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miércoles, 12 de noviembre de 2025

No tengamos miedo a decir gracias, tener una palabra de gratitud o un gesto de humildad y también de humanidad manifestando la grandeza de nuestro corazón

 


No tengamos miedo a decir gracias, tener una palabra de gratitud o un gesto de humildad y también de humanidad manifestando la grandeza de nuestro corazón

Sabiduría 6, 1-11; Salmo 81; Lucas 17,11-19

Hay gestos en la vida que a pesar de su simplicidad y sencillez sin embargo manifiestan en verdad nuestra grandeza y lo que son nuestros valores humanos. Una simple mirada de gratitud, una sencilla palabra como decir ‘gracias’, una sonrisa en la que hablan nuestros ojos sin necesidad de mediar palabra; un gesto de gratitud que es al mismo tiempo un gesto de humildad, porque cuando decimos gracias es porque sentimos en lo más hondo de nosotros mismos que no merecíamos aquello que con generosidad el otro nos ha ofrecido y de alguna manera nos sentimos en deuda; una palabra de gratitud no paga nada pero muestra nuestra humildad y nuestra humanidad.

Algunas veces nos cuesta decirla cuando nos quedan restos de orgullo y de amor propio, cuando aún mantenemos la autosuficiencia de que nos valemos por nosotros mismos sin necesidad de nadie y queremos seguir manteniendo las distancias porque nos creemos merecedores de todo. Y es algo tan sencillo de decir o de manifestar cuando de verdad somos humildes. Podemos ser muy cumplidores y hacer todas las cosas de la mejor manera que sabemos hacerlo, pero si nos falta esa humildad nos está faltando humanidad. Muchas cosas más podríamos seguir reflexionando hasta convencernos de verdad que tenemos que ser agradecidos y mostrarlo. Aprendamos a bajarnos de nuestros pedestales. A veces vamos tan engreídos que nos olvidamos o nos cuesta pronunciar esa palabra. Algunas veces es una cuenta que tenemos pendiente.

Es lo que hoy nos está enseñando el evangelio. Es el relato que se nos hace; mientras iban de camino en su subida a Jerusalén, en esta ocasión van atravesando Samaria, de lejos un grupo de leprosos que saben del paso de Jesús, sin atreverse a acercarse porque la ley se los impedía, gritan suplicando que Jesús tenga compasión de ellos. ¿Cuál va a ser la respuesta de Jesús? No es insensible Jesús al sufrimiento de los demás y los milagros son un signo de esa liberación que Jesús nos ofrece. Les envía para que se presenten a los sacerdotes que certificando su sanción les permitan volver a sus casas. Así estaba prescrito y es lo que Jesús les pide realizar.

Suponemos la alegría de poder volver a encontrarse con los suyos y la prontitud con que correrían para tener las correspondientes autorizaciones. Mientras van de camino se dan cuenta de que están curados. Están realizando lo prescrito en los protocolos correspondientes. Pero a uno de ellos no le preocupa ahora esos protocolos, se siente curado y sabe que es Jesús el que lo ha curado; para él es más importante en ese momento el volver atrás hasta donde está Jesús para decir gracias. Reconocían en su petición que Jesús podía hacer algo por ellos, reconoce ahora este hombre que verdaderamente Jesús ha hecho algo por ellos porque los ha curado. Viene a postrarse ante Jesús. ¿Y los otros nueve dónde están?

¿Dónde estamos nosotros?, sería la pregunta que tendríamos que hacernos. Sí, es nuestra gratitud a Dios de quien todo lo recibimos; así lo expresamos con nuestra fe, con nuestras súplicas y con nuestra acción de gracias. Esa tendría que ser nuestra auténtica oración, cada día, cada momento. Ese tendría que ser el sentido de nuestras celebraciones donde tendríamos que manifestar y cantar el gozo de la salvación que de Jesús recibimos. Pero ¿realmente son así nuestras celebraciones?

No es muchas veces la alegría lo que mejor expresamos de hecho en nuestras celebraciones que parecen aburridas en la mayoría de los casos y parece que estamos deseando que terminen para salirnos a irnos a nuestras cosas. ¿Acaso estamos realmente compartiendo con los que están con nosotros en la celebración esas cosas concretas por las que en ese momento damos gracias a Dios? Mucho tendríamos que revisar, un nuevo sentido de vida tendríamos que darle.

Pero no nos quedemos en eso, sino vayamos al día a día de nuestra vida, ahí en lo que son nuestras relaciones familiares, lo que es el trato con los amigos, lo que es la relación con los que estamos haciendo el mismo camino de la vida, vecinos, compañeros de trabajo, personas con las que nos cruzamos por la calle o compartimos un mismo transporte, ¿cuántas veces les decimos gracias? Y en cada uno de esos aspectos o situaciones seguro que tenemos muchos motivos para dar gracias, para ser agradecidos, para tener una palabra amable, para regalar el gesto de nuestra sonrisa. No vayamos de engreídos por la vida.


martes, 4 de marzo de 2025

Lo que buscamos será siempre la gloria de Dios, lo demás se dará por añadidura y no importa que algunas veces aparezcan las persecuciones, por encima de todo el amor de Dios

 

Lo que buscamos será siempre la gloria de Dios, lo demás se dará por añadidura y no importa que algunas veces aparezcan las persecuciones, por encima de todo el amor de Dios

Eclesiástico 35, 1-12; Salmo 49; Marcos 10,28-31

Siembra ahora para que un día puedas cosechar. Es cierto, hemos de reconocer. Es lo que sucede en nuestros campos, si no hacemos buena siempre y buen cultivo al final no podemos esperar una buena cosecha; es lo que motiva nuestros esfuerzos y nuestros trabajos, la obtención de unos beneficios, el desarrollo de una idea o de una tarea, lo que podemos hacer para mejorar la vida; es, sí, la tarea de unos padres responsables que educan y hacen todo lo que pueden por sus hijos para que crezcan y maduren, llegan a desarrollar su personalidad y su vida y, como solemos decir, sean unas personas de provecho; es lo que quiere hacer quien trabaja por la sociedad, que lo considera como un servicio para hacer que esa sociedad funcione, que nuestro mundo sea mejor.

