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domingo, 31 de mayo de 2026

Necesitamos momentos para la contemplación de todo el misterio de amor de Dios que hemos vivido, para verlo plasmado en nuestra vida y para saber dar gracias

 


Necesitamos momentos para la contemplación de todo el misterio de amor de Dios que hemos vivido, para verlo plasmado en nuestra vida y para saber dar gracias

Éxodo 34, 4b-6. 8-9; Dn 3, 52-56; 2Corintios 13, 11-13; Juan 3, 16-18

A todos nos habrá sucedido, ante algo que ha pasado a nuestro lado, una noticia impactante que hayamos recibido, algo que nos han dicho que por lo grandioso que nos cuentan nos parece increíble pero que sin embargo en la realidad ahí está, nos hemos quedado sin palabras, impactados no hemos sabido qué decir o qué hacer y nos hemos quedado en silencio, pensando y repensando dicho acontecimiento o dichas palabras y parece como si nos quedáramos extasiados en el tiempo.

¿No fue algo así lo que le sucedió a Moisés cuando ahora de nuevo sube al monte con las tablas de piedra de la ley en sus manos y se queda repitiendo como en un eco una y otra vez ‘Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad’? Por su mente iba como recapitulando tantas cosas en las que había visto la mano de Dios. Le había llamado a él desde la zarza ardiendo, le había enviado a presentarse al Faraón para pedir la liberación de su pueblo, a él además que no era un hombre de palabra fácil, todas aquellas señales de la liberación de Egipto, el paso del mar Rojo y aquella travesía en el desierto hasta el Sinaí donde Dios se les había manifestado, era como para quedarse aturdido ante tantas maravillas del amor que Dios manifestaba por su pueblo, era para quedarse pensando eternamente sin terminar de dar gracias nunca. Por algo terminaba pidiendo a Dios que estuviera siempre con su pueblo, ‘que mi Señor vaya con nosotros, aunque seamos un pueblo de dura cerviz’.

¿No será esto lo que quiere hacer la liturgia cuando ya hemos terminado todas nuestras celebraciones pascuales sino invitarnos a quedarnos también en esa contemplación? Tenemos que saber detenernos ante todo lo que hemos venido viviendo y contemplando cuando hemos celebrado la Pascua del Señor; todas las celebraciones del misterio de Cristo que es celebrar el misterio del amor de Dios se han ido sucediendo casi como pisándose unas a otras y necesitamos parar, necesitamos detenernos en silencio, no para ver cosas nuevas, sino para contemplar una y otra vez todo ese misterio de amor.

Con el texto del evangelio de san Juan tenemos que decirnos una y otra vez, ‘tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna… para que el mundo se salve por Él’. No son necesarias reacciones ni consideraciones especiales, sino contemplar y rumiar ese misterio de amor. Lo hemos contemplado y celebrado de manera especial en este tiempo de pascua. Ahora dejémonos sorprender, empapémonos de ese misterio de amor.

Este domingo en que ya retomamos el tiempo Ordinario en la liturgia solemos llamarlo la Solemnidad de la Santísima Trinidad. Venimos, algo así, a recapitular todo ese misterio de Dios que así se nos manifiesta, así se nos reveló en Jesús. No vamos a meternos en lo que podríamos decir elucubraciones teológicas sino lo importante es que nos sintamos envueltos por ese misterio del amor de Dios, que nos ama, que camina a nuestro lado, que sostiene nuestra vida y nos ilumina allá en lo más hondo del corazón, que nos hace sentir su presencia y la fuerza de su Espíritu como revelación de todo lo que es ese misterio de Dios, que se nos muestra compasivo y misericordia hasta entregarse en Jesús en la más sublime prueba de amor.

¿Eso nos dejará impasibles e insensibles? ¿No tenemos que sentirnos impactados por toda esa fuerza arrolladora del amor Dios para con nosotros? Porque además se nos está ofreciendo como el más hermoso de los regalos. ¿Quién soy yo, pequeña criatura, para sentirme amado de tal manera por ese amor eterno de Dios? Moisés le pedía a Dios que se quedara con ellos porque eran un pueblo de dura cerviz, ¿no es lo que nosotros también tendríamos que pedir siendo conscientes de tantas debilidades nuestras que tan inconstantes nos hacen en nuestra respuesta al amor de Dios? Es algo que mucho tenemos que pensar. Miremos la historia de nuestra vida y terminaremos por reconocer que no es sino la historia del amor que Dios nos tiene, aunque muchas veces lo olvidamos.

 Cuántas señales ha ido Dios poniendo en nuestro camino ante las que quizás muchas veces pasamos de largo; es hora de recapitular quizás grandes momentos o también de detenernos para ver esos pequeños detalles que en tantas situaciones de nuestra vida nos ha dejado como signos de su amor, acontecimientos, personas cercanas a nosotros, palabras que en un momento determinado produjeron un impacto en nosotros, cosas inesperadas que llegaron a nuestra vida y que se convirtieron en un toque de atención, momentos que vivimos con una especial intensidad espiritual como momentos oscuros que se convirtieron en pruebas para nosotros… y Dios ha estado ahí, en ese camino que hemos hecho, y Dios nos ha estado recordando continuamente su amor.

¿No tendríamos que detenernos a reconsiderarlo y a dar gracias?


domingo, 15 de junio de 2025

Nacidos para amar, para ser hijos de Dios, para entrar en comunión con toda la creación, y en esa comunión de amor con todos porque somos a imagen y semejanza de Dios


Nacidos para amar, para ser hijos de Dios, para entrar en comunión con toda la creación, y en esa comunión de amor con todos porque somos a imagen y semejanza de Dios

Proverbios 8, 22-31; Salmo 8; Romanos 5, 1-5; Juan 16, 12-15

Cuando litúrgicamente hemos retomado el tiempo Ordinario parece que aun no queremos olvidar el sabor de la Pascua, nos hemos quedado hambrientos de Pascua y es por lo que en este domingo nos dejamos envolver por todo el misterio de Dios al contemplar y celebrar la Santísima Trinidad de Dios. Porque la Pascua a eso nos ha llevado, a introducirnos en el misterio del Dios amor dejándonos envolver por El en el misterio de su Trinidad.

Decimos misterio, en todo lo referente a Dios, porque realmente sentimos que es algo que nos supera, toda la inmensidad de Dios, toda la inmensidad de su amor que nos regala y que nos da vida, pero es que nuestra vida no puede ser otra cosa sino reflejar en nosotros esa comunión de amor que es la Santísima Trinidad.

Allá en las primeras páginas de la Biblia hay algo maravilloso que viene a definirnos nuestra vida, lo que Dios quiere de nosotros cuando nos ha creado. ‘Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza’, nos dice. Hechos a imagen y semejanza de Dios, somos algo más que unas células que conforman nuestro cuerpo y decimos que somos un ser humano. Hemos sido creados, repito y esto es algo muy importante en nuestra fe y nuestra antropología, a imagen y semejanza de Dios; y hablamos de inteligencia y voluntad, es cierto, como unos dones maravillosos que Dios nos ha dado, pero no nos podemos quedar ahí sino que por esa inteligencia y por esa voluntad estamos capacitados para amar.

Y esto es lo grande que contemplamos en Dios y que tenemos que revertir en nosotros. Dios no es un ser inaccesible en toda su inmensidad; primero en Dios encontramos una relación de amor y de comunión entre las tres divinas personas que conforman esa unidad en la Trinidad, pero que no se encierra en sí mismo sino que se va a manifestar en toda la creación y sobre todo en su criatura más amada que es el ser humano. Se nos manifiesta porque nos da la posibilidad de que le conozcamos, porque El mismo se nos revela; se nos manifiesta revelándose a si mismo para que así podamos nosotros entrar en esa comunión con El; se nos manifiesta inundándonos de su amor para que ese amor amemos, no solo a El, a Dios, sino que podamos entrar en esa comunión de amor con los demás. Es lo maravilloso de lo que nos hace participes cuando nos dice que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, nacidos para amar, nacidos para ser hijos de Dios, nacidos para entrar en comunión con toda la creación, nacidos para que entremos en esa comunión de amor con los demás creando así una nueva humanidad.

