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sábado, 18 de diciembre de 2010

Los ojos sensibles de José para descubrir el misterio de Dios


Jer. 23, 5-8;

Sal. 71;

Mt. 1, 18-24

Los contratiempos que vamos teniendo en la vida por los problemas que tenemos o nos afectan, los momentos duros o difíciles por los que podamos pasar en una enfermedad, por ejemplo, las dificultades por un motivo u otro que nos vamos encontrando en el camino de la vida, algunas veces pueden llenarnos de callos el corazón o cegar los ojos de la vida para endurecernos o no ver salidas a lo que nos sucede.

Es ahí, quizá, donde se tiene que manifestar la madurez de nuestra vida y también la fortaleza de nuestra fe para saber afrontar todo eso que nos sucede y ser capaces de ver más allá de lo que aparentemente parece que está primero. No es fácil a veces. Creo que hace falta una sensibilidad espiritual especial en la que debiéramos irnos entrenando en la vida, preparándonos, para cuando nos sucedan esas cosas.

¿Por qué y para qué hago esta introducción? Creo que por ahí va la lección que nos da san José en lo que hemos escuchado en el evangelio. No fueron momentos fáciles para él. Como nos dice el evangelio ‘la madre de Jesús estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo…’ Esto es lo que estaba contemplando José que le sucedía.

¿Cuál fue su reacción, su manera de actuar? Ya lo hemos escuchado en el evangelio. ‘Era bueno y no quería denunciarla…’ No se cegó, no endureció el corazón. Nos manifiesta una entereza y una madurez grande en la bondad de su vida y como veremos en su fe.

Dios no lo deja solo. Se le manifiesta en sueños por un ángel del Señor que le habla y le descubre todo el misterio de Dios que estaba sucediendo y con el que venía la salvación para todos. ‘El salvará a su pueblo de los pecados’, le dice el ángel refiriéndose a aquella criatura que llevaba María en su seno y a quien había de llamar Jesús.

Cualquiera podría pensar que sólo era un sueño o una ilusión. Pero para José no fue un sueño más, sino que El supo escuchar la voz de Dios. Era la sensibilidad para la fe que había en el corazón de José. Eran los ojos sensibles que tenía para ver las cosas de Dios; unos ojos sensibles para descubrir el misterio de Dios.

Necesitamos nosotros esa sensibilidad espiritual, esos ojos de fe, ese espíritu sensible y abierto a las cosas grandes. No son sólo los contratiempos que padecemos en la vida, en nuestras debilidades o sufrimientos, sino que es también este mundo materialista que nos rodea lo que nos puede cegar, hacer perder la sensibilidad, endurecer el corazón. Es a lo que hemos de estar atentos. Como decía antes, hemos de saber entrenarnos para estar preparados, hemos de cultivar esa finura espiritual que nos haga mirar con ojos distintos la vida, lo que nos sucede, que nos haga mirar con ojos de fe para descubrir lo bueno, para sentir ese amor de Dios en nosotros que se manifiesta de tantas maneras.

Que no nos falte esa finura espiritual en toda nuestra vida, pero que ahora en estos días que vamos a vivir la resaltemos de manera especial, para que no nos dejemos arrastrar por tantas cosas que no son tan importantes, para que no vivamos con superficialidad la celebración del nacimiento del Señor. Que nos llenemos del Espiritu de Dios para comprender y vivir profundamente todo el misterio que celebramos. Que así nos veamos iluminados por la Luz de Jesús y nos veamos liberados de tantas cosas que nos esclavizan con el mal y el pecado. Que brille en nosotros esa bondad y esa hondura de corazón que contemplamos hoy en José.

viernes, 17 de diciembre de 2010

Alégrate tierra porque viene el Señor


Gen. 49, 2.8-10;

Sal. 71;

Mt. 1, 1-17

Caminamos ya como en una recta final hasta la celebración de la navidad. Estos ocho días la liturgia nos va a ofrecer textos muy específicos que nos ayuden a intensificar nuestra preparación para la celebración del nacimiento del Señor. Es el adviento que toma mayor intensidad y tiene que ser nuestro corazón el que se abra más plenamente al Señor que llega en todo ese sentido profundo que tiene la navidad y sobre lo que hemos reflexionado una y otra vez.

La liturgia nos invita también a alegrarnos porque el Señor está cerca. ‘Exulta, cielo; alégrate, tierra, porque viene el Señor y se compadecerá de los desamparados’, decíamos en la antífona de entrada de esta fiesta. Nos alegramos con gozo grande pero eso nos invitará a intensificar más nuestra preparación. Una preparación que ha de ir por dejarnos trasnformar día a día más por la gracia del Señor.

Comienza la liturgia ofreciéndonos hoy en el evangelio de san Mateo la ‘genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán’. El Hijo de Dios que vemos encarnarse en el seno de María – como decimos en la oración litúrgica – se hace hombre y nace en un pueblo concreto que es el pueblo de Israel con su historia de salvación concreta desde que Dios en el paraíso prometiera un salvador. Es el hijo de David, es el hijo de Abrahán. Aquel en quien se van a cumplir todas las promesas del Antiguo Testamento para ser nuestro Salvador.

Por eso en la primera lectura hemos escuchado este texto del Génesis donde Jacob hace a Judá depositario de las promesas. ‘No se apartará de Judá el cetro ni el bastón de mando entre sus rodillas, hasta que le traigan tributos y le rindan homenaje los pueblos’. La tradición judía y cristiana han entendido siempre este oráculo en sentido mesiánico. De la tribu de Judá será el rey David y como le anuncia el ángel a María ‘el Señor Dios le dará el trono de David su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin’.

Y en ese sentido nos dirá san Lucas cuando nos narre el nacimiento de Jesús que ‘también José, por ser de la estirpe y de la familia de David, subió desde Galilea a Judea, a la ciudad de David que se llama Belén para inscribirse con María que estaba en cinta’ en cumplimiento del mandato de Quirino, Gobernador de Siria.

Iremos pidiendo al Señor en estos con las hermosas antífonas que la liturgia nos ofrece que nos llenemos de la Sabiduría de Dios, que nos veamos liberados de la cautividad del pecado y de las tinieblas de la muerte, que nos veamos iluminados por su luz. Y pediremos con insistencia que venga pronto el Señor con su salvación. Ven pronto, Señor, no tardes, le diremos una y otra vez.

La gente estos días se afana con muchas cosas; son muchos los preparativos, pero que se quedan muchas veces en cosas materiales con la mejor buena voluntad. Es hermosa toda la ornamentación que hagamos como un signo de nuestra alegría y como una señal clara de lo que estamos celebrando. Son hermosos esos deseos de paz y de felicidad que nos expresaremos mutuamente y que las familias hagan sus preparativos para ese bonito encuentro en el hogar de todos. Pero no olvidemos preparar nuestro corazón, limpiarlo de la suciedad del pecado buscando la gracia que el Señor nos ofrece en los sacramentos, y en especial en el sacramento de la penitencia. Que los otros preparativos no nos hagan olvidar el que es más importante para que en verdad Dios pueda nacer en nosotros.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Yo envío mi mensajero delante de ti…


Is. 54, 1-10;

Sal. 29;

Lc. 7, 24-30

‘Yo envío mi mensajero delante de ti para que prepare el camino ante ti’. Era lo anunciado por los profetas que el evangelista recuerda a partir de las palabras de Jesús que habla de Juan de alguien que es más que profeta.

Lo podemos considerar como el último de los profetas del Antiguo Testamento, pero hemos de reconocer que está como con un pie ya en el Nuevo Testamento porque es el que viene inmediatamente antes que el Mesías. Por eso lo llamamos el Precursor, el que viene antes y viene señalando. Así lo señalará a los que van a ser los primeros discípulos de Jesús: ‘Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’.

Pero Jesús dirá más, porque ‘entre los nacidos de mujer os digo que nadie es más grande que Juan’. Hermosa alabanza, como hermoso es el testimonio que nos ofrece de su humildad para desaparecer y para dar paso a aquel a quien El anuncia.

Hermosa alabanza, sí, a quien veremos desaparecer cuando señala el camino. El no es el camino sino quien ha venido a preparar los caminos. Cuando viene una embajada de Jerusalén preguntando si es el Mesías, si es un profeta, por qué bautiza si no es Elías ni el profeta ni el Mesias, él responderá: ‘Yo soy la voz del que clama en el desierto; allanad el camino del Señor’.