Una buena interpretación de lo que decíamos al principio, ‘siembra para que un día puedas cosechar’. Pero bien sabemos que a esa frase o sentencia le damos también otras interpretaciones que muchas veces encierran unos intereses de alguna manera egoístas, como siempre son los intereses. Son, por ejemplo, los que van haciendo favores, pero que un días pretenden cobrar, que nos sintamos eternamente agradecidos por lo que han hecho por nosotros, pero que luego sepamos corresponder; detrás hay una cierta manipulación que podíamos decir que llega a corrupción con lo que pretendemos tener atados a nuestros intereses a aquellas personas a las que un día hicimos un favor.

Reconozcamos que vemos demasiado de esto en la sociedad donde vivimos; no siempre esas cosas buenas que podamos hacer son fruto de la generosidad sino del interés, creando servilismos, un clientelismo – podíamos decir así – en que queremos poco menos que convertir en servidores nuestros a quienes un día hicimos un favor. No aparece la generosidad y el desinterés, no aparece el verdadero amor, lo convertimos todo en un mercantilismo donde siempre queremos estar cobrando aquello que un día hicimos.

¿Será así cómo estamos haciendo con Dios? Pensemos por ejemplo en esas oraciones muchas veces llenas de amargura cuando los problemas nos aparecen por todas partes y nos decimos, nosotros que siempre hemos sido buenos, ¿cómo es que Dios nos castiga? Dios tiene que ayudarme porque yo he hecho tantas cosas buenas por la Iglesia… y hacemos toda una lista – ¿de la compra? – con la que poco menos que queremos chantajear a Dios para que nos ayude. ¿Qué es lo que realmente nos ha motivado? ¿Un amor generoso y desinteresado o realmente le estamos pidiendo cuentas a Dios? Tendríamos que pensar.

En el episodio de hoy del evangelio yo quiero imaginar algo que no nos dice, pero ¿cómo sería la cara de Jesús ante las exigencias de Pedro para ver cuánto iban a recibir ellos que lo habían dejado todo por seguir a Jesús? ¿Seguían a Jesús realmente por amor al Reino de Dios que Jesús anunciaba o pensaban – como tantas veces discutieron – qué lugar iban ellos a ocupar en ese Reino que Jesús proclamaba?

Pero el corazón de Dios no se deja ganar en generosidad, aunque nuestra generosidad vaya algunas veces de alguna manera maleada. Jesús les dice que cien veces más, pero también les dice ‘con persecuciones’, pero les dice también que en la edad futura, la vida eterna. Les recuerda también que ‘los últimos serán los primeros y los primeros los últimos’, para que no olviden donde está su verdadera grandeza y cual es el espíritu de servicio que tiene que guiar sus vidas.

¿Cuál es la cosecha que pretendemos un día obtener de nuestra siembra y de nuestro cultivo? Creo que en la vida tenemos que pensarnos muy bien cual es la cosecha que merece la pena y en la generosidad con que siempre hemos de actuar buscando simplemente el bien y dejándonos llevar por lo que nos dicte el amor.

Esto tiene que hacernos reflexionar mucho también para los que trabajamos en la Iglesia, para los que nos sentimos comprometidos por el evangelio. No lo hagamos nunca buscando compensaciones, buscando agradecimientos y recompensas. Dejemos de ponernos lápidas y plaquitas de reconocimientos de lo que hacemos, esas plaquitas que aparecen tantas veces ‘para eterna memoria’.

Lo que buscamos será siempre la gloria de Dios. Busquemos el Reino de Dios y su justicia que lo demás se dará por añadidura. No importa que algunas veces aparezcan las persecuciones. Por encima de todo el amor de Dios.

domingo, 7 de noviembre de 2021

Nos quejamos de las oscuridades de la vida porque quizá no tenemos ojos limpios y bien abiertos para percatarnos de la luminosidad del corazón de tantos a nuestro lado

 


Nos quejamos de las oscuridades de la vida porque quizá no tenemos ojos limpios y bien abiertos para percatarnos de la luminosidad del corazón de tantos a nuestro lado

1Reyes 17, 10-16; Sal. 145; Hebreos 9, 24-28; Marcos 12, 38-44

Siempre lo recuerdo como el regalo más hermoso que he recibido. Me habían hablado de una mujer mayor y muy pobre que estaba enferma, atendida en la medida que podía por un hijo ya en cierto modo mayor también y que vivía muy lejos entre los montes de aquel pueblo donde entonces estaba como párroco; me dispuse a ir a visitarla y tras la sorpresa de mi llegada, la dificultad para entendernos por su casi ceguera y sordera, al final me reconoció y con emoción recuerdo aún la alegría con que me recibió; no sabía como agradecérmelo y en su pobreza quería hacerme algún presente; abrió uno de aquellos cajones de tea que entonces se usaban para guardar sus pertenencias y allí tenía prensados unos higos pasados, que de alguna manera guardaba para su propia alimentación; como pudo trató de sacar un puñado grande de aquellos higos como un regalo que desde su pobreza pero en su alegría y generosidad quería compartir conmigo.

