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sábado, 12 de septiembre de 2009

Dulce nombre de María con olor a jardín florecido


Ecles. 24, 17-22
Sal.: Lc. 1, 46-55
Lc. 1, 26-38



‘¡Alégrate, la llena de gracia! ¡Alégrate, no temas, María! El Señor está contigo… has encontrado gracia ante Dios…’
Bendito nombre el de María. Su nombre es bendición y es gracia. Decir María es decir Madre, la Madre de Dios… también nuestra madre. Decir María es caminar hacia la luz, es sentir que la luz viene sobre nosotros. Decir María es pensar en Jesús. Bendito el nombre de María… bendito el nombre de Jesús.
No hay otro nombre bajo el cielo ni sobre la tierra que sea para nosotros salvación como el nombre de Jesús. ‘Ante El toda rodilla se doble, en el cielo, en la tierra, en el abismo…’ porque al decir Jesús estamos llamando a Dios, al decir Jesús sobre nosotros se derrama la salvación. Jesús es el Dios que nos salva, el que nos trae el perdón, el que nos llena de vida.
Pero hoy estamos haciendo fiesta de María y aprendiendo a invocar su nombre; hacemos fiesta de María y le damos gracias a Dios porque nos ha dado una madre tan hermosa que es la Madre de Dios; bendecimos y alabamos al Señor porque cuando llamamos a María parece que todos los caminos se nos abren, los caminos que nos llevan y acercan al Salvador.
¡Qué hermoso es el nombre de María, el nombre de la Madre, de nuestra Madre, la Madre del Señor! Un nombre que nos huele a jardines florecidos, porque al decir María, al nombrar a María van brotando en su derredor todas las hermosas flores que son sus virtudes, sus gracias de las que toda ella está inundada. Además de María brota la más hermosa frescura, el más intenso aroma del amor, el perfume más exquisito de todas sus virtudes de las que ella es para nosotros el mejor ejemplo.
Glorioso es el nombre de María, como decíamos en la antífona de entrada tomando palabras del cántico a Judith, la heroína del Antiguo Testamento por la que se vio libre el pueblo antiguo de la vara del opresor. ‘El Señor te ha bendecido, Virgen María, más que a todas las mujeres de la tierra; ha glorificado tu nombre de tal modo que tu alabanza está siempre en boca de todos’. ‘Bendita tú entre todas las mujeres’, como le dijo Isabel y como le repetimos una y otra vez en el Avemaría.
Su nombre es santo porque con él llamamos e invocamos a ‘la llena de gracia’, la que encontró gracia ante Dios de manera que fecundada por obra del Espíritu Santo de ella había de nacer el que nos trajera la gracia y la salvación.
Es su nombre el que invocamos y está frecuentemente en nuestros labios porque así recurrimos a su protección maternal; así nos sentimos defendidos y protegidos contra las acechanzas del enemigo, contra todos los peligros que nos acechan. ‘Has querido, con amorosa providencia, que también el nombre de María estuviera con frecuencia en los labios de tus fieles; éstos la contemplan confiados, como estrella luminosa, la invocan como madre en los peligros y en las necesidades acuden seguros a ella’, diremos en el prefacio de esta fiesta de María.
Queremos que la protección de María, cuando invocamos su nombre, nos haga comprender lo que significa también llevar el nombre de cristiano; que nunca profanemos la dignidad a la que está elevada nuestra vida desde el bautismo; que siempre seamos capaces de comportarnos conforme a esa dignidad con una santidad de vida.
Que María nos proteja; que María nos ayude; que María nos alcance esa gracia de parte del Señor.

viernes, 11 de septiembre de 2009

Se fió de mi y me confió este ministerio

1Tim. 1, 1-2.12-14
Sal. 15
Lc. 6, 39-42


Iniciamos hoy la lectura de la primera carta de san Pablo a Timoteo, ‘verdadero hijo en la fe’, como le llama en el saludo de la carta. Efectivamente Timoteo se había unido a Pablo en su segundo viaje por el Asia Menor. Le había acompañado hasta que Pablo lo dejó al frente de la comunidad de Éfeso. A él dirige dos cartas, llamadas pastorales, donde principalmente le da orientaciones en orden a organizar la comunidad, pero con hermoso contenido que nos ilumina en nuestro camino de la vida cristiana.
Tras el saludo Pablo hace una auténtica confesión de fe, reconociendo de quien ha recibido la misión que se le ha encomendado. ‘Doy gracias a Cristo Jesús, nuestro Señor, que me hizo capaz, se fió de mí y me confió este ministerio…’
Que me hizo capaz…’ Ya en su presentación en el saludo se llama a sí mismo ‘Apóstol de Cristo Jesús por disposición de Dios, nuestro Salvador, y de Jesucristo, nuestra esperanza’. No es un ministerio o servicio que haya asumido por sí mismo, como reconocerá también en otros lugares, sino que ha sido llamado por el Señor para ser apóstol.
‘Y se fió de mí…’ A continuación reconoce humildemente su condición anterior a su conversión. ‘Eso que yo era antes un blasfemo, un perseguidor y un violento. Pero Dios tuvo compasión de mí, porque yo no era creyente y no sabía lo que hacía’. Hermoso su gesto de humildad, al tiempo que el reconocimiento de la grandeza del Señor que le ha llamado y se ha fiado de él. Tiene otras resonancias esta confesión. María, se llama a sí mismo la esclava del Señor, pero reconoce que el Señor ha hecho en ella cosas grandes.
Y terminará diciendo Pablo: ‘Y me confió este ministerio’. Y es que ‘Dios derrochó su gracia en mí, dándome la fe y el amor cristiano’. Todo es gracia, regalo de Dios. Y los regalos de Dios son siempre generosos, sin medida. Por eso dice ‘derrochó’. Todo es un derroche de gracia del Señor.
Muchas cosas podemos aprender de estas palabras y de esta actitud de Pablo. El ha experimentado en su vida lo que es la gracia de Dios, el amor misericordioso del Señor. Eso le hace actuar también con misericordia con los demás. Cómo tenemos que aprender la lección. Reconocer en nuestra vida la misericordia del Señor con nosotros que somos pecadores, nos tendrá que hacer actuar de manera distinta con los otros. ¿Quiénes somos nosotros para juzgar y para condenar? Como nos dice hoy el evangelio tenemos que mirar la viga de nuestro ojo antes de ver la mota que pueda haber en ojo de nuestro hermano. Pero qué dados somos para el juicio y la condena, ver las faltas de los demás pero no ser capaces de reconocer nuestras propias debilidades y flaquezas.
Yo también, de manera personal, quiero como el Apóstol dar gracias a Dios ‘que me hizo capaz, se fió de mí y me confió este ministerio’, el ministerio sacerdotal. Así de grande ha sido el amor de Dios en mi vida. Así lo ha derrochado sobre mi para seguir confiando en mí a pesar de mis debilidades, de mis fracasos, de mi pecado. Y el Señor sigue confiándome este ministerio. Invito a quien lea estas consideraciones a dar gracias a Dios conmigo.
Pero todos hemos de saber descubrir esa acción maravillosa en nuestra vida, ese amor que se derrama sobre cada uno de nosotros, allí donde estemos, y en la misión que nos haya confiado. Todo es vocación, porque todo es llamada de Dios. Ese lugar que ocupo, esa profesión que realizo, esas actividades que hago, esa vida en el seno del hogar y de la familia, todo son llamadas de Dios, y todo es un derroche de la gracia de Dios sobre nosotros para el cumplimiento fiel de esa vocación a la que hemos sido llamados.

jueves, 10 de septiembre de 2009

Como pueblo elegido de Dios, pueblo sacro y amado

Col. 3, 12-17
Sal. 150
Lc. 6, 27-38


Tenemos que comenzar por decir que pueblo no es sólo una determinada demarcación geográfica, ni sólo un conglomerado de personas que viven en un lugar determinado. Quizá muchas veces cuando nos referimos a un pueblo nos quedemos en esa primaria idea de lo que es un pueblo, pero si nos paramos a pensar nos damos cuenta que es algo más.
Las personas que conforman un pueblo normalmente y se sienten de verdad miembros de ese pueblo o comunidad tienen unas características que les son comunes. Es lo que llamamos idiosincrasia o la manera de ser de las personas de un lugar y que de alguna manera las caracterizan y definen. Eso lo notamos claramente sobre todo de algunos pueblos fijándonos en sus costumbres, su manera de actuar y, si queremos, comparando pueblos vecinos y descifrando las características propias de cada pueblo.
¿Por qué decimos todo esto? San Pablo hoy en su carta a los Colosenses nos habla de un pueblo, al que llama ‘elegido de Dios, pueblo sacro (sagrado) y amado…’ Está refiriéndose, como todos podemos comprender, a la Iglesia, a la comunidad de los que creemos en Jesús.
Y nos habla de un uniforme. Y ya sabemos que el uniforme es el vestuario que define a un determinado grupo, porque en él todos llevan el mismo vestido y apariencia.
Pero Pablo nos está hablando del uniforme del cristiano que no puede quedarse reducido a un vestido externo, sino que está haciendo referencia a algo mucho más hondo. Nuestra idiosincrasia, por emplear la palabra que mencionábamos anteriormente, nuestra manera de ser, aquello que nos distingue como pueblo de Dios.
¿Cuál es ese uniforme? En una palabra, es el amor. Ya nos lo dejó dicho Jesús que sería por lo que nos distinguirían. Claro que el amor tiene como su raíz más profunda la fe y la esperanza. Ese amor va a nacer en esa fe que tenemos en Dios, que primero El nos ha amado y elegido. Porque desde esa fe en Dios encontramos el modelo y la fuerza para vestirnos de él.
¿Qué características nos propone el apóstol? ‘La misericordia entrañable, la bondad, la humildad, la dulzura, la comprensión…’ No amamos simplemente porque no hagamos daño al otro, o formalmente seamos buenos y respetuosos con él. Es algo más hondo y más lleno de matices. Nos habla de un amor entrañable, luego tiene que nacer de lo más hondo de nuestras entrañas, o de nuestro corazón. Pero nos habla también de los detalles en los que se ha de manifestar ese amor, porque está lleno de dulzura, de comprensión, de bondad, de humildad. Y cuántas cosas se encierran en estas palabras.
Eso nos llevará, por ejemplo, a aceptarnos y sobrellevarnos, que no es simplemente aguantarnos, sino que es aceptarnos desde una relación de amor. Amor que tendrá que traducirse en perdón. ‘Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga quejas contra otro…’, que nos dice el apóstol. Precisamente hoy en el Evangelio Jesús nos ha hablado del perdón. Perdón a todos, también a los enemigos; perdón que se hace oración también por aquellos a los que nos cuesta amar. ‘Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian…’ Porque en algo tenemos que diferenciarnos los que seguimos a Jesús.
Nos habla de amor como ceñidor y de paz como árbitro. Todo envuelto en el amor, buscando siempre la paz. Y ante cualquier dificultad o conflicto, la paz que nace del amor es lo que tiene siempre que primar. Cuánto tendríamos que decir en este aspecto, pero no queremos alargarnos.
Y como termina diciéndonos hoy el apóstol, todo siempre para la gloria de Dios. ‘Todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre de Jesús, ofreciendo la Acción de Gracias a Dios Padre por medio de El’.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Las bienaventuranzas ¿una utopía irrealizable o el proyecto de Dios?

