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sábado, 19 de abril de 2014
¡¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCION!!

sábado, 30 de marzo de 2013

¡Ha resucitado! No lo busquemos en el sepulcro, ha vencido el amor, ha vencido la vida
sábado, 7 de abril de 2012

Que las trompetas anuncien la salvación ¡Cristo ha resucitado!
lunes, 18 de julio de 2011
Estad firmes y veréis la victoria del Señor
Ex. 14, 5-18;
Sal. Ex. 15, 1-6;
Mt. 12, 38-42
La palabra del Señor que cada día vamos escuchando es esa buena semilla que se va sembrando en nuestro corazón y que tenemos que procurar que siempre de abundantes frutos de amor y de santidad. Es el alimento que cada día recibimos; es la luz que nos ilumina en nuestro caminar; es una gracia del Señor que enriquece nuestro corazón. Por eso con atención la escuchamos, queremos que nuestro corazón sea esa tierra buena, y evitamos que malas semillas o malas cizañas se metan en nuestra vida que nos lleven por caminos del mal.
Unas veces quizá nos entretenemos con más extensas reflexiones, y otras simplemente subrayamos aspectos que nos puedan resultar más interesantes o importantes para nuestra vida de fe.
En ese comienzo del peregrinar del pueblo de Israel tras su salida de Egipto rumbo a la tierra prometida de libertad nos encontramos ya con unas primeras dificultades. ‘El faraón y su corte cambiaron de parecer… y se empeñó en perseguir a los israelitas’, nos dice el texto. Cuando el pueblo se ve perseguido y acorralado, porque enfrente tiene un mar que atravesar se llena de temores y de dudas.
¡Cuántas dudas nos surgen a la primera dificultad cuando emprendemos una obra buena! ¿Habremos hecho bien en emprender esta tarea? ¿No hubiera sido preferible quedarnos como estábamos? Protestaban ahora contra Moisés porque casi preferían seguir como esclavos en Egipto a tener que enfrentarse ahora a estas dificultades.
Pero allí está Moisés el hombre que se fía plenamente del Señor. ‘No tengáis miedo; estad firmes y veréis la victoria que el Señor os va a conceder…’ Podrán atravesar el mar que tienen delante y saldrán victoriosos frente a los egipcios que sufrirán una dura derrota. Mañana veremos con todo detalle el paso del mar Rojo, que tan significativo fue en la historia del pueblo de israel y que es para nosotros un gran signo del Bautismo que nos hace renacer a una vida nueva. Ya lo comentaremos.
‘Cantemos al Señor, sublime es su victoria’, hemos repetido en el salmo. Un salmo que recitamos también en la noche del sábado santo después de haber hecho la lectura de estos mismos textos del paso del mar Rojo. Un canto que con gozo de pascua cantábamos en la Vigilia Pascual porque celebrábamos la victoria y el triunfo de Cristo resucitado de entre los muertos.
Con ese mismo sentido lo queremos recitar hoy, queremos seguir cantando al Señor porque en Cristo muerto y resucitado tenemos la victoria en tantas luchas, en tantas dificultades, en tantas tentaciones que cada día vamos soportando. Pero con el Señor tenemos asegurada la victoria. Como le decía Moisés al pueblo, nos dice también a nosotros: ‘No tengáis miedo; estad firmes y veréis la victoria que el Señor os va a conceder…’
Y aquí podemos subrayar algo de lo que nos decia el Evangelio. Los letrados y fariseos se acercan a Jesús pidiendo señales. ‘Maestro, queremos ver un milagro tuyo’. Ya hemos comentado este texto o sus paralelos y vemos la respuesta de Jesús. ‘No se les dará más signo que el del profeta Jonás. Tres días y tres noches estuvo Jonás en el vientre del cetáceo, pues tres días y tres noches estará el Hijo del Hombre en el seno de la tierra’. Una referencia a la muerte y a la resurrección del Señor, centro de nuestra fe.
La certeza de la resurrección del Señor anima nuestra vida. La fe que ponemos en Jesús y en su salvación nos hace sentirnos seguros frente a las dificultades. La gracia que mana de la resurreccion del Cristo nos da fuerza para vivir su salvación.
sábado, 23 de abril de 2011
Qué noche tan dichosa en que Cristo resucitó de entre los muertos

Qué noche tan dichosa en que Cristo resucitó de entre los muertos
‘Esta es la noche, en que, rotas las cadenas del abismo, Cristo asciendo victorioso del abismo… ¡Qué noche tan dichosa! Sólo ella conoció el momento en que Cristo resucitó de entre los muertos’.
