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jueves, 15 de agosto de 2024

María en su Asunción sigue siendo hoy un faro de luz que pone esperanza en nuestros corazones despertando en nosotros los deseos de un mundo nuevo y mejor

 


María en su Asunción sigue siendo hoy un faro de luz que pone esperanza en nuestros corazones despertando en nosotros los deseos de un mundo nuevo y mejor

Apocalipsis 11, 19a; 12, 1. 3-6a. 10ab; Salmo 44; 1Corintios 15, 20-27ª; Lucas 1, 39-56

Tener una señal que nos garantice que aquello por lo que luchamos lo podemos conseguir será siempre algo que nos da esperanza en nuestro esfuerzo por lo que merece la pena, aunque sea duro el camino, seguir en nuestros deseos de superación y de alcanzar esa meta. ¿Estamos seguros que este camino nos llegará al final que pretendemos? ¿Merecen en verdad esos esfuerzos que algunas veces parece que se nos hace oscuro el camino por todas las cosas que nos vamos encontrando y que parecen que quieren distraernos de nuestra meta? Y confiamos, y esperamos, y mantenemos la tensión del esfuerzo, y somos capaces de pasar todos los sacrificios que sean necesarios porque nos sentimos seguros del final que buscamos.

No se trata ya de los caminos geográficos que tenemos que recorrer si queremos llegar a un lugar hermoso donde nos anuncian que vamos a disfrutar mucho. Podríamos estar haciendo referencia también a la situación que vivimos en nuestro mundo que en medio de tantas violencias y tanto egoísmo insolidario pudiera parecer que nos hace perder la esperanza. Sin dejarnos envolver por el pesimismo bien sabemos que la realidad es cruda, guerras que no se terminan sino que más bien parece que surgen con más fuerza cada día con el peligro incluso de que se abran nuevos frentes, y aun seguimos soñando con la paz aunque nos flaqueen las esperanzas.

Un mundo duro y cruel de tantos que tienen que dejar su tierra y lugar de origen arriesgando sus vidas es búsqueda de algo mejor, pero como contrapartida esos resabios de racismo que aparecen en algunos lugares, esos brotes insolidarios que nos hacen pensar primero en nosotros sin querer mirar las tragedias pero también los sueños que hay detrás de cada uno de esos emigrantes; y nos vemos envueltos en ese torbellino y sentimos la tentación de dejarnos arrastrar por esas negruras que pueden aparecer en nuestro corazón. ¿Necesitará nuestro mundo, necesitaremos nosotros un faro de esperanza que nos anime a seguir en pie?

Es mucho lo que está en juego y esta fiesta de la Asunción de la Virgen es para nosotros un rayo de esperanza que nos llena de esas certezas y seguridades el corazón. Era turbulento también aquel momento de la historia del mundo en que apareció la Buena Noticia del Evangelio. Desde la Palabra de Jesús comenzó a brillar una nueva luz que llenaba de esperanza aquel mundo. Recordamos que los evangelios nos hablarán de que en aquel mundo que andaba en tinieblas, recordando a los profetas, allá por Galilea comenzó a brillar una nueva luz con el anuncio del evangelio de Jesús. Será la lectura que irán aprendiendo a hacer de la vida y de la historia aquellos que creían en Jesús, aquellos que seguían a Jesús. Cada hecho, cada momento comenzaba a tener una nueva lectura que seguía despertando esperanzas en los corazones.

Es lo que hoy también nosotros queremos sentir cuando celebramos esta fiesta de la Asunción de la Virgen que la queremos celebrar también en el contexto de nuestro mundo, con nuestras problemáticas sociales y también con nuestras problemáticas personales, porque a todos en algún momento no nos faltan esas oscuridades que pidieran entenebrecer también nuestras vidas. Pero no nos puede faltar la esperanza.

Es posible un mundo nuevo por el que luchamos y nos esforzamos, es posible que los corazones vayan cambiando y tengamos una nueva mirada  que nos llene de esperanza, es posible hacer un mundo mejor porque hay muchos corazones generosos que ya lo están trabajando.

Tenemos que estar atentos a esas buenas señales que nos pueden ir apareciendo y no podemos dejar que pasen desapercibidas. No todo son deseos de guerra y de violencia y hay un fuerte clamor por la paz en nuestro mundo; no todo es encerrarnos en nuestros egoísmos, racismos y discriminaciones, porque también nos encontramos con muchas personas de buena voluntad que trabajan por mejorar la situación de quienes llegan ansiosos de algo nuevo a nuestras costas; no siempre avanzamos todo lo que queremos, pero hay señales en el camino que tenemos que saber descubrir para no dejarnos embotar por cosas negras que se magnifican en exceso.

Hoy escuchamos el canto de María que se siente engrandecida en el Señor, porque siente que en ella Dios está realizando maravillas, pero porque siente también que por ella Dios está haciendo maravillas para nuestro mundo. ‘Los poderosos van a ser derribados de sus tronos y los humildes van a ser enaltecidos, los hambrientos van a ser saciados, pero aquellos que se creen satisfechos de todo van a sentir el peor de los vacíos en su corazones’. Es la imagen que en María contemplamos de esa transformación de nuestro mundo.

Algo nuevo tiene que surgir, algo nuevo ya está surgiendo, en eso nuevo tenemos que sentirnos implicados, a ese carro de transformación nosotros tenemos que apuntarnos. Dejémonos de catastrofismos que llenan de oscuridad los corazones – cuidado con las noticias que algunas veces difundamos que parece que lo que queremos es escachar la cabeza de los que no piensan como nosotros – y resaltemos los puntos de luz que vayamos encontrando que si abrimos los ojos los descubriremos.

Nosotros, los canarios, hoy invocamos a María con la hermosa advocación de Candelaria. Es la portadora de la luz, así un día la puso con su imagen en las playas de nuestra isla, pero quiere seguir siendo esa portadora de luz para nuestra tierra hoy pero nos está pidiendo que es lo que nosotros tenemos que ser en medio de este mundo que  nos ha tocado vivir. Dejémonos iluminar e iluminemos con esa luz del evangelio de Jesús que ella también nos ha venido a traer.

domingo, 15 de agosto de 2021

En la fiesta de la Asunción nos alegramos los hijos en la glorificación de la Madre y al tiempo sentimos el estímulo de María como un faro de luz que ilumina nuestra esperanza

 


En la fiesta de la Asunción nos alegramos los hijos en la glorificación de la Madre y al tiempo sentimos el estímulo de María como un faro de luz que ilumina nuestra esperanza

Apocalipsis 11, 19a; 12, 1. 3-6a. 10ab; Sal 44; 1Corintios 15, 20-27ª; Lucas 1, 39-56

Celebramos hoy una fiesta muy hermosa de la Virgen que se traduce en numerosas advocaciones con las que queremos invocarla en multitud de pueblos y lugares. Comienzo por mi tierra en que hoy la celebramos como patrona de nuestras islas, de todo el archipiélago en su advocación de Nuestra Señora de Candelaria, aunque como fiesta propia de esta advocación la tenemos el dos de febrero. 


