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jueves, 15 de agosto de 2024

María en su Asunción sigue siendo hoy un faro de luz que pone esperanza en nuestros corazones despertando en nosotros los deseos de un mundo nuevo y mejor

 


María en su Asunción sigue siendo hoy un faro de luz que pone esperanza en nuestros corazones despertando en nosotros los deseos de un mundo nuevo y mejor

Apocalipsis 11, 19a; 12, 1. 3-6a. 10ab; Salmo 44; 1Corintios 15, 20-27ª; Lucas 1, 39-56

Tener una señal que nos garantice que aquello por lo que luchamos lo podemos conseguir será siempre algo que nos da esperanza en nuestro esfuerzo por lo que merece la pena, aunque sea duro el camino, seguir en nuestros deseos de superación y de alcanzar esa meta. ¿Estamos seguros que este camino nos llegará al final que pretendemos? ¿Merecen en verdad esos esfuerzos que algunas veces parece que se nos hace oscuro el camino por todas las cosas que nos vamos encontrando y que parecen que quieren distraernos de nuestra meta? Y confiamos, y esperamos, y mantenemos la tensión del esfuerzo, y somos capaces de pasar todos los sacrificios que sean necesarios porque nos sentimos seguros del final que buscamos.

No se trata ya de los caminos geográficos que tenemos que recorrer si queremos llegar a un lugar hermoso donde nos anuncian que vamos a disfrutar mucho. Podríamos estar haciendo referencia también a la situación que vivimos en nuestro mundo que en medio de tantas violencias y tanto egoísmo insolidario pudiera parecer que nos hace perder la esperanza. Sin dejarnos envolver por el pesimismo bien sabemos que la realidad es cruda, guerras que no se terminan sino que más bien parece que surgen con más fuerza cada día con el peligro incluso de que se abran nuevos frentes, y aun seguimos soñando con la paz aunque nos flaqueen las esperanzas.

Un mundo duro y cruel de tantos que tienen que dejar su tierra y lugar de origen arriesgando sus vidas es búsqueda de algo mejor, pero como contrapartida esos resabios de racismo que aparecen en algunos lugares, esos brotes insolidarios que nos hacen pensar primero en nosotros sin querer mirar las tragedias pero también los sueños que hay detrás de cada uno de esos emigrantes; y nos vemos envueltos en ese torbellino y sentimos la tentación de dejarnos arrastrar por esas negruras que pueden aparecer en nuestro corazón. ¿Necesitará nuestro mundo, necesitaremos nosotros un faro de esperanza que nos anime a seguir en pie?

Es mucho lo que está en juego y esta fiesta de la Asunción de la Virgen es para nosotros un rayo de esperanza que nos llena de esas certezas y seguridades el corazón. Era turbulento también aquel momento de la historia del mundo en que apareció la Buena Noticia del Evangelio. Desde la Palabra de Jesús comenzó a brillar una nueva luz que llenaba de esperanza aquel mundo. Recordamos que los evangelios nos hablarán de que en aquel mundo que andaba en tinieblas, recordando a los profetas, allá por Galilea comenzó a brillar una nueva luz con el anuncio del evangelio de Jesús. Será la lectura que irán aprendiendo a hacer de la vida y de la historia aquellos que creían en Jesús, aquellos que seguían a Jesús. Cada hecho, cada momento comenzaba a tener una nueva lectura que seguía despertando esperanzas en los corazones.

Es lo que hoy también nosotros queremos sentir cuando celebramos esta fiesta de la Asunción de la Virgen que la queremos celebrar también en el contexto de nuestro mundo, con nuestras problemáticas sociales y también con nuestras problemáticas personales, porque a todos en algún momento no nos faltan esas oscuridades que pidieran entenebrecer también nuestras vidas. Pero no nos puede faltar la esperanza.

Es posible un mundo nuevo por el que luchamos y nos esforzamos, es posible que los corazones vayan cambiando y tengamos una nueva mirada  que nos llene de esperanza, es posible hacer un mundo mejor porque hay muchos corazones generosos que ya lo están trabajando.

Tenemos que estar atentos a esas buenas señales que nos pueden ir apareciendo y no podemos dejar que pasen desapercibidas. No todo son deseos de guerra y de violencia y hay un fuerte clamor por la paz en nuestro mundo; no todo es encerrarnos en nuestros egoísmos, racismos y discriminaciones, porque también nos encontramos con muchas personas de buena voluntad que trabajan por mejorar la situación de quienes llegan ansiosos de algo nuevo a nuestras costas; no siempre avanzamos todo lo que queremos, pero hay señales en el camino que tenemos que saber descubrir para no dejarnos embotar por cosas negras que se magnifican en exceso.

Hoy escuchamos el canto de María que se siente engrandecida en el Señor, porque siente que en ella Dios está realizando maravillas, pero porque siente también que por ella Dios está haciendo maravillas para nuestro mundo. ‘Los poderosos van a ser derribados de sus tronos y los humildes van a ser enaltecidos, los hambrientos van a ser saciados, pero aquellos que se creen satisfechos de todo van a sentir el peor de los vacíos en su corazones’. Es la imagen que en María contemplamos de esa transformación de nuestro mundo.

Algo nuevo tiene que surgir, algo nuevo ya está surgiendo, en eso nuevo tenemos que sentirnos implicados, a ese carro de transformación nosotros tenemos que apuntarnos. Dejémonos de catastrofismos que llenan de oscuridad los corazones – cuidado con las noticias que algunas veces difundamos que parece que lo que queremos es escachar la cabeza de los que no piensan como nosotros – y resaltemos los puntos de luz que vayamos encontrando que si abrimos los ojos los descubriremos.

Nosotros, los canarios, hoy invocamos a María con la hermosa advocación de Candelaria. Es la portadora de la luz, así un día la puso con su imagen en las playas de nuestra isla, pero quiere seguir siendo esa portadora de luz para nuestra tierra hoy pero nos está pidiendo que es lo que nosotros tenemos que ser en medio de este mundo que  nos ha tocado vivir. Dejémonos iluminar e iluminemos con esa luz del evangelio de Jesús que ella también nos ha venido a traer.

miércoles, 31 de mayo de 2023

Salgamos y pongámonos en camino que hay una Buena Noticia que comunicar, un servicio que prestar, una nueva música de la que contagiar como hizo María

 


Salgamos y pongámonos en camino que hay una Buena Noticia que comunicar, un servicio que prestar, una nueva música de la que contagiar como hizo María

 Romanos 12, 9-16b; Sal.: Is. 12, 2-3. 4bcd. 5-6; Lucas 1, 39-56

‘María se levantó y se puso en camino…’ nos dice el comienzo del evangelio hoy. ¿Para qué salimos y nos ponemos en camino cuando quizás estábamos cómodamente en casa y solo nos preocupábamos de atender nuestras necesidades o incluso nuestro descanso?

Normalmente es porque queremos comunicar algo, encontrarnos con al nuevo o encontrarnos con alguien, o también salimos y nos ponemos en camino si nos llega la noticia de una necesidad que podemos atender, un sufrimiento que podemos sanar o una lágrima que podamos consolar; tenemos una noticia que comunicar y pronto salimos al encuentro con el vecino, con el pariente, con la persona que encontremos para comunicarla; si es algo gozoso y de alegría con mayor prontitud lo queremos hacer, corremos a dar la noticia, y el gozo que llevamos en nuestro interior parece que pone alas en nuestros pies, como se suele decir, para ir volando.

