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lunes, 30 de diciembre de 2013

Ana hablaba del Niño a todos los que aguardaban la liberación de Israel

1Jn. 2, 12-17; Sal. 95; Lc. 2, 36-40
El pasaje del evangelio sería continuación del que hubiéramos escuchado el día 29 en la lectura continuada, que era la presentación de Jesús en el templo. Hoy se nos habla de aquella anciana piadosa que llena de esperanza en la pronta venida del Mesías acudía todos los días al templo, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones.
El corazón de los sencillos tiene una sensibilidad especial para captar las cosas de Dios. Entre tantos niños que eran presentados en el templo cada día ella reconoce en que tiene en sus brazos el anciano Simeón que allí se están cumpliendo las promesas de Dios. ‘Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del Niño a todos los que aguardaban la liberación de Israel’.
Ancianos eran Zacarías e Isabel, ‘que eran justos ante Dios y caminaban sin falta según los mandamientos y la leyes del Señor’, y se llenaron de las bendiciones del Señor, como hemos venido escuchando en los días anteriores a la navidad, con el nacimiento de Juan, el Bautista. Una anciana nos la pone Jesús como modelo de desprendimiento y generosidad cuando da todo lo que tiene en el cepillo del templo, aunque calladamente porque no ha de saber tu mano izquierda lo que hace la derecha, pero Jesús fijándose en ella y resaltando su generosidad para nuestro ejemplo. Una anciana será propuesta por Jesús en una parábola como ejemplo de oración perseverante y confiada a pesar de que parecía no ser escuchada.
Hoy contemplamos a Simeón y a Ana, piadosos y llenos de fe y de Espíritu Santo, a quienes se les descubre en su corazón los misterios de Dios. Simeón profetizará sobre lo que es y significa aquel niño que es presentado al Señor en el templo y Ana hablará a todos anunciando igualmente que se cumplen las promesas de Dios. ‘Hablaba del Niño a todos los que aguardaban la liberación de Israel’.
Hermosos ejemplos y hermoso testimonio el que se nos ofrece. Cuántas lecciones podemos recibir de los mayores; qué riqueza de vida cuando se ha aprendido a vivir en el temor del Señor queriendo en verdad dar gloria a Dios con todo lo que hacemos, y no apartándonos nunca de los caminos del Señor.
Creo que todo esto  nos puede ayudar a reflexionar en muchas cosas. Porque somos mayores podemos pensar que ya nada podemos hacer, que nuestra vida es casi como un estorbo para los demás y por las discapacidades y limitaciones que nos van surgiendo con los años nos creemos que ya nada podemos hacer ni para nada servimos. Un grave error tener estos pensamientos. Siempre hay unos valores, siempre hay una riqueza en nuestra vida, eso que llamamos la sabiduría de los años, con la que podemos contribuir y mucho a la vida de los demás.
Parecía que Isabel porque era de edad avanzada y estéril nada podía contribuir pero Dios le tenía reservada una gran misión, la de ser la madre del Precursor del Mesías; aquellas otras dos ancianas que hemos mencionado nos ofrecen un ejemplo grande de generosidad y de perseverancia; Ana a quien hoy hemos contemplado en el Evangelio había dedicado su vida a la oración - ‘no se apartaba del templo día y noche’ - y su vida era una continua alabanza al Señor. Ahí tenemos caminos, ahí se nos dan pautas de cuanto podemos hacer y cómo con nuestra oración e intercesión al Señor podemos ser una poderosa palanca que sostenga a nuestro mundo.

Pero aún más, vemos en Ana una misionera, una evangelizadora, porque está anunciando con valentía a todo el mundo la Buena Noticia de la llegada del Mesías. En este mundo que ha ido perdiendo el sentido de religiosidad y de relación con Dios y hasta el sentido cristiano de la vida, el testimonio de unas personas maduras en su fe que nos trasmiten el mensaje de Jesús, puede ser muy valioso. Cuánto podemos hacer en este sentido.      

