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sábado, 24 de noviembre de 2018

¿Qué hay más dichoso y de mayor plenitud que vivir en el amor? Y ya no es un amor que se puede acabar, sino un amor en plenitud de eternidad, es la plenitud en el amor de Dios



¿Qué hay más dichoso y de mayor plenitud que vivir en el amor? Y ya no es un amor que se puede acabar, sino un amor en plenitud de eternidad, es la plenitud en el amor de Dios

Apocalipsis 11,4-12; Sal 143; Lucas 20,27-40

Algunas veces cuando no tenemos argumentos razonables para mantener nuestras opiniones o tratamos de desprestigiar al oponente o quizá sin saber qué decir nos ponemos a buscar casos y pequeñeces que de nada nos valen para nuestros argumentos queriendo sacar de un hecho generalidades para apagar las argumentaciones que se nos ponen en contra a nuestra manera de pensar.
Demasiado estamos viendo en nuestros tiempos en nuestra agitada vida social, donde tantas confusiones se crean y donde tantos salvadores surgen para remediar la situación de nuestra sociedad pero que muchas veces lo que hacen es crear un caos peor. Lo vemos en grandes acciones o actividades de la vida de la sociedad, pero lo vemos fácilmente también en el día a día de nuestras relaciones personales con aquellos que están más cerca de nosotros.
Hoy nos encontramos en el evangelio una de esas situaciones en las que algunos ya no saben como argumentar contra Jesús. Son los saduceos y quieren plantear la diatriba por el tema de la resurrección que ellos niegan. Y tratan de argumentar con un caso ficticio, que es cierto que se puede dar según la ley del Levítico, de la situación de una mujer que enviudando de su marido ha de casarse con un hermano, pero que va enviudando de todos hasta los siete hermanos que tiene su marido. Quieren crear confusión y mermar la fe en la Palabra de Jesús. Y desde ahí plantean lo que ellos consideran un absurdo de la resurrección, ¿de quien será entonces esposa aquella mujer?
‘En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección’, les responde Jesús.
Jesús nos habla del Dios de la vida, y de la vida que quiere en plenitud para nosotros. Ya cuando entramos en la vida de Dios podíamos decir que los parámetros son otros. No podemos ver esa vida en Dios como una repetición de nuestra vida humana. De todas maneras estamos entrando en el misterio de Dios en el que todos nuestros razonamientos humanos se nos quedan cortos, porque todo ese misterio de Dios nos supera, y es ahí donde entra el ámbito de la fe. Nos fiamos de lo que Dios nos ha revelado, de la Palabra de Jesús que nos está invitando a la plenitud, a la plenitud de la vida en Dios.
Y la prueba grande de la resurrección la tenemos en la resurrección de Jesús, porque si no creemos en la resurrección vana seria nuestra fe como nos dice san Pablo en sus cartas. No creemos en un hombre bueno que fue capaz de dar la vida por los demás, aunque estoy ya es un supremo gesto de amor, sino que creemos en Jesús que es Dios, y que resucitó y que vive para siempre queriendo hacernos a nosotros participes de su misma vida en Dios.
Es una dicha de plenitud, de felicidad en Dios porque vivimos en el amor de Dios para siempre. ¿Y qué hay más dichoso y de mayor plenitud que vivir en el amor? Y ya no es un amor que un día se puede acabar, sino que es un amor en plenitud de eternidad, porque es vivir esa plenitud en el amor de Dios.

lunes, 19 de febrero de 2018

La santidad a la que somos llamados es reconociendo el amor que Dios nos tiene ponernos a hacer nosotros caminos de amor que nos llenan de plenitud

La santidad a la que somos llamados es reconociendo el amor que Dios nos tiene ponernos a hacer nosotros caminos de amor que nos llenan de plenitud