No es sino la voz que señala donde está verdaderamente la Palabra. ‘La Palabra es la luz verdadera que con su venida al mundo ilumina a todo hombre’. No es Juan la luz sino el que viene a dar testimonio de la luz. ‘Vino un hombre enviado por Dios que se llamaba Juan, nos dice el principio del evangelio de Juan. Este vino como testigo, para dar testimonio de la luz, a fin de que todos creyeran en él. No era él la luz sino testigo de la luz’.

Es el testigo pero que se siente pequeño, porque su misión no es crecer sino anunciar y dar paso. ‘Yo no soy el Mesías, dirá, sino que he sido enviado como Precursor… El amigo del esposo que está junto a él y lo escucha, se alegra mucho al oir la voz del esposo, por eso mi alegría se ha hecho plena. El debe crecer, ser más importante, yo debo menguar…’

Por eso nos dirá: ‘detrás de mi viene uno que ha sido colocado delante de mí, porque existía antes que yo. Yo mismo no lo conocía; pero la razón de mi bautismo era que El se manifestara a Israel… no soy digno de llevarle las sandalias’, terminará diciendo en su humildad. Por eso nos dirá: ‘Yo bautizo con agua pero El os bautizará con Espíritu Santo y fuego…’

¡Qué hermosa la humildad del Bautista! ¡Qué manera más hermosa nos está dando para que preparemos nosotros los caminos del Señor! Caminos de humildad, caminos de sencillez, caminos de servicio. Será lo que luego nos enseñe Jesús en el Evangelio.

Muchas más cosas podríamos decir de la Palabra hoy proclamada, porque es hermoso también lo que nos dice Isaías con esa llamada a la conversión y ese recuerdo que nos hace la misericordia del Señor dispuesto siempre a perdonarnos porque nos ama. ‘Con misericordia eterna te quiero, dice el Señor, tu redentor… Aunque se retiren los montes y vacilen las colinas, no se retirará de ti mi misericordia, ni mi alianza de paz vacilará, dice el Señor que te quiere’.

Acerquémonos a Jesús para conocerle

Is. 45, 6-8.18.21-26;

Sal. 84;

Lc. 7, 19-23

Volvemos a escuchar la pregunta de los discípulos de Juan a Jesús, ahora en el relato de san Lucas. ‘¿Eres tú el que ha de venir o hemos de buscar a otro?’ ¿Quién eres tú?

Es la pregunta que planea por todo el evangelio. ¿Quién eres tú? ¿Quién es este hombre que habla con tal autoridad? ¿Quién es este hombre que realiza tales maravillas? ¿Quién es este hombre que se manifiesta con tal poder hasta para perdonar pecados? ¿Quién es? ¿Un profeta? ¿El Mesías anunciado y esperado? ¿El caudillo que liberara a Israel de la opresión de pueblos extranjeros? ¿Un hombre como los demás o Dios venido a estar en medio de nosotros?

No rehuye la pregunta Jesús porque realmente quiere que nos lo preguntemos y lleguemos a conocerlo, pero ahora más que con palabras responde con hechos, con signos, con milagros que quieren significar mucho, con su manera de estar y de acercarse a nosotros. ‘El que pasó haciendo el bien’ como un día Pedro proclamara.

Tenemos que acercanos a Jesús para conocerle. Es importante. Está en juego nuestra salvación. Miremos sus obras y escuchemos sus palabras. Dejemos que su Espíritu llegue a nuestro corazón y dejémonos conducir por El para llegar al conocimiento pleno. Caminemos tras sus pasos y dejémonos inundar por su vida. Contemplemos sus obras de amor y dejémonos cautivar por su amor.

‘Id a anunciar a Juan lo que habéis visto y oído’. Da vista a los ciegos pero para que todos podamos contemplar su luz, porque El es la luz del mundo.

Levanta y hace caminar al paralítico para que nos pongamos en camino, su camino y lleguemos a encontrar su verdad, quien nos dice que es el Camino y la verdad y la vida.

Limpia de la suciedad de la lepra al leproso porque no quiere ningun signo de muerte o de mal en nosotros y para eso nos perdona los pecados, lavándonos con su sangre derramada en la Cruz.

Abre los oídos a los sordos para recordarnos cómo tenemos que escuchar su Palabra, escucharle a El, que es Palabra de salvación y de vida.

Hace resucitar a los muertos porque no quiere que permanezcamos en la soledad y la hondura del sepulcro y de la muerte sino que tengamos vida para siempre.

A todos se nos anuncia una buena noticia, una noticia de alegría y de esperanza porque comienza un mundo nuevo, porque podemos tener una vida nueva donde desaparezca para siempre el luto y el dolor, porque ha comenzado el Reino de Dios, porque todos nos sentimos amados por un Dios que es nuestro Padre y nos ama con locura de amor.

Es Jesús, nuestra luz, nuestra vida, nuestra salvación; es Jesús el que nos reconcilia con el Padre y nos otorga para siempre el perdón de nuestros pecados; es Jesús nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida que no podemos nunca abandonar; es Jesús que el rostro más hermoso de Dios que podemos contemplar; es Jesús, el Hijo de Dios, a quien ahora vamos a contemplar nacer niño en Belén, pero a quien contemplaremos dando su vida por nosotros para que tengamos vida para siempre, para darnos la salvación, para hacernos hijos de Dios.

‘Cielos, destilad vuestro rocío, rezamos con Isaías; nubes, derramad la victoria, destilad al justo; ábrase la tierra y brote la salvación, y con ella germine la justicia…’ Que llegue Jesús a nuestra vida; que nos llegue la gracia y la salvación; que se abra de verdad nuestro corazón para vivir a Dios.

martes, 14 de diciembre de 2010

El hijo que hizo de verdad lo que quería el padre aunque pareciera rebelde


Sof. 3, 1-2.9-13;

Sal. 33;

Mt. 21, 28-32

‘¿Quién de los dos hijos hizo lo que quería el padre?’ Tantos dicen pero no hacen. Es cierto que el primero parecía a primera vista rebelde y desobediente. Su primera reacción fue decir ‘no’, pero se arrepintió e hizo lo que el padre pedía. Ya vemos el otro, de entrada buenas palabras, pero en la realidad fue el desobediente. Un arrepentimiento a tiempo es importante.

Jesús quiere destacar la actuación del Bautista, que fue capaz de mover a la conversión a los que se consideraba los peores pecadores mientras que los que se consideraban justos no hicieron nada para acercarse al Reino de Dios que Juan anunciaba que era inminente. ‘Vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creístes; en cambio, los publicanos y las prostitutas le creyeron. Y asún después de ver esto, vosotros no os arrepentísteis ni le creísteis’.

El profeta Sofonías nos hablaba en nombre del Señor: ‘Ay de la ciudad rebelde, manchada y opresora. No obedecía a la voz, no aceptaba la instrucción, no confiaba en el Señor, no se acercaba a Dios’. Una descripción del pecado: huída de Dios, desobediencia, desconfianza, falta de fe, rebeldía, hipocresía, mentira… De ello nos habla la profecía. Es lo que tenemos que reconocer que hacemos tantas veces. Estamos diciendo no a Dios, como aquel hijo del que habla la parábola.

Pero viene el Señor que nos purifica porque nos perdona – ‘daré a los pueblos labios puros’ – y podemos y tenemos que invocar el nombre del Señor. Reconocemos nuestro pecado y el Señor transformará nuestro corazón soberbio y orgulloso que incluso pretendía ocupar el lugar de Dios. Reconoceremos finalmente que El es nuestro único Dios y Señor.

‘Dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde, que confiará en el nombre del Señor…’ Pueblo pobre y humilde que busca la justicia y la santidad; pueblo pobre y humilde que se goza con los mandamientos del Señor; pueblo pobre y humilde que se confía en el Señor y vive siempre alabando el nombre del Señor.

Pueblo pobre y humilde, como nos enseñará Jesús en el evangelio, que será el preferido del Señor; pueblo pobre y humilde que será dichoso porque ‘de ellos es el Reino de los cielos’ como proclamará Jesús en las Bienaventuranzas.

En nuestro camino de Adviento, escuchando la voz del Bautista que viene a preparar los caminos del Señor, nuestro primer paso ha de ser el querer convertirnos al Señor. Ver ese ‘no’ que tantas veces le hemos dado al Señor de nuestra vida con nuestro pecado para darle la vuelta y convertirlo en un ‘sí’ de querer escuchar a Dios, seguir su camino, cumplir los mandamientos del Señor.