Son las prisas de María. Es la noticia, la Buena Nueva que ha recibido ella, que Dios la ha elegido para ser madre, para ser su Madre, para ocupar un lugar muy importante en la historia de nuestra salvación. Las sorpresas del primer momento, las dudas ante lo que parece incomprensible por lo desconocido, la obediencia de fe que pone desde su disponibilidad, su amor y su entrega se transforman en canta agradecido a su Creador porque reconoce que en ella Dios se ha fijado, en ella Dios está haciendo cosas grandes, por medio de ella se va a derramar la misericordia de Dios sobre toda la humanidad.

Y eso María tiene que comunicarlo, compartirlo ¿con quien mejor y que mejor lo pueda entender que quien está sintiendo también en su corazón que Dios ha sido grande con ella y sobre ella también se ha derramado la misericordia del Señor? Por eso corre María a las montañas de Judá, no importa que esté lejos lo cual nos quiere decir también a nosotros cosas importantes. ¿A quienes somos enviados nosotros también para que salgamos y nos pongamos en camino?

Pero es que María ha recibido también otra buena noticia, su prima Isabel, a pesar de su vejez, también va a ser madre, porque Dios volvió también su rostro sobre ella concediéndole la gracia de la maternidad. María se pone en camino porque sabe donde necesitan su servicio. Es la actitud de María, es la disponibilidad siempre de María, es el camino en que María va siempre delante de nosotros señalándonos rumbos y caminos que hemos nosotros de recorrer.

Merece María la alabanza por su fe, porque cuanto de ella se ha dicho se cumplirá, pero es la alabanza implícita de lo que es el fruto de esa fe que le impide quedarse quieta, que la impulsa al camino del servicio porque es el amor el que mueve siempre su vida.

Es el gozo y la alegría que se desborda del corazón de María y va llenando de música los caminos y senderos de Palestina y que con su voz y su presencia inundará con su cántico de amor aquel hogar de la montaña de manera que el sonido de las palabras de saludo de María hará saltar de alegría el niño que Isabel lleva en sus entrañas. Es el primer encuentro entre el Precursor y Aquel para quien se preparaban los caminos y es como el estreno de nuevos encuentros, de nuevos sentidos de vida que con el Reino de Dios que llega irá transformando todos los corazones.

Es lo que hoy estamos contemplando en la finalización de este mes de Mayo, mes de María, y en esta fiesta de la Visitación de María a su prima Isabel.  Y estamos contemplando ese ponerse en camino de María. Y es una invitación a que no cerremos los ojos ni nuestros oídos y también seamos capaces de ponernos en camino. ¿No tenemos una Buena Noticia que comunicar y compartir con los demás desde esa fe que envuelve nuestra vida? ¿No será necesaria nuestra actitud y postura de servicio a los pies de la puerta de alguien? ¿No necesitaremos llevar una música nueva a ese mundo que nos rodea?

viernes, 22 de diciembre de 2017

Hoy nosotros queremos hacer nuestro el cántico de María porque sentimos que Dios llega a nosotros y cómo se derrama la misericordia de Dios sobre nuestro mundo

Hoy nosotros queremos hacer nuestro el cántico de María porque sentimos que Dios llega a nosotros y cómo se derrama la misericordia de Dios sobre nuestro mundo

1 Samuel 1,24-28; Sal: 1S 2,1.45.6-7.8; Lucas 1,46-56
Es de ser de bien nacidos ser agradecidos. Algo así se suele decir. Cuando recibimos algo de alguien es normal que digamos gracias; cuando nos damos cuenta que no merecemos tales regalos o beneficios, nuestro corazón se llena de agradecimiento y no siempre encontramos las palabras adecuadas para manifestarlo. De cuántas cosas en la vida tenemos que dar gracias; cuánto recibimos de los demás aunque casi no nos demos cuenta; no sabemos ser en ocasiones lo suficientemente agradecidos por lo que recibimos. Se manifiesta así la nobleza de nuestro espíritu.
¿Cómo no iba a cantar María un cántico de acción de gracias al Poderoso que había hecho maravillas en ella, la que se consideraba la más pequeña y la más humildes de las siervas del Señor? El Señor había hecho en ella cosas grandes, por eso siente que su espíritu se hace grande para cantar con toda la fuerza de su amor al Señor. Pequeña y humilde sabe reconocer los dones del Señor y su corazón se llena de alegría, una alegría que nada ni nadie le podrá arrebatar porque quien se siente mirado por el amor del Señor no podrá hacer otra cosa que cantar para alabar a Dios, pero cantar para contagiar de su alegría a cuantos la rodean.
Así se había contagiado Isabel con su presencia y todo eran alabanzas, pero ahora es María la que prorrumpe en el más hermoso cántico que reconoce la misericordia del Señor. Ha llegado la hora del cumplimiento de las promesas y la descendencia de Abrahán y la humanidad toda se podrá sentir envuelta para siempre de la misericordia del Señor. ‘Su misericordia llega a sus fieles de generación en generación’, y sentiremos para siempre el auxilio del Señor que tantas veces habíamos invocado.
Ha llegado la hora y un mundo nuevo va a comenzar. Todo se va a transformar con la presencia de Señor que hará dichosos con su misericordia a todos los hombres a pesar de sus sufrimientos y de su pobreza. Todo ha de cambiar, llega el Reino de Dios. Unos valores nuevos han de imponerse por la fuerza del espíritu y del amor para hacer que los hombres sean distintos. No prevalecerán los poderosos ni los que se crean afortunados en sus riquezas porque el amor nos hará entrar en una orbita nueva de paz, de justicia, de amor; la solidaridad y el compartir van a ser norma y estilo del nuevo vivir, la soberbia desaparecerá y los que son pequeños y viven con humildad serán los que van a ser exaltados. Un estilo nuevo de servicio y de generosidad habrá de imponerse en las relaciones entre todos. Así se manifiesta la misericordia del Señor siendo la misericordia y la compasión un nuevo estilo de sentir y de vivir.
María canta agradecida al Señor porque le ha permitido entrar a forma parte de ese camino nuevo cuando ha abierto su corazón a Dios para que Dios en su seno se encarnara y pudiera ser ya para siempre Emmanuel, Dios con nosotros, Dios en medio de nosotros, Dios haciendo nuestro mismo camino pero enseñándonos a seguir sus pasos.
Hoy nosotros, en estas vísperas de la Navidad queremos hacer nuestro ese cántico de María. Sentimos que Dios llega a nosotros y con nosotros también quiere contar. Sentimos cómo se derrama la misericordia de Dios sobre nosotros para quienes nos trae el perdón, y en los que quiere derramar todo su amor. Tenemos que cantar también agradecidos a Dios si en esta navidad ciertamente sentimos que todo ha de cambiar, que un mundo nuevo se tiene que vislumbrar. Haremos que sea verdadera Navidad porque sintamos ciertamente ese amor y esa misericordia que nos inunda y quiere a través nuestro inundar nuestro mundo.
Dispongámonos a celebrar de una manera auténtica nuestra navidad y no nos quedemos en superficialidades ni en luces parpadeantes de un día. Que la luz que Jesús nos trae en Belén sea una luz que ilumine nuestro mundo para siempre. 

martes, 8 de diciembre de 2015

Nos alegramos con María, la bendecida de Dios, que se convierte en aurora de la salvación y anuncio de la misericordia de Dios

Nos alegramos con María, la bendecida de Dios, que se convierte en aurora de la salvación y anuncio de la misericordia de Dios