Levítico 19,1-2.11-18; Sal 18;  Mateo 25,31-46

‘Habla a la asamblea de los hijos de Israel y diles: "Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo’. Así escuchamos hoy en el libro del Levítico. Quizá sea una expresión que hoy no entre en los parámetros de la mayoría de la gente que nos rodea, la gente del mundo de hoy y no sea bien entendida. No entra en la manera de pensar de la mayoría de la gente, incluso entre los que nos decimos creyentes, no solo porque no entra entre las metas de la mayor parte de las personas, sino porque incluso no es realmente entendida. Para muchos se queda en esa imagen o escultura colocada en una hornacina para la veneración o incluso para la adoración según el entender de algunos. ¿Ser santo para que me coloquen ahí inmóvil en una hornacina? Esta forma de entender no atrae ni se entiende.
Incluso, como decíamos para los que nos llamamos creyentes e incluso cristianos nos parece algo muy lejano, acaso de otro tiempo, porque ya me contento con intentar ser bueno, no querer hacerle daño a nadie de una forma intencionado, y portarme bien con los que se portan bien conmigo. Hoy no se puede ser santo, nos decimos. Parece, hemos de reconocerlo, una forma muy raquítica de vivir nuestra religiosidad y nuestra manera de entender lo de ser cristiano. Pero hemos de reconocer que por ahí andamos, son muchos, muchísimos, los que no llegan más allá de esa forma de entender su cristianismo, y se consideran cristianos de toda la vida y nadie es mas creyente que ellos.
Sin embargo, tenemos que decir que ahí está el mandato del Señor que sigue siendo actual y que en el hoy de nuestra vida tenemos que seguir escuchando y dándole respuesta. Es lo que tenemos que interiorizar de verdad en este camino de desierto, de silencio interior, como decíamos ayer, de cuaresma que estamos iniciando. Por eso casi en el pórtico de este camino aparece claro este mensaje.
¿Qué significa ser santo? Es un camino de plenitud, donde nos sentiremos realizados plenamente. No es camino de anularnos sino de plenificarnos. Dios siempre nos conduce por caminos de plenitud porque el Creador siempre quiere el bien del hombre, de la persona. En el amor de Dios nos sentimos en plenitud; en el amor de Dios nos sentimos grandes. La persona que se siente amada se siente feliz, siente la paz en su interior, se siente impulsada a amar con el mismo amor. Por eso siempre el primer paso será reconocer ese amor que sentimos, ese amor de Dios que se derrama inmensamente sobre nosotros.
Y así comenzaremos a amar con un amor semejante. El amor no nos encierra sino que nos abre horizontes, nos abre a los demás, a querer siempre el bien, lo bueno, lo justo no solo para si sino para los demás. Por ahí va todo lo que nos señala el texto sagrado. No son mandatos por mandatos, sino pautas de ese camino de amor que hemos de seguir.
Es lo que nos señala Jesús también en el evangelio. En el atardecer de la vida vamos a ser examinados de amor, como expresaría bellamente san Juan de la Cruz. Es de lo que nos está hablando Jesús cuando nos habla del juicio final hoy en el evangelio. ¿Te sentiste amado por el amor de Dios Padre? ¿Has amado de la misma manera? Pero ese amor ha de hacerse concreto, no son solo palabras bonitas, palabras llenas de poesía y romanticismo; el amor se traduce en las obras que realizamos con los demás. Es lo concreto que nos dice hoy Jesús.
Por eso nos dice Jesús que cuando hemos estado haciendo el bien a los demás estábamos mostrando el amor que le teníamos a El. Lo que hicisteis con uno de estos humildes hermanos conmigo lo hicisteis, nos dice Jesús. Ese es el camino de la santidad que hemos de vivir. No es quedarnos en una imagen hierática e inmóvil en una hornacina, sino desde ese amor de Dios que sentimos ponernos a hacer caminos de amor.

sábado, 21 de noviembre de 2015

En la fe y la esperanza de la resurrección llenemos de trascendencia nuestra vida que alcanzará su plenitud en Dios

En la fe y la esperanza de la resurrección llenemos de trascendencia nuestra vida que alcanzará su plenitud en Dios

