a Tobías. No debe decaer nuestra fe y nuestra esperanza.
Muchas veces los errores que cometemos en nuestra vida o el mal por el que nos dejamos arrastrar nos trae consecuencias llenas de problemas y dificultades, pero otras veces, sin buscar ninguna culpa personal, la vida nos trae también esos problemas, esas nubes que nos ensombrecen; pueden ser también las limitaciones que nos aparecen en la vida, las enfermedades que afectan a nuestro cuerpo, o quizá también la convivencia que se nos pueda hacer difícil con los que nos rodean.
¿Nos dejamos hundir en nuestro mal? ¿O sabremos hacer una lectura de lo que nos sucede para descubrir quizá una llamada del Señor que de alguna manera quiere manifestarse en nuestra vida? Detrás de esos acontecimientos de la vida, muchas veces duros que el Señor permite que nos aflijan, hemos de mirar más allá y llenos de esperanza vislumbrar o esperar aquello que el Señor un día querrá darnos.
Tobías no perdió la fe ni la esperanza y un día recobrará de nuevo la visión, la luz volvió a sus ojos. La luz del Señor siempre nos ilumina, aunque algunas veces no sepamos distinguirla. Nos toca mantenernos firmes en nuestra fe y en nuestra esperanza. El camino puede ser duro y difícil, pero tengamos la certeza de la presencia del Señor a nuestro lado. Vendrá la salud, vendrá la solución de los problemas, vendrán caminos nuevos que se nos abren en la vida donde podamos seguir dando frutos. Mantengamos la esperanza. Siempre pondrá un ángel a nuestro lado, como el arcángel Rafael acompaño al joven Tobías indicándole en cada momento lo que tenía que hacer y aquel joven se dejó conducir.
Qué hermosa lección para nuestra vida que nos hace mantener firme esa confianza en el Señor. Algo quizá esté preparando el Señor para nosotros.

miércoles, 3 de junio de 2015

La ternura y la misericordia del Señor son eternas y no nos sentiremos defraudados en nuestra fe y en nuestra esperanza

La ternura y la misericordia del Señor son eternas y no nos sentiremos defraudados en nuestra fe y en nuestra esperanza

Tobías 3,1-11.24-25; Sal 24; Marcos 12,18-27
 ‘A ti, Señor, levanto mi alma. Dios mío, en ti confío, no quede yo defraudado… Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas; acuérdate de mi con misericordia, por tu bondad, Señor…’ Así hemos rezado hoy poniendo toda nuestra confianza y toda nuestra esperanza en el Señor. Es grande la misericordia del Señor y a ella nos acogemos.
Este salmo lo hemos rezado hoy en la Eucaristía después de escuchar la oración, la súplica llena de esperanza de Tobías en la primera lectura. Hemos venido escuchando desde el lunes la historia de Tobías. Un hombre bueno, un hombre justo, un hombre lleno de misericordia que la ejercitaba para con los demás. Se manifiesta en la obra de misericordia de enterrar a los muertos aunque su vida se viera en peligro. Pero él confiaba en el Señor.
Sin embargo su vida se ve turbada por una ceguera grande en sus ojos. En su pobreza y necesidad, ser ciego era sinónimo de ser pobre porque no podía ejercer ningún trabajo con el que ganarse la vida, sigue poniendo su esperanza en el Señor. Sentirá los reproches de su mujer, la lástima pero también los comentarios y murmuraciones de las gentes. El se mantenía firme e ‘imperturbable en el temor del Señor, dándole gracias todos los días de su vida’. Respondía a lo que le decían expresando su esperanza porque, les decía, ‘somos descendientes de un pueblo santo y esperamos la vida que Dios da a los que perseveran en su fe’.
Es la oración que hoy escuchamos. Se siente pecador, se siente humillado y despreciado, pero sigue confiando en Dios. ‘Señor, tú eres justo, todas tus obras son justas; tú actúas con misericordia y lealtad, tú eres el juez del mundo. Tu, Señor, acuérdate de mi y mírame; no me castigues por mis pecados, mis errores…’ suplica al Señor. Desea morir pero pone su vida en las manos del Señor y el Señor lo escucha, que es lo que escucharemos en los próximos días. ‘El Dios de la gloria escuchó la oración de los dos, y envió a Rafael para curarlos’, haciendo referencia también a Sara, la que sería la esposa de su hijo Tobías.
Es la oración llena de esperanza que nosotros también hemos de hacer. Nuestra vida se ve perturbada por muchas cosas, problemas, sufrimientos, abandonos, soledades, incomprensiones, descalificaciones y desprecios que podamos sufrir de los demás, pero nuestra esperanza la hemos de tener puesta en el Señor, manteniéndonos en el camino recto, haciendo el bien, actuando con misericordia siempre para con los demás y en la esperanza de la vida eterna.
Sepamos descubrir la presencia de ese ángel del Señor que Dios nos envía y pone a nuestro lado para ayudarnos a caminar por ese camino recto de bondad y de justicia. No busquemos señales extraordinarias, sino en quienes están a nuestro lado el Señor puede dejarnos las señales de su presencia.
Recordamos siempre que la ternura y la misericordia del Señor son eternas y no nos sentiremos defraudados en nuestra fe y en nuestra esperanza.