Así cantábamos con júbilo al inicio de esta noche santa. Nos alegramos, se alegra toda la tierra, se alegran todos los coros celestiales. ‘Que las trompetas anuncien la salvación’. Que las campanas repiquen a gloria. Bendito sea el Señor que nos da un gozo y una alegría tan grande. ¡Cristo ha resucitado! ¡Cristo ha vencido a la muerte! Cristo nos da la victoria sobre el pecado.
Ya no vamos nosotros al sepulcro para contemplar a un crucificado muerto. Queremos ver la tumba vacía. Queremos escuchar el anuncio de los ángeles. Queremos sentir la alegría de aquellas Marías que se encontraron la tumba vacía. ‘Vosotras, no temáis; ya sé que buscáis a Jesús, el crucificado. No está aquí. Ha resucitado como había dicho. Venid a ver el sitio donde yacía e id aprisa a decir a sus discípulos: Ha resucitado de entre los muertos…’ Con temblor, no de miedo sino de emoción, cantamos llenos de alegría la resurrección del Señor.
Lo había anunciado repetidas veces Jesús cuando anunciaba su pasión y su muerte. ‘Al tercer día resucitará’. Pero no terminaban de entender. Por eso seguían encerrados en el cenáculo con miedo a los judíos. Había manifestado su gloria allá en el Tabor a los tres discípulos predilectos, le había dicho que no hablaran de ello hasta después de su resurrección de entre los muertos, pero no habían entendido ni se habían atrevido a preguntar qué significaba aquello. Ahora podían comprenderlo. Ahora se llenarían de alegría, como nos seguimos alegrando nosotros a lo largo de los siglos cuando celebramos, como lo hacemos en esta noche, como lo hacemos en este día, la resurrección del Señor.
‘Estas son las fiestas de Pascua, en las que se inmola el Cordero, cuya sangre consagra las puertas de los fieles’, cantábamos en el pregón recordando aquella pascua judía que era anticipo y preparación de nuestra pascua. Se ha inmolado el Cordero. Lo contemplamos entregado por nosotros muerto en la cruz, en la tarde del viernes santo. Pero lo contemplamos ahora vencedor, resucitado, lleno de la gloria de Dios, consagrando no ya las puertas, sino consagrando nuestra vida con su sangre que nos ha lavado y purificado, que nos ha llenado de nueva vida, la vida de la gracia, la vida que nos hace hijos de Dios.
Hemos sido iluminados por la luz de Cristo resucitado y ya nuestra vida tiene siempre que resplandecer con esa luz de Dios. Hemos sido arrancados de las tinieblas de la muerte y del pecado. Estamos llenos de su luz y de su vida. Con la luz de Cristo resucitado parece que vemos la vida, las luchas, los trabajos, todo lo que es nuestra existencia con nuevos ojos. Es que los ojos que contemplan con fe la luz de Cristo resucitado tienen una mirada luminosa para verlo todo con nuevo optimismo.
No somos, ni tenemos que ser unos derrotados por fuertes que sean los problemas o las tentaciones. Con Cristo podemos vencer como El venció la muerte. Con la fuerza del Espíritu de Cristo resucitado podemos vencer el mal, el pecado, la tentación. Dejémonos llenar de esa luz; dejémonos llenar de su Espíritu victorioso.
Esta noche hemos ido haciendo un recorrido por toda la historia de la salvación desde la creación hasta la victoria de Cristo resucitado que estamos celebrando. Contemplamos la historia de un pueblo que fue llamado desde Abraham, liberado de Egipto con Moisés haciendo paso del mar Rojo desde la esclavitud hasta la libertad del pueblo nuevo, alentado una y otra vez por los profetas que seguían manteniendo la esperanza del Mesías Salvador que había de venir.
Es también nuestra historia, nuestra vida, porque de esa misma manera el Señor nos ha llamado y elegido, nos ha hecho pasar por las aguas del bautismo – del que aquel paso del mar Rojo fue una imagen anunciadora – y la palabra del Señor que vamos escuchando nos va alentado también en nuestra lucha para mantener nuestra fe, nuestra fidelidad al Señor. ‘Si hemos muerto con Cristo, creemnos que también viviremos con El’. Y eso ha sido una realidad en nuestra vida desde el bautismo que un día recibimos y que esta noche renovamos.