Génesis 3, 9-15. 20; Sal 97; Efesios 1, 3-6. 11-12; Lucas 1, 26-38
‘Alégrate, Dios te salve, la llena de gracia’ la saludó el ángel en Nazaret. ‘Alégrate’ y María se quedó rumiando aquellas palabras. ¿Qué saludo era aquel? ¿Qué significaba aquella invitación a la alegría? ¿Qué quería decirle el ángel del Señor? María se turbó, dice el evangelista.
‘Alégrate…’ llegan en verdad días de alegría; alégrate porque se ha cumplido el tiempo; alégrate porque se comienzan a realizar las promesas hechas desde antiguo; alégrate porque llegan los días de la salvación. Lo que repetidamente habían ido anunciando los profetas ahora tenía su cumplimiento. Llegaba el tiempo de la salvación; llegaba el que escacharía la cabeza de la serpiente, el que venía a vencer al maligno.
¿Qué estaba queriendo anunciarle el ángel? ¿Qué buena noticia se le estaba dando que era motivo de alegría para ella? Más tarde esos mismos ángeles van repetir ese anuncio de alegría, porque será  alegría para todos, para vosotros y para todo el pueblo. ¿Por qué a ella le llegaba ahora ese anuncio y esa invitación a la alegría?
‘Alégrate, llena de gracia’, le había dicho el ángel. Allí estaba la agraciada del Señor, aquella sobre la que el Señor desde siempre la había llenado de gracia porque iba a tener una misión especial. Era, sí, un motivo de alegría. Por eso le dice el ángel, ‘alégrate… no temas, has encontrado gracia ante Dios’, se ha querido fijar en ti, ha vuelto su rostro sobre ti y te ha llenado de gracia. ‘Has encontrado gracia ante Dios’ porque Dios para ti tiene una misión; vas a ser Madre, ‘concebirás en tu vientre’, aunque ahora tu no lo entiendas, ‘y darás a luz un hijo’, que no es un hijo cualquiera, es un hombre como todos los hombres pero es ‘el Hijo del Altísimo… le pondrás por nombre Jesús, porque El salvará al pueblo de sus pecados’.
María se sentía sorprendida y al mismo tiempo agradecida; era la llena de gracia, en la que Dios se había fijado, vuelto su mirada, a la que Dios había elegido ‘desde antes de la creación del mundo’ la había elegido y la había predestinado. María es la bendecida de Dios y la que hará posible que esa bendición llegue también a toda la humanidad. El Sí con que iba a responder María iba a convertirse en el Sí de la bendición de Dios para todos los hombres.
Alégrate…’ le decía el ángel y continuaba anunciándole cosas que ella no entendía. ‘¿Cómo será eso pues no conozco varón?’ replicaba María, pero el ángel le da la solución de todo. Eres la llena de gracia porque ‘el Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Espíritu te cubrirá con su sombra; el Santo que va a nacer de ti se llamará Hijo de Dios’.
Se alegraba María aunque se sentía sobrecogida por lo que Dios le estaba confiando. Lo que habían esperado durante siglos ahora se estaba comenzando a realizar. No era un profeta, no era simplemente un hombre de Dios quien de sus entrañas iba a nacer, era el Hijo de Dios, era el que había sido anunciado como el Mesías Salvador, el que venía a restaurar los corazones, el que nos devolvía la dignidad, el que nos engrandecía haciéndonos a nosotros hijos, el que venía como Redentor del mundo y Juan lo señalaría allá junto al Jordán como el ‘Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’.
‘Alégrate, María, eres la llena de gracia’ y su corazón iba a cantar las glorias del Señor porque su espíritu se regocijaba en Dios su Salvador que se había fijado en su pequeñez, en la humildad de quien ahora se proclamaba la esclava del Señor. ‘Alégrate, María…, porque todas las generaciones te van a felicitar’, porque Dios hace cosas grandes en ti, pero porque eres el tipo y el modelo de cuantos han de escuchar la Palabra de Dios y plantarla en su corazón y Jesús mismo proclamará la bienaventuranza sobre ti.
‘Alégrate, María…’  porque todo va a comenzar siendo nuevo, porque se derrama la misericordia del Señor que El había prometido desde antiguo, porque los humildes y los pequeños serán ensalzados, mientras los soberbios y poderosos serán derribados de sus tronos.
Se alegra María y nos alegramos nosotros hoy en su fiesta. Nos alegramos porque María es aurora que nos anuncia la salvación. En María estamos intuyendo ya los resplandores de luz y de gracia que con Cristo nos van a llegar. En este camino de Adviento, mientras esperamos al Salvador, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Señor Jesucristo, miramos a María la llena de gracia, la rebosante de la alegría de Dios y nos llenamos de esperanza, y queremos hacer el camino siguiendo los pasos de María; y como María queremos estar rebosantes también de esa alegría de Dios y abrir nuestro corazón a Dios para que se desborde también su gracia sobre nosotros.
Celebramos a María y vemos cómo ella hace posible que se abran las puertas de la misericordia para nosotros porque nos llega el Salvador. ‘Su nombre es santo y su misericordia llega nosotros de generación en generación’  cantaría María. Por eso a ella la llamamos nuestra Madre, la Madre de Dios, pero la madre y reina de la misericordia.
En este día en Roma el Papa ha querido abrir la puerta santa del perdón en el año de la misericordia que hoy se inicia para toda la Iglesia. No podía buscarse otro día mejor que en el que contemplamos a María, la aurora de la misericordia y el perdón, que al aceptar el plan de Dios para su vida, se convierte en plan de salvación para todos los hombres. De mano de María queremos acudir confiados ante Dios porque si sabemos ir como María con humildad y con amor, en Dios siempre vamos a encontrar esa misericordia y ese perdón.
Pero yendo de manos de María aprendamos de su corazón generoso y lleno de amor copiando en nosotros esos sentimientos de misericordia con los que hemos de presentarnos ante nuestros hermanos, los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Que nuestras vidas reconciliadas con Dios e inundadas de esa gracia misericordiosa del Señor se conviertan en signos para los demás que les hablen de ese amor misericordioso de Dios.



lunes, 22 de diciembre de 2014

Se abren los cielos y se desborda sobre nosotros la misericordia del Señor

Se abren los cielos y se desborda sobre nosotros la misericordia del Señor


‘Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador, porque se ha fijado en la humillación de su esclava’.
Es el inicio del cántico de María, del Magnificat, que tantas veces hemos escuchado, meditado, orado. No nos cansamos de cantar con María las maravillas que el Señor hace en ella. Se siente pequeña, la humilde esclava del Señor, pero reconoce las maravillas de Señor, ‘la grandeza del Señor’. Sigue sintiendo que es su Salvador.
María siente que es como si desbordaran todos los torrentes del cielo que van inundando todos los corazones con el amor y la misericordia del Señor.  Ella es la primera que siente ese amor de Dios en ella, pero siente que a partir de este momento se desborda la misericordia del Señor para inundar los corazones de todos los hombres. 
Lo de menos es que todos vayan a felicitarla, porque ella todo lo revierte en Dios. ‘Su nombre es santo’. Es como diríamos hoy como una jaculatoria, pero es una aclamación, una invocación del nombre de Dios. ¿No decimos en el padrenuestro ‘santificado sea tu nombre’? Es lo que María ahora está haciendo.
Me recuerda esas como letanías de jaculatorias, de alabanzas a su Dios que los musulmanes van repitiendo continuamente; los hemos visto con una especie de rosario en sus manos y les vemos moviendo los labios repitiendo esas alabanzas a Dios. 
Es lo que María está haciendo, cuando reconoce las obras grandes que Dios está haciendo en ellas no le queda otra cosa que decir ‘su Nombre es santo’, santificado sea siempre el nombre del Señor; como nos enseñaría a decir san Ignacio de Loyola ‘todo para la gloria de Dios’.
Y es que ‘la misericordia del Señor llega a sus fieles de generación en generación… auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, a favor de Abrahán y si descendencia para siempre’.
Sintamos esa misericordia del Señor; invoquemos esa misericordia del Señor; recordamos la promesa del Señor y el Señor siempre cumple sus promesas. Con confianza, con humildad porque no puede ser de otra manera. Solo los que con corazón humilde se ponen ante Dios van a ser enaltecidos, como canta también María.
Así queremos ponernos ante Dios en estos pasos finales de nuestra preparación para la navidad. 

