Vistas de página en total

domingo, 16 de mayo de 2010

La Ascensión despierta una ardiente esperanza de seguirlo en su Reino


Hechos, 1, 1-11;
Sal. 46;
Hebreos, 9, 24-28; 10, 19-23;
Lc. 24, 46-53


‘Al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso… y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos y su reino no tiene fin…’ Así confesamos nuestra fe. ‘Por nosotros y por nuestra salvación bajó del cielo…’ y ahora lo vemos glorioso subir al cielo, volver al Padre para manifestarse con todo poder y gloria sentado a la derecha de Dios todopoderoso.
Es lo que hoy estamos celebrando. Es día grande que brilla más que el sol, como recitamos en el dicho popular. Es la Ascensión del Señor. Se abajó y se hizo el último, pero Dios lo levantó, exaltó su nombre sobre todo nombre; podemos proclamarle el Señor.
Día de alegría, día de esperanza. Se manifiesta el triunfo y la glorificación de Cristo, se nos abren para nosotros las puertas del cielo, las puertas de la gloria. ‘Dios asciende entre aclamaciones…’ Jesús ha inaugurado la entrada en el cielo y nos ha dejado abierto el camino que conduce al mismo. Por eso la alegría de esta fiesta nos llena de esperanza. Tenemos ya ‘entrada libre en el Santuario del cielo, en virtud de la sangre de Jesús, contando con el camino nuevo y vivo que El ha inaugurado para nosotros’ que nos decía la carta a los Hebreos.
Cuando antes se ponían tristes cuando Jesús les hablaba de su marcha al Padre, ahora los vemos llenos de alegría, desaparecidos los temores, y no hacen otra cosa que bendecir a Dios. Desde que le vieron resucitado todo para ellos era alegría porque ya estaban pregustando el triunfo de Cristo. No se había quedado todo en la muerte, en la cruz, ni tras la loza de piedra que cerraba la entrada del sepulcro. Esos velos de oscuridad y temor se habían corrido, y la piedra había saltado a la entrada del sepulcro porque ya estaba vivo y resucitado. En las sombras de la muerte no había que ir a buscar a Jesús.
Ahora todo era luz y resplandor. Ahora ya pueden proclamar que Jesús es el Señor y por eso ahora daban continuamente gracias a Dios al descubrir que Jesús es el Señor, que Jesús es el Salvador. ‘Mientras los bendecía se separó de ellos, subiendo al cielo. Ellos se postraron – reconocían que era el Señor – y se volvieron a Jerusalén con gran alegría… bendiciendo a Dios’, nos dice el evangelio.
Es que la Ascensión de Jesús al cielo es el camino de nuestra ascensión. Cristo asciende al cielo y le contemplamos revestido de gloria y sentado a la derecha del Padre. Pero eso es anticipo, prefiguración de la gloria a la que nosotros estamos llamados. Ahora sabemos hasta donde puede llegar la meta del hombre, alcanzar esa plenitud de Cristo, esa plenitud de gloria en el Señor.
La Ascensión del Señor es pasarnos a nosotros el testigo de su misión y para eso nos dará la fuerza del Espíritu Santo. ‘No os alejéis de Jerusalén; aguardad a que se cumpla la promesa de mi Padre… vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo… cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos… hasta los confines del mundo…’ Recibimos el testigo para ser testigos, para que demos el testimonio de Jesús.
Se acaba el ministerio terreno de Jesús pero comienza el ministerio de la Iglesia. La Iglesia que ha de continuar la obra y la misión de Jesús. Y cuando decimos Iglesia estamos diciendo nosotros. Nosotros tenemos ahora que seguir haciendo presente a Jesús en medio del mundo con la fuerza del Espíritu que recibimos en Pentecostés. Ahora nosotros somos los testigos que no podemos callar, que tenemos que dar testimonio, que tenemos que anunciar a Jesús, que tenemos que seguir realizando el reino nuevo de Dios.
Y esa obra y esa misión de Jesús pasa por el camino del amor, se manifiesta y se realiza en el amor. Por eso tenemos que amarnos. Por eso tenemos que llevar amor a nuestro mundo, sembrando semillas de amor. Fue el camino de Jesús y tiene que ser nuestro camino. Aunque sabemos que ese camino de amor de Jesús pasó por la cruz y por el calvario, y también de una manera o de otra en nuestro camino de amor tendremos que pasar por la cruz, por tantos calvarios de sufrimiento que son calvarios de entrega en la vida.
Pero no tememos. En ese amor nos sentimos elevados y liberados, transfigurados y llena de trascendencia nuestra vida. No tememos porque Cristo va delante de nosotros y aunque le vemos hoy subir al cielo, no por eso vamos a pensar que nos abandona o se desentiende de nosotros. Todo lo contrario, nos precede ‘para que vivamos en la ardiente esperanza de seguirlo en su reino’. Fue elevado al cielo para levantar a nuestra humanidad, esa humanidad que el había querido asumir al hacerse hombre como nosotros, y así ‘hacernos partícipes de su divinidad’, de su vida divina, de su gracia, de la fuerza de su Espíritu. En Cristo ‘nuestra naturaleza humana ha sido tan extraordinariamente enaltecida que participa ya de su misma gloria’.
Por eso su victoria es nuestra victoria; su gloria será también nuestra gloria. Por eso sentimos que ‘se eleva nuestro espíritu aspirando a los bienes del cielo’. Miramos al cielo, no para quedarnos estáticos y como adormilados, sino que, caminando con los pies en la tierra de este mundo nuestro que estamos llamados y comprometidos a transformar, sentimos que es de ahí arriba, por decirlo de alguna manera, nos viene la fuerza, nos viene la gracia para que podamos ahora, aquí en la tierra, realizar nuestra misión y un día ‘podamos alcanzar los gozos de los premios eternos’.
¿No son todo esto razones para la alegría y la esperanza? Por eso es tan grande esta fiesta de la Ascensión, es tan importante en nuestra vida y así lo ha celebrado la Iglesia siempre.

sábado, 15 de mayo de 2010

En mi nombre os lo dará…

Hechos, 18, 23-28;
Sal. 46;
Jn. 16, 23-28

‘Yo os aseguro: si pedís algo al Padre, en mi nombre os lo dará… pedid y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa…’
Estas palabras de Jesús son lo que El a través del evangelio nos ha enseñado, a orar y orar con confianza, con perseverancia, con fe. ‘Pedid y se os dará; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá… porque quien pide recibe, quien busca halla y a quien llama se le abrirá…’ Nos recuerda lo que Jesús enseña en el sermón del Monte de las Bienaventuranzas. En muchas ocasiones Jesús nos hablará de la oración, nos enseñará a orar. Así nos dará el modelo de oración del Padrenuestro.
Nos enseña a orar a Dios, a orar al Padre. Y nos dice que en su nombre el Padre nos dará lo que le pidamos. No es ya que nosotros pidamos en el nombre de Jesús, que ya realmente lo hacemos cuando decimos ‘por Jesucristo, nuestro Señor’, sino que por el nombre de Jesús, por el amor que el Padre tiene al Hijo a quien nosotros amamos, nos lo dará. Es hermoso. De alguna manera podemos decir que Jesús es el motivo. Porque nos hemos unido a Jesús y queremos ser sus discípulos, porque le amamos y creemos en El. Porque amamos y creemos en Jesús el Padre tendrá un amor especial para nosotros.
‘Aquel día,
nos dice Jesús, pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogaré por vosotros, pues el mismo Padre os quiere, porque vosotros me queréis y creéis que yo salí de Dios’. Dios nos ama y cuando nosotros creemos en Jesús, que viene de Dios, y le amamos, podríamos decir, Dios se derrite de amor por nosotros y nos concede lo que le pedimos. Cuánta seguridad y cuánta confianza. Con cuánto amor hemos de amar nosotros a Jesús y amar al Padre.
Sí, Jesús rogará por nosotros. Vamos a escuchar en los próximos días la oración de Jesús al Padre por nosotros con lo que concluye todo este discurso de la Última Cena. Y precisamente mañana vamos a celebrar la Ascensión de Jesús al cielo donde está sentado a la derecha del Padre, como confesamos en el Credo, e intercede por nosotros. ‘Mediador entre Dios y los hombres… que habiendo entrado de una vez para siempre en el Santuario del cielo, ahora intercede por nosotros como mediador que asegura la perenne efusión del Espíritu’ Así lo expresa la liturgia en estos días que vamos a celebrar la Ascensión del Señor.
Por eso la Iglesia siempre en la oración, la alabanza, la acción de gracias y la gloria que quiere dar con toda la creación al Padre del cielo lo hace en nombre de Jesús. ‘Por Cristo, nuestro Señor’, decimos en la conclusión de todas las oraciones litúrgicas. ‘Por Cristo, Señor nuestro’ queremos cantar siempre la alabanza y la acción de gracias como expresamos en todos los prefacios. ‘En verdad es justo y necesario… darte gracias siempre y en todo lugar… por Cristo, Señor nuestro’.
Y cuando llega el momento culminante de la Eucaristía, la verdadera ofrenda que presentamos a Dios para darle ‘todo honor y toda gloria’, lo hacemos ‘por Cristo, con Cristo y en Cristo’.
Así en Cristo nos sentimos amados. Así por Cristo el Padre nos escucha siempre y nos concede toda gracia. Así en Cristo queremos que toda nuestra vida sea para la glorificación de Dios.

viernes, 14 de mayo de 2010

Testigos de resurrección, enviados y mensajeros del amor


fiesta de san matías apóstol


Hechos, 1, 15-17.20-26;
Sal. 112;
Jn. 15, 9-17


El texto de los Hechos de los Apóstoles nos narra la elección de Matías para formar parte del grupo de los Doce Apóstoles que se había roto con la traición de Judas. Jesús había constituido el grupo de los Apóstoles, a los que El había llamado personalmente por su nombre, como doce, que era un número bien significativo en la Biblia recordando las doce tribus de Israel.
Aún no había venido el Espíritu Santo sobre los Apóstoles y la Iglesia naciente. Allí estaban como les había mandado Jesús en la espera del cumplimiento de la promesa del Padre, el envío del Espíritu Santo. Estaban reunidos en oración los Once con María, la Madre de Jesús y algunos otros discípulos.
Pedro toma la iniciativa de proponer la elección de quien sustituya a Judas en el número de los Doce del Colegio Apostólico. Han de elegir a alguno que haya sido testigo de la vida de Jesús pero sobre todo de su resurrección. Era la principal misión que Jesús les había confiado, ser testigos. Se proponen dos y se invoca al Señor para que les manifieste a quien ha elegido. Echan a suertes y el elegido es Matías. Luego ya no sabremos más de él en todo el nuevo Testamento; pero no importa, es el elegido y se ha recompuesto el Colegio Apostólico.
‘Muéstranos a cuál de los dos has elegido…’ es la oración de Pedro y de aquella primera comunidad. Quien elige es el Señor. Se valdrá de nuestro actuar humano pero es el Señor quien ha mostrado esa predilección. Es lo que contemplamos también hoy en el evangelio.
Este texto que hoy se nos ha proclamado está enmarcado en la Última Cena, como los que hemos venido proclamando y escuchando en estos días de Pascua. Unión con Jesús, guardar sus mandamientos, permanecer en el amor. Como consecuencia de todo esto amarnos nosotros también. Es el fruto que hemos de dar en nuestra vida como respuesta a esa predilección de amor que Jesús tiene con nosotros. Jesús es el Hijo predilecto del Padre, nosotros somos los discípulos predilectos y elegidos de Jesús.
‘Ya no os llamo siervos…’ El discípulo que sigue a Jesús no es un siervo. Nada nos esclaviza porque Cristo nos ha liberado, nos ha dado la más perfecta y hermosa libertad, la libertad del amor y de la gracia que sí nos hará servidores en el amor de los demás.
Pero Jesús nos llama amigos. ‘A vosotros os llamo amigos…’ El se nos ha revelado, se nos ha dado a conocer y en El podemos conocer lo más hondo de Dios. ‘Todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer…’
Somos los que nos sentimos inundados del amor de Jesús; así nos ama, y así se nos revela. Así nos ha elegido para tenernos con El. ‘No sois vosotros los que me habéis elegido a mí, soy yo quien os he elegido…’ No es que nosotros hayamos buscado a Dios y lo hagamos encontrado por nosotros mismos. El quien ha venido en nuestra búsqueda para mostrarnos su predilección y su amor. En la oración pedíamos que ‘podamos alegrarnos de tu predilección al ser contados entre tus elegidos’. Nos queda dar nuestra respuesta, el fruto que tenemos que dar. ‘Os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure’.
No nos podemos quedar encerrados en nosotros mismos disfrutando sólo para nosotros ese amor y esa predilección divina. Tenemos que ir, ir a los demás a dar a conocer esos frutos de amor que damos. Somos enviados y mensajeros del amor, misioneros de Jesús. Y no hace falta ir a buscar lugares lejanos o extraños a donde ir sino que ahí con los que estamos cada día hemos de dar fruto, hemos de dar gloria a Dios.