En Cristo por la fuerza de su Espíritu somos fortalecidos continuamente con la gracia de los sacramentos. Algunas veces quizá se nos hace duro el camino y la lucha. Pero cuando contemplamos esta noche a Cristo resucitado, se renacen nuestras esperanzas, nuestros deseos de luchar, nuestra voluntad de vivir esa vida nueva que Cristo nos ofrece. Y vemos que es posible porque tenemos a Cristo de nuestra parte. Le contemplamos a El resucitado y nos sentimos nosotros renovados, impulsados a esa vida nueva del evangelio, a resplandecer con esa santidad a la que estamos llamados. Hasta nos sentimos optimistas frente a la negrura de nuestro mundo.
Cristo resucitado también nos sale al encuentro como a aquellas mujeres que marchaban del sepulcro llenas de alegría con el anuncio del ángel tras contemplar la tumba vacía. ‘Alegraos… no tengáis miedo’, les decía Jesús a aquellas mujeres, nos dice a nosotros también. Que no se turbe de ninguna manera nuestra alegría. El Señor está con nosotros, ¿a quién vamos a temer? Nada ya nos puede acobardar.
También a nosotros nos dice: ‘Id a anunciar a mis hermanos…’ Esta gran noticia, esta alegría no nos la podemos guardar para nosotros. Tenemos que comunicarla, tenemos que anunciarla. Esta luz de la resurrección tiene que inundar nuestra mundo. Llevemos la noticia a los demás. Que con nuestras palabras, con nuestras actitudes, con el gozo que desborda de nuestro corazón y que se tiene que notar también exteriormente, llevemos ese anuncio a los demás.
Tenemos que felicitar a todos porque Cristo a resucitado, porque es noticia y es alegría para todos. No nos acobardemos porque haya alguien que no lo entienda. Nosotros, sí lo entendemos, y lo anunciamos, y tenemos que hacerle ver a nuestro mundo la fe que tenemos en Cristo resucitado.
Quizá estos días de pasión externamente hemos tenido muchas cosas que expresan nuestra fe, pero es una lástima que llegue este día, el más importante, y no sigamos con esa manifestación externa de nuestra fe y de nuestra alegría pascual. Quizá se ponían colgaduras con crespones en el día del viernes santo, pero no somos capaces de poner banderas de fiesta en la mañana del día de la resurrección del Señor. Mucho tendríamos que cambiar en este sentido muchas costumbres.
Gritemos al mundo: ¡Cristo ha resucitado! Contagiemos la alegría pascual a todos. Felicitémonos de verdad con una alegría nacida del corazón contagiado de la luz de Cristo resucitado.
sábado, 3 de abril de 2010
Esta es la noche santa en que Cristo asciendo victorioso del abismo

‘Exulten por fin los coros de los ángeles y las jerarquías del cielo… goce también la tierra inundada de tanta claridad… alégrese también nuestra madre la iglesia revestida de luz tan brillante…’ ha resucitado el Señor; ‘que las trompetas anuncien la salvación… resuene este templo con las aclamaciones del pueblo’ porque ha resucitado el Señor.
Así lo proclamábamos ardientemente en el pregón pascual que nos anunciaba la resurrección del Señor cuando comenzábamos esta vigilia. Así lo hemos ido repitiendo, cantando una y otra vez en toda la celebración gozosa de esta noche. ¡Es verdad! ¡Ha resucitado el Señor!
Noche grande y maravillosa, así fuimos recordando todas las maravillas del Señor en la historia de la salvación en el mismo pregón y en toda la liturgia de la Palabra en la que hemos hecho un recorrido hasta llegar al momento culminante de la resurrección del Señor. Noche en que se disipan las oscuridades y desaparecen las esclavitudes. ‘Esta es la noche santa en que rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende victorioso del abismo… noche clara como el día… noche que nos llena de alegría… noche de gracia y salvación’.
Aquí en medio de nosotros brilla la luz de Cristo resucitado. Hemos tomado de su luz. Queremos seguir iluminándonos siempre de luz. No queremos que nunca más se apague esa luz de Cristo en nuestro corazón. Que no nos falte el aceite que nos mantenga siempre encendida esa lámpara, esa luz en nuestro corazón. Que con su luz iluminemos el mundo, transformemos nuestro mundo, le llevemos esperanza y renazca la fe en todos los corazones.
