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sábado, 5 de octubre de 2019

No te olvides del Señor, tu Dios, siendo agradecidos por su inmenso amor y misericordia sintiendo siempre su presencia de amor en nosotros


No te olvides del Señor, tu Dios, siendo agradecidos por su inmenso amor y misericordia sintiendo siempre su presencia de amor en nosotros

Deuteronomio 8, 7-18; Sal. 1 Cro 29, 10; 2Corintios 5, 17-21; Mateo 7, 7-11
‘Pero cuidado, no te olvides del Señor, tu Dios, siendo infiel a los preceptos, mandatos y decretos que yo te mando hoy…
¡Cuidado no te olvides! Somos olvidadizos. De tantas cosas, sobre todo de lo bueno que hemos recibido. Quizá si alguien un día nos hizo una jugarreta, no se lo olvidaremos y lo tendremos en cuenta siempre. Pero lo bueno lo olvidamos; aquellas cosas por las que tendríamos que estar agradecidos siempre, pronto pasan a la región del olvido. Y no sabemos ser agradecidos de verdad, actuar en consecuencia actuando nosotros bien. Lo podríamos aplicar a muchos aspectos de la vida. Vamos tan entretenidos con nuestras cosas, con nuestros intereses…
El texto con que hemos comenzado esta reflexión y que ha motivado este primer comentario nos lo ofrece la liturgia de este día tomado del libro del Deuteronomio. Son las sabias palabras de Moisés en sus recomendaciones al pueblo que había guiado por el desierto para cuando se establezcan en la tierra prometida y comiencen a prosperar. Han tenido una vida dura, primero en Egipto como esclavos, y ahora en el camino del desierto en que han padecido tantas privaciones.
Ahora se van a establecer en una tierra que con su trabajo van a comenzar a producir sus frutos para ellos y que le pueden llevar a la prosperidad. Y en tiempos de prosperidad fácilmente olvidamos los tiempos malos, pero sobre todo olvidamos a quien estuvo con nosotros en esos momentos dándonos ánimo y fuerza para seguir adelante. Pueden olvidar al Señor su Dios que los sacó de Egipto y los condujo por el desierto hasta la tierra prometida. ‘¡No te olvides del Señor, tu Dios…!’
La liturgia nos ofrece este texto en este día que llamamos de témporas. Un momento en que sobre todo en nuestro hemisferio terminamos una etapa y tras las vacaciones reiniciamos todo el trabajo con intensidad. Hoy nos invita la Iglesia a la acción de gracias, a la petición de perdón y a pedir con fuerza la presencia del Señor en el camino de la vida que vamos realizando.
Absortos como vamos en nuestras tareas, en nuestros problemas y preocupaciones, en ese correr de la vida de cada día fácilmente vamos dejando a un lado el aspecto religioso de la vida, las actitudes y posturas de fe las dejamos quizá para momentos puntuales cuando no las olvidamos, y aunque seguimos diciéndonos cristianos y personas creyentes a la larga vivimos una vida muy al margen de la fe y de las expresiones religiosas, casi como si fuéramos unos ateos. Es un peligro que tenemos en la vida y que se acentúa con tantas influencias negativas en ese sentido.
Tenemos que despertar nuestra fe, pero no solo como una confesión de fe que hagamos en determinados momentos, sino como actitud fundamental de nuestra vida que se vaya reflejando en nuestros comportamientos, en las posturas que tomemos ante la vida, en el compromiso que tengamos con nuestra familia, con los que están en nuestro entorno y con esa sociedad en la que vivimos.
Como cristiano y como creyente hay unos valores que tengo que cultivar, hay una manera de vivir la vida y de trabajar por la sociedad, hay un sentido de nuestra existencia. Y tenemos que comenzar por no olvidarnos de Dios, por sentirle de verdad presente en nuestra vida para darle gracias por cuanto de Dios recibimos, como para pedirle perdón por nuestros olvidos, por nuestros errores, por las veces que prescindimos incluso de su mandamiento.
A esto se nos invita hoy de manera especial. No nos olvidemos del Señor nuestro Dios. Seamos agradecidos, contemos con El, sintamos lo inmensa que es la misericordia que tiene que nosotros y por eso una y otra vez también la pedimos perdón.

domingo, 1 de octubre de 2017

Necesitamos autenticidad en la vida para llegar a tener en nosotros los sentimientos propios de quien sigue en verdad el evangelio de Jesús

Necesitamos autenticidad en la vida para llegar a tener en nosotros los sentimientos propios de quien sigue en verdad el evangelio de Jesús

Ezequiel 18, 25-28; Sal 24; Filipenses 2, 1-11; Mateo 21, 28-32

Incongruencias de la vida; estamos demasiado llenos de incongruencias, de falta de autenticidad y sinceridad no solo en las palabras sino en la vida misma. Decimos prometemos, tenemos bonitas palabras que luego no se corresponden con lo que hacemos.
Nos sentimos defraudados tantas veces de lo que vemos en los demás, de esa falta de autenticidad. Demasiada vanidad, demasiado buscar bonitas apariencias pero luego en nuestro interior no somos como aparentamos, en el actuar de la vida no hacemos aquello que decimos. Nos sentimos defraudados de los demás porque quizá tampoco somos tan sinceros con nosotros mismos, y preferimos ver la paja del ojo ajeno que la viga que llevamos en el nuestro, porque somos nosotros los incongruentes. Y la vanidad y la apariencia está en nosotros sin tener que fijarnos en los demás, pero nos cuesta mirarnos con sinceridad.
De alguna forma nos está denunciando eso el evangelio que escuchamos en este domingo. Por allí está el niño bueno, el hijo que no quiere quedar mal con su padre y cuando este le pide que haga algo responderá de palabra positivamente, pero que luego pronto lo olvidará y no hará lo que le pide su padre; mientras el otro, que parece un rebelde porque siempre está diciendo que no a todo, de esa forma le responde a su padre, aunque luego se dé cuenta de su error y lo corrige yendo a hacer lo que le pide su padre.
Jesús les está hablando muy claramente a sus oyentes judíos. ¿Qué había sido realmente la historia del pueblo judío? En momentos de fervor, o cuando habían salido de malos trances allí estaban prometiendo ser fieles a la Alianza del Sinaí, pero qué pronto caían en la idolatría, qué pronto se olvidaban de sus buenos propósitos, qué pronto se olvidaban de los caminos del Señor a pesar de tantos profetas que iban apareciendo como jalones en la historia de su pueblo.
Pero Jesús no solo quiere recordarles su pasado que ya lo hará también con otras parábolas sino que les está hablando del momento presente. Por allá andaban los buenos, los cumplidores, los que se fijaban en la hierbabuena y en el comino para pagar los impuestos, los que no dejaban de lavarse las manos cuando volvían de la plaza por si acaso hubieran tocado algo que les llevase a la impureza legal, pero que sus corazones, sus actitudes internas están llenas de maldad, de desprecios hacia los otros, de discriminaciones y de juicios siempre condenatorios en su corazón contra los demás.
Pero Jesús les dice que en el Reino de los cielos se les van a adelantar los publicanos y las prostitutas. Estas palabras tuvieron que resultarles muy desconcertantes a los que le escuchaban. Allí estaban, como bien nos señala el evangelista, los ancianos del Sanedrín y los sumos sacerdotes. Venía a trastocarles todas sus ideas, a hacerles reconocer la incongruencia que había en sus vidas, la falsedad y la hipocresía en las que estaban envueltos. Aquellos publicanos y prostitutas es cierto que eran pecadores, pero estaban más dispuestos a la conversión que todos ellos. Y ejemplos tenemos en el evangelio.
¿Pero no nos sucederá actualmente a nosotros de la misma manera? Los que venimos a Misa, los que decimos que nos sentimos más cerca de la Iglesia, los que nos consideramos muy religiosos y no dejamos de faltar a cualquier acto religioso que se organice en nuestros templos, cuando salimos de todo eso ¿cómo vamos por la vida? ¿No nos pudiera suceder que ni siquiera nos detenemos a mirar a aquellos que nos están tendiendo la mano a la puerta de la Iglesia? ¿seremos de aquellos que pasamos de largo por la plaza o por las esquinas de nuestras calles donde vemos grupos que ya en nuestro interior consideramos indeseables, con malas costumbres y hasta pasamos con cierto miedo como a la huída por ellos?
En muchas cosas concretas podríamos pensar, en muchas actitudes y posturas que tomamos ante el que consideramos diferente o desconocido, o ante tantos de los que vamos desconfiando en la vida.
Qué bueno sería recordar lo que san Pablo les decía a los Filipenses en ese hermoso texto que hoy nos ofrece la liturgia. Si queréis darme el consuelo de Cristo y aliviarme con vuestro amor, si nos une el mismo Espíritu y tenéis entrañas compasivas, dadme esta gran alegría: manteneos unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir. No obréis por rivalidad ni por ostentación, dejaos guiar por la humildad y considerad siempre superiores a los demás. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás. Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús’.
No creo que sea necesario mucho comentario. No es necesario decir mucho más. Mirémonos como en un espejo en esas palabras de la Escritura, pero con sinceridad, sin disimulos, no tratando de maquillar nuestras actitudes y posturas. Seamos capaces de ver la incongruencia de nuestras vidas, la diferencia entre esto tan hermoso que nos propone la Palabra de Dios y las actitudes no tan rectos ni justas, las posturas en que  nos situamos en nuestros pedestales, las insolidaridades, orgullos y vanidades con que vamos tantas veces por la vida.