viernes, 12 de septiembre de 2014

Concédenos a quienes recurrimos a la protección de María ser confortados por la invocación de su santo nombre

Concédenos a quienes recurrimos a la protección de María ser confortados por la invocación de su santo nombre

Ecls. 24, 17-22; Sal: Lc. 1,46-54; Lc. 1, 26-38
El Señor Dios te ha bendecido, Virgen María, más que a todas las mujeres de la tierra; ha glorificado tu nombre de tal modo, que tu alabanza está siempre en la boca de todos’. Es la antífona con que ha comenzado hoy la liturgia esta celebración de María con la que queremos glorificar su santo nombre.
Palabras tomadas de aquellas con las que el pueblo aclamaba a Judit que con su valor había liberado al pueblo del opresor y que la liturgia quiere aplicar a María, dando así cumplimiento al mismo tiempo a sus propias palabras proféticas en el Magnificat donde proclamaba que todas las generaciones la felicitarían. ‘Tu alabanza está siempre en la boca de todos’. Así queremos nosotros alabar a María, pero bendecir sobre todo al Señor que la hizo instrumento de salvación para nosotros al traernos al Salvador.
En el evangelio hemos escuchado el relato de la embajada angélica. ‘El ángel Gabriel fue enviado por Dios… a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María’. Es el dulce nombre de la Madre de Dios y nuestra Madre, que hoy nosotros queremos celebrar. Pero si nos fijamos en el fondo de la celebración en los diversos textos y oraciones que nos ofrece la liturgia hay una triple referencia al nombre, aunque nos estemos fijando de manera especial en María, pero que las vemos íntimamente interrelacionadas.
Hay una referencia constante al santo nombre de Dios, al nombre, más bien, de Jesús. No solo es el cántico de María, que hemos recitado en el salmo, donde bendice y alaba el nombre de Dios - ‘santo es su nombre’, proclama María - sino que en el prefacio de manera especial se dice: ‘En el nombre de Jesús se nos da la salvación, y ante El se dobla toda rodilla en el cielo, en la tierra y en el abismo’, recordándonos aquel himno cristológico que nos traerá la carta de san Pablo y que nos recuerda también que no hay otro nombre en el que podamos obtener la salvación. Toda fiesta de María, toda referencia que hagamos siempre de María contemplando su grandeza la hemos de contemplar siempre relación a Jesús, siempre dentro del misterio de Cristo porque El es nuestro único Salvador.
Está, en segundo lugar, la referencia al nombre de María de manera especial en esta celebración de hoy. ¿Qué nos dice el nombre de María? Como nos decía el libro del Eclesiástico ‘mi nombre es más dulce que la miel y mi herencia, mejor que los panales’. Es ese nombre de María que endulza nuestra boca al invocarlo y llena del sabor divino nuestro corazón.
Decir María es decir ‘la llena de gracia’, la inundada de la presencia del Señor, aquella sobre la que el Señor volvió su rostro y la llenó de gracia, la agraciada del Señor que podemos decir, y la hizo toda pura y santa, la que está llena del Espíritu de Dios que la cubrió con su sombra para que de ella naciera hecho hombre el Hijo de Dios. Nombre glorioso el de María que ‘ha sido glorificada de tal modo, como recordábamos con la antífona, que su alabanza está siempre en la boca de todos’.
Decir el nombre de María es decir Madre, ese dulce nombre con que la llamó el mismo Hijo de Dios, pero que también nosotros podemos pronunciar con el mismo amor porque fue el regalo hermoso que nos dejó Jesús desde la Cruz. Jesús, el Señor, ‘al expirar en la cruz quiso que la virgen María, elegida por El como madre suya, fuese en adelante nuestra madre’, como hemos expresado en la oración litúrgica. Cómo podemos saborear desde entonces ese dulce nombre de María.
Decir María es sentirnos para siempre confortados con su protección maternal cuando con devoción y amor de tantas maneras invocamos su nombre. ‘Con frecuencia está el nombre de María en nuestros labios porque la contemplamos como estrella luminosa, invocándola como madre en los peligros sintiéndonos siempre seguros cuando acudimos a ella’, como expresamos también en el prefacio. ¿Cuántas veces invocamos el nombre de María a lo largo del día? Pensemos en las avemarías que rezamos, en las jaculatorias con que invocamos a María. Estamos expresando así la confianza y el amor de los hijos que invocan a la Madre, pero estamos al mismo tiempo glorificar el nombre de Jesús, porque siempre María nos llevará de la mano hasta Jesús.
Hablábamos de una triple referencia al nombre y es que nos queda nuestro nombre de cristianos. Y es que en la oración final de la Eucaristía de esta memoria de la Virgen pediremos que ‘bajo la guía y la protección de la Virgen, confortados con la gracia de los sacramentos, rechacemos lo que es indigno del nombre cristiano y cumplamos cuanto en él se significa’. Hemos de pensar en la dignidad del nombre de cristiano que llevamos marcado en nuestra vida desde nuestra consagración bautismal; pero hemos de saber vivir conforme a esa dignidad con una vida santa.
Cada día decimos cuando rezamos el padrenuestro ‘santificado sea tu nombre’; ¿cómo vamos a santificar el nombre de Dios,  que ya por si mismo es santo? Viviendo conforme a la dignidad de nuestro nombre cristiano, viviendo una vida santa. Que no haya nada en nuestra vida que desdiga ese dignidad de cristianos que hemos de llevar con todo orgullo. Invocamos el nombre de María, para que así recordemos nuestra condición; invocamos el dulce nombre de María, para que así sintamos la protección de nuestra Madre y nos alejemos del pecado y vivamos para siempre en la gracia del Señor.

‘Concédenos a quienes recurrimos a la protección de María ser confortados por la invocación de su santo nombre’ como hemos pedido en la oración litúrgica.

lunes, 15 de agosto de 2011

Miramos al cielo en la Asunción de María, como primicia de nuestra glorificación


Apoc. 11, 19; 12, 1.3-6.10;

Sal. 44;

1Cor. 15, 20-27;

Lc. 1, 39-56

‘¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?’ les recriminaron los ángeles a los apóstoles el día de la Ascensión cuando extasiados vieron a Jesús subir al cielo. Era una forma de ponerlos en camino porque eran ellos ahora los enviados una vez que recibieran la fuerza del Espíritu Santo prometido.