No podemos seguir rebuscando entre las sombras y las tinieblas. No tenemos que volver a los sepulcros de la corrupción y de la maldad porque Cristo nos ha liberado ya de todo eso. Con su muerte bajó a las profundidades del abismo pero para arrancarnos ya para siempre de esa muerte y hacer que tengamos vida para siempre.
‘¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado’. Fue el anuncio de los ángeles a las mujeres que todavía desesperanzas y llenas de dolor volvieron al sepulcro la mañana de aquel primer día. Llevaban perfumes para embalsamar debidamente el cuerpo muerto de Jesús, pero de la tumba salía el perfume más intenso de la vida. Cristo había resucitado y no quiere ya que volvamos a la muerte. Ha resucitado para levantarnos a nosotros a la vida. Impregnémonos nosotros de ese olor de vida, de ese olor de Cristo y con él perfumemos nuestro mundo, que tanto lo necesita.
Llevemos ese perfume, ese anuncio a los hermanos, y no temamos que haya muchos que no nos quieran creer y nos digan que eso de la resurrección es cosa de ilusos. Les sucedió también a aquellas buenas mujeres que habían ido al sepulcro. ‘María Magdalena, Juana y María, la de Santiago, sus compañeras contaban esto a los apóstoles. Ellos lo tomaron por un delirio y no lo creyeron’. Pedro querrá comprobarlo por sí mismo e irá también al sepulcro para encontrar lo mismo que habían visto las mujeres. ‘Y se volvió admirándose de lo sucedido’. Más tarde vendrán las apariciones, los encuentros con Jesús resucitado. Se afianzará firmemente la fe en Jesús y ya será un anuncio que no dejarán de hacer.
San Pablo nos decía: ‘Así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva’. Es el fruto de la resurrección de Jesús en nuestra vida. Quienes creemos en Jesús, quienes proclamamos a Jesús resucitado de entre los muertos como hoy con tanto ardor y alegría queremos proclamarlo, ya nuestra vida no puede ser igual. Tenemos que sentirnos transformados por la resurrección del Señor. ‘Nuestra vieja condición de pecadores ha quedado crucificada con Cristo, quedando destruida nuestra personalidad de pecadores, y nosotros libres de la esclavitud del pecado… hemos muerto con Cristo, creemos que viviremos con El… tenemos que considerarnos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús’.
Es nuestra alegría, nuestra esperanza; es la motivación grande de nuestra vida. Es lo que nos hace sentirnos alegres de manera especial en esta noche de Pascua, en esta noche de la resurrección del Señor. Para eso nos hemos venido preparando con intensidad a través de toda la Cuaresma y hemos vivido con un fervor especial esta Semana de la pasión y muerte del Señor. Nos sentimos resucitados con Cristo, ‘muertos al pecado, vivos para Dios’. Y todo eso porque Cristo murió por nosotros y resucitó. Y hoy estamos viviendo este momento victorioso de Cristo. Por eso decíamos al principio con el pregón pascual que las trompetas anuncien la salvación, que la Iglesia toda se regocije y resuenen fuerte las aclamaciones y los cantos de todos.
Y ¿cómo hemos podido llegar a esto? Somos esos hombres nuevos gracias al Bautismo. El Bautismo nos unió a Cristo, nos incorporó a la vida de Cristo. ‘Los que por el Bautismo nos incorporamos a Cristo, nos decía san Pablo, fuimos incorporados a su muerte. Por el Bautismo fuimos sepultado con El en la muerte…’ para que por la resurrección de Cristo, resucitemos nosotros, renazcamos nosotros a una nueva vida, ‘andemos en una vida nueva’.
Por eso hoy vamos a tener muy presente nuestro bautismo en la celebración. En nuestras parroquias se consagra el agua bautismal y en muchos lugares tiene lugar el bautismo de los niños que sus padres quieren hacer hijos de Dios uniéndolos a Cristo por el Bautismo, pero también el bautismo de muchos adultos que no estando bautizados se han encontrado con Cristo y han hecho opción en su vida por El. Nosotros bendeciremos también el agua para recordar nuestro bautismo y haremos la renovación de las promesas bautismales como una expresión de nuestra fe y nuestra voluntad de querer vivir la vida de Cristo, de querer vivir esa libertad que Cristo nos ha ganado cuando nos ha arrancado de la esclavitud del pecado y de la muerte con su muerte y resurrección.