viernes, 19 de septiembre de 2014

Aprendamos a descubrir a tantos que por amor al Evangelio están siempre al servicio de los más pobres y necesitados

Aprendamos a descubrir a tantos que por amor al Evangelio están siempre al servicio de los más pobres y necesitados

1Cor. 15, 12-20; Sal. 16; Lc. 8, 1-3
Son apenas tres versículos el texto del evangelio de hoy. Es como un resumen de la actividad de Jesús. Ya su predicación no se centra solo en las sinagogas sino que ‘Jesús iba caminando de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo predicando la Buena Nueva del Reino de Dios’. Así le vemos recorrer las aldeas y pueblos de Galilea, sin embargo hay ocasiones en que en medio de esas idas y venidas por Galilea donde centra de manera especial su actividad veremos que el evangelista nos hablará de gentes venidas de Judea o de que a las ciudades de Judea también se acerca a predicar Jesús. Y no es solo cuando sube a Jerusalén; es un detalle de este evangelista.
Pero hoy el evangelista quiere subrayar algo más, los que acompañan a Jesús. En otros momentos nos habla de un grupo grande de discípulos, todos aquellos que lo escuchan y comienzan a seguirle más de cerca, con mayor asiduidad. De entre ese grupo ha escogido a los Doce a los que ha constituido apóstoles; ya en otro momento hemos visto su elección. Serán los que están más cerca de Jesús, a los que de manera de manera especial instruye o explica con mayor detalle las parábolas cuando llega a casa, o en ocasiones se los llevará a lugares apartados para estar más a solas con ellos.
Hoy nos dice el Evangelista que ‘lo acompañaban los Doce y algunas mujeres que El había curado de malos espíritus y enfermedades’. No era habitual en los maestros que tuvieran discípulas, sino discípulos. Tenemos que comprender lo que era habitual en la época, en la que las mujeres quedarían siempre en un segundo plano con poco protagonismo. No será así con Jesús que va rompiendo moldes. Quizá con el paso de los siglos aun no hemos terminado de romper todos los moldes necesarios y las discriminaciones siguen estando presentes.
Nos da una breve relación, ‘María Magdalena, de la que habían salido siete demonios’; con cuanta gratitud y amor lo seguiría de manera que es a ella una de las que veremos al pie de la cruz, y para ella será la primera de las apariciones de Cristo resucitado, después ella lo buscara en el sepulcro, lo encontrara vacío, y llorase su desconsuelo a la entrada del mismo.
Nos hablará también de otras mujeres y en este caso se menciona a ‘Juana, la mujer de Cusa, un administrador de los bienes de Herodes’, mencionando también a ‘Susana y otras muchas que le ayudaban con sus bienes’. Creo que esto nos tendría que hacer pensar en muchas cosas.
Como decíamos son pocos los versículos del evangelio, pero creo que nos está ofreciendo algo bien hermoso al darnos esta descripción de quienes siguen a Jesús y de quienes le siguen más de cerca. El Reino de Dios que Jesús va anunciando es una Buena Nueva, una Buena Noticia que se va propagando. Esa novedad del Reino de Dios nos va ofreciendo actitudes y posturas nuevas en quienes seguimos a Jesús; hemos de descubrir y valorar todo ese nuevo estilo de vivir que Jesús nos ofrece como hemos de valorar también a aquellos que van acogiendo ese Reino nuevo de Dios.
Tenemos que abrir los ojos también en el hoy de nuestra vida para saber descubrir y valorar a cuantos acogen también hoy esa Buena Noticia del Reino de Dios y quieren seguir de cerca a Jesús. Cuántas personas buenas, humildes y sencillas podemos descubrir a nuestro lado que están dispuestas a darlo todo por el Reino de Dios. Podrán aportar los dos reales de la viuda pobre porque hay disponibilidad en su corazón, o se consagrarán por el Reino de Dios para en nombre de Jesús y de su evangelio ser servidores de los pobres, de los que nada tienen, atendiendo a los enfermos, cuidando de los mayores, ofreciendo acogida desde lo más hondo del corazón a los que se ven desamparados y nada tienen.

Podemos pensar en esas legiones de ángeles de Dios - así podemos llamarlos o llamarlas - tantos religiosos y religiosas que han consagrado su vida al Señor en el servicio de los más pobres y necesitados en tantos y diferentes carismas que el Espíritu del Señor va suscitando. Como podemos contemplar a tantos y tantos en nuestras parroquias y comunidades que trabajan como voluntarios en tantos servicios de caridad, como podemos mencionar a las Cáritas de nuestras parroquias igual que otras instituciones y organizaciones también para ese fin. En el nombre del Evangelio, porque han escuchado esa Buena Nueva de Jesús anunciando el Reino de Dios, se hacen así servidores de los demás. Tenemos que aprender a descubrir esas personas y todas esas obras así como valorarlos y dar gracias al Señor por tantas almas generosas. 

domingo, 11 de mayo de 2014

Un buen pastor es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una comunidad eclesial



Un buen pastor es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una comunidad eclesial