Podemos estar seguros que de la casa de un pobre si a ellos nos acercamos con generosidad de corazón nunca saldremos con las manos vacías. Allí leí aquel día plasmado en aquella mujer una página del evangelio. Un gran regalo recibí yo aquel día a través de aquel puñado de higos pasados.

Es lo que vemos hoy en el evangelio. Jesús estaba a la entrada del templo sentado enfrente del arca de las ofrendas y desde allí enseñaba a los discípulos reunidos en torno a El. Pero sus ojos estaban atentos para captar donde se desarrollaba un gesto maravilloso de generosidad y de desprendimiento. Mientras los que entraban echaban sus ofrendas en el arca, algunos quizá con pomposidad manifiesta para que se notara lo generosos que querían aparentar en lo que allí depositaban, una anciana viuda silenciosamente y sin que nadie se percatara dejó caer su humilde ofrenda de dos monedillas que era todo lo que tenía para vivir. Sólo los ojos de Jesús supieron percatarse de lo que allí sucedía y de la grandeza del corazón de aquella anciana.

Es lo que Jesús quiere destacar. ‘En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir’.

Es el interrogante que se plantea en nuestro corazón. ¿Hasta donde llega nuestra generosidad? ¿Hasta donde somos capaces de desprendernos de lo que tenemos? ¿Si solo damos cuando nos sobra qué valor tiene eso? Nosotros, hemos de reconocerlo, que siempre estamos haciendo nuestros cálculos, hasta dónde puedo llegar, cuáles son los imprevistos que se me pueden presentar, cuánto va a quedar para mí. La generosidad y la gratuidad están en merma en nuestros corazones.

Una generosidad y una gratuidad que tiene que aprender a mirar a los ojos de la persona a la que vamos a ayudar, una generosidad que tiene que saber tender la mano con humildad pero con la ternura del amor para acercarse a aquel con quien compartimos; pero una generosidad y una gratuidad que no tiene que mirar colores de piel ni procedencias, que no tiene que hacer juicio de la vida de aquellos a los que damos, ni buscar preferencias en aquellos que nos pudieran parecer más merecedores.

Una generosidad y una gratuidad en la que no es tan importante lo que se puedan vaciar nuestros bolsillos, sino ser capaces de vaciarnos de vanidades y de orgullos, de búsquedas de reconocimientos o de gratitudes, de actitudes egoístas o posturas de comodidad. Si faltan estas condiciones aunque quizás demos mucho está mermada en nuestro corazón la generosidad.

Jesús les decía los discípulos que tuvieran cuidado de no contagiarse de las actitudes de los escribas y de los fariseos con sus vanidades y con sus orgullos, buscando primeros puestos o lugares de honor, buscando reconocimientos y gratitudes, a costa quizás de la manipulación que hacen de los demás. Cuidado que esas vanidades no se nos metan también en el alma a nosotros buscando también halagos y gratitudes por aquello que con generosidad de corazón tendríamos que hacer, cuidado con esas disimuladas posturas que ocultan la pobreza de nuestro corazón.

Seamos además capaces también de saber apreciar el altruismo, la generosidad, la gratuidad y el desprendimiento de muchas personas nuestro alrededor. Hay personas así, como aquella viuda del evangelio o como aquella mujer de Sarepta de Sidón de la que nos habla la primera lectura; hay personas que no destacan, que parece que no levantan un palmo del suelo por la humildad con que van por la vida, pero que van con un corazón generoso y desprendido y tienen un alma grande.

Nos quejamos con demasiada frecuencia de las oscuridades de la vida, pero es que quizá no tenemos ojos limpios y bien abiertos para percatarnos de esa generosidad de corazón de tantos a nuestro lado. Será la viejita que te da el puñado de higos pasados, o será la persona sencilla que te ofrece el vaso de agua fresca de su sonrisa, será la persona que silenciosamente pone su humilde ofrenda en el templo, o será quien se acerca a casa del vecino para compartir el perejil de su pobreza. Pero muchas personas hay con generoso corazón y no siempre somos capaces de verlo.

No vamos a hacerles homenajes porque ellos tampoco los quieren, pero si desde lo más hondo de nosotros mismos hemos de saber hacer ese reconocimiento y aprender esa lección.

martes, 5 de octubre de 2021

Cuidado no te olvides del Señor, tu Dios, sino que en toda ocasión sepamos ofrecer súplicas y acción de gracias viviendo con auténtica actitud de creyentes y cristianos

 


Cuidado no te olvides del Señor, tu Dios, sino que en toda ocasión sepamos ofrecer súplicas y acción de gracias viviendo con auténtica actitud de creyentes y cristianos

Deut. 8, 7-18; Sal.: 1Crón 29, 10bc-12ª; 2 Cor. 5, 17-21; Mateo 7, 7-11

Decimos que vivimos en medio de un pueblo creyente; aunque cada día más vamos escuchando a personas que se manifiestan como que no creen en Dios ni creen en nada, sin embargo en la mayoría de los que nos rodean, o eso al menos nos creemos, se llaman cristianos y mantienen vivas algunas prácticas religiosas como el bautismo de los niños, el entierro en sagrado de sus difuntos o las misas que se hacen decir por sus muertos, por no decir una serie de fiestas religiosas muy acompañadas de actos civiles en honor de sus vírgenes, de sus Cristos o de los santos de su devoción. Por esos signos seguimos pensando que vivimos en un pueblo de creyentes o en un pueblo que se dice cristiano.

