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sábado, 30 de julio de 2011

Rompamos la espiral del mal y busquemos la gracia y salvación


Levítico, 25, 1.8-17;
Sal. 66;
Mt. 14, 1-12

Cuando la conciencia no está tranquila y nos acusa del mal que hayamos podido hacer todo son temores y recelos. Es lo que le sucedía a Herodes cuando oyó hablar de Jesús. La luz del bien y del amor ilumina nuestra vida y nos hace ver nuestra cruda realidad. Pero Herodes no había podido soportar los resplandores de esa luz porque su vida está llena de negrura, de maldad.
‘Oyó el virrey Herodes lo que se contaba de Jesús y dijo a sus ayudantes: Ese es Juan Bautista que ha resucitado de entre los muertos, por eso los Poderes actúan en él’. Y el evangelista nos comenta que Herodes había matado a Juan. Le da ocasión al evangelista para narrarnos el hecho del prendimiento de Juan, su estancia en la cárcel y cómo había sido decapitado por orden de Herodes. Ya lo hemos escuchado.
Se enfrentaba la fidelidad y la proclamación de la justicia con la maldad y el pecado. Juan le decía que no le estaba permitido vivir con la mujer de su hermano. El que había venido a preparar los caminos del Señor y exigía rectitud y justicia, pureza de corazón y de vida, amar y generosidad para compartir a aquellos que venían a escucharle y a que los bautizara como signo de su preparación para la llegada del Mesías, ahora denunciaba en Herodes lo que no era justo ni bueno. ‘¿Qué hemos de hacer le preguntaban?’ quienes acudían a él allá en el Jordán.
Y ‘Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel encadenado’. Pero aunque estaba lleno de fuerza por el poder que tenía, sin embargo era débil y lleno de miedos. Un hombre siempre temiendo lo que los demás puedan decir o pensar. Por eso no se había atrevido a matarlo. Por eso dejándose llevar por la pasión en la fiesta promete sin medida ni razón a la hija de Herodías que había bailado para él y su corte en la fiesta de su cumpleaños. ‘Hasta la mitad de mi reino’, se había atrevido.
Fue la ocasión para Herodías. Instiga a su hija para que pida la cabeza de Juan. Vuelven a aparecer sus cobardías, por temor a lo que pudieran pensar sus invitados a causa de lo que había prometido, mandó decapitar a Juan. Molesta la luz; molesta el justo; su vida recta es un reproche para nuestra vida malvada, ya nos decían los sabios del antiguo testamento. Por eso, en lugar de arrancar el mal de nuestro corazón, queremos más bien hacer desaparecer eso bueno que tenemos como en un espejo delante de nosotros y que viene a denunciar lo malo que hay en nosotros.
Cuando nos metemos en el camino del mal y del pecado las cosas se suceden como en una cascada continua que nos van hundiendo más y más en el pecado y la muerte. Un abismo llama a otro abismo. Es lo que le sucedió a Herodes. Cómo tendríamos que aprender nosotros a romper esa espiral de mal que nos acecha continuamente con la tentación y el pecado. Nos cuesta levantarnos, decir no, rehacer la vida.
Que no nos ciegue el mal; que no nos domine la pasión; que sepamos superar nuestras cobardías y debilidades, que busquemos siempre lo bueno aunque nos cueste, que seamos capaces de reconocer también el mal que hayamos dejado meter en nuestra vida y vayamos hasta quien puede sanarnos, hasta quien puede salvarnos. Acudamos a Jesús nuestro médico divino, nuestro salvador y redentor. Que busquemos su gracia siempre. El siempre está dispuesto a regalarnos su perdón y su gracia.

viernes, 29 de julio de 2011

Apertura mutua y leal del corazón para sentirnos bien como en el hogar de Betania

Lc. 10, 38-42

Al escuchar los pasajes del evangelio que nos hablan de Betania en esos distintos momentos en que Jesús se encontró con aquella querida familia de Marta, María y Lázaro, mi imaginación se ha echado a volar para querer contemplar tan hermoso lugar y tan maravillosas escenas.

Un largo patio, como el de nuestras casas canarias de nuestros campos, con alguna palmera en cualquier lugar, una enredadera o parral que da sombra y cobijo a los asientos hechos quizá en los mismos muros que lo rodean, un pozo con su brocal y lo necesario para sacar el agua fresca del abastecimiento y más allá casi como una celosía un olivo a través del cual se enmarca el paisaje de los campos que rodean la casa; un portalón que da al camino, pero siempre medio abierto como siempre han estado abiertos en nuestras casas para que entren y salgan los vecinos, o cualquiera que pase por el camino se pueda detener a conversar con los que allí habitan.

No podemos olvidar que este dulce hogar de Betania está junto al camino que sube desde Jericó y se dirige a Jerusalén a través del cercano monte de los olivos desde el que ya se divisaría la ciudad. Cuántos se detendrían en aquel hogar siempre abierto y acogedor que ofrecería agua y descanso reconfortante al caminante. ¿Sería así cómo se entablaría la amistad de Jesús y sus discípulos con aquella familia? Sí sabemos que en muchas ocasiones, estando en Jerusalén o de paso por el camino, allí Jesús se detendría, como nos describe el evangelio que hoy hemos escuchado.

Quizá me detenga tanto en esta descripción porque es algo que hoy echo de menos en nuestras casas. Pasas por caminos y calles y no ves sino puertas y ventanas cerradas hasta con las persianas fechadas, como si nadie viviera tras aquellos muros. ¿Los miedos de nuestra vida moderna tan llena de violencias? ¿La desconfianza que tenemos siempre ante los demás sobre todo si son extraños o desconocidos?

Algo nos puede estar pasando porque así cerramos tras el miedo, la desconfianza y nuestros egoísmos insolidarios no sólo las puertas y ventanas de nuestras casas, sino lo que es peor las puertas y ventanas de nuestra vida. Es que la vida nos hace ser así, nos puede decir alguien. Pero yo me pregunto si quienes creemos en Jesús y ponemos como lema de nuestra vida el amor es así cómo tenemos que reaccionar ante el extraño. Fijémonos, si no, cómo caminamos por nuestras calles donde cada uno va a lo suyo y ya ni miramos al que se cruza con nosotros y quizá pueda estar deseando venir a nuestro encuentro.

Son cosas en las que me hace pensar este evangelio que estamos comentando en la fiesta de esta santa que destacó precisamente por su hospitalidad y la apertura de su corazón. En aquella casa quien llegaba a ella podía sentirse a gusto. Los afanes de Marta quizá por una parte para tenerlo todo preparado, pero la capacidad de escucha de María que no se perdía una palabra de Jesús aunque le valiera los reproches de su hermana, eran las señales de la confianza y de la acogida que allí se ofrecía.

Así se sentiría a gusto Jesús con una acogida tan hermosa. Así llegaría Jesús a llorar con ellas en su sufrimiento y desolación en la muerte de Lázaro. ‘Mira, cómo lo quería’, dirían los judíos cuando vieron caer los lagrimones por el rostro de Jesús ante el sepulcro de su amigo Lázaro. Qué hermosa comunión de amistad y de amor sincero y leal se estableció entre aquella familia y Jesús, que le hacia ser tan solidario con ellos.

¿No nos dice nada todo esto a nosotros? Creo que un primer mensaje que nos está dejando es que aprendamos a sentirnos a gusto los unos con los otros. Nos sentimos a gusto con alguien cuando nos encontramos con una mirada limpia que expresa un corazón leal y sincero, cuando somos sinceros en lo que nos decimos o manifestamos y no andamos con disimulos y reservas, cuando hay un buen corazón que sabe entrar en sintonía con el otro y es capaz de ofrecerle lo mejor en una ayuda o en un compartir, o hacer sinceramente solidario en los malos momentos.

No es sólo que yo me sienta a gusto con los otros porque sepan ofrecerme esa acogida, sino que los otros puedan sentirse a gusto conmigo porque yo sepa ir con un corazón leal y abierto hasta los demás. Desterremos las reservas y las desconfianzas, que muchas veces pueden nacer de nuestros orgullos o de la envidia que nos corroe por dentro y llega a romper la más hermosa amistad; desterremos todas esas actitudes que tan lejos están del espíritu del evangelio y que entonces tienen que estar lejos también de nuestro sentido cristiano, de nuestra manera de comportarnos como cristianos.

