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lunes, 30 de agosto de 2010

El anuncio del evangelio de Jesús transforma nuestra vida y nuestro mundo

1Cor. 2, 1-15;
Sal. 118;
Lc. 4, 16-30

El anuncio del evangelio muchas veces se puede convertir en un fuerte signo de contradicción en medio del mundo en el que vivimos; mientras para unos puede ser un fuerte grito de esperanza porque descubren en ese anuncio esa salvación tan profundamente deseada, para otros sin embargo puede resultar duro y bien contradictorio a lo que son sus intereses o su manera de vivir.
Ya lo fue Cristo en medio de la gentes de su tiempo, ya lo fue Pablo como de alguna manera hoy nos lo manifiesta en lo escuchado en su carta a los Corintios y lo han sido y lo serán todos los apóstoles y evangelizadores que sean fieles a ese anuncio auténtico del evangelio.
En el evangelio hoy escuchado la visita que Jesús hace a su pueblo y el anuncio que hace en la Sinagoga de Nazaret. Ahí vemos ya esos signos contradictorios porque en un principio fue recibido con muchas señales de aprobación y orgullo porque era el hijo del carpintero y entre ellos se había criado, pero pronto todo se trastocará cuando ven que el anuncio que Jesús les hace no es simplemente complacerles en sus orgullos patrios o en esos deseos de milagros que se multipliquen entre ellos. Querrán incluso despeñarlo por un barranco del pueblo.
Es lo que Pablo manifiesta también en su carta a los Corintios que hemos escuchado. No sería fácil hacer aquel anuncio que Pablo les hace de Jesucristo y de éste crucificado, a una sociedad como la griega dada a la sabiduría y a las filosofías o en concreto aquella sociedad de Corinto muy comercial – era un puerto comercial muy importante en el mundo griego – pero también muy influenciada por muchas corrientes de todo tipo que hacía que en aquella sociedad fueran muy grandes la corrupción y las inmoralidades.
En Atenas Pablo había querido acercarse a un lenguaje propio de los filósofos en el anuncio del evangelio y de Jesús resucitado en el Aerópago, y fue rechazado. Ahora es difícil aquí hablar del evangelio pero dice que no va a ellos con sabidurías ni elocuencias humanas sino que ‘nunca se preció de saber cosa alguna, sino a Jesucristo y éste crucificado… para que vuestra fe no se apoye en sabidurías humanas sino en el poder de Dios’. Pero tras ese anuncio surgirá en medio de aquel mundo tan adverso una hermosa comunidad de seguidores de Jesús.
¿Cómo acogemos nosotros el anuncio del evangelio de Jesús? tenemos que preguntarnos. ¿Será para nosotros en verdad ese faro de luz que despierta nuestra esperanza en la salvación verdadera que Jesús quiere ofrecernos? ¿Buscamos palabras bonitas que se pueden convertir en engañosas o por otra parte el milagro fácil que nos resuelva misteriosamente nuestros agobios?
Busquemos la verdadera salvación que Jesús nos ofrece. Es el que está lleno del Espíritu del Señor, como había anunciado el profeta y que con su vida y su presencia en medio nuestro viene a arrancarnos de las más profundas esclavitudes que podamos tener en nuestro espíritu y en nuestro corazón. Nos anuncia el año de gracia del Señor, nos anuncia el perdón y la vida. Y es lo que tenemos que buscar en Jesús.
Cuando nos arranca de la esclavitud del pecado es para que ya nunca vivamos alejados del amor. Cuando nos ofrece su perdón quiere en verdad transformarnos por dentro pero para que sintamos también la fuerza de su Espíritu en nosotros para transformar también nuestro mundo. Por eso allí donde está en un creyente en Jesús tiene que notarse que la vida es distinta, que hay más paz, que hay más amor, que nos queremos más, que somos más hermanos, que arrancamos de nuestro corazón orgullos y envidias. En una palabra que hacemos un mundo mejor, un mundo donde todos nos entendamos más, un mundo nuevo y distinto. La fe que tenemos en Jesús a eso nos compromete.

domingo, 29 de agosto de 2010

Humildad y gratuidad, valores importantes


Ecl. 3, 17-18.20.28-29;
Sal. 67;
Heb. 12, 18-19.22-24;
Lcv. 14, 1.7-14

Tengo que comenzar confesando que este evangelio me interpela mucho. Es una tarea pendiente porque no he logrado llevarlo a la práctica de mi vida en esa humildad y gratuidad que hoy nos enseña Jesús.
Cuántos codazos nos vamos dando esa loca carrera de la vida por primeros puestos, por honores y reconocimientos, por rodearnos de gente importante o que nosotros creemos importantes e influyentes, y cómo rehuimos, permítanme la expresión, a aquellos que nos huelen mal. Es que yo soy amigo de… decimos tantas veces; es que conozco a éste o aquel… hay que tener amigos hasta en… - no voy a emplear la expresión que solemos usar, pero me entendéis -.
Como hemos escuchado en el evangelio le da ocasión a Jesús para dejarnos el mensaje ‘cuando entró en casa de uno de los principales para comer, le estaban espiando, pero el notó que los convidados escogían los primeros puestos…’ Y nos enseña Jesús algo que es mucho más que unas normas de urbanidad. ‘Cuando te conviden no te sientes en el puesto principal… vete a sentarte en el último puesto…’
¡Qué hermoso lo que ya nos decía el sabio del Antiguo Testamento, el libro del Eclesiástico! ‘Hijo mío en tus asuntos procede con humildad y te querrán más que al hombre generoso. Hazte pequeño en las grandezas humanas y alcanzarás el favor de Dios… que revela sus secretos a los humildes’.
Lo aprendemos en Jesús, de humilde corazón y que siendo Dios se hizo hombre, tomando la condición de esclavo, siendo el último de todos. Y recordemos cómo Jesús da gracias al Padre del cielo porque revela los misterios de Dios a los humildes y sencillos y las oculta a los que se creen sabios y entendidos. Por otra parte, ¿de quienes estaba rodeado Jesús siempre? De la gente sencilla, de los pobres, de los enfermos y de los que sufrían. Para ellos es su bienaventuranza.
Nos dirá Jesús: ‘Todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido’. Es lo que nos va repitiendo continuamente en el evangelio. Nada de luchas por primeros puestos, lugares de honor o rodearme de gentes importantes e influyentes que es nuestra tentación fácil. Le sucedía entonces a los discípulos como nos sigue sucediendo a nosotros hoy. Desterremos de nosotros esos orgullos, porque el orgullo siempre humilla al hombre, humilla al que está a nuestro lado.
De ahí la conclusión que Jesús mismo saca hoy en el evangelio. ‘Cuando des una comida o una cena…’ ¿a quién invitamos? ¿a los que a su vez puedan invitarnos también a nosotros? ‘No invites a tus amigos, a tus hermanos… a los que corresponderán invitándote… invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos’.
Hay un valor o una virtud que a veces nos cuesta tener en cuenta o valorar, la gratuidad. ¿Qué voy a ganar yo con eso? ¿en qué me voy a beneficiar? Lo habremos escuchado muchas veces. Con qué facilidad actuamos por el interés. La vida esta rodeada o demasiado construida por gestos que manifiestan lo interesado que somos. Que me quieran, que me correspondan a lo que hago, que me tengan en cuenta, que valoren mis cosas… de alguna manera como un deseo siempre de sentirme pagado por lo que hago. No está reñida la autoestima con la humildad, pero autoestima no significa estar buscando recompensas siempre por lo que hago.
Nos falta gratuidad. En lo que damos y también en la actitud que tenemos ante lo que recibimos que tendría que llevarnos al fin a la gratitud. No estamos acostumbrados a lo gratuito, a que nos den también de una forma gratuita y algunas veces como que nos extraña y nos cuesta entenderlo. Recuerdo hace años de capellán en una clínica repartía unas tarjetas de felicitación a los enfermos felicitándoles la navidad, y alguien no me la quería aceptar porque no tenía dinero que darme; no comprendía que era una felicitación, y por tanto gratuita, lo que yo le estaba ofreciendo.
Andamos en la vida, por otra parte, demasiado a la competición en lo que hacemos y en consecuencia nos falta esa generosidad para hacer y hacer lo mejor no para recibir nada a cambio. Y cuando andamos con competiciones creamos rivalidades y enemistades, surgen rupturas y resentimientos, porque podemos sentirnos humillados y heridos. No vamos a hacer el bien para quedar mejor que los otros; vamos a ser generosos porque sí, porque queremos a la persona, la valoramos, la aceptamos, nos respetamos y queremos siempre lo bueno.
Gratuidad frente a la competitividad del que más puede, más sabe o quiere ser siempre el primero y principal; gratuidad frente a esas acciones interesadas donde siempre buscamos una ganancia ya sea en lo material o ya sea en otro tipo de satisfacciones o reconocimientos. Gratuidad porque queremos ser generosos porque amamos y aprendemos de la generosidad del Señor que nos ama siempre aunque no nosotros no le correspondamos.
Y gratuidad también en lo que le ofrecemos a Dios que algunas veces en nuestra relación con Dios andamos también medio interesados. Demasiados mercantilistas somos a veces con Dios, porque andamos con El como a la compra-venta con nuestras ofrendas, nuestras promesas y no sé cuantas cosas. Amemos a Dios es Amor y porque de Dios recibimos tanto amor que no nos cabe en ninguna medida humana. Lo de aquella oración ‘aunque no hubiera cielo yo te amara…’
Que así con ese corazón humilde y generoso aprendamos a ir por la vida en nuestro trato y relación con los demás y así nos presentemos también ante Dios.

sábado, 28 de agosto de 2010

Porque fuiste fiel… pasa al banquete de tu Señor

1Cor. 1, 26-31; Sal. 32; Mt. 25, 14-30

Es cuestión por parte nuestra de responsabilidad y fidelidad hasta en lo más pequeño , porque por parte de Dios siempre habrá una mayor magnanimidad que los méritos que nosotros podamos hacer.
Sigue hablándonos Jesús de esa responsabilidad con que tenemos que asumir nuestra vida y para ello nos propone esta parábola que llamamos de los talentos. Es el hombre que se va al extranjero y confía a sus empleados sus bienes, como hemos escuchado. Distintas responsabilidades, o mejor decimos, distintas funciones porque a cada uno les confía diversa cantidad de talentos. Todos han de rendir cuentas a la vuelta de su señor. Cada uno ha de comportarse con la más absoluta responsabilidad aunque sean diversos los talentos que se les haya confiado y de todos espera aquel señor el rendimiento de sus cuentas. Y será exigente con sus empleados, pero será generoso, magnánimo con los que han sabido mantener su responsabilidad y su fidelidad.
Como decíamos, no es sólo cuestión de hacer méritos, sino de fidelidad. Cuando en la vida vamos actuando sólo en la búsqueda de méritos nos faltará generosidad en nuestra responsabilidad porque sólo vamos por el interés y andamos poniendo medidas en aquello que hacemos y ya sabemos que nuestras medidas son siempre raquíticas.
La medida de nuestra responsabilidad generosa ha de ser siempre grande tanto para aquel que tiene grandes o especiales funciones y responsabilidades – porque se le han confiado muchos talentos – como para aquel que puede parecer el último – porque se le han confiado quizá pocos talentos -.
‘Señor, cinco talentos me dejaste; mira he ganado otros cinco… dos talentos me dejaste; mira he ganado otros dos… Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor…’ Han sabido ser fieles en lo que se les había confiado, ahora la generosidad de su señor con ellos será grande; ‘te daré un cargo importante, pasa al banquete de tu señor…’ Así se manifiesta su gran magnanimidad. Es así el Señor con nosotros. Las medidas del Señor siempre serán más generosas de lo que nosotros podamos imaginar. Aunque lo mismo es exigente con aquel que actuó con miedo y cobardía y solamente enterró el talento entregado para no perderlo. No era eso lo que tenía que hacer.
Miremos nuestra vida y seamos capaces de reconocer cuánto hemos recibido del Señor desde la vida misma a cuántas otras cosas en las que se ha manifestado el amor de Dios en nuestra vida a lo largo de nuestros años. ¿Cómo vamos a presentarnos delante del Señor? Seamos capaces de ver la mano de Dios en el camino de nuestra vida. Y seámosle agradecidos por esos dones que nos ha regalado, por esos valores y cualidades de que nos ha dotado.
Hagamos en verdad fructífera nuestra vida desde esa responsabilidad y generosidad que tiene que llenar nuestro corazón. Cualquiera que sea la situación que ahora vivamos, jóvenes o mayores, con muchas o pocas posibilidades, con lo que es la realidad de nuestra vida no enterremos el talento que Dios ha puesto en nuestras manos. Que un día podamos escuchar de sus labios ‘porque fuiste fiel…’ porque fuiste generoso, porque vivista la vida con responsabilidad, ‘pasa al banquete de tu Señor’, al banquete del Reino de los cielos. Mucho es lo que nos regalará entonces el Señor para que vivamos en la felicidad eterna.

