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lunes, 29 de julio de 2024

En el amor de Dios desaparecen los signos de muerte, en el amor de Dios porque creemos en El tendremos vida para siempre, nos sentimos inundados de amor

 





En el amor de Dios desaparecen los signos de muerte, en el amor de Dios porque creemos en El tendremos vida para siempre, nos sentimos inundados de amor

1 Juan 4,7-16; Salmo 33; Juan 11,19-27

Allí donde hay amor hay vida, las sombras de la muerte no pueden perturbar el resplandor de la vida; donde hay amor estaremos siempre abocados a la resurrección aunque medien por medio – valga la redundancia – signos de muerte. Donde hay amor verdadero nos llenamos de Dios y con Dios siempre habrá vida en nosotros, porque Dios es amor y nos regala su vida; será el amor el que sane las heridas de muerte en que nos vayamos metiendo en nuestra existencia, es la medicina que nos sana y que nos llena de vida.

Es hermoso lo que estamos considerando a la luz de la Palabra de Dios que hoy se nos ofrece, pero es triste al mismo tiempo que no seamos capaces de vivirlo, porque muchas veces buscamos esas sombras, porque muchas veces en nuestro vivir damos demasiadas señales de muerte cuando nos olvidamos del amor. Qué distinto sería si lo llegáramos a comprender, pero no solo a meterlo intelectualmente en nuestra cabeza sino hacer que esos sean los latidos de nuestro corazón.

De ese amor nos habla la carta de san Juan en la primera lectura, pero en esas señales de muerte nos hace pensar el texto del evangelio que hoy se nos ofrece. Hoy estamos celebrando la fiesta de unos amigos de Jesús, los hermanos de aquel hogar de Betania donde tantas veces vino Jesús a descansar, Lázaro, Marta y María, aunque la liturgia hace hoy especial hincapié en Marta. Eran los amigos de Jesús, donde tan a gusto se sentía cuando se detenía a su paso por aquel hogar de Betania, o donde tantas veces le sirvió como de refugio y descanso cuando subía a la cercana Jerusalén. Por distintos caminos hemos recordado muchas veces esa estancia en el hogar de Betania o incluso más tarde el banquete que le ofrecerán que en cierto modo es como un anticipo de la pascua ya cercana.

Lázaro está enfermo y el aviso que le envían a Jesús que se había retirado más allá de Jordán a causa de los acontecimientos que se avecinaban es decirle ‘tu amigo está enfermo’. No es de muerte, les dirá Jesús a los discípulos, sino como un sueño, como diría un día también en referencia a la niña de Jairo, ‘no está muerta, sino dormida’. Los discípulos que no comprenden dirán sin embargo en buena sintonía que si no es sino un sueño, ya despertará. No olvidemos en nuestra consideración y seguimiento del episodio lo que hemos venido diciendo del amor, y allí había amor, porque eran los amigos de Jesús.

Cuando finalmente llega Jesús a Betania Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Por medio están las cariñosas quejas y reproches de ambas hermanas, primero Marta y luego  María cuando también salió al encuentro de Jesús, ‘si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano’.

‘Tu hermano resucitará’, responde Jesús que había dicho que aquella enfermedad no era de muerte. Pero no se trata de la resurrección del final de los tiempos como viene a responderle Marta, sino que Jesús nos habla de quien cree en El tendrá vida para siempre. Creer en Jesús es algo más que decir ‘yo creo’. Creer en Jesús es ponerse en su onda de vida, creer en Jesús es entrar en lo que es la voluntad del Señor, creer en Jesús es dejarnos inundar de Dios, porque ya nos dirá que en quien cumple su Palabra el Padre y El vendrán y harán morada en su corazón. Y quien se deja inhabitar de Dios está lleno de vida, está inundado por el amor.

No es solo el amor con el que yo puedo y debo responder, sino en el amor que parte de Dios. El amor de Dios es primero. El amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios sino en que El nos amó y se entregó por nosotros, nos ha dicho san Juan en su carta. ¿Cómo puede haber muerte en nosotros? Creemos en El y tenemos vida para siempre, creemos en El y tienen que desaparecer de nuestra vida todos los signos de muerte. En el amor de Dios encontramos el perdón, la gracia, la vida divina. En el amor de Dios nos dejamos inundar de amor y eso es lo que tenemos que vivir. ‘Por eso todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios’ y tendremos vida para siempre.

jueves, 29 de julio de 2021

Necesitamos abrazarnos a los pies de Jesús como Marta y María de Betania para experimentar en nosotros la palabra de vida que nos ofrece

 


Necesitamos abrazarnos a los pies de Jesús como Marta y María de Betania para experimentar en nosotros la palabra de vida que nos ofrece

Éxodo 40, 16-21. 34-38; Sal 83; Juan 11, 19-27

La súplica de Marta cuando llega Jesús tras la muerte de su hermano es bien semejante a la súplica y hasta el desencanto por el que hayamos pasado nosotros, o contemplamos a nuestro alrededor, en circunstancias semejantes. Nos cuesta aceptar el hecho de la muerte y en la enfermedad y enfermedad grave de un ser querido es lo que suplicamos con mayor insistencia en nuestra oración al Señor. El Señor no nos escuchó, decimos resignados cuando no nos ha quedado más remedio que aceptar el hecho de la muerte. Es muy humano, tendríamos que reconocer. Valoramos la vida, no queremos perderla, no queremos perder a los seres queridos; y surgen los interrogantes y las preguntas en el corazón.

Es lo que contemplamos en aquel hogar de Betania, cuando hoy estamos celebrando a santa Marta, una de los tres hermanos de aquella familia. Un hogar en el que se manifiesta la cercanía de Jesús. Era un hogar abierto y muchas veces dieron acogida a Jesús, en su paso hacia Jerusalén cuando subía desde Galilea, precisamente por el camino del valle del Jordán y Jericó para luego subir hasta Jerusalén atravesando aquel pueblecito de Betania. Pero en algún momento nos habla el evangelio de cómo Jesús estando en Jerusalén venía a hospedarse a Betania.

Cuando celebramos esta fiesta de santa Marta en muchas ocasiones nos hemos fijado también en aquel episodio de la acogida de Jesús y sus discípulos en aquel hogar. Marta se afanaba por tener todo preparado en ese sentido tan hermoso y profundo de hospitalidad, mientras María se sentaba a los pies de Jesús para escucharle, que motivaría las quejas de Marta por la inacción de María de Betania. Son diálogos y episodios cargados de humanidad en la cercanía de unos corazones que sentían y resplandecían por su amor.

Creo que esos breves episodios pueden ser muy significativos para nosotros al escucharlos en el evangelio. Es la Buena Nueva que nos habla de la cercanía de Jesús pero es también toda esa carga de humanidad en quienes saben abrir las puertas del corazón para la acogida y para la escucha. Cercanía nos ofrece Jesús, pero es la cercanía que nosotros también hemos de saber buscar. ¿Sabremos nosotros vivir en esa cercanía de Jesús porque también le busquemos  y sintamos el gozo de estar con El? ¿Habremos aprendido a disfrutar de nuestra oración porque en verdad nos sentimos a gusto en la presencia del Señor?

Cuando estamos disfrutando de la visita de alguien podríamos decir que los relojes se detuvieron y se acabaron las prisas.  ¿No solemos decir cuando hemos estado a gusto con alguien que nos vino a visitar y llega la hora de la partida ‘por qué te vas tan pronto’? ¿Será así nuestro estado de ánimo cuando vamos a una celebración o cuando hacemos nuestras oraciones? ¿Acaso muchas veces no estaremos demasiado pendientes del reloj porque luego tenemos tantas cosas que hacer? ¿Qué será lo más importante?

Será así en esa quietud en la presencia del Señor cuando escucharemos su voz en nuestro corazón y será así cómo se va enfervorizando nuestro corazón para poner a tope también todos nuestros sentimientos en ese gozo de estar con el Señor.

Comenzábamos nuestra reflexión rememorando este episodio de la muerte y resurrección de Lázaro también con nuestras dudas e interrogantes y también con nuestras angustias ante el hecho de la muerte. Creo que necesitamos detenernos para sentir el Señor a nuestro lado cuando tenemos que enfrentarnos a situaciones así para poder escuchar con todo sentido las palabras de Jesús que dan luz a nuestra vida y también a nuestra muerte.

