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sábado, 11 de julio de 2015

San Benito, ejemplo y estímulo en nuestro caminar en el seguimiento de Cristo y en el testimonio que de dar ante el mundo

San Benito, ejemplo y estímulo en nuestro caminar en el seguimiento de Cristo y en el testimonio que de dar ante el mundo

Proverbios 2,1-9; Sal 33; Mateo 19,27-29
‘Lo que más necesitamos en este momento de la historia son hombres que a través de una fe iluminada y vivida, hagan que Dios sea creíble en este mundo... Necesitamos hombres como Benito de Nursia, quien en un tiempo de disipación y decadencia, penetró en la soledad más profunda logrando, después de todas las purificaciones que tuvo que sufrir, alzarse hasta la luz, regresar y fundar Montecassino, la ciudad sobre el monte que, con tantas ruinas, reunió las fuerzas de las que se formó un mundo nuevo. De este modo Benito, como Abraham, llegó a ser padre de muchos pueblos’.
Así escribía Benedicto XVI, cuando aun no era Papa, sobre san Benito de Nursia de quien tomaría su nombre para su pontificado, a quien hoy estamos celebrando. Creo que es el gran mensaje que recibimos de este santo en su fiesta. Como siempre son las figuras de los santos para los cristianos, un estímulo para nuestra vida con su testimonio. No nos podemos quedar simplemente en hacer una fiesta cuando celebramos un santo. No nos podemos quedar en el recuerdo quizá de unos milagros que en su vida realizaron y que ahora pedimos con su intercesión ante nuestros problemas.
La vida de los santos para nosotros los cristianos tiene que ser mucho más. Son ejemplo y estímulo en nuestro caminar en el seguimiento de Cristo y en el testimonio que nosotros en consecuencia hemos de dar ante el mundo. Su vida retira y ascetica, su espíritu de oración al mismo tiempo que su compromiso en el trabajo son para nosotros, repito, un estimulo y un ejemplo de cómo nosotros quizá en el medio del mundo, allí donde hemos de realizar nuestra vida, hemos de aprender a santificarnos en nuestro trabajo.
Siguiendo las palabras de Jesús que invitaba a los discipulos a dejarlo todo para seguirlo él optó por una vida retirada en el silencio y la oración. ‘Vende todo lo que tienes, da el dinero a los pobres y luego vente conmigo y sígueme’, le pedía Jesús al joven del Evangelio.Y un día los apostoles lo dejaron todo - redes y barcas - para seguir a Jesús. Y Jesús promete la vida eterna para quienes lo dejen todo y le sigan.
Es lo que contemplamos en San Benito a quien consideramos el padre del monaquismo en el occidente, como fundador de la orden benedictina con aquellos que junto a él se retiraron en Montecasino. Pero el lema de su vida y para sus monasterios fue el de oración y trabajo, ‘ora et labora’.
Aunque quizá no vivamos una vida retirada del mundo, sino que vivimos en medio del mundo también ha de ser un lema para nuestra vida. Con nuestro trabajo, con el cumplimiento de nuesstras responsabilidades hemos de santificarnos, pero lo haremos desde la fuerza de la oración, de nuestra unión con el Señor. Por eso no puede estar al margen de nuestra vida de cada día nuestra oración,  nuestro encuentro con el Señor, sino que ha de ser el centro de nuestra vida desde donde encontramos la fuerza y la gracia para vivir nuestra santidad.
Nuestra vida santa en medio del mundo con nuestras responsabilidades y nuestros compromisos ha de ser también ese testimonio que ofrezcamos hoy y con el que hagamos también creible ese evangelio que tratamos de vivir. En san Benito encontramos ejemplo, estimulo y también su intercesion para alcanzarnos la gracia del Señor.

viernes, 11 de julio de 2014

San Benito sigue siendo maestro en la escuela del divino servicio para la gloria del Señor



San Benito sigue siendo maestro en la escuela del divino servicio para la gloria del Señor