Col. 3, 1-11
Sal. 144
Lc. 6, 20-26


¿Utopía, sueño inalcanzable, proyecto de Dios? Hay quienes al escuchar el mensaje del evangelio, sobre todo cuando escuchan las Bienaventuranzas tal como nos las presenta Mateo o como Lucas como hoy hemos escuchado, piensan que eso es una utopía, queriendo decir que es un sueño bonito, sí, pero que eso no se puede realizar en la vida.
Consciente de la dificultad, sin embargo me atrevo a decir, es el proyecto de Dios para el hombre, un hermoso proyecto que nos haría inmensamente felices. Es que Jesús lo que quiere proponernos es algo nuevo, Buena Noticia, Evangelio. Nos plantea un nuevo sentido de vivir, una nueva óptica para ver las cosas, un nuevo corazón.
Por eso, no nos extrañe que comience su predicación precisamente invitándonos a la conversión, al cambio del corazón, de la mentalidad. Nos anuncia el Reino de Dios, pero para poder aceptarlo tiene que haber una nueva disponibilidad en el corazón, una apertura a lo grande y maravilloso que nos presenta, aunque de entrada pudiera parecernos inalcanzable.
Las palabras y los gestos de Jesús muchas veces nos desconciertan, nos encuentran mal colocados, pero sus palabras y sus gestos no son locuras, son hermosos proyectos de vida nueva que nos ofrece el amor inmenso de Dios.
En las Bienaventuranzas que nos propone Lucas y que hoy hemos escuchado, se nos habla de que serán dichosos los pobres, los que tienen hambre, los que lloran, los que son perseguidos. Ya decíamos que nos puede parecer desconcertante. ‘Dichosos los pobres… dichosos los que ahora tenéis hambre… dichosos los que ahora lloráis… dichosos vosotros cuando os odien los hombres, os excluyan y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del Hombre…’ ¿Y qué nos ofrece? ‘…porque vuestro es el Reino de los cielos… quedaréis saciados… reiréis… alegraos ese día y saltad de gozo: porque vuestra recompensa será grande en el cielo’.
Todo esto se puede comprender con la esperanza del Reino de Dios. En la sinagoga de Nazaret en lo que hemos dicho que fue su presentación había dicho que los pobres serían evangelizados, que habría libertad para los oprimidos, alegría para los que lloran y para los que son perseverantes hasta el final a pesar de las dificultades era el año de gracia. En otro lugar también nos dirá ‘con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas’.
Se anuncia pues la Buena noticia a los pobres y a los que sufren, a los que se sienten oprimidos y a los que lloran. En la esperanza ya sentimos el gozo. Pero es que ese gozo no es un sueño, sino es la consecuencia de la vida nueva que surge cuando de verdad hemos optado por el Reino de Dios. Cuando hemos optado por seguir a Jesús y vivir el Reino de Dios nuestra vida, la vida de todos ha comenzado a ser distinta; habrá más amor y más solidaridad, habrá más autenticidad en la vida del hombre y habrá más justicia. Y eso ¿no hará que la vida de los pobres y de los que sufren cambie? Comenzarán día de dicha y de felicidad porque nos hemos tomando en serio el seguir a Jesús.
Ya no es un sueño irrealizable sino que es algo que ya estamos comenzando a vivir. Es el proyecto de Dios. Y para realizarlo no nos sentimos solos y sin fuerzas. Si Jesús en la Sinagoga con Palabras del Profeta había dicho ‘el Espíritu está sobre mí porque El me ha ungido y me ha enviado…’ eso lo podemos sentir nosotros también. Somos los ungidos y los enviados con la fuerza del Espíritu Santo. No nos faltará nunca la gracia divina para que se cumplan esas esperanzas del Reino de Dios y lo comencemos a vivir.

martes, 8 de septiembre de 2009

El nacimiento de María es la aurora que anuncia el día




Miqueas, 8, 2-5
Sal. 12
Mt. 1, 1-16.18-23




Los textos bíblicos que nos ofrece hoy la liturgia hacen más bien referencia al nacimiento de Jesús aun cuando estemos celebrando el nacimiento de María. Creo que podemos comprenderlo fácilmente porque en primer lugar celebrar el misterio de María no podemos hacer sin referencia a Jesús su Hijo. Y por otra parte nada hay en la Biblia que directamente nos cuente el nacimiento de María. Y es que además nunca podemos quedarnos en María sino que siempre ella nos llevará a que nos centremos en Jesús.
Nos llenamos de gozo en esta fiesta del nacimiento de María que es como un anticipo o como un ensayo general para lo que será la alegría del Nacimiento de Jesús. Hay un Himno en la Liturgia de las Horas, tomado probablemente del tesoro inagotable y riquísimo de nuestros poetas místicos de la Edad de Oro del Misticismo, que así precisamente la canta como una invitación a los ángeles a la alegría y a la fiesta en el nacimiento de María como un ensayo para los cantos y las aclamaciones de los coros celestiales en el nacimiento de Jesús.



‘Canten hoy, pues nacéis vos,


los ángeles, gran Señora,


y ensáyense desde ahora,


para cuando nazca Dios.


Canten hoy, pues a ver vienen


nacida su Reina bella,


que el fruto que esperan de ella


es por quien la gracia tienen.


Digan, Señora, de voz,


que habéis de ser su Señora,


y ensáyense, desde ahora,


para cuando nazca Dios’.



El nacimiento de María es la aurora que anuncia el día. María es la Madre de la luz, con una de las hermosas advocaciones con las que el pueblo cristiano la celebra en muchos lugares en este día, porque es la Madre de Cristo, la verdadera luz del mundo. La luz que brilla y resplandece en la santidad de María es el reflejo de la santidad de Dios, de la que ella bien supo llenarse. Porque ella es la llena de gracia, la que está inundada de Dios, ‘el Señor está contigo’, le dice el ángel de la anunciación.
Pero es que Dios la había llamado y escogido de manera especial para ser su Madre. La había adornado de toda gracia. En el conocimiento de Dios, para quien no hay tiempo, El sabía del sí de María al proyecto de Dios, que no sólo era para su vida, sino para la salvación de la humanidad. Por eso la hizo toda pura, toda santa desde el primer instante de su concepción. Porque si hoy nos alegramos y hacemos fiesta en el nacimiento de María, hace nueves meses exactamente, el 8 de diciembre, la proclamábamos Inmaculada, sin pecado, purísima desde el primer instante de su concepción.
Nos alegramos y cantamos las alabanzas de María en su fiesta. La felicitamos en su cumpleaños, podemos decir con toda razón. ¿No nos felicitamos unos a otros en nuestros cumpleaños, en la coincidencia con el día de nuestro nacimiento? ¡Cómo no hacerlo y hacerlo de manera especial con la Madre, la Madre de Dios pero también nuestra Madre!
Pero ya sabemos cuál es la mejor alabanza y felicitación que podemos hacer a nuestra madre. No son regalos de flores o de joyas lo que ella quiere de nosotros. Esos regalos tendríamos que hacérselos a ella en nuestros hermanos, sus hijos, más pobres. El mejor regalo que podemos hacerle es copiar de ella en nuestra vida sus virtudes y su santidad.
Que aprendamos de María a decir Sí al proyecto de Dios para nuestra vida. Y el proyecto de Dios es un proyecto de salvación. Llenándonos y viviendo su salvación es como estaremos diciendo sí a ese proyecto divino para nosotros. Ese sí pasa por una vida santa, una vida sin pecado, una vida llena de gracia, como la de María. A su lado nos sentimos pequeños y pobres con nuestra vida tan llena de pecado.
Lo que agradaría a María es nuestro propósito y nuestro compromiso de mejorar y cambiar nuestra vida. Ser cada día más santos. si tan prontos somos desgraciadamente para caer en las redes de la tentación y del maligno que nos lleva al pecado, que prontos seamos para levantarnos de nuestro pecado. Sabemos que la Madre está siempre rogando por nosotros que somos pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte como le decimos en el Avemaría, y que con su ayuda seamos dignos de alcanzar las promesas de nuestro Señor Jesucristo.

lunes, 7 de septiembre de 2009

Un valor y significado para nuestros trabajos y dolores

Col. 1,24-2, 3
Sal. 61
Lc. 6, 6-11


San Pablo nos habla hoy de sus luchas y trabajos para anunciar a todos el evangelio de Jesús. ‘Dios me ha nombrado ministro, asignándome la tarea de anunciaros a vosotros el mensaje completo….’ Y quiere que el anuncio llegue a todos y es lo que quiere hacer. ‘Nosotros anunciamos a ese Cristo; amonestamos a todos, enseñamos a todos con todos los recursos de la sabiduría…’
Por eso les dice que quiere que tengan ‘noticia del empeñado combate que sostengo por vosotros y por los de Laodicea, y por todos los que no me conocen personalmente… tarea en la que lucho denodadamente con la fuerza poderosa que El me da’.
Pero esta lucha y este esfuerzo le hace sufrir. Es el celo del apóstol que a todos quiere llegar y que busca la manera de mejor hacerlo y no siempre obtiene la respuesta deseada. Pero este sufrimiento no es para él un tormento sino una alegría. ‘Me alegro de sufrir por vosotros’, les dice. Podría parecer incomprensible que sufra y al mismo tiempo esté alegre. Pero hay un motivo, que además nos descubre un mensaje bien hermoso.
Y este mensaje es el descubrir el valor del sufrimiento. Algo que nos vale para motivarnos a nosotros cuando también tenemos que enfrentarnos al dolor y al sufrimiento que padecemos muchas veces en nuestra propia carne, allá en lo más hondo de la persona. ‘Me alegro de sufrir por vosotros, les dice, así completo en mi carne los dolores de Cristo, sufriendo por su cuerpo que es la Iglesia’.
¿Significa esto, acaso, que la pasión de Cristo no está completa? No es eso lo que nos quiere decir el apóstol. Los dolores y sufrimientos de Cristo en su entrega por nosotros que le hizo padecer la pasión y la muerte, son de un valor infinito. Por amor Cristo se entregó por nosotros dándole valor y sentido al sufrimiento para así hacernos llegar la vida y la redención.
Cuando el apóstol habla de completar es una manera de decirnos que él con sus sufrimiento se une a los sufrimientos y la pasión de Cristo. Es querer ponernos al lado de Cristo sufriente, de Cristo en el amor de su pasión y su cruz. Nos está enseñando a darle un valor y un sentido a nuestro propio dolor y sufrimiento, cuando seamos capaces de hacer una ofrenda de amor en El, para unirnos al amor de Cristo en su entrega por nosotros.
Es Cristo quien nos ha redimido, nos ha salvado. Nosotros queremos recibir su salvación, su vida, su gracia, su perdón. Pero tenemos la oportunidad de unirnos a El en su sacrificio con nuestro sacrificio y nuestra vida, con nuestro dolor y con nuestro amor. Y así nuestro sufrimiento en ese amor y en esa unión con Cristo adquiere un nuevo valor y un nuevo sentido. No es lo mismo sufrir resignadamente que poner amor en nuestro dolor. Y cuando por amor nos unimos a Cristo El no nos va a dejar solos; si queremos nosotros ser sus cireneos que le ayudemos a llevar la Cruz, es El quien se convierte en nuestro Cirineo estando a nuestro lado y ayudándonos a llevar nuestra cruz.
Les decía a mis ancianitos y ancianitas esta mañana cuando les comentaba este texto: No penséis que porque sois mayores, llenos de achaques y debilidades, con muchas enfermedades en vuestros cuerpos, ya sois unas personas para arrinconar y que no valéis nada. Tenéis un valor grande, no solo en esa riqueza inmensa que atesora vuestra vida con tanta sabiduría que habéis adquirido con el paso de los años, sino que tenéis el potencial de vuestras debilidades, de vuestros achaques, de vuestros sufrimientos, si sabéis ofrecerlos al Señor.
Tienen ustedes una palanca muy poderosa en vuestras manos para pedir al Señor. Os acordáis mucho, por ejemplo, de vuestros hijos y de vuestros familiares y aunque estéis aquí dentro os sigue preocupando su futuro, su prosperidad, su vida. Pues desde aquí podéis hacer mucho para ayudarles ofreciendo vuestra vida, vuestros dolores, vuestras debilidades al Señor.
Una palanca poderosa para pedir por la Iglesia y por el mundo, para pedir por la paz y para que cambien muchas cosas a mejor: el ofrecimiento de vuestra vida. Y lo digo a todos los que comparten esta reflexión. Todos tenemos muchas cosas que ofrecer al Señor desde la debilidad que de una manera u otra aparece continuamente en nuestra vida. Completamos, si, en nuestra carne, los dolores de Cristo por su cuerpo que es la Iglesia, por nuestro mundo, por tantas cosas que queremos pedirle al Señor.