Sin embargo hoy sí quiero yo quedarme en cierto modo plantado mirando al cielo, cuando estamos celebrando la glorificación de María en su Asunción en cuerpo y alma al cielo. Que me permitan los ángeles, sí, quedarme mirando a lo alto, no para desentenderme de mi misión sino porque de alguna manera me quedo como soñando en la meta a la que estamos llamados a tender, anhelando poder un día llegar a ella. Como el atleta que mira, aunque sea a lo lejos, la meta hacia la que corre en su carrera, miro al cielo sí, contemplando hoy a María, porque siento que ella es la primicia de esa glorificación que un día nosotros esperamos alcanzar. ‘Figura y primicia de la Iglesia que un día será glorificada’, como decimos en el prefacio.

Contemplar y celebrar, como hacemos en este día, la Asunción de la Virgen nos llena de esperanza, nos hace contemplar la meta del camino a recorrer y nos hace sentirnos seguros en ese camino que hacemos porque tenemos la certeza de aquello a lo que estamos llamados. La liturgia nos dice precisamente que ‘ella (María) es consuelo y esperanza de tu pueblo, todavía peregrino en la tierra’.

Claro que esta esperanza, además de poner alas en los pies para recorrer solícitos este camino que ahora nos toca caminar, al mismo tiempo se convierte para nosotros en exigencia de fidelidad y de santidad. A María la contemplamos glorificada, pero ella es la virgen fiel y llena de santidad y de amor. Por caminos de fidelidad y de amor hemos nosotros de caminar a pesar de nuestras debilidades y tentaciones, en medio de las luchas y esfuerzos que cada día hemos de realizar por ir reflejando esa santidad en nuestra vida.

Cuánto tenemos que aprender de María en el día a día de nuestra vida. María, mujer creyente, siempre abierta a Dios, a su misterio y a su voluntad; María, la Madre que nos enseña a decir sí a todo lo que es la voluntad de Dios, como ella supo hacerlo; María, la virgen prudente que mantuvo siempre encendida la lámpara de su fe en su corazón lleno de esperanza; María, la madre del amor siempre dispuesta a la entrega y al servicio que la vemos correr hasta la montaña para amar y para servir. Así la contemplamos hoy en el evangelio.

Cuando queremos copiar en nosotros todas esas virtudes que vemos reflejarse con tanta claridad en María nos vemos y nos sentimos tan débiles y cómo algunas veces nuestro camino se llena de obstáculos, de dudas, de peligros de todo tipo, de tentaciones de encerrarnos en nosotros mismos para pensar sólo en nosotros y nos parece que no seremos capaces de recorrer esos caminos de santidad, de entrega y de amor.

María también se interrogaba por dentro ante todo aquello que le sucedía. Rumiaba todo lo que iba sucediendo allá en lo íntimo de su corazón. Estaba abierta a Dios pero se pone a considerar bien las palabras del ángel; decir sí a todo aquel misterio inmenso que Dios le proponía de ser la Madre del Salvador le podía hacer pensar en lo anunciado por los profetas acerca de los sufrimientos como varón de dolores del Mesías; la presencia de María al pie de la cruz en medio de tanto sufrimiento y dolor en la muerte de su Hijo era una espada grande que le atravesaba el alma, como le había anunciado el anciano Simeón. Pero María era la mujer fiel, la que estaba allí firme al pie de la cruz como madre de dolor pero como madre llena de fe que era capaz de hacer una ofrenda de amor de todo el sufrimiento de su corazón uniéndose al dolor redentor de Jesús. Es la madre que nos enseña la obediencia de la fe.

La vemos, entonces, caminar delante de nosotros enseñándonos a hacer ese camino de fidelidad, de entrega, de amor. Aunque muchas sean las dificultades, las tentaciones o los peligros que nos acechen, está a nuestro lado para fortalecernos con su presencia maternal y la gracia del Señor. Como madre siempre nos estará señalando cuales son los caminos que nos lleven hasta Jesús. Como madre nos estará enseñando a mantener también nuestras lámparas siempre encendidas, las lámparas de nuestra fe, de nuestro amor, de nuestra responsabilidad, de nuestro trabajo por todo lo bueno, señalándonos también dónde podemos encontrar ese aceite de la gracia que nos haga mantener esas lámparas encendidas.

Y como madre intercesora que tenemos ya en el cielo glorificada junto a Dios - ¿no quieren siempre la madre lo mejor para sus hijos y piden lo que sea necesario para que ellos alcancen la mayor dicha y felicidad? – nos alcanzará, entonces, toda esa gracia que necesitamos, toda esa gracia que nos fortalezca para que recorramos ese camino de santidad, toda esa gracia que nos ayude a mantener esa lámpara encendida en nuestra vida, para poder entrar en las bodas del Reino.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

María nos enseña a asombrarnos ante las maravillas del Señor


Sam. 1, 24-28;

Sal. 1Sam. 1, 4-8;

Lc. 1, 46-56


María no salía de asombro en asombro. Anonadada se había quedado con el anuncio del ángel y las maravillas que Dios le anunciaba que en ella se iban a realizar –se había turbado ante las palabras del ángel y se preguntaba qué saludo era aquel y qué era lo que el Señor le quería manifestar y al final no había sabido decir sino que era la esclava del Señor y que se hiciese y cumpliese en ella lo que su palabra le decía. Su admiración y asombro era una admiración y asombro de fe.

Ahora que había caminado hasta la montaña a casa de su prima Isabel porque el ángel le había dicho que el Señor le había hecho la misericordia de concederle el don de la maternidad – asombro también en esa misericordia de Dios para con su prima – pero se había encontrado que lo que en ella había sucedido era motivo también para que Isabel la llenara de bendiciones y alabara y bendijera también al Señor. No salía de su asombro pero era, como decíamos el asombro y la admiración de la fe que le haría prorrumpir a ella también en cánticos de alabanza al Señor.

No puede menos que hacerlo. Se regocija en el Señor, le canta agradecida, su corazón se llena de la más inmensa alegría, proclama las maravillas del Señor. ‘Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador’. También el Señor ha vuelto su rostro misericordioso hacia ella y se ha fijado en su humildad. Aunque reconoce las grandezas del Señor que en ella se están manifestando, sigue sintiéndose anonada y pequeña, se sigue sintiendo la humilde esclava del Señor.

El cántico de María es ese cántico alborozado y lleno de gratitud por cuanto Dios se ha fijado en ella como un día Ana, la madre de Samuel, también habia cantado al Señor que en ella también había manifestado su misericordia y le había concedido el don de la maternidad. Es lo que hemos escuchado en la primera lectura y el cántico que hemos proclamado en el salmo de gran semejanza con el cántico de María.

María canta al Señor reconociendo las obras grandes que el Señor ha hecho en ella y todo es alabanza para el Señor; ‘su nombre es santo’, proclama casi como anunciándonos lo que Jesús nos va a decir cuando nos enseñe a orar y nos proponga el modelo de oración del padrenuestro, ‘santificado sea tu nombre’. Se regocija María porque si bien todas las generaciones la alabarán y felicitarán eso será motivo para que todos también alaben el nombre del Señor.

Pero María no está cantando al Señor sólo por ella misma, sino que en cierto modo es el cántico de los redimidos, es el cántico de todos los que han sentido sobre sí la misericordia del Señor, es el cántico de los hombres nuevos del Reino de Dios que en Jesús se va a establecer. Son todos los pequeños y los humildes que son enaltecidos; son todos los que han sido elevados a una vida y dignidad nueva con la gracia del Señor que en su misericordia quiere derramar sobre todos los hombres.

Se cumplen las promesas del Señor, las que hizo a Abrahán y su descendencia, de las que ahora todos somos beneficiarios. El Señor manifiesta su poder y su gloria, el Señor nos ofrece la salvación, hemos de dar gracias a Dios, hemos de cantar continuamente la gloria del Señor.