1Macabeos 6,1-13; Sal 9; Lucas 20,27-40

Hoy comienza diciéndonos el evangelio que ‘se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección…’ a hacerle unas preguntas. Conocido es que ese grupo o secta de los saduceos negaban la existencia de los espíritus, de los ángeles y entre otras cosas más la resurrección. En varias ocasiones en el evangelio le veremos enfrentarse a Jesús desde sus planteamientos. Y conocemos también cómo Pablo cuando estaba siendo juzgado como nos narran los Hechos de los Apóstoles provocó una controversia delante del tribunal donde estaban presentes fariseos y saduceos acusándolo proclamando la resurrección de Jesús y la resurrección de los  muertos.
Más que entretenernos en resolver la cuestión que plantean a partir de la ley del Levítico que mandaba casarse con la mujer del hermano si éste había muerto sin descendencia, creo que más bien la pregunta que tendríamos que hacernos es si en verdad nosotros creemos en la resurrección. Es algo fundamental porque atañe a algo que es esencial en nuestra fe.
Escuchamos muchas veces una mezcolanza de ideas en este sentido en la gente porque quizá no están tan seguros de creer en la resurrección pero vendrán luego hablándonos de la reencarnación porque han oído hablar quizá de esas doctrinas de las espiritualidades o religiones orientales, muchas veces más bien por el prurito de la novedad y de lo distinto que porque hayan entendido lo que realmente significa.
Pero la pregunta está ahí sobre nuestra fe en la resurrección y quizá tendríamos que mirar nuestra forma de vivir. Y digo mirar nuestra forma de vivir porque cuando nos quedamos en lo material de la vida como si no hubiera nada más, estaríamos negando la existencia de una vida espiritual y por ende estaríamos negando también la resurrección. Por otra parte muchas veces ponemos mucha imaginación y queremos ver cómo será exactamente eso y ya se nos comienzan a complicar las cosas. Hay algo que entra en el misterio de Dios y que nos cuesta comprender en su totalidad, y es donde tiene que entrar en juego nuestra fe para aceptar ese misterio que solo en Dios y en la plenitud de la eternidad podremos descifrar y en consecuencia querer confiarnos a su Palabra y a su revelación.
Podríamos recordar aquí lo que nos enseña san Pablo en la carta a los Corintios, porque si negamos la resurrección de los muertos, negaríamos la resurrección de Jesús y si negamos la resurrección de Jesús vana sería nuestra fe. Es el eje y fundamento de nuestra fe cristiana el proclamar nuestra fe en la resurrección de Jesús, que con su resurrección venció la muerte y nos hace a nosotros también con El triunfadores de la vida.
Hoy nos dice Jesús en el evangelio que ‘Dios no es un Dios de muertos sino de vivos, porque para El todos están vivos’. Como decíamos antes, esto tiene sus consecuencias en nuestra vida, porque así nuestra vida adquiere una nueva trascendencia. La muerte no es un final definitivo, sino que es abrirnos a una nueva vida, una vida eterna que podemos vivir en Dios. Estamos llamados a la resurrección y a la vida eterna; pero queremos que esa vida sea dichosa y feliz; lo alcanzaremos si ahora en el camino de este mundo hemos vivido siendo fieles, hemos vivido con fe y con esperanza, le hemos dado un verdadero sentido a nuestra vida, un sentido que en el amor alcanzará su plenitud. Si desde esa fe y esa esperanza hemos sabido poner amor en nuestra vida, en la hora de la resurrección resucitaremos para la plenitud de Dios, para la plenitud del amor en Dios para siempre.
Terminemos recordando las palabras de Jesús a Marta cuando la resurrección de Lázaro, ‘el que cree en mi, aunque haya muerto vivirá, porque yo soy la resurrección y la vida… y lo resucitaré en el último día’. Llenemos nuestra vida de trascendencia que en la resurrección alcanzará su plenitud.

sábado, 22 de noviembre de 2014

La fe que tenemos en Jesús nos lleva a que en la hora de nuestra muerte lo hagamos siempre en la esperanza de la resurrección

La fe que tenemos en Jesús nos lleva a que en la hora de nuestra muerte lo hagamos siempre en la esperanza de la resurrección