viernes, 27 de agosto de 2010

Cuidemos nuestra luz para poder pasar al banquete de bodas del Reino de los cielos

1Cor. 1, 17-25;
Sal. 32;
Mt. 25, 1-13

Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor… estad preparados porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre’. Así había anunciado Jesús en el evangelio. Lo escuchábamos ayer. Propone diversas comparaciones o parábolas. Como el dueño de casa que está vigilante para que el ladrón no abra un boquete y entre a robar. Como el sirviente de casa que espera a que su señor vuelva para abrirle apenas llegue. Como el administrador que tiene que estar responsablemente atendiendo a todos sus deberes y preocupándose de todo y de todos.
Todo habla de vigilancia, de atención, de responsabilidad. Cosas muy necesarias en la vida en cualquiera que sea la ocupación o la responsabilidad que tengamos. Pero actitudes fundamentales ante la venida del Señor que ha puesto la vida y el mundo en nuestras manos.
Hoy nos ha propuesto Jesús una nueva parábola. Parábola en la que Jesús utiliza las costumbres de la época y las circunstancias concretas en que se vivía entonces. A la hora de la boda el novio venía con sus amigos a casa de la novia, pero las amigas de ésta habían de salir al camino a recibirle y además llevar las correspondientes luces que iluminaran las sombras del camino. Esto le vale a Jesús para proponernos la parábola y dejarnos un hermoso mensaje de cada a esa necesaria vigilancia en la vida y la responsabilidad con que hemos de asumirla.
El novio podía tardar más o menos según distancias o problemas que surgieran en el camino, por eso la espera exigía ser lo suficientemente previsor para que no faltara la luz por mucho que fuera la tardanza. Lámparas de aceite que habían de llevar el suficiente de repuesto. podríamos decir, pero este caso en algunas de aquellas doncellas no fue así. Cuando finalmente llega no podrán tener encendida su lámpara y habrán de buscar el aceite necesario. No habían tenido la suficiente previsión. Llega la hora de la boda y ellas no podrán entrar, pues habían tenido que ir a comprar. ‘No sé quienes sois, no os conozco…’
¿Nos podrá suceder a nosotros así? ¿Qué nos querrá decir el Señor? No podemos contentarnos con vivir la vida alegremente pensando que ya tendremos tiempo para hacer los arreglos necesarios para cuando nos llegue la última hora. ‘No sabemos el día ni la hora’ a la que nos va a llamar el Señor. Hemos de estar preparados, en consecuencia. La amargura y desesperación con que algunos se enfrentan con esa hora decisiva de su vida que es la muerte, puede ser una señal de que a lo largo de nuestra vida poco hemos pensado en la trascendencia que habíamos de darle a todo lo que hacíamos o vivíamos.
Cuando lo que voy viviendo lo hago con ese sentido de trascendencia pensando que un día vamos a encontrarnos con el Señor al que tenemos que darle cuenta de nuestra vida, seguro que lo que vamos haciendo lo intentaremos hacer desde la mayor rectitud, siempre con un sentido bueno, y en verdad llenando nuestra vida de obras buenas que nos pudieran merecer ese encuentro con el Señor para la dicha y la felicidad eterna.
Como un signo, y nos vale la imagen de la luz de la que nos habla la parábola hoy, recordemos que en nuestro bautismo se nos dio una lámpara encendida, tomando su luz del cirio Pascual, o sea tomando su luz de Cristo que es la verdadera luz del mundo. Y ya se nos encomendó entonces que habíamos de mantener esa luz encendida y nuestras vestiduras blancas y puras para poder salir al encuentro del Señor. ¿Qué hemos hecho de esa luz? ¿Hemos mantenido encendida la luz de la fe y de la gracia divina en nosotros a lo largo de toda nuestra vida? Si así lo hemos intentado no estaremos con temor y miedo, porque sabemos que con esa luz vamos a pasar a la Luz que no tiene fin, porque vamos a encontrarnos con el Señor para vivir con El para siempre durante toda la eternidad.
Cuidemos nuestra luz. Cuidemos nuestra fe. Cuidemos la gracia de Dios en nuestra alma. Vivamos la responsabilidad de nuestra vida con la mayor rectitud y santidad. Así podremos pasar al banquete de bodas del Reino de los cielos para disfrutar de Dios por toda la eternidad.

jueves, 26 de agosto de 2010

A la Iglesia de Dios en Corinto…

1Cor. 1, 19;
Sal. 144;
Mt. 24, 42-51

‘Escribimos a la Iglesia de Dios en Corinto…’ Así comienza Pablo su carta, que vamos a leer a lo largo de tres semanas. Una carta extensa y con un mensaje grande y hermoso para animar a aquella comunidad, corregir y orientar que a nosotros nos vale también, pues para nosotros es también Palabra de Dios.
Vamos a fijarnos en algunos aspectos de este saludo inicial de la carta que escribe Pablo, como dice, ‘llamado a ser apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios’. Nos deja por así decirlo su tarjeta de presentación y la autoridad con la que escribe a aquella comunidad que él había iniciado con la predicación del evangelio en su segundo viaje.
Comienza, pues, dirigiéndose ‘a la Iglesia de Dios en Corinto…’ Es la comunidad de los que creen en Jesús que se sienten iglesia, porque se sienten convocados por el Señor. Ya hemos mencionado en alguna ocasión el significado de la Palabra Iglesia. Pero añade algo más, es la comunidad de ‘los consagrados por Jesucristo, el pueblo santo que El llamó (convocó = iglesia) y a todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo, Señor nuestro y de ellos’.
Subrayemos, los consagrados, el pueblo santo… que invoca el nombre de Jesús. Todo esto tenemos que mirarlo en nosotros, que somos también esa Iglesia de Dios que peregrina en ese lugar concreto donde vivimos, pero que somos consagrados y somos pueblo santo. Consagrados, ungidos con el Espíritu del Señor, porque toda nuestra vida ha de estar dedicada a la gloria de Dios. Como un lugar consagrado, un lugar, es separado, por así decirlo, para dedicarlo sólo a Dios, así nosotros también. En el Bautismo fuimos ungidos, luego consagrados, para la gloria del Señor.
Por eso somos ese pueblo santo. Es a lo que estamos llamados y es la santidad que tiene que resplandecer en nuestra vida. Nos miramos y nos vemos pecadores y nos decimos cómo es que se nos puede llamar pueblo santo. Pues lo somos desde esa consagración de nuestro Bautismo. Es el pueblo de los santos y esos santos tenemos que serlo nosotros. Cuando Pablo se dirige a las diversas comunidades a las que escribe sus cartas es de esa manera cómo los llama, a los santos de… y menciona el lugar, la iglesia.
Todo esto, pues, tiene muchas consecuencias para nuestra vida. Nos recuerda lo que somos y la exigencia de santidad de santidad que tiene que haber en nuestra vida. Es una invitación a vivir esa vida santa, a superar nuestras debilidades y pecados, a que todo lo que hagamos sea siempre la gloria de Dios, para que en todo momento invoquemos el nombre del Señor.
‘En mi acción de gracias, nos dice Pablo, siempre os tengo presentes, por la gracia que Dios os ha dado en Cristo Jesús… El os mantendrá firmes hasta el final… Dios os llamó a participar en la vida de su Hijo, Jesucristo, Señor nuestro’. Vivamos en consecuencia.

miércoles, 25 de agosto de 2010

Quiero seguirte y vivir en tu verdad

Quiero seguirte y vivir en tu verdad

Postrado en tu presencia quiero proclamar
desde lo más hondo de mi ser
que Tú eres, Señor, el camino,
y la verdad, y la vida;
yo quiero seguirte
y vivir en tu verdad;
muchas veces nos cuesta seguir tus pasos,
muchas cosas nos confunden
en nuestro interior
que nos llevan por caminos
que no son los de tu verdad,
en nuestra confusión
dejamos introducir en nosotros
sombras de vanidad
que no nos dejan ser nosotros mismos,
encontrar la verdad de nuestra vida
y nos llenamos de ilusiones vanas
que nos hacen vivir
en la apariencia y la mentira.

Quiero encontrarme contigo
de forma profunda
porque así encontraré
lo que es la verdad de mi vida,
la única verdad que eres tú
y que me hacer ver mi propia realidad;
cuando me miro con sinceridad
veo oscuridades y mentiras,
queriendo ocultarnos a nosotros mismos
lo que realmente somos.

Que tu luz me ilumine
para verme como soy
y para ser capaz
de querer arrepentirme de mis errores
para volver a ti que eres la única verdad
y pueda resplandecer en mi
el resplandor de tu santidad;
que el fuego de tu Espíritu me purifique
y que la fuerza de tu gracia
me dé la fortaleza
de aprender a caminar
siempre por caminos de rectitud
y sinceridad;
que no deje meter en mi vida nunca
la vanidad ni la hipocresía,
que sea capaz de reconocer mi pecado,
que sepa mirarme a mi mismo
con sinceridad
para examinar con detalle mis actitudes
y cada una de las cosas que hago,
que sienta deseos de purificación
y de superación
para ser cada día mejor,
para crecer más y más
en tu gracia y en tu vida,
para cada día quitar una más
esas arrugas del alma
de mis defectos y debilidades,
que sepa de ir humilde hasta ti
para alcanzar tu gracia,
esa gracia que me purifica y me sana,
esa gracia que me trae la salvación
y también la fuerza para seguir
por esos caminos de verdad,
por esos caminos de santidad.

Dame, Señor, ansias de plenitud,
esa plenitud que sólo en ti puedo alcanzar;
que emprenda con valentía el camino
que me conduce a la vida,
porque me lleva hasta ti.

Tú eres, Señor, el camino,
y la verdad, y la vida.

