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sábado, 5 de octubre de 2019
No te olvides del Señor, tu Dios, siendo agradecidos por su inmenso amor y misericordia sintiendo siempre su presencia de amor en nosotros
No te olvides del Señor, tu Dios, siendo agradecidos por su
inmenso amor y misericordia sintiendo siempre su presencia de amor en nosotros
domingo, 1 de octubre de 2017
Necesitamos autenticidad en la vida para llegar a tener en nosotros los sentimientos propios de quien sigue en verdad el evangelio de Jesús
Necesitamos autenticidad en la vida para llegar a tener en nosotros los sentimientos propios de quien sigue en verdad el evangelio de Jesús
Ezequiel
18, 25-28; Sal 24; Filipenses 2, 1-11; Mateo 21, 28-32
viernes, 19 de septiembre de 2014
Aprendamos a descubrir a tantos que por amor al Evangelio están siempre al servicio de los más pobres y necesitados
Aprendamos a descubrir a tantos que
por amor al Evangelio están siempre al servicio de los más pobres y necesitados
domingo, 11 de mayo de 2014
Un buen pastor es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una comunidad eclesial

Un buen pastor es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una comunidad eclesial
domingo, 21 de abril de 2013
Jesús, Buen Pastor está siempre a
nuestro lado
sábado, 13 de abril de 2013
El servicio del amor esencial en el anuncio de Cristo resucitado
sábado, 26 de enero de 2013
Decían que no estaba en sus cabales y lo decimos también de los demás
domingo, 29 de abril de 2012
Conozco a mis ovejas y doy la vida por ellas
lunes, 21 de noviembre de 2011
La presentación de María señal clara de su consagración a Dios

Prov. 8, 22-31;
Sal. 44;
Lc. 2, 15-19
La presentación de María cuya memoria hoy celebramos no se nos refleja en ningun texto bíblico de los evangelios. Es algo de lo que se habla en los evangelios apócrifos, el protoevangelio de santiago, y luego trasmitido por la piedad popular y que se traduce en esta memoria litúrgica que hoy celebramos.
Es como un remedo, podríamos decir, o resonancia de la presentación de Jesús en el Templo que celebramos el dos de febrero, a los cuarenta días del nacimiento del Señor, en cumplimiento de la ley del Levítico, y que podría recordar en este caso el mandato del Levítico para que toda mujer que diera a luz una niña a los ochenta días se presentara en el lugar santo para purificarse.
Hablar, pues, de la presentación de María es como hablar de la mujer creyente que se ha consagrado al Señor para hacer que toda su vida sea siempre para la gloria del Señor. Es lo que contemplamos en María, la llena de gracia e inundada de la presencia del Señor, como le manifiesta el ángel de la anunciación. María es la mujer creyente dispuesta siempre para Dios; la mujer creyente del sí permanente para el Señor.
La liturgia bizantina en esta fiesta dice de María que es "la fuente perpetuamente manante del amor, el templo espiritual de la santa gloria de Cristo Nuestro Señor". Es lo que contemplamos en el corazón de María, siempre dispuesta al amor, al servicio, a la atención y a la acogida del otro; camina hasta la montaña para servir a su prima Isabel; atenta está en Caná para interceder ante el problema o la necesidad; orante está con la primera comunidad que se está constituyendo en la espera del Espíritu; será la que merecerá la alabanza del Señor llamándola dichosa por acoger y plantar como nadie la Palabra de Dios en su corazón. Es la mujer creyente, pues, modelo de todo creyente, dispuesta siempre para la gloria del Señor.
Esta memoria de la Virgen en su presentación o en su consagración a Dios, como queramos decir, es una fiesta litúrgica que celebran con especial amor quienes se han consagrado al Señor entregando toda su vida por el Reino de Dios. Los religiosos y religiosas que quieren unirse radicalmente al Señor en una fidelidad total para El en el cumplimiento de los consejos evangélicos de la pobreza, la castidad y la obediencia, en muchas congregaciones en este día hacen renovación de sus votos y de su consagración, a ejemplo e imitación de la Virgen.
Qué mejor modelo se puede tener de una consagración a Dios que como lo hizo María. Pero también qué madre intercesora más grande se puede tener que María, la madre del Señor, que es también nuestra madre. Todos tenemos que aprender de María; todos hemos de tener ese corazón abierto para Dios para que El sea en verdad el centro de toda nuestra vida.