Pero creo que tenemos que ser conscientes de que incluso aquellos que nos llamamos cristianos o nos decimos más religiosos en el conjunto de la vida vivimos como paganos, como si no hubiera un Dios en quien creer. Nos reducimos a una serie de prácticas religiosas o de algunas fiestas, quizás a hacer algunas oraciones sobre todo cuando nos vemos la vida más complicada o nos aparecen problemas que no sabemos cómo resolver, pero en el conjunto de nuestra vida tendríamos que preguntarnos qué lugar ocupa Dios.

Tenemos el peligro de ir viviendo la vida en el día a día con sus luchas y con sus problemas, con momentos de alegría y de felicidad, con contratiempos que vamos sorteando como podemos y como nos sentimos como muy autosuficientes no creemos necesitar de Dios ni de mantener una relacion viva con Dios.

Es necesario que al menos de vez en cuando nos detengamos un poquito y nos planteemos el sentido de nuestra vida, reflexionemos hondamente sobre el rumbo que le damos a nuestra existencia y tratemos también de darla una trascendencia superior y espiritual a cuanto hacemos o  cuanto vivimos. Y no es solo el que nos detengamos porque se nos viene el volcán encima, ya sea en estas circunstancias que ahora vivimos en nuestras islas, sino que la vida se nos pueda convertir en un momento en un volcán tenebroso por sus problemas y cuando nos sabemos por donde salir como último recurso acudamos a Dios. Ser creyente es mucho más que todo eso, porque el ser creyente ha de darle una tonalidad nueva a nuestra vida.

En este día la Iglesia nos invita a entrar en un momento litúrgico, que llamamos las temperas, que tendría que ser algo así como ese parón que tanto necesitamos para que reencontremos ese lugar que Dios ha de tener en nuestra vida y sepamos centrar nuestra existencia en esa fe que decimos que tenemos en Dios. En su origen se tenían estos momentos en el inicio o algo así de las cuatro estaciones del año, que venía a ser algo así como poner en las manos de Dios aquellas tareas que íbamos a emprender en cada una de esas estaciones, que en un mundo más rural que se vivía en otros momentos tenía mucho que ver con las tareas que se realizaban en el campo. Ahora en nuestro hemisferio al menos se celebran una vez al año en este día como un final de las recolecciones de los trabajos realizados enmarcados en cursos y el comienzo de una nueva etapa.

Los textos de la Palabra de Dios que se nos ofrecen en la liturgia de este día cuando se celebran en un solo día o de los tres días seguidos cuando se celebra de una forma más amplia, con bien significativos. Un reconocimiento de la presencia de Dios en nuestra vida, un reencuentro con los hermanos por lo que se nos hablará de reconciliación, y una súplica al Señor porque sabemos que solo en El encontramos la fuerza para toda nuestra tarea.

El primero de los textos nos viene a recordar que no olvidemos la presencia de Dios en nuestra vida. ‘Acuérdate del Señor, tu Dios…’ nos viene a decir. Y nos ofrece un texto del Deuteronomio en el que Moisés previene al pueblo que va a entrar en la tierra prometida para que cuando posean la tierra y vengas tiempos de prosperidad no se olviden del Señor, su Dios, que los sacó de Egipto.

Y es lo que nos suele pasar, es lo que nos va pasando de tal manera que aunque nos decimos creyentes como la vida circula diríamos por sus carriles normales, aunque como todo camino tenga sus baches y sus curvas, nos acostumbramos a vivir por nosotros mismos que nos olvidamos de Dios. Aquellos diez leprosos desde la pobreza y la soledad de su enfermedad suplicaron a Jesús desde la distancia para verse libres de su enfermedad, cuando se vieron curados corrieron a cumplir con las normas prescritas para poder encontrarse con sus familias, pero solo uno volvió para dar gracias a quien les había curado. Lo que nos pasa a nosotros tantas veces, prontos para pedir pero tardos para agradecer.

Esta jornada, como ya mencionamos, tiene también ese sentido del reencuentro y de la reconciliación, con los demás y con Dios, porque es una manera de reconocer nuestra debilidad y nuestras carencias. Por eso es también momento de súplica y de oración, cuando sabemos ponernos de verdad en la manos de Dios.

Cuidado no te olvides del Señor, tu Dios, sino que en toda ocasión sepamos ofrecer súplicas y acción de gracias al Señor en quien tenemos la vida y la salvación.


viernes, 1 de octubre de 2021

Algunas veces nos creemos merecedores de todo y olvidamos lo que gratuitamente recibimos de Dios y de los demás

 


Algunas veces nos creemos merecedores de todo y olvidamos lo que gratuitamente recibimos de Dios y de los demás

 Baruc 1,15-22; Sal 78; Lucas 10,13-16

Algunas veces nos creemos merecedores de todo. No solo no somos agradecidos, sino que de alguna manera nos volvemos exigentes; hoy vivimos en un ‘mundo de derechos’ y todos nos creemos con derecho a todo; exigimos a la sociedad, exigimos a los que nos dirigen, exigimos a cualquiera que se nos presente por delante, porque, como decimos, tenemos derecho. Y hasta cuando alguien gratuita y generosamente nos ofrece algo, simplemente porque le apetece o porque esa es su manera de ser generosa y altruista, nos llegamos a creer incluso que aquello que nos ofrecen es un derecho que nosotros tenemos.

