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domingo, 29 de octubre de 2017

Qué hermoso es que toda persona se siente querida y valorada, sepamos tenerle en cuenta y hacer que se sienta alguien



Qué hermoso es que toda persona se siente querida y valorada, sepamos tenerle en cuenta y hacer que se sienta alguien

Éxodo 22, 20-26; Sal 17; 1Tesalonicenses 1, 5c-10; Mateo 22, 34-40

El que se siente amado se siente valorado y se siente protegido, porque se sabe que se le tiene en cuenta, que es alguien para alguien. Cuando pensamos en la pobreza quizá muchas veces pensamos primero que nada en la carencia de unos medios que le ayuden a subsistir; pero no solo es pobreza, me atrevo a decir que la soledad de quien se siente abandonado, de quien no es tenido en cuenta, de quien no significa nada para los demás, de quien quizá se ha convertido en un número sin rostro es lo que produce mayor dolor en alma porque se siente desamparado y no alcanza a ver un camino de luz por donde salir de su soledad.
Quizá no tenga para comer, una ropa con la que cubrirse, un techo bajo el cual guarecerse pero si encima siente que nadie tiene una mirada para él, oscuro se le ponen los caminos para salir de su situación, de su pobreza. Y así caminan muchos sin rumbo en su soledad por la vida sin encontrar caminos y no somos capaces de verlos, no queremos quizá ni pensar que existen. Qué triste seria escuchar de labios de alguien ‘a mi nadie me quiere’.
¿Por qué me hago estas consideraciones al comenzar mi reflexión sobre el evangelio y toda la Palabra de Dios de este domingo? Es que hoy se nos habla de amor, en concreto, del amor a Dios y del amor al prójimo. Pero quiero pensar en ello más que en una palabra en rostros concretos en los que falta ese amor, a los que no les tenemos ese amor aunque podamos decir muchas cosas bonitas.
El evangelio nos habla de que los principales entre los judíos, fariseos, sumos sacerdotes, gentes del sanedrín, estaban buscando la manera de coger, como se suele decir, en un renuncio a Jesús, confundirle en sus palabras. Vienen a preguntarle por el mandamiento principal lo que podríamos decir que era innecesario porque bien claro estaba en la Escritura y era algo que se sabía bien de memoria todo judío. Y Jesús les responde con las palabras exactas de la ley, el amor a Dios sobre todas las cosas, pero une a ello haciendo que tengan una semejanza en la fuerza del mandamiento lo que en otra parte también se lee en la Escritura, ‘y el segundo es semejante a él porque amarás al prójimo como a ti mismo’. No hay vuelta de hoja. Por eso concluye Jesús ‘en esto se encierran la ley y los profetas’.
Jesús nos viene a decir que no hay verdadero amor a Dios al que hay que amar ‘con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser’ si no amamos al prójimo también. Y es aquí donde tenemos que ver las cosas concretas, es aquí donde tenemos que ver los rostros a los que tenemos que amar y ponerle nombre para que ese amor no sea una palabra bonita sino sea algo muy concreto.
Ya sabemos que en otro lugar del evangelio ante esa respuesta de Jesús el maestro de la ley le preguntará y se preguntará, ‘¿quien es mi prójimo?’ No necesitamos hoy ir a ese texto paralelo del evangelio de Lucas sino simplemente fijarnos en los textos que se nos han ofrecido en la liturgia de este día. Es un texto del Éxodo que nos va describiendo lo que era la ley del Señor para su pueblo e irá detallando allí donde se ha de manifestar el amor y la compasión para con los pobres y desamparados.
Y se nos habla de unas situaciones muy concretas que luego a través de toda la Biblia se repetirán como una muletilla para hacer referencia a aquellos a los que primero hay que atender. Nos habla de los forasteros, de los huérfanos y de las viudas; luego seguirá poniéndonos situaciones muy concretas en las que se ha de manifestar esa misericordia y compasión. Pero fijémonos en esas como tres categorías que se nos señalan que van a ser como el paradigma de lo que es la situación de pobreza que pueda vivir el ser humano.
Forasteros, huérfanos y viudas, nos dice. ¿Por qué? Podríamos decir que son el paradigma de quienes se sienten abandonados y sin protección de nadie. El forastero esta lejos y fuera de su tierra, de su ambiente, de sus familiares y amigos, nadie lo conoce, es un extraño, vivirá tremendamente la soledad. Y no digamos nada cuando se meten en la sociedad los rabillos de la discriminación, del racismo y la xenofobia. Pensemos en lo que a nosotros mismos nos sucede muchas veces cuando nos encontramos con un extraño, alguien de otra raza o que viene de otro lugar, con quien por su idioma quizás no nos podemos entender, la desconfianza que se nos mete muchas veces dentro. ¿Cómo se sentirá el que es mirado así y no se siente querido, sino más bien quizás desplazado o rechazado?
El huérfano ha perdido todo su apoyo cuando le falta uno de sus padres y no digamos si le faltan los dos. No es solo la protección y la atención que podría recibir sino el calor del cariño de un padre, de una madre. La pobreza de su vida es grande, aunque quizá haya unos medios materiales, porque es grande la soledad de su corazón. Quizá su situación nos puede mover a la compasión, pero pudiera ser que el compromiso no vaya más allá.
Y en la misma situación vemos a la viuda, a quien le falta el apoyo de un esposo, con unos hijos quizá que cuidar, teniendo que enfrentarse sola a los problemas de la vida. Ya me diréis que al menos en nuestro entorno hay prestaciones sociales, apoyos y ayudas de muchas maneras, pero algo faltará en su corazón. Y bien sabemos que no en todos los lugares hay la misma protección.
Ahí tenemos reflejado lo que reflexionábamos en el principio de este comentario. Pero si nos hemos extendido un poco es para que en nuestra reflexión nos demos cuenta de cómo tenemos que hacer efectivo y concreto nuestro amor. No son palabras bonitas, no son solo las ayudas materiales que podamos ofrecer a quien pasa necesidad, es algo más lo que en nuestro amor podemos y tenemos que hacer con nuestra cercanía, con nuestro acompañamiento, con nuestra escucha, con nuestra mano tendida pero con nuestro corazón bien abierto para sintonizar con la otra persona.
Terminemos recordando lo que quizá volvamos a encontrarnos en el evangelio en las próximas semanas. En el atardecer de la vida seremos examinados del amor. Y Jesús nos va a decir que lo que le hayamos hecho o lo que hemos dejado de hacer con uno de estos hermanos a El se lo hicimos. Le toca a cada uno sacar las conclusiones para nuestra vida viendo como tenemos que ofrecer nuestro amor en la valoración que hacemos del hermano y en el amor concreto que le podemos ofrecer.

sábado, 28 de octubre de 2017

Al celebrar la fiesta de los apóstoles recordemos a quienes han sido apóstoles, columnas de nuestra fe, por su testimonio y estímulo para nosotros a lo largo de la vida

Al celebrar la fiesta de los apóstoles recordemos a quienes han sido apóstoles, columnas de nuestra fe, por su testimonio y estímulo para nosotros a lo largo de la vida