Es lo que contemplamos y celebramos, pero no solo para mirar al cielo, sino también para mirar al suelo, para mirar cuanto nos rodea, para mirar a cuantos conformamos  esta humanidad haciendo posible esa nueva relación de amor de unos y otros. Podemos decir que nos adentramos en esa inmensidad de Dios, pero más aun que dejamos y sentimos que es Dios mismo el que se hace presente en nuestra humanidad. ¿No decimos que somos morada de Dios y templos del Espíritu?

Pero allí donde está Dios tiene que estar también el hombre, porque ya nos enseña Jesús que en el otro tenemos que saber descubrirle a El, saber contemplar a Dios, pero es que si no damos entrada al otro en nuestro corazón significa también que no estamos dejando entrar a Dios en nuestra vida. Estaremos poniendo a Dios en nuestro corazón, dejando que inhabite en nosotros, en la medida en que dejamos entrar en nuestro corazón al otro, al que siempre tenemos que ver como un hermano, porque ya siempre lo estaremos viendo desde el prisma del amor.

El verdadero creyente nunca puede ir solo por la vida, como si él se bastara a si mismo. Siempre decimos que como creyentes caminamos con Dios porque miramos con los ojos de Dios pero también porque tenemos que dejar que nuestras manos sean las manos de Dios. Cuando puso en nuestras manos la obra de su creación no solo para que la disfrutemos sino para que continuemos creándola desde nuestra inteligencia y nuestra capacidad, está poniendo en nuestras manos al hombre, a todo hombre y mujer al que estaremos haciendo llegar ese amor Dios.

Como vemos son muchas las consecuencias y entonces compromiso de vida para nosotros desde la contemplación del misterio de la Santísima Trinidad. Como decíamos no nos quedamos mirando al cielo sino que tenemos que poner bien los pies sobre la tierra para mirar con una mirada nueva cuanto nos rodea, para vivir esa hermosa comunión con los demás a imagen de la comunión de amor de Dios. No nos quedamos ensimismados, sino que nos tenemos que poner en camino de amor y de comunión.


domingo, 26 de mayo de 2024

Dichosos nosotros elegidos del Señor, porque envueltos en el amor de Dios seremos capaces de envolver también en el amor al mundo para crear más humanidad

 


Dichosos nosotros elegidos del Señor, porque envueltos en el amor de Dios seremos capaces de envolver también en el amor al mundo para crear más humanidad

Deuteronomio 4, 32-34. 39-40; Sal. 32; Romanos 8, 14-17; Mateo 28, 16-20

‘Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad’. Creo que este responsorio que repetimos con el salmo en este domingo puede ser clave muy importante para nuestra fe, sobre todo en este domingo que hoy celebramos de la Santísima Trinidad. Es tradición en la liturgia de la Iglesia, que cuando hemos terminado todas nuestras celebraciones pascuales, concluidas el pasado domingo con la Fiesta de Pentecostés en la venida del Espíritu Santo, hoy retomamos el llamado tiempo ordinario precisamente contemplando todo el misterio de Dios.

Digo bien, contemplando, porque realmente es lo que tenemos que hacer. Es fácil que en un día como este nos empeñemos en dar mil explicaciones teológicas a la celebración que hoy vivimos. Yo quiero simplemente quedarme sintiendo la dicha de formar parte de ese pueblo escogido por el Señor. ‘Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad’, hemos dicho y repetido; sí, tenemos que repetírnoslo para que se nos meta en la cabeza y en la hondura del corazón. Por eso digo, contemplando.

Nos sentimos amados y elegidos del Señor. Y así comenzamos, si no a comprender del todo, al menos a vivir todo lo que significa esa comunión de amor que es Dios mismo. ‘Dios es amor’, nos dirá san Juan en sus cartas. Pero no es un amor que se encierre en si mismo, un amor que se ame a si mismo, porque el amor siempre es relación. Y es esa relación misteriosa y maravillosa que hay en Dios mismo cuando hablamos de la Trinidad de Dios. Todo es amor en Dios, y es esa interrelación de amor entre las tres divinas personas, como lo que queremos expresar en lenguaje teológico. Es relación y es donación, es amor y es comunión, que además no se queda en Dios mismo sino que trasciende hasta nosotros; nos hace entrar a nosotros en esa misma interrelación y comunión de amor.

Cuando hoy contemplamos y celebramos el misterio de la Trinidad de Dios no nos quedamos solo mirando al cielo. Elevamos, sí, nuestra mirada porque contemplar a Dios nos tiene que elevar, nos tiene que engrandecer, nos tiene que hacernos sentir en Dios, unidos en Dios, en comunión con Dios, pero al mismo tiempo nuestra mirada tiene que mirar en dirección horizontal porque nos hace mirar a todos cuantos están a nuestro alrededor, a cuantos están en nuestro mundo, con quienes tenemos que entrar también en esa relación de amor, de unidad y de comunión. Porque eso que contemplamos en Dios tenemos que comenzar a contemplarlo y vivirlo con los que están a nuestro lado. No lo podemos separar.

Tenemos que ser, sí, místicos y contemplativos, que nos hace verdaderamente humanos porque desde esa altura de Dios a la que nos elevamos no podemos bajar sino empapados y envueltos de amor, para empapar con ese amor, para envolver con ese mismo amor a los hombres nuestros hermanos.  No se puede ser un contemplativo del misterio de Dios sin convertirse necesariamente en un creador de humanidad allí donde estamos repartiendo ese mismo amor que en Dios contemplamos y de Dios recibimos.

Por eso cuando comenzamos a creer en Jesús y queremos vivir su vida somos bautizados en el agua y en el Espíritu precisamente en el nombre de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. No son unas simples palabras de un rito que tenemos que repetir. Es una realidad que tenemos que vivir. Creer en Jesús no es solamente ni fundamentalmente una doctrina que tenemos que seguir, sino un sentido nuevo que tenemos que darle a la vida; un sentido que parte de esa comunión de amor de Dios para que entremos en esa comunión de amor con los hermanos que crea verdadera humanidad.

Es lo que hoy estamos celebrando. Pero no es una fiesta más que pasa una página del calendario. Es algo esencial a nuestra fe y a nuestra existencia, a nuestra condición de cristianos, en nuestro seguimiento de Jesús. Dichosos nosotros los elegidos del Señor, dichosos porque nos sentimos envueltos en su amor, dichoso porque seremos capaces de envolver también en el amor a ese mundo que nos rodea para hacer más humanidad.

domingo, 4 de junio de 2023

Saboreando lo que hay de divino en nuestra humanidad descubriremos a Dios que con su amor y ternura nos inunda de su propia vida y nos hace sus hijos

 


Saboreando lo que hay de divino en nuestra humanidad descubriremos a Dios que con su amor y ternura nos inunda de su propia vida y nos hace sus hijos

Éxodo 34, 4b-6. 8-9; Sal.: Dn. 3, 52-56; 2Corintios 13, 11-13; Juan 3, 16-18

Hay preguntas e interrogantes que siempre nos andan rondando en nuestro interior porque todos en el fondo siempre nos andamos preguntando por la vida, por el sentido de la vida, por el valor de la vida, que es preguntarnos por lo que somos y por lo que hacemos en esta vida. Nuestro pensamiento y nuestras experiencias puede ser que no a todos lleven por el mismo camino, pero nos damos cuenta que la vida es algo más que los latidos del corazón, que vivir es algo más que dejar que la máquina siga funcionando por sí misma y ya nos cuidamos de no perjudicarla en ese aspecto.