jueves, 13 de mayo de 2010

Vivir siempre la alegría de la resurrección

Hechos, 18, 1-8;
Sal. 97;
Jn. 16, 16-20

Subrayamos varios aspectos de la celebración de hoy en la cercanía de la Ascensión del Señor y celebrando también hoy a la Virgen de Fátima, cuando hemos pedido en la oración litúrgica ‘vivir siempre la alegría de la resurrección’. Algo que nunca nos puede faltar.
Parecen enigmáticas las palabras de Jesús que les cuestan mucho entender los discípulos con eso de ‘todavía un poco y no me veréis, y todavía otro poco y me veréis’. Ha una referencia en primer lugar a lo que va a suceder a partir de ese momento de la cena pascual que han estado celebrando con la entrega, la pasión, la muerte de Jesús y su resurrección.
‘Estáis preocupados por mis palabras… yo os aseguro que vosotros lloraréis y gemiréis, mientras que el mundo se sentirá satisfecho…’ les dice Jesús. Fue el impacto que casi les hacía tambalearse en su fe con la pasión y la muerte de Jesús. Aquello podía suponer un triunfo para quienes habían llevado a la Cruz y a la muerte a Jesús. ‘Vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo’, termina diciéndoles Jesús. Fue la alegría de los discípulos al contemplarle resucitado y verdaderamente victorioso. Sí, que sigamos viviendo nosotros siempre la alegría de la resurrección, como decíamos. Es lo que verdaderamente nos ayudará a comprender todo el misterio de Cristo y en especial su pasión y su muerte.
Lo mismo puede suceder con la Ascensión de Jesús al cielo que podría parecer que dejaba huérfanos a los discípulos. Pero ya hemos escuchado a Jesús en estos últimos días; ‘si no me voy, no vendrá a vosotros el Espíritu enviado por el Padre… si me voy os lo enviaré’. Con la promesa de Jesús precisamente vamos a escuchar en el día de la Ascensión como nos cuenta san Lucas que tras la Ascensión de Jesús al cielo en el camino de Betania ‘los discípulos se volvieron a Jerusalén llenos de alegría y bendiciendo a Dios’.
Nos vale todo esto que estamos reflexionando para que no perdamos todo ese sentido pascual de nuestra vida; sintiendo la fuerza y la gracia del Espíritu Santo en nosotros mantengámonos firmes en nuestra fe aún en los peores momentos que podamos pasar. Nunca nos sentiremos solos si ponemos nuestra confianza y nuestra esperanza total en el Señor.
Los Hechos de los Apóstoles siguen narrándonos la predicación de Pablo, ahora en Corinto y no sólo ya a los judíos que algunos no quieren aceptar, sino también a los gentiles. ‘Los sábados disputa en la Sinagoga persuadiendo a los judíos y a los gentiles’, nos dice.
Y finalmente una palabra en este 13 de Mayo, festividad de la Virgen de Fátima en este aniversario de las apariciones y con la visita estos días a aquel lugar mariano. Resaltar el mensaje de la Virgen que tanto invitaba a los tres pastorcitos a orar y a rezar por los pecadores y por la conversión del mundo. Que María sea poderosa intercesora, como Madre nuestra que es y Madre de Dios.
Que María nos abra los ojos del corazón para que descubramos y encontremos los caminos de la santidad convirtiendo nuestro corazón al Señor y apartándonos de todo pecado. Que escuchemos esa invitación de María a nuestra propia conversión porque somos pecadores y a pedir también insistentemente por la conversión de los pecadores y por la conversión de nuestro mundo. cuánto podemos hacer con nuestra oración y el ofrecimiento con amor de nuestra vida por la conversión del mundo.

miércoles, 12 de mayo de 2010

Desde nuestra pequeñez cantemos la alabanza del Señor que se nos manifiesta

Hechos, 17, 15.22-18, 1;
Sal. 148;
Jn. 16, 12-15

‘Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria’, hemos repetido en el salmo. En verdad en todo momento hemos de alabar y bendecir al Señor. ‘Alaben el nombre del Señor… reyes y pueblos, príncipes y jefes, jóvenes y mayores, niños y también los ancianos… alaben el nombre del Señor, el único nombre sublime’.
Como nos dice hay san Pablo ‘el Dios que hizo el mundo y lo que contiene… el Señor del cielo y tierra… que a todos da la vida y el aliento y todo…’ que nos creó y puso en el corazón del hombre el deseo de buscarle y de encontrarle… ‘que no está lejos de ninguno de nosotros, pues en El vivimos, nos movemos y existimos…’ el que viene en busca nuestra y nos pide que nos volvamos a El, el que se nos manifiesta en Cristo Jesús, muerto y resucitado para nuestra salvación.
El discurso de Pablo en el Areópago de Atenas es toda una invitación a una confesión de fe, porque nos hace un hermoso resumen de la revelación de Dios que tiene su culminación en Cristo Jesús. Así tenemos, pues, que confesar nuestra fe.
En el recorrido que Pablo va haciendo en el anuncio del Evangelio después de salir de Filipos llega a Atenas, centro y capital de la cultura y de la sabiduría del mundo antiguo. De allí han surgido los grandes filósofos y sabios de la antigüedad y la cultura griega se ha extendido por toda la cuenca del Mediterráneo. La lengua común que utilizaba entonces era precisamente el griego hasta que posteriormente con la expansión del imperio romano se introduzca el latín.
Recorriendo el Areópago que algo así como el centro de la ciudad donde estaban todos los edificios públicos de la vida social de los ciudadanos, va encontrándose también los numerosos templos edificados a los múltiples dioses del mundo pagano. Pero se encuentra con uno ‘al Dios desconocido’, que le dará pie a Pablo a hacer ese anuncio de Jesús y su salvación. De ese Dios que se revela en Jesús muerto y resucitado quiere hablarles, pero aquellos sabios y entendidos se dan media vuelta marchándose. ‘De esto te oiremos hablar en otra ocasión’, le dicen. No estaban aquellos corazones preparados en la humildad y sencillez para escuchar el mensaje del evangelio.
‘Bendito seas, Padre, Señor de cielo y tierra, que has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla’, recordamos que un día dijera también Jesús. Así ahora en esta ocasión. Sólo unos pocos se quedan con Pablo para seguirlo escuchando y aceptar el mensaje del evangelio. Pablo marchará luego a Corinto.
Que tengamos un corazón abierto desde la pequeñez, la pobreza, la humildad para acoger la revelación de Dios. Con humildad tenemos que acercarnos a Dios porque sólo así se nos revelará y podremos conocerle. El orgullo y la autosuficiente son mal camino para ir hasta Dios, porque sólo querrán centrarnos en nosotros mismos. Lo que sucedió en Atenas entonces con Pablo sigue sucediendo a través de todos los tiempos porque los que se creen sabios y entendidos no podrán llegar a conocer el misterio de Dios.
Que así podamos nosotros cantar la alabanza del Señor. Que el Espíritu del Señor venga a nosotros y nos revele todo el misterio de Dios.

martes, 11 de mayo de 2010

Qué tengo que hacer para salvarme…

Hechos, 16, 22-34;
Sal. 137;
Jn. 16, 5-11

‘¿Qué tengo que hacer para salvarme?... Cree en el Señor Jesús y te salvarás tú y toda tu familia… y se bautizó enseguida con todos los suyos, los subió a su casa, les preparó la mesa, y celebraron una fiesta de familia por haber creído en Dios’.
Hermoso mensaje. Estamos en el segundo viaje de san Pablo y están en Filipos. La Buena Noticia de Jesús se sigue propagando aunque no faltaran dificultades a los evangelizadores. Habían sido apaleados y los habían metido en la cárcel. Es allí donde sucedes esos hechos extraordinarios que se nos han narrado y que concluyeron con la conversión del carcelero y toda su familia. Hermoso detalle nos ofrece el texto sagrado: ‘celebraron una fiesta de familia por haber creído en Dios’ y se habían bautizado. La alegría de la fe, la alegría de haberse encontrado con Dios en Cristo Jesús como Salvador. Y nosotros que tantas veces vamos con caras de tristeza y amargura como si no creyéramos en Dios y puesto en El toda nuestra esperanza.
‘¿Qué tengo que hacer para salvarme?’ es la pregunta que nos seguimos haciendo. Sabemos bien la respuesta pero tendrá que ser una respuesta con toda nuestra vida; una respuesta que hemos de dar en esas circunstancias concretas en que vivimos; una respuesta que abarque todo lo que somos y vivimos. Hoy, con nuestros años, con nuestros achaques, con nuestros sufrimientos y enfermedades, con nuestros problemas de cada día.
El Señor no nos pide otra cosa; no nos pide lo que pudiéramos hacer si estuviéramos en otro lugar, si fuéramos más jóvenes o más viejos, si tuviéramos vigor y salud en nuestros cuerpos, si tuviera otros medios… Es aquí y ahora donde hemos de dar esa respuesta de la fe. Cristo es nuestro Salvador y llega a nosotros, a nuestra vida concreta, con su salvación. ¿Quizá lo más que podemos hacer es una ofrenda de amor nuestra vida con lo que somos, tenemos o sufrimos? Pues será eso lo que nos pida el Señor, pero cada uno ha de ver cuál es la respuesta concreta que le pide el Señor.
En el evangelio prosigue el discurso de despedida de Jesús en la Última Cena. ‘Me voy al que me envió’, les dice y se ponen tristes. Podríamos decir que es humana esa tristeza porque han estado con Jesús tanto tiempo y le aman. Jesús les había dicho ‘a vosotros os llamo amigos’. Pero Jesús se va al Padre para que pueda venir el Paráclito, el Espíritu Santo. ‘Si me voy, os lo enviaré’.
La presencia y la gracia del Espíritu que nos hará sentir la presencia de Jesús ya de otra manera pero no menos real. Será quien nos ayude a creer firmemente en Jesús. Es la mejor ayuda para nuestra fe. El que nos mantendrá firmemente convencidos. El que nos hace comprender todo el sentido de la glorificación de Jesús en su muerte y resurrección.
Tenemos que aprender a invocar al Espíritu de forma totalmente consciente. Ya lo hacemos formalmente en nuestras oraciones, al hacer la señal de la cruz cuando iniciamos el día o cualquier cosa buena, en la liturgia. ‘En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo’ queremos iniciar toda obra buena como queremos celebrar toda la liturgia, igualmente como recibimos la bendición de Dios. Tendríamos que fijarnos más en las palabras que pronunciamos para ser conscientes de verdad de la presencia y de la acción del Espíritu en nuestra vida y en la vida de la Iglesia.
Que todo esto, por la acción y con la gracia del Espíritu Santo, nos vaya despertando cada vez más a la fe verdadera.