Prov. 2, 1-9; Sal. 33; Mt. 19, 27-29
‘Esclarecido maestro en la escuela del divino servicio’, es la definición que de san Benito nos da en la liturgia de su fiesta que estamos celebrando; precisamente lo llamamos san Benito Abad; es una referencia clara a lo que significó san Benito y su obra en la vida de la Iglesia de su tiempo, en Europa a través de los siglos y para toda la Iglesia en todos los tiempos. Se le considera padre del monacato en Occidente y por el lugar tan importante que El y su orden benedictina tuvieron en la construcción de la Europa cristiana fue proclamado por la Iglesia como patrono de Europa.
Nacido en Nursia, de ahí el nombre con que se le conoce san Benito de Nursia, se formó en Roma, pero pronto sintió la llamada del Señor a una vida retirada del mundo para dedicarse en el silencio de la vida eremita a la oración y al servicio del Señor. Establecido primero en la Umbría pronto se marchó a Campania y en Monte Casino dio origen a la vida monacal con los que en su entorno pronto se congregaron para vivir su mismo estilo de vida.
Oración y trabajo fueron los fundamentos de su espiritualidad y lo que dio origen a la Regla benedictina primero para el monasterio de Montecasino y luego para todos los que fueron surgiendo a lo largo y a lo ancho de Europa con numerosas ramas que fueron surgiendo en los distintos momentos de la historia buscando siempre el seguir con radical fidelidad el espíritu de la regla de san Benito.
‘Esclarecido maestro en la escuela del divino servicio’ decíamos al principio que lo definía la liturgia; maestro en la vida espiritual y no solo para los que se consagran a Dios en la vida retirada en el silencio y la oración en un monasterio, sino que tendríamos que decir que es maestro de vida espiritual para todos los que queremos seguir el camino de Jesús y del evangelio.
El monje lo vive en su vida retirada dentro del monasterio dándole una relevancia especial a esos momentos intensos y solemnes de oración en la liturgia de las horas en los distintos momentos del día, pero con ese mismo espíritu hemos de vivir nuestra fe y nuestra vida cristiana allí en medio del mundo donde tenemos que realizar nuestra labor y nuestro trabajo con el que  nos ganamos el pan de cada día, porque también todo cristiano ha de vivir su vida creyente alimentada en la oración que no podrá faltar nunca en su vida.
Es lo que viven por una parte todos los que se consagran al Señor en la vida religiosa y que distribuyen en medio de sus tareas de cada día los distintos momentos de oración siguiendo también el ritmo de la liturgia de las horas; pero son también muchos los cristianos, que sin pertenecer a ninguna orden o congregación religiosa también viven con intensidad la misma oración de la Iglesia en la liturgia de las horas y tanto rezan cada mañana la oración de Laúdes, como cada tarde la oración de las Vísperas y también muchos en el medio día la llamada oración intermedia. Son muchos los cristianos que quieren vivir una espiritualidad profunda y se ayudan de esta oración litúrgica de la Iglesia sea en una oración individual como uniéndose a grupos de oración en parroquias o en comunidades.
Es la oración que santifica nuestro trabajo de cada día, haciendo que no lo veamos como una pesada carga o un castigo sino también como una forma de dar gloria al Señor. Con nuestro trabajo no solo nos ganamos el sustento de cada día, sino que en el desarrollo de nuestra inteligencia y nuestras capacidades a través del trabajo estamos contribuyendo al desarrollo de nuestro mundo,  a la mejora de nuestra sociedad lo que es como una continuación de la tarea creadora de Dios que al crearlo ha puesto al mundo en nuestras manos. Así para el creyente que quiere vivir una intensa espiritualidad cristiana el trabajo se convierte en oración, porque con nuestro trabajo estamos dando gloria al Señor al tiempo que hacemos el bien para los demás.
Ora et labora, oración y trabajo, decíamos que era el lema de la regla de san Benito, al que con la liturgia hemos llamado maestro en la escuela del divino servicio. Veamos  ahí cómo está siendo maestro para nosotros que nos ayuda en nuestro enriquecimiento espiritual y nos está enseñando cómo en todo momento podemos y debemos siempre dar gloria al Señor.