A estas alturas de nuestra reflexión quizá alguien podría preguntarse si en sólo en esto se queda el mensaje que podemos deducir hoy de esta fiesta de santa Marta. Aunque no dijéramos nada más, creo que de estos valores humanos estamos bien necesitados en nuestra convivencia diaria que se ve afectada continuamente por muchas cosas que la hacen difícil y casi imposible en ocasiones. Si a partir de esta reflexión comenzamos todos a poner un poquito de cada parte para que así nos sintamos más acogidos, comprendidos, ayudados mutuamente en nuestras necesidades o problemas, bendeciría y daría gracias a Dios de todo corazón que va haciendo crecer el amor en nuestros corazones. Y esto es mensaje del evangelio.

Podríamos fijarnos también en la fe y la esperanza profunda que se manifiestan en la vida de santa Marta. Aquellos encuentros con Jesús habían caldeado fuertemente su corazón en esa fe y en esa esperanza que la expresa con rotundidad en los momentos difíciles por los que tuvo que pasar en la enfermedad y muerte de su hermano Lázaro. Aunque con emoción manifiesta sus quejas a Jesús por su ausencia física a pesar de sus avisos – ‘si hubieras estado aquí no hubiera muerto mi hermano’ - proclama sin embargo su fe en Jesús. ‘Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el que tenía que venir al mundo’, es el grito de su fe que le sale hondo del alma.

Pero una fe llena de esperanza, ‘sé que mi hermano resucitará en el último día’. Significa eso la trascendencia con que vivía su vida en la esperanza de la vida eterna. No era fácil en aquellos momentos, por una parte porque en las corrientes de pensamiento judías no todos lo tenían claro, y por otra parte porque eran momentos difíciles y de dolor por los que estaba pasando. Pero allí estaba su fe y su esperanza.

Que se mantenga firme nuestra fe, que se reanime nuestra esperanza. No nos puede faltar por muy duros que sean los momentos por los que tengamos que pasar. Tampoco nos podemos dejar influenciar por un mundo de increencia y falto de esperanza que haya a nuestro alrededor.

Nos vemos débiles, nos acecha el sufrimiento muchas veces en la enfermedad, en nuestros cuerpos doloridos, los problemas que van surgiendo en la vida nos agobian bien porque nosotros lo pasemos mal, o porque por la situación de la sociedad en la que vivimos, vemos que muchos lo están pasando mal.

No se puede debilitar nuestra fe, no podemos perder la esperanza. Creemos en Dios que es Padre bueno que nos ama y no nos abandona. Dejémonos conducir por El que nos hará ver la luz. Cuando Jesús llegó junto a la tumba de Lázaro y al pedir que la abrieran alguien le dijo que allí olía mal, porque Lázaro llevaba cuatro días enterrado. Muchos olores de muerte, de mal, de egoísmo, de violencia y de tantas cosas puede haber a nuestro alrededor. ‘¿No te he dicho que si tienes fe verás la gloria de Dios?’ dijo Jesús a quienes ponían obstáculos.

Nos hace falta esa fe cuando nos enfrentamos a todos esos problemas o a esa situación que contemplamos en nuestro mundo. La gloria de Dios está por encima de todo eso y si tenemos fe se va a manifestar esa gloria del Señor. El mundo para nosotros no es un túnel oscuro y sin salida, porque tenemos la luz de Jesús que nos ilumina y nos llena de esperanza.

Hemos querido escuchar con corazón abierto la Palabra del Señor en esta fiesta y recoger ese hermoso mensaje para nuestra vida que a través de san Marta también llega a nuestra vida. Pero también nuestra fiesta tiene que ser una acción de gracias a Dios. Queremos dar gracias al Señor porque ese mensaje nos llega también plasmado en unas vidas que están a nuestro lado, en un estilo de hacer, y en todo lo que representa este Hogar como un lugar en que nos sentimos acogidos, donde son de manera especial acogidos tantos ancianos y ancianas para no sentirse solos ni abandonados, para sentir el calor de ese cariño y esa atención que aquí se les presta. Pero creo que todos los que tenemos una relación con las Hermanitas y estos centros podemos decir que experimentamos en nosotros ese cariño, esa atención y esa acogida para sentirnos siempre bien cuando por un motivo u otro nos acercamos por aquí.

Santa Marta es abogada e intercesora bajo cuya protección están puestos todos los hogares de las Hermanitas; santa Marta es también ese modelo que quieren copiar en sus vidas quienes se han consagrado al Señor para la acogida, la atención y el cuidado de los ancianos y ancianas. Por todo ello tenemos que dar gracias a Dios al tiempo que pedimos la bendición del Señor para cuantos hacen posible la existencia de estos hogares.

Que el Señor las bendiga para que no les falte nunca ese cariño y ese amor tan carismático en sus vidas.

Que el Señor las bendiga para que en la generosidad de muchos haga posible que no falten los recursos para que obras así se puedan seguir realizando y se puedan mantener.

Que el Señor las bendiga suscitando numerosas vocaciones para este carisma tan especial de la atención a los ancianos y ancianas.

Que el Señor nos bendiga a todos y sintamos la protección y el ejemplo de santa Marta para que siempre hagamos que todos también se sientan bien a nuestro lado por esa sinceridad y lealtad de nuestro corazón.

jueves, 28 de julio de 2011

¡Qué deseables son tus moradas…!

Ex. 40, 16-21.34-38;

Sal. 83;

Mt. 13, 47-53


‘¡Qué deseables son tus moradas, Señor de los Ejércitos!’ Lo hemos repetido en el salmo. Es la expresión del deseo de todo verdadero creyente. Estar con el Señor. Vivir en la gloria de Dios. ‘Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor, mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo’.
Este responsorio y este salmo lo hemos ido recitando, como respuesta de oración a la Palabra proclamada, después de escuchar la descripción que el libro del Exodo nos ha hecho del Santuario del Señor construido por Moisés allá en medio del campamento. Pero ese santuario material, con toda su suntuosidad, con toda la riqueza con que era adornado, porque era para el Señor, es imagen del Santuario de los cielos. Es la imagen terrena que nos recuerda esa presencia del Dios en medio de su pueblo, repito, imagen del Santuario del cielo. Allí está el verdadero y auténtico santuario de Dios.
Todo para manifestar y expresar la gloria del Señor. Porque ¿qué es el cielo? No nos quedamos en un lugar fisico, porque al estar hablando de la presencia de Dios estamos hablando de algo espiritual. El cielo es Dios, es estar en Dios, vivir a Dios en plenitud, gozar de la gloria de Dios. Humanamente mientras caminamos por la tierra necesitamos de esos templos materiales, de esos santuarios que nos manifiesten esa gloria de Dios, nos hagan presente esa gloria del Señor, nos recuerden esa presencia de Dios en medio nuestro. Es una imagen, pues, porque la presencia y la gloria del Señor no la podemos encerrar en ningun templo material. Es algo mucho más profundo e intenso con toda la inmensidad que es Dios.
Eso era, significaba, aquel Santuario levantado por Moisés allí en medio del campamento de Israel. Era la tienda del encuentro, aquel lugar que ‘cuando la nube se posaba sobre él la gloria del Señor llenaba el Santuario’. Esa presencia de la gloria del Señor estaba siendo quien en verdad guiase al pueblo en su peregrinar. Todas las imágenes con que se describe de eso nos están hablando. ‘Cuando la nube se alzaba del Santuario, los israelitas levantaban el campamento en todas sus etapas… de día la nube del Señor se posaba sobre el Santuario, y de noche el fuego, en todas sus etapas, a la vista de toda la casa de Israel’. Era la señal cierta de cómo Dios estaba con ellos.
Cuando ya se establezcan definitivamente en el territorio de Canaán David querrá levantar un templo para el Señor, pero será su hijo y sucesor Salomón el que lo podrá construir. Pero ya sabemos cómo Cristo nos viene a decir que El es el verdadero templo de Dios, porque es la más grande, la más intensa, la más maravillosa presencia de Dios en medio nuestro, Emmanuel, Dios con nosotros, para nuestra vida y salvación.
Seguimos nosotros levantando templos materiales pero ya sabemos siempre que son imagen del templo celestial. Todo a imagen de Cristo, por eso nuestros templos se convierten también en signos de Cristo en medio de nuestro mundo. Seguimos aspirando a habitar en las moradas del Señor, pero ya sabemos nosotros que ese habitar en las moradas del Señor es habitar en Dios. Así centramos nuestra vida en Cristo y en El y por El siempre queremos vivir. Nuestro vivir ya no será otro que vivir a Cristo, o que Cristo viva en mí. Por lo que nosotros, como hemos reflexionado recientemente, nos convertidos en esos templos del Espíritu, en esa morada de Dios.
El templo sigue siendo para nosotros ese Santuario de Dios, ese lugar sagrado que es ‘Tienda del Encuentro’, lugar del encuentro con el Señor porque allí escuchamos de manera especial su Palabra y celebramos el culto a Dios viviendo los sacramentos. El templo sigue siendo en medio de nosotros ese signo de la presencia de Dios, pero que nos habla de ese Santuario en plenitud de los cielos que todos deseamos un día poder habitar.
‘¡Qué deseables son tus moradas, Señor de los Ejércitos!’ Cuánto deseamos estar con el Señor. vivamos esa santidad que nos llena de la gracia del Señor y sentiremos en verdad cómo Dios habita en nosotros, somos esa morada de Dios y ese templo del Espíritu.