Sin embargo en nuestras islas y sobre todo en la isla de Tenerife todos los caminos conducen estos días a Candelaria; si no hubiera sido por la pandemia que limita nuestros movimientos y encuentros desde hace días nos hubiéramos encontrado por los caminos de la isla peregrinos que se dirigirían a la Basílica de la Patrona.

No voy a entrar en otras numerosas advocaciones con que invocamos a la Virgen en este día en tantos lugares y en tantos pueblos, sino vamos a centrarnos en lo que litúrgicamente celebramos en este día. Hoy es el día, podríamos decirlo así, del triunfo pascual de María cuando celebramos su gloriosa Asunción en cuerpo y alma a los cielos. Es la culminación de la vida de María y de su plena unión con Jesucristo, su Hijo y nuestro Salvador. Si Jesús nos dijera un día que quería que donde El estuviera estuviéramos nosotros también y por eso va al Padre y nos prepara sitio, qué podríamos decir de lo que Jesús querría para su Madre María.

El final del decurso de su vida terrenal culmina con esta glorificación de María en que Cristo quiere hacerla a Ella como primicia partícipe de su misterio de Redención. La había hecho toda pura e inmaculada en su Concepción porque iba a ser la Madre de Dios en virtud de los méritos de Jesucristo, como confesamos en los artículos de nuestra fe, como no la va a hacer partícipe de su resurrección en su glorificación en cuerpo y alma a los cielos.

Y decimos que ella es como primicia, porque es el camino al que estamos llamados todos los que creemos en Jesús. María, siempre lo decimos, es el mejor modelo de lo que es el seguimiento de Jesús. Así plantó ella en su vida la Palabra de Dios. Era como su lema y como su meta. Aquellas palabras que pronuncia ante el ángel en Nazaret no fueron fruto solo del fervor de un momento incluso con todo lo sublime que era aquel instante de la Encarnación, pero si ella fue capaz de decir ‘hagase en mi según tu palabra’, es porque ella ya en su vida se había dejado envolver totalmente por la Palabra de Dios. ‘Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica’, la plantan en su vida diría Jesús, lo que era como una alabanza a su madre, la que así se había dejado conducir por la Palabra de Dios.

¿Cómo no iba ella a prorrumpir en ese cántico de alabanza y acción de gracias a Dios que en ella había hecho obras grandes, fijándose en la humildad de su esclava? Solo quien vivía una espiritualidad profunda porque se había dejado traspasar por el Espíritu podía ser capaz de pronunciar tan hermoso cántico.

Un cántico que además se convierte en profético porque irá describiendo como todo se transforma y transfigura cuando nos dejamos inundar por la misericordia del Señor y nos dará las señales de ese mundo nuevo que va a surgir y que es el Reino de Dios. Un mundo donde son exaltados los humildes, un mundo que nos ofrecerá un orden nuevo donde los pobres y los hambrientos serán saciados mientras que aquellos que se consideraba a sí mismos hartos ahora se sentirán vacíos. Es todo un resumen del mensaje del evangelio, un resumen de la buena nueva del Reino de Dios que comienza.

Hoy con esta fiesta de la Asunción de María sentimos el gozo de los hijos cuando ven la gloria de la Madre, su glorificación al ser llevada en cuerpo y alma a los cielos. Es un momento para felicitarnos con María al tiempo que en ella nos sentimos estimulados en nuestro camino, y con ella renacen nuestras esperanzas. María viene a ser así como un impulso para nuestro camino y para nuestra esperanza; con la Asunción de María de alguna manera nos quedamos como atónitos y estupefactos al contemplarla en su glorificación, pero nos sentimos impulsados a seguir haciendo el camino donde queremos hacer presente esas señales del Reino de Dios entre nosotros.

En ocasiones podemos sentir el cansancio en nuestras luchas y en nuestros esfuerzos por hacer un mundo mejor, nos sentimos quizás en momentos algo defraudados porque nos parece que el mal avanza demasiado en medio de nuestro mundo, pero ahí está la presencia de la madre que nos alienta, que se pone a nuestro lado en el camino, que nos impulsa a dar un paso más, a poner un nuevo esfuerzo, a poner más ánimo en nuestro corazón. Es lo que hacen las madres con los hijos que con su presencia les alientan y les animan.

Así sentimos la presencia de María en esta fiesta que hoy estamos celebrando. Mitiga nuestras lágrimas ante los sinsabores de la vida y con su consuelo alivia nuestros corazones tantas veces de mil maneras atormentados. Es aliento y es esperanza, es fuerza nueva que nos da un nuevo impulso para caminar. En su imagen bendita de la Candelaria que hoy los canarios de manera especial contemplamos la sentimos como un faro de luz, en esa candela que lleva en sus manos, para ir delante de nosotros alumbrándonos el camino y haciéndonos vislumbrar nuestras metas finales.

 

sábado, 2 de febrero de 2019

De María de Candelaria queremos aprender a ser misioneros de luz, a ser evangelio, buena nueva de Dios para los demás con el anuncio de Jesús


De María de Candelaria queremos aprender a ser misioneros de luz, a ser evangelio, buena nueva de Dios para los demás con el anuncio de Jesús