Mirémonos con sinceridad y no nos creamos ya justificados. Esa palabra que el Señor nos dirige es una palabra dicha directamente a nosotros, a nuestra vida y espera una respuesta: la conversión, la vuelta al Señor, porque en no todo somos fieles y nuestra vida está llena de flaquezas y debilidades. Con la gracia del Señor podremos seguir sus caminos.

lunes, 13 de diciembre de 2010

La autoridad de Jesús, el Hijo de Dios y nuestro verdadero Salvador

La autoridad de Jesús, el Hijo de Dios y nuestro verdadero Salvador

Núm. 24, 2-7.15-17; Sal. 24; Mt. 21, 23-27

En el evangelio vemos continuamente que la gente se preguntaba por Jesús al tiempo que se sentía admirada por los milagros que Jesús hacía o su doctrina. Muchos se entusiasman con El y quieren seguirle por todas partes. Sin embargo hay otros a los que les cuesta aceptar lo que hace Jesús y sus enseñanzas. Ya hemos escuchado en ocasiones su malicia para ver hasta el maligno detrás de las cosas que hace Jesús, sus milagros.

Hoy en el evangelio contemplamos cómo ‘mientras Jesús enseñaba en el templo, se le acercaron los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo para preguntarle: ¿con qué autoridad haces esto?’ Jesús no era un letrado reconocido como Maestro de la Ley por los judíos porque no habría pasado por sus escuelas rabínicas. Sin embargo enseñaba en el templo como en esta ocasión, en las sinagogas como le vemos muchas veces, o al pueblo allí donde se congregara. ‘¿Quién te ha dado semejante autoridad?’ le preguntan.

Jesús está viendo la malicia de su corazón porque no le aceptan, porque no quieren reconocer su mensaje ni que Dios está actuando en sus obras. Pero Jesús, por decirlo así, les quiere coger en sus propias palabras. De ahí esa pregunta por el sentido del Bautismo de Juan. Sabe Jesús que no le van a responder porque se verían cogidos por un lado o por otro, respondieran una cosa u otra, porque el pueblo admiraba a Juan y lo había tenido como un profeta.

Jesús tampoco les responderá a su pregunta. La autoridad de Jesús está bien por encima de todo lo que ellos pudieran hacer o pensar. Su autoridad no le venía dada por ningun poder humano. El Espíritu del Señor estaba sobre El y lo había ungido y lo había enviado a anuncar la buena noticia de salvación, de liberación porque con El venía la amnistía, el perdón, el año de gracia del Señor.

Nosotros sí reconocemos la autoridad de Jesús porque nosotros sí lo reconocemos como el Hijo de Dios y como nuestro Salvador. Para nosotros su Palabra sí que es una Palabra de vida y de salvación que queremos escuchar, que queremos llevar a lo hondo de nuestra vida para plantarla profundamente en nosotros y que dé fruto.

‘Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas, haz que camine con lealtad, enséñame porque tu eres mi Dios y mi salvador… tú que enseñas el camino a los pecadores, haces caminar a los humildes con rectitud, enseñas el camino a los humildes’. Así hemos rezado en el salmo; así reconocemos el valor de la Palabra del Señor en nuestra vida; así queremos caminar por sus caminos, no queremos abandonar sus sendas que nos llevan a la vida y a la salvación.

Decir por otra parte que este texto del evangelio hace referencia al bautismo de Juan, a su figura y a su misión; propio de este tiempo del Adviento donde tenemos como referencia la figura del Bautista como Precursor del Mesías y como aquel que venía a preparar los caminos del Señor. Nosotros también queremos escuchar el mensaje de Juan mientras nos preparamos para la celebración de la navidad.

Los oráculos de Balaán que hemos escuchado en la primera lectura son también un anuncio mesiánico en la referencia a la estrella de Jacob y al cetro de Israel, signos del Reino de David, de cuya descendencia había de nacer el Mesías. Recordemos las palabras del anuncio del ángel a María. ‘El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin’. Quien había sido llamado para que maldijera al pueblo peregrino por el desierto, impulsado por el Espíritu del Señor profetizará anunciando el nacimiento del Mesías precisamente en aquel pueblo que ahora peregrinaba hacia la tierra prometida.

domingo, 12 de diciembre de 2010

¿Es Cristo en verdad la salvación que todos esperamos?

Is. 35, 1-6.10;

Sal. 145;

Sant. 5, 7-10;

Mt. 11, 2-11

‘Estas viendo, Señor, cómo tu pueblo espera con fe la fiesta del nacimiento de tu Hijo’, decíamos en la oración de este tercer domingo de Adviento.

Y ya se nos va adelantando la alegría de la Navidad que llega. No pienso sólo en ese ambiente consumista y demasiado comercial que nos rodea a pesar de los momentos difíciles por los que pasa nuestra sociedad, sino pienso en la alegría honda de los cristianos que llenos de esperanza nos preparamos a celebrar con el mejor sentido el nacimiento del Señor.

Este tercer domingo tiene ya esos aires se alegría que se nos manifiestan en las antífonas y los diferentes textos de la liturgia. Una alegría nacida de la esperanza de salvación que nos anima y una alegría en los pasos de conversión y purificación que vamos dando.

La liturgia vuelve a presentarnos al Bautista. Pero en esta ocasión, escuchamos en el evangelio, está encarcelado por Herodes y desde allí envía a sus discípulos a preguntar a Jesús. ‘¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?’ Por muchas razones podemos entender esta pregunta de Juan, quien lo había señalado allá en el Jordán como ‘el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’ porque había visto la gloria del Señor manifestarse sobre El después del Bautismo.

Quizá para que sus discípulos entendieran también que Jesús era el Mesias esperando porque en El se cumplían las Escrituras, como un día lo habían entendido Andrés y Juan que sí se habían ido con Jesús. Quizá porque a él mismo le entraban dudas al ver la forma distinta de actuar de Jesús de lo que había pensado e incluso anunciado. En la respuesta de Jesús, más que con palabras con signos, podemos entenderlo. ‘Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído?’, les responde Jesús.

Quizá también, es posible, porque esa pregunta es de alguna manera una pregunta que nosotros hoy, nuestro mundo hoy se pueda seguir haciendo. ¿Tenemos que seguir esperando hoy un salvador o ya no lo necesitamos? Una pregunta o interrogante muy serio y yo diría importante. ¿Qué salvación espera el mundo de hoy, esperan los hombres de hoy? En la confusión de las gentes en los tiempos de Jesús quizá esperaban caudillos que le dieron libertad e independencia al pueblo de Israel frente a pueblos extranjeros. Es posible que en nuestro mundo tan materializado en el que vivimos lo que esperamos – al menos para muchos - es simplemente solución a esos problemas económicos o sociales que nos afectan.

Pero ¿cuál sería esa salvación? Porque a pesar de todo hay otras ansias más hondas en el corazón del hombre que muchas veces se ven acalladas y silenciadas en nuestros temores o en nuestros agobios. Quizá se buscan señales de algo nuevo y distinto que nos dé hondura a la vida, que sacie aspiraciones hondas, o que eleve nuestro espíritu en búsqueda de algo más alto o más espiritual. En el fondo pudiera ser que el hombre tuviera hambre de Dios sin saberlo reconocer y necesite unos signos o unos testigos que nos eleven o que nos hagan soñar en algo mucho más hermoso.

Creo que en lo que dice Jesús a los enviados de Juan podemos vislumbrar una respuesta. Jesús se había puesto a curar a los enfermos, a dar vista a los ciegos, a hacer caminar a los inválidos, a limpiar a los leprosos, había dado la vida a los muertos y se les anunciaba una buena noticia a los pobres. ‘Id y decir a Juan lo que habéis visto y oído’, les dice Jesús a los enviados.

A la pregunta sobre la vida y la felicidad, que en fin de cuentas es la pregunta por una salvación que se espera, Jesús había respondido ofreciéndonos la posibilidad de hacer un mundo distinto: un mundo de amor donde nos sentiríamos hermanos, un mundo de perdón y de vida donde predomina la misericordia y la compasión, un mundo donde aprendiéramos a valorar lo que es verdaderamente importante para el hombre, un mundo de vida y no de muerte, un mundo que construiríamos en la paz verdadera alejando toda violencia, un mundo de acogida y de generosidad, un mundo de esperanza porque nos sentimos amados y seremos capaces de amar de verdad, un mundo en que nos sentiríamos también perdonados, un mundo que llamaríamos Reino de Dios porque en verdad tuviéramos a Dios como centro, como Rey y como Señor verdadero de nuestra vida. Por ahí camina la verdadera salvación que hemos de buscar y que Jesús nos ofrece.