lunes, 10 de mayo de 2010

El Espíritu dará testimonio de mí y vosotros también lo daréis

Hechos, 16, 11-15;
Sal. 149;
Jn. 15, 26-16, 4

El tiempo de Pascua se va acercando a su culminación en la celebración de la Ascensión, el próximo domingo, y Pentecostés, con la celebración de la venida del Espíritu Santo. Por eso como una preparación para esa gran fiesta nos va apareciendo el en el relato del Evangelio el anuncio que Jesús hace del envío del Espíritu Santo. Es lo que hoy ya hemos escuchado.
Fue a partir de la resurrección y luego a partir de la venida del Espíritu Santo cuando los Apóstoles lleguen a comprender plenamente que Jesús es el Señor. Precisamente ese será el gran anuncio que Pedro hará en Pentecostés a la multitud que se reúne a las puertas del Cenáculo cuando suceden todas aquellas señales del cielo que anuncian la venida del Espíritu Santo. ‘Dios lo ha constituido Señor y Mesías’.
Es lo que hoy les anuncia, que el Espíritu dará testimonio de Jesús pero hará también que ellos puedan dar testimonio de Jesús, puedan convertirse en verdaderos testigos de Jesús. ‘Cuando venga el Paráclito, el Defensor, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, El dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio de mí, porque desde el principio estáis conmigo’.
Un testimonio que es un anuncio, pero un testimonio que será una vida, no exenta de dificultades y persecuciones. No será siempre fácil ese testimonio que de Cristo tenemos que dar. Como hemos reflexionado alguna vez, habrá quien no quiera escuchar ese testimonio y también quien se oponga a ello. Por eso llegarán los cristianos, por su fe en Jesús, a dar testimonio con su sangre.
Pero Jesús nos previene y nos prepara para que no se tambalee nuestra fe, para nos mantengamos firmes en nuestro testimonio. ‘Os he hablado de esto para que no se tambalee vuestra fe. Os excomulgarán de la Sinagoga; más aún, llegará incluso una hora cuando el que os dé muerte, pensará que da culto a Dios’. Cuando el evangelista nos relata estas palabras de Jesús ya la Iglesia había estado pasando por estos momentos difíciles porque ya había comenzado el tiempo de las persecuciones, primero de parte de los propios judíos, pero luego ya sabemos como en el último tercio del siglo primero arreciaron las persecuciones desde todo el ámbito del imperio romano.
‘Os he hablado de esto para que cuando llegue la hora, os acordéis de que yo os lo había dicho’. Esos tiempos no se acaban en la historia de la Iglesia, porque de una forma o de otra, unas veces de una forma sangrienta, otras de formas más sutiles como pueda suceder en nuestros días utilizando todos los medios mediáticos para crear ambientes hostiles o de desprestigio de la Iglesia o de la fe cristiana. Al mundo no le interesa escuchar el mensaje cristiano. El espíritu del mal se valdrá de todo lo que sea para oponerse al mensaje del Evangelio. Lugares hay hoy en pleno siglo XXI donde se persigue de forma cruenta y violenta al que llegue el nombre de cristiano. Pero también tenemos otras formas de persecución queriendo eliminar todo lo que suene a Cristo, a Dios, a Religión de nuestra sociedad. Es el mundo en el que vivimos y para el que Jesús nos ha preparado para seamos fuertes y valientes para que en medio de El sigamos viviendo nuestra fe, dando testimonio de Jesús y haciendo el anuncio del evangelio.
Pero, como hemos dicho muchas veces, no estamos solos. Jesús nos ha prometido la presencia y la asistencia del Espíritu Santo que nos dará fortaleza. Seamos dóciles al Espíritu. Dejémonos guiar por El. Sintamos su gracia y su fuerza que no nos faltarán.

domingo, 9 de mayo de 2010

Vendremos y haremos morada en él


Hechos, 15, 1-2.22-29;
Sal. 66;
Apoc. 21, 10-14.22-23;
Jn. 14, 23-29



‘Concédenos continuar celebrando con fervor estos días de alegría en honor de Cristo resucitado…’ No podemos perder ni la intensidad ni la alegría. Seguimos viviendo la Pascua y la liturgia con la que expresamos nuestra celebración nos invita y nos ayuda a ello. Cristo resucitado sigue llenando nuestra vida, sigue impulsándonos con la fuerza de su Espíritu. Así tiene que ser siempre, pero los ciclos de la liturgia nos ayudan a que no nos durmamos ni caigamos en la rutina.
Se nos sigue manifestando la gloria del Señor resucitado. Son hermosos los textos del Apocalipsis que se nos ofrecen en este ciclo litúrgico. Nos ayudan a vislumbrar esa gloria del Señor en el cielo, pero también la gloria del Señor que se hace presente en nosotros, en nuestra vida, en nuestra iglesia.
Vuelve a hablarnos hoy de la ‘nueva Jerusalén, la ciudad santa, que bajaba del cielo, enviada por Dios, trayendo la gloria de Dios’, con sus resplandores, con sus puertas santas, con los nombres de los apóstoles del Cordero. Todo manifiesta la gloria de Dios. Todo está lleno de la gloria de Dios. No hay ningún santuario especial en medio de ella porque ‘el santuario es el Señor Dios todopoderoso y el Cordero’. Todo es resplandor de Luz porque ‘la gloria de Dios la ilumina y su lámpara es el Cordero’. ‘Yo soy la luz del mundo… era El la luz que viene a iluminar nuestro mundo’.
La gloria de Dios en el cielo, pero la gloria de Dios que se hace presente entre nosotros, hemos dicho. Es una imagen de la Iglesia, llena de la gloria del Señor. Es una imagen de la Iglesia en la que habita de manera especial el Espíritu de Dios y la gloria del Señor. La Iglesia, verdadero templo del Señor y verdadera morada de Dios entre los hombres, y no me estoy refiriendo el templo edificio material, creo que todos entendemos; ya nos decía que no había ningún santuario especial porque el Santuario era el Señor Todopoderoso. La Iglesia santa en la que Cristo nos ha dejado la fuente de la gracia que son los sacramentos, verdadero alimento de nuestra vida y verdadera presencia del Señor en medio nuestro.
Pero creo que nos está queriendo decir algo más. Unamos esto que hemos dicho de esa morada de Dios en medio nuestro con lo que nos ha dicho Jesús en el Evangelio y nos daremos cuenta que nos está hablando de nosotros que también podemos ser y somos esa morada de Dios. Algo grandioso y maravilloso. ‘El que me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él’. Dios quiere hacer también morada en nosotros. Plantó su tienda entre nosotros cuando se encarna y se hace hombre, pero no como algo, por así decirlo, por fuera de nosotros, sino en nosotros, en nuestro corazón, en nuestra vida.
Ya podemos recordar que hemos sido ungidos en el Bautismo para ser esa morada de Dios y esos templos del Espíritu Santo. Aquí lo tenemos cómo podemos serlo en verdad. ‘El que me ama, guardará mi Palabra…’ Guardar la Palabra de Jesús; empecemos por aceptar y creer en esa Palabra; Palabra que estaba en Dios y que era Dios, como nos dice el Evangelio de san Juan al principio; Palabra que es vida y que es luz; Palabra entonces que nos ilumina, nos guía, nos conduce a la verdad – ‘yo soy la verdad y la vida’, nos dirá Jesús en el evangelio -.
Es la Palabra que nos llena de paz, nos da fuerza y seguridad; cuando nos dejamos conducir por esa Palabra de verdad, sabemos bien a donde vamos y tenemos la seguridad y la certeza de la fuerza para realizar el camino. Palabra que es camino, pero que nos sale al encuentro en los caminos de nuestra vida para ir a nuestro lado, para enseñarnos todo, para abrirnos el entendimiento y podamos conocer los misterios de Dios.
Es Palabra que nos levanta y nos pone en pie para que nos sintamos libres de ataduras y de esclavitudes llevándonos a los caminos de la verdadera libertad; que nos arranca de nuestras postraciones e invalideces cuando nos hacemos cobardes, cuando entramos en rutinas, cuando nos dejamos llevar por tibiezas y frialdades – ‘toma tu camilla, levántate y anda’, nos dice tantas veces -.
Es Palabra que nos salva porque es Cristo mismo que se ha entregado por nosotros para que tengamos vida y salvación. Nos anuncia y nos trae el perdón de Dios, nos habla de su misericordia y su compasión y nos enseña cómo tenemos que ser hombres nuevos.
Si le amamos guardamos su Palabra y estaremos entonces experimentando lo que es el amor de Dios, cómo se nos manifiesta en Cristo. ‘Mi Padre le amará y vendremos a El y haremos morada en El’. Somos llenos e inundados de Dios. Dios querrá habitar para siempre en nuestro corazón. Qué maravilla podernos sentirnos así llenos también de la gloria del Dios. Qué belleza en nuestra vida, Dios habitando en nosotros. Es como para volverse locos en pensar en tanta grandiosidad. Qué exigencia de santidad en nosotros en consecuencia. Claro que si guardamos la Palabra de Jesús y le amamos de verdad es que no podemos ser otra cosa que santos.
Nos llena de gozo el escuchar todo esto y el sentirnos amados de Dios de esa manera. Pero cuando miramos la realidad de nuestra vida tan débil y tan pecadora, quizá podemos dudar, aunque no tendríamos por qué temer si mantenemos firme y ardiente nuestra fe en El. Nos dice dos cosas Jesús hoy para que alejemos de nosotros esos posibles temores. ‘Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde…’
¿Por qué? Podíamos preguntarnos. Porque nos ha asegurado la presencia de su Espíritu. ‘Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os irá recordando todo lo que os he dicho’. No nos deja solos. Nos deja la presencia de su Espíritu. Sólo, pues, nos queda a nosotros decir Si, creer en El, amarle, guardar su Palabra. Todo esto nos da para meditar mucho, para dar gracias y alabar al Señor.
Como estamos celebrando en este domingo la Pascua del enfermo quiero traer a colación unas palabras que el Papa Benedicto XVI el pasado domingo en Turín les decía a unos enfermos y ancianos en un centro de acogida. "Viviendo vuestros sufrimientos en unión con Cristo crucificado y Resucitado, participáis en el misterio de su sufrimiento para la salvación del mundo manifiesta que el sufrimiento, el mal, la Muerte no tienen la Última Palabra. Porque de la muerte y del sufrimiento, la vida puede resurgir … Esta casa es uno de los frutos maduros nacidos de la Cruz y de la Resurrección de Cristo', concluyó. Lo decía en referencia concreta a aquel lugar que visitaba, pero que podemos aplicar perfectamente nosotros a este lugar donde estamos acogidos (Hogar de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados o Casa de Acogida Madre del Redentor)
Jesucristo, vencedor del pecado y de la muerte, ha hecho suyo el sufrimiento de la humanidad. Redimiendo al hombre ha dado sentido al dolor y a la muerte y le ha permitido asociarse a su Pasión; por ello el hombre encuentra el bálsamo a su sufrimiento y crece en él la esperanza del triunfo definitivo’. Así nos han dicho los obispos en su mensaje para esta jornada de la Pascua del Enfermo en la que además se conmemora los veinticinco años del Día del Enfermo a nivel nacional.

sábado, 8 de mayo de 2010

Una palabra de dicha para vosotros ancianos y enfermos de parte del Señor

celebración del sacramento de Unción de los Enfermos
Sant. 5, 13-16;
Sal. 70;
Mt. 5, 1-12