Pero el vivir está en el sentir allá en lo más hondo de nosotros mismos y buscaremos aquello que nos dé como más estabilidad, más paz en nuestro interior o nos produzca las satisfacciones más hondas. Es cuando nos damos cuenta que amando, y amar es como derramar nuestra propia vida queriendo llevarla más allá, queriendo transmitirla, queriendo hacer partícipes de eso que vivimos y sentimos a cuanto nos rodea. Es, podíamos decir, que nos da vida porque nos hace vivir, pero que nos lleva a engendrar vida, generación que no solo está en los hijos que nos prolongan, sino en cuanto de vida damos a los demás. Por eso decimos que ahí encontramos el sentido de nuestra vida. Y yo diría que es cuando vivimos lo divino en nuestra propia humanidad.

En nuestra fe y en nuestra antropología cristiana decimos que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, utilizando así expresión que encontramos en las primeras páginas de la Biblia. Conociendo así, podríamos decir, la esencia de nuestro ser nos sentimos transcendidos para intentar meternos en el misterio de Dios. ¿Qué es lo más hermoso que llevamos a descubrir en toda la inmensidad de Dios? Su amor y su ternura. Es lo que mejor saboreamos de Dios.

Cuando hoy en la primera lectura hemos escuchado como Dios quiere hacer partícipe a Moisés del misterio de su ser al ser llevado a lo alto de la montaña, igual que en otro momento el profeta Elías se siente inmerso en la presencia de Dios, pero no es la fuerza del huracán y del terremoto que hace temblar las montañas donde encuentra a Dios sino en el leve susurro de la brisa que le hace escuchar en lo más hondo de si mismo ese paso de Dios lleno de ternura y de misericordia, que es compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en clemencia y lealtad. Es ese amor de Dios el que con su ternura nos llena de su presencia. ¿No nos va a enseñar Jesús entonces que Dios es Padre bueno que nos ama?

Es el Dios que engendra vida, que nos llena de vida, que nos da a su Hijo Jesús, como el mejor rostro de Dios cuando viene a traernos la salvación y a llenarnos de vida. Es ese misterio de Dios que tanto nos ama que nos da a su Hijo, como nos dice el evangelio, para que tengamos vida, que no viene a juzgar ni condenar al mundo sino a salvarlo, a llenarlo de vida.

Es el Dios que nos inunda con su presencia, que nos hace sentir la fuerza de su Espíritu, que abre nuestra mente y nuestro corazón no solo para que conozcamos a Dios y entendamos el misterio de Dios, sino para revelarnos el misterio y la grandeza del hombre.

Y esto es lo que hoy estamos celebrando. Lo llamamos el misterio de la Trinidad de Dios, lo sentimos en esa vida de Dios que con su amor nos envuelve y a nosotros también al hacernos partícipes de su vida, como siempre sucede cuando hay amor de verdad, nos hace también hijos.

‘El Señor bajó de la nube y se quedó allí con él’, con Moisés, nos decía la primera lectura. Sí, Dios que baja de la nube y se queda con nosotros, el Señor que nos hace sentir su ternura y su misericordia, aunque seamos un pueblo de dura cerviz, aunque mucho sea nuestro desamor y nuestro pecado. ‘El Dios de la paz y del amor estará con nosotros’, nos decía también san Pablo hoy en la segunda lectura.

Vivamos, pues, esta experiencia de Dios. Sintamos así a Dios en nuestro corazón y en nuestra vida, nos ama y derrocha todo su amor sobre nosotros. Dejémonos inundar por su presencia. Recordemos que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios y eso de divino que hay en nuestra vida que se refleje en nuestra humanidad, se refleje en la humanidad con que nos acercamos a los demás transmitiéndoles lo mejor de la vida que hay en nosotros.


domingo, 12 de junio de 2022

Queremos dar gloria a Dios, queremos cantar la gloria del Señor, queremos alabar y bendecir al Señor en su gloria buscando siempre el bien del hombre

 


Queremos dar gloria a Dios, queremos cantar la gloria del Señor, queremos alabar y bendecir al Señor en su gloria buscando siempre el bien del hombre

Proverbios 8, 22-31; Sal 8; Romanos 5, 1-5; Juan 16, 12-15

¿Qué es buscar la gloria? En nuestros parámetros humanos alcanzamos la gloria cuando hemos conseguido la fama, ya sea un cantante que se ha hecho una fama poco menos que universal dados los medios sociales que hoy están a nuestro alcance, ya sea un deportista que ha alcanzado la gloria a través de sus triunfos que le han llenado de fama y ¿por qué no decirlo?, también de poder; es la búsqueda de la gloria queriendo alcanzar el dominio y el poder, el estar por encima de todo y tener en sus manos poco menos que las riendas del mundo; quizás en nuestras medidas más cercanas pensamos en el prestigio, en el buen nombre, en la consideración que le tienen los demás. Momentos de gloria que se pueden volver efímeros como le ha pasado a tantos que se creían dioses de este mundo, porque la fama se acaba, la gloria del triunfo tiene los días contados, y el poder puede ser que un día nos lo quiten de nuestras manos.

¿Qué será, pues, buscar y alcanzar la gloria? ¿Cuándo hablamos de la gloria de Dios lo hacemos también en este sentido? Desgraciadamente tenemos que reconocer que alguna vez quienes tratan de la gloria de Dios, y en consecuencia están muy relacionados con la religión, con la relación con Dios, podemos habernos confundido muchas veces envolviendo en esos tintes de glorias humanas lo que tendría que ser en verdad la gloria de Dios.

Cuando llegamos a descubrir con mayor o menor profundidad lo que es la gloria de Dios nos daremos cuenta que la gloria de Dios es el bien del hombre. ¿Qué quiere Dios del hombre que ha creado? ¿Qué busca Dios para ese ser humano salido de sus manos creadoras? Si queremos, podemos quedarnos con la primera imagen que nos pone la Biblia, al crear Dios al hombre y a la mujer los pone en un paraíso y quiere el bien y la felicidad del hombre y de la mujer, pues todo lo pone en sus manos para que sienta el gozo de sentirse creador con Dios continuando el desarrollo de la obra creada por Dios con su inteligencia y con su voluntad, y los pone para el amor, porque crea a Adán y Eva, al hombre y la mujer, para que vivan en esa comunicación de amor.

Es lo que hoy de manera maravillosa se nos revela y celebramos cuando en este domingo estamos celebrando el Misterio de la Santísima Trinidad de Dios. Es el misterio de amor de Dios. Dios es amor, nos dirá san Juan en sus cartas, pero bien que nos lo había ido revelando en plenitud Jesús. Una buena lectura de toda la historia de la salvación también tenemos que hacerlo desde esta óptica de amor.  Dios ama, por amor nos crea, por amor nos envía a su Hijo para nuestra salvación, por amor nos llena de su Espíritu de amor cumpliendo la promesa de Jesús. El amor que nos hace presente a Dios, el amor que nos hará ver a Dios, el amor que descubriremos en los actos de amor, vida y salvación que continuamente ofrece a toda la humanidad.

Porque Dios es amor, porque Dios ama no puede sino buscar el bien; su gloria, como decíamos, será siempre el bien del hombre. El amor no oprime ni esclaviza, el amor no es tirano ni exigente, el amor es siempre una ofrenda de sí mismo capaz de gastarse por ese amor en beneficio de aquellos a los que ama. Cómo se nos manifiesta en Jesús, que es la entrega que nos hace Dios a los hombres porque nos ama, que es la entrega que de sí mismo hace Jesús para nuestra salvación capaz de dar su vida para que tengamos vida, es la inundación de amor que se produce en nuestra vida cuando nos llenamos del Espíritu de Dios.