Los discípulos de Juan podrían comprender la respuesta que habían de llevar al Bautista porque habían visto los signos de esa salvación en lo que Jesús hacía. Pues, os digo una cosa, el mundo que nos rodea podrá llegar a comprender la respuesta de esa salvación si ve en nosotros los cristianos esos signos reflejados en nuestra vida y en nuestras actitudes, en lo que hacemos y en lo que vivimos. Decíamos antes que el mundo busca señales y testigos. Nosotros con nuestro actuar, con nuestra forma de vivir nuestra fe, con la forma con que le vamos a dar sentido hondo a nuestra navidad, tenemos que ser esas señales, esos signos, estos testigos para el mundo que nos rodea.

Esas imágenes que nos ofrecía el profeta Isaías en la primera lectura son una hermosa descripción de ese mundo nuevo que en Cristo podemos construir. Todo se siente transformado. Y nos habla de la naturaleza que se transforma, pero nos habla también de esa transformación que se produce en el corazón del hombre; una fortaleza nueva y una alegría profunda llenan la vida del hombre porque viene el Señor, se manifiesta la gloria del Señor. Saltan todas las limitaciones que pueden mermar la vida del hombre, y todo sufrimiento se ha de mitigar. ‘Vendrán al Señor con cánticos, en cabeza, alegría perpetua, siguiéndolos gozo y alegría. Pena y aflicción se alejarán’.

Y dos cosas, por una parte en nuestro camino de Adviento y preparación para la navidad es por ahí por donde tenemos que caminar. Y si ponemos cada día un poquito más de vida en nuestro mundo porque nos amamos más, porque somos capaces de perdonarnos y ser misericordiosos los unos con los otros, porque compartimos más lo que tenemos para que nadie sufre a nuestro lado, si buscamos el bien y la verdad con la autenticidad de nuestra vida, podremos llegar a vivir una honda navidad.

Y por otra parte pidamos al Señor que se nos abran los ojos a nosotros y se abran los ojos a los que nos rodean, para que sean capaces de ver esas señales, esos signos que se dan de muchas maneras a nuestro alrededor, en tantas personas entregadas, en toda la acción que por el amor y la justicia realiza la Iglesia – cuantos cristianos comprometidos por los demás trabajando en tantas acciones como cáritas, los enfermos, los necesitados o los que sufren de alguna manera -. La gente se fija más en un mal ejemplo o en un mal testimonio que pueda surgir por aquí o por allá, pero no son capaces de ver cuánta gente sacrificada y llena de amor hay en la Iglesia trabajando por los demás.

Que en verdad nos sigamos preparando en este camino que estamos haciendo; y nos preparamos dando nosotros señales con nuestra vida de ese mundo nuevo que en Jesús podemos realizar para poder responder a esa pregunta de nuestro mundo que con Jesús viene en verdad la salvación y la vida nueva; y nos preparamos también purificándonos de todo pecado, como pedimos en las oraciones litúrgicas, para que lleguemos a celebrar la navidad , fiesta de gozo y salvación con alegría desbordante.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Mirados por Dios en su amor para volvernos hacia El y alcanzar la salvación


Eclesiástico, 48, 1-4.9-11;

Sal. 79;

Mt. 17, 10-13

‘Preparad los caminos del Señor; allanad sus senderos. Todos verán la salvación de Dios’. Es el mensaje repetido durante todo el Adviento, pero no por repetido hemos de tomarlo en menor consideración. Los profetas y el bautista nos hacen oír una y otra vez esa llamada, esa invitación. ‘Todos verán la salvación de Dios’.

Hoy hay una referencia al profeta Elías, ‘un profeta como un fuego, cuyas palabras eran horno encendido’. Se nos hace esta referencia en relación a Juan el Bautista que aparece bastante clara en el evangelio. Un profeta celoso del verdadero culto a Yavé, al Dios vivo y verdadero, que le haría obrar maravillas en nombre de Dios, y por cuya causa también sufriría persecusiones como todos los que defienden el nombre de Dios.

Le preguntan a Jesús ‘¿por qué dicen los letrados que primero tiene que venir Elías?’ El profeta Malaquías había anunciado ‘yo os enviaré al profeta Elías antes de que llegue el día del Señor, grande y terrible; él hará que padres e hijos se reconcilien…’ a lo que está haciendo referencia el libro del Eclesiástico en su elogio al profeta Elías. ‘Te reservan… para reconciliar a padres con hijos y restablecer la tribus de Israel’. En la historia del profeta Elías se había hablado de que fue arrebatado al cielo ante los ojos de Eliseo en un carro de fuego. Ahora se hablaba de su vuelta y de ahí la pregunta de los discípulos.

Pero estas mismas expresiones a que hemos hecho referencia tanto del Eclesiástico como de Malaquías las veremos repetidas cuando el ángel del Señor le anuncia a Zacarías el nacimiento de un hijo. ‘Irá delante del Señor, con el espíritu y el poder de Elías, para convertir los corazones de los padres hacia los hijos, y a los desobedientes a la sensatez de los justos, preparando para el Señor un pueblo bien dispuesto’. Con ello se nos está señalando la misión y la obra de Juan como Precursor del Mesías el que había de preparar los caminos del Señor para llegar a ver la salvación de Dios.

Ya hemos escuchado la respuesta de Jesús a la pregunta. ‘Elías vendrá y lo renovará todo. Pero os digo que Elías ya ha venido y no lo reconocieron, sino que lo trataron a su antojo’. Y nos comenta el evangelista que ‘entonces entendieron los discípulos que se refería a Juan el Bautista’. Hay un anuncio y referencia a su pasión y su pascua.

Escuchamos la voz de los profetas, escuchamos la voz de Juan Bautista que tiene la misión de ‘preparar para el Señor un pueblo bien dispuesto’. Es la invitación a la conversión, a preparar los caminos del Señor que venimos escuchando una y otra vez y en la que estamos empeñados en este camino de Adviento.

‘Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve’, hemos pedido una y otra vez en el salmo. Bien sabemos que el salmo es esa respuesta que con la misma Palabra de Dios vamos dando a la Palabra que se nos proclama.

Que brille el rostro del Señor sobre nosotros, que vuelva su rostro y recibamos su mirada de amor y de gracia. Sentirnos mirados por Dios es sentirnos amados, y en ese amor sentimos cómo hemos de renovar nuestra vida.

Que esa mirada de Dios sobre nosotros nos llene de su salvación, nos impulse de verdad a enderezar nuestros caminos para nosotros llegar a ver también la salvación de Dios. Mirados por el amor de Dios volvemos nuestra mirada hacia Dios y en ese amor nos sentimos transformados y salvados.

viernes, 10 de diciembre de 2010

El Señor llega; salid a su encuentro


Is. 48, 17-19;

Sal. 1;

Mt. 11, 16-19

‘El Señor llega; salid a su encuentro. El es el príncipe de la paz’. Es la aclamación con que hemos acogido el evangelio. Es nuestra esperanza y nuestra súplica continuada. Que el Principe de la paz llegue a nuestra vida y nos dé esa paz que necesitamos en nuestros corazones.

Nos falta paz en muchas ocasiones en nuestro corazón. Somos tan contradictorios en nuestra vida que parece en ocasiones que no sabemos lo que queremos o buscamos. Contradictorios en los juicios que nos hacemos por dentro, o dicho de otra manera, en los juicios que hacemos de los demás. Dejamos introducir la malicia en el corazón y no somos capaces de ver con buenos ojos a los que están a nuestro lado.

Y así surgen sospechas y juicios temerarios hacia los otros. Juicios en los que muchas veces queremos cargar contra los otros lo que o nos falta a nosotros o son defectos o cosas que queremos ocultar o disimular en nosotros mismos. Suele pasar que aquello que más criticamos de los demás es en lo que más fácil a veces podemos tropezar. Pero nos cuesta mirarnos a nosotros mismos. Siempre queremos encontrar justificaciones para aquello que hacemos. Y aunque queramos tranquilizarnos con razonamientos que nos justifiquen, en el fondo nos hacen perder la paz.

Hoy Jesús dice en el evangelio ‘¿A quién se parece esta generación? Parecen niños…’ Ni quisieron todos aceptar a Juan, sino que más bien, como dice Jesús, les parecía un demonio, porque no entendían ni sus palabras, ni el testimonio de la austeridad de la vida que vivía, ni querían aceptar a Jesús, porque se mezclaba con todos y no le importaba comer con los publicanos y pecadores.

¿Nos podrá pasar así a la hora de aceptar el evangelio de Jesús? Quizá también nos hemos hecho nuestra idea, y cuando tenemos que enfrentarnos cara a cara con el evangelio y nos va señalando esas cosas que tratamos de ocultar en el corazón, entonces no nos agrada, y decimos no sé cuantas cosas para justificarnos. Pero tenemos que sentir con sinceridad y darnos cuenta que el evangelio es un interrogante para nuestra vida; no hemos de temer confrontar nuestra vida con el mensaje del evangelio para así purificarnos de tantas cosas que no están en consonancia con el mensaje de Jesús.