‘Al ver Jesús el gentío se subió a la montaña, se sentó y se acercaron sus discípulos y El se puso a hablar enseñándolos…’ Es el comienzo del sermón del Monte que empieza proclamando las bienaventuranzas.
¿Quiénes formaban parte de aquel gentío? En medio de toda aquella multitud había gente que sufría en su corazón y estaban llenos de inquietudes en su espíritu; habría enfermos e impedidos, pues ya la fama de Jesús se había ido extendiendo y unos valiéndose por sí mismos a duras penas con la esperanza de la salvación y de la salud, otros conducidos en rudimentarias camillas por sus familiares y amigos, ciegos, cojos, sordomudos, paralíticos, atenazados por diferentes males y sufrimientos allí estaban ante Jesús.
¿Qué es lo esperan y qué es lo que van a escuchar y a recibir? Comienza Jesús con algo que podría resultar paradójico para muchos, pero que va a ser el meollo de su Buena Nueva, de su Evangelio. Comienza llamando dichosos a los pobres, a los que sufren, a los que lloran, a los que tienen hambre y sed, y pasaría su mirada por cada uno de aquellos que allí estaban a su alrededor y llenos de esperanza; pero llamará también dichosos a los que tenían buen corazón y saber compadecerse y ser misericordiosos con los demás, a los que buscan el bien o a los que les toca sufrir precisamente por hacer o buscar lo bueno y lo justo. Es la paradoja de las Bienaventuranzas de Jesús.
Pero esa bienaventuranza la escuchamos los que esta mañana (tarde) aquí nos hemos congregado para esta celebración. A vosotros, queridos ancianos y enfermos, el Señor quiere llamaros dichosos, decir que la felicidad, la verdadera, es para vosotros también aunque os sintáis débiles por el paso de los años, o sufriendo por los dolores que de un lado de otro van apareciendo en vuestros cuerpos y en vuestras vidas. Pero es la felicidad y la paz que el Señor quiere daros con su presencia. Con paz, fortalecidos interiormente, queriendo darle un verdadero sentido y valor a la debilidad o al sufrimiento que vamos padeciendo, tenemos que salir de aquí hoy porque el Señor viene a vosotros, el Señor quiere hacerse presente aquí en medio nuestro y con El siempre encontramos paz y valor verdadero para nuestra vida.
Como expresaremos en el prefacio ‘has querido que único Hijo, autor de la vida, médico de los cuerpos y de las almas, tomase sobre sí nuestras debilidades para socorrernos en los momentos de prueba y santificarnos en la experiencia del dolor’. Como había anunciado el profeta ‘tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras debilidades’, nuestras enfermedades. Por algo nos invita a ir a El ‘todos los cansados y agobiados, que yo os aliviaré’.
Jesús, el justo, el Hijo de Dios tomó nuestra condición humana y, además de compadecerse de nuestras miserias y nuestros dolores, pasó también por el sufrimiento, por el dolor, porque pasó por la muerte y la cruz. El ha ido delante de nosotros en ese camino de dolor y sufrimiento. El quiere ayudarnos a darle un sentido y un valor a la vida, pero también a las debilidades que aparecen en nuestra vida cuando nos aparece la enfermedad, la debilidad de la ancianidad y todo tipo de sufrimiento.
Ya sabemos cómo se acercaba a los enfermos para llenarlos de vida. Daba vista a los ciegos o hacía oír a los sordos, levantaba de la postración de sus camillas a los inválidos y curaba a los leprosos, hacía que cesara el sufrimiento de tantos atenazados por el dolor y daba vida a los muertos resucitándolos. Con Jesús llegaba la vida, la salud y la salvación.
Es lo que Jesús quiere seguir haciendo hoy. En su Iglesia ha dejado los signos sacramentales de su presencia, y en especial el sacramento con el que El quiere estar junto al que sufre, al enfermo, al que se siente débil. Es el Sacramento de la Unción que hoy queremos celebrar, estamos celebrando. ‘En el signo sacramental de la Unción , por la oración de la Iglesia, nos libras del pecado, nos confortas con la gracia del Espíritu Santo y nos haces partícipes de la victoria pascual’.
Por eso nos enseña Santiago en su carta. ‘¿Está enfermo alguno de vosotros? Que llame a los presbíteros de la Iglesia y que oren sobre él, después de ungirlo con óleo, en el nombre del Señor. Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo curará, y si ha cometido pecado, lo perdonará’. Es lo que Jesús les había mandado a los discípulos cuando los envió a anunciar el Reino de Dios. ‘Curad enfermos, resucitad muertos…’
Pero hay algo que no quiero dejar de subrayar. ‘Nos hace partícipes de su victoria pascual’. Cristo se hace presente a nuestro lado, en nuestro lecho de dolor o en nuestro sufrimiento para hacernos partícipes de su Pascua, para que nos unamos a El en su Pascua. Con nuestro dolor y nuestro sufrimiento, desde nuestra debilidad nos podemos unir a la pasión y a la cruz de Jesús, tenemos que aprender a unirnos a la pasión y cruz de Jesús con la certeza de la vida y de la resurrección, porque nos estamos uniendo al misterio pascual de Cristo.
Qué valor nuevo y grandioso adquiere nuestra vida aunque esté debilitada por el dolor y el sufrimiento. Es el valor redentor que Cristo le dio con su amor a la ofrenda de su pasión y de su cruz. Es la ofrenda de amor que nosotros hemos de aprender a hacer de nuestros sufrimientos y debilidades. Qué riqueza le da el amor a nuestra vida aunque nos parezca que nada valemos y que somos inservibles en las condiciones en que estamos.
Cuando aprendemos a hacerlo, cuando hacemos esa ofrenda de nuestra vida, sentiremos de manera especial a Cristo junto a nosotros y nos llenaremos de su fortaleza y de su paz, de esperanza y de paciencia, y nos sentiremos en verdad confortados en nuestro cuerpo y en nuestro espíritu.
Vivamos con fe este momento. Sintamos que es el Señor el que viene y nos pone su mano sobre nosotros. Médico de los cuerpos y de las almas, Cristo llega a nuestra vida y ese signo de la unción con el óleo santo nos lo está haciendo presente. Claro que sí, es a nosotros a quien Jesús nos llama dichosos. ¿No nos llenamos de dicha y de paz con su presencia? Es lo que hemos pedido en la oración, ‘concede a cuantos se hallan sometidos al dolor, la aflicción o la enfermedad, la gracia de sentirse elegidos entre aquellos que tu Hijo ha llamado dichosos y de saberse unidos a la pasión de Cristo para la redención del mundo’. Para vosotros es el reino de Dios.
Pero una cosa, también llama dichosos a los que son compasivos y misericordiosos, los que tratan de enjugar una lágrima o hacer brotar una sonrisa y un nuevo aliento. Que seamos muchos los que vivamos también esa dicha porque así llenemos nuestro corazón de misericordia para con los demás. Es una palabra que el Señor quiere deciros religiosas, voluntarios, trabajadores en este hermoso campo de la salud, enfermeros/as, médicos y tantos que cuidan de una manera o de otra a los enfermos, a los ancianos o a todos los que sufren alguna limitación en su vida. Sentid vosotros también ese gozo en el corazón de esa Palabra de dicha que el Señor os dirige. Vosotros con vuestro amor estáis haciendo presente también el Reino de Dios.

viernes, 7 de mayo de 2010

El Espíritu para la concordia y para el amor verdadero

Hechos, 15, 22-31;
Sal. 56;
Jn. 15, 12-17

El texto hoy proclamado de los Hechos de los Apóstoles, junto con los escuchados en días precedentes nos relatan lo que suele llamarse el Concilio de Jerusalén. Habían surgido algunas controversias, como hemos venido escuchando, al ir creciendo el número de los que se adherían a la fe y sobre todo al anunciársele el evangelio también a los gentiles.
Algunos querían seguir imponiendo las costumbres de la ley de Moisés y por ello desde la comunidad de Antioquia se envía a Bernabé y Pablo a consultar a los ancianos y apóstoles de Jerusalén. Se discute y se llega a un acuerdo, pues como Pedro reconocería ‘Dios me escogió para que los gentiles oyeran de mi boca el mensaje del Evangelio y creyeran. Y Dios que penetra los corazones, mostró su aprobación dándoles el Espíritu Santo igual que a nosotros’.
Es por eso por lo que tras tensa discusión envían la solución del conflicto con una carta a aquellas comunidades desde donde habían sido enviados Pablo y Bernabé. Y es aquí donde quiero fijarme de manera especial. ‘Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros…’ Eran conscientes de que en medio de aquella discusión el Espíritu Santo era el que les iluminaba y les guiaba. Y con esa fuerza del Espíritu encontrarán la solución para evitar las discordias y los enfrentamientos. Es el Espíritu Santo el que les lleva a la concordia y a la paz en medio de la Iglesia.
El Espíritu que Jesús había prometido que lo enseñaría todo y os recordaría el mensaje de Jesús. El Espíritu Santo que sigue obrando y actuando en la Iglesia de Dios, a pesar de que los hombres que formamos la Iglesia no siempre seamos lo buenos que tendríamos que ser, por decirlo de alguna manera.
Es el Espíritu del amor y de la unidad. El Espíritu que nos congrega como Iglesia para alabar y bendecir al Señor. ‘Con la fuerza de tu Espíritu das vida y santificas todo, y congregas a tu pueblo sin cesar para que ofrezca en tu honor un sacrificio sin mancha desde donde sale el sol hasta el ocaso’, como decimos en la tercera plegaria eucarística.
Por la fuerza del Espíritu Santo que se derrama sobre los dones del pan y el vino de la Eucaristía serán para nosotros el Cuerpo y la Sangre del Señor, por eso en la segunda invocación del Espíritu Santo en la segunda plegaria eucarística ‘pedimos humildemente que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo’.
Muchas veces estas palabras de la oración eucarística nos pasan un tanto desapercibidas porque las escuchamos y decimos tantas veces que tenemos el peligro de no ahondar lo suficiente en su sentido y profundidad pero nos recuerdan algo muy importante, que es la presencia del Espíritu Santo en la vida de la Iglesia y en la vida de cada día de los cristianos.
Así podríamos pensar en todos y cada uno de los sacramentos que tienen su virtualidad y fuerza por la acción del Espíritu Santo. Ya que estamos en estos días por otro lado reflexionando sobre el sacramento de la Unción de los Enfermos, así lo manifestamos en la fórmula del sacramento, o sea en las palabras que dice el Sacerdote al hacer la Unción. ‘Por esta santa Unción y por su bondadosa misericordia, te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo…’
Hoy Jesús en el evangelio nos habla del mandamiento del amor. ‘Que os améis los unos a los otros como yo os he amado’, nos dice. ¿Cómo podremos llegar a un amor así? Porque la medida del amor que Jesús nos propone es bien alta. Sólo con la fuerza del Espíritu podemos realizarlo. Muchas veces decimos que es a mi me cuesta amar a aquella persona… ¿has probado de pedir la fuerza del Espíritu Santo para que pueda llenar tu corazón de amor y de amor de una forma concreta a esa persona que tanto te cuesta amar?
Que se derrame sobre nosotros el Espíritu del amor, de la unidad y de la paz.

jueves, 6 de mayo de 2010

Permaneced en mi amor…

Hechos, 15, 22-31;
Sal. 56;
Jn. 15, 12-17

Como es normal en la acción litúrgica vamos leyendo el evangelio por partes, pero sí hemos de tener en cuenta su unidad para mejor captar y comprender el mensaje de Jesús. Lo que estamos leyendo en estos días forma parte de ese discurso, o si queremos, sobremesa de Jesús con sus discípulos después de la Cena Pascual, antes de su marcha a Getsemaní y el comienzo de su pasión. Por eso nos puede parecer en algún momento que hay repeticiones, pero más que repeticiones hemos de ver esa unidad, esa línea de lo que fue la despedida de Jesús antes de su pascua.
‘Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor’, les dice. Ya antes nos había dicho ‘es necesario que el mundo comprenda – y nosotros también – que yo amo al Padre, y que lo que el Padre me manda, yo lo hago’. Podemos recordar cómo en otro momento del evangelio nos decía ‘mi alimento es hacer la voluntad del Padre’.
El Padre le ama – ‘Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto’, escuchamos tras el bautismo en el Jordán o en el Tabor – y Jesús ama al Padre; amor que se manifiesta haciendo su voluntad, el plan de Dios de salvación para el hombre que porque nos ama nos ha enviado, nos ha entregado a su Hijo único. Como cristianos, como discípulos de Jesús queremos identificarnos con El, hacernos uno con El; o sea, queremos hacer las cosas como Jesús, vivir la vida de Jesús; en una palabra le amamos y queremos cumplir también sus mandamientos, como el hace con el Padre.
‘Si guardáis mis mandamientos permaneceréis en mi amor, nos dice, lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor’.
Lo hemos dicho y reflexionado muchas veces. Si consideráramos bien cuánto es el amor que Dios nos tiene, no haríamos otra cosa que amar. Es la mejor respuesta. Es la única respuesta. Porque amamos a Dios, porque creemos en Jesús y le amamos, queremos permanecer unidos a El. Es el deseo más profundo del amor. Y es en lo que hemos de caldear nuestro espíritu constantemente. Ya hemos reflexionado, ayer, que hemos de estar unidos a Jesús como los sarmientos a la vid.
Cuántas consecuencias para nuestra vida espiritual. No terminamos de ver toda la hondura de este mensaje y cuánto tendríamos que hacer y que vivir. Cuántas exigencias también de vigilancia, de espíritu de superación, de deseos serios y profundos de crecimiento espiritual. Es algo que un cristiano tiene que cuidar continuamente. Son muchas las cosas de alrededor que nos tientan, que nos distraen, que nos quieren alejar de ese camino.
Hemos de saber darle importancia a lo que verdaderamente lo tiene. Vivimos en medio del mundo, tenemos nuestra vida, nuestras obligaciones y responsabilidades también, pero eso no puede ser obstáculo de ninguna manera para que cuidemos nuestro espíritu. Porque además ¿de dónde vamos a sacar fuerzas para vivir toda esa vida con responsabilidad pero también con integridad? Hemos escuchado muchas veces que te dicen que primero está la obligación que la devoción, como si toda nuestra relación con Dios y la vida de nuestro espíritu se quedara solamente en una devoción.
Recordemos una vez más las palabras de Jesús. ‘Permaneced en mi amor… si guardáis mis mandamientos permaneceréis en mi amor…’