Autenticidad, rectitud, responsabilidad… valores a tener en cuenta

2Tes. 3, 6-10.16-18;
Sal. 127;
Mt. 23, 27-32

Alguna vez nos encontramos en el evangelio páginas con palabras duras por parte de Jesús. Jesús resiste a los soberbios y no soporta ni las vanidades ni las apariencias. Ya sabemos bien cómo se nos presenta Jesús, pobre y humilde, el que siendo Dios quiso hacerse hombre, en todo semejante a nosotros, pasando por uno de tantos, como nos dice la Escritura, y haciéndose el último hasta dar su vida por nosotros. Es lo que nos enseña también cuando los discípulos aspiran a grandezas y primeros lugares.
Por eso le escuchamos hablar con dureza contra aquellos que vivían de apariencias, apetecían honores y primeros puestos, llenando su vida de falsedad y de hipocresía. ‘Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que parecéis sepulcros blanqueados…’ Buena apariencia por fuera pero el corazón lleno de maldad y de pecado. Como un sepulcro blanqueado, nos dice Jesús. ¿Qué es lo que hay detrás de esa blancura aparente del exterior? Bien lo sabemos.
Les denuncia que ahora quieran justificarse con algunas cosas que intentan hacer ‘haciendo sepulcros a los profetas y ornamentando lo mausoleos de los justos’ diciendo que ellos no hubieran hecho lo que hicieron sus padres. Pero Jesús les hace ver que la misma maldad sigue en sus corazones. Y es ahí, en el corazón, donde tenemos que cambiar.
Creo que también nosotros hemos de escuchar este mensaje que Jesús quiere darnos. Nos pudiera parecer que esas palabras duras de Jesús no nos las merecemos. Pero creo que sí tenemos que examinarnos por la autenticidad de nuestra vida. También nos podemos sentir tentados por la apariencia y nos tientan también los reconocimientos que los otros puedan hacer de nosotros.
Pero busquemos con humildad la sinceridad, la autenticidad, la verdad de nuestra vida. Y lo mejor que podemos hacer es tratar de purificarnos de todas esas cosas que se nos pueden meter en el corazón. Esa verdad de nuestra vida tiene que partir de la rectitud con que la vivamos. Una vida auténtica, una vida de rectitud desde lo más hondo de nosotros mismos es lo que tenemos que buscar. Nunca hemos de dejar meter en nosotros la vanidad. Caminemos esos caminos que nos conduzcan a obrar siempre rectamente y haciendo el bien, a buscar en todo lo que es la voluntad de Dios. Esa autenticidad de nuestra vida que nos lleve a obrar rectamente es camino de santidad.
Y un breve comentario a lo que nos dice Pablo en la segunda carta a los Tesalonicenses. Quiere hablarnos el apóstol de la responsabilidad con que hemos de vivir nuestra vida. Lejos de nosotros, entonces, la ociosidad, el abandono de nuestros deberes y obligaciones, la dejación de la responsabilidad del trabajo que tenemos que realizar no sólo como un medio de ganarnos nuestro sustento, sino además como esa contribución que hacemos al bien de nuestro mundo, de nuestra sociedad.
Quizá ya no lo necesitemos porque tengamos garantizado nuestro sustento, dada la edad y las prestaciones sociales que recibamos, pero siempre hay algo bueno que hacer con lo que podemos contribuir al bien de los demás. Además una vida ociosa sin hacer nada pudiera convertirse en el inicio de una vida viciosa.
San Pablo se pone como ejemplo, cuando teniendo él derecho al sustento, porque el obrero merece su salario y su trabajo era para el Señor en la predicación del evangelio, como les dice, él ha trabajado con sus propias manos para no ser carga para nadie, les dice. ‘Quise daros un ejemplo que imitar’, concluye. Y les recuerda la sentencia que les había dejado ‘el que no trabaja, que no coma’. Una invitación a la responsabilidad.

martes, 24 de agosto de 2010

Gracias por la riqueza de gracia que es tu Iglesia

Gracias por la riqueza de gracia que es tu Iglesia

Negrita
Una vez más vengo a tu presencia, Señor,
sintiendo el gozo de tu amor en mi vida;
quiero desde lo más hondo de mi corazón
expresar mi fe y todo mi amor para ti;
que mi vida sean siempre
bendición y alabanza,
que todo lo que haga o lo que diga
sea siempre una acción de gracias
para tu gloria.

Hoy quiero darte gracias
de manera especial por la Iglesia,
por esa comunión de hermanos
que caminamos unidos hacia ti;
gracias por tu Iglesia
donde nos has dejado
una señal clara de presencia,
porque donde haya comunión
allí estás tú,
como nos enseñas en el evangelio:
que donde haya dos o tres
reunidos en tu nombre
allí estás tu;
gracias por poder vivir
esa comunión de hermanos
sintiéndonos una sola familia;
pero gracias, Señor,
por ese caudal de gracia
que desde ti nos llega
a través de la Iglesia.

Gracias porque en la Iglesia
podemos escuchar tu Palabra
con toda certeza y garantía
que ahí tú nos hablas;
gracias porque en la Iglesia recibimos
todos y cada uno de los sacramentos,
que nos regala tu vida divina para hacernos hijos,
donde nos enriqueces con el don de tu Espíritu
para sentirnos fuertes en la lucha contra el mal
y para poder tener la valentía
del testimonio de nuestra fe y nuestro amor;
gracias porque en la Iglesia recibimos
el sacramento de tu amor y tu perdón
en el abrazo de amor de Padre
que siempre nos quieres ofrecer,
qué gozo más grande
saber que eres misericordioso
siempre dispuesto a perdonar;
gracias porque en la Iglesia
nos has dejado tu Eucaristía
que nos alimenta y fortalece
con tu cuerpo y con tu sangre,
viático de nuestro caminar,
alimento de vida eterna,
prenda de resurrección y gloria futura,
y ahí podemos sentirte siempre presente en el sagrario
esperando nuestra visita,
para escucharnos y para hablarnos
allá en lo más hondo del corazón;
gracias porque en la Iglesia
en cada sacramento,
en cada momento de nuestra vida,
cualquiera que sea nuestra situación
tenemos la certeza de que estás ahí
y no nos falta tu gracia.

Qué riqueza más grande nos das en tu Iglesia,
que nos acompaña,
nos alimenta,
nos guía en ese camino de nuestra fe
a través de los pastores
que en ella nos has dejado
para que en tu nombre
nos hagan llegar tu gracia salvadora.

Gracias, Señor,
por tantos regalos de amor
que en la Iglesia nos ofreces.

Doce cimientos… los nombres de los Apóstoles del Cordero


Apc. 21, 9-14;
Sal. 144;
Jn. 1, 45-51

‘Ven y te mostraré la novia, la esposa del Cordero’. ¿A qué o a quién se esta refiriendo el Apocalipsis? Es una imagen de la Iglesia ‘la ciudad santa, la nueva Jerusalén, enviada por Dios, trayendo la gloria de Dios’. Bellas imágenes las que nos ofrece el Apocalipsis y que nos presenta la Iglesia en la Palabra de Dios en esta fiesta del apóstol san Bartolomé.
Fiestas profundamente eclesiales que decimos las fiestas de los Apóstoles. Que nos hacen sentir Iglesia; que nos ayudan a comprender mejor donde están las raíces de la Iglesia. ‘Tenía una muralla grande y alta y doce puertas, custodiadas por doce ángeles, con doce nombres grabados, los nombres de las tribus de Israel… el muro tenía doce cimientos que llevaban doce nombres: los nombres de los Apóstoles del Cordero’.
Cristo es la Roca de nuestra vida, pero quiso fundamentar su Iglesia sobre la piedra de Pedro; pero junto a Pedro está el grupo de los doce, que así se convierten también en esos cimientos y fundamentos de la Iglesia de Jesús. ‘El muro tenía doce cimientos… los nombres de los Apóstoles del Cordero’, que acabamos de escuchar.
Hoy celebramos a uno de esos apóstoles, Bartolomé, el hijo de Timeo, Tholmai o Tolomeo, que viene a significar su nombre, que también identificamos con el Natanael del que nos habla el evangelio de Juan que fue llevado hasta Jesús por Felipe, como hemos escuchado. Poco más sabemos de él que lo que nos dice el evangelio, porque luego lo demás son tradiciones, muchas fundamentadas en los evangelios apócrifos que nos hablan de su predicación en Armenia, en Asia Menor, en Mesopotomia y hasta en Arabia y la India. También nos hablan de su martirio, en el que fue primero desollado y luego decapitado.
Pero lo fundamental para nosotros es que fue uno de los doce, de los apóstoles escogidos y llamados de manera especial por el Señor, como nos narran los evangelistas cuando nos dan el hombre de los doce apóstoles y que no sólo predicó de palabra el Evangelio de Jesús como éste le había encomendado, sino que dio su vida, derramó su sangre por el nombre de Jesús.
Hoy con el Apocalipsis queremos contemplar a esa Iglesia resplandeciente, ‘brillaba como una piedra preciosa, como jaspe traslúcido’. ¿Cómo vemos resplandecer así a nuestra Iglesia? ¿Cómo hemos de hacer resplandecer de esa manera a nuestra Iglesia hoy? Es el resplandor de la santidad de la Iglesia que se manifiesta en sus mejores hijos que son los santos. Es el resplandor, pues, que hemos de dar nosotros con nuestra vida santa. El resplandor de nuestra fe y el resplandor de nuestro amor. Esa santidad a la que hemos de aspirar en todo momento cuando escuchamos el mensaje de fe que nos trasmiten los apóstoles y que llega a nosotros a través del magisterio de la Iglesia. En los apóstoles decimos que nos fundamentamos, se fundamenta la Iglesia y a esa santidad nos tiene que llevar para que así resplandezcamos nosotros también.
Natanael en el evangelio es presentado, y nada menos que por Jesús, como un israelita cabal, ‘un judío de verdad en el cual no hay engaño’; lo que nos está hablando de la rectitud de su vida, de su fe y de su buen hacer. Pero se encontró con Jesús, y aunque al principio le costara sus dudas, sin embargo se dejó cautivar por la Palabra de Jesús para llegar a una hermosa confesión de fe. ‘Rabí, Maestro, Tú eres el Hijo de Dios, Tú eres el Rey de Israel’.
Que lleguemos nosotros también a una profunda confesión de fe, que lleguemos nosotros a ese reconocimiento de Jesús como el todo de nuestra vida. Que siguiendo a Jesús plantemos de verdad su Palabra en nuestra vida para dar frutos de santidad. Que vivamos una profunda comunión eclesial porque sintiéndonos iglesia, de verdad nos sintamos hermanos, en comunión total de amor de los unos para con los otros. Así resplandecerá nuestra Iglesia ‘como piedra preciosa, como jaspe traslúcido’ por nuestra santidad y por la santidad de todos los miembros de la Iglesia.

lunes, 23 de agosto de 2010

Gracias, Señor por la fe y por el amor

Gracias, Señor por la fe y por el amor

De rodillas, adorándote humildemente,
ante el Santísimo Sacramento del Altar
hoy quiero darte gracias, Señor, por la fe,
por ese regalo grande que me has hecho,
que pueda creer en ti
y en ti encontrar
el sentido de plenitud de mi vida;
algunas veces pensamos
que la fe sólo es cosa nuestra,
pero la fe es algo sobrenatural,
es un don que tú nos haces,
y al que, es cierto,
nosotros tenemos que responder
con la obediencia de nuestra vida,
con la ofrenda de nuestro amor.

Gracias, Señor,
porque contigo cada día mi fe
crece un poquito más,
se va purificando
y te voy conociendo más;
las circunstancias de la vida,
en las que quiero ver tu mano providente
que nos atrae y que nos cuida,
me han ayudado a conocerte mejor;
a sentirte más hondo en mi vida
y a que mi fe se purifique.

Haz, Señor, que sepa descubrir tus huellas,
las huellas de tu amor
en todo lo que me va sucediendo
y así pueda amarte mejor;
los caminos de la vida,
aunque a veces nos puedan parecer tortuosos,
sin embargo son caminos que tú diriges
para que vayamos mejor hacia ti;
danos tu luz, la luz de la fe,
para saber descubrir tus designios,
aceptarlos aunque nos cueste,
y saber hacer siempre esa ofrenda de nuestra fe,
esa ofrenda de nuestro amor.

Por eso quiero darte gracias
por esa capacidad de amor
que has puesto en mi corazón
y porque con tu ayuda,
la luz de tu palabra,
voy descubriendo cada día
cómo amar más,
cómo crecer en mi amor
para con los que me rodean;
tu gracia me ayuda
a superar egoísmos y orgullos
que podrían encerrarme cada vez más en mi mismo;
con tu fuerza voy aprendiendo cada día
cómo mejor aceptar al otro,
escucharle o darle una ilusión para vivir;
aprendiendo de tu amor
voy rompiendo esas barreras que nos aíslan
para ir siempre al encuentro del hermano
como tú lo hiciste;
gracias, Señor, porque me enseñas a amar,
y porque mi amor va creciendo
cada día un poquito más.

Señor, yo creo,
pero aumenta mi fe;
que no me falte nunca la fe;
regálame ese don y esa gracia
que cada día crezca más y más en mí.

Señor, te amo
y quiero amar a todos como los amas tú;
gracias por darme ese don del amor,
pero que tu Espíritu de amor
esté siempre en mi corazón
para que pueda amar
con un amor como el tuyo;
sólo contigo,
con tu gracia,
con la fuerza de tu Espíritu
podré tener un amor así.