domingo, 6 de septiembre de 2009

Complejos, discapacidades, barreras de las que nos cure o libere el Señor


Is. 35, 4-7;
Sal. 145;
Sant. 2, 1-5;
Mc. 7, 31-37


‘Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos’.
Fue la reacción de la gente. Un milagro que contemplamos hoy en el evangelio que nos hace comprender que Jesús hace lo anunciado por los profetas. ‘Mirad que viene nuestro Dios… se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará’.
Recordamos que cuando Juan, el Bautista, está en la cárcel prisionero de Herodes mandó a sus discípulos a preguntar ‘¿eres tú el que ha de venir, o sea tu eres el anunciado por los profetas como Mesías de Dios, o hemos de esperar a otro?’ Ya sabemos la respuesta de Jesús que, después de hacer milagros curando enfermos, les dice a los embajadores de Juan: ‘Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído…’
Signos de la llegada del Señor con su salvación. Alegría porque la transformación es tan grande como que el desierto y el páramo se conviertan en vergel porque lo surcan abundantes corrientes de agua. Nos lo decía hoy también Isaías. ‘Porque han brotado aguas en el desierto, torrentes en la estepa; el páramos será un estanque, lo reseco un manantial’.
Pero, ¿qué tendremos que transformar en nuestra vida o cuáles son los males de los que el Señor habrá de curarnos? Eso mismo que hemos escuchado en el evangelio tendría, tiene que realizarse hoy en nosotros. Sí, hemos de decir como Jesús en la Sinagoga de Nazaret: ‘Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír’. Tiene que ser lo que vivimos y celebramos.
Jesús curó a un hombre con una tremenda discapacidad que le impedía mantener una relación normal y fluida con las demás personas. Era un sordomudo. Si eso sigue sucediendo hoy con tantos tipos de discapacidades que aíslan, crean barreras, incomunican y hasta pueden llevar a una minusvaloración de los que padecen tales discapacidades, cómo sería en aquella época y aquella cultura. No podemos culpabilizar lo sucedido entonces porque es consecuencia de sus costumbres y la cultura de una época; pero sí tendríamos que sacar lecciones para que en nuestra época no sigan sucediendo ese tipo de cosas. Ese cambio de mentalidad en nosotros podría ser un primer fruto de la reflexión en torno a la Palabra de Dios que nos estamos haciendo.
Pero creo que podríamos ahondar más para ver nuestras propias discapacidades que también nos aíslan, los complejos que nos encierran, las barreras que siguen existiendo en nuestra vida que nos incomunican porque nos impiden acercarnos a los demás, o porque impiden que los demás se acerquen a nosotros. Tendríamos que reflexionar seriamente sobre ello y pensar en cosas concretas en nuestra vida.
Dejemos que el Señor venga y nos imponga sus manos, como le pedían que hiciera con aquel sordomudo del evangelio; que toque nuestros oídos o nuestra lengua; nos tienda la mano para levantarnos de la postración e invalidez, no ya de nuestro cuerpo sino de nuestro espíritu. Que con la fuerza del Señor sepamos ir siempre al encuentro de los demás, rompamos esas barreras y nos liberemos de tantas ataduras.
Podríamos decir, por ejemplo, que nos falta amor y llenamos nuestra vida de prejuicios contra los demás. Son barreras que nos creamos. Yo no tengo prejuicios, yo no soy racista, o yo no desprecio a nadie, saltamos a decir enseguida. Pero preguntémonos sinceramente si nuestros juicios hacia los otros son siempre limpios, o si acaso más bien lo que hacemos cuando pensamos algo de los demás no será su historia, o su supuesta historia como nosotros nos la hayamos imaginado, lo primero que veamos en el otro. Es que es así, que hizo esto o lo otro, que proviene de tal familia o aquel lugar, o cuando no, sentimos prevención hacia su cultura o su estilo de vida y, aunque lo tratemos de disimular, el color de su piel.
¿No nos faltará entonces amor? ¿No tendría el Señor algo de lo que liberarnos? Así podemos pensar en muchas cosas y situaciones. Lo vemos y lo oímos cada día a nuestro alrededor y fácilmente nos dejamos influir por esas actitudes y posturas.
Jesús libera de la traba de su lengua a aquel sordomudo y abre sus oídos y enseguida comenzó a comunicarse con los demás y también a comunicar lo que el Señor había hecho con él. Que se suelten también las trabas que tenemos en la vida. Que nunca más nos encerremos en nosotros mismos. Que el amor abra nuestro espíritu para acercarnos más a los demás, parea mejor comunicarnos y aprendamos a caminar juntos en la vida. No caminemos nunca solos como si nosotros fuéramos los únicos que hay en el mundo. Es una tentación.
Por otra parte podemos pensar en más cosas. En el mundo en el que vivimos se han inventado mil redes de comunicación y podemos comunicarnos con alguien del otro lado del mundo con toda facilidad o sabemos lo que sucede en cualquier lugar del planeta al instante, pero quizá no nos comunicamos con el que está a nuestro lado y no sabemos, o no queremos saber, el problema que hace sufrir al que está sentado en la silla de al lado o vive enfrente de mi casa. ¿No seremos también sordomudos que queremos serlo para evitar una comunicación de corazón con el que está cerca de nosotros?
Mucho tiene que transformar el Señor en nuestro corazón y en nuestra vida. Que ponga su mano sobre nosotros para que nos cure. Es lo que el Señor hoy quiere realizar en nosotros. Ojalá al final podamos decir: ‘Hoy se cumple esta Escritura que acabamos de oír’.

sábado, 5 de septiembre de 2009

Cimentados y estables en la fe, inamovibles en la esperanza

Col. 1, 21-23
Sal. 53
Lc. 6, 1-5


Cuando leemos las cartas de san Pablo a las diversas comunidades a las que escribe podemos tener la tendencia a pensar que dichas comunidades abarcan quizá toda la población donde están asentadas porque todos hayan abrazado la fe. Normalmente no son comunidades grandes aunque sí lo sean de gran vitalidad, pero viven en medio de una población que en su mayoría no han abrazado la fe en Jesús y no siempre les es fácil el testimonio en medio de un mundo pagano adverso o incluso en medio de comunidades judías que aún no han aceptado a Jesús que Mesías Salvador.
Estas cartas del apóstol, aunque en ocasiones tratan de corregir y orientar en problemas concretos a los que se enfrentan aquellas comunidades en su propio seno, una de los principales fines es alentarles en la fe, animarles mantenerse firme en medio de las adversidades en que se puedan encontrar y hacerles llegar el mensaje del Evangelio en el que han de ir profundizando más y más.
Este puede ser el caso de la carta a los Colosenses que estamos escuchando en estos días y que comentamos. ‘La condición es, les dice, que permanezcáis cimentados y estables en la fe, e inamovibles en la esperanza que escuchasteis en el Evangelio’. Importante el mensaje de aliento que trata de trasmitirles. ‘Cimentados y estables en la fe… inamovibles en la esperanza’. Esa fe que recibieron al escuchar el Evangelio y adherirse a Jesús confesándolo como su Salvador.
Si estamos situados en un lugar inestable y en continuo movimiento, lo normal es que perdamos el equilibrio y tengamos el peligro de caernos, así como se caen las cosas que estén en ese lugar y no firmemente sujetas. Lo mismo un edificio si no está suficientemente cimentado ante cualquier movimiento telúrico fácilmente se nos viene abajo. Pero eso que sucede en la materialidad de las cosas, nos sucede también a las personas. Una persona madura decimos es una persona segura, con convicciones fuertes, que sabe lo que quiere y hacia lo que va. Podrán venirle situaciones difíciles pero se sentirá segura y firme para no dejarse arrastrar por ese torbellino de los problemas.
Pero todo eso también tenemos que decirlo en el orden de la fe y de la vida cristiana. ¿Seremos en verdad personas maduras en la fe? ¿Nuestras convicciones son firmes? ¿Sabremos hacer frente a los peligros que como vientos huracanados vienen contra nuestra fe y nuestra vida cristiana desde diversos frentes? ¿O andaremos titubeantes y dejándonos llevar como veletas por la primera opinión en contrario que llegue a nosotros?
Creo que tenemos que preocuparnos de tener una fe madura y bien formada. Como solemos decir, no nos vale simplemente la fe del carbonero. No nos vale decir esto siempre ha sido así o así me lo enseñaron aunque yo ahora no sepa dar razón de ello. Hemos de preocuparnos de formarnos, de ahondar en nuestra fe, de crecer en el conocimiento del Evangelio. Hemos de saber aprovechar todo medio bueno que esté a nuestro alcance para ese crecimiento de nuestra fe.
Pero cuánto le cuesta a la mayoría de los cristianos acudir a una charla de formación, enrolarse en un grupo cristiano de profundización en la fe, o en un catecumenado o catequesis de adultos. Nuestro conocimiento de nuestra fe, y a la larga las manifestaciones de la misma en nuestra vida, se nos ha quedado en la catequesis que de niño recibimos para la primera comunión. Hemos madurado en otras cosas pero no hemos madurado en nuestra fe.
Y como decíamos muchos vientos tenemos en contra ante los cuales tendríamos que saber sentirnos seguros. Vientos de tentaciones de todo tipo, que nos pueden llevar al pecado o que nos pueden hacer poner en duda nuestra fe. Vientos que provienen a veces de nosotros mismos que queremos hacer una fe a nuestro gusto o nuestro capricho. Vientos que recibimos del ambiente que nos rodea, del materialismo con que se vive la vida, dejando de lado todo lo que suene a espiritual o religioso.
Vientos de un sincretismo donde lo mezclamos todo o todo nos parece igual de bueno; nos dicen todas las religiones son iguales, ¿por qué tengo que ir a enseñar a otros mi fe cristiana? ¿por qué no los dejamos en sus creencias? Lo que significaría que no estamos tan seguros y tan bien cimentados en la fe en Jesús como nuestro único Salvador, Dios con nosotros que nos manifiesta todo el amor del Padre que nos hace hijos de Dios.
Vientos de la rutina y del costumbrismo, en que caemos luego en una frialdad y una indiferencia que poco a poco nos puede llevar a abandonar la fe. Vientos de un ateismo circundante práctico donde se prescinde de Dios en la vida y el hecho religioso se trata de ocultar o reducir a ámbitos meramente privados.
Todo esto nos está pidiendo esa buena cimentación de nuestra fe que les pedía el apóstol a los cristianos colosenses. ‘La condición es que permanezcáis cimentados y estables en la fe, e inamovibles en la esperanza que escuchasteis en el Evangelio’. Que así sea nuestra fe y nuestra esperanza.