miércoles, 27 de julio de 2011

El rostro resplandeciente de Moisés manifiesta la gloria del Señor


Ex. 34, 29-35;

Sal. 98;

Mt. 13, 44-46

Se suele decir que la cara es el reflejo del alma; lo que sí tenemos la experiencia todos es que cuando a alguien le ha sucedido algo agradable, ya recibido una buena noticia, o algo así, no lo puede ocultar y refleja en su rostro lo que le ha sucedido; se manifiesta radiante, sonriente, le brillan los ojos como suele decirse; y lo mismo lo contrario, cualquier contratiempo o mala nueva que se reciba nos hace estar con un gesto adusto y serio que denota enseguida lo que nos está sucediendo por dentro. Qué gusto da encontrarse con rostros sonrientes, con miradas brillantes, con expresiones agradables que nos hacen sentirnos más y mejor acogidos en nuestro encuentro.

El texto del Exodo nos habla de ese rostro radiante y resplandeciente de Moisés cuando bajaba del Sinaí después de su encuentro y diálogo con Dios. ‘Cuando Moisés bajó del monte Sinaí con las dos tablas de la alianza en la mano, no sabía que tenía radiante la piel de la cara, de haber hablado con el Señor’. Y como nos dice a continuación los israelitas no se atrevían a acercarse a Moisés.

En el rostro de Moisés resplandecía la gloria de Dios. No era para menos. Podemos darnos o buscar explicaciones humanas de cómo sería ese resplandor, pero lo importante es lo que se nos quiere expresar con este hecho. Moisés era un hombre de Dios, al que se le manifestaba el Señor. Ya desde el Horeb en medio de la zarza ardiente Dios lo había llamado y enviado para que liberase a su pueblo de Egipto. Ahora con la fuerza y el poder de Señor había de conducirlo hasta la tierra prometida. Allí al pie del Sinaí se iba a realizar la Alianza y Dios les dio su ley. ‘Bajó del monte con la dos tablas de la ley’, que nos dice el texto sagrado.

¿Cómo no iba a resplandecer el rostro de Moisés después de estar en la presencia de Dios? Iba lleno de Dios; iba con la fuerza del espíritu divino y eso tenía que reflejarse. En ello el pueblo de Dios ve la cercanía de Dios, la presencia de Dios que ha escogido a Moisés para esa misión de conducir al pueblo peregrino hacia la tierra prometida.

Al reflexionar sobre esto me hace recordar al Tabor. Lo vamos a recordar y celebrar también dentro de pocos días. Allí se manifestó la gloria de Dios en Jesús que era verdaderamente el Hijo de Dios. Su rostro resplandecía como el sol, sus vestiduras eran de un blanco deslumbrador; la voz del Padre desde el cielo lo señalaba como su Hijo amado a quien hemos de escuchar. Resplandecía Jesús, verdadero Hijo de Dios al mismo tiempo que verdadero hombre, mostrando y manifestando la gloria de su Divinidad.

Pero esto nos puede llevar a varias reflexiones en torno a nuestra vida. Desde nuestro bautismo Dios ha querido habitar en nuestro corazón, convirtiéndonos en verdadera morada de Dios y templos del Espíritu. La gracia divina nos ha divinizado, valga la expresión, cuando nos ha hecho hijos de Dios.

En una ocasión oí contar cómo alguien – no recuerdo el nombre y alguien de una fe grande tenía que ser – se ponía de rodillas delante de su niño recién nacido y recién bautizado,decía él, para adorar la Santísima Trinidad de Dios que moraba en el alma de aquella criatura. Creía en la presencia de Dios en nuestra alma por la gracia, y cómo no iba a estarlo en aquella criatura recien bautizada que aun no había sido manchada por ningun pecado personal. Es algo hermoso. Así tiene que resplandecer nuestra alma con la presencia de Dios en nosotros limpios de pecado.

Y el otro pensamiento que os ofrezco desde esta reflexión es cómo nosotros tendríamos que salir con nuestro rostro resplandeciente después de estar en oración con Dios. Estamos en su presencia y nos llenamos de Dios. Con rostro brillante y resplandeciente tendríamos que terminar nuestra oración. ¿No ha sido un gozo y una dicha el poder estar unidos a Dios en la oración? Lo mismo tendríamos que decir después de celebar los sacramentos, ya sea el Sacramento de la Penitencia donde restauramos la gracia perdida por el pecado al recibir el perdón, o ya fuera después de celebrar la Eucaristía y haber comulgado el Cuerpo de Cristo. Eso tendria que reflejarse de verdad en nuestra vida.

Que nuestra vida resplandezca siempre porque estamos llenos de la gracia de Dios.

martes, 26 de julio de 2011

Un recuerdo agradecido a nuestros mayores



hace tres años en este dia
comencé este blogs
que he mantenido con fidelidad cada dia.
pero agradezco la fidelidad de cuantos lo leen
y lo difunden entre los amigos.
bendito sea el Señor
gracias a todos

Ecles. 44, 1.10.15; Sal. 133; Mt. 13, 16-17

En este día 26 de julio celebramos la fiesta de san Joaquín y Santa Ana, los padres de la Virgen María y, en consecuencia, los abuelos de Jesús. Es una fiesta litúrgica de larga y secular tradición aunque los nombres de los padres de la Virgen no tienen ningún fundamento histórico basado en los evangelios. Más bien aparecen en los llamados evangelios apócrifos – los no reconocidos por la Iglesia desde siempre como canónicos e inspirados – pero que en la tradición de la Iglesia, sobre todo en la Iglesia oriental la fiesta de estos dos santos tiene honda raigambre.

La liturgia de la Iglesia los recuerda y celebra en este día, en una sola fiesta después de la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II, y de alguna manera nos hacen recordar a cuantos mantenían viva la esperanza de Israel de la venida del Mesías y su pronto nacimiento. Por eso en el evangelio aparecen esas palabras de Jesús recordando a cuantos desearon ver el día del Mesías del Señor. ‘Muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron, oír lo que oís y no lo oyeron’.

Nos pueden recordar a otros ancianos que aparecen en el evangelio, Simeón y Ana que llegan al templo en el momento de la presentación de Jesús en el templo y de los que se nos dice que aguardaban ‘el consuelo de Israel… y alababan a Dios y hablaban del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén’.

Esta fiesta de los abuelos de Jesús ha sido ocasión y motivo para que desde hace unos años en este DIA celebramos el día de los abuelos, de nuestros mayores. Un día bonito para ello, que bien merecen nuestros mayores ese recuerdo agradecido y lleno de amor de las generaciones jóvenes que los seguimos.

¡Cómo no recordarlos y rendirle el homenaje de nuestro amor sin cuánto somos en fin de cuentas de ellos lo hemos heredado! No podemos dejarnos arrastrar por el vendaval de una sociedad desagradecida y que no quiere recordar cuanto de bueno recibimos de nuestros mayores. Los más jóvenes nos creemos autosuficientes y orgullosos pensando que lo somos o a donde ha llegado nuestra sociedad es sólo fruto nuestro. Si nuestros padres y mayores con su entrega, amor y sacrificio no hubieran puesto los cimientos que pusieron con su trabajo, con la educación que nos dieron en la medida que supieron hacerlo el edificio que hoy habitamos de nuestra sociedad, o el edificio de nuestra vida no sería tan hermoso.