Malaquías 3,1-4; Sal 23; Hebreos 2,14-18; Lucas, 2, 22-40

Suben al templo José y María para cumplir con lo prescrito por la ley de Moisés. Todo primogénito varón sería presentado al Señor a los cuarenta días de su nacimiento. Realizadas las  purificaciones rituales de la mujer después del parto se disponen a hacer la ofrenda que está prescrita en la presentación del niño al Señor cuando un anciano que aguardaba con esperanza la llegada del Mesías del Señor les sale al encuentro para tomando el niño en sus brazos bendecir al Señor porque sus ojos han visto al Salvador anunciado y esperado que ahora era presentado ante todos los pueblos como la luz de las naciones y la gloria de su pueblo Israel.
Aquel anciano había recibido una inspiración del Espíritu que le aseguraba que sus ojos no se cerrarían hasta que pudiera contemplar al Mesías Salvador. Allí está en medio del templo, con la mirada atenta de María que va guardando todo cuanto sucede en su corazón, alabando y bendiciendo al Señor cuando se une al cántico de alabanzas una anciana que llevaba muchos años también sirviendo al templo del Señor con la esperanza puesta en el Mesías que un día habría de llegar; se puso a dar gloria a Dios y a hablar del Niño a cuantos esperaban la liberación de Jerusalén.
Llevaba María la luz en sus brazos cuando se presenta en el templo, y aquella luz comienza a brillar para todos con los cánticos de alabanza de aquellos ancianos. Llevaba Maria la luz en sus brazos y allí es consciente, con las palabras del anciano Simeón, de que esa luz habrá de brillar sobre las tinieblas, aunque mucho fuera el dolor al paso por la pascua de la pasión, porque iba a ser signo de contradicción. Una espada la traspasará el alma, le anuncia a ella también el anciano.
Es lo que litúrgicamente hoy estamos celebrando a los cuarenta días del nacimiento del Señor. Una fiesta que en la liturgia se convierte en la fiesta de las candelas, recordando con ese signo de la luz lo que Jesús había de significar para nosotros y para el mundo. En la liturgia de este día también caminamos nosotros al encuentro del Señor con lámparas encendidas en nuestras manos, como aquellas doncellas de la parábola que un día Jesús nos propondrá, pero que hemos de mantener siempre encendidas, procurando que no nos falte el aceite de la fe y del amor, porque con esa luz nosotros tenemos que iluminar nuestro mundo, con esa luz de nuestra vida de fe y de amor nosotros tenemos que anunciar al que es la verdadera luz.
Si decíamos antes que Maria subía hasta el templo de Jerusalén con la luz en sus brazos porque llevaba a Jesús es lo que nosotros los canarios contemplamos hoy en la figura de María de Candelaria a quien hoy estamos celebrando como nuestra Madre y patrona. También María se adelantó a la presencia de los misioneros en nuestras tierras con su imagen aparecida en las playas de Chimisay que portaba en sus manos también la luz. Así la contemplamos en su imagen, mientras  con el brazo derecho abraza a Jesús niño en su regazo en la mano izquierda porta una candela, una luz para que el signo nos ayude a contemplar al que es la verdadera Luz.
Fue ella la primera misionera de nuestras tierras antes incluso de que los castellanos hicieran posesión de ellas para la corona de España. Ella estaba haciendo dirigir la mirada de nuestros antepasados guanches hacia lo alto para encontrar la luz. Fue el primer anuncio del evangelio, María es el primer evangelio para nuestra tierra, porque se adelantó a anunciar a Jesús. Chaxiraxi la llamaban, algo así, como la Madre del Sol, Madre del sustentador de cielo y tierra, y a quien nosotros contemplamos como la Madre de Jesús, la luz del mundo, la Madre de Dios, que es también nuestra madre.
En esta fiesta los canarios acudimos a María, nos postramos con amor filial ante su imagen bendita en su basílica de Candelaria o allí donde tengamos una imagen de María de Candelaria; con fervor acudimos a ella buscando su protección maternal, pero de ella queremos aprender a hacer el camino que nos lleve a la luz de Jesús, como de ella tenemos que aprender también a convertirnos en misioneros de los demás porque aprendamos a llevar la luz, porque aprendamos a ser evangelio, buena nueva de Dios para los demás, porque aprendamos a llevar a todos el anuncio de Jesús.





miércoles, 15 de agosto de 2018

María de Candelaria, lucero del alba de la evangelización de nuestra tierra siga siendo Estrella de la evangelización y estimulo que con su presencia suscite esperanza en nuestros corazones


María de Candelaria, lucero del alba de la evangelización de nuestra tierra siga siendo Estrella de la evangelización y estimulo que con su presencia suscite esperanza en nuestros corazones

Apoc. 11, 19a; 12, 1. 3-6a. 10ab; Sal 44; 1Cor. 15, 20-27ª; Lc. 1, 39-56

Todos necesitamos en algún momento un estimulo que nos anime en nuestro camino, algo que suscite esperanza y nos haga ver las cosas sin negruras ni pesimismos sino que de alguna manera nos esté diciendo que es posible, que podemos, que hemos de tener ánimo para levantar el vuelo y no quedarnos ni en superficialidades ni en puro materialismo, que nos dé como un sentido nuevo que llene nuestro espíritu, llene nuestro ser y nos impulse a seguir caminando con ilusión y esperanza.
Algunas veces nos confundimos y podemos pensar en estimulantes efímeros que si nos dan quizá un poco de fervor se nos queda en algo momentáneo que luego nos dejará vacíos. Los estímulos no están en las cosas, los estímulos los podemos encontrar en personas que se convierten en tipo y figura de lo que tiene que ser nuestra vida y que con su ejemplo y testimonio no nos agobian ni nos hunden sino todo lo contrario  nos llenan de ilusión y esperanza nueva. En cuantas personas de nuestro entorno podemos encontrar ese ejemplo.
Un estimulo cierto lo tenemos en la cercanía y en el amor de nuestra madre que siempre estará a nuestro lado creyendo en nosotros a pesar de los errores o fracasos que algunas veces podamos cosechar en la vida. La presencia de la madre la tenemos desde nuestro nacimiento y nunca nos faltará. Aunque un día se adelante a nosotros en su muerte siempre sin embargo la podremos sentir junto a nosotros porque recordaremos su testimonio y recordaremos las palabras que quizás tantas veces nos repitió en vida y no le hicimos mucho caso, pero que ahora en soledades y momentos difíciles seguiremos haciendo presente en nuestro recuerdo.
Los discípulos de Jesús en nuestro camino de vida cristiana, en nuestro camino de seguimiento de Jesús tenemos el estimulo de cuantos antes que nosotros nos han precedido en el camino de la vida y con una vida ejemplar hoy son para nosotros ese espejo en el que nos miramos, esa imagen de lo que es vivir el evangelio convirtiéndose así en un recuerdo permanente de lo que ha de ser nuestra vida cristiana.
Pero tenemos sobre todo a María, la Madre de Jesús, que El quiso dejarnos también como esa madre que esté a nuestro lado siendo modelo estimulo para nuestra fe, nuestra esperanza y nuestro compromiso en el amor. Por eso para los cristianos las fiestas en que conmemoramos a María tienen un especial significado. Las queremos llevar incluso físicamente junto a nosotros en sus sagradas imágenes por esos mismos caminos que nosotros tenemos que hacer en la vida cada día, porque así su recuerdo y su presencia se convierten en memoria y estimulo permanente.
Por eso nos llenan tanto de alegría las fiestas de María, porque con la madre nos regocijamos, a la madre celebramos, la presencia viva de la madre sentimos junto a nosotros y con ella queremos seguir haciendo el camino con ilusión y con esperanza. De ahí tantos y variados nombres con los que la invocamos, que como un rosario de piropos queremos dedicar a nuestra amada.
Hoy es una fiesta especial para ese estímulo y para animar nuestra esperanza, porque es el triunfo de María cuando la vemos glorificada como primicia ya en el cielo. En todos nosotros desde nuestra fe está la esperanza de la resurrección, pero a ella hoy la vemos como adelantada participando de la gloria de su Hijo en el cielo, es su Asunción, su glorificación, el contemplarla en cuerpo y alma en el cielo que es lo que expresamos en esta fiesta y es como un adelanto de la resurrección de la carne para María.
María se puso en camino, como  hoy nos dice el evangelio y hoy la vemos al término de ese camino en su glorificación en el cielo. Como María nos queremos nosotros también poner en camino, y aunque nos vamos a encontrar en la vida tantas veces ese dragón del maligno y de la tentación como la contemplamos en la imagen del Apocalipsis, a ella la vemos vencedora, y nosotros también podremos vernos un día vencedores para llegar a participar de la misma gloria en el cielo.
No siempre es fácil nuestro camino. Como decíamos al principio, necesitamos esos estímulos que nos den esperanza, que sean espejo en el que contemplarnos, y hoy nosotros miramos a María y con ella queremos seguir haciendo nuestro camino porque sabemos muy bien que ella viene con nosotros en nuestro caminar. Es la alegría y el gozo de la fiesta que hoy celebramos.
Nosotros los canarios miramos a María hoy con una mirada muy especial cuando la invocamos como Candelaria, la que antes incluso de la conquista de estas tierras ya su presencia estaba con nosotros siendo su imagen un preanuncio de evangelización para los moradores de la tierra canaria.
En nuestro tierra tinerfeña y podemos decir que en toda canarias, todos los caminos hoy conducen a Candelaria, todos los caminos conducen hasta María. Muchos incluso con grandes esfuerzos recorriendo a pie los caminos antiguos de la isla quieren acercarse hasta el Santuario y Basílica de la Morenita, como  nosotros cariñosamente la llamamos. Es toda una imagen ese camino.
Mucho esfuerzo quizá tengamos que hacer en el mundo que vivimos para mantener nuestra fe; María como estrella de la evangelización ahí está orientándonos en ese camino que tenemos que hacer, porque ella siempre apuntará al Norte verdadero de nuestra vida, porque ella siempre nos conducirá a Jesús. María es la Madre y Maestra de ese camino de nueva evangelización en el que queremos estar comprometidos con nuestra tierra y con el evangelio. Que en verdad sintamos la presencia, la fuerza de María, la gracia que ella nos trae de parte del Señor y no decaigamos por fuerte que sea el dragón fuerte de increencia o indiferencia que vamos a encontrar en muchos.
Que María de Candelaria, que fue lucero del alba de la evangelización de nuestra tierra, siga siendo esa estrella de la evangelización en quien nos sintamos estimulados para mantener firmes el legado de nuestra fe en nuestra tierra.