Es nuestro deber dar continuas gracias a Dios por vosotros

Tes. 1, 1-5.11-12;
Sal. 95;
Mt. 23, 13-22

‘Pablo, Silvano y Timoteo a los tesalonicenses que forman la Iglesia de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo…’ Así comienza Pablo la segunda carta a los cristianos de Tesalónica que vamos a ir escuchando en los próximos días. A ellos, los convocados por Dios Padre y el Señor Jesucristo, la Iglesia de Tesalónica – eso significa la palabra Iglesia, convocados – Pablo les desea gracia y paz.
Quiero fijarme en la forma hermosa cómo comienza Pablo su carta. Da gracias a Dios. Es una comunidad muy querida por él y a la que dirige varias cartas, conservamos dos, pero a los que manifiesta una ternura y una predilección especial. Es el amor del apóstol por la comunidad que le ha sido encomendada.
Pero Pablo hace unas hermosas valoraciones de esta comunidad. Como hemos escuchado da gracias a Dios por la fe y por el amor cada día más creciente entre ellos. ‘Es deber nuestro dar continuas gracias a Dios por vosotros, y es justo, pues vuestra fe crece vigorosamente y vuestro amor, de cada uno por todos y de todos por cada uno – un amor verdaderamente mutuo – sigue aumentado’, les dice. Se siente Pablo orgulloso de ellos. Desea que se cumplan todas sus esperanzas. Que así como ellos glorifican al Señor con su fe y con su amor, así Dios los glorifique también a ellos. ‘Para que así Jesús nuestro Señor sea vuestra gloria y vosotros seáis la gloria de El, según la gracia de Dios y del Señor Jesucristo’.
Hasta aquí el gozo que siente el apóstol por aquella comunidad. Pero esto tenemos que verlo ahora en nosotros. ¿Crece nuestra fe vigorosamente y el amor mutuo entre nosotros sigue aumentando también? Creo que es necesario que nos detengamos un poquito en esto. Quizá alguien pudiera pensar que eso no se da entre nosotros. ¿No ve como son?, nos pudiera decir alguien.
Pero me pregunto, ¿cómo vemos el vaso? ¿Medio lleno o medio vacío? Podría alguien decir, bueno parte y parte; si sólo está medio vacío es señal de que también esta medio lleno, luego hay algo. Tenemos la tentación de mirar las cosas de forma pesimista. ¡Es que falta tanto para que se dé eso en nosotros!
Pero creo que tenemos que aprender a valorar también lo que tenemos, o los pasos que vamos dando en la vida. Es cierto que no somos perfectos y nos faltará mucho para alcanzar esa perfección de la santidad. Pero lo estaremos intentando, vamos damos pasos en el camino de nuestra fe. Seguro que ahora podemos estar viviendo cosas en ese orden de la fe que no vivíamos antes, aunque aún nos falten muchas cosas. Seguro que ahora estamos intentando amarnos un poquito más y damos nuestros pasitos para aceptarnos, para perdonarnos, para no tratarnos mal, para querernos un poquito más.
Pues seamos capaces de dar gracias a Dios por esos pasos, aunque nos parezcan pequeños. En aquella comunidad de Tesalónica no todo era perfecto como se podrá ver por el resto de la carta, pero Pablo comienza valorando lo que ya hay en ellos, esa fe que crece, ese amor mutuo que va aumentando día a día. Con esa nuestra fe y ese nuestro amor aunque aun sea imperfecto queremos dar gloria a Dios y el Señor sigue llenándonos con sus bendiciones y sus gracias y con lo que hacemos queremos ser en verdad también la gloria del Señor ‘según la gracia de Dios y del señor Jesucristo’, como decía Pablo.
Démosle gracias al Señor por nuestra fe. Démosle gracias porque queremos amarnos cada día un poquito más. Démosle gracias pero sintamos también la gracia y la fuerza que El nos da para que lo vayamos logrando y cómo en el Señor veremos también cumplidas nuestras esperanzas, como le decía Pablo a los tesalonicenses.

domingo, 22 de agosto de 2010

Venimos a tu presencia, Señor

Venimos a tu presencia, Señor

Venimos, Señor, a tu presencia
queriendo aclamarte y alabarte
con nuestros cantos,
con nuestra oración,
con nuestra vida;
pero en nuestra aclamación y alabanza
queremos unirnos a todos,
sabemos que estamos unidos a todos
los que, en el norte o en el sur,
en el oriente o en el occidente,
también alaban tu gloria,
bendicen tu nombre,
se sientan también en la mesa de tu Reino.

Para ti, Señor, toda alabanza y toda bendición,
nuestra acción de gracias y nuestro amor;
eres la alegría de mi vida,
lo eres todo para mí.

Todos estamos invitados a la mesa de tu Reino,
tú nos congregas y nos reúnes
formando un solo pueblo,
una sola familia,
una sola comunidad
donde no hay distinción ni de raza ni de pueblo,
porque para todos es la salvación
y todos pueden cantar la gloria de Dios.

Queremos seguirte, Señor,
caminar por tus sendas,
seguir las huellas
que nos vas dejando en el camino,
y que un día podamos traspasar
las puertas de tu Reino
para en el cielo
cantar eternamente tus alabanzas.

Sabemos que el camino es exigente,
que la puerta es estrecha
y si vamos demasiado cargados
con nuestros orgullos y egoísmos
por ella no podremos pasar.

Ayúdame, Señor,
a liberarme de tantas rémoras
que nos impiden caminar libres,
que son un obstáculo para llegar hasta ti;
haz que mi fe sea pura
y la fidelidad de mi vida sea total,
porque en ella sienta empapada toda mi vida
y no otro sea todo mi pensar ni mi actuar.

Que no tema vivir ese amor
comprometido y exigente,
que no se quede en bonitas palabras
o buenos deseos,
sino que lo manifieste
en la verdad de mi vida,
en los gestos y detalles
que tenga con los demás,
en las actitudes profundas
que sean la guía de mi actuar,
y en tantos actos comprometidos
por la comunión y la unidad,
por la justicia y la paz
en nuestras mutuas relaciones,
en la aceptación respetuosa
del valor de cada persona,
en mi capacidad de comprensión
y también en mi valentía
para siempre perdonar.

Para pasar por esa puerta estrecha
que me lleva a tu Reino
que sepa negarme a mí mismo
para vivir mi entrega total por los demás,
que sea capaz de cargar
con la cruz de cada día
en las dificultades que en la vida encuentre
o en el sufrimiento y dolor
que puedan aparecer en mi persona,
que supere siempre lo negativo,
que no me deje llevar por las apariencias,
que me descabalgue del caballo
del orgullo y la soberbia,
que sepa controlar mis pasiones
para que toda mi vida sea siempre para ti.

Dame, Señor, coraje para seguirte,
sencillez y humildad
para dulcificar mi trato con los demás,
generosidad de corazón
para vivir siempre en comunión fraternal,
disponibilidad para estar abierto siempre
al servicio y al amor.

Dame tu gracia, Señor.
Que un día pueda sentarme
en la mesa de tu Reino eterno en el cielo,
para gozar de tu presencia para siempre,
para cantar eternamente
la gloria del Señor.

Esforzaos en entrar por la puerta estrecha


Is. 66, 18-21;
Sal. 116;
Heb. 12, 5-7.11-13;
Lc. 13, 22-30


No me regañes.
Seguramente que en más de una ocasión lo hemos oído cuando alguien tiene que decirnos algo que quizá no nos gusta en referencia a lo que hacemos o decimos. No me regañes. No nos gusta que nos digan algo, que nos llamen la atención por algo.
Comienzo con este comentario, porque a ello hace referencia el texto de la carta a los Hebreos, pero también porque creo que nos puede ayudar a la actitud con la que nosotros hemos de ponernos ante la Palabra de Dios. Nuestra actitud tiene que ser humilde y receptiva. No vamos a escuchar simplemente palabras que nos halaguen. No vamos sólo a aceptar lo que me agrada, porque quizá prefiramos simplemente dejarnos llevar por lo que buenamente salga o dejarnos arrastrar por nuestros impulsos o deseos.
Siguiendo con la carta a los Hebreos vemos que nos decía que ‘el Señor reprende a los que ama y castiga a sus hijos preferidos’. Por eso nos decía: ‘hijo mío, no rechaces la corrección del Señor… aceptad la corrección porque Dios os trata como a hijos… después de pasar por ella nos da como fruto una vida honrada y en paz’.
Ser cristiano tiene sus exigencias. El camino del seguimiento de Jesús es exigente. Creo que lo veríamos claro si nos damos cuenta que ser cristiano no es otra cosa que imitar a Cristo, vivir la vida como Cristo lo hizo, con su misma entrega, con su mismo amor. Bien sabemos hasta donde llegó su entrega, hasta donde llegó su amor. Y bien recordamos que en otros lugares nos dice que si queremos seguirle hemos de tomar su cruz para ir tras El.
Sin embargo escuchamos también que a su Reino estamos todos llamados. Ya lo decía el profeta y nos lo dice también Jesús hoy en el evangelio. ‘Yo vendré para reunir a las naciones de toda lengua, vendrán para ver mi gloria… y de todos los países – y nos hace el profeta una relación de distintos lugares bien distantes en el mundo antiguo – como ofrenda al Señor traerán a todos vuestros hermanos… hasta mi monte santo de Jerusalén…’ Es un anuncio de salvación universal. Todos los hombres, de toda condición o de toda raza están llamados. No se reduce a un pueblo o a una raza. Como dice en el Evangelio ‘y vendrán de oriente y de occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios’.
Pero, como decíamos, aunque está esa voluntad universal de salvación por parte de Dios, en el entrar a formar parte de su Reino tiene sus exigencias. Hoy nos lo dice Jesús con la siguiente imagen. ‘Esforzaos por entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán…
¿Qué significa ‘entrar por la puerta estrecha’? ¿qué nos querrá decir Jesús? Es su camino, no nuestro camino. Hay unos valores que hay que tener en cuenta, un sentido y un estilo de vivir. No se trata, como decíamos, simplemente dejarnos llevar por lo que nos apetezca, sino tratar de descubrir qué es lo que Jesús nos enseña en el evangelio.
Pasa por el camino de la fidelidad y de la fidelidad hasta el extremo, hasta el final. Nuestro sí al Señor, la obediencia de nuestra fe, tiene que ser total. No podemos andar a medias tintas. O con Jesús o contra Jesús. Es una fe, una fidelidad que tiene que hacerse vida; no es un disfraz o una vestidura externa que nos ponemos, sino que tiene que ir a lo más hondo de nosotros mismos.
Pasa por una camino de amor exigente, comprometido, no de buenas palabras o buenos deseos, sino que tiene que traducirse en gestos concretos, en unas actitudes profundas, pero también en unos actos comprometidos que expresen ese amor a los demás, en el compartir, en la búsqueda de una comunión auténtica, en un trabajo por la justicia y la paz en nuestras mutuas relaciones, también en una aceptación respetuosa del otro, en una capacidad de comprensión y en un perdón generoso. Y eso muchas veces cuesta porque fácilmente puede florecer en nuestro corazón el orgullo o el egoísmo.
Pasa entonces por el camino de saber negarnos a nosotros mismos porque lo que importa es que seamos capaces de darnos por los demás. Por eso Jesús nos habla de la cruz para seguirle. Una cruz en la superación de nuestras propias cosas negativas, como en la aceptación de aquellos sufrimientos que podamos padecer.
Esa puerta estrecha la vamos a encontrar en esas actitudes negativas que afloran muchas veces en nuestra vida y que tenemos que saber superar y vencer; en esas violencias que aparecen muchas veces en nuestras relaciones que tenemos que saber dominar; en esos caballos del orgullo y la soberbia de los que tenemos que saber descabalgarnos; en esas exigencias que hemos de saber tener con nosotros mismos para dominar una pasión descontrolado. Esa puerta estrecha está en nosotros mismos, no es algo externo que nos impongan – qué fáciles somos a echar siempre la culpa a los demás -. Es algo que tengo que imponerme yo a mi mismo.
Necesitamos coraje, humildad, caridad, sencillez, fidelidad, responsabilidad, disponibilidad. Necesitamos de la gracia del Señor. Y que poniendo todas esas actitudes buenas en la vida seamos reconocidos por el Señor. Que no se nos cierre la puerta, como nos dice hoy Jesús en el evangelio, y no nos reconozca. No se trata sólo de decir es que yo rezo mucho, es que soy cristiano de toda la vida, es que en mi familia siempre hemos sido muy religiosos. Se trata de esa respuesta personal que cada uno vamos dando a esa gracia, a esa llamada del Señor, a ese ponernos en camino, a ser capaces de pasar por la puerta estrecha.
Para que un día podamos también sentarnos en la mesa de su Reino. Ahora aquí en la tierra participando de su Eucaristía, un día en el cielo gozando de su vida eterna, de su presencia para siempre, cantando para siempre la gloria del Señor.

sábado, 21 de agosto de 2010

Haz, Señor, que me desprenda de mis vanidades

Haz, Señor, que me desprenda de mis vanidades


¿Quién soy yo, Señor,
para venir a postrarme en tu presencia?
¿quién soy yo
para atreverme a venir a contemplar tu gloria?
Un hombre pecador,
con el corazón manchado
y de labios impuros
que no soy digno de estar en tu presencia;
humilde me pongo ante ti,
sabiendo que me amas y me perdonas;
no soy digno,
pero tu amor me sana,
me salva, me da vida,
aleja de mi corazón mi pecado.