jueves, 11 de julio de 2013

Una Sabiduría que nos da el amor y el conocimiento de Dios

Prov. 2, 1-9; Sal. 33; Mt. 19, 27-29
Estamos hoy celebrando a San Benito de Nursia, Abad. El hombre que se retiró del mundo para vivir en la soledad de la oración buscando la sabiduría y el conocimiento de Dios. Se le reconoce como padre del monacato del Occidente y por la influencia que tanto él como la Orden Benedictina por él fundada tuvo en Europa se le ha proclamado también como patrono de Europa.
Reflexionando sobre la vida de san Benito y dejándonos iluminar por la Palabra del Señor que en esta fiesta se nos ha proclamado como un eco me ha venido a la mente la parábola del tesoro escondido que nos propone Jesús en el Evangelio. El que encuentra un tesoro será capaz de desprenderse de todo lo que tiene para conseguir ese tesoro que vale más que todas las otras posesiones que en la vida pueda tener.
Es lo que vemos reflejado en la vida de san Benito y a lo que nos invita la Palabra del Señor que hemos escuchado. ‘Si aceptas mis palabras… prestando oído a la sabiduría y atención a la prudencia… y la buscas como un tesoro, entonces comprenderás el temor del Señor y alcanzarás el conocimiento de Dios’, nos decía el libro de los Proverbios en la primera lectura. El tesoro del conocimiento de Dios, del temor del Señor; el más hermoso tesoro que es la más grande sabiduría, conocer a Dios, escuchar su Palabra, dejarnos conducir por su Espíritu.
Ansia de toda persona es crecer en sus conocimientos y en su saber; todos queremos aprender, conocer. Pero no es simplemente un conocimiento de cosas o de historias, aunque bueno es que haya esa inquietud en nuestro interior al menos por esos conocimientos. Pero es que en la medida en que uno va adquiriendo conocimiento - el saber no ocupa lugar, solemos decir con el refrán, y bueno es que aprendamos todo lo que podamos -, va uno como encontrando el sentido de las cosas y de la vida, el verdadero valor que tiene lo que hacemos o lo que poseemos y a la larga iremos buscando conocimientos sólidos que nos den un sentido a la vida.
¿Dónde podemos encontrar ese verdadero sentido y valor de lo que somos y de lo que hacemos? ¿Por qué no pensamos en el que es nuestro Creador que es quien mejor nos puede decir para qué hemos sido creados y en quien podemos encontrar el verdadero sentido de la vida? Necesariamente, tendríamos que decir, que tenemos que ser creyentes buscando a Dios, queriendo escuchar a Dios, queriendo sentir a Dios en nuestra vida.
Por ahí ha de ir esa verdadera sabiduría que buscamos, porque además es en Dios donde vamos a encontrar nuestra verdadera plenitud. Sin Dios andaríamos como desorientados porque sin Dios no encontraríamos el verdadero por qué y para qué de nuestra existencia. Si quitamos a Dios de nuestra vida tenemos el peligro de ir sin rumbo dando bandazos de un lado para otro sin encontrar aquello que nos de verdadera satisfacción. Así encontramos a muchos a nuestro lado. Así cuando decae nuestra fe tenemos el peligro de sentirnos nosotros.
A este pensamiento me lleva la celebración que hoy estamos haciendo de quien lo dejó todo por buscar a Dios. En El encontró la plenitud de su existencia y así consagró su vida a profundizar ese conocimiento y esa sabiduría de Dios en la oración y en el trabajo. Es lo que fue la vida de san Benito. Y si se apartó del mundo porque había encontrado ese tesoro y por alcanzarlo lo daba todo, lo dejaba todo, sabía que en Dios alcanzaría esa plenitud eterna de vivir eternamente con Dios.
En ese sentido iba quizá la pregunta que Pedro le hacía a Jesús en lo que hemos escuchado del Evangelio. ‘Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido, le preguntaba Pedro a Jesús, ¿qué nos va a tocar?’ ¿Qué buscaba Pedro? En su corazón podían aparecer esas apetencias terrenas de encontrar satisfacciones y premios en esta vida. Jesús le anuncia, sí, la misión que van a tener en medio de la comunidad pero le habla también de esa herencia eterna. No se sentirán solos en este mundo porque si han dejado padre o madre, mujer, hijos o tierras, van a recibir cien veces más y heredarán la vida eterna.
El que se consagra al Señor renunciando a esa parte tan importante de la vida como puede ser una familia, en su entorno va a encontrar a quienes darse y por quienes darse, quienes caminen a su lado y en los que derramarán su amor. Estamos aquí junto a una comunidad de religiosas que por Cristo, por el Evangelio y su Reino, hicieron una renuncia un día, pero a su lado tienen en quien derramar su amor, a quienes aman, en vosotros ancianos y ancianas por ejemplo, como madres o como hijos, derramando y derrochando amor en su entrega y en ese servicio que os prestan. Pero además, no olvidemos, está la esperanza del premio final, del premio eterno, porque saben, sabemos que cuanto están haciendo por los pobres y por los ancianos por Cristo y a Cristo se lo están haciendo, y un día escucharán esa voz del Señor que les dirá, venid, benditas de mi Padre, porque tuve hambre, o era anciano, o estaba solo y abandonado y me cuidaste, me ayudaste, me amaste; pasad al Reino preparado para vosotras desde la creación del mundo.