 Que nos abracemos a los pies de Jesús poniendo a tope toda nuestra fe para experimentar en nosotros esa palabra de vida que nos ofrece.

miércoles, 29 de julio de 2020

Aunque nos quejemos a veces de la ausencia de Dios en nuestras dificultades pensemos en quien estuvo a nuestro lado y fue signo de la presencia de Dios en ese momento difícil


Aunque nos quejemos a veces de la ausencia de Dios en nuestras dificultades pensemos en quien estuvo a nuestro lado y fue signo de la presencia de Dios en ese momento difícil

Jeremías 15, 10. 16-21; Sal 58; Juan 11, 19-27
‘Señor, si hubieras estado aquí…’ Es la queja dolorida. Eran amigos. Muchas veces Jesús y los discípulos habían estado en aquella casa de Betania donde con tanto calor humano eran recibidos. ¿Quizás nació la amistad del hecho de que aquel hogar estaba junto al camino que subiendo del valle del Jordán conducía a Jerusalén? Muchos peregrinos hacia la ciudad santa se habrían detenido al frescor de aquel patio y con el alivio del agua fresca del pozo de aquella casa. Bien que era de agradecer tras la dura subida y la larga caminata desde la lejana Galilea por el valle del Jordán.
Era la hospitalidad que también había acogido a Jesús y los discípulos de manera que eran considerados los amigos de Jesús. Por eso quizás les había dolido que habiéndole avisado que su amigo estaba enfermo Jesús no llegara a tiempo a aquella casa donde con tanta hospitalidad le habían acogido. Por otra parte sabemos que Jesús se había quedado unos días más cuando recibió la noticia. Ahora llevaba ya cuatro días enterrado. Y es la queja de las hermanas. Es la queja pero detrás no falta una fe y una esperanza.
‘Si hubieras estado aquí…’ ¿Dónde está Dios? nos preguntamos nosotros algunas veces. Y será la enfermedad, será la muerte de un ser querido, serán los problemas que vamos encontrando en la vida, serán los fracasos de las cosas que no nos salen, será el mal que contemplamos alrededor, será el sufrimiento de tantos, será el hambre y la miseria que encontramos en un mundo que nos parece injusto y aparece un vacío en nuestro interior, y surgen las dudas y los interrogantes, y nos parece que hay una ausencia de Dios porque quizá nos parece que ya no nos escucha.
Cosas que nos hacen dudar, el mundo se nos vuelve muchas veces oscuro y frío, vamos dando tumbos de aquí para allá y nos cuesta encontrar salidas, descubrir rayos de luz que nos alienten o nos llenen de esperanza, encontrar respuestas porque hasta dudamos de nuestra propia fe, porque quizá nos hemos materializado tanto que hemos perdido un sentido de trascendencia y ya no nos aparece por ninguna parte la esperanza, porque al final terminamos sintiendo con tantos que nos rodean indiferentes a lo religioso, sin ser capaces de abrir su corazón a Dios.
En nuestros apuros y angustias quizá comenzamos a pedir la presencia de Dios, el milagro de Dios que nos hiciera salir de esas situaciones amargas por las que estábamos pasando y como el milagro no se produjo cuando nosotros queríamos y de la manera que nosotros queríamos, comenzó también a aparecer la rebeldía en nuestro corazón. Cuantas veces caemos en esa pendiente que nos puede llevar a la increencia porque queríamos el milagro fácil, pero Dios tenia otra manera de manifestársenos que nosotros no supimos ver.
Hoy escuchamos aquella queja de Marta, como sería también después la de su hermana María, pero nos queremos fijar que a pesar de todas las amarguras, tristezas y lágrimas que embargaban su corazón no les faltaba la fe y la esperanza. Ya lo mencionamos. Jesús escucha en silencio y no busca palabras para la réplica o disculpa ante aquellas quejas. Jesús solo tiene palabras que anuncian la vida y que quieren despertar de verdad la esperanza. ‘Tu hermano resucitará’, le dice. Pero ante la manifestación de la esperanza en la resurrección final que Jesús le dice que quien tiene fe en El aunque muera vivirá. ‘Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre’.
Jesús está ahí, y aunque muchas veces en nuestras obnubilaciones no seamos capaces de verlo su presencia no nos faltará. ‘Estaré con nosotros hasta el final de los tiempos’ nos anunciaría luego en el evangelio. Por eso tenemos que saber descubrir y sentir siempre su presencia porque El no nos falla. Los cielos y la tierra se caerán pero su palabra se cumplirá. Pero cuidado como le busquemos porque El tiene unas maneras muy peculiares de manifestarse y hacerse presente junto a nosotros. Nosotros pedimos el milagro que nos solucione las cosas, pero El nos da la fuerza de su Espíritu para que sepamos vivir aquella situación por la que pasamos de una forma distinta. Y puede llegar a nosotros por distintos caminos, en los mismos acontecimientos que nos suceden, en personas que pone a nuestro lado, en tantas señales y huellas que nos va dejando de su presencia.
Pensemos que nosotros mismos podamos ser en algún momento signo de su presencia para los demás cuando nos acercamos a aquel que sufre o que está solo, cuando damos el vaso de agua o tendemos la mano para ayudar a levantarse al caído o a caminar al que se siente imposibilitado. Pues recordemos en esos momentos difíciles quien estuvo a nuestro lado y fue signo de esa presencia maravillosa del Señor con la que nos sentimos fuertes a pesar de nuestras debilidades y de nuestras oscuridades.
Hoy hemos roto el ritmo de las lecturas del tiempo ordinario porque en la liturgia celebramos a santa Marta y mucho tiene que decirnos y enseñarnos esa santa mujer con su hospitalidad, con sus dudas y con sus penas, pero también con su firme esperanza y confianza en el Señor.

lunes, 29 de julio de 2019

El testimonio de san Marta nos ayuda a vivir la vida con una madurez probada en el servicio y en el sacrificio con la esperanza cierta de la plenitud


El testimonio de san Marta nos ayuda a vivir la vida con una madurez probada en el servicio y en el sacrificio con la esperanza cierta de la plenitud