De María tenemos que aprender a ser ese templo para Dios. Tenemos que aprender a gustar esa presencia de Dios en su corazón como ella lo hacía. Poseída por el Espíritu Santo estaba llena de Dios de tal manera que de ella naciera Dios hecho hombre. Así se convirtió en la Madre de Dios. Cómo se quedaba extasiada rumiando y meditando allá en lo más hondo de sí cuando llegaba a ella la Palabra de Dios. Meditaba y rumiaba las palabras del ángel que eran anuncio y mensaje de Dios, pero se quedaba también rumiando todo aquello que acontecía en torno a ella, porque todo era para ella una manifestación y una prueba del amor de Dios que en ella se derramaba. ‘Guardaba todo en su corazón’, que dice el evangelio.
A María tenemos que pedirle que nos alcance la gracia del Señor para vivir esa total purificación de nuestro corazón para que nunca el pecado lo mancille, nunca por el pecado nos apartemos de Dios. Que mane a través de ella, como decia la litrugia bizantina, todo el amor y la gracia de Dios sobre nosotros. Que nos alcance la gracia del cielo para ser ese templo santo de Dios, que para eso hemos sido consagrados nosotros desde el Bautismo. Que vivamos con gozo profundo esa presencia maravillosa de Dios en nosotros.
lunes, 11 de julio de 2011
San Benito, maestro de la escuela del divino servicio

Prov. 2, 1-9;
Sal. 33;
Mt. 19, 27-29
‘Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido, ¿qué nos va a tocar?’ le pregunta Pedro a Jesús. Este episodio está a continuación de la invitación al joven rico a venderlo todo para dar el dinero a los pobres y seguir a Jesús, y a los comentarios posteriores de Jesús de cuán difícil le es a los ricos entrar en el reino de los cielos.
Desde ahí surge la pregunta de Pedro. ‘Os sentaréis sobre doce tronos para regir a las doce tribus de Israel’, le responde Jesús que continuará diciendo: ‘El que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, mujer, hijos o tierras, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna’.
¿Lo importante? La herencia de la vida eterna. Podremos tener o no tener consuelos humanos, pero la herencia del Reino de los cielos es el verdadero tesoro por el que merece dejarlo todo. Es lo que nos estimula en el seguimiento de Jesús a todo cristiano. Es lo que está en el fondo de la disponibilidad y generosidad de corazón de quienes sentimos la llamada del Señor de dejarlo todo para consagrarnos a El y a su Reino.
Hay renuncias que pudieran ser dolorosas en el corazón que Dios nos compensa con su gracia y hechas con amor nos dan una alegría interior que por nada queremos cambiar. Renunciamos quizá a una familia quienes nos consagramos al Señor en la vida sacerdotal o religiosa, pero estamos insertos en una familia más grande que son nuestras comunidades, a aquellos a los que nos entregamos en nuestro servicio, y que nos hará tener más libre el corazón para llenar a tener esa disponibilidad y esa entrega.
Este evangelio que estamos comentando es el propio de esta fiesta de san Benito, Padre y Patriarca del monacato occidental y patrono de Europa que hoy celebramos. Estudiante en Roma de filosofía y de retórica siente en su corazón la llamada del Señor, desde la meditacion del evangelio allá en lo hondo de su corazón, para dejarlo todo por el Reino de Dios.
Vive como eremita en el Subiaco, pronto se congregan junto a él muchos que quieren vivir su estilo de consagración al Señor con su regla del ‘orat et laborat’ y que, tras diversos avatares y acontecimientos que en un momento pusieron en peligro incluso su vida, será el principio de la Orden Benedictina que finalmente se establecería en Montecasino y que luego se extendería por todo el Occidente cristiano. Es por lo que se le considera el padre de los monjes de Occidente, porque en el oriente san Antonio Abad en Egipto y san Basilio fueron los que establecieron la regla del monacato oriental.
La espiritualidad de san Benito no es sólo inspiración para los que se consagran al Señor tras los muros de un monasterio o en la vida religiosa sino que puede ser también para todos los que queremos seguir a Jesús una ayuda grande para vivir nuestra espiritualidad cristiana. Reza y trabaja, resume la regla de san Benito.