Busquemos esa sabiduría que nos da el amor y el conocimiento de Dios. Busquemos ese tesoro y démoslo todo por alcanzarlo.

miércoles, 11 de julio de 2012


En búsqueda de una sabiduría interior y una espiritualidad

SAN BENITO DE NURSIA

Proverbios, 2, 1-9; Sal. 33; Mt. 19, 27-29
Tenemos el peligro de la superficialidad, de quedarnos en lo externo o en lo inmediato; pero la persona madura, sin embargo, siempre tiene ansias de más; y cuando digo ansias de más no es simplemente el tener más o menos cosas, sino el crecer en el conocimiento, en la reflexión, en la sabiduría de la vida. No es solo acumular conocimientos como de quien va aprendiendo cosas, lugares o personas que pueda ir conociendo, sino que es algo mucho más hondo, porque es querer encontrar un sentido y un valor, aprendiendo a gustar lo que va conociendo y lo que va viviendo para hacerlo y vivirlo con la mayor intensidad.
Nunca una persona que quiere vivir esa hondura y sabiduría de la vida se da por contenta o satisfecha sino que siempre se está preguntando, para ir como ahondando en el por qué de las cosas, en el sentido hondo de la vida. Una persona madura es una persona reflexiva, como un cristiano maduro en su fe es una persona orante. Y no es cuestión de edades o momentos de la vida, aunque la persona reflexiva el paso de los años le irá dando esa mayor sabiduría, esa mayor hondura y plenitud de la cosas. Todo eso le llevará a vivir con mayor paz y sosiego, aunque quizá sienta dentro de sí cada día una mayor inquietud por lo que le rodea, lo que le llevará a un mayor compromiso por luchar porque todos lleguen a poder vivir mejor, más felices y con mayor sabiduría.
Es un camino que el verdadero creyente va haciendo dejándose conducir por la Palabra del Señor y por la luz del Espíritu divino que se va encendiendo en su corazón desde la fe que ha puesto en el Señor. Por eso nos ha dicho hoy el libro de los proverbios ‘hijo mío, si aceptas mis palabras y conservas mis consejo, prestando oído a la sabiduría y prestando atención a la prudencia, si invocas a la inteligencia y llamas a la prudencia… entonces comprenderás el temor del Señor y alcanzarás el conocimiento de Dios’.
Hermoso lo que nos dice este sabio del Antiguo Testamento. Nos invita a buscar esa sabiduría como el más preciado tesoro. Tesoro y sabiduría que encontraremos en el Señor. ‘Gustad y ved qué bueno es el Señor’, hemos repetido en el salmo. Sabiduría espiritual que enriquece nuestra vida, nos da honda espiritualidad y es fuente de nuestro enriquecimiento espiritual – la verdadera riqueza del hombre que no está en lo material sino en lo que lleva en lo más hondo del corazón, en su espíritu – y que tanto al mismo tiempo puede ayudar a los demás. Y una persona que vive con esta espiritualidad y hondura sabrá ser desprendido porque no son las cosas las que le van a dar verdadera riqueza a su vida.  Por eso tenemos que ser reflexivos y orantes.
Hoy precisamente estamos celebrando a un santo que supo apartarse de todas las glorias del mundo para buscar esa sabiduría del Señor. San Benito que primero retiró al Subiaco y luego a Montecasino para en el silencio escuchar a Dios en su corazón, aprender esa sabiduría de Dios con la que luego pudo ayudar a tantos desde su silencio y su soledad a encontrar también esa sabiduría y ese sentido para su vida. Oración y trabajo era el lema de su vida.
Algunos pueden pensar que una vida que se retira asi a la soledad y al silencio puede ser una vida infructuosa, porque con otras actividades o acciones sociales, pensamos, pueden hacer más por el mundo. Nos equivocamos en esa apreciación. No todos tendrán esa vocación al silencio y al recogimiento, pero si necesitamos de personas que vivan así y sean para nosotros una luz que nos ayude a reflexionar sobre el sentido y el valor de nuestra vida desde el testimonio que nos ofrece ya su vida sacrificada donde han renunciado a todo y también desde sus palabras, sus consejos y sus orientaciones, como fue en concreto la vida de san Benito.
Muchos su juntaron con él para seguir ese estilo de vida, pero muchos, desde papas y reyes a él acudían también en búsqueda de consejo y orientación para sus vidas y trabajos que sólo unas personas de espiritualidad tan intensa como la de san Benito podían ofrecer.
La celebración de la fiesta de este Santo, padre del monacato occidental, de él surgió la familia benedictina en las diferentes ramas que con el paso de los siglos fueron desmembrándose y formando muchas ramas de monjes, y patrono de Europa por la gran influencia que tuvo él en su tiempo y en el paso de los siglos toda la familia benedictina, tendría que ser para nosotros como una llamada a ese crecimiento interior, a buscar esa sabiduría de Dios para nuestra vida, a una maduración de nuestro espíritu llegando a tener una honda espiritualidad en la que encontremos esa luz y esa fuerza para nuestra caminar siguiendo el camino de Jesús.
Lejos de nosotros toda superficialidad espiritual. Dejémonos en verdad conducir por el Espíritu de Dios que nos haga alcanzar esa hondura y esa sabiduría para nuestra vida. Reflexión, oración, maduración y crecimiento espiritual, que necesarios son en nuestra vida.