Hechos, 2, 14.36-41; Sal.22; 1Ped. 2, 20-25; Jn. 10, 1-10
‘El Señor es mi pastor, nada me falta… en verdes praderas me hace recostar, me conduce hacia fuentes tranquilas  y repara mis fuerzas…’ Así hemos rezado en el salmo en este domingo que se le suele conocer como el domingo del Buen Pastor.
Un buen pastor cuida de sus ovejas; un buen pastor busca los mejores pastos; un buen pastor procurará que no le falte el agua para beber sus ovejas; un buen pastor se preocupa de buscar a la oveja descarriada o perdida y curar a la herida o que está enferma. Hoy todo eso lo vemos como en imagen para referirnos a Cristo, nuestro Buen Pastor.
¿Qué es lo que vemos en el evangelio? ¿Cómo podemos contemplar a Jesús como Buen Pastor de nuestra vida? Aparte de lo que hemos escuchado en los textos del día de hoy podemos recordar otros momentos. Cuando las multitudes acuden a Jesús queriendo escuchar su Palabra o llevarle a sus enfermos con sus dolencias, caminando hasta los lugares más apartados porque tienen deseos de estar con Jesús, dirá el evangelista que sintió lástima de ellos porque andaban como ovejas sin pastor y se puso a enseñarles con calma y al final multiplicará los panes para que nadie se quede sin comer.
Pero por otra parte cuando es prendido en el huerto, los discípulos que quedan y están allí llenos de miedo ante lo que se avecina, ‘todos le abandonaron y huyeron’, contarán los evangelios, pero ya antes Jesús había recordado el anuncio profético de ‘heriré al pastor y se dispersarán sus ovejas’.
No quiere Jesús que nos perdamos, que vayamos errantes de un lugar para otro sin saber donde encontrar el alimento que necesita nuestra vida. Estará siempre dispuesto a alimentarnos para que tengamos vida y vida en abundancia y El mismo será nuestro alimento y nuestra vida porque se hará Pan de vida para que le comamos y para que podamos tener vida para siempre.
¿No podemos recordarle también como el que va al encuentro de aquel enfermo a quien nadie mira ni atiende como el paralítico de la piscina o el ciego de nacimiento de la calle, o también ofreciéndose a ir allí donde hay alguien que sufre ya sea el criado del centurión o la hija de Jairo?
Cuando nos ve heridos o descarriados siempre querrá estar atrayéndonos hacia El, manifestará la sed que tiene de nosotros, pero nos manifestará sobre todo lo que es el amor del padre que nos espera, que nos regala con su amor y su perdón y además hace un banquete para celebrar nuestra vuelta.
Y es que más alegría habrá en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse, y entonces nos hablará del pastor que va a buscar a la oveja perdida, mientras deja a las otras noventa y nueve a buen recaudo para que no se pierdan volviendo con la oveja perdida sobre los hombres e invitando a sus amigos a la fiesta porque ha encontrado la oveja pedida, o también de  la mujer que barre y revuelve toda la casa para encontrar la moneda que se le había extraviado.
Es el que nos conoce allá en lo más hondo de nuestro corazón porque nada podemos ocultar a su amor y por eso siempre tiene la paciencia de esperarnos, de llamarnos, de buscarnos, pero también de revelarnos todo lo que es su amor y su vida para que como El nos conoce también nosotros lo conozcamos. Por eso hoy nos dice ‘y las ovejas atienden a su voz, y El las va llamando por el nombre a sus ovejas… camina delante de ellas, y las ovejas le siguen porque conocen su voz…’
Jesús es nuestro Buen Pastor, pero ¿nosotros  reconoceremos su voz y le seguimos? No nos basta decir que El es nuestro Buen Pastor si luego nosotros no lo escuchamos y lo seguimos; no nos basta decir que es nuestro Buen Pastor si luego nosotros no nos dejamos alimentar por su vida. Pensemos cuanta gracia derrama el Señor sobre nuestra vida buscándonos y llamándonos, pero cómo tantas veces nos hacemos oídos sordos a esas llamadas del Señor. Cuántas veces no queremos aceptar su Palabra, su enseñanza y rechazamos su gracia porque los caminos que seguimos no son precisamente los caminos que nos señala el Señor.
Hoy nos dice también que El es la puerta, la única puerta por la que podemos entrar para alcanzar la salvación; la única puerta donde vamos a ir y encontrar la fuente del agua viva de la gracia que nos santifica; la única puerta por la que podemos acercarnos para escuchar su Palabra, una Palabra que nos llena de vida, que nos santifica, que nos conduce por los verdaderos caminos que nos conducen a Dios. ‘Yo soy la puerta; quien entra por mí se salvará y podrá entrar y salir y encontrará pastos’, nos dice el Señor.
Pero Jesús además ha querido dejarnos también a quienes en su nombre sean pastores del pueblo de Dios para que realicen ese mismo actuar de Cristo. Escogió a los Doce apóstoles a los que enviará por el mundo con su misma misión, pero sigue llamando a los que El quiere que continúen con la misma misión. Son los pastores del pueblo de Dios que en nombre de Cristo siguen anunciándonos la Palabra del Señor y siguen conduciéndonos a la fuente de la gracia divina que nos sane, que nos llene de  vida, que nos alcance la salvación.
Hoy es un buen momento para que todos reconozcamos y oremos por aquellos que realizan esa misión pastoral dentro de la Iglesia en nombre de Cristo Buen Pastor. Es una tarea grande que el Señor ha querido confiar a personas como nosotros, a los que llama de manera especial, con una vocación especial, instrumentos de barro con las mismas debilidades que los demás cristianos pero que han de asemejarse a Cristo Buen Pastor para realizar su misión. Y aquí toda la comunidad eclesial ha de estar al lado de sus pastores, valorando la misión que de Cristo han recibido, pero orando por ellos para que no les falte nunca la gracia del Señor para realizar su misión de la manera más santa posible.
Por eso hoy es también día de oración por las vocaciones. La mies es abundante, pero los obreros son pocos, nos decía Jesús en el Evangelio cuando aquellas multitudes se acercaban a El para escucharle. Orad al dueño de la mies para que envíe obreros a su mies, nos decía Jesús. Es lo que siempre hemos de hacer, pero que de manera especial hacemos en este domingo, pidiendo al Señor que sean muchos los llamados al sacerdocio, a consagrarse en la vida religiosa en sus diferentes carismas por el Reino de Dios, o a los distintos ministerios en tantos campos de apostolado que tenemos ante nosotros.
Oramos para que haya buenos pastores para el pueblo de Dios según el corazón de Cristo. Como decía el santo Cura de Ars, ‘un buen pastor, según el corazón de Dios, es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una parroquia, a una comunidad eclesial, y uno de los dones más preciosos de la misericordia divina’.
Que así elevemos siempre nuestra oración al Señor para que conceda esos tesoros a la Iglesia con abundantes vocaciones; pero así hemos de elevar también nuestra oración al Señor pidiendo por nuestros pastores, por los sacerdotes, por los religiosos y religiosas, por los misioneros, por todos los que realizan una función pastoral dentro de la Iglesia; que se manifieste así la misericordia del Señor. Cristo, Buen Pastor, nunca nos abandona.