Dame, Señor,
un corazón humilde y arrepentido,
transforma mis tinieblas en luz,
sana mi corazón enfermo,
lléname de tu salvación.

¿Cómo puedo acercarme a ti,
cuando tantas veces escucho tu evangelio,
pero prefiero seguir mis caminos a los tuyos?

Me es más fácil pensar o decir
que lo que dices en tu Palabra
es para éste o aquel,
que aplicármelo a mi vida;
como los fariseos y letrados
que denuncias en el evangelio
porque cargaban cargas pesadas
sobre los hombros de los demás
sin ellos estar dispuestos
a mover un dedo para empujar,
me es fácil juzgar y condenar,
señalar a los demás
antes de mirarme a mí mismo;
no soy tan distinto de ellos,
para mi es también tu denuncia y tu palabra.

También me halagan
las palabras vanas de alabanza
que despiertan mi vanidad y mi orgullo,
recibir reconocimientos y reverencias
diciendo lo bueno que soy;
por eso hoy ante ti reconozco
la vanidad de mi pecado
y mi pecado de vanidad,
reconozco mi pecado de orgullo
y la soberbia que desde dentro
me hace juzgar y condenar a los demás.

Tu evangelio me deja inquieto
porque por más que lo oigo
no lo escucho de verdad en mi corazón
y sigo prefiriendo mis vanidades
y mi superficialidad.

Dame, Señor,
un corazón humilde que sepa escuchar
y poner en práctica
desde lo más hondo de mi mismo tu Palabra;
que aprenda a ser el último de verdad,
pero no para que nadie me suba más arriba,
que algunas veces sutilmente lo hacemos así
apareciendo como humildes,
pero buscando en el fondo
la vanidad del reconocimiento humano
y los lugares de honor.

Qué distintos seríamos todos,
qué distinta sería tu iglesia también
si aprendiéramos a ser humildes
y a no buscar honores y grandezas;
demasiados oropeles llenan nuestra vida,
demasiadas vanidades
ponen barreras en nuestras relaciones,
demasiado orgullo nos separa y aísla;
que tu iglesia se desprenda
también de oropeles y vanidades
para que pueda llevar mejor
el evangelio de Belén y de la Cruz
a todos los hombres,
tenemos que aprender de verdad
el camino de tu evangelio
para poder anunciarlo mejor
al mundo que no rodea.

Sólo quiero hoy presentarme ante ti
con corazón humilde,
con corazón contrito,
para dejarme trasformar por ti,
por la fuerza de tu gracia;
te pido, Señor,
que sepa desprenderme de mis vanidades
para saber vivir la vida
con la sencillez y humildad
que tu nos enseñas,
que contemplamos en Belén,
o en el camino de la cruz;
por eso nos dices:
aprended de mi que soy manso
y humilde de corazón;
que aprenda tu lección, Señor.

Sólo desde ese camino de humildad
podré un día contemplar tu gloria.

Dame tu gracia, Señor,
para trasformar mi corazón.

La gloria del Señor habitará en nuestra tierra

Ez. 43, 1-7;
Sal. 84;
Mt. 23, 1-12

‘La gloria del Señor llenó el templo’, nos dice Ezequiel en esta última visión que nos ofrece en su profecía. Durante un par de semanas hemos venido escuchando su profecía tan rica en imágenes y visiones. Como hemos dicho en alguna ocasión la profecía de Ezequiel sirve para alentar la esperanza del pueblo que se encuentra en la difícil situación del destierro lejos de su tierra.
Hoy viene en cierto modo a recordarnos la visión que nos ofrecía en el primer capítulo, ‘como la visión que había contemplado a orillas del río Quebar’ nos dice. Entonces al describirnos la visión decía ‘era la apariencia visible de la gloria del Señor. Al contemplarla caí rostro en tierra’.
Hoy nos dice primero ‘ví la gloria del Señor… la tierra reflejó su gloria’. También nos dice al contemplar la gloria del Señor ‘caí rostro en tierra’ y continúa diciéndonos ‘la gloria del Señor entró en el templo… llenaba el templo’. Y escuchará una voz que le dice: ‘Hijo de Adán, este es el sitio de mi trono… donde voy a residir para siempre ya en medio de los hijos de Israel’. Es fácilmente una profecía del final de la cautividad, la vuelta a su tierra y la reedificación del templo de Jerusalén. Pero es también una profecía mesiánica en referencia a Jesús y la gloria del Señor que El nos manifiesta, siendo Emmanuel, Dios con nosotros, que habitará para siempre en medio nuestro.
¿Cómo se va a manifestar esa gloria del Señor? El salmo nos ayuda a comprenderlo. ‘La gloria del Señor habitará en nuestra tierra’, repetimos en el salmo. ‘Voy a escuchar lo que dice el Señor…’ y nos anuncia tiempos de paz, de salvación, de justicia, de fidelidad, de tiempos donde nos llenamos de los dones del Señor. ¿No nos suena eso al Reino de Dios, a sus características, anunciado e instaurado por Jesús con su salvación?
Vamos a hacer presente esa gloria del Señor en nuestra vida y en nuestro mundo siendo constructores de esa paz, viviendo en esa fidelidad total al Señor, en la búsqueda de la justicia verdadera, construyendo un mundo de amor. Así haremos presente la gloria del Señor en nosotros y en nuestro mundo. Dios quiere habitar en medio nuestro pero necesita esos corazones justos, amantes de la paz y de la verdad, esos corazones generosos y llenos de amor.
La gloria del Señor se irá manifestando en nuestro mundo todos los hombres la podrán conocer cuando nosotros vayamos repartiendo amor, siendo compasivos y misericordiosos con los hermanos; cuando vayamos desterrando de nosotros toda maldad, la envidia, la crítica, la murmuración, el rencor y el resentimiento. Son cosas que no podemos permitir en un corazón que dice que ama a Dios, en quien quiere pertenecer a su Reino.
Vayamos transformándonos desde lo más hondo de nosotros mismos viviendo lo que Jesús nos enseña en el evangelio. Hoy nos habla de desterrar la vanidad y la apariencia de nuestra vida, a ser humildes y sencillos, a no subirnos en pedestales para buscar el aplauso y el reconocimiento de los demás.

viernes, 20 de agosto de 2010

Dame la fuerza de tu Espíritu que renueve mi vida

Dame la fuerza de tu Espíritu que renueve mi vida

Al postrarme en tu presencia, Señor,
para adorarte
y hacerte la mejor ofrenda de mi amor,
quiero darte gracias
porque es eterna tu misericordia,
que tantas veces he sentido
tan palpable en mi vida.

Gracias, Señor,
por tu amor que me llena de vida
y me renueva constantemente.
Gracias, Señor,
por el regalo de tu Espíritu
que me permite sentir con mas fuerza
el gozo de tu amor.

Señor, yo creo,
pero aumenta mi fe,
te pido como el hombre del evangelio;
que no me falte nunca la fe en ti,
ayúdame a cuidarla
y crezca
como planta frondosa en mi vida
para que todo lo que haga,
lo que sienta o
lo que piense
siempre esté envuelto
por tu presencia misteriosa
pero llena de amor
y al final dé los frutos de vida eterna
que tú quieres regalarnos.

Que no se me apague mi esperanza,
pero caminaría
como sin rumbo ni orientación;
la esperanza pone
metas grandes en mi vida,
me da fuerzas para caminar
en medio de oscuridades y tormentas,
porque sé que siempre estás ahí,
en ti encontraré consuelo
para mis penas y dolores
y al final la recompensa por mis luchas
será tenerte a ti para siempre.
Si me faltara la esperanza
sería como aquel campo de huesos secos
del que nos habla la visión de Ezequiel;
derrama tu Espíritu me dé vida,
que me dé un corazón nuevo
y una vida nueva y renovada.

Que nunca pierda la esperanza,
que nunca sea ese hueso seco y sin vida;
que me llene siempre de tu Espíritu de amor;
ese Espíritu
que nos hace renacer a nueva vida,
que nos llena de resurrección,
que nos hace sentirnos hombres nuevos.

Que con la fuerza de tu Espíritu
nunca deje introducir en mi vida
las sombras y tinieblas del pecado;
sería la muerte peor;
la lucha no siempre es fácil
porque son fuertes las tentaciones
con las que el enemigo malo nos acosa,
por eso te pedimos una y otra vez,
no nos dejes caer en la tentación,
líbranos del mal;
líbranos de ese mal
que se nos va introduciendo en nuestra vida
y nos ciega
para no saber distinguir lo bueno de lo malo;
líbranos de esas confusiones
que se crean en nuestro corazón;
líbranos de la dudas
y danos la seguridad de la fe en ti;
líbranos de tantas cosas que nos perturban
y nos hacen tambalearnos en el camino de la vida
con muchas inseguridades.

Que no perdamos nunca la paz,
la paz que tú nos das,
la paz de la seguridad que nos da
el tenerte siempre a nuestro lado,
la paz que nace de la fuerza del Espíritu
allá en lo más hondo de nuestro corazón.

Te damos gracias, Señor,
porque es eterna tu misericordia.