Efesios 2,19-22; Sal 18; Lucas 6,12-19

Cuando queremos construir un sólido edificio nos preocupamos de preparar unos adecuados cimientos y una apropiada estructura de pilares y columnas que sean lo que conformará ese edificio dándole la adecuada solidez. No entro yo en aventuras constructivas además de dejar a los técnicos correspondientes que realicen su trabajo, pero la imagen nos vale para lo que es la construcción de nuestra vida.
A lo largo de nuestra existencia vamos teniendo unos pilares sobre los que nos vamos apoyando y que son los que nos van dando las pautas para el mejor desarrollo de nuestra vida. Serán nuestros padres en los que tendremos siempre el apoyo fuerte que necesitamos, pero al mismo tiempo en el camino de la vida vamos encontrando otros, llamémoslos así también, pilares que en las tareas educativas como nuestros maestros y profesores, o en el contacto diario con las personas con las que convivimos o por la situación social que desempeñan que van siendo también para nosotros esos puntos de referencia para la construcción de nuestra personalidad.
Todos recordamos sabios maestros que supieron inculcarnos los mejores valores, o personas que fueron ejemplo para nosotros y ya fuera con su testimonio, su imagen o también sus palabras y que los recordaremos siempre porque se convirtieron para nosotros en un espejo donde mirarnos y sentirnos estimulados en nuestro crecimiento personal. Esas columnas, esos apoyos, esos postes de dirección que hemos ido encontrando en la vida y que tanto bien nos han hecho.
Lo decimos también en el ámbito de la fe y de nuestro caminar cristiano. Cristo es la piedra angular, verdadero fundamento de nuestra fe y de nuestra vida. Pero Jesús quiso dejarnos unas piedras como cimiento y unas columnas que nos sirvieran de apoyo de referencia para el camino de nuestra vida cristiana.
Ya sabemos como a Pedro le dice que será piedra sobre la que se fundamentará su Iglesia y eso misión le confió de confirmar en la fe a sus hermanos a lo largo de la historia realizada en sus sucesores que en nombre de Cristo conducen el camino de la Iglesia. Junto a Pedro Jesús quiso constituir el Colegio Apostólico en los doce apóstoles que iban a ser ese cimiento y esos pilares en los que se edificara el edificio de la Iglesia.
Es lo que nos dice hoy el apóstol cuando litúrgicamente estamos celebrando la fiesta de dos apóstoles, san Simón y san Judas. Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular’. Ahí lo tenemos claramente. De ahí la importancia de la celebración de la fiesta de los apóstoles, como hoy celebramos.
Recordamos nuestro fundamento, no olvidando que una de las características de la verdadera iglesia de Cristo es ser apostólica. A través de ellos recibimos el don de la fe, porque ellos fueron los primeros testigos de Cristo resucitado y como tales Jesús los envió por el mundo.
Creo que tendríamos que dar gracias a Dios por nuestra pertenencia a la Iglesia y en la comunión de fe y de amor que en ella vivimos nos sentimos alimentados y fortalecidos para nuestro camino y la misión que también hemos de realizar nosotros en medio del mundo.
Pero creo que también podríamos, tendríamos que recordar a aquellos que en nuestra vida personal hemos tenido como esas columnas, esos pilares de nuestra fe porque a través de ellos nos hemos alimentado, hemos aprendido los valores del evangelio, nos sentimos estimulados para nuestra entrega y nuestro amor.
Además de nuestros padres y familiares cercanos que nos educaron en la fe cristiana, hemos recibido mucho de los sacerdotes que hemos conocido en la vida, de los catequistas que nos ayudaron y nos instruyeron, de esas personas que en nuestra comunidad concreta han sido ejemplo y estimulo para nuestra vida; seguro que cada uno de nosotros podríamos hacer una hermosa lista de esas personas a las que tendríamos que estar tan agradecidos por lo que de una forma o de otra nos ayudaron a mantener viva la llama de nuestra fe.
Han sido apóstoles para nosotros y discípulos fieles, testigos de una fe que con su testimonio han iluminado nuestra vida, verdaderas columnas en que apoyarnos y que contemplando su testimonio han sido para nosotros estímulo y también fuerza de gracia para nuestro caminar. Demos gracias a Dios por todos ellos.

viernes, 27 de octubre de 2017

La mirada del creyente sobre la vida y la historia es una mirada distinta porque la queremos hacer con los ojos de Dios

La mirada del creyente sobre la vida y la historia es una mirada distinta porque la queremos hacer con los ojos de Dios

Romanos 7,18-25ª; Sal 118; Lucas 12,54-59

La experiencia de lo que vivimos es una buena maestra para la vida. Pudiera sucedernos que aprendemos más desde las cosas que nos pasan en la vida que de lo que sesudamente alguien haya intentado enseñarnos quizá de una manera más teórica. Claro que para eso es necesario que seamos personas reflexivas, que seamos capaces de detenernos en las cosas que nos suceden o que contemplamos en nuestro entorno, que nos dejemos admirar quizá por pequeñas cosas de esas que suceden cada día pero que sin embargo pudieran tener muchas enseñanzas para nosotros. Es la reflexión que nos hace crecer en la vida, que nos hace personas maduras, que nos ayudará a darle esa profundidad, esa sabiduría a la vida.
Nuestros mayores observaban lo que sucedía en la naturaleza, los movimientos de las nubes o lo que iba sucediendo en las distintas fases de la luna, y esa observación les permitía ir adquiriendo una sabiduría natural que podía hacerles predecir la climatología que iban a tener porque de ahí dependían sus siembras y sus cosechas. Hoy, es cierto, lo hacemos de una manera más científica, porque son ya quizás otros medios con los que se puede contar y nos pueden dar mas certeras predicciones.
Pero no venimos a reflexionar aquí para hacer predicciones climatológicas o cosas en ese sentido, sino que eso nos puede servir de base para otras más profundas reflexiones que tenemos que hacernos de cuanto nos sucede. Será la marcha de nuestra sociedad, los derroteros por donde caminamos, o lo que tenemos que aprender para no caer siempre en los mismos errores y aprendamos a hacer que nuestro mundo sea mejor.
Pero el creyente tendría que saber tener una visión profética de cuanto nos sucede para saber descubrir la presencia de Dios que nos habla también a través de los acontecimientos. Cuando empleamos la palabra profética la tentación fácil es pensar que el profeta es el que hace una predicción de futuro, de lo que va a suceder. Pero la visión profética es algo, por así decirlo, en cierto modo distinto y no es solo cuestión de predicciones de futuro. Es mirar la vida con la mirada de Dios.
Eso nos hará mejor contemplar la belleza de la vida porque no nos vamos a quedar solamente en las zonas oscuras a lo que ciertamente tendemos. Nos hará confrontar lo que somos y lo que vivimos con lo que es el deseo de Dios. Nos ayudará a descubrir el designio de Dios que nos va conduciendo entre los avatares de ese camino que hacemos pero tratando de descubrir lo bueno, intentando hacer lo mejor, queriendo darle belleza a la vida, dándole un sentido nuevo a cuando hacemos y vivimos.
Pero también Dios nos habla en cuanto sucede, en esos acontecimientos, y esa Palabra que Dios nos va diciendo a través de todo eso nos compromete, nos implica. Nos encontraremos acontecimientos incomprensibles, cosas que pueden enturbiar la felicidad de nuestro mundo porque llenan de sufrimientos a tantos. ¿Nos vamos a quedar con los brazos cruzados? ¿Seremos insensibles a cuanto sucede? Yo como creyente, como cristiano, en nombre del evangelio que trato de vivir ¿qué puedo hacer? ¿qué tengo que hacer?
Es descubrir allá en lo más hondo de nosotros mismos ese querer de Dios, ese camino nuevo que tendría que emprender, ese compromiso en el que tengo que implicarme. Me llevará a buscar lo mejor de nosotros mismos, de nosotros como persona, pero también de esas personas que están caminando a mi lado, para juntos tratar de hacer que nuestro mundo sea mejor.
Es lo que hacían los profetas, hacían una lectura de la historia que Vivian, de todos sus acontecimientos y trataban de manifestar lo que era el querer de Dios. Trataban de hacer sentir a la gente que Dios estaba con ellos y no les abandonaba. Qué visión más distinta hemos de tener de las cosas, de la vida, de la historia cuando miramos con esa mirada de Dios.

jueves, 26 de octubre de 2017

Creer en Jesús significará remar muchas veces con la mar en contra, con los vientos de frente sin dejarnos llevar por la corriente de lo que todos hacen creando una revolución en el mundo


Creer en Jesús significará remar muchas veces con la mar en contra, con los vientos de frente sin dejarnos llevar por la corriente de lo que todos hacen creando una revolución en el mundo