Con lo que estoy diciendo, no se me entienda mal, no estoy en contra de los derechos que todos como persona tenemos; hay una declaración de derechos humanos que ha costado siglos no solo conseguirlos sino el poder llegar incluso a elaborar esa llamada carta de derechos humanos. A lo que me estoy refiriendo en el párrafo anterior son a esas exigencias con las que vamos con la vida donde no sabemos reconocer lo que alguien generosamente nos ofrece o nos regala. Por eso decíamos que es cuestión de agradecimiento, de reconocimiento de la generosidad de los demás y saberla valorar y tener en cuenta, para nosotros también dar una respuesta. Es necesario también tener la humildad de reconocer que no somos merecedores de lo que nos ofrecen, y desde esa humildad nacerá el agradecimiento verdadero.

Pocas veces vemos en el evangelio a Jesús quejarse de la respuesta negativa de la gente a su predicación. Se quejó, es cierto, en Nazaret de la falta de fe de sus conciudadanos y por eso incluso nos dirá el evangelista que allí no hizo ningún milagro; pero ante el rechazo de la gente que incluso querían despeñarlo por un barranco se abrió paso en medio de ellos y se alejó del lugar. Se marchará de la región de los gerasenos cuando las gentes de aquel lugar le piden que se marche a otra parte y no quieren escuchar su mensaje de salvación significado incluso en la curación de aquel endemoniado.

Le veremos, es cierto, en diatribas con los fariseos, los maestros de la ley, los sacerdotes de Jerusalén, pero porque era grande la cerrazón de sus mentes que no querían abrirlas al mensaje del Reino que Jesús les proponía. Pero hoy en el evangelio lo veremos en contra de las ciudades de Betsaida y Corozaín, aquellos lugares cercanos a Cafarnaún, y que formaba parte de aquellas aldeas y lugares por donde predicaba habitualmente recorriendo Galilea; ha realizado allí muchos milagros, pero de nada ha servido porque no han querido reconocer los signos de salvación que Jesús les ha ofrecido.

‘Pues si en Tiro y en Sidón, les dice, se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido, vestidos de sayal y sentados en la ceniza’.

Pero también contra Cafarnaún, el lugar que ha convertido en algo así como el centro de su predicación, también tiene palabras de juicio y condena de Jesús porque no ha dado la respuesta que de ellos se esperaba. ‘¿Piensas escalar el cielo?’, le dice, porque en su engreimiento por ser una ciudad importante en Galilea, incluso con gran importancia comercial por ser cruce de caminos para los que venían de Siria y se dirigían a Jerusalén, se habían creído quizás superiores a los demás pero también, como le dice, ‘bajarás al abismo’ de la destrucción. ¿Qué queda hoy de Cafarnaún? Unas ruinas que nos recuerdan que fue lugar importante, pero que casi había desaparecido bajo sus propias ruinas de las que hoy día los arqueólogos la están rescatando.

Pero hemos escuchado este evangelio como buena nueva para nosotros hoy. ¿Podríamos sentir también ese reproche de Jesús en nuestro corazón después de cuanto hemos recibido por la gracia del Señor? Cada uno puede pensar en su historia personal, historia de la gracia de Dios en su vida; cuantas cosas tenemos que recordar, cuántas cosas tenemos que agradecer. Lo que decíamos al principio. No nos creamos merecedores, sepamos reconocer el don de Dios en nuestra vida. Lo llamamos gracia, y eso significa gratuito. Así gratuito ha sido el amor de Dios en nosotros que tanto nos ha regalado.

Y lo pensamos en nuestro nivel personal e individual, pero tenemos que pensarlo también como pueblo, como comunidad que se ha ido construyendo a lo largo de su propia historia también desde la acción gratuita del Señor. Cada uno tiene que recordar, cada comunidad tendría que hacer relación de esas gracias del Señor en quienes ha puesto a nuestro lado para ayudarnos a caminar esos caminos del Señor. Cuantos testimonios podríamos recoger, recordando personas que han destacado en nuestras comunidades, pero que incluso hoy hemos olvidado con corazón desagradecido.

¿Cuál es nuestra respuesta personal o nuestra respuesta como comunidad cristiana? Si esas maravillas que el Señor ha derramado sobre nuestra vida la hubieran recibido otros, ¿cuál sería su respuesta?

 

 

domingo, 4 de octubre de 2020

La gratitud es mucho más que una cortesía, hemos de manifestarla con nuestra vida, con esa respuesta que demos en el compromiso de la vida de cada día

 


La gratitud es mucho más que una cortesía, hemos de manifestarla con nuestra vida, con esa respuesta que demos en el compromiso de la vida de cada día

Isaías 5, 1-7; Sal 79; Filipenses 4, 6-9; Mateo 21, 33-43

La ingratitud es algo terriblemente duro. El que es ingrato no sabe valorar lo que recibe de los demás, muestra la pobreza de su espíritu mezquino que le hace creerse merecedor de todo y hasta se vuelve exigente incluso con aquel que le está beneficiando.

Cuando llenamos el corazón de orgullo olvidamos pronto el camino que hemos recorrido y nos creemos siempre subidos en pedestales de gloria que al final le encandilan y le engañan, se engaña a si mismo. Es una tentación fácil cuando nos creemos que todo lo tenemos, nos sentimos con derecho a ser poseedores absolutos de todo, quizá estamos ya en una situación de vida más fácil y cómoda, y olvidamos el camino recorrido y, lo que es peor, olvidamos o relegamos a un lado a quienes estuvieron a nuestro lado, a quienes nos echaron una mano, a quienes incluso pusieron su parte para que llegáramos a donde ahora estamos.