Apoc. 11, 4-12; Sal. 143; Lc. 20, 27-40
Ahora son los saduceos los que vienen con sus intrigas y sus preguntas capciosas a Jesús tratando de confundir y desprestigiar. Eran grupos de cariz religioso que hacían sus propias interpretaciones de la Escritura y creaban tendencias y divisiones en la vida social y religiosa de los judíos. Ya el evangelista nos recuerda que los saduceos niegan la resurrección; y es por ahí por donde plantean las cuestiones a Jesús.
Muy dados a la casuística plantean la cuestión desde normas y leyes que regían las costumbres y la vida del pueblo de Israel. Según la ley del Levítico una mujer debía de tener descendencia, pero si el marido moría sin darle esa descendencia un hermano del marido estaba obligado a casarse con ella para darle esa descendencia. Ahora lo plantean desde el hecho de que hasta siete hermanos se casan con aquella mujer porque todos van muriendo sin descendencia y su pregunta, como ellos negaban la resurrección, eran que si había resurrección cual de todos aquellos maridos era en verdad el marido de la mujer.
Jesús un poco pasa de esas cuestiones, pero sí les dice que ‘en esta vida los hombres y mujeres se casan, pero quienes sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos, no se casarán… son hijos de Dios que participan de la resurrección’. No es la vida futura, la vida eterna un calcar nuestra vida terrena a la manera como los hombres nos manejamos en este mundo. Entramos en otra dimensión, otro sentido de plenitud, es una vida nueva y de distinta condición.
Pero el mensaje del evangelio de hoy no se nos puede quedar en resolver esas casuísticas, sino en lo que finalmente Jesús viene a decirnos: ‘No es un Dios de muertos, sino de vivos’, porque es el Dios de la vida, y de esa vida quiere hacernos en partícipes en plenitud. No se trata, pues, de ponernos a imaginar como será esa vida, sino que si pensamos que vamos a vivir en Dios, vamos a vivir en plenitud y en felicidad total.
Pero estamos comentando este evangelio en que se comenzaba diciendo que los saduceos no creían en la resurrección. Me pregunta si en verdad nosotros creemos en la resurrección y en la vida eterna. Muchas veces cuando participo en unas exequias - cuántas veces en mi vida sacerdotal he tenido que presidir la celebración de las exequias en un entierro - me pregunto si todos los que estamos allí llorando por aquel difunto, rezando por aquel difunto, en verdad creemos en la vida eterna y en la resurrección. ¿Qué es lo que pasa en esos momentos por nuestra mente? Lo que expresamos en nuestras oraciones, ¿formará parte de verdad del sentido de nuestra vida? ‘Acuérdate de nuestros hermanos que murieron en la esperanza de la resurrección’, decimos en la oración, pero ¿en verdad a la hora de nuestra muerte lo haremos en esa esperanza de resurrección?
Creo que son unos artículos de nuestra fe que tendríamos que repasar mucho para hacer que en verdad formen parte de nuestra fe y en consecuencia eso repercuta en nuestra forma de actuar, en nuestra forma de vivir. Hemos de reconocer que vivimos pensando solamente la mayoría de las veces en este mundo terreno que ahora vivimos y lo menos que pensamos es en la trascendencia que hemos de darle a nuestra vida, pensando en la resurrección y en la vida eterna. Seguro que si pensáramos más en ellos nuestra forma de vivir sería otra; los afanes y agobios de la vida presente los viviríamos de otra manera; pensaríamos más en ese tesoro que hemos de guardar en el cielo, como nos dice Jesús; nos costaría menos arrancarnos de este mundo, de esta vida; le tendríamos menos miedo a la muerte y nos enfrentaríamos a ella con menos angustia.
Como decimos en uno de los prefacios de las misas de difuntos, ‘te damos gracias porque, al redimirnos con la muerte de tu Hijo Jesucristo, por tu voluntad salvadora nos llevas a nueva vida para que tengamos parte en su gloriosa resurrección’. Cristo resucitó, es un artículo fundamental de nuestra fe; pues nosotros con Cristo estamos llamados también a la resurrección. Que en verdad porque creemos y esperamos en Cristo, seamos dignos, tengamos el gozo de participar de la vida eterna para siempre.