miércoles, 5 de mayo de 2010

Itinerario espiritual, permanecer unidos a la vid

Hechos, 15, 1-6;
Sal. 121;
Jn. 15, 1-8

Nos propone Jesús hoy una hermosa alegoría con gran enseñanza para nuestra vida espiritual y para nuestro camino cristiano. Ya se trate de la vid, como hoy nos habla, o si queremos de cualquier árbol frutal para que podamos obtener buenos frutos es necesario que esté plantado en buena tierra y debidamente cuidado lo que incluye la poda para eliminar aquellas ramas inservibles y que le restarían calidad a los frutos que queramos obtener.
Una tarea importante en nuestro camino espiritual, en nuestro camino de seguimiento de Jesús. No nos puede faltar nuestra unión íntima y profunda con El. ¿Qué significa eso? Pensemos en nuestra oración, pensemos en la escucha de la Palabra, pensemos en toda nuestra vida sacramental como algo fundamental sin lo cual no seríamos nada.
Un cristiano tiene que ser una persona de oración, y, tendríamos que decir, de oración intensa. Son esas raíces de nuestra vida que hundimos en Dios cuando nos sentimos en su presencia, cuando ahondamos en nuestra relación con El. ¿Cómo pueden mantener la amistad unos amigos que no se relacionan? ¿Cómo se puede mantener vivo el amor si no hay encuentro entre aquellos que se aman? Eso tiene que ser nuestra oración. Que ya sabemos no es solamente pedirle a Dios que todopoderoso cuando nos vemos necesitados o apurados en nuestros problemas. Nuestra relación con Dios tiene que ser mucho más honda, porque además no creemos en un Dios al que nos interesa porque lo vemos como solucionador de problemas.
Eso entraña como podemos comprender la escucha de la voz de Dios en nuestro corazón, la escucha atenta a su Palabra. Ni podemos conocer hondamente a Dios si no escuchamos esa Palabra que de sí mismo El quiere decirnos y ahí tenemos contenida en la Biblia, y podremos descubrir de verdad cuál es el camino de la respuesta que hemos de darle con nuestra vida si no lo escuchamos. Su palabra es luz en nuestro sendero, es norma de nuestra vida, es cauce por donde tenemos que discurrir.
Y está toda la vivencia sacramental porque ahí nos ha dejado las grandes señales de su presencia y la verdadera fuente de la gracia y de la vida que hará que podamos tener vida en nosotros. Los sarmientos que están unidos, han de estar necesariamente unidos a la vid, como nos decía Jesús hoy en el evangelio. Sin Eucaristía estaríamos sin Cristo, sin el alimento fundamental de su gracia para nosotros.
Pero nos habla también Jesús de la poda. ‘A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda para que dé más fruto’. Ya sabemos bien lo que hacen los agricultores cuando quieren obtener buenos frutos de sus árboles frutales o de sus viñedos. Está el tiempo de la poda donde se corta lo inservible, lo que mermaría la producción del bien fruto. Necesitamos una poda en nuestra vida. Porque necesitamos purificarnos de tantas cosas que se nos van adhiriendo como malas rémoras a nuestra vida que nos impedirían ese avance espiritual, ese crecimiento de nuestro amor. Es la poda que arranca también de nuestro corazón ese mal que vamos dejando meter dentro de nosotros.
La Palabra que escuchamos, la oración sincera que hacemos poniéndonos en la presencia del Señor nos irán ayudando a descubrir de todo eso que tenemos que purificarnos o que tenemos que arrancar. Es ese examen continuo que vamos haciendo de nosotros mismos. Buena costumbre el examen del día cada noche antes de irnos a descansar cuando le damos gracias al Señor por el día vivido, pero también le pedimos perdón por aquello en lo que hayamos fallado porque no hayamos puesto el suficiente amor o porque hayamos dejando introducir el pecado en nosotros.
‘Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada’, nos ha dicho Jesús hoy. ‘Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos’.

lunes, 3 de mayo de 2010

Os doy mi paz pero no como la da el mundo

Hechos, 14, 18-27;
Sal. 144;
Jn. 14, 27-31
¿Quién no desea la paz? Todos la buscamos, la deseamos, la queremos en lo personal, y la queremos en el ámbito social. Rechazamos la violencia, todo lo que pueda mermar la paz, que son muchas cosas. Nos gustaría disfrutar de la paz, pero a veces parece que nos falta.
Hoy nos dice Jesús: ‘La paz os dejo, mi paz os doy: no os la doy yo como la da el mundo…’ Vaya si tiene razón Jesús. No todo lo que llamamos paz es verdadera paz. La paz no se impone ni se puede obligar por la fuerza a tener paz. La paz no es sólo un estado de ánimo externo. No es sólo guardar un orden establecido, ni es una adormidera para nuestra vida. La paz no es una quietud en el espíritu como si no pasara nada o porque no nos queremos enterar de nada.
Jesús nos ha dicho: ‘No os la doy yo como la da el mundo’. Es algo muy hondo lo que nos quiere dar Jesús. Si nos falta por dentro, ya se pueden establecer muchas normas o leyes para que haya paz, que no la tendremos. Aunque tengamos turbulencias en el espíritu podemos alcanzar esa paz que Jesús nos ofrece. Aunque vivamos en medio de conflictos de todo tipo, podemos mantener esa paz interior.
Queremos la paz de Jesús. La que El nos ofrece, pero la que El vivió. En su nacimiento los ángeles anunciaron la paz para todos los hombres, porque todos los hombres son amados de Dios. Ahora Cristo se entrega y muere por nosotros para que tengamos paz, porque su sangre derramada derriba los muros del odio y del mal; El se entrega y se da para lograr la reconciliación y en virtud de su sangre derramada nos ofrece su perdón.
Qué hermoso sentirnos amados de Dios, sentir que Dios nos perdona por muchos que sean nuestros males y pecados. Cuando Jesús perdonaba a los pecadores les decía vete en paz, y cómo no iban a tenerla si sus pecados quedaban perdonados y se sentían seguros porque se sentían amados y perdonados por Dios.
Es fácil buscar ese camino de paz. Simplemente mirar a Jesús y sentir el amor de Dios en nuestra vida. Nuestra alma se llenará de paz aunque ande inquieta porque desea muchas cosas buenas, porque está insatisfecha por la situación de nuestro mundo.
Las palabras de Jesús en el evangelio son de despedida. Llega la hora del príncipe de este mundo; llega la hora del poder de las tinieblas como dirá más tarde en el huerto a la hora del prendimiento. Fue una hora dura y de amargura. Ya conocemos cómo lo vivió en Getsemaní en esos momentos previos al comienzo de la pasión. Pero, aun siendo conciente Jesús como era de todo lo que iba a suceder, ¿perdería la paz de su corazón? Aunque fuerte fue la agonía en la cruz, ¿perdería la paz de su corazón? Seguro que no, porque El se había puesto en las manos del Padre. Ahora mismo nos lo ha dicho, cuando nos habla de la llegada del príncipe de este mundo, el que lo llevaría a la pasión y a la cruz. Pero Jesús no pierde la paz. ‘Es necesario que el mundo comprenda que yo amo al Padre, y que lo que el Padre me manda, yo lo hago’. Es el amor el que le hará no perder la paz.
¿Entenderemos nosotros la lección, aprenderemos a hacer como Jesús? Es bien elocuente y tenemos que aprender la lección. Nos puede venir el dolor, la debilidad nos deja, nos parece, inservibles, el corazón nos duele por dentro cuando vemos cuanto desamor ha habido en nuestra vida, nos sentimos agobiados por el peso de nuestros pecados o por los problemas que nos van envolviendo que nos parece que no tenemos salida. Pero ahí tenemos que poner amor y nos sentiremos amados de Dios. Que no perdamos nunca la paz en el corazón.

La fiesta de los apóstoles señala a la Iglesia como signo de santidad y como camino hacia Jesús


1Cor. 15, 1-8;
Sal. 18;
Jn. 14, 6-14


‘Has cimentado tu Iglesia sobre la roca de los apóstoles, para que permanezca en el mundo como signo de santidad y señale a todos los hombres el camino que nos lleva hacia ti’. Así proclamamos en uno de los prefacios de los apóstoles y nos manifiesta bien el sentido hermoso que tiene para los cristianos, para la Iglesia la celebración de la fiesta de cualquiera de los apóstoles. En el prefacio manifestamos además el gran motivo de nuestra acción de gracias en Jesús en cualquiera de las celebraciones. Cuánto más en la celebración de algunos de los apóstoles como nos sucede hoy al celebrar a san Felipe y Santiago el Menor.
Por otra parte en la oración hemos pedido que ‘con su intercesión, podamos participar en la muerte y en la resurrección de tu Hijo (de Jesús) para que merezcamos llegar a contemplar en el cielo el esplendor de tu gloria (de la gloria de Dios)’. Y es que la Iglesia tiene que ser signo de la gloria de Dios en medio de los hombres, signo de la santidad de Dios que hemos de saber copiar e imitar en nuestra vida.
Es importante para la Iglesia, para los cristianos la celebración de las fiestas de los Apóstoles, aunque de algunos de ellos tengamos poco conocimiento de por donde transcurrió su misión apostólica una vez que se dispersaron por todo el mundo, siguiendo el mandato de Cristo, para anunciar la Buena Noticia de Jesús a todos los hombres.
Pero somos Iglesia apostólica en una de sus características principales y sobre la roca de los Apóstoles, de Pedro y de todo el colegio apostólico está cimentada la Iglesia, fundamentada nuestra fe. Esa fe en Jesús que nos trasmitieron los apóstoles, los primeros testigos de Cristo, de su vida, de su muerte y de su resurrección. Sin ese testimonio apostólico nuestra fe en Jesús, podríamos decir, se hubiera quedado coja, porque ellos son los primeros testigos, y los que escucharon de labios del Maestro el mandato de llevar la Buena Noticia del Evangelio a todo el mundo. Con los Apóstoles y como los apóstoles la Iglesia, nosotros hemos de señalar a los hombres el camino que lleva a Jesús.
En la primera lectura, de la primera carta a los Corintios, hemos escuchado esa proclamación de fe en Jesús, muerto y resucitado, que nos hace Pablo. Y precisamente en los testigos de la resurrección, aquellos a los que se manifestó Cristo resucitado, hace especial hincapié a la hora de proclamarnos su fe. Quizá la liturgia haya escogido este texto de manera especial por la referencia a Santiago a quien también se le apareció Jesús resucitado de manera especial, que podría ser este Santiago, hijo de Alfeo que hoy estamos celebrando.
El evangelio – lo escuchamos hace un par de días – nos hace referencia también al otro apóstol a quien hoy celebramos, Felipe, por la pregunta que hace a Jesús: ‘Muéstranos al Padre y nos basta’. Hubiéramos podido recordar que a Felipe lo llama Jesús de forma directa como se nos narra al principio del evangelio de Juan, pero que pronto Felipe se convertirá en misionero de Jesús porque traerá a Natanael hasta Jesús. ‘Aquel de quien hablaron Moisés y los profetas lo hemos encontrado… ven y verás’. Pero podríamos recordar también que junto a Andrés hará de intermediario para que unos griegos, unos gentiles lleguen hasta Jesús a quien quieren conocer.
Podemos aquí encontrar un mensaje. Conocemos a Jesús y queremos seguirle, pero hemos de hablar de Jesús a los demás, hemos de convertirnos en apóstoles y misioneros. Que el Espíritu del Señor nos dé ese arrojo y esa valentía para hablar de Jesús a los demás. Pero también en la respuesta-queja de Jesús cuando Felipe le pide que le muestre al Padre, que eso será suficiente, que Jesús le dirá. ‘Tanto tiempo que estoy con vosotros y aún no me conoces’. Que nuestro estar al lado de Jesús nos haga conocerle más y más. Que crezca nuestro amor, nuestros deseos de estar con El, pero que le conozcamos y nos llenemos de su vida, para que luego podamos trasmitir a los demás lo que nosotros hemos vivido, aquello de lo que estamos llenos, que es de la vida de Jesús.