1Juan 4,7-16; Sal 33; Juan 11,19-27
La madurez de la vida se manifiesta cuando tenemos que enfrentarnos a momentos difíciles y somos capaces de hacerlo con serenidad, pero también con seguridad, confianza en si mismo y sus propias convicciones. Vivimos habitualmente de forma serena la vida sorteando esas dificultades o problemas que nos van apareciendo cada día; tratamos de vivir con responsabilidad y con alegría y salvo esas pequeñas cosas que cada día hemos de ir superando vivimos con cierta tranquilidad.
Pero hay momentos en que de forma inesperada, nos surgen problemas que quizá nos desestabilizan, que emocionalmente nos afectan en lo más profundo de nosotros, que nos llenan de intranquilidad y angustia, que producen perdidas dolorosas en la vida, que no rompen el corazón y es entonces cuando tenemos que mostrar nuestra madurez; no es que no sintamos dolor o angustia dentro de nosotros, sino que tenemos la serenidad para afrontarlo sin perder totalmente el control de nosotros mismos apoyándonos en aquello que da sentido a nuestra vida y reaccionando con madurez para saber hacer lo que tengamos que hacer en cada momento.
No es fácil, tenemos que tener bien templado nuestro espíritu, es necesario también tener una buena espiritualidad y valernos quizá de la experiencia de lo que hayamos vivido y buscar los mejores caminos. Muchas cosas se podrían decir en este camino de reflexión.
Hoy estamos celebrando a una mujer que se manifiesta madura en su vida y en su fe. Marta de Betania, de lo que hemos oído hablar en el evangelio. Aquel hogar de Betania era un hermoso lugar de acogida, como no hace muchos hemos reflexionado; muchos peregrinos en su camino a Jerusalén después del largo recorrido del valle del Jordán y la costosa subida desde Jericó allí encontrarían agua y descanso en su caminar. Fue también lugar de encuentro para Jesús y allí le veremos en diversas ocasiones con sus discípulos disfrutando de la placidez de aquel hogar y de la acogida de aquellos que iban a ser los amigos de Jesús.
A Marta la veremos siempre afanada en el servicio para tener todo dispuesto para el ejercicio de la hospitalidad, mientras su hermana María la veremos en otra de las funciones de la acogida que era sentarse a los pies de Jesús para escucharle. Cuando llegamos a un hogar y nos sentimos acogido decimos que al final nos sentiremos como en nuestra propia casa. Era lo que aquellos hermanos de Betania ofrecían a Jesús.
Pero surge la enfermedad y la muerte, mientras Jesús se halla lejos más allá del Jordán. Un golpe para aquellos corazones llenos de amor y que tan unidos se sentían la enfermedad de su hermano Lázaro. Es el aviso que serenamente le envían a Jesús aunque sus corazones están angustiados llenos de dolor. ‘Tu amigo, el que amas, está enfermo’. Al recibir la noticia Jesús dirá que no es una enfermedad mortal sino para que se manifieste la gloria de Dios y tardará días en volver a donde lo han llamado.
Al llegar Jesús a Betania Lázaro llevará ya cuatro días en la sepultura. Al llegar la noticia Marta corre al encuentro de Jesús allá casi a la entrada de la aldea. Va con su luto y con su duelo aunque se atreve con la queja a Jesús. ‘Si hubieras estado aquí, mi hermano no hubiera muerto…’ Y allí comienza un diálogo de altura, porque aquella mujer sabe bien lo que es su fe. Jesús le habla de vida y de resurrección para quien ha muerto, y ella espera la resurrección del último día, que es lo que la mantiene firme en su esperanza.
No ha perdido la esperanza ni la confianza en Dios. Se siente muy segura, aun en su dolor, en la fe que tiene puesta en el Todopoderoso, y que ahora va a manifestar su gloria en la acción que realiza Jesús. Es la madurez de su vida acostumbrada al servicio y también al sacrificio; es la madurez de su fe que ahora se ve aquilatada en su momento de dolor.
Ojalá fuéramos capaces  nosotros también de vivir esa madurez que crece y se hace fuerte igualmente desde el servicio y el sacrificio, dispuestos siempre a confiar y a mantener la paz en el corazón. Santa Marta, a quien hoy celebramos, es un buen testimonio que se nos ofrece para nuestra vida.



martes, 29 de julio de 2014

Haciéndole sitio a Dios en nuestra vida, le haremos sitio a los hermanos

Haciéndole sitio a Dios en nuestra vida, le haremos sitio a los hermanos

Hebreos, 13, 1-3. 14-16; Sal. 33; Lc. 10, 38-42
Quien no tiene sitio para Dios en su vida, tampoco tendrá sitio para los demás en su corazón. Con este pensamiento quiero comenzar mi reflexión en esta fiesta de santa Marta que hoy estamos celebrando y aquí con especial gozo y solemnidad. Podría ser un resumen del mensaje que hoy recibiéramos y hasta convertirse casi en algo así como un lema para el desarrollo de nuestra entrega y nuestra vida cristiana, un lema de espiritualidad.
Como bien sabemos todos las Hermanitas sienten un especial patronazgo y protección en Santa Marta, porque en aquel hogar de Betania que Jesús tantas veces visitara, como se puede desprender fácilmente del Evangelio y donde Jesús prodigara su amistad y sus gracias especiales, al tiempo que también se sentía acogido, encuentran un modelo para los hogares de los Ancianos y en especial en santa Marta y su admirable espíritu de servicio un estímulo para sus vidas entregadas por los demás, desde el amor de Dios.
Eran los amigos de Jesús. Como tantas veces hemos comentado, quizá por su situación en el camino que sube de Jericó a Jerusalén y que era el habitual que hacían los galileos que bajaban por el valle del Jordán en su subida a la ciudad santa y que podría servir de descanso haciendo un alto en el larga y fatigoso camino, o también por otras relaciones que habrían surgido desde su apertura a la predicación de Jesús y la conversión de sus corazones al Reino de Dios por Jesús anunciado, hoy contemplamos en el evangelio esa escena donde Jesús y sus discípulos son acogidos con tanto cariño en aquel hogar de Betania. Bien sabemos que cuando Lázaro enfermó y Jesús está lejos en la otra Betania quizá, más allá del Jordán, el aviso que le hace Marta a Jesús es decirle que aquel a quien ama, su amigo, está enfermo.
Siempre pensamos en Betania como en un remanso de paz, un lugar cálido de acogida donde se abren los corazones a la hospitalidad, al servicio y al amor, donde se siente el gozo de la amistad. Siempre nos es fácil imaginar Betania en ese sentido, precisamente desde este pasaje del Evangelio hoy escuchado. Allí están los corazones abiertos para la acogida, para el servicio, para la hospitalidad, para el compartir la amistad. Casi podríamos sentir una sana envidia de aquel hogar y aquella familia que sabían abrir así sus puertas a la llegada de Jesús a sus vidas.
Una imagen de nuestros hogares. Marta que se afana por tener todo preparado es el signo de la madre que siempre está pendiente de lo que pueda faltar en el hogar, en la familia, en los hijos. A María,por su parte, siempre la vemos en esa  actitud casi contemplativa de la escucha, de la apertura del corazón para saber sentir la presencia de una manera especial, de la escucha para prestar atención y no perderse ni una palabra que llenara sus corazones de paz.
Pero no podemos contraponer a Marta y María sino que juntas vienen a enseñarnos cómo nuestro corazón siempre ha de estar dispuesto para la acogida, para la escucha, para el servicio. Aunque las palabras de Marta pareciera que recriminaran la actitud de María, o las palabras de Jesús pareciera que dieran prevalencia a la actitud de escucha de María, no podemos hacer divisiones ni partes estancas, como si cada una fuera por su lado.
Marta en sus afanes también era una mujer atenta a Jesús y a cuanto decía, tenía también una finura en el alma, para entrar en la sintonía de Jesús aunque al tiempo corriera de un lado para otro en su servicio; la veremos luego que será la que acuda a Jesús en la enfermedad de su hermano poniendo toda su confianza en El, la que le salga al encuentro y la que termine haciendo una hermosa confesión de fe, en la resurrección y en la vida, en Cristo y en su salvación; confesión que solo podría salir desde un corazón muy abierto a Dios y que había sabido también plantar en él su Palabra.
Porque su corazón estaba abierto a Dios era capaz de prestar aquel servicio; acogía a Jesús y sus discípulos porque acogía a Dios en su corazón; tenía sitio para Dios en su corazón y entonces siempre habría sitio para cuantos pasaran a su lado en el camino de su vida, en esa virtud tan hermosa de la hospitalidad que contemplamos resplandecer en aquel hogar de Betania. Es como decíamos al principio la gran lección que hoy podemos aprender en esta fiesta de Santa Marta.
Y es que algunas veces andamos como confundidos o divididos en nuestro interior contraponiendo cosas que no tendríamos nunca que contraponer. Desde una buena voluntad e incluso desde un celo misionero, apostólico o de servicio a los demás, vemos cuanto hay que hacer en nuestro entorno; contemplamos sufrimientos en los que quisiéramos ser consuelo, necesidades y carencias ante las que sentimos el ardor y la urgencia de buscar un remedio o una solución, un mundo de violencias e injusticias ante el que nos rebelamos porque quisiéramos que las cosas fueran de otra manera, tantos problemas que agobian a quienes están a nuestro alrededor y que nos pueden contagiar también con esos agobios y hacernos perder la paz, quisiéramos estar en todo y en todos los sitios para ayudar, para hacer el bien y nos parece que el tiempo no nos da para todo lo que tendríamos o quisiéramos hacer.
Pero nosotros decimos que nuestra fuerza está en el Señor. Que es cierto que son muchos los problemas a resolver y que no nos da el tiempo para comprometernos a todo, pero a nosotros no nos puede faltar el tiempo para Dios. No podemos contentarnos con decir que ya todo ese trabajo es oración y que lo que nos pide Dios es que trabajemos y nos comprometamos por los demás y el tiempo para rezar lo dejamos para otro momento. Para que lleguemos a hacer de verdad que todo ese trabajo que realicemos sea en verdad oración, porque sea una respuesta que demos a lo que nos habla o nos dice el Señor, antes tenemos que pararnos a escuchar a Dios, a estar con Dios.
Sí, hemos de tener nuestro tiempo para Dios, para que luego en verdad podamos tener nuestro tiempo para los demás. Hemos de saber abrir las puertas de nuestro corazón a Dios para que venga y esté con nosotros y en nosotros - es lo que contemplamos hoy en Betania - para que luego de verdad podamos abrir las puertas de nuestro corazón a nuestros hermanos y ellos también estén en nuestro corazón. Ya hemos dicho en otra ocasión que amar al hermano es ponerlo en nuestro corazón. Pero podremos ponerlo de verdad en nuestro corazón, cuando hayamos puesto a Dios en él.
Es que además tenemos otros peligros si nos falta esa presencia y esa sintonía de Dios en nuestro corazón. Tenemos el peligro de que nuestra mirada se enturbie y en lugar de mirar al otro con verdadera amor, comencemos por ver negruras en el alma de los otros y es el principio de irlos quitando de nuestro corazón y ya nuestro amor no sea tan universal, tan generoso, tan desinteresado, tan inmenso como tiene que ser el amor cristiano.
Y está el peligro también de nuestros cansancios, de nuestras desilusiones ante los fracasos que podamos cosechar, las rutinas que se nos pueden meter en el alma que harán que se nos enfrié el amor, la entrega, la generosidad. Pero si hemos puesto de verdad a Dios en nuestro corazón tenemos asegura la presencia y la fuerza de su Espíritu que estará siempre caldeando nuestro corazón.
Hagamos de nuestro corazón una nueva Betania para todo aquel que se pueda acercar a nosotros, porque en verdad le hayamos abierto las puertas a Dios en nuestra vida. Y abrir las puertas a Dios en nuestra vida es saber tener tiempo para orar, para escuchar su Palabra, para celebrar y alimentar nuestra fe. Será algo que nunca tendrá que faltar en nuestra vida. Sin ello nuestra vida carecería de profundidad y perdería también el sentido de trascendencia que queremos darle a todo nuestro amor y a todo lo que hacemos.
Las Hermanitas de los Ancianos Desamparados siempre lo han entendido muy bien y es el motor fuente de su espiritualidad y de su servicio. Si podemos ver en ellas esos corazones siempre abiertos al amor y al servicio, que se desviven en atenciones por los ancianos y nunca le cierran la puerta a nadie mientras haya un lugar donde poder atenderle, es porque ellas cada día tienen mucho tiempo para Dios. Y como tienen mucho tiempo para Dios, siempre tendrán mucho tiempo para el servicio, para la atención de los ancianos acogidos en sus hogares, pero también para cuantos nos acercamos a su alrededor donde siempre encontraremos su cariño, su acogida, su tiempo para escucharnos o para decirnos también una palabra de ánimo y de consuelo. Por eso celebran ellas con tanto entusiasmo y devoción esta fiesta de santa Marta porque en aquel hogar de Betania tienen un modelo y una referencia para su vida y para su espiritualidad.