Por otra parte nos encontramos a veces que lo que nos pide o nos dice Jesús no es exactamente lo que vive el mundo que nos rodea. Y ser cristiano no es simplemente hacer lo que hacen todos, sino buscar la verdad de Jesús y de su evangelio, buscar su luz, para tratar de plasmarlo en nuestra vida aunque pudiera ser contrario a lo que vive el mundo a nuestro alrededor. Es serio lo de seguir a Jesús y ser su discípulo.

‘El que te sigue, Señor, tendrá la luz de la vida’. Es lo que tenemos que desear, buscar, pedir. Seguir al Señor por encima de todo y nos llenaremos de su luz. Este camino de adviento que estamos haciendo tendría que servirnos para revisar muchas cosas en nuestra vida, para purificarnos, y dejarnos iluminar sinceramente por su luz.

‘Yo, el Señor, te enseño para tu bien, te guío por el camino que sigues…’ Y nos decía el profeta que si atendiéramos de verdad a los mandamientos del Señor, a lo que es la voluntad de Dios para nuestra vida, ‘sería tu paz como un río, tu justicia como las olas del mar…’ Así de inmensa sería nuestra paz. Desaparecerían tantas contradiciones de nuestro corazón.

jueves, 9 de diciembre de 2010

El Bautista anuncia al Mesías y Jesús nos habla de Juan

El Bautista anuncia al Mesías y Jesús nos habla de Juan

Is. 41, 13-20; Sal. 144; Mt. 11, 11-15

La misión de Juan era hablar de Jesús, anunciar y preparar la venida del Mesías, pero hoy en el evangelio es Jesús el que habla de Juan. Y lo hace para hacer grandes alabanzas del Bautista; había dicho, profeta y más que profeta era lo que habían salido a buscar y ver en el desierto y concluye con lo que hemos escuchado, ‘os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista…’

Grande fue la misión de Juan que ya estaba anunciada también por los profetas. Como un nuevo Elías, celoso del verdadero culto a Yavé, el Bautista anunciaba con insistencia la llegada del Reino porque llegaba el Mesías y había que dar los frutos que pide la conversión, como ya hemos escuchado muchas veces. ‘Trillo aguzado, nuevo y dentado’, que decía el profeta, la palabra de Juan era fuerte y dura porque había que transformar muchas cosas en el corazón de los hombres para recibir al Mesías, muchos caminos que abrir en el corazón de los hombres o que enderazar para poder abrirse completamente a la salvación que llega. Muchas cosas que transformar a semejanza de las bellas imágenes que nos ofrecen los profetas como hoy mismo hemos escuchado.

Es la Palabra que nosotros vamos escuchando también en el camino del Adviento porque así hemos de preparar nuestro corazón para el Señor. Como contemplábamos ayer en la fiesta de la Virgen ‘una digna morada’ para Dios que quiere nacer en nuestro corazón.

Pero todo eso con la confianza y con la seguridad de que el Señor no nos abandona, no nos faltará la gracia y la ayuda del Señor. ‘Yo, el Señor, te agarro de la mano, y te digo: no temas, yo mismo te auxilio… tu Redentor es el santo de Israel’, que hemos escuchado en el profeta. El Señor nos lleva de la mano, no estamos solos, nunca nos faltará su fuerza y su gracia. Por eso nos gozamos en el Señor. ‘Y te alegrarás con el Señor, te gloriarás del Santo de Israel’. Es la alegría honda y profunda a la que queremos llegar en la celebración de la Navidad, para lo que nos preparamos.

¿Cómo no vamos a tener esa alegría y esa confianza en el Señor cuando hemos escuchado, rezado, lo que nos dice el salmo? ‘El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad… el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas, por eso que todas tus criaturas te den gracias, que te bendigan tus fieles, que proclamen la gloria de tu reinado…’

No nos acercamos al Señor con temor, sino con el gozo de encontrar en El la salvación. La esperanza del amor que nos tiene, clemente y misericordioso, nos llena de alegría. Alegría que nace también en nuestro corazón cuando de verdad nos convertimos a El. Una conversión que algunas veces nos cuesta, se nos hace difícil por la dureza de nuestro corazón. Pero con la gracia del Señor ahí está nuestra lucha, nuestros deseos de superación, todos esos esfuerzos que hacemos por doblegar nuestro corazón.

Nos decía Jesús que ‘el Reino de los cielos hace fuerza, sufre violencia, y solo los esforzados lo alcanzarán’. Que El Señor nos de su gracia para que podamos alcanzarlo. Si llegamos en verdad a vivir su Reino seremos grandes, como nos dice también Jesús en el evangelio.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Bendito sea Dios que nos ha bendecido dándonos a María

Gén. 3, 9-15.20;

Sal. 97;

Ef. 1, 3-6.11-12;

Lcv. 1, 26-38

‘Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales…’ Bendito sea Dios que en Cristo nos ha bendecido dándonos a María ‘para que la gloria de su gracia redunde en alabanza suya…’

Sí, María la bendición de Dios para nosotros, para la Iglesia. Con gozo hoy celebramos esta fiesta de María en su Inmaculada Concepción porque así nos sentimos bendecidos de Dios en María. Bendición de Dios, podemos decir, porque es la llena de gracia, en quien Dios se ha complacido – ‘llena de gracia… has encontrado gracia ante Dios’, le dice el ángel – pero es también en quien Dios ha querido bendecirnos, porque por ella nos ha llegado la gracia y la salvación, por ella nos llegó Cristo, que es la más grande bendición de Dios para nosotros en su salvación. Es la mujer, anunciada en el Génesis, cuya estirpe, Cristo Jesús, aplastaría la cabeza de la serpiente.

Y hoy nos gozamos con María; y bendecimos a Dios con María – ‘proclama mi alma la grandeza de Dios… porque el poderoso ha hecho en mí obras grandes’ que canta María – y bendecimos a Dios por María, porque nos la ha dado no sólo como la mejor madre que pudiéramos imaginar, sino que en ella tenemos el mejor espejo y reflejo en que mirarnos para vivir la santidad de Dios a la que estamos llamados. Elegidos de Dios en Cristo, somos como nos ha dicho san Pablo hoy, ‘para que fuésemos santos e irreprochables an él por el amor’.

En medio de este camino de Adviento nos aparece esta fiesta de María, tan entrañable y tan querida. Todos nos gozamos en esta fiesta de la Inmaculada. Nos aparece en esta fecha en las combinaciones que hacen referencia a su nacimiento y a las otras fiestas del misterio de Cristo. Nos volverá a aparecer la figura de María en el último domingo de adviento ya en la inmediata cercanía de la Navidad. Pero el contemplar hoy a María, Inmaculada en su Concepción, nos puede valer mucho como estímulo y camino en este Adviento que nos conduce a la Navidad, al nacimiento de Cristo.

‘Por la Concepción Inmaculada de la Virgen María, hemos dicho en la oración, preparaste a tu Hijo una digna morada’. Limpia y preservada de todo pecado en previsión de la muerte de Cristo se convirtió en esa digna morada del Hijo de Dios que iba a nacer y que en sus entrañas se encarnaba. María, palacio de Dios, casa de Dios – la podemos llamar -, templo y morada de Dios, y de qué manera, para hacerse Emmanuel, para hacerse Dios con nosotros. Palacio y casa de Dios en su corazón humilde y lleno de amor, que eran las más bellas riquezas que la adornaban para hacerla toda santa.

‘Porque preservaste a la Virgen María ded toda mancha de pecado original para que en la plenitud de la gracia fuese digna madre de tu Hijo, y comienzo e imagen de la Iglesia, esposa de Cristo, llena de juventud y de limpia hermosura’, que proclamamos en el prefacio. Purísima, la llamamos; sin pecado concebida, le decimos en nuestras invocaciones y jaculatorias.

Podíamos atrevernos a decir que para encarnarse y hacerse hombre Dios se vistió de María, pero al mismo tiempo podemos contemplar cómo fue vestida de Dios con el traje de la gracia y la santidad. Entonces cuando nosotros queremos vestirnos de Dios, porque queremos vestirnos de santidad y de gracia tenemos un modelo de vestidura en María, en su santidad y en su gracia. Vestirnos de María no es ponernos un ropaje externo, sino vestirnos interiormente de todas las virtudes y de toda la santidad de María, que es un vestirnos de Dios, un vestirnos de Cristo que es entrañar a Cristo y vivir a Cristo y como Cristo. San Simón Grignon de Monfort nos habla también del molde perfecto que es María en el que el Hijo de Dios se hizo hombre, se moldeó como hombre podríamos decir, y en el que nosotros podemos introducirnos para así copiar de la manera más pefecta la santidad de Cristo y de María.