lunes, 29 de septiembre de 2014

Bajo la fiel custodia de los santos arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael caminamos seguros por la senda de la salvación

Bajo la fiel custodia de los santos arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael caminamos seguros por la senda de la salvación

Apoc. 12, 7-12; Sal.137; Jn. 1, 47-51
‘Bendecid al Señor, Ángeles suyos, poderosos ejecutores de sus ordenes, prontos a la voz de su palabra’. Era la antífona con la que comenzaba hoy nuestra celebración. Estamos celebrando en una misma fiesta a los Arcángeles, san Miguel, san Gabriel y san Rafael. Antes de la reforma litúrgica se celebraban por separado en diferentes fiestas, pero tras la reforma litúrgica del concilio Vaticano II se unificaron en una misma fiesta.
Ángeles y Arcángeles que con todos los coros celestiales alaban a Dios por toda la eternidad en el cielo. Bendecid al Señor, repetimos en diferentes momentos de la liturgia, en donde con todos los ángeles y arcángeles nosotros nos unimos a los coros celestiales para cantar la gloria del Señor, como hacemos, por ejemplo, en el prefacio de la plegaria eucarística.
Arcángeles que hoy celebramos que aparecen en la Sagrada Escritura como ejecutores de las órdenes de Dios, como decíamos en la antífona antes reseñada, cual mensajeros divinos que nos hacen llegar la voluntad de Dios en su plan de salvación para nosotros los hombres, o nos manifiestan esa presencia y esa protección de Dios en los caminos de nuestra vida y de nuestra fe.
El arcángel Gabriel como mensajero divino anuncia primero a Zacarías el nacimiento de quien iba a ser el precursor del Mesías, y luego a María el nacimiento del Hijo del Altísimo de sus purísimas y virginales entrañas, donde el Hijo de Dios se encarnase.
El arcángel Rafael como compañero de camino para Tobías y como signo de la medicina de Dios que le liberaba de la fuerza de los espíritus malignos, pero que también abría los ojos al anciano Tobías como señal de la misericordia divina que premiaba también sus desvelos y su dedicación a la atención de los necesitados.
Finalmente el arcángel Miguel como su mismo nombre indica fuerza de Dios en el combate contra el mal y que nos señala como teniendo a Dios con nosotros siempre podremos sentirnos victoriosos frente a las fuerzas del maligno.
Es lo que se expresa en cierta manera en el sentido de las oraciones de la liturgia de esta fiesta de los santos arcángeles. Ya en el evangelio Jesús nos aseguraba que veríamos ‘el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del Hombre’. En otros momentos, que recordaremos dentro de unos días al celebrar a los santos ángeles custodios, Jesús nos habla de los Ángeles que están en el cielo contemplando para siempre el rostro del Padre celestial. En este sentido pedíamos en la oración litúrgica ‘vernos siempre protegidos aquí en la tierra por aquellos que te asisten continuamente en el cielo’.
Contemplan los ángeles la gloria de Dios, el rostro del Padre del cielo, y al mismo tiempo se convierten en protectores nuestros en nuestro camino de la tierra con la esperanza de que un día nosotros podamos contemplar también en el cielo el rostro de Dios, o lo que es lo mismo, participar y gozar de la gloria de Dios. El camino no es fácil porque siempre nos vemos tentados por las fuerzas del maligno que nos quieren apartar de ese camino de Dios, pero nosotros sentimos en nuestra vida la protección de los ángeles. ‘Que caminemos seguros por la senda de la salvación bajo la fiel custodia de los ángeles’.
 En la primera plegaria eucarística pedimos ‘humildemente que esa ofrenda sea llevada a tu presencia - a la presencia de Dios - hasta el altar del cielo, por manos de tu ángel’. Y el arcángel Rafael le decía a Tobías que su oración había sido escuchada porque los santos ángeles la habían presentado ante el trono de Dios. Es lo que ahora también nosotros queremos suplicar humildemente al presentar al Señor ‘este sacrificio de alabanza lo recibas con bondad por intercesión de tus ángeles y nos sirva para nuestra salvación’.

Bendecimos, sí, al Señor con todos los Ángeles y arcángeles esta fiesta porque así sentimos su protección, nos sentimos conducidos por los camino de la fidelidad al Señor y sabemos que son intercesores nuestros en el cielo que hacen llegar hasta Dios nuestras suplicas y nuestras peticiones. 

martes, 8 de marzo de 2011

Hacemos pascua en nosotros esperando la vida que Dios da a los que perseveran en su fe



Tobías, 2, 10-23;

Sal. 111;

Mc. 12, 13-17

No nos da opción a hacer muchos comentarios sobre el libro de Tobías cuya lectura continuada se inició ayer y que al interrumpirse hoy el tiempo ordinario por iniciarse mañana la cuaresma no nos lo volveremos a encontrar cuando lo reanudemos después de la Pascua.