viernes, 2 de febrero de 2018

Acudimos a María de Candelaria para felicitarla en su día y salimos de su presencia resplandecientes con la luz del evangelio para llevarla a los demás, para iluminar a los demás

Acudimos a María de Candelaria para felicitarla en su día y salimos de su presencia resplandecientes con la luz del evangelio para llevarla a los demás, para iluminar a los demás

Malaquías 3,1-4; Sal 23; Hebreos 2,14-18; Lucas, 2, 22-38
‘Cuando se cumplieron los días de la purificación prescrita por la ley de Moisés llevaron al Niño a Jerusalén para presentarlo al Señor como prescribe la ley de Moisés, todo primogénito varón será consagrado al Señor…’
Es lo que en la liturgia celebramos en este día cuando estamos a cuarenta días de haber celebrado el nacimiento del Señor. Ya conocemos por el evangelio y muchas veces lo hemos comentado cuánto sucedió aquella mañana en el templo de Jerusalén. Allí estaban aquellos piadosos ansiones que aguardaban el consuelo de Israel con el cumplimiento de las promesas que salen al encuentro y comienzan a alabar y bendecir al Señor. En paz puede entregar su alma al Señor aquel piadoso anciano Simeón, ‘sus ojos han visto al Salvador’; su vida se ha iluminado en su vejez porque ha contemplado al ‘sol que viene de lo alto para iluminar a todos los pueblos’; cuantos están en el templo reciben la buena noticia porque la anciana Ana se encargará de hablar del Niño a los que esperaban la futura liberación de Israel’.
‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’ es la ofrenda de aquel día. Allí estaba aquel cuyo alimento era cumplir la voluntad del Padre. La ofrenda y consagración de aquella mañana encontrará su cumbre cuando Jesús mismo diga ‘no se haga, Padre, mi voluntad sino la tuya’ y en las manos del Padre entregue su espíritu en lo alto del Calvario. Comienza la ofrenda y comienza el sacrificio, comienza la entrega de amor y comienza a realizarse el Reino de Dios.
Pero al lado de toda esta escena contemplamos a María. Se le anuncia que una espada traspasará de dolor su corazón, pero ya su corazón está traspasado por el amor porque en ese amor ha hecho ya su entrega a Dios. También ella ha hecho la ofrenda de su voluntad para cumplir la palabra de Dios en su vida. ‘Aquí está la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra’. Es la esclava del amor, es la que ha entregado todo su corazón por amor a Dios, es la que ha plantado la Palabra de Dios en su corazón y de ella ha nacido Jesús. En silencio está María contemplando todo aquello que está sucediendo ante sus ojos en aquella mañana del templo, pero como siempre ella lo está guardando todo en su corazón.
Hoy nosotros los canarios la contemplamos resplandeciente y gloriosa presentándonos y ofreciéndonos a Jesús. Ella, María de Candelaria, la primera misionera de Canarias porque nos trajo la luz, porque nos trajo a Jesús. Así la contemplamos en su imagen con Jesús y con la luz como un signo en la candela que lleva entre sus manos. Pero esa candela es el signo que nos habla de Jesús; esa candela es la que hemos de tomar nosotros también de sus manos para llegar esa luz de Jesús a los demás, a cuantos están a nuestro lado.
María es la primera evangelizadora porque nos trae esa Buena Nueva de Jesús pero quiere que esa luz se siga trasmitiendo para que llegue e incendie todos los corazones en el amor de Jesús. Es la tarea que pone en nuestras manos, la tarea que en esta hora de nueva evangelización en la que estamos embarcados en nuestra tierra nosotros tenemos que comprometernos. No solo queremos acudir a María, visitándola en su santuario y llevándole todas nuestras penas y nuestros amores, sino que de allí tenemos que salir mas encendidos en esa luz que ella quiere trasmitirnos.
Como Moisés que bajó con el rostro encendido y resplandeciente de la montaña así nosotros salimos de la presencia de María resplandecientes con la luz del evangelio para llevarla a los demás, para iluminar a los demás. Bien necesita nuestro mundo tan lleno de dolor y de oscuridades de esa luz. Allí donde hay tanta indiferencia, tanta desgana y tanto egoísmo encendamos la luz del amor; allí donde siguen prevaleciendo las sombras del orgullo, de las envidias y rivalidades, de la violencia y de la insolidaridad encendamos nosotros esa luz del amor que los contagie y los transforme; allí donde hay tantos que han perdido el norte de su vida y ya nada creen y en nada esperan encendamos esa luz que nos trae María para que se transformen los corazones, renazcan las esperanzas y encontremos en Dios el sentido de nuestras vidas y la fuerza para nuestro caminar.
Nos gozamos hoy en esta fiesta de María de Candelaria, nos alegramos con la Madre y la felicitamos con todo  nuestro amor como los hijos saben hacer, pero sabemos que ese amor de Madre de María nos compromete y de su presencia no podemos salir de la misma manera; María nos ayuda a transformar nuestro corazón, pone nueva ilusión y esperanza en nuestras vidas, nos impulsa a amar con un amor nuevo que se enciende cada vez más en la hoguera del corazón de Jesús.