domingo, 21 de abril de 2013


Jesús, Buen Pastor está siempre a nuestro lado

Hechos, 13, 14.43-52; Sal. 99; Apoc. 7, 9.14-17; Jn. 10, 27-30
Este cuarto domingo de Pascua es conocido desde siempre como el domingo del Buen Pastor. Es la imagen con la que Jesús se nos presenta en el Evangelio pero, además todos los textos de la liturgia propios de este domingo, las oraciones, las antífonas, están impregnados de ese sentido y de una forma o de otra nos aparece esa imagen del Buen Pastor.
‘Yo soy el Buen Pastor - dice el Señor - conozco a mis ovejas y las mías me conocen’ es la antífona del Aleluya con que hemos aclamado el Evangelio antes de proclamarlo. De ello nos ha hablado Jesús. ‘Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna’, nos decía en el evangelio.
Esta imagen del pastor es muy rica en significado para hablarnos de ese amor de Dios que nos busca y que nos llama, que nos cuida y que nos alimenta, que nos conduce por caminos seguros y nos llena de vida. Es imagen bien hermosa para manifestarnos todo  lo que es el amor de Dios que se nos manifiesta en Jesús. Un amor fiel que permanece invariable sobre nuestra vida, que nos llena de esperanza porque nos sabemos siempre amados de Dios.
En el mensaje que nos dejaba Benedicto XVI para la Jornada de oración por las vocaciones que se celebra en este día nos decía: ‘¿En qué consiste la fidelidad de Dios en la que se puede confiar con firme esperanza? En su amor. El, que es Padre, vuelca en nuestro yo más profundo su amor, mediante el Espíritu Santo. Y este amor, que se ha manifestado plenamente en Jesucristo, interpela a nuestra existencia, pide una respuesta sobre aquello que cada uno ha de hacer de su propia vida, sobre cuánto está dispuesto a empeñarse en realizarla plenamente. El amor de Dios sigue, en ocasiones, caminos impensables, pero alcanza siempre a aquellos que se dejan encontrar. La esperanza se alimenta, por tanto, de esta certeza: Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Y este amor exigente, profundo, que va más allá de lo superficial, nos alienta, nos hace esperar en el camino de la vida y en el futuro, nos hace tener confianza en nosotros mismos, en la historia y en los demás…’
¡Qué hermoso sentirse así amado por Dios! Es necesario que nos dejemos encontrar por su amor. Nos sentimos engrandecidos y llenos de vida, nos sentimos alentados a caminar con esperanza y a luchar con empeño por superarnos y crecernos, nos sentimos impulsados a amar más para entrar en una relación mutua más humana y más fraterna, nos sentimos con deseos profundos y comprometidos por hacer que nuestro mundo sea cada día un poco mejor, nos hace sentirnos con más confianza en nosotros mismos para sentirnos capaces de hacer ese mundo mejor. Siempre el que se siente amado se siente dignificado en su ser más intimo y eso le enseñará también a valor la dignidad de los demás a quienes ya mirará siempre como hermanos.
Y es que no nos sentimos solos, porque sabemos que Jesús, como Buen Pastor que está siempre al lado de sus ovejas, está junto a nosotros alentándonos con su presencia pero llenándonos también con su gracia. Como el pastor que buscará siempre los mejores pastos, el mejor alimento para sus ovejas, así el Señor nos ofrece cada día la riqueza de su Palabra que alimenta nuestra vida, pero también se nos dará El mismo para ser nuestra fuerza y nuestro alimento en la Eucaristía de su Cuerpo y Sangre.
Así nos cuida el Señor y nos defenderá como el pastor que no es un asalariado, porque el asalariado no defiende a las ovejas sino que cuando  ve venir al lobo huye y las abandona, como nos dice en otros lugares del evangelio. Hoy nos dice que sus ovejas ‘no perecerán para siempre y nadie las arrebatará de mi mano’. Nos sentimos seguros en el amor del Señor.
Como nos decía Benedicto XVI ‘¡En el Señor resucitado tenemos la certeza de nuestra esperanza!... También hoy Jesús, el resucitado, pasa a través de los caminos de nuestra vida… y en ese devenir cotidiano sigue dirigiéndonos su palabra; nos llama a realizar nuestra vida con El, el único capaz de apagar nuestra sed de esperanza. El, que vive en la comunidad de los discípulos que es la Iglesia, también hoy nos llama a seguirlo’.
‘Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen’, que nos decía Jesús en el evangelio. Por una parte está esa respuesta nuestra escuchando al Señor y queriendo seguirle porque en El nos sentimos totalmente seguros con esa seguridad y certeza que nos da el amor, pero está también cómo el Señor nos conoce; y nos conoce por nuestro nombre, como somos, con nuestras necesidades y debilidades, con nuestras ilusiones y nuestras esperanzas; y aún así nos ama y nos está invitando continuamente a seguirle, a estar con El. Le escuchamos y nos llenamos de su luz; le escuchamos y nos sentimos envueltos por su amor; le escuchamos y nos ponemos en camino de vida eterna. Queremos seguir a Jesús, verdadero pastor de nuestra vida y al mismo tiempo Cordero de Dios que se sacrifica por nosotros para darnos vida.
Como ya hemos venido expresando al hacer mención al mensaje del Papa hoy estamos celebrando la Jornada de Oración por los Vocaciones. Jesús es el Buen Pastor de nuestra vida pero El se hace presente en su Iglesia en aquellos que llama con una vocación especial para ejercer ese ministerio de pastores en su nombre para bien de la Iglesia. Un día llamó a Pedro y a los Apóstoles para que continuaran su misión enviándolos por el mundo a anunciar el evangelio constituyendo la Iglesia en las comunidades de creyentes en el  nombre del Señor Jesús que iban surgiendo. Esa misión se continúa en los pastores que Dios sigue llamando a través de todos los tiempos como regalo de gracia para su Iglesia.
Pastores compenetrados en todo con Cristo Pastor y que se hacen pobres y desprendidos, con Cristo empobrecido, para evangelizar a los pobres; pastores humildes, con Cristo humillado y servidor, para estar más cerca de los pobres y los pequeños; pastores misericordiosos, con Cristo compasivo, para estar más abiertos a las miserias humanas; pastores pacíficos, con Cristo-Paz, para llegar a ser instrumentos de reconciliación; pastores limpios de corazón, con Cristo transparencia divina, para poder descubrir y proyectar la presencia de Dios en medio del mundo.
Hoy es un día de especial oración de las comunidades cristianas por sus pastores y también por todos aquellos llamados por el Señor con una vocación de especial consagración, como son los religiosos y religiosas, testigos de Cristo en medio del mundo. Oremos al dueño de la mies que envié obreros a su mies, como nos enseña Jesús en el evangelio. Como nos decía Benedicto XVI en su mensaje para esta Jornada ‘la oración constante y profunda hace crecer la fe de la comunidad cristiana, en la certeza siempre renovada de que Dios nunca abandona a su pueblo y lo sostiene suscitando vocaciones especiales, al sacerdocio y a la vida consagrada, para que sean signos de esperanza en medio del mundo’.
La abundancia de vocaciones es la mejor expresión de la intensidad de vida de nuestras comunidades cristianas; ‘la respuesta a la llamada divina por parte de un discípulo de Jesús para dedicarse al ministerio sacerdotal o a la vida consagrada se manifiesta como uno de los frutos más maduros de la comunidad cristiana, que ayuda a mirar con particular confianza y esperanza el futuro de la Iglesia y a su tarea evangelizadora. Esta tarea necesita siempre de nuevos obreros para la predicación del evangelio, para la celebración de la Eucaristía y de todos los sacramentos’.
Oremos al Señor para no falten sacerdotes, personas que consagren su vida a Dios y al servicio de la Iglesia en una especial consagración en la vida religiosa en sus diferentes órdenes y carismas. Oremos al Señor para que sean muchos los llamados, pero que sientan en su corazón la fortaleza de la gracia para responder a su vocación con total fidelidad. Son un regalo bien preciado del Señor a su Iglesia. 