Así, entonces, nuestro amor para que sea verdadero tiene que ser reflejo de ese amor de Dios; así con un amor verdadero nosotros daremos a conocer a Dios a los demás. Así en ese amor verdadero que nos hace llenarnos de Dios tenemos que entrar necesariamente en una comunión de amor con todos los que son amados de Dios y a quienes nosotros también queremos amar. Por eso decimos que nuestra vida de amor es reflejo de esa comunión de amor de la Trinidad de Dios. Así en esa unidad con los demás tendríamos que sentirnos siempre.

¿Nos extraña entonces que el único mandamiento que Jesús nos haya dejado es el amor los unos a los otros? Pero ya sabemos que no es amarnos de una forma cualquiera sino amarnos como Dios nos ama, amarnos con un amor como el de Dios.

Hoy nos sentimos invitados a cantar la gloria del Señor. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo, decimos en una de esas aclamaciones que se repiten en la liturgia y en nuestra oración personal. Queremos dar gloria a Dios, queremos cantar la gloria del Señor, queremos alabar y bendecir al Señor en su gloria, pero no olvidemos lo que hemos venido reflexionando, la gloria del Señor es el bien hombre, porque la gloria del Señor es el amor de Dios; que así busquemos nosotros siempre el bien del hombre que es construir el Reino de la gloria del Señor en nuestro mundo.

domingo, 30 de mayo de 2021

Profesión profunda de fe y adoración y acción de gracias ante el misterio de Dios que se nos revela y disfrutemos el gozo de Dios que habita en nosotros

 


Profesión profunda de fe y adoración y acción de gracias ante el misterio de Dios que se nos revela y disfrutemos el gozo de Dios que habita en nosotros

Deuteronomio 4, 32-34. 39-40; Sal. 32; Romanos 8, 14-17; Mateo 28, 16-20

Buscamos a Dios. Decimos que la vida del hombre es una búsqueda de Dios. De alguna manera. Desde esas ansias de plenitud y de perfección que llevamos en nuestro interior, desde ese querer transcendernos para no quedarnos solamente en lo que podamos palpar con nuestras manos o la experiencia de lo que vivimos, desde esa aspiración que tenemos a lo grande no contentándonos con solo lo que podemos alcanzar con nuestras fuerzas, desde esos deseos de eternidad que nos llevan a aspirar a una vida sin fin y sin límites… caminos, podríamos decir, de nuestra búsqueda de Dios. Desde la antigüedad hasta los más grandes filósofos nos enseñaban que desde nuestra razón, desde lo más puro de nuestro corazón, incluso podemos llegar a vislumbrar el misterio de Dios.

Pero la maravilla es que Dios es el que busca al hombre y al hombre se quiere revelar. No nos deja solos en nuestra búsqueda que incluso podríamos errar sino que El viene a nuestro encuentro y nos revela el misterio de su ser. Qué hermosa la reflexión que se hace el sabio del antiguo testamento que nos habla de esa cercanía de Dio que viene a nuestro encuentro. Merece la pena recordarlo literalmente.

Pregunta, pregunta a los tiempos antiguos, que te han precedido, desde el día en que Dios creó al hombre sobre la tierra: ¿hubo jamás, desde un extremo al otro del cielo, palabra tan grande como ésta?; ¿se oyó cosa semejante?; ¿hay algún pueblo que haya oído, como tú has oído, la voz del Dios vivo, hablando desde el fuego, y haya sobrevivido?; ¿algún Dios intentó jamás venir a buscarse una nación entre las otras por medio de pruebas, signos, prodigios y guerra, con mano fuerte y brazo poderoso, por grandes terrores, como todo lo que el Señor, vuestro Dios, hizo con vosotros en Egipto, ante vuestros ojos?

Pero esta hermosa reflexión del sabio del antiguo testamento viene a encontrar plenitud de revelación en Jesús, Palabra eterna de Dios por quien se hizo cuanto se ha hecho, pero que es Verbo de Dios que planta su tienda entre nosotros. ‘Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien se lo quiso revelar’, nos dirá Jesús en un momento del Evangelio. Y es que en Jesús encontramos la revelación de todo ese misterio de Dios que aún en su cercanía como quiso manifestarse en el Antiguo Testamento se nos hacía inabarcable.

Será Jesús quien nos revele ese amor infinito de Dios y nos enseña a llamarle Padre; ese amor infinito de Dios que nos entrega a su Hijo el amor tan grande que le tenía al hombre para que así alcanzase la salvación; ese amor infinito de Dios que nos trasmite su mismo Espíritu para que nosotros podamos tener vida nueva y hacernos hijos de Dios. Es la maravilla de la revelación de Jesús, verdadero rostro de Dios y verdadera Palabra de Dios.

Cuando hemos culminado las celebraciones pascuales con la venida del Espíritu Santo en Pentecostés, que celebrábamos el pasado domingo, hoy la liturgia nos invita a acercarnos al misterio profundo del Dios que se nos ha revelado. Un momento para hacer una profunda profesión de fe pero un momento también para sentirnos inmersos en ese Dios que es amor, pero ese Dios que al mismo tiempo quiere habitar en nosotros. ‘Vendremos a él y haremos morada en él’, nos había dicho Jesús. Y somos inhabitados por el Espíritu de Dios para vivir a Dios en nosotros.

Cuando en el bautismo hemos sido bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo significa que con nuestra fe hemos abierto las puertas de nuestro corazón, de nuestra vida, para que Dios venga a habitar en nosotros. Templos del Espíritu y morada de Dios, solemos decir para expresar ese inhabitar Dios en nosotros.

Si el sabio del Antiguo Testamento nos hacía considerar dónde ha habido un Dios que habitaba en medio de su pueblo como el Dios de Israel y que haya así intervenido en la historia de su pueblo, nosotros desde la revelación de Jesús podemos dar un paso más para considerar la maravilla de un Dios que quiere habitar en el corazón del hombre. Y aquí tenemos que considerar cómo nuestra historia personal es la historia del amor de Dios en mi vida.

Miremos nuestra historia personal con sus luces y con sus sombras y sepamos descubrir cómo Dios ha estado siempre presente en nuestra vida, aunque con nuestra ceguera tantas veces no lo hemos sabido reconocer. Sepamos disfrutar del gozo de Dios que habita en nosotros y llena nuestro corazón. Dejémonos conducir por el Espíritu del Señor que se hace presente en nuestros corazones.

Momentos para la profesión de fe y la adoración esta fiesta de la Santísima Trinidad, pero al mismo tiempo momentos para la acción de gracias en el reconocimiento de esa presencia de Dios en mi vida gozándonos de su presencia de amor. ¿No sería también momento de saber apreciar en el respeto y valorar la vida de los demás por cuanto también en ellos inhabita la presencia de Dios?