Estamos a las puertas de la Navidad. El Señor viene y viene con su salvación. La misericordia eterna del Señor se va a manifestar sobre nuestra vida. sepamos asombrarnos como María ante tanta maravilla de amor en su nacimiento en Belén. No perdamos la capacidad de asombro y que se despierte nuestra fe como María para alabar y bendecir al Señor. De María aprendamos a cantar la alabanza del Señor. Haciendo nuestro el cántico y la oración de María preparémonos nosotros debidamente para hacer que Dios nazca de verdad en nuestro corazón y en nuestro mundo.

domingo, 15 de agosto de 2010

La Asunción siembra en nosotros semillas del gozo eterno que un día alcanzaremos


Apoc. 11, 19; 12, 1.3-6.10;
Sal. 44;
1Cor. 15, 20-27;
Lc. 1, 39-56

Alegrémonos todos en el Señor en esta fiesta de María. No podemos menos que comenzar nuestra reflexión manifestando ese gozo grande que sentimos en el corazón en esta fiesta de la Asunción de María. Celebramos el triunfo de María, su glorificación al ser llevada al cielo en cuerpo y alma una vez concluido el curso de su vida terrena, como proclamamos en el dogma de la Asunción. No podía ser menos para quien era la Madre de Dios, quien había prestado sus entrañas para que en ella se encarnara y de ella naciera hecho hombre el Hijo de Dios.
Se alegran los ángeles. Se alegra toda la creación. Nos sentimos llenos de alegría todos los mortales en esta glorificación de María, la mujer vestida de sol, con la luna por pedestal y coronada de estrellas que contemplamos en el Apocalipsis, porque es anticipo, es camino de la gloria a la que nosotros estamos también llamados. Nos alegramos los hijos de María porque la contemplamos en la gloria del cielo participando ya plenamente de la resurrección de Cristo, del reinado de Cristo.
Siempre recordamos las palabras del prefacio donde expresamos todos los motivos de dar gracias a Dios en Jesucristo y que marca el ritmo y el sentido pleno de nuestra celebración. Hoy María, la Virgen Madre de Dios, ha sido llevada al cielo, y ella es figura y primicia de la Iglesia que un día será glorificada. La celebración de esta fiesta de María pone en nuestra alma semillas del gozo futuro que un día nosotros alcanzaremos.
Hoy somos peregrinos en medio de los caminos de esta vida pensando en la meta de nuestra patria del cielo. El peregrino, al que hay momentos en que se le hace duro el camino, muchas veces se pregunta si merece la pena ese esfuerzo que está realizando, esa lucha por superar las dificultades que encuentra en su camino, pero piensa en la meta que un día alcanzará y se siente estimulado en la esperanza del gozo que un día va a sentir cuando llegue a la meta de su peregrinación.
Todos han escuchado, ya que estamos en el año Jacobeo, que en la cercanía de Compostela hay un monte que llaman el Monte del Gozo, porque allá en el horizonte se vislumbras las torres de la catedral de Santiago, y parece que ya entonces su caminar a pesar de los cansancios se hace más ligero para llegar a la meta de peregrinación. Todos se llenan de gozo grande cuando ya ven cercana la meta de su peregrinación.
Necesitamos en ese camino de peregrinación que vamos haciendo por nuestra vida pensamientos luminosos que pongan alas en nuestros pies; necesitamos ese estímulo de los han que llegado antes que nosotros a la meta para pregustar también nosotros el gozo de la gloria que un día alcanzaremos. Podemos nosotros también llegar a la meta, a la patria del cielo.
María es el Monte del Gozo de nuestra peregrinación que nos alienta y nos hace pregustar el gozo que un día alcanzaremos en la gloria del cielo; María ‘es consuelo y esperanza de tu pueblo todavía peregrino en la tierra’; esta fiesta de la Asunción de María es para nosotros ese estímulo que necesitamos para nuestro caminar. Figura y primicia de la Iglesia, como la proclamamos en el prefacio.
María, al contemplarla en su Asunción gloriosa, siembra en nuestra alma esas semillas del gozo eterno que un día alcanzaremos. Ella es la Madre que hoy contemplamos glorificada en el cielo, pero que sabemos que no nos ha dejado sino que sigue caminando a nuestro lado alcanzándonos la gracia y la fuerza del Señor. Por eso Cristo quiso dejárnosla como Madre en ese momento solemne de la Cruz. María es ese espejo de santidad en el que nos miramos y de ella queremos aprender para hacer bien nuestro camino.
En el evangelio que hoy hemos escuchado nos enseña muchas cosas. María nos enseña a ir al encuentro con los demás. No caminamos solos, sino que ese camino tenemos que saber hacerlo con los demás; nunca aislados de ellos. Lo primero que nos dice el evangelio de hoy es que, al tener conocimiento de lo que allá en la montaña sucedía con su prima Isabel, ‘se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel’.
Cuánto podemos llevar cuando vamos al encuentro de los otros, cómo cuánto podemos recibir de ellos también. Con la presencia de María en aquel hogar de la montaña Dios se hizo presente de manera especial en medio de ellos. ‘Isabel se llenó de Espíritu Santo’, Juan quedó santificado en el seno de su Madre. Con María llegaba Dios, se hacía presente Dios. Con nuestro amor, en nuestro encuentro con los demás, siempre vamos a llevar a Dios y Dios sabe hacer cosas grandes y maravillosas a través de nosotros aunque nos consideremos o seamos pequeños. Y nosotros también podemos llenarnos de Dios porque en los demás, sea quien sea con quien nos encontremos, Dios también quiere venir a nuestra vida. Descubramos siempre cuánto bueno recibimos de los demás.
Hoy escuchamos cantar a María proclamando las grandezas del Señor. Tiene que ser también nuestro cántico, el cántico de los peregrinos que descubren las maravillas que el Señor va haciendo en nosotros en nuestro camino. Es el cántico de la esperanza porque con ese cántico de María nos sentimos también estimulados para esa lucha porque sabemos que con Dios este mundo en verdad se puede transformar. Esa tarea que se nos ha encomendado de vivir el Reino de Dios y de hacerlo presente en nuestro mundo no es una tarea imposible porque con Dios lo podemos realizar.
‘El hace proezas con su brazo, dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes’, que canta María. Nos está diciendo, estamos cantando y proclamando con María que esos parámetros del Reino de Dios se realizan y nos llenamos de esperanza. Es lo que canta María y tiene que ser nuestro cántico. No sólo palabras bonitas sino dejar hacer, dejar realizar esa acción transformadora de Dios. La soberbia dejará paso a la humildad, la violencia a la paz, el odio al amor, la envidia y el resentimiento a la generosidad.
Y es que mientras peregrinamos hacia la gloria definitiva nos sentimos comprometidos en hacer mejor nuestro mundo, en hacernos mejores nosotros y en ayudar también a que los demás cambien su corazón. Son las semillas del Reino de Dios que tenemos que ir sembrando en todo eso bueno que hacemos, en esa justicia por la que luchamos, en esa paz que buscamos y queremos construir, en ese amor que queremos ir poniendo en todos los corazones.
Hoy nosotros miramos a María en esa advocación tan querida para nosotros los canarios. Cuántos llegados de todos los rincones van a postrarse ante la Imagen bendita de Ntra. Sra. de Candelaria. Ella nos trajo la luz a nuestra tierra porque ya ella nos estaba enseñando a mirar a su Hijo Jesús antes incluso que llegaran los primeros evangelizadores. Ella ha seguido allí desde su Santuario pero en el corazón de todos los canarios enseñándonos el camino de la luz verdadera y ayudándonos a mantener esa luz siempre encendida en nuestro corazón.
María, portadora de la luz, la Candelaria, nos está diciendo que vayamos al encuentro con los demás llevando siempre esa luz. Que no se nos apague la fe, que no se difumine por ningún motivo la esperanza, que se encienda siempre muy fuerte la hoguera del amor en nuestra vida. La contemplamos glorificada y nos hace levantar la mirada hacia lo alto, para que pongamos altas metas, nobles ideales en nuestro corazón. Para que con ella nos sintamos elevados en su Asunción porque la gloria que en ella hoy contemplamos también puede ser un día nuestra gloria, la que en el Señor alcancemos en el cielo.