Nosotros, es cierto, estamos marcados por el pecado y necesitamos de la redención de Cristo para vernos libres de El y alcanzar el perdón, pero al contemplar así a María, digna morada del Hijo de Dios que en sus entrañas se encarnaba, nos impulsa a cómo limnpiar y purificar nuestro corazón para recibir a Cristo ahora que nosotros también nos disponemos a celebrar su nacimiento. Por eso puede ser tan significativa para nosotros el que celebremos esta fiesta de la Inmaculada Concepción de María mientras caminamos hacia la Navidad. Es la tarea de purificación, de renovación y de conversión que vamos realizando a través del Adviento.

De María tenemos que aprender; de manos de María tenemos que caminar. ¡Cuánto nos enseña una madre! ¡Cuánto nos enseña María! La carta a los Hebros nos dice que Cristo al entrar en el mundo gritó ‘aquí estoy, oh Padre, para hacer tu voluntad’; ahora contemplamos a María que repite lo mismo ‘Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra’. Cristo nos enseñará eso mismo en el evangelio, que seremos dichosos si escuchamos la Palabra, si cumplimos la voluntad del Padre. ‘Dichosos los que escuchan la Palabra y la cumplen, la ponen en práctica, hacen la voluntad del Padre’. He aquí una hermosa lección de María.

Si María llegó a esta disponibilidad para sentirse así la esclava del Señor y en ella se hiciera siempre lo que era la voluntad de Dios es porque María se había dejado inundar por Dios, de Dios. La vemos contemplando el misterio de Dios que se le manifiesta en la visita y las palabras del ángel. ‘Se turbó ante estas palabras y se preguntaba que saludo era aquel’. Su turbación no era miedo ni temor, sino admiración y asombro ante lo que Dios le manifestaba, pero dejaba que el misterio de Dios llegara a ella, penetrara en ella, la inundara totalmente. Llena de Dios no podía hacer otra cosa que la voluntad de Dios.

En otro momento del evangelio se dirá que ‘guardaba y meditaba en su corazón’ cuántas cosas le iban sucediendo. Era ese llenarse de Dios y así podría surgir esa disponibilidad, esa generosidad, ese amor que le envolvería toda su vida como la veremos luego en otros momentos de servicio - en casa de Isabel en la montaña -, de atención a las necesidades de los demás – en Caná de Galilea - o de comunión como en el cenáculo con los discípulos de Jesúsn después de la Ascensión.

‘Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo, con toda clase de bienes espirituales y celestiales…’ que nos ha bendecido en María, dándonos a María. Que en ella nos llenemos de todas las bendiciones de Dios. Que de ella aprendamos a vivir esa vida de gracia y santidad. Que como María, purificándonos de todo pecado, llenándonos de gracia y de amor, seamos también digna morada donde también nazca y reine de Dios, como queremos que sea en verdad en la celebración de la Navidad.

martes, 7 de diciembre de 2010

Alza la voz con fuerza, aquí está vuestro Dios

Alza la voz con fuerza, aquí está vuestro Dios

Is. 40, 1-11; Sal. 95; Mt. 18, 12-14

‘Súbete a lo alto de un monte, heraldo de Sión; alza con fuerza la voz, heraldo de Jerusalén; álzala, no temas; dí a las ciudades de Judá: aquí está vuestro Dios. Mirad: Dios, el Señor, llega con fuerza…’ Hermoso pregón. Hermoso anuncio. ‘Dios, el Señor, llega con fuerza’.

Todos los caminos se han de allanar y preparar; no puede haber obstáculos ni de montañas ni de valles. Hay que ‘preparar en la estepa una calzada para nuestro Dios…’ Son palabras que pronunciaba el profeta al final de la cautividad de Babilonia cuando se le abrían las puertas a Israel para ser un pueblo libre. Son palabras con profundo sentido mesiánico porque llega el que nos ha liberado, nos va a arrancar de la cautividad del mal y de la muerte para hacernos entrar en una vida de gracia y santidad.

‘Consolad, consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios… gritadle que está pagado su crimen, pues de la mano del Señor ha recibido doble paga por sus pecados’. Y bien que lo sabemos que nuestro pecado está redimido; que para eso ha venido Cristo, para redimirnos de nuestros pecados y ha pagado con su sangre, con la entrega de su vida. Y porque lo sabemos, cuando nos preparamos para la celebración de su nacimiento, lo hacemos con ese gozo, con esa esperanza y también con ese deseo grande de vivir su salvación.

Son palabras que nosotros escuchamos en nuestro camino de Adviento como anuncio de consuelo y de esperanza pero que son al mismo tiempo una invitación y una exigencia a prepararnos, a abrir caminos al Señor que llega a nuestra vida.

Es el Señor que nos ama y que nos busca, porque somos nosotros los que andamos perdidos tantas veces. ‘Como un pastor apacienta el rebaño, su mano los reúne. Lleva en brazos los corderos, cuida de las madres’, nos decía el profeta. Palabras que tienen resonancia en la breve parábola que nos propone Jesús en el evangelio. ‘Suponed que un hombre tiene cien ovejas; si una se le pierde, ¿no deja las noventa y nueve y va en busca de la perdida?’

Es toda la historia del hombre y toda la historia de la salvación. Toda la historia del hombre con su pecado, y toda la historia de la salvación, que es la búqueda de Dios que viene a nuestro encuentro allá donde estamos perdidos para llamarnos con su gracia, para atraernos de nuevo hacia El con lazos de amor.

Toda la historia del hombre que podemos decir está marcada por ese amor de Dios que nos busca, que nos llama, que pone tantas señales de su amor a nuestro lado, que nos envía tantos mensajes de amor y tantos mensajeros que vienen con la misión de llevarnos a Dios. Nosotros podemos ser infieles una y otra vez, pero ‘la Palabra de nuestro Dios permanece para siempre’, y esa Palabra es una palabra de amor, de vida, de salvación.

Nos queda pues a nosotros vivir con toda intensidad este tiempo del Adviento. Esas imágenes que hemos contemplado hoy de caminos torcidos que se enderezan, de lugares escabrosos que se arreglan, de valles que se levantan y se aplanan, de montes y colinas que se abajan nos están indicando ese camino de purificación que hemos de ir realizando en nuestra vida.

De muchas cosas tenemos que purificarnos: orgullos, egoísmos, envidias, resentimientos, violencias, malos sentimientos, vanidades y mentiras… muchas cosas que tenemos que corregir y que mejorar en nuestra vida. Por eso este tiempo del adviento es un tiempo de superación, de renovación, de conversión al Señor. Es una invitación que escuchamos una y otra vez. Esperamos con alegría la gloria del nacimiento del Señor purificando nuestro corazón y convirtiéndonos de verdad a Dios.

lunes, 6 de diciembre de 2010

Mirad a vuestro Dios que viene en persona y os salvará


Is. 35, 1-10;

Sal. 84;

Lc. 5, 17-26

‘Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite; viene en persona, resarcirá y os salvará’. Viene el Señor, viene en persona, y nos salvará. Lo escuchaban los israelitas en el anuncio de los profetas y mantenían la esperanza.

Las señales de las que hablaban los profetas eran bellas, no sólo en las imágenes que proponían de una naturaleza frondosa, fecunda y llena de señales de paz y armonía, sino también por los signos de fortaleza y seguridad de las que les hablaban para su vida. ‘Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, decid a los cobardes de corazón: sed fuertes, no temáis… viene el Señor’ con su salvación.

Son imágenes y señales que para nosotros son también bien significativas. Señales que nos valen en este camino de Adviento que vamos haciendo en nuestra búsqueda de Dios, en nuestro deseo también de salvación. Es lo que queremos vivir, lo que queremos que sea en verdad la navidad que vamos a celebrar. Por eso queremos ir profundizando de verdad en la Palabra del Señor que la liturgia nos va ofreciendo en este tiempo de Adviento.

Hoy el evangelio nos habla de un paralítico que es llevado hasta Jesús para ser curado. Manifiesta una fe muy confiada en aquellos hombres que lo conducen hasta Jesús. Una fe que les hará saltar por encima de todas las dificultades que se les puedan presentar. Aquel paralítico tiene que llegar hasta los pies de Jesús. pero la gente se agolpaba por todas partes y no había forma de poder entrar. Por eso, ‘no encontrando por donde introducirlo a causa del gentío, subieron a la azotea y, separando las lozetas, lo descolgaron con la camilla hasta el centro, delante de Jesús’. Es admirable la fe de aquellos hombres. El evangelista lo hace notar. ‘Jesús, viendo la fe que tenían…’ comenta.