Cuando vivíamos caminos duros y en cierto modo nos veíamos obligados a una mayor austeridad éramos más cercanos y solidarios con los que caminaban con nosotros, y ahora que nos creemos ricos y poseedores de todo con esa vida más fácil y cómoda como decíamos antes, nos hacemos ingratos, desagradecidos y mezquinos con los demás. Qué mala es la ingratitud, que nos endiosa a nosotros y hace tantos desaires a los que caminaron con nosotros en los momentos malos.

Nos podemos seguir haciendo muchas reflexiones en este sentido. Claro que podemos quedarnos en mirar a los demás con lupa para ver sus actitudes y no nos miramos a nosotros mismos. Muchas veces nos puede faltar el detalle de esa palabra amable llena de gratitud para quienes nos han prestado un servicio, sea cual sea y en el lugar que sea. Algunas veces nos escudamos en que es obligación del que lo hace y nosotros pagamos por ese servicio pero nos falta esa sonrisa, esa palabra amable, ese gesto de gratitud para quien nos atendía aunque fuera su obligación. Y no digamos nada cuando la gente ha sido generosa con uno sin tener ninguna obligación y nos vamos sin volver la vista atrás para mostrar nuestro agradecimiento.

Son unas primeras consideraciones – quizá me he alargado un poco – que me hago hoy ante la parábola que nos propone Jesús en el evangelio. Una parábola que tiene su eco en el canto de amor de mi amigo a su viña, que nos ofrecía el profeta del Antiguo Testamento. ‘¿Qué más podía hacer yo por mi viña que no hubiera hecho? ¿Por qué, cuando yo esperaba que diera uvas, dio agrazones?’ Por algo diremos con el salmo responsorial: ‘La viña del Señor es la casa de Israel’. Y es que tanto ese canto de amor de mi amigo a su viña como la parábola que Jesús nos propone eso está queriendo reflejar. Y lo dice claramente el evangelista.

La descripción de la parábola es el recorrido de la historia de la salvación que culmina en la muerte del hijo. Clara referencia a Jesús. Pero hoy nosotros cuando nos confrontamos a la Palabra de Dios no nos quedamos, por así decirlo, en la historia antigua, sino que tenemos que mirar nuestra historia. Es nuestra historia como pueblo, es nuestra historia también como Iglesia, pero es también nuestra historia personal tan llena de ingratitudes, la que está ahí reflejada. Sí, una historia de ingratitud. Porque nuestra Acción de Gracias a Dios no se puede quedar en unos cantos, como no se queda en unas palabras llenas de cortesía.

La gratitud es mucho más que una cortesía. La gratitud hemos de manifestarla con nuestra vida, con esa respuesta que nosotros estamos dando en el compromiso de nuestra vida de cada día. ¿Es que no nos vamos a comprometer con aquel que un día se dio generosamente por nosotros y nos ayudó a salir del bache de nuestra vida?

Ese terreno entrecavado y preparado como nos detalla el desarrollo de la parábola, las buenas cepas plantadas, la cerca que rodeaba la viña para evitar todo tipo de depredadores, el lagar, la bodega y la casa del guarda tan cuidadosamente preparados, nos están señalando todo lo que hemos venido recibiendo a lo largo de la vida; ya es el don de la vida misma y todos los mimos de quienes nos criaron, ya es la educación que nos dieron nuestros padres y de cuantos por una parte y por otra han ido ofreciéndonos una educación humana y cristiana, ya son todos esos medios con que hemos contado para ir haciendo ese camino de la vida que nos ayudaba a madurar, ya es la Iglesia que ha estado a  nuestro lado en el camino del crecimiento de nuestra fe, y así podríamos pensar en tantas cosas que han contribuido al desarrollo de nuestra vida; ¿y cuál es nuestra respuesta? ¿Cuál es la intensidad y madurez con que vivimos nuestra vida cristiana? ¿Dónde están los frutos que se esperan de nosotros y de lo que en nosotros se ha sembrado?

Da para pensar, para reflexionar, para examinar nuestra vida, para ver hasta donde llega nuestro compromiso con la vida misma, con la sociedad en la que vivimos, y como cristianos en esa iglesia a la que pertenecemos. La parábola termina con palabras duras, como dura fue la reacción del amigo ante los pocos frutos que le daba la viña. ‘Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos’. Pero también es un toque de atención de lo que es la misericordia del Señor, de la espera paciente del Señor para que demos frutos, y una invitación a unas nuevas actitudes en nuestra vida que pasan por una auténtica conversión.

lunes, 30 de abril de 2018

El Espíritu del Señor nos lo revelará todo, nos hará sentir su presencia, nos inundará de la sabiduría de Dios para que en cada momento sepamos ver las obras de Dios


El Espíritu del Señor  nos lo revelará todo, nos hará sentir su presencia, nos inundará de la sabiduría de Dios para que en cada momento sepamos ver las obras de Dios