sábado, 13 de abril de 2013


El servicio del amor esencial en el anuncio de Cristo resucitado

Hechos, 6, 1-7; Sal. 32; Jn. 6, 16-21
Cuando vamos recorriendo el camino del libro de los Hechos de los Apóstoles enseguida vamos apreciando que en la medida en que va creciendo la fe en Jesús, se va propagando el anuncio de Cristo resucitado y van surgiendo las primeras comunidades cristianas vemos al mismo tiempo cómo va floreciendo el amor. Una comunidad, y una comunidad que se siente convocada y reunida en el  nombre del Señor Jesús si le falta el amor le faltaría algo esencial que tiene que nacer de esa fe en Cristo resucitado como es la comunión de los hermanos.
Ya hemos contemplado como va floreciendo ese amor y son capaces de vivir en comunión y en sincero compartir para que nadie pase necesidad. Hace poco hemos visto como vendían sus posesiones y lo ponían a disposición de los apóstoles para ese bien común y para la atención sobre todo de los huérfanos y las viudas que en aquella sociedad se sentían totalmente desamparados.
Pero en toda comunidad, aunque sea una comunidad cristiana que intenta vivir intensamente su fe en Jesús y su amor surgen los problemas y está el peligro de que alguien no sea debidamente atendido. Es la queja que surge en Jerusalén en la que cierto sector de la comunidad se siente desatendido. Los Apóstoles no pueden estar en todo y es como surgirá la diaconía, el servicio de aquellos que de manera especial en nombre de la comunidad van a atender a los pobres y más necesitados.
‘No podemos desatender el anuncio de la Palabra de Dios’, dicen los apóstoles, ‘escoged a siete de entre vosotros, hombre de buena fama, llenos de espíritu de sabiduría y les encargaremos de esta tarea…’ Y se nos hace la relación de los siete que fueron escogidos, ‘que presentaron a los apóstoles y les impusieron las manos orando’. Nació así el diaconado, ese ministerio de servicio dentro de la comunidad cristiana. Origen, podríamos decir, de los diversos ministerios y servicios que van surgiendo en medio de la comunidad y para el servicio de la comunidad.
Escuchando y meditando este texto pensamos, por supuesto, en ese ministerio participación de Sacerdocio de Cristo Sacramento de Salvación, que son los diáconos - precisamente en este día en nuestra diócesis son ordenados dos nuevos diáconos para nuestra Iglesia diocesana -. Pero con una mirada amplia, sin reducirla al sacramento, podemos pensar en cuantos ejercen en el seno de la comunidad cristiana ese servicio pastoral de la caridad. Pensamos en nuestras parroquias en los agentes de Cáritas para la atención de los pobres y necesitados; pero podemos pensar en el ámbito de nuestras parroquias en los que atienden y visitan a los enfermos en una atención pastoral, aunque aquí cabría pensar en todos los que realizan una acción pastoral en medio de nuestras comunidades que en fin de cuentas es un servicio a la comunidad eclesial.
Pero podemos pensar en tantos y tantos religiosas y religiosas que en hospitales, Centros de Mayores, Asilos, residencias de ancianos o de enfermos, casas de acogida, atención a discapacitados físicos o síquicos y así una lista interminable están ejerciendo este ministerio de la caridad, del amor cristiano. Creo que tenemos que abrir bien los ojos para descubrir y ver ese ejército innumerable de religiosos y religiosas, como de tantos voluntarios también viven para los demás en un servicio de amor a los más pobres y necesitados. Es la diaconía de la Iglesia que se sigue realizando y que sigue dando ese testimonio de lo que es el amor cristiano vivido sin límites, con una donación y dedicación total.
Hay quien se atreve a poner en duda la acción de la Iglesia y cierra los ojos - ¿de manera interesada quizá? - y no es capaz de ver toda esta maravillosa acción social, pero acción desde la justicia y el amor que realiza la Iglesia. Bueno, no importa que no nos lo reconozcan, no se puede mermar la intensidad de nuestro amor y seguiremos amando y dándonos porque sabemos que nuestro premio y recompensa lo tendremos en el Señor cuando nos diga ‘venid, benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me diste de comer… porque estaba enfermo y solo, y me atendiste’.

sábado, 26 de enero de 2013


Decían que no estaba en sus cabales y lo decimos también de los demás

Hebreos, 9, 2-3.11-14; Sal. 46; Mc. 3, 20-21
Es bien breve el texto del evangelio de hoy, apenas dos versículos, pero creo, sin embargo que nos puede decir muchas cosas. Nunca hemos de considerar de poca importancia la Palabra que se nos proclama sea cual sea la cantidad de versículos que se  nos ofrezcan. Siempre con un corazón lleno de fe hemos de saber acoger la Palabra que el Señor quiere decirnos. Siempre tendrá un mensaje para nuestra vida.
Por el temor respetuoso con que nos acercamos a Jesús, por la fe que hemos puesto en El y por el amor que tenemos nos puede resultar incomprensible o chocante lo que nos dice el evangelio que ‘la familia de Jesús vino para llevárselo porque decían que no estaba en sus cabales’.
En cierto modo, humanamente hablando, puede resultar una reacción normal por parte de la familia. Jesús había dejado todo para ponerse a anunciar el Reino de Dios y, aunque había mucha gente que lo seguía o que venía hasta él con sus enfermedades y dolencias para que los curara, también iba apareciendo cierta oposición por parte de las personas importantes e influyentes de la sociedad de entonces. A nadie le gusta que un familiar suyo sea vejado por parte de los demás o se encuentre con fuertes oposiciones, porque ya hemos escuchado cómo ‘los fariseos se pusieron a planear con los herodianos el modo de acabar con El’.
Como iremos viendo a lo largo del Evangelio Jesús no tiene ningún temor, se siente totalmente libre quien ha venido a darnos la libertad verdadera, y seguirá adelante en su misión de anunciar el Reino, traernos el Evangelio y alcanzarnos la salvación porque su amor es tan grande que le llevará a dar su vida, en el acto de amor más sublime, por aquellos a los que ama, por nosotros. Ojalá tuviéramos nosotros siempre esa libertad de espíritu para actuar sin ningún temor y mostrarnos en verdad como verdaderos testigos del evangelio.
Tenemos la experiencia muchas veces bien cercana a nosotros de escuchar reacciones semejantes a estas que nos cuenta hoy el evangelio en nuestro entorno cuando vemos a una persona entregada por los demás, por hacer el bien, por vivir un compromiso serio por la sociedad en la que vive. ‘Ese está loco’, habremos escuchado decir o le habremos dicho a alguien en alguna ocasión. Es la reacción que tienen muchas familias por ejemplo cuando un  hijo o una hija dice que quiere ser sacerdote, que quiere ser religiosa. Cuántas cosas se dicen, cuanta oposición y cuantos sufrimientos. Es lo que hoy estamos viendo en el evangelio que sucede con Jesús.
Jesús tiene clara su misión. Es lo que nosotros también hemos de tener claro cuando recibimos una llamada en el corazón y lo que necesitamos es generosidad y disponibilidad para responder. Pero también hemos de aprender la lección en relación a los demás. No podemos juzgar, tenemos que saber aceptar, valorar la entrega de los otros, a saber apoyar también lo bueno que hagan o quieran hacer los demás. Cuántas vocaciones se frustran en muchas ocasiones porque no las hemos apoyado lo suficiente, tanto en el aspecto de la vida religiosa, como de compromiso social.
Creo que esto que estamos reflexionando puede ser un bueno motivo de oración para nosotros. Oración para sentir en nosotros la fuerza del Espíritu del Señor cuando hay una llamada en nuestro corazón y tengamos la gracia y la fortaleza de seguir adelante respondiendo a lo que nos pida el Señor. Oración también por los demás, por los que sienten esa inquietud en el corazón por lo bueno, por luchar por un mundo mejor, por vivir un compromiso social o por los que sienten la llamada del Señor en su corazón para seguirle con total radicalidad entregándose al Sacerdocio, o a la vida religiosa o misionera. Pidamos que no les falte nunca la gracia del Señor que fortalezca sus voluntades y les dé generosidad en su corazón.