lunes, 11 de julio de 2011

San Benito, maestro de la escuela del divino servicio

Prov. 2, 1-9;

Sal. 33;

Mt. 19, 27-29

‘Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido, ¿qué nos va a tocar?’ le pregunta Pedro a Jesús. Este episodio está a continuación de la invitación al joven rico a venderlo todo para dar el dinero a los pobres y seguir a Jesús, y a los comentarios posteriores de Jesús de cuán difícil le es a los ricos entrar en el reino de los cielos.

Desde ahí surge la pregunta de Pedro. ‘Os sentaréis sobre doce tronos para regir a las doce tribus de Israel’, le responde Jesús que continuará diciendo: ‘El que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, mujer, hijos o tierras, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna’.

¿Lo importante? La herencia de la vida eterna. Podremos tener o no tener consuelos humanos, pero la herencia del Reino de los cielos es el verdadero tesoro por el que merece dejarlo todo. Es lo que nos estimula en el seguimiento de Jesús a todo cristiano. Es lo que está en el fondo de la disponibilidad y generosidad de corazón de quienes sentimos la llamada del Señor de dejarlo todo para consagrarnos a El y a su Reino.

Hay renuncias que pudieran ser dolorosas en el corazón que Dios nos compensa con su gracia y hechas con amor nos dan una alegría interior que por nada queremos cambiar. Renunciamos quizá a una familia quienes nos consagramos al Señor en la vida sacerdotal o religiosa, pero estamos insertos en una familia más grande que son nuestras comunidades, a aquellos a los que nos entregamos en nuestro servicio, y que nos hará tener más libre el corazón para llenar a tener esa disponibilidad y esa entrega.

Este evangelio que estamos comentando es el propio de esta fiesta de san Benito, Padre y Patriarca del monacato occidental y patrono de Europa que hoy celebramos. Estudiante en Roma de filosofía y de retórica siente en su corazón la llamada del Señor, desde la meditacion del evangelio allá en lo hondo de su corazón, para dejarlo todo por el Reino de Dios.

Vive como eremita en el Subiaco, pronto se congregan junto a él muchos que quieren vivir su estilo de consagración al Señor con su regla del ‘orat et laborat’ y que, tras diversos avatares y acontecimientos que en un momento pusieron en peligro incluso su vida, será el principio de la Orden Benedictina que finalmente se establecería en Montecasino y que luego se extendería por todo el Occidente cristiano. Es por lo que se le considera el padre de los monjes de Occidente, porque en el oriente san Antonio Abad en Egipto y san Basilio fueron los que establecieron la regla del monacato oriental.

La espiritualidad de san Benito no es sólo inspiración para los que se consagran al Señor tras los muros de un monasterio o en la vida religiosa sino que puede ser también para todos los que queremos seguir a Jesús una ayuda grande para vivir nuestra espiritualidad cristiana. Reza y trabaja, resume la regla de san Benito.

Vivimos inmersos en el mundo con nuestras responsabilidades y trabajos; tenemos el compromiso de la construcción de nuestro mundo desde nuestro trabajo, desde nuestra responsabilidad allí donde el Señor nos haya llamado a desarrollar nuestra vida con nuestros valores y con nuestras cualidades que no podemos enterrar. Y a ese trabajo que realizamos le damos un sentido y un valor desde la fe que tenemos en el Señor y desde el espíritu del evangelio que queremos vivir.

¿Dónde encontraremos la fueza para realizar nuestra tarea? En el Señor está nuestra fuerza y nuestra vida. Desde nuestra unión con el Señor alcanzamos la gracia que necesitamos para vivir nuestras responsabilidades. Qué presente tiene que estar la oración en nuestra vida. No puede estar lejos nunca de la vida de un cristiano porque es nuestro medio de estar unidos al Señor. A un cristiano sin oración se le cae la base que sostiene toda su vida.

Que aprendamos de san Benito, ‘maestro de la escuela del divino servicio’, como lo llama la liturgia, a poner esas bases solidas de nuestra espiritualidad cristiana que nos haga ser verdaderos testigos en medio de nuestro mundo.