Romanos 6, 19-23; Sal 1; Lucas 12, 49-53
En ocasiones escuchamos frases que en principio y sobre todo por quienes nos las dicen nos resultan una paradoja; nos cuesta entenderlas, les damos vueltas porque de entrada nos parecen incomprensibles, pero quizá al final nos damos cuenta que tienen su significado, nos quieren decir algo, y al final terminan inquietándonos en nuestro interior.
Son palabras que en cierto modo se convierten en proféticas para nosotros, que encierran gran sabiduría y nos van a hacer mucho bien si llegamos a meternos de lleno en su significado. Producirán una inquietud en nuestro corazón, quizás un cierto desasosiego, pero nos harán despertar a una realidad más sublime o nos pondrán en caminos insospechados pero que nos van a hacer mucho bien.
Algo así nos sucede con lo que hoy escuchamos en el evangelio. No podíamos imaginar que Jesús nos dijera que no viene a traer la paz sino la guerra y que lo que quiere es prender fuego; ni que fuera un incendiario. Parece estar lejos de lo que es su mensaje que es siempre un mensaje de amor, un mensaje de paz. Podemos recordar el canto de los ángeles en su nacimiento, o podemos pensar en las palabras que normalmente les dice a los enfermos o a los pecadores cuando salen curados de su presencia, claro que también podríamos recordar su saludo de pascua después de la resurrección.
Pero es verdad, Jesús viene a poner inquietud en nuestro corazón; sembrar esperanza no significa que nos contentemos con lo que tenemos o cómo estamos. Es un mensaje de algo nuevo el que nos trae, eso significa precisamente evangelio, y ya desde el principio nos dice que tenemos que creer en la buena noticia. Pero esa bueno noticia no es para que nos quedemos adormilados en donde estamos; esa buena noticia nos pone en camino, siembra inquietud, nos hace querer buscar algo nuevo porque no estamos contentos con lo que tenemos.
Eso significará remar muchas veces con la mar en contra, con los vientos de frente. No es dejarnos llevar por la corriente de lo que todos hacen; cuantas veces decimos o escuchamos que nos dicen, eso es lo que hacen todos. Nos tenemos que rebelar contra eso porque queremos algo nuevo, porque Jesús nos ofrece algo nuevo.
Ya lo vemos en el evangelio que su presencia inquieta de tal manera que se va a encontrar con muchos en contra que lo llevarán hasta el Calvario. Pero frente a esa muerte a la que nos quieren conducir los que no quieren cambiar, los que se contentan con que todo siga igual, los que ambiciosos no quieren perder su poder o su influencia, Jesús nos ofrece la Vida porque El es la vida.
Frente a la maldad que reina alrededor y que se quiere meter también en los entresijos de nuestra alma, nosotros nos rebelamos, denunciamos, buscamos el cambio, queremos hacer esa revolución en nuestra vida, queremos la transformación de nuestro mundo.
Claro que el fuego que nosotros queremos prender en el mundo – es lo que Jesús nos ha enseñado – es el fuego del amor, es el fuego de su Espíritu, será el fuego que todo lo transformará aunque a veces nos parezca imposible por la fuerza de tanto mal que vemos en nuestro entorno y que quiere meterse también en nuestro corazón. Creemos en la fuerza del amor porque creemos en Jesús el que murió y resucitó, el que Vive para siempre y nos llena de su vida que nos transforma.
¿Paradójico lo que nos dice Jesús? Ya vemos que no es tan paradójico sino que tiene en si la fuerza transformadora del amor, tiene la lógica del amor verdadero que nos enseña a olvidarnos de nosotros mismos para darnos a los demás. Eso algunos no lo comprenderán, pero nosotros queremos vivirlo y que sea nuestro testimonio el que haga comprender a los demás la necesidad de un mundo nuevo transformado por el fuego del amor.

miércoles, 25 de octubre de 2017

Preparados porque viene el Señor y nos sale al encuentro en ese mundo en que vivimos, en esos hermanos con los que nos cruzamos, en esas personas que están a nuestro lado

Preparados porque viene el Señor y nos sale al encuentro en ese mundo en que vivimos, en esos hermanos con los que nos cruzamos, en esas personas que están a nuestro lado

Romanos 6,12-18; Sal 123; Lucas 12,39-48

‘Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá’. Así termina el texto del evangelio de hoy. Jesús les está hablando de la responsabilidad y la seriedad con que hemos de tomarnos la vida, porque aquellos dones que hemos recibido, como nos señala también en otros lugares del evangelio, no son para guardárnoslos sino para hacerlos fructificar.
Cada uno tenemos nuestros dones, nuestras capacidades y cualidades. Es cierto que no todos somos iguales, ni todos valemos para todo aunque en las responsabilidades de la vida tengamos que afrontar muchas cosas, batallar en diferentes frentes. Una cosa que sí tendríamos que hacer es conocernos, ser conscientes de nuestros valores, nuestras posibilidades; es necesario de vez en cuando detenernos para analizar nuestra vida y seguir descubriendo lo que valemos, esos dones que hay dentro de nosotros.
Muchas veces quizá tardan en aparecer, quizá no pensamos que valemos para determinadas cosas, o muchas veces en nombre de una falsa humildad nos queremos ocultar y no descubrir y reconocer lo que son todos nuestros valores. Quizá en un momento determinado al tener que enfrentarnos a algo inesperado y ser capaces de salir adelante nos hace caer en la cuenta de unos valores que estaban ahí como escondidos y que sin embargo son posibilidades en la vida.
Hemos de saber estar abiertos siempre a todo eso que podemos descubrir en nosotros. No por orgullo o vanagloria, sino en una autoestima que quizá tendríamos que recuperar. Equivocadamente hemos reprimido o nos han reprimido en nuestra educación cosas buenas que hay en nosotros y no hemos o no nos han ayudado a sacar a flote.
Pudiera parecer a alguien que me estoy alejando de lo que seria el comentario del evangelio pero pienso que no. Todo eso que hay en nuestra vida es un don de Dios; somos administradores de esos dones de Dios; y todo lo bello y hermoso que hay en el mundo y en la vida no es solo para cada uno en particular, sino que Dios ha puesto el mundo y toda la riqueza que hay en el mundo para bien de todos. La obra de su creación se la confió al hombre, es decir, a la humanidad toda. Y riqueza de ese mundo son nuestros valores, nuestras cualidades. Riqueza no para acaparárnosla para nosotros solos sino para bien de toda la humanidad.
Nos habla Jesús en el evangelio de la venida del Hijo del Hombre; puede ser una referencia al final de los tiempos, al juicio final de la historia, como podemos pensar también en esa venida, en esa presencia del Señor junto a nosotros en cada momento de nuestra vida. Y esa presencia de Dios en nosotros siempre nos abre a los demás, siempre nos abre a una trascendencia que no se solo pensar en la vida eterna más allá de la muerte, sino en ese trascendernos para ir al encuentro del otro, para llevar al otro lo que somos, lo que es nuestra vida y compartirlo con él.
‘Estad preparados porque a la hora que menos pensáis viene el Hijo del Hombre’, nos dice Jesús. Preparados, en cualquier hora, en todo momento, viene el Señor, nos sale al encuentro en esa presencia mística y maravillosa de su presencia divina, espiritual; pero viene el Señor y nos sale al encuentro en ese mundo en que vivimos, en esos hermanos con los que nos cruzamos, en esas personas que están a nuestro lado. ¿Qué respuesta le damos a esa presencia del Señor?

martes, 24 de octubre de 2017

Atención y vigilancia responsable para nuestro crecimiento humano y espiritual, para esa espiritualidad que ha de llenar de sentido todo lo que hacemos y vivimos

Atención y vigilancia responsable  para nuestro crecimiento humano y espiritual, para esa espiritualidad que ha de llenar de sentido todo lo que hacemos y vivimos

Romanos 5,12.15b.17-19.20b-21; Sal 39; Lucas 12, 35-38

‘A lo loco, a lo loco… a lo loco se vive mejor’ no sé si recordarán los que peinan canas ya como yo canciones como una letra así que circulaban en nuestros tiempos mozos. Estaba bien en medio de la alegría de la fiesta y de la diversión, sin embargo no lo podemos considerar una buena filosofía de la vida. Hacemos en un momento determinado locuras y parece que nos va bien, pero nos damos cuenta que la vida no nos la podemos tomar de esa manera. Es necesario una responsabilidad, una advertencia y vigilancia para que lo que hagamos sea siempre con un sentido y un valor.
Sí, en nuestra madurez humana, hemos de estar atentos y vigilantes ante lo que sucede, los que nos va apareciendo en la vida, los sentimientos o las cosas que nos puedan ir surgiendo en nuestro interior, lo que podamos ver en los demás. Es la prevención, si queremos, ante la validez ética de lo que hacemos, pero es también para que vayamos aprendiendo de la vida. el rumiar aquello que nos sucede, la reflexión sobre lo que vamos viendo o lo que nos sucede nos hace más maduros, nos hace profundizar y encontrar un sentido, nos hace también aprender una lección para nuestro caminar.
Aprendemos de lo que oímos cuando lo reflexionamos y asumimos en nuestro interior, pero vamos aprendiendo también de los golpes de la vida, porque en nuestra reflexión nos hace sacar consecuencias, darnos cuenta a donde nos pueden llevar los derroteros que vamos tomando y así nos harán enderezar caminos. Qué importante que seamos reflexivos en la vida, vayamos rumiando bien lo que vemos, lo que aprendemos, lo que nos sucede. Es una forma de crecer y madurar.
Es lo que nos recuerda Jesús hoy en el evangelio además con la trascendencia que desde la fe encontramos para nuestra vida. No es solamente estar atentos o prepararnos para el momento final, sino es el estar atentos en todas las circunstancias de la vida. Desde la fe hemos de saber descubrir la presencia del Señor y eso no lo podemos hacer de cualquier manera. Es cierto que es el Señor el que se nos manifiesta y es una gracia suya, pero a esa gracia hemos de responder y respondemos con esa atención para descubrirle y para descubrir lo que en todo momento nos va pidiendo.
‘Tened la cintura ceñida y encendidas las lámparas…’ nos dice. Es la actitud vigilante del administrador o del que tiene que cuidar de la casa. Administradores somos de esos bienes que Dios ha puesto en nuestras manos, empezando por la vida misma. Es la responsabilidad de nuestra propia existencia a la que hemos de llenar de valor y de sentido.
Es la luz encendida de nuestra vigilancia, pero es la luz encendida de nuestra fe, una fe que tenemos también que alimentar y que solo en Dios, en su unión con El, podremos purificarla y hacerla grande. Cuántas consecuencias tendríamos que sacar para nuestra vida, para nuestro crecimiento humano y espiritual, para esa espiritualidad que ha de llenarnos de sentido en todo lo que hacemos y vivimos. No podrá ser, entonces, a lo loco como hemos de vivir la vida, como comenzábamos diciendo en nuestra reflexión.