 

domingo, 7 de junio de 2020

Tendría que notarse un cristiano cuando viene de Misa porque lleva en si el resplandor de la gloria de Dios en una nueva forma de vivir



Tendría que notarse un cristiano cuando viene de Misa porque lleva en si el resplandor de la gloria de Dios en una nueva forma de vivir

Éxodo 34, 4b-6. 8-9; Sal. Dn 3, 52-56; 2Corintios 13, 11-13; Juan 3, 16-18
‘Moisés madrugó y subió a la montaña del Sinaí… el Señor bajó en la nube y se quedó allí con él…’ Hermosa y reconfortante experiencia. ‘El Señor se quedó allí con él’. Supo Moisés subir a la montaña, pero supo esperar la visita de Dios.
Buscamos a Dios, queremos subir a lo alto, buscamos el silencio y la soledad, queremos verle y escucharle, nos preguntamos muchas cosas que parecen que no tienen respuesta, el misterio nos rodea, no sabemos como sintonizar porque quizá en muchas ocasiones haya muchos ruidos, las preocupaciones y los problemas de la vida nos aturden, parece que nos encontramos desorientados…, pero quizá en un momento inesperado nos sobreviene una paz interior que nunca antes habíamos sentido, nos parece que hubiéramos entrado en otra dimensión que no es lo que habitualmente palpamos en la vida, porque nos hace sentir lo que nunca habíamos sentido, porque parece que hay una nueva luz interior que no solo nos hace ver de manera distinta y hasta seremos capaces de lanzarnos a lo que no sabríamos describir, parece que saboreamos algo que no sabemos explicar…
¿Estamos sintiendo a Dios en nuestro corazón? ¿Será eso vivir la presencia de Dios en nosotros? ¿Nos estará haciendo gustar el Señor su presencia y su vivir? Habremos podido tener esa experiencia de Dios y quizá no supimos interpretarla; era Dios el que estaba tocando a nuestra puerta y quizá nos distraemos o nos confundimos. El niño Samuel en medio de la noche entre sus sueños escuchaba una voz que le llamaba; solo supo correr a los pies de la cama del sacerdote porque pensaba que de allí era la voz que él escuchaba; no era sin embargo la voz del sacerdote sino la voz de Dios que se repetía una y otra vez hasta que supo decir, como le enseñó el sacerdote, ‘habla, Señor, que tu siervo te escucha’, y el Señor se le reveló.
¿Qué es lo que experimentó Moisés en aquellos momentos? El amor y la misericordia del Señor. Así lo escuchaba y lo sentía en lo más hondo del corazón. Era casi como una cantinela que se repetía una y otra vez como cuando le cogemos el gusto a algo y lo saboreamos una y otra vez como para no olvidarlo nunca. ‘Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad’. Por eso ya lo que se atreve a balbucir es que la misericordia del Señor esté siempre con ellos, les acompañe y no les abandone nunca. ‘Si he obtenido tu favor, que mi Señor vaya con nosotros, aunque es un pueblo de dura cerviz; perdona nuestras culpas y pecados y tómanos como heredad tuya’.
¿Qué es todo el misterio de Dios que hoy celebramos cuando hoy estamos en el domingo de la Santísima Trinidad? Es tradicional que en este domingo en que retomamos el tiempo ordinario después de ver concluido la Pascua el pasado domingo de Pentecostés, la Iglesia celebra el domingo de la Santísima Trinidad. Es como recoger todo el misterio de Dios que hemos venido celebrando al celebrar el misterio de Cristo para postrarnos ante Dios y todo sea un cántico de alabanza a Dios por tanto amor como hemos vivido. Es, por supuesto, lo que hacemos en cada Eucaristía y en cada celebración cristiana. Todo por Cristo y con Cristo en la unidad y comunión del Espíritu Santo para la gloria de Dios, como proclamamos siempre en la doxología final de la Plegaria Eucarística.
‘Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él’, escuchábamos en el evangelio en el diálogo entre Jesús y Nicodemo. No para condena sino para salvación porque todo es manifestación de ese amor de Dios. ‘Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna’.
Algo que sabemos, que repetimos muchas veces pero que hemos de aprender a gustarlo, a vivirlo. Hasta en las fórmulas del saludo litúrgico se nos repite con palabras de san Pablo. Porque el Señor ha bajado para quedarse con nosotros, como hablábamos de la experiencia de Moisés. No olvidemos que Jesús es el Emmanuel, ‘Dios con nosotros’, y como nos había prometido que estaría con nosotros siempre hasta la consumación del mundo, hasta el final de los tiempos. Y es lo que tenemos que gustar y saborear en todo momento. Tenemos que aprender a prestar más atención.
No nos acostumbremos a escuchar, por ejemplo, las palabras rituales de nuestras celebraciones porque tenemos el peligro de perderles el sentido. Si el Sacerdote nos dice – y son palabras que hoy hemos escuchado en labios de san Pablo en sus cartas - ‘la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con nosotros’, que en ese momento seamos capaces de detenernos para pensar en esa presencia de Dios, para gustar esa presencia de Dios, para dejarnos inundar por ese misterio de Dios.
Aunque hoy no lo hemos escuchado en el texto proclamado, cuando Moisés subió a la presencia del Señor en el Monte Sinaí y como hoy nos decía ‘bajó Dios en la nube y se quedó con él’, la continuación del texto nos dice que cuando Moisés bajó de la montaña y volvió al encuentro con la gente su rostro resplandecía de manera que incluso encandilaba a los que estaban en su presencia. Vio a Dios y se llenó del resplandor de Dios.
Después de nuestras celebraciones, que han de ser verdaderos encuentros con Dios, ¿no tendríamos que ir así resplandecientes de la gloria de Dios al encuentro con los demás? No es que no llevemos los rostros resplandecientes, es que quizá sea nuestra vida la que no resplandezca de verdad en nuevas actitudes y valores y en una nueva vivencia del amor, porque estemos llenos de la gloria de Dios. ¿Se notará en nuestra vida que venimos de Misa, que venimos del encuentro con el Señor?


domingo, 16 de junio de 2019

Misterio inmenso de Dios en el que queremos sumergirnos y cuanto más nos inundamos de Dios más deseos y ansias tenemos de conocer a Dios para amarle y para vivirle



Misterio inmenso de Dios en el que queremos sumergirnos y cuanto más nos inundamos de Dios más deseos y ansias tenemos de conocer a Dios para amarle y para vivirle

 Proverbios 8, 22-31; Sal 8; Romanos 5, 1-5; Juan 16, 12-15
‘Tú, Trinidad eterna, eres un mar profundo, donde cuanto más me sumerjo, más encuentro, y cuanto más encuentro, más te busco’. Así se expresaba san Catalina de Siena ante el misterio de Dios que hoy celebramos. Misterio insondable de la Trinidad de Dios. Ante Dios nos postramos humildes reconociendo que nada somos ante su admirable sabiduría y grandeza. Nos postramos y hacemos confesión de nuestra fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.
‘Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora: cuando venga él, el Espíritu de la Verdad, os guiará hasta la verdad plena’, escuchamos que nos dice hoy Jesús en el Evangelio. El es el Verbo de Dios, la revelación de Dios, la verdad de Dios. Se nos ha ido revelando y nos ha ido dando a conocer el misterio de Dios. Misterio insondable de amor.
‘Dios es Amor’, nos dirá san Juan en sus cartas para definirnos a Dios. Por eso Jesús nos lo enseña a llamar Padre; así lo llama El y así nos enseña a llamarle e invocarle. ‘Mirad que somos hijos de Dios’, nos dirá san Juan. Y en verdad lo somos. Nacemos del agua y del Espíritu para que haya una vida nueva en nosotros, es la vida de Dios de la que quiere hacernos partícipes para hacernos sus hijos por el don del Espíritu. Y es tanta la grandeza del misterio que se nos revela y en el que nos sentimos envueltos que no terminamos de comprender. Por eso nos dirá Jesús como  hoy lo escuchamos en el evangelio que el Espíritu de la Verdad nos lo revelará todo.
Fue después de Pentecostés, con la donación del Espíritu, cuando los primeros discípulos, los apóstoles llegaron a comprender todo el misterio de Dios y todo el misterio de Dios que en El se nos revelaba. Será cuando lo reconocen como Señor y comenzarán a entender todo aquello que El les había dicho, donde expresaba como el Padre y El eran uno y El no hacia sino lo que era la voluntad del Padre. Ahí se manifiesta todo el misterio trinitario de Dios que hoy estamos celebrando. Pero desde la presencia del Espíritu en sus vidas pudieron llegar a comprenderlo.
Muchas veces cuando en nuestros razonamientos humanos queremos explicarnos todo este misterio de Dios sentimos que nos sentimos superados y, como decimos, es algo que no nos cabe en la cabeza. Efectivamente, no nos cabe en la cabeza; no entra en los parámetros de nuestros razonamientos humanos aunque con la ciencia teológico tratemos de darle mil vueltas y explicaciones para intentar hacerlo razonable.
Pero entramos en el ámbito de la fe, y no es desde razonamientos humanos y filosóficos desde donde podemos vivir ese sentido de fe. Es algo sobrenatural que es un don de Dios. Y desde la fe con humildad decimos Si; con la fe dejándonos inundar por ese misterio de amor que es Dios es como podremos sentirlo en nosotros, hacerlo vida y experiencia nuestra. La fe no son explicaciones y razonamientos que nos hagamos para convencernos, sino que es dejarse guiar por el Espíritu de Dios para llegar a sentir, para llegar a vivir.
El Espíritu de la Verdad que nos lo revelará todo, el Espíritu de la Verdad que habitará en nosotros para llenarnos de la Sabiduría divina, para poder saborear a Dios, para poder gustar a Dios, para poder experimentar en lo más hondo de nosotros mismos la presencia de Dios. El Espíritu de Dios que nos inundará del amor de Dios, como nos decía el apóstol, ‘el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones 
con el Espíritu Santo que se nos ha dado’
. Nuestro espíritu, nuestro corazón, nuestra voluntad ha de abrirse al Espíritu de Dios y es cuando lo escucharemos y lo saborearemos en nuestro corazón.
Aquello tan hermoso que nos decía santa Catalina de Siena con lo que hemos comenzado esta reflexión. Mar profundo en el que nos sumergimos, y cuando más nos sumerjamos iremos descubriendo más y más y su inmensidad que es inacabable, que es infinita. ‘Cuanto más me sumerjo, más encuentro, y cuanto más encuentro, más te busco…’ Cuánto más conocemos de Dios más queremos conocer de El; cuánto más nos sumergimos en El, más deseamos llenarnos de El; cuánto más saboreamos a Dios, más grande es el apetito, el hambre y deseo de Dios.
Y claro que tenemos que cantar con el salmo que hoy nos ofrece la liturgia; ‘¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!’