lunes, 18 de febrero de 2013


Hermoso y exigente compromiso como camino de plenitud, ser santos

Levítico: 19, 1-2. 11-18; Sal. 18; Mt. 25, 31-46
‘Seréis santos, porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo’. Sublime mandato: ‘Seréis santos’. Sublime modelo de santidad: ‘Yo, el Señor vuestro Dios, soy santo’.
Contemplamos la santidad de Dios y en lugar de quedar como fulminados por tan infinitos resplandores, nos sentimos elevados. Había el sentimiento o la sensación de que quien se acercar a Dios y quisiera atreverse a mirarle cara a cara, quedaría aniquilado, moriría. Pero  no es así, sino todo lo contrario. La santidad no es algo lejano que no esté a nuestro alcance; es más, es el camino cierto que  hemos de recorrer; es la meta segura a la que tenemos que aspirar; es la vida que hemos de vivir. No es ni un camino, ni una meta ni un estilo imposible de alcanzar. Es el camino, la meta y la vida a la que se nos invita.
Pero hemos de unir el mensaje del Levítico con el que Jesús luego nos ofrece en el evangelio. Jesús no vino a abolir la ley de Dios, sino a darle plenitud. Será lo que nos va a enseñar en el evangelio, la plenitud a la que hemos de aspirar en nuestra santidad.
En el Levítico se nos dice que tenemos que ser santo y para ello se nos señala en principio lo que no tenemos que hacer. ‘No robaréis, no mentiréis, no engañaréis a vuestro prójimo, no juraréis en falso, no seréis injustos,  no odiarás…’  Se nos van desgranando todos y cada uno de los mandamientos. En quien aspira a alcanzar esa santidad a la que se nos invita porque tenemos que parecernos al Señor nuestro Dios que es santo todas esas cosas no caben en su vida, es para ni siquiera nombrarlas.
Y es cierto, por ahí tenemos que caminar evitando todo eso malo en la vida. Pero viene Jesús que nos dice que nos quiere conducir a la plenitud, ¿y qué nos dice? No solo no debemos hacer todas esas cosas sino que además hemos de amar con un amor nuevo. Ya no es solo no robar o no dañar al prójimo ni ser injusto, sino que ademas hemos de amarlo de tal manera que de lo que es nuestro tenemos que compartir, porque hemos no solo no quitar sino dar, porque hemos de dar de comer al hambriento, de beber al sediento, de visitar al enfermo, de hospedar al peregrino, de acompañar al que está en la cárcel.
Es el camino de plenitud al que nos conduce Jesús. Es la santidad en plenitud que hemos de alcanzar los que nos decimos seguidores de Jesús porque creemos en El y hemos optado por su sentido de vida. Y ¿por qué hemos de hacerlo? ‘Porque todo lo que hicísteis con uno de estos humildes hermanos, conmigo lo hicísteis’. Es tan hermoso porque no solo miraremos siempre al otro en toda su dignidad de persona, sino que además en él estaremos siempre viendo a Jesús. Y todos los gestos y detalles que tengamos con la otra persona es como si se los estuviéramos haciendo a Jesús.
Por ahí van los caminos del que se llama cristiano. Por ahí han de ir los caminos de santidad de quien dice que tiene fe en Jesús. Y es que vemos en el otro a Jesús, y amamos al otro con el amor de Jesús. Queremos parecernos a Jesús y queremos vivir su mismo estilo y sentido de santidad. Si en el Antiguo Testamento nos decía que tenemos que ser santos como el Señor nuestro Dios es santo, ahora la imagen de Dios que tenemos ante nuestros ojos es Jesús, imagen de Dios invisible. Y en la santidad nos parecemos a Jesús por cuanto por la acción del Espíritu en Jesús nosotros hemos comenzado también a ser ya hijos de Dios. Y si somos hijos en el Hijo, con el Hijo que es Santo nosotros tenemos que ser también santos.
Hermosa tarea que tenemos en nuestras manos y en nuestra vida. Hermoso recorrido el que tenemos que ir haciendo en este camino de preparación a la Pascua. Hermoso y exigente compromiso que tenemos para nuestra vida, ser santos. Con nosotros está la fuerza del Espíritu para realizarlo.

sábado, 19 de noviembre de 2011

Creemos en la resurrección de la carne y la vida del mundo futuro


1Macb. 6, 1-13;

Sal. 9;

Lc. 20, 27-40

‘Se acercaron a Jesús unos saduceos que niegan la resurrección para hacerle una pregunta’. No todos los judíos en el tiempo de Jesús tenían esa fe y esa esperanza en la resurrección. Este era el caso de los saduceos, uno de los principales grupos influyente entre los judíos a quienes vemos en distintas ocasiones que manifiestan esa duda o ese rechazo de la resurrección. Ahora quiere apoyarse en leyes de la Escritura, como era la ley del levirato, para manifestar sus dudas y rechazo.

Pero esto también nos puede dar ocasión a nosotros para reflexionar sobre si tenemos claro o no el tema de la resurrección y de la vida eterna. Es un tema que la liturgia nos ofrece de manera especial en este final del año litúrgico, pero que en cierto modo nos afecta y de modo fundamental a toda nuestra fe y esperanza cristiana.

¿Creemos en la resurrección? ¿Creemos en la vida eterna? ¿Es ésta la fe y la esperanza de la gente que nos rodea? Lo confesamos, es cierto, en el credo de nuestra fe, pero podría sucedernos que, aunque es un artículo de nuestra fe, en la práctica de nuestra vida viviéramos sin pensar nunca ni en la resurrección ni en la vida eterna; que viviéramos como si le hubiéramos cortado las alas a la esperanza y sólo pensamos en la realidad de este mundo concreto y terreno de nuestros días, como si nada más existiera.

Por otra parte, como a aquellos saduceos de los que nos habla el evangelio, pusiéramos tanta imaginación en pensar cómo sería esa vida eterna, que sólo pensáramos en ella con las imágenes de la vida terrena, y pudiera ser que sea entonces por donde nos asalten las dudas a las que nos es difícil encontrar respuesta y la salida más fácil sea vivir sin pensar nunca en la vida eterna.

La respuesta que da Jesús a las dudas que le plantean los saduceos, de si se cumple con la ley del levirato y si aquella mujer se hubiera casado unos tras otro con los siete hermanos, de quién sería esposa en la vida eterna, la respuesta, digo, es que en la vida futura no podemos pensar en las mismas cosas que aquí ahora vivimos. ‘En esta vida los hombres y mujeres se casan, pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán… son como ángeles, son hijos de Dios porque participan de la resurrección’.