domingo, 29 de abril de 2012


Conozco a mis ovejas y doy la vida por ellas

Hechos, 4, 8-12; Sal. 117; 1Jn. 3, 1-2; Jn. 10, 11-18
En la vida nuestra de cada día cuando suceden acontecimientos importantes, o sucede algo que nos impresiona mucho o nos llama la atención de manera especial, eso motivará para que de ese suceso se esté hablando continuamente en todos los lugares donde nos relacionamos o frecuentamos. Será un suceso especial, un acontecimiento deportivo, alguna noticia de algo importante que de alguna manera influye en la vida de la sociedad… pero se convierte en la comidilla, como decimos, en todas nuestras conversaciones y no nos cansamos de repetir y comentar una y otra vez.
Pero ¿sucede así en el ámbito de nuestra fe y de nuestra vida cristiana? Desgraciadamente en nuestro entorno cuando se habla de religión, de la iglesia o de cosas así más bien muchas veces es para denigrar o subrayar hasta la saciedad aspectos negativos de cosas que puedan suceder. No sé si siempre los cristianos valoramos debidamente todo lo que atañe a nuestra fe y a lo que es la vida de la Iglesia. ¿Qué relevancia le damos en la vida a nuestra fe y a los hechos fundamentales de nuestra salvación? Sin embargo, si nos fijamos bien, en la liturgia nos damos cuenta de que después de haber celebrado la Pascua parece como si no se quisiera acabar de celebrar y una y otra vez la Iglesia sí que quiere que repitamos, rumiemos con toda intensidad todo el misterio de nuestra salvación que hemos celebrado.
Por eso no sólo hemos estado unas semanas reviviendo intensamente todo lo que rodeó a la resurrección del Señor – en verdad está ahí todo el centro y meollo de nuestra fe y de nuestra salvación – sino que seguimos prolongando esa reflexión en todo el tiempo de pascua reviviendo, recordando, meditando intensamente todas las palabras y los hechos de la vida de Jesús. Es lo que nos va proponiendo la liturgia de la Iglesia en los diferentes domingos de Pascua y así tenemos hoy estos hermosos textos que nos hablan de Jesús como Buen Pastor.
No tendríamos que cansarnos de repetir una y otra vez todo este acontecimiento de la Pascua, igual que en la vida ante otros acontecimientos, como decíamos antes, repetimos y comentamos una y otra vez las cosas que van sucediendo. Cuando seguimos contemplando y meditando toda la entrega de Jesús en la Pascua surge hoy esta presentación de Jesús como Buen Pastor. Una imagen con hondo y rico significado que nos viene a definir muy bien a quien se entregó hasta dar su vida por nosotros. ‘Yo soy el Buen Pastor’, nos dice Jesús.
Fijémonos en diferentes aspectos en los que Jesús se nos manifiesta como buen Pastor. Primero nos dice ‘el buen pastor da la vida por las ovejas’ en contraposición a quien no es el dueño de las ovejas sino solamente un asalariado. Jesús es el Buen Pastor que ama a sus ovejas, son suyas, las conoce y las defiende hasta con la vida si fuera necesario. ¿Qué hizo Jesús? ¿Qué ha hecho por nosotros para liberarnos del maligno? Dar su vida por nosotros para que pudiéramos tener vida. Sí que le importamos nosotros a Jesús. Nos ama.
Es otro aspecto que podríamos subrayar. ‘Yo soy el buen Pastor que conozco a las mías y las mías me conocen a mí, igual que el Padre me conoce y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por mis ovejas’, nos dice. Donde haya muchas ovejas y muchos pastores cada pastor conoce y distingue sus propias ovejas. De la misma manera las ovejas sólo seguirán al pastor que conocen.
Mucho nos quiere decir Jesús con esto. Conocer es algo más que distinguir una oveja de otra. Con la palabra conocer se quiere decir algo mas hondo; se está hablando de amar. El buen pastor ama a sus ovejas y cuando amamos llegamos a un conocimiento mucho más profundo que lo que nos puedan ofrecer los ojos de la cara. Hay otra comunicación, otra comunión, la del amor. Y claro cuando amamos, por aquel a quien amamos estamos dispuestos a hacer lo que fuera necesario. Por eso Jesús dirá que nos conoce, nosotros le conocemos, y El da la vida por sus ovejas. Es la consecuencia del amor. Es lo que hace Jesús por nosotros. Así nos conoce, así nos ama.
Nos conoce Jesús y nosotros hemos de conocerle a El, y escucharle, y seguirle, y amarle. Tendría que ser nuestra respuesta. ‘Yo conozco a las mías y las mías me conocen’, nos ha dicho. El nos ama y nosotros hemos de amarle y de la misma manera estar dispuestos a todo por El. La consecuencia del amor verdadero, como decíamos. Es el camino que hemos emprendido cuando nos decimos que tenemos fe en El, queremos ser sus discípulos y seguirle. Es la respuesta que, aunque nos cuesta a causa de nuestra debilidad, queremos ir dando cada día cuando queremos ser fieles, cuando queremos mantener nuestra fe, cuando ponemos todo nuestro empeño por vivir nuestra vida cristiana.
Pero no estamos solos; El nos ayuda, porque como buen Pastor siempre está dispuesto a ofrecernos los mejores pastos, siempre está ofreciéndonos y regalándonos su gracia que se nos reparte en la Palabra que escuchamos, en los sacramentos que celebramos y recibimos y en todo ese caudal de gracia que continuamente de mil maneras nos está dando en cada momento de nuestra vida. No es solo la gracia santificante que recibimos en los sacramentos, sino todas esas gracias actuales que en cada momento nos ofrece el Señor a cada situación de nuestra vida.
¡Cuánto nos ama el Señor! ¡Cómo tendría que ser también por nuestra parte ese cultivo y cuidado de la amistad de Dios que vemos enriquecido en nuestra oración al Señor! El cristiano tendría que ser de verdad un hombre de oración, de oración intensa, para vivir esa comunicación y comunión con Dios. ¿Cómo podríamos mantener esa unión con el Señor si no oramos intensamente? Quien se siente amado por el Señor hasta ser su hijo, como nos dice la carta de Juan hoy, siente que Dios habita en su corazón y tendría que surgir de forma espontánea casi esa comunicación viva con Dios en la oración. Necesitamos de la oración como del agua y la comida para vivir, como del aire para respirar. Nos daría para más extensas reflexiones.
Una palabra final para la Jornada que celebramos en este domingo del Buen Pastor. Es la Jornada de oración por las vocaciones, sobre todo a la vida sacerdotal y a la vida religiosa y que se celebra este año con el lema ‘las vocaciones, don de la caridad de Dios’. El Señor ha querido hacer partícipes de su función de pastor a aquellos que llama con una vocación especial dentro de la Iglesia. Son los sacerdotes y son los religiosos y religiosas que han consagrado su vida al Señor en la vida religiosa. Hoy es una especial jornada de oración para que el Señor llame a muchos y sean muchos los que respondan a esa llamada de amor del Señor y haya abundantes sacerdotes y también hombres y mujeres que se consagren al Señor en la vida religiosa para bien de la Iglesia y para la gloria del Señor.
Entresacamos algunos párrafos del mensaje del Papa. ‘Es importante que en la Iglesia se creen las condiciones favorables para que puedan aflorar tantos “sí”, como generosas respuestas a la llamada del amor de Dios… Será tarea de la pastoral de las vocaciones ofrecer puntos de orientación para un fructífero recorrido. Elemento central será el amor a la Palabra de Dios, cultivando una familiaridad creciente con la Sagrada Escritura y una oración personal y comunitaria atenta y constante, para ser capaces de sentir la llamada divina en medio de tantas voces que llenan la vida diaria. Pero sobre todo que la Eucaristía sea el “centro vital” de todo camino vocacional: es aquí donde el amor de Dios va unido al sacrificio de Cristo, expresión perfecta del amor, y es aquí donde aprendemos siempre de nuevo a vivir la «gran medida» del amor de Dios. Palabra, oración y Eucaristía son el tesoro precioso para comprender la belleza de una vida totalmente gastada por el Reino’.
Y nos habla también de la importancia de las familias en el surgimiento de las vocaciones. Tal dinámica, que responde a las instancias del mandamiento nuevo de Jesús, puede hallar elocuente y singular atención en las familias cristianas, cuyo amor es expresión del amor mismo de Cristo que ha dado a su Iglesia (cf. Ef 5, 32). En las familias, «comunidad de vida y de amor», las nuevas generaciones pueden hacer una admirable experiencia de este amor oblativo. Ellas, efectivamente, no solo son el lugar privilegiado de la formación humana y cristiana, sino que pueden llegar a ser «el primer y mejor seminario de la vocación a la vida de consagración al Reino de Dios», haciendo descubrir, precisamente dentro de la familia, la belleza e importancia del sacerdocio y de la vida consagrada.
Oremos por las vocaciones. Sintamos esa inquietud de la Iglesia en nuestro corazón.

lunes, 21 de noviembre de 2011

La presentación de María señal clara de su consagración a Dios


Prov. 8, 22-31;

Sal. 44;

Lc. 2, 15-19

La presentación de María cuya memoria hoy celebramos no se nos refleja en ningun texto bíblico de los evangelios. Es algo de lo que se habla en los evangelios apócrifos, el protoevangelio de santiago, y luego trasmitido por la piedad popular y que se traduce en esta memoria litúrgica que hoy celebramos.