viernes, 4 de septiembre de 2009

Un Himno de Amor a Cristo nuestro principio y nuestra plenitud

Col. 1, 15-20
Sal.99
Lc. 5, 33-39


Cuando amamos a alguien de verdad y cada día lo vamos conociendo más y más profundizando en intimidad y amor, cuando tenemos que hablar de esa persona buscamos las mejores palabras que expresen lo que esa persona es para nosotros y toda la hondura que en él hayamos descubierto. Es lo que los enamorados hacen en sus poemas y canciones de amor.
Nosotros amamos a Jesús y cada día vamos profundizando en el conocimiento del misterio de su vida y de su persona, vamos ahondando en el amor que le tenemos y llegamos a tener una intimidad profunda con El a través de nuestra oración. Cuando queremos hablar de Jesús ya no lo hacemos reduciéndonos a contar simplemente aquellas cosas que hizo en el evangelio, sino que partiendo de ese conocimiento también buscamos las mejores y más hondas palabras para expresar todo lo que significa en nuestra vida y todo lo que es el misterio de Dios que en El se manifiesta. Lo llamamos reflexión teológica – hacemos teología – o son también esos himnos cristológicos que incluso utilizamos como cánticos en las celebraciones de la liturgia.
Hoy en la carta a los Colosenses nos encontramos con uno de esos himnos cristológicos que nos recoge san Pablo en sus cartas, como en la de los Filipenses o la de los Efesios. Quiere expresar todo el misterio de Cristo que es el misterio de su amor por nosotros. Casi no se tendría que hacer comentario alguno sino simplemente dejarnos llevar por nuestro corazón y nuestro amor a la hora que lo vamos recitando en la liturgia o lo escuchamos, como hoy, en la proclamación de la Palabra de Dios.
Subrayemos algunas de las cosas que se expresan en este bello texto. ‘Cristo Jesús es imagen de Dios invisible’, comienza diciéndonos. Y recordamos lo que El nos ha dicho en el evangelio. ‘Quien me ve a mí ve al Padre’, le respondía a la pregunta de uno de los discípulos en la última cena. ‘Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiere revelárselo’, nos dirá en otro lugar, Cristo Jesús es esa revelación de Dios, el Emmanuel, el Dios con nosotros. Viéndolo a El estamos viendo a Dios, poseyéndole a El estamos dejándonos inundar por el misterio de Dios.
Lo llama luego ‘primogénito de toda criatura y primogénito de entre los muertos’. El Hijo Unigénito de Dios, ‘engendrado no creado’ como decimos en el Credo. Pero que en cuanto que se ha hecho hombre, se ha encarnado, murió por nosotros, pero es el vencedor de la muerte por su resurrección. Es ‘el primero’, porque es la primicia, el que va delante de nosotros par que nosotros sigamos su camino, pero también porque El es el Señor, el único Señor. ‘Dios lo resucitó de entre los muertos constituyéndolo Señor y Mesías’, que diría San Pedro en el discurso de Pentecostés.
‘Todo fue creado por El y para El’, nos dice ahora san Pablo. Y san Juan en el principio del Evangelio nos hablará de ‘la Palabra que estaba junto a Dios y que es Dios, por medio de la cual se hizo todo y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho’
‘El es Cabeza del Cuerpo: de la Iglesia’, y nos recuerda todo lo que Pablo nos hablará del misterio del Cuerpo Místico de Cristo en la carta a los Corintios. Todos formamos un solo cuerpo y Cristo es la Cabeza. Y a El tenemos que estar unidos, porque en El es como conformamos ese único Cuerpo, que es Cristo mismo, y ‘sin El nada podemos hacer’, que nos dirá por otra parte en el Evangelio. ‘En El quiso Dios que residiera toda plenitud’.
Finalmente nos dice que es nuestra reconciliación y en El por la sangre derramada podemos alcanzar la paz para siempre. ‘En El quiso reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su Cruz’. Lo que nos recordaría otros pasajes de las cartas de san Pablo.
Es quizá un poco denso lo que estamos reflexionando pero simplemente recogemos, comentando con otros textos de la misma Biblia, lo que san Pablo nos expresa en este hermoso Himno, este cántico a la larga de alabanza y de bendición a quien lo es todo para nosotros, quien es el centro y la razón de nuestra vida, porque es nuestra vida y nuestra salvación.

jueves, 3 de septiembre de 2009

La gente sigue ansiosa de oír la Palabra de Dios…

Col. 1, 9-14
Sal. 97
Lc. 5, 1-11


‘La gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la Palabra de Dios’. No estaban ahora en la sinagoga, como lo habíamos visto anteriormente en Nazaret, en Cafarnaún o por los sinagogas de Judea. Estaban junto al lago y allí se reúne también la gente porque quieren escuchar la Palabra de Dios. Ansia de la Palabra de Dios. ‘Y Jesús subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la aparta un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente’.
¿Será así cómo nosotros la deseamos y buscamos la manera de encontrarnos con el Señor? Todo lugar es bueno para escuchar a Dios: nuestras celebraciones, en lo secreto de nuestra habitación, en un momento de relax o también en momentos turbulentos, cuando estamos en casa o cuando vamos de viaje. Lo necesario es tener esa hambre de la Palabra de Dios.
Como Jesús la Iglesia tiene también que aprovechar cualquier oportunidad para hacer el anuncio de la Palabra de Dios. No podemos esperar que la gente venga a nuestros templos, sino que tenemos que emplear los medios a nuestro alcance para hacer el anuncio del Evangelio. Por estas redes del ciberespacio te está llegando ahora este mensaje de la Palabra de Dios. Aprovéchalo, pero hazte transmisor para que llegue también a otros. Igual que nos pasamos tantas cadenas que nos llegan a nuestro correo, pasa también el mensaje de la Palabra, señala a tus amigos donde pueden encontrarla.
Pero destacamos algo más de este texto del evangelio que hemos comenzado a comentar. Destacaríamos la fe y la confianza de Pedro. Ha estado toda la noche intentando pescar, pero ha sido uno de esos días en que parece que los peces han desaparecido. Bien lo saben los pescadores. Y ahora Jesús le dice que eche de nuevo las redes para pescar. El sabe lo que hay, está su experiencia, pero se fía de Jesús. ‘Maestro nos hemos pasado toda la noche bregando y no hemos cogido nada, pero, por tu palabra, echaré las redes’.
Y la redada fue grande. Y ‘el asombro se apoderó de él y de los que estaban con él’. Asombrarnos y sorprendernos ante las maravillas de Dios. Tenemos que hacerlo. No nos podemos acostumbrar. Nos hemos de buscar otras explicaciones con nuestros razonamientos. Ver la acción de Dios que actúa maravillosamente tantas veces en nuestra vida. Pero porque también nosotros hemos sabido confiar.
También hemos sabido decir ‘por tu palabra, en tu nombre…’ emprendo la tarea, te ofrezco el día que comienza, no temo ante las dificultades de lo que pueda suceder. Hemos de saber hacer la ofrenda de nuestra voluntad y de nuestra vida en ese ofrecimiento de obras que hacemos cada día cuando nos levantamos. No por nosotros, sino por ti, en tu nombre y para tu gloria inicio este día, emprendo esta tarea, me comprometo con tus obras, Señor.
Y ante el asombro de las maravillas de Dios que estaba contemplando se sintió pequeño y pecador. ‘¡Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador!’, exclama Pedro. Ante Dios así nos sentimos. Nos recuerda el episodio del profeta Isaías cuando contempla la gloria de Dios y se siente pecador y hombre de labios impuros. Teme morir, pero el ángel del Señor con las ascuas tomadas del fuego que ardía en la presencia de Dios, le purifica.
‘Apártate de mí’, le dice Pedro, pero nosotros no se lo vamos a decir así, sino le vamos a pedir que venga a nosotros aunque seamos pecadores, o porque somos pecadores. Necesitamos de su misericordia y de su perdón. Como hacemos cada vez que iniciamos la Eucaristía, que ante el Misterio al que nos vamos a acercar para celebrar, nos sentimos pecadores y le pedimos al Señor que nos purifique.
‘No temas, desde ahora será pescador de hombres. Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron’. Aquello que habían vivido no se podía quedar en el secreto de aquella barca. Esa buena noticia hay que comunicarla a los demás. ‘Seréis pescadores de hombres…’ tenéis que ir a contar todo eso de lo que os habéis asombrado; esa palabra que habéis escuchado allá en vuestro corazón, ahí no se puede quedar encerrada y hay que ir a comunicarla a los demás; todo eso que has experimentado en ti cuando te has sentido amado por Dios, perdonado generosamente por El, tienes que contarlo a los demás para que ellos descubran también cuánto los ama el Señor.

Colosas una comunidad estimulada por la carta del apóstol

Col. 1, 9-14
Sal. 97
Lc. 5, 1-11


La carta a los Colosenses que hemos comenzado a escuchar desde ayer en la lectura continuada de la liturgia es un texto muy alentador y muy lleno de esperanza. Cuando el apóstol escribe a aquellas comunidades donde él ha anunciado el evangelio, aunque en ocasiones tenga que corregir y llamar la atención sobre cosas que hay que mejorar en la comunidad, sin embargo lo que pretende es dar ánimos valorando todas las cosas buenas de aquella comunidad, como su acogida de la Palabra de Dios que hicieron cuando se les anunció.
Da gracias el Apóstol al Señor por la fe, el amor y la esperanza que anima a aquella comunidad. ‘Damos gracias a Dios Padre… desde que nos enteramos de vuestra fe en Cristo y del amor que tenéis a todo el pueblo santo… os anima a esto la esperanza de lo que Dios os tiene reservado en los cielos… desde el día en que escuchasteis y comprendisteis de verdad lo generoso que es Dios’.
Por eso pide el que cada día vayan creciendo más y en el conocimiento de Dios y sus designios: ‘un conocimiento perfecto de su voluntad con toda sabiduría e inteligencia espiritual’. Es el conocimiento del Evangelio, el conocimiento de Cristo, que se traducirá luego en una conducta agradable al Señor y en los frutos de buenas obras. ‘De esta manera vuestra conducta será digna del Señor, agradándole en todo; fructificaréis en toda clase de obras buenas…’ Siempre el conocimiento de Dios, de su voluntad, de lo que nos dice el evangelio ha de reflejarse en la vida, en la conducta.
Y eso se expresa además mediante las buenas obras. Nunca podremos separar nuestra fe del conjunto de nuestra vida. Esa fe que tenemos en Dios no es sólo un acto religioso que realicemos en unos momentos determinados, sino que se va manifestando en todo lo que es nuestra vida; de ahí nuestra conducta y de ahí el compromiso de nuestras obras de amor.
Pero además esto nos dará fuerza para enfrentarnos a las dificultades que vamos encontrando en nuestra vida. Son como pruebas que tenemos que superar. Muchas veces pueden ser incluso cosas molestas, sacrificadas. Pero ahí tiene que verse nuestra paciencia. Como dice el apóstol: ‘El poder de su gloria os dará fuerza para soportar todo con paciencia y magnanimidad’. No es un soportarlo porque no quede más remedio. Es que esos sufrimientos se han de vivir de una forma distinta, ‘con alegría dando gracias a Dios Padre que nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz’.
¿Cómo no vivirlo con alegría sabiendo lo que el Señor ha hecho por nosotros, sabiendo lo que significa la redención que Cristo nos ofrece cuando ha derramado su sangre por nosotros? Nos ha sacado de las tinieblas para llevarnos a la luz; nos ha sacado del reino de la esclavitud y del pecado, para conducirnos a la vida y a la salvación. ‘El nos ha sacado del dominio de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados’.
Esto que les decía san Pablo a los cristianos de Colosas, admirando su fe, su entrega, la buena respuesta que dieron al evangelio que les anunció, nos lo dice a nosotros también. Es nuestra tarea ese crecimiento de nuestra fe, de nuestro conocimiento de Cristo y de su Evangelio. Es en algo en lo que tenemos que estar empeñados siempre tengamos la edad que tengamos, porque ese es un conocimiento que no se agota.
Es nuestra tarea el crecimiento de nuestra fe, de nuestro amor y de nuestra esperanza. Queremos vivir en su Reino. Escuchamos su Palabra cada día porque cada día queremos mejorar la pertenencia a su Reino. Y tenemos la esperanza de que un día lo alcanzaremos en plenitud. Es la esperanza de la vida eterna, es la esperanza del cielo con la que vivimos, nos esforzamos, luchamos superándonos cada día más y mejor. Es la fuerza que recibimos para aceptar pacientemente sufrimientos, luchas, problemas, dificultades. La meta a la que aspiramos, el cielo que deseamos bien merece la pena pasarlo todo. Porque eso en nuestra esperanza hemos de estar también alegres en el Señor.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

El Reino de Dios en medio de nosotros: renacimiento de la fe y espíritu de servicio