En muchas ocasiones a lo largo del evangelio Jesús nos habla de vida eterna y de resurrección. En nuestra alma y en nuestro corazón están plantadas esas semillas de vida eterna que nos llenan de esperanza y nos hacen ansiar con el mayor ardor del mundo esa vida eterna junto a Dios, disfrutando eternamente de la plenitud de Dios. No son ya disfrutes a la manera de los disfrutes o felicidades terrenas, porque hay otra plenitud que sólo en Dios podemos alcanzar, aunque ahora no sepamos bien como será.

Es la esperanza que da trascendencia a nuestra vida; es la esperanza que nos da fortaleza para superar todo lo malo que aquí en esta vida tengamos que sufrir; es la esperanza que nos hace pregustar la felicidad que en la plenitud de Dios vamos a tener y que nos hará superar angustias y amarguras, nos dará serenidad y paz en nuestro espíritu a pesar de los malos momentos que ahora en este mundo tengamos que pasar por los problemas de la vida, por los sufrimientos que las enfermedades y debilidades humanas nos puedan ocasionar; es la esperanza que nos ayuda a caminar en fidelidad para llenar siempre de santidad nuestra vida aunque nos cueste porque nos fiamos de Dios por encima de todo y creemos en su Palabra que siempre es fiel y se cumplirá.

Y ya sabemos que la razón última y más profunda de nuestra fe y esperanza en la resurrección es la propia resurrección de Jesús, porque si no hay resurrección de entre los muertos Cristo no hubiera resucitado y si Cristo no resucitó vana sería nuestra fe, como nos enseña san Pablo.

Vivamos hondamente ese artículo de nuestra fe. Creemos en la resurrección de la carne y la vida del mundo futuro. Amén.

lunes, 14 de marzo de 2011

Santos reflejando la santidad y el amor de Dios en nuestra vida


Lev. 19, 1-2.11-18;

Sal. 18;

Mt. 25, 31-46

‘Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo’. Hermosa invitación que escuchamos ya desde el principio de la Cuaresma. Ser santos. Una exigencia. Una exigencia surgida desde nuestra fe en Dios. ‘Yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo’.

Es bueno que lo tengamos en cuenta desde el principio de este camino cuaresmal en el que estamos casi aún en sus inicios. Bueno, eso tiene que ser el ideal y la meta de todo creyente, en todo momento, en toda su vida. Claro que ahora, cuando estamos en este camino de renovación que es para nosotros la Cuaresma, tenemos que escucharlo con mayor intensidad y exigencia.

Seguir a Jesús, tener fe en él comporta un estilo de vida. Porque la fe tiene que envolver toda nuestra existencia. Porque la fe no son solo palabras que decimos en un momento determinado. La fe compromete todo con una congruencia grande en la vida, entre lo que creemos y lo que hacemos.

Hoy se nos dice que tenemos que ser santos. ¿Cuál es el camino que se nos propone para vivir esa santidad en la que nos asemejaremos, nos parecernos a Dios? Los mandamientos que nos desgrana el libro del Levítico van por una vida de rectitud y justicia, por una vida de respeto del nombre del Señor, pero sobre todo por una vida de amor en nuestra relación con los demás. Ni robos ni explotaciones; ni maltratos ni actos que puedan dañar a los otros ni con palabras ni con obras; ni odios ni resentimientos, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo.

Lo que el Levítico nos dice señalándonos lo que no tenemos que hacer, en el evangelio que hoy nos propone la liturgia se nos presenta de un modo más positivo diciendo lo que tenemos que hacer a favor de los demás pero sintiendo que se lo hacemos al Señor. Hoy nos propone Jesús la alegoría del juicio final, donde se nos va a examinar del amor. Como decía san Juan de la Cruz, y lo hemos recordado en estos días, ‘en el atardecer de la vida seremos examinados de amor’.

Muchas veces hemos escuchado y meditado estas palabras de Jesús. ‘Tuve hambre… estaba sediento… estaba desnudo… enfermo o en la cárcel… y me diste de comer… de beber… me vestiste… me visitaste…’ Siempre surge la pregunta ¿cuándo te vimos así… y te atendimos?