sábado, 15 de agosto de 2015

La Asunción de María nos habla de esperanza de plenitud y de camino comprometido de fe haciendo nuestro mundo mejor

La Asunción de María nos habla de esperanza de plenitud y de camino comprometido de fe haciendo nuestro mundo mejor

Apoc. 11, 19a; 12, 1. 3-6a. 10ab; Sal 44; 1Cor. 15, 20-27ª; Lc. 1, 39-56
Por una parte podemos hablar del ansia de vida en plenitud que está en lo más hondo del corazón del hombre, de su sed de perfección, de vida sin fin y de trascendencia que está en sus deseos más hondos; no en vano la muerte se siente como un truncarse en si misma la vida si no se tuvieran esos sueños de trascendencia y de algo más allá y más grande de lo que en esta vida con los sentidos podamos experimentar.
Y podríamos decir que la fe cristiana viene a responder a esas ansias profundas del corazón del hombre, a esa sed de vida sin fin que llevamos dentro de nosotros llenándonos de esa esperanza de trascendencia cuando nos habla de resurrección y de vida eterna. Pero no son solo unos sueños de los que no nos queramos despertar sino que es algo que podemos vivir más profundamente cuando contemplamos la resurrección de Jesús que se convierte en el eje de nuestra fe. ¿Cómo será esa resurrección y cómo será esa vida eterna? Aunque contemplamos el misterio de la resurrección de Jesús sigue siendo un misterio y nos dejamos guiar por la fe desde la certeza de la resurrección de Jesús.
Pero es la esperanza también que se alienta y se fortalece cuando contemplamos el misterio de María. María, humana como nosotros, pero a quien hoy celebramos y contemplamos glorificada en los cielos, participando de ese misterio de Cristo en su glorificación desde la unión profunda que con El vivió desde su fe. No contemplamos nunca el misterio de María separado del misterio de Cristo; contemplar hoy su glorificación en su Asunción a lo cielos, como hoy proclamamos, es contemplarla participando en plenitud del misterio de Cristo, participando de la gloria de su resurrección.
Pero eso, como decíamos, viene a alentar y fortalecer nuestra fe y nuestra esperanza. Podemos alcanzar también ese misterio de vida en plenitud, podemos alcanzar también la gloria del Señor igual que vemos glorificada a María. Ella nos ayuda a descubrir mejor cómo siguiendo el camino de Cristo llenaremos de verdadera trascendencia nuestra vida y esperamos con toda seguridad esa glorificación también con el Señor en los cielos.
Las promesas de Dios se cumplen; Jesús nos ha hablado continuamente de que si vamos a El y creemos en El tendremos vida para siempre, que El nos resucitará en el último  día. Delante de nosotros, pues, contemplamos a María la mujer de la fe, la que se fió de Dios de manera que se sentía la esclava del Señor para que en ella se realizase siempre lo que era el designio divino. Por ese sí de la fe de María Dios se encarnó y camino en medio de nosotros los hombres. ‘Dichosa tú que has creído’, la alababa su prima Isabel; y de ella diría Jesús que era la que había plantado la palabra de Dios en su vida para cumplir siempre y en todo lo que era la voluntad de Dios.
Así María se llenó de Dios - la ‘llena de gracia’ la llama el ángel - y así se sintió inundada de la vida de Dios - ‘el Señor está contigo’ le dice también el ángel de la anunciación - ¿cómo no iba a tener María vida eterna, cómo María no había de ser glorificada en una primicia de resurrección que es lo que hoy estamos celebrando?
Es el camino que nosotros hemos de recorrer; un camino de fe, un camino de abrirnos a Dios, de llenarnos de Dios, un camino de plantar su palabra en lo más hondo de nuestro corazón para realizar siempre en nosotros los designios de Dios. Es el camino que nos llenará de vida eterna, es el camino que nos conduce también a la resurrección y a la glorificación en plenitud junto a Dios para siempre. Lo estamos contemplando en María, podemos verlo realizado también en nosotros.
La Asunción de María que hoy estamos celebrando es la proclamación solemne de que la Virgen María secundó fielmente en su vida los planes diseñados por la voluntad de Dios. Eso nos hace confiar y llenarnos de esperanza, pero no una esperanza pasiva esperando que todo se cumpla sin poner nada de nuestra parte. Es la obediencia a Dios como camino seguro para alcanzar la plenitud de la vida en lo que tiene que manifestarse en nuestra vida esa esperanza que ponemos en Dios, porque ‘Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad’, pero a eso hemos de dar respuesta queriendo por esa obediencia de fe realizar esos planes y designios de Dios en nuestra vida para alcanzar la salvación.
Por eso la liturgia proclama que María es figura y primicia de la Iglesia que un día será glorificada y que al mismo tiempo es consuelo y esperanza de los que aún peregrinamos en este mundo. Con María se hace más viva y más fuerte nuestra esperanza; con María nos sentimos más fuertemente alentados, consolados y fortalecidos en nuestras luchas en medio de este camino que muchas veces es un valle de lágrimas pero al que queremos dar un sentido profundo que nace de esa esperanza que hay en nuestro corazón.
Que crezca nuestra fe; que con la luz que significa María a nuestro lado vayamos encontrando esos caminos de vida, esos caminos de amor que hemos de recorrer. En nuestra tierra en este día de la Asunción y glorificación de María la contemplamos también como la Candelaria, patrona de nuestra tierra.
Y María de Candelaria lleva una luz en sus manos; como un signo esa vela, esa candela siempre encendida que le da nombre, pero que no es otra cosa que hablarnos de Jesús a quien María porta también en su regazo que es la verdadera luz de nuestra vida, la verdadera luz del mundo. Así nos está señalando María que miremos a Jesús, que escuchemos a Jesús, que en El descubramos los designios de salvación de Dios para nosotros y para nuestro mundo y que con El nos comprometamos a hacer mejor nuestro mundo, esa tierra nuestra concreta en la que vivimos, impregnándola de los valores del Reino, del espíritu del Evangelio.
Porque nuestra fe y nuestra esperanza de plenitud no nos desentienden de ese mundo en el que vivimos; esa fe y esa esperanza nos hacen caminar más comprometidos en hacer mejor los caminos de nuestro mundo sabiendo que un día lo podremos vivir en plenitud en el Reino eterno de Dios.
Con María hoy nosotros queremos también cantar la gloria del Señor que nos hace grandes y que realiza maravillas en nosotros.


viernes, 15 de agosto de 2014

Celebrar la Asunción y glorificación de María nos compromete a darle un sentido pascual a nuestra vida

Celebrar la Asunción y glorificación de María nos compromete a darle un sentido pascual a nuestra vida