lunes, 23 de octubre de 2017

Busquemos los tesoros que nos conduzcan a la verdadera dignidad de la persona, nos hagan crecer por dentro y nos llenen de trascendencia

Busquemos los tesoros que nos conduzcan a la verdadera dignidad de la persona, nos hagan crecer por dentro y nos llenen de trascendencia

Romanos 4,20-25; Sal.: Lc 1,69-70.71-72.73-75; Lucas 12,13-21

Si yo me sacara la lotería, pensamos y ahora que viene el gordo de navidad todos estamos soñando con él, si tuviera suerte en ese bote que tiene la primitiva, y así vamos soñando y soñando continuamente a ver si un día nos cae… y ya pensamos que todos los problemas los tenemos resueltos, que ya no tendremos que andar con preocupaciones ni tener que levantarse a trabajar todos los días. Cuántas cosas nos vienen a la imaginación de lo que podríamos hacer si tuviéramos ese dinero, aunque no sé si luego realmente haríamos algo de todo eso que hemos soñado. ¿Serán esas las únicas metas de nuestra vida?
No estamos tan lejos de aquel rico del que nos habla Jesús hoy en la parábola. El realmente se lo había trabajado y aquel año había sido de buenas cosechas; había tenia que agrandar sus graneros para acumular toda su cosecha. Ya pensaba que todo lo tenía resuelto. También nosotros no lo ponemos todo en la suerte que nos podría caer, sino que quizá queríamos ver un efecto extraordinario del fruto de nuestro trabajo. Algunos quizá se afanan con sus malas artes en los negocios o en todo ese mundo de influencias y no se cuantas cosas entre las que nos movemos hoy. Y vendrán quizá detrás tantas cosas y consecuencias en este mundo tan corrupto en el que vivimos.
Todo esto tendría que hacernos pensar, como lo quiere Jesús en el texto que se nos propone en el evangelio. Por allá andaban dos hermanos peleándose pos cuestiones de herencias – no está tan lejos de lo que sucede en tantas familias hoy – y Jesús nos recuerda que no seamos tan codiciosos y tan avaros. Pero claro, todo eso arranca del sentido y del valor que le demos a las cosas y a la vida.
No nos dice Jesús que dejemos de lado nuestras responsabilidades, ni que no tengamos derecho a ver el fruto de nuestros esfuerzos y trabajos y que tenemos que buscar la manera, con buenas formas, de ir logrando una vida mejor y vivir con mayor dignidad. Pero claro la dignidad no está solo en el bienestar material, ni en los honores y reconocimientos que podemos recibir de los demás.
Hay algo más hondo en la vida de la persona que tenemos que saber buscar. Más hondo y con mayor altitud de miras. Porque no nos podemos quedar a ras de tierra, no nos podemos quedar en la materialidad de las cosas que manejamos con nuestras manos, no podemos pensar solo en el brillo que puedan tener los ahorros que acumulemos.
Hay otros tesoros en la vida que si nos conducen a una mayor dignidad de la persona. Es lo que tenemos que buscar. Es lo que de verdad nosotros crezcamos por dentro, no en lo que crece nuestro bolsillo.
Es la rectitud con que queremos vivir nuestra vida y es esa nueva mirada con que nos acercamos a aquellos con los que convivimos o con los que nos vamos encontrando en la vida. Son esos valores del espíritu que nos hacen verdaderamente grandes y que darán verdadera trascendencia a nuestra vida. Son esos valores que queremos vivir en la familia y tratamos de inculcar a nuestros hijos.
Es esa amabilidad y bondad que pongamos en la vida y que dan tinte y color a nuestras relaciones con los demás que cada día serán más armoniosas. Es lo que seamos capaces de hacer por los demás para ayudar a que todos vivamos con la misma dignidad y que harán que cada día nuestro mundo sea mejor.
Y todo eso no es algo que se compra o se venda con dinero o con riquezas y oropeles. Eso supera el valor económico que puedan tener unos billetes o unas monedas. Eso puede surgir de un corazón lleno de bondad y que aleja siempre de él toda malicia y que es capaz de olvidarse de si mismo para darse por los demás.
Busquemos los verdaderos valores, démosles esa profundidad a nuestra vida, llenemos nuestro espíritu de ese amor y de esa paz que no solo nos hará sentirnos bien por dentro sino que hará que también quienes estén a nuestro lado se sientan bien.

domingo, 22 de octubre de 2017

Cuando decimos ‘a Dios lo que es de Dios’ lo que estamos buscando es el bien de la persona porque la verdadera gloria de Dios es la felicidad del hombre

Cuando decimos ‘a Dios lo que es de Dios’ lo que estamos buscando es el bien de la persona porque la verdadera gloria de Dios es la felicidad del hombre