Es como un remedo, podríamos decir, o resonancia de la presentación de Jesús en el Templo que celebramos el dos de febrero, a los cuarenta días del nacimiento del Señor, en cumplimiento de la ley del Levítico, y que podría recordar en este caso el mandato del Levítico para que toda mujer que diera a luz una niña a los ochenta días se presentara en el lugar santo para purificarse.

Hablar, pues, de la presentación de María es como hablar de la mujer creyente que se ha consagrado al Señor para hacer que toda su vida sea siempre para la gloria del Señor. Es lo que contemplamos en María, la llena de gracia e inundada de la presencia del Señor, como le manifiesta el ángel de la anunciación. María es la mujer creyente dispuesta siempre para Dios; la mujer creyente del sí permanente para el Señor.

La liturgia bizantina en esta fiesta dice de María que es "la fuente perpetuamente manante del amor, el templo espiritual de la santa gloria de Cristo Nuestro Señor". Es lo que contemplamos en el corazón de María, siempre dispuesta al amor, al servicio, a la atención y a la acogida del otro; camina hasta la montaña para servir a su prima Isabel; atenta está en Caná para interceder ante el problema o la necesidad; orante está con la primera comunidad que se está constituyendo en la espera del Espíritu; será la que merecerá la alabanza del Señor llamándola dichosa por acoger y plantar como nadie la Palabra de Dios en su corazón. Es la mujer creyente, pues, modelo de todo creyente, dispuesta siempre para la gloria del Señor.

Esta memoria de la Virgen en su presentación o en su consagración a Dios, como queramos decir, es una fiesta litúrgica que celebran con especial amor quienes se han consagrado al Señor entregando toda su vida por el Reino de Dios. Los religiosos y religiosas que quieren unirse radicalmente al Señor en una fidelidad total para El en el cumplimiento de los consejos evangélicos de la pobreza, la castidad y la obediencia, en muchas congregaciones en este día hacen renovación de sus votos y de su consagración, a ejemplo e imitación de la Virgen.

Qué mejor modelo se puede tener de una consagración a Dios que como lo hizo María. Pero también qué madre intercesora más grande se puede tener que María, la madre del Señor, que es también nuestra madre. Todos tenemos que aprender de María; todos hemos de tener ese corazón abierto para Dios para que El sea en verdad el centro de toda nuestra vida.

De María tenemos que aprender a ser ese templo para Dios. Tenemos que aprender a gustar esa presencia de Dios en su corazón como ella lo hacía. Poseída por el Espíritu Santo estaba llena de Dios de tal manera que de ella naciera Dios hecho hombre. Así se convirtió en la Madre de Dios. Cómo se quedaba extasiada rumiando y meditando allá en lo más hondo de sí cuando llegaba a ella la Palabra de Dios. Meditaba y rumiaba las palabras del ángel que eran anuncio y mensaje de Dios, pero se quedaba también rumiando todo aquello que acontecía en torno a ella, porque todo era para ella una manifestación y una prueba del amor de Dios que en ella se derramaba. ‘Guardaba todo en su corazón’, que dice el evangelio.

A María tenemos que pedirle que nos alcance la gracia del Señor para vivir esa total purificación de nuestro corazón para que nunca el pecado lo mancille, nunca por el pecado nos apartemos de Dios. Que mane a través de ella, como decia la litrugia bizantina, todo el amor y la gracia de Dios sobre nosotros. Que nos alcance la gracia del cielo para ser ese templo santo de Dios, que para eso hemos sido consagrados nosotros desde el Bautismo. Que vivamos con gozo profundo esa presencia maravillosa de Dios en nosotros.

lunes, 11 de julio de 2011

San Benito, maestro de la escuela del divino servicio

Prov. 2, 1-9;

Sal. 33;

Mt. 19, 27-29

‘Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido, ¿qué nos va a tocar?’ le pregunta Pedro a Jesús. Este episodio está a continuación de la invitación al joven rico a venderlo todo para dar el dinero a los pobres y seguir a Jesús, y a los comentarios posteriores de Jesús de cuán difícil le es a los ricos entrar en el reino de los cielos.

Desde ahí surge la pregunta de Pedro. ‘Os sentaréis sobre doce tronos para regir a las doce tribus de Israel’, le responde Jesús que continuará diciendo: ‘El que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, mujer, hijos o tierras, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna’.

¿Lo importante? La herencia de la vida eterna. Podremos tener o no tener consuelos humanos, pero la herencia del Reino de los cielos es el verdadero tesoro por el que merece dejarlo todo. Es lo que nos estimula en el seguimiento de Jesús a todo cristiano. Es lo que está en el fondo de la disponibilidad y generosidad de corazón de quienes sentimos la llamada del Señor de dejarlo todo para consagrarnos a El y a su Reino.

Hay renuncias que pudieran ser dolorosas en el corazón que Dios nos compensa con su gracia y hechas con amor nos dan una alegría interior que por nada queremos cambiar. Renunciamos quizá a una familia quienes nos consagramos al Señor en la vida sacerdotal o religiosa, pero estamos insertos en una familia más grande que son nuestras comunidades, a aquellos a los que nos entregamos en nuestro servicio, y que nos hará tener más libre el corazón para llenar a tener esa disponibilidad y esa entrega.

Este evangelio que estamos comentando es el propio de esta fiesta de san Benito, Padre y Patriarca del monacato occidental y patrono de Europa que hoy celebramos. Estudiante en Roma de filosofía y de retórica siente en su corazón la llamada del Señor, desde la meditacion del evangelio allá en lo hondo de su corazón, para dejarlo todo por el Reino de Dios.

Vive como eremita en el Subiaco, pronto se congregan junto a él muchos que quieren vivir su estilo de consagración al Señor con su regla del ‘orat et laborat’ y que, tras diversos avatares y acontecimientos que en un momento pusieron en peligro incluso su vida, será el principio de la Orden Benedictina que finalmente se establecería en Montecasino y que luego se extendería por todo el Occidente cristiano. Es por lo que se le considera el padre de los monjes de Occidente, porque en el oriente san Antonio Abad en Egipto y san Basilio fueron los que establecieron la regla del monacato oriental.

La espiritualidad de san Benito no es sólo inspiración para los que se consagran al Señor tras los muros de un monasterio o en la vida religiosa sino que puede ser también para todos los que queremos seguir a Jesús una ayuda grande para vivir nuestra espiritualidad cristiana. Reza y trabaja, resume la regla de san Benito.

Vivimos inmersos en el mundo con nuestras responsabilidades y trabajos; tenemos el compromiso de la construcción de nuestro mundo desde nuestro trabajo, desde nuestra responsabilidad allí donde el Señor nos haya llamado a desarrollar nuestra vida con nuestros valores y con nuestras cualidades que no podemos enterrar. Y a ese trabajo que realizamos le damos un sentido y un valor desde la fe que tenemos en el Señor y desde el espíritu del evangelio que queremos vivir.

¿Dónde encontraremos la fueza para realizar nuestra tarea? En el Señor está nuestra fuerza y nuestra vida. Desde nuestra unión con el Señor alcanzamos la gracia que necesitamos para vivir nuestras responsabilidades. Qué presente tiene que estar la oración en nuestra vida. No puede estar lejos nunca de la vida de un cristiano porque es nuestro medio de estar unidos al Señor. A un cristiano sin oración se le cae la base que sostiene toda su vida.