domingo, 2 de mayo de 2010

Compartimos la vida de Cristo resucitado si nos amamos


Hechos, 14, 21-27;
Sal. 144;
Apoc. 21, 1-5;
Jn. 13, 31-35

‘Vi un cielo nuevo y una tierra nueva… el primer cielo y la primera tierra han pasado… todo lo hago nuevo…’ Proféticamente nos habla el Apocalipsis de ese cielo nuevo y de esa tierra nueva y nos está hablando de esa plenitud que en Dios, en el cielo vamos a tener, y a los que continuamos nuestra peregrinación en medio de luchas y debilidades nos llena de esperanza. ‘La ciudad santa, la nueva Jerusalén que descendía del cielo enviada por Dios…’
Pero proféticamente nos habla el paraíso de ese cielo nuevo y de esa tierra nueva que ya ahora tenemos que ir viviendo y realizando aunque no lo tengamos en plenitud, porque aún el pecado sigue reinando en nosotros, porque aún el dolor y el sufrimiento no ha desaparecido de todo, porque aún seguimos dejando que haya muerte en nuestra vida. ¿No es eso lo que tenemos que ir construyendo ahora cuando queremos vivir el Reino de Dios? Ese Reino de Dios no puede ser algo lejano y que nos parezca inalcanzable, sino que es algo que quienes creemos en Jesús y seguimos su camino tenemos que ir viviendo ya.
Porque ya vamos viviendo la presencia de Dios entre nosotros, porque somos su pueblo, ese pueblo que El ha rescatado con su sangre y nos ha santificado. ‘Esta es la morada de Dios con los hombres: acampará entre ellos. Ellos serán su pueblo, y Dios estará con ellos, y será su Dios’. ¿No nos recuerda lo que se nos dice en el principio del Evangelio de san Juan ‘la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros’?
Esa ‘ciudad santa que descendía del cielo, esa nueva Jerusalén’ la tenemos que ir logrando, viviendo ya ahora. ‘Dios estará con ellos y será su Dios’. ¡Qué consuelo! Aún nos queda sufrimiento porque, como les decía Pablo a aquellas comunidades de Asia Menor donde había anunciado el evangelio, ‘hay que pasar mucho para entrar en el Reino de Dios’. Pero ‘el que estaba sentado en el Trono dijo: Todo lo hago nuevo’. Es la novedad del Evangelio que nos trae Jesús; es la novedad de esa vida nueva que tenemos que vivir; es esa transformación que hemos de ir realizando en nuestra vida y en nuestro mundo.
Algunas veces nos pasamos de conservadores porque nos contentamos como vivimos y pensamos que ya nada nuevo puede haber en nosotros. No es la novedad, diríamos de la novelería, sino es la novedad de esa transformación que el Señor con su gracia quiere realizar en nuestro corazón. Y cuando abrimos de verdad nuestro corazón al Señor y a su palabra nos damos cuenta de cuántas cosas tenemos que purificarnos, cuantas cosas podemos hacer mejor, en cuántas cosas nos podemos y nos tenemos que santificar.
El Apocalipsis nos habla de esa ‘nueva Jerusalén que descendía del cielo arreglada como una novia que se adorna para su esposo’. ¿Cuáles son esos adornos y esas joyas? La esposa o la novia se engalana con las joyas que le ha regalado su amor. Lo que ha recibido con amor y por amor, le sirve para adornar y enjoyar su vida para su esposo.
¿Qué nos querrá decir todo esto? Lo podemos tener bien claro. ¿No es la joya más preciosa que podemos tener en nuestra vida todo el amor que Dios nos tiene? No nos extrañe, pues, que lo que nos pida Jesús, que se mandamiento nuevo sea el del amor. Su mandamiento, nuestro distintivo, la imagen más hermosa que podamos dar de nuestra fe en El, la joya más hermosa con que podemos y tenemos que adornar nuestra vida. ‘Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que conocerán que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros’.
Qué importante lo que nos dice Jesús, lo que nos pide como respuesta de nuestra vida. La más mala imagen que nosotros podamos proyectar de nuestra fe no es que seamos débiles y pecadores, sino que no nos amemos, nuestra desunión, nuestras rencillas y rencores, los desapegos de nuestro corazón, el individualismo en que encerremos nuestra vida; en una palabra nuestra falta de amor. Cualquiera puede comprender que seamos débiles y tengamos muchos tropiezos mientras vamos luchando, lo que es más difícil de comprender es que llevemos el nombre de cristianos y no nos amemos.
Seguimos viviendo la Pascua. Cuidado con que por el hecho de que las semanas van discurriendo y pasan los día, ya veamos la pascua como algo lejano. La Pascua para el cristiano es algo que tenemos que estar viviendo siempre con intensidad. Y ya sabemos la pascua es muerte y resurrección; es un morir al pecado para renacer a una nueva vida.
Y san Juan nos dirá que ‘sabemos que pasamos de la muerte a la vida si nos amamos’. El que no ama permanece en la muerte. Si queremos vivir la pascua tenemos que pasar a la vida, resucitar, en una palabra, amarnos. En consecuencia nuestra vivencia pascual es amarnos. Cuando amamos a los hermanos estamos compartiendo de verdad la vida de Cristo resucitado, porque hemos pasado de la muerte a la vida.
¡De cuántas maneras tenemos que expresar nuestro amor a los demás! En cuántas cosas concretas, en cuantos gestos, en cuantos detalles, en cuánto compromiso se tiene que traducir ese amor, esa pascua en nuestra vida, en ese día a día de nuestra convivencia con los hermanos, en la vida familiar, con aquellas personas de las que estamos rodeados en nuestro trabajo o en nuestra vida social, en el quehacer diario de nuestra comunidad cristiana.
Para concluir esta reflexión quiero resaltar algo que nos dice el texto de los Hechos de los Apóstoles. Después del itinerario realizado en su viaje apostólico, Pablo y Bernabé regresan a la comunidad de ‘Antioquia de donde los habían enviado con la gracia de Dios a la misión que acababan de cumplir. Al llegar reunieron a la Iglesia, le contaron lo que Dios había hecho por medio de ellos y cómo había abierto a los gentiles las puertas de la fe’. Hermoso cómo la comunidad siente como algo propio todo aquello que se había realizado y dan gracias a Dios por todo ello. Que así sintamos nosotros como propio todo el quehacer de la Iglesia y así también alabemos al Señor.

sábado, 1 de mayo de 2010

Miramos a Jesús y conocemos a Dios

Hechos, 13, 44-52;
Sal. 97;
Jn. 14, 7-14

Todos queremos conocer a Dios, ver a Dios. Quizá nos hemos sorprendido a nosotros mismos en alguna ocasión poniendo imaginación para tratar de descubrir, de saber cómo es Dios. Digo imaginación que no tiene que ser necesariamente sueños imaginativos, sino ponernos a pensar, a reflexionar y sentimos ese hondo deseo dentro de nosotros.
Somos personas en las que los sentidos actúan fuertemente en nosotros y por eso queremos ver, queremos palpar, queremos oír con nuestros oídos y sentidos. De ahí surgirán muchas veces esas imágenes que nos hacemos de Dios y los que llevan el arte, por así decirlo en la sangre, tratarán de plasmarlo de mil maneras.
Pero ¿cómo podemos conocer a Dios? Quizá es más sencillo que toda esa imaginación porque realmente tenemos quien nos puede descubrir de verdad cómo es Dios. Jesús es la revelación de Dios, la Palabra que Dios nos dice de sí mismo; viéndolo a El, como escuchamos hoy en el evangelio, vemos al Padre.
‘Si me conocierais a mí, conoceríais también al Padre, nos dice hoy Jesús. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto’. Pero los discípulos no terminan de comprender. Felipe le replica y le pide: ‘Muéstranos al Padre, y nos basta’. Es cuando Jesús le dice que viéndole a El – y cuanto tiempo llevan con Jesús y aún no le conocen – es suficiente. ‘Quien me ha visto a mi, ha visto al Padre’.
Miramos a Jesús y podemos conocer a Dios. Revelación de Dios, Palabra de Dios, ya lo hemos dicho. Miramos a Jesús y conocemos el amor que Dios nos tiene y podemos llegar a decir con san Juan en sus cartas: ‘Dios es amor’. Miramos a Jesús. y sabemos lo que es la misericordia, la compasión, el perdón. ‘El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia’, como ya habíamos escuchado en el Antiguo Testamento, pero que también en la cruz escuchamos a Jesús: ‘Padre, perdónales porque no saben lo que hacen…’
Así podíamos seguir mirando a Jesús y conociendo más y más el rostro misericordioso de Dios ‘Imagen de Dios invisible y Primogénito de toda criatura’, que nos enseña san Pablo en sus cartas. Pero es que Jesús es el único que puede darnos a conocer a Dios. ‘Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, y al Padre no lo conoce más que el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar’. Por eso nos dirá Jesús: ‘Yo y el Padre somos uno… yo estoy en el Padre y el Padre en mí…’
‘Muéstranos al Padre…’ seguimos pidiendo a Jesús porque sabemos que como nos dice ‘nadie va al Padre sino por mí’. Que así busquemos cada día conocer más a Jesús, impregnarnos de su vida, dejarnos inundar por su Palabra. Ya no necesitaremos imaginaciones sino que viendo a Jesús veremos a Dios, llenándonos de Jesús nos llenamos e inundamos de Dios.
Por eso además podemos tener la certeza de que somos escuchados, no sólo porque El nos ha enseñado a orar, sino porque además sabemos que lo que pidamos en el nombre de Jesús lo alcanzaremos. Por eso hemos de decir siempre ‘por Jesucristo, nuestro Señor’.