Isaías 45, 1. 4-6; Sal 95; 1Tesalonicenses 1, 1-5b; Mateo 22, 15-21

La lucha por la vida muchas veces se nos convierte en una lucha de poderes; nos gusta el poder, ansiamos el poder, queremos tener poder; es la autosuficiencia que nos nace dentro, pero es el deseo de estar por encima, de poder más, de imponer lo mío o mis ideas, es la búsqueda y satisfacción solo de mis intereses, es la manipulación que pueda realizar de la vida, de las personas, de las cosas.
Si en verdad la responsabilidad de la vida, o las responsabilidades que tenemos que ejercer desde el ser miembros de una sociedad o una comunidad las viéramos como un servicio no tendríamos esa lucha de intereses egoístas por la que en nuestro orgullo queremos ser más y hasta nos podemos convertir en manipuladores. Y el peligro está en como en nuestras luchas hacemos una mezcolanza de cosas utilizando lo que sea para conseguir nuestros fines.
Y en nuestras luchas envolvemos a los otros y hasta podemos complicarles la vida. Queremos atraerlos a nuestro ámbito y queremos ser los que predominemos. Puede ser el poder a grandes niveles en cargos de gran responsabilidad, pero puede ser en ese ámbito más pequeño o más cercano en el que nos movemos, en la familia quizás, en el trabajo, con las personas que convivimos, con nuestros vecinos y con nuestros amigos.
Es cierto que no todos actúan así y muchos han comprendido bien lo que es el sentido de su responsabilidad y al sentirse miembros de un ente social quieren en verdad prestar los mejores servicios. Pero lo dicho anteriormente va como una llamada de atención ante los peligros en los que todos podemos caer y arrastrar a los demás.
Algo así podemos apreciar hoy en el evangelio en el entorno de Jesús en el que quieren envolverle a él también en sus intereses o acaso como no pueden buscan la forma de desprestigiar para quitarlo de en medio. Es una táctica que observamos también en el entorno de nuestra sociedad y nos tendría que hacer pensar.
No les convencía a ciertos sectores de la sociedad judía lo que Jesús les hablaba del Reino de Dios y la manera en que se los presentaba. En ese estilo nuevo de Jesús ellos no podían entrar para hacer sus manipulaciones. La imagen del Mesías con que Jesús se presentaba no era lo que ellos esperaban y estaban deseando. Les desconciertan las palabras y el mensaje de Jesús. Ya les había sucedido también a los discípulos más cercanos que discutían entre ellos por los primeros puestos o se valían también de sus artimañas humanas para lograr en sus sueños esas cotas de poder. ¿Seguirán siendo así entre los discípulos de Jesús hoy? Una pregunta que nos haría revisar muchas cosas también quizás en el seno de la Iglesia.
Pero vayamos a lo que nos cuenta el evangelio. Repetidamente vienen con preguntas capciosas tratando de coger a Jesús en algo que lo pudiera desprestigiar. Sumos sacerdotes y ancianos del sanedrín, fariseos y saduceos, los partidarios de Herodes o los Zelotas, cada uno por su lado quizás luchaba por su cuota de poder. Pero Jesús venía desmontándoles muchas cosas. No pueden con él con la interpretación de los mandamientos principales de la ley lo que irrita a maestros de la ley y fariseos, no podrán cogerle aprovechándose de las palabras estrictas de la ley para hacer que Jesús también condene cuando tanto hablaba de misericordia y de perdón (ahí está el caso de la mujer adultera que no pueden apedrear), no terminan de aceptar lo que Jesús les habla de la pureza interior que es la verdadera y que no podemos andar como sepulcros blanqueados apoyándonos solo en apariencias…
Ahora se valdrán de los partidarios de Herodes que se niegan a pagar los tributos que les imponen los romanos. Y es la cuestión que le plantean. ¿Es licito pagar el impuesto al César o no? Claro que entran con palabras capciosas alabando la sinceridad de Jesús y cómo no se casa con nadie ni se deja manipular; nuestras estrategias… con la moneda de curso legal que todos llevan en sus bolsas Jesús les desmonta la pregunta. ¿Es la imagen del Cesar? Pues como son dineros del César de él tenéis que depender. Pero lo que es de Dios hay que dárselo a Dios.
Mucho quiere decirles Jesús con esta respuesta que no es una simple salida diplomática, digamos así. ¿Qué es lo que quiere Dios de nosotros? ¿Qué nos pide? Si nos fijamos en sus mandamientos nos daremos cuenta que la gloria de Dios es el bien del hombre. En la sublimidad del evangelio de Jesús todo lo resumiremos en una palabra, el amor. Pero fijémonos bien que ese amor es respeto por el hombre, es valoración de la persona, es sinceridad de vida, es búsqueda del bien para todo hombre, es esa pureza interior que nos hace tratar siempre sin maldad ni malicia a los que están a nuestro lado, es esa rectitud de vida que busca siempre lo bueno, es esa cercanía a la persona, a toda persona que nunca lo manipulará sino que siempre le ofrecerá lo mejor de si mismo. No otra cosa nos piden los mandamientos del Señor.
Cuando vamos haciendo todo esto estamos buscando la gloria de Dios que es el bien del hombre. Para eso nos ha creado, nos ha dado la vida y ha puesto el mundo en nuestras manos. Y ese mundo no es nuestro, es una criatura de Dios pero que está al servicio de todo hombre, de todos los hombres. No podemos acaparar, no nos lo podemos coger para nosotros solos, no podemos adueñarnos de la vida de nada ni de nadie. En nuestro corazón siempre tienen que sonar los sones de la solidaridad y de la justicia. Son los caminos nuevos que nos ofrece el evangelio. Todo en nosotros ha de ser siempre servicio, porque es ahí donde de verdad nos engrandecemos. Esa es la mayor gloria del hombre.
Qué lejos quedan entonces aquellas ansias de poder y de grandezas humanas, que lejos de nosotros la manipulación y el acapararlo todo para nosotros solos, que lejos quedan aquellos pedestales en los que en nuestro orgullo queríamos subirnos. Es el estilo nuevo del Reino de Dios. El es nuestro único Señor y su gloria será siempre el que busquemos el bien del hombre, de la persona, haciendo entre todos un mundo mejor.


sábado, 21 de octubre de 2017

Hace falta hoy en nuestro mundo el testimonio valiente del creyente y que con sinceridad manifestemos ante el mundo la fe que proclamamos y queremos vivir

Hace falta hoy en nuestro mundo el testimonio valiente del creyente y que con sinceridad manifestemos ante el mundo la fe que proclamamos y queremos vivir

Romanos 4,13. 16-18; Sal 104; Lucas 12, 8-12
El que es auténtico y sincero consigo mismo no teme dar la cara por aquello en lo que cree y son sus convicciones más profundas. Nos hace falta más autenticidad en la vida, ser sinceros con nosotros mismos para que también podamos ser sinceros con los demás. No podemos decir que creemos en algo si luego nuestra vida es un contra testimonio contra eso en lo que creemos.
No podemos ocultar o disimular nuestros principios y valores. Tenemos la tendencia o el peligro que por ciertos temores que se nos meten dentro de nosotros podamos ir maquillando lo que son nuestros principios para acomodarnos a los demás. Esto seria una falta de sinceridad en la vida.
Esa falta de sinceridad puede devenir luego en que nuestras relaciones con los demás se deterioran porque fallará la confianza y una amistad verdadera ha de basarse siempre en una confianza mutua. Si por ser sinceros y manifestarnos como somos y pensamos con autenticidad no somos aceptados es señal de que la amistad no ha sido muy profunda, algo habrá fallado
Esto que decimos en todos los aspectos humanos y sociales de la persona tienen también una importancia vital en el valor que le damos a nuestra fe y a lo que en consecuencia ha de ser nuestra vida cristiana. No podemos decir que tenemos fe si luego el camino de nuestra vida va por otros derroteros que no reflejen precisamente esa fe sino todo lo contrario. La fe no puede ser un vestido de quita y pon, en que nos manifestemos muy creyentes y religiosos en unos momentos, pero luego el resto de nuestra vida no ande en consonancia con esa fe.
Por eso hoy Jesús en el evangelio nos previene. No podemos negar nuestra fe, no podemos ocultarla ni disimularla, tiene que reflejarse claramente en nuestra vida, en nuestra manera de pensar y en nuestra manera de vivir. Algunas veces, ciertamente, nos cuesta porque quienes nos rodean quizá no nos entiendan, pero eso no debe llevarnos a acomodarnos y disimular nuestra fe.
Jesús nos garantiza que no nos faltará su fuerza, que con nosotros estará siempre su Espíritu que animará nuestro corazón y nuestra voluntad, como nos dice, pondrá palabras en nuestros labios cuando tengamos que enfrentarnos a quien trate de acallar nuestra fe. Nos habla de Jesús de tribunales y de jueces, pero es en el día a día de nuestra vida, con aquellos que convivimos y hacemos nuestra vida donde tenemos que dar ese testimonio que, como decíamos, no siempre es fácil. ‘Porque el Espíritu Santo os enseñará en aquel momento lo que tenéis que decir’, nos enseña Jesús.
Hace falta hoy en nuestro mundo ese testimonio valiente de nuestra fe. Quizá en nuestros ambientes nos habíamos acostumbrado a que todos se decían cristianos y creyentes pero vemos que no es así. No es el espíritu de Jesús, el sentido cristiano el que impera en la vida de quienes nos rodean aunque se digan creyentes y algunos hasta nos puedan decir que son más cristianos que nosotros. Aparte ya vamos viendo en nuestra sociedad cada vez más que son muchos son los que se manifiestan en contra de la Iglesia, de los cristianos, de los que se sienten creyentes.
Solapadamente y otras veces de manera clara son muchos los ataques que se hacen contra la religión, los cristianos y la Iglesia. Y es ahí en ese mundo donde tenemos que saber dar testimonio valiente de nuestra fe, de nuestro ser cristiano. Y tenemos que hacerlo con nuestras palabras, pero sobre todo con el testimonio de nuestra vida, de nuestra entrega, de nuestra lucha por el bien y la justicia, por instaura una verdadera civilización del amor.
También nosotros como creyentes tenemos una palabra para la construcción de nuestra sociedad y también tenemos derecho a manifestarlo y a que se nos escuche, aunque sabemos que es difícil porque muchos querrán hacernos callar. Pero en nosotros tiene que haber ese compromiso porque tampoco podemos dejar que los demás hagan lo que quieran y todo se tenga que hacer según su visión.
Si decimos que vivimos en un mundo diverso, también nuestra opinión, nuestro criterio tiene tanto valor como el de los demás. Pero tenemos que manifestarlo clara y valientemente. No podemos ser eso que llaman ahora la mayoría silenciosa que nunca habla. Hemos de expresar claramente lo que son nuestros planteamientos, nuestra manera de ver como ha de ser la construcción de nuestra sociedad y a ello queremos contribuir.

viernes, 20 de octubre de 2017

Nos previene Jesús de la levadura de la falsedad y de la mentira y que en el amor de Dios encontremos la levadura del amor que ilumine nuestra vida y la de los demás