Os infundiré mi Espíritu y viviréis… Espíritu de amor y de vida


Ez. 37, 1-14;
Sal. 106;
Mt. 22, 34-40

Estremecedoras imágenes las que nos presenta la profecía de Ezequiel. ‘El Espíritu del Señor me sacó y me colocó en medio de un valle todo lleno de huesos’. En la misma profecía se nos da la clave para entender. ‘Hombre mortal, estos huesos son la entera casa de Israel, que dice: nuestros huesos están secos, nuestra esperanza ha perecido, estamos destrozados…’
Está haciendo referencia a la situación en que vivía el pueblo de Israel que había sido conducido al destierro y ahora se encontraban sin esperanza, como aturdidos por tanto mal que les estaba acaeciendo. Es la situación del hombre que ha perdido toda fe y toda esperanza. Como un hueso seco que no tiene vida. Nos puede suceder.
De hecho vemos muchas veces a nuestro alrededor gente que vive sin esperanza, ha perdido la fe y toda confianza. Es como un andar sin rumbo; es como haber perdido el sentido de su vida. Triste y desesperada situación. Los problemas personales que nos oscurecen la vida, la situación crítica de nuestra sociedad en muchos sentidos, la pérdida de valores que llenen y den sentido a la vida, el abandono de la fe. Muchas cosas que no están lejos de nosotros y que nos pueden afectar.
Pero la palabra del profeta que nos trasmite la Palabra de Dios es una Palabra de vida, una palabra que quiere suscitar esperanza, que quiere hacernos renacer a una vida nueva. ‘Pronuncia un oráculo sobre estos huesos… de los cuatro vientos ven, espíritu, y sopla sobre estos muertos para que vivan…’ Comentar que en el lenguaje hebreo se emplea la misma palabra para decir espíritu, que para decir viento, como decir aliento o decir vida. Habla de los cuatro vientos y habla del espíritu, del espíritu que da aliento a aquellos muertos y que da vida.
Este texto que nos habla de volver a la vida, nos habla de resurrección y vemos el cumplimiento pleno en la resurrección de Jesús que nos hace renacer a nosotros por nuestra fe en El a una nueva vida. Cristo nos da su Espíritu también para que nosotros tengamos vida. Pero Cristo nos da su Espíritu que es llenarnos también de esperanza, hacer renacer la esperanza, que es hacer renacer la vida en nosotros.
‘Yo mimo abriré vuestros sepulcros y os haré salir de vuestros sepulcros… Os infundiré mi Espíritu y viviréis… y sabréis que yo soy el Señor’, que nos decía el profeta. ¿No nos está hablando de la resurrección que de Cristo resucitado recibimos en los sacramentos? Nos habla del Bautismo, nos habla del Sacramento de la Penitencia, sacramentos que nos llevan a la vida. Este texto que estamos comentando se utiliza también en la liturgia de Pentecostés.
No podemos permanecer muertos, no podemos vivir sin esperanza. En Cristo nos llenamos de vida. El nos hace mirar hacia lo alto. El pone esa ilusión nueva en nuestro corazón. El nos despierta para que le demos un sentido y un valor nuevo a nuestra vida. Cristo no nos quiere dejar en la muerte de la desesperanza y del mal y nos hace resucitar. Con Cristo todo tiene que cambiar en nuestra vida. Es lo que hace en nosotros la fe. Y porque tenemos fe no seremos ya unos huesos secos, sino que estaremos llenos de vida.
Esa vida nueva que tendrá que manifestarse en nuestra obras de amor. De ello nos habla el evangelio. Le preguntan a Jesús cual es el principal mandamiento. Y Jesús nos dice que tenemos que amar. Amar a Dios sobre todas las cosas y recuerda lo que estaba escrito desde siempre en la ley del Señor, proclamado ya allá en el Sinaí, pero nos dice también que tenemos que amar al prójimo como a nosotros mismos. Ya lo decía el Levítico pero Jesús viene a reafirmarlo con mucha más fuerza porque luego nos dirá que será nuestro distintivo. En el amor a Dios y en el amor al prójimo está todo el compendio de la ley de Dios, y todo el sentido de nuestro actuar cristiano, toda la manifestación de esa vida que El nos da cuando nos renueva, nos hace renacer por la fuerza de su Espíritu.

jueves, 19 de agosto de 2010

Nos invitas, Señor, a la mesa de tu Reino

Nos invitas, Señor, a la mesa de tu Reino

Nos sentimos dichosos en tu presencia, Señor,
porque nos llamas y nos invitas
a participar del banquete de bodas de tu Reino.

Somos unos afortunados
por tanto amor como nos tienes.
Nos regalas tu amor,
nos regalas tu gracia,
nos haces disfrutar de tu presencia
allá donde vamos,
todo está lleno de tu presencia,
pero tenemos aún la dicha mayor
de que podamos postrarnos ante tu Sacramento.

Creo, Señor,
creo en tu presencia real y verdadera
en el Sacramento de la Eucaristía,
sacramento de amor,
sacramento de gracia,
sacramento que se nos da en prenda
de la vida eterna que nos tienes prometida.

Gracias por tu presencia,
gracias por tu llamada,
gracias por tantos que pones a mi lado
para invitarme a ir hacia ti,
gracias por tu Palabra
que me ilumina y me guía,
gracias, Señor.

Sin embargo, quiero pedirte perdón,
por tantas veces como he declinado tu invitación
entretenido en otras cosas,
cerrando mis oídos y mi corazón a tu llamada;
cuántas disculpas ponemos tantas veces
para no venir a tu presencia;
cuántas cosas distraen nuestra mente
que no dejan que pensemos en ti;
cuántas veces nos vamos
por caminos distintos a los tuyos;
pero tú nos buscas,
nos llamas, nos invitas,
pones a nuestro lado
tantas señales de tu presencia.

Que se abran mis ojos para verte,
que se abran mis oídos para escucharte,
que se abra mi corazón para sentirte
hondamente dentro de mi,
que se abra mi vida para ti,
porque quiero que sea sólo para ti.
Tómala, Señor.

En tu presencia me siento pecador,
pero al mismo tiempo te doy gracias
porque en tu amor quieres perdonarme.

Derrama sobre mí esa agua pura de tu gracia
que me purifique,
me purifique de mis maldades y pecados;
mueve mis pasos
para que vaya a tu encuentro
sabiendo que ti voy a encontrar
el abrazo de tu perdón y de tu amor de Padre.

Que no tema, Señor,
ese encuentro de reconciliación,
porque siempre en ti voy a encontrar el agua viva
que purifica mi vida con el perdón,
la paz que necesita mi alma,
la fuerza que me ayuda a caminar;
tu gracia está siempre conmigo, Señor.

Que yo sepa, Señor, llevar también
tu Buena Noticia a los hermanos,
la invitación a participar todos
de ese banquete de bodas de tu Reino;
soy invitado pero soy enviado,
el gozo que vivo en tu presencia
quiero hacerlo partícipe a los demás;
que no me llene de temor
ante la misión que me confías,
sino que con la valentía y la fuerza del Espíritu
anuncie tu Palabra a los demás
para que todos puedan participar igualmente
de la dicha de pertenecer a tu Reino,
de poder sentarnos todos juntos a tu mesa.

Tengo preparado el banquete… venid a la boda

Ez. 36, 23-28;
Sal. 50;
Mt. 22, 1-14

Tengo preparado el banquete… venid a la boda… id a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis invitadlos a la boda…’
En la parábola que nos propone Jesús vemos una clara referencia al rechazo y no aceptación por parte del pueblo judío de la salvación que Dios les ofrecía en Jesucristo. La imagen del banquete preparado al que somos invitados expresa bien lo que es el Reino de Dios que Cristo nos ofrece y que con su vida, sus palabras, los signos que realizaba y finalmente la pascua de su muerte y resurrección viene a instituir entre nosotros.
Los primeros invitados no lo aceptaron y no quieren participar de ese banquete del Reino de los cielos. No llegaban a entender el Reino de Dios que Jesús anunciaba. Esto servirá de ocasión para manifestarnos Jesús que su salvación es para todas las gentes sean del pueblo que sean. ‘El banquete está preparado…’ Cristo nos ha redimido y su sangre se derramó por todos para el perdón de los pecados. Envió el Rey a sus criados a que fueran por todas partes para invitar a todos al banquete de bodas. Todos estamos llamados a participación de esa salvación.
Muchas cosas podemos reflexionar para nuestra propia vida. Somos también los invitados al banquete de bodas del Reino de Dios. ‘Dichosos los invitados a esta cena…’ se nos dice en la Eucaristía. Dos cosas: somos los invitados pero somos también los que hemos de ir a anunciar a los demás en nombre de Jesús que también están invitados a ese banquete de bodas del Reino de Dios
Pero vayamos por partes. Somos los invitados, pero, ¿cómo respondemos? Seamos sinceros con nosotros mismos y ante el Señor. A lo largo de la vida también muchas veces habremos hecho como aquellos que no quisieron escuchar la invitación. Cuántas disculpas nos damos tantas veces para vivir nuestra condición de cristianos de una forma ramplona y fría, sin profundidad espiritual, alejados muchas veces de la iglesia, con una religiosidad muy pobre, contentándonos con pocas cosas; cuántas veces habríamos oído, por ejemplo, la campana de nuestra parroquia que nos llamaba a Misa el domingo, pero siempre teníamos que hacer, siempre lo dejábamos para otro día, siempre nos buscábamos disculpas; cuántas veces escuchamos la llamada de la Palabra y nos hacíamos sordos a lo que el Señor nos decía o nos pedía para no salir de esas situaciones que nosotros sabíamos muy bien que no eran buenas.
Escuchemos esa invitación que el Señor nos hace a través de tantos medios y démosle respuesta. Ahora lo estamos haciendo quizá más por la circunstancia de estar en este centro. Pero no olvidemos una cosa. Para sentarnos a la mesa del Señor hemos de estar vestidos con el traje de fiesta, como vemos en la parábola, con el traje de la gracia del Señor. No podemos acercarnos a la Mesa de la Comunión vestidos con los andrajosos trajes del pecado. Con pecado no podemos comulgar al Señor. Mucho tendríamos que revisarnos.
El profeta nos habla hoy del agua que nos purificará, y del corazón nuevo que hemos de tener. ‘Derramaré sobre vosotros un agua pura que os purificará: de todas vuestras inmundicias y pecados os he de purificar; y os daré un corazón nuevo y os infundiré un espíritu nuevo’. ¿Cómo es esa agua que nos purifica? Un día recibimos el agua del bautismo para el perdón de nuestros pecados y hacernos nacer a una vida nueva. Pero tantas veces hemos vuelto al pecado. Sólo con el sacramento de la penitencia vamos a recibir ese perdón que necesitamos para nuestros pecados. No lo olvidemos. Necesitamos lavar ese vestido de nuestra vida para vestirnos del traje de fiesta de la gracia.
Y brevemente el otro aspecto al que hacíamos referencia. Somos los invitados pero somos también los enviados para llevar esa invitación del Señor a los demás. Como lo vemos en la parábola que fueron enviados los criados a todas partes. A todos tenemos nosotros que ir también a anunciar esa salvación de Jesús, a invitarlos a que vengan también a ese banquete de bodas del Reino de los cielos.

miércoles, 18 de agosto de 2010

Aquí estoy, Señor, mándame.

Aquí estoy, Señor, mándame.

Vengo a ponerme ante ti, Señor,
con sinceridad de corazón,
con apertura de espíritu.

Tu Palabra es una fuente inagotable
donde siempre encuentro tu gracia
que me ilumina,
me da fuerzas y me corrige,
me enseña a seguir tu camino.
Así eres tú siempre, Señor,
y los que confían en ti
y en ti ponen su esperanza
nunca quedarán defraudados.
No se agota tu gracia
y no nos cansamos de meditar tu Palabra
ni de aprender para nuestra vida.

Tú nos llamas, Señor,
para que trabajemos en tu viña;
no nos quieres ociosos;
nos ha regalado la vida,
nos has adornado de cualidades y valores,
- tenemos que reconocerlo agradecidos –
has puesto el mundo en nuestras manos,
porque quieres que sigamos construyéndolo,
para que en él realicemos tu reino,
para todo sea siempre para tu gloria.
Gracias, Señor, por querer así confiar en nosotros.

Danos tu luz y tu fuerza
para que comprendamos nuestra responsabilidad,
para que no abandonemos nuestros deberes,
para que sepamos en todo momento
que en cualquier hora de la vida
siempre podemos hacer bueno por los demás,
siempre tenemos que luchar
por hacer nuestro mundo mejor;
vivimos en familia
o compartiendo la convivencia con otros
según las distintas circunstancias de nuestra vida,
pero ahí siempre tenemos
un granito de arena que poner,
una cosa buena que hacer,
una alegría que despertar
para hacer más felices a los demás.

Somos una familia, Señor, con toda la humanidad;
pero nos sentimos familia de manera especial
en el seno de nuestra comunidad cristiana, la iglesia.
Ahí tenemos que sentirnos hermanos,
ahí tenemos que contribuir
con lo que somos y podemos,
ahí tenemos que hacer presente de manera especial
ese Reino de Dios que nos anuncias
y en el que nos comprometes;
que no nos falte nunca la fuerza de tu Espíritu.