Pienso que una primera cosa que tendríamos que hacer es darle gracias a Dios por los padres que tuvimos, por los mayores que pusieron cimientos de lo que es hoy el edificio de nuestra vida. Gracias a Dios porque es mucho lo bueno que de ellos recibimos. Darle gracias a Dios por el cariño que nos dieron, los sacrificios con que vivieron su vida para poder darnos a nosotros lo que ahora somos o hemos alcanzado. Y gracias a Dios también por la fe que de ellos recibimos.

Darle gracias a Dios y aprender de ellos esa capacidad de sacrificio que quizá ahora muchas veces no tenemos porque todo nos puede parecer más fácil o porque vivimos en una sociedad de más facilidades y comodidades. Confieso que muchas veces pienso, al recordar cómo se vivía en mi niñez o en mi juventud con la escasez de medios que entonces había cómo nuestros padres hicieron para que no nos faltara la comida o no nos faltara lo necesario para nuestra educación. Son cosas que tenemos que valorar de nuestros mayores. Y darle gracias a Dios por ello.

Cuando damos gracias a Dios por todo eso y mucho más que podríamos recordar, estamos queriendo darle gracias a ellos, daros gracias a vosotros, nuestros mayores rindiéndoos homenaje de amor por cuanto hicisteis por nosotros.

Y queridos abuelos y abuelas, os invito a que también vosotros deis gracias a Dios, por vuestra vida, por vuestros trabajos y sacrificios, por todo ese amor que pusisteis para levantar ese edificio de nuestra sociedad, ese edificio de vuestras familias. Dadle gracias a Dios porque Dios estuvo a vuestro lado dándoos fuerza en tanto sacrificio, en tantos trabajos por los que tuvísteis que pasar en momentos quizá duros de vuestra vida.

Dadle gracias al Señor porque habéis llegado a este momento de vuestra vida, con vuestros muchos años, y a pesar de los achaques, debilidades, enfermedades que ahora padecéis. Siempre hay a vuestro lado alguien que os quiere, vuestros familiares o quienes os atienden y nos os veis abandonados. Quisierais hacer muchas cosas o pensáis que vosotros haríais las cosas de otra manera, pero no os atormentéis. Un día sembrasteis en el surco de la vida, ahora les toca a otros seguir con la sementera.

Vivid con intensidad vuestros días y seguir legándonos tantas lecciones que con vuestra vida sabia podéis seguir ofreciéndonos con vuestra paciencia, con vuestro cariño, también con vuestro consejo, o con tantas cosas buenas que podéis seguir haciéndonos. Porque os sintáis débiles no os sintáis inútiles porque ya vuestra vida es un testimonio y una lección valiosa para nosotros. Cada momento de la vida tiene su fortaleza o su debilidad, pero la riqueza de vuestra vida está por encima de esas fortalezas o debilidades.

Y además si sabéis ofrecer vuestras vidas al Señor podéis ser una riqueza de gracia grande para nosotros, para nuestro mundo, para la Iglesia. A los ojos de Dios vuestra vida es valiosa. Vuestros sacrificios, vuestras oraciones, lo que le ofrezcáis al Señor se puede convertir, se convierte en gracia para nosotros.

Gracias, queridos mayores, abuelos y abuelas todos. Que Dios os bendiga y dadnos también vuestra bendición.

lunes, 25 de julio de 2011

Hagamos como discípulos el camino de Santiago



Hechos, 4, 33ss;

Sal. 66;

2Cor. 4, 7-15;

Mt. 20, 20-28

‘Venid conmigo y os haré pescadores de hombres’. Es el primer momento en que nos aparece Santiago, el hijo del Zebedeo en el evangelio. Estaban repasando las redes Juan y Santiago en la barca cuando pasó Jesús e hizo la invitación. Y dejando a su padre con los jornaleros se marcharon con Jesús. Comenzaron a ser sus discípulos.

Celebramos hoy la fiesta de Santiago Apóstol. Para nosotros, españoles, una fiesta importante, porque la tradición nos habla de su predicación en nuestra tierras hispanas, y porque en Compostela tenemos su sepulcro de veneración secular, y punto de encuentro durante los siglos para los peregrinos de toda Europa que acudían a su tumba.

Comenzaron a ser discípulos, decíamos. Comenzaron a seguir a Jesús. Discípulo es el que sigue a un maestro. Discípulos de Jesús porque seguimos a Jesús, nos ponemos en camino tras El. Seguir a Jesús para ser sus discípulos nos está hablando de eso, precisamente, de ponernos en camino. No es sólo un camino físico, sino que es algo más hondo, más vital, podíamos decir.

Estaban con Jesús, escuchaban a Jesús, veían la vida de Jesús, amaban a Jesús y a El no sólo querían seguirle sino también imitar su vida, parecerse a El. Es lo que hacen los discípulos con el maestro. Así ellos con Jesús. Y en el evangelio vemos como a ellos en particular les enseña, les exhorta, les corrige, les anima a dar pasos.

El texto que hoy escuchamos en el evangelio del día es una buena muestra de lo que estamos diciendo. Allí están ellos con su vida, con lo que pueden ser también sus ilusiones humanas, con sus deseos, pero allí está Jesús para iluminar, para corregir y enderezar. Quieren primeros puestos, ellos o la madre porque las madres siempre quieren para sus hijos grandes cosas, pero Jesús les hace comprender por donde van los primeros puestos en su reino.

Hablan de seguir a Jesús, porque para eso se han puesto en camino, se han hecho sus discípulos, y Jesús les pregunta si están dispuestos a seguirle también en la cruz, en la pasión, en el cáliz que El ha de beber. ‘No sabéis lo que pedís. ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?’ En Santiago y Juan hay disponibilidad y generosidad, como siempre la hubo, porque un día lo habían dejado todo para seguir a Jesús. ‘Podemos’, responden.

Y el cáliz sí lo han de beber, pero los primeros puestos van por otro lado. Precisamente hoy estamos celebrando su martirio, que lo hemos escuchado también en los Hechos de los Apóstoles. Quiso ser ocupar los primeros puestos, y sería el primero de los apóstoles en dar la vida por el nombre de Jesús. Cuando los otros discípulos se ponen muy reticentes con sus celos y en cierto modo envidias Jesús hablará del servicio, del hacerse el último, de ser servidores de todos que es nuestra verdadera grandeza, que son los primeros puestos que siempre han de ocupar los que son verdaderos discípulos que siguen a Jesús.

Es el camino que los discípulos van haciendo con sus dificultades, es cierto, pero con la luz del Señor que les acompaña. Y es nuestro camino, el camino de los discípulos, el camino de los que queremos seguir a Jesús. Por ahí tiene que ir el mensaje que recibimos en esta fiesta del apóstol Santiago.

Tenemos que hacer el camino de Santiago. Quizá quien me escuche piense que ahora tenemos que ir a hacer aquellos caminos que desde toda Europa atravesando la península ibérica llevaban a la tumba del apóstol. No me refiero precisamente a ese camino geográfico aunque para los que lo hacen desde el auténtico sentido de peregrinos es una gran experiencia espiritual que transforma los corazones. Los que lo hacían iban desde un sentido penitencial buscando el perdón de sus pecados, o desde ese sentido espiritual de búsqueda allá en lo más hondo de sí mismos de su ser o del sentido de su vida para encontrarlo en Dios. No era una simple aventura, como algunas veces se nos quiera hacer creer en libros y publicidades, aunque hubiera algunos que lo hicieran desde ese sentido y lo hagan hoy también lejos de toda experiencia espiritual. El verdadero peregrino buscaba algo más hondo.

Pues bien, en ese sentido digo que hagamos el camino de Santiago queriendo hacer ese recorrido espiritual de búsqueda de un verdadero seguimiento de Jesús, de hacernos verdaderamente sus discípulos. Nos ponemos también con nuestra vida ante el Señor y nos dejamos guiar para seguirle. Como lo hicieron los discípulos de Jesús, como lo hizo Santiago. La fuerza de su Espíritu nos irá iluminando, nos irá haciendo comprender el sentido más hondo de todo, nos irá haciendo sentir allá en lo hondo de nuestro corazón esa voz de Dios que nos habla, nos corrige, nos endereza el camino, nos ilumina, nos va llenando poco a poco de Dios.

¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber? nos pregunta también a nosotros. Que haya esa disponibilidad para seguirle, para arrancarnos también de nuestras redes y barcas que nos atan a muchas cosas, para amar y servir con su mismo amor y con su mismo estilo de servicio. Que seamos verdaderos discípulos de Jesús.

domingo, 24 de julio de 2011

Va a vender todo lo que tiene para poder conseguir el tesoro escondido


1Rey. 3, 5.7-12;

Sal. 118;

Rm. 8, 28-30;

Mt. 13, 44-52

Hay cosas y acontecimientos que suceden en la vida y en la historia que dejan una huella, que se convierten en trascendentes incluso para la vida o para la historia de la humanidad. Un hecho especial que nos sucede en la vida, un descubrimiento científico, un hecho que pudiérmos considerar histórico para la humanidad, y así muchas cosas en todos los órdenes que nos producen un impacto grande y que pueden marcar y cambiar la vida. A partir quizá de ese momento, de ese descubrimiento o de ese acontecimiento ya las cosas no son igual.

Hoy Jesús en las parábolas escuchadas nos está diciendo que eso tiene que ser para nosotros el Reino de Dios, el evangelio, la propia presencia de Jesús en medio nuestro. Es el tesoro escondido y encontrado, es la perla más preciosa por lo que hemos de saber dejarlo todo. Parábolas las hoy escuchadas que nos pueden parecer pequeñas y hasta insignificantes pero que tienen, creo, un mensaje muy profundo e importante. Nos está hablando Jesús de la radicalidad con que hemos de hacer opción por El, por el Reino de Dios, por la Buena Noticia que nos anuncia. Tanto, como para venderlo todo para conseguir ese tesoro; tanto, como para darle totalmente la vuelta a la vida para vivir ese Reino de Dios que Jesús nos anuncia.

Nos sucede sin embargo a los cristianos que tenemos el tesoro y no sabemos valorarlo. Nos hemos acostumbrado – mala costumbre, tendríamos que decir - a eso de que somos cristianos desde siempre porque desde pequeño nos bautizaron y todo esto lo escuchamos una y otra vez que luego ya el evangelio no significa novedad para nosotros; no nos sentimos sorprendidos por el mensaje del Evangelio.

Cuando nos cuentan quizá que una persona que nosotros conocíamos de siempre ha cambiado su vida porque en el evangelio ha encontrado una nueva luz para su existencia y que ahora está queriendo vivir con una mayor intensidad y hasta radicalidad lo que le pide el Señor, quizá nos miramos extrañados preguntándonos qué es lo que le habrá pasado a esa persona para ese cambio. Pues sencillamente eso, que se ha encontrado con la perla preciosa, con el tesoro escondido del Evangelio que ha tenido siempre delante de sus ojos, como lo tenemos nosotros, pero que hasta entonces no le había hecho caso y ahora sí lo ha descubierto.

En otros momentos del evangelio escuchamos mensajes en este sentido a los que muchas veces no le damos toda la importancia y la profundidad que tienen. Por ejemplo, cuando Jesús comienza a hacer el anuncio del evangelio habla de conversión. Nos hemos acostumbrado a esa palabra y quizá la recordamos un poco más en el tiempo de la cuaresma. Pero es que Jesús nos está diciendo que creer en esa Buena Noticia del Reino que nos anuncia, significa darle una vuelta total, radical a nuestra vida. No es decir creo en el Reino de Dios y las cosas siguen igual, mi vida sigue igual.

Cuando vemos, por ejemplo, que a aquel joven que le pregunta qué es lo que tiene que hacer para heredar la vida eterna – una referencia al reino de Dios – Jesús le pide que venda todo lo que tiene para que tenga un tesoro en el cielo y le siga. Es serio lo que Jesús le está planteando. Nos quedamos tan tranquilos pensando, bueno, era rico y no fue capaz de desprenderse de sus riquezas. Pero es que ahí se está manifestando lo que hoy nos enseña la parábola. Aquel agricultor o aquel comerciante lo vendieron todo con tal de adquirir aquel tesoro o aquella perla preciosa y valiosa; tan importante era para ellos el tesoro o la perla encontrada.

Para poseer, para vivir el tesoro del Evangelio, la perla preciosa del Reino de Dios que Jesús nos anuncia, significa dar esa vuelta profunda a nuestra vida. Son nuevos valores, es nueva forma de vivir, son actitudes nuevas, es una nueva forma de pensar y de actuar. Es más, encontrarme con el tesoro del Reino es encontrarme con Jesús. Ese es el verdadero tesoro de nuestra vida. Y ese encuentro sí que es algo trascendental para mi vida y que tiene que transformar toda mi existencia. Mucho más que cualquier acontecimiento histórico o cualquier descubrimiento maravilloso que se haya podido hacer en beneficio de la humanidad.

Encontrarme con Cristo y decir que soy cristiano no es simplemente vivir como siempre he vivido o como vive cualquiera a nuestro alrededor. Es una nueva vida, un nuevo vivir, porque es vivir con la vida de Cristo, en vivir a Cristo. Aquello que dice san Pablo y que hemos escuchado más de una vez, ‘he crucificado mi vida con Cristo de manera que ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí’.

¿He pensado alguna vez que si en verdad es Cristo quien vive en mi lo que estoy haciendo lo haría de la misma manera? ¿Sería de la misma forma cómo me relacionaria con Dios? ¿Rezaríamos u oraríamos de la misma manera? ¿Sería el mismo trato el que tengo con los demás? ¿Le daríamos el mismo uso a esas cosas que poseemos y por las que tanto nos afanamos? ¿Tendríamos los mismos afanes y agobios con que vivimos hoy?

Muchas preguntas tendríamos que hacernos porque nuestra relación con la sociedad en la que vivimos y el compromiso con nuestro mundo seguro que sería otro. Ese tesoro del Reino de Dios que encontráramos seguro que nos pondría en un camino de mayor solidaridad, no nos dejaría tan insensibles ante las necesidades o problemas que podamos ver alrededor, nos saldríamos más de nuestras actitudes egoístas donde pensamos más en nosotros mismos que en los otros. Encontrarnos con ese tesoro del Reino de Dios nos va a poner en camino de más amor, de más cercanía a los otros; nos va a impulsar al compartir y al vivir unidos, nos va a motivar para que hagamos un mundo mejor donde todos seamos más felices; nos va a enseñar donde están las cosas verdaderamente importantes.

Las parábolas que hemos venido escuchando en estos domingos anteriores – todas forman parte de este capítulo trece del evangelio de Mateo – creo que nos han venido preparando para que con sinceridad abramos nuestro corazón a la Palabra de Dios, a esa semilla que nos hace encontrarnos de verdad con el Reino de Dios por el que tendríamos que dejarlo todo. Nos han ayudado a preparar la tierra de nuestra vida para hacer que esa semilla dé fruto en nosotros.

En la primera lectura escuchábamos cómo Salomón le pide a Dios no larga vida ni riquezas ni la vida de sus enemigos, sino sabiduría para saber gobernar a aquel pueblo. ¿Qué le pedimos nosotros al Señor? Pidámosle esa Sabiduría del Espíritu que nos ayude a descubrir ese tesoro inmenso que Dios pone en nuestras manos; esa sabiduría y fortaleza para de verdad empeñarnos por el Reino de Dios; esa sabiduría que nos ayude a comprender el misterio de Dios, el misterio de Jesús para convertirlo en el verdadero centro de nuestra vida; sabiduría y fortaleza para dejarlo todo por seguir a Jesús y vivir su evangelio; que nos dé su Espíritu de Sabiduría para saber redescubrir el Evangelio.


sábado, 23 de julio de 2011

El amor nos hace entrar en comunión con Dios que nos lleva a la comunión con los hermanos

Santa Brígida de Suecia

Gál. 2, 19-20;

Sal. 33;

Jn. 15, 1-8

Los que se aman su gran deseo es estar juntos, estar unidos. Los amigos se buscan para estar juntos y compartir su amistad; los enamorados buscan allí donde puedan estar muy unidos a la persona que quieren; y asi podríamos mencionar muchas situaciones de la vida donde el amor y la amistad llevan al encuentro, a la unión, a la comunión en muchas cosas, pero sobre todo a esa comunión grande que nace del amor.