En la presentación de Tobit o Tobías que se nos ha hecho ayer y hoy se nos manifiesta como un hombre de fe y de gran corazón. Ayer ya escuchábamos cómo en la fiesta de Pentecostés al tener preparada la mesa para comer no quería hacerlo sin compartir con otros israelitas que estuvieran pasando necesidad y por eso manda a su hijo en búsqueda de con quien compartir su mesa y su comida. ‘Vete a invitar a algunos hombres piadosos de nuestra tribu para que coman con nosotros’.

Pero no se agotaba aquí su gran corazón porque piadosamente enterraba, exponiendo su vida incluso, a aquellos eran estrangulados y arrojados a la plaza a pesar de las prohibiciones. ‘Tobías temía a Dios más que al rey y recogía los cadáveres de los asesinados y a media noche los enterraba’ obrando con gran misericordia, que nos recuerda lo que en catecismo llamamos las obras de misericordia.

En el texto que hoy hemos escuchado se pone a prueba su fe. Nos narra el detalle de cómo perdió la visión de sus ojos a la vuelta de estos enterramientos, y como nos dice el texto sagrado ‘Dios permitió que le sucediese esta desgracia para que, como Job, diera ejemplo de paciencia’.

Bien lo va a necesitar porque será objeto de burlas e insultos de sus vecinos e incluso la incomprensión de su propia mujer. ‘Como desde niño había temido a Dios guardando sus mandamientos no se abatió ni se rebeló contra Dios por la ceguera, sino que siguió imperturbable en el temor de Dios dándole gracias todos los días de su vida’. Y a todo lo que le decían respondía que ‘esperamos la vida que Dios da a los que perseveran en su fe’.

Creo que con lo que hemos subrayado tenemos hermosas enseñanzas. Cómo necesitamos aprender de esa santa paciencia que se manifiesta en Tobías y de esa confianza por encima de todo, incluso de la adversidad, en el Señor. ‘No se abatió ni se rebeló contra Dios’, nos dice el texto sagrado. Muchas dudas e interrogantes pueden surgir en nuestro corazón cuando nos aparecen cosas adversas en la vida, problemas, dificultades, contratiempos, enfermedades, limitaciones de todo tipo.

Muchas veces nos pueden resultar duras esas situaciones a las que debemos enfrentarnos, pero nuestra fe no se debe debilitar de ninguna manera. Nuestra fe porque confiamos totalmente en el Señor y nuestra esperanza. ‘Esperamos la vida que Dios da a los que perseveran en su fe’. Es una esperanza en la vida eterna y en la resurrección. Es ahí donde podemos alcanzar la plenitud de nuestra vida en Dios. Es en esa vida eterna donde tenemos la confianza de la recompensa de Dios por nuestra fidelidad y nuestra constancia.

Nosotros, cristianos, además podemos hacer algo más que es el ofrecimiento de nuestra vida al Señor para unirnos con nuestros sufrimientos y limitaciones a lo que fue el dolor y el sufrimiento de la pasión redentora de Cristo. Qué oportunidad más hermosa tenemos en nuestra vida. Hacer en verdad pascua de nuestra vida.

Vamos muriendo en nosotros mismos con nuestras limitaciones y sufrimientos, pero vamos muriendo cuando nos entregamos y nos desgatamos por amor como lo hizo Cristo en la Cruz. Lo vemos en Tobías en el amor misericordioso que vivía para ayudar a los demás, que le lleva a un sufrimiento en su ceguera pero que no pierde la fe porque espera la vida que Dios da a los que creen en El. Pero es Pascua en nosotros unidos a Cristo porque no sólo es esa muerte que vamos realizando en nosotros en nuestros sufrimientos o en nuestra entrega de amor, sino que será vida y resurrección con Cristo resucitado, con Cristo vencedor de esa muerte y que a nosotros entonces nos llena de plenitud.

martes, 29 de septiembre de 2009

Con los ángeles y arcángeles cantamos el himno de tu gloria


Fiesta de los Santos Arcángeles, San Miguel, San Gabriel y San Rafael
Daniel 7, 9-10.13-14
Sal. 137
Jn. 1, 47-51