‘Que este cirio arda sin apagarse para destruir la oscuridad de la noche…’ Que no se apague nunca esa luz de Cristo resucitado en nosotros. Que se disipen para siempre en nuestra vida las tinieblas del pecado. Que con esa luz de Cristo resucitado iluminemos nuestro mundo. No temamos decir a todo el que nos encontremos.¡Cristo ha resucitado! ¡El Señor vive y te ama para que tengas vida!
¡¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!!
miércoles, 17 de febrero de 2010
Dejémonos reconciliar, reencontrar, con Dios
Sal. 50
2Cor. 5, 20-6, 2
Mt. 6, 1-6. 16-18
Es como si en el centro de la plaza del pueblo retumbara el resonar de los tambores y sonara vibrante el clarín de las trompetas anunciando la llegada del que viene con toda su misericordia para anunciarnos y concedernos su perdón y su paz. Los oídos de nuestro mundo no sabrán distinguir esos sones y esos anunciados entretenidos como están en sus cosas que les pueden parecer más interesantes. Quizá en la plaza pública no se deje oír ese resonar de las trompetas, pero nosotros sí que escuchamos el grito fuerte de la Palabra que llega hasta nosotros.
Iniciamos la Cuaresma. Comienza el recorrido de un camino que para nosotros será glorioso en la meta que esperamos alcanzar. Sin embargo es una palabra exigente la que suena en los oídos de nuestro corazón porque nos está invitando a la conversión y a la renovación total de nuestra vida. Llega la Pascua y tiene que ser algo más que una cosa que repetimos cada año. Llega la Pascua y ésta tiene que ser nuestra Pascua porque eso es a lo que nos invita el Señor. Por eso el camino tiene que pasar por la renovación profunda y por la conversión.
‘Tocad la trompeta en Sión, proclamad el ayuno, congregad al pueblo, santificad la asamblea, reunid a los ancianos, congregad a los muchachos y niños de pecho, salga el esposo de la alcoba, la esposa del tálamo, entre el atrio y el altar lloren los sacerdotes, los ministros del Señor… convertíos a mí de todo corazón… rasgad los corazones, no las vestiduras, convertíos al Señor, Dios vuestro, porque es compasivo y misericordioso…’
Así resonaba la voz del profeta más vibrante que una trompeta, y así sigue resonando en medio de la Iglesia en este primer día de la Cuaresma. ‘Ahora es el tiempo de la gracia; ahora es el día de la salvación’, nos grita también la Palabra en la voz de san Pablo. Un tiempo que no podemos desaprovechar; una gracia del Señor que no podemos dejar pasar de largo.
‘Cada año la cuaresma nos ofrece una ocasión providencial para profundizar en el sentido y el valor de ser cristiano, y nos estimula a descubrir de nuevo la misericordia de Dios para que también nosotros lleguemos a ser más misericordiosos con nuestros hermanos’, nos repite la Iglesia en palabras de Benedicto XVI. ‘Nos invita a una sincera revisión de nuestra vida a la luz de las enseñanzas evangélicas… que este tiempo penitencial sea para todos los cristianos un tiempo de auténtica conversión y de intenso conocimiento del misterio de Cristo que vino para cumplir toda justicia’, nos decía en el mensaje de este año.
Ahí tenemos todo un programa. La Palabra de Dios que iremos escuchando día a día y en la que trataremos de reflexionar hondamente nos irá conduciendo para que comprendamos cada vez mejor ‘el sentido y el valor de ser cristiano’. Nos abriremos así a la misericordia del Señor para desde esa experiencia maravillosa de lo que es el amor de Dios aprendamos nosotros a amar y a tener misericordia. ¿Cómo no vamos a tener misericordia con los hermanos si estamos empapados de ese amor misericordioso de Dios? Somos conscientes de nuestra indignidad y de nuestro pecado, y por eso admiramos más el amor que Dios nos tiene.
Convertimos nuestro corazón a Dios e iremos arrancando con paciencia y sin pausa todas esas raíces de pecado que hay dentro de nosotros. Será costoso y doloroso muchas veces y nos exigirá fuertes sacrificios en esa renuncia y en esa transformación. Los actos penitenciales que iremos ofreciendo al Señor serán aprendizaje para esa renovación profunda, pero quieren ser también ofrenda de amor que nosotros queremos hacer al Señor como signo y señal de que queremos que El sea nuestro único Dios y Señor en nuestra vida.