Pero es entonces cuando sucede la maravilla. Es entonces cuando se manifiesta de verdad la salvación que Jesús quiere ofrecerrnos. Las rodillas vacilentes que son fortalecidas son sólo un signo; la curación de un enfermo o de un paralítico como en este caso es sólo una señal. Jesús ve la oportunidad de darnos la salvación. ‘Viendo la fe que tenían dijo al paralítico: Hombre, tus pecados están perdonados’.

Habrá gente que no lo entienda. Por allí están ‘los letrados y fariseos que se pusieron a pensar: ¿quién es este que dice blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados mñas que Dios?’ Ya conocemos el resto, lo hemos escuchado al proclamar el evangelio. Jesús en verdad se nos manifiesta como el Salvador, como el que tiene poder para perdonar pecados.

Es la salvación que El quiere ofrecernos. Es realmente para lo que lo vemos nacer en Belén. Será lo que anuncian los ángeles a los pastores, como escucharemos cuando celebremos el nacimiento de Jesús. ‘Hoy en la ciudad de David os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor’.

Es para lo que realmente nos vamos preparando en este tiempo de Adviento, en lo que en verdad hemos de poner todo nuestro empeño. Qué lástima que los cristianos gastemos tanto esfuerzo en cosas que no son realmente las verdaderamente importantes para celebrar la navidad. Tenemos que saber aprovechar todo lo que nos va ofreciendo la Palabra de Dios para reflexionar hondamente dentro de nosotros, para revisar nuestra vida, pero ver realmente la salvación que buscamos y que necesitamos, la salvación que Jesús quiere ofrecernos. ¿Queremos celebrar la navidad buscando también nosotros el perdón de los pecados? Porque si seguimos en nuestro pecado, ¿qué sentido tendría celebrar la navidad?

domingo, 5 de diciembre de 2010

Brotará un renuevo del tronco de Jesé… es posible la conversión al Señor



Is. 11, 1-10;

Sal. 71;

Rm. 15, 4-9;

Mt. 3, 1-12

‘Cuando salimos animosos al encuentro de tu Hijo, no permitas que lo impidan los afanes de este mundo’, pedíamos en la oración de este segundo domingo de Adviento. Caminamos al encuentro de Cristo. Es lo que vamos haciendo en Adviento y a donde esperamos llegar en la celebración de la Navidad con todo su profundo sentido, en la celebración de su nacimiento en Belén, en la espera del encuentro definitivo en su segunda venida en plenitud y en ese encuentro que cada día, en cada celebración o en cada momento de nuestra vida hemos de vivir.

Nos guía la Palabra de Dios que se nos proclama en la celebración del domingo y de cada día si tenemos la oportunidad; pero Palabra que hemos de saber meditar y rumiar cada día en nuestra lectura hecha oración. Palabra que nos conduce con el anuncio de los profetas y de manera especial en la figura y el mensaje del Bautista que repetidamente nos irá apareciendo en este camino, por cuanto fue el Precursor de la llegada del Mesias, y así había de ‘preparar un pueblo bien dispuesto’.

El profeta nos presenta por una parte la imagen del tronco de Jesé del que brotará un renuevo y florecerá un vástago y por otra esas imágenes idílicas en las que vemos pastando juntos animales salvajes y feroces con animales domésticos y pacíficos. Bellas imágenes de hondo significado como veremos. El Bautista se nos presente como ‘la voz que grita en el desierto: preparad el camino del Señor, allanad sus senderos’ con todo su mensaje que nos invita a la conversión ‘porque el Reino de los cielos está cerca’.

¿Es posible de que un viejo tronco reseco pueda brotar un renuevo y florecer un vástago? ¿es posible ver de forma real esa imagen paradisíaca de todos esos animales juntos y además pastoreados por un niño que juega con ellos? Pues son las imágenes de ese tiempo nuevo y mesiánico; imágenes que tendrían que describir lo que es nuestra vida a partir de nuestra fe en Jesús.

Unámoslo al mensaje que escuchamos en el evangelio en la voz del Bautista y también al mensaje que nos ofrece la carta de san Pablo. La invitación del Bautista es a la conversión para preparar los caminos del Señor. Conversión porque llega el Reino de Dios y es necesaria esa vuelta de nuestra vida, esa transformación profunda de nuestra manera de vivir. Yo diría uniéndo las imágenes que conversión es hacer reverdecer el tronco viejo para que brote un renuevo lleno de vida nueva.

Recuerdo haber utilizado en una ocasión esta imagen del tronco viejo colocado allí en medio de la comunidad como un signo durante todo el tiempo del Adviento. Cuando llegamos al tiempo de navidad y en medio de las celebraciones de esos días yo preguntaba si habíamos hecho reverdecer aquel tronco reseco. Una joven respondió comentando si yo creía de verdad que de aquel tronco viejo y reseco iba a brotar una rama verde capaz de florecer. Quizá no había captado el sentido de la imagen y del signo y quien era en verdad el que había de reverdecer y florecer, o quizá podía ser de las personas que pensaran que el cambio de la conversión no es posible.

Es para hacernos pensar. Porque quizá, aunque oigamos muchas veces esa invitación a la conversión, no terminamos de creernos que es posible el cambio en nuestra vida. Claro que si pensamos así, va a ser dificil que nos empeñemos en lograr ese cambio, esa transformación en nosotros. Hemos de tomarnos en serio esa imagen que nos ofrece el profeta del renuevo que brota del tronco de Jesé para que creamos seriamente que podemos transformar nuestra vida.

Y también estar convencidos que eso no lo vamos a hacer por nosotros mismos, sino que será con la fuerza del Espíritu del Señor. ‘Sobre él se posará el Espíritu del Señor, nos decía el profeta; espíritu de prudencia y sabiduría, de consejo y valentía, de ciencia y de temor del Señor. Le inspirará el temor del Señor…’

El evangelio nos dice que ante la predicación del Bautista en el Jordan ‘acudía mucha gente de Jerusalén, de Judea y del valle del Jordán; confesaban sus pecados y él los bautizaba en el Jordán’. Más tarde explicará ‘yo os bautizo con agua para que os convirtáis, pero el que viene detrás de mi puede más que yo, y no merezco ni llevarla las sandalias. El os bautizará con Espíritu Santo y fuego’.

Tenemos que saber pasar por el bautismo de agua, que significa esos deseos de conversión, para llegar al bautismo en el fuego y en el Espíritu en el que quemando todo el hombre viejo que hay en mí, haga rebrotar el hombre nuevo de la gracia. No es obra nuestra, sino de la gracia, pero nosotros tenemos que dejarnos conducir por el Espíritu; no podemos resistirnos y oponeros sino dejarnos transformar por el fuego del Espíritu. Será así posible la verdadera conversión.

Pero, aunque brevemente, retomemos la otra imagen idílica y paradisíaca de los animales paciendo juntos. ‘Habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos… la vaca pastará con el oso… el león comerá paja con el buey… y un muchacho los pastorea…’

También nos habla del fruto de la conversión. Como les decía Juan a los fariseos y saduceos que fueron hasta el Jordán ‘dad el fruto que pide la conversión’. ¿Cuáles son esos frutos? Las imágenes que hemos recordado nos lo señalan y nos ayuda a ello lo que nos decía también san Pablo. Esa conversión nos hará lograr ese sabernos acoger mutuamente los unos a los otros aunque seamos muy diversos, y lograr entonces esa concordia y unanimidad. Es lo que nos pedía el apóstol. ‘Que Dios, fuente de toda paciencia y consuelo, os conceda estar de acuerdo entre vosotros, para que unánimes, a una voz, alabéis al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo… en una palabra acogeos mutuamente, como Cristo os acogió para gloria de Dios’.

Esa invitación fundamental del Adviento de preparar los caminos del Señor significa, por ejemplo, abrir caminos para que Dios se haga presente en nuestra vida, para que sea posible el Reino de Dios, que Dios reine entre nosotros. Eso significará quitar obstáculos. Si logramos ese entendimiento y ese saber acogernos los unos a los otros, significará que estamos quitando obstáculos. Cuánto habría que hacer en ese sentido en el día a día de nuestra vida y de nuestra convivencia con los que están a nuestro lado.

Por otra parte esa imagen con que se nos presenta el Bautista pudiera ser una gran interpelación para nuestra vida. Esa austeridad en la ropa, ‘vestido de piel de camello y con una correa de cuero a la cintura’ y esa austeridad también en la comida, ‘se alimentaba de saltamontes y miel silvestre’, puede indicarnos muy bien ese vaciamiento interior que hemos de vivir, ese vaciarnos de nosotros mismos y de nuestras vanidades para llenar nuestra vida de lo que verdaderamente es importante.