‘Con los ángeles y con los arcángeles, y con todos los coros celestiales cantamos el himno de tu gloria…’Así proclamamos en el prefacio uniéndonos a la alabanza de toda la creación. Iniciamos así ese cántico de alabanza y acción de gracias en el momento cumbre de la Eucaristía, cuando por Cristo, en Cristo y con Cristo en la unidad del Espíritu queremos dar todo honor y gloria al Padre del Cielo.
Hoy celebramos a los santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael. Con ellos hoy queremos cantar la alabanza del Señor. En ellos se ha complacido de manera especial Dios en su creación. A ellos ha confiado misiones especiales en medio de toda la creación al tiempo en que se convierten en algo así como trasmisores de la obra y gracia salvadora de Dios para nosotros los redimidos.
Signos de gracia y mensajeros divinos que al contemplarlos, recordarnos y celebrarlos son como nuestros aliados que nos ayudan en nuestra lucha contra el mal, en trasmitirnos lo que son los planes de Dios y al tiempo que presentan nuestras oraciones ante Dios nos hacen llegarla medicina de la gracia que nos fortalezca y nos cure en este camino de la vida.
‘¿Quién como Dios?’ es el grito de Miguel – eso significa su nombre – en su lucha contra el dragón maligno arrojándolo al abismo, como nos lo describe el Apocalipsis y algunos textos de las profecías del Antiguo Testamento. Es nuestro mejor aliado en nuestra lucha contra las tentaciones, contra el mal y contra el pecado. ‘¿Quién como Dios?’ tiene que ser nuestro grito porque es nuestro único Dios y Señor y a nadie más adoraremos sino al Señor. No nos dejemos embaucar por el padre de la mentira.
‘Yo soy Gabriel que sirvo en la presencia de Dios… he sido enviado a hablarte para darte esta Buena Noticia…’ le dice el ángel de Dios a Zacarías en el templo a la hora de ofrecer el incienso. Fue también el mensajero divino que con semejantes palabras habla al profeta Daniel en el Antiguo Testamento. Y así anuncia a María el misterio inconmensurable de Dios que viene a encarnarse en sus entrañas para ser Emmanuel, Dios con nosotros, que nos trae la salvación.
¡Cuántas veces sentimos en nuestro corazón a ese mensajero divino que nos habla allá en lo más hondo de nosotros mismos para anunciarnos los planes de Dios en nuestra vida. Ojalá no nos hiciéramos sordos a su mensaje y así realizáramos esos proyectos de Dios que son siempre proyectos de amor y de salvación.
‘Yo soy Rafael, que estoy al servicio de Dios… uno de los siete santos ángeles que presentamos las oraciones de los justos ante el Señor…’ Rafael, compañero de camino del joven Tobías, que libera de los peligros de los caminos, que le hace encontrar la medicina de Dios contra las asechanzas del maligno y que abrirá los ojos a la luz al anciano Tobías.
Celebraremos dentro de unos días a nuestro Santo Ángel de la guarda que nos acompaña a cada uno de nosotros en nuestra vida. Pero hoy celebramos a Rafael; que él inspire toda obra buena y esté siempre junto a nosotros para que hagamos lo bueno, para que desborde de nuestro corazón la misericordia porque, como le decía al revelarse a Tobías, ‘mejor es dar limosna que acumular tesoros, pues la limosna libra de la muerte y limpia de todo pecado; los que practican la misericordia y la justicia serán colmados de felicidad’.
Que ese sea el hermoso mensaje que recibimos en la celebración de los Santos Arcángeles que tan significativos son para nuestra vida cristiana. Además tengamos en cuenta que san Miguel es patrono de alguna de nuestras islas y de nuestros pueblos, y por otro lado san Rafael es especial protector de los Hogares de nuestras Hermanitas de los Ancianos Desamparados. Que nos acompañen siempre en los caminos que nos conduzcan a la vida y la salvación.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