Vivimos inmersos en el mundo con nuestras responsabilidades y trabajos; tenemos el compromiso de la construcción de nuestro mundo desde nuestro trabajo, desde nuestra responsabilidad allí donde el Señor nos haya llamado a desarrollar nuestra vida con nuestros valores y con nuestras cualidades que no podemos enterrar. Y a ese trabajo que realizamos le damos un sentido y un valor desde la fe que tenemos en el Señor y desde el espíritu del evangelio que queremos vivir.
¿Dónde encontraremos la fueza para realizar nuestra tarea? En el Señor está nuestra fuerza y nuestra vida. Desde nuestra unión con el Señor alcanzamos la gracia que necesitamos para vivir nuestras responsabilidades. Qué presente tiene que estar la oración en nuestra vida. No puede estar lejos nunca de la vida de un cristiano porque es nuestro medio de estar unidos al Señor. A un cristiano sin oración se le cae la base que sostiene toda su vida.
Que aprendamos de san Benito, ‘maestro de la escuela del divino servicio’, como lo llama la liturgia, a poner esas bases solidas de nuestra espiritualidad cristiana que nos haga ser verdaderos testigos en medio de nuestro mundo.
domingo, 15 de mayo de 2011
Puerta, pastor y guardián de nuestras vidas

Hechos, 2, 14.36-41;
Sal. 22;
1Pd. 2, 20-25;
Jn. 10, 1-10
Nos habla hoy la liturgia de puerta, de pastor y de guardián, de rebaño y de redil, de cordero y de ovejas. Ricas imágenes que nos ofrece la liturgia en la Palabra que se nos ha proclamado y en los textos eucológicos. Imágenes que nos están hablando de Cristo y de nosotros su pueblo. Imágenes que ponen una vez más ante nosotros todo lo que hemos venido celebrando en el triduo pascual y que prolongamos en todo este tiempo de pascua.
Llamamos a este domingo el domingo del Buen Pastor precisamente por esas imágenes que se nos ofrecen. En el salmo así lo hemos proclamado: ‘El Señor es mi Pastor, nada me puede faltar…’ Y nos sentimos llenos de gozo porque El sea el Buen Pastor que nos cuida, nos protege, nos alimenta y hasta es capaz de dar la vida por sus ovejas. ‘En verdes praderas me hace recostar y me conduce a fuentes tranquilas, me guía por el sendero justo y aunque camine por cañadas oscuras nada temo, porque tú vas conmigo’.
Por eso al mismo tiempo que así lo reconocemos no podemos menos que recordar que también es el Cordero inmolado, verdadero y auténtico Cordero Pascual que, como nos ha recordado san Pedro, ‘cargado incluso con nuestros pecados, subió al leño para que muertos al pecado vivamos para la justicia. Sus heridas nos han curado’.
Como el cordero inocente que ‘maltratado, voluntariamente se humillaba y no abría la boca, como un cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador enmudecía y no abría la boca…’ como recordábamos el viernes santo con el Cántico del Siervo de Yavé cuando lo contemplábamos en la cruz. ‘Cuando lo insultaban no profería amenazas’, nos ha recordado hoy san Pedro.
En su carta que terminaba diciéndonos, ‘andábais descarriados como ovejas, pero ahora habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras vidas’. Cómo nos recuerda cuando Jesús veía aquellas multitudes que lo seguían en el evangelio y sentía lástima por porque los veía como ovejas sin pastor y los enseñaba y prodigaba sus signos salvadores con ellos con los milgros que hacía como cuando multiplicó los panes en el desierto para alimentarlos a todos.
Hoy Jesús nos propone en el evangelio una imagen más, ‘la puerta’ por la que hay que entrar porque por ahí está el camino de nuestra vida y salvación. ‘Yo soy la puerta de las ovejas….’ Y nos volverá a repetir: ‘Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos’. Y es que Jesús ha venido padra darnos vida. ‘Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante’, nos dice. Y mira si es abundante la vida y la gracia que nos ofrece cuando nosotros no merecemos nada y por nosotros entrega su vida.