viernes, 30 de abril de 2010

Eucaristía de una vida injertada en Jesús y en su Cruz


una reflexión en las bodas de diamante de una religiosa


Hechos, 13, 26-33;
Sal. 2;
Jn. 14, 1-6


Nos convoca aquí esta mañana una Eucaristía que es una acción de gracias pero que es también la ofrenda de una vida que se hizo Eucaristía en una consagración vivida a través de setenta y cinco años de fidelidad y de amor.
Para los que les cuesta entender estas cosas les puede parecer una Eucaristía muy larga. Muchos años de Eucaristía y de ofrenda continua cuando estamos viendo a nuestro alrededor un mundo de rupturas, un mundo de cansancios que producen inconstancia o de inconstancias que producen cansancios y banalidades, un mundo donde es tan fácil cambiar de parecer y de posturas, un mundo donde tan fácilmente se debilita el amor y donde no se sabe entender lo que es el compromiso y la fidelidad.
Por eso es admirable una ofrenda de Eucaristía que abarque toda una vida. Nosotros queremos hacer hoy Eucaristía especial porque queremos ayudar, apoyar con nuestra oración y nuestra comunión esas manos y esa vida – temblorosas y debilidades físicamente es cierto – pero que en el fondo de su corazón quieren seguir sosteniendo el cáliz de la ofrenda. Qué ejemplo es además para todos nosotros. Qué aliciente sentimos en nuestra vida. Qué entusiasmo de amor rebrota en nuestro corazón para vivir también nosotros así la Eucaristía de nuestra vida.
Ahí tenemos a Sor Rosa acercándose al centenario de su vida, pero cumpliendo hoy los setenta y cinco años de su consagración al Señor. Bodas de diamante, decimos, por la belleza de los años consagrados y por la firmeza con que se ha mantenido esa fidelidad. Hoy sus palabras no nos pueden decir nada dada su debilidad mental y su enfermedad, pero el testimonio de su vida es bien elocuente y un grito que nos hace despertar.
Más de medio siglo en este hogar – exactamente sesenta y un años -, el resto de su vida religiosa por Granada y Baza. Quienes la conocieron cuando estaba en plena lucidez nos hablan de su entrega, de su delicadeza exquisita, de su amor, de su humildad, de su austeridad; nos hablan de su preocupación constante por buscar lo mejor donde fuera para sus ancianitos – cuantas salidas a hacer cuestación por las casas de nuestros pueblos que incluso la llevarían cuando se estaba debilitando su mente a tocar en cualquier puerta del hogar esperando encontrar una respuesta y una limosna -; nos hablan de su espíritu de sacrificio que vivió ya antes de ingresar en la congregación que retrasó para que otras hermanas suyas entraran mientras ella cuidaba de sus padres ancianos; nos hablan del respeto y cariño que despertaba en los que la rodeaban con su presencia y que nunca permitía una mala palabra o un juicio o murmuración contra nadie; nos hablan de la alegría de su vida porque siempre llevaba a Dios con ella, de su fidelidad a su consagración viviendo intensamente los carismas propios de esta congregación de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados.
Podríamos quizá preguntarnos de dónde nacía todo esto. Ella un día se había sentido cautivada por el Señor y le había dado un Sí total consagrándole toda su vida para seguir con toda radicalidad el camino de Jesús. ‘Yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida’. Ella habría escuchado quizá muchas veces estas mismas palabras de Jesús que hoy hemos nosotros escuchado en el evangelio y ella había dicho Sí, Jesús es mi camino, mi único camino; Jesús es mi Verdad, la única verdad que da sentido y es motor de mi vida; Jesús es mi vida, ya no vivo yo, ya no quiero vivir mi yo, el yo de mi vida, sino que será para siempre Cristo quien viva en mí.
Su fe en Jesús ya no se iba a resquebrajar aunque pudiera haber dudas y turbulencias en su vida, como las hay en toda vida. Ella había asumido esas palabras de Jesús: ‘Creed en Dios y creed también en mí’. Es lo que toda religiosa que se consagra al Señor, toda persona que siente en su corazón la llamada del Señor y le da su Sí total para seguirle.
Cuando estamos precisamente celebrando la semana vocacional tras la celebración del domingo pasado del día del Buen Pastor y la Jornada de Oración por las vocaciones, un testimonio como el que hoy estamos contemplando, aunque sea de una forma silenciosa por su parte, es para nosotros todos un fuerte grito, una fuerte llamada en nombre del Señor.
En ella, en su silencio, en su ensimismamiento, podemos ver el grano de trigo que cae en tierra y silenciosamente bajo la tierra sin saber nosotros cómo ni verlo con nuestros ojos, sin embargo hace surgir una nueva vida, una nueva planta. Que así surja de este testimonio un semillero de vocaciones como sólo Dios sabe hacer y suscitar. Oremos al Señor para que así sea. Y demos gracias, celebremos de verdad Eucaristía, la Eucaristía de Jesús, claro está, pero la Eucaristía de la vida de sor Rosa injertada como lo está en Jesús y en su cruz.

Unas palabras que despiertan la fe y la esperanza

Hechos, 13, 26-33;
Sal. 2;
Jn. 14, 1-6

‘No perdáis la calma: creed en Dios y creed también en mí…’ Estas palabras de Jesús fueron pronunciadas en el contexto concreto de la Última Cena y con el ambiente tenso que se había creado porque todo sonaba a despedida y que Jesús manifestaba con sus mismas palabras y su promesa. ‘Me voy a prepararos sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde yo estoy, estéis también vosotros…’
Sin embargo reconozco y confieso que en muchos momentos me han ayudado a orar con confianza y esperanza en el Señor dadas las diversas situaciones por las que uno pasa en la vida.
Son, es cierto, palabras de esperanza y nos están hablando de vida eterna y de vivir en Dios y con Dios para siempre, incluso más allá de la muerte. Pero esa fe y esa esperanza que Jesús quiere despertar en nosotros con sus palabras las necesitamos escuchar con fuerza en muchos momentos. Cómo no poner nuestra confianza en Dios en medio del dolor y del sufrimiento de cada día, de nuestras limitaciones y debilidades, o cuando nos vemos agobiados por problemas o por soledades.
Ponemos nuestra confianza en Dios, en Cristo porque El es la roca firme y segura en la que podemos apoyarnos sabiendo que nunca nos fallará. Podrán surgir dudas en nuestro interior porque así nos sentimos débiles o cuando pensamos hacer las cosas sólo por nosotros mismos o con nuestras fuerzas. Entonces nos sentimos débiles, nos damos cuenta de nuestra inseguridad.
La única seguridad cierta la tenemos en el Señor. De mil maneras se manifiesta a nuestro lado y nos concede la fuerza de su Espíritu. Hemos de abrir los ojos de la fe para descubrirlo y experimentarlo.
‘Adonde yo voy, ya sabéis el camino…’ nos dice, aunque todavía habrá alguno de los discípulos que le replique: ‘Señor, no sabemos adonde vas, ¿cómo podemos saber el camino?’
Sí sabemos adonde va y adonde tenemos que ir nosotros. El camino es Jesús. El es nuestra vida y nuestra verdad. Cuando decimos que creemos en El no vamos a hacer otra cosa que seguir sus pasos, vivir su vida, sentir y experimentar en nosotros que sólo El es la verdad absoluta de nuestra vida. No podemos tener dudas, no podemos estar relativizándolo todo. También Pilatos preguntó: ‘¿y qué es la verdad?’ Era la pregunta de muchos filósofos de su tiempo que buscaban pero no sabían encontrar la verdad, como puede ser también la de los modernos hombres de pensamiento con semejantes planteamientos.
Pero nosotros tenemos la seguridad de que nuestra única verdad es Jesucristo. Por El lo damos todo, lo entregamos todo, somos capaces de darnos nosotros mismos, de dar nuestra vida. ‘Yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida’, nos dice Jesús. Y le creemos aunque nos cueste, pero le ponemos a El como único centro de nuestro vivir, como una razón de ser de nuestra existencia.
En los Hechos hemos escuchado el discurso de Pedro en Antioquia de Pisidia anunciando la Buena Nueva de Jesús. ‘Nosotros os anunciamos que la promesa que Dios hizo a nuestros padres, nos la ha cumplido a los hijos resucitando a Jesús’.

jueves, 29 de abril de 2010

Contemplación de la pasión y servicio a la Iglesia, santa Catalina de Siena

1Jn. 1, 5-2,2;
Sal. 148;
Lc. 10, 38-42

Hiciste arder de amor divino a santa Catalina de Siena en la contemplación de la pasión de la pasión de tu Hijo y en su entrega al servicio de la Iglesia…’ Así define las liturgia la santidad de Santa Catalina de Siena a quien la Iglesia reconoce como doctora por la sublimidad de su enseñanza mística y como Patrona de Europa por la importancia que tuvo su figura en aquellos años difíciles para la Iglesia y para la misma Europa.
Una mujer encerrada tras los muros de un monasterio de vida contemplativa y que además murió muy joven, sin embargo tuvo una influencia decisiva en la vida de la Iglesia, en la vuelta del Papa a Roma tras los largos años de Avignon como sólo un alma grande y santa podría realizar.
Lo importante, podríamos decir, fue su santidad. Se consagró al Señor muy joven en la Orden dominicana contemplativa. En la contemplación de la pasión de Cristo, decíamos en la oración, creció en su espíritu y sobresalió en la contemplación del misterio de Cristo y así en su espíritu de oración pudo llegar a altas cotas de contemplación y santidad. Lo que no la hacía ajena a los problemas de la Iglesia y de su tiempo, por lo que vivió ese intenso servicio a la Iglesia impulsando reformas de costumbres y una vida santa en todos.
Cómo tendríamos que aprender a empaparnos así de la vida de Cristo que nos llena de su gracia. Cómo contemplando la pasión de Cristo que es contemplar su amor sin límites, su amor infinito por nosotros, nos sentimos impulsados para arrancarnos del pecado, para purificar más y más nuestra vida, para que así resplandezca la gracia del Señor en nosotros, y así brille nuestra santidad.
Nos cuesta porque somos como esos objetos valiosos que, porque no hemos sabido cuidar debidamente, se van ennegreciendo, perdiendo su brillo y resplandor y pronto podremos confundirlos con objetos de poco valor. Los limpiamos, los pulimos, arrancamos esa suciedad y negrura y nos daremos cuenta de su brillo y valor.
Así nosotros, que valemos nada menos que la dignidad de hijos de Dios con que el Señor nos ha dotado en nuestro bautismo y además el valor infinito de la sangre de Cristo con la que hemos sido rescatados. Pero dejamos ennegrecer nuestra vida con el pecado, la frialdad, la indiferencia, la desgana espiritual y perdemos ese brillo de la gracia. Que aprendamos a purificarnos, a buscar ese brillo de la santidad en nuestra vida.
¿Cómo hacer? Hoy en el evangelio hemos visto a las dos hermanas de Betania alrededor de Jesús cada una en su función y que ambas tanto nos pueden enseñar. María, a los pies de Jesús, bebiéndose sus palabras, absorta en el disfrute de la presencia de Cristo allí en su hogar es el ejemplo para nuestra oración, para nuestra unión grande y profunda con el Señor. Y Marta, desviviéndose en el servicio, para atender de la mejor manera que podía y sabía al Señor.
Desviviéndose en el servicio que es desviviéndose en el amor, el amor al hermano, al que está a nuestro lado, al pobre que sufre de muchas carencias o al que tiene mucha necesidad, o al que se siente solo y abandonado porque ahí está el Señor. Desviviéndose en el servicio, tenemos que decir con el ejemplo de Santa Catalina de Siena, que es el amor a la Iglesia, amándola, defendiéndola, orando por ella, siendo buenos hijos de la Iglesia, prestando nuestro servicio de amor a la comunidad.
Es el camino que hoy nos pide quizá el Señor. ‘Concédenos vivir asociados al misterio de Cristo para que podamos llenarnos de alegría en la manifestación de su gloria’.