La Biblia, nuestro libro básico de oración

Esd. 9, 5-9
Sal_ Tob.13, 2.4.6.7.8
Lc. 9, 1-16


La Biblia es el libro de la Palabra de Dios, porque es donde tenemos contenida y expresada todo lo que es la revelación de amor que Dios ha hecho de sí mismo. Allí acudimos a empaparnos del Misterio de Dios que es empaparnos de Dios mismo. Pero si la Biblia nos enseña a conocer a Dios también nos enseña a relacionarnos con Dios. podemos decir que es nuestro libro básico de oración.
Serán los salmos, por ejemplo, himnos y cánticos de alabanza y de acción de gracias, de súplica y de petición de perdón. Pero no son sólo los salmos. Encontraremos otros muchos modelos de oración en muchos y distintos personajes tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, hasta culminar en la oración de Jesús y en la oración en el Espíritu que es quien mueve y guía nuestra oración, orando El mismo en nuestro interior.
Hoy es una de esas páginas de la Biblia en donde contemplamos a un personaje en oración y que nos puede enseñar a nosotros o darnos pautas para lo que puede ser nuestra más profunda y auténtica oración.
Nos situamos. Los judíos han vuelto del destierro y la cautividad en Babilonia, porque Ciro, rey de los persas, les ha dado libertad. Ha llegado la hora de reconstruir Jerusalén, el templo y todo Israel. En eso están empeñados. Vemos hoy subir al templo a Esdras a la hora de la oración de la tarde, a las cuatro de la tarde, y hace una oración llena de reconocimiento y gratitud a Dios, muy llena de humildad para reconocer el pecado del pueblo que lo ha llevado a tantas desgracias como han sufrido; una oración de petición de perdón, de agradecimiento a Dios reconociendo también las mediaciones de las que Dios se ha valido en aquellos reyes para darles libertad, y de súplica confiada en el Señor.
Dios mío, me avergüenzo y me sonrojo de levantar mi rostro hacia ti, porque estamos hundidos por nuestros pecados…’ Reconoce el castigo merecido que han sufrido en el destierro y la desolación, para reconocer el actuar lleno de misericordia de Dios. ‘Ahora en este instante, el Señor, nuestro Dios, se ha compadecido de nosotros….nuestro Dios ha iluminado nuestros ojos y nos ha reanimado un poco en medio de nuestra esclavitud. Porque éramos esclavos, pero nuestro Dios no nos abandonó en nuestra esclavitud…’
Así con humildad nos tenemos que acercar a Dios. Cuando acudimos a Dios en la oración así lo hemos de hacer, sintiéndonos pueblo pecador. Muchas veces surge ese sentimiento interior cuando tras nuestro pecado nos ponemos de nuevo en la presencia del Señor. ‘Me avergüenzo y me sonrojo’, me siento miserable con mi pecado tras reconocer cuánto es el amor que Dios nos tiene, me siento humillado ante el Señor. ‘Soy un pecador, un hombre de labios impuros’, como decía el profeta Isaías, de corazón impuro, manchado por mi pecado. Ese acto de humildad es importante en el inicio de nuestra oración. Ese reconocimiento ha de mover nuestro corazón al amor porque nunca nos falla, por grande que sea nuestro pecado, el amor que Dios nos tiene y nos ofrece con su perdón.
Agachamos humildemente la cabeza y el corazón para al mismo tiempo levantar nuestra mirada a lo alto para contemplar las maravillas que hace el Señor, las maravillas que continúa haciendo en nosotros. Reconocemos en nuestra oración y tenemos que saber aprender a dar gracias por esas mediaciones a través de las que he recibido ese amor y esa gracia del Señor. Sí, descubrir como Dios actúa en nuestra vida, y nos llama, a través de acontecimientos, de otras personas, de muchas cosas que nos pasan pero que vienen a ser una voz y una llamada del Señor.
Todo eso nos lleva a alabar a Dios por todas esas maravillas también delante de los que nos rodean, como decíamos en el salmo, que es una oración de Tobías. ‘Dadle gracias, israelitas, ante los gentiles porque El nos dispersó entre ellos. Proclamad allí su grandeza, ensalzadlo ante todos los vivientes, que El es nuestro Dios y Señor, nuestro Padre por todos los siglos…’
¡Cuántas veces le hemos pedido al Señor, ‘enséñanos a orar’! Acudamos a la Biblia, que es nuestro gran libro de oración. Allí aprenderemos a encontrar profundamente con el Señor.