Hechos de los apóstoles 14,5-18; Sal 113; Juan 14, 21-26

Alguna vez nos sucede que cuando alguien tiene una confidencia especial con nosotros nos sentimos en cierto modo, además de agradecidos, abrumados por la confianza que han tenido con nosotros de la que no nos sentimos merecedores. ¿Por qué a mí? ¿Por qué yo? Nos preguntamos y preguntamos quizá a aquel que ha tenido esa confianza con nosotros.
De la confianza tenemos que hacernos dignos aunque no nos sintamos merecedores, pero a ello hemos de corresponder nosotros de alguna manera mostrándonos con confianza y agradecimiento a quien tiene esos detalles con nosotros.
Es cierto que no a todos ni siempre abrimos de la misma manera el corazón a los demás, pero sí tenemos que aprender a crear niveles de cercanía con los que nos rodean para que haciendo el camino de la vida juntos, al mismo tiempo sepamos apoyarnos mutuamente los unos en los otros. Así el camino, sobre todo cuando vengan momentos difíciles o dolorosos, se nos hace más fácil y llevadero al sentir ese apoyo del que va a nuestro lado. El contemplar la intima inquietud del otro nos sirve de estímulo en nuestro esfuerzo y nos impulsa a mantenernos en ese camino resto aunque sea costoso.
Me fue surgiendo esta reflexión a partir de la reacción que Judas – como dice muy el evangelista, no el Iscariote – tuvo ante las confidencias que Jesús les estaba haciendo aquella noche de la cena pascual. ¿Por qué has tenido esta confianza con nosotros y así te manifiestas?  ‘Señor, ¿qué ha sucedido para que te reveles a nosotros y no al mundo?’ Y es que como hemos venido comentando Jesús les estaba abriendo su corazón. Pero aun nos dirá más, porque nos anuncia la presencia y la sabiduría de su Espíritu para que podamos comprender todas las cosas. ‘Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho’.
Ellos podían tener la sintonía con el Señor, porque aun cuando se sentían débiles e incluso aquella debilidad se iba a manifestar de forma escandalosa aquella misma noche cuando todos le abandonarían e huirían, sin embargo habían entrado en una sintonía de amor con Jesús. Y el Espíritu del Señor  nos lo revelará todo, nos hará sentir su presencia, nos inundará de la sabiduría de Dios para que en cada momento sepamos ver las obras de Dios, vivamos en su presencia y realicemos las obras del amor.
Somos débiles también y de muchas maneras se manifiesta esa debilidad en nuestra vida en tantos momentos que se nos vuelven negros porque no sabemos ser siempre fieles, pero tendríamos que saber mantenernos en esa sintonía de amor. Le amamos y nos queremos esforzar en cumplir su mandamiento para que así sintamos ese amor del Padre también sobre nosotros. ‘Y yo también lo amaré y me revelaré a él’, nos dice Jesús. Pero sigue diciéndonos algo muy hermoso. ‘El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él’. Dios quiere morar en nuestro corazón. Es el Dios que planta su tienda entre nosotros, pero aun más quiere habitar en nosotros si en verdad le amamos y guardamos su palabra.
Es una dicha grande, es un gozo grande para nuestro corazón. Se nos manifiesta, se nos revela, y nos llena de su amor y de su vida. ¿Cómo correspondemos a tanto amor? Le damos gracias pero queremos mantenernos siempre en ese amor siendo por nuestras obras de amor signo de Dios para los demás.   

jueves, 22 de diciembre de 2016

El cántico de María, agradecida a Dios por las maravillas que en ella se realizan, me está invitando a hacer también un magnificat desde mi vida para reconocer también el don de Dios en mí

El cántico de María, agradecida a Dios por las maravillas que en ella se realizan, me está invitando a hacer también un magnificat desde mi vida para reconocer también el don de Dios en mí

1Samuel 1,24-28; Sal.: 1S 2,1.45.6-7.8abcd; Lucas 1,46-56
¿Sabemos ser agradecidos en la vida? ¿Cuáles son las señales, los signos con los que mostramos nuestra gratitud? La palabra ‘gracias’ tendría que ser una palabra que saliera espontánea de nuestros labios ante cualquier gesto generoso que seamos capaces de apreciar en los demás. Manifiesta la nobleza de nuestro corazón.
Sin embargo reconocemos que no siempre es así, hay ocasiones en que nos cuesta. Ser agradecidos conlleva una gran dosis de humildad para reconocer que lo que recibimos no es por nuestros merecimientos. Hablamos tanto de justicia que creemos que en justicia los demás tienen necesariamente que ser generosos con nosotros. Y eso nos puede hacer soberbios y orgullosos. Hemos de reconocer que en lo que recibimos hay una carga honda de gratuidad por parte de quien nos lo ofrece.
Y esto que nos sucede o nos puede suceder en nuestras relaciones humanas con nuestros semejantes nos sucede en nuestra relación con nuestro Creador, nuestro Padre Dios y el amor misericordioso que El continuamente derrama sobre nosotros. Utilizamos tanto la palabra gracia para referirnos al don de Dios que tenemos el peligro de gastarla y hacerle perder su significado. Gracia es lo gratuito y gratuito es el amor que Dios nos tiene y se manifiesta y derrama sobre nuestra vida de tantas maneras. Es así el amor que Dios nos tiene, no por nuestro merecimiento cuanto estamos tan llenos de pecado sino porque el amor de Dios es primero, como nos dice san Juan en sus cartas.
Me surgen estos pensamientos que guían mi reflexión cuando escuchamos en el evangelio el Cántico de María. Es el cántico de la acción de gracias; es el cántico del reconocimiento de la obra de Dios en María, pero que repercute para toda la humanidad, es el cántico de la humildad de María, pero que manifiesta toda la grandeza de su corazón. Mucho podríamos decir de este cántico de María, el Magnificat como es conocido por todos por su primera palabra en latín.
Se van concatenando los hechos desde el anuncio primero de una buena nueva a Zacarías con la Buena Nueva del Ángel de la Anunciación en Nazaret a María. Allí se manifiesta la pequeña, la humilde esclava del Señor en quien Dios se ha fijado, que ha encontrado gracia ante Dios para hacerla su madre; pero más que en ello, por lo que también da gracias, piensa María en que ha sido escogida por el Señor como un eslabón importante para la salvación de la humanidad.
El sí humilde y confiado de María al misterio de Dios abre las puertas para que se derrame para siempre la misericordia de Dios para toda la humanidad. Una nueva revolución va a comenzar en la medida en que el Reino de Dios avance en medio del mundo, porque todo va a ser nuevo y distinto. Van a ser engrandecidos los humildes, mientras los poderosos serán despojados de sus soberbias; los que nada tienen y viven su vida entre la pobreza y el sufrimiento van a comenzar a vislumbrar un nuevo día, es un aurora de salvación la que se les ofrece, porque todo se va a transformar y comenzará un mundo nuevo donde no habrá ni luto, ni llanto ni dolor, como se proclamará luego en el Apocalipsis.
María canta agradecida a Dios porque ella y a través de ella se va a derramar la gracia de la misericordia divina para crear una humanidad nueva. María se ha comprometido en ese camino, por eso la hemos visto marchar presurosa hasta las montañas donde sabe que alguien la necesita. Cuánto nos enseña María.
Leyendo un comentario sobre este pasaje del evangelio el autor se preguntaba ¿y cómo será el Magnificat que cantes desde tu vida? Es la pregunta con la que quiero terminar y me hago a mi mismo. ¿Cuál es el Magnificat que voy a cantar agradecido a Dios desde mi vida concreta?