Pero Tú llamas a algunos con una vocación especial,
al sacerdocio,
a la vida consagrada o la vida religiosa,
a ser misioneros de tu Reino,
a ser apóstoles entre los hermanos.
Muchos los llamados, pocos los escogidos,
la mies es abundante, los obreros son pocos;
muchos tienen miedo a dar el paso hacia adelante,
otros se hacen oídos sordos
para evitar el compromiso,
algunos se sienten débiles e incapaces
para realizar la tarea.
Pero tú eres el que alimentas esa vocación,
tú eres el que llamas
y el que das la gracia,
fortalece esos corazones vacilantes,
anima esos espíritus débiles y cobardes,
suscita en todos la fortaleza de tu gracia.
Haz, Señor, que sean muchos
los trabajadores de tu viña,
porque necesitamos pastores
que nos ayuden y nos guíen,
nos orienten y nos animen,
nos lleven a beber del agua de tu gracia,
nos repartan el pan de tu Palabra
y nos alimenten con tu Eucaristía.

Te pedimos, Señor, por las vocaciones,
que sean numerosas
para que a tu iglesia no falten los sacerdotes,
el testimonio radical de las almas consagradas,
los apóstoles que nos anuncien tu evangelio.
Aquí estoy, Señor, con corazón humilde,
con espíritu abierto,
para descubrir también a lo que me llamas.

Aquí estoy, Señor, mándame.

Salió a contratar jornaleros para la viña

Ez. 34, 1-11;
Sal. 22;
Mt. 20, 1-16


Tengo que reconocer que cuando uno se pone a meditar el evangelio con sinceridad y apertura de espíritu se encuentra con una fuente inagotable de vida y de gracia, que es lo que podemos encontrar siempre en el Señor. 'La Palabra de Dios es viva y eficaz...' que dice la Escritura. Así es Dios para nosotros. Así derrama abundantemente su gracia en nuestra vida. Ni se agota la gracia del Señor, ni nos cansamos nosotros de meditar y aprender lecciones para nuestra vida.
Esto nos sucede en cualquier página del evangelio que meditemos, pero nos sucede en esta parábola que nos propone Jesús hoy en el evangelio. Nos sugiere muchas cosas, que ahora en la brevedad de esta reflexión no podemos agotar.
‘Un propietario al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña…’ Así comienza la parábola que hemos escuchado. Una parábola muy rica en enseñanzas. Contrata jornaleros para su viña. Podemos pensar en la vida que Dios nos ha dado; podemos pensar en el mundo que ha puesto en nuestras manos; podemos pensar en el Reino de Dios que Jesús nos propone y que con El tenemos que construir; podemos pensar en muchas cosas.
En ese mundo que Dios ha creado y ha puesto en las manos del hombre tenemos una responsabilidad y no podemos desentendernos. En los distintos momentos de la vida o en los distintos momentos de la historia cada uno de nosotros ha de sentir esa responsabilidad. ¿Qué hacéis ahí ociosos todo el día? ‘¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?’ No podemos ser seres pasivos en medio de nuestro mundo que sólo nos contentamos con recibir. Siempre hay algo bueno que podemos hacer por los demás o por nuestro mundo. Porque también ese lugar que ocupamos en la familia, o en el lugar donde estemos conviviendo siempre hay algo que podemos compartir, seamos muy jóvenes o seamos muy mayores.
Como decíamos podemos pensar también ese Reino de Dios al que Cristo nos llama y podemos en consecuencia pensar en esa Iglesia a la que pertenecemos. Esa fe que tenemos y queremos vivir y que se tendrá que manifestar por las obras de nuestro amor podemos decir que es esa viña a la que el Señor nos llama como obreros. La Iglesia, la comunidad cristiana en la que nos sentimos como en una gran familia y como miembros de esa familia también nos sentimos obligados a contribuir. ¿Nos preguntará y recriminará también el Señor a nosotros como a aquellos hombres ociosos sentados en la plaza todo el día sin hacer nada? ‘¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?’
Seremos mayores o más jóvenes siempre podemos ofrecer mucho de nuestra fe y de nuestro amor al bien de la Iglesia, a la construcción del Reino de Dios en nuestro mundo. Si, porque somos mayores no podemos participar en obras especiales de apostolado, siempre podemos ofrecer el testimonio de nuestra vida íntegra y en consecuencia de nuestro buen comportamiento, pero podemos ofrecer también nuestra oración y el ofrecimiento de nuestra vida con sus achaques y debilidades. ¡Cuánto podemos hacer!
Por supuesto en ese llamada a aquellos trabajadores en las distintas horas del día para ir a trabajar a la viña podemos ver también un aspecto vocacional. El Señor nos llama a trabajar en su viña y llama con vocaciones específicas. Será al Sacerdocio, será a la vida consagrada, la vida misionera o también en los distintos campos de apostolado que se pueden realizar dentro de la Iglesia. Y aquí sí que todos podemos contribuir mucho al enriquecimiento de esa viña del Señor, orando por las vocaciones, para que sean muchos los llamados en las distintas horas de su vida para trabajar como apóstoles en la viña del Señor.
Pensemos en ese denario que nos ofrece el Señor, denario de vida eterna, denario de gracia y de amor de Dios. Por eso con amor nosotros queremos trabajar en su viña, no porque busquemos hacer meritos o conseguir recompensas. Lo importante es el amor de Dios que recibimos y el amor con que nosotros queremos corresponder. Con Dios no podemos andar con medidas de pagos humanos, porque siempre Dios será mucho más generoso que lo que nosotros podamos pedir o exigir. Mucho tendríamos que reflexionar por este camino.
Que no tenga que decirnos, pues, a nosotros el Señor, ‘¿cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?’ Mucho podemos y tenemos que hacer en la viña del Señor.

martes, 17 de agosto de 2010

Quiero tener un corazón desprendido y generoso

Quiero tener un corazón desprendido y generoso

Quiero tener un corazón, Señor,
desprendido y generoso como el tuyo,
pero no siempre es fácil
porque son tantos los apegos
que nos atraen y nos atrapan.

Quiero seguirte, Señor, aunque me cueste,
porque lo eres todo para mi,
mi alegría y mi felicidad,
mi dicha y el sentido de mi vida.

Eres mi camino;
eres la verdad de mi vida.

Quiero hacerme como tú
que siendo rico te hiciste pobre,
siendo Dios quisiste hacerte pequeño
como nosotros, te hiciste hombre.

Nos hace falta disponibilidad y generosidad,
para desprendernos
de lo que somos y tenemos;
nos creemos tan importantes,
nos creemos que nos lo sabemos todo,
pero contemplándote a ti
vemos la nada que somos.

Nos cuesta entender
que los últimos serán los primeros
y los primeros los últimos
como tú nos enseñas,
a nosotros que nos gustan los pedestales,
mirar por encima a los demás,
que la gente nos admire
y nos tenga en cuenta,
que halaguen nuestro ego
y nos tengan por importantes.

Dame humildad, Señor,
para ver mi pequeñez;
hacerme pequeño
y hacerme el último
como lo hiciste tú.

Hazme comprender el sentido
de las cosas y de los bienes materiales
que tenemos en nuestras manos.

Hazme comprender el sentido de mi vida;
que sepa reconocer tus dones,
los talentos con que enriqueciste mi vida,
pero no me haga ni egoísta
que no me haga orgulloso.

Esos talentos no son sólo para mi,
sino que con ellos tengo que contribuir
al bien de mis hermanos,
a mejorar no sólo mi vida
sino también la de los que me rodean,
a hacer que nuestro mundo sea mejor,
que todos seamos más felices.

Tu eres mi riqueza y mi recompensa,
el tesoro escondido
que me espera en el cielo,
por el que tengo que saber dejarlo todo,
la vida eterna que es el premio
que me tienes reservado.

Que tenga la generosidad impulsiva de Pedro,
la disponibilidad pronta de Mateo,
el corazón generoso de los discípulos que te seguían,
para dejar las redes que nos envuelven,
los mostradores que nos separan,
las barreras que nos aíslan;
que supere las ambiciones de los primeros puestos,
que aprenda a ser el último
porque mi vida sea siempre servicio.

Dame un corazón generoso y humilde, Señor.
Eres tú el que vas a transformar mi corazón
con la fuerza de tu Espíritu.

Le es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja

Ez. 28, 1-10;
Sal.: Dt. 32, 26-36;
Mt. 19, 23-30

‘Le es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja…’ Era como un refrán o una sentencia muy utilizada por los rabinos en Israel para expresar que algo era difícil, poco menos que imposible. Podemos pensar en el ojo de una aguja que se utiliza para coser, por muy grande que sea, o podemos pensar, como se suele interpretar, en las puertas pequeñas y estrechas que había en las murallas de una ciudad junto a la puerta mayor por la que entraran los carruajes o las bestias de carga, pero a las que sería imposible pasar por esa puerta pequeña. Más un camello con la forma de llevar la carga con sus angarillas laterales o por las petas propias del animal.
Jesús lo aplica a los ricos que quieren entrar con todas sus riquezas en el reino de los cielos. ‘Más fácil que un rico entrar en el reino de los cielos’. Es el comentario que sigue a la tristeza del joven rico que no fue capaz de desprenderse de lo que tenía para seguir a Jesús. Los apegos del corazón hacen bien difícil el seguimiento del camino de Jesús. ‘No podéis servir a Dios y al dinero’, diría Jesús en otra ocasión.
En la primera lectura hemos escuchado al profeta Ezequiel en un oráculo-profecía contra el rey de Tiro. Esta ciudad era famosa por sus riquezas y por sus sabios, puesto que sus habitantes eran muy dados al comercio. ‘Con tu talento y tu habilidad, te hiciste una fortuna; acumulaste oro y plata en tus tesoros; con agudo talento de mercader ibas acrecentando tu fortuna y tu fortuna te llena de presunción’. Así le dice el profeta y le denuncia que se ha engreído tanto su corazón que se cree dios y no hombre, y se jacta de sus riquezas y de sus sabidurías. ‘Te hundirán en la fosa, morirás con muerte ignominiosa, en el corazón del mar’, les anuncia el profeta. Es que el Señor resiste a los soberbios, o como escuchábamos en el cántico de María ‘derriba del trono a los poderosos y a los ricos los despide vacíos’.
La reacción de los discípulos cuando escuchan a Jesús es que ‘entonces, ¿quién puede salvarse?... para los hombres es imposible, no para Dios’, les responde Jesús. costará y será difícil ese desprendimiento, ese vivir desapegado a las riquezas, pero con la ayuda y la gracia del Señor todo es posible. Tendremos que utilizar esos medios materiales y pecuniarios en nuestras relaciones humanas para la adquisición de aquello que necesitamos. Pero no hagamos nunca que el dinero sea nuestro Dios. Que los talentos y habilidades que nos ha dado el Señor sean siempre para lo bueno y para la gloria del Señor.
Los discípulos se preguntan y a ellos que les pasará, porque lo han dejado todo para seguirle. Un día dejaron la barca allá junto al lago los que eran pescadores, o le mostrador donde cobraba los tributos Leví, el publicano, como cada uno de los apóstoles cuando se habían decidido a seguir a Jesús lo habían dejado todo por estar con El..
‘Cuando llegue la renovación y el Hijo del Hombre se siente en el trono de su gloria, también vosotros, los que me habéis seguido, os sentaréis en doce tronos para regir las tribus de Israel…’ Lo han dejado todo, padre, madre, hermano, casa, tierra y Jesús, el hijo del Hombre que aparecerá con todo poder y gloria, les dirá ‘Venid, vosotros, benditos de mi Padre, pasad a heredar el Reino de mi Padre, preparado para vosotros desde la fundación del mundo… heredarán la vida eterna’.
Que merezcamos nosotros alcanzar también la vida eterna. Que vivamos con ese corazón desprendido y generoso.