Que aprendamos de san Benito, ‘maestro de la escuela del divino servicio’, como lo llama la liturgia, a poner esas bases solidas de nuestra espiritualidad cristiana que nos haga ser verdaderos testigos en medio de nuestro mundo.

domingo, 15 de mayo de 2011

Puerta, pastor y guardián de nuestras vidas


Hechos, 2, 14.36-41;

Sal. 22;

1Pd. 2, 20-25;

Jn. 10, 1-10

Nos habla hoy la liturgia de puerta, de pastor y de guardián, de rebaño y de redil, de cordero y de ovejas. Ricas imágenes que nos ofrece la liturgia en la Palabra que se nos ha proclamado y en los textos eucológicos. Imágenes que nos están hablando de Cristo y de nosotros su pueblo. Imágenes que ponen una vez más ante nosotros todo lo que hemos venido celebrando en el triduo pascual y que prolongamos en todo este tiempo de pascua.

Llamamos a este domingo el domingo del Buen Pastor precisamente por esas imágenes que se nos ofrecen. En el salmo así lo hemos proclamado: ‘El Señor es mi Pastor, nada me puede faltar…’ Y nos sentimos llenos de gozo porque El sea el Buen Pastor que nos cuida, nos protege, nos alimenta y hasta es capaz de dar la vida por sus ovejas. ‘En verdes praderas me hace recostar y me conduce a fuentes tranquilas, me guía por el sendero justo y aunque camine por cañadas oscuras nada temo, porque tú vas conmigo’.

Por eso al mismo tiempo que así lo reconocemos no podemos menos que recordar que también es el Cordero inmolado, verdadero y auténtico Cordero Pascual que, como nos ha recordado san Pedro, ‘cargado incluso con nuestros pecados, subió al leño para que muertos al pecado vivamos para la justicia. Sus heridas nos han curado’.

Como el cordero inocente que ‘maltratado, voluntariamente se humillaba y no abría la boca, como un cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador enmudecía y no abría la boca…’ como recordábamos el viernes santo con el Cántico del Siervo de Yavé cuando lo contemplábamos en la cruz. ‘Cuando lo insultaban no profería amenazas’, nos ha recordado hoy san Pedro.

En su carta que terminaba diciéndonos, ‘andábais descarriados como ovejas, pero ahora habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras vidas’. Cómo nos recuerda cuando Jesús veía aquellas multitudes que lo seguían en el evangelio y sentía lástima por porque los veía como ovejas sin pastor y los enseñaba y prodigaba sus signos salvadores con ellos con los milgros que hacía como cuando multiplicó los panes en el desierto para alimentarlos a todos.

Hoy Jesús nos propone en el evangelio una imagen más, ‘la puerta’ por la que hay que entrar porque por ahí está el camino de nuestra vida y salvación. ‘Yo soy la puerta de las ovejas….’ Y nos volverá a repetir: ‘Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos’. Y es que Jesús ha venido padra darnos vida. ‘Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante’, nos dice. Y mira si es abundante la vida y la gracia que nos ofrece cuando nosotros no merecemos nada y por nosotros entrega su vida.

Seguimos a Jesús; queremos seguir a Jesús, y escucharle, y alimentarnos de El, y estar con El porque con El nos sentimos seguros. ‘Las ovejas atienden a su voz, y el va llamando por su nombre a las ovejas y las saca fuera… camina delante de ellas, y las ovejas le siguen porque conocen su voz…’

¡Qué hermoso! Nos llama y nos conoce; y nos llama a cada uno por nuestro nombre. Así somos queridos y amados por Dios que nos llama por nuestro nombre. ¡Cómo nosotros tenemos que aprender a conocer su voz para no irnos tras otros pastores y en búsqueda de otros pastos que nunca nos podrán saciar! Que no nos confundamos nunca porque con Cristo a nuestro lado tenemos la seguridad de la vida y de la salvación.

El nunca nos abandonará ni nos dejará solos. Como decíamos con el salmo ‘aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo… tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida y habitaré en la casa del Señor por años sin término’.

Abundancia de vida y de gracia que nos ofrece en la Iglesia y en los sacramentos. ‘Preparas una mesa ante mí… me unges la cabeza con perfume y mi copa rebosa’, que seguimos diciendo con el salmo. Banquete de gracia y salvación que nos ofrece en los sacramentos. Nos ha ungido para llenarnos de su vida; continuamente está ofreciéndonos su perdón; ante nosotros tenemos el Banquete de la Eucaristía en que El mismo se nos da como comida. ‘Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida, y el que me come vivirá por mí y yo lo resucitaré en el último día’, como hemos escuchado más de una vez.

Pero aún más, pone a nuestro lado pastores que en su nombre nos conduzcan y nos alimenten con la Palabra de Dios y los sacramentos. Quiere Cristo Jesús seguir haciéndose presente junto a nosotros y elige a quienes en su nombre conduzcan al pueblo de Dios hacia los pastos de la vida y de la gracia. Como eligió a los Apóstoles a quienes envió por el mundo para hacer el anuncio de la Buena Nueva del Evangelio y bautizar a quienes creyesen en él, sigue eligiendo dentro del pueblo de Dios quienes sigan ejerciendo esa función.

Hoy, domingo del Buen Pastor, es un día propicio para que la comunidad cristiana reconozca y valore a sus pastores, a los sacerdotes y a todos los ministros del Señor, y a cuántos ejercen una función pastoral en medio del pueblo de Dios en tantas funciones y servicios para bien de la comunidad y de la Iglesia. Sacerdotes – y englobo en esta palabra también al Papa y a los obispos en la plenitud de su sacerdocio -, religiosos y religiosas, personas consagradas en diversos carismas, laicos - hombres y mujeres - comprometidos apostólica y pastoralmente en medio de la Iglesia y a favor del mundo que ejercen esa función pastoral en nombre de Cristo a quienes tenemos que reconocer y con quienes tenemos que sentirnos en verdadera comunión de Iglesia, y por quienes hemos de orar.

Pero este domingo del Buen Pastor es también una Jornada Mundial de oración por las vocaciones. Tenemos que pedirle al dueño de la mies, como ya nos encarga Jesús, que envíe obreros a su mies, porque la mies es mucha y los obreros pocos. Tenemos que orar, sí, para que sean muchos los llamados en medio de nuestras comunidades, y muchos sean también los que generosamente con la gracia del Señor respondan a esa llamada.

Es que tenemos que considerar también que está en juego la vida, la vitalidad de nuestra Iglesia que necesita de esos pastores. Ya sabemos que el Señor no abandona a su Iglesia y no faltará esa llamada de parte del Señor y no faltarán nunca pastores a la Iglesia. Pero es que también desde la vitalidad de nuestra Iglesia, de nuestras comunidades, desde la valoración que hacemos de nuestros pastores, tenemos que crear ese clima y ambiente apropiado para que haya esa generosidad en los corazones y sean muchos los valientes que respondan a la llamada del Señor.

Es como un círculo, de unas comunidades vivas y entregadas podrán surgir almas generosas que escuchen al Señor y le sigan, y si tenemos abundantes vocaciones y en consencuencia pastores en medio de la Iglesia crecerá también nuestra vitalidad. Tenemos que ser caldo de cultivo, semillero de vocaciones. Y lo seremos con nuestro amor generoso. Y lo seremos con nuestra oración intensa por las vocaciones.

Pidámosle a María, ella que acogió con total apertura el plan divino de la salvación en su vida, que en el interior de nuestras comunidades nos abramos con disponibilidad a la llamada de Dios y sepamos decirle ‘sí’.