sábado, 6 de junio de 2009

Los que hacen limosna se saciarán de vida…

Tobías, 12, 1.5-15.20
Sal. 13
Mc. 12, 38-44

Habitualmente comienzo esta reflexión en torno a la Palabra de Dios de cada día con alguna frase que, tomada de la misma Palabra proclamada o de la liturgia, sirva como resumen y soporte de dicho comentario. Confieso que hoy me encuentro en la disyuntiva entre varios textos. Por una parte lo que nos ha servido de antífona en el aleluya antes del Evangelio – ‘dichosos los pobres en el espíritu porque de ellos es el reino de los cielos’ – y una frase repetida en la lectura de Tobías: ‘Es bueno guardar el secreto del Rey, pero es un honor revelar y proclamar las obras de Dios’.
Nos encontramos hoy en el capítulo final del pequeño libro de Tobías, en las que ya finalmente el arcángel Rafael les manifiesta su identidad y cómo es ‘uno de los siete ángeles que están en la presencia de Dios presentando las oraciones de los justos’. Y así les explica que era él quien presentaba las oraciones de Tobías y de Sara y quien le asistía a la hora de las obras buenas que realizaba al enterrar a los muertos.
Previamente padre e hijo deciden, desconocedores aún de su identidad, cómo pagar a aquel caminante que le ha acompañado en el camino y del que tantos beneficios han recibido. La generosidad de Tobías hijo le lleva a ofrecerle la mitad de lo que han cobrado en su viaje a rescatar la deuda. Pero es entonces cuando el ángel de Dios les invita a cantar en todo momento la alabanza del Señor. ‘Bendecir a Dios y glorificarle, ensalzadle, pregonad a todos los vivientes lo que ha hecho con vosotros, pues es bueno bendecir a Dios y ensalzar su hombre pregonando sus obras. No os canséis de confesarle… pregonar las obras de Dios’.
Pero entonces les deja como hermoso mensaje o testamento antes de su vuelta a la presencia de Dios en el cielo unas sentencias que merece que nos detengamos en ellas para considerarlas. ‘Buena es la oración sincera y la limosna generosa. Mejor es hacer limosna que acumular tesoros, porque la limosna libra de la muerte y expía los pecados. Los que hacen limosna se saciarán de vida…’
Hermoso mensaje. Aunque algunas veces hayamos devaluado la palabra limosna con el raquitismo de los que damos, sin embargo el hecho de la limosna tiene un hermoso y hondo sentido. Limosna es algo más que dar de lo que me sobra y desde una compasión paternalista y simplemente por pena damos unos minúsculas monedad a aquel que nos tiende la mano pidiendo. La limosna realmente es un compartir y un compartir generoso dando de lo que tengo para mí.
Ejemplo hermoso tenemos en la viuda del evangelio que hoy Jesús ensalza. Aquella pobre mujer no da de lo que sobre sino de lo que tiene para vivir. ‘Os aseguro, dice Jesús haciendo que los discípulos se fijen en ella, que esa pobre viuda ha echado en el cepillo más que nadie. Porque los demás echan de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, he echado todo lo que tenía para vivir’.
Limosna, pues, compartir desde la solidaridad. Me siento solidario del otro y me pongo a su lado, en su lugar, y lo que tengo y lo que soy lo comparto generosamente. Veo necesidad y no puedo permitir que el otro sufra en su carencia y comparto generosamente con él todo lo que tengo.
Limosna, compartir generosamente desde la solidaridad, o lo que es lo mismo, desde el amor. El amor que me hace estar a su lado, a su altura, no mirándole desde arriba, sino directamente a los ojos de su alma, para lo que necesito estar cerca de él. Es lo que es el amor verdadero.
Pero diríamos que nosotros los cristianos aún podemos sublimar mucho más ese amor. lo estoy amando según el mandato de Jesús, lo que significa, que lo estoy amando con un amor distinto, porque lo estoy amando con el amor de Dios. ‘Como yo os he amado…’ nos dice Jesús. Es el amor de Dios que está en nosotros, como hemos reflexionado recientemente, y con ese amor que es como el de Dios, con ese amor que es el de Dios yo lo estoy amando. Y si Dios lo ama y lo ama generosa e infinitamente como El sabe hacerlo, de la misma manera tengo que amarlo yo. Le estoy diciendo también, Dios te ama, y este amor con que yo te amo ahora y comparto contigo, es una expresión, una manifestación del amor que Dios te tiene. Entonces no daré de lo que me sobra, sino que la limosna será el compartir lo que tengo.
Limosna que me purifica entonces, porque el amor de Dios está presente en nuestra vida. Limosna que me llena de vida. No es el orgullo que pueda sentir en mi interior en la satisfacción de lo bueno que hago. Si fuera así, ya estaría en parte pervirtiendo la buena intención de lo que hago. Es distinto, porque compartiendo así con esa generosidad y desde ese amor, el amor y la vida de Dios está llenando mi corazón. Dios se está haciendo presente en mí de manera especial para que yo sea capaz de amar con ese amor, con un amor como el de Dios.
Recordábamos al principio la antífona que nos hacia presente la primera de las bienaventuranzas. ‘Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos’. Dichosos si así nos estamos haciendo pobres por nuestro amor, por nuestra solidaridad, por nuestro compartir. El Reino de Dios está ya en nosotros. El Reino de Dios se está manifestando a través nuestro y haciéndose más presente en nuestro mundo.