domingo, 27 de mayo de 2018

Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad, dichosos nosotros amados y elegidos de Dios que quiere morar en nuestro corazón


Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad, dichosos nosotros amados y elegidos de Dios que quiere morar en nuestro corazón

Deuteronomio 4, 32-34. 39-40; Sal. 32; Romanos 8, 14-17; Mateo 28, 16-20

Qué admiración no sentiríamos y qué sentimientos de gratitud no se provocarían en nosotros si en nuestra pequeñez y pobreza nos viéramos honrados con la visita y la presencia a nuestro lado de alguien que consideráramos muy importante y por la grandeza y relevancia de su vida lo tuviéramos como inalcanzable; sentir que un personaje así camina con nosotros, se sienta a nuestra mesa, tiene no solo palabras amables para nosotros sino que además nos revela secretos del misterio de su vida nos haría sentir a nosotros de alguna manera importantes también e incluso elevaría nuestra autoestima.
Esto que estoy diciendo entra en la imaginario, pero también en las categorías que los hombres nos hemos creado para hacer distinciones entre nosotros, que sin embargo muchas veces nos alejan unos de otros creando distancias en nuestras relaciones que se vuelven insalvables. Sin embargo esto que estoy diciendo me hace pensar en otro orden de cosas, entrando en lo sobrenatural y en lo divino.
La inmensidad del misterio de Dios y las consideraciones que nos hacemos de la divinidad en nuestros razonamientos humanos ha hecho que algunas veces situemos a Dios en una inmensidad lejana a nosotros y nos parece que llegar hasta El para conocerle y comprenderle se convierte ante nosotros en ese abismo que nos parece como decíamos insalvable.
Y aquí tendríamos que reconocer que no solo es esa búsqueda de Dios por nuestra parte – en cierto modo natural porque la vida misma muchas veces nos trasciende y nos lleva a pensar y querer descubrir esa perfección y plenitud que todos ansiamos en nuestro interior – pero que digo no es solo la búsqueda que nosotros podamos hacer, sino que la maravilla está en ese Dios que viene a nosotros, se hace presente en nuestra vida queriendo caminar a nuestro lado y El mismo se nos revela para que podamos llegar a conocerle y vivirle.
Aunque también es bueno que nos valgamos de nuestra inteligencia y nuestra capacidad buscando caminos y razonamientos que nos lleven a descubrirle, sin embargo importante es que seamos capaces de hacer un recorrido por ese camino de Dios que viene a nosotros y se nos revela, que está junto a nosotros y nos manifiesta su amor, que quiere habitar en nuestro corazón haciéndonos participes de su Espíritu y de su vida divina y que en su ternura y misericordia infinita no solo nos llama sino que nos tiene como hijos.
Es hermoso lo que nos dice la primera lectura de hoy. ¿Hay algún pueblo que haya oído, como tú has oído, la voz del Dios vivo, hablando desde el fuego, y haya sobrevivido?, ¿algún Dios intentó jamás venir a buscarse una nación entre las otras por medio de pruebas, signos, prodigios y guerra, con mano fuerte y brazo poderoso, por grandes terrores, como todo lo que el Señor, vuestro Dios, hizo con vosotros en Egipto?’ La confesión de fe que hace el pueblo elegido es una confesión de fe que parte de su historia. En su historia, en su vida han sentido esa presencia de Dios, esa llamada de Dios, esa cercanía de Dios.
¿No es lo mismo lo que nosotros hacemos? Cuando confesamos nuestra fe estamos haciendo un recorrido por la historia de la salvación que ha tenido su momento culminante en Jesús. Fijémonos que en el credo hacemos mención a un momento histórico concreto. ‘En tiempos de Poncio Pilatos’ decimos para referirnos a ese momento culminante en que Cristo se ha ofrecido por nuestra salvación.
Una confesión de fe que seguimos haciendo recorriendo nuestra historia personal, en la que nos hemos sentido llenos e inundados de Dios que por la fuerza del Espíritu nos hace sus hijos. Ya nos decía san Pablo que ‘los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios’. Esa maravilla que no llegaremos a comprender ni vivir si no nos dejamos llevar por el Espíritu. Es un decirle sí a Dios, dar respuesta a esa presencia de amor para dejar que Dios habite en nosotros. Decimos sí a Dios porque después de experimentar su amor queremos ya para siempre vivir cumpliendo su voluntad. ‘Si cumplís mis mandamientos mi Padre os ama y vendremos a él y haremos morada en él’ que nos explicaba Jesús. Creemos porque experimentamos su amor, creemos y queremos hacer su voluntad, creemos y nos sentiremos inundados de Dios.
Hemos escuchado en el evangelio que Jesús envía a sus discípulos por el mundo a anunciar el evangelio de la salvación que en Jesús nos ha hecho presente a Dios en medio de nosotros. Y nos dice Jesús que los crean sean bautizados en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. ¿Qué significa ser bautizado en el nombre trinitario de Dios? Bautizarse es sumergirse, pero Jesús nos dice que hemos de ser bautizados en el agua y en el Espíritu. Bautizarse es sumergirse en Dios y así seremos ese hombre nuevo, ese hombre que ha nacido de nuevo como le decía Jesús a Nicodemo por el agua y el Espíritu y que ahora ya comenzamos a ser hijos de Dios.
¿Buscamos explicaciones al misterio de Dios, al misterio de la Trinidad de Dios? Aquí lo tenemos. Nos hemos sumergido en Dios que nos ama como Padre, nos hemos sumergido en Dios y toda nuestra vida se renueva en la salvación que en Jesús el Hijo de Dios hemos alcanzado comenzando a vivir en el Reino nuevo de Dios que Jesús ha venido a instaurar, nos hemos sumergido en Dios y por la fuerza de Espíritu divino comenzamos a ser hijos de Dios en una vida nueva que nos hace un hombre nuevo.
Qué admiración hemos de sentir, como decíamos al principio de nuestra reflexión, y qué sentimientos de gratitud han de brotar en nuestro corazón cuando así nos sentimos amados de Dios de tal manera que habita en nosotros y nosotros en El. Es el Dios grande, infinito en su amor, pero es el Dios que se hace Emmanuel, porque está en nosotros y con nosotros camina en nuestra propia vida. Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad, dichosos nosotros amados y elegidos del Dios que quiere habitar en nosotros.