Que Santa Marta interceda por nosotros para que llevemos de verdad a la vida este mensaje. Que Santa Marta proteja a las Hermanitas y a sus Hogares para que puedan ser siempre fieles a su vocación de servicio con la ayuda y la gracia del Señor.

lunes, 29 de julio de 2013

Santa Marta, modelo de acogida a Dios en nuestra vida para aprender a acoger a los demás en nuestro corazón

Hebreos, 13, 1-3; 14-16; Sal. 33; Lc. 10, 38-42
Estamos celebrando hoy a santa Marta, que como bien sabemos la comunidad de las Hermanitas la tiene como especial protectora, pero también como hermoso y valioso ejemplo de servicialidad y acogida en su trabajo con los ancianos. Un hermoso ejemplo también para todos porque nos hace descubrir valores muy importantes en nuestras relaciones humanas de cada día en las que dejándonos iluminar por la gracia de Dios nos ayudan a vivir esa caridad intensa que como cristianos tiene que brillar siempre en nuestra vida
La Palabra de Dios hoy, pues, nos está hablando de la hospitalidad, tanto en el texto de la primera lectura como en el Evangelio. Una virtud muy humana, un valor muy importante que tenemos que cultivar pero diríamos también una virtud muy gloriosa que nos acerca a Dios y nos acerca a los hermanos que caminan a nuestro lado, donde hemos de aprender a descubrir siempre el rostro y la presencia de Dios.
Una virtud muy característica del pueblo judío, y en general de todos los pueblos semitas, que manifiesta unos valores muy profundos y muy enriquecedores de las personas y de los pueblos. Un pueblo hospitalario, hemos de reconocer, es un pueblo rico en valores que por otra parte facilitan la convivencia entre todos y donde todos los que se acercan a él se sentirán a gusto en esa acogida y hospitalidad. Hay pueblos en los que brilla de manera especial esta virtud de acogida y de apertura del corazón ante el que llega, ante el forastero y para quienes nadie se considera extraño, pero también nos encontramos con pueblos muy encerrados en sí mismos en los que habitualmente se ven cerradas no solo las puertas de los hogares ante el extraño sino lo que es peor las puertas de los corazones en una cerrazón llena de desconfianza y de temor.
La persona o el pueblo hospitalario es de corazón a abierto y con esa persona o en ese pueblo siempre nos sentiremos a gusto y motivados para abrir también nuestro corazón. Yo diría más, la virtud de la hospitalidad que abre nuestro corazón al que está a nuestro lado en cierto modo nos está ayudando a abrir nuestro corazón a Dios.
Hay un texto de la Palabra de Dios, del Antiguo Testamento, que hemos escuchado en domingos anteriores, que nos habla de la acogida y hospitalidad de Abrahán ante aquellos tres caminantes que llegan a su tienda, que serán para Abrahán un signo de la presencia de Dios en su vida y de la acogida de su corazón a los designios de Dios. Le vemos allí cumplir con todas las leyes de la hospitalidad en su acogida y en el ofrecimiento de lo que tiene para que descansen del calor del camino y repongan fuerzas con el alimento. Abrahán se está encontrando con Dios.
De ello nos está hablando el hermoso cuadro del hogar de Betania, que nos ha descrito hoy el Evangelio, en aquella familia que acoge a Jesús y a sus discípulos no solo a su paso por el camino, sino también en muchas ocasiones en que Jesús llegará hasta aquellos que serán para siempre sus amigos. Recordemos cómo Marta enviará recado a Jesús cuando Lázaro está enfermo, diciéndole, ‘tu amigo, el que amas, está enfermo’; recordemos, como siempre hemos comentado, que Betania está al borde del camino que sube de Jericó a Jerusalén y era paso obligado de los peregrinos que se dirigían a la ciudad santa desde el valle del Jordán o provenientes de la lejana Galilea. Un lugar muy propicio para hacer un último descanso después de la larga subida desde el Jordán y el cansado camino desde Galilea para reponer fuerzas para tras cruzar el monte de los olivos entrar en la ciudad santa de Jerusalén.
Pero, bien, ¿qué nos puede estar diciendo hoy la Palabra del Señor? ¿Qué nos enseñará para nuestra vida este texto del Evangelio completado con el texto y reflexiones que en el mismo sentido nos ofrecía la primera lectura?
En el texto al que hacíamos mención y escuchado hace varios días, Abrahán acoge a Dios en aquellos tres caminantes y ahora vemos cómo Marta y María acogen a Jesús en el hogar de Betania. ¿Cómo se sentía Abrahán cuando sabía que estaba acogiendo a Dios en su tienda? ¿Cómo se sentían Marta y María cuando tenían el gozo de tener a Jesús con ellas en su hogar?
Hermoso ejemplo nos ofrecen para nuestra vida. Mucho tendríamos que aprender para ofrecerle nuestro amor al Señor con lo mejor de nosotros mismos. Muchas veces hemos reflexionado sobre este texto y esta manera de acoger tanto de Marta como María. En las dos encontramos la lección para acoger a Jesús que llega a nuestra vida, como para acoger a cuantos nos encontramos a nuestro paso en el camino de la vida. A los pies de Jesús hemos de saber ponernos abriendo nuestro corazón, dando lo mejor de nosotros mismos, para llenarnos de Dios, para aprender también desde la acogida de Dios a acoger a los demás y al tiempo llevar a Dios a los demás. Estamos recibiendo a Dios en aquel que llega hasta nosotros y por nuestra manera de acoger y recibir, de escuchar y atender estamos también llevándoles a Dios a sus vidas.
Quizá podríamos preguntarnos ¿somos nosotros los que ofrecemos hospitalidad a Dios o es Dios el que nos ofrece hospitalidad? Es cierto que Dios quiere venir a nosotros, quiere habitar en nuestros corazones; como nos dirá Jesús si guardamos su palabra, si cumplimientos sus mandamientos el Padre nos amará y también nos amará Jesús y el Padre y El vendrán a nosotros para habitar en nosotros. Es la acogida que hemos de hacer al Señor que viene a nuestra vida guardando su palabra, viviendo en el amor y así nos llenaremos de Dios.  
Es el ejemplo que nos ofrece María sentada a los pies de Jesús bebiéndose sus palabras, queriendo escucharle y gozarse de su presencia; pero es el ejemplo también de Marta que da lo mejor de si misma para servir, para hacer todo lo posible para que Jesús se sintiera a gusto en la casa. Por eso andaba tan ajetreada preparando todo y de ahí sus quejas porque quizá María no le ayudaba como ella quería, pero que en el fondo estaba cumpliendo también en su acogida con la ley de la hospitalidad.
Pero nos preguntábamos si no es Dios el que nos acoge a nosotros. ¿Qué es lo que quiere Dios sino que vivamos en El? Nos hace partícipes de su vida que es meternos en su corazón. ¿No nos dice Jesús en la última cena que se va junto al Padre, pero va para prepararnos sitio y que vendrá y nos llevará con El? ¿Qué otra cosa es el amor que Dios nos tiene sino meternos en su corazón?
Es por donde tenemos que aprender hoy el mensaje que nos trae la Palabra del Señor. Cuando aprendemos a acoger a Dios en nuestra vida, estamos aprendiendo a acoger a los demás en nuestro corazón, aprendiendo a meter a los demás en nuestro corazón. Esa es la verdadera acogida, la verdadera hospitalidad. No se reduce a ofrecer cosas - lo que también será necesario y en el  nombre del amor no hemos de dejar de hacer- sino que es ofrecer mi corazón, abrir mi corazón para que el otro tenga cabida en él.
Y cuando somos nosotros capaces de ofrecer la hospitalidad de nuestro corazón a los demás estamos abriendo de verdad nuestro corazón a Dios. No olvidemos lo que nos enseña Jesús que todo lo que le hagamos al hermano a El se lo estamos haciendo. Pero quizá tendríamos que decir que esta virtud de la hospitalidad interactúa en nosotros en nuestra manera de acoger a Dios y en nuestra manera de acoger a los demás, de manera que no hay una sin la otra.
La hospitalidad en su sentido más elemental y natural es abrir las puertas para acoger al que llega dejando que ocupe un lugar en nuestra casa, en nuestro hogar. Ya no se trata sola y llanamente del hogar o cosa material sino que se trata de nuestro corazón que ha de ser un hogar para los demás y para Dios. Abrimos las puertas para que los otros ocupen un lugar en nuestro corazón.
Amarlos no es solo decir que los queremos mucho si luego los tenemos apartados de nuestro corazón por nuestras desconfianzas o todos esos 'peros' que solemos poner en nuestra relación con los otros. Amarlos, como decíamos, es dejar que ocupen un lugar en nuestro corazón, es permitir que se adueñen de nuestro corazón. Es la generosidad del amor que ya nos hará que no seamos dueños de nosotros mismos, sino que al otro lo pongamos siempre en el centro de nuestro corazón.
Hoy estamos celebrando a santa Marta junto a una comunidad, en un hogar, con esa característica tan fundamental, la acogida, la hospitalidad, el amor. Es lo que las hermanitas nos ofrecen; no es solo un edificio donde podamos encontrar un techo, un plato de comida, o un sitio para descansar; es un hogar, un hogar abierto y lleno de amor; un hogar donde podemos aposentarnos con seguridad y con confianza, porque siempre vamos a encontrar amor; un hogar que entre todos hemos de saber construir cada día porque cada uno de los que aquí habitemos tengamos también ese corazón abierto para los demás, sabiendo aceptarnos, comprender, ofrecernos verdadera amistad.
Celebramos a santa Marta que así lo vivió en aquel hogar de Betania, pero al celebrarla a ella en esta fiesta estamos celebrando lo que queremos ser. Que el ejemplo de santa Marta nos estimule, que su intercesión nos alcance esta gracia del Señor; que el ejemplo de quienes a nuestro lado nos sirven y nos acogen sea también para nosotros ese estímulo para vivir con un corazón así. Y si lo vamos haciendo cada día, no olvidemos, estaremos abriendo más y más nuestro corazón a Dios.
Santa Marta es modelo de acogida a Dios en nuestra vida para aprender a acoger a los demás en nuestro corazón.