Apc. 11, 19; 12, 1.3-6.10; Sal. 44; 1Cor. 15, 20-27; Lc. 1, 39-56
Es ésta una fiesta de la Virgen en la que uno quisiera hacerse poeta para encontrar las más bellas palabras de alabanza a la Madre de Dios y ser cantor que entone los mejores cánticos en la glorificación de María en su gloriosa Asunción a los cielos. Es una fiesta muy entrañable para el pueblo cristiano que alaba a María en su Asunción al cielo, pero que lo expresa en las más diversas advocaciones con las que la celebra a lo largo y ancho de nuestros pueblos.
Es algo así esta fiesta que celebramos como la culminación de un camino en su glorificación junto a Dios en el cielo, pero que se prolonga a lo largo de los siglos en la protección maternal que María ejerce sobre nosotros sus hijos de todos los tiempos.
Un camino iniciado un día con un Sí que en su amor y humildad quería expresar la disponibilidad total de su corazón para Dios sin quizá ella misma vislumbrar el alcance y repercusión que para si misma, pero para toda la humanidad iba a tener. El Sí de María a la embajada angélica estaba mostrando la generosidad grande de su corazón que se abría a Dios porque quería ser toda para Dios y allí, como una humilde esclava, ella estaba en esa disponibilidad para lo que Dios quisiera de ella.
María, que se sentía pobre y pequeña, era grande porque ya Dios se había adueñado de su corazón porque en ella y por ella el Señor quería realizar cosas grandes de manera que iba a ser cauce de la salvación que Dios nos ofreciera porque su generosidad y disponibilidad haría posible que el Hijo de Dios en ella se encarnase por obra del Espíritu Santo para ser para nosotros el Emmanuel, el Dios con nosotros, nuestro Salvador y nuestra vida.
Ella era la llena de gracia, la que en ella Dios quería habitar y habitaba de manera especial, la poseída por el Espíritu Santo que la cubriría con su sombra para que el Hijo que de ella naciera fuera el Hijo del Altísimo. ¡Cómo no iba María a cantar al Señor desbandándose de gozo su corazón cuando ella se sentía tan agraciada del Señor! Se sentía humilde y pequeña pero reconocía la obra de Dios en su corazón pero que también a través de ella iba a ser camino de una humanidad nueva y renovada. María se había convertido en camino para hacernos llegar el Reino de Dios porque nos traería a Jesús; se sentía instrumento de Dios y no se cansaba de cantar a Dios y de dar gracias reconociendo las maravillas del Señor.
Fue el camino de María, un camino de Sí y de amor, de humildad y de servicio, de apertura a Dios pero también de ojos atentos siempre para mirar con una mirada nueva a los demás; un camino el de María en el que ella iba a ser referencia de comunión en los discípulos reunidos en el cenáculo y de estímulo y ejemplo para la oración que entonces hacían en la espera del Espíritu prometido que ella ya llevaba en su corazón desde la anunciación del ángel en Nazaret. Y es que en María se estaban dando las señales de ese Reino nuevo de Dios, María vivía las señales del Reino de Dios, porque ella había convertido con su Si a Dios en el único Señor de su vida.
Hoy, concluido el camino de su vida terrenal, la vemos subir gloriosa a la gloria de los cielos como primicia de la creación entera que por su Hijo había sido redimida. Si ella fue preservada en virtud de los méritos de su Hijo del pecado original y por ello la proclamamos Inmaculada, limpia de toda culpa y de todo pecado desde el primer instante de su Concepción, ahora también la contemplamos, elevada en cuerpo y alma a los cielos, coronada de gloria y esplendor participando de la gloria del cielo. No quiso Dios, como expresamos en el prefacio, ‘que conociera la corrupción del sepulcro la mujer que por obra del Espíritu, concibió en su seno al autor de la vida, Jesucristo, el Señor’.
Pero decimos de María que es figura y primicia de la Iglesia que un día será glorificada; ella caminó delante de nosotros y para nosotros es ejemplo; por eso cuando hoy celebramos su glorificación tenemos que mirar su camino y aprender de ella para hacerlo nosotros también. Camino del Reino de Dios que María vivió y camino del Reino de Dios que nosotros hemos de vivir también.
El camino de María, decíamos, fue el camino de un Sí a Dios en disponibilidad total de su corazón para Dios. Es el Sí de la obediencia de la fe por el que nos fiamos de Dios y en El y en sus manos queremos poner para siempre nuestra vida; es ese Sí de la fe que día a día ha de ir transformando nuestra vida porque queremos también dejarnos llenar e inundar de Dios aprendiendo a orar a Dios como lo hizo María; es el Sí de la fe en la Palabra de Dios que queremos plantar en nuestro corazón para que sea el único norte de nuestra vida, la única luz que nos ilumine en todo momento para comprender el misterio de Dios, pero para descubrir los caminos del amor y del servicio que también nosotros hemos de vivir.
Es el Sí de la fe que nos hace en todo momento dejarnos conducir por el Espíritu de Dios que nos irá inspirando toda obra buena que hemos de realizar, pero también será ese camino de compromiso por los demás y por hacer ese mundo nuevo que en el estilo del Reino de Dios hemos de construir. Como María, no nos podemos cruzar de brazos ante el sufrimiento y las necesidades de los demás o ante la injusticia que domina nuestro mundo. Es lo que ella canta en el Magnificat, donde bendice a Dios porque todo se siente transformado; por eso con María aprendemos a vivir el Reino de Dios, a comprometernos por el Reino de Dios que Jesús anunciaría e instauraría con su Pascua; con María aprendemos a hacer que Dios sea el único Rey y Señor de nuestra vida.
Es el Sí de la fe que nos irá dando sentido a cuanto vivimos y nuestras alegrías serán más profundas pero también a nuestras penas y sufrimientos le vamos a encontrar un sentido y un valor porque hemos aprendido con María, que estuvo al pie de la Cruz de Jesús, a ponernos a su lado con nuestro dolor y sufrimiento para convertirlo también en una ofrenda de amor que se puede hacer corredentor al estar unidos al sacrificio de la Pascua de Cristo. María nos enseña, pues, a darle ese sentido pascual a toda nuestra vida.
Es lo que hoy estamos celebrando en su glorificación y asunción en cuerpo y alma a los cielos, porque es también lo que aprendemos de María y a lo que nos sentimos estimulados desde el ejemplo de María. Que lleguemos a participar con ella de su misma gloria en el cielo, pedimos en las oraciones de esta fiesta; que nuestros corazones vivan abrasados en el amor en el amor de Dios para que podamos incendiar al mundo de amor, contagiándolo del fuego del Evangelio, en esa civilización nueva del amor que hemos de saber construir.
Y no podemos terminar sin hacer mención en esta solemnidad de la Asunción de María a nuestra advocación tan entrañable de María con la que la invocamos como Virgen de Candelaria en este día en que también celebramos su fiesta. María de Candelaria, la portadora de la candela, de la Luz, porque ella fue la primera que trajo la luz de Jesús en su bendita imagen a nuestra tierra, antes incluso que llegara el anuncio del evangelio por los misioneros. María de Candelaria fue una adelantada del Evangelio en su bendita imagen para anunciarnos que ella era la Madre de Dios, era la Madre de la luz y que nos traería a Jesús.