Col. 1, 1-8
Sal. 51
Lc. 4, 38-44


‘El Señor me ha enviado para anunciar el evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad’. Ha sido la antífona del aleluya antes de la proclamación del evangelio. Resuenan estas palabras escuchadas hace pocos días cuando Jesús proclamó la lectura de Isaías en la sinagoga de Nazaret. El programa de la misión de Jesús que ya lo hemos visto realizando en su continuo actuar.
En la sinagoga de Cafarnaún anunciaba el Reino de Dios enseñando a la gente. Pero a sus palabras, ante las que se quedaban sorprendidos sus oyentes, acompañan los signos. Los signos de que el Reino de Dios se estaba ya realizando en medio de ellos. Arranca el mal del corazón de aquel hombre poseído por el espíritu maligno.
A continuación le vemos ir a la casa de Simón, donde su suegra estaba en cama con fiebre, y Jesús la levanta de su postración y enfermedad. Más tarde vendrán todos trayendo enfermos ‘con el mal que fuera’, dice el evangelista. Y Jesús los va curando a todos; ‘y El, poniendo las manos sobre cada uno, los iba curando’.
Un detalle que merece comentar. Dice el evangelista que ‘al ponerse el sol, los que tenían enfermos con el mal que fuera, se los llevaban’. Probablemente el día en que Jesús había enseñado en la sinagoga era sábado. Era el día del descanso y no se podía realizar ningún trabajo, luego no podían cargar con los enfermos para traérselos a Jesús. Por eso esperan a la puesta del sol, porque una vez caída la tarde se acababa el sábado, porque los judíos computaban el día desde el momento en que se ponía el sol. Por eso es ahora cuando ha terminado el sábado cuando se los traen.
Con esos milagros se Jesús se están dando las señales del Reino de Dios. Un Reino de Dios que afecta a toda la persona, que tiene que manifestarse en toda la persona. Desde lo más hondo nos sentimos transformados para reconocer la presencia y la acción de Dios, pero también nos sentiremos liberados de los males más profundos que nos afectan, y que muchas veces se pueden manifestar también en esos males que sufrimos en nuestro cuerpo.
Ya en el evangelio vemos como esas señales de la pertenencia al Reino de Dios se van manifestando. ‘Jesús, de pie a su lado, increpó a la fiebre y se le pasó; ella, levantándose enseguida, se puso a servirles’. Y por otra parte veremos que ‘de muchos de ellos salían también los demonios y gritaban: Tú eres el Hijo de Dios’. Dos cosas, un reconocimiento de fe en Jesús: ‘Tú eres el Hijo de Dios’, por otro lado, una actitud de servicio que surgen en el corazón de la persona que ha sido liberada de su mal.
Fe y servicio, expresiones de que se quiere vivir ya en ese Reino de Dios. Fe y servicio que provocarán que la gente quiera estar con Jesús, seguirle o que su presencia no falte en medio de ellos. ‘La gente lo andaba buscando – El al amanecer se había ido a un lugar solitario -, dieron con El e intentaban retenerlo para que no se fuese’. Pero Jesús tenía que seguir anunciando el Reino de Dios. le veremos incluso lejos de Galilea. ‘Predicaba en las sinagogas de Judea’. Su campo de acción se ampliaba.
Que se den esas señales del Reino de Dios en nosotros porque se avive nuestra fe en Jesús, pero también porque surjan esas actitudes nuevas del amor y del servicio en nuestro corazón y en nuestra vida. Pero también nosotros nos sentimos llamados y enviados para seguir anunciando ese Reino a los demás, como Jesús, por todas partes. ‘También a los otros tengo que anunciarles el Reino de Dios, para eso me han enviado’. Así nosotros también.

martes, 1 de septiembre de 2009

Cristo es nuestra luz, vivamos como hijos de la luz

1Tes. 5, 1-6.9-11
Sal. 26
Lc. 31-37


“El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?’ Así rezamos con el salmo. Así lo proclamamos con toda convicción. Cristo es nuestra Luz. Con El nos sentimos seguros, iluminados, con esperanza, renovados, llenos de vida nueva, llenos de luz. Nada tememos porque El es nuestra fuerza, ‘la defensa de mi vida’.
La imagen de la luz es muy repetida en el evangelio para significar nuestro encuentro con Jesús. Encontrarnos con Él es dejarnos iluminar por su luz. El que acepta a Jesús se llena de su luz. Es la fe que ilumina nuestra vida. Es el sentido nuevo de la vida que encontramos en Jesús. Es una nueva manera de vivir cuando nos iluminamos por su luz, cuando nos dejamos inundar por su luz.
En el Evangelio Jesús nos dice que El es la luz del mundo. De eso nos habló también el inicio del evangelio de san Juan, diciéndonos que la Palabra es la Luz que viene a iluminarnos. ‘La luz verdadera que ilumina a todo hombre…’ La luz que nos salva y nos llena de vida. Pero también nos habla de que las tinieblas rechazaron la luz, no quisieron recibir la luz. ‘La luz brilla en las tinieblas pero las tinieblas no la recibieron… vino a los suyos pero los suyos no lo recibieron’.
San Pablo hoy en la carta a los Tesalonicenses nos dice que nosotros no vivimos en las tinieblas sino en la luz desde que nos hemos encontrado con Cristo. ‘Vosotros, hermanos, no vivís en las tinieblas… porque todos sois hijos de la luz e hijos del día…’
Ser hijo de la luz nos exige el cuidar esa luz para no perderla. Por eso nos invita a estar atentos, vigilantes. ‘Así, pues, no nos durmamos como los demás, sino estemos vigilantes y vivamos sobriamente’.
El que camina en la luz camina con seguridad. La fe da seguridad a nuestra vida, nos da fortaleza en nuestras convicciones, en nuestro seguimiento de Jesús. El que camina en medio de las tinieblas de la noche lo hace con miedo porque no sabe lo que se puede encontrar, o los peligros que acechan detrás de esa oscuridad. Pero si caminamos con la luz ya no tenemos miedo.
El que camina con la luz camina con esperanza. Sabemos el Camino; Cristo es el camino. Sabemos a donde vamos. Tenemos la seguridad de la salvación que ya Cristo nos ha ganado. ‘Porque Dios no nos ha destinado al castigo sino a la salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo: el murió por nosotros para que vivamos con El’. Salvación que nos lleva a vivir en Cristo y con Cristo. Por eso podíamos decir con el salmo: ‘Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida’. Es la esperanza que anima nuestra vida cristiana. Es la esperanza de la vida eterna.
El que camino con la luz camina realizando las obras del amor. Nos decía san Pablo: ‘Por eso, animaos mutuamente, y ayudaos unos a otros para crecer, como ya lo hacéis’. Animarnos mutuamente en el amor, ayudándonos, queriéndonos, haciéndonos el bien. En nosotros tiene que resplandecer de manera especial el amor. Es ese blando deslumbrador que con luz se hace aún más brillante.
Cristo que viene a nosotros con su luz lo contemplamos hoy en el evangelio que llega a Cafarnaún trasmitiendo esa luz de la vida. ‘Bajó a Cafarnaún, y los sábados enseñaba a la gente… y se quedaban asombrados de su enseñanza, porque hablaba con autoridad’. Pero a las palabras de Jesús acompañan las obras. Hay ‘un hombre que tenía un demonio inmundo…’ Jesús le increpa para expulsarlo: ‘¡Cierra la boca y sal!’ Y aquel hombre se vio liberado del espíritu inmundo. La gente sigue admirada porque está viendo la fuerza de la Palabra de Jesús, de la Palabra de Dios. ‘¿Qué tiene su palabra?’ se preguntaban. Era una palabra de vida y de salvación. Era una palabra de luz y de vida. Era la Palabra salvadora de Jesús.
Dejémonos iluminar por esa Palabra. Que nos llenemos de su luz. Que no dejemos que las tinieblas nos cerquen. Hay que estar vigilantes. ‘Que nos os sorprenda como un ladrón’; así está la tentación acechándonos continuamente. Por eso caminemos siempre a la luz del Señor, porque son su luz nada hemos de temer.

lunes, 31 de agosto de 2009

Presentación de Jesús en la Sinagoga de Nazaret con reacciones diversas

1Tes. 4, 13-17
Sal. 95
Lc. 4, 16-30

Iniciamos en nuestra lectura continuada el evangelio de san Lucas. Saltando todo el evangelio de la Infancia de Jesús que se lee en el entorno del adviento y la navidad, ahora partimos del inicio de su vida pública en su presentación en la Sinagoga de Nazaret. Ya había comenzado Jesús su actividad porque hay referencias a su actuar en Cafarnaún, pero este texto es considero algo así como un discurso programático por el texto de Isaías que Jesús proclama.
Viene a definir cuál es la acción de Jesús, el ungido por el Espíritu y enviado del Padre para anunciar la Buena Nueva de la salvación y liberación a los pobres, a los cautivos, los ciegos, lo oprimidos. ‘El Espíritu del Señor está sobre mí. Porque El me ha ungido. Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista. Para dar libertad a los oprimidos, para anunciar el año de gracia del Señor’. Con Jesús llega el gran jubileo, la amnistía, el perdón y la salvación para todos. ‘Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’, les dice finalmente.
Una primera de reacción y de aprobación. ‘¿No es éste el hijo de José?’, pero que poco a poco se transforma en una reacción bien distinta. ‘Todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monto donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo’.
¿Qué había pasado? ¿por qué ese cambio tan brusco? Aprobación y rechazo. Orgullo porque era de Nazaret, era el hijo de José, y deseos de quitarlo de en medio. Por ahí pueden ir los tiros. El orgullo de saber que era uno de los suyos – ‘se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios’ – podía hacer surgir la tentación de querer manipularle en su favor.
Jesús les descubre sus intenciones. ‘Me vais a decir: Médico, cúrate a ti mismo. Haz también aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún’. Tu eres el pueblo y si eres tan poderoso haz también cosas aquí entre nosotros, no te olvides de nosotros. Ya sabes que también aquí tenemos problemas, hay enfermos, gentes que carecen de todo. Comienza por aquí, que eres de los nuestros.
Más o menos así estarían pensando. Bueno eso sigue sucediendo, cuando hay alguien de nuestro pueblo que ha alcanzado poder o tiene muchas influencias a él acudimos para que, como somos de su pueblo y hasta de su familia, a nosotros nos haga favores especiales. Lo de las influencias… Pero ¿no hacemos algo así también nosotros con Dios en nuestra oración muchas veces muy interesada? Le queremos recordar al Señor lo bueno que somos, las cosas que hemos hecho, el manto de la Virgen que compré o los bancos de la Iglesia que regalé, las ramos de flores que le llevamos a la Virgen o las veces que la hemos ido a visitar, por decir algunas cosas. Somos tan buenos y hacemos tantas cosas buenas que el Señor tiene que escucharnos. Poco menos que hacemos esas como buenas y las ponemos como en depósito para cuando yo necesite algo… ¿Lo chantajeamos? Algo así algunas veces.
Muchas viudas había en tiempos de Elías, y muchos leprosos en Israel en tiempos de Eliseo. Pero la viuda que fue atendida, no era israelita sino de Sarepta de Sidón, y el leproso curado era un sirio, Naamán. ¿Cómo es el actuar de Dios? El Señor no se deja llevar por nuestras miras humanas. El nos reparte su amor con generosidad. Y con generosidad y con humildad nos presentamos nosotros ante Dios en nuestra súplica y en nuestra oración. Lo que Jesús les dice trastoca frontalmente lo que eran sus sueños y aspiraciones, de ahí su reacción. ¿Nos sucederá parecido a nosotros cuando decimos que Dios no nos escucha?
Dios viene repartiendo generosamente su misericordia. Por eso proclama con Jesús una amnistía general, un año de gracia y de perdón. Pero el amor del Señor es universal, no es para éste o para aquel porque haya hecho unas determinadas cosas o sea de un determinado pueblo. Si algunos son los preferidos del Señor son los pobres y los que sufren, como hemos visto en el texto de Isaías que proclama Jesús en la Sinagoga de Nazaret. Por ahí tendrían que pasar también nuestras preferencias, porque además ahí hemos de saber ver la presencia del Señor.

domingo, 30 de agosto de 2009

Coherencia y autenticidad en el corazón y la vida


Deut. 4, 1-2.6-8;

Sal. 14;

Sant. 1, 17-18.21-22.27;