miércoles, 28 de abril de 2010

Yo he venido como luz, que su Espíritu nos mantenga siempre en esa luz

Hechos, 12, 24-13, 5;
Sal. 66;
Jn. 12, 44-50

‘Yo he venido al mundo como luz, y así el que cree en Mí no quedará en tinieblas…’ Será algo que nos repetirá Jesús en el evangelio. La imagen de la luz es constante sobre todo en el evangelio de san Juan. Jesús es la luz – ‘Yo soy la luz del mundo’, nos dirá – y cuando le damos el sí de nuestra fe quedamos iluminados para siempre.
Un detalle en referencia a esto es que a los cristianos recién bautizados en una época de la Iglesia se les llamaba los iluminados. Y no olvidemos que en el Bautismo recibimos como un signo la luz encendida del cirio pascual. Qué hermoso por otra parte el lucernario con que comienza la vigilia pascual hasta que somos iluminados por la luz de Cristo resucitado.
Pero es necesario ese sí, esa respuesta positiva por nuestra parte, esa respuesta de nuestra fe. No vaya a ser aquello otro que nos dice el principio del evangelio de Juan, que vino la luz pero las tinieblas no la recibieron. ¿Preferimos estar en las tinieblas o ser iluminados por la luz de Cristo?
Con esa luz conoceremos a Dios, porque como dice Jesús ‘el que me ve a mí, ve al que me ha enviado’. Con esa luz nos llenamos de vida eterna, porque el mandado, el encargo que Jesús ha recibido del Padre que le ha enviado, es la vida eterna, Cursiva‘yo sé que su mandato es vida eterna’, nos dice. Quien acepta esa luz, se deja iluminar por ella, cree en Jesús, se llena del Espíritu de Jesús. Va a ser su Espíritu el que actúa en nuestros corazones – sus obras son las obras de la luz, de la vida, del amor -, como el Espíritu es el que va a guiar a la Iglesia.
En el relato de los Hechos de los Apóstoles que hoy se nos ha proclamado vemos palpable esa acción del Espíritu en la comunidad, en este caso, de Antioquia.
Fruto de la presencia y fuerza del Espíritu era la intensidad de vida de aquella comunidad. Por una parte ‘la palabra del Señor cundía y se propagaba’, con lo cual vemos el crecimiento de vida de esa comunidad. Se manifestaban por otra parte los dones del Espíritu en los diferentes carismas que surgen en la comunidad. ‘En la Iglesia de Antioquia había maestros y profetas…’ y nos hace una relación de esas personas llenas del Espíritu que se manifestaba en diferentes carismas.
Era por otra parte una comunidad orante y que sentía la presencia y la fuerza del Espíritu del Señor en su oración. ‘Un día que ayunaban y daban culto al Señor, dijo el Espíritu Santo: apartadme a Bernabé y a Saulo para la tarea a que los he llamado’. Eso los hace también una comunidad misionera que envía con la fuerza del Espíritu a Bernabé y a Saulo a anunciar la Buena Noticia por diferentes lugares. ‘Volvieron a ayunar y orar, les impusieron las manos y los despidieron. Con la fuerza del Espíritu Santo bajaron a Seleucia y se embarcaron para Chipre…’ Seleucia es el puerto de mar en el Mediterráneo a poca distancia de Antioquia.
Que así nos dejemos inundar y conducir por el Espíritu, que nos ayude a conocer más y más a Jesús, a hacer una oración en el Espíritu y nos dé ese empuje misionero en nuestro corazón para sentir siempre la urgencia del anuncio del Evangelio en todas partes.

martes, 27 de abril de 2010

Espíritu misionero, espíritu de comunión, seguimiento de Jesús

Hechos, 11, 19-26;
Sal. 86;
Jn. 10, 22-30

Los Hechos de los Apóstoles nos manifiestan la intensidad de la vida de la Iglesia y su crecimiento constante. Todo es ocasión para realizar esa acción misionera. Si había sido duro dispersarse cuando el comienzo de la persecución con el martirio de Esteban, que podían realmente parecer momentos difíciles, sin embargo fue ocasión y motivo para esa acción misionera de la Iglesia. Algo tendríamos que aprender.
‘Llegaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquia…’ nos relata el autor sagrado. Y ya no sólo anuncian la Buena Noticia de Jesús a los judíos sino que ‘se pusieron a hablar a los griegos anunciándoles al Señor Jesús’. Y está la respuesta porque ‘muchos se convirtieron y abrazaron la fe’. Más adelante nos dirá que ‘una multitud considerable se adhirió al Señor’.
Se manifiesta también la comunión entre las Iglesias que se van constituyendo. ‘Llegó la noticia a Jerusalén y enviaron a Bernabé a Antioquia…’ No son comunidades separadas y aisladas unas de otras, sino que hay una hermosa comunión entre ellas alegrándose mutuamente del crecimiento de los discípulos y apoyándose mutuamente.
Llegó Bernabé y siguió creciendo la comunidad y nos dice que se les iba instruyendo con todo detalle. Comunidad en la que pronto aparecerá el nombre de cristianos para llamar a los que seguían el nuevo camino, como se nos ha dicho en otro lugar, los discípulos de Jesús. Bernabé además sabe de alguien que puede realizar una labor importante entre los discípulos y en el avance del Evangelio y se va a Tarso para traerse a Saulo, a quien habría conocido en Jerusalén antes de que lo enviaran a Tarso..
Hemos ido subrayando algunos aspectos importantes que sobresalen en aquellas primeras comunidades y que pueden ser un estímulo y un ejemplo para nosotros. El impulso misionero y apostólico para en todo momento y ocasión anunciar a Jesús y hacer crecer el número de los discípulos, es una primera cosa que podemos destacar. Es una inquietud que tiene que haber en nuestro corazón, que tiene que estar muy presente en nuestra oración, que nos ha de mover en todo momento a ese buen testimonio que podemos y tenemos que dar.
Otra cosa que hemos destacado es el espíritu de comunión entre todos los que creemos en Jesús. Comunión que se llama vivencia eclesial, sentirnos y hacer Iglesia, vivir ese sentido de comunidad y que es ese sentirnos unidos a los demás en una misma fe y que se ha de manifestar también en un mismo amor. Cómo nos hemos de acoger y valorar todos; cómo acogemos al que llega y le hacemos sentirse a gusto con nosotros y a nuestro lado. Esto es algo a tener muy en cuenta hoy dada la movilidad tan grande en que se vive hoy en nuestra sociedad, llámense emigrantes que nos llegan de todas partes, o llámense también turistas que nos visitan y conviven con nosotros.
Y todo esto nace de nuestra fe en Jesús. Creemos en El y queremos seguirle; creemos en El y le escuchamos; creemos en El y le sentimos a nuestro lado siendo nuestra fuerza, nuestra vida, nuestro apoyo, nuestro alimento, nuestra defensa también. Hoy el evangelio nos habla del pastor y de las ovejas que le siguen, conocen su voz, y el pastor las conoce y las alimenta y las defiende. ‘Mis ovejas escuchan mi voz y yo las conozco y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre y nadie las arrebatará de mi mano’. Que así nos sintamos seguros desde nuestra fe en Jesús.

domingo, 25 de abril de 2010

El Cordero que está delante del Trono será su Pastor


Hechos, 13, 14.43-52;
Sal. 99;
Apoc. 7, 9.14-17;
Jn. 10, 27-30

‘Porque el Cordero que está delante del Trono será su Pastor y los conducirá hacia fuentes de aguas vivas. Dios enjugará las lágrimas de sus ojos…’ nos dice el libro del Apocalipsis.
Celebramos en este cuarto domingo de Pascua a Cristo Buen Pastor; Cristo es el Cordero inmolado que se ofrece y se inmola para quitar el pecado el mundo, pero al mismo tiempo es el Pastor que nos guía y nos conoce, nos alimenta y da su vida por nosotros, de lo que nos habla el Evangelio. Conducirá a su rebaño, como decía el Apocalipsis, ‘hacia las fuentes de aguas vivas’. Cuántas veces hemos rezado el salmo ‘el Señor es mi pastor, nada me puede faltar, en verdes praderas me hace recostar, me conduce hacia las fuentes tranquilas y repara mis fuerzas’.
Toda la liturgia de este domingo está impregnada de este sentido porque en las oraciones repetidamente nos habla del ‘rebaño adquirido por la sangre de Cristo’, y pedimos que podamos ‘tener parte en la admirable victoria de su pastor’. Por su parte los prefacios nos hablan de Cristo, ‘nuestra Pascua que ha sido inmolada y no cesa de ofrecerse por nosotros y de interceder por todos’, porque ‘inmolado ya no vuelve a morir, sacrificado, vive para siempre’.
‘Nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño’
, decíamos en el salmo. Todo esto me hace hacerme la siguiente reflexión. Como miembros del pueblo de Dios sentimos también en nuestro interior y desde nuestra unión con Cristo la urgencia y la inquietud por la vida y el crecimiento de ese pueblo de Dios, porque a todos los hombres sea anunciado el nombre de Jesús. Tarea no siempre fácil, por nuestra debilidad y condición pecadora que no siempre hacemos atrayente para los demás nuestra forma imperfecta de vivir la salvación que Cristo nos ofrece, y porque no siempre encontramos un campo bien dispuesto que quiera aceptar la semilla del evangelio que nosotros queramos sembrar.
En la primera lectura, los Hechos de los Apóstoles, se nos narra la tarea evangelizadora que hacen Pablo y Bernabé en lo que llamamos el primer viaje apostólico y misionero de Pablo. Encontramos reacciones muy contrapuestas porque en lo que al principio podría parecer un éxito grande en tantos que escuchaban con agrado la predicación de Pablo y Bernabé, pronto se tornaba sombrío el ambiente cuando muchos dejándose arrastrar por la envidia se oponen con insultos y persecuciones a la predicación de los apóstoles; todo ello hará que se dirijan más a los gentiles que a los judíos y que luego tengan que marchar a otros sitios a proseguir su acción misionera porque allí no todos los aceptaban.
Es la tarea que, en medio de dificultades y también persecuciones de todo tipo, la Iglesia ha seguido realizando a través de los tiempos, y quiere seguir realizando hoy. Es toda la tarea misionera y pastoral que realiza la Iglesia. Como decíamos, no siempre es fácil. Porque nuestro mundo es como aquel tan diverso campo donde era sembrada la semilla en la parábola del sembrador que Jesús nos propone. Tierra endurecida por pisoteada, tierra llena de pedruscos o de abrojos y zarzales, y tierra buena aunque no siempre labrada con la misma intensidad en todas sus parcelas.
Se traduce en las dificultades diversas que se encuentran para hacer el anuncio de la Buena Nueva, porque a muchos no les interesa escuchar el mensaje, otros se encuentran bien – o eso les parece – como están y dicen no necesitar de esa novedad del evangelio para trasformar sus vidas, y en muchas ocasiones vamos a encontrar el rechazo y hasta la persecución que nos puede llegar bajo las más sutiles formas.
Pero el creyente en Jesús no se puede rendir ni echar para atrás por muy difícil que sea la tarea y aunque le lleguen incluso persecuciones. Estamos participando de la misión y de la obra de Jesús, y ya sabemos bien cómo El llega a subir al calvario y a la cruz. En el texto del Apocalipsis hoy encontramos más razones para la fortaleza y la esperanza, que es contemplar la gloria de Dios y a esa muchedumbre inmensa con vestiduras blancas y palmas en sus manos. ‘Son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero’ y por eso ahora participan ya de la gloria del Señor, del triunfo del Señor en el cielo. Recordemos cómo pedíamos en la oración que ‘el débil rebaño de los que seguimos a Jesús tengamos parte en la admirable victoria de su pastor’. No nos puede faltar la esperanza y la valentía para seguir haciendo el anuncio del mensaje cristiano.
Cuando estamos celebrando este domingo del Buen Pastor y reflexionando sobre esta tarea evangelizadora y pastoral de la Iglesia se nos invita a mirar a quienes de una manera especial realizan esta acción pastoral en la vida sacerdotal y/o en la consagración de la vida religiosa. En otras épocas este domingo del Buen Pastor era algo así como el día del párroco por esa labor de pastor que realiza en las comunidades parroquiales.
Hoy se convierte en una Jornada vocacional, una Jornada de especial oración por las vocaciones, vocación a la vida sacerdotal y a la vida religiosa o consagrada. ‘El testimonio suscita vocaciones’, es el lema que se nos propone este año y sobre el que gira el mensaje del Papa para esta Jornada.
Yo diría que es una llamada a nosotros, los sacerdotes y a todos los consagrados al Señor, para que demos ese buen olor de Cristo, ese testimonio claro para que muchos puedan sentir también la llamada del Señor en su corazón para vivir igualmente una vida de servicio a Dios y a la Iglesia en esa especial vocación sacerdotal o religiosa.
Tendría que ser también una llamada a todos los cristianos para que, valorando la vida de entrega de los sacerdotes y religiosos y religiosas, oren al Señor para que sintamos la fuerza divina de la gracia que nos haga fieles, ejemplares para los demás en el seguimiento del Señor y en la vivencia de nuestra vocación y nuestros específicos carismas, lleguemos a dar ese testimonio que suscite vocaciones.
Es una Jornada, pues, para orar intensamente al Dueño de la mies para que envíe operarios a su mies. La oración intensa del pueblo cristiano alcanzará esa gracia del Señor para la Iglesia. Que importante la oración de los enfermos, de los ancianos, de las personas que viven la cruz del dolor y del sufrimiento, de la soledad y del abandono, para hacer esa hermosa ofrenda al Señor uniéndose a la pasión y cruz de Cristo para pedir por las vocaciones. Un pueblo cristiano que ora por las vocaciones, porque valora y tiene en su justo valor ese ministerio en medio de la Iglesia, será un pueblo que se verá enriquecido con muchas llamadas del Señor en su seno.