Así, podemos decir, es también nuestra relación con Dios. No creemos en un Dios del temor, sino del amor, porque así además El ha querido revelársenos. Es además la gran manifestación, la gran revelación que Jesús nos hace en el Evangelio, siendo El mismo el rostro de ese amor de Dios. Cuando creemos en El, descubriendo cuánto es el amor que El nos tiene, sentimos nosotros también ese deseo de vivir unidos a El porque le amamos. Pero es que además Dios nos busca a nosotros, ofreciéndonos continuamente su amor y queriendo que vivamos en profunda comunión con El.

Pero algo maravilloso es que cuando entramos en esa comunión de amor con Dios necesariamente entramos también en una nueva comunión de amor con los demás, con los que nos rodean; cuando no hemos llegado a eso es porque aún nuestro amor y comunión con Dios no es todo lo intenso y lo puro que tendría que ser y nos ha faltado el descubrir esa faceta de unión y comunión con los hermanos.

Hoy Jesús en el evangelio nos habla de esto con las imágenes de la vid y los sarmientos. ‘Yo soy la vid verdadera, mi Padre es el viñador… yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece unido a mí como yo estoy unido a él, produce mucho fruto; porque sin mí no podéis hacer nada…’

Necesitamos estar unidos a Dios, necesitamos estar unidos a Jesús. Y esa unión será tan profunda que podemos llegar a lo que nos dice hoy san Pablo. Todo para él es vivir en Dios de manera que podrá llegar a decir que vive ‘crucificado en Cristo, y ya no vivo yo sino que es Cristo quien vive en mí’. Qué profundidad de vida, qué intensidad de unión con Cristo para sentirse crucificado con El y llegar a decir que ya no importa si vida sino la de Cristo, porque es Cristo quien vive en El. Hermosa meta, alto ideal al que hemos de aspirar. Es el camino de la santidad.

Así tiene que crecer nuestro amor más y más para que entremos en esa comunión produnda con Dios y se produzcan los frutos de santidad que hemos de dar. Frutos que se van a manifestar también en esa unión y comunión que vivimos con los demás.

Esto los santos lo vivían con toda intensidad. Llegaban a esa unión profunda, mística con Dios, pero que nunca les apartaba de los demás. Por eso vemos que siempre los santos respolandecen por su amor, por su entrega, por cuánto hacen de una forma o de otra por los demás.

Aunque vivieran incluso apartados del mundo, no vivian ajenos al mundo que les rodea. Algunas piensan que los que se consagran a Dios en la vida religiosa o la vida monástica lo hacen para alejarse del mundo y desentenderse de él, pero no es así. Se consagran a Dios y vivirán en esa vida de silencio y contemplación pero siempre estan muy unidos a sus hermanos los hombres que seguimos caminando por el mundo en los problemas de cada día, y nuestros problemas son también sus problemas, y nuestras necesidades o preocupaciones son también sus preocupaciones; ahí están con sus oraciones como palanca ante el Señor para alcanzarnos la gracia que necesitamos para nuestro caminar.

Hoy precisamente celebramos una santa que replandecía por esa unión mistica con el Señor y por su amor a los hermanos. Santa Brígida de Suecia, casada y luego viuda, viviendo en palacios e incluso en la corte, y luego pobremente en un monasterio, peregrina por los caminos de Europa, llegó desde Compostela hasta tierra Santa y establecida por mucho tiempo en Roma, nunca fue ajena a los problemas de su tiempo. Para todos tenía una palabra sabia, para papas y reyes, para sacerdotes y para el pueblo fiel; a todos amonestaba en el nombre del Señor invitando a la conversión y a la renovación de la vida. Su vida ya no era su vida, sino unida al Señor vivía en Dios, pero vivía dispuesta siempre a servir a sus hermanos, los hombres y mujeres de su tiempo, en unas épocas muy convulsas tanto para la Iglesia como para Europa. Es por eso por lo que Juan Pablo II la nombró también patrona de Europa.

viernes, 22 de julio de 2011

Un corazón perdonado, agradecido y enamorado


María Magdalena
2Cor. 5, 14-17;
Sal. 62;
Jn. 20, 1-2.11-18

Un corazón perdonado, un corazón agradecido, un corazón enamorado. Es el corazón de María de Magdala a quien hoy celebramos.

Cuando aquella mujer pecadora se acercó por detrás a lavar los pies de Jesús, recordamos lo que pensaba el fariseo que había lo invitado Jesús le propuso una pequeña parábola: los dos que fueron perdonados por su amo en la deuda que tenían con él; uno era una gran cantidad y otro menos; y Jesús preguntó ‘¿quién le amará más?’

María Magdalena – no sabemos bien si fue o no fue esta mujer pecadora – sin embargo sí sabemos que Jesús le había perdonado mucho porque de ella había echado siete demonios, como dice Marcos en el evangelio. Lo que sí sabemos bien de ella era el amor grande que le tenía a Jesús. ‘¿Quién le amará más?’, preguntaba Jesús y ahí está el amor grande de María Magdalena. ¿Cómo no iba a amarle si así le había liberado del mal y del pecado? Al pie de la cruz estaba con María y algunas otras mujeres, nos dicen los evangelistas y fue de las primeras que corrieron el primer día de la semana al amanecer al sepulcro porque querían embalsamar debidamente el cuerpo de Jesús.

Un corazón perdonado, decíamos al principio, y un corazón agradecido que se manifestaba en ese seguimiento fiel a Jesús hasta llegar incluso hasta el pie de la cruz. Un corazón enamorado, un corazón lleno de amor. ¡Cuánto amaba a Jesús! Dispuesta estaba a cargar con el cuerpo de Jesús si lo encontrara, porque, como ella pensaba, se lo habían robado del sepulcro y no sabía donde estaba. Por eso pregunta al que ella cree que es el hortelano sin saber que era Jesús quien estaba allí porque para ella sería la primera de las apariciones después de resucitado.

Al oir su nombre de labios de Jesús le reconoce – ‘¡Maestro!’ es su exclamación - y corre a abrazarle los pies. ¡Cómo sería su nombre pronunciado por los labios de Jesús! Es el regalo de Jesús a tanto amor, a un corazon agradecido y enamorado. Pero es también la primera misión que Jesús confía despues de resucitado al enviarla que vaya a comunicar a los hermanos que había resucitado. Como canta la litrugia bizantina en su honor ‘el apóstol de los apóstoles’, enviada (apóstol) fue a los apóstoles con ese anuncio tan trascendental.

Nos basta esto que estamos reflexionando para sacar un mensaje para nuestra vida. ¿No tendría que ser también nuestro corazón un corazón agradecido y enamorado cuánto tanto nos ha perdonado el Señor? ‘¿Quién le amará más?’ se preguntaba Jesús y cuánto tiene que que ser entonces nuestro amor agradecido y enamorado como el de Magdalena. A aquella mujer pecadora se le habían perdonado sus muchos pecados porque había amado mucho. Pongamos de la misma manera nosotros mucho amor que ya se manifiesta el amor grande que Dios nos tiene que tanto nos ha perdonado, que nos ha entregado a su Hijo para que nosotros obtengamos la salvación.

Es cuestión de amor. ‘Nos apremia el amor de Dios’, como nos decía san Pablo. Ya no podemos vivir para nosotros mismos, sino para el que murió y resucitó por nosotros. Es la respuesta de amor que nosotros hemos de dar. Es ese corazón agradecido que se ensancha más y más cuando siente el amor de Dios en él y con un amor así quiere amar también. En El tenemos que poner todo nuestro amor. Así tiene que ser nuestro corazón agradecido. Es de nobleza el ser agradecidos. Que no nos falte esa acción de gracias y que no nos falte ese amor. Con todo el corazón, con toda el alma, con todo nuestro ser, sobre todas las cosas, como se nos pide en el primero de los mandamientos de la ley del Señor.

¿Estaremos así enamorados de Jesús? ¿Estaremos así enamorados de Dios? ¿No tendríamos que ser nosotros apóstoles de ese amor que hemos recibido anunciándolo también a nuestro mundo?

jueves, 21 de julio de 2011

¿Por qué les hablas en parábolas?