Mc. 7, 1-8.14-15.21-23


‘¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen tus discípulos la tradición de los mayores?’, pregunta un grupo de fariseos y letrados venidos de Jerusalén. La respuesta Jesús se la dio con palabras del profeta Isaías: ‘este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos’. Y apostilla Jesús: ‘Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres’.
El Evangelista ha explicado bien lo de las costumbres convertidas en preceptos por los fariseos de lavarse las manos cuando vienen de la plaza ‘restregando bien, siguiendo la tradición de sus mayores’. Podrían haber tocado alguna cosa impura – recordemos cómo consideraban impuros a los enfermos y sobre todo a los leprosos – y eso les trasmitiría una impureza legal de la que habrían de purificarse.
¿Qué era lo importante? ¿lo externo y la apariencia o lo que tiene que brotar del corazón? ¿Hacer las cosas porque siempre se han hecho así, aunque sea una rutina repetitiva y que hasta haya perdido sentido, o descubrir hondamente lo que es la voluntad del Señor y a través de su Palabra - la Palabra de Dios, no la palabra de los hombres – llenarme de nueva vida?
Jesús está pidiendo coherencia de vida y autenticidad. ¡Cuánto daño hace la incongruencia! Cuando no hay coherencia y autenticidad estamos llenando la vida de mentira. Las mentiras peores no son cuando con nuestras palabras decimos una cosa por otra, sino cuando llenamos la vida de falsedad. (Algunas veces nos confesamos de que hemos dicho una mentirita piadosa y no examinamos la falsedad que pueda haber en nuestra vida). Queremos aparentar una cosa pero realmente en nuestro ser más profundo somos realmente otra cosa muy distinta. Y cuando nuestro estilo de vida lo llenamos con apariencias, lo tremendo es el vacío que a la larga hay dentro de nosotros mismos.
De ahí que nuestra vida cristiana no la podamos reducir meramente al cumplimiento de unas normas o preceptos si nuestro corazón, las actitudes interiores que tengamos están bien lejos de esa fe que decimos tener simplemente porque cumplamos unos reglamentos.
Muchas veces la gente te pregunta o se pregunta qué cosas tengo que hacer pretendiendo les des unas normas o unos reglamentos. Yo te diría, pregúntate qué es lo que tienes que vivir, o más bien, a quién tienes que vivir. Ser cristiano es una vida, pero que ya no es sólo vivir tu vida, sino que es vivir a Cristo en ti. Aquello que decía san Pablo ‘ya no vivo yo sino que es Cristo quien vive en mí… para mi vivir es Cristo’.
Ya no serán, pues, unas normas o preceptos; es simplemente dejarte conducir por Cristo, dejarte llenar de su Espíritu y todo podíamos decir que sale como espontáneo de ese vivir en el Espíritu. Surgirá el amor, la generosidad, la bondad, la solidaridad, la justicia, la verdad y autenticidad de mi vida.
En el salmo nos preguntábamos ‘Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda?... el que procede honradamente y practica la justicia, el que tiene intenciones leales…’ el que no hace daño a nadie sino que siempre busca el bien, el que no se comporta con el prójimo con tacañanería o por interés. Es que ya no sólo estamos hospedándonos en la tienda del Señor, sino más bien es Dios quien ha puesto su tienda en nosotros, habita en nosotros.
Comenzábamos la reflexión recordando la pregunta con la que los fariseos querían cuestionar a Jesús del si lavarse o no las manos antes de comer y por qué los discípulos no lo hacían como mandaba la tradición. Jesús viene a decirles que la maldad no entra en el corazón del hombre porque tengamos o no las manos manchadas. Sabido es cómo en la reglamentación de los judíos en este sentido – y los fariseos eran unos expertos – tenían catalogada toda una serie de cosas que eran en sí mismas impuras y que no podían ni tocar porque era caer en una impureza legal de la que tenían que purificarse con abluciones rituales.
Jesús les dice que la impureza o la maldad no nos viene de fuera, sino que la podemos tener en el corazón y que serán esos malos deseos los que nos harán vomitar maldad desde dentro de nosotros. ‘De dentro del corazón del hombre salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas estas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro’.
Limpiemos de maldad el corazón. Eso es lo importante. Más aún, tenemos a quien ha venido para limpiarnos el corazón, para que lo que brote entonces de nosotros sea siempre bueno. Podríamos decir que no sólo nos enseña esa autenticidad, esa bondad, esa justicia en la que tenemos que caminar quienes nos llamamos sus discípulos, sino que El se hace vida nuestra y es nuestra salvación para perdonarnos esa maldad que tantas veces dejamos meter dentro de nosotros, sino también viene a nosotros para transformarnos con su gracia, para llenarnos de su Espíritu que nos hace hombres nuevos.
‘Aceptad dócilmente la Palabra de Dios que ha sido plantada y es capaz de salvaros. Llevadla a la práctica y nos os limitéis a escucharla’, nos decía el Apóstol Santiago en su carta. Esa palabra de Dios que es nuestra inteligencia y nuestra sabiduría, como se nos decía en el libro del Deuteronomio. Que seamos, pues, ese pueblo sabio y ese pueblo santo que así acoja la Palabra de Dios, y que así sienta también la presencia de Dios en medio de nosotros. ‘Así viviréis…’ nos decía el autor sagrado en la primera lectura. Así el culto que le demos al Señor no será un culto vacío, porque habremos llenado nuestra vida de amor que es lo que agrada al Señor.

sábado, 29 de agosto de 2009

Con el Bautista testigos de la verdad con nuestra confesión de fe


Jer. 1, 17-19
Sal. 70
Mc. 6, 17-29



El evangelio nos hace el relato del martirio de Juan el Bautista. Profeta que anunciaba la Palabra de la verdad para preparar el camino del Señor a todos iba diciendo lo que tenían que cambiar en su vida, denunciando lo malo y estimulando para lo bueno. Como suele suceder a los buenos y a los profetas pronto se encontrarán a quienes no agraden sus palabras. El Bautista denunciaba la vida irregular de Herodes y a instancias de Herodías Juan estaba en la cárcel, y ya conocemos su fin.
‘Mártir de la verdad y de la justicia’, lo llama la liturgia en la oración de este día. Testigo de la verdad, testigo de la vida y que por ello dio su vida. Lo contemplamos en este día en el supremo testimonio por el nombre de Cristo derramando su sangre, entregando su vida. Un anticipo de la Pascua de Cristo, en la que el Bautista ya está bebiendo el cáliz del martirio.
A través del año litúrgico en distintos momentos nos va apareciendo la figura de Juan con los que se ve complementando la presentación de su vida y su misión. En el Adviento lo vemos como Precursor del Mesías, ‘la voz que clamaba en el desierto para preparar el camino del Señor’. Es la presencia del profeta que anuncia y que prepara los corazones.
En su nacimiento ‘será motivo de alegría para muchos’, como se nos dice en el prefacio de la Misa de hoy. Por la montaña corrió la noticia y todos venían a felicitar a Isabel por la gracia que le había hecho el Señor y, como ya hemos meditado en otras ocasiones, la gente se preguntaba ‘¿qué va a ser de este niño?’ Zacarías lo proclamaría en su cántico de acción de gracias y bendición a Dios como ‘el profeta del Altísimo… que preparará para el Señor un pueblo bien dispuesto’.
Entre otros momentos volveremos a encontrarlo en el Bautismo de Jesús en el Jordán. Será testigo de la manifestación de la gloria del Señor cuando ‘al salir del agua el Espíritu vino sobre Jesús en forma de paloma, y se oyó la voz del Padre’ señalando a Jesús como su Hijo amado. Pero será a continuación después de esa experiencia cuando lo señale a sus discípulos.
Le habían preguntado en embajada desde Jerusalén quién era él, si el Mesías, si un profeta, su Elias o alguno de los antiguos profetas, y el sólo decía que era ‘la voz que grita en el desierto’, y que lo único que quería era menguar él para que creciera el que había de venir. Por eso señala a los discípulos ‘éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo’, y había dejado que Juan y Andrés se fueran con Jesús. Más tarde desde la cárcel enviará a otros discípulos para que vayan a Jesús a preguntarle ‘si era El quien había de venir, o habían de esperar a otro’: no es que Juan no supiese quien era Jesús pero lo que deseaba era que sus discípulos lo conociesen y se fuesen también con Jesús. Su misión, dar paso a Jesús.
Ahora es el momento del supremo testimonio. ‘Nos enseña de palabra y da testimonio con su sangre’, como decimos en la liturgia. ‘Dio con su sangre supremo testimonio por el nombre de Cristo’. Como decíamos antes, es un anticipo de la Pascua. Normalmente pensamos en Juan como Precursor del Mesías, pero la liturgia lo llama ‘Precursor de su nacimiento y de su muerte’. Con su muerte está anunciando la muerte de Cristo; con su inmolación y su propia pascua está anticipándonos la Pascua de Jesús, que será la nueva y definitiva Pascua.
Si en el desierto escuchábamos su invitación a la conversión ahora con el testimonio de su martirio nos está invitando a una profunda confesión de fe. Entonces decía a la gente que habían de caminar por sendas de rectitud, de justicia y de solidaridad; la gente la preguntaba ‘¿qué tenemos que hacer?’ y él iba señalando a cada uno cómo había de actuar honradamente en su vida y en su profesión y cómo tenía que compartir con los demás. Ahora el valor y la fortaleza de su martirio nos pide una valiente confesión de fue por nuestra parte.
Recogemos las palabras de Jeremías y las hacemos como dichas para nosotros. El Señor le había confiado también una misión donde le pedía ser fuerte. ‘Ponte en pie y diles lo que yo te mando. No les tengas miedo…yo te convierto hoy en plaza fuerte, en columna de hierro, en muralla de bronce… lucharán contra ti, pero no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte’. Con nuestra fe somos ‘plaza fuerte, colmena de hierro, muralla de bronce’. Tenemos la seguridad de la fortaleza y la gracia del Señor para dar el testimonio de nuestra fe. Es la confesión de fe a la que nos invita hoy la fiesta del martirio del Bautista.

viernes, 28 de agosto de 2009

¿Por falta de aceite en nuestra lámpara nos quedaremos fuera?

1 Tes. 4, 1-8
Sal.96
Mt. 25, 1-13


‘¡Que llega el esposa, salid a recibirlo!’ Eran las costumbres de la época para las bodas. El esposo venía acompañado de sus amigos, mientras las amigas de la novia esperaban en el camino con lámparas encendidas para iluminar el camino e iluminar luego también las estancias de la boda. ‘El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron’.
A la hora de encender de nuevo las lámparas porque llegaba el esposo, no todas tenían aceite con el que reavivar la llama. Algunas no habían sido previsoras. Las que tenían encendidas las lámparas entraron pero las que fueron a comprar al llegar se encontraron la puerta de la boda cerrada. ‘Señor, Señor, ábrenos… No os conozco’, fue la respuesta. Y ya Jesús nos sentencia la moraleja: ‘Por tanto, velad porque no sabéis el día ni la hora’.
Llega el esposo; lega el Señor a nuestra vida. Lo reflexionábamos también ayer. Y hemos de salir con nuestras lámparas encendidas, como señal de que estamos atentos y preparados. Nos dieron una luz en nuestro Bautismo tomada del Cirio Pascual. Una luz para mantener encendida. ¿Habremos conservado el aceite suficiente para que se mantuviera encendida?
En los avatares de la vida los vientos de las tormentas por las que pasamos ponen en peligro esa luz, cuando no la apagan. Están las tentaciones y el pecado que nos acechan ‘como león rugiente en la noche’, que dice el apóstol Pedro. Pero hay también muchas cosas que en nuestro abandono nos debilitan nuestra fe.
Tenemos la experiencia si lo queremos reconocer. Vivimos afanados por tantas cosas que lo referente a Dios, que lo referente a la fe lo ponemos en segundo plano. El conflicto invocado de la devoción y la obligación. Y con esa historia a Dios lo ponemos en segundo lugar; y la misa la dejamos para cuando tengamos tiempo, porque tenemos tantas obligaciones; y así vamos cayendo en una tibieza espiritual que nos llevara a la frialdad y al abandono de todo, al olvido de Dios. y nos falta entusiasmo para vivir nuestro ser cristiano. Y nos dejamos seducir por las cosas de la vida. Y pensamos, ya más adelante, cuando tenga tiempo, comenzaré a pensar en esas cosas; pero nunca tenemos tiempo. Y ya ni pensamos en esas cosas.
Bien sabemos cómo podemos volver a tener la lámpara encendida; dónde encontraremos la luz y también el aceite que nos la haga arder y brillar con toda su viveza. Tenemos los sacramentos que nos fortalecen en la gracia, que nos restauran la gracia perdida, que nos alimentan para que tengamos vida. Y está nuestra oración que nos fortalece, pero también nos hace mirar con la mirada de Dios todas las cosas. Y tenemos que pensar en el cultivo de la vida espiritual con una vida piadosa, con una dirección espiritual, con un programa de verdadero crecimiento interior. Y está la gracia que no deja de darnos el Señor en todo momento.
Pero todo eso lo dejamos para el último momento. Pero en el último momento puede ser que no lleguemos a tiempo, que las puertas se nos cierren. Sabemos, porque la experiencia nos lo dice y tenemos que reconocerlo, que muchos lo dejaron para otro momento, pero el Señor llegó a sus vida en el momento más inesperado y no estaban preparados para recibirle, para poder ir a vivir en El para siempre.
¿Nos sucederá que un día nosotros escuchemos ‘no os conozco’? ¿Nos vamos a quedar fuera del banquete de bodas del Reino de Dios? Sería triste que al final nos quedáramos fuera porque la puerta se nos haya cerrado.
Estamos a tiempo. El Señor nos sigue llamando para que estemos despiertos. Esta Palabra que estás meditando es también para ti, como para mí, una llamada del Señor.
‘Velad, porque no sabéis el día ni la hora’, nos dice el Señor.