viernes, 5 de junio de 2009

Que en todo se manifieste la alabanza y la bendición al Señor

Tobías, 11, 5-17
Sal.145
Mc. 12, 35-37


Todo es gozo y alegría, alabanza y bendición al Señor en este texto de Tobías que hoy hemos escuchado. Estamos en medio de un pueblo creyente y en una familia que el autor sagrado nos quiere presentar de manera especial en esa actitud creyente.
Es el regreso del joven Tobías con su nueva esposa a la casa del padre. En el texto que nos hubiera correspondido escuchar ayer hubiéramos contemplado las circunstancias de la boda del joven Tobías con Ana, la hija de Ragüel de la que ya anteriormente se nos había hablado. Celebración realizada también en un sentido creyente, de manera que incluso parte de dicho texto suele proclamarse muchas veces en nuestras celebraciones del sacramento del matrimonio por la oración de bendición y alabanza al Señor de los jóvenes esposos a la hora de su matrimonio.
Hoy se repiten varias veces esos momentos de bendición, alabanza y acción de gracias a Dios. Ya el arcángel ‘Rafael le había dicho a Tobías. Nada más entrar en tu casa, adorar al Señor tu Dios y le das gracias…’ Así lo hicieron por ‘Tobit y su mujer le recibieron con besos y rompieron a llorar de alegría. luego adoraron a Dios, le dieron gracias y se sentaron…’ Finalmente, una vez que Tobías realizó en los ojos de su padre las indicaciones del ángel de Dios y, al recobrar la vista el anciano Tobías, ‘todos glorificaron a Dios. Y Tobit dijo: Te bendigo, Señor, Dios de Israel, que si antes me castigaste, ahora me has salvado y puedo ver a mi hijo Tobías’.
He querido subrayar este aspecto de adoración, alabanza y bendición al Señor, porque creo que es un hermoso testimonio y ejemplo que necesitamos recuperar en nuestra vida. Bien sabemos lo que nos suele pasar: somos muy pronto para orar y pedir al Señor que nos ayude en nuestras necesidades y problemas, pero qué tardos somos para la gratitud y la acción de gracias.
Ya recordamos cómo Jesús en una ocasión se quejaba en el evangelio por esa falta de reconocimiento de la acción de Dios y la acción de gracias. Recordamos aquellos diez leprosos que fueron curados en el camino al paso de Jesús y que, una vez curados, uno solo volvió para postrarse ante Jesús para glorificar a Dios y manifestar su acción de gracias. ‘¿No eran diez los leprosos curados? ¿los otros nueve donde están? Sólo ha venido este samaritano a glorificar a Dios’, recordamos que fue la que y el reproche de Jesús.
Que no sea esa la queja y el reproche que el Señor tenga con nosotros. Que aparezca palpable en nuestra vida esa actitud creyente del que sabe contar con el Señor en todo momento, pero también en todo momento sabe pararse para cantar la alabanza al Señor por tanto que de El recibimos. Un pensamiento dirigido a Dios, una jaculatoria que pronuncian nuestros labios, un gemido de gratitud que surja de nuestro corazón. No es tan difícil, lo que es necesario es rescatar esa actitud creyente en nuestra vida, porque muchas veces, aunque nos llamamos cristianos, parece que vivimos y actuamos sólo por nosotros mismos y no sabemos contar con el Señor.
Es necesario que en esas cosas pequeñas de cada día nos manifestemos como creyentes auténticos y convencido. Frente al materialismo que nos rodea, la increencia de tantos a nuestro alrededor, que sepamos manifestar públicamente nuestra fe y cantemos la alabanza del Señor.

miércoles, 3 de junio de 2009

En ti confío, no quede yo nunca defraudado

En ti confío, no quede yo nunca defraudado
Tobías, 3, 1-11.24-25
Sal.24
Mc. 12, 18-27

‘A ti, Señor, levanto mi alma’, hemos repetido en el salmo responsorial. Dos súplicas desde el dolor y llenas de esperanza suben a la presencia del Señor y, como se nos dice, son escuchadas. Todo el relato del libro de Tobías nos trae ese mensaje especial. Así lo hemos escuchado en los últimos versículos del texto hoy proclamado: ‘Por entonces llegaron las oraciones de los dos ala presencia gloria del Dios Altísimo y fue enviado el santo ángel Rafael a curarlos a los dos que habían elevado sus oraciones a Dios al mismo tiempo’.
Hermosa la súplica de Tobías. Hombre de generoso corazón dado siempre a hacer el bien a los demás, se ha quedado ciego y en la más extrema pobreza. Ayer escuchamos las circunstancias de su ceguera. Sufre él al verse ciego y sufre con los reproches que recibe hasta de su propia mujer. ‘Sí, tu esperanza se ha visto frustrada; ya ves de lo que te ha servido hacer limosnas’, le escuchábamos ayer enfadada.
‘Tu eres justo y justas son tus sentencias… actúas con misericordia, con lealtad y con justicia… acuérdate de mí… no tengas en cuentas mis culpas… Señor, haz de mí lo que quieras: hazme expirar en paz, que prefiero la muerte a la vida…’ Así oraba el anciano Tobit.
En el fondo de todo está una petición de paz, paz para su espíritu atormentado. Se siente débil y pecador pero se acoge a la misericordia del Señor. Recuerda la bondad, la lealtad y la misericordia del Señor y eso le hace confiar por encima de todo.
Hermosa oración. Cómo tendríamos que aprender a orar así, a poner toda nuestra confianza en el Señor que no nos abandona. ‘Dios mío, en ti confío, no quede yo defraudado, que no triunfen de mí mis enemigos, pues los que esperan en ti no quedan defraudados…’
La otra súplica dolorosa pero llena también de confianza es la de Sara, hija de Ragüel. Se siente desairada y burlada incluso por su sirvienta desde su situación en que se le han muerto sus siete maridos uno tras otro. - ¿Nos recuerda esto la ley del levítico a la que se hace mención en el Evangelio en la pregunta que le hacen a Jesús? Ya hemos comentado en otras ocasiones ese texto -. Llora y suplica Sara al Señor verse liberada de tal ignominia y, como se nos dice, la oración de Sara también fue escuchada por el Señor.
Se nos habla aquí del ángel Rafael que fue enviado por Dios a la tierra par conducir al joven Tobías al encuentro de la que va a ser su esposa, como seguiremos escuchando en los próximos días, y a encontrar remedio también para la salud de su padre Tobit. Ya sabemos cómo el arcángel Rafael es sinónimo de ‘medicina de Dios’, porque de algún modo podemos decir que esa fue la misión que le trajo a la tierra.
Una invitación a la confianza en nuestra oración. Oremos que Dios siempre nos escucha. Por muy dolorosa que sea nuestra situación, Dios atiende nuestras súplicas y con la respuesta y la presencia del Señor seremos siempre nosotros los beneficiarios de la gracia divina.
‘Dios mío, en ti confío; no quede yo nunca defraudado…’ El Señor no nos defrauda nunca. Siempre nos llenará de su gracia.