Que en esa devoción tan entrañable que sentimos todos los canarios por María de Candelaria de ella aprendamos en verdad todos esos valores del Evangelio; de ella escuchemos siempre que tenemos que ir a Jesús; de ella aprendamos a plantar la Palabra de Dios en nuestro corazón llevando siempre con nosotros el evangelio de Jesús para impregnarnos de él. Que María nos alcance la gracia de una sincera conversión al Señor que se traduzca luego en esa vida comprometida seriamente por  hacer de nuestra tierra un lugar donde en verdad vivamos y sintamos la presencia de Dios y su salvación trabajando todos por hacer un mundo mejor.

sábado, 2 de febrero de 2013


Integridad en nuestra fe, prontitud en nuestra esperanza y luz resplandeciente en el amor

Varias facetas tiene la fiesta que hoy estamos celebrando. Está en primer lugar la fiesta litúrgica de este día a la que nos ha hecho referencia la Palabra de Dios proclamada. Las promesas del Señor se han cumplido. ‘Mis ojos han visto a tu salvador’, dice el anciano Simeón en su acción de gracias al Señor.
Simeón y Ana vienen a expresar con su presencia en el templo en el momento de la presentación de Jesús, como lo prescribia la ley de Moisés para todo primogénito varón, vienen a expresar digo, todas las expectativas y esperanzas del antiguo pueblo de Dios. ‘Ven, Señor…, que la tierra germine al Salvador…’ eran las súplicas y oraciones que salían fervosotas de los creyentes esperando la pronta venida del Mesías.
A Simeón el Espíritu le había revelado en su corazón que ‘no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor’. Ahora podía tenerlo en sus brazos; en aquellos galileos que llegaban al templo con el Niño para presentarlo al Señor y la ofrenda de los pobres en sus manos supo reconocer, como lo saben hacer los ojos de la fe, que llegaba el Mesías de Dios. ‘Ahora, Señor, según tu promesa puedes dejar a tu siervo irse en paz’, cantaba emocionado el anciano Simeón. Y la profetisa Ana ‘daba gracias a Dios y hablaba del Niño a todos los que aguardaban la liberación de Israel’. Las promesas del Señor se ven cumplidas y las promesas colmadas.
Nosotros venimos también a esta celebración de la presentación del Niño Jesús en el templo llenos de gozo porque sabemos también que venimos al encuentro del Señor. ‘Aquí estoy, oh Padre, para hacer tu voluntad’, fue el grito de Cristo al entrar en el mundo, como nos recuerda y enseña la carta a los Hebreos. Está ya de antemano significado este grito de Cristo el que se sometiera a la ley de Moisés para hacer también la ofrenda de los primogénitos. No era solo someterse a un rito prescrito, sino era la expresión de Cristo de que siempre y en todo hacía la voluntad del Padre, de manera que llegaría a decir allá en Samaria junto al pozo de Jacob que su alimento era hacer la voluntad del Padre. Esa quiere ser tambien nuestra actitud; esa es la ofrenda que nosotros queremos hacer al Señor; ese es el mejor cántico de alabanza que podemos cantar al Señor.
Esta fiesta profundamente cristológica se convierte para nosotros los canarios también en una fiesta mariana. Y esta es otra de las facetas de la celebración y fiesta de este día. La eucaristía la comenzamos con la procesión de las candelas, porque así con las luces de nuestra fe y de nuestro amor encendidas queremos ir al encuentro del Señor. Pero es una fiesta que por eso mismo ha recibido el nombre de la candelaria que es el nombre con que nosotros invocamos en nuestra tierra a la madre del Señor y madre nuestra.
Celebramos, pues, a la virgen de la Candelaria. Contemplamos y cantamos a María; con ella queremos también nosotros aprender a decir sí que siempre la voluntad del Padre sea la norma y el sentido de nuestra vida y con ella nos alegramos en esta fiesta en la que recordamos también como ella fue la primera misionera, la primera evangelizadora de nuestra tierra canaria. Hoy también todos los caminos de nuestras islas confluyen en Candelaria a los pies de la Virgen y nos unimos a su ofrenda, nos unimos a la fe y al amor con que ella acogió a Dios en su corazón, al Hijo de Dios en su seno para convertirse así en la Madre del Señor.
Y finalmente el tercer aspecto que hoy la Iglesia quiere destacarnos es la Jornada de la Vida Consagrada que el Papa Juan Pablo II instituyó para celebrar en este día. ‘Desde el año 1997, por iniciativa del beato Juan Pablo II, se  celebra ese día la Jornada Mundial de la Vida Consagrada, y los consagrados, con su modo carismático de vivir el seguimiento de Jesucristo, son puestos en el candelero de la Iglesia para que, brillando en ellos la luz del Evangelio, alumbren a todos los hombres y estos den gloria al Padre que está en los cielos (cf. Mt 5,16).
En el presente Año de la fe convocado por el papa Benedicto XVI, la vida consagrada, en sus múltiples formas, aparece ante nuestros ojos como un signo de la presencia de Cristo resucitado en medio del mundo, expresión tomada de la carta apostólica Porta fidei (n. 15) y lema de dicha Jornada’.
Así se nos dice en el mensaje de presentación de esta fiesta. ‘Qué significa que los consagrados son un signo para el mundo de la presencia de Cristo resucitado en medio de nosotros?’ Se nos explica a continuación: ‘Los religiosos y religiosas, las vírgenes consagradas, los miembros de los institutos seculares y las sociedades de vida apostólica, los monjes y monjas de vida contemplativa, y todos cuantos han sido llamados a una nueva forma de consagración, hacen del misterio pascual la razón misma de su ser y su quehacer en la Iglesia y para el mundo. Ellos y ellas, con su vida y misión, son en esta sociedad tantas veces desierta de amor, signo vivo de la ternura de Dios. Nacidos de la Pascua, ellos y ellas, por el Espíritu de Cristo resucitado, pueden entregarse sin reservas a los hermanos y a todos los hombres, niños, jóvenes, adultos y ancianos, por el ejercicio de la caridad, en las escuelas y hospitales, en los geriátricos y en las cárceles, en las parroquias y en los claustros, en las ciudades y en los pueblos, en las universidades y en los asilos, en los lugares de frontera y en lo más oculto de las celdas’.
Nos queremos unir desde nuestra celebración a la acción de gracias de cuantos se han consagrado al Señor y quieren ser signo de la presencia de Cristo resucitado en medio del mundo. Nos unimos con nuestra oración pidiendo al Señor que derrame su bendición sobre sus corazones y no les falte la fuerza de la gracia para cumplir con este compromiso e ideal de sus vidas. Como queremos también pedir por el aumento de vocaciones; que muchos sean los llamados por el Señor que con la fortaleza de la gracia respondan a esta invitación del Señor.
Como termina diciendo el mensaje para esta jornada: ‘Tenemos ante nosotros, pues, un magnífico programa para este Año de la fe: renovar con entusiasmo la consagración, reavivar con alegría la comunión, y testimoniar a Cristo resucitado en la misión evangelizadora’.
Que María de Candelaria, nuestra madre y patrona, les alcance y nos alcance todas las bendiciones del Señor para que mantengamos siempre integra nuestra fe, intacta nuestra esperanza y resplandeciente nuestra vida por las obras del amor.