lunes, 16 de agosto de 2010

Vende lo que tienes, dalo a los pobres y vente conmigo


San Roque de Montpellier
Ez. 24, 15-24;
Sal: Dt. 32, 18-21;
Mt. 19, 16-22

El camino de nuestra vida cristiana arranca siempre por el cumplimiento fiel de lo que es la voluntad del Señor manifestada en los mandamientos. Es un camino de fidelidad y de amor a Dios en la búsqueda de su voluntad, que nos irá produciendo un crecimiento interior para buscar cada día con más intensidad cómo mejor servir y amar a Dios, cómo poner todo nuestro corazón en El, de manera que nos desprendamos de nosotros mismos para encontrar toda la riqueza de nuestra vida sólo en Dios.
Entre la gente que seguía a Jesús, escuchaba el anuncio del Reino que El iba haciendo realizando con sus palabra y los signos que hacía, surgía también ese deseo, esa ansia de una mayor perfección y santidad, esa búsqueda de cómo mejor alcanzar esa vida eterna que Jesús anunciaba y prometía.
Es lo que escuchamos hoy en el evangelio. ‘Se acercó una a Jesús y le preguntó: Maestro, ¿qué tengo que hacer de bueno para obtener la vida eterna?’ Deseos de más, ansia de mayor perfección, búsqueda de cómo alcanzar la vida eterna. Y Jesús responde recordando los mandamientos. ‘Mira, si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos’. Y los detalla Jesús. Y allí había un hombre bueno que ya buscaba en su vida lo que era la voluntad de Dios. ‘Todo eso lo he cumplido’.
Es el paso adelante al que Jesús nos invita. ‘Si quieres llegar hasta el final, vende lo que tienes, da el dinero a los pobres – así tendrás un tesoro en el cielo – y luego vente conmigo’. Exigencia de perfección. Exigencia de desprenderse totalmente de uno mismo, que no es sólo desprenderse de unos bienes que ya va incluido. Buscar el tesoro del cielo, no el de la tierra. Desprenderse y compartir. En el evangelio que escuchamos aquel paso no fue capaz de darlo aquel joven. ‘Al oír esto, el joven se fue triste, porque era rico’.
Quizá podemos pensar, ¿para qué nos pone esto el evangelio si no encontramos un buen testimonio de respuesta por parte de aquel joven? No importa. Primero porque Jesús tiene que decirnos cuál es el camino al que El nos invita a seguir. Pero también porque ese contra-testimonio y esas palabras de Jesús han servido a muchos a través de los tiempo para sí dar el paso adelante en ese camino de perfección que lleva a la vida eterna. El santoral está lleno de testimonio de los santos que así lo hicieron. Y seguramente a nuestro lado, quizá no lo apreciemos, pero haya muchas personas que viven ese desprendimiento. Pensemos en quienes se han consagrado a Dios y viven con fidelidad su vocación.
Pero el santo del que hacemos hoy memoria es un buen testimonio. San Roque de Montpellier siguió ese camino del evangelio. No fue sacerdote ni religioso en su sentido más estricto. Sin embargo siguió ese camino de santidad en el desprendimiento generoso y total para darse por los demás. Era rico también como el joven del evangelio. Sus padres vivían en buena posición en Montpellier. Se queda huérfano de padre y madre en su juventud, pero seguramente habría escuchado este evangelio porque hizo al pie de la letra lo que Jesús hoy nos enseña. Se desprendió de todo, lo dio a los pobres y comenzó un camino de peregrinación y servicio hasta su muerte.
Jesús dijo ‘vende lo que tienes… y vente conmigo’. Roque se puso en camino de ese seguimiento de Jesús. Quiere peregrinar a Roma y como un pobre recorre los caminos primero del sur de Francia y luego del norte de Italia, pero va repartiendo su mayor riqueza que es el amor. Allí donde hay un pobre o un enfermo que servir allí está el ofreciendo su amor. Epidemias de peste maligna hacen que sean muchos los que enfermen y mueran y allí esta Roque sirviendo a los enfermos hasta incluso quedar él contagiado de la enfermedad. Retazos de su historia hablan de cómo se refugia en un bosque pensando quizá morir y milagrosamente un perro lo alimenta cada día con un pan que le trae. Es el perro que aparece en su iconografía. Se recupera y sigue prestando sus servicios de amor, intenta volver a Montpellier – los historiadores no se ponen de acuerdo si llegó o no – pero incluso va a sufrir cárcel porque es tenido por un pordiosero. Allí morirá en la más absoluta pobreza, o mejor, allí nacerá a la vida porque alcanzará esa vida eterna que deseaba, puesto que la muerte no es sino el paso a la vida eterna en Dios y con Dios.
Brevemente es su testimonio y su ejemplo de cómo llevar a la vida con toda radicalidad el evangelio de Jesús que hoy hemos escuchado. San Roque nos da ese ejemplo de desprendimiento, de generosidad, de espíritu de servicio; san Roque es el hombre peregrino que quiere seguir a Cristo porque sabe donde está la verdadera patria, la verdadera meta de la vida, que es la vida eterna. Cuánto nos puede enseñar para nuestra vida. Que el Seños nos conceda el don de la generosidad, del desprendimiento para arrancarnos de nuestros egoísmos. Que en verdad sintamos deseos de vida eterna en nuestro corazón.

domingo, 15 de agosto de 2010

La Asunción siembra en nosotros semillas del gozo eterno que un día alcanzaremos


Apoc. 11, 19; 12, 1.3-6.10;
Sal. 44;
1Cor. 15, 20-27;
Lc. 1, 39-56

Alegrémonos todos en el Señor en esta fiesta de María. No podemos menos que comenzar nuestra reflexión manifestando ese gozo grande que sentimos en el corazón en esta fiesta de la Asunción de María. Celebramos el triunfo de María, su glorificación al ser llevada al cielo en cuerpo y alma una vez concluido el curso de su vida terrena, como proclamamos en el dogma de la Asunción. No podía ser menos para quien era la Madre de Dios, quien había prestado sus entrañas para que en ella se encarnara y de ella naciera hecho hombre el Hijo de Dios.
Se alegran los ángeles. Se alegra toda la creación. Nos sentimos llenos de alegría todos los mortales en esta glorificación de María, la mujer vestida de sol, con la luna por pedestal y coronada de estrellas que contemplamos en el Apocalipsis, porque es anticipo, es camino de la gloria a la que nosotros estamos también llamados. Nos alegramos los hijos de María porque la contemplamos en la gloria del cielo participando ya plenamente de la resurrección de Cristo, del reinado de Cristo.
Siempre recordamos las palabras del prefacio donde expresamos todos los motivos de dar gracias a Dios en Jesucristo y que marca el ritmo y el sentido pleno de nuestra celebración. Hoy María, la Virgen Madre de Dios, ha sido llevada al cielo, y ella es figura y primicia de la Iglesia que un día será glorificada. La celebración de esta fiesta de María pone en nuestra alma semillas del gozo futuro que un día nosotros alcanzaremos.
Hoy somos peregrinos en medio de los caminos de esta vida pensando en la meta de nuestra patria del cielo. El peregrino, al que hay momentos en que se le hace duro el camino, muchas veces se pregunta si merece la pena ese esfuerzo que está realizando, esa lucha por superar las dificultades que encuentra en su camino, pero piensa en la meta que un día alcanzará y se siente estimulado en la esperanza del gozo que un día va a sentir cuando llegue a la meta de su peregrinación.
Todos han escuchado, ya que estamos en el año Jacobeo, que en la cercanía de Compostela hay un monte que llaman el Monte del Gozo, porque allá en el horizonte se vislumbras las torres de la catedral de Santiago, y parece que ya entonces su caminar a pesar de los cansancios se hace más ligero para llegar a la meta de peregrinación. Todos se llenan de gozo grande cuando ya ven cercana la meta de su peregrinación.
Necesitamos en ese camino de peregrinación que vamos haciendo por nuestra vida pensamientos luminosos que pongan alas en nuestros pies; necesitamos ese estímulo de los han que llegado antes que nosotros a la meta para pregustar también nosotros el gozo de la gloria que un día alcanzaremos. Podemos nosotros también llegar a la meta, a la patria del cielo.
María es el Monte del Gozo de nuestra peregrinación que nos alienta y nos hace pregustar el gozo que un día alcanzaremos en la gloria del cielo; María ‘es consuelo y esperanza de tu pueblo todavía peregrino en la tierra’; esta fiesta de la Asunción de María es para nosotros ese estímulo que necesitamos para nuestro caminar. Figura y primicia de la Iglesia, como la proclamamos en el prefacio.
María, al contemplarla en su Asunción gloriosa, siembra en nuestra alma esas semillas del gozo eterno que un día alcanzaremos. Ella es la Madre que hoy contemplamos glorificada en el cielo, pero que sabemos que no nos ha dejado sino que sigue caminando a nuestro lado alcanzándonos la gracia y la fuerza del Señor. Por eso Cristo quiso dejárnosla como Madre en ese momento solemne de la Cruz. María es ese espejo de santidad en el que nos miramos y de ella queremos aprender para hacer bien nuestro camino.
En el evangelio que hoy hemos escuchado nos enseña muchas cosas. María nos enseña a ir al encuentro con los demás. No caminamos solos, sino que ese camino tenemos que saber hacerlo con los demás; nunca aislados de ellos. Lo primero que nos dice el evangelio de hoy es que, al tener conocimiento de lo que allá en la montaña sucedía con su prima Isabel, ‘se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel’.
Cuánto podemos llevar cuando vamos al encuentro de los otros, cómo cuánto podemos recibir de ellos también. Con la presencia de María en aquel hogar de la montaña Dios se hizo presente de manera especial en medio de ellos. ‘Isabel se llenó de Espíritu Santo’, Juan quedó santificado en el seno de su Madre. Con María llegaba Dios, se hacía presente Dios. Con nuestro amor, en nuestro encuentro con los demás, siempre vamos a llevar a Dios y Dios sabe hacer cosas grandes y maravillosas a través de nosotros aunque nos consideremos o seamos pequeños. Y nosotros también podemos llenarnos de Dios porque en los demás, sea quien sea con quien nos encontremos, Dios también quiere venir a nuestra vida. Descubramos siempre cuánto bueno recibimos de los demás.
Hoy escuchamos cantar a María proclamando las grandezas del Señor. Tiene que ser también nuestro cántico, el cántico de los peregrinos que descubren las maravillas que el Señor va haciendo en nosotros en nuestro camino. Es el cántico de la esperanza porque con ese cántico de María nos sentimos también estimulados para esa lucha porque sabemos que con Dios este mundo en verdad se puede transformar. Esa tarea que se nos ha encomendado de vivir el Reino de Dios y de hacerlo presente en nuestro mundo no es una tarea imposible porque con Dios lo podemos realizar.
‘El hace proezas con su brazo, dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes’, que canta María. Nos está diciendo, estamos cantando y proclamando con María que esos parámetros del Reino de Dios se realizan y nos llenamos de esperanza. Es lo que canta María y tiene que ser nuestro cántico. No sólo palabras bonitas sino dejar hacer, dejar realizar esa acción transformadora de Dios. La soberbia dejará paso a la humildad, la violencia a la paz, el odio al amor, la envidia y el resentimiento a la generosidad.
Y es que mientras peregrinamos hacia la gloria definitiva nos sentimos comprometidos en hacer mejor nuestro mundo, en hacernos mejores nosotros y en ayudar también a que los demás cambien su corazón. Son las semillas del Reino de Dios que tenemos que ir sembrando en todo eso bueno que hacemos, en esa justicia por la que luchamos, en esa paz que buscamos y queremos construir, en ese amor que queremos ir poniendo en todos los corazones.
Hoy nosotros miramos a María en esa advocación tan querida para nosotros los canarios. Cuántos llegados de todos los rincones van a postrarse ante la Imagen bendita de Ntra. Sra. de Candelaria. Ella nos trajo la luz a nuestra tierra porque ya ella nos estaba enseñando a mirar a su Hijo Jesús antes incluso que llegaran los primeros evangelizadores. Ella ha seguido allí desde su Santuario pero en el corazón de todos los canarios enseñándonos el camino de la luz verdadera y ayudándonos a mantener esa luz siempre encendida en nuestro corazón.
María, portadora de la luz, la Candelaria, nos está diciendo que vayamos al encuentro con los demás llevando siempre esa luz. Que no se nos apague la fe, que no se difumine por ningún motivo la esperanza, que se encienda siempre muy fuerte la hoguera del amor en nuestra vida. La contemplamos glorificada y nos hace levantar la mirada hacia lo alto, para que pongamos altas metas, nobles ideales en nuestro corazón. Para que con ella nos sintamos elevados en su Asunción porque la gloria que en ella hoy contemplamos también puede ser un día nuestra gloria, la que en el Señor alcancemos en el cielo.