martes, 9 de octubre de 2012


Bellas flores tomadas del jardín de Betania la hospitalidad, la acogida, el servicio

Gál. 1, 13-24; Sal. 138; Lc. 10, 38-42
Hospitalidad, acogida, escucha, servicio son las gestos, los detalles, las actitudes que se desprenden cual pétalos de bellas flores de aquel hermoso jardín que era la casa de Betania donde acababa de llegar Jesús.
Me van a permitir que les diga que siempre que he escuchado los textos que hacen referencia a aquel hogar de Betania, la casa de Marta, María y Lázaro, la he imaginado como una bella casa de campo o en un pueblo pequeño, como realmente era Betania, que se abría a bellos patios rodeados de jardines de flores de múltiples colores. Es una imaginación plástica de mi mente pero en la que quiero reflejar todas esas bellas virtudes de un hogar como aquel de Betania.
Allí estaba Marta siempre hospitalaria, con las puertas no sólo de su casa sino de su corazón siempre abiertas y dispuesta en todo momento para acoger al caminante que pasaba por aquel camino tan emblemático que tenía como meta Jerusalén. Los caminantes que subían desde Jericó y el valle del Jordán después de largo camino desde Galilea encontrarían allí el agua fresca, el pan de la amistad, unos corazones amigables que reconfortaban en el duro camino hasta llegar a la meta de Jerusalén. Así se sentiría acogido Jesús con sus discípulos a su paso por Betania como lo vemos hoy pero los veremos también en otras ocasiones descansar al calor de aquel hogar y de aquella amistad.
Son las lecciones que nos ofrece hoy el evangelio para hablarnos y enseñarnos de esas virtudes, de esos valores tan humanos y tan evangélicos que de muchas maneras tenemos que plasmar en nuestra vida.
Era Marta siempre dispuesta al servicio, pero era María también con el corazón abierto para acoger y para escuchar, bebiéndose, por así decirlo, las palabras de Jesús y quedándose quizá embelesada al escucharle que le había olvidar quizá otros deberes con los que tendría que contribuir también a la hermosa virtud de la hospitalidad.
Se queja Marta en la confianza, pero enseña Jesús el Maestro que siempre nos ilumine para que busquemos lo mejor en todo momento y lo que tiene que ser lo más importante. Al final tendremos siempre que desvivirnos en el servicio, porque además Jesús nos enseña que El ha venido a servir y no a ser servido y esas tienen que ser nuestras actitudes. Pero para que seamos capaces de llegar a ese servicio donde nos demos totalmente sin reservarnos nada para nosotros mismos, hemos también de saber sentarnos a los pies del Maestro para escucharlo, para aprender de El  y en El además encontremos las motivaciones y las fuerzas para poder llegar a una entrega como la de Jesús.
Ni preferimos a Marta, ni preferimos a María sino que de las dos hermanas tenemos que aprender la lección que necesitamos para nuestra vida. Marta y María tenemos que ser en verdad en el camino de nuestra vida cristiana, porque si no nos llenamos de Jesús poco podremos luego ser capaces de darnos en una oblación de amor por los demás, y si no terminamos dándonos así por los demás pudiera significar que no nos habíamos sentado lo suficiente a los pies de Jesús para escucharle y para llenarnos de El.
Vayamos al jardín de Betania y hagamos un hermoso ramillete con esas bellas flores que nos ofrece y que han de adornar nuestra vida. Será también el ramo de virtudes y valores que hagamos al Señor como la mejor ofrenda de nuestra santidad.

domingo, 29 de julio de 2012

La fe y la esperanza de santa Marta aliciente y alimento de todas las virtudes


La fe y la esperanza de santa Marta aliciente y alimento de todas las virtudes


Según sean nuestras metas será nuestro amor a la vida, nuestras luchas y esfuerzos, nuestros deseos de superación. Cuánto más altas y más grandes, será más grande la trascendencia que le demos a nuestra vida, porque no nos quedaremos en una vida ramplona, sólo de lo que pase a ras de tierra o de lo más inmediato que nos pueda suceder. Por alcanzar esas metas no nos importan las luchas y sacrificios porque lo que nos espera supera todo deseo.