martes, 22 de diciembre de 2009

Su misericordia llega a sus fieles

1Sam. 24-28
Sal.: 1Sam. 2, 1.4-5.6-8
Lc. 1, 46-56


‘Y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación… auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, a favor de Abrahán y su descendencia para siempre…’
María canta al Señor porque es grande, porque ha hecho obras grandes en ella… Reconoce María las maravillas que el Señor ha hecho en ella, pero es consciente también de que todo eso que el Señor está realizando en ella es el cumplimiento de la promesa de salvación que Dios había hecho para su pueblo. ‘Como lo había prometido a nuestros padres…’ La promesa del Señor era promesa de salvación, de perdón.
Se siente un instrumento en las manos de Dios. Lo reconoció ante el ángel cuando la anunciación y ahora lo proclama de nuevo. ‘Ha mirado la humillación de su esclava’, reconoce ahora. Se ha puesto María en las manos de Dios. ‘Yo soy la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra’, dijo entonces.
Así ha sido la fe de María; ha sido su humildad que la hace grande. Si Jesús había dicho que el que se humilla será enaltecido, justo es que queramos encumbrar a María y que el Señor además la haya hecho grande cuando ella con tanta humildad se presenta ante Dios. Así es el amor con el que ella quiere cantar al Señor.
Siente que la van a reconocer, la ‘felicitarán todas las generaciones’, pero es ‘porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí’. Luego su canto es para el Señor. Canta el amor que Dios nos tiene y que en ella se ha derramado de forma tan extraordinaria y maravillosa. Es el Señor. Es el Salvador que viene y que ya en ella está realizando maravillas. ‘Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador’. Desde lo más hondo de su corazón ella canta al Señor, se llena de la alegría del Espíritu.
Este canto de María que tiene hondas resonancias bíblicas – hemos recitado como salmo hoy un cántico que está tomado del primer libro de Samuel, cuando Ana canta agradecida a Dios que le ha concedido el don de la maternidad – lo repetimos nosotros muchas veces en la liturgia, como cántico evangélico en las vísperas, y también nos sirve muchas veces como pauta de nuestra oración.
Mucho más tendríamos que meditarlo para impregnarnos de ese espíritu que empapaba a María. Hemos de saber reconocer las cosas grandes que el Señor hace también en nosotros. Con ese mismo espíritu humilde hemos de ir a postrarnos ante El. Hemos de sentirnos igualmente instrumentos en las manos del Señor, porque también el Señor quiere contar con nosotros en su obra salvadora a favor de todos los hombres.
Testigos y mensajeros también nosotros hemos de ser. Y reconociendo las misericordias del Señor hacer que todos puedan reconocerlo de la misma manera, porque grande es el amor que el Señor nos tiene. El mundo tiene que conocer lo que es el amor de Dios. Muchos quizá no creen porque no se les ha anunciado debidamente lo grande que es el amor del Señor. ¿Cómo van a creer si no se les anuncia?, ya decía en una ocasión el apóstol Pablo. Y nosotros mensajeros de esa Buena Nueva tenemos que ser para los demás.
Reconocimiento, acción de gracias, alabanza tienen que ser cánticos que entonemos no sólo con nuestros labios sino con toda nuestra vida porque el Señor es grande.

martes, 8 de diciembre de 2009

Con María bendecimos a Dios en su Inmaculada Concepción


Gén. 3, 9-15.20;

Sal. 97;

Ef. 1, 3-6.11-12;