jueves, 2 de febrero de 2012


De pronto entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscáis

Mal. 3, 1-4;
 Sal. 23;
 Heb. 2, 14-18;
 Lc. 2, 22-40

Desde que celebramos la Navidad podríamos decir que todo ha sido una progresiva manifestación de Jesús, aunque en las celebraciones no se haya tenido un orden cronológico total, hasta esta fiesta de la Presentación de Jesús en el Templo que hoy cuarenta días después estamos celebrando.
Los ángeles anunciaron a los pastores que en Belén de Judá les había nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. Las esperanzas eran cumplidas y el Mesías que tanto había esperado y deseado el pueblo judío estaba ya entre ellos.
Los Magos de Oriente vienen buscando al Rey en el recién nacido que van a encontrar también en Belén dejándose conducir por la estrella aparecida en el cielo y por las Escrituras que así señalan el lugar. Era como un singo de que el que venía a traer la salvación para todos los hombres era anunciado por medio de la estrella como salvador no sólo para los judíos sino también para todos los pueblos.
El Bautista lo señalará como el Cordero de Dios que viene a inmolarse para quitar el pecado del mundo, aunque antes él mismo había escuchado la voz del cielo que señalaba a Jesús, al salir de las aguas del Jordán en su bautismo, como el Hijo amado de Dios. Es el Cordero de Dios que se inmola y es el Hijo amado del Padre que es Enmanuel, Dios en medio de nosotros a quien habíamos de escuchar.
Se presentará Jesús en Nazaret como el Ungido por el Espíritu que viene a anunciar la Buena Noticia, el Evangelio a los pobres, y así le vemos en los primeros momentos de su predicación, como lo hemos seguido en estos domingos anteriores, anunciando el Reino de Dios e invitando a la conversión para creer en esa Buena Noticia del Evangelio.
Hoy, cuarenta días después del nacimiento en fecha cronológica, le contemplamos entrar en el templo como Sacerdote que va a hacer la Ofrenda en la presentación ritual de todo primogénito varón que había de ser ofrecido al Señor. ‘De pronto entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscáis, el mensajero de la Alianza que vosotros deseáis: miradlo entrar…’ que anunciaba el profeta Malaquías.
‘Cuando llegó el tiempo… según la ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: todo primogénito varón será consagrado al Señor…’ Ya hemos escuchado lo que allí sucedió y es como la presentación al pueblo creyente, significado en aquel rito de la Presentación y Ofrenda y también en aquellos ancianos que le acogen como Salvador bendiciendo a Dios.
Como en otro lugar de la carta a los Hebreos se señala que el grito de Cristo al entrar en el mundo fue ‘aquí estoy, oh Padre, para hacer tu voluntad’, ahí está cumpliendo con la ley, pero haciendo la Ofrenda de sí mismo al Padre que habría de consumarse en lo alto de la Cruz.
Hemos venido, pues, contemplando al Mesías Salvador, al Rey y al Señor, al Ungido por el Espíritu que, cual profeta, nos anuncia el mensaje del Reino, y al Sacerdote y Pontífice que hará la ofrenda suprema del Sacrificio de la Alianza nueva y eterna para nuestra salvación y nuestra redención. ‘Muriendo aniquiló al que tenía el poder de la muerte y liberó a todos los que pasaban la vida entera como esclavos…’ nos decía la carta a los Hebreos.
‘¡Portones, alzad los dinteles! Que se abran las antiguas compuertas… va a entrar el Rey de la gloria…’ aclamábamos en el salmo. Es el Pontífice compasivo y fiel que expió los pecados del pueblo, como nos enseña igualmente la carta a los Hebreos. Es el deseado de los pueblos, el esperado de las naciones, el que con gran esperanza esperaba el pueblo creyente, representado en el anciano Simeón al que contemplamos en el templo bendiciendo a Dios porque sus ojos han visto al Salvador presentado a todos los pueblos, al que es luz para alumbrar a las naciones y al que es la gloria del pueblo creyente.
Es lo que hoy estamos celebrando cuando también nosotros hemos tomado luces encendidas en nuestras manos para comenzar nuestra liturgia queriendo presentarnos con corazón puro y alma limpia al Señor y hacer así también ofrenda de nuestra vida al Señor. Lema de todo creyente es hacer que todo en su vida sea para la gloria de Dios, y así nosotros queremos presentarnos ante el Señor llevando esa luces signo de las obras de nuestro amor con el que queremos dar gloria a Dios. Cuando bendeciamos estas luces pedíamos al Señor que nos concediera la gracia de caminar por las sendas del bien para que pudiéramos llegar a la luz eterna.
Todo esto queremos hacerlo de la mano de María, nuestra Madre. Ahí en estos momentos del misterio de Cristo que estamos recordando contemplamos siempre a María, la que con su Sí supo hacer esa ofrenda de su voluntad y su vida al Señor. Que de María aprendamos; que María nos alcance esa gracia del Señor; que con María mantengamos siempre encendida esa lámpara de la fe y del amor en nuestra vida.
Más aún, cuando nosotros hoy celebramos a María invocándola como María de Candelaria, nuestra Madre y nuestra Patrona. En las manos de María contemplamos la luz que ella, la primera evangelizadora, vino a traer a nuestra tierra canaria. Con razón, pues, la llamamos portadora de la luz, la que lleva la candela, la Candelaria, porque nos trae la luz, porque siempre nos trae a Cristo y a Cristo  nos conduce.
Amemos a María que es nuestra Madre bendita del cielo. Empapémonos de su amor de madre que nos enseña lo que es el verdadero amor, porque nos enseñará siempre a amar como Jesús. Tengamos siempre presente en nuestra vida a María, porque teniéndola a ella con nosotros seguro que no nos apartaremos de Jesús. ‘Ruega por nosotros, santa Madre de Dios, ahora y en la hora de nuestra muerte’, para que nunca nos apartemos del camino de Jesús. Somos pecadores y nos sentimos muchas veces tentados por el pecado, pero teniendo a María a nuestro lado ella nos enseñará y alcanzará la gracia de sabernos apartar de la tentación, de apartarnos del pecado para mantenernos siempre en la gracia y en la santidad de Dios.
Que María de Candelaria, como madre nos proteja y nos acompañe en el camino de nuestra fe y de nuestro amor.