Un ejemplo, que además tenemos que trascender, lo tenemos estos mismos días en que se celebran las olimpiadas; cuantas horas de sacrificios y entrenamientos de esos atletas que quieren llegar más alto, más allá y más lejos por alcanzar el honor de una medalla, que a la larga será vil metal que un día también se ha de corroer. Son grandes metas que les hacen tener también un inmenso amor a la vida. Quieren ser los mejores en su especialidad y para eso no se han ahorrado esfuerzos, y algunos incluso quieren abarcar varias disciplinas deportivas porque así serán el atleta más dotado y preparado, más completo.

Cuánto orgullo y gozo alcanzan cuando logran la meta deseada y nos gozamos con ellos cuando los contemplamos dichosos en sus triunfos, aunque sean meramente humanos, pero que nos pueden servir a nosotros también como un poderoso estímulo.

Pero lo del atleta lo ponemos como ejemplo de lo que ha de ser todo en nuestra vida, y también en la búsqueda de esas metas que nos trasciendan y que colmen las mejores ansias de nuestro espíritu. Porque no vamos a buscar el oro que brilla y que fugaz pronto puede perder su brillo, queremos buscar lo que dé la más honda y perfecta plenitud al hombre.

San Pablo también nos compara en ocasiones la vida como una carrera para la que tenemos que prepararnos, por la que tenemos que luchar sabiendo bien cuál es la recompensa que un día vamos a alcanzar. Nos habla de plenitud y de vida eterna; nos habla de vivir a Cristo de tal manera que nuestro vivir ya no sea otro sino Cristo. Nos invita a mirar a lo alto, porque es mirar a Dios en quien podemos alcanzar la total plenitud.

Hoy estamos celebrando a Santa Marta en la que vemos resplandecer entre todas sus virtudes la fe y la esperanza, que serán el aliciente y el alimento de todas esas otras virtudes que en ella podemos contemplar. La contemplamos haciendo una hermosa confesión de fe en Jesús como el único Salvador que había de venir al mundo, pero profesión de fe que estaba precedida y acompañada de una profunda esperanza. A las palabras de Jesús ante la muerte de su hermano Lázaro que anuncian vida y resurrección - ‘tu hermano resucitará’ le dice Jesús - ella confieza su fe, casi como de antemano, proclamando su esperanza en la resurrección futura. ‘Sé que resucitará en la resurrección del último día’. Hay una meta grande en su vida desde la fe que ha puesto en Dios y que la llena de esperanza.

Alguien que no haya terminado de comprender el sentido de una fe verdadera y de una verdadera esperanza podía alegarnos que precisamente porque creemos y esperamos la vida futura no amamos lo suficiente la vida presente. Nada más equivocado. Sabemos que la plenitud total de nuestra vida la alcanzaremos en la vida eterna y eso anima nuestra esperanza, pero eso anima también nuestra fe y nuestro amor a la vida presente que también hemos de vivir en la mayor plenitud que ahora en el tiempo limitado podamos alcanzar.

Ni la fe ni la esperanza cristiana nos aislan o separan de la vida presente, sino todo lo contrario, nos obligan, por así decirlo, a vivirla con una mayor responsabilidad y dedicación. Queremos vivir con toda intensidad cada instante de nuestra vida buscando en el amor lo que le va a dar a todo mayor sentido de plenitud. Por eso nos sentimos siempre en camino de superación, de crecimiento, de búsqueda de plenitud. Y todo eso lo sabemos vivir con la alegría de la esperanza.

Es un don de Dios que tenemos que saber agradecer, pero también acoger para darle la mayor hondura, dignidad y plenitud que aquí podamos alcanzar. Por eso el creyente, y el creyente cristiano es una persona comprometida con la vida, con su dignidad, con su valor. Nuestra esperanza de vida eterna no nos desentiende de esta vida nuestra de cada día con sus luchas, con sus problemas, con sus alegría, con su dolor, con todo lo que es.

Por eso defendemos toda vida aunque la podamos ver llena de muchas limitaciones a causa de dolor o de otras discapacidades físicas o siquicas que por distintos motivos podamos tener. Amamos la vida, toda vida y defendemos la vida, toda vida. Amamos la vida y luchamos por la dignidad de toda persona, de toda vida humana. Por eso nos duele quienes atentan contra la vida - y de cuántas maneras se atenta contra la vida -; nos duele quienes no la cuidan, ni la suya propia ni la de los demás, porque la destrozan y la queman de tantas maneras como ya bien sabemos y no hace falta entrar en más detalles.

Es la fe y la esperanza que ponen metas grandes en nuestra vida, pero que nos hace vivir la vida hasta en los más pequeños detalles dándole toda la intensidad de nuestro amor a todo lo que hacemos. Es lo que hará que cada momento y cada detalle sea importante para nosotros y así estaremos con un corazón atento y vigilante para ir viendo en cada momento donde podemos poner un poco más de amor. Es lo que nos hará serviciales hasta en los pequeños detalles, acogedores y abiertos a todo el que se acerque a nosotros por cualquier motivo, pero también para acercanos y abrir bien los ojos para ver donde haya una necesidad que atender, una tristeza que consolar, un dolor que mitigar, una ilusión y esperanza que despertar.

La fe y la esperanza que animan nuestra vida nos hará estar abiertos a Dios y atentos a su actuar de amor sobre nuestra vida para saber reconocerlo y agradecerlo. Marta era una mujer acogedora y servicial, pero era sobre todo una mujer abierta a Dios y tuvo la dicha de poder acoger en su hogar a Jesús, contar con su amistad y su presencia. Son los ojos de la fe que nosotros hemos de saber abrir también para descubrir cómo Dios llega a nosotros, cómo es ese actuar de Dios en nuestra vida.

La vemos en el hogar de Betania atareada preparando cosas, para tenerlo todo bien dispuesto porque ha llegado Jesús a su casa, y hasta se queja de que María se haya quedado embelesada escuchando a Jesús, pero es el amor el que la mueve y aunque sus manos están en hacer de todo lo que tiene que preparar sus ojos y su corazón están puestos en Jesús y seguro que sus oídos estarán bien atentos para no perder ni una de sus palabras.

Todos quizá recordamos a nuestra madre toda afanosa haciendo mil cosas a la vez porque quería contentar a todos y a cuantos llegaran a nuestra casa quería atenderles con la mayor dedicación del mundo; pero aunque estuviera haciendo mil cosas a la vez, como decíamos, sus ojos y sus oídos estaban atentos para no perder ningun detalle y hasta para poder seguir una conversación con el hijo que allí estuviera sentado o con cualquiera que llegara a nuestra casa. Es lo que contemplamos en Marta, afanada en tantas cosas, que aunque Jesús le dice que María ha escogido una parte mejor, seguro que ella no se perdería las palabras del Maestro.

Comenzábamos resaltando y destacando la fe y la esperanza de Marta que ponían altas metas de plenitud en su vida, pero se han ido como desgranando todas esas otras virtudes que brillaban con no menor resplandor en su corazón: la acogida, la hospitalidad, el servicio, el sacrificio, la entrega, la escucha, el amor que rebosaba de su corazón. Son breves las pinceladas que nos hace el evangelio del hogar de Betania, pero enormente enriquecedoras. Es la lección que en su fiesta queremos aprender, copiar para nuestra vida. Es un hermoso ramillete de virtudes el que resplandece en Santa Marta.