Negación de nuestros gustos y caprichos, renuncia incluso a cosas buenas como expresión del dominio de nosotros mismos y nuestros gustos, sacrificios en la abstinencia no sólo de carne sino de otras cosas apetitosas que regalen nuestros sentidos que se pueden traducir en muchas cosas, renuncia incluso a los alimentos para probar también en nosotros lo que es el hambre y necesidad que pasan muchos hermanos nuestros, solidaridad en nuestro compartir con los que menos tienen dando de lo nuestro aunque poco tengamos para remediar las necesidades de nuestros hermanos, pueden ser muchas de esas cosas que ofrezcamos al Señor y que nos ayuden a realizar nuestro camino en austeridad, sencillez y humildad.
Ahora en este primer día de nuestra cuaresma dejaremos que la ceniza manche nuestras frentes, porque así recordamos lo pequeño que somos, polvo y ceniza somos, pero también lo que es nuestra indignidad por cuanto estamos manchados por el pecado. Por eso al tiempo que cae la ceniza sobre nuestra cabeza escucharemos la llamada e invitación del Señor: ‘Conviérte y cree en el Evangelio’.
Nos queremos volver hacia el Señor, dándole la vuelta totalmente a nuestra vida. Nos queremos volver hacia el Señor pero escuchando, creyendo y poniendo por obra el Evangelio de Jesús en nuestra vida. No solamente ver nuestra pequeñez y nuestro pecado, sino que es mirar al Evangelio porque es mirar el amor que el Señor nos tiene, pero es mirar también el camino que hemos de recorrer y es mirar la meta que hemos de alcanzar.
Nos convertimos para vivir el Reino de Dios. Nos convertimos dejándonos transformar por la Pascua del Señor. Por eso, cuando en la noche de la Vigilia Pascual de la resurrección del Señor nos dejemos iluminar por la luz de Cristo resucitado y hagamos la renovación de nuestras promesas bautismales, podremos hacerlo con todo sentido y hondura porque hemos recorrido con fidelidad este camino que hoy comenzamos.
Escuchemos la llamada del Señor. Caminemos a su encuentro que El viene a nosotros con su gracia y su perdón. ‘Dejémonos reconciliar, reencontrar, con Dios’.
sábado, 11 de abril de 2009
Ha resucitado… va delante de vosotros a Galilea
Con la esperanza por los suelos muy preocupadas iban las mujeres al sepulcro en aquel amanecer del primer día de la semana que tan importante y trascendental iba a ser. Su primera preocupación era ‘¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro?’ Pero ‘la piedra estaba corrida , y eso que era muy grande’.
‘¿A quién buscáis?’ les pregunta el joven que ven ‘sentado a la derecha vestido de blanco’, como Jesús había preguntado a los que venían a prenderle en la noche del jueves. ‘No os asustéis. - ¡Cómo no iban a asustarse por la sorpresa de lo que encontraban! - ¿Buscáis a Jesús, el Nazareno, el crucificado? No está aquí. Ha resucitado. Mirad el sitio donde lo pusieron’.
Se preocupaban de un cuerpo muerto que había que embalsamar debidamente porque en la tarde del viernes con las prisas de la pascua que comenzaba no lo hicieron como correspondía. Pero no estaba allí. Quienes iban sin esperanza ven renacer una luz en su corazón y su vida. ‘Ha resucitado’. Han de anunciarlo y ellas y los discípulos han de ponerse en camino. ‘Id a decir a sus discípulos y a Pedro: El va delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis, como os dijo’, es el anuncio y encargo que les hace el ángel.
¿A quién buscamos? ¿A quién hemos esperando en esta noche, en esta vigilia orante? ¿A un crucificado? A un crucificado que ahora vive. Ha resucitado y es el Señor. Ya de ahora en adelante no será simplemente el Maestro sino que ya para siempre lo proclamaremos el Señor. ‘Dios lo constituyó Señor y Mesías resucitándolo de entre los muerto por la gloria del Padre’, dirá Pedro en su primer discurso después de Pentecostés. Es el Señor queremos proclamar esta noche y para siempre con toda nuestra vida muy alto dando testimonio delante de los hombres. Es el Señor. Ha resucitado el Señor.