Nos previene Jesús de la levadura de la falsedad y de la mentira y que en el amor de Dios encontremos la levadura del amor que ilumine nuestra vida y la de los demás

Romanos (4,1-8); Sal 31; Lucas (12,1-7)

Algunas veces andamos con miedo por la vida. Oscuridades nos acechan y siembran incertidumbres en nuestro interior, dudas, preocupaciones. Porque no es el miedo a una noche oscura físicamente porque falte la luz de la luna o hayan desaparecido las luminarias de las calles. Es algo más hondo que nos sucede muchas veces en nuestro interior.
Problemas que se agolpan en nuestro entorno, cosas desagradables de la vida que nos hacen perder la paz, inquietudes buenas que tenemos en nosotros pero que no vemos como realizarlas o como alcanzar nuestros sueños, soledades en la incomprensión de quienes nos rodean, cosas que nos vienen en contra y nos ponen la vida difícil, son muchas las cosas que nos hacen perder esa estabilidad emocional que nos hace más oscuras las cosas de lo que realmente son.
Cada uno podemos pensar en nuestras propias oscuridades porque cada uno tiene su vida y son suyos y muy personales los problemas que se tienen; claro que también los problemas que se van sucediendo en nuestra sociedad cada día nos afectan y también nos turban en nuestro interior; ver a la gente que sufre a nuestro lado y que quizá no somos capaces o no podemos hacer nada por aliviar esos sufrimientos también a nosotros nos llena de sufrimiento y ponen sombras en nuestra vida. El contemplar un mundo injusto y lleno de hipocresía nos hace temer que nosotros también nos podamos hacer así porque nos lleguemos a insensibilizar ante las cosas que nos suceden.
Las sombras de la duda y del temor no tienen que sobreponerse sobre nuestra vida. hemos de saber caminar con seguridad y valentía para enfrentarnos a todo eso y no se nos apague nunca la luz de la esperanza de que todo puede ser mejor y lo podremos lograr ni la luz de nuestra fe y nuestro amor que tienen que darnos fuerza para esa lucha de la vida.
Hoy nos dice Jesús que alejemos los temores de nuestra vida porque tenemos puesta nuestra confianza en Dios. Nos previene es cierto de ‘la levadura de los fariseos’, para que no caigamos en una vida llena de falsedad y de mentira que por verla como tan natural a nuestro lado nosotros nos podamos contagiar. Otra levadura tiene que alimentar, que hacer fermentar nuestra vida y que nace del amor que Dios nos tiene que ha de convertirse en nosotros en respuesta de amor.
En la medida en que nos llenemos de ese amor nuestra vida se ilumina y podremos además ser rayos y luces de esperanza para los que nos rodean por nuestro testimonio de amor, de solidaridad, de entrega, de trabajo por los demás, de búsqueda del bien, de compromiso por hacer que nuestro mundo tenga más paz y armonía. Son las semillas que nosotros hemos de sembrar, es la buena levadura que tenemos que llevar a la masa de nuestro mundo para que nuestro mundo se transforme. Es la alegría esperanzada que tiene que haber en nuestra vida y de la que tenemos que contagiar a los demás.

jueves, 19 de octubre de 2017

Los compartimientos y actitudes que mantengo en la vida tendrían que ser siempre camino que llevara a todos a hacer el bien

Los compartimientos y actitudes que mantengo en la vida tendrían que ser siempre camino que llevara a todos a hacer el bien

Romanos (3,21-30a); Sal 129; Lucas (11,47-54)

¿Podemos ser obstáculo para el bien que los otros quieren hacer? Parecería que eso no tiene sentido porque en el fondo todos queremos lo bueno, queremos hacer el bien, y parece que tendríamos que alegrarnos que otros también hagan cosas buenas, hagan el bien a los demás; tendría que ser incluso un aliciente y un estimulo para nuestra vida.
Pero ya bien sabemos cómo la malicia llena el corazón de los hombres y en lugar de sentirnos estimulados lo que nos sucede es que nos llenamos de envidia, y ya sabemos lo destructiva que es la envidia cuando se nos mete en el corazón. El envidioso en lugar de ayudar querrá poner todos los obstáculos posibles, porque quizás nos duela que nosotros no podamos hacer eso bueno que hacen los demás. Y desprestigiamos, restamos importancia a lo que hacen los demás, sembramos desconfianza queriendo hacer ver que hay una caprichosa intención en quien está haciendo lo bueno, tratamos de llenar de sombras todo aquello que tendría que estar lleno de luz.
Es la malicia que se nos puede meter en el corazón y así nos convertimos en obstáculos para lo bueno de los demás. Cosas así nos podemos encontrar en las relaciones de los amigos, en el trato con los que conviven cerca de nosotros y que alguna vez por resentimientos que vienen de viejo nos hacen brotar esas malas yerbas que tanto daño nos pueden hacer. Algunas veces pueden ser resentimientos que se heredan de familia porque no sé quien y no sé en qué época alguien de aquella familia hizo algo que hirió a un antepasado nuestro y eso parece que no se olvida ni se perdona aunque pasen años y generaciones.
He ido en mi reflexión por este camino de las envidias pero que encierran orgullos mal curados en nuestro interior, pero también hay tantas formas en que por nuestro mal ejemplo podemos ser ese obstáculo para lo bueno y que de alguna manera por nuestro mal testimonio incitan o inclinan hacia lo malo a los que nos rodean. Es el mal ejemplo que podemos ver los mayores, son las situaciones de corrupción por ejemplo que vemos hoy en nuestra sociedad, que nos lleva a ver las cosas tan naturales, que ya hasta lo malo e injusto nos puede parecer bueno porque otros lo hacen. Son los obstáculos para lo bueno que nos podemos ir encontrando en el camino de la vida, o son los obstáculos que también nosotros mismos podemos ser para los demás.
Muchas cosas que pensar para caer en la cuenta de la rectitud en que hemos de vivir nuestra vida. Quizá pensamos en un momento determinado que aquello que nosotros hacemos o sentimos en nuestro interior es cosa nuestra y a nadie tiene que interesar, pero no nos damos cuenta que una mala actitud por nuestra parte en un momento determinado puede hacer daño a alguien, no solo porque lo podamos ofender, sino porque nuestro mal ejemplo es el peor daño que le hacemos, porque de alguna manera es abrirle las puertas al mal.
Me ha surgido esta reflexión - que quizá se quede incompleta porque son muchas las consecuencias que se pueden sacar - cuando he escuchado en el evangelio en la diatriba que sostiene con los escribas y con los fariseos diciéndoles: ¡Ay de vosotros, maestros de la Ley, que os habéis quedado con la llave del saber; vosotros, que no habéis entrado y habéis cerrado el paso a los que intentaban entrar!’
Que no nos suceda así a nosotros. Que nuestras actitudes y comportamientos ayuden siempre a los que están a nuestro lado a hacer el bien y apartarse del camino del mal.

miércoles, 18 de octubre de 2017

Tenemos que mostrar los signos de la misericordia de Dios en la paz que llevamos en los corazones y en los signos de curación que realizamos con nuestros hermanos

Tenemos que mostrar los signos de la misericordia de Dios en la paz que llevamos en los corazones y en los signos de curación que realizamos con nuestros hermanos