Por algo las Hermanitas la tienen como especial protectora de sus vida y como ejemplo también para la acogida y la hospitalidad tan imporantes en su quehacer de cada día en la atención a los ancianos y los abandonados. Ellas también quieren como santa Marta hacer que su fe y su esperanza sean el pilar sólido sobre el que se asienten sus vidas y del que manen todas esas otras virtudes que ellas quieren hacer resplander con su actuar. Por eso las vemos rezarle con tanto fervor y celebrar su fiesta con tanta alegría.

Si son capaces, como las vemos cada día, de estar siempre atentas a las necesidades y problemas de cada uno de los ancianos de nuestro hogar, si las vemos callada y humildemente estar siempre esa actitud de servicio y de acogida, es porque antes han hincado sus rodillas ante el Sagrario en muchos ratos de oración casi contemplativa, aunque nosotros no las veamos, para poner allí, en el Señor, su corazón, para poder levantar la mirada hacia el cielo donde ponen toda su esperanza como meta de plenitud total para sus vidas, y para en Jesús encontrar la fuerza y la gracia para saber ir, caminando con los pies bien fijos en la tierra que pisan, a desvivirse por la vida de cada uno de sus ancianos, cuidándolos con amor, dándeles ese cariño de madres, acompañándolos en sus soledades, poniendo una sonrisa de consuelo en sus penas y tristezas, curando las heridas de sus dolores y llevándoles siempre el amor de Jesús que es el que verdaderamente nos salva.

Celebremos con alegría la fiesta de santa Marta. Tomemos el ejemplo de su vida y como ella pongamos grandes y altas metas en nuestra vida que nos trasciendan, nos eleven y nos hagan pensar en la vida eterna, pero que nos hagan amar con intensidad esta vida de cada día poniendo siempre en ella el amor que le dé mayor plenitud. Que sea grande nuestra fe y nuestra esperanza para que, como en santa Marta, resplandezcan luego todas esas virtudes que nos hagan amables y acogedores, solidarios y generosos, alegres por la esperanza que llena nuestra vida y por la presencia del Señor que está siempre con nosotros fortaleciéndonos en nuestra debilidad y alegrando el corazón.

Que crezca más y más nuestra fe, que se avive nuestra esperanza y arda fuertemente nuestro corazón con el fuego de su amor.

martes, 4 de octubre de 2011

¡Qué dicha la de aquel hogar de Betania!


Jonás, 3, 1-10;

Sal. 129;

Lc. 10, 38-42

¡Qué dicha la de aquel hogar de Betania! Seguro que todos desearíamos tener esa dicha, recibir a Jesús en nuestra casa, como lo hicieron aquellos tres hermanos Marta, María, Lázaro, como lo hizo aquella familia de Betania.

‘Entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Esta tenía una hermana llamada María…’ Eran las leyes sagradas de la hospitalidad que un oriental las respeta con sumo cuidado. Una hospitalidad que no solo es abrirle las puertas de la casa sino mucho más. De la hospitalidad y del conocimiento mutuo va surgiendo la hermosa planta de la amistad que tan dulces y bellas flores suele producir. Cuánto se intercambia; cuánto se recibe mutuamente; cuánta riqueza para la vida nace de una amistad verdadera. Es un aprender a caminar juntos, a compartir, a estar con todo lo que puede encerrar esta palabra.

Lucas no nos habla de Lázaro. Será en el evangelio de san Juan el que nos hable de Lázaro cuando enferma y su muerte. Precisamente el aviso que mandará Marta a Jesús es decirle que su amigo está enfermo. Pero ya conocemos todo lo que el evangelista Juan nos cuenta de lo acontecido entonces.

Hoy vemos a mata afanada en atender al Maestro en nombre de esa hospitalidad que nace del amor del corazón. María escucha a los pies de Jesús. Es también hospitalidad. Aunque en este pasaje surja un poco la queja de Marta porque María se ha desentendido de los quehaceres de la casa para sólo escuchar a Jesús. Jesús dirá que esto es parte importante y principal. Es forma de manifestar el amor el querer beberse sus palabras. No queremos contraponer, queremos más bien conjuntar el actuar de las dos hermanas en el momento de recibir y acoger a Jesús.

Comenzábamos diciendo qué dicha la de aquel hogar que pudo acoger a Jesús y cómo nosotros desearíamos hacer lo mismo. Podemos hacerlo. Tenemos que hacerlo. ‘¿Quién puede hospedarse en tu tienda?’ Se pregunta el salmista y nos recuerda una serie de valores y de virtudes de los que hemos de llenar nuestro corazón para tener la dicha de hospedarnos en la tienda del Señor. Honradez y rectitud, espíritu de justicia y de verdad, amor y pureza de corazón, podríamos recordar algunas que nos dice el salmo.

Pero es que queremos que el Señor venga a hospedarse en nuestra tienda, venga a habitar en nosotros. ‘El que me ama y guarda mis mandamientos, mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él’, nos dirá Jesús en otro momento del evangelio. Pero nos está diciendo lo que tenemos que hacer para que lleguemos a ser esa morada de Dios. Busquemos a Jesús y queramos escucharle de verdad; busquemos a Jesús y queramos conocerle hondamente; busquemos a Jesús y queramos en verdad ponernos en camino detrás suyo para que así no perdamos nada de su vida, de sus palabras, de todo lo que es su amor.

Si decíamos antes que en la hospitalidad abrimos el corazón al que llega a nosotros y que hará posible un conocimiento grande del que surja la planta de la amistad con todas las bellas flores del amor, eso es lo que tenemos que hacer con Jesús. Que el conocimiento más hondo que cada día tengamos de Jesús nos haga entrar en esa hermosa órbita de la amistad y del amor y así logremos que Cristo venga a habitar en nuestro corazón. Cuando le amamos y le seguimos nos sentiremos cada vez más impulsados a una vida de rectitud, de responsabilidad, de justicia, de verdad, de sinceridad, de amor, en una palabra, de santidad.

En el plan pastoral que se nos propone en nuestra diócesis en estos momentos con el objetivo de hacer una iglesia diocesana de discípulos y de misioneros precisamente a lo que se nos impulsa a que seamos verdaderos discípulos de Jesús y para ello necesitamos de ese encuentro vivo con Jesús y del seguimiento de su persona. Conocer, creer, amar y seguir a Jesús, es ser su discípulo, se nos dice. Y para conocer a Jesús es necesario caminar juntamente con El, tener sus mismos sentimientos, llegar a ese encuentro con El desde la escucha y desde la oración, que nos llevará a la práctica de hacer lo que El nos dice.

Que ese sea nuestro gran deseo. Que esa sea nuestra gran tarea de cada día para conocer, amar y vivir cada día más a Jesús.

viernes, 29 de julio de 2011

Apertura mutua y leal del corazón para sentirnos bien como en el hogar de Betania

Lc. 10, 38-42

Al escuchar los pasajes del evangelio que nos hablan de Betania en esos distintos momentos en que Jesús se encontró con aquella querida familia de Marta, María y Lázaro, mi imaginación se ha echado a volar para querer contemplar tan hermoso lugar y tan maravillosas escenas.

Un largo patio, como el de nuestras casas canarias de nuestros campos, con alguna palmera en cualquier lugar, una enredadera o parral que da sombra y cobijo a los asientos hechos quizá en los mismos muros que lo rodean, un pozo con su brocal y lo necesario para sacar el agua fresca del abastecimiento y más allá casi como una celosía un olivo a través del cual se enmarca el paisaje de los campos que rodean la casa; un portalón que da al camino, pero siempre medio abierto como siempre han estado abiertos en nuestras casas para que entren y salgan los vecinos, o cualquiera que pase por el camino se pueda detener a conversar con los que allí habitan.

No podemos olvidar que este dulce hogar de Betania está junto al camino que sube desde Jericó y se dirige a Jerusalén a través del cercano monte de los olivos desde el que ya se divisaría la ciudad. Cuántos se detendrían en aquel hogar siempre abierto y acogedor que ofrecería agua y descanso reconfortante al caminante. ¿Sería así cómo se entablaría la amistad de Jesús y sus discípulos con aquella familia? Sí sabemos que en muchas ocasiones, estando en Jerusalén o de paso por el camino, allí Jesús se detendría, como nos describe el evangelio que hoy hemos escuchado.