También nos ponemos en camino, porque queremos seguirle. Somos los discípulos que queremos correr a su encuentro. Tantas veces nos hemos llenado de dudas y nuestra esperanza también ha estado por los suelos. Pero queremos gritar bien fuerte esta noche. Que todo el mundo se entera de esta verdad para nosotros incuestionable. Ha resucitado el Señor y queremos resucitar con El.
Nos lo ha repetido san Pablo. Cristo ha resucitado y nosotros hemos de resucitar con El. Nuestra fe vuelve a llenarnos de vida, a hacerse viva, en la contemplación de Cristo resucitado. Nuestra esperanza renace de nuevo y pareciera que nuestra vida reverdece y se llena de flores en una nueva primavera. Que hermosos son los campos en la primavera cuando todo se llena de flores y de color. Ya no tiene que haber muerte en nosotros. Tenemos que llenarnos de vida y de vida para siempre con Cristo resucitado.
San Pablo nos ha hablado de que ‘si con Cristo hemos sido sepultados en su muerte, como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria de Dios Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva’. Si en la tarde del viernes al contemplar a Cristo crucificado allí estábamos nosotros con nuestra muerte, con nuestra vida llena de muerte en nuestros sufrimientos, en nuestras angustias, en nuestro pecado, todo eso ‘ha quedado sepultado con Cristo para con Cristo renacer a una vida nueva.’
‘Nuestra vieja condición ha sido crucificada con Cristo, quedando destruida nuestra personalidad de pecadores… libres de la esclavitud del pecado… absueltos del pecado’. Somos el hombre nuevo de la gracia. Somos los resucitados con Cristo. Lejos de nosotros ya para siempre el pecado. Todo tiene que ser vida.
Por eso nuestra alegría esta noche. Todo tiene que ser fiesta. ¿No estará lleno de alegría y hará fiesta el esclavo que ve caer las cadenas de su esclavitud para ser libre para siempre? Así nosotros. Así tenemos que cantar nuestra alegría – y no me canso de repetirlo – porque Cristo ha resucitado y nos lleva con El también a la resurrección.
Nos ponemos nuevamente en camino – ese camino que habíamos dejado a causa de nuestro pecado – porque queremos seguirle y vivirle pero también queremos anunciarle a los hermanos. El ángel les encomienda a las mujeres que vayan a llevarle la noticia al grupo de los discípulos que aún se sienten en las tinieblas de la muerte porque no saben que Cristo ha resucitado.’Id y decir a Pedro y los discípulos…’ Han de ir a Galilea, aquella Galilea donde habían hecho la vida hasta entonces, y Jesús irá delante de ellos y allí se les dejará ver.
También nosotros tenemos que hacer el camino, ir a la Galilea donde hacemos nuestra vida y a la Galilea de nuestro mundo, para que todos los vean, lo reconozcan y crean en El. Esa humanidad que contemplábamos junto a la cruz de Jesús tan llena de muerte ha de conocer a Cristo resucitado. Hay esperanza para todos.
Nuestro mundo necesita esperanza y necesita vida. Muchos signos de muerte vemos a nuestro alrededor en una humanidad desorientada, llena de dolor y sufrimiento, agobiada por las angustias de cada día en las crisis y los problemas que padecemos, llena de muerte porque ha perdido la fe y en consecuencia la esperanza.
Y tenemos que decirle que sí, que hay esperanza, que es posible un mundo nuevo y distinto. Que Cristo está con nosotros vivo y quiere llenarnos de vida. Que le contemplábamos en la cruz solidario con nuestros sufrimientos y nuestros males y El quiere levantarnos de ese sepulcro de muerte en el que hemos metido nuestra vida. Que está señalándonos el camino. Un camino que no puede ser otro que el de el amor y la solidaridad. El amor nos redimió y el amor nos hace vencer toda esa muerte que amenaza a nuestro mundo.
Pero tenemos que ser nosotros, los que creemos en Cristo, los que esta noche cantamos a Cristo resucitado los primeros que vayamos dando ejemplo de amor y solidaridad. Si nos amamos es que resucitó, como decimos en un canto pascual. Es nuestro compromiso en esta fiesta grande de Cristo resucitado que estamos celebrando. Porque queremos que todos participen de esta fiesta y de esta alegría, nuestro anuncio tiene que ir desde el amor y con amor.
‘¿Buscáis a Jesús el crucificado?’ No está aquí en el sepulcro. Ha resucitado. Allí donde hay amor de verdad lo vamos a encontrar. Resucitemos con El. Hagamos resucitar a nuestro mundo. Aleluya.