domingo, 11 de junio de 2017

Un misterio de comunión que experimentamos en Dios y nos hace entrar en una nueva dimensión que da sentido a nuestro ser y en un nuevo camino de plenitud


Un misterio de comunión que experimentamos en Dios y nos hace entrar en una nueva dimensión que da sentido a nuestro ser y en un nuevo camino de plenitud

Éxodo 34,4b-6.8-9; Sal.: Dn 3,52-56; 2Corintios 13,11-13; Juan 3,16-18
Todos andamos siempre buscando, queremos conocer. No es una mera curiosidad, como quien vaya coleccionando imágenes en su retina como el turista curioso que pasa de un lugar a otro simplemente captando imágenes. Es algo mas profundo, no es una imagen, es algo que quiere calar hondo porque quiere desentrañar el ser de las cosas, de lo que busca, de si mismo cuando al mismo tiempo descubre lo otro y al otro.
Por eso nos hacemos preguntas, queremos encontrar respuestas que nos den vida, que sean importantes para nuestra vida o que nos den un sentido a la vida. Me estoy enrollando, pensará alguno al hilo de este pensamiento, pero es que no queremos respuestas superficiales, aunque nos cueste entender; por eso decíamos que es algo mas que coleccionar imágenes en nuestra retina o en el disco duro de la vida. Y eso cuesta. Todo el recorrido de la vida de una persona es estar en esa búsqueda, en querer encontrar esas respuestas. Es, en cierto modo, preguntarnos por nuestra propia vida aunque terminemos preguntándonos por el misterio de la vida de Dios, como nos encontramos en este domingo.
Hoy es un domingo importante, queremos celebrar algo importante porque estamos metiéndonos, por así decirlo, en el misterio más íntimo y más profundo de Dios. Hoy celebramos el misterio de Dios que es su Trinidad. Ya decimos ‘misterio’ porque nos supera, nos cuesta meterla en la cabeza, pero quizá tendríamos que comenzar por sentirlo en el corazón. Pero para eso tiene que haber una apertura por nuestra parte, dejar que ese misterio nos inunde, que Dios mismo se nos revele.
Es lo que ha sido toda la vida del hombre cuando se ha dejado inundar por Dios, porque es Dios el que quiere revelársenos que es algo más que decir cosas de si mismo. Es sentir a Dios, sentir su presencia en nosotros. Dejar que Dios pase por nuestra vida, pero estar atentos a ese paso de Dios para sentirle, para vivirle.
Es lo que vemos en Moisés en la primera lectura de hoy. Subió a la montaña, quería ver a Dios, pero mas que ver fue sentir el paso de Dios; no era la tormenta, no eran los rayos y relámpagos que pudieran cruzar el firmamento, no era el viento recio que resquebrajada las montañas, era algo distinto. Y Moisés sintió que Dios era compasivo y misericordioso, sintió el amor misericordioso de Dios, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad, pudo bajar de la montaña inundado de Dios, resplandeciente de Dios.
Es el Dios que nos ama y nos ama de tal manera que Jesús nos lo enseñará a llamar Padre. El Padre que ama, que se da por sus hijos, que le entrega lo mejor, que los busca y se acerca a ellos siempre con corazón misericordioso. Toda la revelación de Jesús es manifestarnos ese rostro de Dios, del Padre misericordioso. Pero no serán solo palabras sino lo que vamos a sentir y a experimentar en nuestra vida. Es lo que Jesús nos manifiesta con su cercanía y con su entrega.
Por eso podía decirse ‘tanto amó Dios al mundo que entregó a su propio Hijo’. Y fue entrega para el perdón, para la salvación, para la vida nueva, para la gracia, para la renovación total de nuestra vida. Y eso lo podemos sentir en nosotros cuando nos sentimos perdonados, cuando nos sentimos salvados, cuando nos sentimos amados. No son palabras, no son simplemente ideas, son experiencias, son cosas vividas. Así se nos revela Dios. Así nos comunica su Espíritu.
Todo en Dios es amor, es donación de si mismo, comunión en su mismo pero para que nosotros entremos también en esa comunión; porque ya no podremos sentirnos lejanos de Dios y ya aprendemos que ese también es el ser de nuestra vida, el amor y la comunión.
Por una parte podemos recordar aquella primera pagina de la Biblia en la que se nos dice que fuimos creados a imagen y semejanza de Dios, pero podemos recordar lo que Jesús nos decía en el evangelio; que cuando entramos en la orbita del amor y la comunión es que Dios habita en nosotros, ‘vendremos y haremos morada en él’, que nos decía.
Pensar y confesar nuestra fe en la Trinidad de Dios que hoy de manera tan especial celebramos nos ha de hacer pensar que en nosotros hay esa trinidad, porque hay ese amor de comunión, porque tenemos que estar ya para siempre en comunión con Dios, pero también en comunión con los demás. No somos ya para nosotros mismos, es el sentido profundo y valioso de nuestro ser, sino que somos para los demás, nos sentimos amados y estamos a amar y darnos de la misma manera también a los demás. Nos sentimos hijos amados del Padre en Jesús pero con ese mismo amor como Jesús nos damos y nos entregamos amando siempre a los demás; estamos así llenos del Espíritu divino en nosotros que habita en lo mas profundo de nuestro ser.
Buscamos, siempre en búsqueda, porque queremos conocer, decíamos al principio. Buscamos a Dios porque queremos conocerle y entramos en una dimensión nueva y profunda porque ese conocimiento nos viene desde eso de Dios que experimentamos en nuestra vida. Conocer es vivir, conocer nos hace vivir y ese conocimiento de Dios nos hace encontrarnos con Dios y vivir a Dios pero es aprender a entrar en una dimensión nueva de nuestro ser; descubrimos así el sentido profundo de nuestra vida, de lo que somos, de lo que hemos de hacer, de adonde vamos a ir, del camino a recorrer y la meta que alcanzar.


domingo, 22 de mayo de 2016

Para siempre Dios es Emmanuel, Padre de amor y misericordia que se nos revela en Jesús y por la fuerza del Espíritu nos hace hijos en el Hijo

Para siempre Dios es Emmanuel, Padre de amor y misericordia que se nos revela en Jesús y por la fuerza del Espíritu nos hace hijos en el Hijo