Ex. 19, 1-2.9-11.16-20;

Sal. Dn. 3, 52-56;

Mt. 13, 10-17

Nos habrá pasado más de una vez. Estamos en un sitio y nos hablan o nos dicen algo, y aunque oímos realmente no escuchamos lo que nos dicen. Estamos ensimismados en nuestros pensamientos o imaginaciones que casi no nos enteramos de lo que pasa a nuestro alrededor o nos dicen. La loca de la casa como alguien llamó a la imaginación que nos distrae y nos lleva por otro mundo.

Pero quizá en otras ocasiones no oímos porque no queremos escuchar. No se trata de distracción sino más bien de no querer enterarnos. Nos explican, nos dicen, pero nosotros estamos en nuestra idea y no atendemos a razones. Se suele decir que no hay peor sordo que el que no quiere oír.

Pero también sucede o nos puede suceder que la pasión y la maldad nos envuelve de tal manera que no atendemos ni entendemos nada bueno que se nos pueda decir o enseñar. Nos cegamos en la pasión o en el vicio, en las malas costumbres o en las rutinas, y ahí cuánto nos cuesta arrancarnos de ese mal que hemos dejado que nos domine por dentro.

Los discípulos más cercanos a Jesús cuando éste propone sus enseñanzas en parábolas le preguntan ‘¿Por qué les hablas en parábolas?’ Quizá a ellos mismos les cuesta entender lo que les dice o enseña Jesús, pero ven que a la gente Jesús les propone el mensaje con parábolas.

Se queja Jesús de cómo muchos han cerrado su corazon a la palabra de Dios y les recuerda lo anunciado por el profeta Isaías: ‘Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos, para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure’.

Se alegra Jesús, sin embargo, de aquellos sencillos y pequeños a los que Dios se revela. Podríamos recordar otros momentos del evangelio al que se ha hecho mención en la antífona del aleluya. ‘Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has revelado estas cosas a los pequeños y a los sencillos’, que nos dirá Jesús. Y es el lenguaje de los pequeños y de los sencillos el que Jesús emplea cuando nos habla en parábolas para que podamso entender los misterios de Dios. Y por otra parte llama dichosos a sus discípulos porque han podido escuchar la Palabra del Señor. ‘Dichosos vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen…’

Todo esto tendría que hacernos reflexionar a nosotros en nuestra actitud y en nuestra acogida a la Palabra del Señor. No endurezcamos el corazón, no cerremos nuestros oídos. Como reflexionábamos al principio algunas veces oímos pero no escuchamos, no prestamos la suficiente atención, hay cosas que nos distraen; pero no es tanto lo de fuera sino lo que llevamos dentro. Que tengamos ese corazón sencillo y humilde; que dejemos que el Espíritu del Señor penetre en nosotros y nos haga conocer los secretos de los misterios del Reino de Dios.

Aunque nos parezca que nos repetimos no nos hace años hacernos una y otra vez estas reflexiones. La Palabra de Dios que se nos ha proclamado nos da pie a ello y la insistencia del Señor es una llamada de atención para nosotros. La lluvia que cae mansamente una y otra vez sobre la tierra le ayudará a mejor empaparse de esa humedad que necesita para hacer fructificar lo que en ella hayamos plantado. Que así suave y mansamente siga cayendo sobre nosotros esa lluvia de gracia de la Palabra de Dios que empape plenamente nuestra vida para que lleguemos en verdad a dar los frutos que el Señor nos pide.

Dichosos nosotros porque podemos escuchar, podemos plantar en nuestro corazón esa semilla de la Palabra de Dios. ‘A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del Reino de los cielos’, nos dice el Señor. Dichosos nosotros si sabemos acogerla como en tierra buena para que produzca los frutos de santidad y de amor que el Señor quiere de nosotros.

miércoles, 20 de julio de 2011

Es el pan que el Señor os da de comer

Ex. 16, 1-5.9-15;

Sal. 77;

Mt. 13, 1-9

La semilla de la Palabra de Dios cae una vez más sobre nosotros que queremos ser esa tierra buena que la acoja para hacerla fructificar en nuestra vida. Como hemos reflexionado en estos días con espíritu abierto a Dios, en actitud orante hemos de saber escucharla siempre, y la fuerza y la sabiduría del Espíritu hemos de saber pedir para que mejor llegue a nuestra vida. Una vez más hemos escuchado la parábola del sembrador, porque ahora nos coincide con la lectura continuada que vamos haciendo cada día. Pero siempre es Palabra que el Señor quiere decirnos, quiere plantar en nuestro corazón.

‘Es el pan que el Señor os da de comer’. Nos vale esta respuesta de Moisés ante la sorpresa del pueblo ante el maná caído del cielo para alimentar al pueblo que peregrino caminaba por el desierto hacia la tierra prometida. Podemos decirlo también nosotros de esa Palabra que del Señor recibimos cada día.

El camino de los hebreos por el desierto no era un camino fácil. Aunque continuamente estaban viendo las maravillas que el Señor obraba con ellos o en su favor, como había sucedido al paso del mar Rojo, se les hacía duro y difícil el camino sintiendo una y otra vez la tentación de la rebeldía o del deseo de la vuelta a Egipto. Protestan contra Moisés y contra todo porque el alimento que encontraban en aquellos parajes de desierto no era lo suficiente para dar de comer a toda aquella comuniddad que había salido de Egipto. ‘Nos habéis sacado a este desierto para matar de hambre a toda la comunidad’, protestan. Pero Dios les anuncia un alimento misterioso. Por eso lo llamarán Maná.

Cuando Aarón les está diciendo cómo el Señor ha escuchado sus murmuraciones y protestas, ‘ellos se volvieron hacia el desierto y vieron la gloria del Señor que se les aparecía en una nube’. Dios le habla a Moisés. ‘Al atardecer comeréis carne, por la mañana os hartaréis de pan, para que sepáis que yo soy el Señor vuestro Dios… una bandada de codornices por la tarde cubrió todo el campamento; por la mañana había una capa de rocío alrededor de él’. Era el Maná prometido del Señor que les alimentaría hasta la entrada en la tierra prometida.

Este pan bajado del cielo que los alimentó en su peregrinar por el desierto es lo que los judíos de Cafarnaún recordarán cuando Jesús les habla del Pan bajado del cielo que daría vida al mundo. Pero Jesús ya no les daría un maná, un pan como el que comieron en el desierto y sin embargo murieron; Jesús promete un pan venido del cielo que el que lo coma vivirá para siempre. Jesús les dirá que El es ese Pan bajado del cielo, que habrá que comer su carne y beber su sangre, pero el que lo coma tendrá vida para siempre.

Recordamos las palabras de Jesús en la Sinagoga de Cafarnaún que tantas veces hemos meditado, y las reticencias de los judíos a aceptar esa palabra de Jesús. Será en la última cena cuando Jesús instituya el Sacramento de la Eucaristía cuando terminaremos de comprender cómo tenemos que comer a Cristo porque El así se hace nuestra vida y nuestro alimento.

Ahora nosotros podemos decir recordando las palabras de Moisés al pueblo en el desierto: ‘Es el pan que el Señor os da de comer’. Es Cristo mismo que se nos da en comida, y nos alimenta con su Palabra y nos alimenta con la Eucaristía, en que le comemos a El para tener vida y tener vida para siempre. Pedimos nosotros también al Señor que nos dé de ese pan porque queremos tener vida.

Cómo decíamos abrimos nuestro corazón a su Palabra, queremos alimentarnos de la Palabra del Señor que es Cristo mismo. Abrimos nuestra vida toda a Cristo porque queremos alimentarnos de El y queremos vivirle a El. Es su vida la que tiene que ser nuestra vida, la que lo tiene que ser todo para nosotros.