domingo, 17 de octubre de 2010

Señor, reaviva en nosotros el gozo y la fuerza de la oración


Ex. 17, 8-13;
Sal. 121;
2Tim. 3, 14-4,2;
Lc. 18, 1-8


Una imagen que es todo un mensaje enriquecedor. Hemos contemplado a Moisés con los brazos levantados en alto en la montaña. ‘Yo estaré en la cima de la colina teniendo en la mano el bastón de Dios… tenía los brazos en alto… cuando se le cansaban los brazos a Moisés… Aarón y Jur le sostenían los brazos, uno a cada lado… hasta la puesta del sol’. Es la imagen orante de Moisés al Señor por su pueblo que luchaba en su camino hacia la tierra prometida.
El rico lenguaje de las manos tendidas o levantadas, podemos decir. El pobre nos tiende la mano pidiendo un socorro para su necesidad. Cuando vamos al encuentro del otro tendemos la mano en señal de paz y amistad en el saludo. Recibimos al amigo con los brazos abiertos como señal de acogida y amistad. Y levantamos las manos y los brazos hacia lo alto cuando en nuestra oración suplicamos a Dios o queremos cantar sus alabanzas y acciones de gracias.
Es el signo que emplean todos los hombres religiosos en todas las religiones como expresión de esa súplica confiada a su Hacedor. Es el signo que se repite en la liturgia para expresar nuestra oración a Dios.
Levantamos nuestras manos a Dios y lo queremos hacer con toda fe y con toda confianza. Hoy Jesús quiere enseñarnos a orar con perseverancia y nos propone la parábola que hemos escuchado, para decirnos cómo siempre nos escucha el Señor. Pero es necesaria en nosotros esa confianza, esa fe y esa perseverancia. La súplica perseverante de aquella viuda obtuvo justicia de aquel juez inicuo que no quería escucharla, pero nos dice Jesús ‘¿no hará Dios justicia con sus elegidos, que claman a El día y noche? Yo os digo que os hará justicia con prontitud’. Es la súplica perseverante con los brazos en alto que contemplamos en Moisés en la primera lectura que obtuvo del Señor la victoria para su pueblo.
Pero ¿será así siempre nuestra oración? ¿No nos sucederá a veces que no confiamos, o que no perseveramos lo suficiente? ¿Por qué decae tan fácilmente nuestra oración? Será bueno que nos preguntemos y reflexionemos sobre ello.
¿Qué necesitamos para mantener las manos – el corazón – levantadas en oración? Levantemos el corazón, nos invita la liturgia para que entremos de verdad en oración.
Pero nos cansamos como le sucedía a Moisés y nos puede faltar esa perseverancia. Se nos caen los brazos. Con qué facilidad abandonamos la oración, la dejamos para otro momento que quizá muchas veces no llega. Nos entra quizá el desánimo o la impotencia ante lo que nos rodea o lo que nos sucede que algunas veces nos cuesta comprender. Fácilmente tenemos el peligro de entrar en una atonía espiritual y una frialdad que nos hace abandonar todo. Vivimos una vida superficial demasiado pendiente de lo que está más cerca de nosotros o nos llama fácilmente la atención. Ante lo dura que pueda ser la vida o los problemas que nos afectas nos entra la desconfianza y hasta perdemos la esperanza. Muchos peligros. Muchas veces que se nos caen los brazos y necesitamos tenerlos bien levantados.
Por otra parte en esa superficialidad y materialismo que nos rodea y que nos afecta, perdemos la trascendencia que hemos de darle a la vida; pareciera que los valores espirituales los dejamos a un lado; nos creemos tan poderosos y autosuficientes pensando sólo en lo que podemos hacer que ya nos parece no necesitar a Dios; nuestra fe se nos enfría, puede decaer y se apaga.
Necesitamos quizá descubrir cómo mantener las manos levantadas como Moisés, cómo avivar nuestra fe y nuestra esperanza. Necesitamos aprender a saborear nuestra oración. Suplicamos a Dios desde nuestras necesidades, es cierto, y a El es a quien tenemos que acudir. Pero ¿no será necesario detenernos un poco a considerar lo que verdaderamente es nuestra oración? No la convirtamos solamente en una lista de peticiones que le vamos a presentar al Todopoderoso, como quien va a despachar con un personaje poderoso o influyente del mundo.
Oración es trascendencia porque vamos a encontrarnos a quien estando en lo más hondo de nosotros mismos, en nuestro corazón, sin embargo su inmensidad y grandeza va mucho más allá de lo que nosotros somos o podamos sentir. No podemos dejar de pensar en ese misterio inmenso de Dios en el que queremos sumergirnos cuando vamos a encontrarnos con El en la oración.
Por eso nuestra oración tiene que ser presencia, presencia de un Dios que nos ama como un Padre y que sentimos en nosotros, aunque trascienda nuestra vida con su inmensidad, pero que al mismo tiempo nos llena del gozo más inmenso y más profundo cuando nos sentimos amados. No acudimos a Dios con miedo sino con amor; no acudimos a Dios para sentirnos hundidos en nuestra nada, sino para llenándonos de El sentir como El nos levanta y nos hace sentir grandes porque nos sentimos amados y nos sentimos hijos. Presencia maravillosa de amor de Dios en nosotros de la que ya no querremos separarnos. Por eso el místico se extasía de esa manera en Dios y ya el tiempo no cuenta para él estando con Dios.
Pero nuestra oración es también humildad porque por nosotros mismos nos sentimos pequeños y vacíos, pero será un vacío que nos va a llenar Dios con su inmensidad, con la inmensidad de su amor y su vida. Y de ahí, claro, surgirá la alabanza y la acción de gracias; de ahí surgirá la confianza y seguridad con que nos sentiremos en nuestra oración. Y una oración así ya no será superficial sino que llenará de hondura nuestra vida, porque nos llenamos de Dios.
Será una oración gozosa y llena de paz; será una oración de la que saldremos siempre transformados; será una oración alimento de esperanza, que nos dará coraje y fuerza en nuestra lucha, que nos hará crecer más y más en nuestra amor haciendo que nos sintamos cada día más comprometidos en lo que hacemos y vivimos. Podrán ser muchos los problemas o las cosas que nos pudieran agobiar, pero desde la oración nos sentimos fuertes y nunca perderemos la paz. Con la oración aprenderemos ya a mirar las cosas, la vida, el mundo que nos rodea, los trabajos o las preocupaciones que tengamos con otra mirada.
La oración para nosotros será entonces como el respirar porque ya en cada momento y donde estemos sabremos sentir siempre la presencia de Dios, una presencia inmensa pero una presencia de amor. Será la oración que nos hará crecer de verdad en santidad.
Señor, reaviva en nosotros el gozo y la fuerza de la oración.