Lc. 1, 26-38


‘Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo…’ que nos permite celebrar hoy esta fiesta grande de María. Sí, bendecimos a Dios que es el que merece toda alabanza y bendición. Para Dios siempre nuestra primera bendición y alabanza. Y lo bendecimos en esta fiesta de María, de su Inmaculada Concepción.
Podría parecer que hoy todas las bendiciones sean para María. No dejamos de bendecirla y alabarla. La felicitamos en este día, en esta fiesta tan hermosa de su Inmaculada Concepción. Queremos, es cierto, mostrarle todo nuestro amor. Es la Madre del Señor, es nuestra Madre, porque así quiso el Señor regalárnosla. Pero nuestra bendición más grande, por decirlo de alguna manera, es para Dios que nos ha regalado a María y nos la ha dado como madre, pero en primer lugar porque ha escogido a María para que ocupara un lugar tan importante en la obra de nuestra redención, de nuestra salvación.
María inmaculada, toda pura y limpia de pecado, preservada del pecado original y nunca manchada con ninguna mácula de pecado; ‘en previsión de la muerte de tu Hijo la preservaste de todo pecado’, como decimos en la oración litúrgica. ‘la preservaste de toda mancha de pecado original, para que en la plenitud de la gracia fuese digna madre de tu Hijo, y comienzo e imagen de la Iglesia, esposa de Cristo, llena de juventud y de limpia hermosura’, como diremos en el prefacio.
La Palabra proclamada en esta solemnidad nos ayuda a hacer el recorrido en el misterio de la salvación y a contemplar el lugar de María. El Génesis nos recuerda nuestro pecado, nuestra condición pecadora, con nuestra desobediencia, nuestras sombras y nuestros miedos, con la muerte que dejamos introducir tantas veces en nuestra vida.
Pero esa primera página no es sólo la de nuestro pecado sino también la página de la esperanza, la de la promesa de la salvación. El proyecto de amor de Dios se realizará a pesar de la negación y del pecado del hombre, porque el amor de Dios está por encima de todo. ‘Establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya; ella te herirá en la cabeza cuando tu la hieras en el talón’. La victoria final será de quien aplaste la cabeza del mal, aunque el mal tantas veces quiera herir de muerte al hombre. Está anunciada la victoria de la gracia y de la vida, la salvación. Tendremos un Salvador. Por eso llamamos a esta página el proto-evangelio. Es un primer anuncio de Buena Nueva. Y ahí está también la mujer, la madre, de cuya estirpe saldrá el que sea vencedor del pecado y de la muerte. Es ya un primer anuncio también de María.
Y Dios quiso contar con María porque en su designio eterno de amor, un día El quería encarnarse, ser Emmanuel, ser Dios con nosotros. Sería en el seno de María donde se realizase tan maravilloso misterio. Y María, la llena de gracia, la que se ha dejado inundar por Dios, dice Sí. Aquí estoy, hágase en mí, estoy en tus manos, sólo soy tu esclava porque sólo quiero hacer tu voluntad, por ti quiero dejarme hacer, como barro en tus manos me pongo para ser sólo instrumento de tu amor. ‘Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra’, fue la respuesta de María al ángel. Y Dios viene con su salvación. Y Dios realiza maravillas en aquella que se llama a sí misma la humilde esclava del Señor. Y viene Dios para realizar una nueva creación, una nueva criatura que lleno de su vida divina será hijo de Dios.
Las maravillas que Dios está realizando en María son las maravillas que Dios realiza también en nosotros cuando nos otorga su salvación, cuando nos inunda con su amor y su gracia. Decíamos antes con el prefacio que María es ‘comienzo e imagen de la Iglesia’. Es que en María está toda la humanidad que recibe a Dios, toda la humanidad que dice Sí a Dios. Es el comienzo y la imagen de esa humanidad nueva.
En María nos vemos representados, porque ella es una de los nuestros aunque Dios la dotara de tan radiante hermosura; no podía ser menos cuando iba a ser su Madre, cuando iba a ser esa morada especial de Dios entre nosotros donde se encarnara y naciera el Hijo de Dios. Ella es una de los nuestros que va delante de nosotros enseñándonos a decir Sí a Dios; ella es el mejor modelo y ejemplo del nuevo creyente.
Como en María, Dios quiere hacer también maravillas en nosotros, aunque indignos y llenos de pecado. Nosotros tendríamos también que cantar el canto de María sintiendo que en nosotros se están realizando también esas maravillas de Dios. ‘El Señor hizo obras grandes en mí, su nombre es santo’, cantaba María. Ya san Pablo cantaba y bendecía a Dios, como hemos escuchado en la carta a los Efesios, por todas esas maravillas que Dios realiza en nosotros.
‘Bendito sea Dios… que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bendiciones espirituales y celestiales…’ En Cristo hemos sido ‘elegidos para ser santos e irreprochables ante El por el amor’. ¿No nos recuerda el ‘llena de gracia’ con que el ángel saludó a María? Nos llena de su gracia, de sus bendiciones para que así seamos santos. Lo podemos ser porque así Dios nos ha bendecido.
En Cristo, en la persona de Cristo, hemos sido ‘destinados a ser sus hijos’. Si a María el ángel le dice ‘el Señor está contigo’, a nosotros nos está diciendo que nos llena de la vida de Dios por la fuerza del Espíritu para en Cristo hacernos hijos de Dios. Maravillas del Señor en nosotros por las que tenemos que bendecir a Dios, darle gracias, alabarle una y otra vez.
Es el destino de Dios, el designio eterno de amor de Dios para con nosotros. María nos abrió el camino cuando ella le dijo Sí a Dios. A ese designio de amor de Dios nosotros tenemos también que decir Sí, como María. Contemplándola a ella, tan hermosa como hoy la contemplamos, nos sentimos impulsados a dar también ese generoso Sí de nuestro amor a Dios.
Contemplar la santidad de María es siempre para sus hijos una llamada a la santidad. Ella es ‘abogada de gracia y ejemplo de santidad’. Con la intercesión de María podemos alcanzarlo porque ella nos hará llegar la gracia del Señor. ‘Concédenos por su intercesión, pedíamos en la oración litúrgica, llegar a ti limpios de nuestras culpas’.
‘Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo…’ que nos permite celebrar hoy esta fiesta grande de María. Con ella sentimos todo el amor de Dios en nosotros y con ella queremos hacerle también la ofrenda hermosa de nuestro amor y santidad.

lunes, 22 de diciembre de 2008

Como Maria contemplativos para cantar las grandezas del Señor

1Samuel, 1, 24-28

Sal: 1Samuel, 2, 4-8

Lc. 1, 46-50

El hombre, la persona reflexiva y en cierto modo contemplativa, es una persona capaz de tener metas o trazarse objetivos, sabe darle profundidad a su vida alejándose de todo lo que sea superficialidad, y será persona que sabrá darle hondura a su fe para abrirse al misterio de Dios.

Tenemos el peligro o la tentación de simplemente dejarnos llevar por las cosas que nos van sucediendo cada día, o de solo preocuparnos de ir resolviendo los problemas inmediatos que se nos presentan. Pero la persona que reflexiona, que saber leer su vida, que analiza lo que le sucede será persona de gran hondura y es quien puede estar abierto al misterio más profundo, que es el misterio de Dios.

Un ejemplo lo tenemos en María. Cuando reflexionábamos sobre el pasaje de la Anunciación decíamos de su capacidad de asombro ante el misterio de Dios que se le manifestaba en la visita del ángel. Hablábamos también de su capacidad reflexiva y contemplativa de quien guardaba todas las cosas en el corazón para rumiarlas y saborearlas allá en su interior.

Hoy la contemplamos en su vista a Isabel prorrumpiendo en un cántico de alabanza al Señor, que es grande y ha hecho cosas grandes en ella. Yo me atrevo a decir que no fue un cántico improvisado sino algo que salía de la hondura de sí misma y de cuánto había saboreado ella el misterio de Dios que en ella se estaba realizando. Me la imagino en el camino de Nazaret hasta las montañas de Judea en esa actitud reflexiva y contemplativa y cantando allá en su corazón cuántas maravillas había hecho el Señor en ella.

Ahora se desborda su corazón. Canta entusiasmada al Señor que es grande. Se inspira quizá en el cántico de Ana, la madre de Samuel de la que nos habla el libro del Antiguo Testamento, pero es algo que ella ha experimentado en lo más profundo de su corazón. ‘Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador’. Ella ha descubierto lo grande que es Dios y las maravillas que realiza. Maravillas que realiza en ella y a través de ella a favor de todos los hombres. ‘El poderoso ha hecho obras grandes por mí’. Y bendice al Señor, bendice el santo Nombre de Dios. ‘Su nombre es santo’.

Se manifiesta el amor y la misericordia de Dios – ‘como lo había prometido a nuestros padres’ -, porque quien lleva en sus entrañas es el rostro de amor de Dios, es el rostro misericordioso de Dios. El que viene, el Hijo de Dios que se hace hombre y allá en sus entrañas se está encarnando, viene a mostrarnos lo que es el amor y la misericordia de Dios con su salvación.

Ella ha experimentado ese amor de Dios, que se ha fijado en ella. Ella que se siente la última, la pequeña, la esclava. Así se había proclamado cuando aceptaba el plan de Dios para su vida. ‘Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra’, y ahora da gloria al Señor, se alegra en el Señor ‘porque ha mirado la humillación de su esclava’.

Y ella ha experimentado en sí misma lo que un día Jesús nos enseñará. Que ‘el que se ensalza será humillado y el que se humilla será enaltecido’. Por eso canta ahora al Señor que ‘hace proezas con su brazo, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes; a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos’. Bien que se había llenado ella de las bendiciones de Dios, cuando se había hecho humilde, se había vaciado de sí misma, cuando se considera simplemente la humilde esclava del Señor.

Cantemos nosotros también a Dios en nuestro corazón. Que desborde la alegría y el jubilo de nuestro espíritu que el Señor también en nosotros quiere hacer cosas grandes. También nosotros hemos recibido la bendición del Señor. ‘Nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales y celestiales’, como nos dice san Pablo, cuando nos ha llamado, nos ha elegido, ha derrochado su amor sobre nosotros, nos ha salvado y nos ha hecho hijos al regalarnos su vida divina. Que nos metamos dentro de nosotros mismos para saborear cuanto Dios realiza en nuestra vida. Que seamos igualmente contemplativos para que surja nuestro mejor cántico de alabanza al Señor.

Con esa actitud humilde y agradecida preparemos nuestro corazón para la celebración del nacimiento de Jesús.