Mirando la austeridad con que Juan vivía su momento de preparación a la venida del Mesías, ¿qué juicio podemos hacernos ante tantas cosas supérfluas e innesarias de las que llenamos estos días nuestra vida, nuestras casas, nuestras fiestas navideñas para celebrar, decimos, la navidad? Habría que cambiar muchos esquemas.

Muchas cosas nos dice la Palabra de Dios a través de las diversas imágenes que se nos ofrecen tanto de profeta como de la figura del Bautista. Ahora queda la respuesta que nosotros vamos a dar, comenzando por creer de verdad que es posible cambiar y transformar nuestra vida con la ayuda de la gracia del Señor.

sábado, 4 de diciembre de 2010

Id y proclamad diciendo que el Reino de los cielos está cerca


Is. 30, 18-21.23-26;

Sal. 146;

Mt. 9, 35-10, 1.6-8

‘Al ver a las gentes se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor…’ Una situación que conmueve hasta las entrañas a Jesús. El recorría pueblos y aldeas… enseñaba en las sinagogas… anunciaba el evangelio del Reino… curaba a todos los enfermos de sus enfermedades y dolencias… Contemplaba un panorama duro y doloroso. Extenuadas, abandonados, desorientados, desesperanzados, desanimados…

Era la situación de desesperanza que vivían las gentes en aquel momento. Llama a sus discípulos y a los que ha hecho apóstoles los envía a anunciar el Reino, la Buena Noticia que despertara esperanzas, que abriera los corazones a Dios, que hiciera sentir deseos de mundo mejor. Los discípulos habían de ir haciendo lo mismo que había hecho Jesús. Anunciaban el Reino y también curaban. ‘Id y proclamad diciendo que el Reino de los cielos está cerca…’ Curaban porque llevaban salud para los cuerpos doloridos, pero hacían sentir ansias de salvación para sus espíritus desorientados. Tenían que hacer de pastores en nombre de Jesús para aquellas ovejas que no tenían pastor.

¿Cuál será nuestra situación, la situación del mundo actual? También nuestro mundo necesita quien despierte esperanzas; quien ayude a abrir los corazones algunas veces encerrados en el individualismo y el egoísmo para hacerles buscar, trabajar por un mundo nuevo y mejor. Nosotros vamos viviendo este camino de Adviento que como siempre decimos es un camino de esperanza. Esperamos al Señor que viene, esperamos la salvación que nos transforme, esperamos que las cosas puedan cambiar, pero empezando por cambiar nuestros corazones endurecidos muchas veces.

Y Jesús nos envía a su Iglesia como testigo en medio de ese mundo en el que vivimos; nos envía a nosotros con su misma misión. Necesita el mundo escuchar ese evangelio de Jesús, esa buena noticia de Jesús. Porque también hay esa desorientación y desesperanza, hay cansancio y muchas veces a la gente parece que le faltan ganas de luchar por algo nuevo y mejor. Le sucede al mundo que nos rodea y nos puede suceder a nosotros que tenemos el peligro de caer en una modorra, una atonía, una desgana, una tibieza que nos hace mucho daño.

Tenemos que anunciar el Reino de Dios como lo anunciaba Jesús. Sí, tiene que ser anuncio del verdadero evangelio de Jesús, no las cosas que nosotros nos imaginemos o simplemente nos pida la gente; tenemos que anunciar esa buena noticia que es un evangelio de esperanza; tenemos que anunciar la buena noticia del evangelio de la misericordia y del amor; tenemos que anunciar esa buena noticia de Jesús que nos lleve a creer más en las personas y a confiar en la bondad y también en el arrepentimiento; la buena noticia que nos despierte de nuestros letargos y desganas; la buena noticia que nos comprometa a trabajar cada día allí donde estamos para que las cosas funcionen mejor, para que nos queramos más, para que nuestra convivencia sea cada día más armoniosa.

Por eso vamos escuchando continuamente en este tiempo de Adviento que tenemos que preparar caminos enderezando lo que esta torcido o es escabroso; que tenemos que despertarnos del sueño porque el Reino de Dios está cerca. Por eso con sinceridad de corazón hemos de ir escuchando la Palabra del Señor e irnos dejando interpelar por ella. Es una Palabra que nos corrige, pero que también levanta el ánimo, despierta la esperanza, nos empuja a un amor más fuerte cada día; es una Palabra que nos hace abrir el corazón a Dios.

Roguemos al Señor para que haya muchos pastores en el campo de la Iglesia que nos ayuden en estos caminos que nos acercan a Dios.

viernes, 3 de diciembre de 2010

Sin tinieblas ni oscuridad verán los ojos de los ciegos

Sin tinieblas ni oscuridad verán los ojos de los ciegos

Is. 29, 17-14; Sal. 26; Mt. 9, 27-31

Las descripciones que hacen los profetas de los tiempos mesiánicos están llenas de ricas imágenes que tanto nos hablan de fecundidad y frondosidad como de desiertos convertidos en vergeles, mientras por otra parte anuncian los tiempos en que todo se transforma de manera que el mal y la enfermedad como todo tipo de limitaciones van desapareciendo. Ya iremos escuchando todos estos bellos anuncios que nos hacen los profetas a través de este tiempo del Adviento de manera especial.

Hoy además de los vergeles y bellos bosques del Líbano nos habla el profeta también de luz y de vida. ‘Aquel día oirán los sordos las palabras del libro; sin tinieblas ni oscuridad verán los ojos de los ciegos’. Desaparecen las tinieblas y todo es luz. Quienes se sienten oprimidos en la oscuridad del mal se llenarán de alegría con la salvación de Dios. ‘Los oprimidos volverán a alegrarse con el Señor y los pobres gozarán con el santo de Israel’.

Anuncio que vemos cumplido en el evangelio. Y decimos que vemos cumplido en el evangelio porque se nos narra la curación de dos ciegos que siguen a Jesús gritando insistentemente y con fe: ‘Ten compasión de nosotros, Hijo de David’. Jesús los escucha y los cura, les devuelve la luz. ‘Que os suceda conforme a vuestra fe. Y se les abrieron los ojos’.

Se cumple lo anunciado por los profetas. Podemos reconocer en Jesús al Mesías de Dios, al que es en verdad nuestra salvación. Cuando Juan envía a sus discípulos a preguntar a Jesús si era El en verdad el esperando de las naciones, el anunciado por los profetas, en la respuesta de Jesús les dice que cuenten a Juan lo que han visto y oído, y entre otras cosas menciona que los ciegos recobran la vista.

Pero decimos que lo vemos cumplido en el evangelio porque con Jesús llega la luz; con Jesús se disipan para siempre las tinieblas; con Jesús nos llega la salvación. ‘El Señor es mi luz y mi salvación’, hemos repetido en el salmo. Y Jesús se proclama a sí mismo la luz del mundo. ‘Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no camina en tinieblas’, nos dirá en otro lugar del evangelio.

Disiparse las tinieblas es sacarnos de la oscuridad de la muerte y del pecado. Disiparse las tinieblas para llenarnos de la luz de Jesús es encontrar su salvación. Reconocer que Jesús es nuestra luz, la luz del mundo significa mucho en nuestra vida. Es reconocer la salvación que El nos ofrece; es querer vivir en su Reino nuevo que El ha venido a instaurar; es comenzar a caminar en una vida nueva llena de vida, de gracia, de amor, de santidad; es arrancar de nosotros todo lo que sea tinieblas, error, mentira, falsedad, odio, resentimiento, envidia, orgullo.

De cuántas tinieblas tiene que liberarnos el Señor. Cuánta oscuridad tiene el Señor que curar, que iluminar en nuestra vida. Acudimos también nosotros al Señor como aquellos ciegos en este camino de purificación, de renovación de nuestra vida, pidiéndole también: ‘Ten compasión de nosotros, Jesús, Hijo de David’. Con esa luz nueva que Jesús va a dar a los ojos de nuestra vida veremos nuestra realidad en toda su crudeza, nos daremos cuenta de cuantas cegueras hay en nosotros. Que el Señor nos ilumine.

En la noche de la Navidad del Señor todo será luz con el nacimiento de Jesús. Cuando se aparecieron a los pastores para anunciarles el nacimiento del salvador ‘la gloria del Señor los envolvió con su luz’, nos dice el evangelista Lucas. Que así podamos nosotros llenarnos, vernos envueltos por esa luz divina, cuando sintamos como Dios verdaderamente nace en nuestro corazón.