2Timoteo 4,9-17ª; Sal 144; Lucas 10,1-9

Al celebrar hoy la fiesta del evangelista san Lucas a quien consideramos también apóstol aunque no forme parte del numero de los Doce del Colegio Apostólico la liturgia nos ofrece en el evangelio el texto del envío de los setenta y dos discípulos por parte de Jesús para hacer el anuncio del Reino. Un texto muy bien escogido por la liturgia para esta celebración porque nos viene a definir de alguna manera lo que fue el evangelio que nos trasmite san Lucas.
Envía Jesús a sus discípulos a anunciar el Reino en la pobreza y en la disponibilidad; el anuncio del Reino lo han de realizar trasmitiendo la paz para todos los corazones y haciéndoles presente la misericordia y el amor de Dios, el saludo siempre el de la paz; con el anuncio de la Buena Nueva de Jesús los corazones han de saber encontrar la paz, llenarse la paz; pero el anuncio ha de ir acompañado por las obras de la misericordia porque anunciar el Reino de Dios es decirnos que Dios se acuerda de nosotros, se hace presente entre nosotros y nos ofrece la salud y la vida, la salvación y la gracia.
Curar enfermos, resucitar muertos han de ser los signos que siempre han de acompañar al anuncio que se hace del Reino. Es lo que manda Jesús hacer a los discípulos y es el testigo que nosotros hemos de recoger para seguir manifestando ante el mundo que Dios nos ama y es misericordioso con nosotros.
Recordemos que en el evangelio se Lucas esta es una de las características que se destacan siempre. Nos trae el evangelio las hermosas parábolas de la misericordia como la llamada comúnmente como la del hijo prodigo que lo que quiere manifestarnos es el amor y la misericordia del padre, y también los hermosos gestos de Jesús con que acoge a la mujer pecadora o se manifiesta siempre cercano a los pecadores y los que son despreciados por todos. Se destaca siempre en su evangelio esa cercanía de Dios que quiere llegar al que está más solo y abandonado como Jesús se hace presente allí donde están los pecadores y los más pobres y necesitados.
‘¡Poneos en camino!’ les dice Jesús a los discípulos que ha escogido. Cuando escuchamos el evangelio no escuchamos lo que Jesús les dice a otros, sino lo que Jesús está queriendo decirnos a nosotros. Y a nosotros nos está diciendo hoy ‘¡Poneos en camino!’.
Es el envió que Jesús nos está haciendo a nosotros también, el envío y mandato de Jesús a nosotros cristianos del siglo XXI porque la mies sigue siendo abundante, ancho y grande es nuestro mundo, muchas son las necesidades de todo tipo que siguen sufriendo los hombres y las mujeres de hoy, igual es el hambre de Dios que padecen nuestros hermanos los hombres, nubes de desesperanza y hasta de desesperación se ciernen sobre los horizontes concretos de nuestro mundo agobiado en sus problemas, desorientado muchas veces sin saber por donde tomar, inquieto por las crisis que se sufren en el corazón y que afloran en nuestra sociedad en forma de divisiones, enfrentamientos, falta de entendimiento, violencias de mil formas y maneras.
A ese mundo tenemos que hacer el anuncio del Reino, de que es posible un mundo nuevo, de que es posible la paz y el entendimiento, de que necesitamos ser más solidarios los unos con los otros y aprendamos a curar tantos odios que afloran en nuestros corazones. Tenemos que anunciar que es posible encontrar la paz, y el entendimiento, y lograr ese abrazo común de los hermanos que en verdad quieren caminar juntos. Muchos son los signos que nosotros también tenemos que dar con nuestras obras, nuestra misericordia, nuestro trabajo sincero por la paz, la curación que podemos ir haciendo de tantos corazones, igual que nosotros nos sentimos curados en el Señor cuando saboreamos su misericordia.
Llevemos al mundo la noticia de la paz, trasmitamos el mensaje de la misericordia y del amor. Que se manifiesten en los signos que damos con nuestra vida.

martes, 17 de octubre de 2017

No llenemos de ritualidades la vida sino tratemos de vivir cada cosa con profunda espiritualidad no quedándonos en apariencias sino expresando lo más profundo de nuestro ser

No llenemos de ritualidades la vida sino tratemos de vivir cada cosa con profunda espiritualidad no quedándonos en apariencias sino expresando lo más profundo de nuestro ser

Romanos (1,16-25); Sal 18; Lucas (11,37-41)

Es más importante el ser que el parecer. Así podemos afirmarlo rotundamente. Pero no lo hagamos solo con palabras o como unos principios. Porque hemos de reconocer que muchas veces en la vida nos preocupamos más de lo que querer parecer que de lo que realmente somos. Es lo que sospechamos que los demás puedan pensar de nosotros lo que nos preocupa, esa buena imagen que queremos conservar y así nos quedamos fácilmente en superficialidades, en cosas de menor importancia y realmente no nos preocupamos tanto de crecer por dentro, de crecer como personas en nuestros valores, en nuestro actuar, en el trato que le damos a los demás nacida verdaderamente desde el corazón.
Es una tentación que nos puede llevar a la hipocresía, a una doble cara, y mentimos ya no solo con palabras sino con la vida que queremos manifestar y que no es lo que realmente somos. Es una tentación de todos los tiempos y en la que nos podemos ver envueltos todos.
Era la actitud hipócrita de aquellos fariseos que estaban pendientes de esas ritualidades que se habían impuesto en la vida y en lo que querían juzgar a Jesús. Ahora que un hombre principal había invitado a Jesús a comer, allí están todos pendientes de si Jesús se lava o no las manos antes de comer. No eran solo las razones higiénicas que podríamos ver como normales en cualquier persona, sino era ese juicio hipócrita porque unas manos manchadas podían ser unas manos impuras y con ello significaba que era todo impuro en esa persona.
En la vida nos vamos llenando de ritualidades que en lugar de ayudarnos nos hacen por el contrario una vida sin profundidad. Nos contentamos con cumplir ritualmente con una cosa, un mandado o un rito, pero nuestro corazón está bien lejos. Pensamos en nuestras actitudes, en nuestras posturas, en el trato con los demás, pero tenemos que pensar en nuestro interior, en todo aquello que tenemos que aprender a hacer desde el corazón, desde lo más profundo de nosotros. Hacer crecer nuestro espíritu, darle hondura a lo que hacemos y a lo que vivimos.
Eso  nos lleva también a cuidar mucho los actos religiosos que realizamos en nuestra vida. No los tenemos que hacer por puro ritualismo, por la formalidad de que hacemos unas cosas, rezamos unos rezos, hacemos unos actos piadosos y ya con eso esta todo hecho si no le hemos dado profundidad.
Cuantas veces estamos rezando y nos contentamos con repetir palabras porque nuestra mente está bien lejos. Cuando recemos que oremos de verdad, porque en verdad vivamos ese encuentro intimo y profundo con el Señor. Que lo que oramos salga de nuestro corazón y sintamos al mismo tiempo como el Señor nos transforma. Que así le demos profundidad a nuestra oración y a nuestra vida. Que no sean solo unas palabras que decimos con los labios o unos ritos que realizamos formalmente en nuestras celebraciones sino que en ello pongamos todo nuestro espíritu. Es necesario crecer en nuestro espíritu para que lo que hacemos no se quede en apariencia sino que exprese lo  más profundo de nuestro ser.

lunes, 16 de octubre de 2017

Con actitud humilde y con apertura de corazón creemos en la Palabra de Jesús que nos lleva también a una apertura a los demás creyendo en ellos para hacer un mundo mejor

Con actitud humilde y con apertura de corazón creemos en la Palabra de Jesús que nos lleva también a una apertura a los demás creyendo en ellos para hacer un mundo mejor

Romanos (1,1-7); Sal 97; Lucas (11,29-32)

En la vida tenemos que aprender a fiarnos; no podemos andar continuamente en la desconfianza y en el estar pidiendo pruebas para todo. Es normal que queramos estar seguros en lo que hacemos, en los pasos que damos, en lo que nos dicen, pero no todo podemos comprobarlo por nosotros mismos. Vivimos en un mundo de relación y nos vamos intercambiando muchas cosas en la vida y ya tenemos que dar por supuesto que aceptamos y creemos aquello que recibimos de los demás, serán noticias o conocimientos, será la personal experiencia de cada uno que puede enriquecer a los demás, es el devenir de la vida misma.
Eso significa también que no podemos estar viendo malicia siempre en lo que los otros hacen o nos dicen, porque nos haría la vida insoportable y eso puede ir creando un poso de amargura en nuestro interior que ni nos deja ser felices ni ayudamos a la felicidad de los demás.
Es cierto que hay gente que actúa con esa malicia, pero no podemos caer en las redes de nosotros actuar de la misma manera; nos hace falta una limpieza de intenciones en nosotros mismos, una carga grande de sinceridad como al mismo tiempo una gran comprensión en nuestro corazón ante los desaires que vayamos recibiendo en la vida. No podemos perder la estabilidad de nuestra vida, hemos de saber caminar con paz en el corazón y los recelos a eso no ayudan, hemos de intentar poner por delante la carta de la confianza que nos facilite las relaciones entre unos y otros. Cuando andamos con desconfianzas y recelos es que no creemos en las personas y eso rompe la armonía de la convivencia.
Hoy en el evangelio vemos que hay gente que no termina de creer en Jesús. Son muchos los milagros y signos que realiza, claramente habla del Reino de Dios y de las actitudes que hemos de tener en nosotros para poder vivirlo, su Palabra es un arroyo de luz inmensa sobre las vidas de aquellas gentes atormentadas por tantos sufrimientos, muchos le siguen entusiasmados y hay momentos en que multitudes se congregan en su entorno.
Sin embargo hay gente que no termina de entender el mensaje de Jesús, se ciegan y no son capaces de ver las obras de Dios que en Jesús se manifiestan. Están pidiendo signos y pruebas continuamente. Hay desconfianza en su corazón quizá porque vislumbran que aceptar a Jesús significará para ellos que muchos cambios de mente, de actitudes, de manera de obras tienen que realizarse en sus vidas.
Y Jesús les habla del signo del profeta Jonás. Que no fue solo el que fuera devorado por el cetáceo y luego pudiera volver con vida para hacer el anuncio que le pedía el Señor en la ciudad de Nínive, que tanto temía él. El signo de Jonás en este caso es su predicación con la llamada a la conversión y la respuesta que dio aquella gente a la palabra de profeta. Creyeron, se convirtieron al Señor y no cayó sobre aquella ciudad todos aquellos males el que el profeta anunciaba. Y como les dice aquí hay uno que es más que Jonás, o más que Salomón a quien vino a ver la reina del Sur entusiasmada por las noticias de la sabiduría del Rey.
¿Que tenemos que hacer nosotros ante Jesús? creer en su Palabra y dejarnos conducir por la fuerza de su Espíritu. Es la actitud humilde y de corazón abierto de María de Betania que se sentaba a los pies de Jesús para escuchar sus palabras; se confiaba a Jesús, abría su corazón a su palabra, se bebía sus palabras para descubrir lo que era la voluntad de Dios.
Y con esa misma confianza y apertura de corazón tenemos que aprender a ir también a los demás. Cuanto de bueno podemos hacer si nos amamos, si confiamos los unos en los otros, si sabemos sentirnos en comunión, si nos disponemos seriamente a trabajar codo con codo con los demás por hacer un mundo mejor.