Quizá me detenga tanto en esta descripción porque es algo que hoy echo de menos en nuestras casas. Pasas por caminos y calles y no ves sino puertas y ventanas cerradas hasta con las persianas fechadas, como si nadie viviera tras aquellos muros. ¿Los miedos de nuestra vida moderna tan llena de violencias? ¿La desconfianza que tenemos siempre ante los demás sobre todo si son extraños o desconocidos?

Algo nos puede estar pasando porque así cerramos tras el miedo, la desconfianza y nuestros egoísmos insolidarios no sólo las puertas y ventanas de nuestras casas, sino lo que es peor las puertas y ventanas de nuestra vida. Es que la vida nos hace ser así, nos puede decir alguien. Pero yo me pregunto si quienes creemos en Jesús y ponemos como lema de nuestra vida el amor es así cómo tenemos que reaccionar ante el extraño. Fijémonos, si no, cómo caminamos por nuestras calles donde cada uno va a lo suyo y ya ni miramos al que se cruza con nosotros y quizá pueda estar deseando venir a nuestro encuentro.

Son cosas en las que me hace pensar este evangelio que estamos comentando en la fiesta de esta santa que destacó precisamente por su hospitalidad y la apertura de su corazón. En aquella casa quien llegaba a ella podía sentirse a gusto. Los afanes de Marta quizá por una parte para tenerlo todo preparado, pero la capacidad de escucha de María que no se perdía una palabra de Jesús aunque le valiera los reproches de su hermana, eran las señales de la confianza y de la acogida que allí se ofrecía.

Así se sentiría a gusto Jesús con una acogida tan hermosa. Así llegaría Jesús a llorar con ellas en su sufrimiento y desolación en la muerte de Lázaro. ‘Mira, cómo lo quería’, dirían los judíos cuando vieron caer los lagrimones por el rostro de Jesús ante el sepulcro de su amigo Lázaro. Qué hermosa comunión de amistad y de amor sincero y leal se estableció entre aquella familia y Jesús, que le hacia ser tan solidario con ellos.

¿No nos dice nada todo esto a nosotros? Creo que un primer mensaje que nos está dejando es que aprendamos a sentirnos a gusto los unos con los otros. Nos sentimos a gusto con alguien cuando nos encontramos con una mirada limpia que expresa un corazón leal y sincero, cuando somos sinceros en lo que nos decimos o manifestamos y no andamos con disimulos y reservas, cuando hay un buen corazón que sabe entrar en sintonía con el otro y es capaz de ofrecerle lo mejor en una ayuda o en un compartir, o hacer sinceramente solidario en los malos momentos.

No es sólo que yo me sienta a gusto con los otros porque sepan ofrecerme esa acogida, sino que los otros puedan sentirse a gusto conmigo porque yo sepa ir con un corazón leal y abierto hasta los demás. Desterremos las reservas y las desconfianzas, que muchas veces pueden nacer de nuestros orgullos o de la envidia que nos corroe por dentro y llega a romper la más hermosa amistad; desterremos todas esas actitudes que tan lejos están del espíritu del evangelio y que entonces tienen que estar lejos también de nuestro sentido cristiano, de nuestra manera de comportarnos como cristianos.

A estas alturas de nuestra reflexión quizá alguien podría preguntarse si en sólo en esto se queda el mensaje que podemos deducir hoy de esta fiesta de santa Marta. Aunque no dijéramos nada más, creo que de estos valores humanos estamos bien necesitados en nuestra convivencia diaria que se ve afectada continuamente por muchas cosas que la hacen difícil y casi imposible en ocasiones. Si a partir de esta reflexión comenzamos todos a poner un poquito de cada parte para que así nos sintamos más acogidos, comprendidos, ayudados mutuamente en nuestras necesidades o problemas, bendeciría y daría gracias a Dios de todo corazón que va haciendo crecer el amor en nuestros corazones. Y esto es mensaje del evangelio.

Podríamos fijarnos también en la fe y la esperanza profunda que se manifiestan en la vida de santa Marta. Aquellos encuentros con Jesús habían caldeado fuertemente su corazón en esa fe y en esa esperanza que la expresa con rotundidad en los momentos difíciles por los que tuvo que pasar en la enfermedad y muerte de su hermano Lázaro. Aunque con emoción manifiesta sus quejas a Jesús por su ausencia física a pesar de sus avisos – ‘si hubieras estado aquí no hubiera muerto mi hermano’ - proclama sin embargo su fe en Jesús. ‘Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el que tenía que venir al mundo’, es el grito de su fe que le sale hondo del alma.

Pero una fe llena de esperanza, ‘sé que mi hermano resucitará en el último día’. Significa eso la trascendencia con que vivía su vida en la esperanza de la vida eterna. No era fácil en aquellos momentos, por una parte porque en las corrientes de pensamiento judías no todos lo tenían claro, y por otra parte porque eran momentos difíciles y de dolor por los que estaba pasando. Pero allí estaba su fe y su esperanza.

Que se mantenga firme nuestra fe, que se reanime nuestra esperanza. No nos puede faltar por muy duros que sean los momentos por los que tengamos que pasar. Tampoco nos podemos dejar influenciar por un mundo de increencia y falto de esperanza que haya a nuestro alrededor.

Nos vemos débiles, nos acecha el sufrimiento muchas veces en la enfermedad, en nuestros cuerpos doloridos, los problemas que van surgiendo en la vida nos agobian bien porque nosotros lo pasemos mal, o porque por la situación de la sociedad en la que vivimos, vemos que muchos lo están pasando mal.

No se puede debilitar nuestra fe, no podemos perder la esperanza. Creemos en Dios que es Padre bueno que nos ama y no nos abandona. Dejémonos conducir por El que nos hará ver la luz. Cuando Jesús llegó junto a la tumba de Lázaro y al pedir que la abrieran alguien le dijo que allí olía mal, porque Lázaro llevaba cuatro días enterrado. Muchos olores de muerte, de mal, de egoísmo, de violencia y de tantas cosas puede haber a nuestro alrededor. ‘¿No te he dicho que si tienes fe verás la gloria de Dios?’ dijo Jesús a quienes ponían obstáculos.

Nos hace falta esa fe cuando nos enfrentamos a todos esos problemas o a esa situación que contemplamos en nuestro mundo. La gloria de Dios está por encima de todo eso y si tenemos fe se va a manifestar esa gloria del Señor. El mundo para nosotros no es un túnel oscuro y sin salida, porque tenemos la luz de Jesús que nos ilumina y nos llena de esperanza.

Hemos querido escuchar con corazón abierto la Palabra del Señor en esta fiesta y recoger ese hermoso mensaje para nuestra vida que a través de san Marta también llega a nuestra vida. Pero también nuestra fiesta tiene que ser una acción de gracias a Dios. Queremos dar gracias al Señor porque ese mensaje nos llega también plasmado en unas vidas que están a nuestro lado, en un estilo de hacer, y en todo lo que representa este Hogar como un lugar en que nos sentimos acogidos, donde son de manera especial acogidos tantos ancianos y ancianas para no sentirse solos ni abandonados, para sentir el calor de ese cariño y esa atención que aquí se les presta. Pero creo que todos los que tenemos una relación con las Hermanitas y estos centros podemos decir que experimentamos en nosotros ese cariño, esa atención y esa acogida para sentirnos siempre bien cuando por un motivo u otro nos acercamos por aquí.

Santa Marta es abogada e intercesora bajo cuya protección están puestos todos los hogares de las Hermanitas; santa Marta es también ese modelo que quieren copiar en sus vidas quienes se han consagrado al Señor para la acogida, la atención y el cuidado de los ancianos y ancianas. Por todo ello tenemos que dar gracias a Dios al tiempo que pedimos la bendición del Señor para cuantos hacen posible la existencia de estos hogares.

Que el Señor las bendiga para que no les falte nunca ese cariño y ese amor tan carismático en sus vidas.

Que el Señor las bendiga para que en la generosidad de muchos haga posible que no falten los recursos para que obras así se puedan seguir realizando y se puedan mantener.

Que el Señor las bendiga suscitando numerosas vocaciones para este carisma tan especial de la atención a los ancianos y ancianas.

Que el Señor nos bendiga a todos y sintamos la protección y el ejemplo de santa Marta para que siempre hagamos que todos también se sientan bien a nuestro lado por esa sinceridad y lealtad de nuestro corazón.