sábado, 14 de noviembre de 2009

Oramos siempre sin desanimarnos

Sab. 18, 14-16; 19, 6-9
Sal.104
Lc. 18.1-8


‘Jesús para explicar a los discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola…’ Ya la conocemos y la hemos escuchado. Es la insistencia de la viuda a pesar de la resistencia de aquel juez inocuo que al final para quitarse de encima a la viuda que le importunaba con su petición accede y le hace justicia.
Pero se pregunta Jesús que si así actuamos los hombres, ¿cómo no va Dios a escuchar la súplica que con insistencia le hacemos? Ahí tenemos la primera deducción y enseñanza que podemos sacar de esta parábola. Dios siempre nos escucha.
Pero creo que el texto da para más reflexiones. Jesús quiere que no nos desanimemos en nuestra oración, que seamos insistentes y constantes. Es cierto, primero que nada, que nuestra oración no es sólo pedirle cosas a Dios en nuestras necesidades. Si la reducimos a eso es pobre nuestra oración. Aunque también tenemos que hacerlo y con confianza absoluta en el Señor que nos escucha.
La oración es encuentro vivo con el Señor, diálogo de amor con aquel de quien nos sabemos amados y a quien nosotros queremos también amar. Es importante este punto, fundamental. Es el diálogo del hijo con el Padre, de la criatura con su Creador, del que ha sido redimido con su Redentor. Por eso, como decíamos, diálogo de amor. El nos ama, y nosotros queremos corresponder a ese amor, entramos en diálogo de amor con Dios. Y ahí tenemos ya la motivación más honda para no desanimarnos en nuestra oración.
Jesús quiere que no nos desanimemos sino que seamos constantes en nuestra oración. Siempre ponemos nuestra total confianza en Dios. No nos desanimamos aunque nos parezca que Dios no nos escucha. El Padre siempre escucha a su hijo amado, pero siempre un padre dará a su hijo lo que más le conviene. Así Dios con nosotros. Hay veces que somos egoístas e interesados en nuestra oración. Sólo pensamos en nosotros mismos y que Dios nos satisfaga nuestros caprichos. Por eso hemos de ver bien lo que vamos a presentarle a Dios en nuestra oración. Lo mejor, que invoquemos al Espíritu para que El ore en nuestro interior, nos inspire y nos ponga los mejores deseos. Es que sólo con el Espíritu podemos decir ‘Jesús es Señor’ e invocar a Dios como Padre.
Orar sin desanimarnos. Porque ya no sólo pedimos lo material para nuestra vida, por nuestras necesidades materiales. Pero quizá nos desanime la situación que vemos en nuestro mundo con hambre, con miseria, con tantas injusticias, con tanta falta de unidad y de paz, con tantas divisiones y enfrentamientos. Por eso tenemos que orar.
Todo eso nos abruma. Nos hace dirigir quizá una queja a Dios. ¿Por qué todo eso? ¿Por qué tanta miseria e injusticia? ¿Por qué tanto odio y tanta violencia? ¿Por qué sufren tantos inocentes?
Oramos sin desfallecer y oramos por todos esos problemas que afectan a nuestro mundo. Y oramos por esas personas que los sufren, pero oramos también por los que causan tantos males para que el Señor mueva sus corazones y cambien. Y oramos para que el Señor nos dé un corazón bueno y solidario. Oramos poniendo en la lista de nuestra mente o nuestro corazón a todas esas personas que pasan a nuestro lado, que a nuestro lado sufren y lloran. Y oramos por las personas buenas que hacen el bien, y trabajan por los demás, y luchan por la justicia, y quieren mejorar y cambiar nuestro mundo.
Oramos sin desfallecer porque son tantas las cosas de las que queremos hablar a Dios que nuestra oración se hace interminable. Oramos sin desfallecer aunque nos desanimen nuestros pecados y nuestras infidelidades. Oramos sin desfallecer porque Dios nos está siempre esperando para llenar nuestro corazón con su amor.