El camino de nuestra vida se nos hace duro y difícil en muchas ocasiones porque las tentaciones nos acechan, porque la debilidad y el sufrimiento aparecen en nuestra vida, porque los problemas quizá nos abruman, porque ese caminar se nos hace pesado en nuestro trabajo o en el desarrollo de nuestras responsabilidades. Pero Dios no quiere que muramos en este desierto de la vida. El está con nosotros. El quiere ser nuestro alimento. Cada día tenemos la oportunidad de alimentarnos de su Palabra y comer a Cristo en la Eucaristía. Recibamos ese alimento y esa gracia del Señor que tanta fortaleza nos da con corazón agradecido.

martes, 19 de julio de 2011

Israel vio la mano grande del Señor y creyó en El


Ex. 14, 21-15, 1;

Sal.: Ex. 15, 8-17;

Mt. 12, 46-50

‘Israel vio la mano grande del Señor… y el pueblo temió al Señor y creyó en el Señor… entonces Moisés y los hijos de Israel cantaron un cántico al Señor’. Es el mensaje final de este acontecimiento maravilloso del paso del Mar Rojo que tantas repercusiones puede tener para nuestra vida de fe y nuestra vida cristiana.

‘Israel vio la mano grande del Señor…’ El pueblo reticente a salir de Egipto a pesar de sus deseos de libertad; el pueblo que se había llenado de dudas y de temor al verse de nuevo acosado por los Egipcios y en la incertitumbre de cómo rebasar aquel mar que se les interponía en su camino de libertad, sabe descubrir la mano grande del Señor, sabe descubrir a Dios en aquellas cosas portentosas que se suceden. ‘Y creyó en el Señor…’

Se pueden dar mil explicaciones de este acontecimiento de abrirse el mar para el paso de Israel. Ya el autor sagrado al comenzarlo a narrar nos habla de hechos naturales como el viento fuerte del este que sopló durante la noche sobre el mar. Pero el creyente sabe descubrir detrás de todo lo que sucede la mano providente del Señor. Es lo que supo ver Israel en aquel acontecimiento y es lo que tenemos que aprender a descubrir nosotros también. Cosas que suceden y decimos el azar o el destino, pero pueden ser cosas donde veamos la mano amorosa de Dios que nos protege, nos cuida, se hace presente junto a nosotros. Y se pueden convertir en un milagro de Dios; y son un milagro del amor de Dios para nuestra vida.

‘Israel temió al Señor… e Israel creyó en el Señor’. Era verdad, Dios estaba con ellos. Dios estaba con ellos para conducirlos por un camino que los llevase a la libertad, los llevase a ser verdaderamente un pueblo que caminara unido. Dios se manifestaba grande y poderoso, pero al mismo tiempo un Dios que estaba al lado de su pueblo y con su pueblo iba a caminar ese lago camino hacia la tierra prometida. Aún le faltarían muchos pasos que dar y en momentos serían dolorosos o costosos; no faltarían dudas e incluso rebeliones, pero allí se estaba manifestando el amor de Dios por su pueblo, dispuesto siempre a perdonarlo y a hacerle recomenzar una y otra vez el camino de la fidelidad. Será el pueblo con el que hará una Alianza.

Reconozcamos nosotros también la grandeza y el poder del Señor, pero sintámoslo también a nuestro lado, caminando junto a nosotros, haciéndonos crecer en libertad y en amor porque así quiere hacernos grandes también a nosotros. Tememos al Señor porque reconocemos su grandeza, creemos en el Señor porque estamos viendo la mano del Señor junto a nosotros, amamos al Señor porque nos sentimos amados por El, y de qué manera.

Y el pueblo entero terminó cantando agradecido al Señor. ‘Cantemos al Señor, sublime es su victoria’. Será algo que no olvidarán nunca y este acontecimiento será un hito muy importante de su historia. Forma parte de todos aquellos acontecimientos de la Pascua, del Exodo, ahora del paso del Mar Rojo, y posteriormente de la Alianza que harán con el Señor en el Sinaí.

Ya hemos comentado que para nosotros los cristianos este paso del Mar Rojo es también un signo importante que nos anuncia y nos recuerda nuestra bautismo. Si aquel fue el paso de la esclavitud a la libertad el bautismo para nosotros es ese paso de la muerte a la vida, es más con Cristo somos sepultados en el bautismo para con Cristo en el Bautismo renacer a una nueva vida. Por eso, por ejemplo, en la bendición del agua bautismal se recuerda este paso del mar Rojo. ‘Hiciste pasar a pie enjuto por el mar Rojo a los hijos de Abrahán, para que el pueblo liberado de la esclavitud del Faraón fuera imagen de la familia de los bautizados’. Así lo expresamos en la oración litúrgica.

Nos puede valer esta reflexión que nos hacemos a partir de este texto de la Palabra proclamada para que recordemos nuestro bautismo, nuestra condición de bautizados; para que sintamos en verdad que en Cristo hemos sido liberados de toda esclavitud y vivamos la libertad gloriosa de los hijos de Dios con todo lo que eso implica de vivir en santidad.

lunes, 18 de julio de 2011

Estad firmes y veréis la victoria del Señor


Ex. 14, 5-18;

Sal. Ex. 15, 1-6;

Mt. 12, 38-42

La palabra del Señor que cada día vamos escuchando es esa buena semilla que se va sembrando en nuestro corazón y que tenemos que procurar que siempre de abundantes frutos de amor y de santidad. Es el alimento que cada día recibimos; es la luz que nos ilumina en nuestro caminar; es una gracia del Señor que enriquece nuestro corazón. Por eso con atención la escuchamos, queremos que nuestro corazón sea esa tierra buena, y evitamos que malas semillas o malas cizañas se metan en nuestra vida que nos lleven por caminos del mal.

Unas veces quizá nos entretenemos con más extensas reflexiones, y otras simplemente subrayamos aspectos que nos puedan resultar más interesantes o importantes para nuestra vida de fe.

En ese comienzo del peregrinar del pueblo de Israel tras su salida de Egipto rumbo a la tierra prometida de libertad nos encontramos ya con unas primeras dificultades. ‘El faraón y su corte cambiaron de parecer… y se empeñó en perseguir a los israelitas’, nos dice el texto. Cuando el pueblo se ve perseguido y acorralado, porque enfrente tiene un mar que atravesar se llena de temores y de dudas.

¡Cuántas dudas nos surgen a la primera dificultad cuando emprendemos una obra buena! ¿Habremos hecho bien en emprender esta tarea? ¿No hubiera sido preferible quedarnos como estábamos? Protestaban ahora contra Moisés porque casi preferían seguir como esclavos en Egipto a tener que enfrentarse ahora a estas dificultades.

Pero allí está Moisés el hombre que se fía plenamente del Señor. ‘No tengáis miedo; estad firmes y veréis la victoria que el Señor os va a conceder…’ Podrán atravesar el mar que tienen delante y saldrán victoriosos frente a los egipcios que sufrirán una dura derrota. Mañana veremos con todo detalle el paso del mar Rojo, que tan significativo fue en la historia del pueblo de israel y que es para nosotros un gran signo del Bautismo que nos hace renacer a una vida nueva. Ya lo comentaremos.

‘Cantemos al Señor, sublime es su victoria’, hemos repetido en el salmo. Un salmo que recitamos también en la noche del sábado santo después de haber hecho la lectura de estos mismos textos del paso del mar Rojo. Un canto que con gozo de pascua cantábamos en la Vigilia Pascual porque celebrábamos la victoria y el triunfo de Cristo resucitado de entre los muertos.

Con ese mismo sentido lo queremos recitar hoy, queremos seguir cantando al Señor porque en Cristo muerto y resucitado tenemos la victoria en tantas luchas, en tantas dificultades, en tantas tentaciones que cada día vamos soportando. Pero con el Señor tenemos asegurada la victoria. Como le decía Moisés al pueblo, nos dice también a nosotros: ‘No tengáis miedo; estad firmes y veréis la victoria que el Señor os va a conceder…’

Y aquí podemos subrayar algo de lo que nos decia el Evangelio. Los letrados y fariseos se acercan a Jesús pidiendo señales. ‘Maestro, queremos ver un milagro tuyo’. Ya hemos comentado este texto o sus paralelos y vemos la respuesta de Jesús. ‘No se les dará más signo que el del profeta Jonás. Tres días y tres noches estuvo Jonás en el vientre del cetáceo, pues tres días y tres noches estará el Hijo del Hombre en el seno de la tierra’. Una referencia a la muerte y a la resurrección del Señor, centro de nuestra fe.

La certeza de la resurrección del Señor anima nuestra vida. La fe que ponemos en Jesús y en su salvación nos hace sentirnos seguros frente a las dificultades. La gracia que mana de la resurreccion del Cristo nos da fuerza para vivir su salvación.