viernes, 22 de julio de 2011

Un corazón perdonado, agradecido y enamorado


María Magdalena
2Cor. 5, 14-17;
Sal. 62;
Jn. 20, 1-2.11-18

Un corazón perdonado, un corazón agradecido, un corazón enamorado. Es el corazón de María de Magdala a quien hoy celebramos.

Cuando aquella mujer pecadora se acercó por detrás a lavar los pies de Jesús, recordamos lo que pensaba el fariseo que había lo invitado Jesús le propuso una pequeña parábola: los dos que fueron perdonados por su amo en la deuda que tenían con él; uno era una gran cantidad y otro menos; y Jesús preguntó ‘¿quién le amará más?’

María Magdalena – no sabemos bien si fue o no fue esta mujer pecadora – sin embargo sí sabemos que Jesús le había perdonado mucho porque de ella había echado siete demonios, como dice Marcos en el evangelio. Lo que sí sabemos bien de ella era el amor grande que le tenía a Jesús. ‘¿Quién le amará más?’, preguntaba Jesús y ahí está el amor grande de María Magdalena. ¿Cómo no iba a amarle si así le había liberado del mal y del pecado? Al pie de la cruz estaba con María y algunas otras mujeres, nos dicen los evangelistas y fue de las primeras que corrieron el primer día de la semana al amanecer al sepulcro porque querían embalsamar debidamente el cuerpo de Jesús.

Un corazón perdonado, decíamos al principio, y un corazón agradecido que se manifestaba en ese seguimiento fiel a Jesús hasta llegar incluso hasta el pie de la cruz. Un corazón enamorado, un corazón lleno de amor. ¡Cuánto amaba a Jesús! Dispuesta estaba a cargar con el cuerpo de Jesús si lo encontrara, porque, como ella pensaba, se lo habían robado del sepulcro y no sabía donde estaba. Por eso pregunta al que ella cree que es el hortelano sin saber que era Jesús quien estaba allí porque para ella sería la primera de las apariciones después de resucitado.

Al oir su nombre de labios de Jesús le reconoce – ‘¡Maestro!’ es su exclamación - y corre a abrazarle los pies. ¡Cómo sería su nombre pronunciado por los labios de Jesús! Es el regalo de Jesús a tanto amor, a un corazon agradecido y enamorado. Pero es también la primera misión que Jesús confía despues de resucitado al enviarla que vaya a comunicar a los hermanos que había resucitado. Como canta la litrugia bizantina en su honor ‘el apóstol de los apóstoles’, enviada (apóstol) fue a los apóstoles con ese anuncio tan trascendental.

Nos basta esto que estamos reflexionando para sacar un mensaje para nuestra vida. ¿No tendría que ser también nuestro corazón un corazón agradecido y enamorado cuánto tanto nos ha perdonado el Señor? ‘¿Quién le amará más?’ se preguntaba Jesús y cuánto tiene que que ser entonces nuestro amor agradecido y enamorado como el de Magdalena. A aquella mujer pecadora se le habían perdonado sus muchos pecados porque había amado mucho. Pongamos de la misma manera nosotros mucho amor que ya se manifiesta el amor grande que Dios nos tiene que tanto nos ha perdonado, que nos ha entregado a su Hijo para que nosotros obtengamos la salvación.

Es cuestión de amor. ‘Nos apremia el amor de Dios’, como nos decía san Pablo. Ya no podemos vivir para nosotros mismos, sino para el que murió y resucitó por nosotros. Es la respuesta de amor que nosotros hemos de dar. Es ese corazón agradecido que se ensancha más y más cuando siente el amor de Dios en él y con un amor así quiere amar también. En El tenemos que poner todo nuestro amor. Así tiene que ser nuestro corazón agradecido. Es de nobleza el ser agradecidos. Que no nos falte esa acción de gracias y que no nos falte ese amor. Con todo el corazón, con toda el alma, con todo nuestro ser, sobre todas las cosas, como se nos pide en el primero de los mandamientos de la ley del Señor.

¿Estaremos así enamorados de Jesús? ¿Estaremos así enamorados de Dios? ¿No tendríamos que ser nosotros apóstoles de ese amor que hemos recibido anunciándolo también a nuestro mundo?