‘Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis’. El Señor nos facilita las cosas dándonos motivaciones. Su mandato es el amor, pero bien sabemos que muchas veces nos cuesta amar, como hemos dicho en alguna ocasión, cuando le ponemos rostro, nombre y apellidos a ese amor. Pero, cuando en ese rostro que quizá nos cueste aceptar nosotros seamos capaces de ver el rostro de Cristo que nos está tendiendo la mano o esperando una acogida amorosa por nuestra parte, podíamos decir, que nos sentimos más motivados para hacerlo. Amamos siempre al otro, sea quien sea, siempre porque es un ser humano y es un hermano. Pero amamos al otro, sea quien sea o cueste lo que nos cueste, porque en él estamos viendo también el rostro de Cristo.

Es entonces cuando resplandecerá nuestra santidad; y nuestra santidad no es otra cosa que reflejar la santidad de Dios. Dios es el único bueno, como le dijo Jesús al joven rico, y seremos buenos y santos cuando reflejemos en nuestra vida esa bondad y esa santidad de Dios, cuando estemos dando cumplimiento a ese mandato del Señor de ser santos. Seremos santos amando con un amor como el que Dios nos tiene que a todos ama, sea quien sea.

Vayamos dando pasos, subiendo peldaños, creciendo cada día más y más en nuestro amor. Así iremos creciendo en esa santidad que el Señor nos pide, pero para que podamos realizarla El siempre nos dará su fuerza y su gracia. Pidámosla con confianza.

viernes, 20 de agosto de 2010

Os infundiré mi Espíritu y viviréis… Espíritu de amor y de vida


Ez. 37, 1-14;
Sal. 106;
Mt. 22, 34-40

Estremecedoras imágenes las que nos presenta la profecía de Ezequiel. ‘El Espíritu del Señor me sacó y me colocó en medio de un valle todo lleno de huesos’. En la misma profecía se nos da la clave para entender. ‘Hombre mortal, estos huesos son la entera casa de Israel, que dice: nuestros huesos están secos, nuestra esperanza ha perecido, estamos destrozados…’
Está haciendo referencia a la situación en que vivía el pueblo de Israel que había sido conducido al destierro y ahora se encontraban sin esperanza, como aturdidos por tanto mal que les estaba acaeciendo. Es la situación del hombre que ha perdido toda fe y toda esperanza. Como un hueso seco que no tiene vida. Nos puede suceder.
De hecho vemos muchas veces a nuestro alrededor gente que vive sin esperanza, ha perdido la fe y toda confianza. Es como un andar sin rumbo; es como haber perdido el sentido de su vida. Triste y desesperada situación. Los problemas personales que nos oscurecen la vida, la situación crítica de nuestra sociedad en muchos sentidos, la pérdida de valores que llenen y den sentido a la vida, el abandono de la fe. Muchas cosas que no están lejos de nosotros y que nos pueden afectar.
Pero la palabra del profeta que nos trasmite la Palabra de Dios es una Palabra de vida, una palabra que quiere suscitar esperanza, que quiere hacernos renacer a una vida nueva. ‘Pronuncia un oráculo sobre estos huesos… de los cuatro vientos ven, espíritu, y sopla sobre estos muertos para que vivan…’ Comentar que en el lenguaje hebreo se emplea la misma palabra para decir espíritu, que para decir viento, como decir aliento o decir vida. Habla de los cuatro vientos y habla del espíritu, del espíritu que da aliento a aquellos muertos y que da vida.
Este texto que nos habla de volver a la vida, nos habla de resurrección y vemos el cumplimiento pleno en la resurrección de Jesús que nos hace renacer a nosotros por nuestra fe en El a una nueva vida. Cristo nos da su Espíritu también para que nosotros tengamos vida. Pero Cristo nos da su Espíritu que es llenarnos también de esperanza, hacer renacer la esperanza, que es hacer renacer la vida en nosotros.
‘Yo mimo abriré vuestros sepulcros y os haré salir de vuestros sepulcros… Os infundiré mi Espíritu y viviréis… y sabréis que yo soy el Señor’, que nos decía el profeta. ¿No nos está hablando de la resurrección que de Cristo resucitado recibimos en los sacramentos? Nos habla del Bautismo, nos habla del Sacramento de la Penitencia, sacramentos que nos llevan a la vida. Este texto que estamos comentando se utiliza también en la liturgia de Pentecostés.
No podemos permanecer muertos, no podemos vivir sin esperanza. En Cristo nos llenamos de vida. El nos hace mirar hacia lo alto. El pone esa ilusión nueva en nuestro corazón. El nos despierta para que le demos un sentido y un valor nuevo a nuestra vida. Cristo no nos quiere dejar en la muerte de la desesperanza y del mal y nos hace resucitar. Con Cristo todo tiene que cambiar en nuestra vida. Es lo que hace en nosotros la fe. Y porque tenemos fe no seremos ya unos huesos secos, sino que estaremos llenos de vida.
Esa vida nueva que tendrá que manifestarse en nuestra obras de amor. De ello nos habla el evangelio. Le preguntan a Jesús cual es el principal mandamiento. Y Jesús nos dice que tenemos que amar. Amar a Dios sobre todas las cosas y recuerda lo que estaba escrito desde siempre en la ley del Señor, proclamado ya allá en el Sinaí, pero nos dice también que tenemos que amar al prójimo como a nosotros mismos. Ya lo decía el Levítico pero Jesús viene a reafirmarlo con mucha más fuerza porque luego nos dirá que será nuestro distintivo. En el amor a Dios y en el amor al prójimo está todo el compendio de la ley de Dios, y todo el sentido de nuestro actuar cristiano, toda la manifestación de esa vida que El nos da cuando nos renueva, nos hace renacer por la fuerza de su Espíritu.