Proverbios 8, 22-31; Sal 8; Romanos 5, 1-5; Juan 16, 12-15
‘Has enviado al mundo la Palabra de la verdad y el Espíritu de la santificación para revelar a los hombres tu admirable misterio…’ Comenzamos haciendo esta oración y haciendo esta profesión de fe. Misterio de Dios que se nos revela. No es solamente desde los razonamientos de nuestra mente cómo podemos llegar a conocer en plenitud el misterio de Dios.
Daba gracias Jesús al Padre que revela los misterios de Dios a los pequeños y a los sencillos. Jesús es esa revelación de Dios, esa revelación del rostro de Dios que por nosotros mismos no podemos conocer. ‘Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien lo quiera dar a conocer’. Es la Palabra de la verdad; es la Palabra que es luz y que es vida; es la Palabra, la Sabiduría eterna de Dios que nos revela el misterio de Dios.
Es lo que hoy estamos celebrando. En este domingo ya dentro del tiempo ordinario que comenzábamos al celebrar Pentecostés la liturgia de la Iglesia nos invita a contemplar y adorar este admirable misterio de Dios, la Santísima Trinidad Padre, Hijo y Espíritu Santo. ‘Que con tu único Hijo y el Espíritu Santo eres un solo Dios, un solo Señor, no una sola persona, sino tres personas en una única naturaleza’, como proclamamos en el prefacio. ‘Al proclamar nuestra fe en la verdadera y eterna Divinidad adoramos tres personas distintas, de única naturaleza e iguales en su dignidad’.
Ya nos decía Jesús en el evangelio que ‘cuando venga el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena’. Espíritu divino que nos introduce en toda su plenitud en el misterio de Dios, pero no ya solo como un conocimiento más que adquiramos sino como una vida que hemos de vivir. No conocemos a Dios desde fuera sino que hemos sido introducidos en el misterio de Dios. No nos contentamos con admirarnos ante un Misterio que nos desborda y que en nuestra pequeñez casi nos quedaríamos contemplando en la distancia. Se nos ha revelado para que podamos sentir esa cercanía del misterio de Dios en nuestra vida; ya para siempre Dios es para nosotros Emmanuel, Dios con nosotros.
Conocer a Dios es vivir a Dios, es inundarnos de su vida para vivir no ya nuestra vida sino la vida de Dios. Por eso lo llamamos también Espíritu de santificación porque nos santifica, nos llena de la santidad de Dios, nos hace participes de la vida de Dios. Por la fuerza del Espíritu que ya habita en nosotros – hemos sido hechos morada de Dios y templos del Espíritu – somos santificados porque somos llenos de la vida de Dios; por eso en el Hijo nosotros ya comenzamos también a ser hijos.
Es la gracia que hemos recibido en nuestro bautismo al hacernos partícipes del misterio de Cristo; por la acción del Espíritu en nosotros nos hemos convertido también en hijos de Dios. Y es que ‘el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado’.
No terminamos de considerar, de comprender, de admirarnos ante el misterio de Dios que no solo se nos revela sino del que se nos hace partícipe. Es algo que tendríamos que meditar mucho, rumiar en nuestro corazón. Es algo por lo que no tendríamos que cansarnos de dar gracias a Dios, por esta revelación que nos hace de si mismo, pero también por esa dicha de hacernos participes de esa vida de Dios.
‘¡Qué admirable es tu nombre en toda la tierra!’ exclamábamos con el salmista. Pero cantamos las maravillas del Señor y no terminamos de admirarnos de su grandeza cuando contemplamos lo que ha hecho con nosotros. ‘¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano, para darle poder? Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad, le diste el mando sobre las obras de tus manos, todo lo sometiste bajo sus pies…’ Es lo que ha hecho con nosotros cuando se nos revela y cuando nos hace participes de su vida y de su gloria. Nos llenamos de gloria en el Señor. Queremos cantar para siempre la gloria del Señor. 

domingo, 31 de mayo de 2015

Nos sumergimos en el Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo para inundarnos de su mismo amor y comunión

Nos sumergimos en el Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo para inundarnos de su mismo amor y comunión

Deuteronomio 4, 32-34. 39-40; Sal. 32; Romanos 8, 14-17; Mateo 28, 16-20
Cuando terminamos el ciclo de todas las grandes fiestas litúrgicas hoy la Iglesia nos invita a decir, a gritar, a proclamar con todo el ser de nuestra vida, ¡Gloria! Sí, gloria a Dios que nos ha revelado el misterio de su ser, que nos ha manifestado su amor, que nos ha inundado con su gracia, que en su amor nos ha enviado a su Hijo para ser nuestra salvación, que nos regala la fuerza de su Espíritu para que en su Hijo seamos hijos. Sí, ¡Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo!
Es lo que hemos venido celebrando desde la Navidad a la que nos preparábamos con el espíritu del Adviento; es lo que hemos celebrado en la Pascua haciendo el camino purificador de la Cuaresma; es lo que se ha ido prolongando a través de todo el tiempo pascual hasta que celebramos el don del Espíritu en el pasado domingo de Pentecostés.
Pero todo eso no ha sido sino revelarnos ese amor de comunión que hay en Dios, en sus tres divinas personas, para que vivamos en El, para que vivamos en esa misma comunión, en ese mismo amor, viviendo la misma vida de Dios.
Hoy en el final del evangelio de san Mateo hemos escuchado el mandato de Jesús de ir por el mundo ‘haciendo discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado’.
¿Qué significan estas palabras de Jesús, este mandato de Jesús? No es simplemente a hacer un rito para el que se nos dan unos signos y se nos señalan unas palabras que hemos de decir. Comienza diciéndonos que hagamos discípulos de todas las gentes; como lo había hecho Jesús con ellos. ¿Qué es el discípulo sino el que vive lo mismo que vive su maestro? El discípulo no es solo el que aprende algunas cosas de su maestro; discípulo es el que sigue el mismo camino, vive la misma vida.
Es lo que está pidiendo Jesús, hacer discípulos para vivir la misma vida de Jesús, que es vivir la misma vida de amor y de comunión que hay en Dios. ¿No nos había dicho Jesús que El y el Padre eran uno y quien le veía a El veía al Padre? ¿No nos había dicho Jesús que si le amábamos y cumplíamos sus mandamientos El habitaría en nosotros y nosotros en El?
Nos dice Jesús que nos hagamos discípulos para sumergirnos en Dios, para vivir en Dios en su misma vida que es vivir en su mismo amor y comunión y Dios viva en nosotros. Es lo que nos está diciendo con sus palabras, ‘bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo’.
¿Qué significa eso? Bautizar no es simplemente echar agua por encima; bautizar es sumergirse en el agua - hemos simplificado demasiado el rito del agua y del bautismo haciendo que en cierto modo se diluya su sentido - . Nos bautizamos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, que es sumergirnos en Dios, empaparnos de Dios llenándonos e inundándonos de Dios, viviendo, repito, su misma vida y su mismo amor; viviendo en nosotros también esa comunión de amor que existe en Dios.
Llenos así e inundados de Dios y de su amor y su vida, nos sentimos amados de Dios como hijos. Aquello que nos decía san Juan ‘mirad que amor nos tiene el Padre que nos llama hijos de Dios, pues ¡lo somos!’. Lo que hoy nos está diciendo san Pablo, ‘los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios esos son hijos de Dios. Habéis recibido… un espíritu de hijos adoptivos que nos hace gritar: ¡Abba! (Padre)’.
Claro que tenemos que decir ¡Gloria! El misterio de Dios que hoy contemplamos y celebramos no lo vemos como a distancia y lejano a nosotros, sino que tenemos que estarlo sintiendo y experimentando en nuestra propia vida con todas sus consecuencias. Quienes confesamos nuestra fe en Dios, en el misterio admirable y maravilloso de Dios, ya nos tenemos que sentir de otra manera, nuestra vida tiene que ser distinta, tener otros parámetros, otra manera de vivir y de actuar.
Y es que estamos sintiendo un Dios cercano, tan cercano que llena nuestra propia vida. Si Moisés en el Deuteronomio les hacía reflexionar para que consideraran lo que era la grandeza de su fe en un Dios cercano, un Dios que estaba con ellos caminando en su misma historia y eso tendría que hacerles caminar en una fidelidad mayor, cuánto más nosotros cuando descubrimos todo este misterio de amor y de comunión que nos revela Jesús, del que nos podemos llenar en su Espíritu.
¿Por qué nos dice Jesús que su único mandamiento es el amor? Porque no tenemos que hacer otra cosa que vivir en ese mismo amor de Dios, que se hace comunión, que abre nuestro corazón y nuestra vida a los demás, que nos hace caminar juntos de una manera nueva, que nos lleva a que por nuestra comunión de hermanos revelemos al mundo la maravilla de la comunión de amor que es Dios. ‘Enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado, os he manifestado’, que nos decía Jesús.
Y tenemos la certeza de estará con nosotros todos los días hasta la consumación del mundo. Así habita Dios en nuestros corazones inundándonos de su amor.