jueves, 27 de agosto de 2009

Estad en vela, a la hora que menos penséis viene el Señor

1Tes. 3, 7-13
Sal. 89
Mt. 24, 42-51


‘Estad en vela… estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre’. Así nos advierte Jesús hoy en el evangelio. Vigilantes, preparados, llega el Señor a nuestra vida. Y nos habla del dueño de casa que está vigilante para que no entre el ladrón y cauce destrozos, vigilante el criado a quien le han confiado la administración de su casa; no se puede dedicar a maltratar a los otros criados, ni a beber y emborracharse, porque no esté el dueño de la casa, sino que ha de estar atento a cumplir su obligación.
Viene el Señor y hay que estar preparados, atentos y vigilantes. Una referencia nos hace el evangelio a la segunda venida de Cristo en el último día, al final de los tiempos; puede ser también referencia a la última hora de nuestra vida cuando nos llegue la muerte y vayamos a encontrarnos con el Señor. Porque para el cristiano la muerte no es la solución final de nuestra vida donde todo se acaba, sino que es el paso al encuentro en plenitud con el Señor. Y hay que estar preparados.
Quizá convendría hacernos una pregunta. Si nos llegase en este momento la hora de nuestra muerte, ¿estaríamos preparados para ese momento? No es una pregunta para la angustia ni para el temor, sino para la esperanza y para despertar. Convendría hacérsela uno muchas veces.
Pero también esta invitación del Señor hace referencia a ese encuentro con el Señor que día a día, en cualquier momento, podemos vivir. Ahora mismo mientras lees estas líneas de reflexión, piensa que puede ser para ti un momento de encuentro con el Señor; el Señor viene a ti a través de esta reflexión y puede querer hablarte allá en lo hondo del corazón. Pero ya sabemos, en cualquier acontecimiento, en el encuentro con los demás, vamos encontrándonos con el Señor. Ese con quien compartes tu vida, con quien convives o con quien trabajas, esa persona con la que te cruzas por la calle, al que ves triste o agobiado por los problemas de la vida y a quien puedes prestar su hombro para que descanse y se anime, ese que tiene su mano o su corazón hacia ti para pedirte una ayuda, es el Señor que viene a ti. ‘Lo que hicisteis… o no hicisteis a uno de estos mis humildes hermanos, a mí me lo hicisteis… a mí me lo dejasteis de hacer’, nos dirá Jesús en el Juicio final. Descubre, pues, esa llegada del Señor a tu vida y está atento y vigilante para recibirle y para acogerle.
San Pablo hoy nos ha hablado también de ese encuentro con el Señor para el que hemos de estar preparados y fortalecidos. ‘Y así os fortalezca internamente, para que cuando venga nuestro Señor Jesucristo acompañado de sus santos, os presentéis santos e irreprensibles ante Dios nuestro Padre’. Que nos encuentre santos e irreprensibles, que estemos preparados con un corazón puro, con un corazón limpio, con un corazón lleno de amor.
Por eso mismo pedía algo hermoso: ‘Que el Señor os colme y os haga rebosar de amor mutuo y de amor a todos, lo mismo que nosotros os amamos’. El amor, la capacidad de amar es un don de Dios. Pero un don que Dios ha puesto ya en nuestro corazón. Pero no pide un amor cualquiera ni una medida raquítica ni escasa. ‘Os colme y os haga rebosar’. No simplemente llenos, sino colmados y rebosantes. Son las medidas de Dios, las medidas del amor de Dios.
Cuando encontramos a alguien a nuestro lado lleno de un amor así, rebosantes y resplandecientes también en su fe, nos sentimos estimulados, nos sentimos en cierto modo fortalecidos nosotros para amar con un amor así, para vivir una fe lo más intensa posible también. Es lo que les dice el Apóstol a aquella comunidad de Tesalónica, ‘En medio de todos nuestros aprietos y luchas, vosotros con vuestra fe os animáis; ahora respiramos, sabiendo que os mantenéis fieles al Señor’. ¡Cómo se sentiría complacido el apóstol al tener noticia de la calidad de la fe y del amor de aquella comunidad en la que él había anunciado el evangelio.
Os confieso una cosa. En los años de sacerdocio, ya unos cuantos, una ha ido trabajando por distintas parroquias y en distintas actividades apostólicas. Somos como misioneros que vamos de un sitio a otro allí donde el Espíritu del Señor nos lleve a través de circunstancias y de la voluntad de nuestro Obispo. Cuando le llega a nuestros oídos noticias de cómo sigue habiendo en aquella comunidad o en aquella actividad pastoral personas entregadas, personas a las que uno quiso ayudar y que ahora vemos trabajando intensamente por los demás en diversos compromisos pastorales y apostólicos, se siente uno confortado por dentro en el Señor. Cuando veo que estas reflexiones de ‘la semilla de cada día’ son leídas por muchas personas de diferentes y distantes lugares, no puedo menos que dar gracias a Dios por todo ello. No para mi orgullo y autocomplacencia, sino siempre para la gloria del Señor.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Al acoger la Palabra lo hicisteis como a Palabra de Dios

1Tes. 2, 9-13
Sal. 138
Mt. 23, 27-32


‘No cesamos de dar gracias a Dios por vosotros’, dice el apóstol san Pablo en su primera Carta a los Tesalonicenses que venimos leyendo desde hace tres días. Es una carta muy entrañable porque es una comunidad de la que tiene grandes recuerdos, está manifestando la calidad de su fe y allí el fue acogido cuando venía perseguido desde Filipos.
Bueno es recordar algunos párrafos en referencia a esto que estamos diciendo, aunque los hayamos escuchado en días anteriores, en el principio de su carta. ‘Siempre damos gracias a Dios por todos vosotros, les dice, y os tenemos presentes en nuestras oraciones… recordamos sin cesar la actividad de vuestra fe, el esfuerzo de vuestro amor y el aguante de vuestra esperanza en Jesucristo, nuestro Señor…’
Es admirable y nos atrevemos a decir hasta envidiable la alabanza que hace de ellos. Y digo envidiable, en un buen sentido, porque debe de ser un estímulo para nosotros para que así se vea en nuestra vida esa solidez de la fe, ese esfuerzo por amar, y con un amor al estilo del de Jesús, cada día con un amor más grande, resplandeciendo igualmente la fortaleza de nuestra esperanza a pesar de los momentos oscuros por los que pasamos en muchas ocasiones.
También aquella comunidad tenía sus problemas, irán apareciendo a lo largo de la carta, pero vemos cómo el apóstol resalta aquí la vivencia de las virtudes teologales de la fe, la esperanza y el amor. Se sienten elegidos del Señor y en ellos se ha manifestado la fuerza del Espíritu del Señor que les ha llevado a una convicción profunda.
Vuestra fe en Dios, continuará diciéndoles, había corrido de boca en boca, de modo que nosotros no teníamos necesidad de explicar nada’. Había corrido de boca en boda, de todos era conocida. Esto nos haría preguntarnos, si es así el testimonio de fe que nosotros damos. ¿Se nota de verdad que somos creyentes, unos creyentes convencidos y alegres por nuestra fe?
Siento verdadera lástima cuando contemplo cristianos que se dicen que tienen fe, y andan tristes y como amargados, poco menos que temerosos de que se conozca su fe, y en consecuencia nunca trasparentan esa alegría de la fe. Todo lo más, los vemos siempre con ojos llorosos y llenos de amargura. Algo falla en esa fe.
Finalmente fijarnos en los motivos de acción de gracias al Señor del apóstol por aquella comunidad. ‘No cesamos de dar gracias a Dios porque al recibir la Palabra de Dios, que os predicamos, la acogisteis no como palabra de hombre, sino, cual es en verdad, como palabra Dios, que permanece operante en vosotros, los creyentes’.
Lo que la Iglesia nos trasmite no es una palabra humana, sino la Palabra de Dios. Así tenemos que acogerla. Una Palabra viva, una palabra de salvación, una palabra con poder vivificante para nosotros porque siempre nos llena de vida.
No son simples historias humanas, ni son unos simples consejos moralizantes que recibimos. No nos podemos quedar en eso cuando venimos a escuchar la Palabra de Dios en nuestras celebraciones o cuando nosotros personalmente acudimos a la Biblia para leerla en nuestro corazón. Es algo mucho más hondo.
Es la Palabra de Dios que toca nuestro corazón para darnos vida, para hacernos renacer, para resucitarnos a una nueva vida. ‘Palabra que permanece operante en nosotros’. No es una palabra muerta. No es una palabra que se agote. Tiene fuerza en si misma. Es palabra viva que opera salvación. Una palabra de gracia. Una palabra salvadora. Así tenemos nosotros también que acogerla.

martes, 25 de agosto de 2009

¿Apariencias externas o la solidez el Evangelio?