lunes, 1 de junio de 2009

El Señor habla por mí y para mí

Tobías, 1, 1-2: 2, 1-9
Sal. 111
Mc.12, 1-12


Quiero expresar, en primer lugar, el marco litúrgico en que nos encontramos, ya que estos comentarios van al hilo de la Palabra de Dios proclamada cada día. Concluíamos ayer el tiempo pascual con la fiesta de Pentecostés y retomamos de nuevo el llamado tiempo Ordinario. Lo habíamos iniciado a partir de la fiesta del Bautismo del Señor para quedar interrumpido el miércoles de ceniza en el comienzo de la Cuaresma que nos conducía a la Pascua. Ahora lo volvemos a retomar para concluir cuando vayamos a iniciar un nuevo ciclo en el próximo Adviento. Aunque nos quedan dos domingos de especial significación, la Santísima Trinidad y Corpus Christi, ya en medio de la semana seguimos con la lectura continuada de la Palabra de Dios.
Hoy precisamente iniciamos la lectura del libro de Tobías que lo seguiremos durante toda esta semana. Libro que entra en el conjunto de los sapienciales por el sentido que tiene. Nos presenta hoy a Tobías, hombre honrado y piadoso, que destaca por la generosidad de su corazón en el cumplimiento de lo que podríamos llamar las obras de misericordia, dar de comer al hambriento y enterrar a los difuntos.
Es un amor generoso el que destaca en Tobías que le hará buscar incluso al necesitado. Habiéndosele preparado una buena comida en su casa porque era el día de la fiesta del Señor, no quiere sentarse a la mesa sin que su hijo vaya a buscar un pobre con el que compartir su comida. ‘Vete a invitar a un pobre… para que venga a comer con nosotros’, le dice a su hijo.
Pero el hijo le traerá la noticia de un israelita al que han asesinado y cuyo cadáver se encuentra tirado en la plaza, pues estaba prohibido darles sepultura. No lo puede consentir, trae el cadáver a su casa para darle sepultura en la noche, exponiendo incluso su vida. ‘Los vecinos le regañaban diciéndole: por este motivo te condenaron una vez a muerte… ¿cómo es posible que vuelvas a lo mismo? Pero Tobías temía a Dios más que al rey…’ termina diciendo el texto sagrado. ‘Su caridad es constante, sin falta. En las tinieblas brilla como una luz el que es justo, clemente y compasivo…’ que decíamos en el salmo.
El texto del Evangelio hoy escuchado lo habremos meditado muchas veces. ‘Un hombre plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje’. Pero ya nos dice el texto sagrado que Jesús habló a los sumos sacerdotes, los levitas y los escribas que le escuchaban. Y al final de la parábola nos dice que ‘ellos veían que hablaba por ellos’.
Creo que esto tiene que hacernos reflexionar. La Palabra de Dios que escuchamos es una palabra directa que el Señor nos dirige de manera concreta a nosotros. Ya sé que muchas veces tratamos de escabullirnos y tenemos la tentación de decir que esa Palabra que se nos ha proclamado qué bien le vendría a éste o aquel. Ponemos un muro en nuestros oídos y en nuestro corazón no dejando que esa Palabra llegue a nosotros sino que tratamos siempre de dirigirla hacia los demás. Pero es una Palabra que el Señor me dirige a mí de manera concreta y yo soy el que tengo que oírla y saber discernir lo que el Señor quiere decirme o pedirme de forma concreta.
Es cierto que en esta parábola podemos ver bien reflejada lo que es la historia del pueblo de Israel, que tanto amor recibió del Señor, pero ya sabemos cómo rechazaban a los profetas o cómo rechazaron al mismo Cristo, el Hijo de Dios. Pero ¿no podríamos preguntarnos si acaso nosotros no estamos haciendo de alguna forma lo mismo? ¿Cuál es la actitud que yo tengo, o con la que yo recibo esa Palabra que Dios quiere dirigirme? Son las primeras preguntas que tenemos que hacernos para saber qué clase de tierra somos para acoger la semilla de la Palabra de Dios, y cómo están abiertos los oídos de nuestro corazón para escucharla.
Escuchemos con sinceridad esa Palabra que Dios me dirige, esa Palabra que tengo que plantar en la tierra concreta de mi vida con mis personales circunstancias. Dios se está dirigiendo directamente a mi vida. ¿Cuál es mi respuesta? El Señor está hablando por mi y para mi.