Seguimos a Jesús; queremos seguir a Jesús, y escucharle, y alimentarnos de El, y estar con El porque con El nos sentimos seguros. ‘Las ovejas atienden a su voz, y el va llamando por su nombre a las ovejas y las saca fuera… camina delante de ellas, y las ovejas le siguen porque conocen su voz…’
¡Qué hermoso! Nos llama y nos conoce; y nos llama a cada uno por nuestro nombre. Así somos queridos y amados por Dios que nos llama por nuestro nombre. ¡Cómo nosotros tenemos que aprender a conocer su voz para no irnos tras otros pastores y en búsqueda de otros pastos que nunca nos podrán saciar! Que no nos confundamos nunca porque con Cristo a nuestro lado tenemos la seguridad de la vida y de la salvación.
El nunca nos abandonará ni nos dejará solos. Como decíamos con el salmo ‘aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo… tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida y habitaré en la casa del Señor por años sin término’.
Abundancia de vida y de gracia que nos ofrece en la Iglesia y en los sacramentos. ‘Preparas una mesa ante mí… me unges la cabeza con perfume y mi copa rebosa’, que seguimos diciendo con el salmo. Banquete de gracia y salvación que nos ofrece en los sacramentos. Nos ha ungido para llenarnos de su vida; continuamente está ofreciéndonos su perdón; ante nosotros tenemos el Banquete de la Eucaristía en que El mismo se nos da como comida. ‘Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida, y el que me come vivirá por mí y yo lo resucitaré en el último día’, como hemos escuchado más de una vez.
Pero aún más, pone a nuestro lado pastores que en su nombre nos conduzcan y nos alimenten con la Palabra de Dios y los sacramentos. Quiere Cristo Jesús seguir haciéndose presente junto a nosotros y elige a quienes en su nombre conduzcan al pueblo de Dios hacia los pastos de la vida y de la gracia. Como eligió a los Apóstoles a quienes envió por el mundo para hacer el anuncio de la Buena Nueva del Evangelio y bautizar a quienes creyesen en él, sigue eligiendo dentro del pueblo de Dios quienes sigan ejerciendo esa función.
Hoy, domingo del Buen Pastor, es un día propicio para que la comunidad cristiana reconozca y valore a sus pastores, a los sacerdotes y a todos los ministros del Señor, y a cuántos ejercen una función pastoral en medio del pueblo de Dios en tantas funciones y servicios para bien de la comunidad y de la Iglesia. Sacerdotes – y englobo en esta palabra también al Papa y a los obispos en la plenitud de su sacerdocio -, religiosos y religiosas, personas consagradas en diversos carismas, laicos - hombres y mujeres - comprometidos apostólica y pastoralmente en medio de la Iglesia y a favor del mundo que ejercen esa función pastoral en nombre de Cristo a quienes tenemos que reconocer y con quienes tenemos que sentirnos en verdadera comunión de Iglesia, y por quienes hemos de orar.
Pero este domingo del Buen Pastor es también una Jornada Mundial de oración por las vocaciones. Tenemos que pedirle al dueño de la mies, como ya nos encarga Jesús, que envíe obreros a su mies, porque la mies es mucha y los obreros pocos. Tenemos que orar, sí, para que sean muchos los llamados en medio de nuestras comunidades, y muchos sean también los que generosamente con la gracia del Señor respondan a esa llamada.
Es que tenemos que considerar también que está en juego la vida, la vitalidad de nuestra Iglesia que necesita de esos pastores. Ya sabemos que el Señor no abandona a su Iglesia y no faltará esa llamada de parte del Señor y no faltarán nunca pastores a la Iglesia. Pero es que también desde la vitalidad de nuestra Iglesia, de nuestras comunidades, desde la valoración que hacemos de nuestros pastores, tenemos que crear ese clima y ambiente apropiado para que haya esa generosidad en los corazones y sean muchos los valientes que respondan a la llamada del Señor.
Es como un círculo, de unas comunidades vivas y entregadas podrán surgir almas generosas que escuchen al Señor y le sigan, y si tenemos abundantes vocaciones y en consencuencia pastores en medio de la Iglesia crecerá también nuestra vitalidad. Tenemos que ser caldo de cultivo, semillero de vocaciones. Y lo seremos con nuestro amor generoso. Y lo seremos con nuestra oración intensa por las vocaciones.
Pidámosle a María, ella que acogió con total apertura el plan divino de la salvación en su vida, que en el interior de nuestras comunidades nos abramos con disponibilidad a la llamada de Dios y sepamos decirle ‘sí’.