1Tes. 2, 1-8
Sal. 138
Mt. 23, 23-26


Si tratamos de construir un edificio preocupándonos sólo de los adornos y de la apariencia exterior pero no de su estructura y su cimentación, pronto nos sucedería que se nos vendría abajo. Tenemos que comenzar por una cimentación bien situada y fuerte, una estructura bien organizada, un planteamiento serio de la edificación que queremos construir y a su tiempo vendrán los adornos y toda su apariencia exterior que le den también, ¿por qué no?, belleza al conjunto de la obra.
No estoy queriendo dar lecciones de arquitectura, que de eso sé poco, pero si con los conocimientos elementales pensar lo que en verdad tiene que ser nuestra vida, y de manera concreta cómo fundamentar y estructurar debidamente nuestra vida cristiana, no vayamos a quedarnos en apariencias externas, pero que no tienen un fundamento hondo desde una fe firme en Jesús y su correspondiente conocimiento y vivencia del Evangelio.
Muchas veces nos sucede que nos preocupamos de cosas que no son tan fundamentales y es como si construyéramos la casa por el tejado, y nuestra vida cristiana se puede quedar en apariencia pero con un vacío interior muy profundo. Cuántas energías gastamos, incluso en la vida pastoral de la Iglesia, en cosas que se nos pueden quedar en una apariencia bonita, pero sin llegar en muchos cristianos a una fe honda y comprometida, o, como hemos reflexionado más de una vez, sin ser capaces de dar auténtica razón de nuestra fe y nuestra esperanza.
Es lo que Jesús quería denunciar en la actitud de los letrados y fariseos tal como hemos escuchado en el evangelio de hoy. Estos días, ayer, hoy y mañana, estamos en nuestra lectura continuada del evangelio de san Mateo precisamente en esas invectivas de Jesús contra los fariseos.
¿Quiénes eran los fariseos? Era un grupo socio-religioso surgido en aquellos tiempos en Israel, que destacaba entre otras cosas por el rigorismo en el cumplimiento de la ley llegando a extremos muy exagerados del cumplir la letra de la ley hasta en los más mínimos detalles. Tenían gran influencia social porque muchos de ellos formaban parte del grupo de los letrados o maestros de la ley y también su posición social era de gran influencia en el pueblo llano. Gustaban de aparecer como cumplidores hasta en los más mínimos detalles y que además la gente los considerara y los tuviera en cuenta en todo lo que era la vida social de entonces. Era más propicios a la apariencia y al recibir reconocimientos y alabanzas por parte de la gente, y en consecuencia les faltaba llegar al verdadero espíritu de la ley.
Es lo que Jesús les echa en cara. Y Jesús emplea con ellos palabras duras, porque los llama hipócritas. Hemos de entender el significado de esta palabra. Hipócrita era el que en el teatro griego y clásico para realizar la representación se ponía una máscara delante de la cara, para con ella representar el personaje que le correspondiera. Jesús les dice hipócritas a los fariseos porque se ponen en la vida una máscara de apariencias, mientras su interior está vacío y sucio.
Los llama guías ciegos. ¿Cómo puede un guía ser ciego? Así están ellos, cegados por sus cosas y apariencias, con lo que como dice Jesús al final los dos caerán en el hoyo. Habla Jesús de quien limpia el plato por fuera, mientras por dentro lo deja lleno de suciedad o del sepulcro que se blanquea con cal a su entrada, sabiendo que en su interior todo será podredumbre y muerte.
¿Qué pide Jesús? Autenticidad, rectitud, justicia, amor pero del verdadero. ‘¡Ay de vosotros, letrados y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta, el anís y el comino, pero descuidáis lo más grave: el derecho, la compasión y la sinceridad! Esto es lo que habría que practicar, aunque sin descuidar aquello’.
Obrar rectamente y con justicia, consigo mismo y con los demás, aunque seas exigente contigo mismo, llena tu corazón de compasión y de misericordia para con el hermano; muéstrate con autenticidad en la vida, alejando de ti toda apariencia y disimulo. Purifica tu corazón, no tu apariencia; busca en verdad la gloria de Dios no tu propia gloria. Gasta tus esfuerzos en lo que verdaderamente es importante, que lo demás vendrá por añadidura.
Eso en tu vida personal y eso también en tu trato con los demás. Esto en la profundización que has de tener en tu fe y conocimiento de Cristo y su evangelio, y de la misma manera en lo que pastoralmente has de hacer buscando el bien de los demás para atraerlos de verdad al auténtico camino de Jesús.
¡De cuántas cosas habría quizá que despojarse que no son tan fundamentales en nuestra tarea eclesial para ir a lo verdaderamente fundamental, al espíritu del Evangelio! No gastemos tantos esfuerzos en cosas que no son tan esenciales, y preocupémonos cada día más por un conocimiento auténtico de Jesús y de su Evangelio que dé solidez a nuestra vida cristiana.

lunes, 24 de agosto de 2009

Sentido eclesial y confesión de fe en Jesús como Mesías e Hijo de Dios


Apc. 21, 9-14
Sal. 144
Jn. 1, 45-51



Celebrar la fiesta de los apóstoles siempre nos hace ahondar en el sentido eclesial de nuestra fe. Para el cristiano toda celebración ha de resplandecer siempre por su sentido eclesial. Pero, si cabe, aún más la fiesta de los apóstoles. Nos recuerda el fundamento apostólico de nuestra fe pues que el primer testimonio de la resurrección del Señor de ellos lo hemos recibido.
En esto nos hace ahondar la lectura del Apocalipsis de este día que nos habla ‘de la ciudad santa, Jerusalén, que bajaba del cielo, enviada por Dios, trayendo la gloria de Dios’. Y dicho texto termina hablándonos de ‘los doce basamentos que llevan doce nombres; los nombres de los Apóstoles del Cordero’.
Celebramos hoy a san Bartolomé Apóstol. Con ese nombre aparece en las listas del Colegio Apostólico en los sinópticos y en los Hechos de los Apóstoles, sin embargo Juan nos habla en el texto del evangelio de hoy de Natanael. La tradición de la Iglesia nos los hacen coincidir, Natanael y Bartolomé, en una misma persona.
Reflexionemos en este texto del evangelio que nos propone hoy la liturgia y que podríamos decir nos ofrece la vocación de Natanael y su primera profesión de fe. El hombre honrado y creyente a carta cabal – merece una alabanza de Jesús ‘aquí tenéis un israelita de verdad, en quien no hay engaño’ – que se deja conducir por Felipe, no sin ciertas reticencias, hasta Jesús.
‘Aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los Profetas lo hemos encontrado: a Jesús, hijo de José, de Nazaret’. Ya conocemos la respuesta del futuro apóstol. ‘¿De Nazaret puede salir algo bueno?’ Pero Felipe insiste: ‘Ven y lo verás’. Y se fue a conocer a Jesús, quizá con la mosca detrás de la oreja, pero fue.
Hemos hablado de su rectitud y de su condición de creyente, y lo decimos a partir de lo que Jesús le dice, como ya hemos hecho referencia. Algún momento íntimo de fe – tan íntimo que solo Dios podría conocer – habría vivido y que podría ser a lo que se refería Jesús. ‘Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te ví’. Fue suficiente esta referencia para que hiciera toda una hermosa profesión de fe en Cristo como Mesías Salvador, pero también a Jesús como Hijo de Dios. ‘Rabí, tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel’.
¿Qué enseñanza podemos sacar de todo esto para nuestra vida? Aunque algunos tratan de ocultarlo o de minimizarlo creo que de una forma u otra en momentos determinados hemos podido tener alguna experiencia religiosa especial, alguna experiencia de Dios. En la niñez, en los momentos de la catequesis o de la recepción de los sacramentos, en la juventud por alguna circunstancia especial o ya como adultos habrá podido haber un momento de especial fervor, un momento donde sentimos de manera especial la mano de Dios sobre nuestra vida, una Palabra escuchada, unos hechos acaecidos en nuestro entorno que nos han impresionado y que nos han hecho pensar en Dios, en la fe, en algo trascendente, en la verdad de nuestra propia vida.
No podemos echar en saco roto esas experiencias vividas. Dejémonos sorprender y conducir por el Señor que nos habla de mil maneras y vayamos hasta esa proclamación honda de nuestra fe en Jesús. Felipe sirvió de mediación para que Natanael conociera a Jesús. Natanael luego haría su personal y profunda proclamación de fe en Jesús. Es también nuestro camino, dejándonos conducir por aquellas mediaciones que Dios pone a nuestro lado. Pero pensemos que también nosotros podemos hacer la acción de Felipe para los demás, para ayudar a que otros también vayan al encuentro con Jesús.

domingo, 23 de agosto de 2009

Mis palabras son espíritu y vida

Josué, 24, 1-2.15-18;
Sal. 33;
Ef. 5, 21-32;
Jn. 6, 61-70


El colofón del discurso del pan de vida de Jesús en la sinagoga de Cafarnaún no fue nada exitoso. Si ya habían ido poniendo pegas por no entendían o les costaba aceptar lo que Jesús les decía, ahora vemos que son muchos los que ya no querrán seguir con Jesús. ‘Desde entonces muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con El’.
Aunque tenemos que reconocer que no todo fue negativo, pues esta situación servirá para que se manifestara la fe de Pedro y los Apóstoles y sus deseos de estar siempre con El. ‘¿A quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida terna: nosotros creemos y sabemos que Tú eres el Santo, el consagrado por Dios’. Una profesión de fe de Pedro a Jesús en el evangelio de san Juan en el mismo sentido de lo que los sinópticos nos traen en la confesión de fe en Cesarea de Filipo. ‘Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo’.
Decíamos que los judíos de Cafarnaún no entendían o les costaba aceptar. Sigue sucediendo. Nos cuesta entender. Nos cuesta aceptar las palabras de Jesús. Muchas veces queremos que sean otras, que hubiera dicho otras cosas. También nos pueden parecer duras, difíciles, exigentes… Cuántas veces escuchamos a la gente decir que la Iglesia tiene que cambiar, que tiene que tomar otras posturas o posiciones diferentes en muchas cuestiones que son candentes en la sociedad de hoy. Todo el mundo quiere opinar. Todo el mundo quiere que las cosas sean según su parecer. Es fácil achacar a posturas inamovibles y ultraconservadoras y a falta de progresismo, como se dice hoy.
Habría que ver cuál es el verdadero progreso. Porque si progreso es el eliminar vidas inocentes con el aborto o con la eutanasia, si progreso es contribuir a la destrucción del matrimonio y la familia, la verdad que no entiendo de progreso. ¿Progreso es una cultura de la muerte? ¿Progreso es destrucción de la vida o de la institución de la familia? ¿Progreso es ese permisivismo moral y sexual que se quiere imponer a la sociedad, por emplear unas palabras menos duras? ¿Progreso es querer eliminar a Dios de la vida del hombre, y de la presencia de lo religioso o de los signos cristianos en nuestra sociedad?
Me han salido casi de forma espontánea en mis reflexiones estos pensamientos porque además son cuestiones candentes y muy presentes hoy en nuestra sociedad. Pero partiendo igualmente de lo que les costaba entender y aceptar las palabras de Jesús, también podríamos pensar en otras cuestiones que afectan a la comprensión de la fe.
Les costaba a los judíos entender el misterio de la persona de Jesús y en concreto el misterio de la Eucaristía del que les estaba hablando. Muchas dudas en el orden de la fe y de la comprensión del misterio de Dios nos siguen surgiendo hoy a los cristianos, que por otra parte denotan en muchos casos unas profundas carencias en la formación cristiana y el conocimiento de la fe. Ya nos decía el apóstol que necesitamos saber dar razón de nuestra fe y nuestra esperanza. Y es un fallo que se aprecia en muchos cristianos.
Jesús nos ha hablado, por ejemplo, de vida eterna y de resurrección y esas son cosas que cuesta entender a muchos y que no todos, incluso diciéndose cristianos, llegan a comprender y aceptar. Y así podríamos pensar en muchas otras cosas.
Es necesario una toma de postura clara y valiente desde nuestra fe en Jesús. Y es que no podemos andar a medias tintas. Hay que decantarse, clarificarse. Es lo que de alguna manera Jesús les estaba planteando a los discípulos. ¿Qué es lo que buscamos en Jesús? ¿Simplemente que nos diga palabras bonitas que nos halaguen o no nos molesten? ¡Qué fácil es aceptar los milagros y admirarnos ante ellos, pero cuánto nos cuesta comprender que son signos para nosotros de algo que Cristo nos pide o nos ofrece!
Muchas veces, por otra parte, queremos un cristianismo sin exigencias, a lo fácil y cómodo. Otras sólo creemos en lo que vemos o lo que nos cuadra con nuestros razonamientos preconcebidos. Habrá cosas que nos cueste entender y para eso está el obsequio de nuestra fe. Jesucristo es revelación del Misterio de Dios y del Misterio del amor de Dios para con nosotros. Y a esa revelación que nos hace Jesús hemos de dar respuesta.
Realmente tendríamos que decir que no nos cabe en la cabeza tanta locura de amor como Dios manifiesta por nosotros. Pero si así es tan grande su amor, y bien que nos gusta sentirnos amados, aceptemos su Palabra, aceptemos el plan de vida que El tiene para nosotros y sepamos comprender que con lo que nos pide, nos revela o nos plantea, lo que El quiere para nosotros es salvación y es vida. Hoy nos ha dicho: ‘Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y con todo algunos no creen’.
Que nosotros seamos capaces de dar la respuesta de Pedro. Jesús les había dicho cuando la gente comenzó a abandonarle: ‘¿También vosotros queréis marcharos?’ Es la pregunta a los apóstoles y es la pregunta que también nos hace a nosotros hoy. ‘Tú tienes palabras de vida eterna’, fue la respuesta de Pedro. Nos recuerda lo que se decía en el libro de Josué en la primera lectura. ‘Lejos de nosotros abandonar al Señor… El es nuestro Dios, el que nos sacó a nosotros y a nuestros padres de Egipto, de la esclavitud’.
Lejos de nosotros abandonar al Señor que tanto nos ama. Nos cuenta, nos llenamos muchas veces de dudas. Ahí tiene que estar el obsequio de nuestra fe. ‘¿A quién vamos a acudir?’ Sabemos y creemos. Creemos y queremos seguir con Jesús, llenarnos de vida. Es hermoso. El se ha hecho vida y alimento de nuestra vida. Queremos comerle, porque queremos tener vida eterna, porque queremos que El nos resucite el último día, que nos dé vida para siempre.