sábado, 1 de agosto de 2009

Porque es jubileo lo consideraréis sagrado

Lev. 25, 1.8-17
Sal. 66
Mt. 14, 1-12


Desde hace unas semanas hemos venido escuchando la lectura de los diversos libros del Pentateuco: el Génesis en primer lugar, hasta ahora hemos venido escuchando relatos del Éxodo con la salida de Egipto, el paso del mar Rojo, la Alianza del Sinaí, y en los dos últimos días hechos escuchado el Levítico.
En la lectura del Levítico se nos describen las fiestas que han de celebrar los Israelitas, la Pascua, la de las ofrendas a los cincuenta días que es Pentecostés, la de las Tiendas, la de la Expiación… En el texto que se nos presenta hoy se nos habla del jubileo. ‘Haz el cómputo de siete semanas de años… cuarenta y nueve años… a toque de trompeta por todo el país… santificaréis el año cincuenta y promulgaréis manumisión en el país para todos sus moradores…’ Es el año del perdón y de la amnistía. ‘Porque es jubileo: lo consideraréis sagrado…’
Este jubileo lo veían los profetas en un sentido mesiánico. Por manifestarlo sólo con un texto, recordemos el texto de Isaías que Jesús proclamó en la Sinagoga de Nazaret a la hora de su presentación pública. Además de que llegaba el momento en que el evangelio sería anunciado a los pobres y los ciegos recobrarían la vista, los oprimidos serían la libertad y se proclamaría el año de gracia del Señor. En el tiempo del Mesías vendría el jubileo total porque llegaría la amnistía y el perdón para todos, llegaba el año de gracia del Señor.
Pero veamos brevemente las connotaciones que este jubileo tiene en nuestra práctica cristiana. Todos sabemos y recordamos cómo la Iglesia proclama en momentos determinados para toda la Iglesia o para unas determinadas Iglesias locales un Año Santo, un Año jubilar lleno de gracia del Señor para todos. El Papa con su autoridad los convoca y concede unas gracias especiales, que lo que pretenden es que los pecadores nos convirtamos a Cristo. Año santo lleno de gracia que es una invitación a la conversión para seguir más fielmente el camino de Jesús, arrancándonos de nuestra vida de pecadores.
Conocemos los Años Santos que cada veinticinco años se proclaman para la Iglesia universal teniendo como centro y como eje Roma, la Sede de Pedro. Reciente tenemos el jubileo del año 2000, año santo especial en el dos mil aniversario del nacimiento de Cristo.
Pero de la misma manera sabemos cómo en determinadas Iglesia o lugares también hay una sucesión de años santos a través del tiempo por diversas circunstancias y conmemoraciones. Así el año Jacobeo que todos conocemos, cuando el veinticinco de julio, día del apóstol Santiago coincide con domingo como sucederá el próximo año. Todos acuden para entrar por la puerta santa, la puerta del perdón como un signo de ese abrazo de amor, de acogida de Dios Padre cuando volvemos a El convertidos de corazón. Así también en otros muchos lugares. En nuestra propia tierra tinerfeña estamos celebrando un año jubilar en la Iglesia de san Vicente mártir, que el Papa ha concedido por todo este año con motivo de un cuarto centenario de la liberación de una epidemia por la intercesión de este glorioso mártir que allí se venera.
¿Quién es el que nos da esa amnistía y ese perdón? Cristo Jesús con su muerte en la cruz y su resurrección que nos ha redimido. En Cristo tenemos ese año, ese día de gracia de Dios que nos da su perdón y que nos da su gracia para sigamos por caminos de fidelidad.