domingo, 15 de octubre de 2017

La Palabra de Jesús nos interpela y nos compromete a celebrar ese banquete en el que quepamos todos, nos pone en camino, en salida y quiere llegar a nuestro corazón y transformarlo

La Palabra de Jesús nos interpela y nos compromete a celebrar ese banquete en el que quepamos todos, nos pone en camino, en salida y quiere llegar a nuestro corazón y transformarlo

Isaías 25, 6-10ª; Sal 22; Filipenses 4, 12-14. 19-20; Mateo 22, 1-14

No nos habrá pasado quizá, pero si nos pasara una cosa así, ¿qué haríamos nosotros? Podría ser que a alguna madre de familia le haya sucedido algo parecido. Había puesto todo su empeño en preparar aquella comida en la que quería que estuvieran todos sus hijos; era la fiesta del pueblo quizá, o algún acontecimiento familiar que ella quería recordar y quería tener a todos sus hijos en torno así, y les dijo que vinieran a comer; no comentó con nadie más nada, pero ella se afanó en preparar la mejor comida, aquella que sabia que le gustaba a sus hijos.
Pero cuando llegó el momento los hijos no aparecieron. No le habían dando importancia, tenían sus compromisos, alguno de camino para casa de su madre se encontró con unos amigos y se fue con ellos, y aquí podemos poner todas las circunstancias, las disculpas, los silencios quizás que tanto dolieron al corazón de la madre que había preparado aquella comida con tanta ilusión. Le dieron ganas de tirarlo todo y quizás encerrarse a llorar. O llamar a los vecinos porque daba pena tirar todo aquello, o ver quizá donde podría enviar aquella comida que fuera útil, pero de sus hijos quizá no quería saber nada.
He querido hacer un supuesto de algo parecido a la parábola del evangelio de hoy que nos puede pasar a nosotros. La parábola que Jesús propone en el evangelio nos habla de la boda del hijo del rey que su padre había preparado también con mucha ilusión. Pero la gente también pasaba de aquel rey, de la boda del hijo del rey y de las comidas o banquetes que pudiera organizar e invitarlos. Ellos también tenían sus cosas que hacer. Pero ¿si era el rey el que invitaba como es que se buscaran disculpas de cualquier clase para no asistir? Para ellos no valían ni siquiera los protocolos.
Aunque vemos la reacción muy humana del rey que quiere destruir a todos aquellos que considera malvados por no comparecer cuando les invitaba, sin embargo no se contenta con eso. ‘La comida está preparada y los invitados no han venido… salid a los cruces de los caminos’, a las plazas, a los pueblos o a las aldeas, traed a todos, no importa que sean pobres, que estén enfermos o tengan mil discapacidades, sean quienes sean, buenos o malos. ‘A todos los que encontréis invitadlos a la boda y traedlos…’ les dice a sus criados. ‘Y la sala del banquete se llenó de comensales’, continua diciendo la parábola.
La imagen de la boda o del banquete nos puede traer a la mente muchas significaciones. El banquete de la vida que no es solo para unos pocos sino al que todos estamos invitados, podemos pensar. Banquete que ya sabemos que no solo es la comida sino es también el encuentro, la alegría y la fiesta como signos de felicidad, la abundancia en la riqueza del mundo en el que vivimos y todas esas cosas que harían posible que fuéramos más felices. El banquete que no es solo para unos pocos y al que quizá los podrían tener mejor conocimiento de la vida sin embargo no saben valorar lo suficiente.
En el caso de la parábola aquellos primeros invitados se comportaron de una forma orgullosa y egoísta, no quisieron participar, querían hacerse su fiesta y su felicidad a su manera o por su cuenta, no apreciaron y valoraron lo que el rey les ofrecía. Rehusaron participar en aquel banquete, rehusaron lo que significa de encuentro y de caminar juntos; quizá no querían mezclarse con todos. Se excluyeron, como quizá tantas veces ellos habían excluido a otros de ese banquete de la vida, porque en su prepotencia y en sus orgullos se lo querían acaparar todo para ellos.
En los cruces de los caminos había muchos que si no esperaban – aunque la esperanza nunca se pierde – al menos no pensaban en aquel momento que fueran a ser invitados. Se habían acostumbrado quizás a su exclusión, a vivir en su aislamiento porque nadie pensaba en ellos. Pero aquel rey tuvo una buena intuición, una buena idea; en los cruces de los caminos y más allá había tantos que necesitaban de aquel banquete, de aquel encuentro. Y esos fueron los llamados.
Miremos nuestra realidad; ahí están los que piensan solo en si mismos, en los suyos, en sus allegados o sus amigos, los que hoy yo te invito a ti para que tu me invites mañana, los que queremos pasarlo bien con nuestras cosas sin querer mirar más allá, se encierran en su propio particular círculo. Aquellos que ni son capaces de ver que haya otras personas en el mismo mundo y que entre todos tenemos que construir; aquellos que no quisieran mezclarse con cualquiera porque se suben en sus pedestales.
Pero miremos también los cruces de los caminos y más allá de los arcenes de los caminos por los que solemos transitar, estarán en las esquinas de nuestras plazas o los habremos desplazado a lugares que queremos considerar más alejados. Pasan desapercibidos o  no los queremos ver, los excluimos quizá hasta sin darnos cuenta, o son otros que llegan desde puntos lejanos y a los que no estamos acostumbrados; o son esos que viven una vida marginal y decimos que no los entendemos y no es cuestión de idiomas porque hablan incluso nuestra misma lengua o siempre hay manera de entenderse cuando buscamos los encuentros de verdad.
Y podemos pensar en muchos más, tantos que viven la soledad de su ancianidad, las limitaciones de sus discapacidades, los abandonos de los que nadie quiere, el silencio callado y doloroso de tantos enfermos, algunos quizás abandonados. La lista se haría larga.
Para esos y para todos es ese banquete de la vida. ‘Salid a los cruces de los caminos…’ decía aquel rey, y si con sinceridad estamos escuchando esta Palabra será a nosotros a quienes se nos está diciendo que salgamos a los cruces de los caminos y más allá. Los que creemos en Jesús, invitados como estamos a ese banquete al mismo tiempo tenemos que ser mensajeros que vayamos a buscar, que vayamos a anunciar, que vayamos a invitar, que vayamos a decirles que el banquete es para todos.
Cuidado que seamos nosotros los que no llevemos adecuadamente el traje de fiesta porque siga habiendo en nosotros desconfianzas o ciertas reticencias, nos falte arrojo y valentía, o sigamos teniendo nuestros miedos en nuestro interior.
La Palabra de Jesús nos interpela. La Palabra de Jesús nos hace ver también a muchos comprometidos a celebrar ese banquete en el que quepamos todos; la Palabra de Jesús nos pone en camino, en salida; la Palabra de Jesús quiere llegar a nuestro corazón y transformarlo. Dejémonos transformar por la fuerza del Espíritu.